Las enseñanzas de Muad’Dib se han convertido en el terreno de juego de los académicos, los supersticiosos y los corruptos. Él nos enseñó a vivir de manera equilibrada, una filosofía gracias a la que un hombre puede afrontar los problemas que surgen de un universo en constante cambio. Dijo que la humanidad no ha dejado de evolucionar y que será un proceso que nunca tendrá fin. También afirmó que esa evolución se basa en principios cambiantes que solo conoce la eternidad. ¿Cómo puede un razonamiento corrompido jugar con tal esencia?

Palabras del mentat Duncan Idaho

Un haz de luz iluminó la alfombra rojo oscuro que cubría el suelo de la caverna. La luz brillaba sin una fuente aparente, como si existiese solo en la superficie del tejido granate de fibras de especia entrelazadas. Era un pequeño círculo inquisitivo de unos dos centímetros de diámetro que se estiraba o se encogía de forma errática. Ascendió por el extremo verde oscuro del lecho, avanzó y se retorció al llegar a la superficie irregular de la cama.

Debajo de la colcha verde yacía un chiquillo de pelo cobrizo, rostro infantil redondeado y labios generosos... una figura a la que le faltaba la enjuta cualidad de la tradición Fremen, aunque tampoco presentara la hinchazón del agua propia de un habitante de otros mundos. La figura se agitó cuando la luz pasó sobre sus párpados cerrados. Después desapareció de improviso.

Solo se oía el sonido de una respiración regular y, detrás de él, el tenue goteo del recolector de agua de una trampa de viento que había a mucha altura en la caverna.

La luz volvió a aparecer en la estancia, algo más grande y unos lúmenes más reluciente. En esta ocasión sugería la existencia de una fuente que estaba en movimiento: una figura encapuchada apareció en el arco de la puerta, lugar donde se originaba la iluminación. La luz volvió a revolotear por toda la habitación, como si investigara o probase algo. Emanaba de ella cierta amenaza, una turbada insatisfacción. Evitó al muchacho dormido, hizo una pausa en la rejilla del conducto de ventilación que había en una esquina superior y se dedicó a explorar un bulto que había en los pliegues de los cortinajes verdes y dorados que cubrían y ablandaban las ásperas paredes de roca desnuda.

Después la luz volvió a apagarse. La figura encapuchada se movió con un traicionero rumor de tela y se colocó en el puesto que había junto al arco de la entrada. Cualquiera que estuviese al corriente de la rutina del sietch Tabr habría sospechado de inmediato que se trataba de Stilgar, naib del sietch, guardián de los gemelos huérfanos que un día cogerían el testigo de su padre, Paul Muad’Dib. Stilgar realizaba a menudo inspecciones nocturnas en los aposentos de los gemelos, empezando siempre la ronda en la estancia donde dormía Ghanima y terminándola en la habitación contigua, donde se aseguraba de que Leto no corría ningún peligro.

«Soy un viejo estúpido», pensó Stilgar.

Rozó la superficie fría del proyector lumínico antes de volver a encajárselo en el fajín. El proyector lo irritaba, aunque reconocía que dependía de él. Se trataba de un artilugio sutil del Imperio, un instrumento que detectaba la presencia de cuerpos vivos a partir de un determinado tamaño. Solo había detectado la presencia de los dos niños que dormían en las alcobas reales.

Stilgar sabía que sus pensamientos y emociones eran como la luz, que era incapaz de dominar su inquietud interior. Algún poder mayor que él controlaba ese movimiento. Lo proyectaba hasta ese preciso instante, donde percibía la acumulación de peligro. En ese lugar descansaba el imán de los sueños de grandeza de todo el universo conocido. Allí yacían la riqueza temporal, la autoridad secular y el más poderoso de todos los talismanes místicos: la autenticidad divina del legado religioso de Muad’Dib. Un pavoroso poder se concentraba en esos gemelos, Leto y su hermana Ghanima. Muad’Dib viviría en ellos mientras siguiesen con vida, aunque él hubiese muerto.

No eran unos meros niños de nueve años, eran una fuerza de la naturaleza, objetos de veneración y temor. Eran los hijos de Paul Atreides, que se había convertido en Muad’Dib, el Mahdi de todos los Fremen. Muad’Dib había avivado un estallido de humanidad. Los Fremen se habían desperdigado fuera de ese planeta en una Yihad incontenible y habían arrastrado su fervor por todo el universo humano en una oleada de dominio religioso, cuya intensidad y omnipresente autoridad habían dejado su huella en todos los planetas.

«Y, sin embargo, estos hijos de Muad’Dib están hechos de carne y sangre —pensó Stilgar—. Dos simples estocadas de mi cuchillo bastarían para detener sus corazones. Su agua volvería a la tribu.»

Su caprichosa mente se rebeló ante ese pensamiento.

«¡Matar a los hijos de Muad›Dib!»

Pero los años lo habían vuelto más sabio gracias a la introspección. Stilgar conocía el origen de ese pensamiento tan terrible. Surgía de la siniestra de los condenados, no de la diestra de los bendecidos. El ayat y burhan de la Vida guardaban pocos misterios para él. Durante un tiempo se había sentido orgulloso de considerarse un Fremen, de pensar en el desierto como un amigo, de llamar Dune al planeta en sus pensamientos en lugar de Arrakis, que era como estaba señalado en todos los mapas estelares imperiales.

«Qué sencillas eran las cosas cuando nuestro mesías solo era un sueño —pensó—. Al encontrar a nuestro Mahdi desatamos sobre el universo incontables sueños mesiánicos. Todos los pueblos subyugados por la Yihad sueñan ahora con la venida de su propio líder.»

Stilgar contempló la alcoba oscura.

«Si mi cuchillo liberara a todos esos pueblos, ¿harían de mí un mesías?»

Leto se agitó inquieto en su lecho.

Stilgar suspiró. Nunca había conocido al abuelo de los Atreides del que el niño había heredado el nombre, pero muchos decían que Muad’Dib tenía su misma moralidad. ¿Se habría saltado esa rectitud una generación? Stilgar se vio incapaz de responder a esa pregunta.

Pensó: «El sietch Tabr es mío. Soy su gobernante. Soy naib de los Fremen. Sin mí, Muad’Dib no habría existido. Ni estos gemelos..., que gracias a Chani, su madre y mi consanguínea, llevan mi sangre en sus venas. Formo parte de ellos junto a Muad’Dib, Chani y todos los demás. ¿Qué es lo que le hemos hecho a nuestro universo?».

Stilgar no consiguió averiguar por qué tales pensamientos acudían a él por la noche ni por qué le hacían sentir tan culpable. Se encogió bajo su túnica con capucha. La realidad no se parecía en nada al sueño. El Desierto Amigo, que en el pasado se había extendido de polo a polo, había quedado reducido a la mitad de su tamaño original. El mítico paraíso de expansivo verdor lo llenaba de consternación. No era como el sueño. Y llegó a la conclusión de que él también había cambiado con el planeta. Se había convertido en una persona mucho más sutil de lo que era antes como jefe de sietch. Ahora era consciente de muchas más cosas, tanto en el arte de gobernar como en lo relativo a las amplias consecuencias de las más pequeñas decisiones. Sin embargo, sentía que ese conocimiento y esa sutileza no eran más que un barniz que recubría un núcleo de acero de una conciencia más simple y más determinista. Y era ese antiguo núcleo el que lo llamaba, el que le imploraba que regresara a valores más límpidos.

Los rumores matutinos del sietch comenzaron a entremezclarse con sus pensamientos. La gente empezaba a moverse en la caverna. Sintió una brisa en las mejillas: estaban saliendo a través de los sellos de las puertas hacia la oscuridad que precede al alba. La brisa era sinónimo de negligencia, así como de la época que vivían. Los habitantes del rocoso subterráneo ya no respetaban la rigurosa disciplina del agua de los viejos tiempos. ¿Por qué hacerlo ahora que se había registrado lluvia en el planeta, ahora que se habían visto nubes, ahora que ocho Fremen habían muerto en la inundación repentina de un uadi? La palabra «ahogado» no existía en el idioma de Dune antes del incidente. Pero ese planeta ya no era Dune, sino Arrakis... y aquel era el amanecer de un día memorable.

Pensó: «Jessica, la madre de Muad’Dib y abuela de estos gemelos reales, regresa hoy a nuestro planeta. ¿Por qué pone fin a su exilio autoimpuesto justo ahora? ¿Por qué abandona la comodidad y la seguridad de Caladan por los peligros de Arrakis?».

También había otros motivos de preocupación: ¿sentiría las dudas de Stilgar? Era una bruja Bene Gesserit, graduada en el adiestramiento más profundo de la Sororidad, y una Reverenda Madre por derecho propio. Las mujeres de su condición eran perspicaces y peligrosas. ¿Venía a ordenarle que se dejara caer sobre su propio cuchillo, como le había sido ordenado al umma protector Liet-Kynes?

«¿Y la obedecería?», se preguntó.

No consiguió responder a dicha pregunta, pero sí reflexionó sobre Liet-Kynes, el planetólogo que había soñado con transformar el desierto planetario de Dune en el planeta reverdecido capaz de sustentar la vida en que se estaba convirtiendo. Liet-Kynes era el padre de Chani. Sin él no habría habido ni sueño ni Chani ni gemelos reales. El funcionamiento de esa frágil cadena de acontecimientos desconcertaba a Stilgar.

«¿Cómo nos hemos encontrado todos en este lugar? —se preguntó—. ¿Cómo se han unido nuestras vidas? ¿Con qué propósito? ¿Es mi deber ponerle fin y aniquilar esa gran combinación de elementos?»

Stilgar aceptó la terrible urgencia que habitaba en él. Podía tomar esa elección, y así renegar del amor y la familia para hacer lo que un naib debe hacer en tales circunstancias: sacrificarse por el bien de la tribu. Por una parte, un asesinato así significaría una traición y atrocidad supremas. «¡Matar a dos niños indefensos!» Pero no eran solo dos niños indefensos. Habían consumido melange, habían participado en la orgía del sietch, habían recorrido el desierto para perseguir la trucha de arena y jugado a otros juegos de los niños Fremen... Y también formaban parte del Consejo Real. Eran niños de tierna edad, y sin embargo lo suficientemente listos como para sentarse en el Consejo. Tenían apariencia de infantes, pero estaban curtidos en experiencias, ya que habían nacido con una memoria genética total, una conciencia terrible que los situaba, a ellos y a su tía Alia, aparte del resto de seres humanos.

En muchas ocasiones y durante muchas noches, Stilgar se había sorprendido dándole vueltas a esa «diferencia» que los gemelos compartían con su tía; era una angustia que lo había despertado numerosas veces y que lo había hecho acudir a ese lugar, a los dormitorios de los gemelos, después de dejar al margen sus sueños. Ya había empezado a discernir qué era lo que lo hacía dudar. Sabía que su fracaso a la hora de tomar una decisión era una decisión en sí misma. La conciencia de los gemelos y de su tía había despertado en el seno materno y había recibido allí todos los recuerdos transmitidos por sus antepasados. La adicción a la especia había sido la causa, la adicción a la especia de sus madres... de la dama Jessica y de Chani. La dama Jessica había dado a luz un hijo, Muad’Dib, antes de su adicción. Alia había nacido después de esa adicción. En retrospectiva, era algo que quedaba claro. Las incontables generaciones de educación selectiva dirigida por la Bene Gesserit habían culminado en Muad’Dib, pero nada en los planes de la Sororidad había previsto la melange. Conocían sus posibilidades, pero las temían, y por ello la llamaban la «Abominación». Eso era lo más desconcertante. Abominación. Debían poseer buenas razones para llamarla así. Y si consideraban que Alia era una Abominación, entonces ese calificativo también debía aplicarse a los gemelos, ya que Chani también era adicta, su cuerpo estaba saturado de especia y sus genes habían complementado de algún modo los de Muad’Dib.

Los pensamientos de Stilgar empezaron a fermentar. No cabía la menor duda de que los gemelos habían llegado más lejos que su padre. Pero ¿en qué dirección? El muchacho daba la impresión de tener la capacidad de «ser» su padre... y lo había demostrado. Desde pequeño, Leto había comentado recuerdos que solo Muad’Dib podría haber conocido. ¿Había también otros antepasados aguardando en ese vasto espectro de recuerdos, antepasados cuyas creencias y costumbres crearían peligros imprevisibles para los hombres?

Las brujas de la Bene Gesserit los llamaban Abominaciones, y a pesar de ello codiciaban la genofase de esos niños. Ansiaban el esperma y los óvulos, sin la inquietante carne que los contenía. ¿Era esa la razón por la que la dama Jessica había regresado en ese momento? Se había desligado de la Sororidad para apoyar a su pareja ducal, pero corría el rumor de que había regresado a los caminos Bene Gesserit.

«Podría terminar con todos esos sueños —pensó Stilgar—. Sería tan sencillo.»

Y volvió a sorprenderse por tener en cuenta siquiera dicha opción. ¿Acaso los gemelos de Muad’Dib eran responsables de la realidad que destruía los sueños de los demás? No. No eran más que lentes a través de las que se proyectaba una luz que revelaba nuevas formas del universo.

Su mente atormentada volvió a evocar las creencias primarias Fremen, y pensó: «Los designios de Dios terminan por llegar, así que no hay por qué apresurarse. Es Él quien nos muestra el camino, y algunos se desvían de él».

Lo que más preocupaba a Stilgar era la religión de Muad’Dib. ¿Por qué lo habían convertido en dios? ¿Por qué deificar a un hombre que se sabía hecho de carne? El Dorado Elixir de la Vida de Muad’Dib había creado un monstruo burocrático que había terminado por afectar todos los aspectos de la vida de la humanidad. El gobierno y la religión se habían unido, y quebrantar la ley se había convertido en pecado. Toda discusión sobre los edictos gubernativos podía llegar a considerarse una blasfemia. El miedo a la rebelión evocaba el fuego del infierno y los juicios más estrictos.

Sin embargo, los que habían creado esos edictos gubernativos no eran más que hombres.

Stilgar agitó la cabeza con aflicción y no se fijó en los sirvientes que acababan de entrar en la antecámara real para llevar a cabo sus tareas matutinas.

Rozó con los dedos el crys que le colgaba de la cintura y pensó en el pasado que simbolizaba, en cuántas veces había simpatizado con los rebeldes, cuyas revueltas habían sido sofocadas gracias a sus propias órdenes. La confusión ofuscó su mente, y pensó en cuánto deseaba saber cómo olvidarse de ella y regresar a la simplicidad que representaba el cuchillo. Pero el universo no podía volver atrás. Era una máquina enorme proyectada de acuerdo con la vacuidad gris de la no existencia. De haber usado su cuchillo para provocar la muerte de los gemelos, solo habría conseguido hacerlo reverberar contra esa vacuidad y tejer así nuevas complejidades, cuyo eco atravesaría la historia de la humanidad, lo que habría creado nuevos oleajes de caos e invitado a los humanos a alcanzar otras formas de orden y desorden.

Stilgar suspiró al darse cuenta de improviso del movimiento que empezaba a sentir a su alrededor. Sí, esos sirvientes representaban una suerte de orden vinculado a los gemelos de Muad’Dib. Avanzaban de un instante al siguiente, prestos para afrontar cualquier necesidad.

«Será mejor imitarlos —se dijo Stilgar—. Será mejor afrontar lo que venga en el momento en que venga. Yo también soy un sirviente. Y mi amo es Dios el Misericordioso, el Compasivo.»

Y citó para sí mismo: «Sin duda hemos puesto cepos en sus cuellos hasta sus barbillas, a fin de que sus cabezas permanezcan erguidas. Y hemos colocado una barrera delante de ellos y otra detrás. Y les hemos vendado los ojos a fin de que no puedan ver».

Así estaba escrito en la vieja religión Fremen.

Stilgar asintió para sí.

El hecho de ver, de anticipar el instante próximo tal como hacía Muad’Dib con sus prescientes visiones del futuro, añadía elementos contrafácticos a los asuntos de la humanidad. Creaba nuevos momentos en los que se podían tomar decisiones. Liberarse de esos cepos podía considerarse un capricho de Dios. Otra complejidad que escapaba a las capacidades de los humanos corrientes.

Stilgar apartó la mano del cuchillo y sintió cómo se le estremecían los dedos por la ausencia del contacto. Pero la hoja que en otra época había brillado en la abismal boca abierta de un gusano de arena permaneció enfundada. Stilgar sabía que jamás la habría empuñado para asesinar a los gemelos. Había tomado una decisión. Prefería conservar esa antigua virtud que tanto había amado: la lealtad. Las complicaciones que uno creía conocer eran mejores que las que desafiaban cualquier intento de comprensión. El ahora era mejor que el futuro de un sueño. El regusto amargo que sintió en la boca le confirmó a Stilgar que algunos sueños podían llegar a ser vacíos y repugnantes.

«¡No! ¡Se acabaron los sueños!»

Capítulo 2

PREGUNTA: ¿Has visto al predicador?

RESPUESTA: He visto un gusano de arena.

PREGUNTA: ¿Y qué me dices de ese gusano de arena?

RESPUESTA: Que nos da el aire que respiramos.

PREGUNTA: Entonces ¿por qué destruimos su tierra?

RESPUESTA: Porque Shai-hulud (el gusano de arena deificado) lo ordena.

Adivinanzas de Arrakis,

por Harq al-Ada

Los gemelos Atreides se levantaron una hora antes del amanecer, tal y como dictaba la costumbre Fremen. Bostezaron y se desperezaron con un secreto sincronismo en sus respectivas estancias adyacentes al notar la actividad en todo el complejo de la caverna que los rodeaba. Oyeron a los sirvientes preparar el desayuno en la antecámara: unas simples gachas de dátiles y nueces batidas con extracto de especia parcialmente fermentada. En la antecámara había globos, y su luz tenue y amarillenta entraba a los dormitorios por las arcadas de la puerta. Los gemelos se vistieron con premura a la suave luz mientras oían los ruidos que hacía el otro en la estancia contigua. Tal y como habían acordado, se enfundaron los destiltrajes contra la brisa seca del desierto.

La pareja real se reunió en la antecámara y notó el súbito silencio en el que parecían haberse sumido los sirvientes. Leto llevaba una capa marrón de bordes negros sobre la suavidad gris de su destiltraje. Su hermana iba ataviada con una capa verde. Las dos capas iban sujetas al cuello con un broche con la forma del halcón de los Atreides: dorado y con joyas rojas en lugar de ojos.

Al ver su elegancia, Harah, una de las mujeres de Stilgar, dijo:

—Veo que os habéis engalanado para honrar a vuestra abuela.

Leto cogió el cuenco con el desayuno antes de mirar el rostro de Harah, curtido por la arena. Negó con la cabeza.

—¿Cómo sabes que no nos honramos a nosotros mismos? —dijo.

Harah sostuvo imperturbable esa mirada insolente y dijo:

—¡Mis ojos son tan azules como los tuyos!

Ghanima se echó a reír. Harah siempre había sabido usar las palabras a la manera Fremen. Con esa frase había dicho: «No te burles de mí, muchacho. Podrás pertenecer a la realeza, pero ambos llevamos el estigma de la adicción a la melange: ojos sin blanco. ¿Qué Fremen necesita más elegancia o más honores que ese?».

Leto sonrió y agitó la cabeza con pesar.

—Harah, mi amor, si fueras más joven y no pertenecieras a Stilgar, te haría mía.

Harah aceptó la pequeña victoria con naturalidad e hizo señas a los demás sirvientes para que siguieran preparando las estancias para las importantes actividades que iban a tener lugar ese día.

—Desayunad —dijo—. Hoy necesitaréis todas vuestras energías.

—Entonces ¿crees que no vamos lo bastante elegantes como para recibir a la abuela? —preguntó Ghanima, que habló con la boca llena de comida.

—No le tengas miedo, Ghani —dijo Harah.

Leto tragó un bocado de gachas y dedicó una mirada inquisitiva a Harah. La mujer era infernalmente astuta y había comprendido de inmediato las intenciones secretas de tanto atuendo elegante.

—¿Creerá que le tenemos miedo? —preguntó Leto.

—Seguro que no —dijo Harah—. Recuerda que fue nuestra Reverenda Madre. La conozco.

—¿Cómo se ha vestido Alia? —preguntó Ghanima.

—No la he visto —dijo Harah con brusquedad antes de darse la vuelta.

Leto y Ghanima intercambiaron una mirada de secretos compartidos y se afanaron con el desayuno. Luego salieron al gran pasillo central.

Ghanima habló en uno de los antiguos idiomas almacenados en sus recuerdos genéticos:

—Así que hoy tenemos una abuela.

—Eso le preocupa mucho a Alia —dijo Leto.

—Normal. Teme perder su autoridad —dijo Ghanima.

Leto soltó unas breves carcajadas, una risa sorprendentemente adulta para un cuerpo tan joven.

—Es mucho más que eso.

—¿Repararán los ojos de su madre en lo que hemos reparado nosotros?

—¿Por qué no? —murmuró Leto.

—Sí..., esa podría ser la causa de los temores de Alia.

—¿Quién conoce mejor a una Abominación que otra Abominación? —preguntó Leto.

—Podemos estar equivocados, ¿sabes? —dijo Ghanima.

—Pero no lo estamos. —Y citó del Libro de Azhar de la Bene Gesserit—: «Y es con razón y con terrible experiencia que llamamos al prenacido “Abominación”. Porque ¿quién sabe qué terrible personalidad de nuestro pasado infernal emergerá a través de la carne viviente?».

—Conozco esa historia —dijo Ghanima—. Pero, si es cierto, ¿por qué nosotros no sufrimos ese asalto en nuestro interior?

—Quizá nuestros padres monten guardia dentro de nosotros —dijo Leto.

—Entonces ¿por qué Alia no tiene sus propios guardianes?

—No lo sé. Podría ser porque uno de sus padres todavía se cuenta entre los vivos. Tal vez sea solo porque nosotros aún somos jóvenes y fuertes. Puede que cuando seamos mayores y más cínicos...

—Tendremos que tener mucho cuidado con esa abuela —dijo Ghanima.

—¿Y no comentaremos nada del predicador que vaga por nuestro planeta divulgando herejías?

—¡No creerás en serio que se trata de nuestro padre!

—No tengo opinión alguna al respecto, pero Alia le tiene miedo.

Ghanima agitó enérgicamente la cabeza.

—¡No me creo esa tontería de la Abominación!

—Tienes exactamente los mismos recuerdos que yo —dijo Leto—. Cree lo que quieras creer.

—Piensas que se debe a que no nos hemos atrevido a afrontar el trance de la especia como hizo Alia —dijo Ghanima.

—Eso es justo lo que pienso.

Se quedaron en silencio y siguieron avanzando entre la multitud por el pasillo central. Hacía frío en el sietch Tabr, pero los destiltrajes eran cálidos, y los gemelos no llevaban puestas las capuchas sobre sus cabellos pelirrojos. Sus rostros evidenciaban los genes que compartían: bocas generosas y ojos separados con ese color del todo azul propio de la especia.

Leto fue el primero en notar que su tía Alia se acercaba a ellos.

—Ahí está —dijo en el lenguaje de batalla de los Atreides, que usó como advertencia.

Ghanima inclinó la cabeza hacia Alia justo cuando su tía se detuvo frente a ellos.

—Un «botín de guerra» saluda a su ilustre consanguínea. —Ghanima usó el lenguaje chakobsa para poner de relieve el significado de su nombre: «botín de guerra».

—Como bien podrás ver, nos preparamos para el encuentro de hoy con tu madre, adorada tía —dijo Leto.

Alia era la única persona entre los abundantes miembros de la casa real que no mostraba sorpresa ante la actitud adulta de esos chicos, por lo que los miró con ojos fríos.

—¡Contened ambos la lengua! —espetó.

Los broncíneos cabellos de Alia estaban recogidos hacia atrás con dos anillos de agua dorados. Tenía la frente fruncida en su rostro ovalado, y la boca era poco más que una línea apretada con las comisuras un tanto inclinadas hacia abajo en gesto de autocomplacencia. Unas arrugas de preocupación se extendían por los extremos de sus ojos del todo azules.

—Ya os he explicado a ambos cómo debéis comportaros hoy —dijo Alia—. Sabéis las razones tan bien como yo.

—Sabemos las tuyas, pero puede que tú no sepas las nuestras —dijo Ghanima.

—¡Ghani! —gruñó Alia.

Leto fulminó a su tía con la mirada y dijo:

—¡Hoy menos que nunca fingiremos ser unos críos estúpidos!

—Nadie pretende que seáis unos críos estúpidos —dijo Alia—. Pero creemos que sería poco juicioso por vuestra parte provocar pensamientos peligrosos en mi madre. Irulan está de acuerdo conmigo. ¿Quién sabe el papel que elegirá la dama Jessica? Al fin y al cabo, es una Bene Gesserit.

Leto agitó la cabeza y pensó: «¿Por qué Alia no ve lo que sospechamos? ¿Ha ido quizá demasiado lejos?».

Volvió a dedicar una atención especial a los sutiles indicios genéticos en el rostro de Alia, esos que indicaban la presencia de su abuelo materno. El barón Vladimir Harkonnen no había sido una persona agradable. Leto sintió una vaga inquietud ante esa idea al pensar: «También es mi antepasado».

—La dama Jessica fue adiestrada para gobernar —dijo.

Ghanima asintió.

—¿Por qué ha elegido este momento para regresar?

Alia frunció el ceño.

—¿No es posible que solo quiera ver a sus nietos? —preguntó.

Ghanima pensó: «Eso es lo que tú crees, mi querida tía. Pero es muy poco probable».

—Aquí no puede gobernar —dijo Alia—. Tiene Caladan. Eso debería bastarle.

—Cuando nuestro padre se perdió en el desierto para morir, te dejó a ti como regente. Él... —empezó a decir Ghanima con tono apaciguador.

—¿Tenéis alguna queja al respecto? —interrumpió Alia.

—Fue una elección razonable —dijo Leto, que siguió donde lo había dejado su hermana—. Tú eras la única persona que sabía lo que significaba nacer como nacimos nosotros.

—Se rumorea que mi madre ha regresado a la Sororidad —dijo Alia—, y ambos sabéis lo que piensa la Bene Gesserit sobre...

—La Abominación —dijo Leto.

—¡Sí! —espetó Alia.

—Bruja una vez, bruja para siempre —dijo Ghanima—. O eso es lo que se dice, al menos.

«Hermana, estás jugando a un juego peligroso», pensó Leto, pero le siguió el juego.

—Nuestra abuela es una mujer mucho más simple que otras de su clase —dijo—. Compartes sus recuerdos, Alia. Seguro que sabes lo que puedes esperar de ella.

—¡Simple! —dijo Alia, que agitó la cabeza, echó un vistazo al pasillo lleno de gente a su alrededor y luego volvió a centrarse en los gemelos—. Si mi madre fuera menos compleja, ninguno de vosotros estaríais ahora aquí. Ni yo. Yo habría sido su primogénita y nada de esto... —Se encogió de hombros con un gesto que, por un momento, pareció un estremecimiento—. Os lo advierto: id con mucho cuidado con lo que hagáis hoy. —Alzó la vista—. Aquí viene mi guardia.

—¿Sigues pensando que no es prudente que te acompañemos al espaciopuerto? —preguntó Leto.

—Esperad aquí —dijo Alia—. La traeré.

Leto intercambió una mirada con su hermana y luego dijo:

—Nos has dicho muchas veces que los recuerdos que tenemos de nuestros antepasados nos servirán de muy poco hasta que nuestros cuerpos tengan la suficiente experiencia como para comprender su significado real. Pero mi hermana y yo no estamos de acuerdo. Anticipamos cambios peligrosos con la llegada de nuestra abuela.

—Seguid pensando así —dijo Alia.

Se dio la vuelta para ser rodeada de inmediato por sus guardias y luego avanzaron con presteza por el pasillo hacia la entrada principal, donde aguardaban los ornitópteros.

Ghanima se enjugó una lágrima de su ojo derecho.

—¿Agua para los muertos? —susurró Leto al tiempo que sujetaba el brazo de su hermana.

Ghanima suspiró profundamente y pensó en cómo había visto a su tía, usando la manera que mejor conocía de entre la acumulación de experiencias ancestrales.

—¿Está así por culpa del trance de la especia? —preguntó, a pesar de que sabía la respuesta de Leto.

—¿Se te ocurre algo mejor?

—Por esclarecer el tema: ¿por qué nuestro padre, o incluso nuestra abuela, no sucumbieron?

Leto la examinó unos instantes y luego dijo:

—Conoces la respuesta tan bien como yo. Ya poseían personalidades fiables antes de venir a Arrakis. El trance de la especia... bueno... —Se encogió de hombros—. No llegaron a este mundo poseídos por sus antepasados. Alia, en cambio...

—¿Por qué no ha creído las advertencias Bene Gesserit? —Ghanima se mordió el labio inferior—. Alia tiene la misma información que nosotros.

—A ella ya la llamaban Abominación —dijo Leto—. No pretenderás demostrar que eres más fuerte que todos los que...

—¡No, por supuesto!

Ghanima apartó la vista de la inquisitiva mirada de su hermano con un estremecimiento. Solo tenía que consultar sus recuerdos genéticos para que las advertencias de la Sororidad tomaran forma con nitidez. Estaba demostrado que los prenatos tendían a convertirse en adultos de costumbres aviesas. Y la causa más plausible... Se volvió a estremecer.

—Lástima que no tengamos a ningún prenato entre nuestros antepasados —dijo Leto.

—Quizá lo tengamos.

—Pero entonces lo... Claro. Sí. La antigua pregunta sin respuesta de siempre. ¿Tenemos de verdad acceso al archivo completo de las experiencias de todos y cada uno de nuestros antepasados?

La agitación interior de Leto le indicó hasta qué punto debía turbar a su hermana una conversación así. Se habían hecho esa misma pregunta demasiadas veces y siempre sin llegar a conclusión alguna. Después dijo:

—Debemos aplazar, aplazar y aplazar cada vez que intente que entremos en trance. Tenemos que tener mucho cuidado con las sobredosis de especia. Es lo mejor que podemos hacer.

—Tendría que ser una sobredosis muy grande en nuestro caso —dijo Ghanima.

—Es probable que nuestra tolerancia sea alta —admitió él—. Ya ves la cantidad de especia que necesita Alia.

—La compadezco —dijo Ghanima—. Su necesidad de especia debe de haber sido sutil e insidiosa. Seguro que se ha ido apoderando de ella hasta...

—Sí, es una víctima —dijo Leto—. Una Abominación.

—Podríamos estar equivocados.

—Cierto.

—Siempre me he preguntado si la próxima memoria ancestral que vea no será esa en la que...

—Tienes el pasado tan a mano como tu almohada —dijo Leto.

—Tenemos que encontrar la manera de hablar sobre el tema con nuestra abuela.

—Eso es lo que ansía su recuerdo en mi interior —aseguró Leto.

Ghanima lo miró. Luego dijo:

—Saber demasiado nunca simplifica las decisiones.

Capítulo 3

El sietch al borde del desierto

fue de Liet, fue de Kynes,

fue de Stilgar, fue de Muad’Dib,

y, una vez más, fue de Stilgar.

Los naib, uno a uno, duermen en la arena,

pero el sietch permanece.

De una canción Fremen

Alia sintió el pulso acelerado cuando se alejó de los gemelos. Durante unos segundos angustiosos sintió la necesidad de quedarse con ellos y suplicarles ayuda. ¡Menuda debilidad más estúpida! La advertencia que leyó en sus recuerdos consiguió sofocar esa necesidad. ¿Se atreverían a practicar la presciencia esos gemelos? La senda que había engullido a su padre tenía que atraerlos: el trance de la especia, con sus visiones del futuro ondeando como una bruma sutil agitada por un viento voluble.

«¿Por qué no puedo ver el futuro? —se preguntó Alia—. Lo he intentado muchas veces. ¿Por qué me elude?»

Pensó que tenía que encontrar la manera de que los gemelos lo intentaran. La tentación sería irresistible para ellos. Poseían la curiosidad propia de los niños, incrementada con recuerdos ancestrales que se extendían a lo largo de milenios.

«Igual que lo fue para mí», pensó Alia.

Los guardias abrieron los sellos de humedad de la puerta principal del sietch y se apostaron a un lado mientras ella salía a la explanada donde aguardaban los ornitópteros. Un viento procedente del desierto esparcía arena por el cielo, pero era un día luminoso. Alia salió de la penumbra de los globos del sietch a la luz del día y sintió que sus pensamientos también emergían al exterior.

¿Por qué la dama Jessica regresaba en este preciso instante? ¿Habían llegado rumores a Caladan? ¿Rumores de cómo la regente había...?

—Debemos apresurarnos, señora —dijo uno de los guardias, alzando la voz sobre el ruido del viento.

Alia dejó que la ayudaran a subir a su ornitóptero y fijaran el arnés de seguridad, incapaz de controlar sus pensamientos.

«¿Por qué ahora?»

Sintió la magnificencia y la potencia de las alas del ornitóptero cuando empezaron a moverse y el aparato salió despedido por los aires. Pero... ¡qué frágiles eran! ¡Qué frágiles!

¿Por qué ahora? ¿Por qué cuando aún no había completado sus planes?

Los vórtices de polvo se despejaron para luego disolverse, y Alia vio la brillante luz del sol sobre el cambiante paisaje del planeta: amplias extensiones de vegetación verde donde antes solo había tierra seca.

«Sin una visión del futuro, podría llegar a fracasar. ¡Oh, qué maravillas podría realizar si solo pudiera ver cómo lo hacía Paul! Yo no caería en la amargura que las visiones prescientes parecen llevar consigo.»

La recorrió un ansia aterradora y deseó ser capaz de renunciar a su poder. Oh, ser como los demás... ciegos en la más segura de las cegueras, viviendo solo la semivida hipnótica a la que la conmoción del nacimiento precipitaba a la mayoría de los seres humanos. Pero ¡no! Ella había nacido Atreides, víctima de esa conciencia de eones de profundidad infligida por la adicción a la especia de su madre.

«¿Por qué mi madre regresa hoy?»

Gurney Halleck estaría con ella, el devoto sirviente, presto a matar por ella, leal y honesto, un músico que asesinaba con la misma sencillez con la que tocaba su baliset de nueve cuerdas. Algunos decían que se había convertido en el amante de su madre. Era algo a descubrir; podía llegar a ser una información valiosa.

El deseo de ser como los demás la abandonó.

«Debemos tentar a Leto con el trance de la especia.»

Recordó haberle preguntado al muchacho en una ocasión cómo iba a tratar a Gurney Halleck. Él había captado las implicaciones ocultas de la pregunta y respondido que Halleck era leal «hasta el exceso» para luego añadir: «Él... adoraba a mi padre».

Alia había notado esa ligera vacilación. Había estado a punto de decir «me adoraba» en lugar de «adoraba a mi padre». Sí, a veces era difícil separar los recuerdos genéticos de los propios. Gurney Halleck no le pondría las cosas fáciles a Leto para hacer esa distinción.

Una sonrisa severa se perfiló en los labios de Alia.

Gurney había decidido regresar a Caladan con la dama Jessica tras la muerte de Paul. Su regreso complicaría mucho las cosas. Al volver a Arrakis, añadiría sus complejidades a las tramas existentes. Había servido al padre de Paul, y la línea sucesoria era la siguiente: de Leto I a Paul a Leto II. Y fuera del programa genético de la Bene Gesserit: de Jessica a Alia a Ghanima, un linaje colateral. El añadido de Gurney a la confusión de identidades podría ser valioso.

«¿Qué haría si descubriera que tenemos sangre Harkonnen, esos Harkonnen a los que odia con tanto rencor?»

La sonrisa en los labios de Alia se volvió introspectiva. Al fin y al cabo, los gemelos eran unos niños. Eran como hijos con padres incontables, cuyos recuerdos pertenecían tanto a los demás como a ellos mismos. Seguro que estarían de pie al borde del sietch Tabr para contemplar el rastro de la nave de su abuela aterrizando en la cuenca de Arrakeen. ¿El rastro ardiente que la nave dejaba a su paso en el cielo hacía que la llegada de Jessica fuera más real para sus nietos?

«Mi madre me preguntará acerca de su adiestramiento —pensó Alia—. Querrá saber si utilizo las disciplinas prana-bindu con sensatez. Y yo responderé que ellos se adiestran solos, igual que hice yo. Le transmitiré las palabras de su nieto: “Entre las responsabilidades del mando está la necesidad de castigar..., pero solo cuando la víctima lo exige”.»

Se le ocurrió que, si conseguía centrar la atención de la dama Jessica solo en los gemelos, otras personas podrían escapar a una inspección minuciosa.

Era plausible. Leto se parecía mucho a Paul. Y ¿por qué no? También podía ser Paul siempre que quisiera. Hasta Ghanima poseía esa habilidad aterradora.

«Igual que yo puedo ser mi madre o cualquiera de las otras que han compartido su vida con nosotras.»

Ignoró esos pensamientos y observó pasar el paisaje de la Muralla Escudo. Entonces pensó: «¿Qué la habrá empujado a dejar la cálida seguridad de la abundancia de agua de Caladan y regresar a Arrakis, a este planeta desierto donde asesinaron al duque y su hijo murió como un mártir?».

¿Por qué había regresado la dama Jessica en ese preciso momento?

Alia no halló respuesta alguna... ninguna plausible. En el pasado podrían haber compartido egoconciencias entre ambas, pero cuando sus respectivas experiencias tomaban caminos divergentes, sus motivaciones tampoco convergían. La toma de decisiones estaba influenciada por las acciones que emprendían como individuos. Para la prenacida, la «multinacida» Atreides, esa era la realidad suprema, que era en sí misma otra forma de nacer: la separación absoluta de la carne viva cuando dicha carne abandonaba el seno materno que la había afligido con esas múltiples consciencias.

Alia no consideraba extraño amar y odiar al mismo tiempo a su madre. Era una necesidad, un equilibrio requerido sin lugar para la culpa o los reproches. ¿Cómo era posible delimitar el amor y el odio? ¿Podía alguien reprocharle a la Bene Gesserit por haber dirigido a la dama Jessica en una dirección tan precisa? La culpa y los reproches se difuminaban cuando los recuerdos se extendían a lo largo de milenios. La Sororidad solo había intentado crear un Kwisatz Haderach: el varón equivalente a una Reverenda Madre desarrollada por completo... y más aún: un ser humano de una sensibilidad y conciencia superiores, el Kwisatz Haderach que podía estar en muchos lugares a la vez. Y la dama Jessica, que no era más que un peón en ese programa genético, había tenido el mal gusto de enamorarse del compañero genético que se le había asignado. Por ello, había complacido los deseos de su bienamado duque y engendrado un hijo en lugar de la hija que la Sororidad le había ordenado como primogénito.

«¡Y después había permitido que naciese yo cuando ya era adicta a la especia! Ahora no me quieren. ¡Ahora me temen! Y con razón...»

Habían conseguido a Paul, su Kwisatz Haderach, una generación antes, un pequeño error de cálculo en un plan a tan largo plazo. Y ahora tenían otro problema: la Abominación, que portaba los valiosos genes que habían buscado durante tantas generaciones.

Alia notó que una sombra cruzaba sobre ella y alzó la vista. La escolta se aprestó en posición de espera para preparar el aterrizaje. Negó con la cabeza, irritada por sus erráticos pensamientos. ¿De qué servía evocar toda una serie de viejas existencias y recrearse en sus antiguos errores? La suya era una existencia nueva, distinta de las demás.

Duncan Idaho había utilizado sus cualidades de mentat para responder a la pregunta de por qué la dama Jessica regresaba justo en ese instante, analizando el problema con su lógica de ordenador humano, que era su principal cualidad. Había llegado a la conclusión de que la dama Jessica volvía para tomar posesión de los gemelos y llevarlos ante la Sororidad. Ellos también llevaban en su interior esos valiosos genes. Duncan podía estar en lo cierto. Esa motivación podía ser suficiente para que la dama Jessica abandonara su reclusión autoimpuesta en Caladan. Si la Sororidad daba una orden... ¿Qué otra razón iba a tener para volver al escenario de tantos acontecimientos dolorosos para ella?

—Ya veremos —murmuró Alia.

Sintió cómo el ornitóptero se posaba en la azotea de la ciudadela, un inconfundible chirrido que le hizo sentir una funesta expectación.

Capítulo 4

MELANGE (me’-lange, también ma, lanj), 5. /., origen incierto (se cree que deriva del antiguo franz terrestre): a) mezcla de especias; b) especia de Arrakis (Dune) con propiedades geriátricas observadas por primera vez por Yanshuph Ashkoko, químico real durante el reinado de Shakkad el Sabio; la melange arrakena solo se encuentra en las arenas del desierto profundo de Arrakis y está ligada a las visiones proféticas de Paul Muad’Dib (Atreides), primer Mahdi Fremen; también la emplean los navegantes de la Cofradía Espacial y la Bene Gesserit.

Diccionario real, quinta edición

Los dos grandes felinos surgieron sobre la cresta rocosa a la luz del amanecer con movimientos gráciles. Aún no estaban a la caza de una presa, sino examinando su territorio. Se les llamaba tigres laza, una raza especial importada al planeta Salusa Secundus hacía casi ocho mil años. Las manipulaciones genéticas realizadas en su origen terrestre habían eliminado algunas de las características tigrescas originales y pulido otros elementos. Los colmillos seguían siendo largos. Sus rostros eran amplios, de ojos perspicaces e inteligentes. Se les habían alargado las patas para que pudiesen mantener el equilibrio incluso en los terrenos más accidentados, y sus garras retráctiles sobresalían unos diez centímetros y tenían las puntas afiladas como navajas gracias a la acción abrasiva de la vaina. El pelaje era de un tono marrón que los hacía casi invisibles en la arena.

Otra cosa que los diferenciaba de sus antepasados era que habían implantado en su cerebro servoestimuladores cuando aún eran cachorros. Estos artilugios los convertían en obedientes esclavos del que poseyera el transmisor.

Hacía frío, y los felinos se detuvieron para observar el terreno mientras el aliento se les condensaba en el aire. A su alrededor se extendía una región de Salusa Secundus que estaba seca y estéril, un lugar en el que había unas pocas truchas de arena llevadas desde Arrakis y que se mantenían con vida de forma precaria con la esperanza de conseguir romper el monopolio de la melange. Los felinos se detuvieron en un terreno abrupto de rocas marrones y algunos matorrales resecos que crecían por aquí y por allá para darle tonos verdes y argénteos a las sombras alargadas del sol matutino.

Un movimiento casi imperceptible en el paisaje puso en alerta de repente a los dos felinos. Su mirada se volvió poco a poco hacia la izquierda, seguida al momento por sus cabezas. En el abrupto terreno que tenían muy por debajo de ellos, dos niños pequeños escalaban con mucho esfuerzo y cogidos de la mano un estuario seco. Parecían tener la misma edad, quizá nueve o diez años estándar. Su cabello era rojizo, y llevaban destiltrajes cubiertos en parte por unos burkas blancos que tenían bordado por todo el dobladillo y en la frente el halcón de la Casa Atreides con hilo brillante como joyas. Avanzaban sumidos en una charla alegre, y sus voces llegaban con claridad hasta los felinos al acecho. Los tigres laza conocían ese juego, lo habían jugado otras veces, pero permanecieron quietos y a la espera de que los servoestimuladores les dieran la orden para perseguirlos.

En ese momento, un hombre apareció en la cresta detrás de los felinos. Se detuvo y observó el panorama: los animales, los niños. Llevaba un uniforme Sardaukar de trabajo, gris y negro, con la insignia de un levenbrech, el ayudante de un bashar. Un arnés le cruzaba el cuello por detrás y bajo las axilas para sostener frente a su pecho el servotransmisor dentro de una estrecha funda, donde los controles le quedaban al alcance de las manos para usarlos en cualquier momento.

Los felinos no se volvieron cuando se acercó. Lo conocían por sus ruidos y por su olor. Descendió por la cresta y se detuvo dos pasos detrás de ellos para luego secarse la frente. El aire era frío, pero el trabajo lo hacía sudar. Sus ojos pálidos escrutaron una vez más el lugar: felinos, niños. Se echó hacia atrás un mechón de cabellos rubios que metió bajo el casco negro de trabajo y luego tocó el micrófono insertado en su garganta.

—Los felinos los han visto.

La respuesta le llegó por los receptores que tenía implantados detrás de cada oreja.

—Los vemos.

—¿Es el momento? —preguntó el levenbrech.

—¿Lo harán si no se les ordena? —dijo la voz.

—Están preparados si es necesario —dijo el levenbrech.

—Muy bien. Veamos si cuatro sesiones de condicionamiento son suficientes.

—Avísenme cuando sea el momento.

—Cuando quieras.

—Pues ahora —dijo el levenbrech.

Tocó un interruptor rojo que había en el lado derecho del servotransmisor después de levantar la solapa que lo ocultaba. Los felinos dejaron de recibir el impulso que los frenaba. El hombre mantuvo la mano sobre otro interruptor negro que había debajo del rojo, listo para detener a los animales en caso de que se volvieran contra él, pero no le prestaron la más mínima atención. Se agazaparon y empezaron a descender en dirección a los niños. Sus enormes patas se deslizaban con gracilidad por el suelo irregular.

El levenbrech se acuclilló para observar, a sabiendas de que en algún lugar a su alrededor una telecámara oculta transmitía toda la escena al monitor secreto del interior de la ciudadela donde vivía su príncipe.

Los felinos empezaron a acelerar y terminaron corriendo.

Los niños, que seguían escalando por el terreno rocoso, aún no habían visto el peligro. Uno se echó a reír, un sonido agudo y atiplado que resonó en el silencio. El otro trastabilló y, al recuperar el equilibrio, volvió la cabeza y vio a los felinos. Señaló hacia ellos.

—¡Mira! —gritó.

Ambos se detuvieron y observaron esa sorprendente intrusión en sus vidas. Permanecieron inmóviles y contemplándolos cuando los dos tigres laza cayeron sobre ellos, uno sobre cada niño. Murieron con brusca naturalidad, con los cuellos rotos al instante. Los felinos empezaron a comer.

—¿Los llamo? —preguntó el levenbrech.

—Deja que terminen. Se han portado bien. Sabía que lo conseguirían: son una pareja soberbia.

—La mejor que he visto nunca —admitió el levenbrech.

—Muy bien. Hemos enviado un transporte a buscarte. Cambio y corto.

El levenbrech se puso en pie y flexionó los músculos. Contuvo las ganas de mirar hacia arriba y a la izquierda, donde un destello le había indicado el emplazamiento de la telecámara que había retransmitido el magnífico logro a su bashar, que se encontraba muy lejos, en las verdes tierras del Capitolio. El levenbrech sonrió. Ese día de trabajo seguro que le granjeaba un ascenso. Ya sentía las insignias de bator en su cuello... Algún día conseguiría las de burseg, o incluso las de bashar. La gente que servía bien en los comandos de Farad’n, nieto del difunto Shaddam IV, conseguía cuantiosos ascensos. Un día, cuando el príncipe se sentara en el trono que le correspondía por derecho, habría ascensos aún mayores. Puede que por encima incluso del puesto de bashar. Había baronías y condados que distribuir en los mundos de ese reino... Solo tenían que eliminar a los gemelos Atreides.

Capítulo 5

El Fremen debe retornar a su fe original, a su genio en formar comunidades humanas; debe retornar al pasado, de donde aprendió esa lección de supervivencia en su lucha con Arrakis. La única preocupación del Fremen debe ser abrir su alma a las enseñanzas internas. Los mundos del Imperio, el Landsraad y la Confederación de la CHOAM no tienen ningún mensaje que ofrecerle. Lo único que conseguirán será horadar su alma.

El predicador en Arrakeen

Todo lo que rodeaba a la dama Jessica, hasta los confines que se perdían en la grisácea llanura de la plataforma de aterrizaje donde se había posado su transporte, hormigueaba como un océano de humanidad. Estimó que habría medio millón de personas y que lo más seguro era que solo un tercio de ellos fuesen peregrinos. Permanecían sumidos en un silencio impresionante y tenían toda su atención centrada en la plataforma de salida del transporte, cuya escotilla la ocultaba tanto a ella como a su séquito.

Aún faltaban dos horas para el mediodía, pero el aire que soplaba sobre la multitud ya reflejaba el relucir polvoriento que precedía a un día caluroso.

Jessica tocó los cabellos cobrizos de mechones plateados que enmarcaban su rostro ovalado bajo la capucha de Reverenda Madre. Sabía que su aspecto no era el mejor tras ese largo viaje, y el negro no era su color preferido. Pero ya había vestido ese mismo hábito aquí en el pasado. Los Fremen no habrían olvidado el significado de la túnica aba. Suspiró. Detestaba los viajes espaciales, y en esta ocasión también le había afectado la pesada carga de los recuerdos: ese otro viaje desde Caladan a Arrakis, cuando su duque se había visto obligado a aceptar el feudo contra su voluntad.

Rastreó el mar de personas despacio y con la habilidad que le daba su adiestramiento Bene Gesserit para detectar las más insignificantes minucias. Había capuchas de tono gris opaco de destiltrajes, túnicas características de los Fremen del desierto profundo; también peregrinos vestidos de blanco con marcas de penitencia en sus hombros; había algunos comerciantes ricos, con la cabeza al descubierto y atuendos ligeros que evidenciaban su desdén por la pérdida de agua en el aire seco de Arrakeen... y también estaba la delegación de la Sociedad de los Creyentes, con túnicas verdes y cubiertos con capuchas voluminosas, apartados de los demás y rodeados por la santidad de su propio grupo.

Cuando apartó la vista de la multitud, la escena recuperó su parecido con la imagen que la había recibido a su llegada junto a su querido duque. ¿Cuánto tiempo había pasado? Más de veinte años. Siempre se negaba a pensar en cuántos latidos había dado su corazón desde entonces. El tiempo yacía en su interior como un peso muerto, y parecía como si los años que había vivido lejos de ese planeta no hubieran existido nunca.

«Vuelvo a estar en la boca del dragón», pensó.

Su hijo le había arrebatado el Imperio al difunto Shaddam IV en esta llanura. Una convulsión de la historia había dejado impreso aquel lugar en las mentes y creencias de los hombres.

Oyó la inquietud del séquito detrás de ella y suspiró de nuevo. Tenían que esperar a Alia, que se retrasaba. El séquito de Alia apareció al fin a lo lejos y se aproximó desde un extremo del gentío mientras una comitiva de guardias reales abría paso y apartaba a los espectadores.

Jessica volvió a contemplar el paisaje. De repente atisbó que eran muchas las diferencias. A la torre de control de la plataforma de aterrizaje se le había añadido un balcón de plegarias. Y visible a lo lejos y a la izquierda, en un extremo de la llanura, se erguía la imponente mole de plastiacero que Paul había edificado como su fortaleza, su «sietch sobre la arena». Era la mayor construcción individual jamás edificada por mano del hombre. Ciudades enteras hubieran cabido entre sus muros y aún habría sobrado espacio. Ahora albergaba a los gobernantes más importantes del Imperio, la «Sociedad de los Creyentes» de Alia, que ella había erigido literalmente sobre el cuerpo de su hermano.

«Este lugar debe desaparecer», pensó Jessica.

La delegación de Alia llegó al pie de la rampa y permaneció a la espera. Jessica reconoció las arrugadas facciones de Stilgar. ¡Dios nos guarde! También estaba allí la princesa Irulan, que ocultaba su crueldad en ese cuerpo seductor, cuyos dorados cabellos se mecían con los caprichos del viento. Irulan parecía no haber envejecido ni un solo día; era una afrenta. Y en el extremo de esa cuña de personas se encontraba Alia, con rasgos de una juventud imprudente y ojos que miraban con fijeza hacia la oscuridad de la escotilla. La boca de Jessica se convirtió en una delgada línea mientras escrutaba el rostro de su hija. Una sensación repentina latió por todo su cuerpo y sintió el batir de su vida resonando en sus oídos. ¡Los rumores eran ciertos! ¡Horrible! ¡Horrible! Alia había caído en los caminos prohibidos. Las pruebas saltaban a la vista hasta para el más inexperto de los iniciados. ¡Abominación!

Después de tomarse unos instantes para recuperarse, Jessica se dio cuenta de cuánto había deseado que los rumores fuesen infundados.

«¿Y los gemelos? —se preguntó—. ¿También se han perdido?»

Despacio y con el porte de la madre de un dios, Jessica salió de las sombras y se detuvo al borde de la rampa. Su séquito se quedó detrás de ella, tal y como había ordenado. Los próximos instantes iban a ser cruciales. Jessica permaneció inmóvil, sola frente a la multitud. Oyó a Gurney Halleck toser con nerviosismo a su espalda. Gurney había objetado: «¿Ni siquiera un escudo? ¡Por los dioses, mujer! ¡Estáis loca!».

Pero el respeto y la obediencia se encontraban entre las cualidades más valiosas de Gurney. Solía montar un numerito, pero siempre obedecía. Y ahora era el momento de hacerlo.

La marea humana emitió un sonido parecido al siseo de un gigantesco gusano de arena cuando apareció Jessica. Ella alzó los brazos con el gesto de bendición que los sacerdotes habían condicionado en todo el Imperio. La multitud cayó de rodillas como si fuese un solo organismo, aunque hubo grupos significativos que tardaron un poco más en hacerlo. Hasta el séquito oficial se postró ante ella.

Jessica se fijó en los lugares donde se habían producido los retrasos, y supo que otros detrás de ella, así como entre los agentes infiltrados en la multitud, habían memorizado un mapa de tiempos con el que identificar a los que se habían retrasado.

Gurney y sus hombres se adelantaron mientras Jessica mantenía los brazos en alto. Avanzaron con presteza junto a ella y descendieron por la rampa ignorando las miradas de sorpresa del séquito oficial que les recibía y se acercaban a los agentes que se identificaron con un gesto de la mano. Caminaron sin demora a través de la marea humana, entre grupos de figuras arrodilladas y apresurándose por los estrechos pasillos de personas que se abrían ante ellos. Algunos objetivos se dieron cuenta del peligro e intentaron huir. Fueron los más fáciles: un golpe de cuchillo, un lazo en el cuello y acabaron con los fugitivos. Al resto consiguieron inmovilizarlos y sacarlos de la multitud con las manos y los pies atados.

Jessica permanecía con los brazos alzados, bendiciendo con su presencia y manteniendo sometida a la multitud mientras ocurría todo. Captó señales de las voces que empezaban a oírse a su alrededor, y supo qué era lo más comentado después de lo ocurrido: «La Reverenda Madre regresa para erradicar a los infieles. ¡Bendita sea la madre de nuestro señor!».

Jessica bajó los brazos cuando todo hubo terminado. Algunos cadáveres quedaron diseminados por la arena y encerraron al resto en los calabozos que había debajo de la torre de aterrizaje. Habían transcurrido quizá tres minutos. Sabía que era casi imposible que entre los capturados por Gurney y los suyos se encontrara alguno de los cabecillas, los que representaban la peor amenaza. Eran gente hábil y precavida. Pero puede que entre los prisioneros hubiese alguien interesante, además de los habituales piltrafas y estúpidos.

Cuando Jessica bajó los brazos, la multitud se puso en pie, aliviada.

Jessica descendió sola por la rampa como si no hubiera ocurrido nada fuera de lo normal, evitó a su hija y dirigió su atención a Stilgar. La barba negra que sobresalía por la parte inferior de la capucha de su destiltraje formaba un delta embravecido y salpicado de gris, pero sus ojos tenían la misma intensidad del todo azul que habían evidenciado la primera vez que se habían visto en el desierto. Stilgar sabía lo que acababa de ocurrir y lo aprobaba. Aún era un auténtico naib Fremen, un líder capaz de tomar decisiones sanguinarias. Sus primeras palabras correspondieron del todo con su carácter:

—Bienvenida a casa, mi dama. Siempre es un placer asistir a una acción directa y efectiva.

Jessica se permitió dedicarle una leve sonrisa.

—Cierra el espaciopuerto, Stil. Que nadie zarpe hasta que hayamos interrogado a los que hemos capturado.

—Ya está hecho, mi dama —dijo Stilgar—. Los hombres de Gurney y yo lo planeamos juntos.

—Entonces los que nos han ayudado eran tus hombres.

—Algunos, mi dama.

Jessica notó una cautela oculta. Asintió.

—Me analizaste muy bien en los viejos tiempos, Stil.

—Aunque os costara decírmelo, mi dama, uno observa a los supervivientes y aprende de ellos.

Alia avanzó hacia ellos, y Stilgar se apartó a un lado mientras Jessica se quedaba frente a su hija.

Jessica sabía que no había motivo alguno para ocultar lo que conocía, por lo que ni siquiera lo intentó. Alia podía leer todo lo que ocurría a su alrededor siempre que lo deseara y tan bien como cualquier adepta de la Sororidad. Había visto y seguro interpretado a la perfección los gestos de Jessica. Eran enemigas, tanto que las palabras «enemigas mortales» no llegaban a describirlo del todo.

Alia sintió que la cólera era la reacción más fácil y adecuada.

—¿Cómo te has atrevido a planear algo así sin consultarme? —preguntó al tiempo que acercaba la cara a la de Jessica.

—Como acabas de oír —respondió Jessica, impasible—, Gurney ni siquiera me había informado a mí del plan. Creyó que...

—¡Y tú, Stilgar! —espetó Alia al tiempo que se volvía hacia él—. ¿A quién le debes tu lealtad?

—Hice mi juramento a los hijos de Muad’Dib —dijo Stilgar con brusquedad—. Hemos destruido un peligro que se cernía sobre ellos.

—¿Acaso no te llena de alegría..., hija? —preguntó Jessica.

Alia parpadeó y volvió a mirar a su madre mientras remitía su tormenta interior y le dedicaba a duras penas una sonrisa forzada.

—No quepo en mí de alegría..., madre —dijo. Y, para su sorpresa, Alia se dio cuenta de que estaba contenta de verdad, que experimentaba un intenso placer por haber mostrado a su madre lo que sentía realmente. El momento que temía ya había pasado, y el equilibrio de poderes no había cambiado en absoluto—. Lo comentaremos con mayor detalle en otro momento —dijo, tanto para su madre como para Stilgar.

—Por supuesto —dijo Jessica, que dio por terminada la conversación y se volvió hacia la princesa Irulan.

Jessica y la princesa permanecieron inmóviles por unos breves instantes, en silencio y analizándose mutuamente, dos Bene Gesserit que habían roto con la Sororidad por la misma razón: el amor... ambas por amor a un hombre que ahora estaba muerto. La princesa había amado a Paul en vano, se había convertido en su esposa, pero no en su compañera. Y ahora solo vivía para los hijos que Chani, su concubina Fremen, le había dado a Paul.

Jessica fue la primera en hablar:

—¿Dónde están mis nietos?

—En el sietch Tabr.

—Entiendo. Este lugar es demasiado peligroso para ellos.

Irulan se permitió asentir un poco con la cabeza. Había observado el enfrentamiento entre Jessica y Alia, y había llegado a la misma conclusión para la que la había preparado la hermana de Paul: «Jessica ha vuelto a la Sororidad, y ambas sabemos que tienen planes para los hijos de Paul».

Irulan nunca había sido la más dotada de las adeptas Bene Gesserit: en realidad, su único mérito había sido ser hija de Shaddam IV, una demasiado orgullosa como para preocuparse por mejorar sus capacidades. Ahora se había inclinado hacia uno de los dos bandos con una rapidez que no hablaba mucho en favor de su adiestramiento.

—Jessica, lo cierto es que debería haberse consultado al Consejo Real —dijo—. Ha sido un error por tu parte actuar sin más apoyo que...

—¿Debo dar por hecho que ninguna de vosotras confía en Stilgar? —preguntó Jessica.

Irulan tenía la sensatez suficiente como para darse cuenta de que no había respuesta posible a esa pregunta. Se alegró al comprobar que la delegación de sacerdotes, incapaces de contener por más tiempo su impaciencia, se abría paso hacia ellas. Cruzó la mirada con Alia y pensó: «¡Jessica está más arrogante y segura de sí misma que nunca!». Un axioma Bene Gesserit acudió de pronto a su mente: «Los arrogantes no hacen más que construir barreras tras las que intentan ocultar sus dudas y sus miedos».

¿Le ocurría también a Jessica? Seguramente no. Entonces debía de estar fingiendo. Pero ¿con qué propósito? Eso era algo que inquietaba a Irulan.

Los sacerdotes se apiñaron ruidosos en torno a la madre de Muad’Dib. Algunos solo rozaron sus brazos, pero la mayoría se inclinó frente a ella profiriendo saludos. Llegó al fin el turno para que los jefes de la delegación se postraran ante la Muy Santa Reverenda Madre, ya que aceptaban el papel impuesto: «Los primeros serán los últimos». Le dedicaron sonrisas bien practicadas y le dijeron que la ceremonia oficial de purificación les aguardaba en la ciudadela, la antigua fortaleza amurallada de Paul.

Jessica examinó a la pareja y los encontró repelentes. Uno se llamaba Javid, un hombre joven de facciones hoscas y mejillas redondeadas, con ojos sombríos incapaces de disimular las sospechas que anidaban en sus profundidades. El otro era Zebataleph, el segundo hijo de un naib al que ella había conocido en sus días Fremen, como él se apresuró a recordarle. Era fácil clasificarlo: una cordialidad fingida sobre una crueldad evidente, un rostro delgado enmarcado por una barba rubia y un halo de emociones ocultas y conocimientos poderosos. Jessica llegó a la conclusión de que Javid era mucho más peligroso, al tratarse de un hombre reservado, magnético al mismo tiempo y... repelente, fue la única palabra que se le ocurrió para describirlo. Notó un acento extraño, lleno de viejas pronunciaciones Fremen, como si perteneciese a alguna tribu aislada de su pueblo.

—Dime, Javid —preguntó—, ¿de dónde vienes?

—Solo soy un simple Fremen del desierto —dijo él, destilando mentiras con cada sílaba.

Zebataleph intervino con una deferencia ofensiva, casi burlona:

—Tenemos muchas cosas que hablar de los viejos días, mi dama. Deberíais saber que yo fui uno de los primeros en reconocer la naturaleza sagrada de la misión de vuestro hijo.

—Pero nunca fuiste uno de sus Fedaykin —dijo ella.

—No, mi dama. Yo albergaba inclinaciones más filosóficas. Elegí el camino del sacerdocio.

«Y de paso te aseguraste de conservar el pellejo», pensó ella.

—Nos aguardan en la ciudadela, mi dama —dijo Javid.

Volvió a sentir que ese acento era como una pregunta que solicitaba respuesta.

—¿Quién nos aguarda? —preguntó Jessica.

—La Asamblea de los Creyentes, todos los que mantienen vivo el nombre y las acciones de vuestro santo hijo —dijo Javid.

Jessica miró a su alrededor y vio que Alia sonreía a Javid. Después preguntó:

—¿Este es uno de tus elegidos, hija?

Alia asintió.

—Un hombre destinado a grandes hazañas.

Pero Jessica se dio cuenta de que Javid no se mostraba complacido con esa atención y pensó que debía decirle a Gurney que lo vigilara de cerca. En ese preciso momento llegó Gurney, seguido por cinco hombres de confianza, y comunicó que los sospechosos estaban siendo interrogados. Andaba con el paso recio de un hombre poderoso, mirando a derecha e izquierda para observarlo todo a su alrededor, con todos los músculos en esa tensa relajación que ella le había enseñado gracias al manual prana-bindu de la Bene Gesserit. Era un temible manojo de reflejos adiestrados, un asesino, el terror de muchos, pero Jessica lo quería y lo apreciaba por encima de cualquier otro hombre vivo. La cicatriz de estigma causada por un latigazo le cruzaba la mejilla y le daba una apariencia siniestra, pero una sonrisa ablandó su rostro cuando vio a Stilgar.

—Bien hecho, Stil —dijo. Y se estrecharon los brazos al estilo Fremen.

—La purificación —recordó Javid al tiempo que le tocaba el brazo a Jessica.

Ella dio un paso atrás, eligió con mucho cuidado las palabras y usó el calculado poder de la Voz con el tono y la pronunciación adecuados para obtener el efecto emocional necesario en Javid y Zebataleph:

—He vuelto a Dune para ver a mis nietos. ¿Debo perder el tiempo con estas estupideces sacerdotales?

Zebataleph mostró sorpresa: abrió mucho la boca y los ojos y miró a todos los que habían oído aquello. Intentó recordar a cada uno de ellos.

«¡Estupideces sacerdotales!»

¿Qué efecto producirían esas palabras al ser pronunciadas por la madre de su mesías?

Sin embargo, Javid confirmó el juicio que Jessica había dado sobre él. Apretó los labios en una delgada línea y luego sonrió. Sus ojos no sonrieron ni escrutaron a los oyentes. Javid sabía muy bien quién era cada miembro de su grupo que estaba allí. Y ya había trazado un mapa mental de todos los que podían haber oído esas palabras para vigilarlos estrechamente a partir de ese momento. Dejó de sonreír bruscamente unos segundos más tarde, al darse cuenta de que se había traicionado a sí mismo. Conocía los poderes de observación que poseía la dama Jessica y dedicó una leve y brusca inclinación de cabeza para aceptarlos.

Jessica supo en ese mismo instante lo que debía hacer a continuación. Podía acabar con la vida de Javid haciendo un sutil gesto a Gurney. En ese momento, para impresionar a los demás, o más tarde, con discreción, como si hubiese sido un accidente.

«Los gestos de nuestro cuerpo nos traicionan incluso cuando intentamos ocultar nuestros más secretos impulsos», pensó.

Todo el adiestramiento Bene Gesserit se centraba en dicha capacidad: en conseguir que las adeptas identificaran ese tipo de revelaciones enseñándoles a reconocerlas en la piel de los demás. Vio que la inteligencia de Javid era valiosa, un peso que había que tener en cuenta en la balanza. Si conseguía pasarlo a su platillo, podría convertirse en el enlace que necesitaba, el cabo que le permitiría penetrar en la comunidad sacerdotal de Arrakeen. Y además era uno de los hombres de Alia.

—Es necesario que mi escolta oficial sea pequeña —dijo Jessica—. Pero hay lugar para una persona más. Javid, te unirás a nosotros. Lo siento, Zebataleph. Y, Javid..., acudiré a esa... ceremonia si tanto insistes.

Javid se concedió un profundo suspiro y dijo en voz muy baja:

—Como ordene la madre de Muad’Dib. —Miró a Alia, luego a Zebataleph y después a Jessica—. Lamento retrasar el encuentro con vuestros nietos, pero digamos que son... razones de Estado...

«Muy bien —pensó Jessica—. Parece que es un hombre de negocios, al fin y al cabo. Lo compraremos una vez hayamos determinado el precio adecuado.»

Y se dio cuenta de que había disfrutado de la insistencia del hombre por acudir a su apreciada ceremonia. Esa pequeña victoria le daría cierta ventaja frente a sus compañeros, y ambos lo sabían. Aceptar la purificación podía ser un pago anticipado por sus futuros servicios.

—Imagino que habrás pensado en el transporte —dijo.

Capítulo 6

Y este es el camaleón del desierto, cuya habilidad para confundirse con lo que lo rodea te enseña todo lo que necesitas saber sobre las raíces de la ecología y los fundamentos de la identidad personal.

«Libro de las diatribas»,

de La Crónica de Hayt

Leto estaba sentado tocando un pequeño baliset que le había regalado por su quinto cumpleaños ese consumado artista del instrumento que era Gurney Halleck. Había adquirido cierta fluidez después de cuatro años de práctica, aunque las dos cuerdas más graves aún le daban ciertos problemas. A pesar de todo, había descubierto que el baliset era un buen calmante cuando se sentía atormentado, algo que no había pasado desapercibido para Ghanima. Ahora se encontraba sentado a la luz del crepúsculo en un saliente rocoso del extremo septentrional de la cresta escarpada que protegía el sietch Tabr. Rasgueó el instrumento con suavidad.

Ghanima estaba de pie detrás de él, y su pequeña figura irradiaba protesta. No le gustaba haber salido a cielo abierto después de enterarse por Stilgar que su abuela se había retrasado en Arrakeen. Había puesto objeciones principalmente al hecho de acudir a ese lugar cuando la noche estaba tan cerca. Intentó meterle prisa a su hermano y preguntó:

—Bueno, ¿y ahora qué te pasa?

Él se limitó a responder con otra melodía.

Por primera vez desde que había aceptado el regalo, Leto se dio cuenta de que ese baliset había sido fabricado por un maestro lutier de Caladan. El chico tenía recuerdos heredados que le causaban una profunda nostalgia de ese maravilloso planeta que había gobernado la Casa de los Atreides. Leto reducía un poco sus barreras interiores en presencia de esa música y accedía a recuerdos de la época en la que Gurney empleaba el baliset para distraer a su amigo y protegido Paul Atreides. Ahora que era él quien lo tocaba, se sintió cada vez más dominado por la presencia física de su padre. No obstante, seguía haciéndolo y se sentía más unido al instrumento a cada segundo que pasaba. Sintió en su interior la absoluta e idealizada certeza de que sabía tocar ese baliset, a pesar de que sus músculos de niño de nueve años aún no estaban preparados para esa conciencia interior.

Ghanima dio varios golpes de impaciencia en el suelo con el pie, ajena a que había empezado a seguir el ritmo de la melodía de su hermano.

Leto hizo una mueca de concentración con la boca e interrumpió esa conocida melodía para empezar a tocar una canción más antigua que cualquiera que hubiera interpretado Gurney. Ya lo era cuando los Fremen emigraron de su quinto planeta. Las palabras evocaban una oración Zensunni, y las escuchó en su memoria mientras sus dedos tocaban una titubeante versión de la melodía.

La maravillosa forma de la naturaleza

contiene una esencia maravillosa

llamada por algunos... decadencia.

Por esa maravillosa presencia

nuevas vidas hallan su camino.

Las lágrimas derramadas silenciosamente

son como el agua del alma;

llaman a la nueva vida

con el dolor de existir...

Un apartado de esta visión

que la muerte completa.

Ghanima habló a sus espaldas mientras él rasgueaba la última nota:

—Es una canción vieja y asquerosa. ¿Por qué la has escogido?

—Porque es la adecuada.

—¿La tocarías para Gurney?

—Quizá.

—Diría que es estúpida y deprimente.

—Lo sé.

Leto miró a Ghanima por encima del hombro. No le sorprendía que ella conociera la canción y su letra, pero se sintió maravillado de pronto ante la unidad de sus vidas paralelas. Cualquiera de ellos podía morir, y sin embargo permanecería vivo en la conciencia del otro, con todos sus recuerdos compartidos intactos. Estaban unidos hasta ese punto. Sintió un estremecimiento ante el entramado atemporal de esa comunión y apartó su vista de ella.

Sabía que era un entramado que tenía desgarrones. Su miedo lo provocaba el último de esos desgarrones. Sintió que sus vidas empezaban a separarse y se preguntó: «¿Cómo podré hablarle de esto que solo me ha ocurrido a mí?».

Miró hacia el desierto y vio las densas sombras tras los barjanes, altas dunas migratorias en forma de cuarto creciente que se movían como olas en torno a Arrakis. Era el «Kedem», el desierto profundo, y en esa época sus dunas rara vez quedaban marcadas por las irregularidades provocadas por el movimiento de un gusano gigante. El ocaso proyectaba estrías sangrientas en las dunas y derramaba una luz llameante en sus crestas. Un halcón se lanzó en picado desde el cielo carmesí y llamó su atención cuando capturó en pleno vuelo una perdiz de las rocas.

Justo debajo de él, en el suelo del desierto, crecían plantas en una profusión de verdes, irrigadas por un qanat que fluía parte al aire libre y parte en túneles cubiertos. El agua provenía de los gigantescos colectores de las trampas de viento situadas tras él, en el lado superior de las rocas. El estandarte verde de los Atreides ondeaba al viento.

«Agua y verde.»

Eran los nuevos símbolos de Arrakis: agua y verde.

Un oasis de dunas cultivadas en forma de diamante se extendía bajo ese pedestal alto y lo hacía centrarse con una atención propia de un Fremen. El trinar musical de un ave nocturna se extendió por el acantilado debajo de él y amplificó la sensación de que ya había vivido ese momento en un pasado tormentoso.

«Nous avons changé tout cela», pensó sin problema en una de las antiguas lenguas que él y Ghanima utilizaban en privado. «Hemos cambiado todo esto.» Suspiró. «Oublier je ne puis.» «No puedo olvidar.»

A la luz cada vez más tenue y detrás del oasis, vio el lugar Fremen llamado «El Vacío», el lugar donde no crecía nada, el que nunca había sido fértil. El agua y el gran plan ecológico lo habían ido cambiando. Ahora había lugares en Arrakis donde uno podía ver el suave terciopelo verde de las colinas boscosas. ¡Bosques en Arrakis! Algunos de los integrantes de las nuevas generaciones tenían dificultades para imaginar que esas ondulantes colinas verdes en realidad recubrían dunas. Para esos ojos jóvenes no resultaba sorprendente ver las hojas anchas de los árboles de lluvia. Pero Leto se dio cuenta de que había empezado a pensar a la antigua manera Fremen, esa reacia al cambio y temerosa ante cualquier novedad.

—Los chicos dicen que ahora es difícil encontrar truchas de arena cerca de la superficie —murmuró.

—¿Y eso qué se supone que significa? —preguntó Ghanima con tono petulante.

—Las cosas están empezando a cambiar muy rápidamente —dijo él.

El pájaro volvió a lanzar su reclamo en el macizo, y la noche cayó sobre el desierto como el halcón había caído sobre la perdiz. La oscuridad a menudo sojuzgaba a Leto con un asalto de recuerdos: todas esas vidas interiores que reclamaban su momento a gritos. Ghanima aceptaba ese fenómeno mucho mejor que él. Sin embargo, sabía cómo le sentaba a él y posó una mano sobre su hombro para consolarlo.

Leto rasgueó un acorde del baliset con rabia.

¿Cómo contarle lo que le estaba ocurriendo?

Dentro de su cabeza había guerras, vidas incontables que derramaban sus recuerdos antiguos: accidentes violentos, amores lánguidos, colores cambiantes de muchos lugares y muchos rostros..., penas enterradas y alegrías explosivas de multitudes. Oyó elegías a la primavera de planetas que ya no existían, danzas en el bosque en torno a las hogueras, sollozos y llamadas, un calidoscopio de innumerables conversaciones.

Era más difícil contener los recuerdos cuando era de noche y estaba al aire libre.

—¿No deberíamos entrar? —preguntó Ghanima.

Él negó con la cabeza, y ella notó el movimiento y se dio cuenta al fin de que los problemas de su hermano eran mucho más profundos de lo que había sospechado.

«¿Por qué aguardo tan a menudo la llegada de la noche aquí fuera?», se preguntó Leto. Ni siquiera se dio cuenta de que Ghanima había retirado la mano de su hombro.

—Sabes por qué te atormentas a ti mismo de este modo —dijo ella.

Leto captó el suave reproche de su voz. Sí, lo sabía. La respuesta yacía allí, obvia, en su conciencia: «Porque ese gran conocido-desconocido se agita en mi interior como una ola». Sintió que su pasado crecía dentro de él como si surfeara en el oleaje. Los recuerdos de la presciencia de su padre se desparramaban en su interior y se sobreponían a todo lo demás, pero él quería conservar todos esos pasados. Los quería. Pero eran tan peligrosos. Ahora estaba del todo seguro de ello, gracias a eso nuevo que sentía y que tendría que contarle a Ghanima.

El desierto empezaba a resplandecer bajo la luz naciente de la primera luna. Miró con fijeza la falsa inmovilidad de los pliegues de arena que se extendían hasta el infinito. A su izquierda, a media distancia, se hallaba El Que Espera, un afloramiento rocoso que los vientos cargados de arena habían reducido a una forma baja y sinuosa parecida a un gusano oscuro que se arrastraba entre las dunas. Algún día, hasta la roca que tenía debajo se erosionaría hasta tal punto que el sietch Tabr dejaría de existir y desaparecería para quedar reducido a un recuerdo que quedaría solo en la mente de alguien como él. No dudaba de que existiría otro como él.

—¿Por qué miras a El Que Espera? —preguntó Ghanima.

Leto se encogió de hombros. Ghanima y él desafiaban a menudo las órdenes de sus guardianes e iban a El Que Espera. Allí habían descubierto un refugio secreto, y ahora Leto sabía por qué ese lugar lo atraía tanto.

Bajo ellos y a una distancia imprecisa a causa de la oscuridad, la superficie al aire libre de un qanat reflejaba la luz de la luna. Las aguas se agitaban con los movimientos de los peces depredadores que los Fremen siempre metían en las aguas almacenadas para mantener alejadas a las truchas de arena.

—Estoy entre el pez y el gusano —murmuró.

—¿Qué?

Leto repitió la frase más alto.

Ghanima se llevó una mano a la boca y empezó a sospechar lo que impulsaba a su hermano. Su padre había actuado así, por lo que ella solo tenía que escrutar en su interior y comparar.

Leto se encogió de hombros. Recuerdos que lo ataban a lugares que su carne nunca había conocido se le presentaban como respuestas a preguntas que nunca había formulado. Veía relaciones y hechos desplegarse en su interior, como si fuese una gigantesca pantalla. El gusano de arena de Dune no podía cruzar el agua; el agua era un veneno para él. Pero el agua había existido allí en tiempos prehistóricos.

Las dolinas blancas de yeso atestiguaban lagos y mares antiguos. Las excavaciones de pozos profundos habían encontrado aguas que las truchas de arena habían sellado. Leto vio con claridad absoluta lo ocurrido, los acontecimientos que se habían producido en ese planeta, y aquello lo llenó de presagios agoreros sobre los cambios cataclísmicos que desencadenaba la intervención humana.

Con una voz que apenas era un susurro, dijo:

—Sé lo que ocurrió, Ghanima.

Ella se inclinó hacia él.

—¿Sí?

—La trucha de arena...

Se quedó en silencio, y Ghanima se preguntó por qué razón seguía hablando de la fase haploide del gigantesco gusano de arena del planeta, pero no se atrevió a insistir.

—La trucha de arena —repitió—. Las introdujeron aquí desde otro planeta. En el pasado esto era un planeta húmedo. Pero la trucha de arena proliferó hasta desequilibrar los ecosistemas que luchaban contra ella. Enquistó toda el agua que fluía libre y convirtió el planeta en un desierto... y lo hizo para sobrevivir. En un planeta ya lo bastante seco, pasaron a su fase de gusano de arena.

—¿La trucha de arena?

Ghanima negó con la cabeza, no porque dudara de él, sino porque intentaba dilucidar hasta qué profundidades se había sumergido Leto para conseguir esa información. Y pensó: «¿Truchas de arena?». Muchas veces, tanto en su propia carne como en otras, había jugado a ese juego infantil que consistía en hurgar con un palo en busca de truchas de arena para luego atraparlas con una membrana en forma de guante y llevarlas a los desecadores para que les extrajeran el agua. Era difícil pensar que esa pequeña criatura sin cerebro era el origen de fenómenos tan descomunales.

Leto asintió para sí. Los Fremen siempre habían sabido que había que colocar peces depredadores en sus cisternas de agua. La trucha de arena haploide resistía activamente hasta grandes acumulaciones de agua cerca de la superficie del planeta. Por eso los depredadores nadaban en ese qanat que tenía ahora debajo. Los gusanos de arena solo toleraban pequeñas cantidades de agua, la que había en las células del cuerpo humano, por ejemplo. Pero al tocar grandes cantidades, su química orgánica se disparataba y estallaba en una transformación mortal que producía el peligroso concentrado de melange, la droga de conciencia definitiva que se empleaba muy diluida en las orgías del sietch. Ese concentrado puro era el que había conducido a Paul Muad’Dib a través de las paredes del Tiempo, hasta las profundidades de un pozo de disolución que ningún otro ser humano varón había alcanzado hasta entonces.

Ghanima sintió que su hermano había empezado a temblar frente a ella.

—¿Qué te ocurre? —preguntó.

Pero él siguió perdido en sus pensamientos.

—Cada vez hay menos truchas de arena. La transformación ecológica del planeta...

—La resistirán, sin duda —dijo ella, pero se dio cuenta de pronto de que había temor en la voz de Leto, y ella lo empezó a sentir en sus carnes.

—Cuando desaparezcan las truchas de arena, también desaparecerán los gusanos —dijo él—. Hay que advertir a las tribus.

—No habrá más especia —dijo ella.

Pero esas palabras apenas rozaban el terrible encadenamiento de adversidades que ambos veían cernirse sobre la intrusión humana en el antiguo equilibrio ecológico de Dune.

—Es lo que sabe Alia —dijo Leto—. Y se regodea en ello.

—¿Cómo puedes estar seguro?

—Estoy seguro.

Fue entonces cuando supo a ciencia cierta lo que inquietaba a su hermano, y sintió escalofríos.

—Las tribus no nos creerán si ella lo niega —dijo.

Esa afirmación era el problema fundamental de su existencia: ¿qué Fremen esperaría tanta sabiduría en un niño de nueve años? Alia, que no había dejado de madurar gracias a las múltiples vidas que albergaba en su interior, se aprovechaba de ello.

—Tenemos que convencer a Stilgar —dijo Ghanima.

Sus cabezas se volvieron al unísono para contemplar el desierto iluminado por la luna. Era un lugar distinto, alterado por unos pocos instantes de profunda conciencia. Las interacciones entre el hombre y ese medio ambiente nunca habían resultado tan claras para ellos como lo eran ahora. Se sintieron como una parte integrante de un sistema dinámico que se mantenía en un orden a duras penas equilibrado. Esa nueva forma de ver las cosas resultaba en un cambio real de conciencia que los inundaba con una nueva perspectiva. Tal y como había dicho Liet-Kynes, el universo era un lugar de diálogo constante entre las poblaciones animales. La trucha de arena haploide les había hablado porque eran animales humanos.

—Las tribus lo comprenderán si el agua se ve amenazada —dijo Leto.

—Pero se trata de una amenaza que va mucho más allá del agua. Es una...

Ghanima se interrumpió al comprender el significado mucho más profundo de sus palabras. El agua era el símbolo supremo del poder de Arrakis. En el fondo, los Fremen seguían siendo animales altamente especializados, supervivientes del desierto, expertos en el gobierno bajo condiciones muy duras. Y a medida que el agua se había ido haciendo más abundante, se había producido una extraña transferencia de símbolos a pesar de que seguían teniendo en cuenta las antiguas necesidades.

—Te refieres a que también amenaza al poder —le corrigió al fin Ghanima.

—Por supuesto.

—Pero ¿quién nos va a creer?

—Nos creerán si ven cómo ocurre, si ven la pérdida del equilibrio.

—El equilibrio —dijo ella, que repitió las palabras que había pronunciado su padre hacía mucho tiempo—: Es lo que distingue un pueblo de un populacho.

Las palabras también evocaron en Leto la imagen de su padre, y luego prosiguió:

—Economía contra belleza, una historia tan vieja como Sheba. —Suspiró y miró a Ghanima por encima del hombro—. Estoy empezando a tener sueños prescientes, Ghani.

Un gemido brusco escapó de la boca de la niña.

—Cuando Stilgar nos dijo que nuestra abuela se había retrasado —murmuró él—, ya lo sabía. Ahora sospecho del resto de mis sueños.

—Leto... —Agitó la cabeza con ojos húmedos—. Nuestro padre empezó a tenerlos con más edad. No crees que podría ser...

—He soñado que estoy cubierto por una armadura y corro por las dunas —dijo Leto—. Y he estado en Jacurutu.

—Jacu... —Ghanima jadeó—. ¡El viejo mito!

—¡Existe, Ghani! Debo encontrar a ese hombre al que llaman el predicador. Debo encontrarlo e interrogarle.

—¿Crees que es... nuestro padre?

—Hazte esa pregunta a ti misma.

—Sería algo propio de él —admitió Ghanima—, pero...

—No me gustan las cosas que sé que voy a hacer —dijo él—. Por primera vez en mi vida comprendo a mi padre.

Ella se sintió excluida de sus pensamientos y dijo:

—Es probable que el predicador solo sea un anciano místico.

—Rezo por que así sea —susurró él—. ¡Rezo por que así sea! —Se inclinó hacia delante y se puso en pie. El baliset resonó entre sus manos al moverse—. Ojalá solo sea un arcángel Gabriel sin trompeta.

Se quedó mirando en silencio el desierto bañado por la luna.

Ella se volvió para seguir la dirección de su mirada y vio la fosforescencia de la vegetación pudriéndose en el límite de las plantaciones del sietch, esa luminosidad que se entremezclaba con el ondulado contorno de las dunas. Era un lugar vivo al aire libre. Algo permanecía despierto en el desierto incluso cuando dormía. Captó esa vigilia y oyó bajo ella a los animales que bebían en el qanat. La revelación de Leto había transformado la noche: era un instante vivo, un momento para descubrir las regularidades del perpetuo cambio, un tiempo en el que sentir ese extenso movimiento desde su lejano pasado terrestre, todo encapsulado en los recuerdos de Ghanima.

—¿Por qué Jacurutu? —preguntó ella con una voz impertérrita que rompió la magia del momento.

—Porque... no lo sé. Cuando Stilgar nos contó por primera vez cómo murió toda la gente que vivía allí y cómo se convirtió en un lugar tabú, pensé... lo mismo que has pensado tú. Pero ahora el peligro viene de allí... y el predicador.

Ghanima no respondió ni pidió que Leto compartiese con ella otro de sus sueños prescientes, ya que sabía que iban a asustarla. Ese camino conducía hasta la Abominación, y ambos lo tenían claro. La palabra quedó flotando entre ellos a pesar de no haberla pronunciado, mientras Leto se volvía y empezaba a andar por las rocas en dirección a la entrada del sietch. «Abominación.»

Capítulo 7

El Universo es de Dios. Es una sola cosa, una totalidad frente a la que pueden identificarse todas las divergencias. La vida efímera, incluso esa autoconsciente y razonable que llamamos vida sensitiva, solo detenta un derecho hereditario de custodia de una pequeñísima parte de la totalidad.

Comentarios de la C. T. E.

(Comisión de Traductores Ecuménicos)

Halleck usó la lengua de signos para transmitir el auténtico mensaje mientras hablaba en voz alta de otras cosas. No le gustaba la pequeña antesala que los sacerdotes le habían asignado para su informe, ya que tenía claro que debía de estar llena de dispositivos espía. Que intenten descifrar los movimientos de sus manos si son capaces. Los Atreides habían usado ese medio de comunicación durante siglos sin que nadie llegase a entenderlo nunca. Era de noche en el exterior, pero la estancia no tenía ventanas y dependía de la luz de cuatro globos situados en la parte alta de las cuatro esquinas.

—Muchos de los que hemos capturado eran hombres de Alia —explicó Halleck con las manos mientras observaba el rostro de Jessica y decía en voz alta que los interrogatorios no habían terminado.

—Ya nos lo había advertido —replicó Jessica con dedos inquietos. Hizo una inclinación de cabeza y dijo en voz alta—: Espero un informe completo cuando estés satisfecho con los resultados, Gurney.

—Por supuesto, mi dama —dijo él, que apuntilló con los dedos—: Hay otra cosa que es bastante inquietante. Gracias a las drogas hemos conseguido que algunos de nuestros cautivos hablen de Jacurutu, pero han muerto poco después de pronunciar el nombre.

—¿Un bloqueo cardíaco condicionado? —preguntaron los dedos de Jessica, que dijo en voz alta—: ¿Has dejado en libertad a alguno de los cautivos?

—Unos pocos, mi dama, los que sin duda eran más inofensivos. —Y sus dedos añadieron—: Es lo que sospechamos, pero aún no estamos seguros. Las autopsias todavía no han terminado. He pensado que desearíais saber lo antes posible lo de Jacurutu y he venido de inmediato.

—Mi duque y yo siempre pensamos que Jacurutu era una leyenda interesante, basada probablemente en un hecho real —dijeron los dedos de Jessica, que ignoró la punzada de dolor habitual que la atravesaba cada vez que hablaba de su amor, perdido hacía ya tanto tiempo.

—¿Tenéis órdenes para mí? —preguntó Halleck en voz alta.

Jessica respondió de igual modo y le dijo que regresara a la plataforma de aterrizaje y se lo comunicara enseguida cuando tuviese más información. Pero sus dedos compusieron otro mensaje:

—Vuelve a ponerte en contacto con tus amigos contrabandistas. Si Jacurutu existe, seguro que sobreviven vendiendo especia, y los únicos con los que pueden comerciar es con los contrabandistas.

Halleck inclinó un poco la cabeza mientras sus dedos decían:

—Ya estoy siguiendo esa pista, mi dama. —Y como no podía ignorar el adiestramiento de toda una vida, añadió—: Tened mucho cuidado en este lugar. Alia es vuestra enemiga, y la mayor parte de los sacerdotes la obedecen.

—Javid no —respondieron los dedos de Jessica—. Odia a los Atreides. Dudo de que nadie que no sea un adepto lo haya detectado, pero estoy muy segura de ello. Conspira, y Alia no lo sabe.

—Os asignaré una guardia adicional —dijo Halleck en voz alta, e ignoró el destello de desagrado que brilló en los ojos de Jessica—. Estoy seguro de que es peligroso. ¿Pasaréis la noche aquí?

—Iremos al sietch Tabr más tarde —dijo ella, que vaciló y estuvo a punto de decirle que no enviara más guardias, pero se contuvo. El instinto de Gurney no había fallado nunca. Más de un Atreides lo había aprendido por las buenas o por las malas—. Tengo otra reunión... con el maestro de novicios esta vez —dijo—. Es la última, y después me sentiré muy feliz de irme de este lugar.