Desde su aparición a finales de diciembre de 1815, Emma ha sido criticada por su falta de acción y elogiada por su ajustada descripción de la vida cotidiana.1 A Walter Scott, uno de sus primeros críticos, le pareció que la obra tenía «incluso menos argumento» que Sentido y sensibilidad o que Orgullo y prejuicio, pero aun así admiró el «conocimiento del mundo por parte de la autora, y el tacto característico con el que presenta a unos personajes que el lector reconoce de inmediato».2 Casi dos siglos después, actitudes parecidas se encuentran entre los lectores en general, que siguen deleitándose en la habilidad de Austen para crear personajes y situaciones verosímiles, y entre críticos de orientación histórica, que acuden a sus novelas en busca de información sobre el estilo de vida de la gente en el siglo XIX. Emma ha alimentado obras como A Jane Austen Household Book, de Peggy Hickman, en la que el orgullo del señor Woodhouse por el cerdo de Hartfield dio lugar a la publicación de una serie de libros sobre platos de carne del período de la Regencia, así como estudios más eruditos como el de Oliver MacDonagh, Jane Austen: Real and Imagined Worlds, en el que se toma a Highbury como modelo de «la organización social y las costumbres de las pequeñas ciudades y pueblos del sureste de Inglaterra durante las guerras napoleónicas».3
Esta clase de propuestas descubre un deseo persistente de los lectores de Emma por situar la novela en el «mundo real», lo que, a su vez, lleva a un estudio minucioso de cualquier detalle que pueda fijarla en un momento y un lugar específicos. No basta con que la novela sea más o menos contemporánea a la época de su creación (entre el 21 de enero de 1814 y el 29 de marzo de 1815); las referencias internas a acontecimientos tan reconocibles como la unión entre Gran Bretaña e Irlanda, la abolición de la esclavitud o la publicación de Irish Melodies, de Moore, han llevado a los especialistas a recorrer de 1800 a 1808, y hasta 1813, sin que los resultados hayan arrojado necesariamente mucha luz sobre la propia obra.4 También la geografía de Surrey ha atraído a generaciones de lectores deseosos de seguir los pasos del señor Elton o de Jane Fairfax, de explorar Box Hill o visitar la Crown. Como si descubrir la situación exacta y el plano de Highbury ayudara a explicar la novela, aunque el editor más distinguido de Austen, R. W. Chapman, admitiera hace algunos años que «las indicaciones no bastan para construir un mapa».5
Paradójicamente, es el propio tono evasivo de Emma el que ha propiciado estos decididos esfuerzos por establecer la autenticidad de ese retrato del Surrey de principios del siglo XIX; y a lo largo de las dos últimas décadas, se ha instaurado una tradición alternativa entre aquellos lectores que no están interesados en los detalles realistas del texto, sino en sus acertijos, anagramas y juegos de palabras.6 Si bien hay quienes todavía consideran la obra de Austen como una ventana al pasado, muchos críticos se muestran ahora dispuestos a aceptar la falta de resolución del texto, considerando las palabras del narrador (e incluso del señor Knightley) como parte de una serie de discursos enfrentados y enigmas lingüísticos, y no como indicadores de la intención de la autora.
Si los lectores del siglo XIX y principios del XX veían a Austen como una defensora de los valores morales del siglo XIX, en los últimos tiempos los críticos han insinuado que su obra es «subversiva», puesto que, como Joseph Litvak sostiene, Emma es «un circuito de ficción, interpretación y deseo potencialmente infinito».7 Tal vez en respuesta a la larga tradición de énfasis en el realismo de la obra, en la década de 1980 se desarrolló una tendencia a convertir Emma en una obra independiente de lugar, período o incluso autora, a considerarla un texto autónomo que debía ser tratado en sí mismo, sin tener en cuenta el contexto histórico de la obra ni las siempre inaccesibles opiniones de Jane Austen.8
Por supuesto, la dificultad reside en que ambos enfoques extraen buenos resultados de Emma, una obra en la que se provoca de forma continuada al lector con pistas realistas e ironías deliberadas. Un emplazamiento clave como Box Hill, por ejemplo, no presenta problema alguno para quienes están dispuestos a leer la novela como una historia social. Anne-Marie Edwards ha observado que Austen visitó a sus parientes, los Cook, en la rectoría de Great Bookham en junio de 1814, y opina que la experiencia contribuyó de manera directa a la obra que nos ocupa:
Había empezado a escribir Emma a principios de enero de ese mismo año. Tal vez fuera durante esa visita cuando decidió situar una de las escenas más importantes de la novela, el desastroso picnic en el que Emma es tan desagradable con la señorita Bates, en la cercana Box Hill. Este conocido lugar de excepcional belleza natural era entonces tan atractivo como lo sigue siendo ahora, y Jane debió de participar en una «excursión de exploración» (en palabras de la señora Elton) que le permitió admirar los precipicios sombreados por árboles y detenerse, como hace Emma, en la ladera que domina Dorking, para observar tranquilamente las hermosas vistas a sus pies.9
Sin embargo, el hecho de que Box Hill sea un lugar «real» y Jane Austen lo conociera no significa que su inclusión sea un recurso de verosimilitud, aunque puede ayudar a mantener la credibilidad del lector en la narración. Emma contiene nombres de lugares reales e imaginarios, pero los primeros pueden recordarse tanto por su significado metafórico secundario como por cualquier razón biográfica en particular (Richmond10 es sin duda un lugar apropiado para la señorita Churchill, mientras que Kingston11 resulta una parada apropiada para los patriotas ingleses Robert Martin y George Knightley). La propia colina de Box Hill12 ofrece múltiples posibilidades, ya que su nombre no solo remite a la pelea verbal y al daño que sufren allí los personajes de Austen, sino también a la sensación de claustrofobia —de estar encajonado— que se evoca de manera tan brillante, mientras el mismo grupo de gente se dispone a emprender otra frívola excursión. Si hay o no más referencias implícitas, por ejemplo en la escena en que se esconden detrás de la mata13 en Noche de reyes (que además contiene elementos de comedia bufa a partir de situaciones cargadas de bromas a costa de otros presentes), es debatible, porque cuando se empiezan a desvelar los constantes y traviesos juegos de palabras, todo parece posible, aunque sea por un instante.14
No son tan solo los nombres de los lugares los que parecen confundir lo real con lo metafórico. Weston, por ejemplo, es el apellido de una antigua familia de Surrey que aparece en la obra de Thomas Fuller The Worthies of England, de 1662, mientras que el nombre Randalls era el de una casa cercana a Leatherhead.15 También Knightley puede relacionarse con la historia de la región, ya que un Robert Knigthly se convirtió en representante de la Corona en Surrey en 1676, y el púlpito de la iglesia de Leatherhead fue restaurado por un tal señor Knightley en 1761.16 Sin embargo, estos hechos no disminuyen el potencial imaginativo de los nombres, y son muchos los lectores que han tratado de descifrar sus significados aparentemente alegóricos.
Por lo que respecta a George Knightley,17 parece combinar las ideas de un pasado caballeresco con la estabilidad tranquilizadora de la agricultura, por lo que su nombre resulta idóneo para el perfecto caballero. No obstante, antes de suponer que Austen está fomentando un ideal seguro y feudal, merece la pena considerar las asociaciones contemporáneas con ese nombre: a Jorge III, apodado el Granjero, lo habían declarado loco en 1810, mientras que el estilo de vida de su sucesor, el extravagante príncipe regente (a quien Austen dedica Emma), no podría considerarse estable ni conservador.18 Los «caballeros» que aparecen en la obra de Austen —sir Thomas Bertram y sir Walter Elliott— también presentan muchas imperfecciones, y tanto en Mansfield Park como en Persuasión, los baronets salen perdiendo en la comparación con los oficiales de la Armada, cuyos títulos tienen su origen en los méritos personales.19 Incluso en Emma, con su aparente desdén hacia la altanera señora Elton, se apunta a que la influencia de Knightley, aunque plenamente inglesa, tiene aspectos menos positivos. El hecho de que los gitanos, que tanto asustan a Harriet Smith, decidan acampar en el camino puede apuntar a la pérdida de tierras comunales como resultado de los continuos cercamientos de terrenos que se insinúan en los comentarios de Knightley acerca de cambiar veredas y de la rotación de cultivos.20 Además, sus gestos caritativos, aunque admirables en muchos sentidos, están subordinados a la pobreza a la que se alude discretamente a lo largo de la novela. Incluso el tradicional final feliz, en que la heroína se une a su «caballeroso» pretendiente, propicia la asimilación del terreno independiente de Hartfield en las hectáreas patrimoniales de Donwell.
El hecho de que Austen terminara Emma el año de la batalla de Waterloo ha estimulado el interés por reconocer referencias políticas en la novela y, de nuevo, muchos lectores han encontrado alusiones significativas en los nombres. La evidente asociación entre George Knightley y la anglicanidad (respaldada por el elogio de Donwell Abbey: «Era una grata vista; grata a los ojos y al ánimo. Verdor inglés, cultura inglesa, bienestar inglés») ha llevado a la ecuación contraria en el caso de Frank Churchill con Francia, en particular según el juicio de Knightley: «No, Emma, su amable joven puede ser amable solo en francés, no en inglés. Puede ser muy aimable, tener muy buenas maneras y ser muy agradable, pero no puede tener delicadeza inglesa hacia los sentimientos de otros».21 Teniendo en cuenta los recientes acontecimientos en el Canal de la Mancha, y la importancia que tienen la clase social y la herencia en la novela, es posible interpretar alusiones políticas en la «indiferencia ante una confusión de clases» de Frank Churchill, o en su alegre deseo de convertirse en un «verdadero ciudadano de Highbury». Sin embargo, aunque «Frank» pueda relacionarse de manera bastante clara con Francia, no hay ninguna explicación evidente para Churchill ni para el nombre por parte de su padre, Weston. También cabe la posibilidad de que su nombre sea tan irónico como «George», puesto que la franqueza no es una de las características más destacadas de su personalidad.
Es posible que los nombres de los personajes principales representen una trama oculta de relevancia política, moral o social, lo cual indicaría que todo el texto es un elaborado acertijo para ser resuelto al final. Sin embargo, si los nombres que Austen utiliza parecen animar al lector a la búsqueda de significados y códigos ocultos, también insinúan que tales lecturas son tan absurdas como el comportamiento que se ridiculiza sutilmente en la propia novela. El descubrimiento por parte de Margaret Kirkham de que algunos de los nombres más importantes de Emma (Knightley, Cole, Campbell, Perry) aparecen en las columnas de sociedad del Bath Journal de 1801-1802 insinúa la posibilidad de que la elección obedezca más a la casualidad que a la premeditación, y el hecho de que algunos nombres cristianos aparezcan en varias de sus novelas y coincidan con los de familiares de la autora hace que las explicaciones alegóricas resulten decididamente dudosas.22 Y si analizamos los excesos anagramáticos de lectores como Grant Holly, quien sostiene que Emma significa «Am me»,23 que la madera y la casa24 son símbolos de la sexualidad femenina, y que Knightley es a la vez «la figura caballeresca y quien la visita por las noches»,25 es difícil no sentir tanta intriga como escepticismo.26
Uno de los problemas de aceptar los juegos de palabras en Emma es que resulta algo embarazoso, similar al hecho de tener que explicar un chiste, ya que el humor se esfuma con la explicación. Sería sencillamente demasiado torpe señalar que al final de la novela, tanto Emma como Knightley han «hecho bien».27 La narrativa de Austen se caracteriza por su ligereza y velocidad, por lo que insistir en exceso en las connotaciones de una determinada palabra entorpece la lectura, incluso aunque solo sea el fugaz momento de autofelicitación que se produce al desentrañar un juego de palabras. El hecho de dar vueltas a los significados de Knightley o Woodhouse nos trae el fastidioso recuerdo de Harriet Smith tratando de adivinar la charada del señor Elton: «¿Puede ser Neptuno? ¡Míralo allí, monarca de las aguas! ¿O un tridente? ¿O una sirena? ¿O un tiburón?», mientras que Emma mantiene una actitud distante: «Mi querida Harriet, ¿en qué piensas?».
Los juegos de palabras en Emma son esencialmente sobrios, y no se observa ninguna intención de hacer alarde de lo ingenioso del texto. Con la excepción del espantoso cumplido que el señor Weston dedica a Emma, que resulta exagerado en su alabanza tanto para ella como para el autor («¿Cuáles son las dos letras del alfabeto que expresan la perfección? […] Se lo diré. M y A. Em-ma. ¿Entiende?»), el texto nunca se detiene para asegurarse de que el lector ha entendido los juegos.28 Cuando Emma fija su mirada en las pesimistas «perspectivas» de un invierno sola en Hartfield, por ejemplo, recoge la metáfora visual de la frase anterior, que a su vez evoca la escena inicial de la novela y la primera aparición de Knightley:
La imagen que entonces se había trazado de las soledades del invierno inminente resultó errónea; ningún amigo les había abandonado, ningún placer se había perdido. Pero temía que sus actuales presentimientos no recibirían semejante contradicción. La perspectiva por delante de ella, ahora, era amenazadora hasta un punto que no cabía disipar del todo, ni aun podía aclararse parcialmente.
Depende únicamente del lector reparar o no en la importancia de la «perspectiva», que afecta a las diversas ideas de previsión, aspiración, observación y creación artística que han aparecido a lo largo del texto. No hay perspectiva… perspectiva, ¿entiende? En realidad, a muchos de los dobles sentidos se accede tan solo tras una segunda lectura, como cuando Frank Churchill, que ha invitado a Emma a bailar, se disculpa con la señora Elton y «se jactó de que ya estaba comprometido». Más adelante, el mismo juego de palabras adopta un tono más sombrío cuando la señorita Bates describe el futuro empleo de Jane Fairfax como institutriz y recuerda con cierta perplejidad que, con anterioridad, su sobrina había decidido que «nada la induciría a entrar en ningún compromiso por ahora».
Aunque Austen declaró «no escribo para elfos tan insulsos que no posean una gran dosis de ingenio», el placer del texto no depende en ningún caso del reconocimiento de los juegos de palabras y las alusiones.29 Si bien es posible que algunos lectores disfruten con los acertijos y los juegos de palabras, otros están más interesados en la comedia costumbrista, el análisis psicológico o la satisfacción de la trama romántica. Uno de los asuntos fundamentales en Emma es la subjetividad de la percepción y el modo en que los juicios dependen de la personalidad y los prejuicios del juez. Así pues, hay que ser un lector osado para pasar por alto la continua descripción de personajes que malinterpretan situaciones, conversaciones, e incluso a sí mismos, a fin de llegar a una interpretación «correcta» de la novela.
Muchas escenas parecen desarrollarse a más de un nivel, pero si el lector se siente tentado a adoptar una posición de superioridad respecto de los protagonistas, hay alusiones constantes a la naturaleza limitada de la reacción estética. Por ejemplo, cuando Emma realiza un retrato de Harriet ante un admirado señor Elton (6), parece una comedia de situación basada en la ingeniosa representación de los malentendidos que se producen entre los tres personajes. Aquí más que en ningún otro momento se ofrece al lector una de las imágenes precisas de la vida que tanto apreciaban Walter Scott y sus sucesores; parece incluso apreciarse una declaración por parte de la autora sobre la importancia del realismo en el arte, en el comentario del narrador «un retrato le gusta a todo el mundo». No obstante, si se toma en su contexto, esta aparente apología de la mímesis puede interpretarse de manera muy distinta, como cuando los dos admiradores más entusiastas de Emma observan su carpeta de dibujos: «Ambos estaban en éxtasis. Un retrato le gusta a todo el mundo, y las realizaciones de la señorita Woodhouse debían ser estupendas». Tal afirmación, que parece destinada a representar una verdad universal, se vuelve incierta, y en lugar de sugerir una intromisión en la narración, parece introducir la voz del señor Elton convertido en experto en estética, o la de la señorita Smith, que extiende su fascinación por Emma al mundo en general.
La complejidad de la frase se hace más obvia unos párrafos más adelante, cuando se repite y se trata con ironía en la respuesta de quienes se han reunido para ver el retrato que Emma ha hecho de Harriet: «Todos los que lo veían estaban encantados, pero el señor Elton estaba en éxtasis continuo, y lo defendía de toda crítica». En este momento, «todos» se refiere, sin duda, al círculo de Hartfield —la señora Weston, el señor Woodhouse y el señor Knightley—, y enseguida se pone de manifiesto que el placer que obtienen con el retrato poco tiene que ver con la exactitud de la representación de la figura de Harriet. Mientras que la señorita Weston admira que Emma haya mejorado sus cejas y sus pestañas, el señor Woodhouse se debate entre la satisfacción ciega con todo lo que pueda hacer su hija y la preocupación por el hecho de que la señorita Smith aparezca al aire libre «solo con un pequeño chal por los hombros». El señor Knightley es el único que se atreve a sacar un defecto al retrato, pero su brusco comentario «La ha hecho demasiado alta, Emma» encuentra una defensa inmediata en la frase que el señor Elton repite: «Nunca he visto tal parecido». En unas pocas líneas, los personajes centrales se descubren mediante su reacción ante el retrato, que está claramente influenciada por sus propias ideas preconcebidas, su opinión sobre la artista y la relación que mantienen los unos con los otros. Por consiguiente, cualquier lector que confíe en su habilidad para reconocer la capacidad mimética se detendrá en el entusiasta comentario del señor Elton: «Nunca he visto tal parecido». Sin embargo, quienes estén decididos a encontrar indeterminación, con toda probabilidad se centrarán en la artista en esa escena. Tal vez deba considerarse que la valoración que se haga a este respecto de Emma es una metáfora elaborada de la valoración que hacemos de Emma.
Una escena que, en un principio, parece fomentar el realismo tanto en su contenido como en su estilo («Un retrato le gusta a todo el mundo») se despliega para insinuar que la percepción de la credibilidad depende tanto del observador como del creador. Si al lector la escena le resulta convincente o «realista» probablemente sea por la idea preconcebida que tiene de la novela y de su autora. El diálogo parece verosímil, no solo porque puede recordar al lector a conocidos suyos, sino porque mantiene la ilusión que se ha creado en capítulos anteriores. La actitud del señor Woodhouse concuerda a la perfección con la representación que se ha hecho de su personalidad en las páginas iniciales de la novela: afectuoso, preocupado y siempre reacio a la idea de alejarse de su chimenea. La respuesta de la señora Weston también refleja la opinión que expresa al señor Knightley con relación a que las atenciones relativamente arrogantes de Emma en el trato con Harriet solo pueden resultar beneficiosas para la humilde joven (5). La misma conversación nos viene a la cabeza cuando el señor Knightley observa «La ha hecho demasiado alta»; desaprueba que Harriet sea elevada por encima del lugar que ocupa. Así pues, el placer que obtiene el lector por la verosimilitud de la escena no es tan solo cuestión de que tenga una apariencia real, sino de reconocer la coherencia entre la representación que se hace aquí y en pasajes anteriores.
Pese a la plenitud del texto, una lectura centrada en su contexto histórico resulta interesante. Los logros artísticos de Emma, por ejemplo, como tantos otros detalles de la novela, pueden contemplarse en el contexto de los debates de la época sobre la educación de la mujer, y en obras como Vindicación de los derechos de la mujer, de Mary Wollstonecraft, publicada en 1792.30 Las actividades del señor Elton, a su vez, pueden interpretarse como un comentario acerca del papel del clérigo a principios del siglo XIX, tema que Austen ya había explorado en su novela anterior, Mansfield Park.31 Incluso los comentarios que se hacen durante esa escena cobran relevancia a la luz de ese período: la preocupación de la señora Weston por los ojos de Harriet, por ejemplo, por ser un elemento característico en la noción de belleza femenina, o el comentario del señor Woodhouse sobre la escasa vestimenta de la joven, que puede relacionarse con el hecho de que el chal fuera una incorporación relativamente nueva, y extranjera, a los armarios ingleses.32 Además, introducida de manera cómica en las opiniones encontradas del señor Knightley y la señora Weston, se encuentra la cuestión central de si el arte debería representar la naturaleza con exactitud, o si el artista debería intentar mejorar el objeto de acuerdo con una belleza ideal, un asunto que había desconcertado a los esteticistas a lo largo del siglo XVIII.33
La valoración que Jane Austen hace de sus esfuerzos creativos en comparación con los de su sobrino, James Edward Austen, ha alimentado la creencia de que ella tenía como objetivo el retrato realista de una parte reducida y familiar de la vida de la época:
¿Qué tendría que hacer yo, mi queridísimo E., con tus masculinas y vigorosas escenas, tan llenas de ímpetu y de vida? ¿Cómo podría insertarlas en ese pedacito de marfil, de dos pulgadas de ancho, en el que trabajo con un pincel tan fino que tras mucho esfuerzo apenas produce ningún resultado?34
El «pedacito de marfil» hace referencia al popular arte de la miniatura en esa época, en el que muchos lectores han encontrado un paralelismo ajustado con las meticulosas recreaciones que Austen hace de la sociedad de clase media alta.35 Cabe considerar las ironías inherentes en su comentario, no solo con relación a la autocrítica en la comparación con su sobrino, sino también en que su última novela publicada, Emma, había ocupado unas mil páginas en su formato original de tres volúmenes.
Si bien la técnica de Austen tiene algo en común con la de los miniaturistas, su obra presenta también analogías con gran variedad de estilos artísticos. Así como la señorita Woodhouse prueba «Miniaturas, medio cuerpo, cuerpo entero, lápiz, carbón y acuarelas», Emma exhibe una extraordinaria diversidad de estilos y voces, y a menudo pasa de uno a otro en un solo párrafo. Al igual que su carpeta, la novela está llena de «comienzos», y los efectos imaginativos son más un producto de los contrastes de su prosa que de una postura narrativa establecida. Con frecuencia se sugieren paralelismos implícitos con el arte visual, mediante las imágenes pictóricas, el lenguaje especializado o la disposición de las escenas, que recuerda a pinturas contemporáneas:
El aspecto de la salita, al entrar, era la tranquilidad misma. La señora Bates, privada de su tarea acostumbrada, dormitaba junto al fuego; Frank Churchill, en una mesa a su lado, estaba atareado en sus gafas, y Jane Fairfax, de pie de espaldas a ellos, observaba su pianoforte.
Las escenas compuestas al detalle de Emma, evocadoras de los interiores domésticos del pintor coetáneo David Wilkie, a menudo ocupan tan solo una escena, pero, como Frank Churchill observa: «Señorita Woodhouse, usted tiene el arte de dar imágenes en pocas palabras».
El retrato que hace de los personajes es igualmente sucinto. Así, describe a Harriet Smith como una muchacha «baja, rolliza y atractiva, con un hermoso color, ojos azules, pelo claro, facciones regulares, y un aire de gran dulzura», que contrasta con Jane Fairfax y sus «pestañas y cejas oscuras», cuyas facciones «no eran regulares, pero de una belleza muy agradable».
Con frecuencia, los fragmentos visuales están creados adrede para producir un efecto cómico, como el encuentro de Harriet con los gitanos, que se describe con el lenguaje propio de lo pintoresco de finales del siglo XVIII:
Cerca de media milla más allá de Highbury, dando un brusco recodo, con profunda sombra de álamos a los dos lados, se volvía muy escondido durante un largo trecho, y cuando las señoritas avanzaron un tanto por él, de repente habían observado, a poca distancia por delante de ellas, en un claro más ancho con hierba, un grupo de gitanos. Un niño que estaba alerta acudió hacia ellas a pedir limosna.
Sin embargo, ese paisaje sentimental se ve perturbado por la reacción al estilo de Rowlandson36 de la acompañante de Harriet:
Y la señorita Bickerton, enormemente asustada, lanzó un gran chillido, y, gritando a Harriet que la siguiera, subió corriendo por una ladera abrupta, pasó un pequeño seto que había en lo alto, y volvió a Highbury lo antes que pudo por un atajo.
Aunque se explotan las ventajas artísticas de lo pintoresco, también se ridiculiza su falsedad en un momento en que ha empezado a introducirse una percepción más cómica del comportamiento humano en los ideales del arte contemporáneo.
La fluidez de la novela permite abarcar, dentro de un mismo párrafo, imágenes y actitudes opuestas, y la sorpresa así como la incongruencia producen un efecto cómico.37 Si La abadía de Northanger había jugado de manera explícita con las convenciones literarias y la parodia, Emma, de manera similar, aunque con más sutileza, bromea sobre la naturaleza del arte mediante la introducción y la inmediata sustitución de un estilo en particular por otro. La alteración de lo pintoresco en este pasaje tal vez insinúe la defensa de una visión menos idealizada de la vida, pero, curiosamente, el aparente énfasis en el realismo cómico depende de que el lector identifique tanto la convención que se está alterando como la alternativa a la que se yuxtapone.
La evocación de distintos estilos artísticos funciona de un modo similar a los juegos de palabras: ambos recursos provocan al lector con semejanzas insinuadas que solo pueden debilitarse mediante la contradicción y la incerteza. No bien hemos interpretado como cómica la aventura de Harriet, se ofrece la lectura totalmente distinta de Emma, que no presenta el episodio como pintoresco o burlesco, sino como romántico. Para ella, los gitanos no son más que un recurso para reunir al héroe y a la heroína «un joven extraordinario y una deliciosa joven tropezándose de tal modo»; para una persona imaginativa, como se considera a sí misma, las posibilidades son irresistibles. Y aun así, cuando Emma reproduce el incidente a otros, este adopta un cariz literario distinto:
En su imaginación mantenía su importancia, y Henry y John seguían preguntando todos los días la historia de Harriet y los gitanos, y corrigiéndola tenazmente si se apartaba en el menor detalle de su versión original.
El rápido cambio también se refleja en la propia prosa, que, de manera similar, sorprende al lector con su proteica negativa a mantener una voz o un tono constante. Si las escenas visuales se ven alteradas por la súbita introducción de un elemento inesperado, el relato en tercera persona también se rompe una vez tras otra con la irrupción de un estilo libre indirecto, diálogos, citas o cartas. En ocasiones, el diálogo se convierte en un monólogo teatral, con discursos (en particular los de la señora Elton o la señorita Bates) que se prolongan a lo largo de más de una página llena de entusiasmo galopante. En otras escenas los intercambios son más breves y resultan más teatrales, particularmente en la primera edición, en la que la disposición de la página permitía solo ocho palabras en cada línea.38 Hay incluso acotaciones:
—[…] Bueno, señorita Woodhouse —con un suave suspiro—, ¿qué piensa de ella? ¿No es muy encantadora?
Hubo cierta vacilación en la respuesta de Emma.
—¡Ah, sí, sí, una joven muy agradable!
—Me parece bella, muy bella.
—Muy elegantemente vestida, desde luego: un traje realmente elegante.
—No me sorprende nada que él se haya enamorado.
—¡Ah, no! No hay nada que pueda sorprender. Una linda fortuna, y le salió al paso a él.
Las desviaciones de la narrativa lineal no son siempre tan claras. Con frecuencia, un aforismo al estilo de Samuel Johnson se cuela de manera casi imperceptible en el monólogo interior («La felicidad perfecta no es corriente, ni siquiera en el recuerdo; y había dos puntos en que no estaba muy tranquila»), mientras que buena parte de la aparente narración omnisciente refleja las opiniones y los prejuicios de la heroína epónima. En realidad, muchos de los personajes secundarios ni siquiera aparecen, y a algunos de los que aparecen no se les conceden intervenciones directas. El lector llega a familiarizarse con un numeroso grupo de personajes —William Larkins, las señoritas Cox, los Campbell y los Dixon, la señorita Hodges, Serle, los Churchill, la señorita Nash, los Suckling, el señor Wingfield, James y Hannah— sin que el narrador los describa.39 Incluso el señor Perry, que parece una presencia casi ubicua en Highbury, existe solo en los pensamientos y diálogos de los principales personajes con voz propia, y cuando al fin aparece en persona, permanece en un segundo plano: «Al entrar en los terrenos de la casa, pasó el señor Perry a caballo. Los caballeros hablaron de su caballo».
A lo largo de la novela, el lector se siente, a un mismo tiempo, reconfortado por la ilusión de una acogedora comunidad rural de personajes familiares y perturbado al descubrir que esas figuras son producto de su imaginación, a las que conoce solo a través de las alusiones hechas por otros personajes de ficción.
La dificultad de conectar el lenguaje con una fuente determinada forma parte de la continua exploración de la naturaleza de la lectura, así como de la amable exposición de la limitada comprensión de la novela por parte del lector. Entre las alteraciones más evidentes en el texto (con la consiguiente satisfacción del lector) figuran las adivinanzas y poemas que Emma gusta de coleccionar. La charada del señor Elton, por ejemplo, destaca entre los párrafos anteriores y sigue apareciendo en las páginas siguientes, cuando Harriet, en su desconcierto, la cita una y otra vez. Si el lector se siente desconcertado, Emma proporciona rápidamente la solución a la adivinanza, aunque, en realidad, no soluciona todas las incógnitas que el poema del señor Elton plantea. El texto no aclara si el poema lo ha compuesto el vicario de Highbury, o si lo ha copiado de una antología o una revista, o si lo ha creado a partir de versos contemporáneos. Si bien contiene un sentimentalismo exagerado de manera ridícula, su calidad técnica es mejor de lo que cabría esperar, lo que nos permite especular sobre su origen.40
Es igual de desconcertante, aunque por razones distintas, el acertijo favorito del señor Woodhouse, «Kitty, una bella y gélida doncella». Aunque Emma lo identifica como obra de David Garrick y la solución largo tiempo aceptada es que se refiere a la palabra «deshollinador», resulta desconcertante, ya que el poema original incluye insinuaciones sexuales, por lo que sorprende que sea el preferido del señor Woodhouse. El hombre ha olvidado el resto de las estrofas, por lo que lo inapropiado de su elección puede interpretarse como una broma a su costa; sin embargo, también podemos pensar que le aporta una dimensión distinta, por lo demás un personaje hasta cierto punto caricaturesco, sobre todo porque lo relaciona con el recuerdo de su difunta esposa.
Un ejemplo más cómico de la introducción de la sexualidad mediante una cita es la destacable mención que la señora Elton hace de las fábulas de John Gay para referirse al romance entre Jane Fairfax y Frank Churchill:
Porque cuando se trata de una dama
ya es sabido que todo cede el paso.
Aunque la señora Elton, al igual que el señor Woodhouse, ha olvidado de dónde proceden esos versos, muchos lectores de la época debieron de reconocer que pertenecen al discurso, ligeramente distinto, del «toro majestuoso», que tiene entre manos un asunto urgente:
El amor me llama aquí; una hermosa vaca
me espera junto al granero de la cebada:
Y cuando se trata de una dama
ya se sabe, todo cede el paso.41
El texto no menciona la fuente, pero la extraordinaria yuxtaposición del refinamiento y la involuntaria ordinariez de la señora Elton divierten y sorprenden al lector, incluso cuando la historia se descubre. En realidad, la torpe alusión literaria enfatiza, en retrospectiva, otros momentos en que los personajes han utilizado la expresión «cuando se trata» para referirse a relaciones amorosas no reconocidas. Sin embargo, ella es la única que saca a la superficie el constante trasfondo de excitación sexual de la novela y, al hacerlo, altera la sutil corriente de discreción, incluso cuando comenta sobre sí misma: «¿Estoy muy animada, no?».
A lo largo de Emma se sugiere constantemente la posibilidad de descubrir demasiado, y los momentos de mayor vergüenza se producen cuando un personaje cruza la línea de la reticencia a descubrir algo que permanecía oculto. Ya sea el señor Elton declarando su pasión en el coche, o Frank Churchill componiendo la palabra «Dixon» en un juego de letras, la sensación incómoda de romper las normas es la misma, y el texto está lleno de episodios en los que los personajes principales se sonrojan, se ruborizan, se ponen rojos o se les enciende el rostro. Tal vez por ello en la parte final de la novela, donde se supone que se ha descubierto todo, el relato se sitúa tras la pantalla de cartas y diálogos, dejando que el lector adivine la naturaleza exacta de los «malentendidos» entre Jane y Frank, o la reconciliación entre Harriet y Robert Martin. Incluso en el momento culminante en que Emma acepta a Knightley, sus palabras no se revelan sino que se dejan a la imaginación: «¿Qué dijo? Lo que debía, claro. Una dama siempre lo hace así».
En una obra que se deleita en el coqueteo y el bochorno, el lector se ve inmerso en juegos para tratar de descubrir qué está sucediendo exactamente. De la misma manera que los personajes principales, bastante propensos todos ellos a malinterpretar las situaciones, parecen obsesionados en observarse los unos a los otros y determinar lo sincero de sus sentimientos e intenciones, nos dejamos llevar por el intento de resolver palabras, escenas, citas o acciones. Sin embargo, como cada lector repara en aspectos distintos de la obra e interpreta las palabras de manera subjetiva, el final de la novela es una invitación a regresar al principio e intentar definir su significado nuevamente.
No se trata de un «retrato» claro de representación artística y objeto representado que «le gusta a todo el mundo», sino de la constante desviación de correspondencias de una idea a otra, de efecto tan deslumbrante que resulta tentador escoger una línea de interpretación y pasar por alto las contradicciones. Sin embargo, esta opción implica negarse a jugar, y aunque nos evita la vergüenza de malinterpretar las cosas, también nos priva del gozo interminable y de la irrefrenable diversión que proporciona Emma.
FIONA STAFFORD
2003
1775 Nace Jane Austen el 16 de diciembre, es la segunda niña y la séptima hija del reverendo George Austen y su esposa, Cassandra Leigh. Su padre era el rector de la parroquia de Steventon, en Hampshire. La familia, aunque bien relacionada, no era rica. Dos de sus hermanos ingresaron en la Armada y uno de ellos alcanzó el rango de almirante de la flota.
1776 Declaración de Independencia de los Estados Unidos.
1778 Frances Burney publica Evelina.
1785-1786 Jane Austen asiste junto a su hermana Cassandra a la escuela en la Abadía de Reading.
1787 Austen empieza a escribir piezas breves y paródicas de ficción que se conocen como sus «obras de juventud».
1789 Estalla la Revolución francesa.
1792 Mary Woolstonecraft publica Vindicación de los derechos de la mujer.
1793 Gran Bretaña entra en guerra con la Francia revolucionaria.
1794 Ann Radcliffe publica Los misterios de Udolfo.
1795 Austen escribe «Elinor y Marianne», una primera versión de Sentido y sensibilidad.
1796 Auge de Napoleón en Francia.
1796-1797 Austen escribe «Primeras impresiones», una primera versión de Orgullo y prejuicio.
1797 Ofrece «Primeras impresiones» a un editor, que rechaza la obra.
1798-1799 Escribe «Susan», una primera versión de La abadía de Northanger.
1801 El padre de Austen se jubila y la familia se traslada a Bath.
1802 Austen acepta la propuesta de matrimonio de Harris Bigg-Wither, pero cambia de opinión al día siguiente. En Francia, Napoleón es nombrado cónsul vitalicio.
1803 Vende «Susan» por diez libras al editor Crosby, quien no la publica.
1804 Austen escribe la novela inacabada Los Watson. Napoleón es coronado emperador.
1805 Muere el padre de Austen. Batalla de Trafalgar.
1807 Austen se traslada con su madre y su hermana a Southampton.
1809 Austen se traslada con su madre y su hermana a una casa en el pueblo de Chawton, Hampshire, propiedad de su hermano Edward, donde vive el resto de su vida.
1811 Se publica Sentido y sensibilidad. La enfermedad del rey Jorge III hace que el príncipe de Gales sea nombrado príncipe regente.
1813 Se publica Orgullo y prejuicio.
1814 Se publica Mansfield Park.
1815 En diciembre se publica Emma (fechada en 1816) y dedicada, a petición suya, al príncipe regente. Wellington y Blücher vencen a los franceses en la batalla de Waterloo, poniendo así fin a las Guerras napoleónicas.
1816 La salud de Austen empieza a deteriorarse; termina Persuasión. Compra «Susan» a Crosby. Walter Scott escribe una elogiosa reseña de Emma en el Quarterly Review.
1817 De enero a marzo, Austen trabaja en Sanditon. Muere el 18 de julio en Winchester, donde había ido a recibir asistencia médica, y es enterrada en la catedral de Winchester. En diciembre, su hermano Henry supervisa la publicación de La abadía de Northanger y Persuasión (fechadas en 1818), con una reseña biográfica sobre la autora.
Esta obra está dedicada a su Alteza Real,
el príncipe regente, con el permiso de su Alteza Real
y con el mayor respeto por parte de su fiel, obediente
y humilde servidora, LA AUTORA.
Emma Woodhouse, bella, inteligente y rica, con un hogar agradable y un temperamento feliz, parecía reunir muchas de las mejores bendiciones de la vida; llevaba viviendo cerca de veintiún años en este mundo sin nada apenas que la agitara o la molestara.
Era la menor de las dos hijas de un padre cariñoso y tolerante, y, a consecuencia del matrimonio de su hermana, llevaba mucho tiempo como señora de la casa de su padre. La madre había muerto también hacía demasiado tiempo como para que ella conservara más que un confuso recuerdo de sus caricias: su lugar había sido ocupado por una institutriz, mujer excelente, a quien le faltaba muy poco del cariño de una madre.
Dieciséis años llevaba la señorita Taylor en la familia del señor Woodhouse, menos como institutriz que como amiga, muy encariñada con las dos hijas, pero especialmente con Emma. Entre ellas había más bien la intimidad de unas hermanas. Aun antes de que la señorita Taylor dejara de ejercer el cargo nominal de institutriz, la bondad de su carácter apenas le consentía imponer ninguna restricción; y ahora que su sombra de autoridad había acabado hacía mucho, vivían juntas como amigas muy unidas, haciendo Emma lo que se le antojaba, con una elevada estimación del juicio de la señorita Taylor, pero guiándose principalmente por el suyo.
En efecto, los verdaderos males de la situación de Emma eran su capacidad de imponer demasiado su voluntad, y su tendencia a pensar demasiado bien de sí misma; esos eran los inconvenientes que amenazaban teñir sus muchas buenas cualidades. Sin embargo, ese peligro era en ese momento tan poco advertido, que de ningún modo tales cosas alcanzaban en ella categoría de desgracias.
Una tristeza sobrevino, una amable tristeza, pero de ningún modo en forma desagradable: la señorita Taylor se casó. La pérdida de la señorita Taylor fue lo primero que le producía dolor. Fue en el día de la boda de esa querida amiga la primera vez que Emma se quedó sentada con tristes reflexiones de larga duración. Pasada la boda y habiéndose ido los invitados de la novia, su padre y ella se quedaron solos para comer, sin perspectiva de nadie más que animara una larga velada. Su padre se preparó para dormir después de la comida, como de costumbre, y a ella no le quedó sino estarse sentada pensando en lo que había perdido.
El acontecimiento prometía toda clase de felicidades para su amiga. El señor Weston era un hombre de carácter irreprochable, suficiente fortuna, edad apropiada y modales agradables; y había cierta satisfacción en considerar con qué abnegada y generosa amistad Emma había deseado siempre y estimulado esa unión; pero fue para ella una mañana negra. La falta de la señorita Taylor se sentiría a cada hora de cada día. Emma recordaba sus pasadas bondades, la amabilidad, el cariño de dieciséis años, cómo le había enseñado y cómo había jugado con ella desde sus cinco años, cómo había dedicado toda su capacidad a unirse a ella y a entretenerla, cuando estaba buena, y cómo la había cuidado en las diversas enfermedades de la niñez. Una amplia deuda de gratitud quedaba ahí como saldo, pero el trato de los últimos siete años, el pie de igualdad y la absoluta falta de reservas que se había establecido muy poco después de la boda de Isabella, al quedarse solas la una para la otra, era un recuerdo aún más querido y más tierno. Había sido una amiga y una compañera como se tenían pocas, inteligente, bien informada, útil, amable, conocedora de las costumbres de la familia, interesada en todos sus asuntos, y especialmente interesada en ella, en todos los placeres y proyectos de Emma; alguien con quien ella podía expresar todos sus pensamientos tal como surgían, y que tenía tanto cariño por ella que jamás la encontraría en falta.
¿Cómo iba a soportar el cambio? Es verdad que su amiga iba a estar solo a media milla de ellos, pero Emma se daba cuenta de que debía de ser grande la diferencia entre una señora Weston a solo media milla de ellos, y una señorita Taylor en la casa; y aun con todas sus cualidades, naturales y cultivadas, estaba en gran peligro de sufrir de soledad intelectual. Quería mucho a su padre, pero él no era un compañero para ella. No podía estar a su nivel en la conversación, ni razonable ni en broma.
El inconveniente de la diferencia efectiva de sus edades (y el señor Woodhouse no se había casado pronto) se aumentaba mucho por su carácter y costumbres; pues habiendo estado delicado de salud toda su vida, sin actividad mental ni corporal, era un hombre mucho más viejo de maneras que de años, y aunque le querían en todas partes, por la amabilidad de su corazón y su temperamento amigable, sus talentos no le podrían haber servido de recomendación en ningún momento.
La hermana de Emma, aunque relativamente poco alejada por su matrimonio, al establecerse en Londres, solo a dieciséis millas, estaba, con mucho, más allá de su alcance cotidiano; y habría que luchar en Hartfield con muchas largas veladas de octubre y noviembre antes que la Navidad trajera la próxima visita de Isabella con su marido y sus niñitos: para llenar la casa y volverle a dar compañía agradable.
Highbury, la amplia y populosa aldea, casi un pueblo, a que pertenecía realmente Hartfield a pesar de la separación de sus prados y sus arbustos y su nombre, no le ofrecía nadie de su categoría. Los Woodhouse eran allí los primeros en importancia. Todos les miraban de abajo arriba. Tenían muchos conocidos en el lugar, pues su padre era cortés con todo el mundo, pero nadie entre ellos que pudiera ser aceptado en lugar de la señorita Taylor ni por medio día. Era un cambio melancólico, y Emma no podía menos de suspirar por ello y desear cosas imposibles, hasta que su padre despertó, haciendo necesario estar de buen humor. El ánimo de él necesitaba apoyo. Era un hombre nervioso, fácilmente deprimido; aficionado a todas las personas a quienes estuviera acostumbrado, y detestando separarse de ellas; enemigo de toda clase de cambios. El matrimonio, como origen de cambios, le era siempre desagradable; no se había reconciliado de ningún modo con que su propia hija se hubiera casado, ni podía hablar nunca de ella sino con compasión, aunque había sido un matrimonio por amor; y ahora estaba obligado a separarse también de la señorita Taylor; y por sus costumbres de amable egoísmo y de no suponer nunca que los demás pudieran sentir algo diferente que él mismo, estaba muy dispuesto a creer que la señorita Taylor había hecho algo tan desgraciado para ella misma como para ellos, y habría sido mucho más feliz si hubiera pasado el resto de su vida en Hartfield. Emma sonrió y charló tan animadamente como pudo para evitarle tales pensamientos, pero, cuando llegó el té, le fue imposible a él no decir exactamente lo mismo que había dicho en la comida:
—¡Pobre señorita Taylor! Ojalá estuviera aquí otra vez. ¡Qué lástima que el señor Weston pensara jamás en ella!
—No puedo estar de acuerdo contigo, papá; ya sabes que no. El señor Weston es un hombre de tan buen humor, tan agradable y excelente que merece de sobra una buena esposa, y ¿querrías que la señorita Taylor hubiera vivido con nosotros para siempre, aguantando todos mis malos humores, cuando podía tener una casa propia?
—¡Una casa propia!, pero ¿dónde está la ventaja de una casa propia? Esta es tres veces mayor. Y tú nunca tienes malos humores, querida mía.
—¡Cuántas veces iremos a verles y ellos vendrán a vernos! ¡Siempre nos estaremos reuniendo! Tenemos que empezar, tenemos que ir muy pronto a hacerles la visita de después de la boda.
—Querida mía, ¿cómo voy a ir yo tan lejos? Randalls está a una buena distancia. Yo no podría andar ni la mitad.
—No, papá, nadie ha pensado que fueras andando. Tenemos que ir en el coche, claro.
—¡El coche! Pero a James no le gustará enganchar los caballos para tan poco camino, ¿y dónde van a estar los pobres caballos mientras hacemos nuestra visita?
—Los pondrán en la cuadra del señor Weston, papá. Ya sabes que eso lo hemos decidido ya. Lo hemos hablado anoche con el señor Weston. Y en cuanto a James, puedes estar muy seguro de que le gustará siempre ir a Randalls, porque su hija está allí de criada. Lo único que dudo es que nos quiera llevar nunca a otra parte. Eso lo hiciste tú, papá. Tú le buscaste a Hannah ese buen sitio. Nadie se acordó de Hannah hasta que tú la recordaste. ¡James te está tan agradecido!
—Me alegro mucho de haber pensado en ella. Fue una gran suerte, porque no me gustaría que el pobre James pensara de ningún modo que se le tenía en menos; y estoy seguro de que ella hará una criada muy buena; es una chica bien educada y bien hablada; tengo muy buena opinión de ella. Siempre que la veo, me hace una reverencia y me pregunta qué tal estoy, de un modo muy bonito; y cuando la llamaste aquí para que hiciera labor, me fijé en que da vuelta al pestillo de la puerta como es debido, sin dar nunca un portazo. Estoy seguro de que hará una criada excelente; y será un gran consuelo para la pobre señorita Taylor tener alrededor a alguien que esté acostumbrada a ver. Siempre que vaya James a ver a su hija, ya sabes, ella tendrá noticias nuestras. Él le podrá decir cómo estamos todos.
Emma no ahorró esfuerzos para mantener ese rumbo más feliz de ideas, y sintió esperanzas, con ayuda del juego del chaquete, de hacer que su padre superara decentemente la velada, sin ser atacada por más tristes sentimientos que los suyos propios. Se puso la mesa del chaquete, pero inmediatamente después entró un visitante y lo hizo innecesario.
El señor Knightley, hombre muy sensato, de unos treinta y siete o treinta y ocho años, era no solo un amigo muy antiguo y muy íntimo de la familia, sino especialmente relacionado con ella por ser el hermano mayor del marido de Isabella. Vivía como a una milla de Highbury, venía a menudo de visita y siempre era bienvenido, y esta vez más que de costumbre, por venir derecho de ver a sus comunes familiares de Londres. Había comido tarde, después de regresar tras unos días de ausencia, y ahora había llegado a pie hasta Hartfield a contar que todos estaban bien en Brunswick Square. Era una circunstancia feliz y animó al señor Woodhouse durante algún tiempo. El señor Knightley tenía unos modales de buen humor que le sentaban muy bien, y las muchas preguntas sobre la «pobre Isabella» y los niños obtuvieron respuestas muy satisfactorias. Esto terminado, el señor Woodhouse observó, con gratitud:
—Es mucha bondad suya, señor Knightley, venir tan tarde a visitarnos. Me temo que ha debido de tener un paseo desagradable.
—Nada de eso, señor Woodhouse. Hace una hermosa noche de luna, y tan templada que me tengo que apartar de su gran fuego.
—Pero ha debido de encontrarlo todo muy húmedo y embarrado. Ojalá no se haya resfriado.
—¡Embarrado! Mire mis zapatos. Ni una mota hay en ellos.
—¡Bueno!, es sorprendente, porque hemos tenido mucha lluvia aquí. Ha llovido terriblemente fuerte durante media hora, mientras estábamos desayunando. Yo quería que aplazaran la boda.
—A propósito… no les he felicitado a ustedes. Dándome mucha cuenta de qué clase de alegría deben de sentir los dos, no he sentido mucha prisa en felicitarles. Pero espero que todo haya salido bastante bien. ¿Cómo se portaron todos ustedes? ¿Quién lloró más?
—¡Ah! ¡Esa pobre señorita Taylor! Es un triste asunto.
—Pobres señor y señorita Woodhouse, si no les parece mal, pero de ningún modo puedo decir «pobre señorita Taylor». Siento una gran estimación por usted y por Emma, pero ¡cuando se trata de la cuestión de la dependencia o la independencia! En todo caso, debe de ser mejor tener solo uno a quien complacer, que dos.
—¡Especialmente cuando uno de esos dos es un ser tan caprichoso y enredoso! —dijo Emma, en tono de broma—. En eso es en lo que piensa, ya lo sé… y eso es lo que diría sin duda si no estuviera mi padre delante.
—Creo que es verdad, querida mía, en efecto —dijo el señor Woodhouse con un suspiro—. Me temo que a veces soy muy caprichoso y enredoso.
—¡Pero, queridísimo papá! No pensarás que me pudiera referir a ti, ni suponer que el señor Knightley se refiriera a ti. ¡Oh, no! Solo me refería a mí misma. Al señor Knightley le encanta encontrarme defectos, ya lo sabes, en broma… es todo una broma. Siempre nos decimos lo que se nos antoja.
El señor Knightley, en efecto, era una de las pocas personas que podía encontrar defectos en Emma Woodhouse, y el único que se los decía alguna vez; y aunque eso no le era especialmente agradable a Emma, sabía que lo había de ser todavía menos a su padre, por lo que no le dejaría sospechar realmente cosa tal como que ella no fuera considerada perfecta por todo el mundo.
—Emma sabe que nunca la adulo —dijo el señor Knightley—, pero no decía nada contra nadie. La señorita Taylor estaba acostumbrada a tener dos personas a quienes complacer: ahora no tendrá más que una. Lo probable es que haya de ganar con eso.
—Bueno —dijo Emma, queriendo dejarlo correr—; usted quiere oír hablar de la boda, y me encantará contárselo, porque todos nos portamos de un modo encantador. Todo el mundo fue muy puntual, todo el mundo con el mejor aspecto. Ni se vio una lágrima, ni una cara larga. ¡Ah, no!, todos nos dábamos cuenta de que íbamos a estar solo a media milla de distancia, y estábamos seguros de vernos todos los días.
—Mi querida Emma lo soporta todo muy bien —dijo el padre—. Pero, señor Knightley, la verdad es que siente mucho perder a la pobre señorita Taylor, y estoy seguro de que la echará de menos más de lo que se imagina.
Emma volvió la cabeza, dividida entre lágrimas y sonrisas.
—Es imposible que Emma no eche de menos a tal compañera —dijo el señor Knightley—. No la querríamos todos tanto como la queremos, señor Woodhouse, si pensáramos otra cosa. Pero ella sabe qué ventajoso es este matrimonio para la señorita Taylor; sabe qué aceptable tiene que ser, a la edad de la señorita Taylor, establecerse en una casa propia, y qué importante asegurarse una situación cómoda, así que no puede permitirse sentir tanto dolor como placer. Todos los amigos de la señorita Taylor debemos alegrarnos de verla tan felizmente casada.
—Y se olvida un motivo de alegría para mí —dijo Emma— y muy importante: que ese casamiento lo he hecho yo misma. Yo hice ese casamiento, ya lo sabe, hace cuatro años; y el que haya tenido lugar, y se vea que tenía razón, cuando tanta gente decía que el señor Weston no se volvería a casar nunca, puede consolarme de cualquier cosa.
El señor Knightley la miró y movió la cabeza. Su padre respondió cariñosamente:
—¡Ah, querida mía! Me gustaría que no hicieras casamientos ni predijeras cosas, porque todo lo que dices llega a suceder. Por favor, no vuelvas a hacer casamientos.
—Te prometo no hacer ninguno para mí misma, papá; pero tengo que hacerlo, de veras, para otros. ¡Es lo más divertido del mundo! ¡Y después de tal éxito, ya sabes! Todo el mundo decía que el señor Weston no se volvería a casar nunca. ¡Vaya que no! El señor Weston, que llevaba tanto tiempo viudo, y que parecía tan completamente a gusto sin mujer, tan continuamente ocupado con sus asuntos en la ciudad o con sus amigos aquí, siempre bien recibido dondequiera que fuese, siempre de buen humor; el señor Weston no tenía que quedarse solo ni una sola velada al año, si no le parecía bien. ¡Ah, no! El señor Weston, por supuesto, no se volvería a casar. Algunos incluso hablaban de una promesa a su mujer en el lecho de muerte, y otros de que su hijo y su tío no le dejaban. Se han dicho toda clase de tonterías sobre el tema, pero yo nunca me creí nada de eso. Desde el mismo día (hace unos cuatro años) en que la señorita Taylor y yo nos lo encontramos en Broadway Lane, cuando, porque empezaba a lloviznar, salió disparado y con mucha galantería le pidió prestados dos paraguas al granjero Mitchell para las dos, yo tomé mi decisión sobre el tema. Desde ese momento planeé el casamiento, y después que he encontrado tal éxito en este caso, querido papá, no puedes imaginar que vaya a abandonar lo de hacer casamientos.
—No comprendo a qué llama «éxito» —dijo el señor Knightley—. El éxito supone esfuerzo. Usted ha empleado el tiempo de un modo muy propio y delicado si lleva estos cuatro años esforzándose en este casamiento. ¡Una manera muy digna de emplearse el ánimo de una señorita! Pero si, lo que más bien me imagino yo, solo quiere decir que lo proyectara, que se dijera a sí misma un día de ocio: «Creo que sería muy bueno para la señorita Taylor si el señor Weston se casara con ella», y volvérselo a decir de vez en cuando desde entonces, ¿por qué habla de éxito?, ¿dónde está su mérito?, ¿de qué está orgullosa? Usted hizo una suposición acertada, y eso es todo lo que se puede decir.
—¿Y ha conocido usted el placer y el triunfo de una suposición acertada? Le compadezco. Le creía más listo… porque, puede estar seguro de ello, una suposición acertada nunca es pura suerte. Y en cuanto a mi pobre palabra «éxito», que tanto discute, no sé que me falten tan completamente los títulos para ella. Usted ha trazado dos bonitos cuadros, pero creo que puede haber un tercero, algo entre el que no hace nada y el que lo hace todo. Si yo no hubiera estimulado las visitas del señor Weston aquí, y no le hubiera animado de muchas pequeñas maneras, y no hubiera suavizado muchos asuntillos, quizá no habría llegado esto a nada después de todo. Creo que debe conocer Hartfield lo suficiente como para comprenderlo.
—A un hombre recto y franco como Weston y una mujer razonable y sin afectaciones, como la señorita Taylor, quizá se les puede dejar solos tranquilamente para que arreglen sus asuntos. Es probable quizá que usted se haya hecho más daño a usted misma que bien a ellos, por la interferencia.
—Emma nunca se acuerda de sí misma cuando puede hacer bien a los demás —replicó el señor Woodhouse, entendiendo solo a medias—. Pero, querida mía, te ruego que no hagas casamientos, son una cosa tonta, y le rompen a uno el círculo de familia lamentablemente.
—Solo uno más, papá; solo el señor Elton. ¡Pobre señor Elton! Tú quieres al señor Elton, papá; tengo que buscarle por ahí una mujer. No hay nadie en Highbury que le merezca, y lleva aquí un año entero, y ha arreglado su casa tan cómoda que sería una vergüenza dejarle solo más tiempo… y yo pensaba, cuando les unía las manos hoy, que tenía cara de que le gustaría que le hicieran eso mismo a él. Tengo muy buena opinión del señor Elton, y esa es la única manera de hacerle un favor.
—El señor Elton es un joven muy bien parecido, desde luego, y un joven excelente, y siento gran consideración hacia él. Pero si quieres tener una atención con él, querida mía, invítale a que venga a comer con nosotros algún día. Eso será mucho mejor. Estoy seguro de que el señor Knightley tendrá la bondad de venir a conocerle.
—Con mucho gusto, señor Woodhouse, en cualquier momento —dijo el señor Knightley riendo—, y estoy completamente de acuerdo con usted en que será mucho mejor. Invítele a comer, Emma, y sírvale el mejor pescado y el mejor pollo, pero déjele que se busque él mismo su propia mujer. Puede estar segura, un hombre de veintisiete años sabe cuidarse de sí mismo.
El señor Weston había nacido en Highbury, de familia respetable, que en las dos o tres generaciones últimas había ido subiendo hasta tener nobleza y propiedades. Había recibido una buena educación, pero al conseguir tempranamente una modesta independencia, había perdido el gusto por las ocupaciones más vulgares a que se dedicaban sus hermanos, satisfaciendo su ánimo alegre y activo y su temperamento sociable al entrar en la milicia del condado, entonces establecida.
El capitán Weston era predilecto de todos, y cuando los azares de su vida militar le hicieron conocer a la señorita Churchill, de una gran familia de Yorkshire, y la señorita Churchill se enamoró de él, a nadie le sorprendió eso, excepto al hermano de ella y su mujer, que no le habían visto nunca, y que estaban llenos de orgullo y pretensiones, para lo que iría mal esta relación.
La señorita Churchill, sin embargo, siendo mayor de edad, y en pleno dominio de su fortuna —aunque su fortuna no guardaba proporción con las propiedades de la familia—, no se dejó disuadir del matrimonio, que tuvo lugar para infinita ofensa del señor y la señora Churchill, los cuales cortaron con ella con el debido decoro. Era un enlace inadecuado y no produjo mucha felicidad. La señora Weston debía haber encontrado más, pues tenía un marido cuyo cálido corazón y dulce carácter le hacían pensar que ella se merecía cualquier cosa en pago de la gran bondad de quererle a él, pero ella, aunque tenía cierto carácter, no lo tenía del todo. Había sido lo bastante decidida como para llevar a cabo su voluntad a pesar de su hermano, pero no lo bastante como para impedirse lamentar sin razón la cólera irrazonable de su hermano, o echar de menos los lujos de su anterior hogar. Vivían por encima de sus rentas, pero aun así no era nada en comparación con Enscombe; ella no dejaba de querer a su marido, pero quería al mismo tiempo ser la mujer del capitán Weston y la señorita Churchill de Enscombe.
El capitán Weston, de quien pensaban todos, especialmente los Churchill, que había hecho una boda sorprendente, resultó haber llevado la peor parte; pues al morir su mujer al cabo de tres años de matrimonio, era más pobre que antes, y con un hijo que mantener. Del gasto del hijo, sin embargo, pronto quedó aliviado. El niño, con el añadido de un motivo de enternecimiento que fue una larga enfermedad de su madre, había sido el medio para una especie de reconciliación, y el señor y la señora Churchill, no teniendo hijos, ni ningún otro pequeño de igual parentesco de que cuidarse, ofrecieron tomar al pequeño Frank a su completo cargo, poco después de morir ella. Es de suponer que el padre viudo sentiría algunos escrúpulos y alguna reluctancia, pero, como fueron superados por otras consideraciones, se entregó al niño al cuidado y la riqueza de los Churchill, y él solo tuvo que buscar su propia comodidad y mejorar su situación como pudiera.
Se hizo deseable un completo cambio de vida. Dejó la milicia y se dedicó al comercio, teniendo ya hermanos bien establecidos en Londres, lo que le ofrecía una apertura favorable. Era una actividad que le ofrecía solo suficiente empleo. Tenía todavía una casita en Highbury, donde pasaba casi todos sus días de ocio, y, entre la ocupación útil y los placeres de la sociedad, discurrieron alegremente los siguientes dieciocho o veinte años de su vida. Para entonces, ya había logrado cómodos medios de vida, lo suficiente para adquirir una finquita junto a Highbury, que siempre había deseado, y lo suficiente para casarse con una mujer tan sin bienes incluso como la señorita Taylor, y vivir conforme a los deseos de su familia y su carácter sociable. Hacía ya algún tiempo que la señorita Taylor había empezado a influir en sus proyectos, pero como no era el influjo tiránico de la juventud sobre la juventud, eso no había alterado su decisión de no asentarse nunca hasta que pudiera adquirir Randalls, y la venta de Randalls fue anhelada durante mucho tiempo, pero había seguido firmemente adelante, con esos objetivos a la vista, hasta que se obtuvieron. Había hecho su fortuna, comprado su casa y obtenido su mujer, y empezaba una nueva época de su vida, con toda probabilidad de mayor felicidad que ninguna época pasada. Nunca había sido infeliz; su propio carácter se lo había evitado, aun en su primer matrimonio, pero el segundo debía mostrarle qué deliciosa puede ser una mujer de buen juicio y verdaderamente amable, y debía darle la grata prueba de que era mucho mejor elegir que ser elegido, producir gratitud que sentirla.
Solo tenía que complacerse a sí mismo en su elección: su fortuna era suya, pues en cuanto a Frank, le criaban más que tácitamente como heredero de su tío, y había sido una adopción tan reconocida como para hacerle asumir el apellido Churchill en su mayoría de edad. Era muy improbable, pues, que necesitara jamás la ayuda de su padre. Su padre no tenía miedo de eso. La tía era una mujer caprichosa, y gobernaba por completo a su marido, pero no entraba en la naturaleza del señor Weston imaginar que ningún capricho fuera lo bastante fuerte como para afectar a alguien tan querido, y alguien, según creía, tan merecidamente querido. Veía a su hijo todos los años en Londres y estaba orgulloso de él, y sus cariñosas noticias sobre él como un joven excelente habían hecho que Highbury sintiera también cierta especie de orgullo en eso. Se le consideraba lo suficientemente perteneciente al sitio como para hacer que sus méritos y perspectivas fueran una suerte de interés común.
El señor Frank Churchill era una de las glorias de Highbury, y allí reinaba una viva curiosidad por verle, aunque esa benevolencia era tan poco correspondida que no había estado allí en toda su vida. Se había hablado muchas veces de que vendría a ver a su padre, pero nunca se había realizado.
Ahora, al casarse su padre, todos supusieron, como atención muy adecuada, que tendría lugar esa visita. No hubo ni una voz que disintiera sobre el tema, ni cuando la señora Perry tomó té con la señora y la señorita Bates, ni cuando la señora y la señorita Bates devolvieron la visita. Ahora era el momento de que viniera entre ellos el señor Frank Churchill, y esa esperanza se robusteció cuando se supo que había escrito a su nueva madre en esa ocasión. Durante unos pocos días, todas las visitas de por la mañana en Highbury incluyeron alguna referencia a la bonita carta que había recibido la señora Weston. «Supongo que ha oído hablar usted de la bonita carta que ha escrito el señor Frank Churchill a la señora Weston. Entiendo que es una carta muy bonita, efectivamente. El señor Woodhouse me lo ha contado. El señor Woodhouse vio la carta, y dice que nunca ha visto una carta tan bonita en su vida.»
En efecto, fue una carta muy estimada. La señora Weston, por supuesto, se había formado una idea muy favorable del joven, y tan agradable atención era prueba irresistible de su buen sentido, y un añadido muy bien recibido a todas las felicitaciones que le había procurado ya su matrimonio. Se sentía una mujer muy afortunada, y había vivido lo suficiente para saber qué afortunada se la podía considerar, ya que lo único de lamentar era una separación parcial de unos amigos, cuya amistad hacia ella no se había enfriado nunca, y que apenas podían soportar separarse de ella.
Sabía que a veces debían de echarla de menos, y no podía pensar sin dolor en que Emma perdiera un solo placer o sufriera una hora de aburrimiento por la falta de su compañía, pero la querida Emma no era de carácter débil; estaba más a la altura de la situación de lo que habrían estado la mayoría de las jóvenes, y tenía un juicio y una energía y un ánimo que cabía esperar que la sostendrían bien y felizmente a través de sus pequeñas dificultades y privaciones. Y además había un consuelo en la cómoda distancia de Randalls hasta Hartfield, tan fácil incluso para un paseo femenino a solas, y en el carácter y circunstancias del señor Weston, que, en la temporada que se acercaba, no pondría inconveniente a que pasaran juntas la mitad de las veladas.
Su situación, en conjunto, era motivo de horas de agradecimiento para la señora Weston, y solo de momentos de lamentación; y su satisfacción, más que satisfacción, su alegre disfrute, era tan justo y evidente que Emma, aun conociendo a su padre, a veces se sentía sorprendida de que siguiera siendo capaz de compadecer a «la pobre señorita Taylor», cuando la dejaban en Randalls en medio de toda comodidad doméstica, o la veían marcharse al anochecer acompañada de su agradable marido en su coche propio. Pero nunca se marchaba sin que el señor Woodhouse lanzara un suave suspiro y dijera:
—¡Ah, la pobre señorita Taylor! Le gustaría mucho quedarse.
No había modo de recuperar a la señorita Taylor, ni mucha probabilidad de que él dejara de compadecerla, pero unas pocas semanas le trajeron algún alivio al señor Woodhouse. Se habían acabado los cumplidos de sus vecinos, ya no le molestaba que le desearan alegría por un hecho tan triste, y el pastel de boda, que tanto le había trastornado, estaba más que comido. Su estómago no podía soportar nada sustancioso, y jamás podía creer que los demás fueran diferentes de él. Lo que a él le sentaba mal, lo consideraba como inadecuado para cualquiera, y, por consiguiente, trató de disuadirles de que hubiera pastel de bodas en absoluto, y, cuando ello resultó inútil, trató con igual empeño de que nadie lo comiera. Se había tomado la molestia de consultar al señor Perry, el boticario, sobre el tema. El señor Perry era un hombre inteligente y distinguido, cuyas frecuentes visitas eran uno de los consuelos de la vida del señor Woodhouse, y, al ser consultado, no pudo menos de reconocer (aunque parecía más bien contra la tendencia de su inclinación) que el pastel de bodas podría ciertamente sentar mal a muchos, quizá a la mayoría, a no ser que se tomara con moderación. Con tal opinión, confirmadora de la suya, el señor Woodhouse tenía esperanzas de influir en todos los visitantes de los recién casados, pero sin embargo el pastel se comió, y no hubo descanso para sus benevolentes nervios hasta que se acabó todo.
Hubo un extraño rumor en Highbury de que a todos los pequeños Perry se les había visto con una porción del pastel de bodas de la señora Weston en la mano, pero el señor Woodhouse no lo quiso creer jamás.
Al señor Woodhouse, a su manera, le gustaba la sociedad. Le gustaba mucho que sus amigos vinieran a verle, y, por varias causas unidas, por su larga residencia en Hartfield, y su buen carácter, su fortuna, su casa y su hija, podía regir las visitas de su pequeño círculo en la medida en que le parecía bien. No tenía mucho trato con ninguna familia más allá de ese círculo; su horror a trasnochar y a las grandes comilonas le hacía incapaz para conocidos que no le visitaran en sus propios términos. Afortunadamente para él, Highbury, incluyendo Randalls en la misma parroquia, y Donwell Abbey en la parroquia de al lado, incluía muchos así. No sin frecuencia, por persuasión de Emma, tenía a comer con él algunos de los mejores y los elegidos, pero lo que prefería eran las veladas, y, a no ser que se imaginara en algún momento incapaz de compañía, apenas había una velada en la semana en que Emma no pudiera ponerle la mesa de jugar a las cartas.
Una auténtica y madura estimación traía a los Weston y al señor Knightley; por parte del señor Elton, un joven que vivía solo sin que eso le gustara, el privilegio de cambiar cualquier vacía velada de su soledad sin contenido por las elegancias y la sociedad del salón del señor Woodhouse y las sonrisas de su deliciosa hija, no era una cosa para rechazar.
Después de esos venía un segundo grupo, entre los más aceptables de los cuales estaban la señora y la señorita Bates y la señora Goddard, tres señoras siempre dispuestas a atender una invitación de Hartfield, y a las que se traía y llevaba a casa tan a menudo que al señor Woodhouse no le parecía que era trabajo para James ni para los caballos. Si hubiera ocurrido solo una vez al año, habría sido enojoso.
La señora Bates, viuda del anterior vicario de Highbury, era una señora muy vieja casi más allá de todo lo que no fuera té y quadrille. Vivía con su hija soltera, con mucha estrechez, y se la consideraba con toda la estimación y el respeto que pueda provocar una vieja inofensiva en tales circunstancias tan poco propicias. Su hija disfrutaba de un grado extraordinario de popularidad para una mujer que no era ni guapa, ni rica, ni casada. La señorita Bates estaba en la peor situación ante el mundo por tener tanto favor público, y no tenía superioridad intelectual con que excusarse o con que asustar a los que pudieran detestarla, haciéndoles respetarla exteriormente. Nunca había presumido de bella o de lista. Su juventud había pasado sin nada especial, y su media edad se dedicaba al cuidado de una madre achacosa y al esfuerzo de estirar todo lo posible unos pequeños ingresos. Y sin embargo era una mujer feliz, y una mujer a quien nadie nombraba sin buena voluntad. Era su propia buena voluntad hacia todos y su temperamento resignado lo que obraba tales milagros. Quería a todo el mundo, estaba interesada en la felicidad de todo el mundo, apreciaba enseguida los méritos de todo el mundo; se consideraba una criatura muy afortunada y rodeada de bendiciones con tan excelente madre y tantos buenos vecinos y amigos y un hogar en que no faltaba nada. La sencillez y el buen humor de su carácter, su ánimo contento y agradecido eran una recomendación ante todos y una mina de felicidad para ella misma. Charlaba mucho sobre pequeños asuntos, lo que encajaba exactamente con el señor Woodhouse, lleno de comunicaciones triviales y de cotilleo inocuo.
La señora Goddard era directora de una escuela; no de una residencia, o de una institución, ni de nada que profesara, en largas frases de refinada tontería, combinar perfeccionamientos liberales con moralidad elegante basándose en nuevos principios y sistemas, y donde por enormes honorarios se arrancara a las señoritas su salud para meterles vanidad; no, sino de un auténtico y honrado internado a la antigua, donde se vendían a precio razonable una razonable cantidad de logros, y donde se podía mandar a las chicas, quitándolas de en medio, para que se las arreglaran por su cuenta instruyéndose un poco, sin peligro de volver hechas unas niñas prodigio. La escuela de la señora Goddard tenía gran reputación, y con razón; pues Highbury se consideraba como un lugar especialmente saludable: tenía una amplia casa con jardín, daba a las chicas abundante alimentación sana, las dejaba correr mucho por ahí en verano, y en invierno les curaba los sabañones. No es extraño que una comitiva de veinte jóvenes parejas caminaran ahora detrás de ella a la iglesia. Era una mujer sencilla, maternal, que había trabajado mucho en su juventud, y ahora se consideraba con derecho a alguna vacación de vez en cuando o una visita para tomar el té; y habiendo debido antes mucho a la bondad del señor Woodhouse, sentía que él tenía derecho especial a hacerla dejar siempre que pudiera su bien arreglado salón, todo decorado de labores, y ganar o perder unos pocos medios chelines junto a su fuego.
Esas eran las damas que Emma podía reunir muy frecuentemente; y bien contenta que estaba, en atención a su padre, de poderlo, aunque, por lo que tocaba a ella misma, eso no era remedio para la ausencia de la señora Weston. Le encantaba ver a su padre con cara de estar a gusto, y se sentía muy satisfecha de sí misma por arreglar las cosas tan bien, pero la sosegada garrulería de tres mujeres semejantes le hacía sentir que toda velada así pasada era, en efecto, una de las largas veladas que había presentido con temor.
Una mañana en que estaba sentada, previendo exactamente un final así para el día presente, le trajeron una nota de la señora Goddard, solicitando, en términos muy respetuosos, que le permitiera llevar consigo a la señorita Smith; una petición muy bien recibida, pues la señorita Smith era una chica de diecisiete años a quien Emma conocía muy bien de vista y por la que había sentido interés desde hacía mucho, a causa de su belleza. Se devolvió una invitación muy amable, y la velada ya no fue temida por la hermosa dueña de la mansión.
Harriet Smith era hija natural de alguien. Alguien la había colocado, hacía unos años, en la escuela de la señora Goddard, y alguien la había elevado, después, de la condición de colegiala a la de residente que recibía en el salón. Eso era todo lo que se sabía por ahí de su historia. No tenía amigos visibles sino los que había adquirido en Highbury, y ahora acababa de volver de una larga visita en el campo a unas jóvenes señoritas que habían estado en la escuela allí con ella.
Era una muchacha muy guapa, y su belleza daba la casualidad de que era de un tipo que Emma admiraba particularmente. Era baja, rolliza y atractiva, con un hermoso color, ojos azules, pelo claro, facciones regulares, y un aire de gran dulzura; y, antes que acabara la velada, Emma estaba tan satisfecha de sus modales como de su persona, y muy decidida a continuar el trato.
No le impresionó nada especialmente agudo en la conversación de la señorita Smith, pero, en conjunto, la encontró muy atractiva —no incómodamente tímida, ni reacia a hablar— y, sin embargo, muy lejos de imponerse, mostrando una deferencia tan adecuada y propia, y pareciendo tan placenteramente agradecida por ser admitida en Hartfield, y tan candorosamente impresionada por el aspecto de todo, en un estilo tan superior a lo que estaba acostumbrada, que debía de tener buen juicio y merecía estímulo. Y se le daría ese estímulo. Esos dulces ojos azules y todas esas gracias naturales no debían desperdiciarse con la sociedad inferior de Highbury y sus conexiones. Los conocidos que ya tenía eran indignos de ella. Las personas a quienes acababa de dejar, aunque muy buena gente, debían de hacerle daño. Eran una familia llamada Martin, a quien Emma conocía muy bien de oídas, porque tenían arrendada una gran finca del señor Knightley, y que residían en la parroquia de Donwell, muy decentemente, creía ella —sabía que el señor Knightley tenía gran estima por ellos—, pero debían de ser toscos y sin pulir, y muy inadecuados para ser íntimos de una muchacha que solo necesitaba un poco más de conocimientos y un poco más de elegancia para ser perfecta. Ella sí que la apreciaría, ella la mejoraría, ella la separaría de sus malos conocidos y la introduciría en la buena sociedad; ella le inculcaría sus opiniones y sus maneras. Sería un empeño interesante, y, ciertamente, muy bondadoso: altamente adecuado a su propia situación en la vida, a su ocio, y a su capacidad.
Tan ocupada estaba en admirar esos dulces ojos azules, en hablar y escuchar, y en formar todos esos proyectos, mientras tanto, que la velada voló a velocidad desacostumbrada; y la mesa de la cena, que siempre cerraba tales reuniones, y que ella acostumbraba a esperar sentada mirando la hora, estuvo toda puesta y preparada, y avanzada hacia el fuego, antes que se diera cuenta. Con una animación más allá del común impulso de un espíritu que, sin embargo, nunca era indiferente al mérito de hacerlo todo bien y con atención, con la auténtica buena voluntad de una mente complacida en sus propias ideas, hizo entonces todos los honores de la cena, y sirvió y recomendó el picadillo de pollo y las ostras con un apremio que sabía que sería aceptable a los tempranos horarios y los corteses escrúpulos de sus invitados.
En semejantes ocasiones, los sentimientos del señor Woodhouse estaban tristemente en discordia. Le encantaba que se pusieran los manteles, porque esa había sido la moda en su juventud; pero su convicción de que las cenas sentaban muy mal le hacía más bien lamentar ver todo lo que se sirviera; y aunque su hospitalidad le habría hecho ver con gusto que sus visitantes se lo tomaran todo, el cuidado por la salud le hacía lamentar que comieran.
Otra pequeña escudilla de gachas flojas, como la suya, era lo único que podía recomendar con plena aprobación propia, aunque pudiera obligarse a sí mismo, mientras las señoras despachaban cómodamente las cosas mejores, a decir:
—Señora Bates, permítame proponerle que se atreva con uno de estos huevos. Un huevo pasado por agua, muy blando, no sienta mal. Serle sabe cocer un huevo mejor que nadie. Yo no recomendaría un huevo cocido por nadie más, pero no tiene que tener miedo; son muy pequeños, ya ve, uno de nuestros huevecitos no le hará daño. Señorita Bates, que Emma le sirva a usted un pedacito de pastel, un pedacito muy pequeño. Los nuestros son todos pasteles de manzana. No tiene que temer aquí esas conservas que no sienten bien. No recomiendo las natillas. Señora Goddard, ¿qué diría de medio vaso de vino? ¿Medio vasito pequeño… echado en un vaso de agua? Creo que no podría sentarle mal.
Emma dejaba hablar a su padre, pero proveía a sus invitadas con un estilo mucho más satisfactorio, y en esa particular velada tuvo especial placer en mandarlas contentas a casa. La felicidad de la señorita Smith estaba a la altura de sus propias intenciones. La señorita Woodhouse era un personaje tan grande en Highbury, que la perspectiva de ser presentada le había dado tanto pánico como placer; pero la humilde y agradecida muchachita se marchó con sentimientos muy satisfechos, encantada de la afabilidad con que la señorita Woodhouse la había tratado todo el tiempo, ¡dándole la mano, nada menos, al final!