Al sacar la carta del buzón, Kelsey no imaginaba que le había sido remitida por una muerta. El sobre de color crema, la letra prolija con que estaban escritos su nombre y su dirección y el sello postal de Virginia eran normales. Tan normales que, mientras se sacaba los zapatos, la dejó junto con el resto de la correspondencia sobre la mesita que había bajo la ventana de la sala.
Se encaminó a la cocina y se sirvió un vaso de vino, dispuesta a beberlo con lentitud antes de abrir la correspondencia. El vino no le hacía falta para afrontar esa carta ni las facturas ni la postal de una amiga que disfrutaba de un breve viaje por el Caribe.
Lo que la inquietaba era el abultado sobre que le enviaba su abogado. El sobre que sin duda contenía su sentencia de divorcio, el documento legal merced al cual dejaría de ser la señora Kelsey Monroe para volver a convertirse en Kelsey Byden, para pasar de mujer casada a soltera, de mitad de una pareja a divorciada.
Sabía que era una tontería pensar así. En los dos últimos años sólo había sido la mujer de Wade en un sentido técnico y legal; dos años, casi el mismo tiempo en que habían sido realmente marido y mujer.
Pero ese documento lo convertía todo en algo definitivo, mucho más definitivo que las discusiones, las lágrimas, la separación, los honorarios de los abogados y las maniobras legales.
«Hasta que la muerte nos separe», pensó con amargura, y bebió un sorbo de vino. ¡Qué tontería! De ser cierto, habría muerto a los veintiséis años. Y estaba viva; sana y salva. Y de nuevo integraba el poco agradable grupo de las mujeres en condiciones de volver a salir con hombres.
De sólo pensarlo, se estremeció.
Supuso que Wade había salido a celebrarlo en compañía de su socia de la agencia de publicidad. La socia con quien había vivido una aventura, una relación que –como él mismo le aseguró a su sorprendida y furiosa esposa– no tenía nada que ver con ella ni con su matrimonio. Pero su esposo se equivocaba: la pequeña Lari, la del cuerpo escultural y la sonrisa de anuncio de dentífrico, tenía mucho que ver con ella.
A Kelsey tal vez no se le ocurrió que debía morir o matar a Wade para conseguir que dejaran de convivir, pero tomó muy en serio el resto de sus votos matrimoniales. Y el hecho de no engañar a su marido ocupaba el primer lugar en la lista.
Pero no pensaba darle una segunda oportunidad a su marido. Ese desliz, como Wade lo llamaba, no se repetiría. Kelsey abandonó en el acto la bonita casa que poseían en Georgetown, dejando tras de sí todo lo que habían reunido durante el tiempo de casados.
Le resultó humillante volver a casa de su padre y su madrastra, pero había distintos grados de orgullo, así como había distintos grados de amor. Y su amor se apagó como se apaga una vela en el mismo instante en que encontró a Wade instalado con Lari en su suite de hotel de Atlanta.
«¡Menuda sorpresa!», pensó Kelsey con ironía. Bueno, cuando entró en aquella suite con una maleta y la tonta y romántica intención de pasar el fin de semana con su marido en Atlanta, donde él estaba en viaje de negocios, los sorprendidos fueron tres. Tal vez ella fuese intransigente, incapaz de perdonar, dura de corazón, todas las cosas de las que Wade la acusó cuando ella se negó a reconsiderar su decisión de divorciarse. Pero Kelsey estaba convencida de que le asistía la razón.
Terminó el vino y regresó a la sala de estar del inmaculado apartamento de Bethesda. En esa habitación llena de sol no había un solo sillón o candelabro que alguna vez hubiera estado en Georgetown. Estaba decidida a empezar de nuevo y sin lastres. Eso era lo que quería, y lo había logrado. Los colores fríos y los cuadros que la rodeaban eran exclusivamente suyos.
Para ganar tiempo, encendió el equipo de música y colocó un compact de la Patética de Beethoven. Heredaba de su padre el gusto por la música clásica, una de las muchas cosas que ambos compartían. También compartían la pasión por el conocimiento; Kelsey no ignoraba que antes de emplearse en Monroe y Asociados, corría el peligro de convertirse en una eterna estudiante.
Y a pesar de que empezó a trabajar, no resistió el impulso de tomar clases sobre temas que iban desde la antropología a la zoología. Wade se reía de ella, intrigado y divertido por su interminable cambio de empleos y de estudios.
Kelsey renunció a su trabajo en Monroe al casarse. Gracias a sus propios fondos y los ingresos de Wade no le hacía falta trabajar. Quería dedicarse por entero a remodelar y redecorar la casa que acababan de comprar en Georgetown. Durante ese tiempo disfrutó de cada minuto que dedicó a pintar paredes, pulir pisos y recorrer casas de antigüedades en busca del objeto exacto para cada sitio. Trabajar en el pequeño jardín, arrancar hierbajos y diseñar el elegante jardín inglés fue un placer para ella. Al año de vivir allí, la casa era un testimonio de su buen gusto, su esfuerzo y su paciencia.
Y ahora todo eso se había convertido en un mero patrimonio que había sido repartido entre ambos.
Después de la separación, Kelsey volvió a la universidad, ese refugio académico donde el mundo real podía olvidarse cada día. En ese momento trabajaba media jornada en la National Gallery, empleo conseguido gracias a los cursos de historia del arte que había seguido.
No necesitaba trabajar por el dinero. El fondo fiduciario que le había legado su abuelo paterno era más que suficiente para permitirle vivir con comodidad, de manera que nada le impedía pasar de un empleo a otro que le resultara más atrayente.
Por lo tanto, era una mujer independiente. Y joven, pensó, mirando el sobre del correo, y rectificó para sus adentros: joven y libre. Se encontraba en condiciones de hacer un poco de todo, pero nada a fondo. Lo único en que creyó destacar, el matrimonio, había sido un fracaso total.
Aspiró hondo y se acercó a la mesita donde acababa de dejar la correspondencia. Pasó los dedos por el abultado sobre de documentos legales, esos dedos finos y elegantes que habían practicado piano, aprendido a escribir a máquina, a cocinar platos dignos de un gourmet, a programar un ordenador. Y en una de esas manos tan competentes, en cierta época había lucido una alianza matrimonial.
Kelsey apartó el grueso sobre del abogado, ignorando la pequeña voz interior que la tildaba de cobarde. En lugar de ese sobre tomó otro, el más pequeño, el que le estaba dirigido con una letra extrañamente similar a la suya. Una letra que tenía el mismo trazo osado, pulcro pero algo ostentoso. Sin demasiada curiosidad, lo abrió.
«Querida Kelsey: Comprendo que te sorprenderá tener noticias mías…»
Siguió leyendo y el vago interés del principio se convirtió en sorpresa, la sorpresa en incredulidad, y ésta en algo parecido al miedo.
Se trataba de la invitación de una muerta. Una muerta que era su madre.
En los momentos de crisis Kelsey siempre había recurrido a una única persona. El amor y la confianza que le profesaba a su padre había sido siempre una constante en su naturaleza inquieta. Él siempre se encontraba allí para ayudarla, no tanto como un puerto en una tormenta sino como una mano a la que se podía aferrar hasta que la tormenta menguara.
Los primeros recuerdos de Kelsey eran de él, de su rostro apuesto y serio, sus manos suaves y su voz serena e infinitamente paciente. Lo recordaba atándole moños en el pelo o cepillándoselo mientras en el estéreo sonaban obras de Bach o Mozart. Él era quien le acariciaba mejor que nadie los rasguños de la infancia, quien le enseñó a ir en bicicleta, quien le enjugaba las lágrimas.
Kelsey lo adoraba y estaba orgullosa de sus logros como director del departamento de literatura inglesa de la Universidad de Georgetown.
No sintió celos cuando él se volvió a casar. A los dieciocho años a Kelsey le encantó que su padre hubiera encontrado a alguien a quien amar y con quien compartir su vida. E hizo lugar en su corazón y en su casa para Candace, y se sintió secretamente orgullosa de su madurez y altruismo al aceptar a una madrastra y a un hermanastro adolescente.
Tal vez le resultó fácil porque sabía que nada ni nadie podía romper los lazos que la unían a su padre.
Nada ni nadie, pensó en ese momento, salvo la madre a quien ella creía muerta.
El impacto de la traición luchaba en su interior con una furia fría mientras, en medio del tráfico de esa hora punta, avanzaba hacia las elegantes casas de Potomac, Maryland. Había salido presurosa del apartamento sin ponerse un abrigo, y hasta se olvidó de encender la calefacción del coche, pero no sintió el frío de esa tarde de febrero. La furia le encendía el rostro, dando un tono rosado a su piel de porcelana, un brillo especial a sus ojos grises.
Tamborileó los dedos sobre el volante mientras esperaba que el semáforo cambiara, impaciente por darse prisa. Y mientras intentaba no pensar, apretaba los labios ocultando así su forma generosa.
En ese momento no convenía que pensara. No, no convenía que pensara que su madre estaba viva y que vivía en Virginia, apenas a una hora de allí. No convenía que pensara en nada de eso porque, si lo hacía, tal vez empezaría a gritar.
Pero le temblaban las manos cuando enfiló la majestuosa calle bordeada de árboles en la que había pasado su infancia, cuando detuvo el coche en el sendero de entrada de la casa colonial de tres pisos donde creció.
La casa tenía un aspecto tan apacible y pulcro como el de una iglesia, las ventanas relucientes, el borde blanco tan inmaculado como un alma inocente. De la chimenea surgía un hilo de humo y los primeros azafranes tímidos asomaban sus hojas delicadas alrededor del viejo olmo del jardín delantero.
La casa perfecta en el barrio perfecto, como Kelsey siempre había pensado. Segura, de buen gusto, a corta distancia de la excitación y la cultura del centro y con toda la apariencia de una riqueza tranquila y respetable.
Kelsey bajó del coche y cerró la portezuela con brusquedad. Corrió hacia la puerta de entrada y la abrió abruptamente. En esa casa jamás había tenido que pulsar el timbre. Mientras cruzaba el vestíbulo de suelo blanco, Candace salió de la sala de estar, a su derecha.
Como siempre, vestía inmaculadamente. La perfecta mujer de un académico, con un vestido de lana azul de corte severo, el pelo peinado hacia atrás dejando al descubierto su rostro y un sencillo par de aros de perlas.
–¡Qué sorpresa tan agradable, Kelsey! Espero que puedas quedarte a comer. Vendrán algunos profesores de la facultad y, como siempre, me gustaría que…
–¿Dónde está papá? –interrumpió Kelsey.
Candace parpadeó, sorprendida por el tono de su hijastra y comprendió que Kelsey era presa de uno de sus estallidos de furia. Lo último que ella necesitaba, una hora antes de que llegaran los invitados.
–¿Ocurre algo?
–¿Dónde está papá? –repitió.
–Tranquilízate. ¿Se trata de Wade de nuevo? –Candace hizo un gesto despectivo con la mano, restándole importancia–. Kelsey, divorciarse no es agradable, pero tampoco es el fin del mundo. Ven a sentarte.
–No quiero sentarme, Candace. Quiero hablar con papá. –Cerró los puños al costado del cuerpo–. Bueno, ¿me vas a decir dónde está o prefieres que lo busque?
–¡Hola, hermana! –saludó Channing mientras bajaba por la escalera. Había heredado las hermosas facciones de Candace y un gusto por la aventura que aparentemente no tenía de quien heredar. Aunque apenas tenía trece años cuando Candace se casó con Philip Byden, el buen carácter de Channing logró que la transición se realizara sin problemas–. ¿Qué pasa?
Kelsey aspiró hondo para no gritar.
–¿Dónde está papá, Channing?
–El profe está en su despacho, con la nariz hundida en ese ensayo que está escribiendo.
Channing alzó las cejas. Él también reconocía las señales de una furia incipiente: el brillo de los ojos, las mejillas arreboladas. A veces hacía lo imposible por apagar el fuego, otras se daba el gusto y lo avivaba.
–Supongo que no piensas quedarte a comer esta noche con esos ratones de biblioteca, ¿verdad? ¿Qué te parece si tú y yo salimos a recorrer algunos clubes?
Ella meneó la cabeza y se encaminó al despacho de su padre.
–Kelsey, ¿es necesario que seas tan impetuosa? –preguntó Candace, enojada.
«Sí», pensó Kelsey mientras abría bruscamente la puerta del despacho de su padre.
Dio un portazo a sus espaldas y permaneció un instante en silencio, porque las palabras le ardían en la garganta y surgían con tanta rapidez que no hubiera podido alcanzar a pronunciarlas. Philip estaba instalado ante su amado escritorio de roble, casi oculto tras una pila de libros y carpetas. Tenía un bolígrafo en la mano. Siempre había mantenido que las mejores obras nacían de la intimidad del hecho de escribir y se negaba en forma terminante a redactar sus ensayos en un ordenador.
Tras las gafas de marco plateado sus ojos tenían ese aspecto de búho que adquirían cuando se apartaba de la realidad que lo rodeaba. Se fueron aclarando con lentitud y entonces le sonrió a su hija. La luz del escritorio resplandecía sobre su ralo pelo de tono parecido al del peltre.
–¡Ah! Llegas justo a tiempo para leer este borrador de mi ensayo sobre Yeats. Temo que he vuelto a excederme.
Lo único que a Kelsey se le ocurrió fue lo normal que parecía. Tan normal, allí sentado, con su chaqueta de tweed y su corbata perfectamente anudada. Apuesto, despreocupado, rodeado de sus libros de poesía y de su genio.
En cambio el mundo de Kelsey, del que él era la médula, acababa de hacerse añicos.
–Está viva… –barbotó–. Está viva y siempre me has mentido.
Él palideció y apartó la mirada por un instante, pero ella alcanzó a percibir el miedo y la conmoción que se reflejaban en esos ojos.
–¿De qué estás hablando, Kelsey? –Pero lo sabía, lo sabía y debió recurrir a todo su autodominio para no hablar con tono de súplica.
–Te ruego que no sigas mintiéndome. –Se acercó con resolución al escritorio–. ¡No me mientas! ¡Está viva! Mi madre está viva y tú lo sabías. Lo sabías pero aun así me has dicho que había muerto.
El pánico hirió a Philip como un escalpelo.
–¿De dónde has sacado esa idea?
–De ella. –Metió la mano en la cartera y sacó la carta–. De mi madre. Y ahora, ¿quieres decirme la verdad?
–¿Puedo ver esa carta?
Kelsey ladeó la cabeza y lo fulminó con la mirada.
–¿Mi madre ha muerto? Dímelo.
Él vaciló y sostuvo la mentira cerca de su corazón, pero comprendió que si la seguía sosteniendo perdería a Kelsey.
–No. ¿Puedo ver la carta?
–¿Así de sencillo me lo dices? –Las lágrimas que reprimía se acercaban peligrosamente a la superficie–. ¿Sencillamente con un no? ¿Después de tanto tiempo y de tantas mentiras?
«Sólo fue una mentira –pensó él–, y ni siquiera duró el tiempo necesario.»
–Intentaré explicártelo, Kelsey. Pero antes me gustaría ver la carta.
Ella se la tendió, sin pronunciar palabra. Luego, como no soportaba seguir mirándolo, se dirigió a la ventana alta y estrecha desde donde vio que la penumbra del anochecer iba invadiendo la luz del día.
El papel temblaba tanto en manos de Philip que tuvo que apoyarlo encima del escritorio para poderlo leer. La letra era inconfundible. Temida. Leyó con cuidado, palabra por palabra.
Querida Kelsey:
Comprendo que tal vez te sorprenda tener noticias mías. Me pareció poco prudente, o por lo menos injusto, ponerme antes en contacto contigo. Y aunque una llamada hubiese sido más personal, tengo la sensación de que necesitarás tiempo. Y una carta te dará tiempo para elegir tus opciones.
Deben haberte dicho que morí cuando eras muy pequeña. De alguna manera fue cierto, y yo acepté la decisión de ahorrarte dolor. Pero han pasado más de veinte años y ya no eres una niña. Creo que tienes derecho a saber que tu madre vive. Tal vez la noticia no te resulte agradable. Pero de todos modos he tomado la decisión de ponerme en contacto contigo, y no lo lamentaré.
Si quieres verme, o simplemente si tienes preguntas que requieren respuestas, serás bienvenida. Vivo en Three Willows, en las afueras de Bluemont, Virginia. La invitación es abierta. Si decides aceptarla, me encantaría que te quedaras aquí todo el tiempo que quieras. Si no recibo noticias tuyas, asumiré que no deseas reanudar nuestra relación. Pero espero que la curiosidad que tanto te impulsaba de pequeña te llevará por lo menos a hablar conmigo.
Con cariño,
NAOMI CHADWICK.
Naomi. Philip cerró los ojos. ¡Dios santo! Naomi.
Hacía casi veintitrés años que no la veía, pero recordaba cada detalle con claridad. Su perfume que le recordaba los claros umbrosos de bosques, su risa contagiosa que siempre hacía que la gente se volviera a mirarla, su cabello de un rubio plateado que le caía por la espalda, sus ojos oscuros y su cuerpo esbelto…
Los recuerdos eran tan claros que, cuando volvió a abrir los ojos, Philip creyó verla. El corazón le dio un vuelco, en parte de miedo, en parte de un deseo largo tiempo contenido.
Kelsey, muy tiesa, le daba la espalda.
«¿Cómo es posible que haya olvidado a Naomi –se preguntó–, si sólo tengo que mirar a mi hija para verla?»
Se puso de pie y se sirvió un whisky de una botella de cristal tallado que conservaba para las visitas. Él pocas veces bebía más que una copa de coñac. Pero en ese momento necesitaba algo fuerte, algo que aquietara el temblor de sus manos.
–¿Y qué piensas hacer? –le preguntó a su hija.
–Todavía no lo he decidido –contestó ella, sin dejar de mirar por la ventana–. Dependerá de lo que tú me digas.
Philip deseó poder acercársele y acariciarle el hombro. Pero en ese momento ella no lo aceptaría. Deseó sentarse y hundir la cara entre las manos. Pero eso sería una vana debilidad.
Lo que más deseaba era retroceder veinte años y hacer algo, cualquier cosa, con tal de impedir que el destino le destrozara la vida. Pero eso era imposible.
–No es sencillo, Kelsey.
–Las mentiras suelen ser complicadas.
Entonces ella se volvió y Philip apretó con fuerza el vaso de cristal. ¡Se parecía tanto a Naomi! El pelo brillante que caía descuidadamente, los ojos oscuros, la piel encendida por la pasión que ocultaban sus delicadas facciones. Algunas mujeres eran más hermosas cuando sus emociones llegaban a un punto peligroso.
Así era en el caso de Naomi, y también en el de su hija.
–Eso has hecho durante todos estos años, ¿verdad? –continuó Kelsey–. Me mentiste. Mi abuela me mintió. Ella mintió –agregó señalando la carta que reposaba encima del escritorio–. Y si no hubiera recibido esa carta, habrías seguido mintiéndome.
–Sí, mientras creyera que era mejor para ti.
–¿Mejor para mí? ¿Cómo iba a ser mejor que creyera que mi madre había muerto? ¿Cómo puede ser mejor para nadie una mentira así?
–Siempre has estado muy segura con respecto al bien y el mal, Kelsey. Es una cualidad admirable. –Hizo una pausa y bebió un sorbo de whisky–. E inquietante. Desde pequeña tu sentido de la ética nunca ha vacilado. Comprende que es muy difícil que los simples mortales podamos estar a tu altura.
Los ojos de Kelsey refulgieron. Era un reproche demasiado parecido al que le había hecho Wade.
–De manera que yo tengo la culpa.
–No es eso. –Cerró los ojos y se frotó la frente–. Nada de esto fue por tu culpa, pero lo hicimos todo por ti.
–Philip. –Candace abrió la puerta del despacho–. Han llegado los Dorset.
Él se obligó a sonreír con expresión de cansancio.
–Por favor, entreténlos, querida. Aún necesito unos minutos con Kelsey.
Candace miró a su hijastra con una mezcla de desaprobación y resignación.
–Está bien, pero no tardes mucho. La cena se servirá a las ocho. Kelsey, ¿quieres que ponga otro cubierto en la mesa?
–No, gracias, Candace. No me quedaré a cenar.
–Está bien, pero no retengas demasiado a tu padre. –Cerró la puerta.
Kelsey suspiró y se irguió.
–¿Ella lo sabe?
–Sí. Tuve que decírselo antes de que nos casáramos.
–Tuviste que decírselo –repitió Kelsey–. Pero a mí no me lo dijiste.
–No fue una decisión fácil. Ni para mí, ni para nadie. Naomi, tu abuela y yo creímos que era para tu bien. No tenías más que tres años, eras casi un bebé.
–Pero ya hace tiempo que soy adulta, papá. Me he casado y divorciado.
–No tienes idea de lo rápido que pasan los años. –Se volvió a sentar apretando el vaso entre las manos. Había creído que ese momento nunca llegaría. Su vida era demasiado tranquila y estable para volver a experimentar esa sensación de estar en una montaña rusa. «Pero Naomi nunca se ha conformado con una vida estable», pensó.
Kelsey tampoco. Y había llegado la hora de la verdad.
–Ya te he explicado que tu madre fue una de mis alumnas. Era hermosa, joven, vibrante. Nunca comprendí por qué se sintió atraída por mí. Todo sucedió con bastante rapidez. Nos casamos a los seis meses de habernos conocido. No fue tiempo suficiente para que ninguno de los dos comprendiera hasta qué punto éramos distintos. Vivimos en Georgetown. Ambos descendíamos de lo que podría llamarse familias privilegiadas, pero ella tenía un sentido de la libertad que yo no podía emular. Una fiereza, una necesidad de gente, de lugares, de cosas. Y por supuesto, estaban sus caballos.
Volvió a beber para aliviar el dolor que le provocaban los recuerdos.
–Creo que lo primero que nos separó fueron los caballos. Después de tu nacimiento ella tuvo una necesidad desesperada de volver al criadero de Virginia. Quería que crecieras allí. Mis ambiciones y esperanzas de futuro estaban aquí. Estaba por doctorarme y ya en esa época ambicionaba llegar a ser director del departamento de literatura inglesa de Georgetown. Durante un tiempo llegamos a una componenda y yo pasaba en Virginia todos los fines de semana que podía, pero no bastaba. Es más sencillo decir que nos fuimos separando.
«Es más seguro explicarlo así –pensó, mientras clavaba la mirada en su whisky–. Y ciertamente menos doloroso.»
–Decidimos divorciarnos. Naomi quería que tú estuvieras en Virginia, con ella. Yo te quería en Georgetown, conmigo. Ni comprendía ni me gustaba ese grupo de personas que se dedicaban a las carreras con quienes ella trababa amistad: los apostadores, los jockeys. Discutimos con amargura, después contratamos abogados.
–¿Hubo un juicio por mi custodia? –Kelsey miró sorprendida a su padre–. ¿Os peleasteis por obtener mi custodia?
–Fue un asunto muy desagradable. Que dos personas que se han querido, que tuvieron una hija, puedan convertirse en enemigos mortales, es una demostración patética acerca de la naturaleza humana. –Por fin, levantó la vista y la miró–. No es algo de lo que me sienta orgulloso, Kelsey, pero creía sinceramente que convenía que estuvieras conmigo. Ella ya salía con otros hombres. Se rumoreaba que uno de ellos tenía vínculos con el crimen organizado. Una mujer como Naomi siempre atraería a los hombres. Parecía hacer ostentación de ellos, de las fiestas, de su estilo de vida, como desafiándonos a mí y al mundo a que la condenáramos por hacer lo que le venía en gana.
–De modo que tú ganaste –musitó Kelsey–. Ganaste el juicio, me ganaste a mí y después decidiste decirme que ella había muerto. –Se volvió hacia la ventana. Fuera ya había oscurecido. En el cristal alcanzó a ver su propio fantasma–. En los años setenta la gente se divorciaba y los hijos lo soportaban. Debisteis fijar un calendario de visitas y permitir que yo la viera.
–Ella no quiso que la vieras. Y yo tampoco lo quise.
–¿Por qué? ¿Porque se fue con otro hombre?
–No. –Philip dejó el vaso con cuidado sobre un posavasos de plata–. Porque mató a un hombre y estuvo diez años en la cárcel por asesinato.
Kelsey se volvió a mirarlo con lentitud, con mucha lentitud, porque de repente el aire parecía espeso.
–¿Por asesinato…? ¿Me estás diciendo que mi madre es una asesina?
–Tenía esperanzas de no tener que decírtelo nunca. –Philip se puso de pie en un silencio absoluto–. Tú estabas conmigo. Agradezco a Dios que esa noche estuvieras conmigo y no en el criadero donde sucedió todo. Naomi le disparó a su amante, un hombre llamado Alec Bradley. Estaban en el dormitorio, discutieron y ella sacó un arma del cajón de la mesita y le disparó. En ese momento Naomi tenía veintiséis años, la misma edad que tú ahora. La encontraron culpable de asesinato en segundo grado. La última vez que la vi estaba en la cárcel. Me dijo que prefería que la creyeras muerta. Si yo aceptaba, me juró que nunca se pondría en contacto contigo, y hasta ahora mantuvo su palabra.
–No entiendo nada. –Confundida, Kelsey se llevó las manos a las sienes.
–Hubiera querido ahorrártelo. –Con suavidad, Philip le tomó las muñecas y le bajó las manos para mirarle la cara–. Si te parece que estuvo mal haberte protegido, entonces te diré que actué mal, pero sin disculparme. Eras toda mi vida, Kelsey. ¡Por favor, no me odies por esto!
–No, no te odio… –Siguiendo una vieja costumbre, apoyó la cabeza en el hombro de su padre, para descansar mientras las ideas y las imágenes se arremolinaban en su mente–. Necesito pensar. ¡Todo esto me parece imposible! Ni siquiera la recuerdo, papá.
–Eras demasiado pequeña –murmuró él, aliviado–. Puedo asegurarte que te pareces a ella. El parecido es casi increíble. Y también puedo asegurar que, a pesar de sus defectos, Naomi era una mujer fascinante.
«Y uno de esos defectos fue un asesinato», pensó Kelsey.
–Tengo muchas preguntas pero en este momento no se me ocurre ninguna…
–¿Por qué no te quedas a pasar la noche? En cuanto pueda desembarazarme de nuestros invitados, volveremos a hablar.
Era una propuesta tentadora, poder encerrarse en la segura familiaridad de su antiguo dormitorio, permitir que su padre le aliviara las heridas y disipara sus dudas, como lo hacía siempre.
–No; necesito volver a casa. –Se alejó de él antes de dejarse convencer–. Me hará bien estar sola. Y Candace ya está enfadada conmigo por mantenerte tanto tiempo lejos de tus invitados.
–Ella lo comprenderá.
–¡Por supuesto que lo comprenderá! Será mejor que vayas. Yo saldré por la puerta de atrás. En este momento preferiría no encontrarme con nadie.
Philip notó que la oleada de ira de su hija había desaparecido, dejándole una palidez enfermiza.
–Kelsey, me gustaría que te quedaras.
–Te aseguro que estoy bien. Lo único que necesito es asimilar todo esto. Más tarde conversaremos. Ve a reunirte con tus invitados y después hablaremos. –Lo besó, tanto para convencerlo de que lo perdonaba como para urgirlo a que saliera.
En cuanto estuvo sola, se acercó al escritorio y miró la carta. Tras un momento de vacilación, la dobló y volvió a meterla en el bolso.
Decidió que había sido un día excepcional, un día en el curso del cual había perdido un marido y ganado una madre.
«A veces es mejor seguir los impulsos», pensó Kelsey. Bueno, tal vez no fuera lo mejor, pero sin duda era lo más satisfactorio. En ese momento viajaba en el coche por la carretera 7 a través de las colinas de Virginia.
Tal vez habría sido mejor que volviera a hablar con su padre y haberse tomado el tiempo necesario para pensar las cosas a fondo. Pero le resultó más urgente subir al coche y encaminarse al criadero de caballos Three Willows para enfrentarse con la mujer que se había hecho pasar por muerta durante dos décadas.
«Mi madre –pensó Kelsey–. Una asesina.»
Para distraerse y no pensar en eso, subió el volumen de la radio hasta que los acordes de Rachmaninoff atronaron por la ventanilla abierta. Era un día maravilloso para viajar por carretera. Eso era lo que se había dicho esa mañana, al salir apresuradamente de su apartamento solitario. Pero ni siquiera en ese momento reconocía adónde pensaba ir, pese a haber consultado el mapa para encontrar el camino más directo a Bluemont.
Nadie la esperaba. Nadie sabía hacia dónde se dirigía.
Eso le daba una sensación de libertad. Pisar el acelerador y gozar de la velocidad, del frío aire que se colaba por las ventanillas, del poder de la música. Podía ir a cualquier parte, hacer lo que quisiera. No tenía que dar explicaciones a nadie, nadie le haría preguntas. La única que en ese momento podía hacer preguntas era ella.
Tal vez se había vestido con más pulcritud de la necesaria para un viaje al campo. Era una cuestión de orgullo. El color melocotón de la blusa de seda y los pantalones le sentaba muy bien, y el corte realzaba su buena figura.
Después de todo, cualquier mujer adulta que se preparara para conocer a su madre, querría ofrecer el mejor aspecto posible. Kelsey se había hecho una trenza en el pelo y dedicó más tiempo del habitual al maquillaje y elección de accesorios. Todos esos preparativos la tranquilizaron.
Pero al aproximarse a Bluemont volvió a sentirse nerviosa.
«Todavía estoy a tiempo de cambiar de idea», se dijo Kelsey al detener el coche frente a una pequeña tienda de artículos en general. Pedir que le indicaran el camino hacia Three Willows no quería decir que estuviera obligada a ir. Si quería, podía dar la vuelta y regresar a Maryland.
O podía seguir adelante, cruzar Virginia y entrar en Carolina. Doblaría hacia el oeste, o el este, hacia la costa. Una de las cosas que más le gustaba era meterse en el coche y salir sin rumbo fijo, hacia donde su capricho la llevara. Después de dejar a Wade, había pasado un impulsivo fin de semana en un encantador hotelito de la costa Este.
Podría volver allí, pensó. Una llamada al trabajo, parar en alguna tienda del camino para comprar ropa, y listo.
No se trataba de huir; sencillamente se marchaba. Pero ¿por qué tenía la sensación de estar huyendo?
La pequeña tienda estaba tan llena de estanterías, de cajones y herramientas colgando de las paredes, que tres clientes parecían una multitud. El viejo detrás del mostrador tenía a su lado un cenicero lleno de colillas, una cabeza tan calva como una moneda y un cigarrillo recién encendido colgando de los labios. Miró a Kelsey con los ojos entrecerrados y a través de una nube de humo.
–¿Podría indicarme el camino al criadero Three Willows?
El viejo la siguió mirando, entrecerrando los ojos enrojecidos por el humo.
–¿Busca a la señorita Naomi?
Kelsey imitó una de las miradas de su abuela, destinada a poner en su lugar a los curiosos.
–Busco el criadero de caballos Three Willows. Entiendo que queda por esta zona.
–Por supuesto. –Le sonrió y de alguna manera el cigarrillo desafió las leyes de la gravedad y permaneció suspendido–. Le explicaré lo que tiene que hacer. Siga unos tres kilómetros por el camino. Allí se encontrará con una verja blanca. Entonces tuerza a la izquierda por Chadwick Road y siga unos siete kilómetros y medio. Al llegar a Longshot, siga adelante. No tiene pérdida, porque en Longshot hay una verja de hierro con el nombre. En el siguiente recodo del camino verá dos postes de piedra con caballos alzados en dos patas. Ahí es Three Willows.
–Gracias.
El viejo aspiró humo y lo exhaló.
–¿Por casualidad es usted alguien de la familia Chadwick?
–No.
Kelsey salió y dejó que la puerta se cerrara a sus espaldas. Cuando subió al coche el viejo la seguía mirando fijamente.
«Es comprensible –pensó–. Es una ciudad pequeña y yo soy una extraña.» Pero de todos modos no le gustó que la miraran de ese modo.
Encontró la verja blanca y dobló a la izquierda para alejarse de la ciudad. Las casas ya se encontraban más distanciadas y el terreno se iba ondulando hasta convertirse en colinas, todavía atrapado entre la niebla del invierno y el verdor de la primavera. Los caballos pastaban, con las crines mecidas por el viento. Las yeguas, todavía cubiertas por el pelaje del invierno, comían mientras sus potrillos saltaban alrededor sobre sus delgadas patas. Aquí y allá había terrenos arados para sembrar, durante la primavera, cuadrados marrones que dividían los verdes.
Al llegar a Longshot, Kelsey disminuyó la velocidad. No era un camino, como ella suponía, sino otro criadero. En la verja de hierro forjado se leía el nombre y a través de ella alcanzó a ver un camino de piedra que subía hasta una casa de cedro y piedra, edificada en lo alto de una loma. Desde sus distintos niveles y terrazas debían de divisarse espléndidos paisajes campestres.
El camino de entrada estaba flanqueado por olmos que parecían más viejos que la casa en sí, que era moderna casi hasta la arrogancia y sin embargo se alzaba sobre la colina con severo orgullo.
Kelsey permaneció allí durante un rato. No porque estuviera interesada en la arquitectura ni en el paisaje, sino porque sabía que si seguía avanzando por ese camino, ya no retrocedería.
Decidió que Longshot era un punto desde donde el regreso era imposible. Cerró los ojos e hizo un esfuerzo por recuperar la serenidad. Aquello debía hacerlo con frialdad y pragmatismo. Ése no era un reencuentro en el que se arrojaría llorando en brazos de una madre largo tiempo perdida.
Había desconocidos que debían decidir si querían seguir siéndolo. No, se corrigió; ella decidiría si quería seguir siendo una desconocida. Estaba allí para obtener respuestas, no amor. Ni siquiera razones.
«Y no las obtendré si no sigo adelante y hago las preguntas necesarias –pensó–. Nunca he sido cobarde. Puedo agregar eso a mi lista de vanidades.» Volvió a poner el coche en marcha.
Pero las manos con que aferraba el volante estaban frías cuando pasó entre los dos postes de piedra con sus caballos en dos patas, y mientras avanzaba por el camino de grava hacia la casa de su madre.
Durante el verano la casa estaría protegida por los tres sauces llorones de los que provenía su nombre. Pero en ese momento, en las ramas caídas apenas aparecía un toque del verde fresco de la primavera. A través de esas ramas Kelsey alcanzó a ver las blancas columnas dóricas que sostenían el amplio porche, las curvas fluidas de la casa de tres pisos, estilo plantación. Femenina, pensó Kelsey, casi majestuosa. Y tan graciosa e imponente como la época que retrataba.
Vio jardines que supuso que en pocas semanas estallarían en colores. Imaginaba la escena, acentuada por el zumbido de las abejas, el piar de los pájaros y tal vez por el soñado perfume de lilas o glicinas.
En un movimiento instintivo, levantó la vista hacia las ventanas del primer piso. «¿Qué habitación? –se preguntó–. ¿Qué habitación había sido la escena del crimen?»
Cuando detuvo el coche sintió un estremecimiento. Aunque su primera intención fue dirigirse a la puerta de entrada y llamar, se encaminó hacia el lado de la casa donde unos ventanales daban al patio.
Desde allí divisó parte de las demás edificaciones del criadero. Un granero, las caballerizas que parecían casi tan majestuosas como la casa misma. Un poco más allá, donde se alzaban las colinas, vio caballos pastando y el brillo del sol sobre un curso de agua.
Y, de repente, otra escena sustituyó a la que veía en ese momento. Las abejas zumbaban, los pájaros cantaban. El sol era caliente y brillante y percibía la fragancia de las rosas, tan fuerte y tan dulce. Alguien reía y la alzaba más y más alto, hasta que sentía la seguridad del lomo de un caballo debajo de ella… Con una pequeña exclamación, Kelsey se llevó las manos a la boca. No recordaba ese lugar. No lo recordaba. Era todo fruto de su imaginación y sus nervios. Pero hubiera podido jurar que oía esa risa, salvaje, libre y seductora…
Se abrazó el cuerpo para calentarse y retrocedió un paso. Se dijo que necesitaba su abrigo. Lo único que necesitaba era buscar el abrigo que había dejado en el coche. En ese momento, desde el otro lado de la casa, aparecieron una mujer y un hombre andando del brazo.
Era una pareja tan magnífica que por un instante Kelsey creyó que también los estaba imaginando.
El hombre era alto, de poco más de un metro ochenta de estatura y con esa gracia fluida con la que nacen algunos seres humanos. Su pelo oscuro, despeinado por el viento, se rizaba sobre el cuello de una camisa desteñida. Kelsey alcanzó a ver que sus ojos, profundos y azules, en un rostro lleno de ángulos y de sombras, se agrandaban de sorpresa.
–Naomi –dijo con un leve acento–, tienes visitas.
Nada de lo que su padre le dijo la había preparado para aquello. Fue como si se mirara en el espejo de un tiempo futuro. Un espejo tan brillante que cegaba. Kelsey podía haberse estado mirando a sí misma, y durante un instante de locura temió que así fuera.
–¡Oh, Kelsey! –Naomi aferró con fuerza el brazo de su acompañante en una incontenible reacción instintiva–. No creí que tendría noticias tuyas tan pronto, y mucho menos que te vería. –Hacía años que había aprendido que las lágrimas eran inútiles, de modo que estudió a su hija con calma y expectación–. Gabe y yo íbamos a tomar el té. ¿Quieres acompañarnos?
–Yo tengo que irme –dijo Gabe, pero Naomi aferró aún más su brazo.
–No es necesario… –se oyó decir Kelsey como si su voz le llegara desde la distancia–. No puedo quedarme mucho tiempo.
–Entonces entremos. No desperdiciemos el poco tiempo que tienes.
Naomi los condujo a una sala tan hermosa y pulcra como su dueña. En la chimenea ardía un fuego que ahuyentaba el frío de esa tarde de fines de invierno.
–Por favor, siéntate, ponte cómoda. Sólo tardaré un instante en pedir que nos sirvan el té. –Naomi le dirigió una fugaz mirada a Gabe y se marchó.
Él era un hombre acostumbrado a situaciones delicadas. Se sentó, sacó un cigarro y le sonrió a Kelsey.
–Naomi está un poco aturullada.
Kelsey alzó una ceja. Su madre le había parecido tan compuesta como una estatua de hielo.
–¿Le parece?
–Claro que sí. Su llegada la ha pillado por sorpresa. –Encendió el cigarro y se preguntó si los nervios a flor de piel, tan evidentes en la mirada de Kelsey, le permitirían sentarse–. Soy Gabe Slater, un vecino. Y usted es Kelsey, ¿correcto?
–¿Cómo lo sabe?
«Me habla como la reina a un campesino», pensó Gabe. Era un tono que por lo general desafiaría a un hombre, sobre todo a un hombre como Gabe Slater, pero lo dejó pasar.
–Sé que Naomi tiene una hija llamada Kelsey y a quien hace bastante tiempo que no ve. Y usted es demasiado joven para ser su hermana melliza. –Estiró sus largas piernas y las cruzó a la altura de los tobillos. Ambos sabían que él debía dejar de mirarla fijamente. Pero Gabe no pensaba hacerlo–. Su numerito de dignidad ofendida sería más creíble si se sentara y simulara relajarse.
–Prefiero estar de pie. –Se acercó al fuego con la esperanza de desentumecerse.
Gabe se encogió de hombros y se reclinó en el sillón. Después de todo, aquello no tenía que ver con él, a menos que aquella muchacha atacara a Naomi. No porque Naomi fuera incapaz de defenderse. Jamás había conocido a una mujer más capaz y más adaptable que Naomi. Sin embargo le tenía demasiado cariño para permitir que nadie, ni siquiera su hija, la hiriera.
Tampoco le importaba que Kelsey estuviera decidida a ignorarlo. Inhaló una bocanada de humo y disfrutó de lo que veía. Los hombros erguidos y la columna vertebral rígida creaban un agradable contraste con las largas piernas y el hermoso cabello.
Se preguntó si sería fácil de intimidar, y si se quedaría allí el tiempo suficiente para que él pudiera ponerla a prueba.
–Enseguida traerán el té. –Naomi volvió, ya más tranquila. Miró a su hija y sonrió–. Esto debe resultarte muy embarazoso, Kelsey.
–No todos los días la madre de uno vuelve de la tumba. ¿Era necesario que te creyera muerta?
–En su momento, me pareció que sí. Estaba en una situación en la que mi primera prioridad era sobrevivir. –Se sentó, digna en su traje de montar–. No quería que tuvieras que ir a visitarme a la cárcel. Y aunque lo hubiera querido, tu padre no lo habría permitido. De manera que durante diez o quince años tenía que desaparecer de tu vida. –Su sonrisa se ensombreció levemente–. ¿Cómo habrían reaccionado los padres de tus amigas si les decías que tu madre estaba en la cárcel por asesinato? Dudo que hubieras podido ser una chica popular. Ni feliz.
Naomi se interrumpió y miró hacia la puerta cuando apareció una mujer de uniforme gris y delantal blanco que entró empujando la mesita con el té.
–Ésta es Gertie. Recuerdas a Kelsey, ¿verdad, Gertie?
–Sí, señora. –A la mujer se le llenaron los ojos de lágrimas–. La última vez que la vi no era más que un bebé. Iba a pedirme golosinas.
Kelsey no hizo ningún comentario, no pudo decirle nada a aquella desconocida con los ojos húmedos. Naomi apoyó una mano sobre la de Gertie y la apretó en gesto afectuoso.
–Tendrás que preparar algunas la próxima vez que Kelsey venga a visitarnos. Gracias, Gertie. Yo serviré el té.
–Muy bien, señora. –La mujer se detuvo al llegar a la puerta–. Se parece mucho a usted, señorita Naomi.
–Sí –contestó Naomi, mirando a su hija–. Es cierto.
–Yo no la recuerdo –dijo Kelsey con brusquedad, acercándose a su madre–. Y tampoco te recuerdo a ti.
–Es comprensible. ¿Tomas el té con azúcar o limón?
–¿Se supone que ésta es una escena civilizada? –repuso Kelsey–. Madre e hija se reúnen ante una taza de té. ¿Crees que puedo quedarme aquí, bebiendo té con toda la tranquilidad del mundo?
–La verdad, Kelsey, no sé qué esperar, aparte de tu enfado. Es lógico que estés enfadada. Y también espero acusaciones, preguntas y reproches. –Con manos sorprendentemente firmes le entregó una taza de té a Gabe–. Para ser honesta, dudo que haya algo que puedas hacer o decir que no esté justificado.
–¿Por qué me escribiste?
Para tomarse un momento y organizar sus pensamientos, Naomi sirvió otra taza de té.
–Por muchos motivos, algunos de ellos egoístas. Esperaba que tuvieras la necesaria curiosidad de querer conocerme. Siempre fuiste una niña curiosa y sé que en este momento de tu vida debes de sentirte un poco desconcertada.
–¿Cómo sabes qué sucede en mi vida?
Naomi alzó una mirada indescifrable.
–Tú me creías muerta, Kelsey. Yo te sabía viva. Te seguí la pista. Eso es algo que pude hacer incluso desde la cárcel.
Una cólera repentina embargó a Kelsey, que tuvo que reprimir el impulso de arrojar al suelo la bandeja de té y las hermosas piezas de porcelana. Sería maravilloso poder hacerlo. Pero también la haría quedar como una idiota; eso fue lo único que la detuvo.
Mientras bebía su té, Gabe observaba aquella lucha por no perder el control. «Está muy tensa y es apasionada –pensó–. Pero lo suficientemente inteligente como para mantener la compostura. Tal vez sea más parecida a su madre de lo que creemos.»
–Me espiaste –le espetó Kelsey, mordiendo las palabras–. ¿Cómo? ¿Contrataste detectives?
–Nada tan melodramático. Mientras pudo, mi padre te siguió la pista.
–Tu padre. –Kelsey se sentó–. ¿Mi abuelo?
–Sí. Murió hace cinco años. Tu abuela murió un año después de tu nacimiento y yo era hija única. Te has salvado de tener una ristra de tíos, tías y primos. Contestaré a todas tus preguntas, pero te agradecería que nos dieras un poco de tiempo a las dos antes de formarte una opinión acerca de mí.
Se le ocurrió una sola pregunta, una que le martilleaba la mente. Así que la hizo sin más, antes de arrepentirse.
–¿Mataste a aquel hombre? ¿Asesinaste a Alec Bradley?
Naomi se llevó la taza a los labios. Por encima del borde miró a Kelsey a los ojos. Después, con mano firme, volvió a apoyar la taza sobre el platillo.
–Sí –contestó con sencillez–. Lo maté.
–Lo siento, Gabe. –Naomi estaba de pie junto a la ventana, observando alejarse el coche de su hija–. Es imperdonable que te haya hecho pasar tan mal trago.
–He conocido a tu hija, eso es todo.
Naomi emitió una débil risa y cerró los ojos con fuerza.
–Siempre eres la persona comprensiva, Gabe. –Se volvió y quedó de pie en plena luz. No le molestaba que el sol destacara las arrugas que le rodeaban los ojos, que se le notara la edad. Había estado demasiado tiempo lejos del sol–. Tuve miedo. Cuando la vi, me asaltaron los recuerdos. Algunos esperados, otros inesperados. Y no pude afrontar sola la situación.
Gabe se puso de pie y se acercó. Le apoyó las manos sobre los hombros para distender sus músculos.
–Si un hombre no se siente feliz de poder ayudar a una mujer hermosa, más le valdría estar muerto.
–Eres un buen amigo. –Apretó una mano de él–. Una de las pocas personas con quien no necesito simular. –Esbozó una sonrisa–. Tal vez porque los dos hemos vivido lo mismo.
Gabe sonrió.
–Nada mejor que la vida de la cárcel para crear lazos fuertes.
–Sí, nada mejor que compartir esa terrible experiencia. Por supuesto que un corto encierro juvenil por una partida de póquer no se parece en nada a una condena por asesinato, pero…
–Ya empiezas a competir conmigo.
Ella rió.
–Es que los Chadwick somos muy competitivos. –Se apartó de él y movió hacia la derecha un florero lleno de narcisos tempranos–. ¿Qué te pareció Kelsey?
–Es hermosa. Idéntica a ti.
–Yo me consideraba preparada para este reencuentro. Mi padre me lo había dicho, y además estaban las fotografías. Pero a pesar de todo me sorprendió mirarla y verme yo misma. Recuerdo a la niña, ¡la recuerdo tan bien! Pero ahora, al verla convertida en una mujer… –Meneó la cabeza, impaciente. Los años pasaban. Nadie lo sabía mejor que ella–. Bien. –Miró por encima del hombro–, ¿qué te pareció?
Gabe no estaba seguro de poder o querer explicar lo que le parecía Kelsey. Él también había experimentado la conmoción, aunque era un hombre que rara vez se sorprendía. Las mujeres hermosas habían entrado y salido de su vida, y él de las de ellas. Las apreciaba, las admiraba, las deseaba. Pero al ver a Kelsey Byden por primera vez se le paró el corazón. Ése era un detalle interesante que analizaría después, pero en ese momento Naomi esperaba. Y él sabía que su respuesta le interesaba.
–Estaba muy nerviosa, y furibunda. No tiene tanto autodominio como tú.
–Ojalá nunca lo necesite –murmuró Naomi.
–Estaba furiosa, pero es lo suficientemente inteligente y curiosa para contenerse hasta haber estudiado el terreno. Si se tratara de un caballo te diría que necesito verla trotar antes de juzgar si tiene corazón, resistencia o gracia. Pero la sangre se nota, Naomi. Tu hija tiene clase.
–Ella me quería. –Le temblaba la voz, pero ella no lo notó. Y tampoco notó la primera lágrima que le resbaló por la mejilla–. Es difícil explicarle a alguien que no ha tenido hijos lo que se siente al recibir esa clase de amor tan completo e incondicional. Kelsey nos quería así a mí y a su padre. La carencia fue de Philip y mía. No nos quisimos lo suficiente para mantener esa unidad. Y yo la perdí.
Naomi se enjugó la lágrima con un dedo. La estudió como si fuese un espécimen extraño, recién descubierto. No había llorado desde el día del entierro de su padre.
–Nadie volverá a quererme así. –Borró la lágrima con un gesto de la mano y la olvidó–. Creo que eso es algo que hasta hoy no había comprendido.
–Estás saltando las vallas con demasiada rapidez, Naomi. Y eso no es habitual en ti. Hoy sólo has estado quince minutos con ella.
–¿Le viste la cara cuando admití que había matado a Alec? –Cuando se volvió hacia Gabe sonreía, pero era una sonrisa dura y dolorosa–. He visto en docenas de personas esa expresión de horror civilizado. La gente decente no mata.
–La gente, decente o no, hace lo necesario para sobrevivir. –Él tenía motivos para saberlo.
–Kelsey no lo creerá. Podrá parecerse físicamente a mí, Gabe, pero tiene los principios morales de su padre. Y no existe hombre más decente que el doctor Philip Byden.
–Ni más tonto, puesto que te dejó ir.
Ella volvió a reír, esa vez con entusiasmo, y lo besó en los labios.
–¿Dónde estabas hace veinticinco años? –Meneó la cabeza y suspiró–. Jugando con tus canicas.
–No recuerdo haber jugado con canicas. Apostando con ellas, tal vez. Por cierto, se comenta que mi caballo es un ganador seguro y que vencerá al tuyo en el derby de mayo.
Ella enarcó una ceja.
–¿Y cómo están las apuestas?
–Hay paridad.
–Bueno. Antes de irte, ¿por qué no me acompañas a ver a mi yegua preferida? Dentro de un par de años será una estrella.
–¿Qué nombre le has puesto?
Los ojos de ella destellaron mientras abría el ventanal que daba a la terraza.
–Honor. El honor de Naomi.
«Lo dijo con tanta frialdad –pensó Kelsey mientras hacía girar la llave en la cerradura de la puerta de su apartamento–. ¡Con tanta frialdad!» Naomi había admitido haber cometido un asesinato con tanta indiferencia como cualquier mujer podía haber admitido que se teñía el pelo.
¿Qué clase de mujer era?
¿Cómo pudo servir el té y conversar con indiferencia? ¿Cómo se pudo mostrar tan amable, tan controlada, tan horriblemente despreocupada? Kelsey se apoyó contra la puerta y se restregó las sienes para paliar el terrible dolor de cabeza que la embargaba. Era una especie de sueño de locos: la casa grande y hermosa, el bello paisaje, aquella mujer que tenía su misma cara, aquel hombre arrogante… ¿Acaso era el amante de turno de Naomi? ¿Dormirían en el mismo cuarto donde había sido asesinado otro hombre? «Él parece capaz de eso», pensó. Parecía capaz de cualquier cosa.
Con un estremecimiento, Kelsey empezó a pasearse por la habitación. «¿Por qué me escribió Naomi esa carta? –se preguntó–. No hubo un reencuentro emotivo, ni fiesta de bienvenida, ni disculpas desesperadas por los años perdidos. Sólo una amable invitación a tomar el té… Y la tranquila admisión de culpa. Al menos mi madre no es una hipócrita. Sólo un asesina.»
Cuando sonó el teléfono, Kelsey lo miró y comprobó que la luz del contestador automático titilaba. Se volvió e ignoró ambas cosas. Le quedaban dos horas antes de ir a trabajar en el museo, y hasta entonces no tenía necesidad ni ganas de hablar con nadie.
Lo único que tenía que hacer era convencerse de que la reaparición de su madre no tenía por qué cambiarle la vida. Podía seguir viviendo exactamente como hasta entonces: sus trabajos, sus clases, sus amigos.
Se dejó caer en el sofá. ¿A quién trataba de engañar? Su trabajo no era más que un hobby; sus clases, una costumbre; y sus amigos… la mayoría los compartía con Wade y por tanto, como producto del divorcio, habían tomado partido por uno o el otro, o desaparecido discretamente para que los problemas del divorcio no los alcanzaran.
Su vida era un verdadero galimatías.
Ignoró la llamada a la puerta.
–¡Kelsey! –Hubo otra llamada impaciente–. ¡Abre la puerta o llamaré al conserje!
Resignada, Kelsey se levantó y obedeció.
–¡Abuela!
Después de ofrecer la mejilla para recibir el beso esperado, Milicent Byden entró en el apartamento. Como siempre, iba impecablemente vestida y con el pelo teñido de castaño peinado hacia atrás, dejando al descubierto un rostro que, a primera vista, más parecía el de una mujer de sesenta años que el de una octogenaria. Se mantenía delgada gracias a la dieta y el ejercicio. Su traje Chanel era celeste y lo acompañaba con guantes de cabritilla a tono que depositó sobre una mesa. Luego dejó el abrigo de visón sobre una silla.
–Me desilusionas. ¡Encerrarte enfurruñada como una niña majadera! –Mientras se sentaba y cruzaba las piernas, escrutó a su nieta con sus ojos color almendra–. Tu padre está desesperado de preocupación por ti. Tanto él como yo te hemos llamado por lo menos media docena de veces en el día de hoy.
–No estuve en casa. Y papá no tiene motivo para preocuparse.
–¿No? –Milicent golpeó una uña pintada contra el brazo del sillón–. Anoche entraste en su casa como una tromba, anunciando que esa desagradable mujer se había puesto en contacto contigo, después saliste corriendo y ahora te niegas a contestar el teléfono.
–Esa desagradable mujer es mi madre, y tanto tú como él sabíais que estaba viva. Eso provocó una escena emotiva, abuela, que comprendo que puedas considerar de mal gusto, pero que considero muy justificada.
–¡No me hables en ese tono! –Milicent se inclinó hacia adelante–. Tu padre ha hecho todo lo que estaba en su mano para protegerte, para educarte como la gente, para proporcionarte un hogar decente y estable. ¡Y tú le reprochas el haberlo hecho!
–¿Que le reprocho? –Kelsey levantó las manos, aun a sabiendas de que esa actitud iría en su contra–. Sólo le planté cara y le exigí respuestas. ¡Le exigí la verdad!
–Y ahora que la sabes, ¿estás satisfecha? –Milicent inclinó la cabeza–. Hubiera sido mejor para ti y para todos que siguieras creyéndola muerta. Pero siempre fue una mujer egoísta, siempre se preocupó más por sí misma que por los demás.
Impulsivamente, Kelsey empuñó la espada de la batalla.
–Y tú siempre la odiaste, ¿no es así?
–Siempre reconocí lo que era. Philip estaba cegado por su belleza, por lo que consideraba vivacidad y vitalidad. Y pagó muy caro su error.
–Yo me parezco a ella –repuso Kelsey con malicia–. Eso explica que siempre me hayas mirado como si esperaras que en cualquier momento cometiera algún crimen horrible… o por lo menos un desliz imperdonable.
Milicent suspiró y se recostó contra el respaldo del sillón. No lo negaría, no veía motivo para negarlo.
–Por supuesto que me preocupaba pensar que podrías parecerte a ella. Tú eres una Byden, Kelsey, y casi siempre has sido un orgullo para la familia. Pero cada error que te he visto cometer llevaba la impronta de tu madre.
–Yo prefiero pensar que he cometido mis propios errores.
–¿Como este del divorcio? –replicó Milicent con cansancio–. Wade es de buena familia. Su abuelo materno es senador y su padre posee una de las agencias de publicidad más respetadas y prestigiosas del Este.
–Y su hijo Wade es un adúltero.
Milicent emitió un pequeño gemido de impaciencia e hizo un gesto con la mano. El anillo de brillantes que llevaba en la izquierda brilló como si fuese de hielo.
–Por supuesto que le echas la culpa a él, en lugar de culparte tú misma o de culpar a la mujer que lo sedujo.
Kelsey sonrió, casi divertida.
–Es cierto. Lo culpo a él. Desde ayer, el divorcio es definitivo, abuela. Estás perdiendo el tiempo.
–Y a ti te cabe el dudoso honor de ser la protagonista del segundo divorcio en la historia de los Byden. En el caso de tu padre fue inevitable, pero tú has seguido con tu costumbre de toda la vida: reaccionar por impulsos. Pero ése es otro tema. Quiero saber qué piensas hacer con respecto a esa carta.
–¿No te parece que eso es algo entre mi madre y yo?
–Éste es un asunto de familia, Kelsey. Tu padre y yo somos tu familia. –Volvió a tamborilear los dedos sobre el brazo del sillón mientras elegía con cuidado las palabras y el tono con que las pronunciaba–. Philip es mi único hijo. Su felicidad y bienestar siempre han sido lo más importante en mi vida. Tú eres su única hija. –Con afecto, extendió una mano y tomó la de Kelsey–. Sólo quiero lo mejor para ti.
Eso era innegable. Por difícil de comprender que fuese el comportamiento de su abuela, Kelsey se sentía querida por ella.
–Ya lo sé. No quiero discutir, abuela.
–Yo tampoco. –Palmeó la mano de su nieta–. Has sido una buena hija, Kelsey. Nadie que os conozca a ti y a Philip dudaría del cariño que le tienes. Yo sé que no harías nada que pudiera herirlo. Creo que sería mejor que me dieras esa carta y dejaras que me ocupe del asunto. No tienes ninguna necesidad de ponerte en contacto con esa mujer, ni de dejarte envolver en todo este asunto.
–Ya es demasiado tarde. Esta mañana fui a verla.
–Tú… –Milicent se estremeció–. ¿Fuiste a verla sin consultarnos antes?
–Tengo veintiséis años, abuela. Naomi Chadwick es mi madre y no tengo por qué consultar contigo ni con nadie si debo o no encontrarme con ella. Lamento si no lo apruebas, pero hice lo que tenía que hacer.
–Lo que tenías ganas de hacer –la corrigió Milicent–. Sin detenerte a pensar en las consecuencias.
–Como quieras, pero esas consecuencias sólo me afectarán a mí. Creo que tú y papá tendréis que admitir que lo que hice constituye una reacción normal, dadas las circunstancias. Tal vez sea algo que te moleste, pero no comprendo por qué te provoca tanto enojo.
–No estoy enojada. –En realidad estaba furiosa–. Sólo preocupada. No quiero que te dejes llevar por una reacción emotiva y tonta. Tú no la conoces, Kelsey. No tienes idea de lo inteligente y vengativa que es.
–Sé que intentó obtener mi custodia.
–Quería herir a tu padre porque Philip empezaba a ver la verdad de lo que ella era. Tú fuiste el arma que Naomi esgrimió. Bebía, iba con hombres y se jactaba de sus propios defectos porque estaba segura de que siempre ganaría. Y terminó asesinando a un hombre. –Milicent respiró hondo. El solo hecho de pensar en Naomi la enfurecía–. Supongo que trató de convencerte de que fue en defensa propia, que sólo trataba de proteger su honor. ¡Su honor!
Incapaz de permanecer sentada, Milicent se puso de pie.
–¡Ya lo creo que era inteligente, y hermosa! Si las pruebas en su contra no hubiesen sido tan definitivas, tal vez habría convencido al jurado de que la absolviera. Pero cuando una mujer recibe a un hombre en su dormitorio en plena noche, sólo cubierta por una bata de seda, no es fácil asegurar que se trató de un intento de violación.
–Violación… –repitió Kelsey en un susurro de sorpresa y Milicent no lo oyó.
–Por supuesto que algunos la creyeron. Algunos siempre creen en lo que dice esa clase de mujeres. –Con expresión dura, cogió los guantes de la mesa y empezó a golpearlos contra la palma de su mano–. Pero al final la condenaron. Entonces ella quedó fuera de la vida de Philip, y de la tuya. Hasta ahora. ¿Serás tan tozuda y egoísta como para permitirle volver a entrar? ¿Le causarás ese dolor a tu padre?
–No se trata de elegir entre él o ella, abuela.
–De eso se trata, exactamente.
–Desde tu punto de vista, pero no desde el mío. Sabes, antes de que vinieras no estaba segura de querer volverla a ver. Pero ahora sé que lo haré. Porque ella no se defendió ante mí. No me pidió que eligiera. Así que volveré a verla y tomaré yo misma mi decisión.
–¿Aunque con eso hieras a tu familia?
–Creo que soy la única que arriesga algo.
–Te equivocas, Kelsey, y cometes un error peligroso. Esa mujer corrompe. –Envarada, Milicent se puso los guantes dedo a dedo–. Y si insistes en continuar con esa relación, ella hará todo lo posible por destruir los lazos que te unen a tu padre.
–Eso nadie podría hacerlo.
Milicent alzó una mirada dura como el acero.
–No conoces a Naomi Chadwick.