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El panadero se rascó su negro bigote con un dedo enharinado, agrisando los pelos del mismo, con lo que se echó, sin ninguna intención por su parte, diez años encima. A su alrededor, los estantes y mostradores estaban llenos de largas hogazas de pan tierno, crujiente; el aroma familiar le llenaba la nariz y le henchía el pecho de orgullosa satisfacción. El pan era de una nueva hornada, la segunda de la mañana; el negocio andaba bien porque hacía buen tiempo. Él sabía con certeza que bastaba un poquito de sol para que las amas de casa parisinas salieran a la calle en busca de pan reciente.

Miró por la vidriera, entornando los ojos por el resplandor exterior. Una bonita muchacha se aproximaba cruzando la calle. El panadero prestó atención; desde atrás le llegó la voz de su mujer, que discutía a gritos con un empleado. La pelea duraría varios minutos, como siempre. Seguro de que no había peligro, el panadero se permitió mirar a la muchacha con lascivia.

La joven llevaba un vestido de verano, ligero y sin mangas, que al hombre le pareció bastante caro, aunque no era un experto en esas cosas. La falda acampanada, que giraba graciosamente a medio muslo, destacaba las esbeltas piernas desnudas y prometía, sin cumplir del todo, un delicioso vistazo a la ropa interior femenina.

Era demasiado delgada para su gusto, según decidió al verla más cerca. Los pechos eran demasiados pequeños; ni siquiera se estremecían con aquel paso largo y confiado. Veinte años de matrimonio con Jeanne-Marie no lo habían cansado de los pechos grandes y bamboleantes.

La chica entró en el local, y el panadero pudo observar entonces que no era ninguna belleza. Tenía el rostro largo y flaco, boca pequeña, nada generosa, y dientes superiores algo sobresalientes. Su cabello era castaño bajo, una primera capa rubia descolorida por el sol.

Eligió una hogaza del mostrador y, después de probar la corteza con manos largas, hizo un gesto de satisfacción. No sería una belleza, pero sí una personita muy deseable, se dijo el panadero.

Tenía cutis rojo y blanco, de piel aparentemente suave, mas era su porte lo que atraía las miradas: lleno de seguridad y confianza. Decía al mundo que esa muchacha hacía su voluntad y nada más. El panadero decidió que ya era hora de abandonar los juegos de palabras: la chica era sexy, nada más.

Flexionó los hombros para aflojar la camisa, que se le estaba pegando a la espalda sudada.

—Chaud, hein? —comentó.

La chica sacó unas monedas de su cartera y pagó el pan. Recibió el comentario con una sonrisa, y, de pronto, se la vio muy hermosa.

—Le soleil? Je l’aime —respondió. Cerró la cartera y abrió la puerta del local—. Merci! —le arrojó por encima del hombro al retirarse.

Había un leve acento en su francés; al panadero le pareció que sonaba a inglés. Pero tal vez se tratara de su imaginación, porque era lo que correspondía a ese cutis. Mientras ella cruzaba la calle, le miró el trasero, hipnotizado por el movimiento de los músculos bajo el algodón. Quizá volvía al apartamento de algún músico joven y peludo, que aún estaría en la cama tras una noche de jolgorio.

La aguda voz de Jeanne-Marie se aproximó, haciéndole añicos la fantasía. El panadero suspiró y arrojó las monedas de la muchacha a la caja registradora.

 

 

Dee Sleign sonrió para sí mientras caminaba por la acera, alejándose de la panadería. El mito se cumplía: los franceses eran más sensuales que los ingleses. La mirada del panadero había sido francamente lasciva, centrada en su pelvis sin vacilación. Un panadero inglés le habría mirado los pechos por detrás de sus anteojos con aire furtivo.

Inclinó la cabeza hacia atrás y se pasó el cabello por detrás de las orejas, para que el cálido sol le diera en la cara. Era maravilloso: esa vida, ese verano en París. Sin trabajo, sin exámenes, sin ensayos, sin conferencias. Dormir con Mike, levantarse tarde, desayunar con pan tierno y buen café; días enteros pasados con los libros que siempre había querido leer y con los cuadros que siempre había deseado ver; veladas con gente interesante y excéntrica.

Pronto acabaría todo. Antes de que pasara mucho tiempo, debería decidir qué hacer con el resto de su vida. Por ahora, se hallaba en un limbo particular, limitándose a disfrutar de las cosas que le gustaban, sin metas rígidas que dictaminaran su modo de emplear cada minuto.

Giró en una esquina y entró en un edificio de apartamentos, pequeño y sin pretensiones. Al pasar junto a la cabina de diminuta ventana, oyó un agudo grito de la concierge.

—Mademoiselle!

La mujer canosa pronunció el vocablo sílaba por sílaba y logró darle una inflexión acusadora, enfatizando el escandaloso hecho de que Dee no estuviera casada con el inquilino del apartamento. Dee volvió a sonreír; ningún amorío en París habría estado completo sin una concierge desaprobadora.

—Télégramme —dijo la mujer. Puso el sobre sobre el antepecho y se retiró a la penumbra de la cabina, que olía a gato, como para desentenderse por completo de la poca moral de las muchachas y sus telegramas.

Dee lo recogió y corrió escaleras arriba. Iba dirigido a ella. Sabía bien de qué se trataba.

Entró en el apartamento y dejó el pan, junto con el telegrama, en la mesa de la cocinita. Luego, puso algunos granos de café en el molinillo y oprimió el botón. La máquina gruñó con aspereza, mientras pulverizaba los pardos granos.

La afeitadora eléctrica de Mike relinchó a modo de respuesta. A veces, solo la promesa del café lo sacaba de la cama. Dee preparó una cafetera llena y cortó el pan en rebanadas.

El pequeño apartamento de Mike estaba amueblado con piezas viejas, de gusto indefinido. Él hubiera querido algo más grandioso; por cierto, podía pagar un alojamiento mejor. Pero Dee había insistido en que no se acercaran a los hoteles ni a distritos elegantes. Quería pasar el verano con los franceses, no con la jet set internacional. Y se había salido con la suya.

El zumbido de la afeitadora se detuvo. Dee sirvió dos tazas de café.

Él entró en el momento en que ella ponía las tazas en la mesa redonda. Lucía sus Levi’s descoloridos y remendados, una camisa de algodón azul abierta en el cuello, por donde asomaban un mechón de vello negro y un medallón que colgaba de su breve cadena de plata.

—Buenos días, cariño —dijo.

Dio la vuelta a la mesa para darle un beso. Ella lo enlazó por la cintura y lo estrechó contra sí, besándolo con apasionamiento.

—¡Vaya! Esto es un poco fuerte para estas horas de la mañana —comentó él, con una amplia sonrisa californiana. Y se sentó.

Dee lo contempló mientras él sorbía su café, agradecido, preguntándose si en verdad deseaba pasar el resto de su vida con él. La relación entre ambos duraba ya un año y comenzaba a acostumbrarse. Le gustaban el cinismo de Mike, su sentido del humor y su estilo de bucanero. A ambos les interesaba el arte hasta la obsesión, aunque el interés de Mike se basaba en el dinero que se podía ganar, mientras que ella estaba absorta en los porqués y los cómos del proceso creativo. Se estimulaban mutuamente, en la cama y fuera de ella. Formaban un buen equipo.

Él se levantó, se sirvió más café y encendió sendos cigarrillos.

—Estás silenciosa —dijo, con su acento norteamericano, grave y carrasposo—. ¿Sigues pensando en esos resultados? Ya sería hora de que llegaran.

—Han llegado hoy —replicó ella—. Todavía no me he decidido a abrir el telegrama.

—¿Qué? Vamos. Quiero saber cómo te fue.

—Bueno.

Dee tomó el sobre y volvió a sentarse antes de abrirlo con el pulgar. Desplegó una sola hoja de papel fino, le echó un vistazo y luego lo miró con una amplia sonrisa.

—Dios mío, saqué un sobresaliente —dijo.

Él se levantó de un salto, excitado.

—¡Yupii! —gritó—. ¡Ya lo sabía! ¡Eres un genio!

Y rompió en una veloz imitación de las danzas populares del Oeste, con sus gritos de «Yi-jaa» y los sonidos de una guitarra, dando saltitos por la cocina con una compañera imaginaria.

Dee reía, incontenible.

—Para tener treinta y nueve años, eres el tipo más juvenil que he conocido en mi vida —exclamó.

Mike hizo una reverencia, como para agradecer imaginarios aplausos, y volvió a sentarse.

—Bueno, ¿y qué significa esto en tu futuro? —preguntó.

—Significa que debo hacer el doctorado.

—¿Qué? ¿Más títulos? Ahora eres licenciada en Historia del Arte, además de estar diplomada en Bellas Artes. ¿No sería hora de que dejaras de ser estudiante profesional?

—¿Por qué? Aprender es lo que más me entusiasma. Si ellos están dispuestos a pagarme para que estudie el resto de mi vida, ¿por qué no hacerlo?

—No te pagarán mucho.

—Es cierto —repuso Dee pensativa—. Y me gustaría hacer fortuna, de algún modo. Aun así, cuento con tiempo de sobra. Solo tengo veinticinco años.

Mike alargó la mano por encima de la mesa para coger la de ella.

—¿Por qué no vienes a trabajar conmigo? Te pagaría una fortuna. Lo vales.

Ella sacudió la cabeza.

—No quiero aprovecharme de ti. Deseo hacerlo sola.

—Puedes aprovecharte de mí todo cuanto gustes —sonrió él.

Ella hizo un gesto libidinoso.

—¿Qué te parece? —repuso, imitando su acento norteamericano. Pero retiró la mano—. No, voy a escribir la tesis. Si sale publicada, tal vez gane algo.

—¿Cuál será el tema?

—Bueno, he estado jugando con un par de cosas. El más prometedor es la relación entre arte y drogas.

—Moderno.

—Y original. Creo poder demostrar que el abuso de drogas tiende a ser bueno para el arte y malo para los artistas.

—Linda paradoja, ¿por dónde vas a comenzar?

—Por aquí. En París. La comunidad artística solía fumar marihuana en los primeros veinte años del siglo. Solo que la llamaban hachís.

Mike asintió.

—¿Aceptarías una pequeña ayuda, para comenzar?

Dee tomó un cigarrillo.

—Claro —dijo.

Él le ofreció el encendedor.

—Hay un viejo con el que deberías hablar. Fue amigo de cinco o seis maestros de la pintura, antes de la Primera Guerra Mundial. Un par de veces me puso en el rastro de algún cuadro.

»Era una especie de delincuente marginado, pero solía conseguir prostitutas para que sirvieran de modelos (y para otras cosas, a veces) para los pintores jóvenes. Ahora es viejo; debe de estar cerca de los noventa años. Pero aún se acuerda.

 

 

El diminuto piso de una sola dependencia olía mal. El olor de la pescadería de abajo lo invadía todo, y se filtraba por las tablas del piso para posarse en los muebles desencolados, en las sábanas de la estrecha cama del rincón, en las cortinas desteñidas de la única ventana. El humo de la pipa no llegaba a disimular ese hedor. Por debajo de todo eso, existía la atmósfera de un cuarto rara vez limpiado a fondo.

Y de las paredes colgaba una fortuna en pinturas postimpresionistas.

—Todas me las regalaron los artistas —explicó el viejo, indiferente.

Dee tuvo que concentrarse para entender su fuerte francés parisino.

—Es que no podían pagar sus deudas —continuó él—. Yo aceptaba los cuadros porque sabía que ellos jamás tendrían dinero. En aquel entonces, estos cuadros no me agradaban. Ahora comprendo por qué pintaban así y me gusta.

El hombre era calvo por completo, con la piel del rostro floja y pálida. De baja estatura, caminaba con dificultad, mas sus ojillos negros soltaban destellos ocasionales de entusiasmo. Le rejuvenecía esa linda inglesa, que hablaba el francés tan bien y le sonreía como si él siguiera siendo joven.

—¿No lo importuna la gente que quiere comprarlos? —preguntó Dee.

—Ya no. Siempre estoy dispuesto a prestarlos, a cambio de algún dinero. —Los ojos le chisporroteaban—. Con eso pago el tabaco —agregó, levantando la pipa como para un brindis.

En ese momento, Dee notó cuál era el elemento sobrante del olor: el tabaco de la pipa estaba mezclado con hachís. Hizo un gesto de entendimiento.

—¿Quiere un poco? Tengo papel de fumar —ofreció él.

—Gracias.

El viejo le pasó una lata de tabaco, algunos papeles y un pequeño bloque de hachís. Ella comenzó a liar un cigarrillo.

—Ah, las jovencitas —musitó el hombre—. En realidad, las drogas les hacen daño. Yo no debería corromper a la juventud. Pero me he pasado la vida haciéndolo y ya soy demasiado viejo para cambiar.

—Y de ese modo ha vivido largo tiempo —observó Dee.

—Cierto, cierto. Este año cumpliré los ochenta y nueve, creo. Desde hace setenta fumo mi tabaco especial todos los días, salvo cuando estaba en prisión, por supuesto.

Dee pasó la lengua por el engomado del papel y acabó el cigarrillo. Lo encendió con un diminuto encendedor de oro e inhaló el humo.

—¿Los pintores consumían mucho hachís? —preguntó.

—Oh, sí. Hice una fortuna con eso. Algunos se gastaban en él todo lo que ganaban. —Miró un dibujo a lápiz que pendía de la pared: un bosquejo apresurado de una cabeza femenina, de rostro oval y nariz larga y fina—. El peor era Dedó —agregó, con una sonrisa lejana.

Dee buscó la firma en el dibujo.

—¿Modigliani?

—Sí. —Ahora, los ojos del hombre solo veían el pasado. Hablaba como para sí.

»Siempre usaba una chaqueta de piel de cordero y un sombrero de fieltro, grande y flojo. Solía decir que el arte debía ser como el hachís, que muestra la belleza de las cosas a la gente, esa belleza que normalmente no se puede ver. También bebía, para ver la fealdad. Pero el hachís le encantaba.

»Era una pena que tuviera tanta conciencia de eso. Creo que lo criaron con excesiva rigidez. Además, como era algo delicado de salud, las drogas le hacían daño. De cualquier modo, él seguía consumiéndolas.

El viejo sonrió, entre gestos afirmativos, como si estuviera de acuerdo con sus remembranzas, y continuó:

—Vivía en la Impasse Falguiere. Era muy pobre. Se puso demacrado. Me acuerdo de una vez que fue a la sección egipcia del Louvre. Volvió diciendo que era la única parte digna de verse. —Rio con alegría—. Melancólico, el hombre, eso sí —prosiguió, dando a su voz un tono más serio—. Siempre llevaba en el bolsillo Les Chants du Maldoror; sabía recitar muchos poemas franceses. El cubismo llegó hacia el final de su vida; para él era extraño. Tal vez eso lo mató.

Dee habló con suavidad, para guiar los recuerdos del anciano sin descarrilar el tren de sus pensamientos.

—¿Dedó pintó alguna vez mientras estaba drogado?

El hombre rio con ligereza.

—Oh, sí —dijo—. Cuando estaba drogado pintaba muy rápido, gritando siempre que esa sería su obra maestra, su chef-d’œuvre, que todo París entendería su pintura a partir de ese momento. Elegía los colores más intensos y los arrojaba sobre la tela. Los amigos le decían que su obra era inútil, horrible, y él les respondía que se fueran, que eran demasiado ignorantes y no comprendían que ese era el verdadero cuadro del siglo XX. Después, cuando se le pasaba, reconocía que ellos tenían razón y arrojaba la tela a un rincón.

Chupó su pipa y, al notar que se había apagado, buscó los fósforos. El hechizo se había roto.

Dee se inclinó hacia delante, abandonando el duro y recto respaldo de su silla, olvidado el cigarrillo.

—¿Qué fue de esas pinturas?

Él chupó hasta dar vida a su pipa y se reclinó en el asiento, aspirando rítmicamente. Ese regular soc-puf, soc-puf lo impulsó poco a poco a sus remembranzas.

—Pobre Dedó —dijo—. No podía pagar el alquiler. No tenía adónde ir. El propietario le concedió veinticuatro horas para que marchara. Él trató de vender algunas pinturas, pero los pocos capaces de comprender lo buenas que eran tenían casi menos que él.

»Tuvo que mudarse al alojamiento de uno de sus amigos, ya no recuerdo cuál. Había apenas lugar para él; ni hablar de sus cuadros. Prestó a sus amigos íntimos los que más le gustaban. En cuanto al resto... —El viejo gruñó, como si el recuerdo le hubiera causado una punzada de dolor—. Me parece verlo: con la carretilla cargada de cuadros, llevándolos por la calle. Llegó a un solar, los amontonó en el centro y les prendió fuego. «¿Qué voy a hacer?», repetía, una y otra vez. Yo podría haberle prestado dinero, supongo, pero ya me debía demasiado. Aun así, cuando vi cómo miraba el incendio de sus pinturas me arrepentí de no haberlo hecho. Es que nunca fui un santo; ni en mi juventud ni en mi vejez.

—¿Todos los cuadros del hachís estaban en esa fogata?

—Sí —dijo el anciano—. Prácticamente todos.

—¿Cómo prácticamente? ¿Se quedó con alguno?

—No, no se quedó con ninguno. Pero había dado algunos a cierta persona... Lo había olvidado, pero ahora lo recuerdo, ahora que hablo con usted. En su ciudad natal, había un sacerdote que estaba interesado en las drogas orientales. No recuerdo si era por su valor medicinal, sus propiedades espirituales..., algo así. Dedó confesó sus hábitos al sacerdote y él le dio la absolución. Después, el sacerdote quiso ver las obras que había pintado bajo la influencia del hachís. Dedó le envió un cuadro. Solo uno; ahora lo recuerdo.

El cigarrillo quemó los dedos a Dee, que lo dejó caer en un cenicero. El viejo volvió a encender la pipa. Dee se levantó.

—Muchísimas gracias por haberme recibido —le dijo.

—Humm... —La mente del hombre aún estaba a medias en el pasado—. Espero que eso le sirva para su tesis.

—Ya lo creo —afirmó ella. Siguiendo un impulso, se inclinó hacia el anciano y le besó la calva—. Ha sido muy amable.

Los ojos del viejo se encendieron en un chisporroteo.

—Hacía mucho tiempo que no recibía el beso de una chica bonita —dijo.

—De todo lo que usted me ha dicho, eso es lo único que no le creo —respondió Dee. Volvió a sonreírle y cruzó la puerta.

Tuvo que dominar su júbilo mientras caminaba por la calle. ¡Qué descubrimiento! ¡Y antes de haber iniciado siquiera el nuevo período lectivo! Ardía por contar a alguien lo que estaba pasando. Entonces, recordó que Mike se había ido a Londres por un par de días. ¿Con quién podía hablar?

Por impulso, compró una postal en un café y se sentó a escribirla, frente a un vaso de vino. La fotografía mostraba el mismo café y parte de la calle en donde aquel estaba.

Mientras sorbía su vin ordinaire se preguntó a quién enviarla. Debía comunicar a la familia los resultados de sus exámenes. La madre se alegraría, dentro de su distracción habitual; en realidad, ella quería que su hija formara parte de esa moribunda sociedad cortés, llena de bailes y vestidos de gala. No apreciaría el triunfo que representaba ese diploma con honores. ¿Quién, entonces?

De inmediato, recordó a la persona que más se alegraría por ella. Escribió:

 

Querido tío Charles:

¡Créase o no, saqué sobresaliente! Más increíble aún: ¡¡¡Estoy sobre la pista de un Modigliani perdido!!!

Cariños,

D.

 

Compró un sello para la tarjeta y la echó al buzón en su trayecto hacia el apartamento de Mike.