Aquella noche, sobre la selvática pista de aterrizaje no lucían las estrellas ni la Luna; sólo la oscuridad del África Occidental envolvía a los grupos desparramados, como una cálida y húmeda capa de terciopelo. Las nubes, bajas, se deslizaban sobre las copas de los irokos, y los hombres que esperaban pedían al cielo que las retuviese un poco más, a fin de ocultarlos a la vista de los bombarderos.
Al final de la pista, el destartalado y viejo «DC-4»—que acababa de aterrizar gracias a unas luces que sólo habían permanecido encendidas quince segundos cuando el avión se aproximaba— dio media vuelta y rodó a ciegas en dirección a las chozas cubiertas con hojas de palmera.
Un «MIG-17», caza nocturno federal, conducido probablemente por uno de los seis pilotos alemanes orientales enviados durante los últimos tres meses para sustituir a los egipcios, que tenían miedo de volar de noche, cruzó zumbando el cielo en dirección Oeste. La capa de nubes lo ocultaba a la vista, de la misma manera que ocultaba la pista a los ojos del piloto. Éste buscaba el destello delator de las luces de aterrizaje que guiaba a los aviones; pero las luces estaban apagadas.
El piloto del «DC-4» que rodaba por el suelo, incapaz de oír el zumbido del reactor en lo alto, encendió sus propias luces para ver adónde iba, y una voz gritó inútilmente en la oscuridad: «¡Apague las luces!» En todo caso, éstas se apagaron cuando el piloto se hubo orientado y el caza estaba ya a muchas millas de distancia. La artillería tronaba hacia el Sur, en el punto donde, al fin, se había derrumbado el frente, al arrojar sus armas unos hombres que llevaban dos meses sin recibir comida ni municiones y que buscaron refugio en el espeso bosque.
El piloto del «DC-4» detuvo su avión a veinte metros del «Super Constellation» aparcado en la zona terminal, paró los motores y saltó al suelo de hormigón. Un africano corrió a su encuentro, y entablaron una conversación en voz baja. Ambos avanzaron, en la oscuridad, en dirección a uno de los mayores grupos de hombres, que formaba una mancha negra sobre el oscuro fondo del bosque de palmeras. El grupo se abrió al acercarse los dos individuos que venían de la pista, y el blanco que acababa de llegar en el «DC-4» se halló frente al hombre que ocupaba el centro del grupo. Era la primera vez que lo veía el hombre blanco, pero sabía cómo era y no le costó reconocerlo, incluso en aquella oscuridad, rota sólo por la roja punta de unos cuantos cigarrillos.
El piloto no llevaba gorra, y por ello, en vez de saludar militarmente, hizo una ligera inclinación de cabeza. Nunca lo había hecho antes de ahora, al menos con un negro, y no habría podido explicar por qué lo hizo.
—Soy el capitán Van Cleef —dijo en inglés, pero con notorio acento de África del Sur.
El africano correspondió al saludo, y su enmarañada y negra barba rozó la pechera de su rayado uniforme de camuflaje.
—Una noche bastante peligrosa para volar, capitán Van Cleef —observó secamente—, y un poco tarde para traernos más suministros.
Su voz era grave y despaciosa, y su acento, más propio de un maestro de escuela inglés —cosa que, en efecto, era— que de un africano. Cleef se sintió incómodo, y una vez más se preguntó, como había hecho cien veces durante su vuelo entre nubes y desde la costa, por qué había realizado aquel viaje.
—No traigo suministros, señor. No quedaba nada que traer.
Otro hecho consumado. Se había jurado que no llamaría «señor» a ese hombre. Se trataba de un cafre. Pero se le había escapado. De todas maneras, los otros pilotos mercenarios, que lo conocían, tenían razón al decir, en el bar del hotel de Libreville, que éste era diferente.
—Entonces, ¿a qué ha venido? —preguntó el general, con voz suave—. ¿Tal vez por los niños? Hay aquí unos cuantos, y las monjas desean trasladarlos a lugar seguro; pero esta noche no llegarán más aviones de «Cáritas».
Van Cleef movió la cabeza, y en seguida se dio cuenta de que nadie podía ver aquel ademán. Se sintió confuso y se alegró de que la oscuridad ocultase su turbación. A su alrededor, los guardaespaldas empuñaban sus fusiles ametralladores y lo miraban fijamente.
—No. He venido a buscarle a usted. Es decir, si quiere venir conmigo.
Se hizo un largo silencio. Tenía la impresión de que el africano lo observaba atentamente en la oscuridad, y hubo un momento en que vio el blanco de sus ojos cuando uno de los presentes alzó su cigarrillo.
—Comprendo. Su Gobierno le ordenó que viniese aquí esta noche, ¿no?
—No —respondió Van Cleef—. Fue idea mía.
Hubo otra larga pausa. El barbudo movía ahora lentamente la cabeza de arriba abajo, en ademán que tanto podía ser de comprensión como de asombro.
—Se lo agradezco mucho —dijo la voz—. Habría sido una excursión estupenda. Pero tengo mi propio medio de transporte. El «Constellation». Confío en que será capaz de llevarme al destierro.
Van Cleef se sintió aliviado. No tenía la menor idea de las repercusiones políticas que habrían podido producirse si hubiera regresado a Libreville con el general y su séquito.
—Esperaré a que haya despegado usted, y, después, me marcharé —dijo, saludando de nuevo con la cabeza.
Tuvo el impulso de alargar la mano, pero no supo si debía hacerlo. Lo cierto era que el general africano tenía la misma duda. En todo caso, dio media vuelta y se dirigió a su avión.
Los negros del grupo guardaron silencio durante un rato.
—¿Por qué tenía que hacer una cosa así un sudafricano, y afrikaner, por añadidura? —preguntó al general un hombre de su séquito.
El jefe del grupo sonrió brevemente, y sus dientes brillaron en la oscuridad.
—Creo que nunca lo sabremos —dijo.
Más arriba, en la zona contigua a la pista, y también al amparo de un bosquecillo de palmeras, cinco hombres se hallaban sentados en un «Land Rover» y observaban las confusas figuras que se movían entre la espesura y el avión. El jefe estaba al lado del conductor africano, y los cinco hombres fumaban continuamente.
—Debe de ser el avión sudafricano —dijo el jefe, y se volvió hacia uno de los otros cuatro blancos acurrucados en el «Land Rover», detrás de él—. Janni, vaya y pregúntele al patrón si tiene sitio para nosotros.
Un hombre alto, huesudo y anguloso, saltó de la trasera del vehículo. Igual que los otros, vestía un uniforme completo de camuflaje, en que predominaba el verde de la selva rayado de color castaño. Llevaba botas de lona verde, con la parte inferior de los pantalones embutida en ellas. Una cantimplora de agua y un cuchillo «Bowie» pendían de su cinturón, y llevaba, colgadas del hombro, tres bolsas de munición para el rifle «FAL», todas ellas vacías. Al pasar por delante del «Land Rover», el jefe lo llamó de nuevo.
—Deje el «FAL» —le dijo, alargando una mano para coger el rifle—, y haga todo lo que pueda, Janni. Porque si no nos vamos en ese cacharro, dentro de pocos días podríamos estar muertos.
El hombre llamado Janni asintió con la cabeza, se ajustó la gorra y echó a andar en dirección al «DC-4». El capitán Van Cleef no oyó el susurro de las suelas de goma a su espalda.
—Naand, meneer.
Van Cleef giró en redondo al oír las palabras afrikander y observó el aspecto y la corpulencia del recién llegado. Incluso en la oscuridad pudo distinguir la insignia blanca y negra de la calavera y las tibias cruzadas que llevaba aquél en el hombro izquierdo. Movió la cabeza, con expresión cansada.
—Naand. Jy Afrikaans?
El hombre alto asintió con la cabeza.
—Jan Dupree —dijo, tendiendo la mano.
—Kobus van Cleef —respondió el aviador, estrechándosela.
—Waar gaan-jy nou? —preguntó Dupree.
—A Libreville. En cuanto acaben de cargar. ¿Y usted?
Janni Dupree hizo una mueca.
—Estoy en un apuro, y también mis compañeros. Si nos encuentran, los federales nos liquidarán con toda seguridad. ¿Podría usted ayudarnos?
—¿Cuántos son? —preguntó Van Cleef.
—Cinco en total.
Como también era mercenario, aunque del aire, Van Cleef no vaciló. Quienes están fuera de la ley, muchas veces se necesitan mutuamente.
—Está bien; suban. Pero dense prisa. En cuanto se haya largado ese «Connie», nos iremos nosotros.
Dupree le dio las gracias y corrió hacia el «Land Rover». Los otros cuatro blancos estaban de pie alrededor del morro del coche.
—Todo bien, pero tenemos que subir a bordo en seguida —les dijo el sudafricano.
—¡Bravo! Dejad la chatarra en la trasera del coche, y andando —ordenó el jefe del grupo.
Mientras los rifles y las bolsas de municiones caían en la trasera del vehículo, el jefe se acercó al oficial negro sentado al volante, que lucía insignias de teniente.
—Adiós, Patrick —le dijo—. Temo que la cosa ha terminado. Llévese el «Land Rover» y abandónelo. Entierre las armas y señale el lugar. Quítese el uniforme y refúgiese en el bosque. ¿Comprendido?
El teniente, que ingresó en el Ejército un año atrás como soldado raso y había ascendido gracias a su habilidad en el manejo del cuchillo y el tenedor, más en la mesa que en la lucha, asintió lúgubremente al recibir las instrucciones.
—Adiós, señor.
Los otros cuatro mercenarios se despidieron también y se encaminaron al «DC-4».
El jefe se disponía a seguirlos cuando dos monjas salieron de la oscura espesura, detrás de la zona de aparcamiento, y corrieron a su encuentro.
—Comandante.
El mercenario se volvió y reconoció a la primera de ellas como una hermana con la que tuvo contacto unos meses antes, cuando la lucha se había extendido a la zona en que ella dirigía un hospital y él se había visto obligado a evacuar todo el establecimiento.
—¿La hermana María José? ¿Qué está haciendo aquí?
La monja, irlandesa y de edad madura, empezó a hablar ansiosamente, asiendo la manchada manga de la guerrera del hombre. Éste asentía con la cabeza.
—Lo intentaré; es cuanto puedo hacer —dijo, cuando ella hubo terminado.
Cruzó la zona de aparcamiento en dirección al piloto sudafricano, plantado debajo del ala de su «DC-4», y los dos mercenarios discutieron durante varios minutos. Por fin, el hombre uniformado volvió junto a las monjas, que esperaban.
—Dice que sí, pero que tienen que apresurarse, hermana. Quiere sacar su cacharro de aquí lo antes posible.
—Que Dios le bendiga —dijo la mujer de hábito blanco, y empezó a dar rápidas órdenes a su compañera.
Ésta corrió a la parte de atrás del avión y empezó a subir la corta escalerilla de la puerta de pasajeros. La otra corrió hacia el bosquecillo de palmeras de detrás del aparcamiento, y pronto salió de allí una hilera de hombres. Cada uno de ellos llevaba un bultito en brazos. Al llegar al «DC-4» empezaron a entregar los bultos a la monja, que esperaba en lo alto de la escalera. Detrás de ella, el copiloto observó cómo colocaba a los tres primeros, uno al lado del otro, en una hilera, al fondo del departamento destinado a la carga; se decidió a ayudar, de mala gana, cogiendo los bultos que le tendían los brazos estirados bajo la cola del avión y pasándolos al interior.
—Que Dios se lo pague —murmuró la irlandesa.
Uno de los paquetes depositó unas onzas de excrementos, verdes y líquidos, en la manga del copiloto.
—¡Por mil diablos! —murmuró éste, y siguió trabajando.
Al quedarse solo, el jefe del grupo de mercenarios miró al «Super Constellation», por cuya escalerilla trasera subía una hilera de refugiados, la mayoría de ellos familiares de los dirigentes del pueblo derrotado. A la débil luz que se filtraba por la portezuela del avión, vio al hombre a quien buscaba. Al acercarse, el hombre estaba a punto de subir la escalera, mientras otros, que tenían que quedarse y ocultarse en los bosques, esperaban para retirar aquélla. Uno de ellos llamó al que iba a subir.
—Señor, aquí está el comandante Shannon.
El general se volvió al acercarse Shannon y, a pesar de las circunstancias, consiguió sonreír.
—Hola, Shannon. ¿Quiere venir con nosotros?
Shannon se plantó ante él y saludó militarmente. El general le devolvió el saludo.
—No, gracias, señor. Tenemos quien nos transporte a Libreville. Sólo quería despedirme.
—Bien. Ha sido una larga lucha. Ahora, temo que ha terminado. Al menos, por unos años. Me cuesta creer que mi pueblo vivirá eternamente en la esclavitud. A propósito, ¿han cobrado ustedes y sus colegas lo establecido en el contrato?
—Sí; gracias, señor. Estamos saldados —respondió el mercenario.
El africano movió tristemente la cabeza.
—Bueno, adiós. Y gracias por todo lo que han hecho.
Los dos hombres se estrecharon la mano.
—Hay algo más, señor —dijo Shannon—. Los chicos y yo hemos estado hablando, mientras esperábamos en el jeep. Si llega un día en que…, bueno, si usted nos necesita alguna vez, sólo tiene que hacérnoslo saber. Vendremos todos. Bastará que nos llame. Los chicos quieren que lo sepa.
El general lo miró fijamente durante unos segundos.
—Esta noche está llena de sorpresas —dijo pausadamente—. Tal vez usted no lo sepa aún, pero la mitad de mis viejos consejeros y, desde luego, todos los ricos, están cruzando esta noche las líneas para congraciarse con el enemigo. La mayoría de los otros harán lo mismo dentro de un mes. Gracias por su ofrecimiento, señor Shannon. Lo recordaré. Adiós, y buena suerte.
Se volvió, subió la escalerilla y penetró en el débilmente iluminado interior del «Super Constellation», precisamente en el instante en que empezaba a roncar el primero de los cuatro motores. Shannon retrocedió y dirigió un último saludo al hombre a quien había servido durante año y medio.
—Buena suerte para ti —dijo, hablando consigo mismo—. La necesitarás.
Dio media vuelta y se dirigió al «DC-4», que esperaba. Cuando se hubo cerrado la portezuela, Van Cleef mantuvo el avión en la zona de aparcamiento, con los motores encendidos, mientras observaba, a través de la oscuridad, la forma de morro bajo del «Super Connie» que corría por la pista delante de él y levantaba el vuelo. Ningún avión llevaba las luces encendidas, pero, desde la cabina del «Douglas», el afrikaner distinguió las tres aletas del «Constellation», que se desvanecían sobre las palmeras, hacia el Sur, y entre las hospitalarias nubes. Sólo entonces llevó al «DC-4», con su llorosa y temblona carga, al punto de arranque de la pista.
Pasó casi una hora antes de que Van Cleef ordenase al copiloto que encendiera las luces de la cabina; una hora de saltos entre bancos de nubes, descubriéndose al cruzar capas bajas de estratos, para ocultarse de nuevo en bancos más espesos, y tratando siempre de evitar que el reflejo pudiese delatarlo a un «MIG» de vigilancia. Sólo cuando estuvo seguro de haberse adentrado mucho en el golfo, con la costa a muchas millas a popa, se avino a encender las luces.
Detrás de ellos apareció un fantástico espectáculo, digno del lápiz de Doré en uno de sus días de mal humor. El suelo del avión estaba alfombrado con mantas manchadas y húmedas, que, una hora antes, habían sido la envoltura de los paquetes. El contenido de éstos yacía en trémulas hileras a ambos lados del sitio destinado a la carga: cuarenta chiquillos flacos, mustios, deformados por falta de nutrición. La hermana María José, que estaba acurrucada detrás de la puerta de la cabina, se levantó y empezó a pasar revista a los hambrientos niños, cada uno de los cuales llevaba un pequeño parche adherido a la frente, justo debajo de la línea del cabello, que hacía tiempo que se había vuelto rojizo a causa de la anemia. Cada parche llevaba, escrita con bolígrafo, la información necesaria para el orfanato de las afueras de Libreville. Nombre y número, ya que no graduación. Ésta no se concede a los que pierden.
Los cinco mercenarios, en la cola del avión, pestañearon al encenderse la luz y miraron a sus compañeros de viaje. Un espectáculo que habían visto muchas veces en los últimos meses. Todos sentían un poco de repugnancia, pero ninguno lo demostraba. En definitiva, uno se acostumbra a todo. En el Congo, el Yemen, Katanga, Sudán. Siempre la misma historia, siempre los chiquillos. Y nunca podía hacerse nada. Esto pensaban mientras sacaban los cigarrillos.
Las luces de la cabina hacían que pudiesen verse bien los unos a los otros, por primera vez desde la puesta del sol. Sus uniformes estaban manchados de sudor y de tierra roja, y sus semblantes, ajados por la fatiga. El jefe estaba sentado con la espalda apoyada en la puerta del retrete, y miraba en dirección a la cabina del piloto. Carlo Alfred Thomas Shannon, de treinta y tres años, rubio y con el pelo cortado casi al rape. El pelo muy corto es el más conveniente en los trópicos, porque el sudor fluye con más facilidad y los piojos no encuentran dónde cobijarse. Apodado Cat Shannon, por sus iniciales, era oriundo de County Tyrone, en la provincia del Ulster. Enviado por su padre a una escuela pública inglesa, había perdido el acento peculiar de los irlandeses del Norte. Después de cinco años en los Royal Marines, había querido probar la vida civil, y ahora hacía seis años había empezado a trabajar en una empresa comercial de Uganda, con sede en Londres. Pero una soleada mañana cerró sus libros de contabilidad, montó en su «Land Rover» y se dirigió rumbo al Oeste, hacia la frontera congoleña. Una semana después ingresaba como mercenario en el V Comando de Mike Hoare, en Stanleyville.
Fue testigo de la partida de Hoare y de la sustitución de éste por John-John Peters; se peleó con Peters y se dirigió al Norte para reunirse con Denard, en Paulis; dos años después participó en el motín de Stanleyville, y, tras la evacuación de Frenchman a Rhodesia, con heridas en la cabeza, se unió a Black Jacques Schramme, un plantador belga convertido en mercenario, en la larga marcha a Bukavu y, de allí, a Kigali. Después de ser repatriado por la Cruz Roja, se alistó como voluntario en otra guerra africana y, finalmente, formó su propio batallón. Pero lo había hecho demasiado tarde para ganar; siempre llegaba tarde para ganar.
Sentábase a su izquierda un hombre que era, indiscutiblemente, el tipo más duro al norte del Zambeze. El gran Jan Dupree tenía veintiocho años y procedía de Paarl, en la provincia de El Cabo; era hijo de una familia de hugonotes empobrecida, que había marchado al Cabo de Buena Esperanza huyendo de las iras de Mazarino tras la destrucción de la libertad religiosa en Francia. Su enjuto semblante, dominado por una nariz aguileña sobre unos labios finos, parecía más hosco que de costumbre, y el cansancio había impreso profundas arrugas en sus mejillas. Tenía los párpados entornados, y los ojos, de un color azul muy pálido, y las cejas y los cabellos, rubios como la arena, aparecían manchados de polvo. Después de mirar a los niños que yacían en el suelo del avión, murmuró: «Bliksems» (bastardos), refiriéndose a los poderosos y privilegiados a quienes juzgaba responsables de todos los males del Planeta, y procuró conciliar el sueño.
A su lado hallábase tumbado Marc Vlaminck, llamado Pequeño Marc, debido a su corpulencia. Flamenco de Ostende, medía dos metros de estatura en calcetines, cuando los llevaba, y pesaba cien kilos. Algunos lo consideraban gordo. Pero no lo estaba. Era mirado con desconfianza por la Policía de Ostende y por la mayoría de las personas pacíficas que preferían evitar los problemas a buscarlos, y tenido en alta estima por los vidrieros y carpinteros de aquella ciudad, a causa del trabajo que les proporcionaba. Decían que se podía saber el bar en que había armado jaleo Pequeño Marc por el número de operarios que se requería para reparar los daños.
Como era huérfano, fue educado en una institución dirigida por sacerdotes, los cuales trataron de infundir algún sentido de respeto al grandullón; pero lo hicieron de un modo tan pertinaz, que Marc acabó por perder la paciencia y, cuando tenía trece años, de un solo puñetazo dejó sin sentido a uno de los santos y rigurosos padres.
Después pasó por una serie de reformatorios, un colegio y varias cárceles para jóvenes, y finalmente, se alistó —con un suspiro de alivio por parte de casi todos— en el cuerpo de paracaidistas. Formó parte de los quinientos hombres que fueron lanzados en Stanleyville con el coronel Laurent, para rescatar a los misioneros a quienes el jefe simba local, Christophe Gbenye, amenazaba asar vivos en la plaza Mayor.
A los cuarenta minutos de poner pie en el aeropuerto. Pequeño Marc había descubierto la vocación de su vida. Al cabo de una semana desertó para que no lo devolviesen a los cuarteles de Bélgica, y se unió a los mercenarios. Aparte sus puños y sus hombros, Pequeño Marc era sumamente diestro con los bazucas, su arma predilecta, que manejaba con la misma tranquilidad con que un chiquillo dispara un tirachinas.
La noche en que voló del enclave en dirección a Libreville acababa de cumplir los treinta años.
Al otro lado del aparato, frente al belga, hallábase sentado Jean-Baptiste Langarotti, entregado a su ocupación habitual para matar los ratos de espera. Bajo, recio, magro y de tez olivácea, era un corso nacido y criado en la ciudad de Calvi. A los dieciocho años fue reclamado por Francia para luchar, como uno de los cien mil appelés, en la guerra de Argelia. Mediados sus dieciocho meses de servicio, ingresó en los Regulares y, más tarde, fue trasladado al X de Paracaidistas Coloniales, los temidos boinas rojas, mandados por el general Massuy conocidos comúnmente por les paras. Tenía veintiún años cuando se produjo el estropicio y algunas unidades del Ejército colonial francés se incorporaron a la causa de una Argelia eternamente francesa, causa personificada de momento por la organización de la OAS. Langarotti ingresó en la OAS, desertó, y, después del fracaso del putsch de abril de 1961, pasó a la clandestinidad. Lo arrestaron tres años más tarde, en Francia, donde vivía con nombre supuesto, y se pasó cuatro años en la cárcel, pudriéndose primero en las oscuras y nada soleadas celdas de la Santé de París, después en Tours y, finalmente, en la isla de Ré. Era un mal recluso, y prueba de ello fueron las marcas que llevaron dos guardianes hasta el día en que murieron.
Apaleado varias veces hasta quedar medio muerto —por sus ataques a los guardianes—, cumplió toda su condena sin remisión, y salió de la cárcel en 1968, temiendo una sola cosa: los pequeños espacios cerrados, como las celdas y los agujeros. Entonces juró que no volverían a encerrarlo, aunque le costase la vida y tuviera que llevarse por delante a media docena de hombres, si «ellos» querían cazarlo de nuevo. A los tres meses de recobrar la libertad, había volado a África pagándose el pasaje, se había convencido de que le convenía la guerra e ingresó en la unidad de Shannon como mercenario profesional. Ahora tenía treinta y un años. Desde su salida de la cárcel se había ejercitado continuamente en el uso del arma que aprendiera a manejar de niño en Córcega y que más tarde le valió una gran reputación en los barrios bajos de Argel. Llevaba enrollada en la muñeca izquierda una ancha tira de cuero muy parecida a las que suelen emplear los barberos anticuados para afilar sus navajas. La sujetaba con dos corchetes. En sus ratos de ocio, la desenrollaba, la volvía del revés, de modo que los corchetes quedasen debajo, y volvía a enrollarla en su puño izquierdo. En éstas estaba cuando lo vemos matando el tiempo durante el vuelo a Libreville. Tenía un cuchillo en la mano derecha; un arma de mango de hueso y hoja de quince centímetros, la cual manejaba con tal rapidez, que volvía a estar en la funda de su manga antes de que la víctima se diese cuenta de que se moría. La hoja pasaba con ritmo regular sobre el tenso cuero y, a pesar de estar ya afilada como una navaja de afeitar, se hacía un poquitín más cortante a cada pasada. Este movimiento aplacaba los nervios del hombre. También irritaba a los otros, pero éstos no se quejaban nunca. Y tampoco disputaban con él los que conocían la voz suave y la triste sonrisa del hombrecillo.
Embutido entre Langarotti y Shannon, estaba el más viejo del grupo, el alemán. Kurt Semmler tenía cuarenta años, y fue él quien, en los primeros días pasados en el enclave, inventó la insignia de la calavera y las tibias cruzadas que lucían los mercenarios y sus reclutas africanos. También había limpiado de soldados federales un sector de ocho kilómetros, marcando la línea del frente con estacas, en cada una de las cuales habían clavado la cabeza de un federal muerto en la jornada anterior. Durante un mes, fue el sector más tranquilo de todo el campo de batalla. Nacido en 1930, hijo de un ingeniero muniqués que más tarde murió en el frente ruso sirviendo en la «Organización Todt», se había criado en Alemania durante el período hitleriano. A la edad de quince años —como ferviente oficial de las Juventudes Hitlerianas, en las que formaban casi todos los jóvenes del país después de doce años de régimen de Hitler— había mandado una pequeña unidad compuesta de niños más jóvenes que él y de viejos de más de setenta años. Su misión consistía en detener las columnas de tanques del general Patton, armado con un «Panzerfaust» y tres rifles de repetición. Fracasó, como es de suponer, y pasó su adolescencia en Baviera, bajo la ocupación de los americanos, a los que odiaba. Tampoco sentía mucho aprecio por su madre, una mujer religiosa y maniática que quería que fuese sacerdote. A los diecisiete años huyó de casa, cruzó la frontera francesa en Estrasburgo y se alistó en la Legión Extranjera, en la oficina de reclutamiento montada en aquella capital para recibir a los alemanes y a los belgas que huían de la quema. Después de un año en Sidi-bel-Abbès, fue a Indochina con las fuerzas expedicionarias. Allí estuvo ocho años, y después de lo de Dien Bien Fu y de serle extirpado un pulmón por los cirujanos de Turán (Danang), cosa que afortunadamente le evitó tener que asistir a la humillación final en Hanoi, fue devuelto en avión a Francia. Terminada su recuperación, fue enviado a Argelia en 1958, como sargento del cuerpo más distinguido del Ejército colonial francés: el I Regimiento de Paracaidistas Extranjeros. Era uno de los pocos supervivientes de las dos destrucciones sucesivas del 1.er RPE en Indochina, que había sido batallón antes de alcanzar la talla de regimiento. Sólo respetaba a dos hombres: al coronel Roger Faulques, que pertenecía a la primitiva Compañía de Paracaidistas Extranjeros cuando ésta fue aniquilada por primera vez, y el comandante Le Bras, otro veterano, que actualmente mandaba la Guardia Republicana de la República de Gabón y garantizaba la influencia francesa en este Estado tan rico en uranio. Incluso el coronel Marc Rodin, que antaño fue jefe suyo, había perdido su respeto al derrumbarse definitivamente la OAS.
Semmler estaba en el 1.er RPE cuando éste marchó a su perdición total en el putsch de Argel, y después, disuelto para siempre por Charles de Gaulle. Había ido adonde lo habían llevado sus oficiales franceses, y, más tarde, detenido en Marsella en setiembre de 1962, justo después de la independencia argelina, se había pasado dos años en la cárcel. Sus cuatro galones de campaña le habían librado de algo peor. En 1964, vuelto a la vida civil después de veinte años en el Ejército, había recibido proposiciones de un antiguo compañero de celda: asociarse con él en una operación de contrabando en el Mediterráneo. Durante tres años, aparte uno que pasó en una cárcel italiana, había traficado en licores, oro, y ocasionalmente, armas, de un extremo a otro del Mediterráneo. Por último, se estaba haciendo rico con el contrabando de cigarrillos entre Italia y Yugoslavia, cuando su socio engañó simultáneamente a compradores y vendedores, le echó la culpa a Semmler y se esfumó con el dinero. Acosado por una pandilla de irritados caballeros, consiguió embarcar para España, trasladarse a Lisboa, cambiando varias veces de autobús, establecer contacto con un amigo traficante de armas, y marchar finalmente a una guerra africana de la que se había enterado por los periódicos. Shannon le había aceptado de buen grado, pues, con sus dieciséis años de lucha, tenía más experiencia que nadie en la guerra de la jungla. Ahora dormitaba en el vuelo a Libreville.
Faltaban dos horas para el amanecer, cuando el «DC-4» se acercó al aeropuerto. En medio del lloriqueo de los niños, podía distinguirse un ruido diferente: el de un hombre que silbaba. Era Shannon. Sus colegas sabían que silbaba siempre que se disponía a entrar en acción o había terminado una de ellas. También conocían el nombre de la tonadilla, porque se lo había dicho una vez. Se llamaba Spanish Harlem.
El «DC-4» dio un par de vueltas sobre el aeropuerto de Libreville, mientras Van Cleef hablaba con el control de tierra. Al detenerse, al fin, el viejo avión de carga en el extremo de una pista, un jeep militar, en el que iban dos oficiales franceses, se plantó frente al morro del aparato, y sus ocupantes hicieron señas a Van Cleef para que los siguiese por una de las pistas laterales.
Se alejaron de las construcciones principales del aeropuerto, en dirección a un racimo de cabañas del extremo opuesto, y allí ordenaron a Van Cleef que se detuviese, pero sin parar los motores. A los pocos segundos, se oyeron pasos detrás del aparato, y el copiloto abrió la portezuela desde el interior. Una cabeza tocada con un quepis se asomó y frunció con asco la nariz al percibir el olor que se respiraba allí. Después, el oficial francés observó a los cinco mercenarios y les hizo una seña para que bajaran. Cuando estuvieron en el suelo, el oficial hizo otra seña al copiloto para que cerrase la portezuela, y, sin más trámites, el «DC-4» se puso de nuevo en marcha para dar la vuelta al aeropuerto y volver a los edificios principales, donde un equipo de médicos y enferme ras de la Cruz Roja francesa esperaba a los niños para llevarlos a una clínica pediátrica. Al girar el avión ante ellos, los cinco mercenarios agitaron la mano para dar las gracias a Van Cleef, sentado en su cabina, y en seguida dieron media vuelta para seguir al oficial francés.
Tuvieron que esperar una hora en una de las cabañas, incómodamente sentados en sendas sillas de madera, mientras varios jóvenes soldados franceses atisbaban a través de la puerta para echar un vistazo a les affreux, los terribles, según los llamaban en su jerga. Por fin, oyeron el chirrido de un jeep que se detenía en el exterior, y ruido de botas de soldados al cuadrarse éstos en el pasillo. Después se abrió la puerta y entró un jefe militar de piel curtida y rostro severo, con el uniforme castaño claro de los trópicos y un quepis ribeteado con un galón dorado. Shannon advirtió su mirada aguda y acerada, los cabellos grises cortados casi al rape bajo el quepis, las alas de paracaidista prendidas sobre los cinco galones de campaña, y la prontitud con que Semmler se cuadró, levantando la barbilla y estirando los cinco dedos sobre las que habían sido antaño costuras de su pantalón de campaña. Shannon no necesitó más para saber que el visitante era el legendario Le Bras.
El veterano de Indochina y de Argelia les estrechó la mano y se detuvo un poco más ante Semmler.
—Alors, Semmler? —dijo suavemente, con la sombra de una sonrisa—. Todavía luchando. Pero no como ayudante. Ahora veo que luces las insignias de capitán.
Semmler pareció turbarse.
—Oui, mon commandant, pardon, colonel. Sólo temporalmente.
Le Bras asintió varias veces, reflexivamente, con la cabeza. Después se dirigió a todos.
—Cuidaré de que les den un cómodo alojamiento. Sin duda les gustará tomar un baño, afeitarse y comer un poco. Por lo visto, no tienen más ropa que la que llevan puesta; se la proporcionaré. Temo que, de momento, tendrán que permanecer en sus habitaciones. No es más que una medida de precaución. Hay muchos periodistas en la ciudad, y debemos evitar toda clase de contacto con ellos. En cuanto sea posible, dispondré lo necesario para enviarles a Europa.
Como había dicho ya todo lo que tenía que decir, guardó silencio. Después se despidió de los cinco rígidos personajes llevándose la mano a la visera del quepis, y se marchó.
Una hora más tarde, después de viajar en una furgoneta cerrada y de entrar por la puerta de atrás, halláronse los hombres en su alojamiento: cinco habitaciones en el piso alto del «Hotel Gamba», nueva construcción situada a quinientos metros, por carretera, del aeropuerto y, por consiguiente, a varios kilómetros del centro de la ciudad. El joven oficial que los había acompañado les dijo que tendrían que comer en el mismo piso y permanecer allí hasta nuevo aviso. Al cabo de una hora volvió con toallas, navajas, pasta y cepillos de dientes, jabón y esponjas. Habíanles servido ya unas tazas de café, y los cinco hombres se dieron sendos baños en grandes y humeantes bañeras que olían a jabón: el primer baño en más de seis meses.
A mediodía llegó un barbero del Ejército, así como un cabo con un montón de camisas y calzoncillos, pantalones y calcetines, pijamas y zapatos de lona. Se los probaron, eligieron los más convenientes, y el cabo se retiró con el sobrante. El oficial volvió a la una, acompañado de cuatro camareros, que traían la comida, y les dijo que debían mantenerse alejados de los balcones. Si querían hacer ejercicio, tendrían que hacerlo en sus habitaciones. Ofreció volver por la noche, con un surtido de libros y revistas, aunque no podía prometerles que fuesen ingleses o afrikaans.
Después de comer como no lo habían hecho en seis meses, desde su último período de permiso, los cinco hombres se acostaron y se entregaron al sueño. Mientras roncaban sobre los mullidos colchones y entre unas sábanas inverosímiles, Van Cleef despegó en su «DC-4», envuelto en la oscuridad, voló a un par de kilómetros de las ventanas del «Hotel Gamba» y puso rumbo al Sur, en dirección a Caprivi y Johannesburgo. También él había terminado su trabajo.
En realidad, los cinco mercenarios pasaron cuatro semanas en el último piso del hotel, mientras la Prensa perdía su interés por ellos y los reporteros eran llamados a sus oficinas centrales por unos directores que pensaban que era inútil mantener a sus hombres en una ciudad donde faltaban las noticias.
Una noche, sin previo aviso, un capitán francés al servicio del coronel Le Bras fue a visitarlos. Los saludó con una amplia sonrisa.
—Caballeros, les traigo noticias. Saldrán esta noche en avión. Rumbo a París. Tienen pasajes reservados en el vuelo de la «Air Afrique» de las 22.30.
Los cinco hombres, aburridos a causa de su prolongado confinamiento, lanzaron exclamaciones de júbilo.
El vuelo hasta París duró diez horas, con escalas en Douala y Niza. Poco antes de las diez del día siguiente, una mañana de mediados de febrero, salieron al turbulento frío del aeropuerto de Le Bourget. Se despidieron en un café del aeropuerto. Dupree decidió tomar el autobús de Orly y adquirir un pasaje para el próximo vuelo de la «SAA» a Johannesburgo y Ciudad del Cabo. Semmler optó por irse con él y volver a Munich, al menos para una breve visita. Vlaminck dijo que iría a la estación del Norte y tomaría el primer expreso para Bruselas con objeto de enlazar con el tren de Ostende. Langarotti iría a la Gare de Lyon, para tomar el de Marsella.
—Estaremos en contacto —dijo, mirando a Shannon.
Éste era su jefe, y a él correspondía buscar trabajo; otro contrato, otra guerra. Pero, si cualquiera de ellos oía hablar de algo que requiriese un trabajo en equipo, tenía que comunicarlo a uno del grupo, y éste era, evidentemente, Shannon.
—Estaré en París durante algún tiempo —dijo Shannon—. Es más fácil hallar trabajo aquí que en Londres.
Intercambiaron sus direcciones; direcciones de listas de Correos o de bares donde el encargado transmitiría el mensaje o guardaría la carta hasta que pasase su destinatario a tomar una copa. Y se despidieron, siguiendo cada uno su camino.
Las medidas de seguridad en relación con su vuelo desde África fueron muy severas, y por tanto no había ningún periodista aguardando. Pero alguien se enteró de su llegada y estaba esperando a Shannon cuando éste, después de marcharse los demás, salió del edificio de la terminal.
—Shannon.
La voz pronunció el nombre al estilo francés, y su tono no tenía nada de amistoso. Shannon se volvió y frunció un poco el entrecejo al ver la figura que estaba plantada a diez metros de él. Era un hombre corpulento, que llevaba un bigote caído. Vestía un grueso abrigo para protegerse del frío invernal, y avanzó hasta situarse a tres palmos del recién llegado. A juzgar por la manera en que ambos se observaban, no debían de quererse mucho.
—¡Roux! —exclamó Shannon.
—Veo que has vuelto.
—Sí. Hemos vuelto.
—Y habéis perdido —rió el francés.
—No podíamos hacer gran cosa —dijo Shannon.
—Voy a darte un consejo, amigo mío —dijo secamente Roux—. Vuelve a tu país. No te quedes aquí. Sería una imprudencia. Esta ciudad es mía. Si se ofrece aquí algún contrato, seré el primero en enterarme y lo conseguiré. Y elegiré a mis socios.
Por toda respuesta, Shannon se dirigió al primero de los taxis que esperaban junto al bordillo y asió el tirador de la portezuela de atrás. Roux lo siguió con la ira reflejada en el semblante.
—Escúchame, Shannon. Es una advertencia…
El irlandés se volvió, plantándole cara.
—No; eres tú quien tiene que escucharme, Roux. Estaré en París todo el tiempo que quiera. Nunca te temí en el Congo, y no voy a hacerlo ahora. Por consiguiente, ¡anda y que te zurzan!
Mientras el taxi se alejaba, Roux le dirigió una mirada de odio y se encaminó, murmurando, al aparcamiento en que esperaba su propio coche.
Dio el contacto, puso la primera velocidad y estuvo unos momentos inmóvil, mirando a través del parabrisa.
—Un día mataré a ese bastardo —se dijo.
Pero esta idea no mejoró su humor.
Jack Mulrooney se incorporó en su catre de lona y madera, debajo del mosquitero, y observó cómo la claridad del amanecer se extendía lentamente por encima de la arboleda del Este. Una débil claridad, pero suficiente para distinguir los árboles, que se erguían, imponentes, sobre el claro del bosque. Aspiró el humo de su cigarrillo, maldijo la jungla primitiva que lo rodeaba y, como todos los viejos colonos de África, se preguntó una vez más por qué había vuelto al pestífero continente.
Si hubiese tratado realmente de analizar sus sentimientos, habría confesado que no podía vivir en ninguna otra parte y, desde luego, no en Londres, ni siquiera en Inglaterra. No soportaba las ciudades, las normas y los reglamentos, los impuestos, el frío. Como todos los colonos veteranos, amaba y odiaba alternativamente a África, pero confesaba que se le había metido en la sangre al cabo de un cuarto de siglo, junto con el paludismo, el whisky y las picaduras de millones de insectos.
Había salido de Inglaterra en 1945, a los veinticinco años de edad, después de pasarse cinco como mecánico en la Royal Air Force, y parte de ellos en Takoradi, montando «Spitfire» para su ulterior envió a África Oriental y al Oriente Medio. Ésta había sido su primera experiencia africana, y, al ser desmovilizado, tomó su recompensa, se despidió del helado y racionado Londres, en diciembre del mencionado año, y embarcó hacia el África Occidental. Alguien le había dicho que allí podía hacerse fortuna.
No halló ninguna fortuna, pero, después de rondar por el continente, consiguió una pequeña concesión de estaño en la meseta de Benue, a ciento sesenta kilómetros de Jos, en Nigeria. Los precios fueron buenos durante la crisis malaya que provocó la carestía del estaño. Había trabajado junto a sus obreros tiv, y, en el club inglés, donde las damas coloniales se gastaban en chismes los últimos días del imperio, decían que Jack Mulrooney se había «vuelto indígena» y que daba un «lamentable espectáculo». La verdad era que Mulrooney prefería realmente el estilo de vida africano. Le gustaba la selva y le gustaban los africanos, que parecían no dar importancia a sus maldiciones, a sus gritos y a los golpes que les daba para que rindieran más. También se sentaba con ellos a beber vino de palma y observaba los tabúes de las tribus. Su concesión de estaño se agotó en 1960, aproximadamente al producirse la independencia, y entonces empezó a trabajar de barrenero en una compañía que explotaba una concesión más importante de las cercanías. La compañía se denominaba «Manson Consolidated», y cuando se agotó también la concesión, en 1962, figuraba entre los directivos.
A sus cincuenta años era aún un hombre corpulento, huesudo y fuerte como un toro. Tenía unas manos enormes, ásperas y llenas de cicatrices a causa de sus años de trabajo en las minas. Ahora pasó una de ellas por sus revueltos y encrespados cabellos grises, mientras apagaba con la otra el cigarrillo, aplastándolo en la tierra húmeda y roja de debajo de la litera. El cielo se iba aclarando; pronto sería de día. Podía oír a su cocinero, que soplaba para encender fuego al otro lado del claro.
Mulrooney se decía ingeniero de minas, a pesar de que no tenía ningún título de minería ni de ingeniería. Había hecho un cursillo de ambas materias, al que añadió algo que no se enseña en las Universidades: veinticinco años de dura experiencia. Había buscado oro en el Rand, y cobre en las cercanías de Ndola; alumbrado preciosa agua en Somalia, y cavado en Sierra Leona en busca de diamantes. Advertía, por instinto, cuándo era peligroso el túnel de una mina, y descubría, por el olor, la presencia de un yacimiento de mineral. Al menos, así lo afirmaba, y cuando se tomaba las veinte botellas de cerveza acostumbradas en la cantina, no había nadie capaz de discutírselo. En realidad, era uno de los últimos prospectores a la antigua usanza. Sabía que la «ManCon» —abreviatura de la compañía— le encargaba las tareas que rehusaban los otros, las cuales había que realizarlas en plena selva, en los salvajes hinterlands —a muchos kilómetros de la civilización—, que estaban aún por explorar. Pero no le disgustaba. Prefería trabajar solo; era su estilo de vida.
En verdad, su último trabajo había llenado todas estas condiciones. Durante tres meses estuvo explorando las vertientes de la cordillera llamada Montañas de Cristal, en el interior de la República de Zangaro, diminuto enclave de la costa del África Occidental.
Le habían indicado el punto en que había de concentrar su investigación: los alrededores de la Montaña de Cristal propiamente dicha. La cadena de grandes montes —onduladas elevaciones que alcanzaban setecientos o mil metros de altura— se extendía en línea recta de un lado a otro de la República, paralelamente a la costa y a sesenta kilómetros de ésta. La cordillera separaba la llanura costera del hinterland. Había un solo portillo en la cadena, y por él discurría la única carretera que comunicaba con el interior, una carretera estrecha y de tierra, que se endurecía como el cemento en verano y era un fangal en invierno. Al otro lado de las montañas moraban los indígenas vindúes, una tribu que parecía vivir en la Edad del Hierro, salvo que sus instrumentos eran de madera. Mulrooney, que había estado en muchos lugares salvajes, juraba que nunca le fue dado ver nada tan atrasado como el hinterland de Zangaro.
En el lado interior de la cordillera estaba la montaña que daba su nombre a toda la cadena. Ni siquiera era la mayor. Cuarenta años atrás, un misionero solitario que se dirigía al interior, torció hacia el Sur después de pasar el portillo de la cordillera, y, a unos treinta kilómetros más allá, descubrió un monte aislado de los demás. La noche anterior había llovido; uno de esos aguaceros torrenciales que proporcionaban a la zona su caudal de lluvia anual de 7.500 mm en los cinco meses húmedos. Al observarla, advirtió el sacerdote que la montaña resplandecía bajo el sol de la mañana, y por eso la llamó Montaña de Cristal. Así lo anotó en su Diario. Dos días después fue muerto y devorado. Al cabo de un año, una patrulla de soldados coloniales encontró el Diario, que era empleado como amuleto en una aldea del lugar. Los soldados, en cumplimiento de su deber, arrasaron la aldea, volvieron a la costa y entregaron el Diario a la comunidad misionera. Así fue como se conservó el nombre dado por el misionero a la montaña, aunque nada más se recordara de cuanto hizo por un mundo ingrato. Más tarde, se dio el mismo nombre a toda la cadena montañosa.
Lo que había visto el hombre a la luz de la mañana no era cristal, sino una infinidad de riachuelos producidos por la lluvia de la noche y que bajaban por la falda del monte. En realidad, el agua descendía también de las otras montañas, pero quedaba oculta por la densa vegetación selvática que las cubría —vistas de lejos— como un tupido manto verde, pero que resultaba ser un sofocante infierno cuando se penetraba en ella. Si la primera resplandecía con sus mil riachuelos, ello se debía a que su vegetación era mucho menos densa en sus flancos. Pero, ni a él, ni a docenas de otros blancos que lo observaron, se les ocurrió investigar la causa de este fenómeno.
Fue Mulrooney quien la descubrió, después de vivir tres meses en el sofocante infierno de las junglas que rodeaban la Montaña de Cristal.
Empezó por recorrer toda la montaña, y vio que, efectivamente, había boquetes entre el flanco que miraba al mar y el resto de la cadena. Esto hacía que la Montaña de Cristal se levantase aislada, al este de la cordillera principal. Como era más baja que los picos más altos del Este, resultaba invisible desde el otro lado. Tampoco era particularmente notable en otros aspectos, salvo que tenía más riachuelos por kilómetro de falda que los otros montes del Norte y del Sur.
Mulrooney los contó todos, tanto en la Montaña de Cristal como en sus compañeras. No había la menor duda. En las otras montañas, el agua corría después de la lluvia, pero, en su mayor parte, se filtraba en el suelo. Y es que estos montes tenían seis o siete metros de humus sobre la básica estructura rocosa interior, mientras que la Montaña de Cristal carecía en absoluto de él. Hizo que sus trabajadores indígenas, vindúes reclutados allí mismo, efectuaran una serie de agujeros con el taladro que llevaba consigo, y de este modo comprobó la diferencia de profundidad del suelo en veinte lugares distintos. De aquí había de partir para averiguar la causa.
En el curso de millones de años, la tierra se había formado gracias a la descomposición de las rocas y al polvo arrastrado por el viento, y aunque cada aguacero se había llevado una parte de la misma montaña abajo, hasta los ríos, y de los ríos había pasado al poco profundo y fangoso estuario, quedó alguna tierra en las grietas, que fue respetada por el agua corriente, la cual abrió sus propios agujeros en la roca blanda. Y estos agujeros se habían convertido en tuberías de desagüe, de manera que parte de la lluvia que bajaba de la montaña encontraba sus propios canales y los ahondaba cada vez más, hundiéndose algunos de ellos en el corazón del monte, lo que era causa de que parte del suelo permaneciese intacto. De este modo había ido creciendo la capa de tierra, haciéndose un poco más gruesa cada siglo o cada milenio. Los pájaros y el viento trajeron semillas, las cuales se habían desarrollado en las cavidades llenas de tierra, contribuyendo, con sus raíces al proceso de retener la tierra en las vertientes. Cuando Mulrooney vio estos montes, había en ellos bastante tierra fértil como para alimentar a los robustos árboles y a las entrelazadas enredaderas que cubrían las laderas y las cimas de todas las montañas. De todas, menos una.
En ésta, el agua no podía abrir canales que se convirtiesen en riachuelos, ni penetrar en la roca, sobre todo en la cara más abrupta, que era la que miraba al Este, es decir, al interior. Aquí, la tierra se había depositado en bolsas, y estas bolsas produjeron bosquecillos de arbustos y algunas manchas de hierba y de helechos. La vegetación se extendía por sí sola de rincón en rincón, enlazando vástagos y retoños en una débil capa sobre las rocas desnudas, regularmente lavadas por el agua en la estación de las lluvias. Y lo que el misionero vio antes de morir fueron los surcos de agua relucientes entre las verduras. La razón de la diferencia era muy sencilla: el monte aislado era de una roca muy distinta a la de la cordillera principal; una roca antigua, dura como el granito, en contraste con las más recientes rocas blandas de la cadena montañosa.
Mulrooney completó el recorrido de la montaña y estableció este hecho con toda seguridad. Necesitó quince días para hacerlo y dejar bien sentado que de la Montaña de Cristal bajaban no menos de setenta riachuelos. La mayor parte de ellos afluían a tres corrientes principales que discurrían hacia el este de la vertiente, en un valle profundo. Pero advirtió algo más: a lo largo de las riberas de los torrentes que procedían de esta montaña, el color del suelo era distinto, así como la vegetación. Algunas plantas aparecían allí como en otros lugares, pero las había que brillaban por su ausencia, a pesar de que florecían en los otros montes y en las orillas de otras corrientes. En general, la vegetación de las riberas de los torrentes de la Montaña de Cristal era más escasa que la de las demás, y ello no podía explicarse por la falta de tierra, pues ésta era abundante.
Por tanto, había algo distinto en la tierra, algo que impedía el desarrollo de la vida vegetal a lo largo de las riberas de los torrentes.
Mulrooney empezó por levantar un plano de los setenta riachuelos que llamaron su atención, dibujando al propio tiempo un mapa del lugar. También tomó muestras de la arena y de los guijarros del lecho de los torrentes, empezando por la capa superficial y ahondando hasta el lecho rocoso.
Para cada una de dichas muestras tomó dos cubos llenos de piedrecitas y arena, que echó en una tela embreada, y procedió a su división, que es el procedimiento que suele emplearse para tomar muestras. Formaba un cono con los casquijos, lo dividía en cuatro partes con una pala, tomaba al azar dos cuartos opuestos, los mezclaba y hacía otro cono. Después dividía éste en cuatro partes, y así sucesivamente, hasta que obtenía una muestra que pesaba de ochocientos a mil doscientos gramos. Ponía esta muestra en un saquito de lona seca y forrada de polietileno, el cual sellaba y rotulaba cuidadosamente. En el plazo de un mes reunió seiscientos kilos de arena y pequeños guijarros —tomados de los lechos de los setenta arroyos— en seiscientas bolsitas. Después, empezó a estudiar la propia montaña.
Ya estaba convencido de que sus saquitos de arena contendrían —al ser examinados en el laboratorio— ciertas cantidades de estaño de aluvión, diminutas partículas arrancadas por el agua a la montaña en cientos de miles de años, lo cual demostraría que había casiterita —o mineral de estaño— enterrada en la Montaña de Cristal.
Dividió, pues, las caras de la montaña en sectores, tratando de descubrir las fuentes de los riachuelos y las caras rocosas que los alimentaban en la estación de las lluvias. Al cabo de una semana, dio por sentado que no había un filón importante dentro de la roca, pero sí lo que llaman los geólogos un depósito diseminado. En todas partes había signos de mineralización. Debajo de los zarcillos de vegetación descubrió superficies rocosas —surcadas por vetas de un centímetro de anchura semejantes a los capilares de la nariz de los bebedores— de un cuarzo blanco y lechoso, que se entrelazaban, metro tras metro, sobre la cara de la roca.
Todo cuanto veía le decía una palabra: «Estaño.» Recorrió otras tres veces la montaña, y sus observaciones confirmaron la existencia de un depósito diseminado: las siempre presentes vetas blancas sobre la roca, de un gris oscuro. Con un martillo y un escoplo abrió profundos agujeros en la roca, que confirmaron su impresión. En ocasiones, creyó ver manchas oscuras en el cuarzo, lo cual corroboraba la presencia de estaño.
Entonces empezó en seguida a descantillar la piedra a medida que avanzaba. Tomó muestras de las vetas blancas de cuarzo, y, para no correr ningún riesgo, las tomó también de la roca que había entre las vetas. Al cabo de tres meses de su entrada en el bosque primigenio, al este de las montañas, había terminado su labor. Tenía otros 600 kilos de piedras para llevarlas a la costa. La tonelada y media de piedras y muestras aluviales había sido transportada en porciones, cada tres días, desde su campo de trabajo al campamento principal —donde esperaba ahora la mañana—, amontonado todo en conos bajo cubiertas de tela embreada.
Los porteadores, contratados el día anterior, vendrían de la aldea después de tomar su café y su desayuno, y llevarían sus trofeos por la llamada carretera que unía el interior de la República con la zona costera. Allí, en una aldea al borde del camino, estaba su camión, de dos toneladas, inmovilizado por falta de la llave y del delco, que llevaba en la mochila. Si los indígenas no lo habían destrozado, aún marcharía. Había pagado al jefe de la aldea para que cuidase de él. Con sus muestras cargadas en el camión y veinte mozos por delante, para sacar al destartalado vehículo de las zanjas, llegaría a la capital dentro de tres días. Después de cablegrafiar a Londres, tendría que esperar unos días más a que llegase el barco fletado por la compañía y se lo llevase de allí. Él habría preferido dirigirse hacia el Norte por la carretera de la costa y recorrer un par de cientos de kilómetros en la vecina República, donde había un aeropuerto adecuado y habría podido enviar sus muestras a casa. Pero, en el contrato entre «ManCon» y el Gobierno de Zangaro, se especificaba que debía llevarlas a la capital.
Jack Mulrooney saltó de su litera, apartó el mosquitero y le gritó a su cocinero:
—¡Eh, Dingaling! ¿Dónde está mi maldito café?
El cocinero vindú, que sólo entendía la palabra «café», sonrió detrás de la fogata y agitó las manos alegremente. Mulrooney cruzó el claro, en dirección a su lavabo de lona, y empezó a rascarse al arrojarse los mosquitos sobre su torso desnudo.
—¡Maldita África! —masculló, mientras se lavaba la cara.
Pero aquella mañana se sentía contento. Estaba convencido de que había encontrado estaño en aluvión y rocas que contenían estaño. La única cuestión era saber cuánto estaño había por tonelada de roca. A unos 3.300 dólares la tonelada de este metal, tendrían que ser los analistas y los economistas mineros quienes determinasen la cantidad de estaño por tonelada de piedra que sería necesaria para establecer un campamento minero, con su complicada maquinaria y sus equipos de obreros, para no hablar de un mejor acceso a la zona costera por medio de un ferrocarril de vía estrecha cuyos raíles habría que tender. Y, desde luego, se trataba de un lugar inaccesible y dejado de la mano de Dios. Como de costumbre, se estudiaría todo, y se aprobaría o rechazaría el proyecto partiendo de una base de libras, chelines y peniques. Pero así actuaba el mundo. Espantó a otro mosquito de una palmada en el brazo y se puso la camiseta de manga corta.
Seis días más tarde, Jack Mulrooney estaba apoyado en la barandilla de un vaporcito costero, fletado por su compañía, y escupió de lado al ver deslizarse la costa de Zangaro.
—¡Malditos bastardos! —murmuró, furioso.
Llevaba una serie de cardenales en el pecho y la espalda, y un profundo arañazo en una mejilla, todos ellos producidos por otros tantos culatazos cuando los soldados asaltaron el hotel.
Había necesitado dos días para llevar las muestras desde la zona selvática hasta la carretera, y un día y una noche de gritos y sudores para que el camión recorriese la desigual y accidentada pista de tierra desde el interior hasta la costa. En la estación de las lluvias no lo habría conseguido, y en el actual período seco, para cuyo término faltaba aún un mes, las endurecidas roderas estuvieron a punto de hacer añicos el «Mercedes». Tres días antes había pagado y despedido a sus trabajadores vindúes y conducido el destartalado camión hasta la carretera asfaltada que empezaba a sólo veinte kilómetros de la capital. A partir de allí, había tardado una hora en llegar a la ciudad y al hotel.
Aunque el nombre de «hotel» no era el más adecuado. Después de la independencia, la posada principal de la ciudad había degenerado hasta convertirse en un tugurio; pero tenía garaje, y en él aparcó y encerró el camión, antes de enviar su cablegrama, que cursó con el tiempo justo, pues seis horas después se abrieron las puertas del infierno, y el puerto, el aeropuerto y los demás medios de comunicación fueron cerrados por orden del Presidente.
Se enteró de ello cuando un grupo de soldados —vestidos como vagabundos y empuñando sus rifles por el cañón— irrumpió en el hotel y entró a saco en las habitaciones. Era inútil preguntarles qué querían, pues no hacían más que chillar en una jerga desconocida para él, aunque le pareció reconocer el dialecto vindú, que había oído hablar a sus obreros durante los tres últimos meses.
Recibió dos culatazos, pero al tratarse de Mulrooney, éste, en contestación descargó un puñetazo, que envió al soldado más próximo hasta la mitad del pasillo, donde cayó de espalda, y esto enfureció aún más al resto de la pandilla. Gracias a Dios, no hubo disparos, lo cual se debió también a que los soldados preferían emplear sus armas como mazas, antes que estudiar unos mecanismos tan complicados como los gatillos y los seguros.
Entonces fue conducido al cuartelillo de Policía más próximo, donde le armaron una bronca y lo encerraron después en una celda subterránea durante dos días. Aunque lo ignoraba, había tenido mucha suerte. Un hombre de negocios suizo, uno de los raros visitantes extranjeros de la República, presenció su salida y, temiendo por su vida, acudió a la Embajada suiza, que era una de las seis únicas Embajadas europeas y norteamericanas de la ciudad, y ésta se puso en contacto con la «ManCon», cuyo nombre le facilitó el hombre de negocios, el cual se había enterado al revisar las pertenencias de Mulrooney.
Dos días después llegó el vaporcito de cabotaje, procedente de un puerto situado más al norte de la costa, y el cónsul suizo negoció la libertad de Mulrooney. Sin duda había corrido algún dinero, y «ManCon» pagaría la factura. Jack Mulrooney estaba aún muy enojado. Al ser puesto en libertad, había encontrado abierto su camión y desparramadas sus muestras por el suelo del garaje. Todas las piedras estaban marcadas, y resultó fácil clasificarlas de nuevo; pero la arena, las chinas y los casquijos se hallaban todos mezclados. Afortunadamente, cada una de las bolsas rasgadas, unas cincuenta en total, conservaba intacta la mitad de su contenido; por consiguiente, las había cerrado de nuevo y llevado al barco. También aquí, los aduaneros, la Policía y los soldados registraron el buque de proa a popa, chillando e increpando a los tripulantes, pero sin decir qué era lo que buscaban.
El aterrorizado funcionario de la Embajada suiza que acompañó a Mulrooney desde el cuartelillo hasta el hotel, le dijo que habían circulado rumores acerca de un atentado contra la vida del Presidente, y que los soldados estaban buscando a un jefe militar que había desaparecido y al que se presumía responsable.
Cuatro días después de zarpar del puerto de Clarence, Jack Mulrooney, cuidando siempre de sus muestras de roca, llegó a Luton (Inglaterra) en un avión alquilado. Un camión se llevó sus muestras a Watford, para ser analizadas, y después de una revisión a cargo del médico de la compañía, Mulrooney pudo empezar sus tres semanas de vacaciones. Fue a pasarlas con su hermana en Dulwich, pero antes de una semana estaba ya mortalmente aburrido.
Exactamente tres semanas después, Sir James Manson, Caballero del Imperio Británico, presidente y director-gerente de «Manson Consolidated Mining Company Limited», se retrepó en su sillón de cuero de las oficinas instaladas en el décimo piso, ático, del edificio central de su compañía en Londres, miró una vez más el informe que tenía ante él y murmuró: « ¡Jesús! » Nadie le respondió.
Se levantó y salió de detrás de la amplia mesa, cruzó la estancia hasta las ventanas de la cara sur del edificio y contempló la City de Londres, la milla cuadrada interior de la antigua capital y corazón de un imperio financiero que seguía siendo mundial, a pesar de lo que decían sus detractores. Para algunos de los escurridizos escarabajos de traje gris oscuro y sombrero hongo negro, era quizás únicamente un lugar de trabajo, aburrido, fatigoso, que siempre exigía un tributo al hombre, durante su juventud y su madurez, hasta que llegaba el retiro final. Para otros, jóvenes y esperanzados, se trataba de un sitio lleno de oportunidades, donde los méritos y el trabajo duro eran recompensados con premios consistentes en ascensos y seguridad. Para los románticos era, sin duda, sede de los grandes comerciantes aventureros; para los pragmáticos, el mayor mercado del mundo, y para los sindicalistas de izquierda, un lugar donde los ricos ociosos e inútiles, nacidos en la opulencia y los privilegios, nadaban despreocupadamente en un mar de lujo. James Manson era cínico y realista. Sabía lo que era la City: una jungla pura y simple, y él, una de sus panteras.
Depredador nato, se percató, empero, muy pronto de que había ciertas normas que debían observarse públicamente y hacerlas trizas en privado, y de que, como en política, sólo había un mandamiento, el undécimo: «No descubrirás tus intenciones.» Siguiendo el primer principio, había conseguido su título de caballero, al ser incluido en la Lista de condecoraciones de Año Nuevo, un mes atrás. Había sido propuesto por el Partido Conservador (aparentemente por servicios prestados a la industria, pero en realidad por su contribución secreta a los fondos electorales del Partido) y aceptado por el Gobierno Wilson por haber apoyado su política en Nigeria. Y observando el segundo principio, había hecho su fortuna y era varias veces millonario, poseía el veinticinco por ciento de las acciones de su compañía minera y ocupaba el piso ático del edificio.
Tenía sesenta y un años, y era bajo, agresivo, fuerte como un tanque, con vigor activo y una crueldad de pirata que atraía a las mujeres y daba miedo a sus competidores. Era lo bastante astuto para fingir respeto por el orden establecido en la City y en el Reino, por la vida comercial y política, aunque sabía perfectamente que ambos órganos estaban corroídos por hombres que, bajo la pantalla de su imagen pública, ocultaban una casi total falta de escrúpulos. Tenía a varios de éstos en su consejo de administración, incluidos dos ex ministros de antiguos Gobiernos conservadores. Ambos aceptaban de buen grado un generoso suplemento en su remuneración como directores, pagadero en las Islas Caimanes o en Gran Bahama, y uno de ellos, que supiese Manson, se divertía en privado sirviendo a la mesa a tres o cuatro pingos vestidos de cuero, tocado él con una cofia de doncella y luciendo delantal y una amplia sonrisa. Manson consideraba útiles a ambos hombres, pues tenían la ventaja de poseer considerable influencia y soberbias relaciones, sin el inconveniente de la integridad. La gente tenía a ambos caballeros por distinguidos servidores públicos. James Manson era, pues, un hombre respetable dentro de las normas de la City, normas que nada tenían que ver con el resto de la Humanidad.
No siempre había sido así, y por ello, los que trataban de investigar sus antecedentes tropezaban una y otra vez con barreras infranqueables. Se sabía muy poco de sus primeros pasos en la vida, y él era lo bastante avisado para hacer que las cosas continuasen igual. Confesaba que era hijo de un maquinista de ferrocarril rhodesiano y que se había criado no lejos de las florecientes minas de cobre de Ndola, Rhodesia del Norte, actualmente Zambia. Incluso dejaba que se supiese que, de muchacho, había empezado a trabajar en las minas, y que, más tarde, había hecho fortuna con el cobre. Pero nunca explicaba cómo la había conseguido.
En realidad hubo de dejar muy pronto las minas —antes de los veinte años—, pues se había percatado de que los hombres que se jugaban la vida bajo tierra, entre las rugientes máquinas, jamás se hacían ricos, verdaderamente ricos. El dinero estaba en la superficie, y no precisamente en la dirección de minas. Durante su adolescencia había estudiado las finanzas, el empleo y la manipulación del dinero, y sus estudios nocturnos le enseñaron que se podía ganar más dinero en una semana traficando en acciones, que en toda una vida haciendo de minero.
Empezó como corredor de Bolsa en el Rand, y vendió ilegalmente unos cuantos diamantes, difundió rumores que hicieron que los jugadores echasen mano a sus carteras y enajenó unas cuantas concesiones agotadas a los incautos. De este modo hizo su primera fortuna. A los treinta y cinco años, justo después de la Segunda Guerra Mundial, se encontró en Londres con las relaciones adecuadas en una Inglaterra hambrienta de cobre y que trataba de resucitar su industria, y, en 1948, fundó su propia compañía. A mediados de los años cincuenta, la empresa se formalizó públicamente, y, en quince años más, adquirió intereses en todo el mundo. Manson fue uno de los primeros que vio cómo la ola de cambios de Harold Macmillan se extendía a África y comprendió que se acercaba la independencia de las Repúblicas negras, esforzándose entonces en conocer y entablar relación con los nuevos políticos africanos, ansiosos de poder, mientras la mayoría de los hombres de negocios de la City se dedicaban a llorar la independencia de las antiguas colonias.
Su encuentro con los nuevos personajes fue un negocio redondo. Éstos veían a través de su historia de triunfos, y él veía a través de su pretendida preocupación por sus hermanos negros. Ellos sabían lo que él quería, y él sabía lo que querían ellos.
Por consiguiente, Manson derramó dinero en las cuentas corrientes de los jefecillos negros en Suiza, y éstos otorgaron a «Manson Consolidated» privilegios mineros a precio inferior al normal. La «ManCon» prosperó.
Pero James Manson había hecho otros negocios al margen de la sociedad. El último de ellos lo efectuó con acciones de una compañía minera llamada «Poseidón», que extraía níquel en Australia. A finales de verano de 1969, cuando las acciones de «Poseidón» estaban a cuatro chelines, sus oídos percibieron rumores de que un equipo de prospección había encontrado algo en Australia Central, en una extensión de tierra cuyos derechos mineros pertenecían a «Poseidón». Se había arriesgado y pagado una fuerte suma por echar un vistazo a los primeros informes llegados del interior. Estos informes hablaban de níquel en grandes cantidades. En realidad, el níquel no escaseaba en el mercado mundial; pero esta circunstancia no desanimaba a los agiotistas, y eran éstos, y no los inversores, quienes ponían por las nubes los precios de las acciones.
Manson se puso al habla con su Banco suizo, un establecimiento tan discreto, que su presencia en el mundo era sólo anunciada por una placa dorada —no mayor que una tarjeta de visita— sujeta a la pared, junto a una pesada puerta de roble, en un callejón de Zurich. En Suiza no hay agentes de Cambio y Bolsa; los Bancos hacen todas las inversiones. Manson ordenó al doctor Martin Steinhofer, jefe de la sección de Inversiones del «Banco Zwingli», que comprase por su cuenta 5.000 acciones de «Poseidón». El banquero suizo estableció contacto con la prestigiosa firma londinense «Joseph Sebag & Co.», en nombre del «Zwingli», y cursó la orden. Cuando se cerró el trato, las acciones de «Poseidón» estaban a cinco chelines.
La tormenta estalló a fines de setiembre, cuando se conoció la importancia de los yacimientos de níquel australianos. Las acciones empezaron a subir, y, con la ayuda de útiles rumores, la subida llegó a ser desenfrenada. Sir James Manson tenía pensado iniciar su venta cuando alcanzasen la cotización de 50 libras por acción, pero la subida era tan vertiginosa, que resolvió esperar un poco más. Por último, calculó que el máximo sería de 115 libras, y ordenó al doctor Steinhofer que principiara a vender a 100 libras por acción. Así lo hizo el avisado banquero suizo, que enajenó todo el paquete de acciones a un promedio de 103 libras. En realidad, la cotización alcanzó las 120 libras antes de que se impusiera el sentido común y las acciones volviesen a bajar hasta 10 libras. A Manson no le importó haber dejado de ganar 20 libras por acción, porque sabía que el mejor momento para vender es antes de que se alcance la cotización máxima, o sea, cuando aún abundan los compradores. Una vez pagados todos los gastos, se embolsó 500.000 libras, que seguían depositadas en el «Banco Zwingli».
En realidad, es ilegal que un ciudadano y residente británico tenga cuenta corriente en un Banco extranjero sin informar al Tesoro, y también lo es ganar medio millón de libras en dos meses sin pagar impuesto sobre la renta del capital. Pero el doctor Steinhofer residía en Suiza, y mantendría el pico cerrado. Para eso eran los Bancos suizos.
Aquella tarde de mediados de febrero, Sir James Manson volvió a su mesa, se retrepó en el lujoso sillón de cuero y examinó nuevamente el informe que tenía sobre la carpeta. Había llegado en un sobre grande, sellado con lacre y con la indicación de «Particular». Lo firmaba el doctor Gordon Chalmers, jefe del Departamento de Estudio, Investigación, Cartografía y Análisis de Muestras de la «ManCon», situado en las afueras de Londres. Se trataba del informe emitido por el analista relativo a las pruebas efectuadas en las muestras que un hombre llamado Mulrooney había traído, al parecer, de un lugar llamado Zangaro, tres semanas atrás.
El doctor Chalmers no malgastaba las palabras. El resumen del informe era breve y concreto. Mulrooney había descubierto una montaña, o una colina, cuya cima se elevaba a unos 600 metros sobre el nivel del suelo y cuya base tendría unos 900 metros de diámetro. Estaba ligeramente separada de una cadena montañosa, en el interior de Zangaro. El monte contenía un yacimiento muy diseminado de mineral, ostensiblemente presente en toda la roca, que era de tipo ígneo y varios millones de años más antigua que la piedra arenisca y el pedernal de las montañas contiguas.
Mulrooney, que encontró en todas partes numerosas vetas de cuarzo, había previsto la presencia de estaño, y a su regreso trajo muestras de cuarzo, de las rocas que lo rodeaban y de guijarros de los torrentes que discurrían al pie del monte. Las vetas de cuarzo contenían en verdad pequeñas cantidades de estaño. Pero lo más interesante era la roca. Diversas y repetidas pruebas demostraban que esta roca, así como las muestras de guijarros, contenían ligeras cantidades de níquel de baja calidad. Pero comprendían también un importante volumen de platino. Éste aparecía en todas las muestras y se hallaba bastante bien distribuido. La roca más rica en platino que se conocía en el mundo se hallaba en las minas de Rustenberg, África del Sur, donde las concentraciones o «grados» llegaban a 0,25 de onza de Troy por tonelada de roca. La concentración media, en las muestras de Mulrooney, era de 0,81. «Sin otro particular, quedo de usted afectísimo…»
Sir James Manson sabía, como cualquier experto en minas, que el platino ocupaba el tercer lugar entre los metales preciosos del mundo y que, en aquel momento, se cotizaba a 130 dólares la onza. También sabía que, con la creciente demanda mundial de este metal, tenía que subir al menos a 150 dólares la onza dentro de tres años, y probablemente a 200 dólares dentro de cinco. No era probable que volviese a alcanzar la cima de 300 dólares del año 1968, porque esto había sido una ridiculez.
Hizo algunos cálculos en un bloc. Doscientos cincuenta millones de metros cúbicos de roca, a dos toneladas por metro cúbico, eran quinientos millones de toneladas. Incluso a media onza por tonelada de roca, eso suponía doscientos cincuenta millones de onzas. Si la revelación de una nueva fuente mundial hacía bajar los precios a noventa dólares la onza, y aunque la inaccesibilidad del lugar significase un costo de cincuenta dólares por onza extraída y refinada, esto significaría…
Sir James Manson se arrellanó de nuevo en su sillón y silbó entre dientes.
—¡Jesús! ¡Una montaña de diez mil millones de dólares!