Hubo un hombre que tuvo ocho hijos. Aparte de eso, el pobre no fue más que una coma en una página de la historia. Es triste, aunque de algunas personas no se puede decir mucho más.
Pero el octavo hijo creció, se casó y tuvo ocho hijos; y como sólo hay una profesión adecuada para el octavo hijo de un octavo hijo, estudió para mago. Y se fue haciendo sabio, y poderoso, o mejor dicho bastante poderoso, y llevaba un sombrero puntiagudo, y ahí habría debido acabar la historia...
Habría debido acabar...
Pero, contra las costumbres de la Magia, y desde luego contra toda razón –excepto contra las razones del corazón, que como todo el mundo sabe son cálidas, complejas y, bueno, irracionales–, huyó de los salones de la hechicería, se enamoró y se casó, no necesariamente en ese orden.
Y tuvo siete hijos, cada uno al menos tan poderoso como cualquier mago, ya desde la cuna.
Y entonces tuvo un octavo hijo...
Un hechicero al cuadrado. Una fuente de magia.
Un rechicero.
El trueno de la tormenta veraniega retumbó sobre los acantilados arenosos. Mucho más abajo, el mar batía estruendosamente, sorbía la playa con tanto ruido como un anciano con un solo diente y una pajita. Unas cuantas gaviotas planeaban perezosas en las corrientes de viento, aguardando a que sucediera algo.
Y el padre de magos estaba sentado en el césped, al borde del acantilado, acunando al niño entre sus brazos. Contemplaba el mar.
Había un torbellino de nubes negras que se desplazaba hacia el interior, y la luz que empujaba ante él tenía ese tono color miel que indica la proximidad de una tormenta de las serias.
Se volvió hacia un repentino silencio que se hizo a sus espaldas, y sus ojos enrojecidos por las lágrimas contemplaron a la alta figura encapuchada, con su túnica negra.
¿SUPERUDITO EL ROJO? –dijo ésta.
La voz era hueca como una caverna y tan densa como una estrella de neutrones.
Superudito sonrió con la terrible sonrisa del que acaba de volverse loco, y alzó al bebé para que la Muerte lo inspeccionara.
–Es mi hijo –indicó–. Lo llamaré Coin.
UN NOMBRE TAN BUENO COMO CUALQUIER OTRO –respondió educadamente la Muerte.
Sus órbitas oculares vacías miraron la carita redonda, inmersa en el sueño. Pese a lo que se dice por ahí, la Muerte no es cruel... sencillamente, su trabajo se le da muy bien.
–Te llevaste a su madre –dijo Superudito.
Era una simple afirmación, sin rencor aparente. En el valle, tras los acantilados, la casa de Superudito era un montón de ruinas humeantes; el viento, cada vez más fuerte, empezaba a dispersar las cenizas por las dunas siseantes.
AL FINAL FUE UN ATAQUE AL CORAZÓN –replicó la Muerte–. HAY PEORES MANERAS DE MORIR. TE LO DIGO YO.
–No tienes el menor tacto, sombra horrenda.
ESO ME SUELEN DECIR.
–¿Y ahora vienes a por el niño?
NO. EL NIÑO TIENE POR DELANTE SU PROPIO DESTINO. VENGO A POR TI.
–Ah.
El mago se levantó, puso cuidadosamente al bebé dormido sobre la hierba, y recogió un largo cayado que yacía a su lado. Era de metal negro, con una filigrana de oro y plata que le daba un aspecto pretencioso y de mal gusto. El metal era octihierro, intrínsecamente mágico.
–Lo hice yo, ¿sabes? –afirmó–. Todos me decían que no se puede hacer un cayado de metal, que deben ser sólo de madera, pero se equivocaron. En este cayado hay buena parte de mí mismo. Se lo entregaré a él.
Pasó las manos cariñosamente por la superficie del cayado, que emitió una tenue nota musical.
–En este cayado hay buena parte de mí mismo –repitió, casi para sus adentros.
ES UN BUEN CAYADO –asintió la Muerte.
Superudito lo alzó en el aire y contempló a su octavo hijo. El bebé eructó.
–Ella quería una niña –dijo.
La Muerte se encogió de hombros. Superudito le dirigió una mirada mezcla de asombro y rabia.
–¿Qué es, exactamente?
EL OCTAVO HIJO DE UN OCTAVO HIJO DE UN OCTAVO HIJO –respondió la Muerte, sin muchas ganas de cooperar.
El viento le azotó la túnica e hizo que las nubes negras llegaran hasta ellos.
–¿Y adónde lo llevará eso?
A SER UN RECHICERO, COMO BIEN SABES.
Retumbó el trueno, obediente.
–¿Cuál será su destino? –gritó Superudito para hacerse oír por encima de la creciente tempestad.
La Muerte volvió a encogerse de hombros. Se le daba muy bien ese gesto.
LOS RECHICEROS TRAZAN SU PROPIO DESTINO. APENAS TOCAN LA TIERRA CON LOS PIES.
Superudito se apoyó en el cayado, lo acarició, aparentemente inmerso en sus propios pensamientos. Tenía un tic en la ceja izquierda.
–No –dijo con suavidad–. No. Yo trazaré su destino.
NO TE LO ACONSEJO.
–¡Silencio! Y escúchame, por si no lo sabías, ¡me echaron, con todo eso de sus libros, sus rituales, su Erudición! ¡Decían ser magos, y yo tengo más magia en el dedo meñique que ellos en todo su cuerpo seboso! ¡Y me echaron! ¡A mí! ¡Por demostrar que era humano! ¿Qué serían los seres humanos sin amor?
BICHOS RAROS –dijo la Muerte–. PERO, DE TODOS MODOS...
–¡Escucha! Nos relegaron a este lugar, al fin del mundo, ¡y eso la mató! ¡Intentaron quitarme mi cayado! –Superudito gritaba por encima del ruido del viento–. Bueno, pues aún me queda algo de poder –ladró–. Y yo digo que mi hijo irá a la Universidad Invisible, y llevará el sombrero de archicanciller, ¡y todos los magos del mundo se inclinarán ante él! Y les mostrará lo que yace en lo más profundo de sus corazones. De sus corazones retorcidos y avariciosos. Mostrará al mundo cuál es su destino, ¡y no habrá magia más grande que la suya!
NO.
Y lo extraño de la palabra, que la Muerte pronunció casi en voz queda, fue esto: resonó por encima del fragor de la tormenta. Por un momento, devolvió la cordura a Superudito.
Superudito vaciló.
–¿Qué? –preguntó para ganar tiempo.
HE DICHO QUE NO. NO HAY NADA DEFINITIVO. NO HAY NADA ABSOLUTO, EXCEPTO YO, CLARO. ESAS TONTERÍAS DE JUGAR CON EL DESTINO PUEDEN ACABAR CON EL MUNDO. SIEMPRE TIENE QUE HABER OTRA POSIBILIDAD, AUNQUE SEA PEQUEÑA. LOS LEGULEYOS DEL SINO EXIGEN UN AGUJERITO EN CADA PROFECÍA.
Superudito miró el rostro implacable de la Muerte.
–¿Tengo que darles una oportunidad?
SÍ.
Superudito tamborileó los dedos sobre el cayado metálico.
–En ese caso, tendrán su oportunidad –asintió–. Cuando el infierno se congele.
NO. NO SE ME PERMITE ORIENTARTE, NI SIQUIERA DARTE UNA PISTA, SOBRE LAS TEMPERATURAS VIGENTES EN EL OTRO MUNDO.
–En ese caso –titubeó Superudito–. Tendrán su oportunidad cuando mi hijo tire su cayado.
NINGÚN MAGO TIRARÍA SU CAYADO –señaló la Muerte–. EL LAZO QUE LOS UNE ES DEMASIADO FUERTE.
–Pero debes reconocer que es posible.
La Muerte pareció valorar la posibilidad. No estaba acostumbrada a oír la palabra «debes», pero al final asintió.
DE ACUERDO –accedió.
–¿Te parece suficiente con esa pequeña posibilidad?
A NIVEL MOLECULAR, SÍ.
Superudito se relajó un poco.
–La verdad, no me arrepiento –dijo con voz casi normal–. Volvería a hacerlo. Los niños son nuestra esperanza para el futuro.
NO HAY ESPERANZA PARA EL FUTURO –dijo la Muerte.
–¿Y qué hay en el futuro?
YO.
–¡Aparte de ti!
La Muerte lo miró con asombro.
¿CÓMO DICES?
La tormenta alcanzó su aullante clímax sobre ellos. Una gaviota pasó volando.
–Quiero decir –insistió Superudito, con amargura–, ¿qué hay en el mundo que merezca la pena vivir en el intervalo?
La Muerte meditó sobre el asunto.
GATOS –dijo al final–. LOS GATOS SON MUY BONITOS.
–¡Maldita seas!
NO ERES EL PRIMERO QUE EXPRESA TAL DESEO –asintió la Muerte, sin rencor.
–¿Cuánto tiempo me queda?
La Muerte se sacó un gran reloj de arena de entre los secretos escondrijos de su túnica. Las dos partes del reloj estaban unidas por barras negras y doradas, y casi toda la arena se encontraba ya en la de abajo.
OH, UNOS NUEVE SEGUNDOS.
Superudito se irguió en toda su aún impresionante estatura, y extendió hacia el niño el brillante cayado metálico. Una mano semejante a un cangrejito rosado salió de entre los pliegues de la manta y lo cogió.
–Entonces, deja que sea el primer y último mago en la historia del mundo en traspasar el cayado a su octavo hijo –dijo con voz lenta y sonora–. Y le ordeno que lo use para...
YO EN TU LUGAR ME DARÍA PRISA...
–... para todo –se apresuró Superudito–, convirtiéndose en el más poderoso...
Un rayo centelleó en el corazón de la nube, acertó a Superudito en el sombrero puntiagudo, chisporroteó por su brazo, recorrió el cayado y alcanzó al niño.
El mago desapareció en un jirón de humo. El cayado despidió un brillo verde, luego blanco, al final un simple rojo vivo. El bebé sonrió en sueños.
Cuando cesó el retumbar del trueno, la Muerte se agachó lentamente y recogió al niño, que abrió los ojos.
Eran unos ojos con un brillo dorado en su interior. Por primera vez en lo que, a falta de palabra mejor, habrá que llamar «su vida», la Muerte se encontró con una mirada que le costó sostener. Los ojos parecían concentrados en un punto interior de su cráneo.
No era mi intención que sucediera eso –dijo la voz de Superudito, surgiendo del aire–. ¿Está herido?
NO. –La Muerte apartó la vista de la sonrisa fresca, inteligente–. ÉL YA CONTENÍA EL PODER. ES UN RECHICERO, SIN DUDA SOBREVIVIRÁ A COSAS MUCHO PEORES. Y AHORA... VEN CONMIGO.
No.
SÍ. ESTÁS MUERTO, A VER SI TE DAS CUENTA. –La Muerte miró a su alrededor, en busca de la sombra de Superudito, y no la encontró–. ¿DÓNDE ESTÁS?
En el cayado.
La Muerte se apoyó en su guadaña y suspiró.
QUÉ TONTERÍA. NO ME COSTARÍA NADA SACARTE DE AHÍ.
Pero tendrías que destruir el cayado –dijo la voz de Superudito. A la Muerte le pareció que ahora estaba como más contento–. Ahora el niño ha aceptado el cayado, no puedes destruirlo sin acabar también con él. Y no puedes acabar con él sin zarandear el destino. Mi última magia. No ha estado mal, modestia aparte.
La Muerte dio vueltas al cayado. Chisporroteó, las chispas recorrieron insultantes toda su longitud...
Por extraño que parezca, no estaba particularmente furiosa. La furia es una emoción, y para sentir emociones hay que tener glándulas; la Muerte conocía las glándulas por referencias, y le costaba lo suyo enfadarse. En todo caso, estaba algo molesta. Suspiró de nuevo. La gente siempre intentaba aquellos trucos. Por otra parte, eso animaba en cierto modo la rutina, y al menos éste había sido más original que la típica partida simbólica de ajedrez, a la que la Muerte siempre temía porque nunca se acordaba de cómo se movía el caballo.
NO ESTÁS HACIENDO MÁS QUE POSTERGAR LO INEVITABLE –dijo.
En eso consiste la vida.
¿Y QUÉ ESPERAS GANAR, EXACTAMENTE?
Quiero estar al lado de mi hijo. Le enseñaré, aunque él no lo sabrá. Lo guiaré hacia el conocimiento. Y, cuando esté preparado, guiaré sus pasos.
DIME UNA COSA –pidió la Muerte–, ¿CÓMO GUIASTE LOS PASOS DE TUS OTROS HIJOS?
Los mandé a hacer gárgaras. Se atrevieron a discutir conmigo, no querían atender a lo que les enseñaba. Pero éste sí querrá.
¿TE PARECE QUE ES BUENA IDEA?
El cayado guardó silencio. Junto a él, el niño rió ante el sonido de la voz cuya procedencia no veía.
No existe analogía alguna para describir la manera en que Gran A’Tuin, la tortuga del mundo, se mueve por la noche galáctica. Cuando uno mide quince mil kilómetros de largo, y tiene el caparazón lleno de cráteres de meteoritos y congelado con el hielo de los cometas, no puede parecerse a nada excepto a uno mismo, al menos si se quiere ser realista.
Así que Gran A’Tuin nadaba lentamente por las profundidades interestelares, como ha hecho siempre la gran tortuga, transportando en su caparazón a los cuatro gigantescos elefantes que llevaban en sus lomos el vasto círculo del Mundodisco, con su centelleante catarata circundante, un mundo que sólo existía gracias a una desviación imposible en la curva de la probabilidad, o a que a los dioses les gustan las bromas tanto como a cualquiera.
De hecho, más que a mucha gente.
Cerca de las orillas del Mar Circular, en la antigua ciudad de Ankh-Morpork, sobre un cojín de terciopelo situado en un estante, en lo más alto de la Universidad Invisible, había un sombrero.
Era un buen sombrero. Era un sombrero magnífico.
Puntiagudo, claro, con un ala ancha y flexible. Pero, tras ultimar los detalles básicos, el diseñador había puesto manos a la obra de verdad. Tenía encajes de oro, y perlas, y cintas de plata purísima, y nochemantes* de brillo cegador, algunas lentejuelas de una horterez incalculable y, de propina, un círculo de octarinos.
Como por el momento no estaban en un campo mágico poderoso, no brillaban, y parecían diamantitos de segunda.
La primavera había llegado a Ankh-Morpork. De momento no se notaba, pero el entendido podía captar ya indicios obvios. Por ejemplo, la porquería del río Ankh, el ancho desagüe de flujo lento que servía a la ciudad de embalse, cloaca y a veces también como morgue, había adquirido un tono verde iridiscente. Los tambaleantes tejados de la ciudad se cubrieron con una sábana de vegetación, que sustituyó a la manta escarchada del invierno. En lo más profundo de los polvorientos sótanos, las vigas se retorcieron y gimieron cuando su savia seca respondió a la antigua llamada de la raíz y la selva. Los pájaros construyeron nidos entre los canalones y aleros de la Universidad Invisible, aunque es de destacar que, por muy apretados que estuvieran, nunca se instalaban en las bocas invitadoramente abiertas de las gárgolas que bordeaban el tejado, cosa que las gárgolas no dejaban de lamentar.
Una especie de primavera había llegado incluso a la mismísima Universidad. Aquella noche era la Vigilia de los Dioses Menores, y se elegiría un nuevo archicanciller.
Bueno, la palabra «elegir» no es del todo exacta, ya que a los magos eso de las votaciones les parece una soberana tontería, y todo el mundo sabe que los archicancilleres se eligen por designio de los dioses; aquel año estaba claro que los dioses se las arreglarían para elegir al viejo Gansocanso, que era un anciano bastante majete y llevaba años esperando pacientemente su turno.
El archicanciller de la Universidad Invisible era el jefe oficial de todos los magos del Disco. En un pasado casi legendario, eso significaba que debía ser el más experto en las artes mágicas, pero ahora corrían tiempos más tranquilos y, para ser sinceros, los magos superiores miraban la magia un poco por encima del hombro. Solían preferir las cuestiones administrativas, mucho más seguras y casi igual de divertidas, y también las buenas cenas.
Así fue pasando la larga tarde. El sombrero ocupaba su descolorido cojín en las habitaciones de Gansocanso, mientras éste, sentado en su bañera ante la chimenea, se enjabonaba la barba. Otros magos sesteaban en sus estudios, o paseaban por los jardines para abrirse el apetito en previsión del festín. Una docena de pasos se consideraban ejercicio suficiente.
En la Sala Principal, bajo las miradas pintadas o talladas de los doscientos archicancilleres anteriores, los criados colocaban las largas mesas y bancos. En el laberinto abovedado que eran las cocinas... bueno, la imaginación no debería necesitar ayuda alguna. En este caso, la imaginación debe incluir como elementos imprescindibles mucha grasa, mucho calor y muchos gritos. Había cubas de caviar, bueyes asados, ristras de salchichas de pared a pared. El cocinero jefe en persona, en una de las salas de conservación en frío, daba los últimos toques a una escultura de la Universidad, tallada en mantequilla por algún motivo inexplicable. Lo hacía cada vez que había un gran festín: cisnes de mantequilla, edificios de mantequilla, zoológicos enteros de rancia grasa amarillenta... Se divertía tanto que nadie tenía valor para decirle que lo dejase correr.
En su propio laberinto de bodegas, el mayordomo rondaba entre los barriles, decantando y probando.
El ambiente de expectación se había contagiado incluso a los cuervos que habitaban en la Torre del Arte, que medía doscientos cincuenta metros de altura y se decía que era el edificio más antiguo del mundo. Sus ruinosas piedras daban vida a bosques en miniatura por encima de los tejados de la ciudad. Allí habían evolucionado especies enteras de escarabajos y pequeños mamíferos, ya que la gente rara vez subía, debido a la molesta tendencia de la torre a mecerse con la brisa, de manera que los cuervos se habían apropiado de ella. Ahora la sobrevolaban, algo nerviosos, como mosquitos antes de una tormenta. Sería buena idea que a alguien se le ocurriera mirarlos desde abajo.
Estaba a punto de suceder algo terrible.
Lo notas, ¿verdad?
Pues no eres el único.
–¿Qué le pasa? –gritó Rincewind para hacerse oír por encima del estrépito.
El bibliotecario se agachó cuando un grimorio encuadernado en piel salió disparado del estante, aunque se detuvo bruscamente en el aire, retenido por su cadena. Luego bajó en picado, giró y aterrizó sobre un ejemplar de Demonología Aplicada: Maleficios y Anécdotas, que se dedicaba a machacar su atril.
–¡Oook! –dijo.
Rincewind apoyó el hombro contra una estantería temblorosa, y empujó los crepitantes volúmenes con las rodillas para que volvieran a su sitio. El ruido era espantoso.
Los libros de magia tienen una especie de vida propia. Algunos, incluso demasiada. Por ejemplo, la primera edición del Necrotelicomicon tiene que estar siempre entre planchas de hierro, el Verdadero Arte de la Levitación se ha pasado los últimos ciento cincuenta años sobre las alfardas, y el Compenedyum de Sexymajia de Ge Fordge se guarda en una cuba de hielo, en una habitación sólo para él. Además existe una regla muy estricta según la cual sólo lo pueden leer magos de más de ochenta años, preferentemente muertos.
Pero hasta los grimorios e incunables cotidianos de las estanterías principales estaban tan inquietos y nerviosos como los habitantes de un gallinero cuando algo entra serpenteando por debajo de la puerta. De entre sus cubiertas salían sonidos apagados, como de unas garras rascando las páginas.
–¿Qué has dicho? –gritó Rincewind.
–¡Oook!*
–¡Eso mismo!
Rincewind, como ayudante honorario del bibliotecario, no había progresado mucho más allá de la catalogación básica y la caza de plátanos, y no le quedaba más remedio que admirar la manera en que el simio deambulaba entre las vibrantes estanterías, unas veces acariciando las encuadernaciones temblorosas con su mano de cuero negro, otras consolando a un diccionario asustado con unos tranquilizadores murmullos simiescos.
Tras un rato, la biblioteca empezó a calmarse, y Rincewind sintió que los músculos de los hombros se le relajaban.
Pero la paz duró poco. Una página crepitó por aquí, otra por allá... De los estantes más lejanos le llegó el ominoso crujido de un lomo al quebrarse. Tras el pánico inicial, la biblioteca estaba ahora tan alerta e inquieta como un gato en una fábrica de mecedoras.
El bibliotecario deambuló por los pasillos entre las estanterías. Tenía un rostro que sólo le parecería bonito al neumático de un camión, y una mueca permanente que se asemejaba a una sonrisa; pero, por su manera de entrar en el cubículo bajo el escritorio, Rincewind supo que estaba muy preocupado.
Examinemos a Rincewind mientras contempla las inquietas estanterías. Hay ochenta niveles de hechicería en el Disco; tras dieciséis años de práctica, Rincewind no había llegado ni al primero. De hecho, si tenemos en cuenta la opinión de algunos de sus tutores, es incapaz hasta de llegar al nivel cero, que es con el que nace la mayor parte de la gente. Por decirlo de otra manera, alguien llegó a sugerir que, cuando Rincewind muriera, el potencial mágico de la raza humana subiría un poquito.
Es alto, delgado, y tiene una de esas barbas desmañadas que usa la gente a la que la naturaleza no dotó para tener barba. Viste una túnica color rojo oscura que ha tenido mejores días, posiblemente mejores décadas. Pero salta a la vista que es un mago, porque lleva un sombrero puntiagudo con el ala un tanto torcida. En el sombrero está la palabra «Echicero», bordada en grandes letras plateadas por alguien que sabía de coser tanto como de ortografía. Hay una estrella en la punta, pero se le han caído casi todos los picos.
Calándose bien el sombrero, Rincewind traspasó las antiguas puertas de la biblioteca y salió a la luz dorada de la tarde. Era un día tranquilo, de una calma quebrada tan sólo por los graznidos histéricos de los cuervos que sobrevolaban la Torre del Arte.
Rincewind los observó durante un rato. Los cuervos de la Universidad eran pájaros duros de pelar. Hacía falta algo gordo para trastornarlos.
Por otra parte...
... el cielo era de un azul claro teñido de oro, con unos pocos jirones de nubes algodonosas rosadas. Los viejos nogales del patio ya habían florecido. Por una ventana abierta llegaba el sonido de un estudiante de magia que practicaba con su violín, sin demasiado talento. El entorno no era lo que se dice ominoso.
Rincewind se apoyó contra el cálido muro. Y gritó.
El edificio temblaba. Sentía cómo la vibración le subía por los brazos, era una sensación rítmica en esa frecuencia exacta que sugiere un terror incontrolable. Las piedras estaban muertas de miedo.
Al oír un ligero tintineo, bajó la vista, horrorizado. Una ornamentada tapa de desagüe cayó a un lado cuando una de las ratas de la Universidad asomó los bigotes. Lanzó a Rincewind una mirada de desesperación mientras salía y escapaba a toda velocidad, seguida por docenas de miembros de su tribu. Algunas llevaban ropa, cosa bastante habitual en la Universidad, donde el elevado nivel de magia ambiental surte efectos extraños sobre los genes.
Al mirar a su alrededor, Rincewind alcanzó a ver otras riadas de cuerpecillos grises que abandonaban la Universidad por todos los agujeros existentes, en dirección al muro exterior. Junto a su oreja, la hiedra crepitó cuando unas ratas realizaron saltos mortales para caer sobre sus hombros y deslizarse por su túnica. No le prestaron la menor atención, pero eso tampoco era extraño. Casi ninguna criatura prestaba atención a Rincewind.
El mago se dio media vuelta y echó a correr hacia el interior de la Universidad, con los faldones de la túnica enredándose a sus rodillas, hasta que llegó al despacho del tesorero. Aporreó la puerta, que se abrió con un crujido.
–Ah, eres... Rincewind, ¿no? –le saludó el tesorero sin mucho entusiasmo–. ¿Qué pasa?
–¡Nos hundimos!
El tesorero lo miró fijamente unos momentos. Se llamaba Peltre. Era alto, fibroso, y por su cara uno diría que había sido caballo en sus anteriores vidas, y que se había librado por poco en ésta. Todo el mundo tenía la impresión de que miraba con los dientes.
–¿Que nos hundimos?
–¡Sí! ¡Las ratas se marchan!
El tesorero le lanzó otra mirada.
–Pasa, Rincewind –dijo con amabilidad.
Rincewind le siguió al interior de la habitación oscura, de techo bajo, y se situó junto a la ventana. Desde ella se divisaban los jardines y el río, que reptaba tranquilamente hacia el mar.
–No te habrás estado... excediendo, ¿eh? –inquirió el tesorero.
–¿Excediéndome en qué? –replicó Rincewind, con tono culpable.
–Esto es un edificio, ¿sabes? –Como la mayoría de los magos cada vez que se enfrentaban a un enigma, empezó a liarse un cigarrillo–. No es un barco. Hay multitud de detalles que lo indican. No hay delfines nadando junto a la proa, no hay pantoques, esas cosas. Las posibilidades de un naufragio son muy remotas. Si no, eh... tendríamos que manejar el timón, remar hacia la orilla y todo eso, ¿no?
–Pero, las ratas...
–Supongo que habrá llegado al puerto un barco con grano, o algo así. Quizá sea un ritual de primavera.
–Además, estoy seguro de que el edificio temblaba –insistió Rincewind, ahora un poco inseguro.
En aquella habitación tranquila, con el fuego que chisporroteaba en la chimenea, la cosa no parecía tan real.
–Un terremoto minúsculo. Un hipido de Gran A’Tuin, eh... quizá. La verdad, deberías controlarte. No habrás estado bebiendo, ¿verdad?
–¡No!
–Eh... ¿te apetecería?
Peltre rebuscó en un armario de roble oscuro y sacó un par de copas, que llenó con el contenido de la jarra de agua.
–A estas horas se me da bien el jerez –dijo al tiempo que extendía las manos sobre las copas–. Oye, por cierto... ¿dulce o seco?
–Pues... paso, gracias –respondió Rincewind–. Quizá tengas razón, será mejor que vaya a descansar un poco.
–Buena idea.
Rincewind vagó por los gélidos pasillos de piedra. De cuando en cuando, rozaba una pared y prestaba atención, pero luego sacudía la cabeza.
Cuando cruzó de nuevo el patio, vio una enorme cantidad de ratones que pululaban por una balconada y se dirigían hacia el río. El suelo sobre el que corrían también parecía moverse. Rincewind miró más de cerca y se dio cuenta de que era porque estaba cubierto de hormigas.
No eran hormigas vulgares y corrientes. Los siglos y siglos de escapes de magia, que llegaron a impregnar los muros de la Universidad, les habían provocado efectos extraños. Algunas tiraban de diminutos carritos, otras cabalgaban sobre escarabajos, pero lo importante era que todas abandonaban la Universidad tan deprisa como les era posible. El césped formaba oleadas a su paso.
Alzó la vista cuando un viejo colchón de rayas salió disparado por una de las ventanas superiores y cayó al patio. Tras una pausa, al parecer para recuperar el aliento, se elevó un poquito sobre el suelo. Luego echó a andar por el césped sin tratar de esquivar a Rincewind, que se las arregló para apartarse de un salto justo a tiempo. Oyó un chirrido agudo, y atisbó miles de patitas decididas bajo el tejido antes de que se perdiera de vista. Hasta las chinches se daban a la fuga... y, por si no encontraban un alojamiento tan cómodo como aquél, habían tomado precauciones. Una de ellas le saludó y lanzó un chirrido de despedida.
Rincewind retrocedió hasta que algo le rozó las piernas por detrás. Un escalofrío le recorrió la columna. Resultó ser un banco de piedra. Lo contempló unos momentos. No parecía tener prisa por marcharse, así que se sentó, bastante agradecido.
Tiene que haber una explicación natural, pensó. O perfectamente antinatural, como mínimo.
Un sonido agudo le hizo mirar hacia el otro lado del césped.
Para aquello no había ninguna explicación natural. Con increíble lentitud, bajando por las cañerías y las columnas, en silencio absoluto a excepción del arañar de piedra contra piedra, las gárgolas estaban abandonando su tejado.
Es una lástima que Rincewind no hubiera visto nunca una película mala con escenas a cámara lenta, porque así habría sabido cómo describir lo que estaba contemplando. Las criaturas no se movían, al menos no literalmente, sino que avanzaban en una progresión de imágenes sin continuidad: lo que pasaba ante él era una procesión de picos, melenas, alas, garras y excrementos de paloma.
–¿Qué está pasando aquí? –aulló.
Una cosa con cara de duende, cuerpo de arpía y patas de gallina giró la cabeza con una serie de movimientos discontinuos, y habló con una voz semejante a la peristalsis de las montañas (aunque el efecto profundo y resonante quedaba bastante mermado porque, por supuesto, no podía cerrar la boca).
–¡Iene un echiceo! ¡Huye si apecias tu ida!
–¿Cómo dices? –preguntó Rincewind.
Pero la cosa ya se había alejado, arrastrándose por el césped milenario.*
De manera que Rincewind se sentó y contempló el vacío durante unos diez segundos, antes de lanzar un gritito y echar a correr tan deprisa como pudo.
No se detuvo hasta que no llegó a su habitación, en el edificio de la biblioteca. Como habitación, no era gran cosa, puesto que se usaba sobre todo para almacenar muebles viejos, pero era su hogar.
Junto a una de las sombrías paredes había un armario. No era como esos armarios modernos, que sólo valen para que los amantes se metan dentro cuando el marido llega temprano, sino un antiguo trasto de roble, negro como la noche, en cuyas polvorientas profundidades medraban y se reproducían las perchas; manadas de zapatos poblaban su suelo. Seguramente era una puerta secreta que daba a mundos fabulosos, pero nadie había intentado cruzarla debido al molesto olor de las bolas antipolillas.
Y en la cima del armario, envuelto en pliegos de papel amarillento y sábanas viejas, había un gran baúl con incrustaciones de latón. Se llamaba Equipaje. Sólo él sabía por qué había accedido a ser propiedad de Rincewind, y no pensaba decirlo, pero probablemente no existía ningún otro objeto en la historia de los accesorios para viajes con una historia semejante de misterios y lesiones graves. Alguien lo había descrito como «mitad maleta, mitad maníaco homicida». Tenía muchas cualidades poco corrientes que quizá (o quizá no) sean evidentes a corto plazo, pero, en aquel momento, sólo una cosa lo diferenciaba de un baúl vulgar: estaba roncando, con el sonido de un serrucho sobre un tronco muy duro.
El Equipaje era mágico, sí. Era terrible, sí. Pero, en lo más profundo de su alma enigmática, compartía los gustos de cualquier otra maleta del universo, y prefería pasarse los inviernos durmiendo en la cima de los armarios.
Rincewind lo golpeó con una escoba hasta que el serrucho se interrumpió. Se llenó los bolsillos con cachivaches que sacó del embalaje para plátanos que hacía las veces de cómoda, y se dirigió hacia la puerta. No pudo evitar darse cuenta de que su colchón había desaparecido, pero no le importó demasiado, porque no tenía la menor intención de volver a dormir sobre un colchón, jamás, en su vida.
El Equipaje aterrizó en el suelo con un sólido golpe. Tras unos segundos, con gran cuidado, se alzó sobre sus cientos de patitas rosadas. Avanzó y retrocedió un poco, desentumeciendo cada pata, y luego abrió la tapa y bostezó.
–¿Vienes o no?
La tapa se cerró con un chasquido. El Equipaje hizo una complicada maniobra con sus patas para ponerse de cara a la puerta, y echó a andar tras su amo.
La biblioteca seguía en un estado de tensión, con ocasionales tintineos* o el crepitar sordo de las páginas. Rincewind se agachó junto al escritorio y agarró al bibliotecario, que seguía acurrucado bajo su manta.
–¡He dicho que salgas!
–Oook.
–Te invitaré a una copa –prometió Rincewind a la desesperada.
El bibliotecario se desplegó como una araña de cuatro patas.
–¿Oook?
Rincewind sacó al simio de su nido casi a rastras, y lo obligó a cruzar la puerta. No se dirigió hacia la entrada principal, sino hacia una anodina zona del muro donde unas cuantas piedras sueltas llevaban dos mil años proporcionando a los estudiantes una salida discreta después de que se apagaran las luces. Entonces, se detuvo tan bruscamente que el bibliotecario chocó contra él, y el Equipaje contra ambos.
–¡Oook!
–Oh, dioses –gimió–. ¡Mira eso!
–¿Oook?
Una brillante marea negra fluía a través de una rejilla cercana a la cocina. La luz de las primeras estrellas arrancaba destellos de los millones de pequeños lomos negros.
Pero lo turbador no era la visión de las cucarachas. Era el hecho de que marchaban al paso, en perfectas filas de a cien. Por supuesto, al igual que todos los habitantes informales de la Universidad, las cucarachas eran en cierto modo inusuales, pero había algo particularmente desagradable en el sonido de los billones de patitas golpeando las losas a un ritmo impecable.
Rincewind salvó de una zancada la marcial columna. El bibliotecario la saltó.
El Equipaje, como era de esperar, los siguió con un ruido semejante al de alguien bailando claqué sobre una bolsa de patatas fritas.
Y así, obligando al Equipaje a dar un rodeo para cruzar la puerta de entrada (si no, se limitaría a abrir un agujero en el muro), Rincewind abandonó la Universidad junto con el resto de los insectos y roedores asustados, y decidió que unas cuantas cervezas sosegadas le permitirían ver las cosas desde una perspectiva diferente, y unas cuantas más probablemente le tranquilizarían. Desde luego, valía la pena intentarlo.
Por eso no se encontraba en la Sala Principal a la hora de la cena. Tal y como se desarrollaron los hechos, la comida más importante que se había perdido en su vida.
En otro punto del muro de la Universidad, resonó un ligero tintineo cuando un garfio se enganchó a las puntas metálicas que protegían la cima. Un momento después, una figura esbelta, negra, se dejó caer con elasticidad en el patio de la Universidad, y echó a correr silenciosamente hacia la Sala Principal, donde pronto se perdió entre las sombras.
Pero nadie se dio cuenta. Al otro lado del campus, el Rechicero caminaba hacia la entrada de la Universidad. Cuando sus pies rozaban los guijarros, surgían chispas azules que crepitaban y evaporaban el primer rocío de la noche.
Hacía mucho, mucho calor. La gran chimenea en el extremo dextro de la Sala Principal estaba prácticamente incandescente. Los magos se resfrían con facilidad, de manera que la ráfaga de calor puro que surgía de los leños en llamas fundía las velas a seis metros de distancia y hacía burbujear el barniz de las largas mesas. El aire parecía azul por el humo del tabaco, que adoptaba formas curiosas cuando soplaban ráfagas de magia incontrolada. En la mesa central, un cerdo asado entero parecía muy molesto por el hecho de que alguien lo hubiera matado sin esperar a que terminara de comerse la manzana, y la maqueta de la Universidad realizada en mantequilla se hundía suavemente en un charco de grasa.
Había mucha cerveza. Por doquier, los magos de rostro enrojecido cantaban alegremente viejas canciones de borracho, para lo cual al parecer era imprescindible palmearse las rodillas con frecuencia. La única excusa posible para este comportamiento es que los magos son célibes, y tienen que divertirse como mejor pueden.
Otra razón del bienestar general era que nadie intentaba matar a nadie. En los círculos mágicos, eso no era cosa corriente.
Los niveles más altos de la magia son lugares peligrosos. Todo mago intenta desalojar a los que hay por encima de él, al tiempo que pisotea los dedos a los de abajo. Decir que los magos son competitivos por naturaleza es como decir que las pirañas sienten una cierta afición por la carne poco hecha. Pero, desde que las grandes Guerras Mágicas dejaron inhabitables zonas enteras del Disco,* los magos tienen prohibido solucionar sus diferencias mediante conjuros, en parte porque ocasionaban muchos problemas al resto de la población, y además a menudo resultaba difícil decir cuál de los montoncitos de grasa humeante era el vencedor. De manera que por lo general recurrían a cuchillos, venenos, escorpiones en los zapatos y desternillantes trampas cuyo elemento principal era un péndulo afilado como una navaja.
De todos modos, se consideraba que la Noche de los Dioses Menores no era buen momento para asesinar a un hermano mago, y por tanto todos se sentían libres para echar una cana al aire sin temor de que los estrangularan con ella.
La silla del archicanciller estaba desocupada. Gansocanso cenaba a solas en su estudio, como corresponde a un hombre elegido por los dioses tras largas discusiones a primera hora del día con magos sensatos. Pese a sus ochenta años, se sentía un poco nervioso, y casi ni tocó el segundo pollo.
Dentro de pocos minutos tendría que hacer un discurso. En su juventud, Gansocanso había buscado el poder en lugares extraños. Había peleado con demonios en octogramas llameantes, había contemplado dimensiones en las que el hombre no debería cotillear, incluso llegó a enfrentarse a un comité de ancianos de la Universidad Invisible, pero en los ocho círculos no había nada tan aterrador como doscientos rostros expectantes contemplándolo a uno entre humo de cigarrillos.
Los heraldos pasarían a recogerlo muy pronto. Suspiró y apartó a un lado el budín intacto. Cruzó la habitación, se miró en el gran espejo y rebuscó en el bolsillo de la túnica hasta localizar sus notas.
Tras un rato, consiguió ponerlas en un simulacro de orden, y carraspeó.
–Hermanos en arte –comenzó–, no tengo palabras para deciros cuánto... ehh... hasta qué punto... las bellas tradiciones de esta antigua universidad... ehh... al mirar a mi alrededor veo los retratos de los archicancilleres del pasado... –Se interrumpió un momento, volvió a repasar sus notas y siguió con algo más de seguridad–: Ahora me viene a la memoria la historia del buhonero de tres patas y las... ehh... hijas del mercader. Al parecer, este mercader...
Alguien llamó a la puerta.
–Adelante –gruñó Gansocanso mientras repasaba cuidadosamente sus notas–. Este mercader –murmuró–, este mercader, sí, este mercader tenía tres hijas. Creo que era así. Sí. Eran tres. Al parecer...
Echó un vistazo al espejo y se dio media vuelta.
–¿Quién ere...? –empezó a decir.
Y descubrió que, al fin y al cabo, hay cosas peores que pronunciar un discurso.
La menuda figura oscura que se deslizaba por los pasillos desiertos oyó el ruido, pero no hizo mucho caso. Los ruidos desagradables eran cosa común allí donde la magia se practicaba de manera cotidiana. La figura buscaba algo. No sabía muy bien qué era, sólo que lo reconocería cuando lo encontrase.
Tras algunos minutos, su búsqueda le llevó a la habitación de Gansocanso. El aire estaba lleno de tentáculos aceitosos. La brisa arrastraba pequeñas partículas de hollín, y había varias quemaduras en forma de pie en el suelo.
La figura se encogió de hombros. A veces, en las habitaciones de los magos uno encuentra cosas muy raras. Vio su reflejo multifacetado en el espejo roto, se colocó bien la capucha y prosiguió su búsqueda.
Moviéndose como quien escucha instrucciones procedentes de su interior, recorrió la habitación sin hacer el menor ruido, hasta llegar a la mesa donde había un estuche de cuero alto, redondo, desgastado. Se acercó aún más y levantó suavemente la tapa.
La voz del interior resonó como si hablara a través de muchas alfombras.
Ya era hora. ¿Por qué has tardado tanto?
–Lo que quiero decir es, ¿cómo empezó todo esto? O sea, en los viejos tiempos, eran magos de verdad, nada de toda esta idiotez de niveles. Simplemente, ponían manos a la obra, y lo hacían... ¡pumba!
Un par de clientes del oscuro bar que era el Tambor Remendado se volvieron rápidamente al oír el ruido. Eran nuevos por allí, claro. Los habituales nunca se daban por aludidos cuando resonaban cosas sorprendentes y desagradables, como gemidos o aullidos. Era una postura mucho más saludable. En algunas zonas de la ciudad, la curiosidad no sólo mataba al gato, sino que además luego lo tiraba al río con pesas de plomo atadas a las patas.
Rincewind movía unas manos inseguras sobre la legión de vasos vacíos que tenía en la mesa ante él. Ya casi había conseguido olvidarse de las cucarachas. Una copa más y a lo mejor se olvidaba también del colchón.
–¡Sí! ¡Una bola de fuego! ¡Fluuuus! ¡Eso es!... Lo siento.
El bibliotecario apartó cautelosamente lo que quedaba de su cerveza de la trayectoria que seguían los brazos de Rincewind.
–Magia de verdad.
Rincewind disimuló un eructo.
–Oook.
Contempló los restos espumosos de su última cerveza, y entonces, con mucho cuidado para que no se le cayera la tapa de los sesos, se inclinó hacia abajo y vertió un poco en un platito para el Equipaje. El baúl estaba tumbado tranquilamente bajo la mesa, lo cual resultaba un alivio. Por lo general, solía avergonzarlo en los bares cuando se deslizaba hacia los clientes y los aterrorizaba hasta que le daban sus patatas fritas.
Se preguntó sin mucha claridad en qué momento había descarrilado su tren de pensamientos.
–¿Por dónde iba?
–Oook –le recordó el bibliotecario.
–Eso. –Rincewind se animó–. No tenían toda esa tontería de los niveles y las jerarquías, ¿sabes? En aquellos tiempos, había rechiceros. Salían al mundo real, descubrían nuevos conjuros, corrían aventuras...
Metió un dedo en un charquito de cerveza y trazó un tembloroso dibujo en la madera sucia y arañada de la mesa.
Como le había señalado uno de sus tutores, «decir que su falta de comprensión de la teoría mágica era “abismal” no dejaba ninguna palabra disponible para definir su talento práctico». Eso siempre le había asombrado. No le parecía correcto que a uno tuviera que dársele bien la magia para ser mago. En su interior, sabía que era un mago. El talento para la magia no tenía nada que ver. Era simplemente un añadido, no bastaba para definir a nadie.
–Cuando era pequeño –dijo pensativo–, vi en un libro el retrato de un hechicero. Estaba de pie en la cima de una montaña, movía los brazos y las olas subían hasta él, ya sabes, como hacen en la Bahía de Ankh cuando hay temporal, y los relámpagos lo rodeaban...
–¿Oook?
–Pues no sé por qué no, quizá llevaba botas de goma –replicó Rincewind antes de proseguir, soñador–: Y tenía cayado y sombrero, igual que los míos. Los ojos le brillaban, las puntas de los dedos le chisporroteaban, y yo pensé: «Algún día seré así...»
–¿Oook?
–Bueno, pero ésta pequeña.
–Oook.
–¿Y cómo te las arreglas para pagar? Siempre que alguien te da dinero, te lo comes.
–Oook.
–Increíble.
Rincewind terminó su dibujo de cerveza. Era una figurita rígida en la cima de un acantilado. No se le parecía mucho (dibujar con brebajes rancios no es lo que se dice un arte), pero se notaba la intención.
–Eso es lo que quería ser –asintió–. ¡Pumba! Nada de tantas tonterías. Ahora ya sólo hay libros y cosas por el estilo. Lo que necesitamos es magia de verdad.
Esta última frase le podría haber valido el premio del día a la afirmación más equivocada si Rincewind no hubiera añadido después:
–Es una pena que ya no queden rechiceros.
Peltre golpeó la mesa con la cuchara.
Resultaba una figura impresionante con la túnica ceremonial y la capucha de púrpura y sabanadija* del Venerable Consejo de Videntes, y la faja amarilla que lo identificaba como mago de quinto nivel. Llevaba tres años en el quinto nivel, a la espera de que alguno de los sesenta y cuatro magos del sexto tuviera la amabilidad de caerse muerto y dejar una vacante. Aun así, estaba de muy buen humor. No sólo había tomado ya una buena cena, sino que además tenía en sus habitaciones un frasquito de un veneno con garantía de insipidez que, usado con corrección, le garantizaría el ascenso en pocos meses. La vida le sonreía.
El gran reloj al otro lado de la sala tembló al borde de las nueve en punto.
Los golpes de cuchara no habían surtido mucho efecto. Peltre cogió una enorme jarra de cerveza y la sacudió contra la mesa con todas sus fuerzas.
–¡Hermanos! –gritó. Asintió cuando las conversaciones murieron–. Gracias. Por favor, levantaos para la ceremonia de... eh... de las llaves.
Una oleada de risas recorrió la sala, se oyó un murmullo generalizado de expectación mientras los magos empujaban hacia atrás los bancos y se ponían en pie, inseguros.
Las dobles puertas de la sala estaban cerradas con llave y tres cerrojos. El archicanciller, al acercarse, tenía que pedir permiso para entrar tres veces antes de que le abrieran, simbolizando que su nombramiento contaba con la aprobación de toda la comunidad mágica. O algo por el estilo. Los orígenes se perdían en el amanecer de los tiempos, cosa que era tan buen motivo como cualquier otro para seguir con la costumbre.
Las conversaciones cesaron. Los magos reunidos miraron en dirección a la puerta.
Resonó un suave golpe.
–¡Lárgate! –gritaron los magos (y algunos lo consideraban una muestra de humor sutil).
Peltre cogió el gran aro de hierro que reunía las llaves de la Universidad. No todas eran metálicas. No todas eran visibles. Y algunas tenían un aspecto muy, muy raro.
–¿Quién es aquel que llama a la puerta? –entonó.
–Yo.
Había algo extraño en la voz: a cada mago le parecía que el que hablaba estaba de pie junto a él. La mayoría llegaron incluso a mirar por encima de sus hombros.
En aquel momento de silencio asombrado, resonó el tintineo agudo de la cerradura. Todos contemplaron fascinados y horrorizados cómo los candados de hierro se abrían por su cuenta y riesgo. Los grandes tablones de roble, que el tiempo había transformado en algo más duro que la roca, se salieron de sus lugares. Las bisagras brillaron con un fuego que iba del rojo al amarillo y luego al blanco, y por último explotaron. Lentamente, con una inevitabilidad espantosa, las puertas se desplomaron hacia el interior de la sala.
Había una figura indefinida entre los restos humeantes de las bisagras.
–Diablos, Virrid –dijo uno de los magos que estaban más cerca–, menudo truco.
Cuando la figura se situó bajo la luz, todos cayeron en la cuenta de que, desde luego, no era Virrid Gansocanso.
Era como mínimo una cabeza más bajo que cualquier otro mago, y llevaba una sencilla túnica blanca. También era varias décadas más joven: aparentaba unos diez años, y en una mano sostenía un cayado considerablemente más alto que él.
–Oye, no es ningún mago...
–¿Y dónde tiene la capucha?
–¿Y el sombrero, por lo menos?
El desconocido avanzó junto a los atónitos magos, hasta llegar a la cabecera de la mesa. Peltre bajó la vista hacia el delgado rostro infantil, enmarcado por una mata de pelo rubio, y se fijó sobre todo en los ojos dorados que allí brillaban. Pero advirtió que no le miraban a él. Parecían clavados en algún punto a quince centímetros por detrás de su cabeza. Peltre tuvo la impresión de que estaba estorbando.
Reunió la dignidad que pudo y se irguió en toda su estatura.
–¿Qué significa... eh... esto? –dijo.
Hubo de admitir que no era una frase muy imperiosa, pero la firmeza de la mirada incandescente parecía haberle borrado todas las palabras de la mente.
–He venido –replicó el desconocido.
–¿Has venido? ¿Y para qué?
–Para ocupar mi lugar. ¿Dónde está el asiento que me corresponde?
–¿Eres uno de los estudiantes? –exigió saber Peltre, blanco de ira–. ¿Cómo te llamas, jovencito?
El chico no le hizo caso, y contempló a los magos que le rodeaban.
–¿Quién es el mago más poderoso de esta sala? –preguntó–. Quiero conocerlo.
Peltre sacudió la cabeza. Dos de los porteros de la Universidad, que se habían estado deslizando discretamente hacia el recién llegado durante los últimos minutos, aparecieron junto a él.
–Echadlo a la calle –ordenó Peltre.
Los porteros, hombres sólidos como rocas, asintieron. Agarraron los delgados brazos del chico con manos que parecían racimos de plátanos.
–Tu padre se enterará de esto –amenazó Peltre con severidad.
–Ya se ha enterado –replicó el niño.
Alzó la vista hacia los dos hombres y se encogió de hombros.
–¿Qué está pasando aquí?
Peltre se volvió para recibir a Skarmer Billias, jefe de la Orden de la Estrella de Plata. Si Peltre tendía más bien hacia lo escuálido, Billias era... bueno, amplio. Parecía un pequeño globo que alguien hubiera forrado de terciopelo azul y sabanadija. Aunque la verdad es que los magos, por media, abultan el doble que cualquier hombre normal.
Por desgracia, Billias era de esos hombres que se precian de ser buenos con los niños. Se inclinó hasta donde se lo permitió la cena, y acercó su rostro rubicundo al del niño.
–¿Qué pasa, chico? –preguntó.
–Este crío se ha metido aquí porque dice que quiere