NOTA DEL EDITOR

Antes de morir de cáncer a finales de 1985, Richard Bachman publicó cinco novelas. En 1994, durante los preparativos de una mudanza, la viuda del autor encontró en el sótano una caja llena de manuscritos en distintos estadios de elaboración. Los más incompletos estaban escritos a mano en los cuadernos para taquigrafía que solía usar Bachman. El más completo era el de la novela que publicamos a continuación. Estaba en un archivador cerrado con bandas elásticas, como si Bachman se hubiese propuesto enviarlo a su editor después de una revisión final.

La viuda de Bachman me pidió que le echara un vistazo y a mí me pareció que estaba al nivel de sus obras anteriores. Me he permitido hacer algunos cambios, casi todos para actualizarlo (por ejemplo, sustituir a Rob Lowe por Ethan Hawke en el primer capítulo), pero en líneas generales lo he dejado tal cual. La publicación de esta obra (aprobada por la viuda del autor) viene a coronar una carrera peculiar, aunque no desprovista de interés.

Deseo agradecer a Claudia Eschelman (antes Claudia Bachman); a Douglas Winter, especialista en Bachman; a Elaine Koster, de la biblioteca New American, y a Carolyn Stromberg, que editó las primeras novelas de Bachman y confirmó la autoría de ésta.

La viuda de Bachman dice no tener conocimiento de que su esposo visitara Ohio, «aunque podría haberlo sobrevolado un par de veces». Tampoco sabe cuándo escribió esta novela, aunque sospecha que debe de haberlo hecho por las noches. Richard Bachman sufría de insomnio crónico.

CHARLES VERRILL

Nueva York

Postal enviada por William Garin…

Postal enviada por William Garin a su hermana, Audrey Wyler.

Capítulo 1

I

Calle Poplar/15 de julio de 1996/15.45 h

El verano ha llegado.

No es un verano cualquiera, sino un verano apoteósico, el no-va-más del verano. El verdísimo verano de Ohio, maravilloso en julio, con el sol blanco resplandeciente en un fantástico cielo azul tejano desteñido, el alboroto de los niños que corren de un extremo al otro del bosque situado en lo alto de la cuesta de la calle Bear, el golpeteo de los bates de béisbol en el campo de juegos, más allá del bosque, el ruido de los patines sobre las aceras de asfalto y las suaves piedras de macadam de la calle Poplar, el sonido de las radios –uno de los excepcionales partidos de los Indians de Cleveland compitiendo con Tina Turner cantando a voz en cuello Nutbush City Limits, esa que dice: «Veinticinco es el límite de velocidad, no se admiten motos»; y rodeándolo todo, como un ribete sonoro de puntilla, el sereno y suave ronroneo de los aspersores de riego.

El verano en Wentworth, Ohio, es cosa de no creer. Aquí, en la calle Poplar, llega directamente al centro de aquel mítico aunque descolorido sueño americano, con el olor a hot dogs en el aire y restos de los cohetes del 4 de Julio todavía en las bocas de alcantarillas. Ha sido un mes caluroso, perfecto, bendito, maravilloso, el súmmun de los julios –nadie lo duda–, pero si queréis saber la verdad, también ha sido un julio seco, sin más agua que la de las mangueras usadas para limpiar los restos de los farolillos de papel. Hoy parece que van a cambiar las cosas, pues de vez en cuando se oyen truenos hacia el oeste, y los que miran el canal meteorológico (como imaginaréis, en la calle Poplar hay muchos abonados a la televisión por cable) saben que se aproxima una tormenta eléctrica. Quizá incluso un tornado, aunque eso es menos probable.

Mientras tanto, todo son jugosas sandías, refrescos y pelotas mal bateadas; el verano que uno siempre ha deseado y más, aquí en medio de Estados Unidos de América; una vida de ensueño con Chevrolets aparcados frente a las casas y el refrigerador surtido de bistecs que esperan a la noche, cuando los pondrán sobre la parrilla de la barbacoa en el jardín (¿habrá pastel de manzana para terminar?, ¿vosotros qué creéis?). Es la tierra del césped verde y los cuidados macizos de flores; el reino de Ohio, donde los niños llevan gorras con la visera hacia atrás, camisetas sin mangas sobre holgados bermudas y enormes y toscas zapatillas que, indefectiblemente, zumban como las auténticas Nike.

De un extremo a otro de Poplar –entre las calles Bear, en lo alto de la cuesta, y Hyacinth, abajo– hay once casas y una tienda. La tienda es la típica americana, donde uno puede comprar tabaco de todas las marcas, caramelos de un centavo (aunque en la actualidad casi todos cuestan cinco), provisiones para la barbacoa (platos de cartón tenedores de plástico cortezas de trigo helado ketchup mostaza), helados y una amplia variedad de refrescos elaborados con las mejores materias primas del mundo. En el EZ Stop hasta es posible encontrar el Penthouse, aunque hay que pedírselo a la dependienta, ya que en Ohio las revistas porno se guardan debajo del mostrador. Y eso está muy bien. Lo importante es saber que uno puede conseguirlas si lo desea.

La dependienta es nueva, lleva menos de una semana en el puesto, y ahora, a las cuatro menos cuarto de la tarde, está atendiendo a un niño y una niña. Ésta aparenta unos once años y ya promete ser una auténtica belleza. Aquél, obviamente su hermano menor, debe de tener seis años y, al menos en opinión de la dependienta, promete ser un malcriado de narices.

–¡Quiero dos chocolatinas! –dice Hermano Malcriado.

–Si los dos tomamos un refresco, sólo nos queda dinero para una –responde Hermana Bonita demostrando una paciencia admirable a los ojos de la dependienta. Si el crío fuera su hermano, le daría tantas patadas en el trasero que podría representar al jorobado de Notre Dame en la función de fin de curso del colegio.

–Mamá te dio cinco pavos esta mañana; yo la vi. ¿Dónde has metido el resto, Marrr-grit?

–No me llames así; sabes que lo detesto –dice la chica.

Tiene una larga cabellera color miel que a la dependienta le parece preciosa. El pelo de la dependienta es corto y crespo, teñido de naranja a la derecha y de verde a la izquierda. Sabe muy bien que no habría conseguido el puesto con esas greñas si el gerente no hubiera estado absolutamente necesitado de alguien que trabajara de once a siete... En fin; mejor para ella, peor para él. El tipo le había hecho prometer que se cubriría la cabeza con un pañuelo o una gorra de béisbol, pero las promesas están hechas para romperse. Ahora ve que Hermana Bonita le mira el pelo con fascinación.

–¡Margrit-Margrit-Margrit! –exclama el hermano pequeño con la alegre y enérgica perversidad propia de los hermanos pequeños.

–En realidad me llamo Ellen –dice la niña con el tono de alguien que desea demostrar seguridad–. Margaret es mi segundo nombre, y él me llama así porque sabe que lo detesto.

–Mucho gusto, Ellen –dice la joven y comienza a sumar los precios de los artículos.

–Mucho gusto, Marrr-grit –se burla Hermano Malcriado poniendo una expresión tan maliciosa que resulta cómica. Tiene la nariz arrugada y los ojos bizcos–. ¡Mucho gusto, Marrrgrit la Marrrmota!

Ellen no le hace caso y dice:

–Me encanta tu pelo.

–Gracias –responde la dependienta con una sonrisa–. No es tan bonito como el tuyo, pero puede pasar. Es un dólar con cuarenta y seis.

La niña saca un monedero de plástico del bolsillo de los tejanos. Es uno de esos que se abren apretando el cierre superior. Dentro hay dos billetes arrugados de un dólar y unos cuantos centavos.

–¡Pregúntale a Margrit la Marmota dónde están los otros tres pavos! –chilla el malcriado, que parece un servicio público de megafonía–. ¡Se los ha gastado en una revista con Eeeethan Hawwwke en la tapa!

Ellen sigue sin hacerle caso, aunque sus mejillas comienzan a teñirse de rojo. Mientras entrega los dos dólares, dice:

–No te he visto antes, ¿verdad?

–Puede que no... empecé a trabajar el miércoles pasado. Necesitaban a alguien para el turno de once a siete y quedarse un rato más si el tipo de la noche llega tarde.

–Bueno, me alegro de conocerte. Soy Ellen Carver, y éste es mi hermano Ralph.

Ralph Carver saca la lengua y hace un ruido con la boca similar al de una avispa encerrada en un frasco de mayonesa. ¡Qué animalito tan amable!, piensa la chica del pelo bicolor.

–Yo soy Cynthia Smith –dice extendiendo la mano por encima del mostrador–. Llámame Cynthia, pero nunca Cindy, ¿lo recordarás?

La niña asiente con una sonrisa.

–Y a mí llámame Ellie, nunca Margaret.

–¡Marrrgrit la Marrrmota! –grita Ralph con el frenético tono victorioso de un crío de seis años. Levanta las manos y mueve las caderas de un lado a otro con ponzoñosa alegría–. ¡Margrit la Marmota está colada por Eeeethan Hawwwke!

Ellen mira a Cynthia con una expresión de resignación demasiado madura para su edad, como diciendo «Ya ves lo que tengo que aguantar». Cynthia, que tiene un hermano menor y sabe muy bien lo que tiene que aguantar la bonita Ellie, está tentada de risa, pero consigue mantenerse seria. Y es una suerte. La cría es una prisionera de su tiempo y su edad, como todo el mundo, lo que significa que ese asunto es muy serio para ella. Ellie le entrega una lata de Pepsi a su hermano.

–Fuera partiremos la chocolatina –dice.

–Me llevarás en mi Buster –dice Ralph mientras se dirigen a la puerta, cruzando el brillante rectángulo de sol que se proyecta como una hoguera desde la ventana–. Me llevarás en mi Buster todo el camino a casa.

–De eso nada, monada –dice Ellie, pero cuando abre la puerta, el malcriado se gira y mira a Cynthia con una mirada que dice: «Espera y verás quién gana. Ya lo verás.» Luego salen.

Es verano, sí, pero no un momento cualquiera del verano; hablamos del 15 de julio, la apoteosis del verano en una ciudad de Ohio donde la mayoría de los niños van a las colonias de vacaciones de la iglesia y participan en los programas estivales de lectura de la biblioteca pública local, y donde un niño exigió que le compraran un pequeño carro rojo que, por razones que sólo él conoce, ha llamado Buster. Once casas y una tienda cociéndose al resplandeciente y desnudo sol de julio en el Medio Oeste, treinta y dos grados a la sombra, treinta y cinco al sol; suficiente calor para que el aire brille encima del pavimento como si éste fuera un horno crematorio.

La calle se extiende de norte a sur, los números impares del lado de Los Ángeles, los pares del de Nueva York. En lo alto, en la esquina oeste de Poplar y Bear, está situado el número 251. Brad Josephson está fuera, junto al camino de entrada de su casa, regando los macizos de flores con una manguera. Tiene cuarenta y seis años, una maravillosa piel color chocolate y una barriga prominente y caída. Ellie Carver piensa que se parece a Bill Cosby... Bueno, al menos un poquito. Brad y Belinda Josephson son los únicos negros de la calle y el barrio está muy orgullosa de tenerlos. Tienen el aspecto que la gente de las afueras de Ohio quiere para sus negros, y es agradable verlos por allí. Son buena gente. Los Josephson caen bien a todo el mundo.

Cary Ripton, que reparte el Shopper de Wentworth los lunes por la tarde, tuerce la esquina en bicicleta y arroja un periódico enrollado a Brad. Éste lo atrapa diestramente con la mano libre. Ni siquiera se mueve. Levanta la mano y lo coge.

–¡Bravo, señor Josephson! –grita Cary y pedalea cuesta abajo con la bolsa de lona llena de periódicos balanceándose contra su cadera. Lleva una holgada camiseta de los Magic de Orlando con el número de Shaq, el 32.

–Sí, todavía no estoy acabado –dice Brad y sujeta la boquilla de la manguera con el brazo para desplegar el periódico gratuito semanal y mirar la primera página.

La misma basura de siempre, desde luego –terrenos en venta y propaganda municipal–, pero de todos modos quiere echarle un vistazo. Brad supone que es propio de la naturaleza humana. Al otro lado de la calle, en el número 250, Johnny Marinville está sentado en el zaguán, tocando la guitarra y cantando. Es una de las canciones folk más estúpidas del mundo, pero Marinville toca bien, y aunque nadie podría confundirlo con Marvin Gaye (o Perry Como, llegado el caso), sabe seguir una melodía sin desafinar. Brad siempre ha encontrado este hecho ligeramente insultante. Según Brad, un hombre que es bueno para una cosa, debería contentarse con su suerte y no aspirar a nada más.

Cary Ripton, catorce años, pelo cortado a cepillo, shortstop sustituto en la liga de Wentworth (los Hawk, en la actualidad 14-4 con dos juegos pendientes), arroja el siguiente Shopper al zaguán del 249, la casa de los Soderson. Así como los Josephson son la pareja negra de la calle Poplar, los Soderson –Gary y Marielle– son los sonados del barrio. Según la opinión pública, los Soderson se complementan muy bien. Gary es un tipo generoso y servicial, apreciado por sus vecinos a pesar de que casi siempre está borracho. Marielle, sin embargo... Bueno, como se ha oído decir a Bombón Carver: «Hay una palabra para definir a las mujeres como Marielle, y rima con el nombre de la varita de un director de orquesta.»

El lanzamiento de Cary es perfecto: el periódico rebota en la puerta de los Soderson y aterriza sobre el felpudo de la entrada, pero nadie sale a recogerlo. Marielle está dentro dándose una ducha (la segunda del día; detesta este calor pegajoso) y Gary está sentado en el jardín trasero, añadiendo carbón a la barbacoa con aire distraído, llenándola como para asar un bisonte. Lleva un delantal con la inscripción PUEDES BESAR AL COCINERO. Es demasiado pronto para echar la carne a la parrilla, pero nunca es demasiado pronto para prepararse. En el jardín trasero de los Soderson hay una mesa cubierta con una sombrilla, donde Gary ha montado su bar portátil: un frasco de olivas, una botella de ginebra y una de vermut. Ésta no ha sido abierta, pero hay un martini doble frente a ella. Gary deja de añadir carbón a la barbacoa y apura su copa. Le encantan los martinis y cuando no tiene que dar clases está borracho a eso de las cuatro. Hoy no es la excepción.

–Muy bien –dice Gary–, el siguiente.

Y procede a prepararse otro martini a la Soderson. Lo hace del siguiente modo: a) llenando las tres cuartas partes del vaso con ginebra Bombay; b) añadiendo una oliva Amati; c) golpeando el borde del vaso contra la botella cerrada de vermut para la buena suerte.

Prueba un poco, cierra los ojos, prueba otro poco. Luego abre los ojos, que ya están bastante rojos, y sonríe.

–Sí, señoras y señores –dice al reluciente jardín trasero–. ¡Ya tenemos un ganador!

Suavemente, por encima de los demás sonidos del verano –niños, cortadoras de césped, coches, aspersores y el zumbido de los insectos sobre la hierba semimarchita del jardín– Gary oye la guitarra del escritor; una melodía dulce y pegadiza. La reconoce casi de inmediato y baila en el círculo de sombra de la sombrilla con el vaso en la mano, cantando: «Bésame y sonríe... Dime que me esperarás... Abrázame como si no quisieras dejarme partir...»

Estupenda canción; de antes de que nacieran los mellizos Reed, que viven dos casas más allá. De antes incluso que sus padres soñaran con concebirlos. Por un instante piensa en el implacable e inevitable paso del tiempo, y le parece oír su vertiginoso zumbido, como si fuera una poderosa nave de metal. Toma otro largo sorbo de su martini y se pregunta qué hacer ahora que la barbacoa está preparada. Entre los demás sonidos distingue el de la ducha en la planta alta de su casa y piensa en Marielle desnuda allí; la mayor puta del mundo occidental, pero se mantiene en forma. La imagina enjabonándose los pechos, quizá acariciándose los pezones en círculos, poniéndolos erectos. Por supuesto, Marielle no está haciendo nada semejante, pero es la clase de imagen que no se borra de la cabeza a menos que uno haga algo al respecto. Decide convertirse en una versión contemporánea de san Jorge y follarse al dragón en lugar de matarlo. Deja el vaso de martini sobre la mesa y comienza a andar hacia la casa.

Vaya, es verano, verano, verano, vera-vera-vera verano, y la vida es maravillosa en la calle Poplar.

Cary Ripton mira por el retrovisor de la bici, no ve ningún coche y cruza la calle hacia el este, en dirección a casa de los Carver. No se ha detenido en casa de Marinville, porque a comienzos del verano Johnny Marinville le dio cinco dólares para que no le dejara el Shopper.

–Por favor, Cary –dijo con una mirada solemne y vehemente–, no soportaría enterarme de la inauguración de otro supermercado o de otra fiesta de boticarios. Me moriría.

Cary no tiene ni puñetera idea de lo que quiso decir Marinville, pero es un buen tipo, y cinco pavos son cinco pavos.

La señora Carver abre la puerta del 248 de Poplar y saluda a Cary mientras éste le arroja el Shopper. Intenta atajarlo, no lo consigue y ríe. Cary también ríe. No tiene ni las manos ni los reflejos de Brad Josephson, pero es bonita, y sabe perder. Su marido está lavando el coche junto a la casa, con traje de baño y playeras. Ve a Cary por el rabillo del ojo, se gira y le apunta con un dedo. Cary lo imita y fingen dispararse. Es el patético aunque loable esfuerzo del señor Carver para hacerse el simpático, y Cary lo respeta. David Carver trabaja en correos y Cary supone que esta semana está de vacaciones. El muchacho se hace una promesa: si cuando sea mayor tiene que coger un empleo de nueve a cinco (sabe que, como la diabetes o los problemas renales, esas cosas a veces son inevitables), nunca pasará las vacaciones en casa, lavando el coche en el jardín.

De todos modos no tendré coche, piensa. Tendré una moto. Pero no japonesa, sino americana. Una estupenda Harley Davidson como la que Marinville guarda en el garaje.

Vuelve a mirar por el retrovisor, vislumbra algo rojo en la calle Bear, más allá de la casa de los Josephson –parece una furgoneta, aparcada justo en la intersección sudoeste– y sigue pedaleando en dirección al 247, la casa de los Wyler.

De todas las casas ocupadas de la calle (la del 242, donde antes vivían los Hobart, está deshabitada), la de los Wyler es la única que le da reparos. Es pequeña, estilo rancho, y no le vendría mal una mano de pintura en el frente y otra de selladora en el camino. Hay un aspersor en el jardín, pero, a diferencia de los demás jardines de la calle (incluido el de la casa vacía de los Hobart), el césped muestra los efectos del tiempo seco y caluroso. Hay algunas zonas amarillas, todavía pequeñas pero cada vez más extensas.

La señora Wyler no sabe que no basta con el agua, piensa Gary mientras coge otro Shopper de la bolsa de loneta. Quizá su marido lo sabía, pero...

De repente se da cuenta de que la señora Wyler (supone que una mujer sigue siendo señora aunque esté viuda) está al otro lado de la puerta de rejilla, y su silueta le llama la atención, lo escandaliza. Se tambalea en la bici y arroja el periódico con menos habilidad que de costumbre. El Shopper aterriza sobre uno de los arbustos que flanquean la escalinata de entrada. Detesta hacer eso, lo detesta; se siente como en una de esas comedias imbéciles en que el chico de los periódicos siempre arroja el Daily Bugle sobre el techo o encima de un rosal (ía, ía, repartidores con mala puntería, qué horror). Otro día (o en otra casa) habría vuelto atrás para corregir el error... quizá incluso habría entregado el periódico en mano a la señora, con una sonrisa y un buenos días. Pero hoy no. Allí hay algo que no le gusta. Tiene que ver con la postura de la mujer que está detrás de la puerta de rejilla, que tiene los hombros caídos y los brazos laxos, como un juguete que se ha quedado sin pilas. Y puede que eso no sea todo. No alcanza a verla bien, pero tiene la impresión de que la señora Wyler lleva sólo unos pantalones cortos; está desnuda de cintura para arriba. Y sigue allí, en el vestíbulo, mirándolo.

Más que sensual, la escena resulta patética.

El niño que vive con ella, su sobrino, también es patético. Se llama Seth Garland o Garin o algo por el estilo. Nunca habla, ni siquiera si te diriges a él –eh, cómo te va, te gusta este lugar, crees que los Indians volverán a ganar la liga–, pero él se limita a mirarte fijamente con sus ojos color barro. Te mira como Cary cree que ahora lo mira la señora Wyler, que habitualmente se muestra simpática con él. Entra en mi casa, dijo la araña a la mosca, y esas miradas parecen decir algo por el estilo. Su marido murió el año pasado (ahora que lo piensa, en la misma época en que los Hobart tuvieron problemas y se mudaron), y la gente dice que no fue un accidente. La gente dice que Herb Wyler, que coleccionaba piedras y una vez regaló una escopeta de aire comprimido a Cary, se suicidó.

Se le pone la carne de gallina –algo doblemente preocupante en un día caluroso como éste– y gira para volver atrás echando otra mirada por el retrovisor. La furgoneta roja sigue en la esquina de Bear y Poplar (un coche de rico, piensa el chico), y esta vez se acerca otro vehículo, un Acura azul que Cary reconoce de inmediato. Es el señor Jackson, el otro profe del barrio, aunque en este caso no de instituto. El señor Jackson es en realidad el catedrático Jackson, o quizá sólo adjunto. Trabaja en la Universidad de Ohio. Los Jackson viven en el 244, al lado de la antigua casa de los Hobart. Es la casa más bonita del barrio, una amplia finca estilo Cape Cod con un alto seto del lado de abajo y una alta valla de madera de cedro del lado de arriba, donde linda con la casa del viejo veterinario.

–¡Hola, Cary! –dice Peter Jackson deteniéndose a su lado. Lleva tejanos desteñidos y una camiseta estampada con una risueña cara amarilla. QUE TENGAS UN BUEN DÍA, dice la cara risueña–. ¿Qué tal va todo, chico?

–Estupendo, señor Jackson –contesta Cary con una sonrisa. Piensa en añadir «aunque la señora Wyler está en la puerta de su casa con las tetas al aire», pero no lo hace–. Todo genial.

–¿Habéis comenzado los partidos?

–Hasta ahora sólo hemos jugado dos. Ayer hice un par de entradas y puede que esta noche haga otro par. No esperaba más. Pero éste es el último año de Frankie Albertini en el Legion, ¿sabe?

–Exacto –dice Peter, cogiendo la idea al vuelo–. Y el año que viene monsieur Cary Ripton jugará de shortstop.

El chico ríe y se imagina saliendo al campo de juego con el uniforme del Legion, aullando como un hombre lobo.

–¿Este año también da cursos de verano?

–Sí. Dos seminarios: las obras históricas de Shakespeare y James Dickey y el nuevo gótico sureño. ¿Te interesa alguno?

–Creo que paso.

Peter asiente con seriedad.

–Pasa y nunca tendrás que dar cursos de verano. –Señala la cara sonriente de la camiseta–. Cuando llega junio, se olvidan de los códigos de etiqueta, pero los cursos de verano siguen siendo un coñazo. Como siempre. –Arroja el Shopper al asiento trasero y pone en marcha el coche–. No vayas a sufrir una insolación pedaleando por el barrio con los periódicos.

–Descuide. Creo que está por llover. Ya he oído varios truenos.

–Eso dicen por la radio.

Una bestia peluda pasa corriendo detrás de un disco rojo. Cary inclina la bici hacia el coche de Jackson y siente el roce de la cola de Aníbal, el pastor alemán que persigue el disco de playa.

–Dígale lo de la insolación a él –dice Cary.

–Puede que lo haga –responde Peter y avanza despacio.

Cary mira cómo Aníbal coge el disco con la boca al otro lado de la calle. Lleva un pañuelo de colores chillones alrededor del cuello y parece lucir una sonrisa perruna.

–¡Tráelo aquí, Aníbal! –grita Jim Reed.

Su hermano Dave se une a él:

–¡Vamos, Aníbal! ¡No seas tonto! ¡Tráelo!

El perro se detiene con el disco en la boca junto al número 246, enfrente de la casa de los Wyler, y menea tranquilamente la cola. Su sonrisa parece ensancharse.

Los mellizos Reed viven en el 245, al lado de la casa de la señora Wyler. Están junto al jardín (uno moreno, otro rubio, ambos altos y apuestos con sus camisetas sin mangas e idénticos pantalones cortos de marca), con los ojos fijos en Aníbal. Detrás de ellos hay un par de chicas. Una es Susi Geller, la vecina de al lado; es guapa pero no maciza. La otra, la pelirroja con largas piernas de animadora, es una historia aparte. Su foto debería estar en el diccionario junto a la palabra «maciza». Cary no la conoce, pero le encantaría conocerla; conocer sus sueños, esperanzas, proyectos y fantasías. En especial sus fantasías. No en esta vida, piensa. Es un conejito demasiado maduro. Debe de tener por lo menos diecisiete años.

–¡Mierda! –exclama Jim Reed y se vuelve hacia su hermano moreno–. Esta vez ve a buscarlo tú.

–De eso nada; debe de estar lleno de saliva –responde Dave Reed–. ¡Aníbal, sé buen chico y trae el disco!

Aníbal se detiene en la acera, frente a la casa del viejo veterinario, siempre sonriendo. No, dice sin necesidad de decir nada; todo queda dicho con la sonrisa y el tranquilo meneo de la cola. Vosotros tenéis chicas guapas y pantalones de marca, pero yo tengo vuestro disco y lo estoy llenando de saliva canina; y en mi perruna opinión, eso me convierte en el rey.

Cary se saca del bolsillo una bolsa de pipas. Ha descubierto que siempre es conveniente tener a mano unas pipas para matar el tiempo. Se ha vuelto un experto en abrirlas con los dientes y masticar las sabrosas semillas mientras escupe las cáscaras sobre el suelo de cemento con la rapidez de una ametralladora.

–¡Yo lo arreglo! –les grita a los mellizos Reed, esperando impresionar a la pelirroja con su habilidad para con los animales, y al mismo tiempo consciente de que es una esperanza estúpida, propia de un crío en su primer curso de instituto; pero la tía está tan buena con sus pantaloncitos blancos, ¡santo cielo!, ¿y qué hay de malo en soñar un poco?

Baja la bolsa de pipas a la altura del perro y estruja el celofán. Aníbal se acerca de inmediato, con el disco rojo en el centro de la boca. Cary vuelca unas cuantas pipas en la palma de la mano.

–Bien, Aníbal –dice–. Son muy buenas. Pipas de girasol, el plato preferido de todos los perros del mundo. Pruébalas y acabarás comprándolas.

Aníbal estudia las pipas un momento y las olfatea con delicadeza. Luego deja caer el disco en la calle Poplar y coge las semillas. Veloz como un rayo, el chico se agacha, recoge el disco (está húmedo en los bordes) y se lo arroja a Jim Reed. Es un tiro perfecto, así que Jim ataja sin necesidad de dar un solo paso. ¡Caray!, la pelirroja lo aplaude dando saltitos junto a Susi Geller, y sus tetas (pequeñas pero deliciosas) se bambolean debajo de la camiseta. Oh, gracias, Dios, un millón de gracias, ahora tendré material para pajas en el banco de datos por lo menos durante una semana.

Sonriente, ignorando que morirá virgen y jugador suplente, Cary arroja el Shopper al porche de Tom Billingsley (puede oír el cortacésped del doctor rugiendo en el jardín trasero) y cruza otra vez la calle en dirección a casa de los Reed. Dave arroja el disco a Susi Geller y luego atrapa el periódico que le lanza Cary.

–Gracias por recuperar el disco –dice Dave.

–De nada. –Señala a la pelirroja con un gesto de la barbilla–. ¿Quién es?

Dave deja escapar una risita cómplice.

–Ni lo preguntes, pequeño.

Cary va a insistir, pero decide que es mejor dejarlo correr. Después de todo, recuperó el disco, ella lo aplaudió, y la visión de la chica saltando con su pequeña camiseta de tirantes habría conseguido poner tieso hasta un macarrón demasiado cocido. Suficiente para una tarde calurosa como ésta.

Por encima y detrás de ellos, en lo alto de la cuesta, la furgoneta roja comienza a moverse.

–¿Vienes al partido esta noche? –pregunta Cary a Dave Reed–. Jugamos contra los Rebels de Columbus. Creo que irá bien.

–¿Jugarás tú?

–Haré un par de entradas y por lo menos un ay-bee.

–Entonces no creo que vaya. –Y suelta una carcajada que hace estremecer a Cary. Piensa que los mellizos Reed parecen dioses jóvenes con sus camisetas sin mangas, pero cuando abren la boca siempre la cagan.

Cary mira hacia la casa de la esquina de Poplar y Hyacinth, enfrente de la tienda. La última casa de la izquierda, como en la película de terror del mismo nombre. No hay ningún coche en el sendero de entrada, pero eso no significa nada; podría estar en el garaje.

–¿Está en casa? –pregunta a Dave, señalando el 240 con la barbilla.

–Ni idea –dice Jim acercándose–. Nunca se sabe, ¿verdad? Es muy raro. Casi siempre deja el coche en el garaje y cruza el bosque hacia Hyacinth. Allá donde vaya debe de ir en autobús.

–¿Te da miedo? –pregunta Dave. No se burla, pero casi.

–Claro que no –dice Cary impasible, mirando a la pelirroja, preguntándose cómo será abrazar a una tía como ésa, alta y esbelta, meterle la lengua en la boca mientras ella se restriega contra su polla. No en esta vida, vuelve a pensar.

Saluda con la mano a la pelirroja, reacciona con aparente indiferencia y auténtica alegría cuando ella le devuelve el saludo, y luego cruza en diagonal hacia el 240 de la calle Poplar. Lanzará el Shopper al zaguán con su habitual destreza y luego –si el chalado del ex poli no aparece en la puerta con espuma en la boca, mirándolo con ojos de colocado y blandiendo su pistola reglamentaria, un machete o cualquier otro arma– irá a la tienda a comprar un refresco para celebrar que ha terminado su ruta. De la avenida Anderson a Columbus, de Columbus a la calle Bear, de la calle Bear a Poplar. Luego a casa a ponerse el uniforme y de ahí al campo de béisbol.

Sin embargo, primero tiene que pasar por el 240 de Poplar, la casa del ex poli que según dicen perdió su empleo por golpear a un par de jóvenes inocentes porque pensó que habían violado a una niña. Cary no sabe si la historia es cierta –nunca leyó nada en los periódicos–, pero ha visto los ojos del ex poli y hay algo en ellos que jamás vio en otros ojos; un vacío que hace que uno desee desviar la vista a la primera oportunidad, aunque sin parecer descortés.

En lo alto de la cuesta, la furgoneta roja (si acaso eso es lo que es; es tan chillona y extravagante que no podría asegurarlo) tuerce por Poplar y comienza a acelerar. El ruido del motor es un murmullo cadencioso, sedoso. ¿Y qué demonios es ese chisme de cromo acoplado al techo?

Johnny Marinville deja de tocar la guitarra para mirarla pasar. No puede ver el interior porque tiene cristales polarizados, pero el chisme del techo parece un radar cromado, vaya si no. ¿Acaso la CIA ha decidido hacer acto de presencia en la calle Poplar? Johnny ve a Brad Josephson en su jardín, al otro lado de la calle, con la manguera en una mano y el Shopper en la otra. Brad también mira la furgoneta que avanza despacio (pero ¿es una furgoneta?), y tiene una expresión entre maravillada y perpleja.

Los rayos del sol destellan en la pintura roja y las superficies cromadas debajo de las ventanillas; unos rayos tan intensos que deslumbran a Johnny.

En la casa contigua David Carver sigue lavando el coche. Hay que reconocer que es un tipo concienzudo; tiene el Chevy cubierto de jabón hasta los limpiaparabrisas.

La furgoneta roja pasa delante de él, zumbando y destellando.

Al otro lado de la calle, los mellizos Reed y sus amiguitas dejan de jugar con el disco de playa para mirar la furgoneta. Los chicos forman un rectángulo, en cuyo centro está Aníbal, jadeando con alegría y esperando otra oportunidad para atrapar el disco.

Aunque en la calle Poplar nadie sea consciente de ello, los acontecimientos comienzan a precipitarse.

A lo lejos suena un trueno.

Cary Ripton no ve la furgoneta roja ni el camión amarillo que tuerce por Hyacinth en dirección a Poplar, subiendo hacia el aparcamiento de la tienda, donde los hermanos Carver siguen junto a Buster, el carrito rojo, discutiendo si la niña empujará a Ralph cuesta arriba o no. Ralph ha aceptado no decir palabra de lo de la revista con Ethan Hawke en la portada, pero sólo si su querida hermana Margrit la Marmota le da toda la chocolatina en lugar de la mitad.

Los críos interrumpen la conversación al ver el vapor blanco que sale del radiador del camión, como el aliento de un dragón, pero Cary Ripton no presta la menor atención a los problemas del camionero. Su mente está concentrada sólo en una cosa: dejar el Shopper al chiflado del ex policía y salir airoso de la empresa. El ex poli se llama Collier Entragian y es el único vecino del barrio que tiene un cartel de PROHIBIDO EL PASO en el jardín. Es pequeño y discreto, pero allí está.

Cary se pregunta cómo es posible que no esté en la cárcel si es cierto que mató a un par de jóvenes. No es la primera vez que se hace esa pregunta y llega a la conclusión de que no es asunto suyo. En una tarde bochornosa como ésta no debe preocuparse por la libertad del ex policía, sino por su propia supervivencia.

Con todo esto en la cabeza, no es de extrañar que Cary no se fije en el camión Ryder que despide vapor por el radiador, ni en los dos niños que han interrumpido momentáneamente sus negociaciones sobre la revista, ni en el carrito rojo, ni en la furgoneta que baja la cuesta. Sólo piensa en no convertirse en la nueva víctima de un policía psicópata, y paradójicamente la fatalidad lo acecha por la espalda.

Una de las ventanillas de la furgoneta roja comienza a abrirse y se asoma un cañón de escopeta de color extraño, ni gris ni plateado. El doble cañón parece el símbolo del infinito pintado de negro.

En algún lugar del cielo llameante vuelve a rugir un trueno.

Despacho del «Columbus»…

Despacho del Columbus, 31 de julio de 1994.

Capítulo 2

II

1

Steve Ames vio la tragedia gracias a los dos críos que discutían junto al carrito rojo, delante de la tienda. La chica parecía realmente enfadada con el niño y por un instante Steve pensó que iba a darle un empujón... lo que podría arrojarlo más allá del carrito y delante de su camión. Atropellar a un niño con una camiseta de Bart Simpson en un barrio de las afueras de Ohio sería el corolario perfecto para aquel día de mierda.

Cuando se detuvo a una distancia razonable de ellos –mejor prevenir que curar– notó que la atención de los niños se desviaba de aquello que estuvieran discutiendo para centrarse en el humo blanco de su radiador. Detrás de ellos, en la calle, había una furgoneta roja; del rojo más chillón que Steve hubiera visto en su vida. Pero no fue el color lo que despertó su interés, sino el brillante adminículo cromado que tenía en el techo y que parecía una especie de radar futurista. Se movía de atrás adelante en un arco corto y constante, como los radares.

Al fondo de la calle había un chico en bicicleta. La furgoneta se dirigió a él, como si el conductor (o alguien en el interior) quisiera hablarle. El muchacho no notó su presencia; acababa de coger un periódico enrollado del bolso que le colgaba de la cadera y se disponía a arrojarlo.

Steve paró el motor del camión sin detenerse a pensar en lo que hacía. Ya no oía el zumbido del radiador, no veía a los niños junto al carrito rojo, no pensaba en qué iba a decir cuando llamara al teléfono gratuito de emergencias del concesionario Ryder. Un par de veces en su vida había tenido visiones premonitorias –presentimientos, presagios sobrenaturales–, pero lo que lo asaltó en ese momento más que una visión fue casi un dolor: la absoluta certeza de que iba a ocurrir algo importante. Aunque no la clase de acontecimiento que provoca ovaciones.

No vio el doble cañón apuntando por la ventanilla, pues no estaba en el sitio apropiado para ello, pero oyó el ¡pum! de la escopeta y supo de inmediato de qué se trataba. Se había criado en Texas y jamás confundiría un disparo con un trueno.

El muchacho voló de la bicicleta con los hombros encogidos y las piernas flexionadas, y la gorra cayó de su cabeza. La espalda de la camiseta estaba hecha jirones y Steve vio más de lo que hubiera querido ver: sangre intensamente roja y carne negra y chamuscada. La mano con que iba a arrojar el Shopper cubría una oreja y el periódico cayó junto a él, en una zanja seca, al tiempo que el cuerpo aterrizaba sobre el jardín de la pequeña casa de la esquina tras describir una pirueta laxa y sin gracia.

La furgoneta se detuvo en medio de la calle, junto al cruce de Poplar y Hyacinth, con el motor en marcha.

Steve Ames permaneció sentado al volante de su camión de alquiler, boquiabierto, mientras una de las ventanillas traseras de la furgoneta se abría como los elevalunas eléctricos de un Lincoln o un Cadillac.

No sabía que pudieran hacer eso, pensó. Y enseguida: ¿Qué clase de vehículo es ése?

Notó que alguien salía de la tienda: una chica con una bata azul como las que usa el personal de facturación de las líneas aéreas. Se llevó una mano a la frente para protegerse del sol. Podía ver a la joven, aunque el chico de los periódicos había desaparecido temporalmente, tapado por la furgoneta. Entonces cayó en la cuenta de que el cañón de la escopeta asomaba por la ventanilla que acababa de abrirse.

Y por si fuera poco vio que los dos críos del carrito rojo estaban totalmente expuestos y desprotegidos, mirando en la dirección de los disparos.

2

Aníbal, el pastor alemán, vio sólo una cosa: el periódico enrollado que cayó de las manos de Cary cuando el impacto de la bala lo arrojó más allá de la bicicleta y de la vida. El perro corrió ladrando con alegría.

–¡No, Aníbal! –gritó Jim Reed.

No entendía lo que pasaba (él no se había criado en Texas y al principio había confundido el disparo con un trueno; no porque sonara como un trueno, sino porque era incapaz de distinguir el ruido de un tiro en el contexto de una tarde de verano en la calle Poplar), pero tampoco le gustaba. Sin pensar en lo que hacía –o en por qué lo hacía–, arrojó el disco de playa hacia la tienda con la esperanza de distraer a Aníbal y hacerle cambiar de rumbo. El plan no funcionó. El perro no prestó atención al disco y siguió corriendo en busca del periódico enrollado, caído delante de la furgoneta roja.

3

Cynthia Smith también sabía reconocer el ruido de un disparo. Cuando era pequeña, su padre, un sacerdote, practicaba tiro al plato todos los domingos y a menudo la llevaba con él.

Sin embargo, esta vez nadie había gritado «¡Plato!».

Dejó el libro que estaba leyendo, salió de detrás del mostrador y corrió a la escalinata de entrada de la tienda. El sol le dio en los ojos y se llevó la mano a la frente para evitar el resplandor.

Vio la furgoneta con el motor en marcha en medio de la calle, el cañón asomando por la ventanilla trasera y apuntando a los hermanos Carver, que parecían perplejos pero no asustados.

Dios mío, pensó. Dios mío, va a disparar a los niños.

Por un instante se quedó paralizada. Su cerebro ordenó a las piernas que se movieran, pero éstas no obedecieron.

–¡Muévete! ¡Muévete! –se gritó a sí misma y eso rompió el hielo que congelaba sus nervios.

Corrió con la impresión de que sus piernas se habían convertido en zancos, tambaleándose en los tres peldaños de piedra, y cogió a los niños. Los dos cañones de la escopeta parecían bocas enormes, y supo que era demasiado tarde. El momento de vacilación había sido fatal. Sólo iba a conseguir que cuando el tipo de la furgoneta apretara el gatillo matara a una chica de ventiún años, además de a dos niños inocentes.

4

David Carver arrojó la esponja en el cubo de agua jabonosa, situado junto a la rueda delantera derecha de su Caprice, y se dirigió a la calle para averiguar qué pasaba. Una casa más arriba, Johnny Marinville hacía otro tanto cogiendo la guitarra por el mástil. Al otro lado de la calle, Brad Josephson también cruzaba el jardín, dirigiendo el chorro de la manguera a su espalda. Todavía llevaba el ejemplar del Shopper en la mano.

–¿Ha sido un petardo? –preguntó Johnny. No se lo parecía. Antes de la publicación de los cuentos del gato Pat, cuando aún se consideraba un «escritor serio» (una frase tan contundente para él como «una buena puta»), Johnny había hecho un infernal viaje de investigación por Vietnam, y el ruido que acababa de oír le recordó los disparos de la ofensiva de Tet. Si se trataba de un petardo, era de la clase que matan a la gente.

David sacudió la cabeza y levantó las manos para indicar que no lo sabía. A su espalda, la puerta de la casa colonial pintada en beige y verde se cerró de golpe y se oyeron unos pasos descalzos correr por el sendero. Era Bombón, vestida con unos tejanos y una blusa mal abotonada. Tenía el cabello mojado recogido en una especie de casco y aún olía a jabón.

–¿Ha sido un petardo? Dios mío, Dave, sonó como...

–Como un disparo de escopeta –dijo Johnny, y añadió de mala gana–: Estoy seguro de que lo era.

Kirsten Carver –Kirstie para los amigos y Bombón para su marido, por razones que sólo él conocía– miró cuesta abajo. Una expresión de horror cruzó su cara y pareció agrandar no sólo sus ojos, sino todos sus rasgos. David siguió su mirada. Vio la furgoneta parada con el motor en marcha y el cañón asomando por la ventanilla trasera derecha.

–¡Ellie! ¡Ralph! –gritó Bombón. Fue un grito desgarrado, penetrante, y en el jardín trasero de los Soderson, Gary detuvo la copa a medio camino de los labios para escuchar–. ¡Dios mío! ¡Ellie y Ralph!

Bombón salió corriendo cuesta abajo en dirección a la furgoneta.

–¡No, Kirsten! –gritó Brad Josephson, y corrió tras ella, cruzando la calle al mismo tiempo con la esperanza de interceptarla a mitad de camino, quizá entre la casa de los Jackson y la de los Geller. Corría con una agilidad sorprendente para un hombre de su corpulencia, pero pronto supo que no iba a alcanzarla.

David Carver también corrió detrás de su esposa, con la barriga bamboleándose sobre el traje de baño ridículamente pequeño y las playeras chasqueando sobre la acera con un ruido similar al de una pistola de juguete. Su sombra corría tras él, dibujando un cuerpo largo y esbelto que David Carver, empleado de correos, no había exhibido en su vida.

5

Estoy muerta, pensó Cynthia mientras se arrodillaba detrás y en medio de los niños, cogiéndolos por los hombros para acercarlos a ella. Para lo que servirá... Estoy muerta, muerta, muerta. Y sin embargo no podía desviar la vista de los dos cañones de la escopeta, tan negros, tan parecidos a unos ojos perversos.

La puerta del camión amarillo se abrió de golpe y vio bajar a un tipo alto y delgado vestido con tejanos y una camiseta rockera, un tío de rasgos angulosos y el pelo largo hasta los hombros salpicado de canas.

–¡Métalos aquí! –gritó–. ¡Deprisa!

Cynthia empujó a los niños hacia el camión, convencida de que era demasiado tarde. Pero entonces, mientras se preparaba para el dolor de los disparos (si es que uno puede prepararse para algo semejante), el arma que asomaba por la ventanilla trasera de la furgoneta giró hacia adelante sobre el flanco rojo del vehículo, desviando la mira. El estallido resonó en el día caluroso como una bola rodando por un surco de piedra. Cynthia vio el fogonazo en la boca del cañón. El perro de los Reed, que iniciaba la recta final hacia el periódico, salió disparado con violencia hacia la derecha, y la vida lo abandonó como había abandonado a Cary Ripton.

–¡Aníbal! –gritaron al unísono Jim y Dave, y a Cynthia le recordaron a los gemelos de un anuncio de chicles.

Empujó a los hermanos Carver hacia la puerta del camión con tanta fuerza que el pequeño malcriado cayó de bruces y empezó a chillar. La niña –Ellie y no Margaret, recordó Cynthia– miró hacia atrás con una conmovedora expresión de perplejidad. Entonces el tipo del pelo largo la cogió del brazo y la ayudó a subir a la cabina.

–¡Al suelo, niña, al suelo! –gritó mientras se inclinaba para coger al pequeño histérico.

El conductor del camión metió un pie en el volante para evitar caer de lado, haciendo sonar la bocina. Cynthia apartó el carrito rojo, cogió al pequeño por la cinturilla de los pantalones y lo levantó hasta los brazos del conductor. Calle abajo, se oían los gritos de un hombre y una mujer llamando a los niños. Supo que eran sus padres y que, a menos que tuvieran cuidado, correrían la misma suerte que el perro y el chico de los periódicos.

–¡Sube! –gritó el hombre del camión.

Cynthia no necesitó una segunda invitación para trepar a la atestada cabina.

6

Gary Soderson apareció por un lado de la casa con paso decidido (aunque no demasiado firme). Había oído una segunda detonación y se preguntó si habría estallado la parrilla de gas de los Geller. Vio a Marinville –que se había enriquecido en los ochenta escribiendo cuentos infantiles sobre un inverosímil gato detective llamado Pat– en medio de la calle, protegiéndose los ojos del sol con una mano y mirando cuesta abajo.

–¿Qué pasa, hombre? –preguntó Gary acercándose.

–Creo que alguien de esa furgoneta acaba de matar a Cary Ripton y al perro de los Reed –respondió Johnny Marinville con voz extraña, inexpresiva.

¿Qué?¿Por qué iban a hacer algo así?

–No tengo idea.

Gary vio a una pareja –los Carver, estaba seguro– correr calle abajo en dirección a la tienda, seguidos por un afroamericano torpón que sólo podía ser Brad Josephson. Marinville se volvió hacia él.

–Esto es peligroso. Voy a llamar a la policía. Mientras tanto, le aconsejo que salga de la calle. Ahora mismo.

Marinville caminó a toda prisa hacia su casa. Gary desoyó su consejo y permaneció donde estaba, con el vaso en la mano, contemplando la furgoneta que seguía con el motor en marcha, justo delante de la casa de Entragian. Súbitamente deseó (un deseo insólito en su caso) no haber estado tan borracho.

7

La puerta de la casa del 240 de la calle Poplar se abrió con estrépito y Collie Entragian apareció como siempre había temido verlo Cary Ripton: con un arma en la mano. Aparte de ese detalle, su aspecto era normal; no tenía espuma en la boca, ni los ojos desorbitados o inyectados en sangre. Era un tipo alto –un metro ochenta y ocho como mínimo–, con una barriga incipiente, pero hombros anchos y musculosos como de jugador de fútbol americano. Llevaba pantalones color caqui y el torso desnudo. Tenía espuma de afeitar en la mejilla izquierda y una toalla sobre el hombro. La pistola era del 38, y podría haber sido el arma reglamentaria que Cary imaginaba que vería cada vez que llevaba el periódico a la casa de la esquina.

Collie miró al chico tendido boca abajo en su jardín, con la ropa húmeda por el regador automático (los periódicos que habían caído del bolso comenzaban a convertirse en una masa húmeda y gris), y luego a la furgoneta. Levantó la pistola, cogiéndose la muñeca derecha con la mano izquierda. Justo en ese momento, la furgoneta se puso en marcha. Collie estuvo a punto de disparar, pero no lo hizo. Debía tener cuidado. Había personas en Columbus, algunas muy poderosas, que se alegrarían de saber que Collie Entragian había disparado en plena calle de un barrio de las afueras de Wentworth... con un arma que, por cierto, debería haber devuelto a la policía.

Eso no es una excusa y lo sabes, pensó apuntando a la furgoneta que se alejaba. ¡Dispara! ¡Dispara, demonios!

Pero no lo hizo y cuando la furgoneta torció a la izquierda por Hyacinth, vio que no llevaba matrícula... ¿Y qué diablos era aquel aparato en el techo? Por el amor de Dios, ¿qué coño era aquello?

Al otro lado de la calle el señor y la señora Carver corrían hacia el aparcamiento de la tienda, seguidos por Josephson. El negro miró a la izquierda y vio que la furgoneta roja ya no estaba allí; había desaparecido detrás de los árboles que flanqueaban la calle Hyacinth, al este de Poplar. Entonces se acuclilló, apoyó las manos en las rodillas e intentó recuperar el aliento.

Collie se acercó, metió la 38 en la cintura del pantalón y apoyó una mano en el hombro de Josephson.

–¿Se encuentra bien?

Brad alzó la vista y esbozó una sonrisa triste. Tenía la cara empapada de sudor.

–Supongo –respondió.

Collie caminó hacia el camión amarillo y se fijó en el carrito rojo abandonado cerca de allí. Había un par de latas de refresco sin abrir en el interior y una chocolatina junto a una de las ruedas traseras. Alguien la había pisado y aplastado.

Oyó gritos a su espalda. Se volvió y vio a los mellizos Reed, con las caras muy pálidas pese al bronceado veraniego, mirando más allá del perro muerto, al muchacho tendido sobre el césped de su jardín. El mellizo rubio –Jim, según creía– se echó a llorar. El otro dio un paso atrás, hizo una mueca de asco, se inclinó y vomitó sobre sus propios pies descalzos.

La señora Carver bajó a su hijo del camión llorando a voz en cuello. El crío, que también chillaba como loco, se cogió del cuello de su madre y se abrazó a ella como una lapa.

–Tranquilo –dijo la mujer vestida con tejanos y camisa mal abotonada–. Tranquilo, cariño, ya ha pasado todo. El hombre malo se ha ido.

David Carver cogió a su hija de brazos del hombre tumbado en el asiento y la abrazó.

–¡Papá! ¡Me estás llenando de jabón! –protestó la niña.

Carver la besó en la frente, entre los ojos.

–No importa –dijo–. ¿Estás bien, Ellie?

–Sí –respondió ella–. ¿Qué ha pasado?

Intentó mirar hacia la calle, pero su padre le tapó los ojos.

Collie se acercó a la mujer y al niño.

–¿El pequeño se encuentra bien, señora Carver?

La mujer lo miró como si no lo reconociera y volvió a centrar su atención en el niño lloroso, acariciándole el pelo con una mano y mirándolo fijamente.

–Sí. Eso creo –dijo–. ¿Estás bien, Ralphie? ¿Te encuentras bien?

El niño respiró hondo y gritó:

–¡Margrit tenía que empujarme cuesta arriba! ¡Hicimos un trato!

A Collie le pareció que estaba bien. Volvió a girarse hacia la escena del crimen, vio al perro en medio de un charco de sangre, y reparó en que los hermanos Reed se acercaban temerosos al cuerpo del desgraciado chico de los periódicos.

–¡Apartaos! –gritó con firmeza.

Jim Reed se volvió hacia él.

–¿Y si todavía está vivo?

–¿Qué pasa si lo está? ¿Tenéis algún polvo mágico para curarlo? ¿No? Pues entonces no os acerquéis.

El chico se acercó a su hermano e hizo una mueca de asco.

–¡Davey! ¡Mira tus pies! –exclamó. Luego se giró y también él vomitó.

Collie Entragian se vio empujado nuevamente al trabajo que había creído abandonar para siempre en octubre del año anterior, cuando lo habían despedido del Departamento de Policía de Columbus, tras someterse a un análisis de detección de drogas que había dado positivo. Cocaína y heroína. Un buen apaño, teniendo en cuenta que jamás había consumido ninguna de las dos cosas.

«Primera prioridad: proteger a los ciudadanos. Segunda prioridad: ayudar a los heridos. Tercera prioridad: resguardar la escena del crimen. Cuarta prioridad...»

Bueno, ya se preocuparía de la cuarta prioridad cuando se hubiera ocupado de las tres primeras.

La dependienta nueva de la tienda, una jovencita esquelética con una cabellera de dos colores que lastimaba la vista de Collie, bajó del camión y se alisó la arrugada bata azul. El conductor la siguió.

–¿Es usted policía? –preguntó a Collie.

–Sí. –Más fácil afirmarlo que dar explicaciones. Los Carver sabían la verdad, por supuesto, pero estaban demasiado ocupados con sus hijos, y Brad Josephson seguía detrás, intentando recuperar el aliento–. Métanse todos en la tienda. ¿Brad? ¿Muchachos? –Levantó un poco la voz para que los mellizos Reed supieran que se dirigía a ellos.

–No. Será mejor que vuelva a casa –dijo Brad. Se incorporó, miró el cuerpo de Cary al otro lado de la calle y volvió a mirar a Collie con expresión culpable pero decidida. Al menos volvía a respirar con normalidad. Por un instante, Collie había pensado que tendría que hacerle el boca a boca–. Belinda está allí y...

–Sí, pero será mejor que entre en la tienda, señor Josephson, al menos de momento. Por si vuelve la furgoneta.

–¿Por qué iba a volver? –preguntó David Carver, que seguía abrazando a su hija, mirando a Collie por encima de la cabeza de la niña.

Collie se encogió de hombros.

–No lo sé. Ni siquiera sé qué hacía aquí antes, pero es conveniente tomar precauciones. Entren en la tienda.

–¿Tiene alguna autoridad en el caso? –preguntó Brad. Su tono, aunque no exactamente desafiante, sugería que sabía que no era así.

Collie cruzó los brazos sobre el pecho desnudo. La depresión que lo atormentaba desde que lo separaran del cuerpo había comenzado a disiparse en las últimas semanas, pero ahora volvió a sentirla al acecho. Después de un momento, negó con la cabeza. No. Ya no tenía ninguna autoridad.

–Entonces pienso volver con mi esposa. No lo tome como una ofensa, señor.

Collie sonrió al oír el tono digno y prudente de su vecino. Era como si dijera: «Usted no se meta conmigo, y yo no me meteré con usted.»

–No lo haré.

Los mellizos se miraron entre sí y luego a Collie. Éste supo lo que querían y suspiró.

–Muy bien. Pero id con Josephson. Y cuando lleguéis a casa, meteos dentro con vuestras amigas. ¿De acuerdo? –El rubio asintió–. Jim... tú eres Jim, ¿verdad? –El chico volvió a asentir, secándose con timidez los ojos enrojecidos.

–¿Están vuestras madres en casa?

–Mi madre –respondió–. Mi padre está trabajando.

–De acuerdo, muchachos. Corred. Usted también, Brad.

–Haré lo que pueda –dijo Brad–, aunque creo que ya he corrido bastante por hoy.

Los tres comenzaron a andar calle arriba por la acera oeste, la de los números impares.

–Yo también quiero llevar a los niños a casa, Entragian –dijo Kirsten Carver.

Collie suspiró y asintió. Claro, qué demonios, llévelos donde le dé la gana. A Alaska, si quiere. Necesitaba un cigarro, pero los había dejado en casa. Había conseguido dejar el vicio durante diez años, hasta que los cabrones de la central le habían enseñado la puerta y luego lo habían empujado por ella. Entonces había reincidido con una rapidez espantosa. Y ahora quería fumar porque estaba histérico. No simplemente nervioso por el chico muerto en su jardín, lo que habría sido comprensible, sino auténticamente histérico. ¿Y por qué?

Porque hay demasiada gente en la calle, se dijo; por eso.

Ah, sí, ¿y qué significa eso?

No lo sabía.

¿Qué te pasa? ¿Demasiado tiempo fuera del cuerpo? ¿Estás asustado? ¿Es eso lo que te preocupa, tontorrón?

No. El chisme plateado en el techo de la furgoneta. Eso es lo que me preocupa, tontorrón.

¿Ah, sí? ¿De veras?

Bueno; quizá no fuera exactamente así, pero era un principio. O una excusa. Al fin y al cabo, un presentimiento era un presentimiento. Collie siempre había creído en los pálpitos, y por lo visto un detalle insignificante como que le hubieran retirado la placa no había reducido su clarividencia.

Ralph Carver dejó a su hija en el suelo y cogió al niño lloroso de manos de su esposa.

–Yo te empujaré en el carrito –dijo–. Todo el camino hasta casa. ¿De acuerdo?

–Margrit la Marmota está enamorada de Ethan Hawke –le confió su hijo.

–¿De veras? Bueno, es probable, pero no debes llamarla así –dijo Ralph. Hablaba con el tono ausente de un hombre capaz de perdonar cualquier cosa a sus hijos, o al menos a uno de sus hijos. Y su esposa miraba al pequeño como si estuviera ante un santo o un profeta. Sólo Collie Entragian notó la expresión de pena en los ojos de la niña mientras sentaban a su reverenciado hermano en el carrito rojo. Collie tenía otras cosas en que pensar, en muchas otras, pero aquella mirada era demasiado evidente y triste para pasarla por alto. Vaya.

Su mirada pasó de Ellie Carver a la chica de cabellera ridícula y al hippie carroza del camión.

–¿Podré conseguir al menos que ustedes dos entren en la tienda hasta que llegue la policía? –preguntó.

–Sí, claro –respondió la chica mirándolo con cierta desconfianza–. Usted es poli, ¿no es cierto?

Los Carver se alejaban empujando el carrito, donde Ralph se había sentado con las piernas cruzadas, pero quizá aún estuvieran lo bastante cerca para oírlo... Además, ¿qué iba a hacer?, ¿mentir? Empieza por ese camino, se dijo a sí mismo, y quizá acabes en la Gruta de las Curiosidades de un circo: un ex poli con una colección de chapas en el sótano, como Elvis, y un par más pinchadas en el interior de la cartera. Di que eres detective, aunque nunca te decidas a solicitar la licencia. En diez o quince años seguirás diciendo las mismas cosas e intentando recorrer el mismo camino, como una treintañera que viste con minifalda y sin sujetador en un esfuerzo por convencer al mundo (al que en realidad le importa una mierda) que sus días de colegiala aún no han quedado atrás.

–Lo era –dijo. La dependienta asintió. El tipo del pelo largo lo miró con curiosidad, aunque con respeto–. Han salvado la vida de los críos –añadió mirándola a ella, pero dirigiéndose a los dos.

Cynthia reflexionó un instante y sacudió la cabeza.

–Los salvó el perro –dijo mientras comenzaba a andar hacia la tienda. Collie y el viejo hippie la siguieron–. El tipo de la furgoneta, el que llevaba la escopeta, iba a dispararles. –Se volvió hacia el hombre del pelo largo–. ¿Usted lo vio? ¿Está de acuerdo conmigo?

El hippie asintió.

–De cualquier modo, no habríamos podido hacer nada para detenerlo –dijo con un acento demasiado nasal para ser del Sur. Collie supuso que sería de Texas. De Texas o de Oklahoma–. Entonces el perro lo distrajo, ¿no es cierto?, y le disparó a él.

–Eso es –dijo Cynthia–. Si el perro no lo hubiera distraído... Bueno, creo que ahora estaríamos tan muertos como él. –Levantó la barbilla en dirección a Cary Ripton, muerto y empapado sobre el jardín de Collie.

Luego guió a los hombres al E-Z Stop.

Recorte de la publicación «Películas de televisión»…

Recorte de la publicación Películas de televisión, dirigida por Stephen H. Scheuer, Bantam Books.