I

1

–¡Dios mío, qué asco!
–¿Qué pasa, Mary?
–¿No lo has visto?
–Si he visto qué.

Mary miró a Peter, y en la implacable luz del desierto él vio que había palidecido y que en su rostro resaltaban aún más las quemaduras de las mejillas y la frente, donde ni siquiera un bronceador del más alto grado de protección la salvaguardaba por completo de los efectos del sol. Tenía la piel muy clara y se quemaba con facilidad.

–En aquella señal. La señal de velocidad máxima. –¿Qué tenía de especial?
–¡Había un gato muerto, Peter! Clavado o pegado o qué sé yo.

Peter pisó el freno y ella súbitamente lo agarró del hombro.

–Ni se te ocurra volver atrás –dijo.
–Pero...
–Pero ¿qué? ¿Es que quieres hacerle una foto? Ni hablar. Si vuelvo a verlo, vomitaré.

–¿Era un gato blanco? –preguntó Peter. Veía por el retrovisor el dorso de una señal, presumiblemente la de velocidad máxima a que se refería Mary, pero nada más. Al pasar por delante él iba mirando en otra dirección, contemplando una bandada de aves que volaba hacia unos montes cercanos. En un paraje como aquél no era imprescindible permanecer atento a la carretera todo el tiempo; los habitantes de Nevada describían el tramo de la interestatal 50 que atravesaba su estado como «la carretera más solitaria de América», y en opinión de Peter hacía honor a su fama. Pero él se había criado en Nueva York, y quizá la prolongada exposición a aquellos interminables espacios abiertos empezaba a exceder sus márgenes de tolerancia: agorafobia del desierto, el síndrome del salón de baile o algo por el estilo.

–No; era un gato rayado –respondió Mary–. Pero ¿qué más da?

–Pensaba que quizá hubiese alguna secta satánica en el desierto –explicó Peter–. Por lo visto, esta zona está llena de gente extraña. ¿No nos dijo eso Marielle?

–«Intensa» fue como ella los describió –corrigió Mary–. «La parte central de Nevada está llena de gente intensa», cito textualmente. Y Gary, poco más o menos, coincidía con ella. Pero como no hemos visto a nadie desde que cruzamos el límite de California...

–Bueno, en Fallon...
–Las estaciones de servicio no cuentan. Además, incluso allí la gente... –Mary lo miró con una peculiar expresión de desamparo que últimamente rara vez aparecía en su rostro, si bien había sido frecuente en los meses posteriores a su aborto–. ¿Qué han venido a hacer aquí, Pete? Comprendo que la gente se instale en Las Vegas o Reno... o hasta en Winnemucca o Wendover...

–Los que vienen de Utah a jugar dicen: «A Wendover llegarás y media vuelta te darás» –comentó Peter sonriendo–. Me lo contó Gary.

Mary no le prestó atención.
–Pero en el resto del estado... ¿Por qué vienen y por qué se quedan los habitantes de esta zona? Ya sé que nací en Nueva York, y probablemente no puedo entenderlo, pero...

–¿Seguro que no era un gato blanco? ¿O quizá negro? –Peter volvió a mirar por el retrovisor, pero viajaban a ciento veinte kilómetros por hora, y la señal ya se había desvanecido en un fondo de arena, mezcales y colinas parduscas. Sin embargo, por fin apareció otro vehículo detrás de ellos; veía el resplandeciente reflejo del sol en su parabrisas a unos dos kilómetros, tal vez tres.

–No. Era rayado, ya te lo he dicho. Contesta a mi pregunta. ¿Quiénes son los contribuyentes de esta parte de Nevada, y a qué se dedican?

Peter hizo un gesto de duda.
–Aquí no hay muchos contribuyentes. Fallon es el pueblo más grande de la interestatal 50, y sus habitantes viven básicamente de la agricultura. Según la guía, construyeron una presa y con el agua del pantano riegan sus tierras. Cultivan sobre todo melones. Y creo que hay también una base militar no muy lejos de aquí. Antiguamente Fallon era una casa de postas, ¿lo sabías?

–Yo me marcharía –aseguró Mary–. Cogería mis melones y me largaría.

Peter le acarició el pecho izquierdo con la mano derecha y bromeó:

–Un buen par de melones, señora.
–Gracias. Y no sólo de Fallon. Yo me largaría de cualquier estado donde no se viese una casa ni un árbol en kilómetros a la redonda y clavasen gatos en las señales de tráfico.

–Bueno, eso tiene que ver con la zona de percepción –explicó Peter con cierta reserva. A veces le era imposible adivinar si Mary decía algo en serio o hablaba por hablar, y ésa era una de aquellas veces–. Para ti, que te has criado en un medio urbano, la Gran Cuenca está fuera de tu zona de percepción. Y también para mí, desde luego. Incluso el cielo me pone nervioso. Desde que hemos salido esta mañana lo noto encima como una carga, opresivo.

–A mí me pasa lo mismo. Da la impresión de que hubiese demasiado.

–¿Te arrepientes de haber elegido este itinerario para volver a casa? –Peter echó un vistazo al retrovisor y advirtió que el otro vehículo se había acercado. No se trataba de un camión, que era lo único que habían visto desde Fallon (y todos en sentido opuesto, hacia el oeste), sino de un coche. Y obviamente tenía prisa.

Mary reflexionó. Por fin movió la cabeza en un gesto de negación.

–No. Me alegro de haber visto a Gary y Marielle, y el lago Tahoe...

–Una maravilla, ¿verdad?
–Increíble. Incluso esto... –Mary miró por la ventanilla– tiene su encanto, no digo lo contrario. Y supongo que lo recordaré mientras viva. Pero es...

–Escalofriante –apuntó Peter–. Al menos si uno está acostumbrado a Nueva York.

–Exacto. Zona de percepción urbana. Además, aunque hubiésemos tomado por la interestatal 80, tampoco habríamos encontrado más que desierto.

–Sí. Rastrojos rodando de un lado a otro. –Peter lanzó otra ojeada al retrovisor; las lentes de las gafas que usaba para conducir brillaron al sol. El vehículo que se aproximaba era un coche de la policía, y avanzaba a ciento cuarenta por lo menos. Peter se arrimó a la cuneta, y las ruedas del lado derecho salieron del asfalto y levantaron una nube de polvo.

–¿Qué haces, Pete?
Él volvió a mirar por el retrovisor. Vio acercarse rápidamente la enorme rejilla cromada del radiador, y los violentos destellos del sol reflejado en el metal lo obligaron a entornar los ojos. No obstante, le pareció notar que el coche era blanco, lo cual significaba que no pertenecía a la policía estatal.

–Intento encogerme –contestó Peter–, como un animalito acurrucado y asustadizo. Detrás viene un coche de la policía y parece que tiene prisa. Quizá sigue la pista del...

El coche patrulla los adelantó, y el Acura de la hermana de Peter se balanceó en su estela. Era en efecto blanco, y estaba cubierto de polvo. Llevaba un adhesivo en el costado, pero Peter no tuvo tiempo de leerlo. DES algo más, rezaba. Desistir, quizá; ése no sería un mal nombre para un pueblo perdido en medio del desierto de Nevada.

–... del individuo que ha clavado el gato en la señal de tráfico.

–Y a esa velocidad ¿por qué no lleva puestas las luces de advertencia? –preguntó Mary.

–¿Para advertir a quién en este descampado? –Pues... a nosotros –repuso Mary, mirándolo de nuevo con su peculiar expresión.

Peter hizo ademán de replicarle, pero se contuvo. Mary tenía razón. El policía debía de tenerlos al alcance de la vista por lo menos desde que ellos habían detectado su presencia, o quizá desde antes, ¿por qué, pues, no los había advertido con los faros o las luces giratorias para mayor seguridad? Naturalmente Peter se había hecho cargo de la situación y le había facilitado el paso; así y todo...

De pronto se encendieron las luces traseras del coche patrulla. Peter pisó el freno sin pensar, pese a que había reducido a cien por hora y no existía riesgo de colisión porque el otro coche se hallaba ya demasiado lejos. A continuación el coche se desvió bruscamente de su trayectoria e invadió el carril contrario.

–¿Qué hace? –preguntó Mary.
–No lo sé –contestó Peter.

Pero sí lo sabía: estaba aminorando la marcha. De los ciento cuarenta kilómetros por hora a los que viajaba al adelantarlos había disminuido a ochenta como mucho. Con expresión ceñuda, Peter redujo también la velocidad, prefiriendo, sin saber por qué, no acercarse al automóvil que lo precedía. El cuentakilómetros del coche –un Acura que pertenecía a su hermana Deirdre– marcaba ahora sesenta y cinco.

–¡Peter! –exclamó Mary, visiblemente alarmada–. Peter, esto no me gusta.

–No pasa nada –la tranquilizó él. Pero ¿realmente no pasaba nada?, se preguntó observando el coche patrulla, que se aproximaba lentamente por el carril de la izquierda. Trató de ver al conductor pero le fue imposible: una espesa capa de polvo del desierto cubría la luna trasera.

Sus luces de freno, también sucias de polvo, parpadearon y el coche moderó más aún la velocidad. Avanzaba apenas a cincuenta por hora. Una bola de rastrojo cruzó la carretera, y los neumáticos radiales del coche patrulla la aplastaron. Salió por la parte trasera del vehículo como una maraña de dedos rotos. Una repentina sensación de miedo, casi pánico, asaltó a Peter, aunque no lograba entender por qué.

Porque Nevada, pensó, está llena de gente intensa –lo dijo Marielle y Gary coincidió con ella–, y así es como actúa la gente intensa; en otras palabras, de una manera extraña. Naturalmente, Peter no daba crédito a tales tonterías. Aquello en realidad no era extraño, o al menos no demasiado extraño, si bien...

Las luces de frenado del coche patrulla parpadearon de nuevo. En respuesta Peter, sin pensar en lo que hacía, pisó también el freno, y al mirar el cuentakilómetros vio que marcaba cuarenta.

–¿Qué se propone, Pete? –preguntó Mary.

A esas alturas resultaba ya bastante obvio. –Ponerse otra vez detrás de nosotros.
–¿Por qué?
–No lo sé –contestó Peter.
–Si ésa es su intención, ¿por qué no ha parado en el arcén y nos ha dejado pasar?

–Tampoco lo sé.
–¿Qué vas a...?
–Seguir adelante, por supuesto –la interrumpió Peter. Y sin ningún motivo añadió–: Al fin y al cabo, nosotros no hemos clavado el maldito gato en la señal de tráfico.

Apretó ligeramente el acelerador y de inmediato empezó a acercarse al polvoriento coche patrulla, que en esos momentos avanzaba a poco más de treinta kilómetros por hora.

–¡No, no lo adelantes! –suplicó Mary, agarrándole el hombro con tal fuerza que Peter notó la presión de sus cortas uñas bajo la recia camisa.

–Mare, no me queda alternativa.

En todo caso ya no tenía sentido discutir, pues al instante el Acura de Deirdre llegó a la altura del sucio Caprice blanco y lo adelantó. Peter escrutó a través de los cristales, pero apenas vio nada. Una enorme silueta masculina y poco más. Aun así, le dio la impresión de que el conductor también lo observaba a él. Peter echó un vistazo al adhesivo estampado en la puerta delantera. Esta vez sí tuvo tiempo de leerlo. DEPARTAMENTO DE

POLICÍA DESESPERACIÓN, rezaba el rótulo en letras doradas bajo el emblema del pueblo, al parecer un minero y un jinete estrechándose las manos.

Desesperación, pensó Peter. Mejor aún que Desistir, mucho mejor.

En cuanto lo adelantaron, el coche patrulla volvió al carril de la derecha y aceleró hasta pegarse casi al parachoques trasero del Acura. Siguieron así durante treinta o cuarenta segundos, que a Peter se le hicieron interminables. Después comenzaron a girar las luces azules del techo del Caprice. Peter sintió un súbito vacío en el estómago, pero no de sorpresa. Nada más lejos.

2

Mary seguía aferrada a su hombro, y cuando Peter se arrimó al arcén, volvió a clavarle las uñas.

–¿Qué haces, Peter? ¿Qué haces?
–Parar. Ha encendido las luces y me ha indicado que me detenga.

–Esto no me gusta –repitió Mary, mirando inquieta alrededor. No había mucho que ver aparte de desierto, montes y un infinito cielo azul–. ¿Qué infracción hemos cometido?

–Exceso de velocidad, posiblemente.

Peter miró por el retrovisor exterior. Sobre las palabras PRECAUCIÓN: LOS OBJETOS PUEDEN HALLARSE MÁS CERCA DE

LO PARECE impresas en el espejo, vio cómo se abría la polvorienta puerta del conductor del coche patrulla. Asomó un pierna de color caqui. Era descomunal. Mientras el hombre a quien pertenecía salía del coche, cerraba la puerta y se calaba el sombrero de policía (dentro, supuso Peter, no debía de llevarlo por falta de espacio), Mary volvió la cabeza y lo observó boquiabierta.

–¡Dios santo, es del tamaño de un futbolista! –Por lo menos –añadió Peter. Orientándose por la altura del coche, un metro y medio más o menos, calculó que el policía medía aproximadamente un metro noventa y cinco. Y debía de pesar más de ciento veinte kilos, quizá ciento cuarenta.

Mary le soltó el hombro y se apretó contra la puerta, alejándose tanto como pudo del gigante que se acercaba al Acura. De su cinturón, a un costado, pendía un revólver tan grande como todo en él, pero llevaba las manos vacías, sin bloc de multas ni carpeta alguna. Ese detalle alarmó a Peter. No sabía cómo interpretarlo pero lo alarmó. Desde que tenía edad de usar un coche lo habían multado cuatro veces por exceso de velocidad en su adolescencia y otra hacía tres años por conducir bajo los efectos del alcohol (al salir de la fiesta que se celebraba antes de las Navidades en la facultad), y nunca se había dirigido a él un agente con las manos vacías, de ahí su inquietud. El corazón, que ya le latía a un ritmo más rápido del normal, se le aceleró un poco más. No era que le retumbase en el pecho, al menos no todavía, pero presentía que podía llegar a ese extremo, que de hecho podía llegar muy fácilmente.

Te estás comportando como un imbécil, ¿lo sabías?, se dijo. Has rebasado el límite de velocidad, así de sencillo. El límite máximo en esta carretera es de noventa kilómetros por hora, y aunque resulta ridículo y todo el mundo lo sabe, sin duda este tipo tiene una cuota de infracciones que cubrir. Y en lo que se refiere a multas por exceso de velocidad, los conductores de otros estados son las víctimas propicias. Eres consciente de todo eso, así que... ¿cómo se titulaba aquel antiguo álbum de Van Halen? ¿Cómetelos y sonríe?

El policía se detuvo junto a la ventanilla, y la hebilla de su cinturón quedó a la altura de los ojos de Peter. En lugar de inclinarse alzó un puño (a Peter le pareció del tamaño de un mazo) y lo hizo girar imitando el movimiento de un manubrio.

Peter se quitó sus gafas redondas sin aros, se las guardó en el bolsillo del pecho y bajó el cristal de la ventanilla. Percibía claramente la rápida respiración de Mary en el asiento contiguo. Daba la impresión de que hubiese estado saltando a la comba o haciendo el amor.

El policía flexionó lentamente las rodillas, y su rostro enorme e inescrutable apareció en el campo de visión de los Jackson. El ala rígida del sombrero proyectaba una franja de sombra sobre su frente. Tenía la piel de un desagradable color rosado, y Peter dedujo que aquel hombre, pese a su extraordinaria envergadura, no resistía el sol mucho mejor que Mary. Sus claros ojos grises no reflejaban emoción alguna. O por lo menos Peter era incapaz de detectarla. No obstante, sí olía a algo, una colonia o un masaje para después del afeitado, quizá Old Spice.

El policía lo observó por un instante y después dejó vagar la mirada por el interior del Acura, fijándola primero en Mary (típica esposa norteamericana, blanca, buena figura, rostro atractivo, pocas horas de vuelo, ninguna cicatriz visible) y luego en las cámaras fotográficas, algunas bolsas y las compras acumuladas a lo largo del camino. Las compras eran aún mínimas; habían salido de Oregón hacía sólo tres días, y un día y medio lo habían pasado en casa de Gary y Marielle Soderson, escuchando los discos de su adolescencia y charlando de los viejos tiempos.

La mirada del policía se detuvo en el cenicero abierto. Peter supuso que buscaba boquillas de porro, sospecha que vio confirmada de inmediato cuando el hombre husmeó el aire en busca de algún resto de olor a hierba o chocolate. Experimentó cierta sensación de alivio. No fumaba un porro desde hacía quince años, nunca había probado la coca, y prácticamente había dejado la bebida después de la multa por conducir bajo los efectos del alcohol tras la fiesta de Navidad. Por esas fechas su experiencia con las drogas se reducía a oler un poco de hachís en algún que otro concierto de rock, y Mary, por su parte, nunca había mostrado el menor interés por esas cosas (a veces se jactaba de «su virginidad en cuestión de drogas»). El cenicero no contenía más que un par de envoltorios de chicle arrugados, y tampoco en el asiento trasero había latas de cerveza o botellas de vino vacías.

–Agente, sé que iba un poco deprisa...
–Ya. Se le ha dormido el pie en el acelerador, ¿no? –preguntó el policía con tono afable–. ¿Podría enseñarme su carnet de conducir y el certificado de matriculación del vehículo?

–Claro. –Peter sacó la cartera del bolsillo posterior del pantalón–. El coche no es mío. Es de mi hermana. Se lo llevamos a Nueva York desde Oregón. Ella estudiaba hasta hace poco en el Reed College de Portland.

Estaba hablando más de la cuenta, lo sabía, pero era incapaz de contenerse. Resultaba curioso que en presencia de la policía uno empezase a parlotear de ese modo, como si llevase oculto en el maletero un cadáver descuartizado o un niño secuestrado. Recordaba que había reaccionado exactamente igual cuando la policía lo hizo parar en la autovía de Long Island después de la fiesta de Navidad. Habló y habló mientras uno de los agentes, sin despegar los labios, realizaba metódicamente su trabajo, primero examinando la documentación y después comprobando el buen funcionamiento de su pequeño alcoholímetro azul.

–¿Mare? ¿Podrías sacar de la guantera la documentación del coche? Está en un sobre de plástico junto con los papeles del seguro.

En un primer momento Mary permaneció inmóvil. Peter la miró de reojo –se hallaba paralizada en el asiento– mientras abría su cartera y comenzaba a buscar el carnet de conducir. Debería haber estado allí, en uno de los primeros compartimientos transparentes, pero no estaba.

–¿Mare? –insistió, ya un tanto impaciente y de nuevo asustado. ¿Y si había perdido el carnet en alguna parte? ¿Y si se le había caído al suelo en casa de Gary