I. BROTES DE PRIMAVERA
Siendo yo una niña, mi padre me compró una preciosa casa de muñecas hecha a mano. Era un mundo mágico en miniatura, con hermosas muñequitas de porcelana, mobiliario, e incluso pinturas, candelabros y alfombras, todo hecho a escala. Pero la casa estaba encerrada en una caja de cristal y nunca se me permitió tocar a la familia que la habitaba. En realidad, ni siquiera me permitieron tocar la caja, para que no la ensuciara. Los objetos delicados habÃan peligrado siempre en mis manos grandes, y la casa de muñecas podÃa ser admirada por mÃ, pero nunca tocada.
La tenÃa en mi dormitorio, colocada encima de una mesa de roble, debajo de las ventanas de guillotina con sus cristales de colores. El sol que penetraba a través de las vidrieras esparcÃa un cielo suavemente teñido con los matices del arco iris sobre aquel pequeño universo, y los rostros de la familia en miniatura resplandecÃan de felicidad. Incluso los sirvientes en la cocina, el mayordomo vestido con su librea blanca cerca de la puerta principal y la niñera en el cuarto de los niños, todos mostraban un aspecto satisfecho.
Asà era como debÃa ser, y como serÃa siempre, tal como yo esperaba y rogaba fervientemente que fuese para mà algún dÃa. En aquel mundo en miniatura no habÃa sombras; ya que, incluso en los dÃas encapotados, cuando las nubes oscurecÃan e] ambiente exterior, los cristales de colores de las ventanas convertÃan mágicamente la luz gris en irisada.
El mundo real, mi propio mundo, siempre parecÃa gris, sin los colores del arco iris. Gris para mis ojos, demasiado severos según me decÃan, gris para mis esperanzas, gris para la solterona que nadie querÃa. A los veinticuatro años yo era una solterona, una doncella vieja. Al parecer, mi estatura y mi inteligencia intimidaban a los jóvenes elegibles. El mundo del arco iris, del amor, el matrimonio y los bebés, siempre serÃa tan inalcanzable para mà como aquella casa de muñecas que yo admiraba tanto. Tan sólo en la fantasÃa se elevaban mis esperanzas.
En mis fantasÃas yo era bonita, alegre, encantadora, como las otras mujeres jóvenes que habÃa conocido pero con las que nunca hice amistad. Mi vida era solitaria, ocupada principalmente por sueños y libros. Y aunque jamás hablaba de ello, me aferraba a la pequeña esperanza que mi madre me habÃa dado antes de morir.
—La vida se parece mucho a un jardÃn, Olivia. Y las personas somos como diminutas semillas, nutridas por el amor, la amistad y los cuidados. Si se les dedica el tiempo y la atención suficientes, incluso una vieja planta raquÃtica, abandonada en un patio árido, florecerá cuando menos se espere. Y ésos son los brotes más preciosos, los más queridos. Tú serás una flor de esa especie, Olivia. Quizá necesites algún tiempo, pero tu momento de florecer llegará.
Echaba mucho de menos a mi optimista madre. Yo tenÃa dieciséis años cuando ella murió, justo cuando más necesitada estaba de esas conversaciones de mujer a mujer con las que me explicarÃa cómo conquistar el corazón de un hombre, cómo parecerme a ella; respetable y competente y sin embargo una mujer en todos los sentidos. Mi madre siempre estaba ocupada en algo, y en todo era eficiente y responsable. Superaba cualquier crisis; pero cuando ésta terminaba, siempre habÃa otra a punto. Mi padre parecÃa satisfecho al ver ocupada a mi madre. De qué modo no importaba.
Mi padre solÃa decir que aunque las mujeres no se ocuparan de asuntos graves, eso no significaba que hubieran de holgazanear. Ellas tenÃan quehaceres «femeninos».
Sin embargo, cuando llegó el momento me animó para que fuese a la escuela de comercio. Le parecÃa justo y adecuado que yo me convirtiera en su contable particular, concederme un lugar en su despacho, una habitación masculina, una de cuyas paredes estaba cubierta por armas de fuego y otra con retratos de sus expediciones de caza y de pesca, una estancia que siempre olÃa a humo de cigarros y a whisky, y su alfombra marrón oscuro era la más desgastada de la casa. Me destinó una parte de su gran mesa escritorio de roble negro para que yo trabajase con toda meticulosidad en sus cuentas, las facturas de negocios, los salarios de sus empleados, e incluso los gastos domésticos. Ayudandolé en esto, con frecuencia me sentÃa más como si fuera el hijo que él siempre habÃa deseado y nunca consiguió, que en mi propia condición de hija. Yo me esforzaba por complacer a todos, sin embargo parecÃa que nunca conseguÃa ser lo que los demás querÃan.
Mi padre decÃa muchas veces que yo serÃa una gran ayuda para cualquier marido, y por ello yo estaba convencida de que ése era el motivo de haberme hecho estudiar comercio y por lo que tenÃa aquella experiencia. Él nunca lo expresó con tanta claridad; pero es como si me lo hubiera dicho. Una mujer de un metro ochenta necesitaba algo más para capturar el amor de un hombre.
SÃ, yo tenÃa esa estatura; me habÃa disparado en mi crecimiento siendo adolescente y con gran disgusto mÃo, hasta unas proporciones gigantescas. Yo era la planta de habichuelas en el jardÃn de Jack. Yo era el gigante. En mà no habÃa nada de delicado ni frágil.
PoseÃa el pelo castaño rojizo de mi madre; pero tenÃa los hombros demasiado anchos y grandes senos. A veces me observaba de pie delante del espejo y deseaba que mis brazos fuesen más cortos. Mis ojos grises eran demasiado alargados y semejantes a los de un gato, y mi nariz en exceso puntiaguda. TenÃa los labios delgados y un aspecto pálido y grisáceo. Gris, gris, gris. ¡Cómo deseaba haber sido bonita y brillante! Cuando me sentaba ante mi coqueta de mármol heliotropo e intentaba ruborizarme y parpadear para parecer coqueta, lo único que conseguÃa era parecer tonta. No deseaba tener aspecto de mujer vana y boba; sin embargo me sentaba frente a la casa de muñecas dentro de su caja de cristal, y estudiaba el rostro de porcelana, lindo y delicado, de la diminuta esposa. Deseaba con toda mi alma aquella cara. Quizás, entonces, aquél serÃa mi mundo.
Pero no lo era.
De modo que abandonaba mi esperanza presidida por las figuras de porcelana y me ocupaba de mis quehaceres.
Si mi padre habÃa querido realmente hacerme más atractiva para un hombre proporcionándome una educación y experiencia práctica en los negocios, debÃa sentir una amarga desilusión ante los resultados. Los caballeros, que se me acercaban, a causa de las maquinaciones paternas según descubrÃ, tal como venÃan se alejaban. A pesar de todos los esfuerzos, yo seguÃa en estado de merecer. Yo temÃa que mi dinero, el dinero de mi padre que yo heredarÃa, atrajera a mi puerta a algún hombre que fingiera estar enamorado de mÃ. Creo que mi padre recelaba lo mismo, porque un dÃa me habló asÃ:
—He dispuesto en mi testamento que el dinero que recibas sea solamente tuyo, para que hagas con él lo que te plazca. Ningún marido podrá controlar tu fortuna simplemente por el hecho de haberse casado contigo.
Hizo su declaración y se alejó antes de que yo pudiera responderle. Después examinó con gran cuidado los candidatos para mi romance, exhibiéndome tan sólo ante los caballeros de más alto nivel, hombres que poseÃan cierta fortuna personal. Pero todavÃa no habÃa conocido yo ninguno al que no sobrepasara en estatura, o que no menospreciara lo que yo decÃa. ParecÃa estar destinada a morir soltera.
Pero ése no era el deseo de mi padre.
—Esta noche vendrá a cenar un joven —anunció un viernes por la mañana a últimos de abril—, y debo decir que es uno de los que me han hecho mejor impresión. Quiero que te pongas aquel vestido azul que te hiciste la última Pascua.
—Oh, papá —y estaba a punto de objetar «¿Para qué preocuparse?», pero él se anticipó a mi reacción.
—No discutas y, por el amor de Dios, cuando nos sentemos a la mesa no empieces a hablar del movimiento de las sufragistas.
Se me encendieron los ojos. Papá sabÃa cuánto me enfurecÃa si me reprimÃa como a uno de sus caballos.
—Tan pronto como un hombre se interesa por ti, tú desafÃas los privilegios masculinos más apreciados. Nunca falla. El vestido azul —repitió; luego, dio la vuelta y se alejó antes de que yo pudiera discutir con él.
Me pareció inútil cumplir ante mi coqueta los ritos acostumbrados. Me lavé vigorosamente la cabeza y después me senté para cepillarme cien veces el cabello; lo ahuequé y me lo recogà detrás con las peinetas de marfil que mi padre me habÃa regalado por Navidad el año anterior. El resultado era cuidadoso, pero severo.
Mi padre no sabÃa, o parecÃa no reconocer, que yo habÃa encargado el «vestido azul» porque deseaba uno parecido a los que llevaban las mujeres en las fotografÃas de moda. El corpino era lo bastante escotado para exponer un poco la plenitud de mi pecho y la apretada cintura daba a mi cuerpo la sugerencia de una figura «reloj de arena». Era de seda, y tenÃa una textura de suavidad excepcional y un brillo en nada parecido a todo lo demás que yo poseÃa. Las mangas estaban cortadas justo por encima del codo, pues yo creÃa que eso hacÃa que mis brazos parecieran más cortos.
Me puse el colgante de zafiro azul de mi madre, pensando que favorecÃa mi cuello y le daba un aspecto de mayor delgadez. TenÃa las mejillas sonrosadas, pero no habrÃa podido asegurar si era a causa de mi cuerpo sano o debido a mi nerviosismo. Estaba nerviosa. HabÃa pasado anteriormente muchas veladas como aquélla, contemplando el desaliento en la cara de mi pretendiente cuando se levantaba para saludarme y veÃa que yo le sobrepasaba en altura.
Sencillamente me estaba entrenando para un fracaso más.
Cuando llegué al piso de abajo, ya habÃa llegado el invitado. Estaban reunidos en el despacho. Oà la fuerte risa de mi padre, y después la voz del caballero, baja pero de profundas resonancias, la voz de un hombre seguro de sà mismo. Presioné las palmas de las manos contra mis caderas para secar la humedad, y me acerqué a la puerta.
En cuanto aparecÃ, Malcolm Neal Foxworth se levantó y mi corazón dio un vuelco. Sobrepasaba el metro ochenta de estatura y era seguramente el joven más atractivo que habÃa venido a nuestra casa.
—Malcolm —dijo mi padre—. Me enorgullece presentarte a mi querida hija.
Él me cogió de la mano y dijo:
—Encantado, Miss Winfield.
Le miré directamente a los ojos azul celeste. Y él contemplaba con la misma intensidad los mÃos. No habÃa creÃdo nunca en historias románticas de colegiala, de esas que hablan de amor a primera vista; pero sentà que su mirada se deslizaba por mi corazón y se alojaba en el fondo de mi estómago.
TenÃa el cabello muy rubio, algo más largo por detrás de como solÃan llevarlo los hombres, pero los mechones estaban peinados meticulosamente y su aspecto era de una finura adorable. La nariz era fuerte y aguileña y la boca fina y recta. Hombros anchos, caderas estrechas; poseÃa un aire casi atlético. Y por la manera de mirarme, con una sonrisa irónica, casi divertida, se notaba que estaba acostumbrado a que las mujeres cayeran a sus pies. «Vaya —pensó—, no debo darle más motivos para que se divierta con Olivia Winfield. Naturalmente un hombre asà no se hubiera molestado ni en decirme qué hora era, y ya me veÃa soportando otra de las veladas condenadas al fracaso casamentero de mi padre. Le estreché firmemente la mano, le devolvà la sonrisa y rápidamente desvié la vista.
Después de presentarnos, mi padre explicó que Malcolm acababa de venir a New London, desde Yale, donde habÃa asistido a una reunión académica. Estaba interesado en invertir en la industria de construcción de barcos porque creÃa que, una vez terminada la Gran Guerra, se desarrollarÃan los mercados de exportación. Por lo que supe aquella noche sobre sus actividades, comprendà que ya era dueño de algunas fábricas textiles, que participaba en la dirección de algunos Bancos y poseÃa varios aserraderos en Virginia. Estaba asociado con su padre en los negocios, pero éste, aunque solamente contaba cincuenta y cinco años, estaba confuso. Más tarde supe lo que aquello querÃa decir.
Durante la cena traté de mostrarme cortés, serena y silenciosa, como mi progenitor querÃa que fuese, y tal vez como era mi madre. Margaret y Philip, nuestros criados, sirvieron una elegante cena con buey Wellington, un menú que mi propio padre habÃa escogido, cosa que sólo hacÃa en ocasiones especiales. Mi pareció obvio al decir:
—Olivia tiene un tÃtulo universitario, ¿sabes? Posee un diploma comercial y cuida de la mayor parte de mi contabilidad.
—¿De verdad? —Malcolm pareció auténticamente impresionado; sus ojos azul celeste brillaron más todavÃa, interesados, y sentà que me dirgÃa una segunda mirada más formal—. ¿Y le gusta el trabajo, Miss Winfield?
Lancé una mirada a mi padre que estaba repantigado en su silla de arce claro, de alto respaldo, y asentÃa como si me incitara a responder. Yo sentÃa grandes deseos de gustar a este Malcolm Foxworth, pero estaba decidida a mostrarme tal como era.
—Es mejor llenar el tiempo con actividades sensatas y productivas —declaré—. Incluso para una mujer.
La sonrisa de mi padre se desvaneció, pero la de Malcolm se ensanchó.
—Estoy de acuerdo por completo —aprobó sin volverse hacia mi padre—. Opino que la mayorÃa de las mujeres llamadas hermosas son vanas y bastante tontas. Parece como si les bastara su belleza para vivir, Yo prefiero a las chicas inteligentes que saben pensar por sà mismas y puedan ser valores reales para sus maridos.
Mi padre se aclaró la garganta.
—SÃ, claro, claro —corroboró, y desvió la conversación de nuevo hacia la industria naviera.
SabÃa de buena tinta que la flota de la marina mercante, construida para el esfuerzo de la guerra, pronto serÃa ofrecida a propietarios privados. Su tópico acaparó la atención de Malcolm durante la mayor parte de la cena; a pesar de ello, yo sentÃa que sus ojos se dirigÃan hacia mà de cuando en cuando; y algunas veces, cuando yo alzaba la mirada hacia él, me sonreÃa.
Jamás habÃa estado sentada con uno de los invitados de mi padre sintiéndome tan fascinada. Nunca me habÃa sentido tan bien acogida en la mesa. Malcolm se mostraba cortés con mi padre, pero me parecÃa evidente que deseaba más hablar conmigo.
¡Conmigo!
¿El hombre más atractivo de todos los que habÃan venido a nuestra casa estaba interesado por mÃ? Ese hombre podÃa tener a un centenar de bellas muchachas que le adorarÃan toda su vida. ¿Por qué habÃa de interesarse por una chica fea como yo? A pesar de ello, cuánto deseaba yo no estar imaginando aquellas miraditas de reojo, las veces que me pidió que le pasara cosas que él hubiera podido alcanzar fácilmente, la manera en que intentaba hacerme participar en la conversación. Quizás, aunque nada más fuese por unas horas, podÃa permitir que floreciera mi tenue capullo de esperanza. ¡Solamente esa noche! Al dÃa siguiente dejarÃa que todo fuese gris otra vez.
Después de la cena, Malcolm y mi padre se fueron al despacho para fumar y hablar más extensamente de las inversiones que Malcolm querÃa hacer. Y con ellos se alejaron mis esperanzas, de florecimiento breve y pronto marchitas. Como es natural, Malcolm no estaba interesado en mÃ, sino en realizar negocios con mi padre. Se quedarÃan en el despacho el resto de la velada. Ya podÃa yo retirarme a mi habitación para leer la nueva novela que estaba llamando la atención, La edad de la inocencia de Edith Wharton. Pero en vez de retirarme a mi habitación decidà bajar el libro a la sala de estar y leer bajo la lámpara de Tiffany, dándome por satisfecha con ver a Malcolm para despedirme de él.
A aquella hora de la noche la calle estaba muy silenciosa, pero miré hacia fuera y vi a una pareja que paseaba, cogidos del brazo. «Asà es como caminarÃan mis muñecos encerrados dentro de su caja de cristal, el marido y la mujer, si pudieran escapar de su prisión», pensé. Contemplé a la pareja hasta que desapareció al dar la vuelta a la esquina. Cuánto deseaba yo pasear algún dÃa con un hombre al lado de esa misma manera, un hombre como Malcolm. Pero no serÃa asÃ. ParecÃa que Dios era insensible a mis esperanzas y estaba sordo a mis ruegos pidiendo amor. Suspiré. Mientras volvÃa a la lectura de mi libro, me di cuenta de que todo lo que yo iba a llegar a conocer del amor y de la vida serÃa a través de la lectura.
Descubrà entonces a Malcolm en el umbral. ¡Vaya, si habÃa estado observándome! Se hallaba de pie, muy tieso y silencioso, con los hombros echados hacia atrás, la cabeza alta. En sus ojos habÃa una expresión calculadora, como si estuviera evaluándome sin que yo me diese cuenta, pero no supe qué conclusión sacar de eso.
—¡Oh!
La sorpresa me encendió las mejillas. Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que pensé que él lo oirÃa desde el otro extremo de la sala.
—Hace una noche espléndida —comentó—. ¿Le apetece que demos un paseo?
Por un momento me quedé mirándolo. ¡QuerÃa llevarme a pasear!
—Sà —respondÃ.
Pude comprobar que le gustó la manera en que llegué a una decisión rápida. No traté de parpadear o mostrarme dudosa cubriendo las formas con coqueterÃa. Yo estaba deseando salir a pasear y deseaba muchÃsimo más salir a pasear con él. Iba a mostrarme exactamente tal como era, confiando que prosperase aquel interés que Malcolm parecÃa sentir por mÃ.
—Voy arriba a buscar mi abrigo.
Me alivió tener un motivo para alejarme y recuperar el aliento.
Cuando regresé, Malcolm me esperaba junto a la puerta principal. Philip, que le habÃa traÃdo el sobretodo, se hallaba de pie a su lado esperando para abrirnos la puerta. Me pregunté dónde estarÃa mi padre y si esto era algo que él habÃa arreglado. Aunque hiciera tan poco tiempo que conocÃa a Malcolm, creÃa que no era un hombre al que pudieran obligar a hacer lo que no quisiera.
Cuando Philip abrió la puerta principal, percibà una mirada de satisfacción en sus ojos. Daba su aprobación a este caballero.
Malcolm me cogió del brazo y me escoltó bajando los seis peldaños de la escalinata. Ambos permanecimos silenciosos mientras recorrÃamos la avenida hasta llegar a la puerta del jardÃn. La abrió y se apartó a un lado para que yo pasara primero. Era una noche fresca de abril con una insinuación de primavera en el aire. Los árboles que habÃa a la entrada todavÃa alzaban al cielo sus ramas grises y desnudas, pero su rigor se mitigaba por centenares de diminutos brotes a punto de saltar a la vida. Sin embargo, el frÃo del invierno se hallaba aún suspendido en el aire, yo seguÃa llevándolo dentro. En un momento de locura sentà la tentación de volverme hacia Malcolm y acurrucarme en sus brazos, algo que ciertamente nunca habÃa hecho con ningún hombre, ni siquiera con mi padre. Caminé decidida y señalé en dirección al rÃo.
—Si vamos hasta el final de la calle —dije— y giramos hacia la derecha, tendremos una hermosa vista del Támesis.
—Espléndido —aceptó Malcolm.
Una de mis fantasÃas habÃa sido siempre la de pasear por la orilla del rÃo al lado de un hombre que se estaba enamorando de mÃ. Mis emociones se confundÃan. Eran tantas las esperanzas y los temores. Sentimientos terribles fluÃan por todo mi cuerpo. Estaba aturdida. Pero no podÃa permitir que Malcolm percibiera mi agitación, de modo que me mantenÃa erguida, con la cabeza muy alta mientras caminábamos. Pasaban las luces de los barcos, que iban de un lado a otro con sus cargamentos, y, como la noche era tan oscura, vistas de lejos reflejándose en el agua, parecÃan luciérnagas atrapadas en telarañas.
—Una vista muy hermosa —respondió Malcolm.
—SÃ.
Y planteó:
—¿Cómo es que su padre todavÃa no la ha casado? No voy a insultar su inteligencia diciéndole que es usted hermosa; pero sà extraordinariamente atractiva, y es evidente que posee una mente fuera de lo común. ¿Por qué no la ha capturado ningún hombre todavÃa?
—¿Por qué no se ha casado todavÃa usted? —repliqué.
Se echó a reÃr.
—Responde a una pregunta con otra. Muy bien, Miss Winfield —prosiguió—; si quiere usted saberlo, creo que la mayorÃa de mujeres de hoy resultan aburridas con sus esfuerzos para ser seductoras. Un hombre que se toma en serio su vida, que está decidido a construir algo significativo para sà y para su familia, me parece que ha de evitar ese tipo de mujer.
—¿Y solamente ha conocido usted mujeres de ésas? —pregunté; y, aunque no pudiera verlo, presentà que se habÃa ruborizado—. ¿No ha buscado otras?
—No. He estado muy ocupado con mis negocios.
Nos detuvimos y Malcolm se quedó mirando los navios.
—Si me permite ser un poco atrevido —prosiguió—, creo que usted y yo tenemos algunas cosas en común. Por lo que su padre me ha dicho y por lo que puedo observar, usted es una persona de mente formal, pragmática y diligente. Aprecia el mundo de los negocios y por tanto ya se encuentra bastante por encima de las mujeres que hay en este paÃs.
—Se debe a cómo las han tratado la mayorÃa de los hombres.
Lo habÃa dicho con rapidez. Y Qasi me mordà los labios. No tenÃa intención de argumentar mis opiniones; pero aquellas palabras parecÃan haberse formado por sà mismas en mis labios.
—No lo sé. Tal vez sea asà —se apresuró a responder—. Pero la realidad es que lo que le he dicho es cierto. Y también tenemos otras cosas en común —añadió cogiéndome suavemente del codo y haciéndome dar la vuelta para seguir andando—. Ambos perdimos nuestras madres a una edad temprana. Su padre me ha explicado las circunstancias —aclaró en seguida—. De modo que confÃo que no piense que estoy entrometiéndome.
—No lo pienso —repuse—. ¿Usted perdió a su madre siendo niño?
—A los cinco años. —Su voz se hizo oscura y lejana.
—Oh, qué duro debió ser...
—Algunas veces —comentó— cuanto más duras son las cosas que nos ocurren, mejores somos después. O quizá deberÃa decir más fuertes.
En verdad que me pareció muy fuerte al decir aquello; tan frÃo, que me dio miedo seguir preguntándole.
Caminamos mucho aquella noche y yo le escuché mientras me hablaba de sus diversas empresas. Tuvimos una pequeña discusión sobre las próximas elecciones presidenciales y se sorprendió al ver lo informada que yo estaba acerca de los candidatos rivales republicano y demócrata para conseguir el nombramiento.
Lamenté llegar a casa tan pronto; pero pensé que por lo menos habÃa tenido mi paseo con un hombre joven y atractivo. Todo acabarÃa ahÃ.
Sin embargo, una vez en la puerta de casa me preguntó si podÃa venir a visitarme.
—Tengo la impresión de haberme impuesto toda la noche con mi conversación —dijo—. Me gustarÃa escuchar un poco más la próxima vez.
¿Estaba oyendo bien lo que me decÃan? ¿Un hombre querÃa oÃrme hablar, deseaba conocer mis pensamientos?
—Puede usted venir mañana —le invité.
Supongo que parecÃa ansiosa como una colegiala. Malcolm no sonrió ni se echó a reÃr.
—Espléndido —repuso—. Donde me alojo hay un buen restaurante de pescados. PodrÃamos cenar.
¿Cenar? Una cita de verdad. Naturalmente, estuve de acuerdo. QuerÃa ver cómo se metÃa en su coche y se alejaba, pero no podÃa hacer algo tan descarado. Cuando entré de nuevo en casa, mi padre estaba de pie en el umbral de la puerta de su despacho.
—Un joven interesante —comentó—. Algo asà como un genio de los negocios. Y además, atractivo, ¿no te parece?
—SÃ, padre —respondÃ.
Rió con malicia.
—Mañana volverá e iremos a cenar.
Se desvaneció su sonrisa. En su rostro apareció aquella expresión esperanzada que yo ya le habÃa visto otras veces.
—¿De verdad? ¡Vaya, qué te parece! ¿Qué te parece?
—No sé qué decirte, padre.
Ya no podÃa contenerme más. Tuve que disculparme y subir a mi habitación. Durante un buen rato me quedé sentada en mi dormitorio, contemplándome en el espejo. ¿Qué habÃa hecho diferente? Mi cabello era el mismo.
Eché hacia atrás los hombros. TenÃa tendencia a curvarlos hacia delante porque eran muy anchos. SabÃa que se trataba de una mala postura, y Malcolm tenÃa un porte tan bueno, una actitud tan confiada. ParecÃa no haber visto mis imperfecciones. ¡Y era tan agradable no tener que mirar a un hombre hacia abajo!
Además, me habÃa dicho que yo era muy atractiva, lo cual significaba que era deseable para los hombres. Quizá yo me habÃa infravalorado durante todos aquellos años pasados. ¿Quizás habÃa aceptado sin necesidad un destino terrible?
Naturalmente intenté aleccionarme, hacerme advertencias. Un hombre que ha venido a cenar te ha invitado a salir. Eso no ha de significar forzosamente que tenga inclinaciones románticas. A lo mejor es que se siente sólo.
No, pensé, cenaremos, hablaremos un poco más y después se marchará. Puede ser que algún dÃa distante, en cualquier ocasión, como Navidad, reciba una postal suya, en la que habrá escrito: «Gracias tardÃas por su excelente conversación. Felices fiestas, Malcolm.»
El corazón me latÃa temeroso. Me acercó a la casa de muñecas prisioneras y busqué la esperanza que habÃa dejado allà encerrada. Después me fui a dormir soñando en las figurillas de porcelana. Yo era una de ellas. Yo era la feliz esposa, y Malcolm era el guapo marido.
Nuestra cita para cenar fue elegante. Aunque yo no intentaba vestirme con mucho lujo, todo lo que escogÃa me parecÃa demasiado sencillo. Yo tenÃa la culpa por no haberme preocupado lo bastante de mi guardarropa. Al final escogà un traje que habÃa llevado en una boda el año anterior. Pensé que tal vez diera buena suerte.
Malcolm elogió mi aspecto; pero la conversación durante la cena se desvió hacia temas más prácticos. QuerÃa conocer todos los detalles sobre el trabajo que yo realizaba para mi padre. Temà que el tema resultara aburrido; pero Malcolm demostró tanto interés que yo seguà hablando. Al parecer, se quedó muy impresionado con mis conocimientos de los negocios paternos.
—DÃgame —me preguntó cuando regresábamos a casa—, ¿qué hace usted para distraerse?
Por lo menos la conversación iba a ser más personal; finalmente demostraba interés por mÃ.
—Leo mucho. Escucho música. Paseo. Mi deporte es la equitación.
—Vaya, de verdad. Tengo un buen número de caballos y Foxworth, mi casa, está situada en unos terrenos que fascinarÃan a cualquier explorador de la Naturaleza.
—Parece maravilloso —dije.
Me acompañó hasta la puerta, y una vez más, pensé que aquello serÃa el final. Pero me sorprendió.
—Supongo que ya sabe que mañana iré con usted y con su padre a la iglesia.
—No —le contesté—, no lo sabÃa.
—Bueno, lo espero con gusto —añadió—. Debo darle las gracias por una velada tan grata.
—También a mà me ha gustado —dije, y esperé.
¿Era éste el momento en el que se suponÃa que el hombre besaba a la mujer? Cómo lamenté no tener una amiga Ãntima en la que confiar y con quien hablar de los asuntos entre los hombres y las mujeres; pero todas las chicas que conocà en el colegio estaban casadas y se habÃan marchado.
¿TenÃa yo que hacer alguna cosa para incitarle? ¿Indiñarme hacia él? ¿Dejar una dramática pausa? ¿SonreÃr de alguna manera especial? Me sentà muy perdida, de pie delante de la puerta, esperando.
—Bueno, pues hasta mañana —dijo Malcolm, saludó con el sombrero y bajó los escalones hasta su coche.
Abrà la puerta y entré corriendo en la casa, sintiéndome al mismo tiempo excitada y desilusionada. Mi padre estaba en el salón, leyendo el periódico. FingÃa interesarse en otras cosas; pero yo sabÃa que estaba esperándome para que le hablase de mi cita. Decidà no darle ninguna explicación, pues eso me hacÃa sentir como si estuviera rindiendo cuentas. Aquella expectación me desagradaba.
¿Qué podÃa decirle de todos modos? Malcolm me habÃa llevado a cenar. Hablamos mucho. Mejor dicho, yo hablé mucho y él escuchaba. Quizás, a fin de cuentas, creerÃa que yo era una charlatana, aunque mi conversación versara sobre asuntos en los que él se interesaba. Estoy segura de que charlé mucho porque estaba muy nerviosa. En cierto modo, me sentÃa agradecida por sus preguntas sobre negocios. Era un tema en el que yo podÃa extenderme.
HabrÃa podido hablar de libros, naturalmente, o de caballos, pero no sabÃa que él estuviera interesado en otras cosas aparte de ganar dinero.
¿Qué podÃa, pues, contarle a mi padre? La cena habÃa sido maravillosa. Intenté no comer demasiado, aunque me quedé con deseo. Traté de parecer delicada y femenina e incluso rechacé los postres. Fue él quien insistió,
—¿Te has divertido? —Se apresuró a preguntarme mi padre al darse cuenta de que yo iba a subir directamente a mi habitación.
—SÃ. Pero me gustarÃa saber por qué no me has dicho que le habÃas invitado para que viniera con nosotros a la iglesia.
—Oh, ¿no te lo he dicho?
—Padre, a pesar de tu habilidad en los negocios, no eres un buen embustero —repliqué.
Soltó una carcajada, y hasta yo me reà un poco.
De todos modos, ¿por qué iba a enfadarme? SabÃa lo que estaba haciendo mi padre y querÃa que lo hiciese.
—Me voy a dormir —dije, pensando en lo temprano que me levantarÃa al dÃa siguiente, pues tenÃa que cuidar minuciosamente de mi apariencia para ir a la iglesia.
Antes de dormirme aquella noche, revisé cada uno de los momentos de mi cita con Malcolm, condenándome por esto, felicitándome por aquello. Y cuando recordé nuestros momentos junto a la puerta, imaginé que él me habÃa besado.
Nunca estuve tan nerviosa para ir a la iglesia como aquella mañana. No pude tomar nada en el desayuno. Me apresuraba, insegura de mi vestido, dudando de mi peinado. Cuando al fin llegó el momento de salir y Malcolm ya habÃa llegado, el corazón me latÃa con tanta rapidez que creÃa que iba a desmayarme desplomándome en la escalera.
—Buenos dÃas, Olivia —saludó Malcolm.
ParecÃa muy complacido con mi apariencia. Ni siquiera me di cuenta, hasta que todos estábamos dentro del coche y camino de la iglesia, de que él me habÃa llamado «Olivia» y no «Miss Winfield».
Era un dÃa primaveral, cálido y adorable, el primer domingo templado del año. Todas las jóvenes iban ataviadas con sus vestidos nuevos de primavera, pamelas con velo y sombrillas. Y todas las familias parecÃan alegres, con sus hijos corriendo bajo el sol, esperando el comienzo de la función religiosa. Cuando descendimos del auto, me pareció que toda aquella gente se volvÃa para mirarme. A mÃ, Olivia Winfield, llegando a la iglesia una bonita mañana de domingo, acompañada de mi padre y un joven extraordinariamente atractivo. Me habrÃa gustado gritar: ¡SÃ, soy yo! ¿Lo veis? Naturalmente, nunca me rebajarÃa a darlo a entender siquiera. Me mantuve muy erguida, más alta, la barbilla elevada mientras Ãbamos derechos del automóvil a la iglesia sombrÃa, que olÃa a almizcle. La mayorÃa de la gente se habÃa quedado fuera para disfrutar del sol, de modo que pudimos escoger el banco, y Malcolm nos condujo hasta los asientos delanteros. Permanecimos sentados en silencio mientras esperábamos que comenzara el sermón. Jamás habÃa tenido tantas dificultades para escucharlo con atención; nunca me habÃa resaltado tanto el sonido de mi voz cuando nos alzamos para cantar los himnos. Sin embargo Malcolm cantó vigorosamente y con claridad, y al finalizar, recitó con voz resonante la Plegaria del Señor. Después se volvió hacia mÃ, me cogió del brazo y me escoltó hasta la salida. ¡Qué orgullosa me sentÃa recorriendo el pasillo con él!
Naturalmente, vi que los demás miembros de la congregación estaban observándonos y preguntándose quién era aquel atractivo joven que acompañaba a los Winfield y estaba al lado de Olivia.
Los comentarios se desataban detrás de nosotros y yo sabÃa que, ese domingo, la aparición de Malcolm serÃa el tema de las tertulias en los salones.
Aquella tarde fuimos a dar un paseo a caballo. Era la primera vez que lo hacÃa con un hombre, y su compañÃa me estimulaba. Malcolm montaba como un cazador inglés experimentado. ParecÃa gozar con el hecho de que me mantuviera a su nivel.
A la noche, vino a cenar y dimos otro paseo por las orillas del rÃo. Durante la primera parte, le encontré más silencioso que nunca y presentà el anuncio de su marcha. Quizá prometerÃa escribir. Estaba esperando aquella promesa, aunque después él no la cumpliera. Por lo menos me quedarÃa algo en que depositar la esperanza. AdorarÃa cada una de sus cartas, si es que habÃa más de una.
—Escuche, Miss Winfield —comenzó de pronto, y no me gustó su regresión a llamarme Miss Winfield, pues pensé que era un mal presagio; pero me equivoqué—. No veo la razón de que dos personas que tienen tanto en común, es decir, dos personas sensatas, demoren y prolonguen innecesariamente una relación para acabar llegando al punto que ambas creen serÃa el mejor.
—¿Punto?
—Estoy hablando de matrimonio —me dijo—. Uno de los sacramentos más sagrados, algo que nunca debe tomarse a la ligera. El matrimonio es algo más que el resultado lógico de un romance; es una unión contractual, un equipo de trabajo. Un hombre ha de saber que su esposa comparte sus esfuerzos, que es alguien en quien puede confiar. En contra de lo que algunos hombres creen, y entre ellos incluyo a mi padre, es necesario que una esposa posea fortaleza. Miss Winfield, usted me ha impresionado, y me gustarÃa que me autorizara a pedir su mano.
Durante un instante no pude hablar. Malcolm Neal Foxworth, más de un metro ochenta de estatura, con todo el atractivo que un hombre pudiera tener, inteligente, rico y con magnÃfico aspecto, ¿ese hombre querÃa casarse conmigo? Y estábamos a la orilla del rÃo, las estrellas resplandecÃan más que nunca. ¿HabÃa yo penetrado quizás en uno de mis propios sueños?
—Bueno... —pude apenas responder; me llevé la mano a la garganta y lo miré. No encontraba palabras, No sabÃa cómo formular mi respuesta.
—Me doy cuenta de que esto es bastante repentino; pero el destino me ha concedido la buena fortuna de poder darme cuenta casi inmediatamente de lo que es valioso y lo que no lo es. Mi instinto nunca me ha engañado. ConfÃo que esta proposición sea buena para ambos. Si usted también puede confiar en ello...
—SÃ, Malcolm, puedo confiar —le respondà en seguida, quizá con excesiva rapidez.
—Bien. Gracias —contestó.
Esperé. Éste era seguramente el momento en que debÃamos besarnos. ConsumarÃamos nuestra fe el uno en el otro bajo las estrellas. Pero quizá yo mostraba un romanticismo infantil. Malcolm era el tipo de hombre que hacÃa las cosas del modo correcto y adecuado.
También en eso yo habÃa de tener fe.
—Entonces, si usted quiere, regresemos a su casa para que yo pueda hablar con su padre —propuso Malcolm. Me cogió del brazo y me atrajo hacia sÃ. Durante el camino de vuelta, yo me acordé de la pareja que habÃa visto paseando por la calle la primera noche que Malcolm vino a cenar. Mi sueño se habÃa convertido en realidad. Por primera vez en mi vida, me sentÃa feliz de verdad.
Mi padre esperaba en su despacho como si hubiera previsto las noticias. Las cosas iban muy aprisa. En más de una ocasión me habÃa acercado a las puertas dobles que separaban su despacho del salón y escuché las conversaciones. De todos modos, algunas veces, me sentÃa molesta por haber quedado marginada de lo que se hablaba. TenÃa que ver con asuntos familiares que podÃan afectarme.
Nada me afectarÃa más que la conversación que iba a tener lugar. Me quedé al lado, en silencio, y escuché, ansiosa por oÃr a Malcolm expresando su amor por mÃ.
—Como le dije la primera noche, Mr. Winfield —comenzó—, su hija me ha impresionado mucho. Es raro encontrar una mujer con su porte y dignidad, una mujer que sepa apreciar la búsqueda del éxito económico, y hacerlo de una manera agradable.
—Estoy orgulloso de los logros de Olivia —confesó mi padre—. Su brillantez en contabilidad alcanza el nivel de cualquier hombre que yo conozca —añadió.
Todos los cumplidos de mi padre hacÃan que, por alguna razón, me sintiera menos deseable.
—SÃ. Es una mujer de temperamento vigoroso, equilibrado. Yo siempre he deseado una esposa que me permitiera seguir mi vida a mi gusto, sin pegarse a mà inútilmente, como un parásito opresor. Quiero estar seguro de que, cuando llegue a casa, no me encontraré con una mujer malhumorada o melancólica, o incluso vengativa, como suelen ser muchas mujeres débiles. Me gusta el hecho de que no se preocupa de cosas superficiales, que no da importancia a su peinado, que no rÃe tontamente ni coquetea. En resumen, me gusta su madurez. Le felicito. La ha educado usted como una mujer responsable y sensata.
—Bueno, yo...
—Y no encuentro otro modo mejor de expresarlo que pidiendo a usted permiso para casarme con ella.
—¿Sabe Olivia...?
—¿Si sabe que he venido a hacerle esta petición? Ella me ha autorizado a hacerlo. Sabiendo que es una mujer inteligente, he creÃdo que era más conveniente preguntárselo primero. ConfÃo en que usted lo comprenda.
—Oh, lo comprendo. —Mi padre se aclaró la garganta—. Bueno, Mr. Foxworth —dijo, pues creyó necesario dirigirse a él como Mr. Foxworth durante esta conversación—, estoy seguro que usted comprenderá también que mi hija recibirá una considerable fortuna. Quiero que usted sepa de antemano que ese dinero será exclusivamente de ella. Queda bien especificado en mi testamento que nadie más que ella podrá tener acceso a esos fondos.
Siguió lo que me pareció un largo silencio.
—Asà es como debe de ser —opinó Malcolm al fin—. No sé cuáles pueden ser sus planes para una boda —añadió en seguida—; pero yo preferirÃa una ceremonia en una pequeña iglesia, cuanto antes mejor. Necesito regresar pronto a Virginia.
—Si Olivia lo quiere asÃ, de acuerdo —aceptó mi padre, y él sabÃa que yo lo iba a querer.
—Excelente. En ese caso, ¿cuento con su permiso?
—¿Ha comprendido usted lo que le he dicho sobre el dinero de Olivia?
—SÃ, señor, lo he comprendido.
—Tiene usted mi permiso —dijo mi padre—. Y nos estrecharemos la mano para confirmarlo.
Solté el aire que retenÃa en los pulmones y me alejé a toda prisa de las dobles puertas.
Un hombre, el más guapo y elegante, habÃa venido a visitarnos y me habÃa pedido en matrimonio. Yo lo habÃa oÃdo todo, y los hechos sucedÃan con gran rapidez. Tuve que contener la respiración y repetirme sin cesar que no se trataba de un sueño.
Subà corriendo a mi habitación y me senté ante la casa de muñecas. TendrÃa que vivir en una gran casa con sirvientes, y habrÃa gente yendo y viniendo. InvitarÃamos a cenas lujosas y yo serÃa una ayuda para mi marido, el cual, según habÃa dicho mi padre, era algo parecido a un genio de los negocios. Con el tiempo, todo el mundo nos envidiarÃa.
—Justo como yo os he envidiado a vosotros —dije a la familia de porcelana dentro del cristal.
Miré a mi alrededor.
Adiós a las noches solitarias. Adiós a este mundo de fantasÃa y de sueños.
Adiós al rostro compasivo de mi padre y a mi propio aspecto desalentado reflejado en el espejo. ConocerÃa una nueva faz. TenÃa mucho que aprender de Malcolm Foxworth, y toda una vida para hacerlo. Iba a convertirme en Olivia Foxworth, Mrs. Malcolm Neal Foxworth. Todo lo que mi madre habÃa predicho se hacÃa realidad.
Estaba floreciendo. Me sentÃa abrir hacia Malcolm como un apretado capullo a punto de reventar. Y cuando sus ojos azules, tan azules, miraron mis ojos grises, supe que el sol habÃa salido y se desvanecÃa la niebla. Mi vida ya no serÃa gris; no, a partir de este momento iba a ser azul, como el cielo resplandeciente en un dÃa sin nubes. Azul como los ojos de Malcolm. En la emoción de ser arrastrada por el amor, como cualquier colegiala tonta, me olvidé de todas las precauciones y de mirar más allá de las apariencias para descubrir la verdad. Me olvidé de que, ni una sola vez, cuando Malcolm me propuso el matrimonio y después formuló su petición a mi padre, ni una sola vez habÃa mencionado la palabra «amor». Igual que una colegiala boba, creà que reposarÃa bajo el cielo azul de los ojos de Malcolm, y que el diminuto capullo que yo era tendrÃa su florecimiento vigoroso y duradero. Como toda mujer que cree estúpidamente en el amor, no me di cuenta de que el cielo azul que yo veÃa no era el cielo cálido, dulce y alentador de la primavera, sino el cielo solitario del invierno, frÃo, glacial.
II. MI BODA
HabÃa que hacer muchÃsimos planes y quedaba poco tiempo. Decidimos casarnos al cabo de dos semanas,
—He estado fuera mucho tiempo —explicó Malcolm— y tengo apremiantes preocupaciones de negocios. ¿No te importará, verdad, Olivia? Después de todo, a partir de ahora dispondremos de toda una vida juntos, y haremos nuestro viaje de luna de miel más adelante, cuando ya estés bien aposentada en Foxworth Hall. ¿Estás de acuerdo?
¿Cómo podÃa no estar de acuerdo? La parquedad de mi boda, la rapidez, nada de eso disminuÃa mi excitación. Me repetÃa continuamente que era afortunada en celebrarla. Además, nunca me habÃa sentido cómoda exhibiéndome ante la gente. Y la verdad era que carecÃa de amigas con quienes celebrar el acontecimiento. Papá invitó a la hermana menor de mi madre y a su hijo, John Amos, nuestros únicos parientes próximos que aún vivÃan. «Parientes pobres» les llamó siempre. El padre de John Amos habÃa muerto hacÃa algunos años. Su madre era una mujercilla oscura y tristona, al parecer todavÃa de luto después de tanto tiempo. John Amos, a los dieciocho años, ya parecÃa viejo. Era un jocen piadoso y severo que siempre citaba la Biblia. No obstante estuve de acuerdo con mi padre en que era apropiado invitarlos. Malcolm no hizo venir a nadie. Su padre acababa de iniciar un viaje y se proponÃa visitar muchos paÃses y estar recorriendo el mundo durante algunos años. Malcolm no tenÃa hermanos ni hermanas y al parecer tampoco parientes cercanos a los que quisiera invitar; o que, según aclaró, pudiera venir avisándoles con tan poco tiempo. Yo sabÃa lo que la gente pensarÃa de aquello: que Malcolm no querÃa que su familia supiera que se casaba hasta que fuese demasiado tarde. Quizá podrÃan convencerle de que no lo hiciera.
Prometió celebrar una recepción en Foxworth Hall poco después de que llegásemos.
—Allà conocerás a todas las personas importantes —dijo.
Las dos semanas siguientes transcurrieron para mà entre preparativos y temores. Decidà ponerme el traje de novia de mi madre. Después de todo, ¿para qué gastar tanto dinero en un vestido que sólo se usaba una vez? Pero, naturalmente, me estaba demasiado corto. Tuvimos que llamar a Miss Fairchild, la modista, para que me lo alargase. Era un modelo sencillo de seda brillante, sin adornos de puntillas, volantes o cosa parecida, majestuoso, bello y elegante, justo el tipo de vestido que Malcolm apreciarÃa, pensé. La modista frunció el ceño mientras yo estaba en pie sobre un taburete; la falda me llegaba a la mitad de las pantorrillas.
—Mi querida Miss Olivia —dijo suspirando al tiempo que alzaba la mirada, pues se hallaba arrodillada en el suelo—, voy a tener que ser un genio para disimular este dobladillo. ¿Está usted segura que no prefiere un traje nuevo?
Ya sabÃa lo que estaba pensando la modista. ¿Quién va a casarse con esta Olivia Winfield, alta y desgarbada, y por qué insiste en embutirse dentro del delicado vestido de su madre como una de las hermanastras de Cenicienta intentando introducir el pie en el zapatito de cristal? Y quizás era asÃ. Pero yo necesitaba sentirme cerca de mi madre en el dÃa de mi boda, todo lo cerca que fuese posible. Con su vestido me sentÃa protegida, por las generaciones de mujeres que se habÃan casado y habÃan concebido hijos en las generaciones anteriores. Pues yo sabÃa muy poco de todo esto y no lo entendÃa. Deseaba ser una mujer bella el dÃa de mi boda a pesar de la compasión y la burla que leÃa en los ojos de la modista.
—Miss Fairchild, debo llevar el vestido de novia de mi madre por muchÃsimas razones sentimentales, que tengo la seguridad de que no es preciso explicarle a usted. ¿Quiere alargar este vestido o debo recurrir a otra persona?
Mi voz era frÃa y mi actitud marcaba un nivel social superior. Miss Fairchild tuvo que volver a ocupar su puesto. Continuó haciendo su trabajo en silencio mientras yo me miraba en el espejo. ¿Quién era esa mujer que me devolvÃa la mirada? ¿Una novia con su traje blanco? Una novia que pronto serÃa tomada por un hombre que la harÃa suya. ¿Y qué sentirÃa? ¿Qué experimentarÃa al acercarme por el pasillo de la iglesia? Oh, ya sabÃa que mi corazón palpitarÃa como un caballo desbocado. IntentarÃa sonreÃr, que en mi cara hubiera tanta dulzura como en la de la novia que corona el pastel de bodas, que fuera tan dulce como los rostros de las jóvenes esposas que habÃa visto en las columnas sociales de los periódicos.
¿Cómo podÃan tener ese aspecto tan almibarado e inocente? Estaba segura de que no eran asà durante todos los dÃas de su vida. ¿Aquello se aprendÃa o surgÃa espontáneamente? Si era algo que se aprendÃa, quizas habÃa esperanza para mÃ. A lo mejor yo también aprenderÃa.
A pesar de ello serÃa tan tÃmida como de costumbre, sabiendo lo que la gente estaba pensando: «Tan alta y con unos brazos tan largos... Esa hermosa mata de pelo se desperdicia encima de una cara tan fea.» Aunque les sonriera y ellos me sonrieran y asintieran con la cabeza, yo sabÃa que inmediatamente después se volverÃan unos a otros con expresión burlona. Qué boba parece. Esos hombros en un traje de novia tan delicado. Esos pies grandotes. Fijaos cómo sobrepasa a todo el mundo excepto a Molcolm.
Y Malcolm, tan atractivo y majestuoso, en pie al lado de un patito tan feo. Oh, la gente se divertirÃa mucho haciendo chistes sobre el águila y su paloma, un ave magnÃfica, hermosa y orgullosa; y la otra vulgar, torpe, gris.
Mientras permanecÃa en pie delante del espejo y Miss Fairchild se afanaba alrededor de mi cuerpo con agujas, alfileres y bastillas, me sentà satisfecha de que solamente asistieran a mi boda tÃa Margaret, John Amos y mi padre. No habrÃa nadie que hiciera realidad mis más tristes temores, y esperaba que ahora que me habÃa llegado la suerte podrÃa realizar mis sueños más brillantes.
El dÃa de mi boda llovió. Tuve que correr al entrar en la iglesia cubriendo mi vestido con un impermeable gris. Pero, aunque fuese desilusionante, no quise permitir que el tiempo me desalentara. Se celebró una sencilla función religiosa en la Iglesia Congregacional. Cuando inicié la marcha por el pasillo, disimulé mis temores y mi nerviosismo detrás de una máscara de solemnidad. Con esa expresión en la cara, pude mirar directamente a Malcolm mientras caminaba para ir a su encuentro. Él estaba de pie, en el altar, esperándome, muy tieso, y habÃa más solemnidad en su cara que en la mÃa, lo cual me causó desilución. Yo esperaba que cuando él me viera con el traje de novia de mi madre, ocurriese algo mágico y su mirada se iluminara de gozo, anticipando nuestro amor. Escruté sus ojos. ¿EstarÃa Malcolm ocultando sus sentimientos detrás de una máscara igual que yo? Cuando me miró, me pareció como si mirase a través de mÃ. Quizá Malcolm consideraba que era pecaminoso mostrar deseo y cariño en la iglesia.
Pronunció sus votos matrimoniales con tanto énfasis que llegué a pensar que parecÃa ser más un ministro de la iglesia que el propio cura que celebraba nuestro casamiento. No podÃa evitar los fuertes latidos de mi corazón. TemÃa que la voz me temblase al hacer las promesas, pero mi voz no me traicionó mientras juraba amar, honrar y obedecer a Malcolm Foxworth hasta que la muerte nos separase. Y al pronunciar estas palabras ponÃa en ellas todo mi corazón y mi alma. TenÃan significado ante Dios; y, a sus ojos, no las quebranté en toda mi vida. Pues todo lo que hice por Malcolm, fue complaciendo al Señor.
Después de formular nuestros votos e intercambiar los anillos, me volvà hacia Malcolm. Éste era mi momentó. Con ademán suave, él alzó el velo de mi cara. Yo contenÃa la respiración. En la iglesia reinaba un profundo silencio; el mundo parecÃa haberse detenido mientras él se inclinó hacia mà y acercó sus labios a los mÃos.
Pero el beso de Malcolm fue duro y superficial. Yo esperaba mucho más. Después de todo, era nuestro primer beso. Hubiera debido suceder algo que yo recordase durante el resto de mi vida. Sin embargo, apenas sentà el roce de sus labios tensos, cuando ya se habÃan apartado. Fue más bien como un sello de certificación.
El pastor y Malcolm se estrecharon la mano; estrechó también la de mi padre, el cual me dio un fuerte abrazo rápido. Supongo que hubiera debido besarle pero me daba cuenta de la manera en que John Amos nos estaba observando. Lo veÃa en su cara. Se hallaba tan desilusionado con el beso de Malcolm como yo misma.
Mi padre parecÃa satisfecho pero tremendamente pensativo cuando salimos todos juntos de la iglesia. HabÃa algo en su mirada que jamás le habÃa visto, y le sorprendà observando a Malcolm de cuando en cuando. Era como si le viese algo nuevo, algo que hubiera descubierto entonces. Por un momento, solamente un momento, aquello me asustó; pero cuando miré hacia él, la felicidad hizo desvanecer la negrura de sus ojos y me sonrió con dulzura, de la misma manera que a veces sonreÃa a mi madre cuando ella hacÃa algo que a él le gustaba mucho o cuando ella parecÃa especialmente hermosa.
¿ParecÃa yo bella, al menos ese dÃa? ¿Me brillaban los ojos con nueva vida? Confié en que asà fuera. Confiaba que también Malcolm sintiera lo mismo. Mi padre sugirió que nos apresurásemos a ir a nuestra casa donde habÃa planeado una pequeña recepción. Por supuesto. ¿Cómo podrÃa ser una gran recepción, tan sólo con la novia, el novio, el padre, una tÃa regañona y un muchacho de dieciocho años? Pero fue recepción de todos modos, ya que papá sacó una botella de champaña de calidad.
—Olivia, mi querida y única hija, y Malcolm, mi distinguido yerno, os deseo que viváis siempre en feliz armonÃa.
¿Por qué le brotó una lágrima mientras alzaba su copa hacia nosotros? ¿Y por qué Malcolm miró a papá en vez de mirarme a mà mientras bebÃa su champaña? De pronto me sentà perdida, sin saber qué hacer, de modo que alcé mi copa y, por encima del borde, vi a mi primo John Amos, que observaba ceñudo a Malcolm. Después se acercó a mÃ.
—Estás hoy muy hermosa, prima Olivia. Quiero que recuerdes que eres mi única familia, y en cualquier momento que me necesites acudiré a tu lado. Pues Dios dispuso que las familias siempre permanecieran unidas, se ayudaran en todo momento y conservaran su sagrada promesa de amor.
No supe qué responderle. Casi no conocÃa a aquel hombre joven. ¿Y por qué tenÃa que decir aquello en el dÃa de mi boda? ¿Qué cosa, en el nombre del cielo, esperaba hacer por mà John Amos, el pariente pobre, cuando yo estaba destinada a una vida de nobleza sureña, llena de riqueza y ambición? ¿Cómo sabÃa él, ya entonces, lo que yo tardé tanto en descubrir?
Malcolm habÃa reservado billetes para el tren que salÃa a las tres. IrÃamos directamente a Foxworth Hall. Dijo que no disponÃa de tiempo para una prolongada luna de miel y que, además, no veÃa en ello ningún sentido práctico. A mi corazón se le cayeron las alas. Quedé desilusionada al oÃr aquello; y sin embargo, al mismo tiempo, me sentà aliviada. HabÃa oÃdo suficientes historias sobre los hombres y las noches de boda, y acerca de los deberes de la esposa con su marido, para no sentir deseos de prolongar mi prueba de iniciación. Francamente, estaba aterrorizada al pensar en las relaciones conyugales, y en cierto modo, al saber que estarÃamos viajando durante toda la noche, a salvo en un cómodo tren, con gente alrededor, me tranquilicé.
—Para ti, venir a Foxworth Hall ya será una aventura romántica, Olivia. ConfÃa en mà —me dijo Malcolm como si mi cara se hubiera convertido en cristal y él hubiese podido leer mis pensamientos.
No me quejé. La descripción que me habÃa hecho de Foxworth Hall lo hacÃa parecer como un castillo de cuento de hadas tan grandioso y fascinante que mi sueño de belleza ante la casa de muñecas quedaba reducido a una pequenez.
A las dos y cuarto de la tarde, Malcolm informó que habÃa llegado la hora de que nos marchásemos. Trajeron el coche y cargaron mis baúles.
—Sabes —le dijo mi padre a Malcolm cuando salÃamos de casa—, tendré bastante trabajo para dar con una contable tan buena como Olivia.
—Su pérdida es mi ganancia —replicó Malcolm—. Le aseguro que el talento de Olivia no se desperdiciará en Foxworth Hall.
ParecÃa que estuviesen hablando del intercambio de una esclava.
—A lo mejor me aumentan el salario —comenté.
Lo dije medio en broma pero Malcolm no se rió.
—Naturalmente —contestó.
Mi padre me besó en la mejilla y parecÃa triste mientras me decÃa:
—Olivia, ahora cuida bien de tu marido, y no le des problemas. La palabra de Malcolm es ley.
Por alguna razón aquello me asusto, sobre todo cuando surgió de repente John Amos, me agarró de la mano, y me dijo:
—Que Dios te bendiga y te proteja.
No supe qué responderle, de modo que sencillamente le di las gracias, extraje mi mano de entre las suyas y me metà en el coche.
Mientras nos alejábamos, me volvà para mirar la casa victoriana que habÃa sido para mà más que un hogar, la cuna de mis sueños y fantasÃas; el lugar desde el cual contemplaba el mundo y me preguntaba qué me reservaba el porvenir. Allà me habÃa sentido segura y a salvo en mi habitación y en mi estilo de vida. Ahora estaba abandonando mi casa de muñecas dentro de su caja de cristal, con sus ventanas de colores y su magia de arco iris; pero ya no necesitarÃa seguir soñando. No, ahora vivirÃa en el mundo real, un mundo que jamás habÃa imaginado que existiera a través de la preciosa casa de muñecas que habÃa inspirado mis sueños y mis esperanzas.
Cogà del brazo a Malcolm y me acerqué más a él. Me miró y sonrió. Seguramente, pensé, ahora que estamos solos, me hará demostraciones de amor.
—Háblame otra vez de Foxworth —dije, como si le pidiera que me contase un cuento sobre un mundo mágico. Cuando mencioné su hogar, se irguió.
—Hace más de ciento cincuenta años que se construyó —repuso—. Cada rincón guarda una historia. Hay veces en que me parece estar en un museo; otras, me siento como en una iglesia. Es la casa más rica que existe en nuestra zona de Virginia. Pero yo aspiro a que sea la más rica del Condado, quizá del mundo. Quiero que la conozcas como el castillo Foxworth —añadió y en sus ojos apareció una frÃa decisión.
Siguió hablando, describiéndome las habitaciones y el terreno, los negocios familiares y las esperanzas que habÃa depositado en ellos. Mientras Malcolm hablaba yo me hundÃa cada vez más en sus ambiciones. Me hizo sentir miedo. No me di cuenta hasta entonces de lo monomaniaco que podÃa llegar a ser Malcolm. Todo su cuerpo y su alma estaban fijos en sus objetivos y presentà que nada, ni siquiera nuestro matrimonio, era más importante para él.
En alguna parte, en uno de mis libros, habÃa leÃdo que a una mujer le gusta sentir que es lo primero para su marido, él lo hace todo pensando en ella.
Ése es el verdadero amor; ésa es la verdadera unidad. Asà decÃa la frase que no podÃa olvidar. Los matrimonios deberÃan sentir que uno forma parte del otro y tener siempre presentes las necesidades y los sentimientos del otro cónyuge.
Mientras el coche volvÃa la esquina de nuestra calle y yo contemplaba el Támesis donde numerosos barcos navegaban arriba y abajo, a su manera lenta pero determinada, me preguntaba si alguna vez yo tendrÃa aquel sentimiento con Malcolm.
Me daba cuenta de que era algo que una mujer no deberÃa pensar en el dÃa de su boda.
Cenamos en el tren. Durante toda la jornada no habÃa comido a causa del nerviosismo, y de pronto me sentÃa hambrienta.
—Tengo tanto apetito —manifesté.
—Hay que pedir con mucho cuidado en estos trenes —me dijo Malcolm—. Los precios son exorbitantes.
—Seguramente esta noche podemos hacer una excepción en nuestra economÃa —le dije—. Las personas con nuestros medios...
—Precisamente por eso hemos de ser siempre ahorrativos. El buen sentido en los negocios requiere entrenamiento y práctica. Esto es lo que me atrajo a tu padre. Él nunca permite que su dinero obstaculice su buen sentido de los negocios. Tan sólo los llamados nuevos ricos son despilfarradores. Puedes descubrirlos en todas partes. Son obscenos.
Percibà la intensidad de su creencia, de modo que ni quise continuar con el tema. Le dejé que pidiera para ambos, aunque lo que escogió me causó desilusión y me levanté de la mesa con hambre.
Malcolm se puso a discutir con otros hombres en el tren. Hubo un acalorado debate sobre la llamada «Amenaza roja», engendrada por el Fiscal General de los Estados Unidos, A. Malcolm Palmer. Cinco miembros de la legislatura del Estado de Nueva York habÃan sido expulsados por ser miembros del Partido Socialista.
Estuve a punto de decir que se habÃa cometido una terrible injusticia; pero Malcolm expresó con vehemencia su aprobación de modo que me guardé mi opinión, cosa que cada vez tuve que hacer con más frecuencia y no me gustaba en absoluto. Apreté los labios, temerosa de que mis palabras volasen como pájaros escapando de la jaula cuya puerta habÃa quedado abierta por descuido.
Al cabo de un rato ignoré las discusiones y me quedé dormida, apoyada en la ventana. Estaba exhausta, agotada fÃsica y emocionalmente. Nos envolvÃa la oscuridad y aparte de algunas luces distantes, aquà y allá, no habÃa mucho que pudiera interesarme en el paisaje. Me desperté y encontré a Malcolm dormido a mi lado.
En reposo, su cara tenÃa un aspecto más joven, casi infantil. Con los párpados cerrados, quedaba resguardada la intensidad de sus ojos azules. Se dulcificaba la expresión de sus mejillas y su mandÃbula relajada perdÃa firmeza, desaparecerÃan las lÃneas tensas. Pensé..., más bien esperé, que éste fuera el rostro que se volviera hacia mà en el amor, el que él iba a ofrecerme cuando supiera que yo era de verdad su esposa, su compañera, su amada. Me quedé mirándole, fascinada por la manera en que su labio inferior sobresalÃa. HabÃa tantas cosas pequeñas que debÃamos aprender el uno del otro... ¿Llegan a aprender alguna vez dos personas todo lo concerniente a ambos? Era algo que me hubiera gustado preguntar a mi madre.
Desvié la mirada y observé a los demás pasajeros. Todos dormÃan en el coche. La fatiga se habÃa acercado silenciosamente por el pasillo y habÃa tocado a cada uno de ellos con dedos de humo; después se habÃa salido deslizándose por debajo de la puerta del coche para hundirse de nuevo con la noche. La manera en que el tren giraba y se sacudÃa de un lado a otro me producÃa la impresión de hallarme dentro de una serpiente metálica gigantesca. Me sentà transportada casi contra mi voluntad.
De tanto en tanto, el tren cruzaba una ciudad o un pueblo dormidos. Las luces de las casas eran débiles y las calles estaban vacÃas. Después, en la distancia, vi las montañas de la Sierra Azul que se alzaban como gigantes quietos.
Volvà a dormirme mecida por el traqueteo y desperté más tarde al oÃr la voz de Malcolm.
—Ya llegamos a la estación —dijo.
—¿De verdad?
Miré por la ventanilla pero no vi más que árboles y campos vacÃos. A pesar de ello, el tren disminuyó la marcha hasta que se detuvo. Malcolm me escoltó por el pasillo hasta la puerta y bajamos los escalones. Ya en el andén, contemplé la pequeña estación que consistÃa simplemente en un techo de hojalata sostenido por cuatro postes de madera.
El aire era frÃo y olÃa a frescor. El cielo estaba claro y salpicado de estrellas resplandecientes. Era tan vasto y profundo que me sentà pequeña e insignificante, pues aparecÃa demasiado grande y como si estuviera muy cerca. Su belleza me llenó de un extraño sentimiento de presagio. Deseé haber llegado por la mañana y haber recibido el saludo del confortante sol.
No me gustó el silencio mortal y el vacÃo que nos rodeaba. Por algún motivo, quizá por la descripción que Malcolm me habÃa hecho de Foxworth Hall y sus alrededores, yo supuse que iba a encontrar luces y actividad. Solamente nos esperaba el cochero de Malcolm, Lucas. TenÃa el aspecto de un hombre cercano a los sesenta, pelo fino grisáceo y rostro alargado. Era flaco y yo le sobrepasaba por lo menos en seis centÃmetros. Por su manera de moverse, adiviné que se habÃa dormido mientras nos esperaba en la estación.
Malcolm me presentó formalmente. Lucas asintió, se puso la gorra, y se apresuró a recoger mis baúles mientras Malcolm me acompañaba hasta el coche. Observé a Lucas mientras cargaba mi equipaje y después miré al tren que se alejaba poco a poco, deslizándose en la noche como una oscura criatura plateada que intentase escapar con sigilo.
—Todo esto está muy desolado —comenté cuando Malcolm entró en el vehÃculo junto a m×. ¿A qué distancia estamos de la población?
—No nos hallamos lejos de algunas casas. Charlottesville está a una hora de camino y más cerca hay un pueblecito.
—Estoy tan cansada —dije, deseando apoyar mi cabeza en su hombro; pero Malcolm se sentaba tan tieso, que vacilé.
—Ya no estamos lejos.
—Bien venida a Foxworth Hall, ma’am —dijo Lucas cuando al fin se sentó ante el volante.
—Gracias, Lucas.
—SÃ, ma’am.
—Arranca —ordenó Malcolm.
La carretera ascendÃa girando. A medida que nos acercábamos a las colinas observé las hileras ordenadas de los árboles, que formaban zonas distintas.
—Actúan como muros para el viento —explicó Malcolm— y contienen la nieve que se amontona.
Poco después vi el grupo de grandes casas situadas en la pendiente de la ladera. Y luego, de repente, apareció Foxworth Hall, llenando con su vigorosa silueta el cielo nocturno. No podÃa creer en el tamaño de la casa. Estaba en lo alto de la colina, dominando las otras casas como un rey orgulloso vigilando a sus subditos. Y aquello iba a ser mi hogar, el castillo en el cual yo serÃa la reina. Ahora comprendÃa mejor la gran ambición de Malcolm. Ninguna persona criada en un hogar tan solemne y rico podÃa tener pensamientos humildes ni satisfacerse con logros vulgares. A pesar de ello, qué solitaria, qué amenazadora, qué acusadora podÃa parecer esa casa a alguien tÃmido o pequeño. Me estremecà al pensarlo.
—¿Vives aquà nada más que con tu padre? —le pregunté al acercarnos—. Tienes que haberte sentido muy solo cuando él comenzó sus viajes.
Malcolm no respondiÃ