PRÓLOGO

Una vez, sólo una vez, estuvieron todos juntos.

Se volvieron a encontrar hace muchos años, cuando eran jóvenes, antes de que todo esto sucediera; pero el encuentro deja sombras que duran décadas.

Era el primer domingo de noviembre de 1947, para ser exacto; y cada uno de los hombres era presentado a los demás; naturalmente, durante unos minutos estuvieron todos en una misma habitación. Algunos de inmediato olvidaron las caras que vieron y los nombres que escucharon en las presentaciones. Algunos en realidad olvidaron el día por completo; y cuando se volvió tan importante, veinte años más tarde, tuvieron que aparentar que recordaban; mirar las fotografías descoloridas y murmurar «¡Ah, sí!», como si les resultara conocido.

La primera de las reuniones fue una coincidencia, pero no demasiado asombrosa. Eran hombres jóvenes y capaces; destinados a tener poder, a tomar decisiones, e impulsar cambios, cada uno a su manera, en sus diferentes países; y este tipo de jóvenes a menudo se encuentra en lugares como la Universidad de Oxford. Además, cuando sucedió todo esto, los que no estaban implicados inicialmente se vieron envueltos en el asunto simplemente porque habían conocido a los demás en Oxford.

Sin embargo, cuando ocurrió no pareció un encuentro histórico. Era simplemente otra reunión social en un lugar donde había muchas reuniones sociales con jerez (y, los no graduados agregaban, poco jerez). Era una ocasión carente de acontecimientos de interés. Bueno, casi.

Al Cortone golpeó la puerta y aguardó en el vestíbulo a que un hombre muerto le abriera.

La sospecha de que su amigo estaba muerto se había convertido en una certeza en los últimos tres años. Primero Cortone había oído que Nat Dickstein había caído prisionero. Luego, cuando estaba a punto de acabar la guerra, comenzaron a circular historias acerca de lo que les estaban haciendo a los judíos en los campos de concentración nazis. Y, al final, la triste verdad se supo.

Oyó cómo, al otro lado de la puerta, un fantasma deslizaba una silla por el suelo y caminaba torpemente.

Cortone se sintió súbitamente nervioso. ¿Y si Dickstein estuviera inválido, deformado, o acaso mentalmente desequilibrado? Él nunca había sabido cómo manejarse con los inhabilitados físicos o con los dementes, además sólo estuvieron juntos unos días, allá por 1943. ¿Cómo sería Dickstein ahora?

La puerta se abrió.

—Hola, Nat —dijo Cortone.

Dickstein se quedó mirándolo y luego le dedicó una amplia sonrisa. Respondió con una de sus frases hechas:

—¿Te has caído del cielo?

Cortone sonrió aliviado. Se estrecharon las manos, se palmearon las espaldas y se dijeron las típicas frases «afectuosas» de la jerga de cuartel; luego entraron.

Dickstein tenía una habitación en una antigua casa de techos altos, en uno de los barrios viejos de la ciudad. En la habitación había una cama individual perfectamente hecha, como en el ejército; un armario de madera oscura, con una cómoda haciendo juego; y una mesa llena de libros, ante una ventana pequeña. Cortone pensó que la habitación se veía desnuda. Si él hubiera vivido allí, se habría rodeado de objetos personales para que el lugar pareciera más acogedor: fotografías de su familia, recuerdos de las cataratas del Niágara y Miami Beach, su trofeo de fútbol de la High School.

—¿Cómo me has encontrado? —quiso saber Dickstein.

—No ha sido fácil. —Cortone se quitó la chaqueta del uniforme y la dejó sobre la pequeña cama—. Llevo buscándote desde ayer.

Echó una mirada al único sillón que había en la habitación; tenía los posabrazos desportillados, un resorte asomaba por los descoloridos crisantemos de la tela estampada y le faltaba una pata que había sido reemplazada por un ejemplar del Teeteto de Platón.

—¿Los seres humanos pueden sentarse ahí?

—Si pasan de la jerarquía de sargentos no. Pero...

—De todos modos no pertenecen al género humano.

Los dos rieron; era una antigua broma. Dickstein trajo un sillón que tenía ante la mesa y miró a su amigo atentamente.

—Estás más gordo.

Cortone se palmeó la barriga.

—Vivimos bien en Francfort. Realmente te perdiste el ser desmovilizado. —Se inclinó y bajó la voz—. He hecho una fortuna. Joyería, porcelanas, antigüedades; todo comprado con cigarrillos y jabón. Los alemanes se están muriendo de hambre, y lo mejor es que las chicas son capaces de hacer cualquier cosa por un Tootsie Roll.

Volvió a echarse hacia atrás en el asiento, esperando escuchar las risas de Dickstein, pero éste se quedó mirándolo sin decir nada. Desconcertado, Cortone cambió de tema.

—Tú eres cualquier cosa menos gordo.

Al principio se había sentido tan aliviado de ver a Dickstein aún entero y sonriendo que no se había dado cuenta de lo delgado que estaba su amigo. Se le veía demacrado. Nat Dickstein siempre había sido bajo y menudo, pero ahora parecía un saco de huesos. La piel sin vida y con palidez mortal, y los grandes ojos castaños tras los anteojos de armazón de plástico, acentuaban el efecto. Entre el borde de las medias y botamanga del pantalón asomaban unos esqueléticos centímetros de pierna. Cuatro años atrás Dickstein había sido trigueño, musculoso, fuerte como las suelas de cuero de sus botas de militar del ejército británico. Cuando Cortone hablaba de su camarada inglés, cosa que hacía a menudo, decía, «es el cretino más fuerte y el mejor soldado que jamás haya salvado mi cretina vida, y no lo estoy diciendo en broma».

—¿Gordo? No —dijo Dickstein—. Este país aún está bajo un racionamiento riguroso, compañero, pero nos las arreglamos para ir tirando.

—Hemos pasado por peores...

Dickstein sonrió.

—Y hemos sobrevivido.

—A ti te hicieron prisionero.

—En La Molina.

—¿Cómo te cogieron?

—Muy fácil. —Dickstein se encogió de hombros—. Recibí un balazo en la pierna y perdí el conocimiento. Cuando me desperté, estaba en un furgón alemán.

Cortone le miró a las piernas.

—¿Conseguiste salvarla?

—Tuve suerte. En el vagón del tren que transportaba prisioneros de guerra iba un médico.

Cortone asintió.

—Y luego el campo...

Pensó que quizá no debería preguntar, pero quería saber.

Dickstein desvió la mirada.

—Todo iba más o menos bien hasta que descubrieron que era judío —explicó—. ¿Quieres una taza de té? No puedo permitirme comprar whisky.

—No. —Cortone pensó que hubiera sido mejor no haber hablado—. De todos modos ya no bebo whisky por la mañana. Ahora la vida ya no me parece tan corta como antes.

Dickstein volvió a mirar a Cortone.

—Decidieron descubrir cuántas veces se podía romper una pierna por el mismo lugar y volver a soldarse.

—Dios santo —murmuró Cortone.

—Ésa fue la mejor parte —continuó Dickstein en voz baja y monótona. Volvió a desviar la mirada.

—Hijos de puta —dijo Cortone. No sabía qué decir. Entonces se dio cuenta de la extraña expresión que dominaba el rostro de Dickstein. Era miedo, y le resultó extraño descubrirlo. Después de todo, aquello ya había pasado. ¿No era así?— Bueno, diablos, al final ganamos —dijo palmeando el hombro de Dickstein, quien forzó una sonrisa.

—Así es... Bien, dime, ¿qué estás haciendo en Inglaterra? ¿Y cómo me has encontrado?

—Bueno, decidí parar en Londres antes de continuar de viaje de vuelta a Buffalo. Fui a la Oficina de Guerra... —Cortone vaciló. Había ido a la Oficina de Guerra para saber cómo y dónde había muerto Dickstein—. Me dieron una dirección en Stepney —continuó—, pero cuando llegué allí, sólo había una casa en pie en toda la manzana. En esa casa, cubierto de polvo, me encontré a un viejo...

—Tommy Coster.

—Exactamente. Bueno, después de tomar diecinueve tazas de té y de escuchar la historia de su vida, me dijo que fuera a otra casa que estaba a la vuelta de la esquina, donde vive tu madre. Ella me invitó a más té y también me explicó su vida. Cuando por fin me dio tu dirección ya era demasiado tarde para coger el último tren a Oxford, así que decidí esperar y venir a verte esta mañana... Y aquí estoy. No estaré mucho tiempo; mi barco sale mañana.

—¿Ya tienes la baja?

—Dentro de tres semanas, dos días y noventa y cuatro minutos.

—¿Qué vas a hacer cuando estés en casa?

—Administrar los negocios de la familia, en estos dos últimos años he descubierto que soy un gran hombre de negocios.

—¿Qué tipo de negocios tiene tu familia? Nunca me hablaste de ello.

—Transporte en camiones —contestó Cortone sin querer extenderse en más explicaciones—. ¿Y tú? ¿Qué haces en la Universidad de Oxford? ¡Por Dios!, no me digas que a estas alturas estás estudiando.

—Literatura hebrea.

—Estás bromeando...

—Podía escribir hebreo antes de ir al colegio; ¿nunca te lo dije? Mi abuelo era un estudioso. Vivía en un cuarto hediondo de una casa de comidas que había en Mile End Road. Yo iba allí todos los sábados y domingos desde antes de tener uso de razón, y nunca me quejé por ello, al contrario, me encantaba. De todos modos, ¿qué otra cosa podría estudiar?

Cortone se encogió de hombros.

—No lo sé; física atómica, dirección de empresas... ¡Yo qué sé! Además, ¿por qué tienes que estudiar algo?

—Para llegar a ser feliz, inteligente y rico.

Cortone sacudió la cabeza.

—Loco como siempre. ¿Hay muchas chicas por aquí?

—Muy pocas. Además estoy ocupado.

—Mentiroso. —Le pareció que Dickstein se sonrojaba—. Estás enamorado, vamos... ¿Crees que no me doy cuenta? ¿Quién es ella?

—Bueno, a decir verdad... —Dickstein estaba confundido—. No pue... Está lejos. Es la esposa de un profesor. Exótica, inteligente, la mujer más hermosa que he conocido en mi vida.

—No parece que tengas muchas posibilidades con ella, Nat —dijo Cortone.

—Lo sé, pero... —Dickstein se puso de pie—. Vas a tener la oportunidad de conocerla.

—¿Me la vas a presentar?

—El profesor Ashford da una fiesta en la que habrá jerez. Estoy invitado. Iba a irme en este momento, antes de que tú llegaras. —Dickstein se puso la chaqueta.

—Una fiesta en Oxford —dijo Cortone—. ¡Cuando esto se sepa en Buffalo!

Era una fría y despejada mañana. Los rayos pálidos del sol desleían las paredes de piedra ocre de los viejos edificios de la ciudad. Caminaban en silencio, con las manos en los bolsillos y encorvados para protegerse del frío viento de noviembre. Cortone iba murmurando: «Sueño sobre sueño, mierda.»

Había poca gente por las calles, sin embargo no habrían caminado más de un kilómetro cuando Dickstein señaló a un hombre alto, con una bufanda de estudiante al cuello, que caminaba por la acera de enfrente.

—Ahí va el ruso —dijo, y gritó—: ¡Eh! ¡Rostov!

El hombre levantó la cabeza, agitó la mano y cruzó la calle. Llevaba el pelo cortado al rape como en el ejército, y era demasiado alto y delgado para el traje que llevaba. Cortone estaba empezando a creer que todo el mundo era delgado en el país.

—Rostov está en Balliol, en el mismo college que yo —le explicó Dickstein—. David Rostov te presento a Alan Cortone. Al y yo estuvimos en Italia juntos durante un tiempo. ¿Ibas a la casa de Ashford?

El ruso asintió.

—Cualquier cosa por un trago gratis.

—¿Usted también está interesado por la literatura hebrea? —le preguntó Cortone.

—No, yo estoy estudiando economía burguesa —contestó Rostov.

Dickstein soltó una estruendosa carcajada, dejando desconcertado a Cortone. Dickstein explicó.

—Rostov es de Smolensko. Es miembro del Partido Comunista de la Unión Soviética —explicó Dickstein, pero Cortone seguía sin entender qué le había hecho tanta gracia.

—Creía que nadie podía salir de Rusia —dijo.

Rostov le explicó que su padre era diplomático en Japón cuando estalló la guerra. Tenía una expresión seria, pero ocasionalmente se permitía una sonrisa astuta. Aunque su inglés era imperfecto, se las ingenió para que Cortone comprendiera que se sentía ciertamente superior a él. Cortone dejó de prestarle atención y pensó cómo podía haber llegado a querer a Dickstein como si fuera su propio hermano, pelear hombro con hombro junto a él y ahora que se había convertido en un estudiante de literatura hebrea advertir que nunca lo había conocido de verdad.

—¿Has decidido ya si irás a Palestina? —preguntó entonces Rostov a Dickstein.

—¿A Palestina? —preguntó Cortone—. ¿Para qué?

Dickstein pareció inquietarse:

—Aún no.

—Deberías ir —dijo Rostov—. La Jewish National Home contribuirá a deshacer los últimos restos del Imperio británico en Oriente Próximo.

—¿Ésa es la línea del partido? —preguntó Dickstein con una desvaída sonrisa.

—Sí —dijo Rostov seriamente—. Tú eres socialista...

—De algún modo.

—... y es muy importante que el nuevo Estado sea socialista.

Cortone no lo podía creer.

—Los árabes están matando a tu gente en Palestina. Diablos, Nat; ¡acabas de librarte de los alemanes!

—Todavía no he decidido lo que voy a hacer —repitió Dikstein, sacudiendo la cabeza irritado—. No sé lo que haré. —Era evidente que no quería hablar del asunto.

Caminaban deprisa. El rostro de Cortone estaba helado, pero su cuerpo transpiraba bajo su uniforme de invierno. Rostov y Dickstein comenzaron a discutir un episodio escandaloso: un hombre llamado Mosley —el nombre no le decía nada a Cortone— había sido persuadido para ir a Oxford y pronunciar un discurso ante el monumento en memoria de los mártires. Mosley, por lo que Cortone pudo entender, era un fascista, y Rostov sostenía que el incidente probaba hasta qué punto la democracia social estaba más cercana al fascismo que al comunismo. Dickstein argumentaba que los estudiantes que habían organizado todo aquello simplemente intentaban llamar la atención.

Cortone escuchaba y observaba a los dos hombres. Eran una extraña pareja: Rostov, alto, con la bufanda enrollada en el cuello como un vendaje rayado, caminaba a pasos largos, y al hacerlo sus pantalones demasiado cortos ondeaban como banderas por encima de sus tobillos; y el menudo Dickstein, grandes ojos y lentes redondos, vestido con un traje de desmovilización, con aspecto esquelético. Cortone no era demasiado culto, pero consideraba que podía adivinar cuándo se mentía en cualquier «idioma» y sabía que ninguno de los dos estaba diciendo lo que pensaba: Rostov repetía como un loro una suerte de dogma oficial, y Dickstein, con su aparente prescindencia, enmascaraba una actitud más profunda. Cuando Dickstein se echó a reír por lo de Mosley, a Cortone le recordó a un chico que se ríe al despertar de una pesadilla. Los dos mantenían una discusión inteligente pero no había sentimiento en sus palabras; era como un duelo con espadas desafiladas.

En un momento dado Dickstein pareció advertir que Cortone había quedado fuera de la conversación y comenzó a hablar del dueño de la casa a donde iban.

—Stephen Ashford es algo excéntrico, pero desde luego es un hombre muy interesante —dijo—. Pasó la mayor parte de su vida en Oriente Próximo. Amasó una pequeña fortuna y la perdió. Solía hacer cosas tan alocadas como cruzar el desierto de Arabia en camello.

—Ésa podría ser la manera menos absurda de cruzarlo —dijo Cortone.

—Su esposa es libanesa —terció Rostov.

Cortone miró a Dickstein.

—Ella es...

—Mucho más joven que él —explicó Dickstein, adelantándose a su pregunta—. La trajo a Inglaterra justo antes de que comenzara la guerra, y él trabajó aquí como profesor de literatura semítica. Si te sirve marsala en lugar de jerez, significa que te estás quedando más de la cuenta.

—¿La gente conoce la diferencia? —preguntó Cortone.

—Ésta es la casa.

Cortone casi esperaba encontrarse con un edificio de arquitectura árabe; pero la casa de Ashford imitaba el estilo Tudor, estaba pintada de blanco con el maderamen verde. Los tres jóvenes atravesaron un sendero de ladrillos que llevaba a la casa y cruzaba el jardín delantero que parecía un bosque de arbustos. La puerta principal estaba abierta y entraron al pequeño vestíbulo cuadrado. En algún lugar varias personas reían. La reunión había comenzado. Se abrieron un par de puertas y salió la mujer más bella del mundo. Cortone quedó paralizado. Se detuvo a contemplarla mientras ella cruzaba la habitación para recibirlos. Oyó que Dickstein decía:

—Éste es mi amigo Alan Cortone. —Y de pronto estaba tocando su mano tostada, cálida y seca, de dedos largos y delgados que no hubiera querido soltar.

La mujer se volvió y los condujo hasta la sala de estar. Dickstein tocó el brazo de Cortone y sonrió: sabía lo que estaba pasando en el ánimo de su amigo.

Cortone recuperó su compostura lo suficiente como para decir: «Demonios.»

Pequeños vasos de jerez estaban alineados con precisión militar sobre una mesa. Ella tomó uno y se lo ofreció a Cortone con una sonrisa.

—Bueno, soy Eila Ashford —dijo.

Mientras ella distribuía los vasos, Cortone la observó con atención. No llevaba ninguna alhaja, ni se había maquillado; tenía el pelo negro y lacio y aunque llevaba un vestido blanco y calzaba sandalias, tuvo la sensación de estar viéndola prácticamente desnuda. Cortone, confundido por estos pensamientos que le venían a la mente mientras la miraba, se obligó a darse la vuelta y estudiar el ambiente. La habitación tenía esa elegancia de los lugares donde la gente vive algo por encima de sus posibilidades. La rica alfombra persa cubría un suelo de linóleo gris algo descascarado, y vio que alguien había estado arreglando la radio porque había algunas piezas sobre una mesa. En la pared vio dos cercos más claros en el papel, señal inequívoca de que dos cuadros habían sido quitados. También se dio cuenta de que no todos los vasos de jerez eran del mismo juego. Unas doce personas estaban en la habitación.

Un árabe, que vestía un hermoso traje occidental color gris perla, estaba de pie ante el fuego mirando una estatuilla de madera que estaba en la repisa de la chimenea. Eila Ashford lo llamó.

—Quiero presentarle a Yasif Hassan, un amigo de mi familia —dijo—. Está en el Worcester College.

—Conozco a Dickstein —comentó Hassan y fue dando la mano a todos.

Cortone pensó que Hassan era un tipo bastante atractivo, pero notó que se mostraba altivo como ocurría con muchos árabes que hacían dinero y eran invitados a casas de blancos.

—¿Usted es del Líbano? —le preguntó Rostov.

—De Palestina.

—¡Ah! —El ruso se animó—. ¿Y qué piensa del plan de reparto de las Naciones Unidas?

—No le concedo ningún valor —dijo el árabe lánguidamente—. Sólo cuando los ingleses se vayan mi país tendrá un gobierno democrático.

—Pero entonces los judíos quedarán en minoría —argumentó Rostov.

—Están en minoría en Inglaterra. ¿Habría que darles Surrey como patria?

—Surrey nunca fue de ellos, pero Palestina sí lo fue una vez.

Hassan se encogió de hombros con elegancia.

—Eso fue cuando los galeses dominaban Inglaterra; los ingleses, Alemania; y los normandos franceses vivían en Escandinavia. —Se volvió hacia Dickstein—. Usted tiene noción de la justicia, ¿qué piensa?

Dickstein se quitó las gafas.

—Dejemos a un lado la justicia. Quiero un lugar que pueda llamar mío.

—¿Aun cuando tenga que robar el mío? —preguntó Hassan.

—Usted puede tener el resto de Oriente Próximo.

—No lo quiero.

—Esta discusión prueba la necesidad de una distribución —dijo Rostov.

Eila Ashford les ofreció cigarrillos en una caja. Cortone tomó uno, y encendió el de ella. Mientras los demás discutían sobre Palestina, Eila le preguntó:

—¿Hace mucho que conoce a Dickstein?

—Nos conocimos en 1943 —respondió él. Le observó los labios mientras fumaba, lo hacía de una manera hermosa. Delicadamente se quitó una pizca de tabaco de la punta de la lengua.

—Es un joven por el que siento mucha curiosidad —dijo Eila.

—¿Por qué?

—A muchos de los que le conocen les sucede lo mismo que a mí. Es tan sólo un muchacho, y sin embargo parece tan mayor. Además es evidentemente un cokney, pero no se intimida para nada ante los ingleses de clase alta. Habla de todo, excepto de sí mismo.

Cortone asintió:

—Me doy cuenta de que yo tampoco lo conozco.

—Mi marido dice que es un estudiante brillante.

—A mí me salvó la vida.

Ella lo miró interesada, como si tratara de averiguar si Cortone tan sólo intentaba impresionarla o realmente decía la verdad.

—Me gustaría que me lo contara.

Un hombre maduro que llevaba unos amplios pantalones de pana le tocó el hombro y dijo:

—¿Qué tal va todo, querida?

—Muy bien —respondió ella—. Señor Cortone, éste es mi esposo, el profesor Ashford.

—¿Cómo está usted? —preguntó Cortone.

Ashford, un hombre que se estaba quedando calvo y no vestía con demasiada elegancia, decepcionó un poco a Cortone, que había esperado que fuese un Lawrence de Arabia. Pensó: Después de todo quizá Nat tenga alguna posibilidad.

—El señor Cortone me estaba contando cómo Dickstein le salvó la vida —dijo Eila.

—¡Qué interesante! —exclamó Ashford.

—No es muy largo de contar —dijo Cortone. Echó una mirada a Dickstein, que en ese momento estaba enfrascado en una discusión con Hassan y Rostov. A Cortone le llamó la atención cuán delatadora era la postura de cada uno de aquellos tres hombres: el ruso, con los pies separados, blandía un dedo como un maestro, seguro en su dogma; Hassan, apoyado contra una estantería llena de libros, tenía una mano en el bolsillo y fumaba pausadamente. Daba la sensación de que aquella discusión sobre el futuro de su país era de mero interés académico para él. Dickstein parecía tenso, con los brazos cruzados a la altura del pecho, los hombros encorvados y la cabeza baja. Su postura contradecía del todo sus palabras carentes de todo apasionamiento. Cortone escuchó: «Los ingleses prometieron Palestina a los judíos», y la réplica: «Guárdate de los regalos de un ladrón.» Se volvió de nuevo hacia los Ashford y comenzó a relatarles la historia.

—Fue en Sicilia, cerca de Ragusa, una ciudad de montaña —dijo—. Yo había llevado un grupo hacia las afueras, y al llegar al norte de la ciudad nos encontramos con un tanque alemán en un pequeño pozo junto a un grupo de árboles. Parecía abandonado. Cuando nos pusimos de nuevo en marcha, se oyó un disparo, sólo uno, y un alemán con una ametralladora cayó de un árbol. Había estado ahí escondido, con la intención de sorprendernos cuando pasáramos. Nat Dickstein fue quien le disparó.

Los ojos de Eila brillaban, parecía interesada, pero su marido había palidecido. Era evidente que el profesor no tenía estómago para relatos macabros. Cortone pensó: Bueno, si esto te descompone, espero que Dickstein nunca te cuente ninguna de sus historias.

—Los ingleses habían llegado a la ciudad desde el otro lado —continuó Cortone—. Nat, al igual que yo, había visto el tanque y olió la trampa. Había localizado al tirador apostado entre los árboles y estaba aguardando para ver si había otros cuando nosotros aparecimos. Si no hubiera sido tan astuto, yo estaría muerto.

Eila y su marido guardaron silencio por un momento.

—No hace tanto tiempo —señaló—, pero olvidamos tan pronto...

Ella recordó entonces a sus demás invitados y antes de alejarse dijo:

—Me gustaría volver a hablar con usted antes de que se vaya. —Luego se dirigió al otro extremo de la habitación donde Hassan estaba tratando de abrir las puertas que daban al jardín.

Ashford se pasó nerviosamente una mano por los cabellos desaliñados.

—Todos oímos hablar de las grandes batallas, pero sólo los soldados recuerdan los pequeños incidentes personales.

Cortone asintió. Tenía la sensación de que Ashford no tenía idea de cómo era una guerra, y se preguntó si la juventud del profesor había sido realmente tan aventurera como afirmaba Dickstein.

—Más tarde lo llevé a que conociera a mis primos (mi familia proviene de Sicilia) y celebramos lo ocurrido con pasta y vino. Estuvimos juntos sólo unos días, pero llegamos a sentirnos tan unidos como hermanos, ¿sabe?

—Entiendo.

—Cuando supe que había caído prisionero, pensé que no lo volvería a ver nunca más.

—¿Sabe usted lo que le sucedió? —preguntó Ashford—. Él nunca cuenta mucho...

Cortone se encogió de hombros.

—Sobrevivió a los campos...

—Tuvo suerte.

—¿Le parece?

Ashford lo miró confundido y luego se dio la vuelta y miró alrededor. Pasado un momento dijo:

—Ésta no es una reunión muy típica de Oxford. Dickstein, Rostov y Hassan son estudiantes un tanto fuera de lo común. Tendría que conocer a Toby, es el arquetipo del no graduado. —Se cruzó con la mirada de un muchachito de cara sonrosada con traje de tweed y una ancha corbata tejida—. Toby, ven, quiero presentarte a un compañero del ejército de Dickstein, el señor Cortone.

Se dieron un fuerte apretón de manos.

—¿Tienen alguna información exclusiva? —preguntó Toby—. ¿Ganará Dickstein?

—¿Ganar qué? —preguntó Cortone confundido.

Ashford explicó:

—Dickstein y Rostov van a jugar una partida de ajedrez. Se supone que los dos son muy buenos. Toby cree que usted podría tener alguna novedad exclusiva... Probablemente quiera apostar sobre el resultado.

—Creía —dijo Cortone— que el ajedrez era un juego de viejos.

Toby exclamó, en voz bastante alta y vaciando el vaso:

—¡Ah! —Tanto él como Ashford parecían estupefactos por el comentario de Cortone. Una pequeña, de cuatro o cinco años, entró desde el jardín con un gato viejo y gris en los brazos. Ashford la presentó con el orgullo coqueto de un hombre que ha llegado a ser padre en la madurez.

—Ésta es Suza.

—Y éste es Ezequiel —dijo la niña.

Tenía la piel y el pelo de su madre; sería tan hermosa como ella. Cortone se preguntó si sería en realidad hija de Ashford, pues no se le parecía en nada. La niña extendió la patita del gato y Cortone cortésmente se la tomó y saludó:

—¿Qué tal Ezequiel?

Suza fue hasta donde estaba Dickstein.

—Buenos días, Nat. ¿Podrían hacerle una caricia a Ezequiel?

—Es un encanto —dijo Cortone a Ashford—. Tengo que hablar con Nat. ¿Me disculpa un momento? —Fue hasta donde estaba Dickstein, que se hallaba de rodillas acariciando el gato.

—Éste es mi amigo Alan.

—Ya nos conocemos —respondió la niña agitando las pestañas.

Cortone pensó: Eso lo ha aprendido de su madre.

—Estuvimos juntos en la guerra —continuó Dickstein. Suza miró a Cortone.

—¿Mataste gente?

Él dudó.

—Sí.

—¿Sientes remordimiento?

—No demasiado. Era gente mala.

—Nat tiene remordimiento. Por eso no le gusta mucho hablar de ello.

La niña había aprendido a conocer a Dickstein más que todos los adultos juntos.

El gato saltó de los brazos de Suza con sorprendente agilidad y ella fue tras él. Dickstein se puso de pie.

—Yo no diría que la señora Ashford es inalcanzable —dijo Cortone quedamente.

—¿Ah, no?

—Ella no puede tener más de veinticinco años y él es por lo menos veinte años mayor; además, apostaría a que no es un tipo muy interesante. Si se casaron antes de la guerra, ella debía de tener unos diecisiete años. Y desde luego ahora no parecen muy enamorados.

—Me gustaría poder creerte —dijo Dickstein, sin mostrar demasiado interés por lo que Cortone le decía, muy al contrario de lo que éste había esperado—. Ven, vamos a ver el jardín.

Franquearon las puertas francesas. El sol calentaba más ahora y no hacía tanto frío. El jardín se extendía en una espesura verde oscura hasta la orilla del río. Caminaron alejándose de la casa.

—Toda esta gente no parece gustarte mucho —empezó Dickstein.

—La guerra ha concluido. Ahora tú y yo vivimos en mundos diferentes. Todo esto, profesores, partidas de ajedrez, reuniones... es para mí como si me trasladaras a Marte. Mi vida es hacer negocios, derrotar a la competencia, ganar unos cuantos dólares. Había pensado en ofrecerte un lugar en mi empresa, pero me doy cuenta de que malgastaría mi tiempo.

—Alan...

—Escucha, qué diablos. Probablemente ahora nos perdamos de vista. No me gusta escribir cartas, pero seguiré manteniéndome en contacto contigo porque nunca olvidaré que te debo la vida. Así sabrás donde encontrarme si más adelante necesitas algo de mí, y yo podré pagarte esa deuda.

Dickstein iba a contestarle cuando escucharon unas voces que se lo impidieron.

—Oh..., no, aquí no, ahora no... —gritó una mujer.

—¡Sí! —contestó una voz de hombre.

Dickstein y Cortone se hallaban junto a un espeso seto que servía de cerco en la esquina del jardín; alguien había comenzado a plantar un macizo y nunca había concluido el trabajo. A pocos pasos de donde estaban se abría un claro, luego el cerco dibujaba un ángulo recto y se extendía a lo largo de la orilla del río. Las voces venían claramente desde el otro lado del follaje.

La mujer volvió a hablar, en voz baja y ahogada.

—No; no lo hagas, por favor...

Dickstein y Cortone atravesaron el claro.

Cortone nunca olvidaría lo que vio. Miró al hombre y a la mujer y luego a Dickstein, que, estupefacto, parecía a punto de caer desplomado; boquiabierto, miraba con horror y desesperación la escena. Cortone volvió a mirar a la pareja.

La mujer, Eila Ashford, con la falda del vestido recogida en torno a la cintura y el rostro arrebatado por el placer, besaba apasionadamente a Yasif Hassan.

Capítulo 1

1

En el aeropuerto de El Cairo la llamada de atención del servicio de información por megafonía era un ruido parecido al de un timbre. A continuación se anunció en árabe, italiano, francés e inglés la llegada del vuelo de Alitalia proveniente de Milán.

Towfik el-Masiri dejó su mesa en el buffet y se fue abriendo camino hasta llegar a la terraza. Se puso las gafas de sol para mirar la pista de cemento reverberante. El Caravelle ya había aterrizado y los viajeros estaban descendiendo por las escalerillas.

Towfik estaba allí porque esa mañana había recibido un telegrama codificado de su «tío», que venía desde Roma. Era habitual utilizar códigos para tratar de asuntos de negocios en telegramas internacionales, siempre que antes se dejara la clave en la oficina de Correos. Tales códigos se usaban más para ahorrar dinero —mediante la reducción de frases comunes a una sola palabra— que para mantener secretos. El telegrama del tío de Towfik, descifrado conforme al código registrado, daba detalles del testamento de su tía. Sin embargo Towfik aplicó otra clave y el mensaje que él leyó era el siguiente:

Observe y siga profesor Friedrich Schulz. Llega Cairo vía Milán miércoles 28 de febrero 1968 por varios días. Edad 51 altura 1,80 m peso 75 kilos pelo blanco ojos azules nacionalidad austriaco. Acompaña esposa solamente.

Los pasajeros comenzaron a salir del avión, y Towfik reconoció a su hombre casi inmediatamente. Sólo había un hombre alto, delgado y de pelo blanco en ese vuelo. Llevaba un traje azul claro, una camisa blanca y corbata, una bolsa de plástico de las que se dan con las compras y una cámara fotográfica. Su esposa, mucho más baja, llevaba una minifalda, siguiendo los dictados de la moda, y una peluca rubia. Mientras cruzaban la pista miraban alrededor y olían el caluroso aire seco del desierto como suele hacer la mayor parte de la gente que llega por primera vez a África del Norte.

Los pasajeros desaparecían en el vestíbulo de llegada. Towfik aguardó en la terraza hasta que todos retiraron el equipaje de la cinta y luego entró y se mezcló con el grupo de personas que aguardaba detrás de la baranda de la aduana.

Tuvo que esperar mucho, algo que desde luego no le habían enseñado a hacer. Le enseñaron a llevar armas y a usarlas, a memorizar mapas, abrir cerraduras de cajas fuertes y matar gente sólo con las manos. Todo eso lo había aprendido en los primeros seis meses del curso de entrenamiento; pero no le habían dado clases para tener paciencia, ni ejercicios para aliviar el dolor de pies, ni seminarios acerca del tedio. Además, tenía la sensación de que algo iba mal, y debía andar con cuidado para no levantar sospechas...

Había otro agente entre la multitud.

El subconsciente de Towfik lo puso alerta mientras meditaba sobre la paciencia. Las personas que aguardaban a sus parientes, amigos o socios que venían en el avión de Milán estaban impacientes. Fumaban, pasaban el peso del cuerpo de un pie a otro, inclinaban la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro, husmeaban. Había una familia de clase media con cuatro niños; dos hombres que vestían la tradicional chilaba rayada; un hombre de negocios con traje oscuro; una joven blanca; un chófer con un distintivo de la empresa Ford; y...

Un hombre que no parecía impaciente.

Lo mismo que Towfik, tenía la piel oscura y el pelo corto y usaba un traje de corte europeo. A primera vista parecía estar con la familia de clase media... tal como Towfik podía parecer que estaba con el hombre de negocios vestido de traje oscuro. El otro agente permanecía tranquilo, con las manos a la espalda, mirando hacia la salida de la sala de equipajes, como si no tuviera nada que hacer. Tenía una línea de piel más clara a lo largo de la nariz, como si fuera una antigua cicatriz. Se la tocó, una vez, en un gesto que podría ser nervioso, luego volvió a cogerse las manos a la espalda.

El interrogante era: ¿había descubierto a Towfik?

Éste se volvió hacia el hombre de negocios que estaba junto a él, y dijo:

—Nunca entiendo por qué esto tiene que tomar tanto tiempo. —Sonrió y habló en voz baja, de tal modo que el hombre de negocios tuvo que inclinarse para oír lo que él decía y a su vez le sonrió. Parecían dos viejos conocidos.

El hombre de negocios dijo:

—Llevar a cabo todas las formalidades lleva más tiempo que viajar.

Towfik echó una mirada al otro agente. El hombre seguía en la misma posición, observando la salida. No había intentado ningún tipo de disimulo. ¿Eso significaba que no había localizado a Towfik? ¿O simplemente había decidido que lo despistaría mejor aparentando no haberlo descubierto, y que cualquier disimulo lo pondría en evidencia?

Los pasajeros comenzaron a aparecer, y Towfik se dio cuenta de que no podía hacer nada en ningún sentido. Tuvo la esperanza de que las personas a quienes el agente aguardaba salieran antes que el profesor Schulz.

No fue así. Schulz y su esposa estuvieron entre los primeros pasajeros que salieron.

El otro agente se aproximó a ellos y se dieron la mano.

Naturalmente, naturalmente.

El otro agente estaba ahí aguardando a Schulz.

Towfik observó mientras el hombre llamaba a los mozos y acompañaba a los Schulz a la salida; luego se fue a su coche por una puerta distinta. Antes de entrar en él se quitó la chaqueta y la corbata y se puso las gafas de sol y una gorra de algodón blanca. De esta forma sería difícil que alguien lo identificara como el hombre que había estado esperando en el lugar señalado.

Se imaginó que el agente habría estacionado en una zona no destinada a los que aguardaban, justo fuera de la entrada principal, de modo que condujo el coche hasta ese lugar. Tenía razón. Vio a los mozos cargando el equipaje de Schulz en el maletero de un Mercedes gris de cinco años atrás. Continuó la marcha.

Se dirigió con su sucio Renault a la carretera principal que iba de Heliópolis, donde estaba situado el aeropuerto, a El Cairo. Condujo a una velocidad de sesenta kilómetros por hora y se mantuvo en el carril de velocidad lenta. Dos o tres minutos más tarde, el Mercedes lo pasaba, y él aceleró para no perderlo de vista. Memorizó el número de la matrícula puesto que siempre es útil reconocer el coche del enemigo.

El cielo comenzó a nublarse. Mientras aceleraba por la carretera bordeada de palmeras, Towfik consideró lo que había descubierto hasta el momento. El telegrama no le decía mucho sobre Schulz, aparte de describirle su aspecto e indicarle que era un profesor austriaco. No obstante, la escena del aeropuerto era significativa. Lo habían tratado como a una especie de VIP clandestino. Towfik consideró que el que lo esperaba era un agente local. Todo indicaba que era así: sus ropas, su coche, su manera de esperar. Parecía, pues, que Schulz había llegado a El Cairo por invitación del gobierno, pero que él o la gente a quien había venido a ver querían que su visita se mantuviera en secreto.

No era mucho lo que sabía. Schulz ¿era profesor de qué? Podía ser un banquero, un fabricante de armamento, experto en cohetería, o un comprador de algodón. Incluso podía estar vinculado con Al Fatah, pero Towfik no podía verlo como a un nazi resurrecto. Aun así, todo era posible.

Evidentemente Tel Aviv no consideraba que Schulz fuera importante; de ser así, no hubiera utilizado a Towfik, que era joven e inexperto, para vigilarlo. Incluso era posible que todo el episodio fuese otro ejercicio de entrenamiento.

Entraron a El Cairo por el Shari Ramses, y Towfik disminuyó la distancia entre su coche y el Mercedes hasta que sólo quedó entre ellos otro vehículo. El Mercedes dobló a la derecha sobre el Corniche al-Nil, luego cruzó el río por el puente del Veintiséis de Julio y entró a Zamalek, distrito de la isla de Gezira.

Había menos tránsito en esta zona y Towfik se inquietó pensando que podía ser identificado por el agente que conducía el Mercedes; pero al cabo de unos minutos éste entró por una calle residencial cerca del Officer’s Club y se detuvo ante un edificio de apartamentos con un jacarandá en el jardín. Towfik inmediatamente dobló a la derecha y desapareció antes de que se abrieran las puertas del Mercedes. Aparcó, salió del coche y caminó de vuelta hasta la esquina. Llegó a tiempo para ver que el agente y los Schulz entraban en el edificio seguidos por un encargado en chilaba que arrastraba penosamente las maletas.

Towfik miró la calle arriba y abajo. No vio a nadie. Volvió al coche, dio marcha atrás doblando la esquina y lo aparcó entre otros dos, en el mismo lado de la calle que el Mercedes.

Media hora más tarde el agente salía solo, se sentó al volante del Mercedes y se fue.

Towfik se dispuso a esperar.

Esto continuó durante dos días, luego se interrumpió.

Hasta ese momento los Schulz se comportaron como turistas, y parecían pasárselo bien. La primera noche cenaron en un club nocturno y contemplaron a un grupo de bailarinas ejecutando la danza del vientre. Al día siguiente visitaron las pirámides y la esfinge, almorzaron en Groppi y cenaron en el Nile Hilton. En la mañana del tercer día se levantaron temprano y tomaron un taxi a la mezquita de Ibn Tulun.

Towfik dejó su coche cerca del museo Gayer-Anderson y los siguió. Los Schulz miraron distraídamente la mezquita y se encaminaron hacia el este por el Shari al-Salibah. Anduvieron perdiendo el tiempo, mirando las fuentes y los edificios, curioseando en oscuros y pequeños negocios, mirando mujeres baladíes, comprando cebollas y pimientos y pezuñas de camellos en quioscos callejeros.

Se detuvieron en una diagonal y fueron a una casa de té. Towfik cruzó la calle hasta el sebeel, una fuente ubicada tras rejas de hierro forjado y estudió el bajorrelieve barroco de las paredes. Después fue calle arriba, sin perder de vista la casa de té, y se entretuvo un poco comprando cuatro tomates gigantes y deformes a una mujer de gorro blanco que iba descalza.

Los Schulz salieron de la casa de té y se dirigieron hacia el norte. Towfik los siguió, hasta la calle del mercado. Allí le resultó más fácil caminar sin rumbo fijo, unas veces adelantándoseles, otras quedando atrás. La mujer compró chinelas y ajorcas de oro y pagó demasiado dinero por una ramita de menta que compró a un niño medio desnudo. Towfik se les adelantó lo suficiente como para poder tomar un pocillo pequeño de fuerte café turco sin azúcar bajo el toldo de un bar llamado Nasif’s.

Dejaron la calle del mercado y entraron a un zoco cubierto, especializado en monturas. Schulz echó una mirada a su reloj y habló con su esposa —dándole a Towfik la primera leve sensación de ansiedad— y luego caminaron algo más apresuradamente hasta que llegaron a Bab Suweyla, la entrada a la original ciudad amurallada.

Por un momento los Schulz desaparecieron de la vista de Towfik tapados por un burro que tiraba de un carro cargado con tinajas cuyas bocas estaban tapadas con papeles apelmazados. Cuando el carro pasó, Towfik vio que Schulz le decía adiós a su esposa y se metía en un Mercedes algo viejo de color gris.

Towfik lanzó una maldición por lo bajo.

Se oyó el portazo y el coche arrancó. La señora Schulz agitó la mano. Towfik leyó el número de la matrícula —era el mismo coche que él había seguido desde Heliópolis— y lo vio dirigirse hacia el oeste y doblar a la izquierda, en dirección a Ehari Port Said.

Olvidándose de la señora Schulz, se volvió y echó a correr. Habían caminado alrededor de una hora, pero sólo habían hecho un kilómetro. Towfik pasó de nuevo ante la talabartería y por la calle del mercado esquivó las carpas y atropelló a hombres con chilabas y a mujeres de negro. Finalmente dejó caer la bolsa de tomates que llevaba al chocar contra un barrendero rubio y corrió hasta el museo, donde estaba aparcado su coche.

Se dejó caer detrás del volante, sin resuello, e hizo un gesto de dolor llevándose una mano al costado. Puso el motor en marcha y arrancó tomando una calle transversal, en dirección a Shari Port Said.

El tránsito era fluido, de modo que cuando desembocó en la carretera adivinó que debía de estar detrás del Mercedes. Continuó hacia el sur, sobre la isla de Rodas y el puente de Giza, y salió a la calle de Giza.

Schulz no había estado deliberadamente tratando de sacárselo de encima, pensó Towfik. Si el profesor hubiese sido un profesional, hubiera despistado a Towfik hacía rato. No, simplemente había dado un paseo matutino por el mercado antes de encontrarse con alguien en algún lugar previamente concertado. Pero Towfik estaba seguro de que el lugar del encuentro y la caminata previa habían sido sugeridos por el agente.

Podían ir a cualquier parte, pero parecía probable que estuvieran dejando la ciudad —de no ser así Schulz simplemente podría haber tomado un taxi en Bab Zuweyla—; además ésta era la carretera principal que iba al oeste. Towfik conducía muy rápido. Pronto no quedaba nada ante él salvo la carretera gris, recta como una flecha, flanqueada por la arena amarilla y el cielo azul extendiéndose hasta el horizonte.

Llegó a las pirámides sin alcanzar el Mercedes. Ahí la ruta se bifurcaba, la del norte conducía a Alejandría, la del sur a Faiyum. Teniendo en cuenta dónde había recogido a Schulz el Mercedes, era improbable que se dirigieran a Alejandría, ya que hubieran podido tomar un camino más directo. En consecuencia Towfik se dirigió hacia Faiyum.

Cuando finalmente divisó el Mercedes, éste venía detrás de él a toda velocidad. Antes de alcanzarlo dobló a la derecha y salió de la carretera principal. Towfik frenó y giró en redondo para ir hasta donde el otro coche había doblado; éste ya se había adelantado más de un kilómetro. Towfik lo siguió.

El asunto se estaba volviendo peligroso. El camino parecía adentrarse en el desierto del oeste, en dirección al campo de petróleo de Qattara. El agente del Mercedes seguramente advertiría que él los seguía. Si se trataba de un buen profesional, pronto recordaría haber visto el Renault en la carretera de Heliópolis.

A estas alturas se terminaban las fórmulas aprendidas, y todas las triquiñuelas de camuflaje se volvían inútiles; simplemente había que seguir la pista a alguien y no perderlo de vista, ya fuera que el otro lo descubriera o no, porque el asunto era saber adónde iba, así que un buen agente debía ingeniárselas para averiguarlo.

Por lo tanto trató de precaverse contra el viento del desierto y continuó su persecución; pero aun así lo perdió de vista.

El Mercedes era un coche más veloz, y mejor dotado que el suyo para avanzar por aquella ruta angosta y desigual. Towfik siguió avanzando con la esperanza de alcanzarlos cuando ellos se detuvieran, o por lo menos llegar a algún punto que pudiera ser el lugar adonde iban.

Sesenta kilómetros más adelante, ya internado en el desierto y preocupado por el combustible, llegó a la pequeña villa de un oasis, que se hallaba en un cruce de caminos. Algunos animales esqueléticos pastaban entre la escasa vegetación de alrededor de una fuente barrosa. Un tarro de judías y tres latas de Fanta sobre una mesa plegable fuera de una cabaña parecían ser los únicos productos que se servían en aquel singular café local. Towfik salió del automóvil y habló con un viejo que daba de beber a un macilento búfalo.

—¿Ha visto pasar un Mercedes gris?

El campesino lo miró sin dar señas de comprensión, como si le estuvieran hablando en un idioma desconocido.

—¿Ha visto un automóvil gris?

El viejo se pasó la mano por la frente para espantarse un gran moscardón y asintió:

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hoy.

Ésa era probablemente la respuesta más precisa que podía esperar.

—¿En qué dirección fue?

El viejo señaló hacia el oeste, desierto adentro.

—¿Dónde puedo conseguir gasolina? —preguntó Towfik.

El hombre señaló en dirección este, hacia El Cairo.

Towfik le dio una moneda y volvió al coche. Puso el motor en marcha y miró una vez más la aguja del indicador del combustible. Tenía suficiente para volver a El Cairo, pero si continuaba rumbo al oeste se quedaría sin gasolina a la vuelta.

Había hecho todo lo que había podido, se dijo. Desalentado, dio la vuelta y emprendió el camino de vuelta a la ciudad.

A Towfik no le gustaba su trabajo; cuando no ocurría nada se aburría, y cuando había algo interesante que hacer tenía miedo. Pero le habían dicho que había que hacer un trabajo importante, peligroso, en El Cairo, que él tenía las cualidades necesarias para ser un buen espía, y que no había suficientes judíos egipcios en Israel, por lo que les sería difícil encontrar a otro que reuniese las condiciones necesarias si él rechazaba el trabajo; entonces, por supuesto, había aceptado. No arriesgaba su vida por idealismo. Se trataba más bien de su propio interés: la destrucción de Israel significaría su propia destrucción; al luchar por Israel, estaba luchando por sí mismo; arriesgaba su vida para salvarse. Era algo lógico. Aun así se proyectaba hacia el futuro... Dentro de cinco años, diez, veinte quizá, cuando fuera demasiado viejo para trabajar el campo y lo llevaran a la patria, podría trabajar detrás de un escritorio y conocer a una linda chica judía. Entonces se casaría con ella y disfrutaría de la tierra por la cual había luchado.

Entretanto, tras haber perdido la pista del profesor Schulz, se dedicó a seguir a su esposa.

La mujer continuaba visitando los lugares de interés, ahora escoltada por un muchachito árabe que presumiblemente había sido encomendado por los egipcios para cuidarla mientras su esposo se hallaba ausente. Por la noche el árabe la llevó a un restaurante egipcio y luego la acompañó a su casa y la besó en la mejilla, debajo del jacarandá del jardín.

A la mañana siguiente Towfik fue a la oficina central de correos y envió un cable en código a su tío en Roma:

Schulz recogido aeropuerto por sospechoso agente local. Pasó dos días haciendo visitas turísticas, recogido por mencionado agente y conducido dirección Qattara. Seguimiento frustrado. Ahora siguiendo esposa.

Estuvo de vuelta en Zamalek a las nueve de la mañana. A las once y treinta vio a la señora Schulz en una terraza tomando café, y pudo imaginarse el tipo de apartamento en el que estaban alojados.

Para el mediodía, en el interior del automóvil de Towfik hacía un calor insoportable. Towfik comió una manzana y tomó cerveza caliente de una botella.

El profesor Schulz llegó al caer la tarde, en el mismo Mercedes gris. Parecía cansado y tenía un aspecto algo desaliñado, propio de un hombre de mediana edad que ha hecho un largo viaje. Salió del coche y entró en el edificio sin mirar hacia atrás. Después de dejarlo, el agente condujo pasando junto al Renault y miró directamente a Towfik durante un instante. Éste no podía hacer nada al respecto.

¿Dónde había estado Schulz? Tardó casi un día en regresar, pensó Towfik; pasó una noche, un día entero y una segunda noche en el lugar; y estuvo gran parte de ese día en viaje de vuelta. Qattara era sólo una de las varias posibilidades; aquella ruta que atravesaba el desierto llegaba hasta Matruh, sobre la costa mediterránea. Había un desvío a Karkur Tohl, en el extremo sur; cambiando de coche y con un guía podrían incluso haber llegado a un punto de reunión en la frontera con Libia.

A las nueve de la noche los Schulz volvieron a salir. El profesor tenía un aspecto renovado. Se habían vestido para cenar. Caminaron hacia el borde de la calle y llamaron un taxi.

Towfik tomó una decisión. No los seguiría.

Salió del coche y entró al jardín del edificio. Avanzó por el césped polvoriento y halló un punto de observación, detrás de un arbusto, desde donde podía ver el interior del vestíbulo a través de la puerta abierta que tenía enfrente. El encargado nubio estaba sentado en un banco de madera, hurgándose la nariz.

Towfik aguardó.

Veinte minutos más tarde el hombre abandonó el banco y desapareció por la parte trasera del edificio.

Towfik se apresuró a cruzar el vestíbulo y corrió escaleras arriba.

Tenía tres tipos de llaves maestras, pero no logró abrir la puerta del apartamento con ninguna. Al final lo consiguió utilizando un trozo de plástico blando de una regla de un juego de escritorio.

Entró y cerró la puerta.

Afuera estaba totalmente oscuro. Sólo la luz mortecina de un farol de la calle entraba por las ventanas abiertas. Towfik sacó una linterna del bolsillo del pantalón, pero todavía no la encendió.

El apartamento era amplio, con paredes pintadas de blanco y muebles coloniales ingleses. Tenía el aspecto vacío y frío propio de un lugar donde nadie vive en realidad. Había una gran sala, un comedor, tres dormitorios y una cocina. Tras echar una mirada general, Towfik comenzó a inspeccionar en serio.

Las dos habitaciones más pequeñas estaban vacías. En la más grande, revisó rápidamente los cajones y armarios. En uno había vestidos bastantes llamativos de una mujer no demasiado joven: estampados brillantes, trajes con lentejuelas, de color turquesa y naranja y rojo. Las etiquetas eran norteamericanas. Schulz era austriaco, según decía el telegrama, pero quizá vivía en Estados Unidos. Towfik nunca había oído hablar de él.

Junto a la cama, sobre la mesita de noche, había una guía de El Cairo en inglés, un número de Vogue y la fotocopia de una conferencia sobre isótopos.

De modo que Schulz era un hombre de ciencia.

Towfik recorrió las páginas de la conferencia. La mayor parte del texto sobrepasaba su comprensión. Schulz debía de ser un químico o un físico muy especializado, pensó. Si estuviera aquí para trabajar sobre problemas de armamento, Tel Aviv necesitaría estar informada.

No había documentos personales. Evidentemente Schulz debía de llevar el pasaporte y la billetera en el bolsillo. Las etiquetas de la línea aérea habían sido quitadas del juego de maletas de cuero.

En una mesita baja de la sala, había dos vasos vacíos que olían a ginebra; la pareja debía de haber tomado un cóctel antes de salir.

En el baño, Towfik halló las ropas que Schulz había usado en el desierto. En los zapatos había arena y en la pernera de los pantalones halló pequeñas manchas de polvo gris que podía ser cemento. En el bolsillo superior de la chaqueta arrugada, había una cajita de plástico cuadrada, de unos tres centímetros, muy liviana. Contenía un sobre cerrado herméticamente del tipo usado para proteger una película fotográfica.

Towfik se guardó la cajita de plástico en el bolsillo.

Las etiquetas de la línea aérea despegadas del equipaje estaban en una papelera que había en la sala pequeña. Los Schulz residían en Boston, Massachusetts, lo cual probablemente significaba que el profesor enseñaba en Harvard, en el Instituto Tecnológico de Massachusetts o en una de las muchas universidades menores de la zona. Towfik hizo rápidamente algunos cálculos. Schulz tendría alrededor de veinte años durante la Segunda Guerra Mundial; podría ser fácilmente uno de los expertos alemanes en cohetería que fueron a Estados Unidos después de la guerra.

O no. No se necesitaba ser nazi para trabajar para los árabes.

Nazi o no, Schulz no era muy delicado; el jabón, el dentífrico y la colonia para después de afeitarse eran todos de hoteles y líneas aéreas.

En el suelo, junto a una silla de junco, cerca de la mesa con los vasos de cóctel vacíos, había una agenda rayada, con la página de arriba en blanco. Un lápiz se hallaba sobre ella. Quizá Schulz había estado escribiendo notas acerca de su viaje; mientras bebía su cóctel. Towfik revisó el apartamento en busca de hojas de la agenda.

Las halló en el balcón, convertidas en cenizas, dentro de un gran cenicero de vidrio.

La noche era fresca; según fuera avanzando el año, el aire se entibiaría y tendría la fragancia de las flores del jacarandá del jardín de abajo. El tránsito de la ciudad se oía rugir a lo lejos. Le recordaba el apartamento de su padre en Jerusalén.

Se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que volviera a ver Jerusalén.

Ya había hecho todo lo que le había sido posible en ese lugar. Revisaría de nuevo la agenda, tal vez Schulz había apretado el lápiz lo suficiente como para dejar marcadas sus notas en las páginas de abajo. Se apartó de la baranda y cruzó el balcón hasta llegar a las ventanas francesas que conducían de vuelta a la sala.

Estaba al lado de la puerta cuando oyó voces.

Towfik se quedó helado.

—Lo lamento, querida; no hubiera podido tolerar otra cena recalentada.

—Por Dios, pero al menos hubiéramos podido comer algo.

Los Schulz habían regresado.

Towfik revisó rápidamente su trayectoria a través de las habitaciones: dormitorios, baño, sala, cocina... Había vuelto a poner en su lugar todo lo que había tocado, excepto la pequeña cajita de plástico, que se había guardado. Schulz tendría que suponer que la había perdido.

Si Towfik lograba irse en ese momento sin ser visto, ellos quizá nunca se enterarían de que había estado allí.

Apoyó el vientre sobre la baranda y se descolgó. Estaba demasiado oscuro para poder ver dónde caería, pero se soltó y tuvo suerte de caer bien. Luego se fue andando.

Había sido su primer robo, y se sentía satisfecho. Todo había salido bastante bien, como en un ejercicio de entrenamiento, incluso el retorno anticipado del ocupante y la súbita huida del espía parecían formar parte de un curso de formación. Sonrió en la oscuridad. Aún podía vivir para llegar a ver ese trabajo de escritorio.

Subió a su coche, puso el motor en marcha y encendió las luces.

Dos hombres emergieron de las sombras y se colocaron junto al Renault.

—¿Quién...?

No se detuvo a averiguar qué sucedía. Pisó el embrague, puso la primera y salió disparado. Los dos hombres se hicieron inmediatamente a un lado.

No habían intentado detenerlo. Entonces ¿qué querían? ¿Asegurarse de que él estaba en el coche?

Pisó un poco el freno, miró hacia el asiento de atrás, y supo, con insoportable tristeza, que nunca volvería a ver Jerusalén. Un árabe vestido de negro le sonreía por encima del cañón de una metralleta.

—Continúe —dijo—, pero no tan rápido, por favor.

Pregunta: ¿Cuál es su nombre?

Respuesta: Towfik el-Masiri.

P.: Datos personales.

R.: Veintiséis años, un metro sesenta de altura, cincuenta y cinco kilos, ojos castaños, pelo negro, rasgos semíticos, piel tostada.

P.: ¿Para quién trabaja?

R.: Soy estudiante.

P.: ¿Qué día es hoy?

R.: Sábado.

P.: ¿Nacionalidad?

R.: Egipcia.

P.: ¿Cuánto es veinte menos siete?

R.: Trece.

Las preguntas precedentes se hacen para facilitar la calibración exacta del detector de mentiras.

P.: ¿Usted trabaja para la CIA?

R.: No. (VERDAD.)

P.: ¿Los alemanes?

R.: No. (VERDAD.)

P.: Israel, entonces.

R.: No. (FALSO.)

P.: ¿Realmente es usted estudiante?

R.: Sí. (FALSO.)

P.: ¿Cuáles son sus estudios?

R.: Estudio química en la Universidad de El Cairo. (VERDAD.) Estoy interesado en polímeros. (VERDAD.) Quiero ser ingeniero petroquímico. (FALSO.)

P.: ¿Qué son polímeros?

R.: Complejos compuestos orgánicos con moléculas de larga cadena. El más común es el politeno. (VERDAD.)

P.: ¿Cómo se llama?

R.: Ya se lo dije, Towfik el-Masiri. (FALSO.)

P.: Las almohadillas colocadas en su cabeza y pecho miden su pulso, latidos del corazón, respiración y transpiración. Cuando usted dice mentiras, el metabolismo lo delata; respira más ligero, transpira más, etc. Esta máquina que nos dieron los rusos, nuestros amigos, me dice cuándo está usted mintiendo. Además, da la casualidad de que sé que Towfik el-Masiri está muerto. ¿Quién es usted?

No hay respuesta.

P.: El cable colocado en la punta de su pene es parte de otra máquina diferente. Está conectado con este botón de aquí. Cuando lo presiono...

Grito.

P.: ... una corriente eléctrica pasa a través del cable y le produce un shock. Hemos puesto sus pies en un balde con agua para aumentar la eficacia del aparato. ¿Cuál es su nombre?

R.: Avram Ambache.

El aparato eléctrico interfiere con el funcionamiento del detector de mentiras.

P.: Tome un cigarrillo.

R.: Gracias.

P.: No sé si me creerá, pero odio este trabajo. La dificultad es que la gente que lo hace con placer nunca sirve; hace falta sensibilidad, ¿no? Yo soy una persona sensible... Odio ver sufrir a la gente. ¿Usted no?

No hay respuesta.

P.: Ahora usted está tratando de pensar en formas de resistir esta tortura. Por favor, no se canse. No hay defensa posible contra las técnicas modernas de... interrogatorio. ¿Cuál es su nombre?

R.: Avram Ambache. (VERDAD.)

P.: ¿Quién es su control?

R.: No sé qué decir. (FALSO.)

P.: ¿Es Bosch?

R.: No, Friedman. (LECTURA INDETERMINADA.)

P.: Es Bosch.

R.: Sí. (FALSO.)

P.: No, no es Bosch. Es Krantz.

R.: Está bien, es Krantz; lo que usted quiera. (VERDAD.)

P.: ¿Cómo establecen contacto?

R.: Tengo una radio. (FALSO.)

P.: No me está diciendo la verdad.

Grito.

P.: ¿Cómo se comunican?

R.: Por una casilla de correo en el faubourg.

P.: Usted cree que cuando siente dolor el detector de mentiras no funciona demasiado bien y, por lo tanto, puede ampararse en la tortura para no decir la verdad. Sólo en parte tiene razón. Ésta es una máquina muy sofisticada, y yo pasé muchos meses aprendiendo a manejarla. Después de haberle dado una descarga la máquina sólo necesita un momento para reajustarse; luego puedo volver a saber cuándo usted está mintiendo. ¿Cómo se comunican?

R.: Por una casilla de correo... (Grito.)

—¡Alí! Se le ha soltado el pie. Estas convulsiones son muy fuertes. Átalo de nuevo, antes de que vuelva en sí. Toma ese balde y pon más agua.

Pausa.

—Bien, está despertando, vete.

P.: ¿Puede oírme?

Towfik está confuso.

P.: ¿Cómo se llama?

No hay respuesta.

P.: Un pequeño pinchazo para ayudarlo...

Grito.

P.: ... a pensar.

R.: Avram Ambache.

P.: ¿Qué día es hoy?

R.: Sábado.

P.: ¿Qué le dimos para el desayuno?

R.: Judías.

P.: ¿Cuánto es veinte menos siete?

R.: Trece.

P.: ¿Cuál es su profesión?

R.: Soy estudiante... ¡Oh, no! Por favor, soy espía, sí, soy espía, no presione el botón, por favor. ¡Dios mío!, ¡Dios mío...!

P.: ¿Cómo se comunican?

R.: Cables cifrados.

P.: Tome un cigarrillo... Oh, parece que no lo puede sostener entre los labios; déjeme que lo ayude...

R.: Gracias.

P.: Trate de mantenerse tranquilo. Recuerde que mientras usted diga la verdad no habrá dolor.

Pausa.

P.: ¿Se siente mejor?

R.: Sí.

P.: Bueno, yo también. Ahora hablemos del profesor Schulz. ¿Por qué lo estaba siguiendo?

R.: Recibí orden de hacerlo. (VERDAD.)

P.: ¿De Tel Aviv?

R.: Sí. (VERDAD.)

P.: ¿De quién en Tel Aviv?

R.: No lo sé. (LECTURA CONFUSA.)

P.: ¿De Krantz?

R.: Quizá. (VERDAD.)

P.: Krantz es un buen hombre. Se puede confiar en él. ¿Cómo está su esposa?

R.: Muy bien. Yo... (Grito.)

P.: Su esposa murió en 1958. ¿Por qué me obliga a hacerle daño? ¿Qué hizo Schulz?

R.: Durante dos días hizo turismo, después desapareció en el desierto en un Mercedes gris.

P.: Y usted entró a robar a su apartamento.

R.: Sí. (VERDAD.)

P.: ¿Qué descubrió?

R.: Que es un científico. (VERDAD.)

P.: ¿Algo más?

R.: Estadounidense. (VERDAD.) Eso es todo (VERDAD.)

P.: ¿Quién fue su instructor en aprendizaje?

R.: Ertl. (LECTURA CONFUSA.)

P.: Pero ése no era su verdadero nombre.

R.: No lo sé. (FALSO.) ¡No! El botón no; déjeme pensar, era... un momento, creo que alguien dijo que su verdadero nombre era Manner. (VERDAD.)

P.: Oh, Manner. Qué pena. Es de la vieja escuela. Todavía cree que se puede enseñar a los agentes a resistir el interrogatorio. Él tiene la culpa de que usted esté sufriendo tanto. ¿Y qué me dice de sus colegas? ¿Quiénes se formaron con usted?

R.: Nunca conocí sus verdaderos nombres. (FALSO.)

P.: ¿Ah, sí?

Grito.

P.: Los verdaderos nombres.

R.: Todos no...

P.: Dígame los que sepa.

No hay respuesta.

Grito.

El prisionero se desmaya.

Pausa.

P.: ¿Cómo se llama?

R.: Uh... Towfik.

Grito.

P.: ¿Qué tomó en el desayuno?

R.: No lo sé.

P.: ¿Cuánto es veinte menos siete?

R.: Veintisiete.

P.: ¿Qué le dijo a Krantz sobre el profesor Schulz?

R.: Visitas turísticas... Desierto occidental... Seguimiento frustrado...

P.: ¿Con quién se entrenó?

Grito.

El prisionero murió.

Cuando Kawash pidió una reunión, Pierre Borg asistió. No hubo discusión alguna sobre lugares y horas: Kawash envió un mensaje dándole una cita, y Borg hizo lo posible para acudir. Kawash era, sin duda alguna, el mejor agente doble que Borg había tenido.

El jefe del Mosad se apostó en un extremo de la Bakerloo Line hacia el norte, sobre la plataforma de la estación de metro en Oxford Circus, leyendo un aviso de una serie de conferencias sobre teosofía, mientas aguardaba a Kawash. No tenía idea del motivo que había tenido el árabe para elegir Londres para este encuentro; no podía imaginar qué les habría dicho a sus superiores que estaba haciendo en la ciudad; ni sabía por qué Kawash era un traidor. Pero ese hombre había ayudado a los israelíes a ganar dos guerras y a evitar una tercera, y Borg lo necesitaba.

Echó una mirada a lo largo de la plataforma tratando de distinguir la cabeza morena y la gran nariz aguileña de Kawash. Creía saber sobre qué quería hablarle y esperaba no equivocarse.

Borg estaba muy preocupado por el asunto Schulz. Había comenzado como una tarea de rutina, justamente, el encargo más apropiado para su más nuevo e inexperto agente en El Cairo: un físico norteamericano de las altas esferas, de vacaciones en Europa, decide realizar un viaje turístico a Egipto. El primer signo de alarma fue cuando Towfik perdió a Schulz. A esas alturas de los acontecimientos Borg ya había tomado algunas disposiciones respecto de ese proyecto. Un periodista freelance en Milán, que ocasionalmente realizaba tareas de investigación para el servicio de inteligencia alemán, había descubierto que el pasaje de avión de Schulz hasta El Cairo había sido pagado por la esposa de un diplomático egipcio en Roma. Entonces la CIA, a manera de rutina, pasó al Mosad una serie de fotos de satélite del área en torno a Qattara que parecía mostrar signos de construcciones; y Borg había recordado que Schulz iba en dirección a Qattara cuando Towfik lo perdió.

Algo se estaba tramando, pero no sabía qué, y eso le preocupaba.

No obstante, siempre estaba preocupado. Si no eran los egipcios, eran los sirios; si no eran los sirios, eran los fedayines; si no eran sus enemigos, eran sus amigos y la cuestión de cuánto tiempo continuarían siendo sus amigos. Tenía un trabajo inquietante. Su madre le había dicho en cierta ocasión: «No se trata del trabajo: tu naciste preocupado, como tu pobre padre. Si fueras jardinero, estarías igualmente preocupado.» Posiblemente estuviera en lo cierto, pero de todos modos la paranoia era el único estado posible en el que podía vivir un entrenador de espías.

Ahora Towfik había interrumpido las comunicaciones, y ése era el signo más inquietante.

Quizá Kawash tuviera algunas respuestas.

El ruido ensordecedor del coche que llegaba se hizo oír. Borg se desentendió, él no estaba esperando el metro. Leyó los nombres que aparecían en el cartel publicitario de un filme. La mitad de ellos eran judíos. Quizá tendría que haber sido productor de cine, pensó.

El convoy arrancó y una sombra cayó sobre Borg; levantó la vista y se encontró con la calmada expresión de Kawash.

—Gracias por venir —dijo el árabe. Siempre decía lo mismo.

Borg lo pasó por alto. Nunca sabía cómo responder a los agradecimientos.

—¿Qué novedades hay? —preguntó.

—Tuve que detener a uno de tus jóvenes en El Cairo el viernes.

—¿Tuviste qué?

—El servicio de inteligencia del ejército estaba protegiendo a un VIP, y advirtieron que el muchacho les estaba siguiendo. Los militares no tienen personal operativo en la ciudad, de modo que le pidieron a mi departamento que lo detuviera. Era una orden oficial.

—Maldita sea —dijo Borg—. ¿Qué le sucedió?

—Tuve que hacerlo conforme a la ordenanza —dijo Kawash. Se veía muy triste—. El muchacho murió mientras era interrogado. Su nombre era Avram Ambache, pero trabajaba como Towfik el-Masiri.

Borg frunció el entrecejo.

—¿Dio su verdadero nombre?

—Está muerto, Pierre.

Borg sacudió la cabeza irritado. Kawash siempre quería demorarse sobre aspectos personales.

—¿Por qué dijo su nombre?

—Estamos usando el equipo ruso: el shock eléctrico y el detector de mentiras juntos. No los estás entrenando para que resistan algo así.

Borg lanzó una pequeña risotada.

—Si les dijéramos algo sobre ese tipo de «interrogatorios», nunca lograríamos un solo imbécil dispuesto a trabajar para nosotros. ¿Qué más soltó?

—Nada que no supiéramos. Hubiera hablado más, pero lo maté antes de que lo hiciera.

—¿Tú lo mataste?

—Yo dirigí el interrogatorio para asegurarme de que no dijera nada importante. Todas estas entrevistas están grabadas ahora y las transcripciones archivadas. Estamos aprendiendo de los rusos. —La tristeza se profundizó en sus ojos castaños—. ¿Acaso prefieres que sea otro quien mate a tus muchachos?

Borg lo miró y luego bajo la cabeza. Una vez más tenía que desviar la conversación para no adentrarse en consideraciones personales.

—¿Qué descubrió el muchacho acerca de Schulz?

—Un agente llevó al profesor al desierto del oeste.

—Sí, ya lo sabemos. Pero ¿para qué?

—No lo sé.

—Tienes que saberlo. ¡Para eso estás en el servicio de inteligencia egipcio!

Borg trató de dominar su irritación, se dijo que cualquier información que tuviera la transmitiría.

—No sé qué están haciendo, pero hemos destinado a un grupo especial para averiguarlo —explicó Kawash—. Mi departamento no está informado.

—¿Tienes idea de por qué?

El árabe se encogió de hombros.

—Yo diría que no quieren que los rusos se enteren. Hoy en día acaban averiguando cualquier cosa de la que somos informados.

Borg dejó que se notara su desilusión.

—¿Eso es todo lo que Towfik pudo hacer?

De pronto se manifestaba el enojo en la suave voz del árabe.

—El chico murió por ti —dijo.

—Se lo agradeceré en el cielo. ¿Murió en vano?

—Cogió esto del apartamento de Schulz. —Kawash sacó la mano del bolsillo interior de su chaqueta y le mostró a Borg una pequeña caja cuadrada de plástico azul.

Borg la cogió.

—¿Cómo sabes de dónde la sacó?

—Tiene las impresiones digitales de Schulz. Y detuvimos a Towfik justo cuando salía del apartamento.

Borg abrió la caja y palpó el liviano sobre hermético. Y había sido abierto. Sacó el negativo fotográfico.

—Abrimos el sobre y revelamos el negativo. Estaba en blanco —explicó el árabe.

Con un gran suspiro de satisfacción, Borg volvió a cerrar la cajita y se la puso en el bolsillo. Ahora todo tenía sentido, ahora comprendía, por fin sabía qué tenía que hacer. Llegaba el metro.

—¿Quieres tomar éste? —dijo.

Kawash frunció levemente el entrecejo, asintiendo con la cabeza, y se dirigió hacia el borde de la plataforma mientras el convoy se detenía y las puertas se abrían. Subió y se quedó ante la puerta.

—No sé qué demonios puede ser la cajita —dijo.

Borg pensó: Aunque no me tienes en la misma consideración, yo creo que tú eres un tipo sensacional. Sonrió levemente al árabe a medida que las puertas del metro se cerraban.

—Yo sí lo sé —afirmó Borg.