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En París hacía más calor del habitual cuando el avión en que viajaba Peter Haskell aterrizó en el aeropuerto Charles de Gaulle. El avión rodó con soltura por la pista y poco después, maletín en mano, Peter se hallaba en el recinto del aeropuerto. Casi sonreía cuando se dirigió a la aduana, a pesar del calor y la longitud de la cola que tenía delante. Peter Haskell adoraba París.

Solía viajar a Europa cuatro o cinco veces al año. El imperio farmacéutico que dirigía tenía centros de investigación en Alemania, Suiza y Francia, y grandes fábricas y laboratorios en Inglaterra. Siempre era interesante visitar estos países, intercambiar ideas con los equipos de investigación y estudiar las nuevas vías de la mercadotecnia, que eran su punto fuerte. Esta vez, sin embargo, era algo más que un simple viaje de investigación o de presentación de un nuevo producto. Se hallaba en París para el nacimiento de su bebé: Vicotec. Vicotec era su eterno sueño, lo que iba a cambiar las vidas y las perspectivas de todos los enfermos de cáncer. Iba a cambiar radicalmente los programas de mantenimiento y la naturaleza misma de la quimioterapia en el mundo entero. Sería la gran contribución de Peter a la humanidad. En los últimos cuatro años no había vivido para otra cosa, aparte de su familia. Por otra parte, era innegable que haría ganar millones a Wilson-Donovan. Más que eso, los cálculos estimativos preveían unas ganancias durante los primeros cinco años de más de mil millones de dólares. En todo caso, no era eso lo más importante para Peter. Lo que contaba era la calidad de vida de quienes se iban consumiendo como llamas vacilantes en la oscura noche del cáncer. Vicotec iba a ayudarles. Al principio no había parecido más que un sueño idealista, pero se hallaban ya cerca de la victoria final, y Peter sentía escalofríos cada vez que pensaba en lo que estaba a punto de ocurrir.

Hasta entonces los resultados habían sido plenamente satisfactorios. Las reuniones en Alemania y Suiza se habían desarrollado sin contratiempos. Las pruebas efectuadas en los laboratorios de ambos países habían sido aún más rigurosas que las realizadas en Estados Unidos. Ahora estaban convencidos de que no corrían riesgos y de que podían actuar. Se había presentado una petición de licencia para la nueva droga a la FDA* varios meses atrás, en enero. Querían anunciar el descubrimiento de esta droga de vital importancia cuanto antes, lo que significaba que habrían de pasar por alto la fase de experimentación con animales. Era su intención proceder directamente con ensayos clínicos en pacientes humanos, motivo por el que era de gran trascendencia que las pruebas confirmaran su seguridad antes de la audiencia de la FDA prevista para septiembre. Peter estaba convencido de que las pruebas que ultimaba Paul-Louis Suchard, jefe del laboratorio de París, confirmarían la buena noticia que acababan de darle en Ginebra.

—¿Vacaciones o negocios, monsieur? —El agente de aduanas tenía un aire despreocupado cuando selló el pasaporte de Peter, y apenas alzó la mirada para comprobar su rostro con el de la fotografía. Peter tenía ojos azules y cabello castaño, y aparentaba menos de sus cuarenta y cuatro años. Sus facciones eran bien proporcionadas y tenía una buena estatura. La mayoría de la gente hubiera coincidido en considerarlo atractivo.

—Negocios —contestó con cierto orgullo. Vicotec. Victoria. La salvación para todos los seres humanos que luchaban contra la agonía de la quimioterapia y el cáncer.

El agente devolvió a Peter su pasaporte. Peter recogió su maletín y salió fuera en busca de un taxi. Era un espléndido día de junio. Peter había llegado a París un día antes de lo previsto, ya que no tenía nada más que hacer en Ginebra. Le encantaba aquella ciudad, donde le sería fácil hallar alguna distracción, aunque solo fuera pasear junto al Sena. O tal vez Suchard aceptaría reunirse con él aunque fuese domingo. No había tenido tiempo de llamarle antes, pero aún era temprano y, a pesar de que Suchard era muy francés, muy serio y estricto, Peter decidió llamarle desde el hotel para averiguar si estaba libre y dispuesto a adelantar su cita.

Peter había aprendido algo de francés a lo largo de los años, pero trataba siempre sus negocios con Suchard en inglés. Desde que abandonara el Medio Oeste, Peter Haskell había aprendido muchas cosas. Incluso para el agente de aduanas del Charles de Gaulle resultaba evidente que era un hombre importante, de inteligencia y refinamiento considerables. Era frío, cortés y firme, y poseía una absoluta seguridad en sí mismo. A la edad de cuarenta y cuatro años era el director de una de las compañías farmacéuticas más importantes del mundo. No era un científico sino un experto en mercadotecnia, al igual que Frank Donovan, el presidente. Casualmente se había casado con la hija de Frank dieciocho años atrás. No había sido el típico matrimonio por interés, ni lo había calculado. A los ojos de Peter se había tratado de un accidente, de un capricho del destino al que, además, se había opuesto durante seis años después de conocerla.

En aquel entonces Peter no quería casarse con Kate Donovan. Ni siquiera sabía quién era cuando se conocieron —él tenía veinte años y ella diecinueve— en la Universidad de Michigan. Al principio Kate era solo una preciosa rubia que había conocido en una fiesta, pero después de dos citas acabó loco por ella. Salieron durante cinco meses antes de que alguien bromeara y le sugiriera que era un tipo listo por salir con la bonita Katie. Luego le había explicado el motivo. Katie era la única heredera de la fortuna Wilson-Donovan. Indignado, Peter había tenido una escena con Katie con todo el furor y la ingenuidad de un chaval de veinte años.

—¿Cómo has podido? ¿Por qué no me lo dijiste? —bramó.

—¿Decirte qué? ¿Por qué habría de explicarte quién es mi padre? No pensaba que eso te importara tanto. —Katie se sintió muy dolida por su ataque y Peter se ofuscó aún más.

Katie sabía lo orgulloso que era él y lo pobres que eran sus padres. Peter le había contado que aquel mismo año habían conseguido por fin comprar la vaquería en que su padre había trabajado toda su vida, que estaba enteramente hipotecada y que tenía el temor constante de que el negocio fracasara, porque tendría que abandonar los estudios y volver a Wisconsin para ayudarles.

—Sabías perfectamente que me importaría. ¿Qué se supone que debo hacer ahora?

Él sabía mejor que nadie que no podía competir en el mundo de Kate, que no era el suyo, no lo sería nunca, y que ella no podría vivir jamás en una granja de Wisconsin. Había visto demasiado mundo y era demasiado refinada, aunque no pareciera darse cuenta. El verdadero problema estribaba en que tampoco él se sentía a gusto en su propio mundo la mayor parte del tiempo. Por mucho que intentaba ser «uno de ellos» en su hogar, se le notaba diferente, tenía un aire de hombre de ciudad. De niño detestaba vivir en una vaquería y soñaba con marcharse a Chicago o Nueva York para convertirse en un importante hombre de negocios. Odiaba tener que ordeñar vacas, apilar balas de heno y estar sacando estiércol de los establos. Al terminar el colegio había pasado años ayudando a su padre en la vaquería que dirigía y de la que había acabado siendo propietario. Peter era consciente de lo que eso significaba. Cuando concluyera sus estudios en la universidad tendría que volver a casa para ayudar a sus padres. Temía ese momento, pero no deseaba escurrir el bulto. Era un hombre de principios que se creía obligado a cumplir con sus deberes y responsabilidades, y no pretendía eludirlos. Siempre había sido un buen chico, afirmaba su madre, aunque para ello tuviera que hacer lo más difícil. Estaba dispuesto a trabajar duramente para conseguir lo que quería.

Sin embargo, en cuanto Peter se enteró de quién era Kate, le pareció incorrecto salir con ella. Por sinceros que fueran sus sentimientos, le parecía lo más fácil, la manera más rápida para ascender sin tener que trabajárselo. Por hermosa que fuera, o por enamorado que creyera estar de ella, Peter sabía que no llegarían a ninguna parte. Tan inflexible se mostró Peter en su idea de no sacar partido de su relación, que rompieron a las dos semanas de haber conocido él la verdadera identidad de Kate, y nada de lo que ella le dijo le hizo cambiar de opinión. Para Kate fue terrible. Por su parte, Peter sintió perderla mucho más de lo que le confesó a ella. Todo esto ocurría en su tercer año de universidad. En junio volvió a Wisconsin para ayudar a su padre, y al acabar el verano decidió tomarse un año libre para dar un empujón al negocio familiar. El invierno había sido malo y Peter creía que podría levantarlo con nuevas orientaciones y métodos que había aprendido en la universidad.

Tal vez hubiera tenido éxito, pero lo reclutaron y lo enviaron a Vietnam. Pasó un año cerca de Da Nang, luego se reenganchó y le destinaron a Inteligencia en Saigón. Fueron tiempos de confusión. Tenía veinticuatro años cuando abandonó Vietnam y aún no había hallado ninguna de las respuestas que buscaba. No sabía qué hacer con el resto de su vida. No quería volver a trabajar en la vaquería de su padre, pero consideraba un deber hacerlo. Su madre había muerto mientras él combatía en Vietnam y Peter comprendía lo duro que había sido para su padre.

Le quedaba un año de carrera, pero no quería volver a la Universidad de Michigan porque, en cierto sentido, le parecía que ya era demasiado mayor. También se sentía confuso con respecto a la guerra de Vietnam. Había llegado a amar al país que había querido odiar, que tanto le había atormentado, y había lamentado tener que abandonarlo. En Vietnam había tenido unas cuantas aventuras sin importancia, en su mayoría con miembros femeninos del personal militar norteamericano, y también con una hermosísima joven vietnamita, pero allí todo era demasiado complejo y las relaciones se veían afectadas por el hecho de que nadie esperaba sobrevivir. No había vuelto a ver a Katie Donovan, aunque había recibido una felicitación de Navidad suya, enviada desde Wisconsin. Al principio, en Da Nang, había pensado mucho en ella, pero le pareció más sencillo no escribirle. ¿Qué podía decirle? «¿Siento que seas tan rica y yo tan pobre?» «¿Te deseo que seas feliz en Connecticut, porque yo voy a pasarme la vida sacando paladas de estiércol en una granja de vacas?»

Aun así, en cuanto volvió a casa todos comprendieron una vez más que él no encajaba en la vaquería, e incluso su padre le instó a buscarse un trabajo en Chicago. Lo halló fácilmente en una empresa de mercadotecnia, asistió a clases nocturnas y obtuvo el título. Acababa de incorporarse a un nuevo trabajo cuando fue a la fiesta de un viejo amigo de Michigan y se encontró con Katie. Había solicitado un traslado y también ella vivía en Chicago por aquel entonces, a punto de licenciarse en la Universidad Northwestern. El reencuentro supuso una auténtica conmoción para Peter. Kate estaba más hermosa que nunca. Habían pasado casi tres años desde que la viera por última vez y le asombró darse cuenta de que, a pesar de aquellos años transcurridos en los que se había mantenido alejado de ella deliberadamente, su visión seguía causándole escalofríos en todo el cuerpo.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Peter con nerviosismo, como si ella solo pudiera existir en sus recuerdos. Le había obsesionado en los meses siguientes a su partida, al abandonar la universidad, y sobre todo cuando lo reclutaron por primera vez, pero hacía tiempo que la había relegado al pasado y esperaba que continuara allí. Pero su encuentro la había catapultado al presente.

—Estoy acabando la carrera —respondió Kate, conteniendo la respiración al mirarlo. Le pareció más alto y delgado; sus ojos eran más azules y su pelo más negro de lo que ella recordaba. Todo en él parecía más vívido y excitante que aquel recuerdo constante que nunca la había abandonado. No, no lo había olvidado. Peter era el único hombre que la había dejado por ser quien era, y por lo que creía que no podría llegar a darle—. Tengo entendido que estuviste en Vietnam —añadió débilmente. Él asintió—. Debió de ser espantoso. —Tenía miedo de ahuyentarlo de nuevo, de cometer una terrible equivocación. Sabía que era muy orgulloso y en ese momento, solo con mirarlo, comprendió que no volvería a acercarse a ella.

También él la contemplaba. Se preguntaba en qué se había convertido y qué quería de él. Sin embargo, Katie tenía un aire inocente e inofensivo a pesar de su elevada posición social y de la amenaza que él creía que representaba. A los ojos de Peter, ella había amenazado su integridad y un vínculo insostenible entre el pasado en el que ya no vivía y el futuro que deseaba, pero que no tenía la menor idea de cómo alcanzar. Al mirarla entonces, con las nuevas experiencias que le había dado la vida, Peter apenas recordaba de qué había tenido tanto miedo entonces. Ella ya no le intimidaba, le parecía muy joven, ingenua e irresistiblemente atractiva.

Esa noche conversaron durante horas y después la acompañó a casa. Luego, aun sabiendo que no debía, la llamó por teléfono. Le pareció muy fácil al principio, incluso llegó a decirse que podían ser solo amigos, lo que ninguno de los dos creía. Solo sabía que quería estar cerca de ella. Era brillante y divertida, comprendía los sentimientos peculiares de Peter, que no hallaba su sitio en el mundo, y lo que quería hacer con su vida. En última instancia, en un punto muy lejano del camino, quería cambiar el mundo, o al menos intentarlo. Ella era la única persona que podía comprenderle. En aquella época tenía muchos sueños y buenas intenciones. Al cabo de veinte años, Vicotec iba a convertir en realidad esos viejos sueños.

Peter Haskell paró un taxi en la entrada del Charles de Gaulle. El taxista metió su equipaje en el maletero y asintió cuando Peter le indicó las señas. Todo en él sugería que era un hombre de mando, de estatura imponente. Aun así, su mirada delataba bondad y fortaleza, integridad, buen corazón y sentido del humor. Había mucho más en él que los trajes caros, la camisa blanca almidonada, las corbatas Hermès y el elegante maletín que llevaba.

—Qué calor, ¿verdad? —comentó Peter de camino a la ciudad, y el taxista volvió a asentir. Este comprendió por el acento que era americano aunque hablaba francés, y le respondió en esa lengua, hablando despacio.

—Hemos tenido buen tiempo durante esta semana. ¿Viene de Estados Unidos? —Se notaba el interés del taxista. Era una reacción común de la gente ante Peter; se sentían atraídos hacia él, incluso en circunstancias poco propicias. El hecho de que hablara francés también le había impresionado.

—Vengo de Ginebra —explicó Peter, y se hizo de nuevo el silencio mientras él se sonreía pensando en Katie. Siempre deseaba que viajara con él, pero ella nunca lo hacía. Al principio los niños eran demasiado pequeños y más tarde estaba demasiado ocupada en sus propias cosas y obligaciones. A lo largo de los años no le había acompañado más que en dos viajes de negocios. Una vez a Londres y la otra a Suiza, pero nunca a París.

París era la culminación de todo cuanto Peter había soñado sin saber siquiera que lo quería. Habían sido años de duro trabajo para conseguir todo lo que poseía, aunque una parte la hubiera conseguido con mayor facilidad. En todo caso, él sabía que no había nada fácil. Nadie regala nada en esta vida. Se ha de trabajar por lo que se recibe, de lo contrario, acaba uno con nada.

Tras el reencuentro, había estado saliendo con Katie durante dos años. Ella se quedó en Chicago después de licenciarse y entró a trabajar en una galería de arte para estar cerca de Peter. Estaba loca por él, pero él mantenía su decisión irrevocable de que no se casarían nunca. Peter no dejaba de insistir en que al final tendrían que dejarlo, que ella habría de volver a Nueva York y empezar a salir con otros. Sin embargo, no tenía fuerzas para romper y esperaba que fuera ella quien lo hiciera. Para entonces estaban ya demasiado unidos y Katie sabía que él la amaba. Fue el padre de Katie quien intervino. Era un hombre inteligente, así que no dijo nada sobre su relación, solo habló de negocios. Percibía por instinto que esa era la única forma de lograr que Peter bajara la guardia. Frank Donovan quería que su Kate y Peter fueran a vivir a Nueva York, e hizo cuanto pudo por ayudar a su hija.

Al igual que Peter, Donovan era un experto en mercadotecnia, y de los mejores. Habló con Peter de su carrera, de sus proyectos y de su futuro, le gustó lo que Peter le dijo y le ofreció un puesto en Wilson-Donovan. No mencionó a Katie. De hecho, insistió en que el trabajo no tenía absolutamente nada que ver con ella. Aseguró a Peter que trabajando para Wilson-Donovan su carrera recibiría un impulso decisivo, y le prometió que nadie pensaría jamás que tuviera nada que ver con Katie. Según Donovan, esa relación era un tema aparte. Peter sabía que aquel trabajo merecía la pena. A pesar de todos sus miedos, aquel puesto en una de las corporaciones más importantes de Nueva York era justamente lo que querían, tanto él como Katie.

Peter sufrió un verdadero tormento para decidirse, debatiéndose en un mar de vacilaciones. Hasta su padre pensó que era una buena idea, cuando Peter le telefoneó para contárselo. Viajó luego a Wisconsin para discutirlo con él durante un largo fin de semana. Su padre quería la luna para él y le animó a aceptar la oferta de Donovan. Veía en Peter algo que ni él mismo había captado aún. Peter tenía cualidades de líder que pocos hombres poseían, una fortaleza reservada y un valor inusual. Sobre todo, su padre sabía que Peter saldría con bien de todo cuanto emprendiera, y presentía que el puesto en Wilson-Donovan no sería más que el principio. Cuando era pequeño, su padre solía decir en broma a su madre que algún día Peter llegaría a presidente, o al menos a gobernador de Wisconsin, y algunas veces ella también lo creía. Resultaba fácil creer tales cosas de Peter.

También su hermana Muriel opinaba lo mismo. Para ella, su hermano Peter siempre había sido un héroe, antes incluso de que se fuera a Chicago, a Vietnam, e incluso a la universidad. Peter tenía algo especial y todo el mundo lo sabía. Al igual que su padre, Muriel le aconsejó que fuera a Nueva York en busca de fortuna. Le preguntó incluso si se casaría con Katie, pero él insistió en que no lo haría, lo que pareció entristecerla. Por las referencias que tenía, Muriel consideraba que Katie era una mujer deslumbrante de la alta sociedad y la encontró hermosa en las fotos que le enseñó su hermano.

Ya hacía tiempo que el padre de Peter le había instado a llevar a Katie a casa, pero este siempre respondía que no quería darle falsas esperanzas sobre su futuro. Probablemente acabaría sintiéndose como en su casa y Muriel le enseñaría a ordeñar las vacas. Y luego ¿qué? Eso era todo lo que podía darle, y nadie lo convencería de arrastrar a Katie a aquella vida erizada de dificultades en la que él había crecido. Peter estaba convencido de que aquella vida precisamente había matado a su madre, que había muerto de cáncer por carecer de los debidos cuidados médicos y del dinero para pagarlos. Su padre no tenía siquiera un seguro. Por ello Peter creía que su madre había muerto extenuada por la pobreza y las penalidades de toda una vida. A pesar de que Katie disponía de dinero, la amaba demasiado para condenarla a aquella existencia miserable, o permitir siquiera que la viera de cerca. Con solo veintidós años su hermana estaba ya avejentada. Se había casado nada más terminar el instituto, mientras Peter combatía en Vietnam, y había tenido tres criaturas con su novio de siempre en los tres años siguientes. A los veintiuno parecía ya agotada y triste. También para su hermana hubiera querido mucho más, pero con solo mirarla sabía que nunca lo conseguiría, que para ella no habría más vida que aquella. No había ido a la universidad y se había quedado atrapada en su pequeño mundo. Tanto Peter como su hermana sabían perfectamente que ella y su marido trabajarían en la vaquería de su padre durante el resto de sus vidas, a menos que la perdieran o que murieran. Para todos era igual, salvo para Peter. Muriel no sentía el menor rencor, al contrario, se alegraba por él. Los cielos se le habían abierto y todo lo que Peter tenía que hacer era emprender el camino que Frank Donovan le ofrecía.

—Hazlo, Peter —le pidió Muriel cuando Peter fue a la granja a hablar con su familia—. Ve a Nueva York. Papá quiere que lo hagas —le aseguró con generosidad—. Es lo que queremos todos. —Era como si todos ellos le pidieran que se salvase, que intentara alejarse de una vida en la que acabaría por hundirse.

Peter tenía un nudo en la garganta cuando se alejó de la vaquería aquel fin de semana. Su padre y Muriel se quedaron en la entrada contemplándolo y agitando la mano hasta que su coche desapareció de la vista. Era un momento decisivo, más aún que Vietnam. En lo más profundo de su corazón, Peter estaba cortando las ligaduras que le ataban a la vaquería para siempre, y todos eran conscientes de ello.

Cuando Peter volvió a Chicago, pasó la noche solo, sin llamar a Katie. A la mañana siguiente telefoneó a su padre y después aceptó su oferta en persona con un apretón de manos.

Peter empezó a trabajar en Wilson-Donovan dos semanas más tarde. Una vez instalado en Nueva York, cada mañana al despertarse se sentía como si acabara de ganar el derby de Kentucky.

Katie abandonó el trabajo de recepcionista en la galería de arte de Chicago el mismo día en que Peter se marchaba, y volvió a Nueva York, a la casa de su padre. Frank Donovan estaba encantado. Su plan había funcionado. Su pequeña había vuelto a casa y había encontrado a un hombre brillante y experto en mercadotecnia. El arreglo convenía a todos.

Durante los meses siguientes Peter se concentró más en el trabajo que en su vida privada. Al principio Katie se sintió molesta, pero cuando se quejó a su padre, este le aconsejó sensatamente que tuviera paciencia. Con el tiempo Peter acabó relajándose y perdiendo la ansiedad por los proyectos que pudieran quedar inconclusos en la oficina. No obstante, insistía en hacerlo todo a la perfección para justificar la confianza que Frank había depositado en él, y demostrarle su agradecimiento.

No volvió a pisar la vaquería de Wisconsin; nunca tenía tiempo. Aun así, Katie se sintió aliviada cuando por fin Peter empezó a hacerse un hueco para diversiones en su apretada agenda. Asistieron a fiestas, fueron al teatro y ella le presentó a todos sus amigos. A Peter le sorprendió constatar que le gustaban.

Poco a poco, a lo largo de los meses, las cosas que antes tanto habían aterrado a Peter empezaron a no parecerle tan preocupantes. Su carrera marchaba viento en popa y, para su asombro, a nadie le molestaba el puesto que ocupaba ni cómo lo había conseguido. De hecho, parecía que gustaba a todos y que era bien aceptado. Arrebatados en una oleada de felicidad, él y Katie se prometieron antes de que pasara un año, lo que no sorprendió a nadie, salvo quizá al propio Peter. En todo caso, hacía tanto tiempo que la conocía y había acabado por sentirse tan cómodo en su mundo, que creía pertenecer también a él. Frank Donovan afirmó que era cosa del destino y Katie estaba más que convencida. Ni por un instante había dudado de que Peter era el hombre de su vida.

Muriel se alegró mucho cuando Peter la llamó para darle la noticia. Al final, fue el padre de Peter el único en oponerse al matrimonio y en decepcionar a su hijo. Así como su padre había creído que el empleo en Wilson-Donovan constituía una oportunidad inmejorable, opinaba que con el tiempo Peter lamentaría aquella unión.

—Siempre te considerarán un cazadotes si te casas con ella, hijo. No está bien, no es justo, pero así son las cosas. Cada vez que te miren, recordarán de dónde procedes y olvidarán el lugar que ocupas ahora.

Peter no lo veía del mismo modo. Había aprendido a vivir en el mundo de Katie y formaba parte de él. Su propio mundo, el de antaño, le parecía de otra vida, a la que era ya completamente ajeno. Era como si hubiera nacido en Wisconsin por casualidad, o como si hubiera sido otra persona y en realidad él no hubiera estado jamás allí. Incluso Vietnam le parecía más real que sus primeros pasos en la vaquería de Wisconsin. Algunas veces le resultaba difícil creer que hubiera pasado allí más de veinte años. En poco menos de un año Peter se había convertido en un hombre de negocios, en hombre de mundo y en neoyorquino. Seguía queriendo a su familia, por supuesto, eso no iba a cambiar, pero la idea de convertirse en granjero de vacas seguía produciéndole pesadillas. En todo caso, por mucho que lo intentó, no logró convencer a su padre de que hacía lo correcto. El señor Haskell se mantuvo en sus trece, aunque finalmente accedió a asistir a la boda, sin duda solo porque estaba harto de discutir con Peter.

Sin embargo, su padre finalmente no acudió. Tuvo un accidente con el tractor una semana antes de la boda que le dejó la espalda destrozada y un brazo roto. Además, Muriel estaba a punto de dar a luz su cuarto hijo. Ella no podía asistir y su marido, Jack, no quería dejarla sola. En principio Peter se sintió desconsolado, pero, como ocurría con todo en su nueva vida, acabó por dejarse llevar por el remolino de actividad que bullía a su alrededor.

Pasaron la luna de miel en Europa. En los meses posteriores a su regreso no encontraron el momento para ir a Wisconsin. Si no era Katie, era Frank, pero siempre había planes que llevar a cabo, a pesar de todas las promesas y buenas intenciones. Por fin, en Navidad, Peter prometió a su padre que irían a visitarlos, y nada ni nadie se lo impediría. Ni siquiera se lo dijo a Kate; quería darle una sorpresa. De todos modos, empezaba a sospechar que sería el único modo de hacerlo.

No obstante, poco antes del día de Acción de Gracias, el padre de Peter murió de un ataque al corazón, dejando a su hijo abrumado de culpabilidad, dolor y arrepentimiento por todo lo que había querido hacer y nunca había hecho. Kate ni siquiera había llegado a conocerlo.

Peter la llevó al funeral. Fue un día sombrío y lluvioso. Ella y Peter permanecieron juntos con rostro inexpresivo, pero era evidente que Peter estaba destrozado. Su hermana Muriel se hallaba a cierta distancia y sollozaba junto a su marido y sus hijos. Había un extraño contraste entre las gentes de la vaquería y las de la gran ciudad. Peter empezó entonces a comprender que se había abierto un gran abismo entre ellos, que ya no tenían nada en común. Katie también se sentía incómoda en la vaquería y no se molestaba en disimularlo, y Muriel se había mostrado sorprendentemente fría con ella, lo que era contrario a su carácter habitual. Cuando Peter se aventuró a comentárselo a su hermana, Muriel murmuró con torpeza que Katie no era de su mundo, que a pesar de ser la esposa de Peter ni siquiera había llegado a conocer a su padre, que vestía abrigo y gorro de pieles de color negro, ambas prendas muy caras, y que parecía irritada por tener que estar allí. Sus mordaces críticas habían provocado una discusión entre los hermanos; después habían llorado juntos. Más tarde, la lectura del testamento dio pie a nuevas tensiones. Su padre había dejado la vaquería a Muriel y Jack, lo que había provocado una indignación patente en Kate.

—¿Cómo ha podido hacerte eso? —se había quejado en la intimidad del antiguo dormitorio de Peter. El suelo era de linóleo rojizo y la vieja pintura marrón de las paredes estaba agrietada. No se parecía en nada a la casa que Frank les había comprado en Greenwich—. ¡Te ha desheredado! —dijo Kate encolerizada, y Peter intentó explicárselo. Él lo comprendía perfectamente.

—Es todo lo que tienen, Kate. Este lugar miserable y olvidado de la mano de Dios. Su vida entera está aquí. Yo tengo mi carrera, un buen trabajo y mi vida contigo. No necesito esta granja. Ni siquiera la quiero, y papá lo sabía. —Peter no lo consideraba un desaire ni una injusticia. Quería que Muriel se quedara con la vaquería.

—Podrías haberla vendido para repartir el dinero con ellos y se hubieran podido mudar a un lugar mejor.

—No es eso lo que quieren, Kate, y con toda probabilidad era precisamente eso lo que papá temía. Él no quería que vendiéramos la vaquería que tardó toda una vida de trabajo en comprar.

Kate no habló de lo que pensaba sobre la granja, que le parecía un auténtico desastre, pero Peter lo comprendió por el modo en que lo miraba y por el silencio que se produjo entre ellos. En lo que a Kate concernía, la vaquería era peor aún de lo que Peter le había contado en la universidad, y sentía un gran alivio de no tener que volver. Al menos ella no pensaba volver jamás, y si tenía algo que decir al respecto, después de que su padre lo hubiera desheredado, tampoco Peter iba a hacerlo.

Muriel seguía molesta cuando se marcharon. Peter tuvo la incómoda sensación de que también a ella, como a su padre, le estaba diciendo adiós para siempre. Le parecía que era eso lo que Kate quería, aunque nunca se lo dijo directamente. Era como si su mujer quisiera que rompiera sus vínculos sanguíneos, que sus raíces, su devoción y sus afectos le pertenecieran a ella exclusivamente. Parecía casi como si tuviera celos de Muriel y del período de su vida que ella representaba. El hecho de que no hubiera heredado nada de la vaquería resultó una buena excusa para ponerle fin.

—Hiciste bien en marcharte de aquí hace años —le dijo Kate cuando se alejaban en el coche. No parecía haber reparado en que Peter estaba llorando. A ella solo le importaba volver a Nueva York tan deprisa como fuera posible—. Peter, tú no perteneces a este lugar —dijo con firmeza.

Él quería discutírselo, decirle que se equivocaba, defender a los suyos por lealtad, pero sabía que Kate estaba en lo cierto y se sentía culpable por esa misma razón. Él no había pertenecido jamás a aquel lugar.

Cuando subieron al avión en Chicago, Peter notó un gran alivio. Había vuelto a escapar. En cierto sentido, había temido que su padre le hubiera dejado a él la vaquería para que la dirigiera, pero su padre lo conocía bien y no había cometido semejante insensatez. Ahora Peter ya no tenía nada que ver con la vaquería, no era su dueño y ya no podía devorarlo, como él temía. Por fin era libre. Había pasado a ser problema de Muriel y Jack.

El avión despegó en dirección al aeropuerto Kennedy. Peter supo entonces que también había dejado atrás todo lo que representaba la vaquería. Lo único que no deseaba era haber perdido también a su hermana.

Durante el vuelo de regreso a casa no dijo nada, y en las semanas siguientes, lloró la muerte de su padre en silencio. Poco habló de ello con Kate, sobre todo porque tenía la impresión de que ella no quería oírlo. Telefoneó a Muriel un par de veces, pero siempre la encontraba ocupada con los niños o presta a salir para ayudar a Jack con las vacas. Nunca tenía tiempo para charlar y, cuando lo tenía, a Peter no le gustaban los comentarios que hacía sobre Kate. Las abiertas críticas de su hermana contra su mujer provocaron una brecha definitiva entre ellos y, al cabo de un tiempo, dejó de llamarla. Se concentró en su trabajo y halló solaz en los asuntos de la oficina. Se sentía plenamente en su hogar. De hecho, toda su vida en Nueva York le parecía la existencia perfecta. Se desenvolvía a las mil maravillas en la Wilson-Donovan, entre sus amigos, y en la vida social que Kate había creado para ellos. Parecía haber nacido para vivir así.

Para sus amigos de Nueva York, Peter era uno de ellos. Era cortés y refinado, y la gente se lo tomaba a guasa cuando afirmaba que se había criado en una vaquería. En general, nadie le creía. Les parecía más bien un nativo de Boston o de Nueva York mismo. También aceptó con buena voluntad los cambios que los Donovan esperaban de él. Frank había insistido en que vivieran en Greenwich, Connecticut, igual que él. Quería tener cerca a «su niña»; además, ella estaba acostumbrada y le gustaba. La Wilson-Donovan tenía su sede en Nueva York, donde disponían de un apartamento, pero los Donovan siempre habían vivido en Greenwich. Se llegaba fácilmente a Nueva York en tren, trayecto que Peter hacía diariamente con Frank. A Peter le gustaba vivir en Greenwich, le encantaba la casa y también estar casado con Kate. Por lo general se llevaban muy bien. Su única discrepancia importante seguía siendo el hecho de que Kate opinaba que él debería haber heredado la vaquería para luego venderla. En todo caso, hacía tiempo que habían dejado de discutir sobre ese asunto por respeto a la opinión de cada uno.

A Peter solo le preocupaba una cosa: que Frank les hubiera comprado su primera casa. Él había intentado oponerse, pero Kate le había rogado que accediera y él no había querido disgustarla. Kate quería una casa grande en la que pudieran tener familia rápidamente. Por lo demás, Peter no podía comprar el tipo de casa a la que su mujer estaba acostumbrada y en la que Frank consideraba que debía vivir su hija. Aquel era el tipo de problema al que tanto había temido Peter, pero los Donovan lo resolvieron con elegancia. Frank compró una hermosa casa de estilo Tudor y la llamó «regalo de boda». A Peter le pareció una mansión. Era lo bastante grande para criar tres o cuatro hijos, con un bonito suelo de madera, comedor, sala de estar, cinco dormitorios, un gran estudio para él, una sala para la familia y una maravillosa cocina rústica. Estaba muy lejos de la vieja y desvencijada vaquería que su padre había legado a Muriel.

Frank quería también contratar a alguien que limpiara y cocinara para ellos, pero Peter se opuso firmemente y anunció que él mismo cocinaría si era necesario. Sin embargo, Kate aprendió a cocinar. Pero por Navidad sufría tales náuseas que le era imposible hacer nada y Peter tuvo que encargarse de casi todo. No le importaba, porque estaba encantado ante la idea de tener un hijo. A él le parecía una especie de intercambio místico a modo de consolación por la pérdida de su padre, que aún seguía atormentándole.

Fue el principio de dieciocho años felices y fructíferos. Tuvieron tres hijos en sus primeros cuatro años de matrimonio y, desde entonces, la vida de Kate se llenó de comités de beneficencia y asociaciones de padres, a los que asistía con sus amigas en el coche de una de ellas, para lo cual se turnaban. Era la vida que ella deseaba. Los niños desarrollaban múltiples actividades: fútbol, béisbol, natación… Recientemente, Kate se había presentado a las elecciones para la junta escolar de Greenwich. Se había integrado totalmente en su comunidad, le preocupaba la ecología y muchos otros temas en los que Peter sabía que él también debería interesarse, pero no lo hacía. Le gustaba decir que Kate se ocupaba del mundo que los rodeaba, porque él tenía bastante con mantener la cabeza por encima del agua en la oficina.

También en esa cuestión participaba Kate. Su madre había muerto cuando ella solo tenía tres años, y Kate se había convertido en la compañera constante de su padre. A medida que se iba convirtiendo en adulta, Kate había aprendido todo lo referente a su negocio, y así siguió siendo cuando Peter y ella se casaron. En ocasiones Kate sabía cosas sobre la compañía antes incluso que Peter. Y si este compartía alguna noticia con ella, se sorprendía siempre al comprobar que Kate ya lo sabía. A lo largo de los años habían tenido algunos roces por ello, pero Peter estaba dispuesto a aceptar el papel que desempeñaba Frank en sus vidas. Los vínculos que le unían con su hija eran más fuertes de lo que Peter esperaba, pero ningún mal había en ello, porque Frank era un hombr