Estaba sentado, totalmente inmóvil, frente al televisor de la habitación 932 del hotel Biltmore. El despertador había sonado a las seis, pero a esa hora llevaba ya mucho tiempo despierto. El viento frío y ominoso que hacía vibrar los cristales de las ventanas había bastado para sacarle de un sueño inquieto.
El programa Today empezó, pero él no se molestó en elevar el sonido del aparato, apenas audible. No le importaban ni las noticias ni los reportajes especiales. Sólo quería ver la entrevista.
Removiéndose en el sillón de respaldo rígido, cruzaba y descruzaba las piernas. Se había duchado y afeitado y se había puesto el traje verde que llevara la noche anterior cuando se inscribió en el hotel. Al afeitarse, la conciencia de que al fin había llegado el día señalado le había hecho temblar ligeramente. Se cortó el labio inferior y sangró un poco. El sabor dulzón le dio náuseas.
Odiaba la sangre.
La noche anterior, de pie ante el mostrador de recepción, había visto la mirada del empleado deslizarse sobre su traje. Llevaba el abrigo doblado bajo el brazo porque sabía que estaba muy gastado. Pero el traje era nuevo. Había ahorrado mucho para comprárselo. Aun así el recepcionista le miró como si se tratara de un donnadie y le preguntó si tenía reserva.
Era la primera vez que se inscribía en un hotel, pero sabía cómo había de hacerlo. «Sí, tengo reserva», respondió con frialdad y el recepcionista dudó unos instantes, pero cuando dijo no tener tarjetas de crédito y se ofreció a pagar por adelantado, volvió a sentir sobre él la mirada de desprecio. «Me quedaré hasta el miércoles por la mañana», dijo.
La habitación le había costado 150 dólares por las tres noches, lo que significaba que sólo le quedaban treinta. Pero con eso tenía de sobra para vivir unos días y el miércoles tendría en su poder 82.000 dólares.
El rostro femenino cruzó por su mente. Parpadeó para borrar la imagen porque, como de costumbre, detrás venían los ojos. Esos ojos grandes como faros que le seguían, que le vigilaban constantemente, que nunca se cerraban.
«Ojalá pudiera tomarme ahora otra taza de café», se dijo. Había pedido que le subieran el desayuno a la habitación después de leer cuidadosamente las instrucciones para hacerlo. Le habían traído una cafetera llena y no lo había tomado todo, pero antes de sacar la bandeja al pasillo había lavado la taza, el plato y el vaso del zumo de naranja y había enjuagado cuidadosamente la cafetera.
En este momento terminaban la publicidad. Súbitamente interesado en el programa se inclinó hacia el televisor. Ahora tenía que venir la entrevista. Y así fue. Subió el sonido.
El rostro familiar de Tom Brokaw, el presentador del programa Today, llenó la pantalla. Sin sonreír, con tono mesurado, el locutor empezó a hablar.
«Desde la guerra de Vietman ningún tema ha interesado y dividido tanto a la opinión pública como la reinstauración de la pena capital. Dentro de cincuenta y dos horas, a las once y media de la mañana del próximo veinticuatro de marzo, cuando Ronald Thompson, de diecinueve años de edad, muera en la silla eléctrica, se habrá llevado a efecto la sexta ejecución del año. Nuestros invitados de hoy...»
La cámara giró para enfocar a las dos personas sentadas una a cada lado de Tom Brokaw. El hombre a su derecha contaba poco más de treinta años. Tenía el cabello de color arena salpicado de canas y algo despeinado. Las manos juntas, con los dedos separados señalando hacia arriba, y la barbilla apoyada sobre ellos, le daban aspecto de estar orando, que acentuaban unas cejas negras arqueadas sobre los fríos ojos azules.
La joven colocada al otro lado del entrevistador estaba sentada rígidamente. Llevaba el cabello, del color de la miel, recogido suavemente en un moño. Sus manos, apretadas en sendos puños, descansaban sobre el regazo. Se humedeció los labios y apartó un mechón de pelo que le caía encima de la frente.
Tom Brokaw continuó:
«Hace seis meses, en este mismo programa,
nuestros invitados de hoy defendieron hábilmente
sus opiniones acerca de la pena de muerte. Sharon
Martin, conocida periodista, es también autora del
bestseller titulado El crimen de la pena capital. Steve
Peterson, director de la revista Events, es una de las
voces que claman con mayor fervor por la reinstauración de la pena capital en todo el país.»
El entrevistador habló de pronto con mayor viveza. Se volvió hacia Steve.
«Empecemos por usted, señor Peterson. Tenien do en cuenta la reacción del público ante las ejecuciones que han tenido lugar hasta la fecha, ¿sigue considerando justificada su actitud?
Steve se inclinó hacia adelante y contestó con serenidad.
«Totalmente.»
El entrevistador se volvió hacia su invitada. «Sharon Martin, ¿qué opina usted?»
Sharon giró levemente en su asiento para mirar a su interlocutor. Estaba agotada. Durante todo el mes anterior había trabajado veinte horas diarias visitando a personalidades influyentes —senadores, diputados, jueces, filántropos—, pronunciando conferencias en universidades y clubes femeninos, animando al público a escribir y enviar telegramas a la gobernadora de Connecticut protestando por la ejecución de Ronald Thompson. La reacción popular había sido avasalladora. Estaba segura de que la gobernadora Greene reconsideraría su decisión. Dudó buscando las palabras exactas.
«Creo —dijo—, más aún, estoy segura de que nuestro pueblo, nuestro país, ha dado a este respecto un gigantesco paso atrás, hacia la Edad Media. —Tomó unos periódicos que tenía a su lado—. No tenemos más que leer los titulares de esta mañana. —Pasó apresuradamente las páginas mientras leía—. Éste, por ejemplo. Escuchen: “Connecticut prepara la silla eléctrica.” O este otro. “Joven de diecinueve años morirá el miércoles.” O éste. “Condenado a muerte afirma su inocencia.” Todos son iguales. Sensacionalistas. Salvajes.»
Se mordió el labio inferior y su voz se quebró. Steve lanzó a la muchacha una rápida mirada. Acababan de decirle que la gobernadora había convocado una conferencia de prensa para anunciar su negativa a conceder a Thompson un nuevo aplazamiento de la ejecución. La noticia había destrozado a Sharon. No debían haber accedido a participar en aquel programa. Por un lado, la decisión de la gobernadora hacía inútil la aparición de Sharon y Dios sabía que, en cuanto a él, no tenía el menor deseo de estar allí. Pero tenía que decir algo.
«Creo que todo ser humano con un mínimo de decencia lamenta el sensacionalismo y la necesidad de que exista la pena de muerte —dijo—. Pero recordemos que ésta se aplica solamente tras un examen exhaustivo de todas las circunstancias atenuantes. La pena de muerte no se impone por un simple mandato.»
«¿Cree usted que en el caso de Ronald Thompson debía haberse tenido en cuenta, por ejemplo, el hecho de que cometiera el crimen pocos días después de cumplir los diecisiete años, cuando apenas acababa de adquirir la categoría legal de adulto?»
«Como usted sabe, no puedo hacer comentarios acerca del caso concreto de Ronald Thompson», respondió Steve.
«Comprendo sus reparos, señor Peterson —dijo el entrevistador—, pero lo cierto es que usted adoptó su punto de vista al respecto varios años antes de que... —Se interrumpió un segundo y luego continuó con el mismo tono—: antes de que Thompson asesinara a su esposa.»
«Antes de que Ronald Thompson asesinara a su esposa.» La dureza de aquellas palabras seguía sorprendiendo a Steve. Después de dos años y medio aún le asombraba e indignaba que Nina hubiera muerto de aquel modo, segada su vida por el intruso que había entrado en su casa, por las manos que habían ceñido sin piedad un pañuelo en torno a su garganta.
Miró al frente tratando de apartar la imagen de su memoria.
«Hubo un tiempo en que creí que la prohibición de la pena de muerte en este país podía ser definitiva. Pero, como usted ha señalado, mucho antes de que sucediera esa tragedia en el seno de mi familia, había llegado a la conclusión de que si queremos defender el derecho fundamental de todo ser humano (el derecho a vivir sin temor y el derecho a sentirse seguro en su propio hogar), teníamos que poner coto a los responsables de la violencia. Al parecer y desgraciadamente, el único modo de contener a los asesinos en potencia es amenazarlos con el mismo fin que ellos proporcionan a sus víctimas. Desde que se llevó a cabo la primera ejecución hace dos años, el número de crímenes ha descendido espectacularmente en todas las grandes ciudades del país.»
Sharon se inclinó en su asiento.
«Usted hace que suene razonable lo que dice
—exclamó—. ¿No se da cuenta de que el cuarenta y
cinco por ciento de esos crímenes los comenten menores de veinticinco años de edad, muchos de los
cuales tienen antecedentes familiares trágicos y un
historial de inestabilidad?»
El espectador solitario de la habitación 932 del hotel Biltmore apartó la mirada de Steve Peterson y estudió a la muchacha. Ésta era la escritora que Steve empezaba a tomar en serio. No se parecía en nada a la que fuera su esposa. Era más alta, con esa esbeltez que caracteriza a las mujeres que practican deporte. Su mujer había sido de corta estatura, frágil como una muñeca, de senos redondeados y cabello negro que le caía en rizos sobre la frente y las orejas cuando volvía la cabeza.
Los ojos de Sharon Martin le recordaban el co lor del mar el día que fue a la playa el verano pasado. Le habían dicho que la playa Jones era un buen sitio para conocer chicas, pero él no había conseguido nada. La que le había atraído como para seguirla hasta el agua había gritado «¡Bob!», y un segundo después un tipo se le había acercado para preguntarle bruscamente qué se proponía. El incidente le decidió a volver a tenderse en su toalla y limitarse a observar los cambios de color del océano. Verdes. Eran verdes. De un verde entreverado de azul y miel. Le gustaban los ojos de ese color.
¿Qué decía ahora Steve? Algo como que había que compadecer no a los asesinos sino a las víctimas, a las personas incapaces de defenderse por sí mismas.
«También compadezco a las víctimas —exclamó Sharon—. Pero no veo por qué no se puede compadecer a unas y otros. ¿No cree que cadena perpetua sería suficiente castigo para todos los Ronald Thompson de este mundo? —En su empeño por convencer a Steve se olvidó una vez más de las cámaras de televisión—. ¿Cómo un hombre como tú, tan compasivo, que tanto aprecia la vida, puede pretender asumir el papel de Dios? —preguntó—. ¿Cómo nadie puede pretender asumir el papel de Dios?»
La discusión empezó y terminó del mismo modo que seis meses antes, cuando los dos se conocieron al comienzo de ese mismo programa. Finalmente Tom Brokaw intervino:
«Se nos acaba el tiempo. ¿Podemos resumir lo dicho afirmando que, a pesar de la oposición del público, de los motines en las cárceles y de las protestas estudiantiles que están teniendo lugar en todo el país, sigue creyendo, señor Peterson, que el nota ble descenso en el número de asesinatos justifica la pena de muerte?»
«Yo creo en el derecho moral, en el deber que tiene la sociedad de protegerse a sí misma, y en el derecho del gobierno de proteger la sagrada libertad de todos los ciudadanos», dijo Steve.
«¿Sharon Martin?» Brokaw se volvió hacia la muchacha.
«Creo que la pena de muerte es cruel e injusta. Creo que nuestros hogares, nuestras calles, podrán seguir siendo un lugar seguro para el ciudadano si extirpamos de ellas la violencia castigando a los agresores con sentencias rápidas y justas, votando por todas las propuestas que conduzcan a la construcción y mantenimiento de instituciones correccionales y a su dotación con personal especializado. Creo que el respeto por la vida, por la vida de todos, es lo que debe caracterizarnos como individuos y como sociedad.»
Tom Brokaw continuó apresuradamente: «Sharon Martin y Steve Peterson, gracias por acompañarnos en Today. Señores espectadores, volveré con ustedes tras este anuncio patrocinado por...»
La imagen desapareció súbitamente en la pantalla del televisor de la habitación 932 del hotel Biltmore. El ocupante del cuarto, un hombre musculoso, fornido, vestido con un traje a cuadros color verde, continuó sentado frente al aparato un largo rato, mirando fijamente la pantalla negra. Una vez más repasó mentalmente su plan, el plan que había comenzado a ejecutar al dejar las fotografías y la maleta en el cuarto secreto de la estación Grand Central, y que terminaría cuando llevara esta noche a ese mismo lugar a Neil, el hijo de Steve Peterson.
Pero ahora tenía que decidir. Sharon Martin es taría esta noche en casa de Steve, al cuidado del niño hasta que él regresara.
Había decidido eliminarla, sencillamente, allí mismo.
Pero ¿debía hacerlo? Era tan hermosa... Recordó sus ojos, del color del océano, dulces, cariñosos.
Cuando miraban directamente a la cámara, parecía que en realidad le miraban a él.
Como si ella le estuviera pidiendo que fuera a buscarla.
Quizá le amara.
Si se equivocaba, podía librarse de ella fácilmente más tarde.
Bastaría con dejarla el miércoles por la mañana junto con el niño en el cuarto de Grand Central.
A las once y media, cuando estallara la bomba, los dos volarían en pedazos.
Salieron de los estudios juntos, caminando a pocos pasos de distancia. La capa de tweed caía pesadamente de los hombros de Sharon. La muchacha tenía las manos y los pies helados. Se puso los guantes y, al hacerlo, notó que el anillo antiguo con una piedra lechosa que Steve le regalara en Navidad, había vuelto a mancharle los dedos. Algunas personas no pueden llevar joyas de oro puro sin que les ennegrezcan la piel.
Steve se adelantó para abrirle la puerta y juntos recibieron el brusco viento de la mañana. Hacía mucho frío y estaba empezando a nevar. Caían unos copos gruesos, pegajosos, que helaban la cara.
—Te buscaré un taxi —dijo él.
—No, prefiero andar.
—Es una locura. Estás agotada. Se te nota.
—Así me despejaré la cabeza. Steve, ¿cómo puedes estar tan seguro de ti mismo? ¿Cómo puedes ser
tan inflexible?
—No empecemos de nuevo, cariño.
—Tenemos que hablar de esto.
—Ahora no.
Steve la miró con impaciencia y preocupación. Los ojos de Sharon se notaban cansados. Los atravesaban unas finas líneas rojas. El maquillaje que habían aplicado a su rostro en el estudio no lograba ocultar una palidez que se acentuaba al derretirse la nieve sobre las mejillas y la frente.
—¿Puedes ir a casa y descansar un poco? —preguntó él—. Lo necesitas.
—Tengo que entregar mi artículo.
—Aun así trata de dormir unas horas. ¿Crees
que podrás llegar a mi casa a las seis menos cuarto?
—Steve, no estoy segura de...
—Yo sí. Hemos estado sin vernos tres semanas.
Los Lufts quieren salir para celebrar su aniversario
y yo quiero pasar la velada en casa, contigo y con
Neil.
Haciendo caso omiso de la gente que entraba precipitadamente en los edificios del Rockefeller Center, Steve le cogió el mentón y la obligó a levantar la vista hacia él. Le miró con expresión preocupada y triste. Luego dijo con gravedad:
—Te quiero, Sharon. Tú lo sabes. No imaginas cómo te he echado de menos durante estas últimas semanas. Tenemos que hablar de nuestras cosas.
—Steve, no pensamos del mismo modo. Nosotros...
Se inclinó sobre ella y la besó. Los labios de Sharon no cedieron. Él sintió tenso el cuerpo de la muchacha. Retrocedió un paso y levantó la mano para llamar a un taxi. Cuando el vehículo se detuvo junto a la acera, abrió la puerta y dio al taxista la dirección del edificio del News Dispatch. Antes de cerrar la puerta, preguntó:
—¿Puedo contar contigo para esta noche? Sharon asintió en silencio. Steve vio cómo el taxi doblaba la esquina de la Quinta Avenida, y echó a andar en dirección oeste. Había pasado la noche en el hotel Gotham para poder acudir a los estudios esta mañana a las seis y media. Ahora estaba ansioso de hablar con Neil antes de que saliera para el colegio. Siempre que tenía que irse de viaje se preocupaba. El niño seguía teniendo pesadillas y despertándose con accesos de asma. La señora Lufts llamaba al médico inmediatamente, pero aun así...
Ese invierno había sido extremadamente húmedo y frío. Quizá en la primavera Neil pudiera salir más, fortalecerse un poco. Estaba siempre tan pálido...
¡La primavera! ¡Dios mío! Ya era primavera. En algún momento de la noche el invierno había terminado oficialmente. ¡Quién podría decirlo a juzgar por las predicciones meteorológicas!
Steve dobló la esquina hacia el norte mientras recordaba que había conocido a Sharon precisamente hacía seis meses. Cuando la recogió en su apartamento aquella primera noche, ella sugirió que atravesaran andando Central Park para ir a la Taberna del Prado. Él dijo que la temperatura había descendido bastante durante las últimas horas y le recordó que aquél era el primer día de otoño.
—¡Cuánto me alegro! —dijo ella—. Estaba harta del verano.
Las primeras manzanas las recorrieron casi en silencio. Él estudiaba el modo de andar de la muchacha, que se adaptaba a su paso sin esfuerzo alguno. Acentuaba su esbeltez un vestido color oro viejo ajustado a la cintura por un cinturón que tenía exactamente el color de sus cabellos. Recordó que aquella tarde la brisa arrancaba las primeras hojas de los árboles y la luz del sol poniente acentuaba el azul profundo del cielo otoñal.
—En tardes como ésta siempre recuerdo esa canción de Camelot —dijo ella—. Ya sabes, Si alguna vez te dejara. —Y cantó suavemente—: «Cómo dejarte en otoño, yo nunca sabré. Con el frío del otoño te he visto resplandecer. Te he conocido en otoño, y en otoño te he de ver...»
Tenía una bonita voz de soprano.
Si alguna vez te dejara...
¿Fue en aquel momento cuando se enamoró de ella?
Aquélla fue una noche deliciosa. Se quedaron en
el restaurante, hablando, mientras unos comensales
se levantaban y otros venían a reemplazarlos.
¿De qué hablaron? De todo. El padre de Sharon era ingeniero y trabajaba para una compañía petrolífera. Ella y sus hermanas habían nacido en el extranjero. Sus dos hermanas estaban ya casadas.
—¿Cómo has logrado escapar al matrimonio? —le había preguntado él. Ambos sabían que lo que en realidad preguntaba era: «¿Hay algún hombre en tu vida?»
Pero no lo había. Había viajado asiduamente para su periódico hasta que le encargaron la sección que tenía ahora. El trabajo era interesante y divertido, y los siete años que habían transcurrido desde que saliera de la universidad habían volado como por ensalmo.
Volvieron andando a su apartamento y a la segunda manzana se habían cogido de la mano. Ella le invitó a subir para tomar una copa. Subrayó ligeramente la palabra «copa».
Mientras él preparaba las bebidas, Sharon encendió la chimenea. Permanecieron sentados, uno junto a otro, contemplando las llamas.
Steve aún recordaba vivamente las sensaciones de aquella noche. El fuego arrancaba destellos dorados al cabello de la muchacha, proyectaba sombras sobre su perfil clásico, iluminaba aún más su hermosa sonrisa.
Había deseado rodearla con sus brazos, pero se limitó a besarla suavemente al despedirse.
—El sábado, si no estás ocupada...
—No estaré ocupada.
—Te llamaré por la mañana.
De vuelta a su casa, mientras conducía, supo que aquel inquieto deseo de amar que le había acosado durante dos años, quizá estuviera a punto de colmarse. «Si alguna vez te dejara...» ¡No me dejes, Sharon!
Eran las ocho menos cuarto cuando entró en el edificio número 1347 de la Avenida de las Américas. Los empleados de la revista Events no se distinguían precisamente por su puntualidad en acudir al trabajo. Los corredores estaban desiertos. Tras saludar con un gesto al vigilante que encontró en el ascensor, Steve subió a su despacho situado en el piso treinta y seis y telefoneó a su casa.
Contestó la señora Lufts.
—Neil está muy bien. Está desayunando. Neil,
es tu padre.
Neil cogió el auricular.
—Hola, papá. ¿Cuándo vas a venir?
—A las ocho y media, seguro. Tengo una reunión a las cinco. Los Lufts quieren ir al cine, ¿no?
—Creo que sí.
—Sharon llegará antes de las seis para que puedan marcharse.
—Lo sé. Ya me lo dijiste. —La voz de Neil no reveló la menor reacción.
—Bueno, que pases un buen día, hijo. Y abrígate bien. Está empezando a hacer frío. ¿Ha nevado ya por allí?
—No. Sólo está nublado.
—Bueno. Pues hasta la noche.
—Adiós, papá.
Steve frunció el entrecejo. Le costaba recordar los días en que Neil era un niño alegre y despreocupado. La muerte de Nina le había transformado. Ojalá se llevara bien con Sharon. Ella se esforzaba por vencer su resistencia, pero él se negaba a ceder un centímetro, al menos hasta el momento.
«Tiempo. Todo en la vida es cuestión de tiempo», se dijo.
Suspiró, volvió hacia la mesa situada detrás del escritorio, y cogió el editorial en que había estado trabajando la noche anterior.
El ocupante de la habitación 932 abandonó el Biltmore a las nueve y media de la mañana. Salió por la puerta de la calle Cuarenta y cuatro y se encaminó hacia el este, hacia la Segunda Avenida. El viento, penetrante y preñado de nieve, obligaba a apresurarse a los transeúntes, que andaban con las solapas de los abrigos vueltas hacia arriba.
Ése era el tiempo que a él le convenía. Con el frío la gente no se fijaba en nada.
Se detendría primero en la ropavejería de la Segunda Avenida pasada la calle Treinta y cuatro. Ignorando los autobuses que pasaban cada pocos minutos, anduvo las catorce manzanas. Era un buen ejercicio y necesitaba mantenerse en forma.
La tienda estaba vacía y una vieja dependienta leía desganadamente el periódico de la mañana.
—¿Busca algo en concreto? —le preguntó. —No. Voy a echar un vistazo a ver qué tienen. Vio los abrigos de señora y se acercó. Después de revolver unos momentos las manoseadas prendas, eligió un abrigo suelto de lana color gris oscuro que le pareció suficientemente largo. Sharon Martin era bastante alta. Cerca de la percha había una bandeja llena de pañuelos. Cogió el más grande, un rectángulo de tela azul desvaído.
La dependienta introdujo el abrigo y el pañuelo en una bolsa de papel marrón.
A continuación, se dirigió al almacén de artículos sobrantes del ejército. La selección fue fácil. En la sección de camping adquirió un gran bolso de lona. Lo eligió tras asegurarse de que era lo bastante grande para contener el cuerpo del niño, lo bastante duro para no moldearse al contorno del cuerpo delatando así su contenido, y lo bastante ancho para que el aire circulara por su interior cuando no estuviera cerrado.
En el almacén de la cadena Wolworth situado en la Primera Avenida compró seis paquetes de vendas, esparadrapo y dos rollos de cuerda.
Volvió al hotel con sus compras. La cama estaba hecha y habían puesto toallas limpias en el baño. Buscó rápidamente con la vista alguna señal de que la camarera hubiera hurgado en el armario, pero su otro par de zapatos seguía exactamente donde él lo había colocado, un zapato al lado del otro, los dos rozando apenas la vieja maleta negra de doble cerradura que había dejado en el rincón.
Echó el cerrojo de la puerta y dejó las bolsas con sus compras sobre la colcha. Con cuidado, sacó la maleta del armario y la colocó a los pies de la cama. Del bolsillo extrajo una llave con la que abrió la maleta.
Llevó a cabo una inspección completa de su contenido: las fotos, la pólvora, el reloj, los cables, los fusibles, el cuchillo de monte y la pistola. Satisfecho, cerró la maleta.
Salió de la habitación con la bolsa y la maleta. Esta vez bajó al vestíbulo del sótano del Biltmore, a la arcada subterránea que conducía al nivel superior de la estación Grand Central. Había pasado la hora de la gran avalancha de gente que, procedente de las afueras, se dirigía a su trabajo, pero la terminal seguía abarrotada de viajeros que subían y bajaban ajetreadamente de los trenes, personas que utilizaban la estación como atajo para cruzar a la calle Cuarenta y dos o a Park Avenue, personas que se encaminaban a las tiendas de las arcadas, al centro de apuestas, a los restaurantes rápidos, a los puestos de periódicos...
Bajó apresuradamente las escaleras que conducían a la planta inferior y se dirigió al andén 112, del que partían y al que llegaban los trenes de Mount Vernon. El próximo tardaría dieciocho minutos en salir y por lo tanto la zona estaba desierta. Miró rápidamente en derredor para asegurarse de que no le miraba ningún vigilante de la estación, y bajó las escaleras que conducían al andén.
La plataforma se extendía en forma de U. Del extremo opuesto arrancaba una rampa que conducía al interior de la terminal. Recorrió presuroso la distancia que le separaba de la rampa. Sus movimientos eran rápidos, furtivos. Los sonidos eran distintos en esta zona de la estación. Arriba resonaban los pasos de miles y miles de viajeros. Allí latía una bomba neumática, rugían los ventiladores, el agua se filtraba a través del suelo... Las siluetas silenciosas y hambrientas de los gatos sin dueño entraban y salían del túnel que se abría bajo Park Avenue. El estruendo continuo de los trenes llegaba desde el lugar donde todos los que partían de Grand Central daban la vuelta traqueteando con fragor para alejarse de la terminal.
Continuó su descenso gradual hasta hallarse al pie de una empinada escalera de hierro. Subió aprisa y silenciosamente los escalones de metal. De vez en cuando pasaba un vigilante por aquella zona. La luz era escasa, pero aun así...
Al fondo de un pequeño descansillo había una pesada puerta de metal. Depositó en el suelo cuidadosamente la maleta y la bolsa y buscó en su cartera la llave de la puerta. La introdujo nerviosamente en la cerradura que giró quejumbrosamente y la puerta se abrió.
Dentro reinaba la oscuridad. Buscó a tientas el interruptor de la luz y, sin apartar la mano de ella, se agachó e introdujo la maleta y la bolsa en la habitación. Luego dejó que la puerta se cerrara silenciosamente.
El cuarto estaba en penumbra. Sólo se adivinaba el contorno de las paredes. El olor a humedad era intenso. Exhalando un profundo suspiro, el hombre trató de relajarse aplicando a la tarea los cinco senti dos. Prestó oídos a los ruidos de la estación, que llegaban lejanos, discernibles solamente cuando se hacía un esfuerzo deliberado por distinguirlos.
Todo iba bien.
Encendió la luz, y una tenue claridad iluminó la habitación. El resplandor que arrojaban los polvorientos tubos fluorescentes se reflejaba en las paredes y el techo desconchados, proyectando profundas sombras en los rincones. La habitación tenía forma de L. Era un cuarto con paredes de cemento de las que colgaban tiras formadas por varias capas de pintura, una pintura gris resistente a la humedad. A la izquierda, junto a la puerta, había un par de pilas de porcelana, viejas y de gran tamaño. El agua que goteaba de los grifos había abierto en la suciedad acumulada canales de herrumbre. En el centro de la habitación unos irregulares tablones clavados cubrían un hueco semejante a una chimenea. Era un montaplatos. Al fondo de la pared derecha, una puerta entornada dejaba ver un retrete mugriento.
Sabía que el retrete funcionaba. La semana anterior había entrado allí por primera vez en veinte años, y había comprobado el estado de las luces y la fontanería. Algo le había impulsado a venir, a recordar este cuarto cuando estaba madurando su proyecto.
Había un viejo catre de lona, de los que utilizaba el ejército, colocado asimétricamente contra la pared del fondo, y junto a él un cajón de naranjas vacío, boca abajo. El catre y el cajón le preocupaban. Indicaban que alguien había ocupado el cuarto durante algún tiempo. Pero el polvo, la humedad y el olor a encierro que reinaban sólo podían indicar que nadie había entrado allí en meses, quizá años.
La última vez que había estado allí tenía dieciséis años. Más de la mitad de su vida había transcurrido desde entonces. En aquellos tiempos utilizaba ese cuarto el restaurante La Ostrería. Situado directamente debajo de la cocina del local, aquel viejo aparato oculto ahora por tablones, bajaba montones de platos grasientos para ser lavados en las grandes pilas, secados, y vueltos a enviar a la cocina.
Hacía años que La Ostrería había renovado sus instalaciones adquiriendo máquinas lavaplatos. Fue entonces cuando el cuarto fue cerrado. Ya no tenía ninguna utilidad. Nadie quería trabajar en ese agujero pestilente.
Pero aún podía servir para algo.
Cuando se puso a cavilar dónde podía retener al hijo de Peterson hasta que su padre pagara el rescate, recordó aquel cuarto. Fue a verlo y sólo entonces se dio cuenta de hasta qué punto le sería útil. Cuando él trabajaba allí con las manos irritadas a causa de los detergentes, el agua hirviendo y los gruesos paños mojados, de aquella terminal partían gentes bien vestidas en dirección a sus casas y sus automóviles, o se sentaban a las mesas de los restaurantes donde comían gambas, almejas, ostras, lubinas y salmonetes... cuyos restos limpiaba él de los platos.
Ahora conseguiría que todos en Grand Central, Nueva York y el mundo entero repararan en él. A partir del miércoles ya no podrían olvidarle.
No había sido difícil entrar en el cuarto. Le había bastado con hacer un molde de cera de la vieja cerradura oxidada y después una llave. Ahora podía entrar y salir del cuarto a su antojo.
Esta noche Sharon Martin y el niño estarían con él. Gran Central era la mayor estación del mundo, el mejor lugar del universo para esconder a una persona.
Rió en voz alta. Allí a solas podía desahogarse. Se sentía despejado, inteligente, vibrante. Las paredes desconchadas, el viejo catre, los grifos que goteaban y los tablones astillados le excitaban.
Allí él era el amo. Conseguiría el dinero y cerraría aquellos ojos para siempre. No podía aguantar seguir soñando con ellos. No podía soportarlo más. Y ahora, para colmo, se habían convertido en un auténtico peligro.
Faltaban exactamente cuarenta y ocho horas para las once y media de la mañana del miércoles. En ese momento él se hallaría a bordo de un avión en dirección a Arizona, donde nadie le conocía. No podría seguir en Carley. Le harían demasiadas preguntas.
Pero en Arizona, con el dinero... una vez cerrados aquellos ojos para siempre... Si Sharon Martin le amaba, la dejaría acompañarle.
Llevó la maleta junto al catre y la depositó en el suelo. La abrió, sacó una grabadora diminuta y una cámara fotográfica y las introdujo en el bolsillo de su informe abrigo marrón. En el derecho puso el cuchillo de monte y la pistola. Se aseguró de que no delataban su forma a través de la gruesa tela del abrigo.
Abrió la bolsa y extendió su contenido sobre la lona del catre. Luego metió el abrigo que había comprado, el pañuelo, la cuerda, las vendas y el esparadrapo en el bolsón de lona. Finalmente cogió el rollo de fotografías tamaño poster y lo abrió alisando las fotos con las manos, estirándolas para que no se arrollaran de nuevo. Sus ojos se deleitaron al verlas. Una sonrisa meditabunda, plena de reminiscencias, distendió sus finos labios.
Colocó tres fotografías en la pared, sobre el ca tre, pegándolas con esparadrapo. Estudió la cuarta con atención y la enrolló de nuevo.
«Aún no», decidió.
El tiempo pasaba. Apagó la luz cautelosamente antes de abrir la puerta unos centímetros. Aguzó el oído pero no oyó una sola pisada por aquella zona.
Se deslizó al exterior, descendió sin hacer el menor ruido los escalones de metal y pasó apresuradamente junto al generador palpitante, junto a los ventiladores rugientes, a través del túnel que se abría en enorme bostezo, ascendió la rampa, recorrió el andén de los trenes de Mount Vernon, y subió las escaleras hasta el nivel superior de la estación de Grand Central. Allí se fundió con la riada humana aquel hombre de pecho fornido, cercano a los cuarenta años, musculoso, rígido, de tez cuarteada, pómulos altos, labios finos y apretados, y párpados gruesos que ocultaban a medias unos ojos pálidos que miraban incansables de un lado a otro.
Con su billete en la mano corrió al andén de donde partía en ese momento un tren con destino a Carley, Connecticut.
Neil esperaba en la esquina al autobús del colegio. Sabía que la señora Lufts le miraba desde la ventana. Odiaba aquella costumbre. Ninguna madre vigilaba a sus hijos del modo que la señora Lufts le vigilaba a él. Cualquiera diría que era un niño de jardín de infancia y no de primero de primaria.
Cuando llovía le obligaba a esperar dentro de la casa. También le molestaba aquello. Le hacía parecer afeminado ante sus amigos. Había tratado de expli cárselo a su padre, pero él no le había entendido. Le había dicho que necesitaba cuidados especiales por sus ataques de asma.
Sandy Parker estaba en cuarto curso. Vivía en la calle siguiente, pero tomaba el autobús en esta parada. Siempre quería sentarse al lado de Neil y él deseaba que no lo hiciera. Hablaba continuamente de cosas que a él no le gustaban.
En el momento en que el autobús doblaba la esquina, Sandy apareció corriendo, jadeante, recogiendo los libros que se escurrían bajo su brazo. Neil quiso sentarse en un asiento vacío que había al final del autobús, pero su amigo le dijo:
—Aquí hay dos asientos juntos.
El autobús hacía mucho ruido y los chicos hablaban a voz en cuello. Sandy no elevaba la voz, pero Neil oyó hasta la última palabra de lo que dijo.
Aquella mañana estaba exultante. Apenas se había sentado cuando exclamó:
—Mientras desayunábamos hemos visto a tu padre en el programa Today.
—¿A mi padre? —dijo Neil. Luego negó con la cabeza—. Me tomas el pelo.
—No, de verdad que no. Estaba con esa señora que conocí en tu casa, Sharon Martin. Se pelearon.
—¿Por qué?
—Porque ella cree que no se debe matar a los
hombres que hacen algo malo y tu padre dice que sí.
Papá dice que tu padre tiene razón. Dice que al
hombre que mató a tu madre hay que freírlo en la
silla eléctrica. —Repitió la palabra enfatizándola—.
Freírlo.
Neil se volvió hacia la ventana. Apoyó la frente contra el frío cristal. Fuera estaba muy gris y empezaba a nevar. Ojalá fuera ya de noche. Ojalá hubiera venido su padre a casa ayer. No le gustaba estar solo con los Lufts. Eran muy buenos con él, pero discutían mucho y luego él se iba al bar y ella se enfadaba, aunque trataba de ocultárselo a él.
—¿No te alegras de que vayan a matar a Ronald Thompson el miércoles? —insistió Sandy.
—No... Bueno, la verdad es que no pienso en ello —dijo Neil.
No era verdad. Pensaba mucho en ello. Y soñaba todo el tiempo. Siempre la misma pesadilla sobre aquella noche. Él jugaba con el tren eléctrico en la habitación. Mamá estaba en la cocina guardando la compra en los armarios y el frigorífico. Empezaba a atardecer. Uno de sus trenes descarriló y él lo desenchufó.
Fue entonces cuando oyó aquel ruido extraño, una especie de grito ahogado. Corrió escaleras abajo. El salón estaba casi a oscuras, pero él vio a su madre. Trataba de apartarse de alguien con los brazos y emitía unos ronquidos horribles, como si se asfixiara. Un hombre retorcía algo en torno a su cuello.
Neil se detuvo en el descansillo. Quería ayudarla pero no podía moverse. Quería pedir socorro pero no le salía la voz. Empezó a respirar como ella, y de pronto sus rodillas flaquearon. El hombre se volvió al oírle y dejó caer a su madre.
Él cayó al suelo también. Notó cómo se caía. Luego la oscuridad se disipó en la habitación. Mamá estaba tendida en el suelo. Tenía la lengua fuera y el rostro morado... Sus ojos abiertos miraban fijamente al vacío... El hombre estaba arrodillado junto a ella y tenía las manos alrededor de su garganta. Luego le miró y echó a correr, pero Neil pudo ver claramente su rostro. Estaba cubierto de sudor y tenía una expresión de miedo.
Neil tuvo que contar todo aquello a los policías y señalar al hombre durante el juicio. Luego papá le había dicho: «Trata de olvidarlo, Neil. Recuerda sólo los momentos felices que pasaste con mamá.» Pero él no podía olvidar. Soñaba con ello todas las noches y después despertaba con un acceso de asma.
Ahora era muy posible que papá se casara con Sharon. Sandy le había dicho que todo el mundo pensaba que su padre se casaría otra vez. Y le había dicho también que ninguna mujer quiere a los hijos de otra, sobre todo si son débiles y enfermizos.
El señor y la señora Lufts decían todo el tiempo que querían irse a vivir a Florida. Neil se preguntó si su padre le entregaría a él como regalo a los Lufts si llegaba a casarse con Sharon. Ojalá no. Miró por la ventanilla tristemente, sumido de tal forma en sus pensamientos que Sandy tuvo que empujarle varias veces con la mano cuando el autobús paró ante el colegio.
El taxi se detuvo con un chirriar de frenos ante el edificio del News Dispatch en la calle Cuarenta y dos. Sharon rebuscó en el bolso, sacó dos dólares y pagó al taxista.
Había dejado de nevar, pero la temperatura seguía descendiendo y notó la acera resbaladiza.
Se dirigió directamente a la sala de redacción que a aquella hora ardía ya en actividad con los preparativos de la edición de la tarde. En su casillero encontró una nota. El jefe de la sección municipal quería verla inmediatamente.
Inquieta por la urgencia del mensaje, cruzó pre surosa la ruidosa oficina. El jefe estaba solo en su despacho, pequeño y desordenado.
—Entre y cierre la puerta. —Le indicó que se sentara con un gesto—. ¿Ha escrito ya su artículo de hoy?
—Sí.
—¿Hace en él un llamamiento al público para
que telegrafíen o llamen a la gobernadora Greene
con objeto de que conmute la sentencia de Thompson?
—Naturalmente. He estado pensando en cambiar el comienzo. El hecho de que la gobernadora haya dicho que no piensa suspender la ejecución puede resultarnos ventajoso. Es posible que eso impulse a mucha gente a pasar a la acción. Nos quedan cuarenta y ocho horas.
—Olvídese del asunto.
Sharon le miró atónita.
—Pero... Usted me ha animado todo este tiempo.
—He dicho que lo olvide. La gobernadora está
decidida a que la ejecución se lleve a término. Ha
llamado al propietario del periódico y le ha cantado
las cuarenta. Le ha dicho que estamos creando sensacionalismo deliberadamente para aumentar la tirada. Que ella tampoco cree en la pena de muerte,
pero que no tiene derecho a anular la decisión del
tribunal excepto en el caso de que se presenten nuevas pruebas. Le ha dicho que si queremos comenzar
una campaña para reformar la Constitución en este
punto, tenemos derecho a hacerlo y ella nos ayudará en todo lo posible, pero que presionarla para que
intervenga en un caso concreto daría al público la
impresión de que aplica la justicia a su antojo. El
viejo acabó de acuerdo con ella.
Sharon notó un nudo en el estómago. Por un instante creyó que iba a vomitar y apretó los labios. El jefe de la sección municipal la miraba con atención.
—¿Se encuentra bien, Sharon? Está muy pálida. Trató de tragar saliva para que desapareciera el regusto acre que sentía en la boca.
—Sí, estoy bien...
—Puedo hacer que la sustituya alguien en esa
reunión de mañana. Le vendría bien tomarse unas
vacaciones.
—No se preocupe.
Los magistrados de Massachusetts debatían al día siguiente la abolición de la pena capital en ese estado. Ella quería estar presente.
—Como quiera. Entregue su artículo y váyase a casa. —Luego suavizó la voz—: Lo siento, Sharon. La aprobación de una enmienda constitucional supone muchos años. Y creo que si lográramos que la gobernadora de este estado fuera la primera en conmutar una sentencia, todos los demás gobernadores la imitarían. Pero también entiendo la posición de la señora Greene.
—Comprendo —dijo Sharon—. Sólo se puede protestar del asesinato legalizado en abstracto.
Sin esperar la reacción de su jefe se levantó bruscamente y salió del despacho. Mientras se acercaba a su escritorio, abrió un compartimiento de su bolso y sacó las páginas mecanografiadas que constituían el artículo en que había trabajado la mayor parte de la noche. Rompió las páginas en mitades, luego en cuartos, y finalmente en octavos, y contempló después cómo caían, revoloteando lentamente, sobre la vieja papelera que había junto a su mesa.
Introdujo una hoja en la máquina de escribir y comenzó: «La sociedad se dispone una vez más a ejercer una prerrogativa que vuelve a disfrutar desde hace poco tiempo. El derecho a matar. Hace casi cuatrocientos años, el filósofo Montaigne dijo: “El horror que me inspira que un hombre mate a otro hombre, me hace temer el horror de matarle yo.” Si están de acuerdo en que la pena capital no debería estar permitida por la Constitución...»
Escribió sin descanso durante dos horas tachando párrafos enteros, insertando frases, corrigiendo pasajes... Cuando terminó el artículo, lo pasó a limpio, lo entregó, salió del edificio y paró un taxi.
—Calle Noventa y cinco esquina Central Park West —dijo.
El taxi dobló hacia el norte al llegar a la Avenida de las Américas y enfiló Central Park South. Sharon miró sombríamente los copos de nieve que se posaban sobre la hierba. Si seguía nevando de ese modo, mañana los niños podrían sacar sus trineos.
Hacía sólo un mes había ido con Steve a patinar a Wollmank Rink. Neil iba a acompañarles. Ella había decidido que después de patinar irían los tres al zoológico y que, para terminar el día, cenarían en la Taberna del Prado. Pero en el último momento Neil había pretextado que se encontraba mal y se había quedado en casa. No le caía bien, era evidente.
—Usted dirá, señorita.
—¿Perdón? Oh. —Entraban en la calle Noventa
y cinco—. La tercera casa a la derecha.
Vivía en un apartamento de la planta baja de un viejo edificio renovado.
El taxista detuvo el coche ante la puerta. Era un hombre delgado de cabello ligeramente canoso. Se volvió a mirarla y le dijo:
—No hay nada por lo que valga la pena preocuparse tanto, señorita. Está usted muy triste.
Sharon trató de sonreír.
—Creo que es el día.
Miró la cantidad que marcaba el taxímetro, sacó dinero del bolso y entregó al taxista una generosa propina.
Éste se volvió y estiró el brazo para abrirle la puerta.
—¡Menudo tiempo! Si sigue así son muchos los que van a tener problemas esta noche para volver a casa. Parece que empezará a nevar de firme. Hágame caso y no vuelva a salir hoy.
—Tengo que ir a Connecticut dentro de unas horas.
—No la envidio, señorita. Gracias.
Era evidente que Angie, la mujer que iba a limpiar el apartamento, acababa de salir. En el ambiente flotaba un ligero aroma a cera mezclada con limón, la chimenea estaba limpia, las plantas húmedas y recortadas. Como siempre, el apartamento le brindó a Sharon una cálida bienvenida y una sensación de paz. La vieja alfombra oriental que perteneciera a su abuela había ido perdiendo color hasta quedar reducida a suaves tonalidades de rojo y azul. Ella misma había tapizado de este último color el sofá y el sillón que había comprado de segunda mano, una amorosa tarea que le llevó cuatro semanas, pero cuyos resultados la enorgullecían. Los cuadros y las reproducciones que adornaban las paredes y la repisa de la chimenea los había elegido en pequeñas tiendas de antigüedades, en subastas, en viajes al extranjero...
Steve adoraba esa habitación. Siempre notaba hasta el mínimo cambio que se produjera en ella. «Tienes mano para esto de la casa», le había dicho en una ocasión.
Entró en el dormitorio y comenzó a desnudarse. Se duchó, se cambió y se preparó una taza de té. Trataría de dormir un poco. Ni siquiera podía pensar ya con coherencia.
Era cerca del mediodía cuando se acostó. Puso el despertador para las tres y media, pero el sueño tardó en llegar. Ronald Thompson. Habría jurado que la gobernadora acabaría conmutando la sentencia. No cabía duda de que era culpable y el hecho de que insistiera en su inocencia ante el tribunal evidentemente le había perjudicado. Pero, aparte de otro delito cometido a los quince años, tenía buenos antecedentes. Y era tan joven...
Pensó en Steve. Hombres como él eran los que moldeaban la opinión pública. Su reputación de hombre íntegro y objetivo impulsaba a la gente a escucharle.
¿Quería a Steve?
Sí.
¿Cuánto?
Mucho, muchísimo.
¿Quería casarse con él? Hablarían de ello esa
misma noche. Sabía que era por eso que Steve quería que se quedara a pasar la noche en su casa. Por
eso y porque deseaba que Neil le tomara cariño.
Pero no resultaría. Es imposible forzar una relación
de este tipo. Neil se mostraba tan frío con ella... La
rechazaba. ¿Era que no le gustaba su personalidad,
o habría hecho lo mismo con cualquier mujer que le
hubiera robado la atención exclusiva de su padre?
No estaba segura.
¿Quería vivir en Carley? Nueva York le gustaba tanto... Pero Steve jamás accedería a que Neil viviera en la ciudad.
Empezaba a triunfar como escritora. Su libro iba ya por la sexta edición. Lo habían publicado en edición de bolsillo. Ninguna editorial especializada en ediciones caras se había interesado por él, pero las críticas y las ventas habían sido mejores de lo previsto.
¿Era el momento apropiado para casarse? ¿Para casarse con un hombre cuyo hijo se resistía a aceptar su presencia?
Steve. Sin darse cuenta se llevó una mano a la cara recordando la sensación de aquella mano grande, tierna, calentando su rostro mientras se despedían esta misma mañana. Se sentían tan desesperadamente atraídos el uno por el otro... Pero ¿cómo podría aprender a tolerar ese aspecto de su personalidad, esa testarudez suya cuando formaba una opinión sobre cualquier asunto?
Al final se durmió. Casi de inmediato comenzó a soñar. Estaba escribiendo un artículo. Tenía que terminarlo. Era fundamental, absolutamente necesario que lo terminase. Pero por mucho que pulsaba las teclas de la máquina de escribir, el papel permanecía en blanco. Luego Steve entraba en la habitación. Arrastraba a un muchacho por el brazo. Ella seguía intentando que las palabras quedaran impresas en el papel. Steve obligaba al niño a sentarse. «Lo siento —le decía—, pero es necesario. Tienes que comprenderlo. Es necesario.» Luego, mientras Sharon trataba inútilmente de gritar, Steve ataba al muchacho de pies y manos y movía una clavija.
La despertó el sonido de un grito enronquecido de terror. Era su propia voz:
—¡No, no, no...!