NOTICIA PRELIMINAR

ODESSA —nombre que da título a la presente obra— no es ni la ciudad en el sur de Rusia ni el pueblecito de América. Es una palabra compuesta por seis iniciales, que en alemán corresponden a «Organisation Der Ehemaligen SS-Angehörigen». Nosotros diríamos «Organización de Antiguos Miembros de las SS».

Las SS, como muchos lectores saben, fue el ejército dentro de un ejército, el Estado dentro de un Estado, ideado por Adolf Hitler, dirigido por Heinrich Himmler y encargado de tareas especiales por el Gobierno nazi que rigió los destinos de Alemania de 1933 a 1945. Se suponía que dichas tareas concernían a la seguridad del Tercer Reich: en realidad, incluían la realización de las ambiciones de Hitler de desembarazar Alemania y Europa de todos los elementos que consideraba «indignos de vivir»; de esclavizar a perpetuidad a las «razas subhumanas de las tierras eslavas» y de exterminar a todos los judíos, hombres, mujeres y niños, de la faz del continente.

Al llevar a cabo estas tareas, las SS organizaron y ejecutaron el asesinato de cerca de catorce millones de seres humanos, comprendidos alrededor de seis millones de judíos, cinco millones de rusos, dos millones de polacos, medio millón de gitanos y medio millón de otros varios, incluyendo, aunque ello es apenas mencionado, cerca de doscientos mil no judíos alemanes y austriacos. Éstas eran personas taradas mental o físicamente, o apodadas enemigas del Reich: comunistas, socialdemócratas, liberales, editores, periodistas y sacerdotes, quienes no se recataban de hablar de modo muy inoportuno, hombres de conciencia y valor; y, en los últimos tiempos, oficiales del ejército, sospechosos de falta de lealtad hacia Hitler.

Antes de ser destruidas, las SS convirtieron las dos iniciales de su nombre y el símbolo, parecido a unas luces gemelas, de su estandarte, en sinónimo de inhumanidad como ninguna otra organización ha sido nunca capaz de ser.

Antes de que terminara la guerra, sus miembros más antiguos, conscientes de que la guerra estaba perdida y no haciéndose ilusiones de cómo considerarían sus actos las personas civilizadas a la hora de pasar cuentas, se prepararon en secreto para desaparecer en una nueva vida, dejando que el pueblo alemán acarreara y soportara el vituperio caído sobre los delincuentes que se habían esfumado. A tal propósito, grandes sumas del oro de las SS fueron alijadas y depositadas en numerosas cuentas bancarias, fueron preparados falsos papeles de identidad, y abiertos canales de escape. Cuando, al fin, los aliados conquistaron Alemania, la mayoría de estos asesinos de multitudes había huido.

La organización que formaron para efectuar la evasión recibió el nombre de Odessa. Cuando quedó terminada la primera tarea de asegurar la evasión de los asesinos hacia climas más hospitalarios, crecieron las ambiciones de aquellos hombres. Algunos, nunca abandonaron Alemania, prefiriendo quedarse a cubierto bajo falsos nombres y falsos papeles de identidad, mientras mandaban los aliados; otros regresaron, convenientemente protegidos bajo una nueva identidad. Los pocos altos dirigentes se quedaron en el extranjero para manipular la organización desde la seguridad de un cómodo exilio.

El objetivo de Odessa era, y sigue siendo, quintuple: rehabilitar antiguos hombres de las SS en profesiones de la nueva República Federal creada en 1949 por los aliados; infiltrarse por lo menos en los primeros peldaños de la actividad de los partidos políticos; pagar la mejor defensa legal a favor de cada asesino SS conducido ante un tribunal y, por todos los caminos posibles, entorpecer el curso de la justicia en la Alemania Occidental cuando ésta se cierna contra un antiguo Kamerad; asegurar a los ex SS establecerse en el comercio y la industria a tiempo de tomar buenas posiciones en el milagro económico, que volvió a levantar el país a partir de 1945; y, finalmente, propagar entre el pueblo alemán el punto de vista según el cual los asesinos SS no eran, en realidad, más que soldados patriotas que cumplieron con su deber hacia la Madre Patria, y no merecedores de la persecución a la que la justicia y la conciencia los habían sometido ineficazmente.

En todas estas tareas, sostenidos por fondos considerables, hasta cierto punto habían triunfado, y en ninguna tanto como en reducir a una irrisión el justo castigo impuesto por los tribunales de Alemania Occidental. Cambiando su nombre varias veces, Odessa consiguió negar su propia existencia como organización, con el resultado de que muchos alemanes llegan a afirmar que Odessa no existe. La respuesta es: existe, y los Kameraden que ostentaron la insignia de la calavera siguen vinculados a la organización.

A pesar del éxito en casi todos sus objetivos, Odessa, ocasionalmente, es derrotada. La peor derrota que ha sufrido acaeció a principios de la primavera de 1964, cuando un paquete de documentos llegó, sin previo aviso y anónimamente, al Ministerio de Justicia en Bonn. Para las pocas autoridades que vieron la lista de los nombres que aparecían en aquellas hojas, el paquete fue conocido como «Los archivos de Odessa».

Odessa

1

Todo el mundo parece acordarse muy claramente de lo que estaba haciendo el 22 de noviembre de 1963, en el preciso instante de saber que había muerto el presidente Kennedy. Fue abatido a las 12.22 del mediodía, hora de Dallas, y la noticia de que había muerto fue dada a la una y media del mismo horario. Eran las 2.30 en Nueva York, las 7.30 de la tarde en Londres, y las 8.30 de una fría noche en Hamburgo, azotado por el aguanieve.

Peter Miller regresaba en su coche hacia el centro de la ciudad, después de haber visitado a su madre en su domicilio de Osdorf, uno de los más extremos suburbios de la ciudad. Siempre la visitaba los viernes por la tarde, en parte para ver si necesitaba algo durante el fin de semana, y en parte porque consideraba que debía visitarla una vez por semana. La hubiese podido llamar por teléfono, pero ella no tenía, y por eso iba a verla: tal era la razón de que ella no quisiese tener teléfono.

Como de costumbre, había conectado la radio, y estaba escuchando un programa musical que emitía la Radio Alemana Noroccidental. A las 8.30 corría por la carretera de Osdorf, a diez minutos ya del apartamento de su madre, cuando la música cesó en mitad de un compás y llegó, tensa, la voz del locutor.

Achtung, Achtung! Voy a dar una noticia. El presidente Kennedy ha muerto. Repito: el presidente Kennedy ha muerto.

Miller apartó su mirada de la carretera y la dirigió hacia las mal iluminadas indicaciones de las frecuencias a lo largo del canto superior de la radio, como si sus ojos fueran capaces de desmentir lo que los oídos habían escuchado, de afirmarle que era falso lo que decía la emisora de radio, que se trataba de una emisión disparatada.

—¡Jesús! —murmuró; luego frenó y se detuvo en el lado derecho de la carretera. Miró hacia arriba. A todo lo largo de la ancha y recta carretera que cruzaba Altona hacia el centro de Hamburgo, otros conductores habían oído la misma emisión de radio y se apartaban a un lado de la carretera, como si conducir y escuchar la radio se hubiesen convertido de pronto en cosas incompatibles y así había ocurrido en cierto modo.

Desde donde estaba podía ver el brillo de las luces rojas de los frenos, mientras los conductores que tenía delante aparcaban a la derecha, en los arcenes, y escuchaban la información suplementaria que daban sus radios. A la izquierda, las luces delanteras de los coches que iban hacia la ciudad oscilaban vivamente como si se balancearan asfalto adelante. Dos coches lo alcanzaron, el conductor del primero gritó con acritud, y pudo ver un destello del conductor señalando con sus dedos la frente en la dirección de Miller con el habitual y grosero signo, indicando locura, que un conductor alemán dirige a otro cuando está molesto con él.

—Muy pronto lo sabrá —pensó Miller.

Había cesado la música de la radio, sustituida por una marcha fúnebre, que evidentemente era todo lo que el programador tenía a mano. A intervalos, el locutor leía recortes de nuevas informaciones recibidas por telégrafo directamente en la oficina de noticias. Empezaban a llegar detalles que llenaban huecos: el coche descubierto corría por la ciudad de Dallas, el hombre armado con un rifle en el almacén de la escuela. No se decía que hubiesen arrestado a nadie.

El conductor del coche que estaba delante de Miller se apeó y volvió atrás hacia él. Se acercó a la ventanilla de la izquierda, y dándose cuenta de que, inexplicablemente, el asiento del conductor estaba a la derecha, rodeó el coche. Llevaba una chaqueta con cuello de piel. Miller bajó su ventanilla.

—¿Ha oído? —preguntó el hombre, agachándose hacia la ventanilla.

—Sí —contestó Miller.

—Fantásticamente sangriento —dijo el hombre.

Por todo Hamburgo, por toda Europa, por todo el mundo, la gente se dirigía a desconocidos para hablar del acontecimiento.

—¿Cree usted que han sido los comunistas? —preguntó el hombre.

—No lo sé.

—Puede significar la guerra, ¿sabe usted?, si han sido ellos —opinó el hombre.

—Es posible —dijo Miller.

Deseaba que el hombre se marchara. Como periodista, podía imaginar el caos apoderándose de las redacciones de los periódicos de todo el país, en el momento en que todo el personal directivo era llamado para lanzar una edición sensacional que entraría en los domicilios a la hora del desayuno. Era urgente preparar noticias necrológicas, los centenares de homenajes que habría que poner en orden e imprimir, las líneas telefónicas abarrotadas a causa de personas alocadas pidiendo más y más detalles sobre un hombre con la garganta rota que yacía sobre un mármol en una ciudad de Texas.

En cierto sentido, deseó formar parte de nuevo de la redacción de un periódico de la mañana, pero desde que, tres años antes, se había convertido en colaborador libre, estaba especializado en noticias de sucesos en el interior de Alemania, principalmente conectadas con el crimen, la policía y los bajos fondos. A su madre le disgustaba su trabajo, acusándolo de mezclarse con «gente asquerosa», y sus argumentos de que se estaba convirtiendo en uno de los más solicitados entre los reporteros-investigadores del país no conseguían persuadirla de que el empleo de periodista era lo mejor para su único hijo.

Mientras iban llegando las informaciones por radio, su mente trabajaba, intentando pensar desde otro «ángulo» lo que podía ser presentado al público alemán y dar la historia del acontecimiento bajo una luz original. La reacción del Gobierno de Bonn podía ser comentada por los redactores de esta ciudad; los recuerdos de la visita de Kennedy a Berlín en el mes de junio anterior, podían ser dados desde allí. No parecía que pudiese obtener un buen archivo fotográfico para venderlo a cualquiera de las controvertidas revistas alemanas, que eran los mejores clientes de aquella clase de periodismo.

El hombre que estaba apoyado en la ventanilla se dio cuenta de que la atención de Miller estaba en otra parte y supuso que estaba trastornado a causa de la muerte del presidente. Enseguida dejó de hablar sobre la guerra mundial y adoptó la misma grave compostura.

—¡Vaya, vaya! —exclamó, como si hubiese presenciado el atentado—. Estos americanos son gente violenta; tome nota de mis palabras: gente violenta. Hay una vena de violencia en ellos que nosotros, los de aquí, nunca podremos comprender.

—Seguro —dijo Miller, cuyos pensamientos estaban todavía muy lejos.

Al fin, el hombre comprendió la insinuación.

—Bueno, me voy a casa —dijo, enderezándose—. Grüss Gott —se dispuso a volver a su coche.

Miller se dio cuenta de que se iba.

—Ja, gute Nacht —gritó a través de la ventana abierta; luego la cerró para impedir el paso a la aguanieve que procedente del río Elba, azotaba el interior del coche. La música de la radio había sido reemplazada por una marcha lenta, y el locutor decía que no habría más música ligera aquella noche; sólo nuevos boletines intercalados con música adecuada.

Miller se repantigó en la cómoda tapicería de cuero de su Jaguar y encendió un Roth-Händl, cigarrillo de tabaco negro, sin filtro, de pestilente olor, otra de las cosas con las que él contrariaba a su madre.

Siempre es tentador pensar lo que hubiese ocurrido si… o si no. Por lo general es un inútil ejercicio, porque lo que hubiese podido ocurrir es el mayor de todos los misterios. Pero probablemente es exacto decir que si Miller no hubiese tenido la radio conectada aquella noche, no se hubiese arrimado a un lado de la carretera durante media hora. No hubiese visto la ambulancia, ni hubiese oído hablar de Salomon Tauber, ni de Eduard Roschmann, y catorce meses después, la República de Israel probablemente hubiese dejado de existir.

Acabó de fumar su cigarrillo, todavía escuchando la radio, bajó el cristal de la ventanilla y arrojó fuera la colilla. Al apretar el botón del depósito de 3,8 litros debajo del sombrerete inclinado del Jaguar XK 150 S, el vehículo tronó y se puso en marcha con su habitual y monótono ruido, como un irritado animal intentando salir de la jaula, Miller encendió las dos luces delanteras, dio marcha atrás y se sumergió en el creciente tráfico que corría a lo largo de la carretera de Osdorf.

Había alcanzado el semáforo de Stresemann Strasse, entonces con luz roja, cuando oyó el ruido de la ambulancia que marchaba tras él. Venía por su izquierda, haciendo sonar el quejido de su sirena con mayor o menor fuerza de forma alternativa. Disminuyó algo su velocidad antes de llegar al cruce junto a la luz roja, luego pasó junto a Miller para bajar por la derecha hasta Daimler Strasse. Miller reaccionó sólo por reflejos. Embragó, y el Jaguar se puso a veinte metros detrás de la ambulancia.

Tan pronto como lo hubo hecho, pensó en ir directo a su casa. Probablemente no era nada, pero nunca se sabe. Las ambulancias significan perturbación, y la perturbación puede acarrear una historia, de modo particular si uno había estado antes en el lugar del suceso; y todo había quedado aclarado antes de la llegada de los periodistas. Podía haberse producido una explosión en la carretera, o un gran fuego en el muelle, un edificio de viviendas ardiendo con niños atrapados dentro. Cualquier cosa podía haber ocurrido. Miller siempre llevaba consigo una pequeña Yashica, con flash adherido, en la guantera de su coche, porque nunca se sabe el espectáculo que puede presenciarse.

Conocía a un hombre que estaba esperando un avión en el aeropuerto de Munich, el 6 de febrero de 1958, y vio cómo el avión, que llevaba el equipo de fútbol del Manchester United, estallaba en el aire a unos centenares de metros de donde él estaba. El hombre no era un fotógrafo profesional, pero llevaba la cámara, dispuesta para sus vacaciones, en las que iba a practicar el esquí, y sacó las primeras fotos exclusivas del avión incendiado. Las revistas le pagaron por ellas 5.000 libras.

La ambulancia torció por el laberinto de las angostas callejuelas de Altona, dejando la estación del ferrocarril a la izquierda y bajando hacia el río. Quienquiera que fuese el conductor de la ambulancia Mercedes, de morro chato y alta de techo, conocía Hamburgo y era un consumado conductor. Incluso con su gran capacidad de aceleración y buena suspensión, Miller se daba cuenta de que las ruedas traseras del Jaguar patinaban en el empedrado, resbaladizo a causa de la lluvia.

Miller vio cómo dejaba atrás rápidamente el taller de reparaciones de Menck y, tras cruzar dos calles, halló respuesta a su primera pregunta. La ambulancia tiró por una mísera calleja, mal iluminada y lúgubre, bajo el aguanieve que caía de través. Los edificios de la calle eran viviendas desmoronadas y casas de pensiones. La ambulancia se detuvo frente a una de ellas, donde ya estaba un coche de la policía, cuya luz piloto del techo, en sus intermitencias, arrojaba un fantasmal resplandor sobre los rostros de los inquilinos agrupados cerca de la puerta.

Un corpulento sargento de policía, que llevaba impermeable, gritó a la multitud que se agolpaba frente a la puerta que dejara paso a la ambulancia. El vehículo se deslizó entre la gente. Bajaron el conductor y su asistente, se fueron hacia la parte trasera y sacaron una camilla vacía. Después de unas palabras con el sargento, la pareja subió las escaleras a toda prisa.

Miller situó el Jaguar en el lado opuesto, unos veinte metros más abajo, y observó con atención. Ninguna explosión, ni fuego, ni chicos cogidos en la trampa. Probablemente no se trataba más que de un ataque cardíaco. Se apeó y caminó a través de la multitud que el sargento hacía retroceder formando un semicírculo alrededor de la puerta de la casa de vecinos, hasta dejar un camino expedito entre la puerta y la parte trasera de la ambulancia.

—¿Puedo subir? —preguntó Miller.

—De ningún modo. No es nada que le importe a usted.

—Prensa —dijo Miller, enseñando su carnet profesional, expedido en Hamburgo.

—Y yo policía —replicó el sargento—. Nadie puede subir. Estas escaleras son demasiado estrechas y nada seguras. Los hombres de la ambulancia bajarán por ahí.

Era un hombre fornido, como corresponde a un sargento de primera clase de la policía en los más duros distritos de Hamburgo. Con su cerca de metro noventa de estatura, su impermeable y los brazos abiertos de par en par para contener la multitud, parecía tan impenetrable como la puerta de la caja de un banco.

—¿Qué ocurre arriba? —preguntó Miller.

—No puedo hacer declaraciones. Vaya luego a la Comisaría.

Un hombre vestido de paisano bajó las escaleras e hizo su aparición en mitad de la calle. La luz giratoria en el techo del Volkswagen de la patrulla de la policía se posó en su cara y Miller lo reconoció. Habían ido juntos a la escuela en Hamburgo Central. El hombre se había convertido en inspector de la policía de Hamburgo, destinado a Altona Central.

—¡Hola, Karl!

El joven inspector se volvió al oír su nombre y miró hacia la multitud que se apiñaba detrás del sargento. En la siguiente pasada de la luz del coche de la policía pudo distinguir el rostro de Miller, así como su mano derecha levantada. En su rostro se dibujó una mueca, en parte de satisfacción, en parte de disgusto. Hizo un signo con la cabeza al sargento.

—Déjelo pasar, sargento. Es más o menos inofensivo.

El sargento bajó su brazo y Miller se precipitó adelante. Dio un apretón de manos a Karl Brandt.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Seguía la ambulancia.

—¡Sangriento buitre! ¿En qué te ocupas ahora?

—Lo de siempre. Trabajo independiente.

—Metiendo líos por todas partes, porque sí. He visto tu nombre en las revistas.

—Me gano la vida. ¿Has oído lo de Kennedy?

—Sí. Es infernal. Deben estar revolviendo Dallas de arriba abajo esta noche. ¡Es una suerte que no haya ocurrido algo así en mi distrito!

Miller señaló en dirección, al débilmente iluminado vestíbulo de la casa de vecinos, donde una pequeña bombilla proyectaba un tenue resplandor sobre el papel de la pared, tachonado de desgarrones.

—Un suicidio. Gas. Los vecinos lo olieron por debajo de la puerta y nos llamaron. Por suerte, nadie encendió una cerilla: la habitación está saturada de gas.

—¿No se tratará de una estrella de cine, por casualidad? —preguntó Miller.

—¡Sí, hombre! Acostumbran vivir en lugares como éste… No, era un viejo. Parece como si llevara años muerto. Cada noche muere alguien.

—Bueno, dondequiera que esté ahora, no puede ser peor que esto.

El inspector esbozó una fugaz sonrisa y se volvió, al tiempo que los dos hombres de la ambulancia trataban de bajar los últimos peldaños de la crujiente escalera y llegaban al vestíbulo con su carga. Brandt se volvió en redondo.

—Dejen un poco de sitio para que pasen.

El sargento levantó la voz y empujó a la gente todavía más atrás. Los dos hombres de la ambulancia aparecieron en la calle y llegaron hasta las puertas abiertas del Mercedes. Brandt los siguió, con Miller a sus talones. Miller no deseaba ver el muerto, ni lo intentaba siquiera. Se limitaba a seguir a Brandt. Cuando los hombres de la ambulancia llegaron a la puerta del vehículo, el primero de ellos ató un extremo de la camilla al pasador corredizo, y el segundo se preparó para introducirla dentro del vehículo.

—Sostenedlo —dijo Brandt, y apartó el extremo de la manta que cubría la cara del muerto, para añadir, por encima del hombro—: Es sólo una formalidad. En mi informe ha de constar que he acompañado el cuerpo hasta la ambulancia y luego hasta el depósito de cadáveres.

Estaban encendidas las luces interiores de la ambulancia Mercedes, y Miller echó una ojeada de dos segundos al rostro del suicida. Su primera y única impresión fue que jamás había visto nadie tan viejo y feo. Incluso bajo los efectos del gas, la piel —turgente y moteada—, el tinte azulado de los labios, todo revelaba que el hombre, en vida, no había sido una belleza. Unos pocos mechones de cabello largo y lacio estaban como aplastados en el, por otra parte, desnudo cráneo. Tenía los ojos cerrados. La cara estaba sumamente demacrada, como más allá del límite de la extenuación y, al no llevar el hombre su dentadura postiza, ambas mejillas aparecían hundidas hasta unirse en el interior de la boca produciendo el efecto de un vampiro en un filme de horror. Apenas se veían labios, y tanto el superior como el inferior estaban surcados por pliegues verticales, que recordaban a Miller una encogida calavera procedente de la cuenca del Amazonas cuyos labios fueron cosidos por los nativos. Para dar tal sensación, el hombre parecía tener dos pálidas cicatrices que cruzaban su cara, partiendo de la zona de las sienes o de la parte superior de la oreja hasta un extremo de la boca.

Después de un rápido vistazo, Brandt estiró la negra manta e hizo signo a los de la ambulancia que estaban esperando. Se echó atrás mientras el hombre sujetaba la camilla, cerró las puertas y dio la vuelta hacia la cabina para ponerse junto a su compañero. La ambulancia se puso en marcha, la gente empezó a dispersarse, coreada por los gruñidos del sargento:

—¡Váyanse, todo ha terminado! No hay nada más que ver. ¿No tienen ustedes casa donde ir?

Miller miró a Brandt enarcando las cejas.

—Encantador.

—Sí. ¡Pobre viejo! No es nada que te sirva, ¿verdad?

Miller se veía apenado.

—Ni una posibilidad. Como dices, hay uno cada noche. Esta noche habrá gente muriéndose por todo el mundo: eso no constituye una noticia. No con Kennedy muerto.

El inspector Brandt se rió burlonamente.

—Los periodistas tenéis avidez de sangre.

—Consideremos la cosa. Lo que la gente desea leer es lo de Kennedy, quien compra los periódicos es la gente…

—Sí. Bueno, tengo que volver a la Comisaría. Hasta otra, Peter.

Se dieron un nuevo apretón de manos y se separaron. Miller volvió hacia la estación de Altona, cogió la calle principal, en el centro de la ciudad, y veinte minutos después metía el Jaguar en el aparcamiento subterráneo para coches bajo la plaza Hansa, a doscientos metros de la casa en cuyo ático tenía su apartamento.

Resultaba caro guardar el coche en un aparcamiento subterráneo durante todo el invierno, pero aquélla era una de las extravagancias que quería permitirse. Le gustaba su apartamento, bastante costoso, porque estaba situado a buena altura y desde allí podía ver, a sus pies, la animación del boulevard Steindamm. No pensaba en su ropa ni en su alimentación, y a los veintinueve años, de buena estatura, cabellos y ojos castaños que gustaban a las mujeres, no necesitaba ropa cara. Un amigo envidioso le dijo una vez: «Podrías hacer conquistas en un convento.» Él se rió, pero al mismo tiempo quedó complacido, porque sabía que era verdad.

La auténtica pasión de su vida eran los coches deportivos, el periodismo y Sigrid, aunque alguna vez admitía, avergonzado, que si tuviera que escoger entre Sigi y el Jaguar, Sigi tendría que buscar su amante en otra parte.

Después de aparcar el Jaguar se detuvo a mirarlo a la luz del garaje. Nunca se cansaba de mirar su coche. Una vez se puso a admirarlo en la calle, y entonces se aproximó a él un transeúnte, que no sabía que era el coche de Miller. El transeúnte exclamó: «¡Vaya motor!»

Normalmente, un joven reportero independiente no conduce un Jaguar XK 150 S. Era casi imposible conseguir piezas sueltas en Hamburgo, y tanto más cuanto que las series XK, cuyo último modelo era el S, habían dejado de producirse en 1960. El mismo Miller cuidaba de la conservación del coche, dedicándole horas los domingos, en los que se ponía su traje de mecánico, se metía debajo del chasis y permanecía medio oculto entre el motor. La gasolina que consumían sus tres carburadores SU era el máximo esfuerzo que podía permitirse su bolsillo, sobre todo considerando el precio de la gasolina en Alemania; pero lo pagaba a gusto. La recompensa estaba en oír el gruñido de los coches exhaustos cuando él apretaba el acelerador en la autopista, en sentir el impulso como una oleada al volar en los virajes de una carretera de montaña. Había robustecido incluso la suspensión independiente sobre las dos ruedas delanteras, y como el coche tenía una suspensión rígida en la parte trasera, tomaba los virajes seguro como una roca, mientras los conductores de los demás coches se balanceaban grotescamente sobre la carrocería si intentaban competir con él. Poco tiempo después de haber comprado el coche, lo pintó de negro, con rayas amarillas a ambos lados del vehículo. Al haber sido construido en Coventry, Inglaterra, y no como un coche de exportación, el volante estaba a la derecha, lo que era causa de un problema ocasional para su usuario, pero le permitía cambiar la marcha con la mano izquierda y sostener el volante con la mano derecha, lo que había llegado a preferir.

Recordando cómo había llegado a comprarlo, se maravillaba de su suerte. En los primeros días de aquel verano, había abierto al azar una revista, mientras estaba en una peluquería esperando a que le cortaran el cabello. Normalmente no leía los chismes sobre las estrellas de cine o teatro, pero allí no había otra cosa para leer. La página central informaba ampliamente sobre la meteórica ascensión a la fama y a la celebridad internacional de cuatro despeinados jóvenes ingleses. El rostro que aparecía en el extremo derecho de la imagen, uno que tenía una gran nariz, no le recordaba nada, pero los otros tres rostros despertaban algo en el repleto gabinete de su memoria.

Los nombres de los dos discos que habían llevado el cuarteto al estrellato, Please Please Me, y Love Me Do, tampoco significaban nada, pero tres de aquellas caras lo sumergieron en la perplejidad durante dos días. Entonces recordó que, dos años antes, en 1961, ellos cantaban en un pequeño cabaret en las afueras de Reeperbahn. Al cabo de otro día se acordó del nombre, porque sólo había estado una vez en aquel cabaret para beber un trago y charlar con alguien de los barrios bajos, de quien necesitaba información sobre los bajos fondos de Sankt Pauli. El Star Club. Fue allí, y examinó las carteleras de 1961. Entonces eran cinco, los tres a quienes reconoció y otros dos, Pete Best y Stuart Sutcliffe.

Desde allí se fue al fotógrafo que había hecho las fotos publicitarias para el empresario Bert Kaempfert, y compró los derechos y el título de cada una de las que tenía. Su historia Cómo Hamburgo descubrió a los Beatles tuvo gran difusión en las revistas —en especial de música pop—, en Alemania y en el extranjero. De los beneficios que ello le dio, Miller compró el Jaguar que había visto en una tienda donde vendían coches. El vehículo había pertenecido a un oficial del ejército británico, cuya mujer, embarazada, estaba demasiado gruesa para meterse en él. Miller llegó incluso a comprar algunos discos de los Beatles, en señal de gratitud, pero Sigi era la única que los ponía en el tocadiscos.

Dejó el coche, subió por la rampa hacia la calle y volvió a su apartamento. Era casi medianoche, y aunque su madre le había dado de comer a las seis de la tarde con su acostumbrada enorme cantidad de manjares, como siempre que Miller iba a su casa, tenía de nuevo apetito. Se preparó unos huevos revueltos y escuchó las últimas noticias de la noche. Todas se referían a Kennedy, poniendo bien de manifiesto el punto de vista germano, mientras se aguardaban más noticias procedentes de Dallas. La policía aún estaba buscando al asesino. El locutor se extendió mucho sobre el gran amor de Kennedy por Alemania, su visita a Berlín el verano anterior, y su declaración en alemán: «Ich bin ein Berliner.»

Luego vino el tributo necrológico del alcalde del Berlín Occidental, Willy Brandt, con la voz embargada por la emoción, y otros homenajes fueron rendidos por el canciller Ludwig Erhard y por el antiguo canciller Kpnrad Adenauer, que se había retirado de la vida política el anterior 15 de octubre.

Peter Miller cerró la radio y se fue a la cama. Hubiese deseado que Sigi estuviera en casa, porque siempre necesitaba su compañía cuando se sentía deprimido, y entonces lo estaba mucho. Hubiera podido hacer el amor, después de lo cual caía en un sueño profundo, lo que a ella la disgustaba, porque después de hacer el amor quería hablar de matrimonio y de hijos. Pero el cabaret donde bailaba no cerraba hasta cerca de las cuatro de la madrugada, incluso más tarde en las noches de los viernes, cuando los provincianos y los turistas iban a darse una vuelta por la Reeperbahn, dispuestos a pagar el champán diez veces más caro que en el restaurante, a causa de una chica con grandes pechos y vestido corto, y Sigi ostentaba los más opulentos pechos y las más cortas faldas.

Entonces se fumó otro cigarrillo y no se durmió hasta la una y cuarto, soñando en el repulsivo rostro del viejo gaseado en los barrios bajos de Altona.

Mientras, a medianoche, Peter Miller estaba en Hamburgo comiendo los huevos revueltos, cinco hombres bebían sentados en la confortable sala de estar de una casa situada junto a la escuela de equitación cerca de las pirámides, en las afueras de El Cairo. Era allí la una de la madrugada. Los cinco hombres habían cenado bien y estaban de buen humor, a causa de las noticias de Dallas que habían escuchado cuatro horas antes.

Tres de los hombres eran alemanes, los otros dos eran egipcios. La esposa del anfitrión y propietario de la escuela de equitación, lugar favorito de reunión de la élite de la sociedad de El Cairo y de la colonia alemana, que contaba con millares de miembros, se había ido a la cama, dejando que charlaran los cinco hombres en aquellas horas de la madrugada.

Sentado en un cómodo sillón con respaldo de cuero, cerca de la ventana cerrada, estaba Hans Appler, un judío que antes había sido experto agregado al Ministerio nazi de Propaganda, del doctor Joseph Goebbels. Habiendo vivido en Egipto desde poco después del fin de la guerra, a donde había sido enviado por Odessa, Appler había tomado el nombre egipcio de Salah Chaffar, y trabajaba como experto en cuestiones judías en el Ministerio egipcio de Orientación. Tenía en la mano un vaso de whisky. A su izquierda estaba otro antiguo técnico del estado mayor de Goebbels, Ludwig Heiden, que también trabajaba en el Ministerio de Orientación. Heiden había adoptado la fe musulmana, viajó a La Meca y lo llamaron El Hadj. Por respeto a su nueva religión, tenía en la mano un vaso de jugo de naranja. Los dos hombres eran nazis fanáticos.

Los dos egipcios eran el coronel Chams Edine Badrane, ayudante personal del mariscal Abdel Hakim Amer, que posteriormente sería ministro egipcio de Defensa, antes de ser condenado a muerte por traición después de la guerra de los Seis Días en 1967. El coronel Badrane estaba destinado a caer en desgracia con él. El otro era el coronel Ali Samir, jefe del Mukhabarat, el servicio secreto egipcio de contraespionaje.

Hubo un sexto invitado a la cena, el invitado de honor, que regresó a El Cairo cuando llegó la noticia a las 9.30, hora cairota, de que el presidente Kennedy había muerto. Era el presidente de la Asamblea Nacional egipcia, Anwar el Sadat, un íntimo colaborador del presidente Nasser, y más tarde su sucesor.

Hans Appler levantó su copa.

—Kennedy, el favorecedor de los judíos, ha muerto. Caballeros, les invito a brindar.

—Pero nuestras copas están vacías, protestó el coronel Samir.

Su anfitrión se apresuró a remediar la cosa, llenando las copas vacías con la ayuda de una botella de whisky que cogió del aparador.

La referencia a Kennedy como favorecedor de los judíos no desconcertó a ninguno de los cinco hombres reunidos. El día 14 de marzo de 1960, cuando Dwight Eisenhower era todavía presidente de los Estados Unidos, el jefe del Gobierno de Israel, David Ben Gurion, y el canciller de Alemania, Konrad Adenauer, se reunieron en secreto en el Hotel Waldorf Astoria de Nueva York; una reunión que diez años antes hubiese parecido imposible. Lo que se juzgó imposible incluso en 1960 fue lo que ocurrió en aquella reunión, lo que, con sus correspondientes detalles, tardó años en aflorar a la superficie, y por ello a últimos de 1963 el presidente Nasser rechazó tomar en serio la información que Odessa y el Mukhabarat del coronel Samir depositaron sobre su mesa.

Los dos hombres de Estado habían firmado un acuerdo según el cual Alemania Occidental consentía en abrir un crédito a Israel del orden de cincuenta millones de dólares al año, sin compensaciones de ninguna clase. Ben Gurion, sin embargo, pronto se dio cuenta de que disponer de dinero era una cosa, y otra tener un seguro y cierto aprovisionamiento de armas. Seis meses después, el acuerdo del Waldorf era rematado con otro, firmado por los ministros de Defensa de Alemania y de Israel, Franz-Josef Strauss y Shimon Peres. De acuerdo con sus cláusulas, Israel podría emplear el dinero que recibía de Alemania comprando armas en la misma Alemania.

Adenauer, sabedor de la excesivamente controvertible naturaleza del segundo acuerdo, lo aplazó por unos meses, hasta que en noviembre de 1961 fue a Nueva York para reunirse con el nuevo presidente, John Fitzgerald Kennedy. Kennedy presionó fuerte. No quería que las armas fuesen entregadas directamente por los Estados Unidos a Israel, pero deseaba que, como fuese, llegaran allí. Israel necesitaba aviones de combate, de transporte, piezas de artillería Howitzer de 105 mm, coches blindados, corazas para los conductores de los coches y tanques, sobre todo tanques.

Alemania disponía de todo lo que necesitaba Israel. Tal armamento lo había comprado en América, con la conformidad de la NATO, para compensar el coste de la estancia de los tropas de guarnición en Alemania o bien se había fabricado en Alemania bajo licencia.

Con la presión de Kennedy, el acuerdo Strauss-Peres siguió adelante.

Los primeros tanques alemanes salieron para llegar a Haifa a últimos de junio de 1963. Era difícil mantener la noticia secreta durante mucho tiempo; estaba involucrada demasiada gente. Odessa lo supo a últimos de 1962 y enseguida informó a los egipcios, con quienes sus agentes en El Cairo mantenían estrechas relaciones.

A últimos de 1963, las cosas empezaron a cambiar. El día 15 de octubre Konrad Adenauer, el Zorro de Bonn, el Canciller de Granito, dimitió y se retiró a la vida privada. Su lugar fue ocupado por Ludwig Erhard, un buen captador de votos como padre del milagro económico alemán, pero vacilante y débil en asuntos de política extranjera.

Incluso cuando Adenauer estaba en el poder, un grupo vocinglero en el seno del Gobierno de Alemania Occidental se pronunció en favor de dar el carpetazo a la venta de armas a Israel y de detener los suministros antes de que empezaran. El viejo canciller les había reducido al silencio con unas pocas y duras palabras, y su autoridad era tal que enmudecieron.

Erhard era un hombre muy distinto, y pronto se ganó el apodo de León de Goma. Tan pronto como tomó posesión del cargo, el grupo contrario al tratado sobre armamentos, apoyado por el Ministerio de Asuntos Exteriores, siempre atento a sus excelentes y cada día mejores relaciones con el mundo árabe, volvió a la carga. Erhard vaciló. Pero detrás de todos ellos estaba la firme decisión de John Kennedy de que Israel tenía que recibir sus armas vía Alemania.

Y entonces lo asesinaron. La pregunta principal en aquellas horas de la mañana del 23 de noviembre era, sencillamente: ¿Querría el presidente Lyndon Johnson eliminar la presión americana sobre Alemania, e inducir al indeciso canciller en Bonn a denunciar el tratado? En realidad no lo hizo, pero en El Cairo se alimentaban grandes esperanzas de que lo hiciera.

El anfitrión de los reunidos en las afueras de El Cairo aquella noche, después de llenar las copas de sus huéspedes, se volvió hacia el aparador para llenar la suya. Se llamaba Wolfgang Lutz, nacido en Mannheim en 1921, ex comandante del ejército alemán, fanático aborrecedor de los judíos, que había emigrado a El Cairo en 1961, donde abrió su academia de equitación. Rubio, de ojos azules, rostro de halcón, era el hombre favorito tanto para las personas más influyentes en la política de El Cairo como entre los expatriados alemanes y principalmente la comunidad nazi establecida a lo largo de las riberas del Nilo.

Se volvió hacia los demás, y sonrió. Si había algo falso en aquella sonrisa, nadie se dio cuenta. Pero era falsa. Se trataba de un judío, había nacido en Mannheim, pero emigró a Palestina en 1933, a los doce años. Se llamaba Ze’ev y ostentó el rango de Rav-Seren (comandante) en el ejército de Israel. En aquel tiempo, era también el principal agente del servicio de espionaje Israeli en Egipto. El 28 de febrero de 1965, después de un registro en su casa, en el que fue descubierto un transmisor de radio en la báscula del cuarto de baño, fue detenido. Juzgado el 26 de junio de 1965, fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad. Liberado a últimos de 1967 formando parte de un canje contra centenares de egipcios prisioneros de guerra, él y su mujer volvieron a pisar el suelo de su patria en el aeropuerto de Lod, el 4 de febrero de 1968.

Pero la noche en que murió Kennedy todo esto estaba en el futuro: la detención, las torturas, la múltiple violación de su mujer. Levantó su copa en dirección a los cuatro sonrientes rostros que tenía enfrente.

En realidad, deseaba con insoportable impaciencia que sus huéspedes se marcharan, porque algo que uno de ellos había dicho durante la cena era de importancia vital para su país, y desesperadamente esperaba estar solo, subir al cuarto de baño, sacar el transmisor de la báscula y enviar un mensaje a Tel Aviv. Pero se obligó a sí mismo a sonreír.

—Muerte a los favorecedores de los judíos —brindó—. Sieg Heil.

A la mañana siguiente, Peter Miller se despertó poco antes de las nueve y se revolvió a placer bajo el enorme edredón de plumas que cubría la cama de matrimonio. Aunque sólo estaba medio despierto, podía sentir el calor de la dormida figura de Sigi, que se volvía en la cama hacia él, y, por reflejo, Peter se acercó más, de modo que la espalda de la mujer apretaba la base de su estómago.

Sigi, todavía profundamente dormida, después de sólo cuatro horas de estar en la cama, se quejó, molesta, y se revolvió hacia el otro extremo del lecho.

—Vete —murmuró sin despertarse.

Miller suspiró, se volvió de espaldas, cogió su reloj y lo miró a la tenue luz que se filtraba a través de las cortinas. Luego salió de la cama por el otro lado, se puso una toalla de baño en la cintura y así se fue al cuarto de estar a correr las cortinas. La acerada luz de noviembre inundó la habitación, cegándolo. Entornó los ojos y miró hacia la Steindamm. Era un sábado por la mañana y el tráfico era escaso sobre las húmedas y negras calles. Bostezó y entró en la cocina a prepararse la primera de sus innumerables tazas de café. Tanto su madre como Sigi le reprochaban que viviera casi enteramente de café y cigarrillos.

Mientras bebía el café y fumaba su primer cigarrillo del día en la cocina, pensó si tenía algo particular que hacer en las horas inmediatas y decidió que no. Por un lado, todos los periódicos y las próximas ediciones de las revistas se ocuparían del presidente Kennedy, probablemente durante los días y las semanas próximas. Y, por otro lado, no había una historia determinada tras la cual anduviese él entonces. Además, sábado y domingo no eran días aptos para encontrar a las gentes en sus despachos, y raras veces les gustaba que fueran a estorbarlos en sus casas. Hacía poco que había terminado unos seriales, que fueron muy bien acogidos, sobre la infiltración masiva de gángsters austriacos, parisienses e italianos en la mina de oro de Reeperbahn, zona de la ciudad llena de clubes nocturnos, burdeles y vicio. Aún no había cobrado aquellos reportajes. Pensó en demandar a la revista a la que había vendido los artículos, y luego decidió que no. Pagarían a su debido tiempo y, por el momento, no iba corto de dinero. De verdad, el estado de cuentas de su banco, que había recibido tres días antes, indicaba que disponía sobre 5.000 marcos, cantidad que estimó suficiente para un tiempo.

—Lo malo de ti, amigo —detuvo su frase de censura al mirar una de las cacerolas de Sigi, que brillaba de limpia, mientras levantaba la taza con su dedo índice—, es que eres perezoso.

Un día, diez años atrás, cuando estaba a punto de terminar su servicio militar, un oficial le preguntó qué deseaba ser en la vida civil. Había replicado: «Un rico rentista.» A los veintinueve años, aunque no lo había conseguido y quizá no lo conseguiría nunca, seguía creyendo que aquélla era una ambición perfectamente razonable.

Se llevó el transistor al cuarto de baño, cerró la puerta para que Sigi no pudiera oírlo, y escuchó las noticias mientras se duchaba y afeitaba. La noticia principal era que un hombre había sido arrestado por el asesinato del presidente Kennedy. Como había supuesto, no había otra clase de noticias en todo el programa más que las referentes al asesinato de Kennedy.

Después de haberse secado volvió a la cocina para hacer más café, esta vez dos tazas. Se las llevó al dormitorio, las colocó en la mesita de noche, se despojó de la toalla y volvió a meterse en la cama bajo el edredón al lado de Sigi, cuya cabellera, rubia y sedosa, sobresalía sobre el cojín.

La muchacha tenía veintidós años y en la escuela había sido campeona de gimnasia. Según ella afirmaba, hubiese podido alcanzar una marca olímpica si su pecho no se hubiese desarrollado de tal manera que ningún jersey podía cubrirlo con seguridad. Al dejar los estudios se convirtió en profesora de cultura física en una escuela de niñas. El cambio a bailarina de striptease en Hamburgo ocurrió un año después y por la más óptima y la más sencilla de las razones económicas. Le daba cinco veces más que su salario de profesora.

A pesar de su buena voluntad en quitarse los vestidos hasta quedarse en cueros en un club nocturno, se sentía muy molesta por cualquier observación lasciva sobre su cuerpo pronunciada por alguien que ella pudiera ver en el momento de decir aquello.

—El caso es —dijo una vez, muy seria, al divertido Peter Miller— que cuando estoy en el escenario y no puedo ver a nadie al otro lado de las candilejas, no me siento nada cohibida. Si pudiese verlos, creo que me escaparía del escenario.

Esto no le impedía, después, ir a sentarse a una de las mesas en el auditorio cuando volvía a estar vestida, y esperar ser invitada a beber por uno de los clientes. La única bebida permitida era champán, en medias botellas o, con preferencia, botellas grandes. Percibía una comisión del quince por ciento. Aunque, casi sin excepción, los clientes que la invitaban a beber champán con ellos esperaban conseguir mucho más que contemplar durante una hora, en pasmada admiración, el desfiladero entre sus pechos, nunca lo consiguieron. Era una chica amable y comprensiva y su actitud hacia las codiciosas atenciones de los clientes era la de un gentil pesar y no el hastiado desprecio que las demás chicas ocultaban detrás de sus sonrisas de neón.

—Pobres hombrecitos —dijo una vez a Miller—, merecerían tener una bonita mujer para llevarse a casa.

—¿Qué quieres decir con pobres hombrecitos? —protestó Miller—. Son unos puercos y sucios viejos con el bolsillo repleto de dinero para gastar.

—Bueno, no serían ni puercos ni sucios si tuvieran alguien que los cuidara —replicó Sigi, y en esto su lógica femenina era fuerte como una roca.

Miller la vio por casualidad durante una visita al bar de Madame Kokett, exactamente debajo del Café Keese sobre la Reeperbahn, un día en que fue allí para charlar y beber con el propietario, un viejo amigo y contacto. Era una chica alta, de 1,75 m, y con una corpulencia tal que una muchacha más bajita hubiese parecido desproporcionada. Siguiendo la música, se desnudaba con los habituales y supuestos gestos sensuales, así como cara impasible, igual que si se desnudara en su propio dormitorio. Miller había visto todo aquello antes y sorbía su bebida sin pestañear.

Pero cuando se acabó de desnudar, incluso Peter tuvo que detenerse a mirar, con el vaso a mitad de camino de su boca. Su anfitrión lo miró sarcásticamente.

—Está bien hecha, ¿verdad? —preguntó.

Miller tuvo que admitir al comparar a la muchacha con sus semejantes del Playboy del mes, que éstas parecían presentar un severo caso de desnutrición. Sus músculos sostenían sin embargo firmemente sus espléndidos senos, sin vestigio de soporte.

Cuando terminó su turno, al empezar los aplausos, la muchacha dejó la aburrida pose de bailarina profesional, saludó al público con una tímida y medio aturdida inclinación de cabeza y otorgó una gran y torpe mueca como un perro de caza que, contra todo pronóstico, ha cobrado la perdiz derribada. Fue la mueca lo que atrajo a Miller, no la rutina de la danza ni la figura. Preguntó si le gustaría beber con él, y enviaron a buscarla.

Como que Miller estaba en compañía del patrón, eludió la botella de champán y pidió un gin-fizz. Sorprendido, Miller vio que la compañía de la chica resultaba encantadora, y preguntó si podía llevarla a su casa después de su actuación. Con visible reserva, ella asintió. Jugando sus cartas con frialdad, Miller no se aprovechó de ella aquella noche. Era a principios de primavera, y Sigi salió del cabaret cuando cerraban, envuelta en una capa que le hacía perder buena parte de su atractivo: él pensó que lo hacía adrede.

Se limitaron a tomar café juntos y a hablar. Durante la charla, la muchacha se liberó de su tensión previa y conversó alegremente. Él supo que le gustaban la música pop, el arte, pasear por las riberas del Alster, cuidar de la casa y los niños. Después de aquel día, empezaron a salir una noche por semana, yendo a cenar o a un espectáculo, pero no acostándose juntos.

Al cabo de tres meses, Miller se llevó la muchacha a la cama y luego le sugirió que podría mudarse a su casa. Con su simple actitud para con las cosas importantes de la vida, Sigi ya había decidido que deseaba casarse con Peter Miller y el único problema estribaba en cómo lo iba a convencer: no acostándose con él, o al revés. Dándose cuenta de la facilidad que él tenía para que alguna chica ocupara siempre la otra mitad de su colchón si era necesario, decidió mudarse al apartamento de Peter y hacerle la vida tan agradable que deseara casarse con ella. Llevaban seis meses juntos a últimos de noviembre.

Incluso Miller, que no era un hombre muy casero, tuvo que admitir que había puesto la casa muy bonita, y Sigi hacía el amor con sano y fuerte goce. La muchacha nunca mencionaba el matrimonio directamente, pero intentaba aludir a él por otros caminos. Miller simulaba no darse por enterado. Cuando iban a tomar el sol cerca del lago Alster, algunas veces se hacía amiga de un niño que jugaba por allí, bajo la benévola mirada de sus padres.

—Oh, Peter, ¿no es un ángel?

—Sí, maravilloso —solía contestar Miller gruñendo.

Después, durante una hora, Sigi lo trataba con frialdad por no haber querido recoger la alusión. Pero eran felices juntos, especialmente Peter Miller, para quien disfrutar de todo el bienestar del matrimonio, de las delicias de un amor regular, sin los lazos del matrimonio, le iba de maravilla.

Después de beber la mitad de su café, Miller se introdujo en la cama y rodeó a la mujer con sus brazos, acariciándola suavemente, porque sabía que aquello iba a despertarla. Al cabo de unos minutos, ella rezongó con placer y se volvió de cara a él. Todavía medio dormida, dejó escapar una serie de largos gemidos, y sus manos empezaron a moverse lentamente sobre la espalda del hombre. Diez minutos después hacían el amor.

—¡Vaya modo de despertarme! —musitó ella.

—Hay modos peores —dijo Miller.

—¿Qué hora es?

—Casi las doce —mintió Miller, sabiendo que le echaría algo a la cabeza de haber sabido que eran las diez y media y que sólo había dormido cinco horas—. No importa, puedes volver a dormirte si quieres.

—Mmmm. Gracias, querido, eres muy bueno conmigo —dijo Sigi, y volvió a quedarse dormida.

Miller iba para el cuarto de baño después de haber bebido el café que había quedado y el de Sigi, cuando sonó el teléfono. Fue a la salita de estar y respondió.

—¿Peter?

—Sí, ¿con quién hablo?

—Karl.

Estaba todavía adormilado y no reconoció la voz.

—¿Karl?

—Karl Brandt. ¿Qué ocurre? ¿Estás todavía dormido? —La voz parecía impaciente.

Miller se recuperó.

—Oh, sí. Claro, Karl. Lo siento, acabo de levantarme. ¿Qué ocurre?

—Oye, se trata del judío muerto. Quiero hablar contigo.

Miller estaba desconcertado.

—¿Qué judío muerto?

—Aquel que se gaseó la noche última en Altona. ¿Puedes recordarlo?

—Sí, por supuesto, me acuerdo de la noche última —dijo Miller—. No sabía que se tratara de un judío. ¿Qué se sabe de él?

—Quiero hablar contigo —dijo el inspector de policía—. Pero no por teléfono. ¿Podemos vernos?

Miller, como tenía mentalidad de periodista, imaginó enseguida que si alguien tenía algo que decir pero no quería decirlo por teléfono, debía pensar que la cosa era importante. En el caso de Brandt, Miller no podía temer que un detective de la policía pudiera mostrarse tan reservado por algo ridículo.

—Claro que sí—respondió—. ¿Podemos almorzar juntos?

—Desde luego —dijo Brandt.

—Bueno. Te invito a un sitio, si crees que sirve.

Miller dijo a su amigo que lo esperaría a la una en un pequeño restaurante en el Goose Market, y colgó. Estaba todavía intrigado, porque no podía adivinar una historia en el suicidio de un viejo, judío o no, en una habitación de los barrios bajos de Altona.

Durante la comida, el joven detective pareció querer evitar el tema para hablar del cual había solicitado la entrevista, pero cuando sirvieron el café dijo sencillamente:

—El hombre de la noche última…

—Sí—dijo Miller—. ¿Qué ocurre con él?

—Debes saber, como sabe todo el mundo, lo que los nazis hicieron con los judíos durante la guerra e incluso antes.

—Por supuesto. Nos atiborraron la cabeza con ello en la escuela, me acuerdo.

Miller estaba intrigado y molesto. Como a muchos otros jóvenes alemanes, le enseñaron en la escuela, cuando tenía nueve o diez años, que él y el resto de sus compatriotas habían sido culpables de masivos crímenes de guerra. Entonces aceptó el veredicto sin saber siquiera de lo que le estaban hablando.

Luego había sido difícil adivinar lo que los maestros querían decir en la inmediata posguerra. No había nadie a quien preguntar, nadie deseaba hablar, ni los profesores, ni los padres. Sólo al llegar a la edad adulta pudo leer algo sobre aquello, y aunque lo que había leído le desagradó, no pudo sentir que le concerniera. Eran otros tiempos, otros lugares, aquello estaba muy lejos. Él no estaba presente cuando ocurrieron aquellas cosas, así como tampoco sus padres. Algo en su interior lo persuadió de que aquello no tenía nada que ver con Peter Miller, y en consecuencia no preguntó nombres, ni fechas, ni detalles. Se preguntaba por qué Brandt había abordado aquel tema.

Brandt revolvió su café, dando muestras de estar asimismo molesto, sin saber cómo empezar.

—El viejo de la noche última —dijo lentamente—. Era un judío alemán. Estuvo en un campo de concentración.

Miller pensó en la cabeza del muerto, en la camilla, en el anterior atardecer. ¿A qué se parecía aquella muerte? Era algo ridículo. El hombre debió de ser liberado por los aliados dieciocho años antes y había vivido para morir a edad avanzada. Pero el rostro invitaba a retroceder en el tiempo. Miller no había visto nunca a nadie que hubiese estado en un campo de concentración, al menos sabiéndolo. Tampoco se había encontrado nunca con ningún SS asesino de muchedumbres, de eso estaba seguro. Después de todo, se hubiese dado cuenta de ello. El caso de aquel hombre era posiblemente distinto.

Pensó en la publicidad que rodeó el proceso de Eichmann en Jerusalén, dos años antes. Los periódicos no hablaron de otra cosa durante semanas, hasta el final. Pensó en aquella cara, a través del vidrio de la ventanilla de su celda, y recordó que su impresión, entonces, fue cuán común podía ser aquel rostro, tan depresivamente vulgar. Fue leyendo los resúmenes de prensa del proceso cuando por primera vez tuvo un atisbo de lo que habían hecho los SS, y de cómo habían escapado. Pero todo aquello había ocurrido igual en Polonia, en Rusia, en Hungría, en Checoslovaquia, muy lejos y mucho tiempo atrás. No era nada que personalmente le atañera.

Volvió a pensar en el presente y en lo que le sugería el desasosegado modo de hablar de Brandt.

—¿Qué ocurre? —preguntó Miller al detective.

Por toda respuesta, Brandt desató un paquete envuelto en un papel color pardo y lo puso encima de la mesa.

—El viejo dejó un Diario. En realidad no era demasiado viejo. Cincuenta y seis. Parece que escribió notas en su tiempo y las guardó en una caja de zapatos. Después de la guerra las puso en limpio. Con ello compuso un Diario.

Miller miró el paquete con escaso interés.

—¿Dónde lo encontraste?

—Estaba junto al cuerpo. Lo recogí y me lo llevé a casa. Lo he leído esta noche.

Miller miró a su antiguo condiscípulo con ojos burlones.

—¿Era algo malo?

—Horrible. No tenía yo idea de la maldad, de las cosas que hicieron con ellos.

—¿Por qué me lo has traído?

Brandt dio muestras de desconcierto. Se encogió de hombros.

—He creído que podrías hacer una historia con ello.

—¿A quién pertenece ahora?

—Técnicamente, a los herederos de Tauber. Pero nunca daremos con ellos. Entonces, supongo que pertenece al Departamento de Policía. Pero se limitarían a archivarlo. Puede ser tuyo, si quieres. Sólo quiero que no digas que yo te lo he dado. No deseo tener líos con mi Cuerpo.

Miller pagó la cuenta y los dos amigos se fueron.

—Muy bien, lo leeré. Pero no prometo hacer nada sensacional con esto. A lo mejor saco un artículo para una revista.

Brandt se volvió hacia él, esbozando una sonrisa.

—Eres un desaprensivo —dijo.

—No —dijo Miller—. Es exactamente lo que gusta a la gente para quien escribo, aquí y ahora. ¿Qué te pasa? Creía que eras un duro polizonte al cabo de diez años en el servicio. De veras esto te ha trastornado, ¿no?

Brandt se volvió a poner serio. Miraba el paquete que Miller llevaba bajo el brazo y movía la cabeza lentamente.

—Sí. Sí, me ha trastornado. Nunca pensé que fuera algo tan feo. Y, dicho sea de paso, no todo es historia pasada. Esta historia terminó aquí, en Hamburgo, la noche última. Adiós, Peter.

El detective se volvió y se alejó, ignorando cuán equivocado estaba.