FUNDACIÓN E IMPERIO:

«NUDO» DEL DRAMA GALÁCTICO

Fundación e Imperio es el segundo tomo de la trilogía de las Fundaciones. Al igual que los otros dos de la serie, este libro constituye un todo autónomo y puede ser leído independientemente, aunque para el lector interesado en una visión completa del «ciclo de Trántor», como también se ha llamado a la trilogía, es aconsejable leer los tres libros en su orden cronológico.

Si en Fundación asistíamos a los conflictos vecinales e internos de un planeta de científicos establecido para preservar la cultura durante la inevitable decadencia del Imperio Galáctico, en Fundación e Imperio vemos una Fundación ya consolidada enfrentarse de igual a igual con los restos de un Imperio agonizante, pero todavía poderoso.

La serie de las Fundaciones empezó a publicarse en 1942, en forma de relatos sueltos, en la revista especializada Astounding, pero hasta 1945 no escribiría Asimov la narración que luego se convertiría en la primera parte de Fundación e Imperio: Dead Hand.

Y si el decadente Imperio Galáctico de Asimov está directamente inspirado —como reconocería el propio autor— en la Ascensión y caída del Imperio Romano de Edward Gibbon, Dead Hand (posteriormente convertida en The General), proyecta en el futuro un episodio concreto e identificable de la historia de Roma: el infortunio de Belisario, el brillante e incomprendido general de Justiniano (obsérvese que «Bel Riose», nombre del protagonista de El general, es casi anagrama de «Belisario»).

En cuanto a la segunda parte del presente volumen, El Mulo, también constituye de por sí un episodio autónomo, si bien —«nudo» dramático que apunta a un «desenlace»— deja abiertos una serie de interrogantes que sólo Segunda Fundación (terminada en 1949) resolverá plenamente.

El «ciclo de Trántor», publicado íntegro en forma de relatos sueltos en Astounding a lo largo de siete años (1942-1949), fue recopilado posteriormente en forma de trilogía, y en 1966, en la 24.a Convención Mundial de Ciencia Ficción, celebrada en Cleveland, obtuvo el premio «Hugo»[1] a la mejor «serie de novelas» publicada hasta entonces.

Esta estructuración definitiva del ciclo en tres volúmenes, que ha quedado como uno de los grandes clásicos del género, es la misma que hoy ofrecemos a nuestros lectores.

CARLO FRABETTI

A Mary y Henry por su paciencia y tolerancia.

Prólogo

PRÓLOGO

El Imperio Galáctico se derrumbaba.

Era un Imperio colosal que se extendía a través de millones de mundos, de un extremo a otro de la inmensa espiral doble que era la Vía Láctea. Su caída también sería colosal, y además prolongada, porque debía abarcar un enorme período de tiempo.

Había estado derrumbándose durante siglos antes de que un hombre se diese realmente cuenta de ello. Aquel hombre era Hari Seldon, el ser que representaba la única chispa de esfuerzo creador que subsistía en la decadencia general. Él fue quien desarrolló y llevó a su punto culminante la ciencia de la psicohistoria.

La psicohistoria no trataba del hombre, sino de las masas de hombres. Era la ciencia de las muchedumbres, de miles de millones de personas. Podía prever las reacciones a diferentes estímulos con la misma exactitud que una ciencia menor predecía el rebote de una bola de billar. La reacción de un hombre se podía vaticinar por medio de las matemáticas conocidas, pero la de mil millones era algo distinto.

Hari Seldon presagiaba las tendencias sociales y económicas de la época, y estudiando las curvas previó la continua y acelerada caída de la civilización y el lapso de treinta mil años que debía transcurrir antes de que un nuevo Imperio pudiese emerger de las ruinas.

Era demasiado tarde para detener aquella caída, pero aún había tiempo de cerrar el paso a la llegada de la barbarie. Seldon estableció dos Fundaciones en «extremos opuestos de la Galaxia», localizadas de modo que en un milenio los acontecimientos se fundieran y consolidaran para formar la base de un Segundo Imperio más fuerte, más permanente y de más rápida aparición.

Fundación relata la historia de una de estas Fundaciones durante los dos primeros siglos de su vida.

Se inició como una colonia de científicos en Términus, un planeta situado en el extremo de una de las espirales de la Galaxia. Separados del desorden del Imperio, aquellos científicos trabajaron en la recopilación de un compendio universal de la sabiduría, la Enciclopedia Galáctica, ignorantes de la misión más profunda que había planeado para ellos el ya fallecido Seldon.

A medida que el Imperio se desintegraba, las regiones exteriores cayeron en manos de «reyes» independientes, y la Fundación se vio amenazada por ellos. Sin embargo, enfrentando entre sí a los cabecillas, bajo el mando de su primer alcalde, Salvor Hardin, consiguieron mantener una precaria independencia. Como únicos poseedores de la energía atómica en unos mundos que estaban olvidándose de las ciencias y retrocediendo al carbón y al petróleo, llegaron incluso a tener cierta preponderancia. La Fundación se convirtió en el centro «religioso» de los reinos circundantes.

Lentamente, la Fundación desarrolló una economía comercial mientras la Enciclopedia pasaba a segundo plano. Sus comerciantes, vendiendo artículos atómicos cuya calidad no hubiese superado el Imperio ni en su época más gloriosa, penetraron hasta cientos de años luz a través de la Periferia.

Bajo Hober Mallow, primero de los Príncipes Comerciantes de la Fundación, desarrollaron las técnicas de la guerra económica hasta el punto de derrotar a la República de Korell, a pesar de que este mundo recibía el apoyo de una de las provincias exteriores de lo que quedaba del Imperio.

Al término de doscientos años, la Fundación era el estado más poderoso de la Galaxia, exceptuando los restos del Imperio que, concentrados en el tercio central de la Vía Láctea, controlaban tres cuartas partes de la población y de las riquezas del universo.

Parecía inevitable que el siguiente peligro al que tendría que enfrentarse la Fundación fuera el coletazo final del Imperio moribundo.

Había que despejar el camino para la batalla entre la Fundación y el Imperio.

Primera parte. El general

PRIMERA PARTE

EL GENERAL

1. La búsqueda de los magos

1. LA BÚSQUEDA DE LOS MAGOS

BEL RIOSE — ...En su carrera relativamente breve, Riose obtuvo el título de «el último de los Imperiales», y lo hizo merecidamente. Un estudio de sus campañas revela que igualó a Peurifoy en capacidad estratégica, y tal vez le superara en habilidad para manejar a los hombres. El hecho de que naciera durante la decadencia del Imperio hizo imposible que igualara a Peurifoy como conquistador. Sin embargo, tuvo su oportunidad cuando —y fue el primero de los generales del Imperio en hacerlo— se enfrentó cara a cara con la Fundación...

Enciclopedia Galáctica[2]

Bel Riose viajaba sin escolta, lo cual no estaba prescrito por la etiqueta de la corte para el jefe de una flota estacionada en un sistema estelar, todavía arisco, en las lindes del Imperio Galáctico.

Pero Bel Riose era joven y enérgico —lo bastante como para ser enviado lo más cerca posible del fin del universo por una corte desapasionada y calculadora— y, por añadidura, curioso. Extrañas e inverosímiles narraciones, repetidas caprichosamente por cientos, y lóbregamente conocidas por miles, intrigaban esta última facultad; la posibilidad de una aventura militar atraía a las otras dos. La combinación era abrumadora.

Bajó del coche de superficie del que se había apropiado y llegó al umbral de la vetusta casa que constituía su destino. Esperó. El ojo fotónico que abría la puerta estaba activado, pero fue una mano la que la abrió.

Bel Riose sonrió al anciano.

—Soy Riose...

—Le reconozco. —El anciano permaneció rígido, y nada sorprendido, en su lugar—. ¿De qué se trata?

Riose dio un paso atrás en un gesto de sumisión.

—Un negocio de paz. Si usted es Ducem Barr, le pido me conceda el favor de que mantengamos una conversación.

Ducem Barr se hizo a un lado, y en el interior de la casa se iluminaron las paredes. El general entró en una estancia bañada por luz diurna.

Tocó la pared del estudio y luego se examinó las yemas de los dedos.

—¿Tienen ustedes esto en Siwenna?

Barr sonrió ligeramente.

—Pero sólo aquí, según creo. Yo lo mantengo en funcionamiento lo mejor que puedo. Debo excusarme por haberle hecho esperar en la puerta. El dispositivo automático registra la presencia de un visitante, pero ya no abre esa puerta.

—¿Sus reparaciones no llegan a tanto? —La voz del general denotaba una ligera ironía.

—Ya no se consiguen piezas de recambio. Tenga la bondad de tomar asiento. ¿Desea una taza de té?

—¿En Siwenna? Dios mío, señor, es socialmente imposible no beberlo aquí.

El viejo patricio se retiró sin ruido, con una lenta inclinación que era parte de la ceremoniosa herencia legada por la aristocracia desaparecida de los mejores días del siglo anterior.

Riose siguió a su anfitrión con la mirada, y su estudiada urbanidad se sintió algo insegura. Su educación había sido puramente militar, lo mismo que su experiencia. Se había enfrentado a la muerte en repetidas ocasiones, pero siempre a una muerte de naturaleza muy familiar y tangible. En consecuencia, no es de extrañar que el idolatrado león de la Vigésima Flota se sintiera intimidado en la atmósfera repentinamente viciada de una habitación antigua.

El general reconoció las pequeñas cajas de marfil negro que se alineaban en los estantes: eran libros. Sus títulos no le eran familiares. Adivinó que la voluminosa estructura del extremo de la habitación era el receptor que convertía los libros en imagen y sonido a voluntad. No había visto funcionar ninguno, pero sí había oído hablar de ellos.

Una vez le contaron que hacía mucho tiempo, durante la época dorada en que el Imperio se extendía por toda la Galaxia, nueve de cada diez casas tenían receptores como aquél, e incluso estanterías con libros.

Pero ahora era necesario vigilar las fronteras; los libros quedaban para los viejos. Además, la mitad de las historias sobre el pasado eran míticas; tal vez más de la mitad.

Llegó el té y Riose tomó asiento. Ducem Barr levantó su taza.

—A su salud.

—Gracias. A la suya.

Ducem Barr comentó deliberadamente:

—Dicen que es usted joven. ¿Treinta y cinco?

—Casi. Treinta y cuatro.

—En tal caso —dijo Barr con suave énfasis—, no podría empezar mejor que informándole con pesar que no poseo filtros de amor, pociones ni encantamientos. Tampoco soy capaz de influenciar en su favor a una joven que pueda resultarle atractiva...

—No necesito ayuda artificial a este respecto, señor. —La complacencia, innegablemente presente en la voz del general, tenía un matiz divertido—. ¿Recibe usted muchas peticiones de tales favores?

—Las suficientes. Por desgracia, un público no informado tiende a confundir la erudición con la magia, y la vida amorosa parece ser el factor que requiere mayor cantidad de argucias.

—Me parece muy natural, pero yo difiero de ello. Sólo relaciono la erudición con la capacidad de contestar a preguntas difíciles.

El siwenniano le contempló sombríamente.

—¡Puede estar tan equivocado como ellos!

—Tal vez sí, y tal vez no. —El joven general posó su taza en la rutilante funda y la llenó de nuevo. A continuación echó en ella la cápsula aromatizada que le ofrecían—. Dígame entonces, patricio, ¿quiénes son los magos? Los verdaderos magos.

Barr pareció asombrado al oír aquella palabra, ya en desuso.

—No hay magos.

—Pero la gente habla de ellos. En Siwenna abundan las leyendas al respecto. Hay cultos desarrollados a su alrededor. Existe una extraña conexión entre esto y aquellos grupos de sus compatriotas que sueñan y divagan sobre el pasado y sobre lo que ellos llaman libertad y autonomía. El asunto podría convertirse eventualmente en un peligro para el Estado.

El anciano meneó la cabeza.

—¿Por qué se dirige a mí? ¿Acaso olfatea una rebelión conmigo como cabecilla?

Riose se encogió de hombros.

—No, en absoluto. ¡Pero no es una idea del todo ridícula! Su padre fue un exiliado en su tiempo; usted mismo es un patriota en el suyo. No es muy correcto por mi parte mencionarlo, ya que soy su invitado, pero mi gestión lo exige. Sin embargo, ¿una conspiración ahora? Lo dudo. El espíritu combativo de Siwenna se extinguió hace ya tres generaciones.

El anciano replicó con dificultad.

—Voy a ser tan poco delicado como anfitrión como usted lo ha sido como huésped. Le recordaré que, un día, un virrey pensó como usted sobre los apocados siwennianos. Por orden de aquel virrey mi padre se convirtió en un mendigo fugitivo, mis hermanos en mártires y mi hermana en una suicida. No obstante, aquel virrey encontró una muerte horrible a manos de aquellos mismos esclavizados siwennianos.

—¡Ah, sí; y por cierto, todo esto se relaciona con algo que me gustaría decir! Hace tres años que la misteriosa muerte de aquel virrey ya no es tal para mí. Tenía en su guardia personal a un joven soldado, muy interesante por su forma de obrar. Usted era aquel soldado; pero creo que no son necesarios los detalles.

Barr permanecía tranquilo.

—En efecto. ¿Qué se propone usted?

—Que responda a mis preguntas.

—No lo haré bajo amenazas. Soy viejo, lo suficiente como para que la vida ya no me importe demasiado.

—Por Dios, señor, los tiempos son difíciles —dijo Riose significativamente— y usted tiene hijos y amigos, además de una patria por la que pronunció en el pasado frases de amor y de locura. Vamos, si tuviera que decidirme por la fuerza, mi objetivo no sería tan vil como el de golpearle.

Barr preguntó fríamente:

—¿Qué es lo que quiere?

Riose habló con la taza vacía en la mano.

—Escúcheme, patricio. Hay épocas en que los soldados más triunfales son aquellos cuya función es ir a la cabeza de los desfiles que recorren los terrenos del palacio imperial en las festividades y escoltar las rutilantes naves de recreo que llevan al Emperador a los planetas estivales. Yo..., yo soy un fracaso. Soy un fracaso a los treinta y cuatro años, y lo seré siempre porque, fíjese, me gusta luchar. Por eso me han enviado aquí. En la corte soy demasiado molesto. No me adapto a la etiqueta. Ofendo a los petimetres y a los lores almirantes, pero soy un capitán de naves y de hombres, demasiado bueno para que prescindan de mí abandonándome en el espacio. Por eso Siwenna es el sustituto. Es un mundo fronterizo, una provincia rebelde y estéril. Está lejos, lo bastante lejos como para satisfacer a todos. De este modo me consumo. No hay rebeliones que sofocar, y últimamente los virreyes fronterizos no se rebelan, al menos no desde que el difunto padre del Emperador, de gloriosa memoria, hizo un escarmiento con Mountel de Paramay.

—Un emperador fuerte —murmuró Barr.

—Sí, y necesitamos más como él. Es mi maestro, recuérdelo. Y son sus intereses los que protejo.

Barr se encogió de hombros con indiferencia.

—¿Qué relación tiene todo esto con el tema?

—Se lo explicaré en dos palabras. Los magos que he mencionado vienen de más allá de los puestos fronterizos, donde las estrellas están diseminadas...

—Donde las estrellas están diseminadas —repitió Barr—, y penetra el frío del espacio.

—¿Es eso poesía? —Riose frunció el ceño. Los versos parecían una frivolidad en aquellos momentos—. En cualquier caso, vienen de la Periferia, el único lugar donde soy libre para luchar por la gloria del Emperador.

—Y servir así los intereses de Su Majestad Imperial y satisfacer sus propias ansias de lucha.

—Exactamente. Pero he de saber contra qué lucho, y en esto usted puede ayudarme.

—¿Cómo lo sabe?

Riose mordisqueó una galleta.

—Porque durante tres años he seguido la pista de todos los rumores, mitos y alusiones relativos a los magos. Y de toda la información que he sacado de las bibliotecas sólo hay dos hechos aceptados unánimemente, por lo que deben ser absolutamente ciertos. El primero es que los magos proceden del extremo de la Galaxia, frente a Siwenna; el segundo es que el padre de usted conoció una vez a un mago, vivo y real, y habló con él.

El anciano siwenniano fijó la mirada, y Riose continuó:

—Será mejor que me diga cuanto sabe...

Barr dijo pensativamente:

—Sería interesante contarle ciertas cosas. Sería un experimento psicohistórico exclusivamente mío.

—¿Qué clase de experimento?

—Psicohistórico. —El viejo sonrió de modo desagradable, y enseguida prosiguió—: Haría bien en tomar más té. Voy a soltarle un pequeño discurso.

Se apoyó bien en los blandos almohadones de su butaca. Las luces de las paredes disminuyeron su potencia hasta convertirse en un fulgor rosado y marfileño que incluso suavizaba el duro perfil del soldado.

Ducem Barr comenzó:

—Mis conocimientos son el resultado de dos accidentes: el de haber nacido hijo de mi padre, por ser quien fue, y el de haberlo hecho en mi país. Todo se inició hace más de cuarenta años, poco después de la Gran Matanza, cuando mi padre andaba fugitivo por los bosques del sur mientras yo servía en la flota personal del virrey. A propósito, era el mismo virrey que había ordenado la Matanza y que encontró una muerte tan cruel tras ella.

Barr sonrió torvamente y prosiguió:

—Mi padre era un patricio del Imperio y senador de Siwenna. Se llamaba Onum Barr.

Riose le interrumpió con impaciencia:

—Conozco muy bien las circunstancias de su exilio. No es preciso que se extienda en detalles a este respecto.

El siwenniano le ignoró y continuó sin inmutarse:

—Durante su exilio fue abordado por un vagabundo, un mercader del extremo de la Galaxia; un joven que hablaba con extraño acento y no sabía nada de la reciente historia imperial, y que estaba protegido por un campo de fuerza individual.

—¿Un campo de fuerza individual? —repitió Riose con asombro—. Dice usted cosas incomprensibles. ¿Qué generador podría tener la potencia suficiente como para condensar un campo en el volumen de un solo hombre? Por la Gran Galaxia, ¿llevaba a cuestas una fuente de cinco mil miriatoneladas de energía atómica, o acaso usaba una carretilla de mano?

Barr dijo tranquilamente:

—Éste es el mago sobre el que usted ha oído rumores, historias y mitos. El título de mago no se gana con facilidad. No llevaba un generador lo bastante grande como para ser visto, pero ni el disparo del arma más pesada que pudiera usted sostener en la mano hubiese siquiera arrugado el escudo que llevaba.

—¿Es ésa toda la historia? ¿Acaso los magos nacen de las habladurías de un anciano trastornado por el sufrimiento y el exilio?

—La historia de los magos es incluso anterior a mi padre, señor. Y la prueba es aún más concreta. Después de dejar a mi padre, ese mercader a quien los hombres llaman mago visitó a un Tec, es decir, a uno de los Técnicos, en la ciudad que mi padre le había indicado, y allí dejó un generador-escudo del tipo que él llevaba. Ese generador fue recuperado por mi padre cuando volvió del destierro al producirse la muerte del sanguinario virrey. Tardó mucho tiempo en encontrarlo... El generador está colgado de la pared que tiene a sus espaldas, señor. No funciona. Sólo lo hizo los dos primeros días, pero, si lo examina, verá que no ha sido diseñado por ningún hombre del Imperio.

Bel Riose alargó la mano para coger el cinturón de eslabones de metal que colgaba de la pared curvada. Se desprendió con un ligero chasquido cuando el diminuto campo adhesivo se interrumpió al contacto de su mano. El elipsoide de la punta del cinto atrajo su atención. Era del tamaño de una nuez.

—Esto... —murmuró.

—Esto era el generador —asintió Barr—. He dicho que lo era. El secreto de su funcionamiento ya no puede descubrirse ahora. Las investigaciones subelectrónicas han demostrado que se fundió en una sola masa metálica, y el estudio más minucioso de sus siluetas de difracción no ha sido suficiente para distinguir las diferentes partes que existieron antes de la fusión.

—Entonces, su «prueba» se halla todavía en la confusa frontera de las palabras, sin ser respaldada por ninguna evidencia concreta.

Barr se encogió de hombros.

—Usted me ha exigido que le diera información y me ha amenazado con arrancármela por la fuerza. Si desea recibirla con escepticismo, ¿qué puede importarme? ¿Quiere que me calle?

—¡Continúe! —exclamó bruscamente el general.

—Proseguí las investigaciones de mi padre después de su muerte, y entonces vino en mi ayuda el segundo accidente que he mencionado, porque Siwenna era muy conocido por Hari Seldon.

—¿Y quién es Hari Seldon?

—Hari Seldon era un científico que vivió durante el reinado del emperador Daluben IV. Era psicohistoriador; el último y más grande de todos ellos. En cierta ocasión visitó Siwenna, cuando era un gran centro comercial, rico en las artes y las ciencias.

—¡Hum! —murmuró agriamente Riose—. ¿Dónde está el planeta en decadencia que no pretenda haber sido un país de floreciente riqueza en el pasado?

—El pasado al que yo me refiero tiene dos siglos, cuando el Emperador aún gobernaba hasta la estrella más remota; cuando Siwenna era un mundo del interior y no una provincia fronteriza semibárbara. En aquellos días, Hari Seldon previó la decadencia del poder imperial y la eventual caída hacia la barbarie de toda la Galaxia.

Riose prorrumpió en una carcajada repentina.

—¿Previó eso? Entonces no acertó, mi buen científico... supongo que usted se da este nombre. ¡Cómo es posible! El Imperio es más poderoso ahora que durante el último milenio. Sus ancianos ojos están cegados por la fría crudeza de la frontera. Venga algún día a los mundos interiores; venga al calor y a la riqueza del centro.

El viejo movió sombríamente la cabeza.

—La circulación se detiene primero en los bordes exteriores. La decadencia tardará todavía un poco en llegar al corazón. Es decir, la decadencia aparente, obvia para todos, pues la decadencia interior es una historia vieja de unos quince siglos.

—De modo que Hari Seldon previó una Galaxia de uniforme barbarie —dijo Riose con buen humor—. ¿Y qué pasó entonces, vamos a ver?

—Estableció dos Fundaciones en sendos extremos opuestos de la Galaxia. Fundaciones constituidas por los mejores, los más jóvenes y los más fuertes, para que allí procrearan, crecieran y se desarrollaran. Los mundos donde se instalaron fueron elegidos cuidadosamente, así como los tiempos y los alrededores. Todo se organizó de manera que el futuro previsto por las infalibles matemáticas de la psicohistoria implicara su temprano aislamiento del núcleo principal de la civilización imperial y su crecimiento gradual hacia los gérmenes del Segundo Imperio Galáctico, reduciendo un inevitable período bárbaro de treinta mil años a escasamente unos mil.

—¿Y de dónde ha sacado usted todo esto? Parece saberlo con detalle.

—No lo sé ni lo he sabido nunca —dijo el patricio con compostura—. Es el paciente resultado de haber ido reuniendo cierta evidencia descubierta por mi padre con otras descubiertas por mí mismo. La base es frágil y la estructura se ha romantizado para rellenar los enormes huecos. Pero estoy convencido de que es esencialmente cierto.

—Se convence usted con excesiva facilidad.

—¿Usted cree? Me ha costado cuarenta años de investigación.

—¡Hum! ¡Cuarenta años! Yo resolvería la cuestión en cuarenta días. De hecho, creo que debería hacerlo. Sería... diferente.

—¿Y cómo lo llevaría a cabo?

—Del modo más evidente. Me convertiría en explorador. Encontraría esa Fundación de que me ha hablado y la observaría con mis propios ojos. ¿Ha dicho usted que hay dos?

—Las crónicas hablan de dos. Sólo se han encontrado pruebas de una, lo cual es comprensible, pues la otra está en el extremo opuesto del largo eje de la Galaxia.

—Muy bien; pues visitaremos la que está cerca.

El general se levantó al tiempo que se ajustaba el cinturón.

—¿Ya sabe adónde ha de ir? —preguntó Barr.

—En cierto modo, sí. En las crónicas del penúltimo virrey, el que asesinó usted con tanta efectividad, hay sospechosas leyendas de bárbaros exteriores. De hecho, una de sus hijas fue dada en matrimonio a un príncipe bárbaro. Ya encontraré el camino.

Extendió la mano.

—Gracias por su hospitalidad.

Ducem Barr tocó la mano del general con sus dedos y se inclinó ceremoniosamente.

—Su visita ha sido un gran honor para mí.

—En cuanto a la información que me ha dado —continuó Bel Riose—, sabré agradecérsela cuando vuelva.

Ducem Barr siguió cortésmente a su huésped hasta la puerta exterior, y dijo en voz baja, mientras desaparecía el coche de superficie:

—...Si vuelves.

2. Los magos

2. LOS MAGOS

FUNDACIÓN — ...Tras cuarenta años de expansión, la Fundación se enfrentó a la amenaza de Bel Riose. Los épicos días de Hardin y Mallow habían desaparecido, y con ellos cierta dura osadía y resolución...

Enciclopedia Galáctica

Había cuatro hombres en la habitación, situada de forma que nadie podía acercarse a ella. Los cuatro se miraron rápidamente y después contemplaron durante un buen rato la mesa que les separaba. Sobre la misma había cuatro botellas, y otros tantos vasos, pero nadie los había tocado.

A continuación, el hombre más próximo a la puerta extendió un brazo y tamborileó un ritmo lento y suave sobre la mesa, al tiempo que decía:

—¿Van a continuar sentados y callados eternamente? ¿Acaso importa quién hable primero?

—Pues hágalo usted —dijo el hombre corpulento sentado frente a él—. Usted es el que debería estar más preocupado.

Sennett Forell rió en silencio y sin humor.

—Porque se imaginan que soy el más rico. O tal vez esperan que continúe, ya que he empezado. Supongo que no han olvidado que fue mi propia flota comercial la que capturó esa nave exploradora...

—Usted tenía la flota más grande —dijo un tercero— y los mejores pilotos; lo cual es otra manera de decir que es el más rico. Fue un riesgo tremendo, y hubiera sido aún mayor para uno de nosotros.

Sennett Forell volvió a reír silenciosamente.

—Tengo cierta facilidad para correr riesgos, ya que ello lo he heredado de mi padre. Después de todo, el punto esencial en la aceptación de un riesgo es que los resultados lo justifiquen, y, en cuanto a eso, no cabe la menor duda de que la nave enemiga fue aislada y capturada sin pérdidas por nuestra parte y sin poner sobre aviso a los demás.

El hecho de que Forell fuese un lejano pariente colateral del gran desaparecido Hober Mallow era sabido abiertamente en todo el ámbito de la Fundación. El hecho de que fuera hijo ilegítimo de Mallow era aceptado en silencio por todos.

El cuarto hombre pestañeó subrepticiamente. Las palabras se escaparon de sus labios.

—El haber capturado esa navecilla no es como para ponerse a dormir sobre los laureles. Lo más probable es que ese joven se enfurezca aún más.

—¿Usted cree que necesita motivos? —preguntó desdeñosamente Forell.

—Pues sí, lo creo, y esto podría ahorrarle, mejor dicho, le ahorrará la molestia de inventarse uno. —El cuarto hombre hablaba despacio—. Hober Mallow trabajaba de otra manera, y también Salvor Hardin. Dejaban que otros usaran el dudoso medio de la fuerza, mientras ellos maniobraban tranquilamente y con seguridad.

Forell se encogió de hombros.

—Esa nave ha probado su valor. Los motivos son baratos y éste lo hemos vendido con beneficios. —Se advertía en sus palabras la satisfacción del comerciante nato. Continuó—: Ese joven es del viejo Imperio.

—Ya lo sabemos —comentó el segundo hombre, un tipo corpulento, con un gruñido de desagrado.

—Lo sospechábamos —rectificó suavemente Forell—. Si un hombre viene con naves y riqueza, con talante de amistad y con ofertas comerciales, es de sentido común evitar su enemistad hasta estar seguros de que su buena disposición no es una máscara. Pero ahora...

Había un ligero tono de lamentación en la voz del tercer hombre cuando interrumpió:

—Podríamos haber sido aún más cautelosos. Podríamos habernos enterado primero, antes de permitirle que se marchara. Hubiera sido lo más sensato.

—Este punto ya ha sido discutido y desechado —dijo Forell, apartando el tema con un ademán concluyente.

—El Gobierno es blando —se lamentó el tercer hombre— y el alcalde es un idiota.

El cuarto miró de uno en uno a los otros tres y se quitó de la boca la colilla del cigarro. La dejó caer en la ranura situada a su derecha, donde desapareció con una chispa final.

Dijo con sarcasmo:

—Espero que el caballero que ha hablado últimamente lo haya hecho sólo por hábito. Aquí nos podemos permitir el lujo de recordar que el Gobierno somos nosotros.

Hubo un murmullo de asentimiento.

Los ojos diminutos del cuarto hombre estaban fijos en la mesa.

—Entonces, dejemos en paz a la política del Gobierno. Ese joven.... ese extranjero, podía ser un cliente potencial. Ha habido otros casos. Todos ustedes intentaron adularle para conseguir un contrato previo. Tenemos un acuerdo, un acuerdo entre caballeros, que va en contra de esto, pero a pesar de todo lo intentaron.

—Y usted también —gruñó el segundo.

—Lo sé —replicó con calma el cuarto.

—Pues olvidemos lo que hubiéramos podido hacer —interrumpió Forell con impaciencia— y continuemos pensando en cómo debemos actuar ahora. En cualquier caso, ¿qué habría pasado si le hubiésemos matado o hecho prisionero? Aun ahora no estamos seguros de sus intenciones, y en el peor de los casos no podríamos destruir un Imperio quitando la vida a un solo hombre. Podría haber montones de flotas esperando por si se daba el caso de que el joven no regresara.

—Exactamente —aprobó el cuarto—. Veamos, ¿qué se consiguió con la captura de esa nave? Soy demasiado viejo para tanta charla.

—Puedo decírselo con muy pocas palabras —repuso Forell secamente—. Se trata de un general imperial, o lo que sea en el rango correspondiente entre ellos. Es un joven que ha probado sus dotes militares (así me lo han dicho) y que es el ídolo de sus hombres. Una carrera muy romántica. Las historias que se cuentan de él serán indudablemente mentiras en su mayor parte, pero incluso así le han convertido en una especie de portento.

—¿Quién las cuenta? —inquirió alguien.

—La tripulación de la nave capturada. Escuchen, tengo todas sus declaraciones grabadas en microfilme, que guardo en un lugar seguro. Más tarde podrán oírlas si lo desean. Ustedes mismos pueden hablar con los hombres en caso de que lo consideren necesario. Yo sólo les he dicho lo esencial.

—¿Cómo logró sonsacarles? ¿Cómo sabe que han dicho la verdad?

Forell frunció el ceño.

—No me anduve con miramientos, señores míos. Les golpeé, les drogué de forma masiva y empleé despiadadamente la sonda. Hablaron. Y podemos creerles.

—En los viejos tiempos —dijo el tercer hombre con repentina incongruencia— se habría utilizado la psicología pura. Indolora, ya saben, pero muy segura y sin posibilidad de engaño.

—Bueno, había muchas cosas antiguamente —comentó Forell con sequedad—, pero éstos son otros tiempos.

—Pero... —dijo el cuarto hombre— ¿qué buscaba aquí ese general, ese romántico héroe? —Había en él una persistencia monótona y tenaz.

Forell le miró con fijeza.

—¿Cree usted que confió a su tripulación los detalles de la política estatal? Ellos no lo sabían. No podemos sacarles nada a este respecto, y bien sabe la Galaxia que lo hemos intentado.

—Lo cual significa...

—Que hemos de llegar a nuestras propias conclusiones, naturalmente. —Los dedos de Forell empezaron a tamborilear de nuevo—. Ese joven es un jefe militar del Imperio, y sin embargo fingió ser un príncipe menor de algunas estrellas dispersas en un rincón cualquiera de la Periferia. Sólo esto ya prueba que no le interesa dejarnos entrever sus verdaderos motivos. Añadamos a la naturaleza de su profesión el hecho de que el Imperio ya financió un ataque contra nosotros en tiempos de mi padre, y veremos que hay motivos para que nos preocupemos. Aquel primer ataque fracasó, y dudo que el Imperio nos lo haya perdonado.

—¿No hay nada en lo que ha descubierto —preguntó con cautela el cuarto hombre— que nos dé alguna seguridad? ¿No nos está ocultando algo?

Forell contestó serenamente:

—No puedo ocultar nada. En lo sucesivo no podrá haber ninguna rivalidad comercial. Nos veremos forzados a la unidad.

—¿Patriotismo? —La débil voz del tercer hombre tenía un acento burlón.

—Al diablo con el patriotismo —dijo Forell con voz ecuánime—. ¿Creen que daría tan sólo dos soplos de emanación atómica por el futuro Segundo Imperio? ¿Suponen que arriesgaría una sola misión comercial para allanarle el camino? Pero... ¿acaso se imaginan que la conquista imperial ayudará a mi negocio o al de ustedes? Si el Imperio vence habrá cantidad suficiente de cuervos para acabar con los despojos de la batalla.

—Y nosotros seremos los despojos —añadió secamente uno de los presentes.

El segundo hombre rompió el silencio de improviso, cambiando su enorme cuerpo de posición y haciendo crujir la silla.

—¿Por qué hablar de eso? El Imperio no puede ganar, ¿verdad? Contamos con la afirmación de Seldon de que al final formaremos el Segundo Imperio. Esto no es más que otra crisis. Ha habido tres con anterioridad.

—¡Sólo otra crisis, sí! —Forell estaba furioso—. Pero en las dos primeras teníamos a Salvor Hardin para guiarnos; en la tercera, a Hober Mallow. ¿A quién tenemos ahora?

Miró fríamente a los otros y prosiguió:

—Las reglas de psicohistoria de Seldon, en las que es tan cómodo confiar, tienen probablemente entre sus variables una cierta iniciativa normal por parte del pueblo mismo de la Fundación. Las leyes de Seldon ayudan a quienes se ayudan a sí mismos.

—Los tiempos hacen al hombre —dijo el tercero—. Éste es otro proverbio.

—No es posible fiarse de él con seguridad absoluta —gruñó Forell—. Bien, yo opino lo siguiente: si ésta es la cuarta crisis, Seldon la habrá previsto. De ser así, será posible vencerla, y entonces tiene que haber un modo de conseguirlo. Ahora el Imperio no es más fuerte que nosotros; siempre lo ha sido. Pero es la primera vez que estamos en peligro de un ataque directo por su parte, por lo que su fuerza se convierte en una temible amenaza. Si hemos de vencerla, ha de ser nuevamente, como en todas las crisis pasadas, por medio de un método, y no por la fuerza. Hemos de encontrar el punto débil del enemigo... y atacarlo.

—¿Y cuál será ese punto débil? —interrogó el cuarto hombre—. ¿Piensa adelantarnos una teoría?

—No. A eso quiero ir a parar. Nuestros grandes jefes del pasado siempre vieron los puntos débiles de sus enemigos y los atacaron. Pero ahora...

Había indecisión en su voz. Y por un momento nadie hizo ningún comentario. Luego, el cuarto personaje tomó nuevamente la palabra y dijo:

—Necesitamos espías.

Forell se volvió rápidamente hacia él.

—¡Tiene razón! Ignoro cuándo atacará el Imperio. Es posible que aún tengamos tiempo.

—El propio Hober Mallow entró en los dominios imperiales —sugirió el segundo.

Pero Forell movió la cabeza.

—Nada tan directo como eso. Ninguno de nosotros es precisamente joven, y todos estamos enmohecidos por la burocracia y los detalles administrativos. Necesitamos jóvenes que ya estén trabajando...

—¿Los comerciantes independientes? —preguntó de nuevo el cuarto.

Forell asintió con la cabeza y murmuró:

—Si aún hay tiempo...