I

Anoche soñé que había vuelto a Manderley. Me encontraba ante la verja del parque, pero durante algunos momentos no pude entrar. La puerta estaba cerrada con candado y cadena. Llamé en sueños al guarda, pero nadie me contestó, y cuando miré detenidamente a través de los barrotes mohosos de la verja, vi que la caseta estaba abandonada.

No humeaba la chimenea y las ventanucas y sus celosías bostezaban en su abandono. Entonces, como todos los que sueñan, me sentí de repente dotada de una fuerza sobrenatural, y atravesé como un espíritu la barrera que me detenía. Serpenteaba el camino ante mí, retorcido y tortuoso como siempre, pero según avanzaba noté que había cambiado; ahora era estrecho y estaba descuidado, no como yo lo había conocido. Al principio me extrañó y no comprendí lo que había pasado; pero cuando tuve que bajar la cabeza, para no tropezar con una rama que cruzaba el camino, me di cuenta de lo ocurrido. La naturaleza había reconquistado lo que fue suyo y, poquito a poco, con sus métodos arteros e insidiosos, había ido invadiendo el camino, extendiendo por él sus dedos largos y tenaces. El bosque, siempre amenazador, incluso en tiempos pasados, había triunfado al fin. Oscuro y salvaje, llegaba hasta los bordes del camino. Las hayas, de tronco blanco y desnudo, se inclinaban las unas hacia las otras y entrelazaban sus ramas en un extraño abrazo, formando sobre mi cabeza una bóveda como la nave de una iglesia. Vi otros árboles mezclados con las hayas, que no reconocí: robles achaparrados y olmos retorcidos que habían nacido de la tierra silenciosa, junto a las plantas y arbustos disformes de los que tampoco me acordaba.

El camino había quedado reducido a un estrecho sendero, ya sin grava, ahogado de hierbas y musgo. Abundaban en los árboles las ramas bajas que estorbaban el paso; las raíces retorcidas parecían garras esqueléticas. Dispersos, entre la maleza, pude reconocer algunos arbustos, que en nuestros tiempos habían sido macizos graciosos y cuidados, como aquel de hortensias de tallos elegantes, cuyas flores azuladas llegaron a adquirir cierto renombre. Nadie las cultivaba ahora y se habían vuelto silvestres, creciendo desmesuradas, incapaces ya de florecer, negruzcas, feas, como los parásitos anónimos que crecían junto a ellas.

Aquel pobre hilillo blanco que un día fue nuestro camino avanzaba más y más, torciendo ora a la derecha, ora a la izquierda. Algunas veces lo creí ahogado para siempre, pero aparecía de nuevo, acaso bajo un árbol caído o luchando con el barro de una ciénaga nacida de las lluvias invernales. El camino me pareció más largo que antes. Evidentemente, las millas se habían multiplicado, como lo hicieran los árboles, y este camino únicamente conducía a un laberinto, a una espesura impenetrable, y no a la casa. Pero, de repente, apareció esta ante mí. La avenida que conducía hasta la puerta estaba casi borrada por el desmesurado crecimiento de matojos exuberantes que se extendían por todas partes. Me detuve, con el corazón latiéndome en el pecho, mientras sentía en los ojos la extraña punzada de las lágrimas.

¡Allí estaba Manderley! ¡Nuestro Manderley!, reservado y silencioso, como siempre. Sus piedras grises brillaban en la luz de la luna de mi sueño, y las vidrieras reflejaban los verdes macizos de césped y la terraza. El tiempo no había logrado destruir la perfecta simetría de aquellos muros, ni el lugar sobre el que se alzaban como una joya en el hueco de la mano.

La terraza se fundía en los macizos, y los macizos en el mar; volviendo la cabeza, pude ver la sábana de plata, tranquila a la luz de la luna, como lago al que no inquieta la brisa o el aquilón. Ni una ola rizaba aquellas aguas de ensueño, ninguna nube impelida por el poniente oscurecía la claridad del pálido firmamento. Volví a mirar la casa, y aunque se alzaba inviolada e intacta, como si la acabáramos de abandonar, vi que el jardín había obedecido la ley de la selva, igual que el bosque. Los rododendros medían más de cincuenta pies, y se retorcían abrazados en extraño maridaje a una multitud de arbustos anónimos, pobres advenedizos, que se agarraban a sus raíces, como si se dieran cuenta de su origen bastardo. Se veía un lilo enlazado con una haya roja, y, como si quisiera hacer la unión más fuerte, la hiedra malévola, sempiterna enemiga de lo grácil, había extendido sus zarcillos en derredor de la pareja, que así resultaba prisionera. La hiedra reinaba en el jardín abandonado; sus largas ramas se arrastraban sobre el césped, y pronto llegarían hasta la misma casa. Otra planta, brote espurio del bosque, cuyas semillas tiempo atrás habían quedado dispersas y olvidadas bajo los árboles, ahora marchaba junto a la hiedra, e imponía su fealdad de ruibarbo monstruoso sobre los suaves bancales de césped donde antes florecían los narcisos.

Crecían por todas partes las ortigas, vanguardia del ejército invasor. Ahogaban la terraza, se desperezaban en los senderos, se inclinaban, vulgares y delgaduchas, contra las ventanas de la casa. Centinelas descuidadas, habían dejado que rompieran sus filas los arbustos de ruibarbo; sus cabezas arrugadas, sus tallos encogidos formaban veredas frecuentadas por los conejos. Pasé del camino a la terraza, pues las ortigas no eran barrera para mí, una soñadora. Caminaba encantada, y nada podía detenerme.

La luna sabe jugar con la imaginación, hasta con la imaginación de una persona que duerme. Estaba frente a la casa, callada, silenciosa, y habría podido jurar que Manderley no era un caparazón vacío sino que vivía y respiraba como en otros tiempos.

Veía luz en las ventanas; la brisa de la noche movía suavemente las cortinas; y allí, en la biblioteca, estaba la puerta mal cerrada, como la habíamos dejado, y junto a un jarrón de rosas, mi pañuelo olvidado.

El cuarto mismo era testigo de nuestra presencia allí: un montón de libros preparados para ser devueltos a la biblioteca y un número desechado de The Times; ceniceros con alguna colilla; almohadones, que aún conservaban las huellas de nuestras cabezas, tirados sobre las sillas. En el hogar, los rescoldos de fuego, que durarían hasta la madrugada, y Jasper, nuestro querido Jasper, con sus ojos expresivos y sus dientes poderosos, estaría tumbado en el suelo, tabaleando con el rabo sobre el piso al oír las pisadas del amo.

Una nube, antes no vista, cubrió de repente la luna y se detuvo un instante, como mano sombría que escondiera una cara. Desapareció la ilusión con ella y las luces de las ventanas se apagaron. Volví a ver solamente un cascarón desolado, inanimado, abandonado hasta de los fantasmas, sin que ni un eco del pasado se agarrase a sus paredes desnudas.

La casa era una tumba, y allí estaban nuestras angustias y sufrimientos enterrados en las ruinas. No resucitarían. Cuando ya despierta recordase a Manderley, lo haría sin amargura. Pensaría en lo que hubiera podido ser, en que yo hubiera podido vivir allí sin sufrimientos. Me acordaría de la rosaleda en verano y del gorjeo de los pajarillos al amanecer. De la hora del té bajo el castaño, del rumor del mar que nos llegaba a través de los prados.

Pensaría en las lilas en flor y el Valle Feliz. Esas cosas eran permanentes y no podían desaparecer. Eran recuerdos que no podían causarnos dolor. Todo esto lo pensaba aún soñando, mientras las nubes ocultaban la cara de la luna, pues, como muchos, al dormir, sabía que estaba soñando. La verdad era que me encontraba durmiendo a muchos cientos de millas, en tierra extranjera, y que despertaría, pasados unos segundos, en el desnudo cuartito de un hotel, cuya vulgaridad anónima me serviría de consuelo. Suspiraría un segundo, me desperezaría, daría la vuelta, y al abrir los ojos me sorprendería el sol resplandeciente, el cielo límpido y duro, tan distinto de la suave claridad de la luna de mi sueño. Comenzaría nuestro día, largo y monótono, es verdad, pero lleno de cierta paz, de una bendita tranquilidad que antes no habíamos conocido. De Manderley no hablaríamos, ni yo le contaría mi sueño. Porque Manderley ya no es nuestro; Manderley ya no existe.

II

Una cosa es segura: ya no podremos volver allí. El pasado queda aún demasiado cerca. Todo lo que hemos procurado olvidar se removería de nuevo, y aquella sensación de miedo, de inquietud furtiva, aquella lucha contra un pánico ciego e irracional —a Dios gracias, ya acallado—, podría, por alguna circunstancia ignorada, volver a la vida, para perseguirnos como antes.

Tiene una paciencia admirable y nunca se queja; ni siquiera cuando se acuerda…, lo cual ocurre, me parece, con más frecuencia de lo que él quisiera darme a entender.

Lo noto, porque algunas veces se queda de repente como perdido y ensimismado; se borra la expresión encantadora de su cara, como si una mano invisible se la hubiera robado, y en su lugar aparece una máscara, esculpida, rígida, helada, siempre bella pero sin vida. Comienza a fumar cigarrillo tras cigarrillo, sin molestarse en apagarlos, y las colillas, aún encendidas, van cayendo al suelo como pétalos. Empieza a hablar deprisa y con pasión acerca de cualquier cosa, agarrándose al tema, como si fuera remedio seguro contra todo dolor. Creo que existe una teoría según la cual el dolor purifica y fortalece a hombres y mujeres, y añade que para perfeccionarse, tanto en este mundo como en el otro, es necesario pasar por la prueba del fuego. Pues aunque suene irónico, eso es lo que hemos hecho nosotros plenamente. Los dos hemos conocido el terror y la soledad, y la angustia más intensa. Claro que, antes o después, a todos nos llega en esta vida un momento de prueba. Cada uno de nosotros tiene un demonio propio que nos persigue y atormenta, y al final hemos de luchar contra él. Nosotros hemos vencido al nuestro, o así lo creemos.

Ya no nos persigue. Hemos salido vencedores de la prueba, aunque no hayamos escapado ilesos. Él siempre presintió el desastre, y con motivo. Hoy podría decir, como una mala actriz en una obra vulgar que «hemos pagado el precio de nuestra libertad». Pero yo he conocido durante mi vida demasiadas situaciones melodramáticas, y daría con gusto mis cinco sentidos para asegurar la paz y la tranquilidad de que gozamos ahora. La felicidad no es un bien que pueda atesorarse; es una manera de pensar, un estado de ánimo. No es que algunas veces no nos sintamos deprimidos; pero también conocemos momentos que escapan al reloj y se hacen eternos; y entonces, cuando observo su sonrisa, sé que estamos juntos, que caminamos de acuerdo, sin que ningún conflicto de opinión o pensamiento pueda separarnos.

Nada nos ocultamos. Todo lo compartimos. Es verdad que este hotelito es aburrido, y la comida no vale nada, y que pasan los días con monotonía, pero no deseamos otra cosa. En cualquiera de los grandes hoteles nos encontraríamos con demasiados de sus conocidos. A los dos nos gusta lo sencillo, y si algunas veces nos aburrimos, pensamos que el aburrimiento es un buen antídoto contra el terror. La rutina gobierna nuestras vidas; yo, ¡quién lo iba a decir!, resulta que leo muy bien en voz alta. La única cosa que le impacienta es que se retrase el cartero, pues eso quiere decir que tendremos que esperar otro día antes de recibir el correo de Inglaterra. Hemos intentado escuchar la radio, pero el ruido nos irrita, y preferimos ir acumulando nuestro entusiasmo; el resultado de un partido de críquet jugado hace muchos días significa mucho para nosotros.

Hemos luchado contra el tedio, interesándonos simplemente por las competiciones de los alrededores, por los combates de boxeo y hasta por los campeonatos de billar. Las finales entre los equipos de varios colegios, las carreras de galgos, las curiosas y modestas competiciones de dos condados remotos…, todo ello nos satisface. Algunas veces caen en mis manos unos números atrasados del Field y me encuentro transportada repentinamente desde esta isla insulsa a las realidades de la primavera en Inglaterra. Veo sus arroyuelos, los brillantes insectos de mayo, los valles verdosos donde crecen las acederas, las cornejas que vuelan por encima de mi cabeza, en círculos, como lo hacían en Manderley. Aquellas páginas manoseadas y rotas me traen el perfume de la tierra mojada, el gustillo acre de la turba de los marjales, la sensación del musgo jugoso, manchado de blanco por las garzas.

Una vez me encontré con un artículo sobre palomas torcaces, y, según lo leía en voz alta, me pareció estar otra vez en el parque oscuro de Manderley, mientras las palomas revoloteaban por encima de mí. Escuché de nuevo su arrullo, suave y complacido, tan agradable y fresco en las tardes calurosas del verano; nada alteraría la paz hasta que Jasper llegase brincando por entre las matas, buscándome, con su hocico húmedo pegado al suelo. Las palomas, como corro de viejas sorprendidas durante sus abluciones, alzaban el vuelo desde sus escondrijos, con ridículos aspavientos, y se alejaban batiendo ruidosamente el aire con las alas, hasta desaparecer entre los copudos árboles. Volvía entonces a reinar el silencio en aquella soledad, y yo inquieta, sin motivo, me daba cuenta de que el sol había cesado de trazar sus arabescos sobre las hojas rumorosas, que las ramas se habían vuelto oscuras y las sombras más largas. De vuelta a casa encontraríamos frambuesas frescas para el té. Me levantaba de mi cama de helechos, sacudiéndome la falda del polvillo de las hojas del año anterior, y silbando a Jasper, emprendía el camino de la casa, avergonzándome, según andaba, de mis rápidos pasos, de aquella mirada que echaba a hurtadillas hacia atrás.

¡Qué raro que un artículo sobre las palomas torcaces pudiera recordarme tan vívidamente el pasado, hasta el punto de hacerme temblar la voz al leerlo en voz alta! Callé de pronto al ver la palidez de su rostro, y comencé a pasar las hojas rápidamente hasta dar con una crónica aburrida acerca de un partido de críquet: la descripción de cómo el equipo de

Middlesex había ido acumulando tantos en el campo del Oval un día en que el terreno estaba seco y duro.* Bendije a aquellos fornidos jugadores con sus pantalones de franela, pues al cabo de unos minutos vi que volvía a tener una expresión tranquila, le había vuelto el color a la cara y comenzó a criticar con simpática irritación la técnica de ataque del equipo de Surrey.

Nos habíamos librado de caer en el pasado, y yo ya me había aprendido la lección: leer noticias de Inglaterra, eso sí, de deportes, de política, de sociedad; pero callar todo lo que pudiera ser causa de sufrimiento. Los colores, los perfumes, los ruidos, la lluvia y el beso de las aguas, hasta las neblinas otoñales y el aroma de la pleamar, todos recuerdos de Manderley que no podremos olvidar. Hay quien tiene el vicio de leer las guías de ferrocarriles. Proyectar viajes interminables a través del país, solo por el gusto de calcular transbordos inverosímiles. Mi manía es menos tediosa, aunque igual de rara. Soy una fuente inagotable de datos acerca de la vida de campo inglesa. Sé de memoria quién es el dueño de cada coto, y hasta quiénes son los arrendatarios. Sé cuántos faisanes, cuántas perdices, cuántos venados se cobran. Sé dónde abunda la trucha y dónde salta el salmón. Voy a todas las cacerías de zorros, y no hay batida a la que no asista. Hasta conozco los nombres de los que pasean a los cachorros de sabueso. El estado de las cosechas, el precio del ganado cebado, las misteriosas enfermedades de los cerdos, todo me hace disfrutar. Tal vez sea esta una manera tonta de pasar el tiempo, y no muy intelectual, pero me trae un poco de aire de Inglaterra, y luego puedo mirar con más serenidad este cielo reluciente.

Estos viñedos achaparrados, estas pedrizas tremendas, ¿qué importan? Si quiero, puedo dar rienda suelta a la imaginación e irme a coger dedaleras y las collejas descoloridas que crecen junto a los setos húmedos.

¡Pobres caprichos de la imaginación, tiernos y delicados!

* El campo del Oval de críquet es probablemente el más famoso de Inglaterra. (N. del T.)

Son los enemigos de la amargura y del pesar y endulzan la soledad que nos hemos impuesto.

Gracias a ella puedo gozar de las tardes y volver sonriendo y descansada para asistir al pequeño ritual del té. El orden no varía nunca. Dos rebanadas de pan con mantequilla cada uno, y té de China. ¡Qué testarudos deben de creernos los demás al vernos aferrados a las costumbres que tuvimos en Inglaterra! Aquí, en esta limpia terraza, blanca e impersonal, con sus siglos de sol, recuerdo las tardes de Manderley a las cuatro y media, con la mesa arrimada al fuego de la biblioteca. Se abría la puerta puntualmente, al minuto, y comenzaba la ceremonia, siempre igual, de poner la mesa para el té; la bandeja de plata, el agua caliente, el mantel como la nieve. Y Jasper, con las orejas caídas, pretendía mirar con indiferencia la llegada de los pasteles. Todos los días, sin falta, se nos ofrecía aquel festín, y, sin embargo, ¡qué poco comíamos!

Me parece que estoy viendo aquellos bollos bien calientes, chorreando mantequilla. Y las diminutas tostadas, y los bizcochos, calentitos, harinosos. Emparedados de no sé qué cosas, de sabor misterioso y riquísimo; y no hay que olvidar el delicioso pan de jengibre ni el bizcocho llamado «de ángel» que se deshacía en la boca, o aquel otro más sólido, cuajado de pasitas y citrón. Lo bastante para dar de comer a una familia hambrienta durante una semana. Nunca llegué a saber qué hacían luego con todo aquello, y el derroche llegó a preocuparme algunas veces.

Pero jamás me atreví a preguntar a la señora Danvers lo que hacía con aquellas cosas. Me hubiera mirado desdeñosamente, con una sonrisa helada, de superioridad, y me la imagino diciéndome:

—Mientras vivió «la» señora; nunca hubo motivo de queja. ¿Qué será de la señora Danvers? ¿Y de Favell? Creo que fue la expresión de su cara la que me hizo experimentar mi primera sensación de intranquilidad. Me hizo pensar instintivamente: «Me está comparando con Rebeca», y se interpuso entre nosotras una sombra fría como una espada de agudo filo.

Ya acabó aquello, ya ha pasado. Cesó mi tormento y los dos somos libres. Hasta mi fiel Jasper se ha ido al paraíso de los perros, y ya no existe Manderley. Allí está, como un cascarón vacío, entre la maleza y los bosques, tal como lo vi en mi sueño. Una masa de hierbajos, un refugio para pájaros. Puede que algunas veces llegue hasta él un vagabundo buscando cobijo durante un aguacero, y si es hombre valiente, podrá pasear por el parque sin impedimentos. Pero el tímido, el nervioso cazador furtivo, hará bien en evitar los bosques de Manderley. Podría llegar sin darse cuenta a la casita de la playa, sobre cuyo tejado repiquetearía la lluvia, y poco descanso encontraría en aquel lugar. Puede que el ambiente allí sea aún algo angustioso… Y aquel recodo del camino, donde los árboles casi cierran el paso…, ¡no, no!, tampoco es buen sitio para detenerse cuando ya se ha puesto el sol. El susurro de las hojas parece el de las faldas de seda de una mujer que se mueve furtivamente; y cuando tiemblan las ramas y caen las hojas desparramándose, bien pudiera creerse que es el eco de precipitados pasos femeninos. Y aquellas marcas del camino parecen hechas por unos zapatos de tacón alto.

Cuando me vienen a la memoria estas cosas, busco consuelo en la vista de nuestro balcón. En esta luz intensa y brillante no puede haber sombras; los viñedos pedregosos relucen bajo el sol y las buganvillas están polvorientas. Puede que algún día llegue a mirar este sitio con cariño. Por ahora, si no me inspira afecto, por lo menos me da confianza. Y la confianza es algo que aprecio mucho, aunque me haya llegado algo tarde. Supongo que lo que, por fin, me ha hecho decidida es ver hasta qué punto él depende de mí. Por lo menos, ya me he librado de aquel apocamiento, de la timidez y cortedad ante un extraño. Hoy soy muy distinta de aquella persona que llegó por primera vez a Manderley en automóvil, llena de esperanzas e ilusionada, con la desventaja de una torpeza irremediable y llena de deseos de agradar. Claro, no era sino mi falta de aplomo lo que solía causar tan mala impresión a gente como la señora Danvers. ¿Qué le parecía yo, después de haber conocido a Rebeca? Me veo tal y como era entonces, atra