1
Marlene había visto el Sistema Solar cuando tenía poco más de un año. No lo recordaba, claro está.
Había leído mucho al respecto, pero ninguna de esas lecturas le había hecho sentir que aquello pudiera haber sido jamás parte de ella, ni ella parte de aquello.
Durante sus quince años de vida, había tenido solo recuerdos de Rotor. Lo había creído siempre un mundo vasto. Después de todo, medía ocho kilómetros de una parte a otra. Desde que tenía diez años, ella lo había recorrido de cuando en cuando (una vez al mes si le era posible) para hacer ejercicio; y, en algunas ocasiones, había seguido las rutas de escasa gravedad para poder fluctuar un poco. Eso era siempre divertido. Entre fluctuaciones y caminatas, Rotor seguía adelante con sus edificios y parques, con sus granjas y, sobre todo, con su gente.
Le costaba casi un día hacer ese recorrido; pero su madre no ponía objeciones. Afirmaba que Rotor era seguro a toda prueba. «No como la Tierra», solía decir. Pero sin explicar por qué la Tierra no era segura. Y cuando se le preguntaba el porqué, respondía: «Eso no importa».
Era la gente lo que menos le gustaba a Marlene. Según se decía, el nuevo censo revelaba la existencia de sesenta mil personas en Rotor. Demasiadas. Más que demasiadas. Cada una de ellas mostraba una careta. Marlene aborrecía ver esas caretas a sabiendas de que detrás había algo diferente. Y no le estaba permitido decir nada al respecto. Lo intentó varias veces siendo más joven; pero su madre se había encolerizado y le había dicho que no mencionara nunca más semejantes cosas.
Cuando Marlene creció pudo ver con más claridad la falsedad; aunque eso le incomodó menos. Entretanto, había aprendido a darlo por supuesto y a pasar el mayor tiempo posible consigo misma y con sus propios pensamientos.
Últimamente, estos estuvieron puestos a menudo en Erythro, el planeta alrededor del cual giraron durante casi toda su vida. Ella no se explicaba por qué la asaltaban tales pensamientos, pero solía deslizarse fluctuando hasta la cubierta de observación a las horas más inadecuadas solo para observar con mirada hambrienta el planeta, deseando estar allí… allí mismo, en Erythro.
Su madre solía preguntarle, impaciente, qué motivaba ese deseo de habitar un planeta vacío, yermo. Ella no supo nunca darle respuesta. Porque lo ignoraba.
—Solo sé que quiero ir allí —contestaba.
Ahora, Marlene lo estaba contemplando a solas en la cubierta de observación. Los rotorianos visitaban raras veces aquel lugar. Lo habrán visto todos ellos, supuso Marlene, y de resultas no comparten conmigo ese interés por Erythro.
Allí estaba; una parte iluminada, la otra a oscuras. Ella recordaba, de un modo vago, que muchos años atrás la habían levantado en brazos para que lo viera surgir, y después le mostraron cómo aumentaba de tamaño sin cesar a medida que Rotor se le aproximaba con lentitud.
¿Era un recuerdo auténtico? Podría serlo. Después de todo, ella habría estado rondando ya los cuarenta años por aquel entonces.
Pero ahora ese recuerdo, genuino o no, quedó anulado por otros pensamientos, por una comprensión creciente de la magnitud de un planeta. Erythro tenía doce mil kilómetros largos de diámetro, no ocho. Marlene no pudo concebir semejante tamaño. No le pareció tan grande en la pantalla ni se pudo ver plantando pie en él y tendiendo la vista a lo largo de centenares o incluso millares de kilómetros. Solo supo que le gustaría muchísimo hacerlo.
Aurinel no se interesaba por Erythro, lo cual la decepcionaba. Él decía tener otras cosas en las que pensar; como, por ejemplo, prepararse para la Universidad. Tenía diecisiete años y medio. Marlene acababa de cumplir los quince. No es una gran diferencia, se dijo, sobre todo pensando que las chicas nos desarrollamos más aprisa.
O por lo menos debiéramos… Bajó la vista para mirarse y pensó con su habitual disgusto y desencanto que, por una razón o por otra, ella seguía pareciendo una chiquilla baja y rechoncha.
Miró otra vez a Erythro, enorme, hermoso y con un suave resplandor rojizo donde estaba iluminado. Tenía tamaño suficiente para ser un planeta; pero, en verdad, como muy bien sabía ella, era solo un satélite. Giraba alrededor de Megas. Y Megas, todavía mucho mayor, era el verdadero planeta, aunque todo el mundo diese tal nombre a Erythro. Los dos juntos, Megas y Erythro, y también Rotor giraban alrededor de la estrella Némesis.
—¡Marlene!
Marlene oyó la llamada a sus espaldas y reconoció la voz de Aurinel. Desde hacía un tiempo, la lengua se le pegaba cada vez más al paladar en presencia de él, y la causa de ese atasco le causaba perturbación. Le encantaba el modo que tenía Aurinel de pronunciar su nombre. Lo hacía como era debido, tres sílabas, Mar-le-ne, pero con un leve trino en la erre. Solo el oírlo la enternecía.
Dio media vuelta y, procurando no enrojecer, farfulló:
—Hola, Aurinel.
—Contemplando a Erythro ¿verdad? —le dijo él con una sonrisa. Marlene no respondió. Desde luego, eso era lo que había estado haciendo. Todo el mundo sabía cuáles eran sus sentimientos acerca de Erythro.
—¿Cómo es que estás aquí?
(Dime que me estabas buscando, pensó.)
—Tu madre me envió —dijo Aurinel.
(¡Qué le vamos a hacer!)
—¿Para qué?
—Según dice ella, estás malhumorada y cada vez que te compadeces de ti misma subes aquí, de modo que yo debía venir a buscarte porque permanecer en este lugar serviría solo para acongojarte más. Dime, ¿por qué estás malhumorada?
—No lo estoy. Y si lo estuviera, mis motivos tendría.
—¿Qué motivos? Vamos, ten ánimo. No eres ya una niña pequeña. Debes demostrar que posees capacidad suficiente para expresarte.
—Sé articular palabras, gracias. Mis motivos son que me gustaría viajar.
Aurinel se rió.
—Tú has viajado, Marlene. Has viajado más de dos años luz. En toda la historia del Sistema Solar nadie ha viajado jamás una pequeña fracción de año luz… excepto nosotros. Así que no tienes derecho a quejarte. Eres Marlene Insigna Fisher, la viajera galáctica.
Marlene dejó escapar una risa ahogada. Insigna era el apellido de soltera de su madre; y, cada vez que Aurinel pronunciaba seguidos los tres nombres, se cuadraba y hacía una mueca cómica. Llevaba mucho tiempo sin hacerlo. Ella supuso que era porque estaba convirtiéndose en adulto y necesitaba hacer prácticas de dignidad.
—No consigo recordar lo más mínimo de ese viaje —dijo Marlene—. Sabes que no me es posible hacerlo; y, si una cosa no se recuerda, significa que no tiene importancia. Estamos aquí, a dos años luz o más del Sistema Solar, y nunca volveremos.
—¿Cómo lo sabes?
—¡Vamos, Aurinel! ¿Has oído alguna vez a alguien hablar de volver?
—Bueno, y aunque no lo hagamos, ¿a quién le importa? La Tierra es un mundo abarrotado, y todo el Sistema Solar se abarrota y avejenta por momentos. Salimos mejor librados aquí… dueños de todo cuanto contemplamos.
—No, eso no es cierto. Contemplamos a Erythro, pero no descendemos a él para dominarlo.
—Claro que sí. Hemos instalado una magnífica cúpula en Erythro. Lo sabes muy bien.
—No para nosotros. Solo para algunos científicos. Yo estoy hablando de nosotros. Ellos no nos permiten bajar allí.
—Eso llegará a su debido tiempo —dijo animoso Aurinel.
—Seguro, cuando yo sea una anciana. O esté muerta.
—Las cosas no están tan mal. Sea como sea, sal de ahí, regresa a la realidad y satisface a tu madre. No puedo quedarme más aquí. Tengo qué hacer. Dolorette…
Marlene notó un zumbido en los oídos y no oyó con claridad lo que Aurinel dijo después de eso. Le bastó con oír… ¡Dolorette! Marlene aborrecía a Dolorette, la cual era alta y… vacua.
Aunque ¿por qué molestarse? Aurinel la había estado rondando y Marlene adivinaba, solo con mirarlo, cuáles eran sus sentimientos acerca de Dolorette. Le habían enviado allí a buscarla y el hombre estaba desperdiciando su tiempo. Ella intuyó cómo se sentía Aurinel y cuánto anhelaba volver a esa… a esa Dolorette. (¿Por qué tendré siempre tanta capacidad para adivinar las cosas? ¡A veces resultaba aborrecible!)
De súbito, Marlene deseó herirle, quiso encontrar palabras para causarle dolor. Palabras veraces, pensó. Ella no le mentiría.
—Nosotros no regresaremos nunca más al Sistema Solar —dijo—. Y conozco el porqué.
—¡Ah! ¿Cuál es? —y como Marlene vacilaba sin atreverse a hablar, él añadió—: ¿Tal vez un misterio?
Marlene se sintió atrapada. Nadie esperaba que fuese ella quien lo revelara.
—No quiero decirlo —balbuceó—. Se supone que yo no lo sé.
Pero sí quiso decirlo. En aquel instante deseó que todos se sintiesen mal.
—Pero me lo dirás. Somos amigos ¿no es cierto?
—¿Lo somos? —inquirió dubitativa, y luego manifestó—: Bien. Te lo diré. No volveremos más porque la Tierra va a ser destruida.
Aurinel no reaccionó como ella esperaba. Estalló en un acceso de risa estridente. Le costó un rato dominarse mientras ella le fulminaba con la mirada.
—¿Dónde oíste eso, Marlene? —le preguntó—. Has estado viendo otra vez películas escalofriantes.
—¡Nada de eso!
—¿Por qué dices semejante cosa?
—Porque lo sé. Puedo intuirlo. Por lo que la gente piensa pero no dice, y por lo que hace cuando no sabe lo que está haciendo. Y por las cosas que me cuentan las computadoras cuando les hago las preguntas justas.
—¿No existirá la posibilidad…? —Aurinel juntó mucho dos dedos—. ¿Una pequeña posibilidad de que tu imaginación esté volando?
—No, no hay tal posibilidad. La Tierra no será destruida ahora mismo… quizá se tarde mil años… Pero será destruida. —Marlene hizo un gesto solemne de asentimiento con el rostro tenso—. Y nada podrá detenerlo.
Dicho esto, dio media vuelta y se alejó, furiosa con Aurinel por haber dudado de ella. No, no era que hubiese dudado. Había sido algo peor que eso. La había tomado por loca. Y el resultado era que ella había dicho demasiado y no había obtenido nada a cambio. Todo le había salido mal.
Aurinel se quedó mirándola con fijeza. Entretanto, la risa cesó de alterar su hermoso rostro juvenil, y cierto barrunto de inquietud le arrugó la piel entre las cejas.
2
Eugenia Insigna había alcanzado la edad madura durante la travesía hacia Némesis y en el curso de la larga estancia después de la llegada. Al correr de los años, ella había procurado tenerlo presente de forma periódica, diciéndose: Hago esto por la vida, y por la vida de nuestros hijos en un futuro ignoto.
Siempre la abrumó ese pensamiento.
¿Por qué? Era como una consecuencia inevitable de lo que ellos habían hecho desde el momento en que Rotor abandonó el Sistema Solar. Cuantos se hallaban a bordo de Rotor (todos ellos voluntarios) lo habían sabido. Los que no tuvieron corazón para la separación eterna, abandonaron Rotor antes del despegue. Y entre estos tránsfugas estuvo…
Eugenia no dio fin a ese pensamiento. La asaltaba a menudo y ella procuraba siempre no terminarlo.
Ahora todos estaban aquí, en Rotor; pero ¿se podía llamar «hogar» a Rotor? Era hogar para Marlene, que no había conocido ninguna otra cosa. Pero ¿y para ella misma, para Eugenia? Hogar era Tierra, Luna, Sol, Marte y todos los mundos que habían acompañado a la Humanidad a lo largo de su historia y su prehistoria, los cuales escoltaron a la vida desde que surgió su primera chispa. Incluso ahora la asedió el pensamiento de que su «hogar» no estaba allí, en Rotor. Pero al fin y al cabo, ella había pasado los primeros veintiocho años de su existencia dentro del Sistema Solar y, entre los veintiuno y los veintitrés años, hizo un trabajo intelectual con licenciatura sobre la propia Tierra.
¡Cuán extraño era que el pensamiento sobre la Tierra la acechara de forma periódica para perdurar! Pues a ella no le había gustado la Tierra. No le habían gustado sus multitudes, ni su pobre organización, ni su combinación entre anarquía para las cosas importantes y fuerza estatal para las pequeñas. No le habían gustado sus arrebatos de mal tiempo, ni sus cicatrices sobre la corteza terrestre, ni su exorbitante océano. Ella había vuelto a Rotor con una gratitud desbordante, y con un nuevo marido a quien intentó convencer de las excelencias de su querido y pequeño mundo giratorio… y hacer que la comodidad sistemática de este fuera tan grata para él como para ella.
Pero él se había percatado solo de su exigüidad.
—Agotas tus posibilidades en seis meses —había dicho.
Y ella no pudo retener su interés mucho más de ese tiempo. ¡Ah, qué se le iba a hacer…!
Pero eso se solucionaría. No para ella, pues Eugenia Insigna estaba perdida para siempre entre mundos; pero sí para las niñas. La pequeña Eugenia había nacido en Rotor y podría vivir sin la Tierra. Marlene había nacido, o casi nacido, en Rotor, y podría vivir sin el Sistema Solar… exceptuando la vaga impresión de haber tenido su origen allí. En cambio, sus hijos no conocerían siquiera eso ni sentirían la menor preocupación. Para ellos, la Tierra y el Sistema Solar serían una cuestión mítica, y Erythro un mundo en rápido desarrollo.
Al menos, Eugenia lo esperaba así. Marlene tenía ya esa extraña obsesión con Erythro que se había adueñado de ella en los últimos meses, y podía desaparecer con la misma rapidez que había surgido.
En resumidas cuentas, quejarse sería el colmo de la ingratitud. Nadie habría podido imaginar un mundo habitable en órbita alrededor de Némesis. Las condiciones que creaban esa habitabilidad eran notables.
Si se calcularan tales probabilidades y se les sumara la proximidad de Némesis al Sistema Solar, habría que negar toda posibilidad de que tal cosa hubiera sucedido.
Eugenia Insigna se volvió hacia los partes diarios que la computadora, con la paciencia infinita propia de su condición, esperaba para darle.
Sin embargo, antes de que pudiera formular una pregunta, su recepcionista le transmitió una señal y habló con voz suave en el diminuto altavoz prendido del hombro izquierdo de su vestidura.
—Aurinel Pampas desea verte. No ha concertado cita alguna. Insigna hizo un gesto de contrariedad; pero recordó al instante que lo había enviado en busca de Marlene.
—Déjale pasar —dijo.
Echó una mirada fugaz al espejo y comprobó que su apariencia era tolerable. Creyó parecer más joven de sus cuarenta y dos años, y esperó que otros lo vieran del mismo modo.
Parecía una bobada preocuparse por su apariencia debido a que un muchacho de diecisiete años estaba a punto de entrar; pero Eugenia Insigna había visto cómo la pobre Marlene miraba a aquel muchacho, y había adivinado lo que esa mirada dejaba traslucir. A Insigna no le pareció que Aurinel, tan propenso a admirar también su propia apariencia, viera en Marlene, la cual no había podido desembarazarse todavía de su adiposidad infantil, otra cosa que no fuera una chiquilla divertida. No obstante, si Marlene hubiera de afrontar un fracaso así, había que evitar que creyera que su madre era partícipe de ese fracaso por haberse mostrado algo más que afable con el muchacho.
De cualquier modo ella me culpará, pensó suspirando Insigna mientras el muchacho entraba con una sonrisa que no lograba disimular su timidez de adolescente.
—Bien, Aurinel —dijo ella—. ¿Encontraste a Marlene?
—Sí, señora. Justo donde me dijo que estaría, y le expliqué que a usted no le gustaba que estuviese allí.
—¿Y cómo se siente la chica?
—Si le interesa saberlo, doctora Insigna… No sé si será depresión o alguna otra cosa, pero le ronda por la cabeza una idea bastante rara. Tal vez a ella no le guste que se lo cuente a usted.
—Bueno, tampoco me agrada a mí hacer que la vigilen espías; pero ella tiene ideas extrañas con frecuencia; y eso me preocupa. Por favor, cuéntame lo que te dijo.
Aurinel meneó la cabeza.
—Está bien, pero no le diga que lo sabe por mí. Esta vez su idea es demencial de verdad. Marlene dijo que la Tierra va a ser destruida.
Esperó que Insigna se riera.
Sin embargo no lo hizo. Por el contrario, tuvo una explosión de enfado.
—¡Cómo! ¿Qué la ha inducido a decir tal cosa?
—Lo ignoro, doctora Insigna. Ella es muy inteligente, ya sabe; pero tiene esas ideas descabelladas.
Insigna le interrumpió.
—Sí, tal vez fuera eso. Ella tiene un extraño sentido del humor. Así que escúchame. No quiero que repitas tal cosa por ahí. No deseo que se propale una historia tonta. ¿Me entiendes?
—Por supuesto, señora.
—Te lo digo en serio. Ni una palabra.
Aurinel asintió enérgico.
—Pero gracias por contármelo, Aurinel. Es importante que lo hayas hecho. Hablaré con Marlene y averiguaré qué la inquieta… sin necesidad de revelarle que tú me lo dijiste.
—Gracias —respondió Aurinel—. Pero solo una cosa más, señora.
—¿De qué se trata?
—¿Se va a destruir la Tierra?
Durante un instante Insigna lo miró absorta y luego hizo una risa forzada.
—¡Claro que no! Ahora puedes irte.
La doctora lo contempló mientras se marchaba, al tiempo que pensaba que le hubiera gustado haber sido capaz de responder con una negativa más convincente.
3
Janus Pitt tenía una apariencia impresionante, lo cual le había ayudado en su ascenso al poder como comisario de Rotor. En los primeros días de la formación de los Establecimientos, hubo una oportunidad favorable para las personas de talla mediana. Por entonces se había pensado en establecer requisitos más modestos para el espacio y los recursos per cápita. Más adelante se estimó innecesaria esta medida precautoria y fue desechada; pero esa tendencia persistía en los genes de los primeros Establecimientos y el rotoriano medio seguía siendo un centímetro o dos más bajo que los ciudadanos ordinarios de Establecimientos ulteriores.
No obstante, Pitt era alto, con pelo gris acerado, rostro alargado, ojos de un azul profundo y un cuerpo que se conservaba todavía en buena forma pese al hecho de tener ya cincuenta y seis años.
Pitt levantó la vista y sonrió al entrar Eugenia Insigna; pero sintió el leve embate de intranquilidad, ya usual. Había algo en Eugenia que causaba siempre inquietud e incluso prevención. Ella tenía esas Causas (con mayúscula) con las que resultaba difícil bregar.
—Gracias por recibirme, Janus, pese a lo inmediato de mi visita.
Pitt colocó su computadora en posición de espera y se respaldó en la butaca adoptando, deliberadamente, un aire de sosiego.
—Vamos —dijo—, no hay ceremonias entre nosotros. Venimos juntos desde muy lejos.
—Y hemos compartido muchas cosas —agregó Insigna.
—Así es. ¿Cómo sigue tu hija?
—De ella vengo a hablar. ¿Estamos escudados? Pitt enarcó las cejas.
—¿Escudados? ¿Qué hay que escudar y de quién?
Sus propias preguntas le hicieron recordar la extraña posición en que se encontraba Rotor. Solo en el Universo para todo propósito práctico. El Sistema Solar distaba más de dos años luz, y tal vez no existiera ningún otro mundo portador de inteligencia en un radio de centenares de años luz o, según todo lo que se sabía, millones de años luz.
Quizá los rotorianos tuvieran accesos de soledad e incertidumbre, pero se veían libres de todo temor acerca de una interferencia exterior. Bueno, pensó Pitt, de casi todo temor.
—Sabes bien lo que se necesita escudar —dijo Insigna—. Fuiste tú quien insistió siempre en el secreto.
Pitt activó el escudo y dijo:
—¿Es preciso que volvamos a eso? Por favor, Eugenia, todo quedó acordado. Lo convinimos cuando partimos hace catorce años. Sé que cavilas acerca de ello de cuando en cuando…
—¿Cavilo acerca de ello? ¿Y por qué no? Es mi estrella —alzó un brazo como si apuntara hacia Némesis—. Es mi responsabilidad.
Pitt apretó las mandíbulas y pensó: ¿Tendremos que pasar por esto otra vez?
—Estamos escudados —dijo—. Explícame ahora lo que te inquieta.
—Marlene. Mi hija. Por una razón o por otra, ella lo sabe.
—¿Qué sabe?
—Lo de Némesis y el Sistema Solar.
—¿Cómo puede saberlo ella… a menos que se lo hayas contado?
Insigna abrió los brazos en actitud defensiva.
—No le he dicho nada, por supuesto; pero no necesito hacerlo. No sé cómo se las arregla, pero Marlene parece oír y ver todo. Y con las pequeñeces que oye y ve, forja sus ideas. Ha tenido siempre la facultad de hacerlo, pero este último año ha sido mucho peor.
—Bueno; en definitiva, ella hace conjeturas y a veces tiene atisbos atinados. Dile que se equivoca y verás cómo no vuelve a hablar de ello.
—Pero se lo ha contado ya a un joven, el cual vino a decírmelo. Aurinel Pampas. Un amigo de la familia.
—¡Ah, sí! Por alguna razón me he fijado en él. Pues no tienes más que aconsejarle que no escuche fantasías inventadas por una niña pequeña.
—No es una niña pequeña. Tiene ya quince años.
—Para él es una niña pequeña, te lo aseguro. Te he dicho que estoy al tanto de ese joven. Según mi impresión, el muchacho progresa de forma acelerada hacia la edad adulta, y recuerdo que, cuando yo tenía sus años, las chicas quinceañeras, sobre todo si eran…
—Te comprendo —dijo con amargura Insigna—. Sobre todo si eran bajas, rollizas y vulgares. ¿Acaso importa que ella sea también inteligentísima?
—Para ti y para mí… sin duda. Pero no para Aurinel. Hablaré con el chico. Tú ten una conversación con Marlene. Dile que su idea es ridícula, que no tiene nada de cierta, y que no conviene propalar por ahí cuentos de hadas.
—Pero ¿qué pasará si resulta ser cierto?
—Esa no es la cuestión. Mira, Eugenia, tú y yo hemos ocultado durante años esa posibilidad, y es mejor que continuemos ocultándola. Si se corre la voz, todo serán exageraciones y habrá sentimientos desorbitados acerca del asunto… sentimientos inútiles, lo cual solo servirá para distraernos de un trabajo que ha requerido todo nuestro tiempo desde que abandonamos el Sistema Solar y que quizá continúe requiriéndolo durante generaciones por venir.
Ella lo miró… consternada, incrédula.
—¿Es que no sientes nada de verdad por el Sistema Solar, por la Tierra, el mundo que fue origen de la Humanidad?
—Sí, Eugenia, tengo todo tipo de sentimientos al respecto. Pero son viscerales y no puedo permitirles que me desequilibren. Abandonamos el Sistema Solar porque pensamos que iba siendo hora de que la Humanidad se diseminara. Otros nos seguirán, estoy seguro: tal vez ya nos hayan seguido. Hemos hecho de la Humanidad un fenómeno galáctico y no debemos seguir pensando en función de un único sistema planetario. Nuestro trabajo está aquí.
Durante un momento, ambos se miraron fijamente; luego, Eugenia dijo con cierto tono de desesperanza:
—Me has hecho callar una vez más. ¡Me estás haciendo callar desde hace tantos años…!
—Sí, pero el año próximo tendré que hacerlo otra vez, y al siguiente. Tú no quieres resignarte, Eugenia, y me cansas. Con la primera vez debiera haber bastado.
Se volvió de nuevo a su computadora.
4
La primera vez que él la hizo callar había tenido lugar dieciséis años antes, el 2220, aquel año emocionante en el que se abrieron para ellos las posibilidades de la Galaxia.
Por entonces, el pelo de Janus Pitt tenía un color castaño oscuro y él no era todavía comisario del Rotor, aunque todo el mundo lo veía ya como el hombre del futuro. En esa época, Pitt dirigía el Departamento de Exploración y Comercio. Por otra parte, la Sonda Lejana estaba bajo su responsabilidad y era, en gran medida, el resultado de sus acciones.
Significaba la primera tentativa para proyectar materia a través del espacio mediante un propulsor con hiperasistencia.
Que se supiera, solo el Rotor había desarrollado le hiperasistencia, y Pitt había sido el defensor más acérrimo del secreto.
Él mismo había dicho en una asamblea del Consejo:
—El Sistema Solar está abarrotado. Cada vez son más los Establecimientos espaciales para los que no resulta fácil encontrar un lugar. Incluso el cinturón de asteroides es solo una mejora pasajera. Muy pronto se hallará atestado hasta la incomodidad. Y, lo que es más, cada Establecimiento tiene su equilibrio ecológico propio, y a este respecto estamos divergiendo bastante. Se estrangula el comercio por temor de captar los vestigios de parásitos o elementos patógenos de algún otro. La única solución, compañeros concejales, es abandonar el Sistema Solar… sin fanfarria, sin anuncios. Marchémonos y busquemos un nuevo hogar donde podamos constituir un mundo nuevo con nuestra propia Humanidad, nuestra propia sociedad, nuestro propio modo de vida. No es posible hacerlo sin la hiperasistencia… Lo que poseemos. A su debido tiempo, otros Establecimientos aprenderán esa técnica e iniciarán también la marcha. El Sistema Solar será como un diente de león despepitado, y sus diversos componentes se disgregarán por el espacio. Pero si nosotros nos vamos primero, encontraremos un mundo, quizá, antes de que nos imiten otros. Podremos establecernos con solidez, de modo que cuando los demás nos sigan y quizá encuentren nuestro nuevo mundo, tengamos la fuerza suficiente para enviarlos a otra parte. La Galaxia es inconmensurable y debe de haber sin duda otros lugares.
Se hicieron objeciones, claro está, y algunas feroces. Hubo quienes arguyeron por temor… Les daba miedo abandonar lo familiar. También los hubo que se resistían por sentimiento… Un fuerte sentimiento hacia el planeta natal. Y no faltaron los que se resistían por idealismo… Por el deseo de divulgar esos conocimientos para que otros pudieran también marchar.
Pitt había tenido pocas esperanzas de hacer prevalecer su criterio. Y si lo consiguió fue porque Eugenia le había facilitado el argumento decisivo. El hecho de que la doctora Insigna acudiera primero a él, había sido un golpe increíble de la fortuna.
Por aquel entonces, ella era muy joven, solo veintiséis años, estaba casada, pero no embarazada. La mujer mostraba excitación, agitación, e iba cargada con hojas de computadora.
Pitt recordaba haber fruncido el ceño ante su intrusión. Él era secretario del Departamento y ella… Bueno, ella era un don nadie, si bien, tal como iban a evolucionar los acontecimientos, aquel sería el último instante en que ella fuese un don nadie.
Por lo pronto, él no lo entendió así, claro está, y se incomodó con la intolerable irrupción. Se acobardó ante la exaltación evidente de la joven. Temió que se propusiera hacerle pasar por las infinitas complejidades de lo que quiera que tuviese entre manos; y, además, con un entusiasmo que sin duda le dejaría exhausto.
No, ella debería dejar un sumario breve a alguno de sus ayudantes. Y decidió decírselo así.
—Veo, doctora Insigna, que trae unos cuantos datos con el propósito de hacérmelos revisar. Me agradará dedicarles un rato a su debido tiempo. ¿Por qué no se los deja a alguno de mis colaboradores?
Tras decir esto, le señaló la puerta y esperó con verdadera ansia que ella diera media vuelta y se moviese en esa dirección. (Años después, se preguntaba algunas veces qué habría sucedido si ella le hubiese hecho caso. Solo de pensarlo se le helaba la sangre.)
Pero ella dijo:
—No, no, señor secretario; debo verle a usted y a nadie más —su voz temblaba como si no pudiera soportar la excitación—. Es el mayor descubrimiento que se ha hecho desde… desde… —renunció a terminar la frase—. ¡Es lo más grande!
Pitt miró dubitativo las hojas que ella sostenía. Las vio agitarse por el temblor pero no experimentó la misma agitación. Estos especialistas creían siempre que unos cuantos microavances en su microcampo trastornarían el sistema.
—Está bien, doctora —aceptó resignado—. ¿Podrá explicármelo con la mayor concisión posible?
—¿Estamos a salvo, señor?
—¿A salvo de qué?
—De que nos oigan. No quiero que nadie se entere hasta estar segura… por completo. Debo revisarlo una vez y otra hasta que no me quede la menor duda. Aunque, en realidad, no tengo duda alguna. Lo que digo parece no tener sentido, ¿verdad?
—No, no lo tiene —respondió con frialdad Pitt mientras colocaba la mano sobre un contacto—. Ya no puede escucharnos nadie. Ahora cuénteme.
—Está todo aquí. Se lo mostraré.
—No. Primero explíquemelo, con palabras. Y brevedad.
Ella hizo una inspiración profunda.
—Señor secretario, he descubierto la estrella más próxima a nosotros.
Sus pupilas se dilataron, su respiración se aceleró.
—La estrella más próxima es Alpha Centauri y eso se conoce desde hace siglos —respondió Pitt.
—Es la estrella más próxima que hemos conocido; pero no la más próxima que podemos conocer. Yo he descubierto una que está más cerca. El Sol tiene una compañera distante. ¿Es usted capaz de creérselo?
Pitt la estudió atento. Un caso típico. Quienes eran lo bastante jóvenes, lo bastante entusiastas y lo bastante inexpertos, explotaban siempre de forma prematura.
—¿Está segura?
—Lo estoy. De verdad. Permítame enseñarle los datos. Es lo más emocionante que ha acontecido en la Astronomía desde…
—Si es que ha acontecido. Y no me enseñe los datos. Los estudiaré más tarde. Primero cuénteme. Si hay una estrella mucho más cercana que la Alpha Centauri ¿por qué no ha sido descubierta hasta ahora? ¿Por qué se la eligió a usted para hacerlo, doctora Insigna?
Pitt comprendió que estaba abusando del sarcasmo, pero ella no pareció prestar atención a su tono porque estaba demasiado excitada.
—Hay una razón clara. Se halla detrás de una nube oscura, un soplo de polvo cósmico que se interpone entre la estrella acompañante y nosotros. Sin la absorción del polvo sería una estrella de octava magnitud y se habría hecho visible sin duda. El polvo merma la luz y la hace de magnitud decimonona, perdida entre muchos millones de otras estrellas tenues. No había ninguna razón para verla. Nadie la miraba. Se encuentra en el distante cielo meridional de la Tierra, de modo que, en los días previos al Establecimiento, casi ningún telescopio podía apuntar siquiera en esa dirección.
—Y siendo así, ¿cómo ha conseguido verla usted?
—Por la Sonda Distante. Fíjese, esa Estrella Vecina y el Sol están cambiando de posiciones relativas entre sí, claro está. Según supongo, ella y el Sol están girando muy despacio alrededor de un centro de gravedad común en un período de millones de años. Hace algunos siglos esas posiciones deben de haber sido tales que podríamos haber visto la Estrella Vecina en todo su esplendor a un lado de la nube; pero, así y todo, habríamos necesitado un telescopio, y los telescopios tienen solo seis siglos de antigüedad… es decir, son menos antiguos que las gentes en aquellos lugares de la Tierra desde donde habría sido visible la Estrella Vecina. Dentro de algunos siglos se la verá otra vez con claridad brillando al otro lado de la nube de polvo. Pero nosotros no hemos necesitado una espera de siglos. La Sonda Lejana nos la ha mostrado ahora.
Pitt sintió en su interior un punto de ignición, un foco recóndito irradiando calidez desde lo más hondo.
—¿Quiere decir usted que la Sonda Lejana fotografió la sección del cielo en que se halla la tal Estrella Vecina y que la Sonda Lejana profundizó en el espacio lo suficiente para ver alrededor de la nube y detectar la Estrella Vecina en todo su esplendor?
—Exacto. Encontramos una estrella de octava magnitud en un lugar donde no podía haber ninguna estrella de octava magnitud, y el espectro fue el de una enana roja. No es posible ver estrellas enanas rojas a gran distancia, así que esta debía de estar muy cerca.
—Sí; pero ¿por qué más cerca que la Alpha Centauri?
—Como es natural, estudié la misma área del cielo vista desde el Rotor y la estrella de octava magnitud no apareció allí. Sin embargo, había bastante cerca de ese lugar una estrella de decimonona magnitud que no estaba presente en la fotografía tomada por la Sonda Lejana. Supuse que esa estrella de decimonona magnitud era la estrella de octava magnitud, oscurecida, y atribuí el hecho de que ninguna de las dos ocupara, exactamente el mismo lugar, al afecto del desplazamiento paraláctico.
—Sí, eso lo comprendo. Un objeto próximo parece ocupar distintos lugares sobre un fondo distante cuando se observa desde distintos ángulos.
—Eso es. Pero las estrellas están tan distantes que, aun en el caso de que la Sonda Lejana se alejara una fracción considerable de un año luz, ese cambio de posición no ocasionaría una traslación perceptible en las estrellas distantes, pero sí en las cercanas. Y respecto a esa Estrella Vecina, se produjo una traslación enorme. Quiero decir, comparativamente. Inspeccioné el cielo para comprobar las posiciones diferentes de la Sonda Lejana en su viaje hacia el exterior. Hubo tres fotografías tomadas durante esos intervalos cuando el dispositivo se hallaba en el espacio normal, y la Estrella Vecina fue irradiando luminosidad creciente a medida que la Sonda la enfocaba más y más hacia el borde de la nube. A juzgar por el desplazamiento paraláctico, la Estrella Vecina estará a una distancia de dos años luz o poco más. Lo cual equivale a la mitad de la distancia de Alpha Centauri.
Pitt la miró caviloso y, en el largo silencio que siguió, aumentaron la inquietud e incertidumbre de ella.
—Secretario Pitt —dijo por fin Insigna—, ¿quiere usted ver ahora los datos?
—No —contestó él—. Me doy por satisfecho con lo que me ha dicho. Ahora necesito formularle algunas preguntas. Si la he entendido bien, me parece que la posibilidad de que alguien se concentre en una estrella de decimonona magnitud e intente calcular su paralaje y determinar su distancia, es desdeñable.
—Cero, por así decirlo.
—¿Hay otro medio de percibir que una estrella oscura está muy cerca de nosotros?
—Puede tener un movimiento propio… para una estrella. Quiero decir que, si la observamos con fijeza, su movimiento la hará cambiar de lugar en el cielo siguiendo una línea más o menos recta.
—¿Sería perceptible eso en este caso?
—Tal vez. Pero no todas las estrellas tienen un gran movimiento propio, incluso aunque estén cerca de nosotros. Se mueven en tres dimensiones, y nosotros vemos el movimiento propio en una proyección bidimensional. Puedo explicarle…
—No, sigo fiándome de su palabra. ¿Tiene un gran movimiento propio esa estrella?
—Se requeriría algún tiempo para determinarlo. Poseo algunas fotografías antiguas de esa parte del cielo y me ha sido posible detectar un movimiento propio apreciable. Hace falta trabajar más.
—¿Pero cree usted que tiene el tipo de movimiento propio que se haría ostensible para un astrónomo si este descubriera por casualidad la estrella.
—No, no lo creo.
—Entonces es posible que nosotros, en Rotor, seamos los únicos que conocemos la Estrella Vecina, pues somos también los únicos que han lanzado la Sonda Lejana. Ese es su campo, doctora Insigna. ¿Conviene usted conmigo en que somos los únicos que hemos lanzado una Sonda Lejana?
—La Sonda Lejana no es un proyecto muy secreto, señor secretario. Nosotros hemos aceptado experimentos de otros Establecimientos, y discutido ese renglón con todos, incluso con la Tierra que, en estos últimos tiempos, no muestra demasiado interés por la Astronomía.
—Sí, ellos se la ceden a los Establecimientos, lo cual es razonable. Pero, ¿acaso algún otro Establecimiento ha lanzado una Sonda Lejana y lo ha mantenido en secreto?
—Lo dudo mucho, señor. Para eso se necesitaría hiperasistencia, y nosotros hemos ocultado celosamente la técnica de la hiperasistencia. Si alguien la tuviese, estaríamos enterados, pues eso requeriría la realización de ciertos experimentos en el espacio que delatarían el hecho.
—Según el Convenio de la Ciencia Abierta, todos los datos obtenidos mediante la Sonda Lejana han de ser objeto de publicación. ¿Significa eso que usted ha informado ya…?
Insigna le interrumpió indignada.
—¡Claro que no! Necesitaría reunir mucho más material antes de publicar nada. Lo que tengo ahora es solo un resultado preliminar que le he transmitido a título confidencial.
—Pero usted no es el único astrónomo que trabaja con la Sonda Lejana. Supongo que habrá mostrado esos resultados a otros.
Insigna enrojeció y desvió la mirada. Luego, dijo con tono defensivo:
—No, no lo he hecho. Yo advertí este dato. Le seguí la pista. Elaboré su significado. ¡Yo! Y quiero asegurarme de que obtengo todo el mérito. Hay solo una estrella que está próxima al Sol y quiero figurar en los anales de la historia como su descubridora.
—Podría haber otra todavía más cercana.
Pitt se permitió la primera sonrisa de aquella entrevista.
—Se la habría conocido desde hace mucho. Incluso mi estrella sería conocida si no fuera por la presencia de esa tenue nube ocultadora tan desusada. Que haya otra estrella más cercana es una imposibilidad absoluta.
—Entonces todo se reduce a esto, doctora Insigna: usted y yo somos los únicos que conocemos la Estrella Vecina. ¿Estoy en lo cierto? ¿Nadie más?
—Sí, señor. Solo usted y yo hasta ahora.
—Nada de hasta ahora. Debe seguir siendo un secreto entre nosotros hasta que yo esté preparado para revelárselo a otras personas muy específicas.
—Pero el convenio… el Convenio de la Ciencia Abierta…
—Se ha de pasar por alto. Todo tiene siempre ciertas excepciones. Su descubrimiento afecta a la seguridad del Establecimiento. Si la seguridad del Establecimiento resulta afectada, no se nos podrá exigir que divulguemos el descubrimiento. ¿Acaso hemos divulgado la hiperasistencia?
—Pero la existencia de la Estrella Vecina no tiene relación alguna con la seguridad del Establecimiento.
—Sí la tiene, doctora Insigna. Quizá usted no se dé cuenta, pero ha desvelado algo que puede cambiar el destino de la especie humana.
5
Ella se quedó allí, inerte, mirándole con pasmo.
—Siéntate. Nosotros somos conspiradores, tú y yo, y debemos ser amigos. Desde ahora tú serás Eugenia para mí cuando estemos solos, y yo Janus para ti.
Insigna titubeó.
—No lo considero correcto.
—Tendrá que ser así, Eugenia. No podemos conspirar en términos fríos y ceremoniosos.
—Pero yo no quiero conspirar con nadie sobre nada, y eso es lo que esto significa. No veo la finalidad de mantener secretos los hechos concernientes a la Estrella Vecina.
—Te asusta la posibilidad de perder todo el mérito, supongo yo.
Por un instante Insigna vaciló y luego dijo:
—Puedes apostar hasta la última pieza de tu computadora a que es así, Janus. Quiero todo el mérito.
—Por el momento, olvida que existe la Estrella Vecina —dijo él—. Como sabes, desde hace bastante tiempo vengo insistiendo en que Rotor debiera abandonar el Sistema Solar. ¿Cuál es tu opinión al respecto? ¿Te gustaría dejar el Sistema Solar?
Eugenia se encogió de hombros.
—No estoy segura. Sería muy grato ver por primera vez algunos objetos astronómicos a corta distancia… Pero es también un poco estremecedor, ¿no crees?
—¿Te refieres a abandonar el hogar?
—Sí.
—Es que no abandonarías el hogar. El hogar es esto. Rotor —Pitt señaló con el brazo de un lado a otro—. El iría contigo.
—Incluso así, señor Sec… Incluso así, Janus, Rotor no representa por sí solo el hogar. Tenemos un vecindario, los otros Establecimientos, el planeta Tierra, todo el Sistema Solar.
—Es un vecindario multitudinario. Tarde o temprano algunos tendrán que marchar, tanto si lo quieren como si no. Antaño hubo una época sobre la Tierra en que ciertos pueblos se vieron obligados a cruzar cordilleras y océanos. Hace dos siglos, los pueblos de la Tierra tuvieron que abandonar su planeta camino de los Establecimientos. Esto es solo otro paso adelante en una historia muy antigua.
—Lo comprendo, pero hay también algunos pueblos que no han marchado jamás, que se apegan todavía a la Tierra. Hay pueblos que han vivido en pequeñas regiones de la Tierra durante incontables generaciones.
—Y tú quieres ser uno de esos sedentarios.
—Creo que Crile, mi marido, sí lo quiere. Se muestra muy reacio acerca de tus opiniones, Janus.
—Bueno, en Rotor tenemos libertad de expresión y pensamiento, de modo que él puede mostrar disconformidad si le place. Y hay otra cosa que me gustaría preguntarte. Cuando la gente, en Rotor o cualquier otro lugar, proyecta distanciarse del Sistema Solar, ¿adónde se propone ir por lo general?
—A Alpha Centauri, por supuesto. Es la estrella que todo el mundo cree más cercana. Ni con la hiperasistencia podríamos ir más aprisa que la velocidad de la luz, y por tanto requeriríamos cuatro años. Cualquier otro lugar exigiría mucho más tiempo, y cuatro años representan ya un viaje bastante largo.
—Supón que fuera posible viajar incluso más aprisa, e imagina que pudieras llegar mucho más allá de Alpha Centauri. ¿Adónde irías entonces?
Insigna se detuvo a pensar un rato y por fin dijo:
—Me figuro que también a Alpha Centauri, pues seguiría siendo la más próxima. De noche, las estrellas que viéramos serían las mismas. Estaríamos más cerca de casa si quisiéramos regresar. Además, Alpha Centauri A, la mayor del sistema de tres estrellas Alpha Centauri, es, virtualmente, una gemela del Sol. Alpha Centauri B es más pequeña pero no demasiado. E incluso si desestimaras a Alpha Centauri C, una enana roja, tendrías todavía dos estrellas por el precio de una, dos juegos de planetas por así decirlo.
—Supón que un Establecimiento ha partido hacia Alpha Centauri y, al encontrar allí una habitabilidad decente, decide establecerse y crear un mundo nuevo, mientras que, en el Sistema Solar, se tiene noticia de tal acontecimiento. ¿Adónde irían los siguientes Establecimientos una vez optaran por abandonar el Sistema Solar?
—A Alpha Centauri —contestó sin vacilar Insigna.
—Así que la especie humana propendería a dirigirse hacia el lugar evidente. Y, si un Establecimiento tuviera éxito, otros le seguirían sin dilación, hasta que el nuevo mundo estuviese tan abarrotado como el viejo, hasta que hubiese muchos pueblos con muchas culturas y, a su debido tiempo, muchos Establecimientos con muchas ecologías.
—Entonces habría llegado el momento de moverse hacia otras estrellas.
—Pero, escucha, Eugenia, el éxito en un lugar atraerá siempre a otros Establecimientos. Una estrella, un buen planeta, será punto de congregación.
—Supongo que sí.
—Pero, si vamos a una estrella que diste un poco más de dos años luz, la mitad de la distancia de Alpha Centauri, y nadie lo sabe salvo nosotros, ¿quién nos seguirá?
—Nadie, hasta que averigüe lo de la Estrella Vecina.
—Eso puede tardar muchísimo. Durante ese largo período, todos se congregarán en Alpha Centauri o en cualquiera de las escasas opciones que les queden. No se percatarán nunca de una estrella enana roja en su umbral; o, si se percatan, la descartarán como inadecuada para la vida humana… es decir, mientras no sepan que unos seres humanos la han convertido ya en una empresa próvida.
Insigna miró dubitativa a Pitt.
—¿Pero qué significa todo eso? Supón que vamos a la Estrella Vecina sin que lo sepa nadie. ¿Cuál es la ventaja?
—La ventaja es que podremos llenar el mundo. Si hay un planeta habitable…
—No lo habrá. No alrededor de una estrella enana roja.
—Entonces podremos utilizar cualquier materia prima que exista allí para construir cierto número de Establecimientos.
—¿Quieres decir que habrá más espacio para nosotros?
—Sí. Mucho más espacio que si ellos acudieran en rebaño detrás de nosotros.
—Así tendríamos un poco más de tiempo, Janus. Llegaría un momento en que habríamos llenado el espacio disponible en la Estrella Vecina. Aunque estuviésemos solos. Tardaríamos quinientos años en vez de doscientos. ¿Cuál sería la diferencia después de todo?
—Toda la diferencia que te sea posible concebir, Eugenia. Permite a los Establecimientos que se aglomeren como desean, y tendremos un millar de culturas diversas, acarreando consigo todas las rivalidades e inadaptaciones inherentes a la desalentadora historia de la Tierra. Si disponemos de tiempo para estar allí a solas, podremos construir un sistema de Establecimientos que sea uniforme en cultura y ecología. Será una situación mucho más propicia… menos caótica, menos anárquica.
—Y menos interesante. Menos diversificada. Menos viva.
—Nada de eso. Nosotros la diversificaremos. Estoy seguro. Los distintos Establecimientos tendrán sus diferencias; pero habrá por lo menos una base en común desde la cual surgirán esas diferencias. Por eso será un grupo de Establecimientos mucho más sano. Aunque me equivoque, verás que merece la pena intentar el experimento. ¿Por qué no dedicar una estrella a ese desarrollo razonado para ver si funciona? Podemos elegir una enana roja desdeñable, que no interesa a nadie, y usarla para comprobar si podemos crear un tipo de sociedad nuevo y, a ser posible, mejor.
Tras una pausa, Pitt continuó:
—Veamos lo que nos es posible hacer cuando nuestras energías no sufran desgaste y quebranto por la acción de diferencias culturales inútiles, y nuestra biología global no se vea pervertida constantemente por extrañas intrusiones ecológicas.
Insigna se sintió conmovida. Aunque el experimento no fuese positivo, la Humanidad habría aprendido una cosa: que eso no daba resultado. ¿Y si funcionaba? Pero al fin meneó la cabeza.
—Es un sueño vano. La Estrella Vecina será descubierta por otros conductos aunque nos esforcemos para guardar el secreto.
—¿Pero qué proporción de tu descubrimiento fue accidental, Eugenia? Ahora sé sincera. Acertaste a avistar la estrella. Acertaste a compararla con lo que podías ver en otro mapa. Solo eso. ¿No te podría haber pasado inadvertida por completo? ¿Y no podría pasar inadvertida a otros en circunstancias similares?
Insigna no contestó, pero la expresión de su rostro satisfizo a Pitt.
La voz de él se suavizó, se hizo casi hipnótica.
—Y si hay un retraso de solo cien años, si se nos conceden nada más que cien años para crear una nueva sociedad, seremos ya lo bastante grandes y fuertes para protegernos y hacer que otros pasen de largo hacia mundos distintos. No necesitaremos ocultarnos por más tiempo.
Insigna siguió sin reaccionar.
—¿Te he convencido? —inquirió Pitt.
La doctora pareció estremecerse.
—No del todo.
—Entonces reflexiona sobre ello. Solo te pediré un favor. Mientras lo piensas, no digas ni una palabra a nadie acerca de la Estrella Vecina, y déjame los datos relacionados con ella para ponerlos a buen recaudo. No los destruiré. Te lo prometo. Los necesitaremos si vamos a visitarla. ¿Te comprometerás hasta ese extremo, Eugenia?
—Sí —dijo al fin con voz tenue, y luego se animó—. Pero escucha una cosa. Necesito reservarme la facultad de dar nombre a la estrella. Le daré un nombre, pues en definitiva es mi estrella.
Pitt sonrió condescendiente.
—¿Cómo quieres que se llame? ¿La estrella de Insigna? ¿La estrella Eugenia?
—No, no soy tan insensata. Deseo que sea llamada Némesis.
—¿Némesis? ¿NÉ-ME-SIS?
—Sí.
—Y eso… ¿por qué?
—Allá por el siglo XX hubo un breve período de especulación sobre la posibilidad de una estrella vecina cercana al Sol. No se llegó a ninguna conclusión por entonces. No se encontró ninguna estrella vecina; pero los periódicos se refirieron a ella como Némesis. Yo quisiera honrar a esos audaces pensadores.
—Némesis… ¿No hubo una diosa griega llamada así? ¿Y, por cierto, bastante desagradable?
—La diosa de la venganza, del castigo justificado. Se incorporó al lenguaje como una palabra un tanto florida. La computadora la llamó «arcaica» cuando la consulté.
—¿Y por qué la llamarían Némesis esos veteranos?
—Algo relacionado con la nube cometaria. Al parecer, en sus evoluciones alrededor del Sol, Némesis atravesaba esa nube e inducía rayos cósmicos que aniquilaban grandes porciones de la vida terrestre cada veintidós millones de años.
Pitt pareció atónito.
—¿Es cierto eso?
—No, no lo es. La sugerencia no subsistió; pero, de todas formas, quiero que su nombre sea Némesis. Y que quede constancia que yo la bauticé.
—Te lo prometo, Eugenia. El descubrimiento es tuyo, y así constará en nuestros registros. A su debido tiempo, cuando el resto de la Humanidad descubra la región «nemesiana»… ¿crees que se podría llamar así?, sabrá quién hizo el descubrimiento y cómo ocurrió. Tu estrella, tu Némesis, será la primera estrella, aparte del Sol, que brille sobre una civilización humana cuyo origen estuvo en otro lugar.
Pitt la miró marchar y se sintió bastante confiado. Ella se avendría. Permitirle dar nombre a la estrella había sido el toque perfecto. Sin duda Eugenia querría ir a su propia estrella. Sin duda le atraería la idea de crear, alrededor de ella, una civilización lógica y ordenada de la cual se derivaran civilizaciones por toda la Galaxia.
Y entonces, justo cuando debiera haberse recreado con el resplandor de un futuro dorado, le sacudió un estremecimiento de horror que era impropio de él.
¿Por qué Némesis? ¿Por qué se le habría ocurrido a Eugenia llamarla como la diosa de la venganza?
Se sintió lo bastante débil como para considerarlo casi un mal augurio.
6
Era la hora de cenar, e Insigna tenía uno de esos momentos en que la atemorizaba un poco su propia hija.
Ese talante se había acentuado últimamente y ella no podía explicarse el porqué. Quizá fuera la creciente tendencia de Marlene al silencio, a la introversión, a dar la impresión de que estaba siempre comulgando con pensamientos demasiado hondos para ser exteriorizados.
Algunas veces, el temor inquietante de Insigna se mezclaba con la sensación de culpabilidad. Por su falta de paciencia maternal con la chica. Por la percepción excesiva de los defectos físicos de la muchacha. Era cierto que Marlene no tenía la belleza convencional de su madre ni el atractivo montaraz y nada convencional de su padre.
Marlene era baja… y achaparrada. Insigna no encontraba otra palabra que conviniera mejor a la pobre Marlene.
Y pobre, por supuesto. Este era el adjetivo que ella utilizaba casi siempre en el pensamiento y que apenas podía callar en su conversación.
Baja. Achaparrada. Rolliza sin ser obesa… Así era Marlene. No había en ella nada que tuviera gracia. Su cabello era castaño oscuro, más bien largo y muy lacio. Su nariz era un poco bulbosa, su boca se curvaba ligeramente hacia abajo en la comisura, su barbilla era pequeña. Tenía siempre una actitud pasiva, replegándose en sí misma.
Estaban los ojos, desde luego, grandes y de un negro brillante, con cejas oscuras y perfiladas que se arqueaban sobre ellos, y largas pestañas que parecían casi artificiales. Sin embargo, los ojos no podían paliar por sí solos todo lo demás, por muy fascinantes que llegaran a ser en algunos rarísimos momentos.
Desde que Marlene cumplió los cinco años, Insigna supo que la pequeña no atraería jamás a ningún hombre por su aspecto físico, y ello se había hecho cada vez más evidente al pasar el tiempo.
Aurinel le había lanzado miradas lánguidas durante su infancia, atraído a todas luces por su inteligencia precoz y su luminoso entendimiento. Y Marlene se había mostrado tímida y complacida en su presencia, aunque percibiera solo muy vagamente que había algo atrayente en un objeto llamado «chico»; pero sin saber a ciencia cierta qué podría ser.
En los dos últimos años, Insigna creía observar que Marlene había esclarecido al fin, en su mente, el significado de «chico». Su lectura omnívora de libros y las sesiones audiovisuales de películas demasiado viejas para su cuerpo aunque no para su mente, le habían ayudado sin duda a hacerlo; pero Aurinel había crecido también y sus hormonas empezaban a ejercer influjo sobre él de modo que los meros escarceos no eran ya lo que le interesaban.
Aquella noche, durante la cena, Insigna preguntó:
—¿Y cómo ha sido tu jornada, querida?
—Puedes estar tranquila. Aurinel vino a buscarme, y supongo que te informaría. Siento que te tomes la molestia de seguirme los pasos.
Insigna suspiró:
—Pero, Marlene, es que no puedo evitar pensar algunas veces que te sientes desgraciada. ¿No es natural que eso me preocupe? Te pasas demasiado tiempo sola.
—Me gusta estar sola.
—Pues no lo demuestras. No das señales de felicidad por el hecho de estar sola. A muchas personas les gustaría ser amigables contigo, y tú serías más feliz si les dejaras serlo. Aurinel es tu amigo.
—Era. Estos días está muy ocupado con otras personas. Hoy eso se ha hecho evidente. Me enfureció. ¿Te lo imaginas todo encandilado porque pensaba en Dolorette?
—Escucha, Marlene, no puedes culpar a Aurinel —dijo Insigna—. Dolorette tiene su edad.
—Físicamente —farfulló Marlene—. ¡Menuda cabeza de chorlito!
—Lo físico cuenta mucho a su edad.
—Él no lo disimula. Eso le convierte también en un cabeza de chorlito. Cuanto más babea sobre Dolorette tanto más huera tiene la cabeza. Puedo atestiguarlo.
—Pero él sigue creciendo, Marlene, y cuando sea un poco mayor descubrirá cuáles son las cosas importantes de verdad. Tú crecerás también, ya sabes…
Marlene miró con fijeza burlona a Insigna. Luego dijo:
—Vamos, madre. Tú no crees lo que estás intentando insinuar. No te lo crees ni por un instante.
Insigna se sonrojó. De súbito se le ocurrió que Marlene no estaba haciendo conjeturas. Lo sabía a ciencia cierta. Pero… ¿cómo lo sabía? Ella había hecho su observación con la mayor sinceridad posible, había procurado sentirlo. Pero Marlene lo vislumbró sin el menor esfuerzo. Además, no era la primera vez. Insigna había empezado a creer que Marlene sopesaba las inflexiones, los titubeos, los movimientos, y sabía siempre lo que uno no quería que supiera. Tal vez fuera esa facultad lo que hacía que Insigna sintiera cada vez más temor de Marlene. A uno no le agrada ser de cristal ante la mirada displicente de otra persona.
Por ejemplo, ¿qué había dicho ella para hacer creer a Marlene que la Tierra estaba condenada a la destrucción? Sería preciso abordar esa cuestión y discutirla.
Insigna sintió una fatiga súbita. Si no le fuera posible engañar nunca a Marlene ¿para qué intentarlo?
—Está bien —dijo—. Vamos al grano, querida. ¿Qué es lo que quieres?
—Rotor no es todo lo que hay, madre.
—Por descontado. Pero sí es todo lo que hay a más de dos años luz.
—No, madre, no es así. A menos de dos mil kilómetros está Erythro.
—Eso cuenta muy poco. Allí no puedes vivir.
—Hay gente viviendo allí.
—Sí, pero bajo una cúpula. Un grupo de científicos e ingenieros vive en ese lugar porque está haciendo un trabajo científico necesario. La cúpula que les cobija es mucho más pequeña que Rotor. Y si te sientes atrapada aquí, ¿qué no sentirías allí?
—En Erythro hay un mundo entero fuera de la cúpula. Algún día la gente se diseminará y vivirá por todo el planeta.
—Tal vez. Pero no es una cosa que se pueda tener por cierta, ni mucho menos.
—Estoy convencida de que lo es.
—Aunque lo fuera, requeriría siglos.
—Pero se ha de comenzar. ¿Por qué no puedo formar parte de ese comienzo?
—Eres un poco ridícula, Marlene. Aquí tienes un hogar muy confortable. ¿Cuándo empezó todo esto?
Marlene apretó los labios y luego dijo:
—No estoy segura. Hace unos meses. Pero va de mal en peor. No puedo soportar la vida aquí, en Rotor.
Frunciendo el ceño, Insigna miró a su hija. Y pensó: Ella siente que ha perdido a Aurinel, se le ha roto el corazón para siempre, se marchará creyendo que al hacerlo así lo castiga. Se condenará al exilio en un mundo yermo y él lo sentirá…
Sí, ese curso de ideas era muy verosímil. Recordó cuando ella tenía quince años. El corazón es tan frágil a esa edad que un ligero golpe puede resquebrajarlo. Los adolescentes se curan aprisa pero ninguna chica de quince años quiere o puede creerlo, a la sazón. ¡Quince años! Fue después, bastante después, cuando… ¡No valía la pena pensar en eso!
—¿Qué es lo que te atrae de Erythro, Marlene? —inquirió.
—No lo sé muy bien. Es un mundo vasto. ¿Acaso no es natural querer un mundo vasto… como —vaciló unos instantes antes de pronunciar las dos últimas palabras pero haciendo un esfuerzo las soltó—: la Tierra?
—¡Como la Tierra! —Insigna habló con vehemencia—. Tú no has estado jamás allí. ¡No sabes nada acerca de la Tierra!
—He visto mucho sobre ella, madre. Las filmotecas están llenas de películas en las que se presenta la Tierra.
Eso era cierto. Durante algún tiempo Pitt había creído que se deberían confiscar esas películas… incluso destruirlas. Él opinaba que escapar del Sistema Solar significaba «escapar»; era erróneo sustentar un romanticismo artificioso acerca de la Tierra. Insigna lo había refutado con energía, pero ahora le pareció comprender de repente el criterio de Pitt.
—Marlene —dijo—, no puedes guiarte por esas películas. Todas ellas idealizan las cosas. La mayoría se refieren a un pasado remoto, cuando las cosas en la Tierra iban mejor. Y, además, no fue nunca tan bueno como lo pintan.
—Incluso así.
—No, no «incluso así». ¿Sabes lo que es la Tierra? Un tugurio inhabitable. Por eso muchas personas la han abandonado para constituir los Establecimientos. Personas que renunciaron al inmenso y espantoso mundo de la Tierra por los pequeños Establecimientos civilizados. Nadie quiere ir en la otra dirección.
—Hay billones de personas que viven todavía en la Tierra.
—Eso es lo que la hace un hervidero inhabitable. Los que están allí la abandonan en cuanto pueden. Esa es la razón de que se hayan construido tantos Establecimientos y todos estén tan abarrotados. Esa es la razón de que nosotros hayamos abandonado el Sistema Solar para venir aquí, querida.
Marlene dijo en voz baja:
—Padre era un terrícola. Él no abandonó la Tierra aunque pudo haberlo hecho.
—No, no lo hizo. Se quedó atrás.
Insigna frunció el ceño e intentó mantener el tono de naturalidad.
—¿Por qué, madre?
—Vamos, Marlene. Ya hemos hablado de eso. Muchas personas se quedaron en casa. No quisieron dejar los lugares con los que estaban identificados. Casi todas las familias que hay en Rotor tuvieron hogares en la Tierra. ¿Quieres volver a la Tierra? ¿Se trata de eso?
—No, madre. Ni mucho menos.
—Aunque quisieras ir, te encuentras a más de dos años luz y no puedes hacerlo. Seguramente lo entiendes.
—Claro que lo entiendo. Solo intentaré hacer constar que aquí mismo tenemos otra tierra. Es Erythro. Ahí es adonde quiero ir, ahí es adonde me muero por ir.
Insigna no pudo contenerse. Casi con horror, se oyó a sí misma decir:
—Así que deseas separarte de mí, como hizo tu padre.
Marlene dio un respingo; pero se serenó y planteó:
—¿Es cierto, madre, que él se separó de ti? Quizá las cosas hubieran sido diferentes si tu comportamiento hubiese sido otro —luego, añadió muy tranquila como si anunciase que había acabado de cenar—: Tú le empujaste a ello, ¿no es cierto, madre?