Prólogo

 

 

1

 

Cuando terminó sus estudios universitarios, John Smith había olvidado por completo la fea caída que había sufrido en el hielo en aquel día de enero de 1953. En verdad, le habría resultado difícil recordarlo cuando terminó la escuela primaria. Y su madre y su padre nunca se enteraron de que se había producido.

Estaban patinando en un tramo despejado del estanque Runaround, en Durham. Los niños mayores jugaban al hockey con viejos palos remendados y utilizaban como metas un par de cestos de patatas. Los críos más pequeños se entretenían como han venido haciéndolo desde tiempos inmemoriales, arqueando cómicamente los tobillos hacia dentro y hacia fuera, resollando en la atmósfera helada a ocho grados bajo cero. En un ángulo del tramo despejado, dos neumáticos ardían despidiendo abundante hollín, y unos pocos padres permanecían sentados en las inmediaciones vigilando a sus chicos. La época de los quitanieves todavía estaba lejos, y la diversión invernal aún consistía en ejercitar el cuerpo y no un motor de gasolina.

Johnny había bajado de su casa, situada un poco más allá del límite de Pownal, con los patines colgados al hombro. A sus siete años era un patinador bastante diestro. Todavía no estaba en condiciones de participar en los partidos de hockey de los niños mayores, pero podía describir círculos alrededor de la mayoría de los otros críos de su edad, que hacían girar constantemente los brazos para conservar el equilibrio o caían despatarrados sobre sus asentaderas.

En ese momento patinaba lentamente por el perímetro exterior del tramo despejado, lamentando no poder deslizarse hacia atrás como Timmy Benedix, mientras escuchaba cómo el hielo retumbaba y crujía misteriosamente más adelante bajo la capa de nieve, y mientras escuchaba también los gritos de los jugadores de hockey, el traqueteo de un camión cargado de madera que cruzaba el puente rumbo a U. S. Gypsum en Lisbon Falls, el murmullo de la conversación de los adultos. Se sentía muy feliz de estar vivo en ese frío y hermoso día de invierno. No tenía ningún problema, nada lo inquietaba, no deseaba nada..., excepto poder patinar hacia atrás como Timmy Benedix. Pasó patinando junto al fuego y vio que dos o tres de los adultos hacían circular una botella de licor.

—¡Dame un trago! —le gritó a Chuck Spier, que estaba abrigado con una gruesa camisa de leñador y unos pantalones de franela verde para la nieve.

Chuck le sonrió.

—Lárgate de aquí, mocoso. Oigo que tu madre te está llamando.

Johnny Smith, el crío de seis años, también sonrió y se alejó patinando. Y vio que Timmy Benedix en persona se acercaba cuesta abajo, seguido por su padre, por el lado de la pista que correspondía a la carretera.

—¡Timmy! —exclamó—. ¡Mira esto!

Se volvió y empezó a patinar desmañadamente hacia atrás. Sin darse cuenta de ello, se estaba introduciendo en la pista de hockey.

—¡Eh, renacuajo! —gritó alguien—. ¡Quítate de en medio!

Johnny no lo oyó. ¡Lo estaba logrando! ¡Patinaba hacia atrás! Había encontrado el ritmo... repentinamente. Consistía en una especie de balanceo de las piernas...

Bajó la vista, fascinado, para observar lo que hacían sus piernas.

El disco de hockey de los niños mayores, viejo y maltrecho y lleno de muescas en los bordes, pasó zumbando junto a él, sin dejarse ver. Uno de los jugadores, que no era un gran patinador, lo estaba siguiendo con una arremetida ciega, frontal.

Chuck Spier previó lo que iba a ocurrir. Se puso en pie y vociferó:

—¡Johnny! ¡Cuidado!

John levantó la cabeza... y a continuación el mal patinador lo embistió a toda velocidad, con sus ochenta kilos.

Johnny salió despedido, con los brazos estirados. Una fracción de segundo después su cabeza golpeó contra el hielo y se sumergió en una bruma negra.

Bruma negra..., hielo negro..., bruma negra..., hielo negro..., negro. Negro.

Le dijeron que se había desvanecido. De lo único que estaba realmente seguro era de que se le había ocurrido esa extraña idea reiterativa y de que súbitamente había visto un círculo de caras inclinadas sobre él... Jugadores de hockey asustados, adultos preocupados, críos curiosos. Timmy Benedix sonreía con una mueca burlona.

Chuck Spier lo estaba sosteniendo.

—Hielo negro. Negro.

—¿Qué dices? —preguntó Chuck—. Johnny..., ¿te encuentras bien? Te diste un porrazo tremendo.

—Negro —respondió Johnny con voz gutural—. Hielo negro. No volveré a saltarlo, Chuck.

Chuck miró en torno, un poco asustado, y después nuevamente en dirección a Johnny. Palpó el bulto que se estaba formando sobre la frente del niño.

—Lo siento —dijo el jugador torpe—. Ni siquiera lo vi. Los críos tienen prohibida la entrada en la pista. Así lo estipulan las reglas. —Paseó su mirada insegura sobre quienes lo rodeaban, buscando apoyo.

—¿Johnny? —insistió Chuck. No le gustaba la expresión de los ojos de Johnny. Oscuros y lejanos, distantes y fríos—. ¿Te encuentras bien?

—No volveré a saltarlo —contestó Johnny, sin tener conciencia de lo que decía, pensando solo en el hielo..., el hielo negro—. La explosión. El ácido.

—¿Crees que debemos llevarlo al médico? —le preguntó Chuck a Bill Gendron—. No sabe lo que dice.

—Dale un minuto para que se reponga —aconsejó Bill.

Le dieron un minuto, y a Johnny se le despejaron las ideas.

—Estoy bien —murmuró—. Dejen que me levante.

Timmy Benedix seguía ostentando su mueca burlona, el muy maldito. Johnny resolvió darle una lección. Antes del fin de semana daría vueltas patinando alrededor de Timmy... hacia atrás y adelante.

—Ven a sentarte un rato junto al fuego —dijo Chuck—. Te diste un porrazo tremendo.

Johnny se dejó guiar hasta la fogata. El olor del caucho derretido era fuerte y penetrante, y le revolvió un poco el estómago. Le dolía la cabeza. Tanteó con curiosidad el chichón que tenía sobre el ojo izquierdo. Le pareció que la protuberancia medía un kilómetro de altura.

—¿Recuerdas quién eres y todo lo demás? —inquirió Bill.

—Sí. Claro que sí. Estoy bien.

—¿Cómo se llaman tu padre y tu madre?

—Herb y Vera. Herb y Vera Smith.

Bill y Chuck intercambiaron una mirada y se encogieron de hombros.

—Creo que se encuentra bien —comentó Chuck, y entonces repitió, por tercera vez—: Pero recibió un porrazo tremendo, ¿no es cierto? Qué barbaridad.

—Así son los críos —manifestó Bill. Miró con ternura a sus mellizas de ocho años, que patinaban cogidas de la mano, y después otra vez a Johnny—. Si hubiera sido un adulto, probablemente el golpe lo habría matado.

—No si hubiera sido polaco —replicó Chuck, y los dos se echaron a reír. La botella de Bushmill empezó a circular nuevamente.

Diez minutos más tarde Johnny estaba de vuelta en el hielo. El dolor de cabeza ya había empezado a amainar y el chichón resaltaba sobre su frente como una extraña marca grabada a fuego. Cuando volvió a su casa para almorzar, la alegría de haber aprendido a patinar hacia atrás le había hecho olvidar la caída y el desvanecimiento.

—¡Válgame Dios! —exclamó Vera Smith cuando lo vio—. ¿Cómo te has hecho eso?

—Me caí —respondió Johnny, y comenzó a sorber su sopa de tomate Campbell’s.

—¿Te sientes bien, John? —preguntó su madre, palpándolo delicadamente.

—Por supuesto, mamá.

Y eso era cierto... si se exceptuaban las pesadillas esporádicas que tuvo durante más o menos un mes; las pesadillas y la propensión a experimentar de cuando en cuando una fuerte modorra a determinadas horas del día en que nunca había estado somnoliento antes. Y esto cesó aproximadamente cuando cesaron las pesadillas.

Estaba en perfectas condiciones.

A mediados de febrero, Chuck Spier se levantó una mañana y descubrió que la batería de su viejo De Soto modelo 48 estaba descargada. Trató de cargarla con el camión de su granja. Cuando estaba ciñendo la segunda grapa a la batería del De Soto, esta le estalló en la cara, salpicándosela con esquirlas y ácido corrosivo. Chuck perdió un ojo. Vera comentó que solo por la gracia divina no había perdido los dos. Johnny pensó que se trataba de una tragedia atroz y acompañó a su padre cuando este fue a visitar a Chuck en el Lewiston General Hospital, una semana después del accidente. Johnny experimentó una fuerte emoción cuando vio al corpulento Chuck postrado en la cama del hospital, con un aspecto extrañamente consumido y enjuto... y esa noche soñó que era él quien estaba postrado allí.

De vez en cuando, en los años subsiguientes, Johnny tuvo algunas premoniciones —sabía cuál sería el próximo disco que propalaría la radio antes de que el disc-jockey lo pusiera y cosas por el estilo— pero nunca las asoció con el accidente que había sufrido en el hielo. Para entonces ya lo había olvidado.

Y las premoniciones no eran nunca muy asombrosas, ni tampoco muy frecuentes. Nada muy sorprendente ocurrió hasta la noche de la feria del condado y de la máscara. Antes del segundo accidente.

Más tarde pensó en eso a menudo.

El episodio de la Rueda de la Fortuna se produjo antes del segundo accidente.

Como una advertencia de su propia infancia.

 

 

2

 

Durante aquel verano de 1955 el viajante de comercio recorrió incansablemente Nebraska y Iowa de un lado a otro bajo el sol quemante. Iba al volante de un Mercury sedán modelo 53 que ya había recorrido más de cien mil kilómetros. Las válvulas del Mercury empezaban a producir un marcado resuello. El viajante era un hombre robusto que aún tenía el aspecto de un muchacho del Medio Oeste alimentado con maíz y, en aquel verano de 1955, solo cuatro meses después de la quiebra de su empresa de pintura de casas, situada en Omaha, Greg Stillson tenía apenas veintidós años.

El maletero y el asiento posterior del Mercury estaban repletos de cajas, y las cajas estaban repletas de libros. La mayoría de estos eran ejemplares de la Biblia. Los había de todas las formas y tamaños. El producto básico era la «American Truth Way Bible», ilustrada con dieciséis láminas a color, pegada con cola de aviación, a un dólar sesenta y nueve, capaz de resistir por lo menos diez meses sin desencuadernarse; luego había un libro de bolsillo más humilde, el American Truth Way New Testament, a sesenta y cinco céntimos, sin láminas a color pero con las palabras de Nuestro Señor Jesucristo impresas en rojo; y para los grandes despilfarradores llevaba la American Truth Way Deluxe Word of God, a diecinueve dólares noventa y cinco, encuadernada en una imitación de cuero blanco, con un vale para grabar en oro el nombre del propietario en la cubierta, veinticuatro láminas a color, y una sección en el medio para anotar nacimientos, bodas y defunciones. Y la Deluxe Word of God duraba hasta dos años sin desencuadernarse. También había una caja de libros en rústica titulados America the Truth Way: The Communist-Jewish Conspiracy Against Our United States, o sea «la conspiración judeocomunista contra nuestros Estados Unidos».

Greg ganaba más con este libro de bolsillo, impreso en papel muy económico, que con todas las Biblias. Su texto explicaba detalladamente cómo los Rothschild, los Roosevelt y los Greenblatt se estaban apoderando de la economía y el Gobierno norteamericanos. Contenía gráficos que demostraban que los judíos estaban directamente asociados con el eje comunista-marxista-leninista-trotskista y, a través de este, con el anticristo en persona.

No hacía mucho que había terminado la era del maccarthysmo en Washington. La estrella de Joe McCarthy aún no había llegado a su ocaso en el Medio Oeste y a Margaret Chase Smith de Maine la llamaban la perra por su famosa Declaración de Conciencia. La clientela rural y agrícola de Greg Stillson parecía tener un interés morboso no solo en el material sobre el comunismo, sino también en la idea de que los judíos dominaban el mundo.

En ese momento Greg giró por el polvoriento camino particular de una granja situada a unos treinta kilómetros al oeste de Arnes, en Iowa. Tenía aspecto de estar desierta, clausurada —con las persianas bajas y las puertas del granero cerradas— pero no podías estar seguro de nada si no probabas antes. Este lema le había dado buenos resultados a Greg Stillson en los aproximadamente dos años transcurridos desde que él y su madre se habían mudado de Oklahoma hasta Omaha. El negocio de la pintura de casas no había sido muy lucrativo, pero él había necesitado quitarse por un tiempo de la boca el sabor de Jesús, con perdón de la pequeña blasfemia. Sin embargo ahora volvía al terruño, aunque esta vez no como predicador u organizador de ceremonias evangélicas primitivas, y lo consolaba un poco el hecho de haber dejado por fin las milagrerías.

Abrió la portezuela del auto y cuando pisó el polvo del camino particular vio salir del granero un amenazador perrazo de campo, con las orejas gachas. Soltó una andanada de ladridos.

—Hola, chucho —dijo Greg por lo bajo, con voz grata pero sonora. A los veintidós años ya tenía la voz de un experto hipnotizador de multitudes.

El perro no respondió a la cordialidad de su voz. Siguió avanzando, descomunal y torvo, con la idea fija de almorzarse a un viajante de comercio. Greg volvió a sentarse en el auto, cerró la portezuela, y pulsó dos veces el claxon. El sudor le chorreaba por la cara y hacía virar el traje de hilo blanco a un color gris oscuro en las manchas circulares de las axilas y en el árbol ramificado que le trepaba por la espalda. Volvió a pulsar el claxon pero no obtuvo respuesta. Los palurdos habían montado en su International Harvester o en su Studebaker y se habían ido a la ciudad.

Greg sonrió.

En lugar de poner la marcha atrás y retroceder por el camino particular, tanteó el asiento posterior y empuñó un pulverizador de insecticida... que no estaba cargado con Flit, sino con amoníaco.

Greg tiró del émbolo y se apeó nuevamente, sonriendo mansamente.

El perro, que se había sentado, volvió a alzarse inmediatamente y avanzó hacia él, gruñendo.

Greg no dejó de sonreír.

—Así me gusta, chucho —dijo, con su voz grata, sonora—. Ven aquí. Ven a buscar lo que te corresponde.

Odiaba a esos feos perros campesinos que se enseñoreaban sobre sus parcelas de patio como pequeños Césares arrogantes. Eran el reflejo de sus amos.

—Maldito atajo de patanes —siseó entre dientes. Seguía sonriendo—. Ven, perrito.

El perro se acercó. Se tensó sobre las patas traseras, listo para precipitarse sobre él. Una vaca mugió en el establo y el viento susurró dulcemente en el maizal. Cuando el animal se abalanzó, la sonrisa de Greg se trocó en una mueca dura y cruel. Empujó el émbolo del pulverizador y roció los ojos y el hocico del perro con una nube abrasadora de gotitas de amoníaco.

Los ladridos coléricos se transformaron enseguida en breves gemidos de dolor, y después, cuando la causticidad del amoníaco hizo sentir realmente sus efectos, en aullidos desgarradores. Inmediatamente dio media vuelta. Ya no era un perro guardián sino solo un chucho derrotado.

Las facciones de Greg Stillson se habían ensombrecido. Sus ojos se habían reducido a grotescas ranuras. Se adelantó rápidamente y descargó un fuerte puntapié contra las ancas del perro con uno de sus fuertes zapatos. El animal soltó un gañido ululante y, azuzado por el dolor y el miedo, selló su propia perdición al volverse nuevamente para enfrentar al responsable del infortunio, en lugar de correr a ocultarse en el granero.

Embistió ciegamente, con un gruñido, mordió el bajo de la pernera derecha de los pantalones de hilo blanco de Greg, y lo desgarró.

—¡Hijo de puta! —exclamó Greg, furioso y sorprendido, y pateó nuevamente al perro, esta vez con la fuerza necesaria para hacerlo rodar por el polvo. Avanzó de nuevo hacia el animal y le asestó otro puntapié, sin dejar de vociferar. Entonces, el perro, con los ojos lacrimosos y el hocico afiebrado, con una costilla fracturada y otra dislocada, comprendió que corría peligro en presencia de ese loco. Pero ya era demasiado tarde.

Greg Stillson lo persiguió por el patio polvoriento de la granja, resollando y gritando, con las mejillas empapadas en sudor, y siguió pateándolo hasta que el animal, quejumbroso, apenas pudo arrastrarse por la tierra. Perdía sangre por media docena de heridas. Estaba agonizando.

—No deberías haberme mordido —susurró Greg—. ¿Me oyes? ¿Me oyes? No deberías haberme mordido perro de mierda. Nadie se cruza en mi camino. ¿Me oyes? Nadie.

Le asestó otra patada con la puntera ensangrentada del zapato, pero el animal apenas pudo emitir un gorgoteo ahogado. No era algo que pudiera darle mucha satisfacción. A Gree le dolía la cabeza. Era el sol. La carrera bajo el sol en pos del perro. Podría considerarse afortunado si no se desmayaba.

Cerró un momento los ojos, respirando rápidamente. Las gotas de transpiración le chorreaban por la cara como lágrimas y se anidaban como gemas en su cabello cortado en cepillo, en tanto el perro, descalabrado, agonizaba a sus pies. Unas motas de luz coloreada, que palpitaban al ritmo de los latidos de su corazón, flotaban en la oscuridad detrás de sus párpados.

Le dolía la cabeza.

A veces se preguntaba si estaba enloqueciendo. Como en ese trance. Había querido arrojarle al perro una nube de amoníaco con el pulverizador y ahuyentarlo hacia el granero para poder dejar su tarjeta de visita en la rendija de la puerta mosquitera. Habría vuelto en otra oportunidad y habría hecho una venta. ¿Y ahora? Había que ver ese estropicio. Desde luego, no podía dejar la tarjeta.

Abrió los ojos. El perro yacía a sus pies, jadeando aceleradamente, perdiendo sangre por el morro. Cuando Greg Stillson bajó la mirada, le lamió humildemente el zapato, como si quisiera confesar su derrota, y después siguió muriendo poco a poco.

—No deberías haberme desgarrado los pantalones —le dijo—. Me costaron cinco dólares, perro de mierda.

Tenía que irse de allí. No lo pasaría bien si Clem Destripaterrones y su esposa y sus seis críos volvían ahora de la ciudad en el Studebaker y encontraban a Fido exhalando su último suspiro en presencia del viejo y abyecto viajante. Perdería su empleo. La American Truth Way Company no contrataba vendedores que mataban perros de amos cristianos.

Greg volvió al Mercury, con una risita nerviosa, montó en el coche y salió rápidamente del camino interior, en marcha atrás. Giró hacia el este por la carretera polvorienta que atravesaba el maizal, recta como un cordel, y pronto estaba avanzando a cien por hora, dejando una estela de polvo de tres kilómetros de longitud.

Ciertamente no quería perder su empleo. Aún no. Embolsaba mucho dinero: a las actividades que conocía la American Truth Way Company Greg había sumado algunas otras, propias, de las que la firma no tenía noticia. Ahora estaba prosperando. Además, sus viajes le daban la oportunidad de conocer a mucha gente..., a muchas chicas. Era una buena vida, pero...

Pero no estaba satisfecho.

Siguió conduciendo, con la cabeza palpitante. No, sencillamente no estaba satisfecho. Intuía que estaba predestinado para algo más portentoso que deambular en auto por el Medio Oeste y vender Biblias y adulterar los formularios de comisiones con el fin de ganar dos dólares más por día. Intuía que estaba predestinado para... para...

Para la grandeza.

Sí, se trataba de eso, claro que se trataba de eso. Hacía unas pocas semanas que se había tirado a una chica en el pajar, mientras sus padres estaban en Davenport vendiendo un cargamento de gallinas, y ella había empezado por preguntarle si quería un vaso de limonada y una cosa había llevado a otra, y después de haberla poseído, ella había dicho que casi era como si la hubiera montado un cura y él la había abofeteado, sin saber por qué. La había abofeteado y después se había ido.

Bueno, no.

En realidad, la había abofeteado tres o cuatro veces. Hasta que ella había gritado y chillado pidiendo auxilio y entonces él se había controlado y de alguna manera —había tenido que emplear hasta la última pizca de seducción que le había dado Dios— había hecho las paces con ella. Entonces también le había dolido la cabeza, y las motas pulsátiles de luz se habían disparado y habían danzado en su campo visual, y había tratado de decirse que eso era efecto del calor, del calor explosivo del pajar, pero no era solo el calor el que le hacía doler la cabeza. Era lo mismo que había sentido en el patio cuando el perro le había desgarrado los pantalones: algo oscuro y demencial.

—No estoy loco —dijo en voz alta, en el coche. Bajó rápidamente el cristal de la ventanilla y dejó entrar el calor del verano y el olor del polvo y el maíz y el estiércol. Encendió la radio, elevó el volumen y sintonizó una canción de Patti Page. Su jaqueca amainó un poco.

Todo era cuestión de controlarse y... de no ensuciar su expediente. Así, no podían fastidiarte. Y él se estaba especializando en lo uno y lo otro. Ya no soñaba tan a menudo con su padre, esos sueños en que su padre se erguía sobre él con el casco echado hacia atrás, rugiendo: «¡No sirves para nada, enano! ¡No sirves para una mierda!».

Los sueños no se repetían con tanta frecuencia porque sencillamente no respondían a la realidad. Ya no era un enano. Claro que en su infancia había estado enfermo muchas veces, que había sido enclenque, pero después había crecido; mantenía a su madre...

Y su padre había muerto. Su padre no podía verlo. Él no podía hacerle tragar sus palabras porque había muerto en la explosión de una torre de petróleo y estaba muerto y a Greg le habría gustado desenterrarlo una vez, una sola vez, y gritarle en su cara putrefacta: ¡Te equivocaste, papá, te equivocaste conmigo! para asestarle luego un buen puntapié como...

Como el que le había asestado al perro.

El dolor de cabeza había vuelto, pero iba disminuyendo.

—No estoy loco —repitió por debajo del ruido de la música. Su madre le había dicho a menudo que estaba predestinado para algo grande, para algo extraordinario, y Greg la creía.

Bastaría con que controlara sus actos, como el de abofetear a la chica o patear al perro, y no ensuciara su expediente.

Cualquiera que fuese su grandeza, la reconocería cuando se le presentara. Se sentía muy seguro de ello.

Volvió a pensar en el perro, y esta vez la evocación le hizo esbozar una sonrisa, totalmente desprovista de humor o compasión.

Su grandeza estaba en gestación. Tal vez tardaría años en materializarse... Él era joven, por supuesto, y no había nada de malo en el hecho de ser joven con tal de que entendiera que no podía tenerlo todo al mismo tiempo. Con tal de que creyera que lo conseguiría al fin. Y lo creía.

Y que Dios y Su Hijo Jesús se apiadaran de cualquiera que se cruzase en su camino.

Greg Stillson asomó por la ventanilla un codo bronceado por el sol y empezó a silbar al compás de la radio. Apretó el pedal del acelerador, aumentó la velocidad del viejo Mercury a ciento cinco, y enfiló por la recta carretera rural de Iowa hacia lo que le deparaba el futuro.

TXTZonaMuerta-4.xhtml

PRIMERA PARTE

 

La Rueda de la Fortuna

TXTZonaMuerta-5.xhtml

I

 

 

1

 

Lo que Sarah siguió recordando más tarde acerca de aquella noche fue la racha de suerte de él en la Rueda de la Fortuna y la máscara. Pero a medida que transcurría el tiempo, un tiempo que se contaba por años, en lo que pensaba era en la máscara..., cuando se atrevía a evocar de alguna manera aquella noche horrible.

Él vivía en un bloque de apartamentos de Cleaves Mills. Sarah llegó allí a las ocho menos cuarto, estacionó a la vuelta de la esquina y pulsó el portero electrónico para que le abriera la puerta. Esa noche utilizarían el coche de ella porque el de Johnny estaba inmovilizado en el Tibbets’ Garage, de Hampden, con un cojinete atascado o algo parecido. Algo costoso, le había informado Johnny por teléfono, y después había soltado la risa típica de Johnny Smith. Sarah se habría echado a llorar si se hubiera tratado de su coche..., de su dinero.

Sarah atravesó el vestíbulo en dirección a la escalera y pasó frente al tablero que colgaba allí. Estaba cubierto de tarjetas con anuncios de motocicletas, de componentes de equipos estereofónicos, de servicios de mecanografía, y de propuestas de personas que necesitaban un medio de transporte para viajar a Kansas o California, y de personas que se disponían a ir en coche a Florida y necesitaban acompañantes para turnarse al volante y compartir el gasto de gasolina. Pero esa noche sobresalía en el tablero un cartel de grandes dimensiones que mostraba un puño sobre un fondo de color furioso que sugería un incendio. La única palabra impresa en el cartel era ¡ATACAD! Estaban en los últimos días del mes de octubre de 1970.

Johnny ocupaba el apartamento del frente del segundo piso —el ático, lo llamaba él—, donde podías plantarte con tu frac como Ramón Novarro, con una abundante ración de vino Ripple en una copa combada, y contemplar desde lo alto el vasto corazón palpitante de Cleaves Mills: sus multitudes ajetreadas después de la hora de los espectáculos, sus taxis bulliciosos, sus letreros de neón. Hay casi siete mil historias en la ciudad desnuda. Esta ha sido una de ellas.

En realidad, Cleaves Mills consistía esencialmente en una calle mayor con un semáforo en la intersección (a las seis de la tarde empezaba a parpadear intermitentemente), más o menos dos docenas de tiendas y una pequeña fábrica de mocasines. Su auténtica industria, como la de la mayoría de las ciudades que rodeaban a Orono, donde estaba la Universidad de Maine, era el suministro de los productos que consumían los estudiantes: cerveza, vino, gasolina, música de rock and roll, alimentos preparados, droga, comestibles, viviendas, películas. El cine se llamaba The Shade. Durante la época de clases proyectaba películas de arte y filmes nostálgicos de los años cuarenta. En el verano reincidía en los spaghetti westerns de Clint Eastwood.

Hacía un año que Johnny y Sarah habían terminado sus estudios y ambos enseñaban en la Cleaves Mills High School, uno de los pocos colegios secundarios de la comarca que no prestaba servicios a un distrito formado por tres o cuatro ciudades. Los miembros del claustro y de la administración de la universidad, así como sus alumnos, utilizaban Cleaves como dormitorio, y la ciudad tenía un sistema fiscal envidiable. También tenía una excelente escuela secundaria, con un flamante departamento de periodismo. Los vecinos podían despotricar contra la población universitaria que utilizaba un lenguaje pedante, que organizaba marchas comunistas para poner fin a la guerra y que se entrometía en la política local, pero nunca rechazaban los dólares que entraban todos los años en concepto de impuestos por las refinadas casas de los profesores y por los edificios de apartamentos de la zona que algunos estudiantes llamaban Barrio de Pringue y otros Callejón de la Miseria.

Sarah golpeó la puerta con los nudillos y la voz de Johnny, extrañamente apagada, respondió:

—¡Está abierta, Sarah!

Sarah frunció un poco el ceño y empujó la puerta. El apartamento de Johnny estaba sumido en la oscuridad total, si se exceptuaba el espasmódico destello amarillo del cartel luminoso intermitente situado en la mitad de la manzana. El mobiliario estaba compuesto por una serie de sombras negras gibosas.

—¿Johnny...?

Ella avanzó un paso, con cierta cautela, mientras se preguntaba si había saltado un fusible o había sucedido algo por el estilo... Y entonces el rostro apareció delante de ella, flotando en la oscuridad, un rostro horrible salido de una pesadilla. Tenía una espectral fosforescencia verde, putrefacta. Un ojo estaba desmesuradamente abierto y parecía mirarla con espanto dolorido. El otro tenía los párpados fuertemente apretados, con un aire siniestro. La mitad izquierda de la cara, la del ojo abierto, parecía normal. Pero la mitad derecha correspondía al rostro de un monstruo, crispado e inhumano, con los gruesos labios replegados para dejar al descubierto unos sobredientes también fosforescentes.

Sarah emitió un chillido débil y estrangulado y retrocedió un paso, trastabillando. Entonces se encendieron las luces y ese volvió a ser ni más ni menos que el apartamento de Johnny, y no un limbo tenebroso. En la pared, Nixon trataba de vender autos usados, la alfombra trenzada que había confeccionado la madre de Johnny seguía desplegada sobre el piso, las botellas de vino hacían las veces de candeleros. La cara perdió su fosforescencia y Sarah descubrió que solo era una de esas máscaras que vendían en los bazares económicos para disfrazarse en la noche de Halloween, la víspera de Todos los Santos. El ojo azul de Johnny la miraba por la abertura, titilando.

Se quitó la máscara y le sonrió plácidamente, vestido con su vaquero descolorido y un suéter marrón.

—Feliz Halloween, Sarah —dijo.

El corazón de ella aún latía aceleradamente. La había asustado de veras.

—Muy gracioso —sentenció, y se volvió para irse. No le gustaba que la asustaran así.

Él la detuvo cuando llegaba a la puerta.

—Eh..., lo siento.

—Es lo menos que puedes decir.

Lo miró fríamente... o eso fue lo que intentó hacer. Su cólera ya se estaba disipando. Nadie podía estar enfadado con Johnny, esa era la verdad. Lo amara o no —y esto era algo que Sarah aún trataba de descifrar—, no podía sentirse disgustada con él por mucho tiempo, ni guardarle rencor. Se preguntó si alguna vez alguien había logrado guardarle rencor a Johnny Smith, y la idea le pareció tan ridícula que no tuvo más remedio que sonreír.

—Así me gusta más. Hombre, pensé que ibas a dejarme plantado.

—No soy un hombre.

Johnny clavó los ojos en ella.

—Lo he notado.

Sarah tenía puesto un voluminoso abrigo de piel —mapache de imitación o algo vulgar por el estilo— y su inocente lascivia le hizo sonreír nuevamente.

—Con esto encima no se distingue.

—Oh, sí, yo lo distingo —afirmó Johnny. La rodeó con el brazo y la besó. Al principio ella no iba a devolverle el beso, pero por supuesto se lo devolvió—. Lamento haberte asustado —continuó él, y frotó cordialmente su nariz contra la de ella antes de soltarla. Blandió la máscara—. Pensé que te divertiría. El viernes me la pondré en clase.

—Oh, Johnny, eso no favorecerá la disciplina.

—Me las apañaré de alguna manera —respondió Johnny con una sonrisa. Y lo curioso era que, efectivamente, se las apañaría.

Todos los días ella concurría al colegio luciendo unas grandes gafas magistrales, con el cabello estirado en un moño tan severo que parecía estar al borde del grito. Usaba las faldas apenas por encima de la rodilla en una época en que la mayoría de las chicas las llevaban justo por debajo del borde de las bragas (y mis piernas son más bonitas que las de cualquiera de ellas, pensaba Sarah rencorosamente). Sentaba a los alumnos por orden alfabético, lo cual, por lo menos según la ley de probabilidades, debería haber mantenido separados a los revoltosos, y enviaba resueltamente a los chicos insubordinados al despacho del vicerrector, en razón de que este cobraba quinientos dólares adicionales por año para desempeñarse como cancerbero, y ella no. A pesar de todo, sus días estaban consagrados a una lucha constante con ese demonio de los profesores novatos, la disciplina. Lo más inquietante era que había empezado a intuir que existía un jurado colectivo, tácito —tal vez una especie de conciencia de la escuela— que deliberaba acerca de cada nuevo profesor y cuyo veredicto respecto de ella no era muy favorable.

Desde esa perspectiva, Johnny parecía la antítesis de todo lo que debía ser un buen profesor. Deambulaba de una clase a otra sumido en una especie de sopor agradable, y a menudo llegaba tarde al aula porque se había detenido a conversar con alguien entre un toque de campana y otro. Dejaba que los chicos se sentaran donde se les antojaba, de manera que nunca había dos veces una misma cara en un pupitre (y los estólidos de la clase gravitaban invariablemente hacia el fondo del aula). En esas condiciones Sarah no habría podido aprender sus nombres hasta marzo, pero Johnny ya parecía saberlos de memoria.

Era alto, con tendencia a encorvarse, y los chicos lo apodaban Frankenstein. Esto parece divertir a Johnny, en lugar de indignarlo. Y sin embargo sus clases se desarrollaban generalmente en silencio y en orden, faltaban pocos alumnos (Sarah siempre tenía el problema de los ausentes) y ese mismo jurado parecía estar inclinándose a favor de él. Era uno de esos profesores a los cuales, al cabo de diez años, les dedicarían el anuario del colegio. Con ella no ocurría lo mismo. Y a veces enloquecía preguntándose por qué.

—¿Quieres una cerveza antes de salir? ¿Un vaso de vino? ¿Alguna otra cosa?

—No, pero espero que vayas bien provisto de dinero —respondió ella, tomándolo por el brazo y resolviendo desechar su enojo—. Siempre como por lo menos tres salchichas. Especialmente cuando se trata de la última feria del año.

Planeaban ir a Esty, treinta kilómetros al norte de Cleaves Mills, una ciudad cuyo único mérito discutible para conquistar la fama consistía en que allí se celebraba LA ULTIMÍSIMA FERIA AGRÍCOLA DEL AÑO EN NEW ENGLAND. La feria se clausuraba el viernes por la noche, en la víspera de Todos los Santos.

—Si consideramos que el viernes es día de pago, no puedo quejarme. Tengo ocho dólares.

—Válgame... Dios —exclamó Sarah, poniendo los ojos en blanco—. Siempre supe que si me mantenía pura algún día encontraría un protector millonario.

Él sonrió e hizo un ademán de asentimiento.

—Nosotros los rufianes ganamos muuuucho, nena. Déjame coger el abrigo y nos iremos.

Lo miró con exasperado afecto, y la voz que afloraba cada vez con más frecuencia en su mente —bajo la ducha, mientras leía un libro o preparaba una clase o guisaba su cena solitaria— volvió a machacar, como uno de esos anuncias de interés público que difunden por televisión y que duran treinta segundos: Es un hombre encantador y todo lo demás, con el que resulta fácil congeniar, divertido, que nunca te hace llorar. ¿Pero es eso amor? Quiero decir, ¿no hace falta nada más? Incluso cuando aprendiste a montar en tu bicicleta tuviste que caerte unas cuantas veces y desollarte ambas rodillas. Llamémoslo un rito de transición. Y eso no era más que una insignificancia.

—Voy al baño —anunció él.

—Ajá. —Sarah esbozó una sonrisa. Johnny era una de esas personas que siempre mencionaban sus funciones naturales... Dios sabía por qué.

Se acercó a la ventana y miró hacia la calle Mayor. Unos chicos entraban en el aparcamiento contiguo a O’Mike’s, la pizzería y cervecería local. De pronto deseó estar de nuevo con ellos, ser uno de ellos, relegando al pasado —o dejando para el futuro— toda esa confusión. La universidad era un lugar seguro. Era una especie de mundo quimérico donde todos, incluso los profesores, podían formar parte de la banda de Peter Pan y no crecer nunca. Y siempre habría un Nixon o un Agnew para desempeñar el papel del capitán Hook.

Había conocido a Johnny cuando habían empezado a ejercer como enseñantes en septiembre, pero antes lo había visto en las clases de pedagogía que compartían. A ella le habían prendido una insignia de la fraternidad Delta Tau Delta, y ninguno de los juicios que valían para Johnny había valido para Dan.

Este había sido casi impecablemente bello, dueño de un ingenio cáustico e inquieto que siempre la había hecho sentir un poco incómoda, aficionado a la bebida, apasionado en el amor. A veces, cuando bebía, se volvía peligroso. Ella recordaba una noche en que se había producido un episodio de esa naturaleza en el Brass Rail de Bangor. El hombre del compartimento vecino tomó a chacota algo que Dan había dicho acerca del equipo de fútbol de la Universidad de Maine, y Dan le preguntó si le gustaría volver a casa con el cuello retorcido. El hombre se disculpó, pero Dan no quería disculpas; lo que buscaba era una gresca. Empezó a hacer comentarios ofensivos acerca de la mujer que acompañaba al otro hombre. Sarah apoyó la mano sobre el brazo de Dan y le pidió que se callara. Dan le apartó la mano y la miró con un extraño fulgor opaco en los ojos grisáceos que le secó en la garganta cualesquiera otras palabras que hubiera podido pronunciar. Finalmente, Dan y el otro sujeto salieron del local y Dan lo molió a golpes. Le pegó hasta que el otro sujeto, que se aproximaba a los cuarenta y que tenía una barriga incipiente, empezó a gritar. Sarah nunca había oído gritar a un hombre... ni quería volver a oírlo. Tuvieron que marcharse deprisa porque el barman vio lo que sucedía y llamó a la policía. Esa noche ella habría vuelto sola a casa (¿Oh? ¿estás segura?, le preguntó aviesamente una voz interior), pero el campus estaba a dieciocho kilómetros y los autobuses habían dejado de circular a las seis y tenía miedo de hacer autoestop.

Dan permaneció callado durante el viaje de regreso. Tenía un rasguño en la mejilla. Solo un rasguño. Cuando llegaron a Hart Hall, su residencia, Sarah le dijo que no deseaba volver a verlo. «Cómo tú quieras, nena», respondió él con una indiferencia que la dejó helada... Y la segunda vez que Dan la telefoneó después del incidente del Brass Rail, volvió a salir con él. Una parte de su ser la había aborrecido por ello.

La relación continuó durante todo el semestre de otoño de su último año de estudios. Él la asustaba y la atraía al mismo tiempo. Fue su primer amante verdadero, y aún ahora, cuando faltaban dos días para la víspera de Todos los Santos de 1970, seguía siendo el único amante verdadero que había tenido. Ella y Johnny no se habían acostado juntos.

Dan había sido fenomenal. La había usado pero había sido fenomenal. No se avenía a tomar precauciones, de modo que ella se había visto obligada a concurrir a la enfermería de la universidad, donde había dado una explicación balbuceante sobre sus menstruaciones dolorosas y había conseguido la píldora. En el terreno sexual, Dan siempre la había dominado. No había tenido muchos orgasmos con él, pero su misma rudeza le había producido algunos, y en las semanas previas a la ruptura había empezado a experimentar, como una mujer madura, la avidez de disfrutar de la sana sexualidad, y este deseo se combinaba asombrosamente con otros sentimientos: encono contra Dan y contra sí misma, la presunción de que ninguna sexualidad que dependía tanto de la humillación y la dominación podía considerarse realmente «sana», y autoaversión por su propia incapacidad para poner fin a una relación que parecía fundada sobre tendencias destructivas.

Todo terminó expeditivamente, a comienzos de ese año. Él fracasó en sus exámenes y debió dejar los estudios.

—¿Adónde irás? —le preguntó Sarah tímidamente, sentada en la cama del compañero de habitación de Dan, mientras este arrojaba sus cosas dentro de dos maletas. Habría querido formularle otras preguntas más personales. ¿Vivirás cerca de aquí? ¿Trabajarás? ¿Estudiarás por la noche? ¿Hay un lugar para mí en tus planes? Esta pregunta, sobre todo, fue la que no atinó a formular. Porque no estaba preparada para ninguna de las respuestas posibles. La que dio a su única pregunta neutra fue suficientemente tremenda.

—Supongo que a Vietnam.

—¿Cómo?

Él estiró la mano hacia un estante, hojeó brevemente los papeles allí acumulados y le arrojó una carta. Era del centro de reclutamiento de Bangor: una citación para el examen físico.

—¿No puedes zafarte?

—No. Quizá. No sé. —Encendió un cigarrillo—. Creo que ni siquiera deseo intentarlo.

Ella lo miró con los ojos desencajados, atónita.

—Estoy harto de esta vida. Estudiar y conseguir empleo y buscar esposa. Supongo que tú aspirabas a llenar esta última vacante. Y no creas que no lo he pensado. No resultaría. Tú lo sabes y yo también. No congeniamos, Sarah.

Ella huyó de allí. Tenía las respuestas a todas sus preguntas y nunca volvió a verlo. Sí vio unas pocas veces a su compañero de habitación. Entre enero y junio este recibió tres cartas de Dan. Lo habían enrolado y lo enviaron a un campamento de adiestramiento básico en algún lugar del sur. Y esta fue la última noticia que recibió su compañero de habitación. Y también la última que tuvo Sarah Bracknell.

Al principio pensó que se sentiría bien. Esas canciones tristes, sentimentales, que hablaban del amor perdido y que siempre parecías oír en la radio del auto después de la medianoche, no se aplicaban a ella. Ni los lugares comunes acerca del fin del romance ni las crisis de llanto. No se lio con un tipo por despecho ni empezó a recorrer los bares. Esa primavera pasó la mayoría de las noches estudiando tranquilamente en su habitación de la residencia. Era un alivio. Nada de complicaciones

Solo después de conocer a Johnny —el mes anterior, en un baile de presentación de nuevos alumnos al que ambos habían concurrido acompañando a otras personas, por pura casualidad— comprendió que el último semestre que había pasado en el colegio había sido atroz. Se trataba de una de esas cosas de las que no podías tomar conciencia mientras las vivías, porque estaban demasiado integradas en tu ser. Dos burros se encuentran en un pueblo del oeste, donde están atados al mismo poste. Uno es un burro de ciudad, que solo lleva encima una silla. El otro es el burro de un explorador, cargado de bultos, equipos para acampar y cocinar y cuatro sacos de mineral de veinticinco kilos cada uno. El peso le comba el espinazo como si fuera un acordeón. El burro de ciudad comenta: «Vaya carga que llevas ahí». Y el burro del explorador responde: «¿Qué carga?».

Lo que la aterraba, retrospectivamente, era el vacío. Habían sido cinco meses de respiración patológica, como si tuviera el síndrome de Cheyne-Stokes. Ocho meses si se contaba ese verano, cuando había alquilado un pisito en Flagg Street, en Veazie, y no había hecho nada más que buscar empleo como maestra y leer novelas encuadernadas en rústica. Se levantaba, tomaba el desayuno, iba a clase o a las entrevistas concertadas con posibles empleadores, volvía a casa, comía, dormía la siesta (que a veces duraba cuatro horas), comía nuevamente, leía más o menos hasta las once y media, miraba el programa de Cavett hasta que se adormecía y se iba a la cama. No recordaba haber pensado durante ese lapso. La vida era rutinaria. A veces experimentaba una suerte de vaga ansiedad en el bajo vientre, una ansiedad insatisfecha, como creía que la llamaban en algunas ocasiones las novelistas de sexo femenino, y esto lo solucionaba con una ducha fría o un lavado vaginal. Después de un tiempo los lavados se hicieron dolorosos, y esto le produjo una satisfacción amarga, apática.

Durante este período se felicitaba de cuando en cuando por la forma adulta en que encaraba la situación. Casi nunca pensaba en Dan... ¿Qué Dan? Ja, ja. Más tarde se dio cuenta de que durante ocho meses no había pensado en nada ni en nadie más. Durante esos ocho meses todo el país había padecido una sucesión de convulsiones espasmódicas, pero ella casi no lo había notado. Las manifestaciones, los polizontes con sus cascos y sus máscaras antigás, los ataques cada vez más furibundos de Agnew contra la Prensa, las muertes en la Universidad de Kent, el verano violento cuando los negros y los grupos radicales se lanzaron a la calle... Estos episodios podrían haberse desarrollado en un programa nocturno de televisión. Sarah estaba totalmente cautivada por la forma maravillosa en que se había repuesto de la ruptura con Dan, por su capacidad de adaptación y por el alivio que le producía comprobar que todo marchaba a pedir de boca. ¿Qué carga?

Entonces empezó a dar clases en la Cleaves Mills High, y ese fue un cataclismo personal. Sentarse del otro lado del escritorio después de desempeñarse durante dieciséis años como estudiante profesional. Conocer a Johnny Smith en aquel baile de presentación (y con un nombre tan absurdo como John Smith, ¿acaso podía ser realmente de carne y hueso?). Salir de su ensimismamiento para ver cómo la miraba, no lascivamente, sino con una sana valoración del aspecto que ella tenía con el vestido de punto gris claro que llevaba puesto.

Él la había invitado al cine —en The Shade proyectaban Ciudadano Kane— y Sarah aceptó. Lo pasaron bien y ella se dijo: Nada excepcional. Le gustó el beso de despedida que él le dio y pensó: Ciertamente no es Errol Flynn. La hizo sonreír constantemente con su cháchara, que era delirante, y ella pensó: Quiere convertirse con el tiempo en actor cómico.

Más tarde, mientras estaba sentada en el dormitorio de su apartamento viendo cómo Bette Davis interpretaba a una profesional malvada en la película de la noche, algunos de estos pensamientos volvieron a su mente y se inmovilizó con los dientes hincados en una manzana, casi espantada por su propia actitud injusta.

Y una voz que había permanecido muda durante la mayor parte del año —no tanto la de la conciencia como la de la perspectiva— se alzó bruscamente. Lo que quieres decir es que ciertamente no es Dan. ¿Verdad?

¡No!, se juró a sí misma, sin que ningún casi matizara su espanto. Ya no pienso nada en Dan. Eso sucedió... hace trucho tiempo.

No le harás creer a nadie que sucedió hace mucho tiempo, replicó la voz. Dan se fue ayer.

De pronto comprendió que estaba sola en un apartamento por la noche, comiendo una manzana y mirando en la televisión una película que no le interesaba en absoluto, y que todo eso lo hacía porque era más fácil que pensar. Pensar era en realidad muy aburrido, cuando el único tema de meditación eras tú misma y tu amor perdido.

Ahora estaba muy espantada.

Se había echado a llorar.

Salió con Johnny la secunda y la tercera vez que él la invitó, y esto también fue una revelación de aquello en lo que ella se había convertido, exactamente. No podía argüir que tenía otro amigo porque no era así. Era una chica espabilada, hermosa y la habían invitado a salir muchas veces después de la ruptura con Dan, pero las únicas invitaciones que había aceptado habían sido las del compañero de habitación de Dan, para comer hamburguesas en la cantina, y ahora comprendía (con su disgusto atemperado por un humor amargo) que solo había concurrido a esas citas totalmente inocuas para sonsacarle información sobre Dan al pobre tipo.

¿Qué carga?

La mayoría de sus amigas de la universidad se habían perdido de vista después de la graduación. Bettye Hackman estaba en África, con el Cuerpo de Paz, para mayor consternación de sus opulentos padres, miembros de una familia de rancio abolengo de Bangor, y a veces Sarah se preguntaba qué podían opinar los ugandeses de Bettye, con su tez blanca, imposible de broncear, y con su cabello rubio ceniciento y su belleza fría, propia de una fraternidad universitaria. Dennie Stubbs seguía un curso para posgraduados en Houston. Rachel Jurgens se había casado con su hombre y ahora estaba gestando en algún lugar agreste del oeste de Massachusetts.

Ligeramente aturdida, Sarah había llegado obligadamente a la conclusión de que Johnny Smith era el primer amigo nuevo que ella había encontrado en mucho mucho tiempo... Y eso que había sido la reina de la popularidad en el último año del colegio secundario. Aceptó invitaciones de otros dos profesores de Cleaves, solo para conservar la perspectiva. Uno de ellos era Gene Sedecki, el nuevo profesor de matemáticas..., pero se trataba obviamente de un pesado consuetudinario. El otro, George Rounds, había intentado llevarla inmediatamente a la cama. Ella lo había abofeteado... y al día siguiente él había tenido la audacia de guiñarle un ojo cuando se cruzaron en el pasillo.

Pero Johnny era entretenido y su compañía resultaba agradable. Y la atraía sexualmente..., aunque con sinceridad no podía decir hasta qué punto. Al menos todavía. Hacía una semana, después del viernes en que les habían dado asueto por la convención de profesores que se celebraba en Waterville, en el mes de octubre, él la había invitado a su apartamento para comer espaguetis caseros. Mientras hervía la salsa, él corrió hasta la esquina a comprar vino y volvió con dos botellas de zumo de naranja. Esta era una modalidad de Johnny, como la de anunciar sus visitas al cuarto de baño.

Después de cenar miraron la televisión y a continuación empezaron a hacerse arrumacos y solo Dios sabía en qué podría haber terminado aquello si dos amigos de él, profesores en la universidad, no hubieran aparecido con una declaración del claustro sobre libertad académica. Querían que Johnny le echara un vistazo y diese su opinión. Esto fue lo que hizo, pero con menos ganas que de costumbre. Ella lo notó con una tierna satisfacción secreta, y la ansiedad de su bajo vientre —la ansiedad insatisfecha— también la regocijó, y aquella noche no la aplacó con un lavado vaginal.

Le volvió la espalda a la ventana y se encaminó hacia el sofá donde Johnny había dejado su máscara.

—Feliz Halloween —exclamó, y se rio un poco.

—¿Qué dices? —preguntó Johnny a gritos.

—Digo que si no vienes enseguida me iré sin ti.

—Ya salgo.

—¡Estupendo!

Deslizó un dedo sobre la máscara de Jekyll-y-Hyde, con el afable doctor Jekyll en la mitad izquierda, y el feroz e infrahumano Hyde en la mitad derecha. ¿Dónde estaremos cuando llegue el día de Acción de Gracias?, se preguntó Sarah. ¿O la Navidad?

Esta idea le hizo correr un extraño escalofrío de excitación por el cuerpo.

Él le gustaba. Era un hombre totalmente normal, muy dulce.

Volvió a mirar la máscara, donde el horrible Hyde crecía de las facciones de Jekyll como un abultado carcinoma. La habían recubierto con pintura fluorescente para que refulgiera en la oscuridad.

¿Qué es lo normal? Nada, nadie. No en realidad. Si era tan normal, ¿cómo podía urdir planes para usar algo semejante en el aula sin perder por ello la esperanza de mantener el orden? ¿Y cómo era posible que los chicos lo llamaran Frankenstein y siguieran respetándolo y estimándolo? ¿Qué es lo normal?

Johnny salió, apartando la cortina de abalorios que separaba el dormitorio y el baño de la sala.

Si me pide que me acueste esta noche con él, creo que accederé.

Y fue un pensamiento reconfortante, como un retorno al hogar.

—¿Qué te hace sonreír?

—Nada —respondió ella, y volvió a arrojar la máscara sobre el sofá.

—No, de veras. ¿Fue algo agradable?

—Johnny —murmuró ella, mientras le apoyaba la mano sobre el pecho y se ponía de puntillas para besarlo ligeramente—, hay cosas que no se dirán nunca. Vámonos de aquí.

 

 

2

 

Hicieron una pausa abajo, en el vestíbulo, mientras él se abrochaba la chaqueta de dril, y Sarah sintió que sus ojos eran atraídos nuevamente por el cartel donde se leía la palabra ¡ATACAD!, con el puño y el fondo llameante.

—Este año habrá otra huelga de estudiantes —comentó él, siguiendo la dirección de su mirada.

—¿Por la guerra?

—En esta oportunidad la guerra no será el único motivo. Vietnam, y la disputa por los centros de entrenamiento de oficiales de reserva y por la Universidad de Kent han estimulado a un número sin precedentes de estudiantes. Dudo de que alguna vez haya habido menos individuos indiferentes en la universidad.

—¿Indiferentes?

—Chicos que estudian con el único fin de obtener un título, y a los que no les interesa el sistema, salvo en la medida en que este les suministra un empleo de diez mil dólares anuales cuando se gradúan. Los indiferentes son estudiantes a los que les importa una mierda todo lo que no sea su zamarra. Eso ha terminado. La mayoría de ellos han abierto los ojos. Se producirán grandes cambios.

—¿Y te parece importante? ¿Aunque ya hayas regresado?

Él se erizó.

—Señora, soy un exalumno. Smith, clase del setenta. Llenen los vasos en homenaje a la vieja Universidad de Maine.

Sarah sonrió.

—Vámonos. Quiero dar una vuelta en el látigo antes de que lo cierren por esta noche.

—Estupendo —asintió él, cogiéndola por el brazo—. Casualmente tengo tu coche aparcado a la vuelta de la esquina.

—Y ocho dólares. Nos aguarda una noche maravillosa.

El cielo estaba encapotado pero no llovía, y la temperatura era agradable, a pesar de que corría el mes de octubre. Una luna en cuarto creciente pugnaba por asomar entre las nubes. Johnny la rodeó con el brazo y ella se acurrucó contra él.

—¿Sabes?, pienso muchísimo en ti, Sarah. —Su tono era casi despreocupado, pero solo casi. El corazón de ella se aplacó un poco y después latió más deprisa unas doce veces.

—¿De veras?

—Sospecho que ese tipo, Dan, te hizo sufrir, ¿no es cierto?

—No sé qué fue lo que me hizo —contestó Sarah sinceramente. El cartel luminoso amarillo, parpadeante, que había quedado cien metros más atrás, hacía aparecer y desaparecer sus sombras sobre la acera, a sus pies.

Johnny adoptó un talante pensativo.

—Yo no querría hacerte sufrir —dijo, finalmente.

—Lo sé. Pero Johnny... Démosle tiempo al tiempo.

—Sí —respondió él—. Tiempo. Supongo que es algo que no nos falta.

Dieron la vuelta a la esquina y Johnny abrió la portezuela para que ella subiera. Él contorneó el auto y se instaló al volante.

—¿Tienes frío?

—No —respondió ella—. Es una noche ideal para esto.

—Lo es —asintió Johnny, y arrancó.

Los pensamientos de Sarah volvieron sobre la ridícula máscara. El lado de Jekyll con el ojo azul de Johnny visible detrás de la O dilatada de la cuenca ocular del atónito doctor —Fíjate, anoche inventé un cóctel muy raro, pero no creo que tenga mucha aceptación en los bares— y esta era una mitad potable porque se veía un poco de Johnny en el interior. La parte que la había espantado era la de Hyde, porque el ojo estaba reducido a una ranura. Podría haber pertenecido a cualquiera. Absolutamente a cualquiera. A Dan, por ejemplo.

Pero cuando llegaron a la feria de Esty, donde las bombillas desnudas de la avenida central titilaban en la oscuridad y donde los grandes rayos de neón de la noria gigante giraban hacia arriba y hacia abajo, ella había olvidado la máscara. Estaba junto a su hombre y lo iban a pasar en grande.

 

 

3

 

Caminaron por la avenida central cogidos de la mano, sin hablar mucho, y Sarah sintió que revivía las ferias rurales de su juventud. Se había criado en South Paris, un pueblo del oeste de Maine cuya industria principal era el papel, y la feria mayor había sido la de Freyburg. Para Johnny, que venía de Pownal, la feria mayor probablemente había sido la de Topsham. Pero todas eran iguales, en realidad, y no habían cambiado mucho con el transcurso de los años. Estacionabas el auto en un aparcamiento de tierra y pagabas tus dos dólares en la verja, y apenas entrabas en el territorio de la feria te asaltaba el olor de las salchichas, los pimientos y las cebollas fritos, el tocino, los copos de azúcar, el serrín, y el dulce y aromático estiércol de caballo. Oías el pesado rumor chirriante de la montaña rusa en miniatura, la que llamaban el Ratón Salvaje. Oías los estampidos secos de los calibres 22 de la galería de tiro, la estridencia metálica del animador del Bingo desde el equipo de altavoces montado en torno de la gran tienda llena de largas mesas y sillas plegables traídas de la sala de velatorios local. La música de rock and roll se disputaba la primacía con la del órgano del tiovivo. Oías la vociferación sistemática de los pregoneros: dos tiros por veinticinco céntimos, gane uno de estos perritos de peluche para su crío, eh-eh-por-aquí, juegue hasta ganar. No cambiaba nunca. Te transformaba nuevamente en un niño, ansioso por dejarse engatusar.

—¡Aquí! —exclamó Sarah, deteniéndolo—. ¡El látigo! ¡El látigo!

—Por supuesto —asintió Johnny, con tono reconfortante. Le dio un dólar a la mujer de la taquilla, quien le entregó a su vez dos billetitos rojos casi sin levantar la vista de su Photoplay.

—¿Qué significa ese «por supuesto»? ¿Por qué me sigues la corriente con ese tono de voz?

Johnny se encogió de hombros. Su expresión era demasiado inocente.

—No se trata de lo que dijiste, John Smith, sino de cómo lo dijiste.

La vuelta había terminado. Los pasajeros se estaban apeando y desfilando ante ellos, en su mayoría adolescentes con camisas de estilo marinero, de cuello abierto, confeccionadas con una gruesa tela de lana, o enfundados en anoraks desabrochados. Johnny subió con ella por la rampa de madera y entregó los billetes al encargado del látigo, que parecía el ser consciente más aburrido del universo.

—Nada —dijo él, mientras el encargado los instalaba en una de las pequeñas cabinas redondas y enganchaba la barra de seguridad—. Solo se trata de que estos vagones están montados sobre pequeños rieles circulares, ¿no es cierto?

—Sí.

—Y los pequeños rieles circulares están empotrado en un gran plato redondo que da vueltas y vueltas, ¿no es cierto?

—Sí.

—Bueno, cuando este viaje llega a su apogeo, la cabina en la que estamos sentados gira sobre un pequeño riel circular y a veces desarrolla una aceleración de hasta 7 g, o sea apenas cinco menos que la que sienten los astronautas cuando despegan en Cabo Kennedy. Y yo conocí a un chico... —En ese momento Johnny se inclinaba solemnemente sobre ella.

—Oh, estás a punto de soltar uno de tus grandes embustes —comentó Sarah, intranquila.

—Cuando este chico tenía cinco años se cayó en la escalera de entrada de su casa y se produjo una pequeña fractura, delgada como un cabello, en una vértebra cervical. Entonces, diez años después, subió al látigo de la feria de Topsham y... —Se encogió de hombros y le palmeó compasivamente la mano—. Pero probablemente no te pasará nada, Sarah.

—Oh... quiero bajaaaaar...

Y el látigo se los llevó girando, trocando violentamente la feria y la avenida central en un oblicuo manchón de luces y rostros, y ella chilló y se rio y le dio de puñetazos.

—¡Una fractura delgada como un cabello! —le gritó—. ¡Cuando bajemos de aquí te produciré a ti una fractura delgada como un cabello, grandísimo embustero!

—¿Aún no sientes que algo empieza a ceder en tu cuello? —le preguntó Johnny dulcemente.

—¡Oh, grandísimo mentiroso!

Giraban cada vez más vertiginosamente, cuando pasaron frente al encargado por —¿décima? ¿decimoquinta?— vez, él se inclinó y la besó, y la cabina rotó zumbando sobre su riel, uniendo los labios de él y de ella de una manera ardiente y excitante e imposible de despegar. Después perdieron velocidad, y su cabina traqueteó sobre el riel con menos ganas, y finalmente se detuvo, meciéndose y oscilando.

Se apearon y Sarah le apretó el cuello.

—¡Una fractura delgada como un cabello; sinvergüenza! —susurró ella.

Una mujer gorda, con pantalones azules y zapatillas baratas, pasó junto a ellos. Johnny le habló, mientras señalaba a Sarah con el pulgar.

—Esta chica me está fastidiando, señora. Si ve a un policía, ¿quiere tener la gentileza de decírselo?

—Ustedes los jóvenes se creen muy listos —comentó la gorda desdeñosamente. Se encaminó con paso bamboleante hacia la tienda del Bingo, apretando su bolso con más fuerza bajo el brazo. Sarah se reía incontrolablemente.

—¡Eres imposible!

—Terminaré mal —asintió Johnny—. Mi madre siempre lo decía.

Avanzaron de nuevo por la avenida central, esperando que el mundo se estabilizara delante de sus ojos y bajo sus pies.

—Tu madre es muy religiosa, ¿verdad? —preguntó Sarah.

—No podría ser más bautista —respondió Johnny—. Pero es buena. Sabe dominarse. Cuando estoy en casa no resiste la tentación de pasarme algunos folletos, pero esa es su manía. Papá y yo la soportamos. Antes trataba de discutir con ella..., le preguntaba con quién diablos pudo irse a vivir Caín en Nod si su padre y su madre habían sido los primeros habitantes de la tierra, y cosas por el estilo..., pero resolví que mi comportamiento no era correcto y desistí. Hace dos años yo pensaba que McCarthy podría salvar el mundo, y al menos los bautistas no piensan en presentar a Jesús como candidato a presidente.

—¿Tu padre no es religioso?

Johnny se rio.

—Eso no lo sé, pero ciertamente no es bautista. —Reflexionó un momento y agregó—: Papá es carpintero —como si esta fuera una explicación suficiente. Sarah sonrió.

—¿Qué pensaría tu madre si supiera que sales con una católica renegada?

—Me pediría que te llevara a casa —respondió Johnny inmediatamente—, para poder endilgarte unos folletos.

Sarah se detuvo, sin soltarle la mano.

—¿Te gustaría llevarme a tu casa? —preguntó, mirándolo fijamente.

En la cara larga, afable, de Johnny, apareció una expresión seria.

—Sí —dijo—. Me gustaría que los conocieses... y viceversa.

—¿Por qué?

—¿No sabes por qué? —inquirió él dulcemente, y de pronto ella sintió que se le comprimía la garganta y que le palpitaba la cabeza como si estuviera a punto de llorar, y le apretó la mano con fuerza.

—Oh, Johnny, me gustas mucho.

—Tú me gustas aún más —afirmó él con voz seria.

—Llévame a la noria —pidió ella repentinamente, sonriendo. No volvería a hablar de eso hasta que tuviera oportunidad de reflexionar, de pensar dónde podrían terminar—. Quiero remontarme a un lugar desde donde podamos verlo todo.

—¿Arriba podré besarte?

—Dos veces, si eres rápido.

Dejó que ella lo condujera hasta la taquilla, donde soltó otro dólar. Mientras pagaba, le dijo a Sarah:

—En el colegio secundario conocí a un chico que trabajaba en la feria, y me contó que la mayoría de los tipos que manejan estos artefactos son unos borrachos perdidos que dejan toda clase...

—Vete al demonio —exclamó ella de buen humor—. Nadie vive eternamente.

—Pero todos lo intentan, ¿no lo notaste? —replicó él, siguiéndola al interior de una de las cabinas oscilantes.

En verdad consiguió besarla varias veces allá arriba, mientras el viento de octubre le alborotaba a ella la cabellera y mientras la avenida central se desplegaba a sus pies como la esfera luminosa de un reloj en medio de la oscuridad.

 

 

4

 

De la noria pasaron al tiovivo, aunque él le advirtió con toda seriedad que se sentía ridículo. Sus piernas eran tan largas que podría haberse instalado a horcajadas sobre uno de los caballitos de escayola. Ella le dijo maliciosamente que en el colegio secundario había conocido a una chica que estaba enferma del corazón, aunque nadie sabía que lo estaba, y había montado en el tiovivo con su novio y...

—Algún día te arrepentirás —le contestó él con plácida sinceridad—. Una relación asentada sobre embustes no es nada bueno, Sarah.

Ella hizo chasquear los labios muy húmedos en son de burla.

Del tiovivo pasaron al laberinto de espejos, un laberinto en verdad muy bien montado, que le hizo pensar a Sarah en el de Something Wicked This Way Comes, de Bradbury, donde la maestrita casi se extravió para siempre. Vio a Johnny que, en otro tramo, se desplazaba desmañadamente, haciéndole señas. Docenas de Johnnies, docenas de Sarahs. Se cruzaban, contorneaban ángulos no euclidianos y parecían desaparecer. Ella giraba a la izquierda, a la derecha, se daba de narices contra las lunas de cristal traslúcido, y soltaba risitas incontrolables que en parte eran producto de una nerviosa reacción de claustrofobia. Uno de los espejos la trocó en un rechoncho enano de Tolkien. Otro generó una apoteosis de desgarbo adolescente con espinillas de un kilómetro de largo.

Por fin escaparon y él compró un par de salchichas y un cucurucho lleno de patatas fritas grasientas con un sabor que casi nunca les encuentras después de haber superado los quince años.

Pasaron por una barraca de espectáculos picarescos. En el tablado exterior había tres chicas con sostenes y faldas tachonados de lentejuelas. Se meneaban al son de una vieja tonada de Jerry Lee Lewis mientras el pregonero ofrecía su mercancía por el micrófono. «Acércate chico —vociferaba, mientras el piano de Jerry Lee Lewis repicaba enérgicamente entre las barracas rociadas con serrín—. Acércate chico, chico agarra al toro por los cuernos..., no mentimos..., aquí tiembla el mundo...»

—El Club Playboy —se maravilló Johnny y se rio—. Había un local como este en Harrison Beach. El pregonero acostumbraba a jurar que las chicas podían quitarle las gafas de encima de la nariz con las manos sujetas detrás de la espalda.

—Parece una forma interesante de contraer una enfermedad social —comentó Sarah, y Johnny lanzó una carcajada atronadora.

Detrás de ellos, la distancia ahuecó la voz amplificada del pregonero, en contrapunto con el piano aporreado de Jerry Lee, cuya música hacía pensar en un coche reacondicionado, enloquecido y abollado, que se resistía a morir y que salía bramando como un presagio de los años cincuenta muertos y silenciosos. «Vamos, caballeros, acérquense, no sean tímidos porque estas chicas ciertamente no lo son, ¡ni un poquito! Está todo dentro... No habrán completado su educación mientras no hayan visto el espectáculo del Club Playboy...»

—¿No quieres volver atrás y completar tu educación? —le preguntó Sarah.

Él sonrió.

—Ya hace tiempo que terminé el curso básico sobre este tema. Creo que podré esperar un poco antes de obtener el doctorado.

Sarah consultó su reloj.

—Eh, se hace tarde, Johnny. Y mañana hay clases.

—Sí, pero por lo menos es viernes.

Sarah suspiró, pensando en su hora de repaso de quinto año y en su curso de nueva ficción de séptimo año, ambos insoportablemente bulliciosos.

Habían vuelto a la sección principal de la avenida. La concurrencia empezaba a escasear. La rueda del diablo había bajado la persiana por esa noche. Dos operarios a los que les colgaban de la comisura de la boca sendos cigarrillos sin filtro desplegaban una lona sobre el Ratón Salvaje. El encargado de la barraca de anillas arrojadizas apagaba las luces.

—¿Harás algo el sábado? —preguntó él, súbitamente apocado—. Sé que falta muy poco...

—Tengo planes —lo interrumpió Sarah.

—Oh.

Ella no pudo soportar su expresión afligida. Era realmente demasiado cruel hostigarlo de esa manera.

—Haré algo contigo.

—¿De veras...? Oh, de veras. Oye, eso es bueno. —Le sonrió y ella le devolvió la sonrisa.

La voz interior de Sarah, que a veces era tan real como la de otro ser humano, se hizo escuchar súbitamente.

Te sientes bien de nuevo, Sarah. Te sientes feliz. ¿No es estupendo?

—Sí, lo es —dijo ella. Se puso de puntillas y lo besó rápidamente. Hizo un esfuerzo para tomar la iniciativa antes de acobardarse—. A veces me siento muy sola en Veazie, ya sabes. Quizá podría..., digamos, pasar la noche contigo.

Él la miró con una tierna expresión pensativa y con una curiosidad que la hizo vibrar por dentro.

—¿Eso es lo que deseas, Sarah?

Ella hizo un ademán afirmativo.

—Vaya si lo deseo.

—De acuerdo —asintió Johnny, y la ciñó con el brazo.

—¿Estás seguro? —preguntó Sarah, con un poco de timidez.

—Lo único que temo es que cambies de idea.

—No cambiaré, Johnny.

La abrazó con más fuerza.

—Entonces esta es mi noche de suerte.

Lo dijo mientras pasaban frente a la Rueda de la Fortuna, y más tarde Sarah habría de recordar que esa era la única barraca que seguía abierta de ese lado de la avenida en un radio de treinta metros. El hombre apostado del otro lado del mostrador acababa de barrer la tierra apisonada del interior en busca de las monedas que podían haber caído de la mesa de juego durante la noche. Probablemente su última faena antes de cerrar, pensó ella. Detrás de él se levantaba la gran rueda de rayos, circundada por pequeñas bombillas eléctricas. Debió de oír el comentario de Johnny, porque reanudó su discurso de manera más o menos mecánica, mientras sus ojos seguían escudriñando el suelo de tierra a la pesca de un destello de plata.

—Je, je, je, si se siente con suerte, caballero, haga girar la Rueda de la Fortuna y transforme sus céntimos en dólares. La Rueda lo puede todo. Bastan diez céntimos para poner en movimiento la Rueda de la Fortuna.

Johnny se volvió hacia el lugar de donde brotaba la voz.

—Johnny.

—Me siento con suerte, como dijo el hombre. —Le sonrió a Sarah—. A menos que te moleste...

—No, haz lo que te plazca. Pero no tardes.

Volvió a mirarle con esa expresión reflexiva que la hacía sentir un poco débil, preguntándose cómo serían las cosas con él. Su estómago se revolvió lentamente y el súbito anhelo sexual le produjo una ligera náusea.

—No, no tardaré. —Miró al crupier. Ahora la avenida estaba casi completamente desierta a espaldas de ellos, y desde que las nubes se habían disipado sobre sus cabezas el aire se había enfriado. Los tres expelían sendas nubes de vapor blanco al respirar.

—¿Quiere probar su suerte, joven?

—Sí.

Cuando habían llegado a la feria había pasado todo su dinero al bolsillo delantero, y en ese momento extrajo lo que quedaba de los ocho dólares. Sumaba un dólar ochenta y cinco.

La mesa de juego consistía en una franja de plástico amarillo con números y alternativas pintados sobre ella dentro de las casillas. Se parecía un poco a una mesa de ruleta, pero Johnny comprendió enseguida que la desigualdad de probabilidades habría puesto lívido a un jugador de Las Vegas. Una decena solo pagaba doble. Había dos números de la banca, el cero y el doble cero. Se lo hizo notar al crupier, que se limitó a encogerse de hombros.

—Si desea jugar como en Las Vegas, vaya allá. ¿Qué quiere que le diga?

Pero esa noche el buen humor de Johnny era inconmovible. Las cosas habían empezado mal con la máscara, pero a partir de entonces todo había salido a pedir de boca. En verdad, esa era la mejor noche que Johnny recordaba en muchos años, y quizá era incluso la mejor de su vida. Miró a Sarah, que estaba congestionada, con los ojos refulgentes.

—¿Qué dices, Sarah?

Ella meneó la cabeza.

—Para mí es chino. ¿Qué hay que hacer?

—Apostar a un número. O a colorado o negro. O a pares o impares. O a una serie de diez números. Las ganancias son distintas. —Miró al crupier, que le devolvió la mirada mansamente—. O deberían serlo.

—Apuesta a negro —dijo ella—. Es excitante, ¿no?

—Negro —dijo él, y dejó caer sus diez centavos sueltos en la casilla negra.

El crupier miró la moneda solitaria depositada sobre la mesa de juego y suspiró.

—Derrochador. —Se volvió hacia la Rueda.

La mano de Johnny se alzó distraídamente hasta su frente y la tocó.

—Espere —exclamó bruscamente. Empujó una de sus monedas de veinticinco centavos hasta la casilla donde se leía 11-20.

—¿Ya está?

—Sí —contestó Johnny.

El crupier empujó la Rueda y esta giró dentro de su perímetro de luces, amalgamando los rojos y los negros. Johnny se frotó distraídamente la frente. La Rueda empezó a perder velocidad y entonces oyeron el tictac semejante al de un metrónomo que producía el pequeño taco de madera al rozar las púas que separaban los números. Llegó al 8, al 9, pareció detenerse en el 10, y se deslizó en la muesca del 11 con un chasquido final. Allí se inmovilizó.

—La dama pierde, el caballero gana —anunció el crupier.

—¿Has ganado, Johnny?

—Parece que sí —respondió Johnny mientras el crupier agregaba dos monedas de veinticinco a la que él había puesto. Sarah soltó un gritito, casi sin notar que el crupier barría los diez centavos—. Te advertí que esta es mi noche de suerte —agregó Johnny.

—Dos veces es suerte, una es solo casualidad —comentó el crupier—. Je, je, je.

—Otra vez, Johnny —dijo ella.

—De acuerdo.

—¿Lo dejamos donde está?

—Sí.

El crupier accionó nuevamente la Rueda, y mientras esta giraba Sarah le susurró a Johnny:

—¿Estas ruedas de feria no tienen trampa, todas ellas?

—Antes la tenían. Ahora el Estado las inspecciona y se conforman con el vergonzoso exceso de probabilidades a favor.

La Rueda había perdido velocidad y se aproximaba a su tictac final. El indicador pasó el 10 y entró en la decena de Johnny, siempre frenando.

—¡Vamos, vamos! —gritó Sarah. Dos adolescentes que se encaminaban hacia la salida se detuvieron.

El indicador de madera, que ahora se desplazaba muy lentamente, pasó el 16 y el 17, y fue a detenerse en el 18.

—El caballero ha vuelto a ganar. —El crupier agregó otras seis monedas de veinticinco centavos a la pila de Johnny.

—¡Eres rico! —alardeó Sarah, y lo besó en la mejilla.

—Tiene una buena racha, amigo —asintió con entusiasmo el crupier—. Y nadie se retira cuando está ganando. Je, je, je.

—¿Quieres que continúe? —le preguntó Johnny a Sarah.

—¿Por qué no?

—Sí, adelante, hombre —exclamó uno de los adolescentes. Llevaba en la chaqueta un botón con la efigie de Jimmy Hendrix—. Esta noche ese fulano me timó cuatro dólares. Me encantaría verlo morder el polvo.

—Entonces tú también —le dijo Johnny a Sarah. Le dio la moneda impar de su pila de nueve. Después de vacilar un momento, ella la depositó sobre el 21. Los números aislados se pagaban a razón de diez por uno, anunciaba el tablero.

—¿Sigue apostando a la decena del medio, amigo?

Johnny miró las ocho monedas apiladas sobre la mesa de juego y después empezó a frotarse nuevamente la frente, como si sintiera los primeros atisbos de una jaqueca. De pronto retiró las monedas de la mesa y las hizo tintinear en sus manos ahuecadas.

—No. La dama jugará sola. Esta vez me limitaré al papel de espectador.

Ella lo miró con curiosidad.

—¿Johnny?

Él se encogió de hombros.

—No es más que un presentimiento.

El crupier puso los ojos en blanco como si pidiera al cielo que le diese fuerzas para soportar a semejantes pelmas y activó nuevamente la Rueda. Esta giró, perdió velocidad progresivamente y se detuvo. En el doble cero.

—Gana la banca, gana la banca —entonó el crupier, y los veinticinco centavos de Sarah desaparecieron en el delantal del hombre.

—¿Esto es justo, Johnny? —preguntó Sarah, ofendida.

—El cero y el doble cero solo pagan a la banca —respondió él.

—Entonces fuiste muy listo al levantar tu dinero de la mesa.

—Supongo que sí.

—¿Quieren que accione la Rueda o que me vaya a tomar un café? —inquirió el crupier

—Acciónela —replicó Johnny, y depositó sus monedas sobre la tercera decena, en dos pilas de cuatro.

Mientras la Rueda zumbaba en su jaula de luces, Sarah le preguntó a Johnny, sin apartar la vista de aquella:

—¿Cuánto puede recaudar una barraca como esta en una noche?

Un cuarteto de personas mayores, dos hombres y dos mujeres, se habían sumado a los adolescentes. Un individuo con aspecto de albañil comentó:

—Entre quinientos y setecientos dólares.

El crupier volvió a poner los ojos en blanco.

—Ojalá fuera así —exclamó.

—Eh, no me venga con cuentos —insistió el hombre con aspecto de albañil—. Yo trabajé en este tugurio hace veinte años. Entre quinientos y setecientos por noche, y dos mil el sábado, fácilmente. Eso, si la Rueda no tiene trampa.

Johnny tenía la vista fija en la Rueda, que ahora giraba con suficiente lentitud como para que pudiera leer los números a medida que los recorría el indicador. Pasó sobre el cero y el doble cero, sobre la primera decena, más lentamente, sobre la segunda decena, más lentamente aún.

—Lleva demasiado impulso, hombre —comentó uno de los adolescentes.

—Espera —respondió Johnny, con un tono peculiar. Sarah lo miró, y observó que su cara larga, afable, estaba inusitadamente tensa, con los ojos azules más oscurecidos que de costumbre, lejanos, remotos.

El indicador se detuvo sobre el 30 y no volvió a moverse.

—Una buena racha, una buena racha —canturreó resignadamente el crupier mientras el corrillo reunido detrás de Johnny y Sarah lanzaba un hurra.

El hombre que parecía un albañil le palmeó la espalda a Johnny con tanta fuerza que lo hizo trastabillar un poco. El crupier metió la mano en la lata de cigarros que guardaba bajo el mostrador y dejó caer cuatro dólares junto a las ocho monedas de veinticinco.

—¿Ya basta? —preguntó Sarah.

—Una vez más —dijo Johnny—. Si gano, este fulano nos habrá pagado la feria y la gasolina. Si pierdo, el déficit no pasará de medio dólar, más o menos.

—Je, je, je —entonó el crupier. Ya se estaba reanimando, recuperando su ritmo—. Apueste donde quiera. Ustedes, los otros, aproxímense. Este no es un deporte para espectadores. Va a dar vueltas y vueltas y nadie sabe dónde se detendrá.

El hombre con aspecto de albañil y los dos adolescentes se colocaron a la par de Johnny y Sarah. Después de intercambiar unas consultas, los adolescentes sumaron medio dólar en calderilla, entre los dos, y los depositaron sobre la decena del medio. El hombre que parecía un albañil, y que dijo llamarse Steve Bernhardt, depositó un dólar sobre la casilla donde se leía PARES.

—¿Y usted, amigo? —le preguntó el crupier a Johnny—. ¿Lo dejará donde está?

—Oh, eso es tentar al destino —exclamó uno de los adolescentes.

—Supongo que sí —asintió Johnny, y Sarah le sonrió.

Bernhardt miró pensativo a Johnny y de pronto desplazó su dólar a la tercera decena.

—Qué diablos —suspiró el adolescente que le había dicho a Johnny que tentaba al destino. Empujó hacia la misma decena los cincuenta céntimos que habían reunido entre él y su amigo.

—Todos los huevos en una cesta —canturreó el crupier—. ¿Lo prefieren así?

Los jugadores permanecieron callados, asintiendo. Un par de rústicos se había acercado para mirar, uno de ellos en compañía de una amiga. Ahora había un grupo respetable de personas frente a la concesionaria de la Rueda de la Fortuna en la feria cada vez más oscura. El crupier empujó con fuerza la Rueda. Doce pares de ojos la miraron girar. Sarah descubrió que estaba observando nuevamente a Johnny, y pensó que su rostro tenía una expresión muy extraña bajo esa iluminación chillona y, sin embargo, un poco furtiva. Recordó la máscara: Jekyll y Hyde, impar y par. El estómago le dio un vuelco de nuevo y se sintió ligeramente debilitada. La Rueda perdió velocidad, empezó a chasquear. Los adolescentes le gritaron, azuzándola.

—Un poco más, nena —la halagó Steve Bernhardt—. Un poco más, cariño.

La Rueda entró chasqueando en la tercera decena y se detuvo en el 24. Volvieron a aclamarla.

—¡Lo has logrado, Johnny, lo has logrado! —grito Sarah.

El crupier silbó entre dientes, disgustado, y pagó las apuestas. Un dólar a los adolescentes, dos a Bernhardt, un billete de diez y dos de uno a Johnny. Ahora este tenía dieciocho dólares frente a él, sobre la mesa de juego.

—Una buena racha, una buena racha, je, je, je. ¿Una vez más, compañero? Esta noche la Rueda es su amiga.

Johnny miró a Sarah.

—Decídelo tú, Johnny. —Pero se sintió súbitamente inquieta.

—Adelante, hombre —lo urgió el adolescente que lucía la efigie de Jimmy Hendrix—. Me encanta ver cómo hace polvo a este tipo.

—Está bien —sentenció Johnny—. Por última vez.

—Colóquelo donde quiera.

Todos miraron a Johnny, que permaneció un momento pensativo, frotándose la frente. Sus facciones, generalmente joviales, estaban impasibles, serias y compuestas. Miraba la Rueda circundada por su jaula de luces y sus dedos masajeaban sistemáticamente la tez suave sobre el ojo derecho.

—Donde está —dictaminó por fin.

El público dejó escapar un débil murmullo de incertidumbre.

—Hombre, esto sí que es tentar a la suerte.

—Tiene una buena racha —dijo Bernhardt con tono dubitativo. Miró a su esposa, que estaba detrás de él, y ella se encogió de hombros para expresar su desconcierto—. Le seguiré la corriente, así largo, alto y feo como es.

El adolescente que lucía el botón miró a su amigo, que también se encogió de hombros, y asintió con la cabeza.

—Está bien —murmuró, girando de nuevo hacia el crupier—. Nosotros también mantenemos la apuesta.

La Rueda giró. Sarah oyó que uno de los rústicos colocados atrás le apostaba cinco dólares a su compañero, diciendo que no se repetiría la tercera decena. Su estómago dio otro vuelco pero esta vez no se detuvo. Continuó dando vueltas y vueltas y Sarah comprendió que se estaba descomponiendo. Una película de sudor frío le cubrió la caía.

La Rueda empezó a perder velocidad en la primera decena, y uno de los adolescentes hizo un ademán de disgusto. Pero no se apartó. El indicador pasó chasqueando sobre el 11, el 12, el 13. El crupier por fin parecía feliz. Tic-toc-tic, 14, 15, 16.

—Sigue adelante —dijo Bernhardt. Su voz rezumaba admiración. El crupier miraba su Rueda como si quisiera poder estirar la mano y detenerla. Pasó chasqueando por el 20, el 21, y se detuvo en la muesca marcada con el 22.

La concurrencia, que ya se había engrosado hasta sumar casi veinte personas, lanzó otro grito triunfal. Aparentemente todos los que quedaban en la feria se habían agolpado allí. Sarah oyó vagamente que el rústico que había perdido la apuesta mascullaba algo acerca de la «suerte de mierda» mientras pagaba. Le retumbaba la cabeza. Sintió las piernas súbita y horriblemente inestables, con los músculos trémulos e indignos de confianza. Parpadeó deprisa varias veces y el esfuerzo solo le sirvió para generar una oleada nauseabunda de vértigo. El mundo pareció ladearse peligrosamente, como si estuvieran todavía en el látigo, y después volvió poco a poco a la posición normal.

«Comí una salchicha en mal estado —pensó, afligida—. Esto es lo que ganas por probar suerte en una feria rural, Sarah.»

—Je, je, je —articuló el crupier sin mucho entusiasmo y pagó. Dos dólares a los adolescentes, cuatro a Steve Bernhardt y después un fajo a Johnny: tres billetes de diez, uno de cinco y uno de uno.

El crupier no se sentía demasiado feliz, pero estaba pletórico de confianza. Si el tipo alto y flaco acompañado por la rubia bonita volvía a apostar a la tercera decena, él casi seguramente recuperaría todo lo que había pagado. El dinero no sería del flaco hasta que lo levantara de la mesa. ¿Y si se iba? Bueno, ese día la Rueda le había rendido mil dólares, y podía darse el lujo de desembolsar parte de las ganancias. Correría la voz de que habían limpiado la Rueda de Sol Drummore y al día siguiente apostarían más que nunca. Un ganador era buena publicidad.

—Pongan el dinero donde quieran —canturreó. Varios espectadores se habían acercado a la mesa y depositaban monedas de diez y veinticinco centavos. Pero el crupier miraba solo a su principal apostante—. ¿Qué dice, amigo? ¿Quiere ganar la luna?

Johnny miró a Sarah.

—¿Tú qué...? Eh, ¿te sientes bien? Estás pálida como un fantasma.

—El estómago —respondió ella, forzando una sonrisa—. Creo que fue la salchicha. ¿Podemos volver a casa?

—Por supuesto.

Estaba recogiendo de la mesa el manojo de billetes arrugados cuando sus ojos volvieron a posarse por casualidad sobre la Rueda. La tierna preocupación por Sarah que se había reflejado en ellos se disipó. Parecieron oscurecerse nuevamente, adoptar una fría expresión reflexiva. Mira esa rueda tal como un niño miraría su colonia particular de hormigas, pensó Sarah.

—Espera un momento —dijo.

—Está bien —asintió Sarah. Pero en ese momento se sintió mareada, además de indispuesta. Y de su bajo vientre escapaban unos ruidos sordos que no le gustaban nada. Por favor, Dios mío, que no sea una diarrea.

Pensó: No se quedará conforme hasta que lo pierda todo de nuevo.

Y luego, con una extraña certidumbre: Pero no lo perderá.

—¿Qué dice, amigo? —preguntó el crupier—. Entra o sale, juega o se va.

—Oro o mierda —exclamó uno de los rústicos, y se oyeron risas nerviosas.

A Sarah le daba vueltas la cabeza.

De pronto, Johnny empujó los billetes y las monedas de veinticinco hacia el ángulo de la mesa.

—¿Qué hace? —inquirió el crupier, realmente pasmado.

—Todo al diecinueve —dijo Johnny.

Sarah sintió deseos de gemir y se contuvo con un esfuerzo.

La concurrencia exhaló un murmullo.

—No exagere —susurró Steve Bernhardt junto al oído de Johnny. Este no contestó. Miraba la Rueda con algo semejante a la indiferencia. Sus ojos parecían casi violetas.

Se oyó un súbito tintineo y Sarah pensó al principio que debía de provenir de sus propios oídos. Pero entonces vio que los otros jugadores retiraban su dinero de la mesa, y dejaban a Johnny que apostara solo.

Sintió deseos de gritar: ¡No! Así no, solo no, no es justo...

Se mordió los labios. Tenía miedo de vomitar si abría la boca. Ahora su estómago estaba muy revuelto. La pila de las ganancias de Johnny se alzaba aislada bajo las bombillas desnudas. Cincuenta y cuatro dólares, y los números aislados se pagaban a razón de diez por uno.

El crupier se humedeció los labios.

—Caballero, el Estado me prohíbe aceptar apuestas superiores a dos dólares sobre un solo número.

—Vamos —gruñó Bernhardt... También le prohíbe aceptar apuestas superiores a diez dólares sobre las decenas, y hace un momento le permitió apostar dieciocho. ¿Qué pasa? ¿Empiezan a sudarle las pelotas?

—No, solo se trata...

—Vamos —espetó Johnny bruscamente—. Decídase en un sentido u otro. Mi amiga está indispuesta.

El crupier estudió la concurrencia. Esta le devolvió la mirada con expresión hostil. Nadie entendía que ese tipo no hacía más que tirar su dinero y que él intentaba frenarlo. Joder. A esa gente no la conformaría nada de lo que él hiciera. Pues entonces lo mejor sería que el tipo se pusiera cabeza abajo si eso era lo que quería y que perdiera su dinero y así él podría cerrar la barraca por esa noche.

—Bueno —dijo—, con la condición de que ninguno de ustedes sea un inspector del Estado... —Giró hacia su Rueda—. Va a dar vueltas y nadie sabe dónde se detendrá.

Empujó la Rueda, y los números se borraron inmediatamente. Durante un lapso que pareció más largo de lo que en realidad podría haber sido, no se oyó más que el zumbido de la Rueda de la Fortuna, el aleteo de una lona que el viento nocturno agitaba en alguna parte, y el sordo retumbar dentro de la cabeza de Sarah. Esta rogaba interiormente que Johnny la rodeara con el brazo, pero él se limitó a permanecer callado con las manos apoyadas sobre la mesa de juego y los ojos fijos en la Rueda, que parecía resuelta a seguir girando eternamente.

Por fin perdió suficiente velocidad como para que ella pudiera leer los números y vio el 19, con el 1 y el 9 pintados de rojo brillante sobre un fondo negro. Arriba y abajo, arriba y abajo. El uniforme zumbido de la Rueda se fragmentó en un sistemático tica-tica-tica que sonaba con mucha fuerza en medio del silencio.

Ahora los números desfilaban frente al indicador con decreciente premeditación.

Uno de los rústicos exclamó maravillado:

—¡Jesús, de todos modos caerá cerca!

Johnny se mantenía sereno, contemplando la Rueda, y entonces le pareció a Sarah (aunque eso debió de ser producto de su descompostura, la cual le rodeaba por el vientre en ondas constrictoras, peristálticas) que sus ojos casi habían adquirido un color negro. Jekyll y Hyde, pensó, y súbita, insensatamente, tuvo miedo de él.

Tica-tica-tica.

La Rueda entró chasqueando en la segunda decena, pasó el 15 y el 16, chasqueó sobre el 17 y, después de una fugaz vacilación, también sobre el 18. Con un último ¡tic! el indicador se introdujo en la muesca del 19. La concurrencia contuvo la respiración. La Rueda giró lentamente, desplazando el indicador contra la pequeña púa insertada entre el 19 y el 20. Durante un cuarto de segundo pareció que la púa no podría retener el indicador en la muesca del 19, y que el último vestigio de su velocidad agonizante lo llevaría al 20. Entonces la Rueda rebotó, con su empuje agotado, y se detuvo.

Por un momento la concurrencia no emitió ningún sonido. Absolutamente ninguno.

Hasta que uno de los adolescentes dijo en voz baja, pasmado:

—Hombre, acaba de ganar quinientos cuarenta dólares.

Steve Bernhardt:

—Nunca vi una racha como esta. Nunca.

Enseguida la concurrencia lo aclamó. Johnny sintió que le palmeaban la espalda, que lo manoteaban. La gente apartaba a Sarah para llegar hasta él, para tocarlo, y en el breve lapso en que quedaron separados ella experimentó un pánico atroz, descarnado. Impotente, fue zarandeada de un lado a otro, mientras su estómago se convulsionaba de forma demencial. Una docena de imágenes residuales de la Rueda giraban, negras, ante sus ojos.

Un momento después, Johnny estuvo a su lado y ella comprobó con una débil satisfacción que ese era realmente Johnny, y no la figura compuesta, con aires de maniquí, que había observado la última vuelta de la Rueda. Parecía azorado y preocupado por ella.

—Lo siento, nena —dijo, y ella lo amó por eso.

—Estoy bien —respondió Sarah, sin saber si lo estaba o no.

El crupier carraspeó.

—La Rueda ha cerrado —anunció—. La Rueda ha cerrado.

La concurrencia emitió un rumor de malhumorada resignación.

El crupier miró a Johnny.

—Tendré que darle un cheque, joven. No guardo tanto dinero en la barraca.

—Está bien, como quiera —asintió Johnny—. Pero dese prisa. La señorita está realmente descompuesta.

—Claro, un cheque —intervino Steve Bernhardt con infinito desdén—. Le dará un cheque sin fondos y él se irá a pasar el invierno a Florida.

—Estimado señor —protestó el crupier—, le aseguro...

—Oh, asegúreselo a su madre, que tal vez le creerá —lo interrumpió Bernhardt. De pronto estiró la mano sobre la mesa de juego y hurgó bajo el mostrador.

—¡Eh! —chilló el crupier—. ¡Esto es un robo!

La concurrencia no pareció impresionada por sus protestas.

—Por favor —murmuró Sarah. Le daba vueltas la cabeza.

—El dinero no me interesa —exclamó de pronto Johnny—. Déjennos pasar, por favor. La señorita está descompuesta.

—¡Hombre! —dijo el adolescente que lucía la efigie de Jimmy Hendrix, pero él y su camarada se apartaron renuentemente.

—No, Johnny —murmuró Sarah, aunque ahora debía desplegar toda su fuerza de voluntad para contener el vómito—. Recoge tu dinero. —Quinientos dólares era lo que Johnny ganaba en tres semanas.

—¡Págale, fullero de pacotilla! —rugió Bernhardt. Sacó la lata de cigarros de debajo del mostrador, la dejó a un lado sin siquiera mirar en su interior, volvió a meter la mano, y esta vez extrajo una caja de caudales de acero pintada de color verde industrial. La depositó violentamente sobre la mesa de juego—. Si aquí dentro no hay quinientos cuarenta dólares, me comeré mi propia camisa delante de toda esta gente. —Dejó caer una mano dura y pesada sobre el hombro de Johnny—. Espere un momento, hijo. Va a cobrar lo que le corresponde o yo no me llamo Steve Bernhardt.

—Realmente, señor, no tengo tanto...

—Pague —espetó Steve Bernhardt, inclinándose sobre el crupier—, o me ocuparé de que le clausuren la barraca. De veras. Se lo digo en serio.

El crupier suspiró y hurgó bajo su camisa. Extrajo una llave unida a una cadena de pequeños eslabones. La concurrencia también suspiró. Sarah ya no aguantaba más. Sentía el vientre hinchado y, de pronto, tan estático como la muerte. Todo iba a saltar, todo, a una velocidad de tren expreso.

Se alejó de Johnny con paso incierto y se coló entre la concurrencia.

—¿Te sientes bien cariño? —le preguntó una voz femenina, y Sarah meneó la cabeza a ciegas.

—¡Sarah! —gritó Johnny.

No puedes esconderte de... Jekyll y Hyde, pensó incoherentemente. La máscara fluorescente pareció flotar morbosamente delante de sus ojos en la oscuridad de la avenida mientras ella pasaba junto al tiovivo. Golpeó con el hombro contra el poste de una farola, se tambaleó, se aferró a él, y vomitó. Pareció subirle desde los talones, convulsionándole el estómago como un puño perverso, resbaladizo. Se dejó llevar por el impulso tanto como pudo.

Huele a copos de azúcar, pensó, y con un gemido repitió la operación, una y otra vez. Unas motas danzaban frente a sus ojos. Con la última arcada no expulsó mucho más que mucosidades y aire.

—Dios mío —murmuró débilmente, y se sujetó al poste de la farola para no caer. Johnny la llamaba en alguna parte, a sus espaldas, pero ella aún no podía, no quería, contestar. Su estómago se estaba asentando un poco y por un momento sintió deseos de quedarse allí en la oscuridad, felicitándose por estar viva, por haber sobrevivido a su noche en la feria.

—¿Sarah? ¡Sarah!

Escupió dos veces para despejar un poco su boca.

—Estoy aquí, Johnny.

Él se acercó contorneando el tiovivo con sus caballos de escayola petrificados en medio del salto. Vio que apretaba en una mano un grueso fajo de billetes verdes.

—¿Estás bien?

—No, pero estoy mejor. He vomitado.

—Oh. Oh, Jesús. Vamos a casa. —La cogió delicadamente por el brazo.

—Cobraste tu dinero.

Él miró el fajo de billetes y se lo guardó distraídamente en el bolsillo del pantalón.

—Sí. Una parte o todo, no lo sé. El gigante lo contó.

Sarah extrajo un pañuelo de su bolso y se frotó la boca. «Un trago de agua —pensó—. Vendería mi alma por un trago de agua.»

—Ten cuidado —dijo ella—. Es mucho dinero.

—El dinero que no has ganado con tu trabajo trae mala suerte —sentenció él lúgubremente—. Uno de los proverbios de mi madre. Los tiene por millones. Y aborrece el juego.

—Una bautista fanática —comentó Sarah, y se estremeció convulsivamente.

—¿Estás bien? —inquirió él, preocupado.

—Son escalofríos, nada más —contestó ella—. Cuando lleguemos al coche pondrás la calefacción al máximo y..., oh, cielos, otra vez.

Le volvió la espalda y vomitó saliva con un gemido. Se tambaleó. Él la sostuvo tierna pero firmemente.

—¿Puedes caminar hasta el coche?

—Sí, ya estoy bien. —Pero le dolía la cabeza y tenía un sabor inmundo en la boca y sentía que los músculos de su espalda y su abdomen estaban desquiciados y tensos y agarrotados.

Caminaron juntos por la avenida, lentamente, pisoteando el serrín, dejando atrás las barracas que habían sido cerradas por esa noche. Una sombra se deslizó detrás de ellos y Johnny volvió la cabeza bruscamente, quizá consciente de la pequeña fortuna que llevaba en el bolsillo.

Era uno de los adolescentes... que tenía alrededor de quince años. Les sonrió tímidamente.

—Espero que se sienta mejor —le dijo a Sarah—. Apuesto a que fueron las salchichas. Es muy fácil comer una en mal estado.

—Puaj, no me las nombre —murmuró Sarah.

—¿Necesita ayuda para llevarla hasta el coche? —le preguntó a Johnny.

—No, gracias. Estamos bien.

—De acuerdo. De todos modos debo irme. —Pero hizo una pausa, y su sonrisa tímida se ensanchó—. Me encantó que hiciera polvo a ese tipo.

Se perdió en la oscuridad con paso rápido.

El pequeño coche familiar blanco de Sarah era el único vehículo que quedaba en el aparcamiento. Estaba agazapado bajo una lámpara de sodio como un cachorro perdido y olvidado. Johnny le abrió la portezuela a Sarah y ella se acurrucó cuidadosamente en el asiento. Él se sentó al volante y puso el motor en marcha.

—La calefacción tardará unos minutos en hacerse sentir —manifestó.

—No importa. Ahora tengo calor.

Él la miró y vio que la transpiración le cubría el rostro.

—Quizá debería llevarte a la sala de urgencias del Eastern Maine Medical —dijo—. Si es la salmonella podría ser grave.

—No, estoy bien. Solo quiero volver a casa y dormir. Mañana por la mañana solo me levantaré el tiempo necesario para telefonear al colegio y decir que estoy enferma, y después seguiré durmiendo.

—Ni siquiera te levantes para eso. Yo me ocuparé de todo, Sarah.

Ella lo miró agradecida.

—¿De veras?

—Por supuesto.

Ahora se dirigían nuevamente hacia la carretera principal.

—Lamento no poder acompañarte a tu casa —murmuró Sarah—. Te juro que lo siento.

—Tú no tienes la culpa.

—Claro que la tengo. Comí una salchicha en mal estado. La infortunada Sarah.

—Te amo, Sarah.

Ya estaba dicho, no podía retractarse, y las palabras flotaban entre ellos en el coche en marcha esperando que alguien hiciera algo al respecto.

Ella hizo lo que pudo.

—Gracias, Johnny.

Siguieron viajando en medio de un confortable silencio.