Viejo amigo, ¿qué es lo que buscas?
Tras tantos años de ausencia vienes
con las imágenes que albergaste
bajo cielos extraños
muy lejanos de tu tierra.
GEORGE SEFERIS
Casi todo el mundo creía que el hombre y el chico eran padre e hijo.
Atravesaron la comarca dirigiéndose sin seguir una dirección muy precisa hacia el sudeste. Viajaban en un viejo Citroën de dos puertas y tomaban preferentemente las carreteras secundarias, que recorrían en tramos irregulares. Por el camino se detuvieron en tres lugares antes de llegar a su destino: primero en Rhode Island, donde el hombre alto de cabello negro se puso a trabajar en una fábrica textil; después en Youngstown, Ohio, donde trabajó durante tres meses en una línea de montaje de tractores y finalmente en un pueblecito californiano próximo a la frontera con México, donde trabajó como empleado de una gasolinera, además de realizar reparaciones en pequeños coches europeos, con un éxito que a él mismo le resultó tan sorprendente como reconfortante.
Cada vez que se detenían, el hombre compraba un periódico de Maine, el Press-Herald de Portland, y buscaba en él los artículos que hicieran alguna referencia a una pequeña ciudad del sur de Maine llamada Jerusalem’s Lot y a la región circundante. De vez en cuando encontraba alguna noticia sobre ellas.
Antes de llegar a Central Falls, Rhode Island, escribió en diferentes cuartuchos de motel el bosquejo de una novela que despachó por correo a su agente literario. Un millón de años atrás había sido un novelista de cierto éxito, cuando las sombras no habían invadido aún su vida. El agente llevó el borrador a su último editor, quien se mostró cortésmente interesado aunque no muy decidido a efectuar un adelanto de dinero. Pedir algo y dar las gracias por nada, explicó el hombre al muchacho mientras hacía pedazos la carta del agente, todavía era gratis. Lo dijo sin demasiada amargura y de todas maneras comenzó a escribir el libro.
El muchacho no solía hablar. Su rostro siempre estaba tenso y sus ojos eran sombríos, como si estuvieran escudriñando continuamente algún yermo horizonte interior. En los bares y en las estaciones de servicio donde se detenían por el camino se mostraba simplemente cortés. Parecía no querer separarse del hombre alto y se ponía nervioso cuando este le dejaba, aunque solo fuera para ir al cuarto de baño. Se negaba a hablar del pueblo de Salem’s Lot, aunque el hombre procuraba sacar el tema de vez en cuando, y nunca miraba los periódicos de Portland que su compañero dejaba deliberadamente a su alcance.
Cuando terminó el libro ambos vivían en una casita sobre la playa apartada de la carretera. Los dos solían nadar en el Pacífico, más cálido y amistoso que el Atlántico. En el Pacífico no había recuerdos. El chico empezó a ponerse muy moreno.
Aunque vivían bastante bien, ya que podían comer tres veces al día y tenían el refugio de un techo seguro, el hombre había empezado a sentirse deprimido y a abrigar dudas sobre la forma de vida que llevaban. Se había convertido en su maestro, y aunque al muchacho no parecía perjudicarle demasiado el hecho de no ir al colegio (era un chico despierto y con afición a los libros, como también lo había sido él), no creía que ayudarle a olvidar Salem’s Lot pudiera hacerle ningún bien. A veces, durante la noche, gritaba en sueños y arrojaba las mantas al suelo.
Recibieron una carta de Nueva York. El agente le comunicaba que la editorial Random House le ofrecía doce mil dólares de adelanto y que casi había cerrado un trato con un Club de Lectores.
Sin duda parecía interesante.
El hombre dejó su trabajo en la gasolinera y, junto con el muchacho, cruzaron la frontera.
Los Zapatos (un nombre que por absurdo resultaba secretamente atractivo al hombre) era una pequeña aldea situada no lejos del océano. Estaba bastante libre de turistas. No tenía una buena carretera, ni vista al mar (para ello había que seguir unos ocho kilómetros más hacia el oeste) ni lugares históricos de interés. Además, la taberna local estaba plagada de cucarachas y la única prostituta era una abuela de cincuenta años.
Al dejar atrás Estados Unidos su vida se llenó de una quietud casi extraterrena. Pocos aviones sobrevolaban sus cabezas, no había autopistas de peaje y nadie tenía una cortadora de césped eléctrica (ni se preocupaba por tenerla) en ciento cincuenta kilómetros a la redonda. Tenían una radio que no emitía más que una sucesión de ruidos carentes de significado; todos los noticiarios se transmitían en español, que el chico empezaba a entender pero que para el hombre era y seguiría siendo incomprensible. Parecía no existir otra música que la ópera. Por las noches, a veces sintonizaban una emisora de música pop desde Monterrey, frenética con las inflexiones de Wolfman Jack, pero la onda aparecía y desaparecía. El único ruido de motor era el de un viejo Rototiller, propiedad de uno de los granjeros locales. Cuando el viento soplaba en esa dirección, el sonido entrecortado les llegaba débilmente a los oídos, como un espíritu inquieto. Sacaban a mano el agua del pozo.
Un par de veces al mes (no siempre juntos) oían misa en la pequeña iglesia de la aldea. Ninguno de los dos entendía el significado de la ceremonia, pero iban de todas formas. A veces, el hombre dormitaba en el calor sofocante al ritmo familiar de las plegarias y de las voces que las formulaban. Un domingo, el muchacho salió al destartalado porche del fondo, donde el hombre había empezado a escribir otra novela, y con voz vacilante le dijo que había hablado con el sacerdote para que le admitieran en la fe de su iglesia. El hombre hizo un gesto de asentimiento y le preguntó si sabía bastante español para aprender el catecismo. El chico contestó que no creía que eso fuera un problema.
Una vez a la semana, el hombre hacía un viaje de más de sesenta kilómetros en busca del periódico de Portland, Maine, que tenía siempre una semana de antigüedad por lo menos y a veces estaba manchado de orina de algún perro. Dos semanas después de que el muchacho le comunicara sus intenciones, encontró un artículo de fondo sobre Salem’s Lot y sobre una ciudad de Vermont llamada Momson. En el relato se mencionaba el nombre del hombre alto.
Este dejó el periódico por la habitación sin muchas esperanzas de que el muchacho lo leyera. El artículo le inquietaba por varias razones. Al parecer, no todo había terminado en Salem’s Lot.
Al día siguiente, el chico se le acercó con el periódico en la mano doblado de manera que se viera el encabezamiento: «¿Pueblo fantasma en Maine?»
—Tengo miedo —comentó.
—Yo también —respondió el hombre alto.
¿PUEBLO FANTASMA EN MAINE?
por John Lewis
Director articulista de Press-Herald
JERUSALEM’S LOT. — Jerusalem’s Lot es una pequeña ciudad situada al este de Cumberland y a treinta kilómetros al norte de Portland. No es, en la historia norteamericana, la primera ciudad que muere y desaparece y probablemente no será la última, pero es una de las más extrañas. Los pueblos fantasma son comunes en el sudoeste norteamericano, donde las comunidades crecieron poco menos que de la noche a la mañana en torno de ricos filones de oro y plata para desaparecer después casi con la misma rapidez a medida que las vetas se agotaban, dejando que las tiendas, los hoteles y los saloons se pudrieran, vacíos, en el silencio del desierto.
En Nueva Inglaterra, la misteriosa muerte de Jerusalem’s Lot, o Salem’s Lot, como suelen llamarlo los nativos, solo encuentra parangón en una pequeña ciudad de Vermont llamada Monson. Durante el verano de 1923, al parecer Monson dejó de ser habitable y desapareció, y con ella desaparecieron sus 312 habitantes. Las casas y los edificios de algunas pequeñas tiendas del centro de la ciudad están todavía en pie, pero desde ese verano de hace cincuenta y tres años siguen deshabitadas. En algunos casos, los muebles han sido retirados, pero la mayoría de las viviendas continúan amuebladas, como si en medio de la vida cotidiana un misterioso viento se hubiera llevado a la gente. En una casa la mesa estaba puesta para la comida, hasta con un centro de flores, marchitas desde hacía mucho tiempo. En otra, uno de los dormitorios estaba preparado para que alguien se acostara, con las camas prolijamente dispuestas. En una de las tiendas de la localidad se encontró sobre el mostrador una pieza de tela de algodón podrido y la caja registradora marcaba un dólar con veintidós. Los investigadores encontraron casi 50 dólares en el interior de la caja.
A la gente de aquella zona le gusta entretener a los turistas con la historia e insinuar que el pueblo está encantado; eso, dicen, explica el hecho de que desde entonces haya permanecido vacío. Una razón más plausible podría ser la circunstancia de que Monson se halla situada en un olvidado rincón del estado, lejos de todas las carreteras importantes. Allí no hay nada que no se pueda encontrar también en otras ciudades, a no ser, por supuesto, el misterioso hecho de quedarse súbitamente deshabitada, algo parecido a lo que ocurrió en Mary Celeste.
En el censo de 1970, Salem’s Lot figuraba con 1.319 habitantes, un aumento de 67 personas en los diez años transcurridos desde el censo anterior. Es un municipio extenso y placentero al que sus antiguos habitantes llamaban familiarmente Solar[1] y donde jamás sucedía nada demasiado notable. El único tema de conversación de los ancianos que se reunían regularmente en el parque y en el almacén agrícola era el incendio de 1951, cuando un fósforo arrojado por descuido inició uno de los incendios forestales más impresionantes en la historia reciente del estado.
Para cualquier hombre que quisiera terminar sus años de jubilado en un pequeño pueblo rural donde todo el mundo se ocupaba de sus propios asuntos y donde el gran acontecimiento de la semana solía ser el concurso de bizcochos que organizaba la Comisión de Señoras, Solar podía haber sido una buena elección. En el aspecto demográfico, el censo de 1970 mostraba unos hechos tan familiares a los sociólogos rurales como a cualquiera que residiera desde hacía años en alguna pequeña ciudad de Maine: un montón de ancianos, algunos pobres, y un grupo de jóvenes que se alejaban de la zona con su diploma bajo el brazo para nunca más volver.
Pero hace poco más de un año, algo fuera de lo común empezó a suceder en Jerusalem’s Lot. La gente comenzó a desaparecer. Por supuesto que la mayor parte de los desaparecidos no pueden considerarse como tales en el sentido estricto de la palabra. El antiguo agente de policía de Solar, Parkins Gillespie, vive con su hermano en Kittery. Charles James, propietario de una gasolinera situada frente a la farmacia, está ahora al frente de un taller de reparaciones en la vecina ciudad de Cumberland. Pauline Dickens se ha trasladado a Los Ángeles y Rhoda Curless trabaja en Portland con la Misión San Mateo. La lista de «no desaparecidos» podría prolongarse indefinidamente.
Lo que resulta enigmático en todas estas personas encontradas es su unánime renuencia —o incapacidad— para hablar de Jerusalem’s Lot y de lo que pueda (o no) haber sucedido allí. Parkins Gillespie se limitó a mirar al periodista, encender un cigarrillo y contestar: «Decidí marcharme, eso es todo.» Charles James asegura que se vio obligado a irse porque su negocio desapareció al mismo tiempo que la ciudad. Pauline Dickens, que trabajó durante varios años como camarera en el Café Excellent, no contestó jamás a las preguntas que el periodista le formuló por carta. Y la señorita Curless se niega a decir una sola palabra sobre Salem’s Lot.
Ciertas desapariciones pueden explicarse basándose en algunas conjeturas y haciendo algunas investigaciones. Lawrence Crockett, el agente de la propiedad inmobiliaria de la ciudad, que ha desaparecido con su mujer y su hija, deja tras de sí varias operaciones comerciales e inmobiliarias de dudosa naturaleza, entre ellas cierta especulación con unos terrenos de Portland donde se están construyendo ahora el paseo y el centro comercial. El matrimonio Royce McDougall, también entre los desaparecidos, había perdido a su hijo pequeño ese mismo año y no había nada importante que les retuviera en la ciudad. Podrían estar en cualquier parte, y hay otros en la misma situación. Según Peter McFee, el jefe de policía del estado: «Hemos seguido la pista a muchas de las personas que se fueron de Salem’s Lot, pero no es esta la única ciudad de Maine donde la gente se ha esfumado. Royce McDougall, por ejemplo, se marchó debiendo dinero a un banco y a dos compañías financieras… A mi juicio, no era más que un ave de paso que decidió mejorar su suerte. En cualquier momento, este año o el próximo, usará una de las tarjetas de crédito que tiene en la billetera y lo atraparán en un abrir y cerrar de ojos. En Estados Unidos, las personas desaparecidas son tan frecuentes como la tarta de manzana. Vivimos en una sociedad centrada en el automóvil. Cada dos o tres años, la gente recoge sus bártulos y se va a otro sitio. A veces olvidan dejar su nueva dirección. Especialmente los vagabundos.»
Sin embargo, y pese al contundente sentido práctico de las palabras del capitán McFee, quedan muchas preguntas sin respuesta en Salem’s Lot. Henry Petrie, su mujer y su hijo también se han ido, y sería difícil calificar de vagabundo al señor Petrie, ejecutivo de la Compañía de Seguros Prudencial. También el empresario local de pompas fúnebres, el librero y la esthéticienne están en el archivo de desaparecidos. La lista alcanza una longitud inquietante.
En los pueblos circundantes se ha iniciado la previsible campaña de rumores que es el comienzo de la leyenda. Se afirma que en Salem’s Lot hay fantasmas. Se dice que a veces hay luces de colores que se ciernen sobre los cables de alta tensión de la central eléctrica de Maine, que atraviesan el municipio, y si uno sugiere que a los habitantes de Solar se los llevaron los OVNIS, nadie se reirá. Se ha hablado incluso del «oscuro pacto» de un grupo de jóvenes que celebraban misas negras en el pueblo, lo que podría haber producido la ira de Dios sobre una ciudad que llevaba el mismo nombre que la ciudad más sagrada de Tierra Santa. Otros, menos inclinados hacia lo sobrenatural, recuerdan a los jóvenes que hace unos tres años «desaparecieron» en Houston, Texas, para ser descubiertos luego en espantosas tumbas colectivas.
Tras una visita a Salem’s Lot, todas esas conjeturas parecen menos disparatadas. No queda una sola tienda abierta. La última en desaparecer fue la farmacia de Spencer, que cerró sus puertas en enero. También han cerrado el almacén de productos agrícolas de Crossen, la ferretería, la tienda de muebles de Barlow y Straker, el Café Excellent, e incluso el edificio municipal, así como la nueva escuela secundaria, construida en Solar en 1967. El mobiliario y los libros de la escuela han sido trasladados a un establecimiento provisional en Cumberland, pero parece que al comienzo del nuevo año escolar no acudirá ningún niño de Salem’s Lot. Allí ya no hay niños; solo quedan tiendas y locales abandonados, casas desiertas, jardines y caminos descuidados.
Algunas de las personas a quienes la policía estatal quisiera localizar, o de quienes le gustaría por lo menos tener noticias, son John Croggins, pastor de la iglesia metodista de Salem’s Lot; el padre Donald Callahan, párroco de St. Andrew; Mabel Werts, una viuda de la localidad que se distinguía por su labor en la iglesia de Salem’s Lot y por sus funciones sociales; Lester y Harriet Durham, un matrimonio que trabajaba en Gates Mill y Weaving; Eva Miller, propietaria de una pensión en la localidad…
Dos meses después de la publicación de aquel artículo en el periódico, el muchacho fue bautizado en la fe católica. Hizo su primera confesión y lo confesó todo…
El sacerdote de la aldea era un anciano de cabello blanco y rostro atrapado en una red de arrugas. Desde la cara curtida por el sol, los ojos atisbaban con una vivacidad y una avidez sorprendentes; eran unos ojos azules, muy irlandeses. Cuando el hombre alto llegó a su casa, el cura estaba sentado en el porche tomando el té. Junto a él había un hombre bien trajeado, con el cabello peinado con raya en medio y tal cantidad de brillantina que al hombre alto le hizo pensar en viejas fotografías de 1890.
—Soy Jesús de la Rey Muñoz —se presentó el hombre—. El padre Gracon me pidió que hiciera de intérprete, porque él no sabe inglés. El padre ha hecho a mi familia un gran servicio que no me está permitido mencionar. Mis labios permanecerán igualmente sellados respecto al problema que él quiere plantear. ¿Está usted de acuerdo?
—Sí. —El hombre estrechó la mano de Muñoz y después la de Gracon. Este habló en español sonriendo. No le quedaban más que cinco dientes, pero su sonrisa era alegre y amplia.
—Pregunta si aceptaría usted una taza de té. Es té de menta, muy refrescante.
—Me encantaría.
—El muchacho no es su hijo —dijo el sacerdote una vez superadas las formalidades.
—No.
—Su confesión fue muy extraña. En realidad, en toda mi vida de sacerdote no había oído una confesión tan extraña.
—No me sorprende.
—Y lloró —continuó el padre Gracon mientras bebía su té—, con un llanto intenso y terrible que parecía proceder de lo más profundo de su alma. ¿Debo hacer la pregunta que esa confesión implica?
—No —respondió con calma el hombre alto—. No es necesario. Le dijo la verdad.
Ya antes de que Muñoz se lo tradujera, Gracon asentía con la cabeza y su rostro había cambiado de expresión. Se inclinó hacia delante, con las manos cruzadas entre las rodillas, y habló durante largo rato. Muñoz le escuchaba atentamente con el rostro inexpresivo. Cuando el sacerdote terminó, el intérprete empezó a hablar.
—Dice que en el mundo hay cosas extrañas. Hace cuarenta años, un campesino de El Graniones le trajo una lagartija que gritaba como si fuera una mujer. También ha visto un hombre que tenía estigmas, el sello de la pasión de Nuestro Señor, y que le sangraban las manos y los pies el Viernes Santo. Dice que esto es una cosa terrible y tenebrosa. Grave para usted y para el muchacho (sobre todo para el chico). Es algo que le está carcomiendo. Dice…
Gracon volvió a hablar brevemente.
—Pregunta si usted entiende qué es lo que ha hecho en esta Nueva Jerusalem.
—En Jerusalem’s Lot —repitió el hombre—. Sí, lo entiendo.
Gracon volvió a hablar.
—Quiere saber qué es lo que piensa hacer al respecto.
El hombre alto meneó muy lentamente la cabeza.
—No lo sé.
Gracon habló de nuevo.
—Dice que rezará por ustedes.
Una semana más tarde despertó sudando por una pesadilla y pronunció el nombre del muchacho.
—Tengo que volver —anunció.
El muchacho palideció bajo su bronceado.
—¿Puedes venir conmigo? —preguntó el hombre.
—¿Tú me quieres?
—Sí. Por Dios que sí.
El muchacho empezó a llorar y el hombre alto le abrazó.
Aún seguía sin poder dormir. Había rostros que acechaban en las sombras, elevándose sobre él en un torbellino como caras desdibujadas por la nieve, y cuando el viento sacudía una rama y la golpeaba contra el techo, el hombre daba un salto.
Salem’s Lot…
Cerró los ojos y cubrió su rostro con el brazo. Todo empezó de nuevo. Podía ver el pisapapeles de cristal, uno de esos que cuando se mueven provocan en su interior una tormenta de nieve en miniatura.
El solar de Salem…
Ningún organismo viviente puede seguir existiendo durante mucho tiempo en la realidad absoluta sin perder la razón; hay quien supone que incluso las alondras y las cigarras sueñan. Hill House, un lugar que nadie asociaría precisamente con la cordura, se erguía sola sobre sus colinas reteniendo dentro de sí la oscuridad: hacía ochenta años que se mantenía así y podía seguir haciéndolo durante otros ochenta más. En su interior, las paredes conservaban su perfecta verticalidad, los ladrillos se unían con pulcritud, el suelo se mantenía firme y las puertas cerradas. El silencio se afirmaba pesadamente contra la madera y la piedra de Hill House, y cualquier cosa que por allí apareciera, aparecía sola.
SHIRLEY JACKSON
The Haunting of Hill House
Tras sobrepasar Portland mientras se dirigía al Norte por la autopista de peaje, Ben Mears había empezado a sentir en el vientre un cosquilleo de agitación nada desagradable. Era el 5 de septiembre de 1975 y el verano se complacía en una última y magnífica exuberancia. El verde estallaba en los árboles, el cielo era de un azul lejano y suave y más allá de la línea ferroviaria de Falmouth Ben distinguía a dos muchachos que andaban por un camino paralelo a la autopista con las cañas de pescar al hombro como si fueran carabinas.
Pasó al carril de la derecha, disminuyó la velocidad al mínimo permitido en la autopista y empezó a buscar algo que activara su memoria.
Al principio no encontró nada e intentó prevenirse contra una decepción casi segura. Entonces tenías siete años. Hace veinticinco que corre el agua bajo los puentes. Los lugares cambian y la gente también, pensó.
En aquella época la autopista 295 y sus cuatro carriles no existían. Si uno quería ir a Portland desde Solar, tomaba la carretera 12 hasta Falmouth y desde allí la número 1. El tiempo no se había detenido.
Basta de imbecilidades, se dijo.
Pero era difícil pararse. Era difícil decir basta cuando…
Una gran BSA con el manillar levantado le adelantó súbitamente con un rugido por el carril de la izquierda. Iba conducida por un muchacho en camiseta de deporte mientras una chica vestida con una chaqueta de tela roja y enormes gafas de sol ocupaba el asiento trasero. La aparición fue inesperada y la reacción de Ben excesiva: pisó el pedal del freno a fondo y apoyó ambas manos en el claxon. La motocicleta aceleró arrojando un eructo de humo azul por el tubo de escape, y la chica se giró para apuntarle con un dedo.
Mientras volvía a aumentar la velocidad, Ben deseó fumar un cigarrillo. Le temblaban un poco las manos. La motocicleta, que avanzaba como un rayo, ya casi se había perdido de vista. Los muchachos…, condenados muchachos. Los recuerdos recientes se agolpaban en él y Ben los apartó. Hacía dos años que no había montado en una motocicleta y no pensaba volver a hacerlo jamás.
Un destello rojo le hizo mirar hacia la derecha y al volver la vista sintió una oleada de placer y gratitud. A lo lejos, sobre una colina que se elevaba más allá de un campo de plantas forrajeras, se levantaba un enorme granero rojo con el techo pintado de blanco; incluso desde esa distancia se podía distinguir cómo resplandecía el sol en la veleta colocada sobre el techo. Estaba allí en aquel entonces y allí seguía exactamente con el mismo aspecto. Tal vez, después de todo, las cosas mejorarían. Los árboles volvieron a ocultar el granero.
A medida que la carretera se acercaba a Cumberland el entorno se hacía cada vez más familiar. Atravesó el río, donde de niños solían ir a pescar. Divisó al pasar un fugaz panorama de Cumberland por entre los árboles. Se veía la torre de elevación de aguas de Cumberland con su enorme letrero pintado en un costado: «Conservad el verdor de Maine.» Tía Cindy había dicho siempre que alguien debería escribir debajo: «Y traed dinero.»
Su inicial sensación de exaltación se intensificó y Ben empezó a acelerar esperando distinguir el cartel indicador. Unos ocho kilómetros después apareció ante sus ojos. Estaba pintado de un verde luminoso que destellaba a la distancia:
RUTA 12 JERUSALEM’SR
LOT CUMBERLAND CUMBERLAND CTR
Una súbita oscuridad se abatió sobre él amortiguando su euforia como cuando se echa arena sobre el fuego. Estos episodios se habían hecho frecuentes desde la época gris de su vida (su mente quería pronunciar el nombre de Miranda, pero Ben no se lo permitió). Estaba acostumbrado a mantener a raya sus malos pensamientos, sin embargo esta vez no pudo hacer nada contra la sensación que se apoderó de él con una fuerza tan salvaje que lo atemorizó.
¿Qué pretendía volviendo a un pueblo donde había vivido cuatro años, cuando era niño, con el deseo de recuperar algo ya irrevocablemente perdido? ¿Qué magia esperaba encontrar deambulando por unas calles que había recorrido antaño y que probablemente estarían asfaltadas, niveladas, señalizadas y atestadas de latas de conserva desechadas por los turistas? La magia habría desaparecido, tanto la negra como la blanca. Todo se había ido por el vertedero de basura esa noche, cuando él perdió el control de la motocicleta y después apareció el camión amarillo, cada vez más y más grande, y el alarido de su mujer, Miranda, que de pronto se cortó irrevocablemente cuando…
A la derecha vio la salida y durante un momento Ben pensó en pasar de largo, en seguir hacia Chamberlain o Lewiston, detenerse allí para comer y después dar la vuelta para regresar. Pero ¿regresar adónde? ¿A casa? No pudo reprimir una sonrisa. Si alguna vez se había sentido en casa, había sido aquí. Aunque no hubieran sido más de cuatro años, sin duda era aquí.
Puso el intermitente, disminuyó la velocidad del Citroën y subió por la rampa. A punto de llegar a la cima, a la parte donde la rampa de la autopista se unía a la carretera 12 (que al acercarse más a la ciudad se llamaba Jointner Avenue), levantó la vista hacia el horizonte. Lo que allí vio le obligó a frenar violentamente. El Citroën se detuvo con un estremecimiento.
Los árboles, pinos y abetos en su mayoría, se elevaban en una suave pendiente hacia el este y daban la impresión de amontonarse en el cielo hasta donde alcanzaba la vista. Desde su posición no se distinguía el pueblo; nada más que los árboles y, en la distancia, el ángulo agudo del techo a dos aguas de la casa de los Marsten.
Ben se quedó mirándola fascinado. Con rapidez calidoscópica, encontradas emociones asomaron a su rostro.
—Sigue aquí —murmuró en voz alta—. ¡Por Dios!
Al mirarse los brazos comprobó que se le había puesto carne de gallina.
Evitó pasar deliberadamente por el pueblo; atravesó Cumberland para después volver a Salem’s Lot desde el oeste por Burns Road. Se quedó atónito al ver lo poco que habían cambiado las cosas. Había algunas casas nuevas que Ben no recordaba, una posada —la de Dell— en el límite del pueblo y un par de canteras de grava nuevas. Habían talado buena parte del bosque, pero la vieja señal de hojalata que indicaba el camino hacia el vertedero de basuras del pueblo seguía en su lugar. En cuanto al piso, estaba aún sin asfaltar, lleno de baches e irregularidades. Por la abertura que quedaba entre los árboles, allí donde las torres de los cables de alta tensión de la Central Eléctrica de Mane corrían de noroeste a sudeste, Ben alcanzó a ver Schoolyard Hill. La granja de los Griffen seguía existiendo; además, habían ampliado el granero. Ben se preguntó si seguirían embotellando y vendiendo la leche que producían. El eslogan que usaba era una vaca que sonreía bajo la marca de fábrica: «Leche Rayo de Sol. ¡De las granjas Griffen!» Sonrió al pensar en la cantidad de leche Rayo de Sol en que había bañado sus copos de cereales cuando vivía en casa de la tía Cindy.
Giró a la izquierda para tomar Brooks Road, pasó junto a los portones de hierro forjado y la pared de piedra que rodeaba el cementerio de Harmony Hill y tras descender la abrupta pendiente empezó a subir la del otro lado, lo que se conocía en el pueblo como Marsten’s Hill.
En la cima, los árboles se marchitaban a ambos lados de la carretera. A la derecha, la vista alcanzaba directamente hasta el pueblo; fue la primera visión que Ben tuvo de él. A la izquierda quedaba la casa de los Marsten. Se armó de valor y salió del automóvil.
Todo seguía igual, sin diferencia alguna en lo más mínimo. Era como si lo hubiera visto ayer por última vez.
El césped de las brujas crecía, libre y alto, en el jardín de delante, ocultando las viejas losas desniveladas por las heladas que conducían al porche. Allí cantaban, chirriantes, los grillos, y los saltamontes se elevaban en erráticas parábolas.
La casa miraba hacia el pueblo. Era enorme y parecía desdibujada y vencida. Las ventanas descuidadamente cerradas le daban ese aspecto siniestro de todas las casas viejas que han pasado mucho tiempo vacías. La pintura se había descascarillado a la intemperie y toda la casa tenía un aspecto uniformemente gris. Los temporales de viento habían arrancado muchas tejas y una densa nevada había hundido el ángulo oeste del techo principal dejándolo torcido. A la derecha, un destartalado cartel clavado sobre un poste advertía: «Prohibida la entrada.»
Ben sintió el impulso irresistible de adentrarse por ese camino lleno de malezas acosado por los grillos y saltamontes que se levantarían entre sus pies hasta subir al porche y, entre los postigos mal cerrados, espiar el vestíbulo o el salón. Quizá incluso tantearía la puerta principal y, si no estaba cerrada con llave, entraría.
Tragó saliva y se quedó mirando la casa casi hipnotizado. Con estúpida indiferencia, el edificio le devolvía la mirada.
Al recorrer el vestíbulo sentiría el olor del yeso húmedo y del empapelado podrido y vería escabullirse los ratones por las paredes. Todavía encontraría algunos objetos, tal vez un pisapapeles que guardaría en el bolsillo. Al final del vestíbulo, en vez de seguir hacia la cocina, podría doblar a la izquierda y subir por las escaleras sintiendo crujir bajo los pies el polvo de yeso que durante años había ido cayendo del techo. Había exactamente catorce escalones, pero el último era más pequeño que los anteriores, como si lo hubieran agregado para evitar el número fatídico. Al terminar de subir por la escalera uno se encuentra en el descanso y el pasillo da a una puerta cerrada. Y se avanza hacia ella, mirándola con suma atención, se aprecia el empañado picaporte de plata…
Se alejó para no seguir viendo la casa mientras dejaba escapar el aire por la boca con un silbido. Todavía no… Más adelante tal vez, pero todavía no. Por ahora le bastaba con saber que todo seguía allí esperándole. Apoyó las manos en el capó del coche y se quedó mirando el pueblo. Allí podría averiguar quién administraba la casa de los Marsten y alquilarla. La cocina sería un lugar adecuado para escribir y podría poner un diván en el saloncito de delante. Pero no se dejaría llevar por el impulso de subir por las escaleras.
No, a menos que fuera necesario.
Subió al automóvil, lo puso en marcha y descendió la colina en dirección a Jerusalem’s Lot.