Nunca he dado principio a una novela con tanto recelo. Si la llamo novela es únicamente porque no sé qué otro nombre darle. Su valor anecdótico es escaso, y no acaba ni en muerte ni en boda. La muerte todo lo termina, y es, por tanto, adecuado final de cualquier narración; mas también concluye convenientemente lo que en bodas acaba, y yerran quienes, por alardear de avisados, hacen burla de aquellos desenlaces que la costumbre ha dado en llamar felices. Opina sanamente el vulgo que, sobre aquello que en desposorios termina, no es menester añadir más. Cuando mujer y varón, tras las vicisitudes que se deseen, terminan por unirse, cumplen una función biológica, y el interés que suscitaron es trasladado a la generación venidera. Mas yo dejo al lector en el aire. Este libro está compuesto con mis recuerdos de un hombre a quien traté íntimamente con largos intervalos, y poco sé de lo que pudo acontecerle durante ellos. Supongo que ejercitando mi imaginación podría rellenar esos huecos y lograr, de esa manera, mayor coherencia para mi narración; pero no deseo hacerlo. Quiero limitarme a dejar escrito aquello que verdaderamente llegó a mi conocimiento.
Hace muchos años escribí una novela titulada The Moon and Sixpence (Soberbia). En ella me valí de un pintor famoso, Paul Gauguin, y haciendo uso del privilegio de los novelistas, inventé cierto número de incidentes para dar vida al personaje por mí creado, utilizando como punto de partida los escasos datos que del pintor francés me eran conocidos. En este libro no he tratado de hacer nada semejante. Para ahorrar molestias a gentes que viven aún, he dado a las personas que toman parte en mi narración nombres fingidos, y también me he preocupado para lograr que a nadie le sea dado reconocerlos. El hombre acerca de quien escribo no es famoso, y puede ocurrir que jamás llegue a serlo. Quizá cuando su vida acabe no deje de su paso por la tierra señales más profundas que las que un canto arrojado al río deja sobre la superficie del agua. Si así ocurre, si es que mi libro se lee, lo será por el intrínseco mérito que pueda tener. Pero también puede que el modo de vivir que para sí ha elegido y la extraña reciedumbre y dulzura de su carácter lleguen a ejercer poco a poco creciente influencia sobre los demás hombres, hasta que quizá muchos años después de su muerte comprendan que vivió en esta época un hombre muy notable. Llegada tal coyuntura, será evidente la identidad de mi héroe, y aquellos que deseen saber por lo menos algo acerca de sus primeros años, acaso encuentren en mi libro lo que busquen. Yo creo que, dentro de sus limitaciones, que reconozco, mi obra podrá ser fuente de apreciable información para los biógrafos de mi amigo.
No pretendo que las conversaciones que aquí dejo escritas sean trasunto fidelísimo de la realidad. No tomé apuntes de lo que escuché en tal o cual ocasión; tengo, empero, buena memoria para lo que me importa, y aunque relate con palabras mías las citadas conversaciones, corresponden ajustadamente a lo que se dijo. Unas líneas más atrás he dicho que nada he inventado; quiero ahora rectificar mi aserto. Me he tomado la libertad, común a todos los historiadores desde los tiempos de Heródoto, de poner en labios de los personajes de mi narración discursos que jamás les oí ni podría haber escuchado. He hecho esto por idénticos motivos que movieron a los historiadores a hacerlo: para dar vida y verosimilitud a las escenas que resultarían poco convincentes si me limitase a narrarlas. Me gusta que se lean mis obras, y me parece legítimo hacer cuanto en mi mano está para que mis libros resulten amenos. El lector inteligente podrá descubrir sin gran esfuerzo las distintas ocasiones en que he utilizado ese recurso, y es muy dueño de rechazarlo.
Otra causa por la cual me lanzo a esta aventura con aprensión es porque las personas de quienes he de tratar son en su mayoría norteamericanas. Es cosa difícil conocer a la gente, y soy de la opinión de que no podemos llegar nunca a conocer a fondo más que a nuestros compatriotas. Pues es el caso que hombres y mujeres no son solamente ellos mismos, sino que además tienen algo de la comarca en que nacieron, de la casa urbana o de la rústica alquería donde aprendieron a andar, de los juegos con que de niños disfrutaron, de las consejas que les fueron narradas, de la comida que los alimentó, de los colegios en que estudiaron, de los deportes que practicaron, de las poesías que leyeron y del Dios en quien creyeron. Todas esas cosas juntas hicieron de ellos lo que son, y no es posible llegar a trabar íntimo conocimiento con ellos por referencia o de oídas, pues eso solo lo logra quien las ha vivido. Únicamente puede conocerlas quien así es. Y comoquiera que no podemos conocer a los hijos de un país extranjero más que a través de la observación, resulta difícil darles verosimilitud en las páginas de un libro. Hasta un observador tan sagaz y minucioso como Henry James, aunque vivió en Inglaterra cuarenta años, nunca acertó a crear un tipo inglés que lo fuera por completo. En cuanto a mí, excepto en algunas narraciones breves, jamás he ensayado escribir más que acerca de gentes inglesas, y si me he aventurado a hacer otra cosa en breves historias es porque en ellas puede el escritor tratar a sus criaturas con menos detalles. Basta dar al lector algunas indicaciones generales y dejar que corra de su cuenta el relleno de los huecos. Pudiera alguien preguntarme por qué si a Gauguin le transmuté en inglés, no he hecho otro tanto con los personajes de esta novela. La respuesta es sencilla: no podría. No serían mis personajes lo que son. Y no es que pretenda que sean americanos tal como los americanos lo entienden: son americanos vistos por ojos ingleses. No he procurado reproducir las peculiaridades de su habla. Los desagradables resultados que logran los escritores ingleses cuando tratan de hacer tal cosa son únicamente comparables con las desastrosas consecuencias que sufren los escritores americanos que pretenden poner en boca de sus personajes británicos el inglés tal como se habla en Inglaterra. La gran dificultad son los idiotismos. Henry James usa constantemente esas frases idiomáticas en sus narraciones inglesas, pero nunca consigue emplearlas exactamente como lo haría un inglés, y así, en vez de alcanzar el efecto de naturalidad que persigue, a menudo resulta chocante para el lector inglés.
El año 1919 pasé por Chicago, camino de Oriente, y por motivos ajenos a esta narración hube de quedarme allí dos o tres semanas. Acababa de publicar una novela de éxito, y como esto me hiciera «noticiable», fui sometido a varias entrevistas periodísticas tan pronto como llegué. A la mañana siguiente sonó mi teléfono. Contesté.
—Soy Elliott Templeton.
—¿Elliott? Creí que estabas en París.
—Estoy pasando una temporada con mi hermana. Quisiéramos que vinieras a comer con nosotros hoy.
—Encantado.
Me dijo la dirección y la hora.
Quince años hacía que era amigo de Templeton. En 1919 andaba por los cincuenta y tantos años de edad, y era un hombre alto, elegante, de facciones regulares, con espeso pelo, rizado y oscuro, canoso en la exacta medida necesaria para hacer aún más distinguida su apostura. Siempre se vistió admirablemente. La ropa interior y los detalles menudos de su atuendo los adquiría en casa de Charvet, pero trajes, zapatos y sombreros habían de ser londinenses. Tenía un piso en París, en la Rive Gauche,[1] en la elegante rue St. Guillaume. Quienes no le hallaban simpático decían que era tratante en antigüedades y objetos artísticos, pero él rechazaba con vigor la acusación. Tenía gusto, era buen conocedor de tales asuntos, y no negaba que en tiempos lejanos, cuando hizo de París su residencia, algunos coleccionistas adinerados, deseosos de adquirir cuadros, encontraron de suma utilidad sus avisados consejos; y cuando gracias a sus relaciones sociales llegaba a su conocimiento que algún aristócrata arruinado, inglés o francés, se encontraba dispuesto a vender un cuadro de verdadero mérito, Elliott tenía mucho gusto en ponerle en contacto con los directores de museos norteamericanos que le constaba andaban buscando un buen cuadro de tal o cual maestro. Eran muchas las familias francesas, y había algunas inglesas, cuyas circunstancias las forzaban a deshacerse de un Buhl firmado, o de un escritorio construido personalmente por Chippendale, siempre que sin publicidad pudiera llevarse a cabo la cosa, y esto las llevaba a aceptar complacidas los consejos de un hombre de gran cultura y modales irreprochables, capaz de arreglar el asunto discretamente. Era de suponer que Elliott salía ganancioso de estas operaciones, pero las buenas formas impedían aludir a ello. No faltaban maliciosos que aseguraban que cuanto contenía el piso de Elliott estaba en venta, y que luego de haber invitado a ciertos opulentos americanos a una comida excelente, acompañada de vinos venerables, solían desaparecer uno o dos de sus dibujos más caros, o acontecía que una cómoda de marquetería se veía reemplazada por otra de laca. Si alguien le preguntaba sobre la desaparición de un mueble determinado, daba una plausible respuesta: que no satisfacía por completo su exigente gusto, y lo había cambiado por otro de calidad superior. A lo que añadía que resultaba aburrido estar siempre contemplando las mismas cosas.
—Nous autres américains, nosotros, los americanos —decía—, somos partidarios de los cambios. Es, al mismo tiempo, nuestro flaco y nuestra fuerza.
Algunas señoras americanas residentes en París, las cuales decían saber todo cuanto a él se refería, aseguraban que su familia era humilde, y que él podía vivir como lo hacía porque había sido listo. No podría yo decir la cuantía de su fortuna, pero su casero le cobraba un impresionante alquiler por el piso, y este se veía amueblado con objetos de valor. Adornaban las paredes dibujos de las grandes firmas francesas: Watteau, Fragonard, Claude Lorraine y otros semejantes. Alfombras de Savonnerie y Aubusson exhibían su belleza sobre brillantes entarimados de rica madera; y en la sala había una sillería Luis XV en petit-point, que bien hubiera podido pertenecer, como él aseguraba, a madame de Pompadour. Sea como fuere, tenía lo suficiente para vivir de la manera que él consideraba adecuada a un señor, sin precisión de ganar dinero alguno, y los métodos que en otros tiempos usó para hacerlo era asunto que, si se deseaba conservar su amistad, no debía sacarse a relucir. Así, aliviado de preocupaciones materiales, podía entregarse a la pasión que gobernaba su conducta, que no era sino la vida de sociedad. Sus relaciones comerciales con las más nobles pero desacomodadas familias de Francia e Inglaterra, le facilitaron ampliar notablemente el círculo de amistades que logró al llegar a Europa, aún joven, con cartas de presentación para gentes de pro. Su cuna le sirvió de recomendación a las señoras americanas con título europeo a quienes iban dirigidas las cartas, pues era su estirpe la de una vieja familia de Virginia, y su madre descendiente de uno de los firmantes de la Declaración de la Independencia. Era de donosa apostura, alegre, consumado bailarín, pasable tirador, notable jugador de tenis y buen elemento en cualquier fiesta o sarao. Le adornaba una gentil generosidad, de la que eran evidencia las abundantes flores y las costosas cajas de bombones que regalaba con frecuencia, y aunque no era muchas veces anfitrión, sus convites tenían picante originalidad. Aquellas damas adineradas hallaban encantadores sus convites en bohemios restaurantes del barrio italiano de Londres o en bistrots del Barrio Latino. Siempre se le encontraba dispuesto a hacer un favor, y no había nada, por muy tedioso que fuera, que no hiciera con gusto por complacer a quien se lo pedía. Se esforzaba sin descanso, no ahorrándose ninguna molestia, en hacerse agradable a las señoras de cierta edad, y no hubo de transcurrir mucho tiempo para que se encontrara convertido en el ami de la maison, el favorito, en más de una casa de imponente grandeza. Su amabilidad no tenía límites; jamás le ofendió que le convidaran a última hora debido a que alguien fallara inesperadamente, y podía sentársele a la mesa junto a una vieja enfadosa con absoluta certidumbre de que se mostraría con ella tan ameno y encantador como fuera capaz.
En dos o tres años, tanto en Londres, donde pasaba anualmente la mitad de la temporada de apogeo social, y también el principio del otoño, cuando se dedicaba a una serie de visitas a mansiones rurales, como en París, donde se había establecido, llegó a conocer a todo el que un muchacho americano puede llegar a conocer. Las señoras a las que en un principio fue presentado pronto se asombraron al ver lo muy amplio que era el círculo de sus amistades, descubrimiento que les causó sentimientos encontrados. Por una parte, no podían más que celebrar que su joven protegido hubiera alcanzado tan notorio éxito; pero, por otra, experimentaron una ligera irritación al verle tan íntimamente tratado por personas con quienes ellas solamente habían logrado establecer relaciones superficiales. Es cierto que continuó mostrándose deferente y servicial con sus primitivas protectoras, pero no podían ellas reprimir la sospecha de que Elliott las había usado como meros escalones para su encumbramiento social, lo que las hizo temer que tenían que habérselas con un esnob. Y Elliott era, en efecto, un colosal esnob, desprovisto de toda dignidad. Sabía aguantar cualquier desprecio, hacer caso omiso de los más palmarios desaires y tragarse las más humillantes groserías con tal de obtener una invitación a determinada fiesta, o de ser presentado a cualquier viuda vieja de título resonante. No conocía el cansancio. Una vez que fijaba el ojo en su presa, la cazaba con la tenacidad de un botánico que acepta los riesgos anejos a inundaciones, terremotos, fiebres y caníbales con tal de añadir a su colección una orquídea de especie inusitada. La guerra en 1914 le ofreció oportunidad para coronar sus esfuerzos. En cuanto estalló se alistó como voluntario en una ambulancia, y prestó servicios, primero en Flandes y más tarde en la Argonne. Retornó al cabo de un año con una cintilla roja en el ojal y logró ser incorporado a la Cruz Roja de París. Para entonces, su fortuna era ya considerable, lo que le permitió contribuir generosamente a las suscripciones filantrópicas patrocinadas por gentes de importancia. Siempre podía contarse con su gesto exquisito y con sus positivas dotes de organizador cuando se trataba de ayudar en cualquier función benéfica de alguna nota. Se hizo socio de dos de los clubes más elegantes de París. Ya era ce cher Elliott para las damas francesas de mayor alcurnia. Ya había logrado lo que se propuso.
Cuando conocí a Elliott, yo no era más que un autor en agraz, joven, sin importancia, y no me hizo el menor caso. Nunca olvidaba una cara, y cuando nos encontrábamos en uno u otro lugar, me saludaba cordialmente, aunque sin mostrar deseo alguno de estrechar nuestra amistad; y si le veía, por ejemplo, en la ópera e iba él acompañado de alguna persona de categoría, no era raro que no advirtiera mi presencia. Pero ocurrió que mis obras teatrales alcanzaron un éxito notorio y sorprendente, e inmediatamente Elliott comenzó a demostrarme más marcada deferencia. Un día, durante una de sus estancias en Londres, recibí una esquela suya convidándome a comer en el Claridge. Los demás invitados no fueron en gran número ni muy notables, y concebí la sospecha de que me había convidado para probarme. Pero desde aquel día, comoquiera que el éxito de mis obras me procuró gran acopio de nuevos amigos, comencé a verle con mayor frecuencia. Poco tiempo después pasé algunas semanas del otoño en París, y me encontré con Elliott en casa de un amigo común. Me preguntó dónde me hospedaba, y pasados un par de días recibí otra invitación suya, esta vez a comer en su casa; cuando llegué, me sorprendió observar la importancia de los demás comensales. Reí para mí, pues adiviné que Elliott, con su perfecto sentido de los valores sociales, juzgaba que en la sociedad inglesa, como autor que yo era, la cosa resultaba distinta. Durante los años siguientes llegamos a intimar hasta cierto punto, sin que jamás fuésemos amigos verdaderos. Realmente, dudo que Elliott fuera capaz de auténtica amistad. Lo único que le interesaba de cualquier persona era su posición social. Cuando me encontraba yo en París, o él estaba en Londres, siguió invitándome a sus comidas siempre que precisaba de alguien para completar la mesa, o cuando tenía que convidar a algunos viajeros americanos. Sospecho que alguno de estos eran antiguos clientes suyos, y otros gente desconocida con cartas de presentación para él. Estos eran la cruz de su vida. Se veía obligado a obsequiarlos y atenderlos, pero le repugnaba la idea de presentarlos a sus aristocráticos amigos. La mejor manera de librarse de ellos era convidarlos a comer y a un teatro, pero con mucha frecuencia esto no resultaba tan sencillo cuando estaba comprometido con tres semanas de anticipación, y además sospechaba que los portadores de las cartas no quedarían satisfechos de su atención. Por ser yo escritor, es decir, persona de escasa monta, no le importaba confiarme sus tribulaciones.
—La gente de América es verdaderamente muy desconsiderada con sus cartas de presentación. No es que no me guste atender a las personas que me envían, pero, la verdad, no hay ningún motivo para imponérselas a mis amistades.
Trataba de desagraviarlos enviándoles grandes cestas de flores y enormes cajas de bombones, pero algunas veces no bastaba eso, y entonces, con ingenuidad sorprendente, si se tiene en cuenta lo que acababa de decirme, me convidaba a algunas de las comidas que se veía forzado a organizar en honor de sus compatriotas. «Tienen muchas ganas de conocerte», me escribía para adularme. «La señora Fulánez es una mujer de gran cultura y ha leído todas tus obras.»
Llegado el momento, la señora Fulánez me decía lo mucho que había disfrutado con mi libro Mr. Perrin y Mr. Traill, y me felicitaba por mi comedia El molusco. El primero lo escribió Hugh Walpole, y la segunda era de Hubert Henry Davies.
Si he dado al lector la impresión de que Elliott era un ser despreciable, he cometido con él una grave injusticia.
En primer lugar, era lo que los franceses llaman serviable, palabra sin equivalente inglés que yo conozca. El diccionario nos dice que serviable tiene el sentido de útil, complaciente y amable. Eso era exactamente Elliott. También le adornaba una auténtica generosidad, pues si en sus primeros tiempos distribuyó con profusión flores y dulces, indudablemente con ulteriores fines, no es menos cierto que continuó haciéndolo cuando ya no le era necesario. Hallaba placer en regalar cosas. Era hospitalario. Su cocinero era tan competente como el mejor de París, y podía uno contar al sentarse a su mesa con las más exquisitas y tempranas suculencias de cada estación. Sus vinos demostraban la sabia certeza de su juicio. Es verdad que elegía a sus invitados antes por su categoría social que por el agrado de su compañía, pero siempre tenía la precaución de convidar también por lo menos a una o dos personas realmente simpáticas y decidoras, con lo que sus comidas rara vez carecían de un singular encanto. La gente se reía de él a espaldas suyas, y le tenía por un despreciable esnob, pero, no obstante, se apresuraban a aceptar sus invitaciones. Hablaba el francés con fluidez y corrección, y su acento era perfecto. Se había esforzado con gran tenacidad en adoptar la manera de hablar corriente en Inglaterra, y era menester un oído de gran finura para descubrir en su discurso, de tarde en tarde, un ligerísimo acento americano. Su conversación resultaba amena y ocurrente, con tal de que fuera posible alejarle del tema de duques y duquesas, pero hasta cuando de estos hablaba, cuando ya su posición era inexpugnable, se permitía algunos donaires, sobre todo si estaba a solas con un amigo. Tenía una lengua agradablemente desenfadada, y no había escándalo que concerniera a sus egregios amigos que no llegara a oídos de él. Por él supe quién era el padre del más reciente vástago de la princesa de X y quién la amante del marqués de X. No creo que ni el mismo Marcel Proust conociera tan profundamente la vida íntima de la aristocracia como Elliott Templeton.
Cuando me encontraba yo en París, solíamos comer juntos con frecuencia, unas veces en un restaurante, otras en su casa. Me gusta vagar en ciertas ocasiones por las tiendas de antigüedades, más bien para curiosear que para comprar nada, y Elliott siempre me acompañaba con gusto. No solo era conocedor de cosas bellas, sino que les tenía profundo amor. Creo que conocía todas las tiendas de antigüedades de París y era amigo de sus respectivos propietarios. Gozaba intensamente regateando, y cuando salíamos me decía:
—Si encuentras algo que te guste, no trates de comprarlo tú. Hazme una indicación y déjalo de mi cuenta.
Si me encaprichaba yo con algo y se lo sacaba él al anticuario por la mitad del precio que pedía, su gozo era verdaderamente admirable. Verle regatear constituía un espectáculo delicioso. Discutía, rogaba, montaba en cólera, apelaba a los sentimientos del vendedor, le zahería, le mostraba los defectos del objeto discutido, amenazaba con no volver a cruzar el umbral del establecimiento, suspiraba, se encogía de hombros, regañaba al hombre, se dirigía hacia la puerta ceñudo y airado, y cuando acababa por salirse con la suya, sacudía tristemente la cabeza como si aceptase su derrota con resignación. Hecho lo cual me susurraba en inglés:
—Llévatelo. Sería barato por el doble.
Elliott era un celoso católico. No llevaba mucho tiempo en París cuando trabó conocimiento con cierto abad, famoso por las muchas conversiones de infieles y herejes que había logrado. Era frecuente comensal en aristocráticas mansiones y persona de sutil ingenio. Elliott se sintió inevitablemente atraído por aquel hombre, quien, no obstante su humilde extracción, era bien recibido en muy nobles casas, y confió a una muy rica dama americana, recientemente convertida por el abad, que aunque su familia siempre había profesado el credo episcopaliano, él hacía tiempo que sentía un gran interés por la Iglesia católica. La señora invitó a Elliott a conocer durante una cena íntima al abad, y este hizo cumplida justicia a su fama de hombre agudo y discreto. La señora encarriló la conversación hacia temas religiosos, y el abad habló con unción, mas sin pedantería, como un hombre de mundo, aunque consagrado, que charlase con otro hombre de mundo. Elliott se sintió agradablemente sorprendido al descubrir que el abad le conocía de oídas, pero con gran detalle.
—La duquesa de Vendôme me habló de usted el otro día. Me dijo que le tiene a usted por hombre muy inteligente.
Elliott se sonrojó de placer. Había sido presentado a Su Alteza Real, pero jamás se atrevió a suponer que la egregia dama volviera a pensar en él. El abad habló de religión con tino y bondad; no era hombre de ideas estrechas, sino moderno en sus opiniones y comprensivo. Aludió a la Iglesia católica con muy persuasivas y sentidas palabras, y la bondadosa piedad con que se refirió a los desgraciados que no pertenecen a ella tuvo el sorprendente efecto de hacer que Elliott comenzara a pensar en la Iglesia como en una especie de selecta sociedad a la que todo hombre bien nacido debe pertenecer. Seis meses más tarde fue admitido en su seno. Su conversión y la generosidad con que desde entonces contribuyó a las obras pías le abrieron varias puertas que hasta entonces no había podido franquear.
Es posible que los motivos por los que abandonó la fe de sus padres fuesen interesados; pero no cabe dudar de la sinceridad de su devoción una vez dado el paso. Oía misa todos los domingos en una iglesia frecuentada por las mejores familias, se confesaba con regularidad y hacía periódicas visitas a Roma. Pasado el tiempo, su piedad fue premiada con un nombramiento de camarero papal, y la asiduidad con que desempeñó las obligaciones de su cargo le valió ingresar en la Orden del Santo Sepulcro, si la memoria no me falla. Su carrera como católico tuvo igual éxito que su carrera de homme du monde.
Me he preguntado frecuentemente cuál pudiera ser la causa del esnobismo de aquel hombre inteligente, bueno y culto, pues no era ningún advenedizo. Su padre fue rector de una de las universidades del sur, y su abuelo teólogo de nada escasa nombradía. Elliott era demasiado inteligente para no advertir que muchos de los que aceptaban sus invitaciones lo hacían por comer de balde, y que entre ellos había algunos necios y bastantes indignos. El fulgor de sus sonoros títulos le cegaba. Únicamente me cabe suponer que el tratar con confianza a hombres de tan esclarecido linaje, y el servir a sus damas, le daba una sensación de triunfo que jamás llegó a hastiarle; y creo que una más remota explicación es el apasionado romanticismo que le llevaba a ver en cualquier desmedrado duque francés al cruzado que fue a Tierra Santa con san Luis, y en cualquier conde inglés, cuidoso y dado a la montería, al antepasado que acompañó a Enrique VIII al Campo del Lienzo de Oro.[2] Cuando se encontraba acompañado de tales personas, creía vivir en un pasado señor y galante. Creo que al volver las páginas del almanaque del Gotha, el corazón le latía más deprisa, cuando, nombre tras nombre, evocaba recuerdos de guerras antiguas, asedios históricos, duelos famosos, intrigas diplomáticas y amores regios. Tal era, para mal o para bien, Elliott Templeton.
Estaba arreglándome momentos antes de ponerme en camino para el almuerzo a que Elliott me había invitado, cuando me llamaron por teléfono para decirme que estaba abajo. Algo me sorprendió oírlo, pero tan pronto como estuve listo bajé a reunirme con él.
—Me ha parecido mejor pasar a buscarte —dijo mientras nos dábamos la mano—. No sé si conoces Chicago.
Por lo visto, compartía la opinión que he observado en algunos americanos residentes largos años en el extranjero, según la cual América es un lugar desconcertante, y hasta peligroso, en el que no es prudente dejar que un europeo encuentre su camino sin ayuda.
—Es temprano todavía. Podemos ir andando parte del camino —me propuso.
El aire era bastante frío, pero no se veía ni una nube en el cielo, y era agradable estirar las piernas.
—Me ha parecido mejor decirte algo acerca de mi hermana antes de que la conozcas —me dijo Elliott según íbamos andando—. Ha pasado una o dos temporadas conmigo en París, pero creo que tú no estabas allí entonces. Seremos pocos a la mesa. Solamente mi hermana, su hija Isabel y Gregory Brabazon.
—¿El decorador? —pregunté.
—Sí. La casa de mi hermana es de una fealdad abominable, y tanto Isabel como yo estamos empeñados en que la arregle. He sabido por casualidad que Gregory está en Chicago, y he conseguido que mi hermana le convide a comer. No es de muy buena familia, naturalmente, pero tiene un gusto exquisito. Fue él quien decoró el castillo de Raney para Mary Olifant y St. Clement Talbot para los St. Erths. La duquesa quedó encantada con él. En cuanto a la casa de Louisa, ya la verás cuando lleguemos. Es incomprensible para mí cómo le ha sido posible habitarla todos estos años. Aunque, verdaderamente, tampoco entiendo cómo puede vivir en Chicago.
Por lo que fue diciéndome, la señora Bradley era viuda y tenía dos hijos y una hija, pero los varones eran bastante mayores y estaban casados. Uno de ellos ocupaba un puesto oficial en Filipinas, y el otro, diplomático como su padre, se encontraba a la sazón destinado en Buenos Aires. El marido de la señora Bradley había desempeñado puestos en varios lugares del mundo, y después de ser primer secretario en Roma durante algunos años, fue ascendido a ministro, y trasladado a una de las Repúblicas suramericanas del Pacífico, y allí falleció.
—Cuando murió, quise convencer a Louisa de que vendiera la casa de Chicago —continuó Elliott—, pero le tenía cariño. Ha sido de la familia durante mucho tiempo. Los Bradley son una de las familias más antiguas de Illinois, adonde llegaron desde Virginia en 1839, habiendo comprado tierras como a noventa y cinco kilómetros al norte de lo que hoy es Chicago, las cuales todavía conservan. —Elliott vaciló momentáneamente, y me miró como para comprobar el efecto de sus palabras—. El Bradley que se estableció aquí era lo que supongo tú llamarías un labrador. No estoy seguro de si lo sabes, pero a mediados del siglo pasado, cuando las comarcas centrales del oeste comenzaron a ser colonizadas, buen número de virginianos, segundones de buenas familias, sintieron la tentación de lo desconocido y abandonaron sus hogares. El padre de mi cuñado, Chester Bradley, adivinó el gran porvenir de Chicago y entró de pasante en el bufete de unos abogados. Hay que reconocer que logró reunir lo bastante para dejar a su hijo en muy buena situación.
El tono de Elliott, más que sus palabras, significaba que quizá no fuera una decisión demasiado elegante la del difunto Chester Bradley por haber abandonado su señorial mansión y sus vastas tierras para entrar en una oficina, pero el hecho de que lograra amasar una fortuna constituía cierta compensación. No pudo Elliott ocultar su disgusto cuando, pasado el tiempo, la señora Bradley me enseñó algunas instantáneas de lo que él llamaba sus «propiedades» en el campo, en las que vi una modesta casa cuadrada con un bonito jardín, pero a un tiro de piedra del granero, la vaquería y la pocilga, y rodeada por un desolado y llano erial. No pude menos de juzgar discreto al señor Chester Bradley, que decidió abandonar aquello para abrirse camino en la ciudad.
Luego de andar un buen trecho, subimos a un taxi. Nos dejó delante de una casa de piedra parda, estrecha y bastante elevada, hasta cuya puerta llegamos subiendo unos altos escalones. Formaba parte de una hilera de casas en una bocacalle de Lake Shore Drive, y su aspecto, incluso en aquel brillante día de otoño, resultaba tan deslucido y triste que hube de preguntarme cómo era posible que alguien le profesara un amor sentimental. Nos abrió la puerta un mayordomo negro, alto, grueso y canoso, el cual nos condujo a la sala. Cuando entramos, la señora Bradley se levantó de su silla, y Elliott me presentó. Debía de haber sido una mujer de muy buena presencia, pues sus facciones, aunque algo grandes, eran regulares, y tenía bonitos los ojos. Pero su cara descolorida y desprovista de todo afeite, casi de manera violenta, carecía de tersura, y resultaba evidente que la señora Bradley había perdido la batalla contra los rigores de ciertas edades. Supuse que se negaba a reconocer o aceptar su derrota, pues cuando se sentó lo hizo quedando muy erguida en una silla de recto respaldo, en la cual indudablemente la tortura cruel de su acerado corsé le resultaba más llevadera que una mullida butaca. Llevaba un vestido azul, profusamente ribeteado, y en el cuello se veían abundantes y rígidas ballenas. Tenía hermoso y blanco el pelo, muy rizado con tenacillas y peinado de muy compleja manera. Su otro invitado aún no había aparecido, y estuvimos hablando de cosas sin importancia.
—Me dice Elliott que ha venido usted por la ruta del sur —me dijo la señora Bradley—. ¿Se ha detenido usted en Roma?
—Sí; pasé allí una semana.
—¿Y cómo está mi querida reina Margarita?
Respondí que lo ignoraba, algo sorprendido por la pregunta.
—Pero ¿no fue usted a verla? Es una mujer encantadora. No sabe usted lo amable que estuvo con nosotros en Roma. Mi marido era el primer secretario de la Embajada. ¿Por qué no fue usted a verla? Usted no es tan neo como Elliott, que no consiente en acercarse al Quirinal.
—En absoluto. La verdad es que no conozco a la reina.
—¿No? —dijo la señora Bradley, como si apenas pudiera dar crédito a mis palabras—. ¿Por qué?
—No puedo ocultar que los escritores no solemos, generalmente, alternar con reyes y reinas.
—Pero si es una delicia de mujer —me aseguró la señora Bradley, como si el no conocer yo a la augusta dama se debiera a no considerarla bastante distinguida—. Estoy segura de que le gustaría a usted.
En aquel instante, se abrió la puerta y el mayordomo anunció a Gregory Brabazon.
Gregory Brabazon, a pesar de su nombre, no tenía aspecto de personaje de novela. Bajo, muy gordo, calvo como un huevo, excepto por algunos ensortijados pelos negros alrededor de las orejas y encima del cogote; de cara rubicunda y desnuda, que siempre parecía estar a punto de romper a sudar copiosamente, con ojos grises e inquietos, labios sensuales y marcado prognatismo: tal era Gregory Brabazon, inglés de nacimiento, a quien había visto en algunas fiestas bohemias de Londres. Era jovial, ruidoso y reía a menudo, mas no era necesaria gran intuición psicológica para comprender que toda aquella alborotada jovialidad era solamente una pantalla detrás de la cual se escondía un astuto comerciante. Ya hacía años que era el decorador más famoso de Londres. Tenía un vocejón resonante y las manos pequeñas, gordezuelas y maravillosamente expresivas. Con sus ademanes elocuentes y un torrente impetuoso de frases sabía hacer vibrar la imaginación de los clientes remisos, hasta que dijérase imposible negarse a emplear sus servicios, que él daba la impresión de ofrecer como si estuviera haciendo un señalado favor a quien los utilizaba.
Volvió a entrar el mayordomo con una bandeja de cócteles.
—No esperaremos a Isabel —dijo la señora Bradley al coger uno.
—¿Dónde está? —preguntó Elliott.
—Fue a jugar al golf con Larry. Dijo que quizá volviera tarde. Elliott se volvió hacia mí.
—Larry es Laurence Darrell, el novio de Isabel, parece ser.
—No sabía que bebieras cócteles, Elliott —dije yo.
—Y no los bebo —respondió severamente—; pero en este salvaje país de la Ley Seca, ¿qué va a hacer uno? —Suspiró—. Ya empiezan a servirlos en algunas casas de París. El contacto con gentes rudas corrompe las costumbres.
—¡Cuánta bobada dices! —comentó la señora Bradley.
Dijo esto suavemente, pero con una seguridad que me hizo adivinar la energía de su carácter, y sospechar, al observar la mirada que lanzó a su hermano, regocijada, pero sagaz, que no se hacía grandes ilusiones acerca de él. Me pregunté qué opinión formaría de Brabazon. Había yo observado el rápido examen profesional que el decorador hizo del cuarto al entrar en él, y el involuntario arqueamiento de sus espesas cejas al hacerlo. Era, en verdad, una habitación asombrosa. El papel de las paredes, la cretona de las cortinas y de las butacas mostraban el mismo dibujo; en las paredes colgaban óleos con anchos marcos dorados, evidentemente comprados por los Bradley durante su estancia en Roma: Vírgenes de la escuela de Rafael, Vírgenes de la escuela de Guido Reni, paisajes de la escuela de Zuccarelli, ruinas de la escuela de Pannini. También se veían abundantes muestras de su estancia en Pekín: mesitas de ébano talladas en demasía, vastos jarrones de esmalte tabicado,[3] e indicios de su paso por Chile o Perú: estatuillas corpulentas, de piedra, y vasijas de cerámica. Había un escritorio Chippendale y una vitrina de marquetería. Las pantallas de las luces eran de seda blanca, sobre la cual un mal aconsejado artista había pintado pastores y pastoras vestidos como los de Watteau. Era atroz y, sin embargo, no sé por qué, agradable. Tenía ambiente de hogar, de algo vivo, y no era posible sustraerse a la impresión de que aquel increíble revoltijo tenía un significado. Todos aquellos incongruos objetos entonaban entre sí, porque eran parte de la vida de su dueña.
No habíamos hecho más que acabar los cócteles, cuando se abrió la puerta rápidamente y entró una muchacha seguida de un muchacho.
—¿Llegamos tarde? —dijo ella—. Me he traído a Larry. ¿Le podremos dar algo de comer?
—Supongo que sí —respondió la señora Bradley, sonriendo—. Dile a Eugene que ponga otro cubierto.
—Ya se lo he dicho cuando nos abrió la puerta.
—Esta es mi hija Isabel —dijo la señora Bradley dirigiéndose a mí—, y este, Laurence Darrell.
Isabel me dio un rápido apretón de manos y se volvió impetuosamente hacia Brabazon.
—¿Es usted el señor Brabazon? No sabe las ganas que tenía de conocerle. Es maravilloso lo que ha hecho usted con la casa de Clementina Dormer. ¿Verdad que este cuarto es espantoso? No sabe usted los años que llevo tratando de conseguir de mamá que lo arregle, y ahora que está usted en Chicago es la ocasión de hacerlo. Dígame honradamente: ¿qué le parece esta habitación?
Evidentemente, eso era lo último que se le ocurriría decir al decorador. Miró rápidamente a la señora Bradley, pero nada le dijo su rostro, impasible. Comprendió que quien allí contaba era Isabel, y soltó una ruidosa carcajada.
—Verá usted, comprendo que está muy cómodo, y todas estas cosas…; pero, la verdad, si me lo pregunta usted así, a quemarropa, pues lo encuentro espantoso.
Isabel era alta, tenía ovalada la cara, recta la nariz, hermosos los ojos, y la boca carnosa como el resto de la familia. Era bonita e inclinada a la opulencia, pero supuse que era cosa de su edad, y que se afinaría con los años. Sus manos eran fuertes y bien dibujadas, aunque también llenas, y las piernas, que asomaban por debajo de su falda, corta, también pecaban ligeramente de rollizas. Tenía la tez clara, y el color saludable, probablemente algo subrayado por el reciente paseo en un automóvil descapotable. Era vivaz, y su risa, lozana. Daba gusto advertir su refulgente salud, su alegría jocunda, el evidente gozo que en vivir encontraba y la felicidad que de ella trascendía. Su suprema naturalidad hacía aparecer a Elliott, a pesar de toda su elegancia, algo cursi. Junto a su lozanía, la señora Bradley, con su cara pálida y surcada de arrugas, resultaba una mujer agotada y vieja.
Bajamos al comedor. Brabazon parpadeó atónito cuando lo vio. Estaban las paredes cubiertas de un papel oscuro, que imitaba una rica tela, y de retratos al óleo de hombres y mujeres agrios y adustos, muy mal pintados, cuyos originales fueron los antepasados inmediatos del difunto señor Bradley. También él estaba allí, con un exuberante bigote, muy tieso dentro de su levita y de un alto cuello almidonado. La señora Bradley, interpretada por un pintor francés de finales de siglo, aparecía sobre la chimenea, con un vestido de noche, de seda azul pálido, un collar de perlas y una estrella de brillantes en el pelo. Tenía entre los dedos de una enjoyada mano un pañuelo de encaje, tan cuidadosamente reproducido que era posible contar cada una de sus puntadas, y con la otra sostenía negligentemente un abanico de plumas de avestruz. Los muebles del comedor, de roble negro, eran abrumadores.
—¿Qué le parece? —le preguntó Isabel a Brabazon.
—Debió de costar mucho dinero —respondió él.
—Sí lo costó —dijo la señora Bradley—. Fue el regalo de boda que nos hizo mi suegro. Nos ha acompañado por todo el mundo: a Lisboa, Pekín, Quito, Roma. La encantadora reina Margarita lo admiraba.
—¿Qué haría usted si fuera suyo? —preguntó Isabel a Brabazon; mas antes de que pudiera responder, lo hizo Elliott por él.
—Quemarlo —dijo.
Comenzaron los tres a discutir cómo arreglarían la habitación. Elliott era partidario del Luis XV, mientras que Isabel prefería una severa mesa de refectorio monacal y sillas italianas. Brabazon adujo que el Chippendale estaría más en consonancia con la personalidad de la señora Bradley.
—Yo siempre considero de suma importancia —dijo— la personalidad de cada uno. —Se volvió a Elliott—: Claro es que conocerá usted a la duquesa de Olifant.
—¿A Mary? Es una de mis íntimas amigas.
—Se empeñó en que me encargara de su comedor, y en cuanto la vi, me dije: estilo Jorge II.
—Y acertó usted. Ya vi cómo quedó, la última vez que cené en su casa. Es de un gusto irreprochable.
Así continuó la conversación. La señora Bradley todo lo escuchaba, pero era difícil adivinar sus pensamientos. Yo hablé poco, y el novio de Isabel, Larry, de cuyo apellido ya no me acordaba, no despegó los labios. Estaba sentado al otro costado de la mesa, entre Brabazon y Elliott, y de vez en cuando le observaba con interés. Parecía muy joven. Era aproximadamente tan alto como Elliott, algo menos de un metro ochenta y dos, delgado y suelto de miembros. Era un muchacho agradable, ni guapo ni feo, bastante retraído y en nada notable. Me interesó observar que, aunque no recordaba haberle oído más de una docena de palabras desde que llegó a la casa, parecía estar muy a sus anchas y como si tomara parte en la conversación sin despegar los labios. Me fijé en sus manos, largas pero no desproporcionadas, maravillosamente modeladas pero al mismo tiempo poderosas, y se me ocurrió pensar que a más de un pintor le gustaría copiarlas. Era más bien flaco, pero nada tenía de enfermizo; antes bien, le hubiera yo juzgado recio y capaz de gran resistencia. Su rostro, grave en el reposo, estaba atezado, pero, fuera de eso, poco color se percibía en él, y sus facciones, aunque regulares, se inclinaban a la vulgaridad. Tenía los pómulos pronunciados, las sienes hundidas y el pelo castaño y ligeramente ondulado. Sus ojos daban la impresión de ser mayores de lo que eran, pues los tenía hundidos en las órbitas y rodeados de espesas y largas pestañas. Eran además poco corrientes, en nada semejantes a los ojos castaños que tanto Isabel como su madre y su tío tenían, sino tan oscuros que el iris fundía su color con el de la pupila, lo cual les daba una peculiar intensidad. Tenía una gracia natural que atraía, y pude comprender por qué Isabel se había enamorado de él. De vez en cuando, ella le miraba momentáneamente, y creí descubrir en su expresión, al hacerlo, no solamente amor, sino cariño. Cuando los ojos de ambos se encontraban, los de él reflejaban una ternura que resultaba admirable. No hay nada más conmovedor que el espectáculo de dos enamorados mozos, y yo, con la mitad de mi vida a la espalda, sentí envidia de ellos, pero al mismo tiempo me dieron lástima, sin que pudiera saber por qué. No tenía razón, porque, según mis noticias, no había ningún impedimento para su felicidad; ambos parecían en buena posición y no existía ninguna causa para que no se casaran y fueran felices.
Isabel, Elliott y Brabazon continuaban hablando del nuevo moblaje, procurando sacar a la señora Bradley, por lo menos, la confesión de que era necesario hacer algo; pero la señora Bradley se limitaba a sonreír amablemente.
—No tratéis de darme prisa. Quiero pensarlo. —Se volvió hacia el muchacho—: ¿A ti qué te parece, Larry?
Larry miró alrededor de la mesa, con ojos sonrientes.
—Yo no creo que tenga importancia ni lo uno ni lo otro.
—¡Traidor! —gritó Isabel—. ¡Con lo que te he insistido para que nos apoyaras!
—Si tía Louisa es feliz con lo que tiene, ¿para qué cambiarlo?
La opinión fue tan certera y sensata, que me hizo reír. Me miró y se sonrió.
—No hace falta que pongas esa cara de bobo por haber dicho una tontería —dijo Isabel.
Mas esto únicamente hizo más marcada su sonrisa, y fue entonces cuando advertí que tenía los dientes menudos, muy blancos y muy iguales. Miró a Isabel, y esta enrojeció y calló. O mucho me equivocaba, o la chica estaba locamente enamorada; pero no sé qué me dio la impresión de que su amor tenía algo de maternal, lo cual me pareció ligeramente inesperado en una muchacha tan joven. Miró a Brabazon con una dulce sonrisa en sus labios, y le dijo:
—No le haga usted caso. Es bastante estúpido, y está completamente desprovisto de cultura. No sabe nada de nada, como no sea volar.
—¿Volar? —dije.
—Fue aviador durante la guerra.
—Creí que era demasiado joven para haber tomado parte en la guerra.
—Y era muy joven. Su conducta fue lamentable. Se escapó de la universidad y se fue a Canadá. A fuerza de mentiras les hizo creer que tenía dieciocho años, y se alistó en aviación. Cuando se firmó el armisticio estaba combatiendo en Francia.
—Estás aburriendo a los convidados de tu madre, Isabel —dijo Larry.
—Le he conocido toda mi vida y cuando regresó estaba tan guapo con su uniforme y con todas aquellas cintitas en el pecho de su guerrera, que, por así decirlo, me senté a la puerta de su casa hasta que consintió en ponerse en relaciones conmigo para que le dejase en paz. ¡Pero tuve una de rivales…!
—¡Isabel, la verdad…! —dijo su madre.
Larry se inclinó hacia mí.
—Espero que no creerá usted ni una palabra de lo que está diciendo. Isabel no es mala chica, pero miente mucho.
Habíamos terminado de comer, y Elliott y yo nos fuimos al poco rato. Le había dicho yo que pensaba ir al museo para ver unos cuadros, y se ofreció para acompañarme. No me gusta demasiado ir a los museos con nadie, pero no podía decirle que prefería ir solo, y acepté su compañía. Fuimos hablando de Isabel y Larry.
—Resulta encantador ver a dos chiquillos tan enamorados.
—Son demasiado jóvenes para casarse.
—¿Por qué? Es magnífico ser joven, estar enamorado y casarse.
—No seas ridículo. Ella tiene diecinueve años y él acaba de cumplir los veinte. Larry no tiene ocupación. Disfruta de una renta insignificante, tres mil dólares al año, según me dice Louisa, y Louisa no es rica ni mucho menos. Necesita todo lo que tiene.
—Bueno, pero Larry puede trabajar.
—Ahí está la cosa, que no parece dispuesto a ello. Se encuentra muy a gusto sin hacer nada.
—Probablemente, lo pasó muy mal en la guerra. Quizá quiera descansar.
—Ya lleva un año descansando. ¿No es bastante?
—A mí me ha parecido un chico muy simpático.
—Y yo no tengo nada contra él. Es de buena familia, y todo lo que quieras. Su padre era de Baltimore. Era profesor adjunto de lenguas romances en la Universidad de Yale, o algo así. Su madre era de Filadelfia, de una antigua familia cuáquera.
—Hablas de ellos en pretérito. ¿Han muerto?
—Sí; su madre murió de parto, y su padre, hará unos doce años. Le ha educado un antiguo amigo de su padre, que ejerce como médico en Marvin. Allí le conoció Isabel.
—¿Dónde está Marvin?
—Es el sitio donde tienen sus tierras los Bradley. Louisa pasa allí los veranos. Sintió pena del niño, pues el doctor Nelson es soltero y no sabe una palabra acerca de cómo se educa a un niño. Fue Louisa quien insistió para que le mandara al colegio de St. Paul, y desde entonces Larry ha pasado aquí todas sus vacaciones de Navidad. —Elliott se encogió de hombros—. Yo creo que debiera haber previsto lo que acabaría por pasar irremediablemente.
Llegamos al museo y dedicamos nuestra atención a los cuadros. Me impresionaron una vez más los profundos conocimientos y el excelente gusto de Elliott. Fue conduciéndome de sala en sala, como si fuera yo un grupo de turistas, y ningún catedrático de arte hubiera hablado de manera más instructiva que la suya. Me rendí a sus atenciones, no sin decidir volver al museo yo solo en otra ocasión. Pasado algún tiempo, Elliott miró el reloj.
—Vámonos —dijo—. Nunca paso más de una hora en un museo. Es el máximo que nuestra apreciación puede durar. Terminaremos otro día.
Le di las gracias cordialmente y nos separamos. Yo me fui por mi camino, quizá más sabio que antes, pero irritado.
Al despedirme de la señora Bradley, esta me había dicho que al día siguiente Isabel iba a reunir a unos cuantos amigos de su edad para cenar, después de lo cual se irían a bailar, y que si yo iba, Elliott y yo podríamos charlar tranquilamente así que la gente joven se hubiera marchado.
—Le hará usted un favor —me dijo—. Lleva tanto tiempo en el extranjero, que se encuentra algo desplazado aquí. No parece capaz de encontrar a nadie que tenga algo en común con él.
Acepté, y antes de que Elliott y yo nos separáramos en la escalinata del museo, me dijo que se alegraba.
—Me encuentro como perdido en esta ciudad inmensa —me dijo—. Le he prometido a Louisa pasar seis semanas con ella, pues no nos habíamos visto desde el año doce; pero créeme que estoy contando los días que me faltan para volver a París. Es el único sitio del mundo en que puede vivir una persona civilizada. ¿Sabes lo que piensan de mí aquí? Que soy un raro. ¡Qué salvajes!
Me eché a reír y nos separamos.
A la noche siguiente, después de rehusar la oferta de Elliott, que quería pasar a recogerme, llegué sin novedad a casa de la señora Bradley. Me había detenido una visita, y llegué un poco tarde. Sentíase en la salita tan grande algazara cuando subía yo las escaleras, que pensé que se trataba de una cena muy concurrida, por lo que me sorprendió descubrir que solo éramos doce a la mesa. La señora Bradley estaba casi fastuosa, con un traje de seda verde y una gargantilla de perlas pequeñas; y Elliott, con su bien cortado esmoquin, elegante como solo él sabía serlo. Cuando nos dimos la mano, asaltaron mis narices todos «los perfumes de Arabia». Me presentaron a un hombre alto, recio, de cara rubicunda, que parecía no encontrarse a gusto con su ropa de etiqueta. Le llamaban doctor Nelson, pero no caí en la cuenta de quién era. El resto de los invitados eran amigos de Isabel, cuyos nombres fui olvidando tan aprisa como los escuché. Eran las muchachas jóvenes y bonitas, y los muchachos jóvenes y gallardos, pero ninguno me llamó la atención, excepto uno de los hombres, y este tan solo por su altura y corpulencia. Debía de medir más de un metro noventa o noventa y tres, y era de proporcionada anchura de espaldas. Isabel estaba sumamente bonita, con un traje blanco de seda, cuya cumplida falda de volantes ocultaba las piernas, rollizas en demasía; el corte del corpiño dejaba ver que tenía bonito el busto; hallé los brazos algo sobrados de carne, pero el cuello lo tenía admirable. Estaba muy animada y le relucían los ojos. No cabía duda de que era una muchacha muy bonita y deseable, pero resultaba evidente que si no se cuidaba llegaría a desarrollar una afeadora corpulencia.
En la mesa me encontré sentado entre la señora Bradley y una muchacha tímida e incolora, a la que juzgué más joven todavía que las demás. Cuando nos sentamos, la muchacha me explicó, para ahorrar molestias a la señora Bradley, que sus abuelos vivían en Marvin y que ella e Isabel habían sido compañeras de colegio. Su nombre, el único que llegué a oír, era Sophie. Eran abundantes las bromas en la mesa, todos hablaban recio y las risas eran continuas. Todos parecían tener gran confianza con los demás. Cuando no estaba ocupado en hablar con la señora de la casa, procuraba trabar conversación con mi vecina, pero sin lograr éxito notable. Parecía más tranquila que los demás. No era bonita, pero tenía interesante la cara, de nariz pequeña y respingona, boca ancha y ojos de un azul verdoso. Su pelo era de un castaño pálido, y lo llevaba peinado con gran simplicidad. Era muy delgada, y tenía el pecho casi tan liso como un muchacho. Reía las bromas de los demás, pero de manera ligeramente forzada, lo que me hizo pensar si la divertirían tanto como procuraba aparentar. Creí adivinar que estaba esforzándose para mostrarse animada. No pude decidir si era algo tonta o excesivamente tímida, y después de ensayar con ella varios temas de conversación, sin que ninguno prosperara, como no encontraba nada mejor de qué hablarle, le pedí que me explicara quiénes eran los que a la mesa se sentaban.
—Al doctor Nelson ya le conoces —dijo, indicando al hombre de cierta edad que estaba sentado enfrente de mí, al otro lado de la señora Bradley—. Es el tutor de Larry y nuestro médico en Marvin. Tiene mucho talento; inventa toda clase de cosas para aeroplanos, que nadie quiere usar, y cuando no está ocupado en eso se dedica a beber.
Cierto brillo que advertí en sus ojos cuando hablaba, me hizo sospechar que Sophie no era tan tonta como a primera vista pensé. Siguió diciéndome los nombres de la gente, explicándome quiénes eran sus padres, y si de un muchacho se trataba mencionaba la universidad en que estudió y el trabajo que en la actualidad hacía. Sus descripciones no eran demasiado reveladoras: «Es muy mona». O bien: «Él es un jugador de golf magnífico».
—¿Y quién es ese muchachote, el de las cejas?
—¿Ese? Gray Maturin. Su padre tiene una casa inmensa en Marvin, junto al río. Es nuestro millonario, y estamos orgullosísimos de él. Nos da categoría. Es uno de los socios de Maturin, Hobbes, Rayner y Smith, y uno de los hombres más ricos de Chicago. Gray es hijo único.
Logró pronunciar los nombres con tan agradable ironía que la miré interesado. Lo advirtió ella y se puso colorada.
—Dime más cosas acerca del señor Maturin.
—No hay nada que decir. Es muy rico, muy respetado, ha construido una iglesia nueva en Marvin y ha donado un millón de dólares a la Universidad de Chicago.
—Su hijo es un real mozo.
—Es muy simpático. A nadie se le ocurriría pensar que su abuelo fue un emigrante irlandés sin un céntimo, y su abuela, que era sueca, camarera de una casa de comidas.
Gray Maturin era más bien llamativo que apuesto. Tenía aspecto de cosa mal acabada y ruda, con su nariz roma, su boca sensual y aquella tez de típica rubicundez irlandesa. Era hombre de abundante pelo, negro y muy lacio, bajo cuyas muy espesas cejas se veían los ojos, de claro color azul. Aunque de vasto tamaño, tenía bien proporcionado el cuerpo, y desnudo sería seguramente un magnífico ejemplar. Su gran fuerza era palmaria, y su virilidad impresionante. Larry, que se sentaba junto a él, aunque no sería de estatura inferior en más de unos diez centímetros, parecía, por comparación, enteco.
—Tiene admiradoras a montones —dijo mi tímida vecina—. Conozco a varias muchachas que serían capaces de cualquier cosa para pescarle. Pero es inútil.
—¿Por qué?
—No sabes nada, ¿verdad?
—¿Cómo voy a saberlo?
—Está tan enamorado de Isabel que no ve a derechas, pero Isabel está enamorada de Larry.
—¿Y qué le impide desbancar a Larry?
—Que Larry es su mejor amigo.
—Supongo que esto complica el asunto.
—Si es uno tan buena persona y tan honrado como lo es Gray… sí.
No pude decidir si dijo esto en serio, o si en el tono de su voz hubo un ligero matiz de burla. No hablaba con desenfado, descaro o petulancia, pero me dio la impresión de que no le faltaba ingenio ni agudeza. Me pregunté en qué estaría pensando mientras hablaba conmigo, y comprendí que jamás lo sabría. Era patente que no se encontraba segura de sí misma, y concebí la hipótesis de que era hija única, y había vivido aislada en compañía de gentes mayores que ella. Tenía una modestia, una insignificancia amable que hallé a mi gusto, pero si no me equivocaba al suponer que había vívido largo tiempo en soledad, también adiviné que había observado calladamente a las personas mayores que la rodeaban y formado opiniones muy concretas acerca de ellas. Quienes hemos alcanzado una edad madura sospechamos pocas veces los despiadados pero muy agudos juicios que los jóvenes forman de nosotros. Volví a mirar sus ojos, entre verdes y garzos.
—¿Cuántos años tienes? —le pregunté.
—Diecisiete.
—¿Lees mucho? —pregunté a la ventura.
Antes de que pudiera responderme, la señora Bradley, cuidadosa de sus deberes, me dirigió unas palabras, y la cena terminó mientras aún hablaba con ella. La gente joven se fue sin más espera adondequiera que tuvieran pensado, y los cuatro que quedamos subimos al cuarto de estar.
Me sorprendió haber sido invitado, pues luego de una conversación breve y baladí comenzaron a hablar de un asunto que me extrañó no prefirieran discutir a solas. No pude decidir si sería lo más discreto levantarme y despedirme o si me encontraban útil como auditorio desinteresado y unipersonal. El asunto discutido era la extraña repugnancia de Larry por el trabajo, lo cual había cobrado mayor importancia al ofrecerle el señor Maturin, padre del muchacho que había cenado con nosotros, empleo en su negocio. Era una excelente oportunidad. Con industria y habilidad, Larry podría llegar a ganar, a su debido tiempo, dinero abundantísimo. Su amigo Gray le había instado con entusiasmo a que aceptara la oferta.
No recuerdo todo lo que allí se dijo, pero tengo clara memoria de lo más importante. Cuando Larry volvió de Francia, el doctor Nelson, su tutor, le aconsejó que ingresara en la universidad, pero el muchacho se había negado. Era natural que quisiera disfrutar durante algún tiempo de una sosegada holganza, pues lo había pasado mal y fue herido dos veces, aunque no de gravedad. El doctor Nelson pensó que Larry estaba sufriendo aún cierto desequilibrio nervioso, y le pareció bien que descansara hasta reponerse por completo. Mas fueron convirtiéndose en meses las semanas, y ya hacía un año que se había quitado el uniforme. Trascendió el conocimiento de su ejemplar conducta como aviador, de resultas de lo cual varios hombres de negocios de Chicago le brindaron trabajo. Él les dio las gracias y rechazó los ofrecimientos. No dio razón para ello, excepto que aún no había decidido lo que iba a hacer. Se puso en relaciones con Isabel, lo cual no sorprendió a la madre de esta, pues habían sido inseparables durante varios años y no se le ocultaba que Isabel estaba enamorada de él. La señora Bradley quería al chico y juzgó que sabría hacer feliz a su hija.
—Isabel tiene más carácter que él. Sabrá darle lo que le falta.
Aunque ambos eran muy jóvenes, la señora Bradley se mostró dispuesta a consentir que se casaran sin tardanza, pero no antes de que Larry comenzara a trabajar. Tenía él algún dinero, pero aun teniendo diez veces más, la señora Bradley hubiera insistido en su exigencia. A juzgar por lo que oí, lo que ella y Elliott querían era conocer por el doctor los propósitos de Larry. Deseaban también que el doctor Nelson empleara su influencia con el muchacho para que este aceptara el puesto ofrecido por el señor Maturin.
—Ya sabéis que nunca me ha hecho mucho caso —dijo el tutor—. Incluso de muchacho hacía lo que se le antojaba.
—Ya lo sé. Le dejaste crecer salvaje. Es un milagro que el chico no haya salido peor —dijo la señora Bradley.
El doctor Nelson, que había estado bebiendo sin gran templanza, la miró hoscamente y aumentó algo el color de su rostro.
—Andaba yo demasiado ocupado. Y tuve que atender a mis propios asuntos. Si le tomé a mi cargo fue porque la criatura no tenía dónde meterse, y su padre fue amigo mío. No creáis que fue sencillo educarle.
—No sé cómo puedes decir eso —replicó la señora Bradley acremente—. Tiene un carácter encantador.
—¿Me quieres decir qué se puede hacer con un chico que jamás replica, pero hace exactamente lo que le da la gana, y que cuando monta uno en cólera pide perdón y deja que chilles? Si hubiera sido hijo mío le habría dado una paliza, pero no iba a pegar a un muchacho que no tenía un pariente en todo el mundo y cuyo padre le dejó a mi cargo por creer que yo le trataría con cariño.
—Todo eso no tiene nada que ver —dijo Elliott, algo irritado—. La cuestión es la siguiente: ya ha hecho el vago bastante tiempo; ahora se le ofrece una oportunidad excelente de labrarse un porvenir brillante, y si quiere casarse con Isabel ha de trabajar.
—Tiene que comprender —interpuso la señora Bradley— que en el estado actual del mundo los hombres no pueden estar ociosos. Está fuerte y completamente repuesto. Todos sabemos que después de nuestra guerra civil hubo muchos hombres que no volvieron a trabajar al ser licenciados. Y fueron una carga para sus familias e inútiles para la sociedad.
Intervine yo entonces, diciendo:
—Pero ¿qué razones da para rechazar las varias ofertas que le han hecho?
—Ninguna. Que no le gustan.
—Pero ¿no quiere hacer algo?
—Por lo visto, no.
El doctor se sirvió otro whisky, dio un largo sorbo y miró a sus amigos.
—¿Queréis saber lo que pienso? Puede que yo no sea demasiado buen juez de la naturaleza humana, pero después de treinta años de médico algo he tenido que aprender sobre el asunto. A Larry le pasó algo en la guerra. Volvió cambiado. No es solo que sea menos chiquillo. Algo le ocurrió que cambió su manera de ser.
—¿Qué clase de cosa? —pregunté.
—No sabría decirlo. Nunca habla de lo que le pasó en la guerra. —Se volvió hacia la señora Bradley y le preguntó—: ¿Te ha dicho a ti algo?
La señora Bradley sacudió la cabeza.
—No. Cuando volvió todos tratamos de que nos contara sus aventuras, pero no hizo más que reír de esa manera suya y decirnos que no tenía nada que contar. Ni siquiera a Isabel le ha dicho nada, a pesar de que ella ha hecho todo lo posible; pero no ha conseguido sacarle una palabra del cuerpo.
Prosiguió la conversación de tan poco satisfactoria manera hasta que el doctor miró su reloj y dijo que tenía que irse. Me dispuse a retirarme en su compañía, pero Elliott insistió en que me quedara. Así que el médico se hubo ido, se excusó la señora Bradley por molestarme con sus asuntos particulares, y me expresó su temor de que la conversación me hubiera aburrido.
—Es que todo ello me tiene muy preocupada —terminó diciendo.
—Maugham es un hombre discreto, Louisa, y no tienes por qué tener miedo de decirle cualquier cosa. Yo no creo que Bob Nelson y Larry se profesen un gran cariño, pero, sin embargo, hay algunas cosas que ni a Louisa ni a mí nos ha parecido oportuno decirle.
—Elliott…
—Mira, Louisa, le has dicho ya tanto, que igual puedes contárselo todo. ¿Te has fijado durante la cena en Gray Maturin?
—Es tan corpulento que no hubiera podido evitarlo.
—Siempre ha andado detrás de Isabel. Mientras Larry estuvo ausente, tuvo una infinidad de atenciones con ella, y si la guerra hubiese durado algo más, bien pudieran haber terminado por casarse, pues a Isabel le gusta. El chico llegó a declararse y ella ni le dijo que sí ni que no. Louisa dice que no quiso decidirse hasta que Larry volviera.
—¿Cómo no fue él a la guerra? —pregunté.
—Tiene una pequeña lesión cardíaca, de jugar al rugby. No es nada serio, pero le dieron por inútil para el ejército. Volvió Larry y se acabaron sus esperanzas. Isabel le dijo que no.
No supe qué comentario se esperaba de mí, y no hice ninguno. Elliott continuó hablando. Con su distinguido aspecto y con su refinado acento inglés, no podía parecerse más a un alto funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores británico.
—Claro es que Larry es un buen muchacho, y demostró coraje al escapar para alistarse voluntariamente en aviación, pero yo me doy buena maña para juzgar a las personas… —Esbozó una significativa sonrisa e hizo entonces la única referencia que jamás oí al hecho de haber ganado una fortuna negociando con obras de arte—: De lo contrario, no tendría ahora una interesante cantidad en valores de toda confianza. Y mi opinión es que Larry no llegará lejos. Apenas puede decirse que tenga dinero o que sea de buena familia. Gray es muy distinto. Tiene un apellido irlandés muy antiguo y ha habido en su familia un obispo y varios militares y académicos de nombre.
—¿Cómo lo sabes? —le pregunté.
—Esas cosas se saben —respondió, sin dar importancia a su respuesta—. El otro día estaba hojeando el Diccionario Nacional Biográfico en el club y me encontré con el apellido Maturin.
Consideré que no era asunto mío repetir lo que durante la cena me había dicho mi vecina de mesa acerca del pobretón emigrante irlandés y la camarera sueca, abuelos de Gray. Prosiguió Elliott.
—A Henry Maturin todos le conocemos hace años. Es un hombre magnífico y riquísimo. Gray heredará la mejor agencia de Bolsa de Chicago. Tiene el mundo a sus pies. Quiere casarse con Isabel, y no puede negarse que para ella sería una boda muy buena. Yo soy partidario de que se casen, y sé que Louisa también.
—Mira, Elliott —dijo la señora Bradley con una adusta sonrisa—, tú llevas tanto tiempo fuera de América que se te ha olvidado que aquí las muchachas no se casan porque a sus madres y a sus tíos les parezca oportuno.
—Pues no es eso para enorgullecerse —dijo Elliott con voz tajante—. Una experiencia de treinta años me autoriza a decirte que un matrimonio concertado teniendo en cuenta la posición, la fortuna y la comunidad de las circunstancias es mejor, por todos conceptos, que un matrimonio por amor. En Francia, que a fin de cuentas es el único país civilizado del mundo, Isabel se casaría con Gray sin pensarlo dos veces; pasados un año o dos, se convertiría en amante de Larry, si de ello tenía ganas. Gray pondría un lujoso piso a una actriz conocida, y todos serían felices.
La señora Bradley, que no tenía un pelo de tonta, miró a su hermano con manifiesta sorna.
—La objeción que se me ocurre a todo eso es que como las compañías de Nueva York vienen a Chicago durante temporadas muy cortas, Gray no podrá conservar a la inquilina de su lujoso piso más que un espacio de tiempo de duración extremadamente incierta. ¿No crees que eso sería causa de desasosiego para todos?
Elliott sonrió.
—Gray podría comprar un nombramiento de agente de Bolsa en Nueva York. Después de todo, si uno se empeña en vivir en América, no comprendo que tenga ningún sentido residir en otro sitio que no sea Nueva York.
Me despedí al poco rato, pero antes de que me fuera, Elliott, no comprendo por qué, me preguntó si quería almorzar al día siguiente con él, para presentarme a los dos Maturin, padre e hijo.
—Henry es un prototipo del hombre de negocios honrado americano —me dijo—, y creo que debes conocerle. Ya hace años que se cuida de nuestros intereses.
No tenía particular deseo de hacer tal cosa, pero tampoco motivo para negarme, y le respondí que aceptaba con gusto.
Me habían admitido como socio transeúnte, por el tiempo que durara mi estancia, en un club que tenía una buena biblioteca, y a la mañana siguiente fui allí para ver algunas de las revistas universitarias que no son fáciles de conseguir por quien no está suscrito a ellas. Era temprano y únicamente había allí otra persona. Estaba sentada en un vasto butacón de cuero, absorta en un libro. Me sorprendió ver que era Larry. Era la última persona que hubiera yo imaginado descubrir en tal lugar. Cuando pasé junto a él, alzó la vista, me reconoció e hizo ademán de levantarse.
—No te muevas —le dije, y luego añadí casi automáticamente—: ¿Qué lees?
—Un libro —respondió con una sonrisa, pero con una sonrisa tan encantadora que el evasivo desaire no resultó ofensivo en absoluto.
Cerró el libro y se quedó mirándome con sus ojos de peculiar opacidad, sujetándolo de tal manera que no pude leer su título.
—¿Lo pasaste bien anoche? —pregunté.
—Maravillosamente. No volví a casa hasta las cinco.
—Buena resistencia tienes, para estar aquí tan despierto y tan temprano.
—Vengo mucho por aquí. A estas horas no suele haber nadie.
—No te molestaré.
—No me molestas —dijo, volviendo a sonreír, y pensé entonces que su sonrisa era de peregrina dulzura. No era una sonrisa brillante y refulgente, sino que iluminaba su rostro con una luz interna. Estaba sentado en un entrante formado por las librerías y había una butaca vacía junto a él. Puso una mano sobre el brazo de esta—: ¿No quieres sentarte un minuto?
—Bueno.
Me alargó el libro que tenía en la mano.
—Estaba leyendo esto.
Lo miré y vi que era Principios de psicología, por William James. Es, indudablemente, una obra clásica e importante en la historia de la ciencia de su tema; es, además, profundamente interesante; pero no es un libro que pudiera yo haber esperado encontrar en manos de un muchacho, de un aviador, que la noche anterior había estado bailando hasta las cinco de la mañana.
—¿Por qué estás leyendo esto? —le pregunté.
—Porque soy muy ignorante.
—También eres muy joven —dije, sonriendo.
No habló durante largo rato; comenzaba yo a encontrar embarazoso su silencio, y me disponía a levantarme para buscar las revistas que vine a leer. Pero tenía la sensación de que Larry quería decirme algo. Estaba con la mirada perdida, era grave e intensa su expresión, y parecía meditar. Esperé. Sentía curiosidad por saber el significado de todo aquello. Cuando comenzó a hablar lo hizo como si estuviera continuando la conversación, sin darse cuenta de la gran pausa habida en ella.
—Cuando regresé de Francia todos se empeñaron en que volviera a la universidad. No pude. Comprendí que después de todo lo que había pasado no podría volver a la escuela. En el colegio no aprendí nada. Me di cuenta de que me sería imposible adoptar la vida de un novato de universidad. No les hubiera sido simpático a mis compañeros. No quise fingir lo que no sentía. Y no creí que los profesores fueran capaces de enseñarme lo que yo quería saber.
—Claro está que no es asunto mío —repliqué—, pero no estoy muy seguro de que hicieras bien. Creo entender lo que quieres decir, y comprendo que después de dos años de guerra hubiera sido desagradable convertirse en una especie de colegial de lujo, pues eso es el estudiante universitario durante los dos primeros años. No puedo creer que hubieras sido antipático a tus compañeros. No sé gran cosa acerca de las universidades americanas, pero supongo que los estudiantes americanos no serán muy diferentes de los ingleses; quizá algo más ruidosos y algo más inclinados a bromas violentas, pero en general chicos decentes, sensatos, y creo que si uno no quiere hacer su vida no se opondrán, si se tiene un poco de tacto, a dejarle en paz. No estudié en Cambridge, como mis hermanos. Pude hacerlo, pero no quise. Preferí salir al mundo. Siempre lo he lamentado. Creo que me podría haber ahorrado muchos errores. Se aprende mucho más rápidamente bajo la dirección de profesores experimentados. Si no se tiene un guía, se malgasta mucho tiempo errando el camino, para encontrarse luego en un callejón sin salida.
—Quizá tengas razón; pero no me importa si me equivoco. Tal vez en uno de esos callejones sin salida encuentre algo que venga bien a mi propósito.
—¿Cuál es tu propósito? Vaciló durante un momento.
—Esa es la cosa. No estoy muy seguro aún.
Callé, pues no parecía que hubiera nada que contestar. Yo, que desde edad muy temprana siempre he vivido de acuerdo con un plan concreto de finalidades minuciosamente especificadas, no podía escuchar tal confesión sin sentir cierta irritación; mas la dominé. La dominé porque tenía lo que no acierto a llamar más que una intuición de que en el alma de aquel muchacho bullía una turbulenta confusión, no sabía yo si de ideas no maduras o de emociones vagamente percibidas, que le llenaban de inquietud, la cual le acuciaba hacia una meta desconocida. El chico provocaba en mí una simpatía tan profunda como difícil de entender. Hasta aquel momento no le había oído hablar sino muy brevemente, y esto explica que no hubiera advertido la sonora música de su voz. Era persuasiva; era como un bálsamo. Cuando percibí este detalle y consideré su encantadora sonrisa y la impresionante expresión de sus ojos profundamente negros, comprendí sin dificultad que Isabel se hubiese enamorado de él. Algo tenía, sin duda alguna, que le hacía verdaderamente encantador. Volvió entonces la cabeza y, mirándome sin embarazo, con una expresión que era a la par escrutadora y de amable desenfado, me dijo:
—¿Acierto al suponer que cuando ayer nos fuimos al baile os quedasteis hablando de mí?
—Durante algún tiempo,