PRÓLOGO

por Laurence J. Peter

A veces resulta difícil, en el descubrimiento de un principio, identificar exactamente el momento en que se produce la revelación. El Principio de Peter no entró en mi consciencia como un relámpago de intuición sino que llegué a él gradualmente tras varios años de observar la incompetencia del hombre. De aquí que me parezca adecuado presentar al lector un relato histórico de mi descubrimiento.

Un camino para cada uno

Aunque algunos hombres trabajan de manera competente, he observado que otros han alcanzado su nivel de competencia de forma precaria y realizan su trabajo deficientemente, frustrando a sus compañeros y erosionando la eficiencia de la organización. Era lógico llegar a la conclusión de que por cada empleo que hubiese en el mundo habría alguien, en algún lugar, que no podría hacerlo. Con el tiempo y las promociones suficientes, ese alguien podría realizar dicho trabajo.

Ello no incluía el simple error, la equivocación verbal, el error ocasional, que puede ser un obstáculo para cualquiera de nosotros. Todos podemos cometer un error. A través de la Historia, hasta los hombres más competentes cometieron sus equivocaciones. A la inversa, en ocasiones el incompetente por hábito puede, por una acción casual, acertar. En cambio, yo investigaba el principio subordinado capaz de explicar por qué tantos puestos importantes son ocupados por individuos incompetentes para desempeñar los deberes y responsabilidades de sus respectivas ocupaciones.

Disparates en la cumbre

La primera presentación pública del Principio de Peter se llevó a cabo en un seminario, en septiembre de 1960, cuando yo hablaba a un grupo de directores de una sociedad docente de proyectos de investigación. Comoquiera que cada participante había expuesto por escrito una sugerencia acertada, cada uno de ellos había sido premiado con la promoción al cargo de director de uno o más proyectos de investigación. Algunos de aquellos hombres tenían habilidades como investigadores, pero éstas no eran suficientes para promoverlos a cargos directivos. Otros eran ineptos para las finalidades de la investigación, y, en su desesperación, se limitaban simplemente a repetir una y otra vez los mismos ejercicios estadísticos.

Cuando me enteré de su plan de gastar el tiempo y el dinero del contribuyente en el redescubrimiento de la rueda, decidí explicarles sus compromisos, introduciéndoles en el Principio de Peter. Reaccionaron ante mi presentación con una mezcla de hostilidad e hilaridad. Un joven estadístico del grupo tuvo un ataque de risa y cayó literalmente de su silla. Luego declararía que su reacción fue causada por el modo humorístico en que presenté unas ideas injuriosas, mientras observaba, sofocado, al director de investigación del distrito.

En forma humorística

Aunque los casos estudiados fueron compilados cuidadosamente y los datos eran reales, decidí presentar el Principio de Peter exclusivamente de forma satírica. Sin embargo, en todas las conferencias pronunciadas entre 1960 y 1964, así como en los artículos que siguieron a las mismas, se usaron ejemplos con referencias humorísticas y se emplearon nombres imaginarios, tras los que se ocultaban los verdaderos personajes.

Reservados todos los derechos

Fue en diciembre de 1963, durante el entreacto de una mala representación teatral, cuando expliqué a Raymond Hull por qué el actor que desempeñaba el papel de protagonista declamaba su parte de diálogo de espaldas al público y gesticulaba entre bastidores. Aquel ex competente actor había encontrado su nivel de incompetencia por tratar de ser una mezcla de actor-productor-director. Durante la conversación que siguió, Mr. Hull me convenció de que no haría justicia al Principio de Peter si sólo lo presentaba al escaso y selecto público que podía asistir a mis conferencias, e insistió en que debía hacerlo accesible a todo el mundo en forma de libro. Además, me sugirió que, sin publicación ni copyright, cualquiera podría adscribir su nombre a mi descubrimiento. Se acordó una colaboración entre ambos, y el manuscrito quedó listo en la primavera de 1965.

Víctimas del Principio de Peter

El manuscrito definitivo fue sometido a los directores de algunas de las más importantes editoriales. El primero lo devolvió, junto con una carta que rezaba: «No vemos posibilidades comerciales para su obra y no podemos estimularlo a que siga adelante. Ni siquiera con las ventas interdivisionales se podría garantizar la publicación de su obra.» El siguiente editor escribió: «No debería usted tratar tan a la ligera un asunto tan serio.» Otro sugirió: «Si ha pretendido usted escribir una comedia, no debería incluir tantos estudios de casos trágicos.» Y otro dijo: «Reconsideraré la publicación de la obra si hace usted un reajuste mental y se decide a redactarla de nuevo en forma de un libro humorístico o de un trabajo científico serio.» Tras catorce notificaciones de rechazo, dos años más tarde empecé a tener mis dudas acerca de si el mundo estaba preparado para mi descubrimiento.

A pequeñas dosis

Entonces decidí que si el mundo editorial no estaba preparado para lanzar mi trabajo en forma de libro, lo mejor sería introducir gradualmente el Principio de Peter en forma de varios artículos cortos. Mr. Hull escribió un artículo para la revista Esquire, el cual apareció en el número de diciembre de 1966. Posteriormente, yo escribí otro, que se publicó en Los Angeles Times el 17 de abril de 1967. La respuesta a este artículo fue impresionante. Se recibieron más de cuatrocientas cartas en el espacio de unos meses. Me llovieron las peticiones para pronunciar conferencias y escribir artículos, peticiones que procuré complacer en la medida de mis posibilidades.

Venta del Principio: 1968

En marzo de 1968, el presidente de la William Morrow me sondeó acerca de la posibilidad de hacer un libro sobre el Principio de Peter. Entonces desempolvé mi manuscrito y lo puse en manos del editor William Morrow.

El libro, lanzado en febrero de 1969, fue trepando gradualmente hasta ocupar el número uno de la lista de los best sellers no literarios, lugar en el que se mantuvo veinte semanas. Ha permanecido en la lista de los libros más vendidos durante más de un año y se ha traducido a catorce idiomas. Ha sido incluido como libro de texto en ciertos cursos universitarios y se ha convertido en materia de discusión de muchos seminarios.

La obra ha inspirado también varios proyectos serios de investigación acerca de la validez del Principio. Y todas las investigaciones confirman lo correcto de mis observaciones.

Conciencia de los propios límites

Desde la publicación del libro he tenido muchas oportunidades de investigar mi propio nivel de incompetencia en una escala gigantesca. Decliné muchos ofrecimientos para convertirme en consultor gerente y dirigir seminarios destinados a administradores de empresa. Aunque rechazara tales proposiciones, no me amparaba en el Principio de Peter. Recientemente, una escuela de administración de empresas me invitó a pronunciar una conferencia, y entonces, al repasar la lista de mis compromisos, comprobé que debía estar en no menos de cinco sitios al mismo tiempo. Una asociación de ingenieros técnicos en sistemas industriales me rogó que hablara en su convención, pero me equivoqué al tomar nota de la fecha, hora y lugar. Compré herramientas que no funcionaban bien al usarlas o se rompían a los treinta días; mi coche volvió del taller mecánico con misteriosos defectos, y el gobierno sigue incrementando el número de regulaciones con las que influye mi vida, mientras él se va enredando en una anárquica maraña burocrática.

La muerte es una advertencia de la Naturaleza a ir despacio

Como individuos, tendemos a trepar hacia nuestros niveles de incompetencia. Nos comportamos como si lo mejor fuese ascender cada vez más y el resultado lo tenemos a nuestro alrededor: las trágicas víctimas de su irreflexiva escalada.

Vemos a los hombres, individualmente o en grupo, pugnar por alcanzar una mejor posición como sobre un molino de ruedas de escalones irregulares, escalando con uñas y dientes para aniquilar a la población del mundo, escalando producción de fuerza y elementos, mientras se contamina el ambiente y se perturba el equilibrio ecológico que mantiene la vida.

Si el hombre quiere rescatarse a sí mismo de una futura existencia insoportable, debe, ante todo, ver hacia adónde le conduce su insensata escalada. Debe examinar sus objetivos y comprender que el verdadero progreso se logra moviéndose hacia adelante en busca de una mejor forma de vida, en vez de hacerlo hacia arriba, en dirección a una incompetencia vital absoluta. El hombre debe comprender que la calidad de la experiencia es más importante que la adquisición de artefactos inútiles y posesiones materiales. Debe dar un mero significado a la vida y decidir si empleará su inteligencia para la preservación de la raza humana y el desarrollo de las características humanísticas del hombre, o bien si seguirá utilizando su potencial creador en la escalada hacia una supercolosal trampa mortal.

A veces el hombre capta un destello de su imagen en un espejo, y, al no reconocerse de inmediato a sí mismo, empieza a reír antes de comprender qué está haciendo. Es en tales momentos cuando se produce el verdadero progreso hacia el entendimiento. Este libro trata de ser ese espejo.

LAURENCE J. PETER

Agosto de 1970

Introducción, por Raymond Hull

INTRODUCCIÓN

por Raymond Hull

Como escritor y periodista, he tenido excepcionales oportunidades de estudiar las actividades de la sociedad civilizada. He investigado y escrito acerca del gobierno, la industria, los negocios, la educación y las artes. He hablado, y escuchado atentamente, con miembros de muchos oficios y profesiones, con personas de todas las clases sociales.

He observado que, con raras excepciones, los hombres manejan sus asuntos de forma chapucera. Por todas partes veo incompetencia pujante, victoriana.

He visto un puente de mil doscientos metros de longitud desplomarse y caer al mar porque, pese a repetidas revisiones y verificaciones, alguien había hecho de prisa y corriendo el plano de un pilar sustentador.

He visto a urbanistas supervisar el desarrollo de una ciudad en la zona de crecidas de un gran río, donde es seguro que se verá sometida a inundaciones periódicas.

No hace mucho leí la noticia del derrumbamiento de tres gigantescas torres refrigeradoras de una central eléctrica británica; habían costado un millón de dólares cada una, pero no eran lo bastante sólidas para resistir un fuerte golpe de viento.

Observé con interés que cuando hubo finalizado la construcción del estadio cubierto de béisbol de Houston, Texas, se descubrió que resultaba particularmente inapropiado para la práctica de ese deporte: los días de sol, los jugadores no podían ver la pelota al quedar deslumbrados por el resplandor de las claraboyas.

Advierto que los fabricantes de aparatos electrodomésticos tienen por norma el establecimiento de delegaciones regionales de servicio, en la expectativa —justificada por la experiencia— de que muchos de sus aparatos se estropean durante el plazo de garantía.

Tras escuchar las quejas de innumerables automovilistas sobre los defectos hallados en sus coches nuevos, no me sorprendió enterarme de que se ha comprobado que aproximadamente la quinta parte de los automóviles producidos por las principales fábricas en los últimos años salen de éstas con defectos potencialmente peligrosos.

No quisiera que se me tomara por un resentido ultraconservador que clama contra los hombres y las cosas contemporáneos sólo porque son contemporáneos. La incompetencia no conoce barreras de tiempo ni de lugar.

Macaulay da una imagen, tomada de un informe de Samuel Pepys, de la armada británica en 1684. «La administración naval era un prodigio de despilfarro, corrupción, ignorancia e indolencia […], no podía confiarse en ningún cálculo […], no se cumplía ningún contrato […], no se ejercitaba ninguna autoridad […] Algunos de los nuevos barcos de guerra estaban tan podridos que, a menos que fuesen rápidamente reparados, se hundirían antes de soltar amarras. Los marineros recibían su paga de manera tan poco puntual que se daban por contentos si encontraban algún usurero que les comprara sus vales con un cuarenta y cinco por ciento de descuento. La mayoría de los navíos en servicio se hallaban al mando de hombres carentes de conocimientos de navegación.»

En la expectativa de que muchos de sus aparatos se estropean durante el plazo de garantía…

Wellington, examinando la lista de oficiales que le habían sido asignados para la campaña de Portugal de 1810, dijo: «Sólo espero que el enemigo tiemble como yo cuando leo la lista de sus nombres.»

El general de la guerra de Secesión americana, Richard Taylor, hablando de la batalla de los Siete Días, observó: «Los jefes confederados no tenían más conocimientos sobre la topografía del terreno situado a un día de marcha de la ciudad de Richmond que los que poseían sobre la de África central.»

En una ocasión Robert E. Lee se lamentó amargamente porque: «Nunca puedo conseguir que se cumplan mis órdenes.»

Durante la mayor parte de la Segunda Guerra Mundial, las bombas y granadas de las fuerzas armadas británicas eran muy inferiores a las alemanas, a pesar de que contenían la misma cantidad de explosivo. Ya en 1940, los científicos británicos sabían que la económica y sencilla adición de un poco de aluminio pulverizado duplicaría la potencia de los explosivos existentes, pero este conocimiento no fue aplicado hasta finales de 1943.

En la misma guerra, el capitán australiano de un buque hospital hizo revisar los depósitos de agua de éste tras efectuarse determinadas reparaciones, y descubrió que su interior había sido pintado con minio. Todos los hombres que se encontraban a bordo se habrían envenenado.

Estas cosas —y centenares de otras parecidas— las he visto, oído y leído. He aceptado la universalidad de la incompetencia.

He dejado de sorprenderme cuando un cohete espacial no consigue despegar del suelo porque se ha olvidado hacer algo, porque algo se rompe, algo no funciona o algo estalla prematuramente.

Ya no me deja atónito observar que un consejero matrimonial a sueldo del gobierno es homosexual.

Ahora espero que los estadistas se revelen incompetentes para cumplir con sus promesas electorales. Doy por supuesto que, si hacen algo, probablemente será llevar a la práctica las promesas de sus adversarios.

Esta incompetencia ya sería bastante enojosa si se hallara limitada a las obras públicas, la política, los viajes espaciales y otros campos igualmente vastos y remotos de la actividad humana. Pero no existe tal limitación. Se encuentra también a nuestro lado, y constituye una molestia tan pestífera como omnipresente.

Mientras escribo esta página, la mujer del apartamento contiguo está hablando por teléfono. Puedo oír todas y cada una de sus palabras. Son las diez de la noche, y el hombre del otro apartamento lindante con el mío está acatarrado y se ha acostado temprano. Oigo su tos intermitente. Cuando se vuelve de lado en la cama, oigo el chirrido de los muelles. No vivo en una casa de huéspedes barata; éste es un moderno y caro bloque de apartamentos, construido con cemento. ¿Qué es lo que falla en la gente que lo construyó?

El otro día, un amigo mío compró una sierra para metales, la llevó a su casa y empezó a cortar un cerrojo de hierro. No bien comenzada la tarea, la hoja saltó y se rompió la ranura de la empuñadura donde estaba encajada, de tal modo que quedó inservible.

La semana pasada, quise utilizar un magnetófono en el escenario de la sala de actos de un instituto. No conseguí energía eléctrica para hacerlo funcionar. El encargado del edificio me dijo que, en el año que llevaba allí, le había sido imposible encontrar un conmutador que transmitiera corriente a los enchufes del escenario.

Estaba empezando a pensar que no se hallaban conectados a la red.

Esta mañana salí a comprar una lámpara de mesa. En un gran establecimiento de muebles y accesorios encontré una que me gustaba. El dependiente se disponía a envolverla cuando le pedí que la probara primero. (Me estoy volviendo previsor.) Evidentemente, el hombre no estaba acostumbrado a probar aparatos eléctricos, porque tardó mucho en encontrar donde conectarla. Finalmente, enchufó la lámpara, pero no se encendió. Probó con otra del mismo modelo, y tampoco se encendió. Toda la remesa de lámparas tenía conmutadores defectuosos. Me marché.

Recientemente, encargué sesenta metros cuadrados de fibra de vidrio aislante para una casita de campo que estoy restaurando. Permanecí junto al empleado para cerciorarme de que anotaba correctamente la cantidad. ¡En vano! La casa suministradora me pasó una factura por setenta metros cuadrados ¡y despachó noventa!

La educación, a menudo tenida como remedio para todos los males, no parece servir para la incompetencia, que en este terreno llega a grados extremos. Uno de cada tres graduados de instituto no sabe leer al nivel normal del último curso de escuela primaria. Es ya habitual que las universidades impartan lecciones de lectura a los recién ingresados. En algunas universidades, ¡el veinte por ciento de los nuevos alumnos no saben leer lo suficientemente bien como para entender sus libros de texto!

Yo recibo correo de una gran universidad. Hace quince meses, cambié de domicilio. Envié a la institución el aviso habitual; fue inútil, mi correo siguió llegando a la dirección antigua. Tras dos avisos más y una llamada telefónica, efectué una visita personal. Señalé con el dedo en sus registros la dirección antigua, dicté la nueva y vi cómo una secretaria la anotaba. El correo continuó llegando a la antigua dirección. Hace dos días se produjo un nuevo paso. Recibí una llamada telefónica de la mujer que ocupaba mi antiguo apartamento y que, naturalmente, había estado recibiendo mi correo de la universidad. También ella acababa de trasladarse de domicilio, ¡y ahora mi correo ha empezado a llegar a su nueva dirección!

Como he dicho, llegué a resignarme a esta incompetencia omnipresente. Pensaba, sin embargo, que, si fuese posible descubrir su causa, tal vez se encontrara un remedio. Así, pues, empecé a hacer preguntas.

Escuché muchas teorías.

Un banquero culpaba a las escuelas: «En la actualidad los chiquillos no aprenden métodos de trabajo eficaces.»

Un maestro culpaba a los políticos: «Con semejante falta de eficiencia por parte del gobierno, ¿qué puede esperarse de los ciudadanos? Además, se oponen a nuestras demandas legítimas de presupuestos de educación adecuados. Si pudiéramos tener un ordenador en cada escuela…»

Un ateo culpaba a la Iglesia: por «Adormecer al pueblo con sus fábulas de un mundo mejor y distraer su atención de las cosas prácticas…»

Un eclesiástico culpaba a la radio, el cine y la televisión: «Muchas distracciones de la vida moderna han alejado a las gentes de las enseñanzas morales de la Iglesia.»

Un sindicalista culpaba a los empresarios: «Son demasiado codiciosos para pagar un salario decente. Con estos sueldos de hambre un hombre no puede tomarse interés por su trabajo.»

Un empresario culpaba a los sindicatos: «Hoy en día el obrero ya no se preocupa, no piensa más que en aumentos de salario, vacaciones y en la jubilación.»

Un individualista dijo que el sistema de seguridad social engendra una actitud general de despreocupación.

Una asistente social me dijo que la relajación moral en el hogar y la disgregación de la familia son el origen de la irresponsabilidad en el trabajo. Un psicólogo afirmó que la represión temprana de los impulsos sexuales produce un deseo subconsciente de hacer las cosas mal, como expiación por los sentimientos de culpabilidad. Un filósofo declaró: «Los hombres son humanos; siempre habrá accidentes.»

El que existan tantas explicaciones diferentes tan malo como la ausencia de toda explicación. Empecé a tener la impresión de que nunca comprendería la incompetencia.

Entonces, una noche, en el vestíbulo de un teatro, durante el segundo entreacto de una obra representada de forma mediocre, yo estaba protestando contra los actores y directores incompetentes y entablé conversación con el doctor Laurence J. Peter, un científico que ha dedicado muchos años al estudio de la incompetencia.

El entreacto fue demasiado breve para que él hiciera algo más que excitar mi curiosidad. Después de la función, fui a su casa y permanecí hasta las tres de la madrugada escuchando su lúcida y sorprendente original exposición de una teoría que al fin daba respuesta a mi pregunta: «¿Por qué la incompetencia?»

El doctor Peter exoneraba a Adán, a los agitadores y a los accidentes, y denunciaba que una de las características de nuestra sociedad era perpetrar y premiar la incompetencia.

¡Al fin, la incompetencia explicada! Mi mente se iluminó ante la idea. Quizá el paso siguiente fuera la eliminación de la incompetencia.

La represión temprana de los impulsos sexuales produce un deseo subconsciente de hacer las cosas mal.

Con su característica modestia, el doctor Peter se había conformado hasta el momento con hablar de su descubrimiento con unos cuantos amigos y colegas y dar de vez en cuando alguna conferencia sobre su investigación. Su vasta colección de casos de incompetencia, y su brillante galaxia de teorías y fórmulas en torno a la incompetencia, jamás habían aparecido en letras de molde.

«Es posible que mi Principio beneficiara a la Humanidad —dijo Peter—. Pero estoy terriblemente ocupado con la enseñanza y los trabajos en colaboración; por no mencionar las reuniones de los comités de la facultad y mi labor de investigador. Quizá algún día clasifique el material y lo prepare para su publicación. Pero en los próximos diez o quince años, sencillamente no tendré tiempo.»

Le señalé el peligro que suponía un retraso excesivo, y al final el doctor Peter accedió a una colaboración: él me daría las notas y el manuscrito de sus extensas colaboraciones y yo lo condensaría todo en un libro. Las páginas que siguen presentan la explicación del profesor Peter de su Principio, el más penetrante descubrimiento social y psicológico del siglo.

¿Se atreve usted a leerlo?

¿Se atreve usted a enfrentarse, en una deslumbrante revelación, a la razón por la cual las escuelas no otorgan sabiduría, los gobiernos no pueden mantener el orden, los tribunales no imparten justicia, los planes utópicos nunca engendran utopías?

No decida a la ligera. La decisión de seguir leyendo es irrevocable. Si lo hace, jamás podrá recuperar su actual estado de bienaventurada ignorancia; jamás volverá a venerar inconscientemente a sus superiores ni a dominar a sus subordinados. ¡Jamás! El Principio de Peter, una vez conocido, no puede olvidarse.

¿Qué ganará usted si sigue leyendo? Tras vencer la incompetencia en usted mismo, comprender la incompetencia en los demás, podrá realizar con mayor facilidad su trabajo, conseguir ascensos y ganar más dinero. Conseguirá evitar penosas enfermedades. Llegará a convertirse en un líder. Podrá disfrutar de su ocio, agradar a sus amigos, confundir a sus enemigos, impresionar a sus hijos y enriquecer y revitalizar su matrimonio.

En resumen, este conocimiento revolucionará su vida… y quizá la salve.

Así, pues, si tiene usted el valor suficiente, continúe leyendo, anote, aprenda de memoria y aplique el Principio de Peter.