El último camello se desplomó a mediodía. Era el macho blanco de cinco años que había comprado en Gialo, la más joven y fuerte de las tres bestias y que no tenía tan mal genio. Quería al animal tanto como un hombre puede querer a un camello, lo que equivale a decir que solo lo odiaba un poco.
Treparon a sotavento una colina pequeña, marcando —hombre y camello— grandes y torpes pisadas en la arena inestable. En la cima se detuvieron. Miraron adelante y solo vieron otra colina, y después de esa, mil más. Fue como si el camello hubiera perdido la esperanza. Primero se plegaron sus patas delanteras; luego bajó los cuartos traseros, y así quedó, en lo alto de la colina, como un monumento mirando fijamente hacia el desierto vacío con la indiferencia de los moribundos.
El hombre tiró de la rienda. La cabeza del camello se adelantó y el pescuezo se estiró, pero el animal no se puso en pie. El hombre se le acercó por detrás y, con todas sus fuerzas, le dio tres o cuatro puntapiés en las ancas. Finalmente, tomó un cuchillo beduino, curvo y de punta aguda, afilado como una navaja, y con él le hirió en la grupa. La sangre fluyó, pero el camello ni siquiera miró atrás.
El hombre comprendió lo que ocurría. Los propios tejidos del cuerpo del animal, privados de todo alimento, simplemente habían dejado de funcionar, como una máquina que se ha quedado sin combustible. Había visto desplomarse camellos como este, en los alrededores de un oasis, rodeados de un follaje vivificante del que hacían caso omiso, carentes de energía para comer.
Podía haber ensayado dos trucos más. Uno era verter agua en los ollares del animal, hasta que empezara a ahogarse. El otro consistía en encender fuego bajo sus cuartos traseros. Pero no podía desperdiciar agua para el primero, ni leña para el segundo, y, por otra parte, ninguno de los dos métodos ofrecía grandes posibilidades de éxito.
De todos modos, era hora de detenerse. El sol estaba alto y ardía. Empezaba el largo verano del Sáhara y la temperatura llegaría, a mediodía, a cuarenta y tres grados a la sombra.
Sin descargar el camello, el hombre abrió una de sus bolsas y sacó su tienda. Miró nuevamente alrededor, mecánicamente: no había sombra ni cobijo a la vista; ningún lugar era peor que cualquier otro. Montó la tienda junto al camello moribundo, allí en la cima de la colina.
El hombre se sentó con las piernas cruzadas en la entrada de la tienda, para preparar el té. Alisó la arena en un cuadrado pequeño, colocó unas pocas y preciosas ramitas secas en forma de pirámide y encendió el fuego. Cuando el agua de la pequeña caldera hirvió, hizo el té al estilo nómada, pasándolo de la tetera a la taza, agregándole azúcar, luego volviendo a echarlo en la tetera, y así varias veces. La infusión resultante, muy fuerte y bastante empalagosa, era la bebida más tonificante del mundo.
Masticó algunos dátiles y contempló la muerte del camello mientras esperaba que el sol comenzara a declinar. Su calma era fruto de la experiencia. Había hecho un largo viaje por aquel desierto, más de mil seiscientos kilómetros. Dos meses antes había partido de El Agela, sobre la costa mediterránea de Libia, y viajado con rumbo sur recorriendo ochocientos kilómetros, vía Gialo y Kufra hacia el vacío corazón del Sáhara. Luego había virado al este, cruzando la frontera de Egipto sin ser visto por hombre o animal alguno. Había atravesado el páramo rocoso del desierto Occidental y seguido rumbo norte cerca de Kharga; ya no estaba lejos de su destino. Conocía el desierto pero lo temía. Todo hombre inteligente lo temía, incluso los nómadas, que pasaban allí toda su vida. Pero nunca permitió que el temor lo dominara y le hiciera caer presa del pánico, que agotaba las energías de su sistema nervioso. Siempre había catástrofes: errores de orientación que desviaban el rumbo dos o tres kilómetros e impedían encontrar un pozo de agua; cantimploras que goteaban o reventaban; camellos aparentemente saludables que se enfermaban tras un par de días de camino. El único remedio era decir Inshallah: Es la voluntad de Dios.
Finalmente el sol comenzó a ponerse. El hombre contempló la carga que llevaba el camello, preguntándose cuánto podría acarrear. Había tres pequeñas maletas europeas, dos pesadas y una liviana, todas importantes; un saco pequeño con ropas, un sextante, los mapas, la comida y la cantimplora. Ya era demasiado: tendría que abandonar la tienda, el juego de té, la olla, el almanaque y la montura.
Hizo un solo bulto con las tres maletas y encima ató la ropa, la comida y el sextante sujetándolo todo con un trozo de lienzo. Pudo pasar los brazos bajo las fajas del lienzo y cargarse el bulto a la espalda como una mochila. Se colgó al cuello la cantimplora de piel de cabra, que quedó suspendida delante de él.
Era una carga pesada; tres meses antes hubiera podido llevarla todo el día y jugar al tenis al atardecer, porque era un hombre fuerte; pero el desierto le había debilitado. Sus intestinos eran pura agua; su piel, un montón de llagas; y había perdido diez o quince kilos. Sin el camello no podría ir muy lejos.
Con la brújula en la mano comenzó a andar. Siguió el rumbo que le marcaba, resistiendo la tentación de desviarse alrededor de las colinas, pues en los últimos kilómetros se estaba orientando por puro cálculo y el más mínimo error podía hacer que se extraviara. Estableció un paso lento y largo. Su mente se vació de esperanzas y temores y se concentró en la brújula y en la arena. Logró olvidar el dolor de su cuerpo exhausto y puso mecánicamente un pie delante del otro, sin pensar y, por tanto, sin esfuerzo.
Al anochecer refrescó. La cantimplora colgaba más ligera a medida que consumía el contenido. No quería pensar en la cantidad de agua que quedaba. Había calculado que bebía tres litros por día, y sabía que no tenía suficiente para otra jornada. Una bandada de aves voló sobre su cabeza silbando ruidosamente. Miró hacia arriba, dando sombra a sus ojos con la mano, y vio que eran urogallos de Liechtenstein, aves del desierto parecidas a palomas marrones, que todas las mañanas y todas las tardes volaban hacia el agua. Iban en la misma dirección que él. Eso significaba que llevaba el rumbo correcto, pero sabía que esas aves podían volar ochenta kilómetros hasta llegar al oasis, de modo que era poco el aliento que le daban.
Al enfriarse el desierto se juntaron nubes en el horizonte. Detrás del hombre, el sol bajó más y se convirtió en un gran globo amarillo. Poco después apareció una luna blanca en el cielo purpúreo.
Pensó en hacer un alto. Era imposible caminar toda la noche. Pero no tenía ni tienda, ni manta, ni arroz, ni té. Y tenía la certeza de encontrarse cerca del pozo: según sus cálculos ya debería estar allí.
Siguió andando. Empezaba a perder la calma. Había opuesto su fuerza y su pericia al desierto despiadado, y comenzaba a parecer que el desierto ganaría. Pensó de nuevo en el camello que había abandonado y en cómo se había sentado el animal en la pequeña colina, con la tranquilidad del agotamiento, aguardando la muerte. Pensó que él no la esperaría: cuando fuera inevitable, correría a su encuentro, las horas de angustia y de invasora locura no eran para él. Sería indigno. Llegado ese momento tenía su cuchillo.
La idea le hizo perder la esperanza y ya no pudo reprimir el temor. La luna se ocultó, pero el panorama brillaba a la luz de las estrellas. Vio a su madre en la distancia. Le amonestaba: «¡No dirás que no te lo advertí!». Oyó un tren que resoplaba al ritmo de su corazón, lentamente. Piedras pequeñas se movían a su paso, como ratas que corretearan. Olió a cordero asado. Con enorme esfuerzo trepó a una elevación y vio, muy cerca, el brillo rojo del fuego en el que se había cocido la carne, y al lado a un muchachito que roía los huesos. Había tiendas alrededor del fuego, camellos maneados pastando en los espinos dispersos y, más allá, el manantial. Entró en aquella alucinación. Los que estaban en el espejismo levantaron la vista y lo miraron asombrados. Un hombre alto se puso en pie y habló. El viajero desenrolló parcialmente la tela de su bowli, para mostrar la cara.
El hombre alto se adelantó conmovido.
—¡Mi primo! —exclamó.
El viajero comprendió que, después de todo, no se trataba de una ilusión. Esbozó una sonrisa y se desplomó.
Al despertar creyó por un momento que volvía a ser niño y que su vida de adulto había sido un sueño.
Alguien le tocaba el hombro y le decía en el idioma del desierto: «Despierta, Achmed». Hacía años que nadie le llamaba Achmed. Se dio cuenta de que estaba envuelto en una manta burda y acostado sobre la arena fría, con la cabeza vendada. Abrió los ojos y vio el amanecer espléndido como un arcoíris recto sobre el horizonte negro y plano. El viento helado de la mañana le golpeaba la cara. En ese instante experimentó de nuevo toda la confusión y ansiedad de sus quince años.
Aquella vez, la primera que había despertado en el desierto, se sintió totalmente perdido. Pensó: «Mi padre ha muerto», y luego: «Tengo otro padre». Por su cabeza pasaron fragmentos de los suras del Corán, mezclados con otros del Credo que su madre aún le enseñaba secretamente, en alemán. Recordaba el reciente dolor agudo de su circuncisión, seguido por las salvas de rifle de quienes le felicitaban por haberse convertido finalmente en uno de ellos, en un verdadero hombre. Luego el largo viaje en tren, preguntándose cómo serían sus primos del desierto y si desdeñarían su cuerpo pálido y sus modales civilizados. Había salido caminando enérgicamente de la estación y vio a dos árabes sentados junto a sus camellos en el polvo del patio. Estaban envueltos en las tradicionales chilabas, que los cubrían de la cabeza a los pies, con excepción de una hendidura en el howli, que revelaba solamente sus ojos, oscuros e inescrutables. Le llevaron al manantial. Fue aterrador: nadie le habló, salvo por señas. Al atardecer se dio cuenta de que aquella gente no tenía retretes, y se sintió terriblemente avergonzado. Por fin se vio obligado a preguntar. Hubo un momento de silencio y luego estalló una carcajada general. Pensaban que no hablaba su idioma y por eso todos habían tratado de comunicarse con él por señas. Y había usado una palabra infantil al preguntar por el excusado, lo que hizo todo más cómico. Alguien le explicó que debía caminar un poco más allá del círculo de tiendas y ponerse en cuclillas sobre la arena. Después de eso ya no se sintió tan atemorizado, pues aquellos eran hombres toscos, pero no rudos.
Todos esos pensamientos habían pasado por su mente mientras contemplaba su primer amanecer en el desierto; y ahora volvían veinte años después, tan frescos y dolorosos como los malos recuerdos del ayer, con las palabras: «Despierta, Achmed».
Se sentó bruscamente y los viejos pensamientos se desvanecieron con rapidez, como las nubes matinales. En una misión vitalmente importante, había cruzado el desierto hallando finalmente el manantial. No era una alucinación: allí estaban sus primos, como siempre en aquella época del año. Se desvaneció a causa del agotamiento y le envolvieron en mantas y le dejaron dormir junto al fuego. Súbitamente sintió pánico al pensar en su precioso equipaje. ¿Todavía lo llevaba cuando llegó? Entonces lo vio amontonado cuidadosamente a sus pies.
Ishmael estaba en cuclillas junto a él. Siempre había sido así: durante el año que los dos muchachos pasaron juntos en el desierto, Ishmael siempre se despertaba el primero.
—Serios problemas, primo —le dijo.
Achmed asintió:
—Hay guerra.
Ishmael le ofreció un diminuto cuenco adornado con piedras preciosas. Achmed sumergió los dedos en el agua y se lavó los ojos. Luego se levantó mientras Ishmael se alejaba.
Una de las mujeres, callada y obsequiosa, le sirvió té. Lo tomó sin darle las gracias, rápidamente. Comió un poco de arroz hervido, frío, mientras a su alrededor continuaba el trabajo pausado del campamento. Al parecer, aquella rama de la familia todavía era rica: había varios sirvientes, muchos niños y más de veinte camellos. Las ovejas que se hallaban en las cercanías solo eran una parte del rebaño. El resto pastaba a pocos kilómetros de distancia. También había más camellos, que vagaban durante la noche en busca de follaje para comer y, aunque estaban maneados, a veces se perdían de vista. Los muchachos más jóvenes los estarían reuniendo ya, como lo habían hecho Ishmael y él. Los animales no tenían nombres, pero Ishmael conocía a cada uno de ellos, y también su historia. Decía por ejemplo: «Este es el macho que mi padre le regaló a su hermano Adbel el año en que murieron muchas hembras; y el macho quedó cojo, de modo que mi padre le dio a Adbel otro y se trajo este de vuelta. Todavía renquea, ¿ves?». Achmed había llegado a conocer bien a los camellos, pero nunca llegó a adoptar totalmente la actitud del nómada hacia ellos: la víspera no había encendido fuego debajo del moribundo animal blanco. Ishmael lo habría hecho.
Achmed terminó su desayuno y volvió a su equipaje. Las maletas no estaban cerradas con llave. Abrió la que estaba encima, una pequeña, de cuero; y cuando miró los interruptores y diales de la sólida radio cuidadosamente acomodada en la maleta rectangular, tuvo un recuerdo repentino y vívido, como una película: la bulliciosa y frenética ciudad de Berlín; una calle arbolada, la Tirpitzufer; un edificio de piedra, de cuatro pisos; un laberinto de corredores y escaleras; una oficina externa, con dos secretarias; una interior, escasamente amueblada con un escritorio, un sofá, un archivo, una cama pequeña y, en la pared, una pintura japonesa, de un demonio sonriente, y una fotografía autografiada de Franco. Y detrás de la oficina, en un balcón que daba al canal Landwehr, un par de perros raposeros y un almirante prematuramente encanecido que decía: «Rommel quiere que introduzca un agente en El Cairo».
La maleta también contenía un libro, una novela en inglés. Distraídamente, Achmed leyó la primera línea: «Anoche soñé que volvía a Manderley». Una hoja de papel doblada cayó de entre las del libro. Achmed la recogió cuidadosamente y la colocó otra vez en su lugar. Cerró el libro y lo guardó en la maleta. Después cerró esta.
Ishmael estaba en pie, a su lado. Preguntó:
—¿Fue un viaje largo?
Achmed asintió:
—Vine de El Agela, en Libia. —Aquellos nombres no significaban nada para su primo—. Vine desde el mar.
—¡Desde el mar!
—Sí.
—¿Solo?
—Tenía unos cuantos camellos cuando partí.
Ishmael estaba pasmado; ni los nómadas hacían viajes tan largos, y él nunca había visto el mar.
—¿Por qué?
—Tiene que ver con esta guerra.
—Una banda de europeos que lucha con otra para decidir cuál de ellas se establecerá en El Cairo. ¿Qué interesa eso a los hijos del desierto?
—El pueblo de mi madre está en la guerra —dijo Achmed.
—Un hombre debe seguir a su padre.
—¿Y si tiene dos padres?
Ishmael se encogió de hombros. Comprendía los dilemas. Achmed levantó la maleta cerrada.
—¿Me la guardarías?
—Sí. —Ishmael la tomó—. ¿Quién está ganando la guerra?
—El pueblo de mi madre. Es como los nómadas: orgulloso, cruel y fuerte. Va a gobernar el mundo.
Ishmael sonrió.
—Achmed, tú siempre creíste en el león del desierto...
Achmed recordaba: en la escuela había aprendido que en un tiempo hubo leones en el desierto, y que era posible que quedaran algunos ocultos en las montañas, alimentándose de ciervos, zorros africanos y ovejas salvajes. Ishmael no quiso creerlo. La discusión había parecido terriblemente importante entonces, y casi riñeron por ello. Achmed sonrió burlón.
—Aún creo en el león del desierto —dijo.
Los dos primos se miraron. Habían pasado cinco años desde su último encuentro. El mundo había cambiado. Achmed pensó en las cosas que podía contar: la reunión crucial en Beirut, en 1938, su viaje a Berlín, su gran golpe en Estambul... Nada de eso significaría lo más mínimo para su primo, que probablemente estaba pensando lo mismo sobre los acontecimientos de sus últimos cinco años. Desde su peregrinaje a La Meca, juntos, cuando eran muchachos, se habían cobrado un profundo afecto, pero nunca tuvieron nada de que hablar.
Después de un instante, Ishmael se alejó llevando la maleta a su tienda. Achmed fue a buscar un poco de agua en un bol. Abrió otro bolso, y extrajo un pedazo de jabón, un espejo y una navaja. Apoyó el espejo en la arena, lo acomodó y empezó a desenrollarse el turbante.
La imagen de su rostro en el espejo le impresionó. La frente, firme y normalmente despejada, estaba cubierta de llagas. Tenía los ojos entornados por el dolor y con surcos en los extremos. La barba oscura crecía enmarañada sobre las delicadas mejillas, y la piel de la nariz, grande y aguileña, estaba enrojecida y agrietada. Separó los labios quemados y vio que sus dientes, finos y regulares, estaban sucios y manchados.
Se enjabonó y empezó a afeitarse.
Gradualmente fue emergiendo su vieja cara. Era firme, más que bella, y normalmente tenía un aire que él reconocía, en los momentos de mayor imparcialidad, como ligeramente disoluto; pero estaba destrozada. En previsión de esos estragos había transportado un frasco de loción a través de cientos de kilómetros de desierto. Pero no lo usó, porque sabía que no soportaría su perfume. Se lo dio a una niña que había estado observándolo y que se alejó corriendo, encantada con su premio.
Achmed llevó su bolso a la tienda de Ishmael y despidió a las mujeres. Se quitó la ropa que había usado y se puso una camisa blanca inglesa, una corbata rayada, calcetines grises y un traje marrón, a cuadros. Cuando trató de calzarse los zapatos descubrió que se le habían hinchado los pies: era angustioso tratar de introducirlos en el cuero nuevo y duro. Sin embargo, no podía ponerse su traje europeo con las improvisadas sandalias de caucho que había llevado en el desierto. Finalmente, con su cuchillo curvo hizo unos cortes en los zapatos y pudo calzárselos con facilidad.
Quería más: un baño caliente, un corte de cabello, crema suavizante, fresca, para sus quemaduras, una camisa de seda, una pulsera de oro, una botella de champán helado y una mujer tierna y tibia. Para todo eso tendría que esperar.
Cuando emergió de la tienda, los nómadas le miraron como si fuera un extraño. Tomó su sombrero y levantó las dos maletas restantes, una pesada y otra liviana. Ishmael se acercó con una cantimplora de piel de cabra. Los dos primos se abrazaron.
Achmed sacó una cartera del bolsillo de su chaqueta, para examinar sus documentos. Al contemplar su tarjeta de identidad se dio cuenta que era otra vez Alexander Wolff, de treinta y cuatro años, de Villa les Oliviers, Garden City, El Cairo, hombre de negocios, de raza europea.
Se puso el sombrero, cargó las maletas y partió con el fresco del amanecer para cubrir los últimos pocos kilómetros de desierto que le separaban del pueblo.
La formidable y antigua ruta de las caravanas, que Wolff había seguido de oasis en oasis cruzando el vasto y vacío arenal, conducía a un paso en la cordillera y finalmente se confundía con una carretera moderna común. Era como una línea trazada en el mapa por Dios, porque de un lado estaban las colinas desoladas, polvorientas y amarillas, y del otro, los exuberantes campos de algodón, encuadrados por los canales de riego. Los campesinos, inclinados sobre los cultivos, usaban galabiyas —simples camisones de algodón a rayas— en lugar de las protectoras y pesadas chilabas de los nómadas. Mientras caminaba por la carretera hacia el norte, oliendo la brisa húmeda y fresca del Nilo cercano, observando las crecientes señales de civilización urbana, Wolff comenzó a sentirse humano otra vez. Los campesinos dispersos en los campos ya no le parecieron una multitud. Finalmente oyó el motor de un auto y supo que estaba a salvo.
El vehículo se acercaba del lado del pueblo, Assyut. Después de una curva quedó ante su vista: era un jeep militar. Cuando estuvo más cerca, Wolff vio los uniformes del ejército británico y se dio cuenta de que había dejado atrás un peligro solo para enfrentarse a otro.
Decidió tranquilizarse. «Tengo todo el derecho a estar aquí —pensó—. Nací en Alejandría. Soy egipcio por nacionalidad. Tengo una casa en El Cairo. Todos mis documentos son auténticos. Soy un hombre rico, un europeo y un espía alemán tras las líneas enemigas...»
El jeep se detuvo con un chirrido en medio de una nube de polvo. Uno de los hombres bajó de un salto. Tenía tres estrellas de tela sobre las hombreras del uniforme: un capitán. Parecía sumamente joven y cojeaba.
El capitán dijo:
—¿De dónde diablos viene usted?
Wolff dejó sus maletas en el suelo y con un pulgar señaló hacia atrás, por encima del hombro:
—Mi coche se averió en la carretera del desierto.
El capitán asintió aceptando de inmediato la explicación: jamás se le hubiera ocurrido, como a ninguna otra persona, que un europeo pudiera haber llegado caminando desde Libia.
—Muéstreme sus documentos, por favor.
Wolff se los entregó. El capitán los examinó y luego levantó la vista. Wolff pensó: «Hubo una filtración en Berlín y todo Egipto me está buscando; o han cambiado los documentos desde que estuve aquí por última vez y los míos están vencidos; o...».
—Parece muy cansado, señor Wolff —dijo el capitán—. ¿Cuánto tiempo ha estado caminando?
Wolff se percató de que su desastrosa apariencia podría provocar cierta provechosa solidaridad por parte de otro europeo.
—Desde ayer por la tarde —dijo con un gesto de cansancio no totalmente fingido—. Me perdí.
—¿Pasó a la intemperie toda la noche? —El capitán observó más detenidamente el rostro de Wolff—. ¡Dios mío! ¡Ya lo creo! Más vale que venga con nosotros. —Se volvió hacia el jeep—. Cabo, tome las maletas del caballero.
Wolff abrió la boca para protestar, pero la cerró de nuevo bruscamente. Un hombre que ha estado caminando toda la noche no podría sino estar encantado de que alguien le llevara el equipaje. Objetarlo no solo restaría verosimilitud a su relato; centraría la atención en las maletas. Cuando el cabo las levantó para colocarlas en la parte posterior del jeep, Wolff se dio cuenta, con desazón, de que ni siquiera se había molestado en cerrarlas con llave. «¿Cómo puedo ser tan estúpido», pensó. Sabía cuál era la respuesta. Sus actos todavía armonizaban con el desierto, donde uno se podía considerar afortunado si veía a otra persona una vez por semana, y donde lo último que querían robarle sería un transmisor de radio que hay que conectar con un enchufe eléctrico. Sus sentidos seguían atentos a incongruencias: observaba el movimiento del sol, olía el aire en busca de agua, medía las distancias que recorría y escrutaba el horizonte como si buscara un árbol solitario a cuya sombra pudiera descansar durante el calor del día. Tenía que olvidar todo eso y pensar, en cambio, en policías y documentos, cerraduras y mentiras.
Decidió tener más cuidado y subió al jeep.
El capitán se acomodó a su lado y ordenó al conductor:
—Vuelva al pueblo.
Wolff decidió reforzar su historia. Mientras, el jeep entraba en la polvorienta carretera.
—¿Tiene un poco de agua? —preguntó.
—Desde luego. —El capitán buscó debajo de su asiento y sacó una cantimplora de hojalata cubierta de fieltro, del tamaño de una botella grande de whisky. La destapó y se la ofreció a Wolff, que bebió largamente, por lo menos medio litro.
—Gracias —dijo, y devolvió la cantimplora.
—¡Qué sed tenía usted! No es sorprendente. Oh, a propósito... Soy el capitán Newman. —Extendió la mano.
Wolff la estrechó y miró más detenidamente al capitán. Era joven —poco más de veinte años, calculó— y de cara fresca, con un mechón de pelo sobre la frente y una sonrisa fácil. Pero su conducta revelaba la madurez y la fatiga que afectan pronto a los hombres que combaten. Wolff preguntó:
—¿Ha visto acción?
—Alguna. —El capitán Newman se tocó la rodilla—. Me lisié la pierna en Cirenaica. Por eso me mandaron a este pueblucho. —Sonrió abiertamente—. No puedo decir, con sinceridad, que esté desesperado por volver al desierto, pero me gustaría hacer algo un poco más positivo que esto, a cientos de kilómetros de la guerra. La única lucha que vemos es entre los cristianos y los musulmanes del pueblo. ¿De dónde proviene su acento?
La pregunta, repentina y sin relación con lo anterior, tomó a Wolff por sorpresa. Pensó que esa, seguramente, había sido la intención: el capitán Newman era un joven muy perspicaz. Afortunadamente, Wolff tenía preparada una respuesta.
—Mis padres eran bóeres que vinieron de Sudáfrica a Egipto. Crecí hablando afrikaans y árabe. —Dudó inquieto, pues no quería llamar la atención mostrándose demasiado ansioso por dar explicaciones—. El apellido Wolff es holandés, originalmente; y me bautizaron con el nombre de Alex por la ciudad donde nací.
Newman parecía cortésmente interesado.
—¿Qué lo trae por aquí?
Wolff también se había preparado eso.
—Tengo negocios en varias ciudades del Alto Egipto. —Sonrió—. Me agrada visitarlos por sorpresa.
Estaban entrando en Assyut. Para los cánones egipcios era una ciudad grande, con fábricas, hospitales, una universidad musulmana, un convento famoso y unos sesenta mil habitantes. Wolff estuvo a punto de pedir que le dejaran en la estación del tren, cuando Newman lo salvó del error.
—Necesita un garaje —dijo el capitán—. Lo llevaremos al del Nasif. Tiene un camión de remolque.
Wolff se obligó a contestar.
—Gracias. —Tragó en seco, todavía no pensaba con suficiente profundidad ni rapidez. «Ojalá pudiera sobreponerme —pensó—. Es el maldito desierto; me ha entorpecido.» Miró su reloj. Había tiempo para hacer una breve representación en el garaje y, con todo, alcanzar el tren diario a El Cairo. Consideró lo que haría. Tendría que entrar en el garaje, porque Newman estaría observando. Después los soldados se alejarían. Wolff habría de hacer algunas preguntas sobre repuestos de auto o algo así y luego iría a pie hasta la estación.
Con suerte, Nasif y Newman nunca hablarían de Alex Wolff.
El jeep recorrió las calles estrechas y bulliciosas. El espectáculo de una ciudad egipcia, que le era familiar, agradó a Wolff: las alegres ropas de algodón, las mujeres que llevaban bultos sobre sus cabezas, los policías serviciales, los personajes característicos con gafas de sol, las diminutas tiendas que desbordaban sobre las calles llenas de baches, los mostradores, los coches desvencijados y los borricos sobrecargados. Se detuvieron frente a una fila de casas de adobe. La calle estaba parcialmente obstruida por un antiquísimo camión y los restos de un Fiat desmontado para aprovechar sus piezas. Un muchachito trabajaba en un bloque de cilindros con una llave inglesa, sentado en el suelo frente a la entrada.
—Tendré que dejarle aquí; el deber me llama —dijo Newman.
Wolff le dio la mano.
—Ha sido muy amable.
—No quiero abandonarle así —continuó el capitán—. Usted lo ha pasado mal. —Frunció el entrecejo y luego su rostro se aclaró—. Le diré lo que voy a hacer. Dejaré al cabo Cox para que le ayude.
Wolff contestó:
—Es muy amable, pero realmente...
Newman no escuchaba.
—Tome el equipaje del señor, Cox, y esté muy atento. Quiero que cuide del caballero. Y no les deje hacer nada a los árabes, ¿comprende?
—¡Sí, señor! —dijo Cox.
Wolff gruñó para sus adentros. Habría más demoras mientras se libraba del cabo. La gentileza del capitán Newman se estaba volviendo una molestia. ¿Sería intencionada?
Wolff y Cox descendieron y el jeep se alejó. Wolff entró en el taller de Nasif y Cox lo siguió con las maletas.
Nasif era un joven sonriente, que usaba una galabiya mugrienta. Estaba trabajando en la batería de un auto, a la luz de un quinqué. Les habló en inglés:
—¿Quieren alquilar un lujoso automóvil? Mi hermano tiene un Bentley...
Wolff le interrumpió en rápido árabe egipcio.
—Mi coche se ha averiado. Me informaron que usted tiene un remolque.
—Sí. Podemos salir inmediatamente. ¿Dónde está el coche?
—En la carretera del desierto, a unos setenta u ochenta kilómetros. Es un Ford. Pero no iremos con usted. —Sacó su cartera y entregó a Nasif un billete de una libra inglesa—. Cuando regrese me encontrará en el Grand Hotel, junto a la estación del ferrocarril.
Con presteza Nasif tomó el dinero.
—¡Muy bien! ¡Salgo inmediatamente!
Wolff asintió cortésmente y se volvió. Mientras salía del taller, con Cox a la zaga, reflexionó sobre las consecuencias de su breve conversación con Nasif. El mecánico saldría al desierto con su remolque y buscaría el auto por toda la carretera. Finalmente regresaría al Grand Hotel para confesar su fracaso. Se enteraría de que Wolff había partido. Consideraría que había sido pagado razonablemente por su día perdido, pero eso no le impediría contar a todo el mundo la historia del Ford desaparecido y de su conductor también desaparecido. Lo más probable era que, tarde o temprano, todo llegara a oídos del capitán Newman. Quizá Newman no supiera muy bien qué pensar de todo eso, pero ciertamente tendría la impresión de que había algo misterioso que debía investigar.
Wolff se sintió fastidiado al darse cuenta de que su plan de entrar inadvertido en Egipto podía haber fracasado.
Tendría que arreglar lo que pudiera. Miró su reloj. Todavía tenía tiempo de alcanzar el tren. Si actuaba con rapidez, podría librarse de Cox en el hall del hotel y luego comer algo mientras esperaba.
Cox era un hombre bajo y moreno, con cierto acento regional británico que Wolff no podía identificar. Parecía tener aproximadamente la edad de Wolff y, puesto que todavía era cabo, probablemente no se trataba de un hombre demasiado brillante. Mientras seguía a Wolff, cruzando Midan-el-Mahatta, preguntó:
—¿Conoce la ciudad, señor?
—Sí, la he visitado anteriormente —replicó Wolff.
Entraron en el Grand Hotel. Con veintiséis habitaciones, era el más grande de los dos hoteles de la ciudad. Wolff se dirigió a Cox:
—Muchas gracias, cabo; creo que ya puede volver a su trabajo.
—No hay prisa, señor —dijo Cox de buena gana—. Le subiré el equipaje.
—Estoy seguro de que hay mozos en el hotel.
—Yo de usted no me fiaría de ellos, señor.
La situación iba adquiriendo, cada vez más, carácter de una pesadilla o una farsa en la cual personas bien intencionadas le obligaban a actuar cada vez más insensatamente como consecuencia de una pequeña mentira. Se preguntó nuevamente si sería aquello totalmente accidental, y por su mente cruzó, como un terrible absurdo, la idea de que quizá lo supieran todo y simplemente estuvieran jugando con él.
Apartó ese pensamiento y se dirigió a Cox con toda la amabilidad que pudo improvisar.
—Bien, muchas gracias.
Fue al mostrador de recepción y pidió un cuarto. Observó su reloj: le quedaban quince minutos. Llenó rápidamente el formulario dando una dirección ficticia de El Cairo. Existía la posibilidad de que el capitán Newman olvidara la dirección verdadera que figuraba en los documentos de identidad, y Wolff no quería dejar un recordatorio.
Un maletero rubio le acompañó a la habitación. Wolff le dio una propina al llegar a la puerta. Cox puso las maletas sobre la cama.
Wolff sacó su billetera: quizá también Cox esperara una propina.
—Bien, cabo —comenzó a decir—, me ha prestado usted un gran servicio...
—Permítame deshacer su equipaje, señor —dijo Cox—. El capitán encargó que no dejara nada en las manos de los árabes.
—No, muchas gracias —respondió Wolff con firmeza—. Quiero acostarme enseguida.
—Adelante, acuéstese —persistió Cox generosamente—. No tardaré ni...
—¡No abra eso!
Cox estaba levantando la tapa de la maleta. Wolff se llevó la mano al interior de la chaqueta. «¡Maldito idiota!» y «Ahora quedaré al descubierto» y «Debí haberla cerrado con llave» y «¿Conseguiré hacer esto silenciosamente?». El cabo miraba asombrado los pulcros fajos de libras inglesas que llenaban la maleta pequeña. Dijo:
—¡Bendito sea Dios, lleva usted una fortuna!
Mientras avanzaba un paso, cruzó por la mente de Wolff que Cox jamás había visto tanto dinero. El cabo empezó a volverse, y dijo:
—¿Qué piensa hacer con tanto...?
Wolff extrajo su mortal cuchillo beduino curvo, que brilló en su mano cuando sus ojos se encontraron con los de Cox. El cabo retrocedió y abrió la boca, para gritar. Entonces la hoja, afilada como una navaja, cortó la blanda carne de su garganta y su grito de terror se convirtió en una burbuja de sangre. Murió en el acto, y Wolff no sintió más que decepción.
Transcurría el mes de mayo y soplaba el jamsin, un viento del sur caliente y polvoriento. Bajo la ducha, William Vandam se sentía deprimido por la idea de que aquel fuera a ser en todo el día el único momento de frescura que tuviera. Cerró el grifo y se secó rápidamente. Le dolía todo el cuerpo. El día anterior, por primera vez después de años, había estado jugando al críquet. El Servicio de Información del Estado Mayor había formado un equipo para jugar con los médicos del hospital de campaña. Espías contra matasanos, así se referían al encuentro. Y Vandam, que jugaba al ataque junto a la raya, quedó deshecho de correr cuando los médicos respondieron a los del Departamento de Información lanzando la pelota a todos los extremos del campo. Debía reconocer que su forma física no era buena. La ginebra restaba fuerzas y el cigarrillo le quitaba fondo, y tenía demasiadas preocupaciones como para concentrarse en el juego con la intensidad que este merecía.
Encendió un cigarrillo, tosió y empezó a afeitarse. Siempre fumaba mientras se afeitaba. Era la única manera que conocía de aliviar el aburrimiento de la inevitable tarea diaria. Quince años atrás había jurado que se dejaría la barba cuando saliera del ejército; pero todavía estaba en el ejército.
Se puso el uniforme de diario: sandalias gruesas, calcetines cortos, camisa de faena y los shorts caqui, con dobleces que podían soltarse y abotonarse debajo de la rodilla, como protección contra los mosquitos. Nadie se los soltaba y los oficiales más jóvenes generalmente los cortaban a causa de su aspecto ridículo.
Había una botella de ginebra vacía junto a la cama. Vandam la miró sintiendo disgusto hacia sí mismo: era la primera vez que se llevaba la maldita botella a la cama. La levantó, la tapó y la arrojó a la basura. Luego bajó a la cocina.
Gaafar estaba allí preparando té. El sirviente de Vandam era un anciano copto, calvo y de paso torpe con pretensiones de mayordomo inglés. Nunca llegaría a serlo, pero tenía su dignidad y era honrado, y Vandam sabía que esas cualidades no eran comunes entre los criados egipcios.
—¿Se ha levantado Billy ? —preguntó Vandam.
—Sí, señor; enseguida bajará.
Vandam aprobó con un gesto. Sobre la cocina hervía el agua de una pequeña cacerola. Vandam introdujo un huevo y puso el termómetro. Cortó dos rebanadas de un pan estilo inglés e hizo tostadas. Luego las untó con mantequilla y las cortó en estrechas tiras. Finalmente extrajo el huevo del agua y lo cascó.
Billy entró a la cocina.
—Buenos días, papá.
Billy tenía diez años. Vandam le sonrió:
—Buenos días. El desayuno está listo.
El niño empezó a comer. Vandam se sentó frente a él con una taza de té, observándolo. Últimamente, Billy parecía cansado muchas mañanas. Antes, invariablemente, estaba fresco como una rosa a la hora del desayuno. ¿Acaso dormía mal? ¿O sería que su metabolismo iba pareciéndose más al de los adultos? Quizá era solo que se quedaba despierto hasta muy tarde, leyendo historias de detectives bajo las sábanas, a la luz de una linterna.
La gente decía que Billy era como su padre, pero Vandam no acertaba a ver el parecido. En cambio observaba rasgos de la madre del niño: los ojos grises, la piel delicada y la expresión ligeramente altanera que aparecía en su rostro cuando alguien le fastidiaba.
Vandam siempre preparaba el desayuno de su hijo. Por supuesto, el criado era perfectamente capaz de cuidar del muchacho, y lo hacía la mayor parte del tiempo, pero a Vandam le agradaba mantener ese pequeño ritual. A menudo era aquel el único momento del día que pasaba con Billy. No hablaban mucho —Billy comía y Vandam fumaba—, pero eso no importaba: lo esencial era que estaban juntos un rato al comenzar cada día.
Después del desayuno, Billy se cepilló los dientes mientras Gaafar sacaba la motocicleta de Vandam. El niño regresó con su gorra escolar puesta, y Vandam se encasquetó la de su uniforme. Como todos los días, se saludaron. Billy dijo:
—Bien, mi comandante, en marcha, a ganar la guerra.
Y salieron.
La oficina del comandante Vandam estaba en Gray Pillars, un grupo de casas rodeadas por una cerca de espino, y que integraban el Cuartel General Oriente Medio. Cuando llegó, encontró sobre su escritorio un informe acerca de un incidente. Se sentó, encendió un cigarrillo y empezó a leer.
El informe venía de Assyut, a quinientos kilómetros al sur, y al principio Vandam no podía entender por qué había sido cursado al Servicio de Información, Una patrulla había recogido a un europeo en una carretera. Posteriormente el hombre asesinaba a un cabo acuchillándolo. Se había descubierto el cuerpo la noche anterior al poco de advertirse la ausencia del cabo, pero varias horas después de su muerte. Un hombre cuya descripción respondía a la del caminante compró un billete a El Cairo en la estación del ferrocarril; pero cuando se halló el cadáver, el tren ya había llegado a su destino y el asesino había desaparecido en la ciudad.
No existía indicio alguno sobre el móvil del crimen.
La policía egipcia y la policía militar británica ya estarían investigando en Assyut, y sus colegas de El Cairo, como Vandam, conocerían los detalles aquella mañana. ¿Qué razón había para que interviniera Información?
Vandam frunció el ceño y volvió a reflexionar. Recogen a un europeo en el desierto. El hombre dice que su coche ha sufrido una avería. Se registra en un hotel. A los pocos minutos parte y toma un tren. No se encuentra el auto. Esa noche se descubre el cadáver de un militar en el cuarto del hotel.
¿Por qué?
Vandam tomó el teléfono y llamó a Assyut. El telefonista del campamento tardó un rato en localizar al capitán Newman; pero finalmente lo encontraron en el arsenal y le llamaron al teléfono.
Vandam dijo:
—El asesinato parece obra de alguien que ha sido desenmascarado.
—Eso pensé, señor —dijo Newman. Por su voz parecía un hombre joven—. Por eso envié el informe a su oficina.
—Bien pensado. Dígame, ¿qué impresión le dio ese hombre?
—Era un sujeto corpulento...
—Tengo aquí su descripción: uno ochenta y cinco de estatura, alrededor de ochenta y cinco kilos, cabello y ojos oscuros..., pero eso no me dice cómo era.
—Comprendo —dijo Newman—. Bien, para ser franco, al principio no me inspiró la menor sospecha. Parecía agotado, lo cual concordaba con su historia del coche averiado en el desierto, pero aparte de eso daba la impresión de un ciudadano correcto: hombre blanco, correctamente vestido, que se expresaba bastante bien, con un acento que dijo que era holandés, o más bien afrikaans. Sus documentos estaban en regla, creo que eran auténticos.
—¿Pero...?
—Me dijo que estaba de gira de inspección a sus negocios en el Alto Egipto.
—Bastante factible.
—Sí, pero no me dio la impresión de ser el tipo de hombre que se pasa la vida invirtiendo en unas pocas tiendas, fabriquitas o plantaciones de algodón. Tenía mucho más aspecto de cosmopolita seguro de sí mismo: si tuviera dinero para invertir, probablemente lo haría mediante un agente de bolsa de Londres o de un banco suizo. En una palabra, no era un tipo que anduviera metido en pequeñeces... Es algo muy vago, señor, pero..., ¿comprende lo que quiero decir?
—Desde luego. —Newman parecía listo, pensó Vandam. ¿Qué haría inmovilizado en Assyut?
Newman continuó:
—Y entonces se me ocurrió que así, sin más, había aparecido en el desierto, y que yo no sabía realmente de dónde podía venir..., de modo que le ordené al pobre Cox que se quedara con él, con la excusa de ayudarle para asegurarme de que no se largara antes de que tuviéramos oportunidad de investigar su historia. Desde luego debí detenerle; pero, la verdad, señor, en ese momento solo tenía una ligerísima sospecha...
—No creo que nadie le culpe, capitán —dijo Vandam—. Procedió tomando nota del nombre y la dirección de los documentos. Alex Wolff, Villa les Oliviers, Garden City, ¿verdad?
—Sí, señor.
—Muy bien, por favor, manténgame al tanto de cualquier novedad.
—Sí, señor.
Vandam colgó. Las sospechas de Newman concordaban con lo que su instinto le decía con respecto al asesinato. Decidió hablar con su superior inmediato. Salió del despacho llevando consigo el informe sobre el incidente.
Información de Estado Mayor se encontraba al mando de un general de brigada con el título de Director de Información Militar. El DIM tenía dos subdirectores: el SIM (O), de Operaciones, y el SIM (I), de Información. Los subdirectores eran tenientes coroneles. El jefe de Vandam, el teniente coronel Bogge, era el SIM (I). Tenía a su cargo la seguridad del personal y empleaba la mayor parte del tiempo en dirigir el mecanismo de la censura. Vandam debía ocuparse de impedir la correspondencia. Él y sus hombres contaban con varios cientos de agentes en El Cairo y Alejandría; en la mayoría de los clubes nocturnos y bares había un camarero que figuraba en su nómina. Tenían también informadores entre el personal de servicio doméstico de los políticos árabes más importantes; el ayuda de cámara del rey Faruk trabajaba para Vandam, al igual que el más rico de los ladrones de El Cairo. Le interesaba quién hablaba demasiado y quién escuchaba; y, entre estos, su principal objetivo eran los nacionalistas árabes. Sin embargo, parecía posible que el misterioso hombre de Assyut constituyera una amenaza de distinta índole.
La carrera de Vandam durante la guerra se había caracterizado hasta ese momento por un éxito espectacular y un gran fracaso, este último ocurrido en Turquía. Rashid Alí había escapado de Irak. Los alemanes intentaban sacarlo de allí y usarlo con fines de propaganda; los ingleses deseaban mantenerlo fuera del foco de atención, y los turcos, celosos de su neutralidad, no querían ofender a nadie. La tarea de Vandam había sido asegurarse de que Alí permaneciera en Estambul. Pero Alí había cambiado sus ropas con un espía alemán y abandonado el país bajo las narices de su custodia. Unos días después pronunciaba por la radio nazi discursos de propaganda para el Oriente Medio. En cierta medida, Vandam logró redimirse en El Cairo. Londres le informó que había razones para creer que existía una importante filtración en el sistema de seguridad; después de tres meses de ardua investigación, Vandam descubrió que un diplomático americano de alto grado enviaba mensajes a Washington en un código inseguro. Se cambió el código, la filtración se detuvo y Vandam fue ascendido a comandante.
Si hubiese sido un civil, o incluso un militar en tiempos de paz, se habría sentido orgulloso de su triunfo y resignado con su derrota. Y habría dicho: «No siempre se puede ganar; alguna vez se pierde». Pero en la guerra los errores de un oficial costaban vidas humanas. Como consecuencia del asunto de Rashid Alí había muerto un agente —una mujer— y Vandam no podía perdonárselo.
Golpeó la puerta del despacho del teniente coronel Bogge y entró. Reggie Bogge era un hombre bajo y robusto de unos cincuenta años, que vestía un uniforme inmaculado y usaba brillantina en el cabello. Tenía una tos nerviosa con la que se aclaraba la garganta cuando no sabía bien qué decir, cosa que sucedía a menudo. Se sentaba tras un enorme escritorio curvo —más grande que el del DIM— y despachaba los papeles apilados en la cubeta de «Pendiente». Siempre más deseoso de hablar que de trabajar, invitó a Vandam a sentarse. Tomó una pelota de críquet de color rojo brillante y comenzó a pasarla de una mano a otra.
—Ayer jugó un buen partido —dijo.
—Usted tampoco se quedó atrás —contestó Vandam. Era cierto: Bogge había sido el único lanzador decente del equipo de Información, y sus tiros lentos con efecto lograron cuatro metas con veinticuatro carreras—. Pero ¿estamos ganando la guerra?
—Me temo que sigan las malas noticias. —La reunión informativa de la mañana todavía no se había realizado, pero Bogge siempre se enteraba de antemano—. Esperábamos que Rommel atacara frontalmente la Línea Gazala. Debimos comprender que un tipo astuto nunca pelea limpia y abiertamente. Rodeó nuestro flanco sur, tomó el cuartel general del Séptimo Blindado y capturó al general Messervy.
Era un relato deprimente, reiterado, y Vandam se sintió repentinamente fatigado.
—¡Qué desastre! —dijo.
—Afortunadamente no pudo seguir hasta la costa, de manera que las divisiones que se encuentran sobre la Línea Gazala no quedaron aisladas. Con todo...
—Con todo, ¿cuándo vamos a detenerle?
—No llegará mucho más lejos. —Era una observación idiota: Bogge no quería, sencillamente, criticar a los generales—. ¿Qué tiene ahí?
Vandam le entregó el informe del incidente:
—Quisiera ocuparme personalmente de este caso.
Bogge leyó el informe y levantó la vista, su rostro en blanco.
—No veo el motivo —dijo.
—Da la impresión de que el cabo descubrió algo.
—¿Sí?
—No existe móvil para el crimen; así pues, tenemos que especular.
Vandam se explicó.
—He aquí una posibilidad: el caminante recogido no era lo que decía y el cabo lo descubrió, de modo que el individuo mató al cabo.
—No era lo que decía... ¿Quiere darme a entender que era un espía? —Bogge rió—. ¿Cómo supone usted que llegó a Assyut? ¿En paracaídas? ¿O de veras lo hizo caminando?
El problema de razonar con Bogge estribaba en eso, pensó Vandam: ridiculizaba las ideas como excusa para no pensar en ellas.
—No es imposible que un avión pequeño logre pasar furtivamente. Tampoco es imposible cruzar el desierto.
Bogge arrojó planeando el informe al otro lado de su amplio escritorio.
—No es muy probable, a mi juicio —dijo—. No pierda tiempo en eso.
—Muy bien, señor. —Vandam recogió el informe del suelo, reprimiendo la habitual ira contenida. Las conversaciones con Bogge siempre se convertían en contiendas y lo prudente era no oponérsele—. Pediré a la policía que nos mantenga informados: copias de memorándums y demás, solo para el archivo.
—Sí. —Bogge nunca objetaba a que le enviaran copias para el archivo: eso le permitía meterse en las cosas sin asumir responsabilidad alguna—. Escuche, ¿qué le parece si hacemos un entrenamiento de críquet? Quisiera poner a nuestro equipo en buena forma y organizar algunos partidos más.
—Buena idea.
—Vea si puede preparar algo, ¿quiere?
—Sí, señor. —Vandam se retiró.
Mientras volvía a su oficina, Vandam se preguntaba qué era lo que funcionaba tan mal en la administración del ejército británico como para que se ascendiera a teniente coronel a un hombre con una cabeza tan hueca como la de Reggie Bogge. El padre de Vandam, que había sido cabo en la Primera Guerra Mundial, solía decir que los soldados británicos eran «leones mandados por borricos». A veces Vandam pensaba que eso seguía siendo cierto. Pero Bogge no era solo mediocre. A veces adoptaba malas decisiones porque carecía de inteligencia para tomar buenas. Pero en la mayoría de los casos —creía Vandam— lo hacía porque estaba dedicado a otra cosa, tratando de ofrecer una buena imagen o de ser superior o algo por el estilo, Vandam no hubiera sabido precisarlo.
Una mujer, vestida con una bata blanca de hospital, le saludó y Vandam contestó distraídamente. La mujer dijo:
—Comandante Vandam, ¿verdad?
Él se detuvo y la miró. La mujer había presenciado el partido de críquet. De pronto recordó su nombre.
—Doctora Abuthnot. Buenos días.
Era alta, serena, más o menos de su edad. Recordó que era cirujana —muy raro para una mujer, incluso en época de guerra— y que tenía el grado de capitán.
—Ayer tuvo mucho trabajo —dijo la doctora.
Vandam sonrió.
—Y hoy sufro las consecuencias. Sin embargo, me divertí.
—Yo también. —Tenía una voz baja, precisa, y evidente seguridad en sí misma—. ¿Le veremos el viernes?
—¿Dónde?
—La recepción en la Unión.
—¡Ah! —La Unión Angloegipcia, un club para europeos aburridos, realizaba ocasionales tentativas de justificar su nombre celebrando una recepción para invitados egipcios—. Me gustaría. ¿A qué hora?
—A las cinco en punto, para el té.
A Vandam le interesaba desde el punto de vista profesional: era una oportunidad para los egipcios de recoger chismes del Servicio, que a veces contenían información útil para el enemigo.
—Iré —dijo.
—Espléndido. Le veré allá —repuso ella y se volvió.
—Así lo espero —dijo Vandam mientras la doctora se alejaba.
La observó, preguntándose qué llevaría bajo la bata. Era pulcra, elegante y dueña de sí misma: le recordaba a su esposa.
Vandam entró en su oficina. No tenía intención de organizar un entrenamiento de críquet, ni tampoco de olvidarse del asesino de Assyut. Bogge podía irse al diablo, que él se pondría a trabajar.
Lo primero que hizo fue volver a hablar con el capitán Newman y pedirle que se asegurara de que la descripción de Alex Wolff tuviera la más amplia difusión posible.
Llamó a la policía egipcia y obtuvo la seguridad de que los hoteles y pensiones de El Cairo serían vigilados a partir de ese instante.
Se puso en contacto con Seguridad de Campaña, una unidad de la Fuerza de Defensa del Canal anterior a la guerra, y pidió que por unos días intensificaran el control selectivo de los documentos de identidad.
Pidió a la Tesorería General británica que mantuviera una vigilancia especial con respecto a la circulación de dinero falsificado.
Avisó al servicio de radioescucha que estuviera alerta por si aparecía un nuevo transmisor local; y pensó por un momento lo útil que sería que esas ratas de laboratorio resolvieran alguna vez el problema de localizar una radio sintonizando sus emisiones.
A continuación destacó a un sargento de su personal para que visitara todos los comercios de radios del Bajo Egipto —no había muchos— y les pidiera que informaran sobre cualquier venta de repuestos o equipos que se pudieran emplear para construir o reparar un transmisor.
Finalmente fue a la Villa les Oliviers.
La casa se llamaba así por un pequeño parque público situado al otro lado de la calle, en el que un bosquecillo de olivos, ahora en flor, dejaba caer como polvo sus pétalos blancos sobre la hierba parda y seca.
Delante había una tapia alta, interrumpida por un pesado portón de madera tallada. Vandam aprovechó la ornamentación para apoyar los pies y escaló el portón.
Al caer del otro lado, se encontró en un amplio patio. A su alrededor, las paredes blanqueadas con cal estaban manchadas y mugrientas, y las ventanas, cerradas con postigos descascarillados. Caminó hasta el centro del patio y miró hacia la fuente de piedra. Una lagartija verde brillante cruzó como un rayo el seco recipiente.
Hacía por lo menos un año que nadie vivía en aquel lugar.
Vandam abrió un postigo, rompió un vidrio, metió la mano, levantó la aldaba y subió al alféizar, para entrar en la casa.
No parecía la vivienda de un europeo, pensó mientras recorría los cuartos, oscuros y frescos. No había grabados de cacerías sobre las paredes, ni ordenadas filas de novelas de Agatha Christie y Dennis Wheatley con sobrecubiertas brillantes; ningún juego de muebles importado, de Maples o Harrods.* En cambio, el salón estaba provisto de grandes almohadones y mesas bajas, alfombras tejidas a mano y tapices en las paredes.
Arriba encontró una puerta cerrada con llave. Le llevó tres o cuatro minutos abrirla a puntapiés. Tras la puerta había un estudio.
El cuarto estaba limpio y ordenado, con unos pocos muebles bastante lujosos: un diván ancho y bajo tapizado de terciopelo, una mesita tallada a mano, tres lámparas antiguas haciendo juego, una alfombra de pies de oso, un escritorio con hermosas incrustaciones y un sillón de cuero.
Sobre el escritorio había un teléfono, un secante blanco y limpio, un lapicero de marfil y un tintero seco. En el cajón del escritorio Vandam encontró informes de compañías de Suiza, Alemania y Estados Unidos. Sobre la mesita se empolvaba un delicado servicio de café, de cobre batido. Sobre un estante, detrás del escritorio, había libros en varios idiomas: novelas francesas del siglo XIX, el Shorter Oxford Dictionary, un volumen que a Vandam le pareció de poesía árabe, con ilustraciones eróticas, y una Biblia en alemán.
No había documentos personales.
No había cartas.
No había en la casa una sola fotografía.
Vandam se sentó en el mullido sillón de cuero, detrás del escritorio, y miró alrededor del cuarto. Era masculino, el hogar de un intelectual cosmopolita; un hombre que, por una parte, era cuidadoso, preciso y ordenado y, por otra, sensible y sensual.
Vandam estaba intrigado.
Un nombre europeo, una casa totalmente árabe. Un folleto sobre cómo invertir en máquinas comerciales y un libro de poesía árabe. Una antigua cafetera y un moderno teléfono. Un tesoro de información sobre su carácter, pero ni un solo indicio que lo ayudara a dar con su hombre.
Había vaciado cuidadosamente el cuarto.
Debía haber extractos bancarios, facturas de comerciantes, un certificado de nacimiento y un testamento; cartas de una amante y fotos de los padres o los hijos. El dueño de la casa lo había recogido todo y se lo había llevado, sin dejar señal de su identidad, como si supiera que algún día irían a registrar.
Vandam dijo en voz alta:
—Alex Wolff, ¿quién eres?
Se puso en pie y salió del estudio. Atravesó la casa y el patio caluroso y polvoriento. Volvió a trepar sobre el portón y saltó a la calle. Al otro lado de la calzada a la sombra de los olivos, un árabe vestido con una galabiya a rayas verdes estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, observándolo sin curiosidad. Vandam no sintió deseos de explicar que había forzado la casa por razones oficiales: el uniforme de un militar inglés confería autoridad suficiente para casi todo en aquella ciudad. Pensó en las otras fuentes a las que podía recurrir en busca de información sobre el dueño de la villa: registros municipales, si los hubiera; comerciantes del barrio que pudieran haber hecho entregas cuando la morada estaba habitada; incluso los vecinos. Pondría a dos hombres a trabajar en eso y le contaría alguna historia a Bogge, para disimular. Montó en su motocicleta y de una patada la hizo resucitar. El motor rugió con entusiasmo y Vandam se alejó.
Lleno de ira y desesperación, Wolff permanecía sentado frente a su casa y observaba alejarse al oficial británico.
Recordaba cómo había sido en su niñez: llena de voces, risas y vida. Allí, junto al gran portón tallado, siempre había un guardia, un gigante de piel negra oriundo del sur, sentado en el suelo, indiferente al calor. Todas las mañanas un predicador viejo y casi ciego recitaba en el patio un capítulo del Corán. En la frescura de la arcada, los hombres de la familia se sentaban en divanes bajos y fumaban sus narguiles mientras jóvenes criados servían café en jarras de largo cuello. Otro guardia negro permanecía a la puerta del harén, tras la cual las mujeres se aburrían y engordaban. Los días eran largos y tibios, la familia era rica y los niños, consentidos.
El oficial británico, con sus shorts y su motocicleta, el rostro arrogante y los ojos escrutadores ocultos bajo la sombra de su gorra puntiaguda, había forzado la casa y violado su niñez. Wolff hubiera querido verle la cara, pues ansiaba matarlo algún día.
Durante todo el viaje había pensado en aquel lugar. En Berlín, Trípoli y El Agela con el dolor y el agotamiento de la travesía del desierto, con el miedo y la prisa de su huida de Assyut, la casa representó para él un refugio seguro, un lugar donde descansar, lavarse y recuperarse al final del camino. Había deseado tomar un largo baño, beber café en el patio y llevar mujeres a la gran cama. Ahora en cambio, tendría que irse y permanecer alejado.
Había permanecido fuera toda la mañana, recorriendo la calle y sentado bajo los olivos, alternativamente, por si el capitán Newman recordaba la dirección y mandaba registrar la villa de antemano, compró una galabiya, sabiendo que si aparecía alguien, buscarían a un europeo y no a un árabe.
Había sido un error mostrar documentos auténticos. Lo reconocía. Fue porque no confiaba en las falsificaciones de la Adwehr. Al conocer a otros espías y trabajar con ellos se había enterado de cosas horribles, ocurridas por errores obvios y torpes en los documentos fabricados por el servicio secreto alemán: impresiones llenas de chapucerías, papel de inferior calidad e incluso errores de ortografía en palabras inglesas comunes. En la escuela de espionaje adonde le enviaron para el curso de cifrado de mensajes de radio corría el rumor de que toda la policía de Inglaterra sabía que cierta serie de números de una tarjeta de racionamiento identificaba al tenedor como espía alemán.
Wolff sopesó las alternativas y escogió la que le pareció menos peligrosa. Se había equivocado y no tenía ya adónde ir.
Se puso en pie, tomó sus maletas y empezó a caminar. Pensó en su familia. Su madre y su padre habían muerto, pero tenía tres hermanastros y una hermanastra en El Cairo. Para ellos sería muy difícil esconderle. Los interrogarían tan pronto como los ingleses comprobaran la identidad del propietario de la Villa les Oliviers, lo que podía ocurrir ese mismo día; y aunque podrían mentir para protegerle, seguramente los sirvientes hablarían. Además, verdaderamente no podía confiar en ellos, pues cuando su padrastro murió, Alex, como hijo mayor, había recibido la casa y una parte de la herencia, aunque en la realidad era adoptado. Eso había provocado resentimientos y reuniones con abogados. Alex no había cedido, y sus hermanastros nunca lo perdonaron.
Consideró la posibilidad de ir al Shepheard’s Hotel. Pero, por desgracia, la policía también habría pensado en eso; a esa hora el Shepheard’s ya tendría la descripción del asesino de Assyut. Los demás hoteles grandes también la recibirían pronto. Le quedaban las pensiones. Tal vez no estuvieran advertidas, pero no dependía de lo concienzuda que fuera la policía. Como era cosa de los ingleses, quizá se sintiera obligada a esmerarse. Con todo, los administradores de pequeñas casas de huéspedes a menudo estaban demasiado ocupados como para prestar mucha atención a los policías curiosos.
Dejó Garden City y se dirigió al centro. El bullicio y el ruido en las calles era aún más intenso que cuando había abandonado El Cairo. Se veían incontables uniformes distintos, no solo británicos sino australianos, neozelandeses, polacos, yugoslavos, palestinos, indios y griegos. Las muchachas egipcias, delgadas y graciosas con sus túnicas de algodón y cargadas de joyas, competían con éxito con sus rivales europeas, de cara roja e insulsas. A Wolff le pareció que eran menos las mujeres de edad que usaban la túnica y el velo negros tradicionales. Los hombres aún se saludaban con la misma exuberancia, abriendo los brazos con mucho aparato antes de estrecharse la diestra calurosamente, durante uno o dos minutos, mientras se asían del hombro con la diestra y hablaban vivaces. Todos los mendigos y vendedores ambulantes estaban en la calle, aprovechando la afluencia de ingenuos europeos. A causa de su galabiya, Wolff era inmune, pero los europeos eran acosados por tullidos, por mujeres que cargaban bebés con costras llenas de moscas, por limpiabotas y hombres que vendían desde navajas de afeitar usadas hasta estilográficas gigantes con depósito de tinta garantizado para seis meses.
El tránsito estaba peor que antes. Los lentos y sucios tranvías iban más llenos que nunca, con pasajeros que viajaban en el estribo, aferrados precariamente a un asidero, mientras otros se amontonaban en la cabina con el conductor y algunos se sentaban, con las piernas cruzadas, en el techo. Los autobuses y taxis no eran mejores; parecía haber escasez de repuestos, pues la mayoría de los coches mostraban ventanillas rotas, ruedas desinfladas y motores defectuosos, y carecían de faros y limpiaparabrisas. Wolff vio dos taxis —un viejo Morris y un Packard todavía más viejo— que finalmente habían dejado de funcionar y eran tirados por asnos. Los únicos autos decentes eran las monstruosas limusinas americanas de los ricos bajás y el pequeño Austin inglés de antes de la guerra. Mezclados con los vehículos motorizados, en mortal competencia, estaban los coches de alquiler tirados por caballos, los carretones de los campesinos, arrastrados por mulas, y el ganado —camellos, ovejas y cabras— que estaba proscrito del centro de la ciudad por la ley menos acatada del derecho escrito egipcio.
Y el ruido... Wolff se había olvidado del ruido.
Los tranvías hacían sonar sus campanillas continuamente. En los embotellamientos todos los coches tocaban las bocinas sin cesar, y cuando no había motivo para usarlas, las usaban por principio. Para no quedarse atrás, los conductores de carretones y camellos gritaban a voz en cuello, a más no poder. Desde muchas tiendas y de todos los cafés salía un estrépito de música árabe emitida por radios baratas puestas a todo volumen. Los vendedores callejeros voceaban infatigables, y los peatones trataban de alejarlos. Los perros ladraban y los milanos, volando en círculo, graznaban en lo alto. De tanto en tanto, todo era acallado por el rugido de un aeroplano.
«Esta es mi ciudad —pensó Wolff—. Aquí no pueden atraparme.»
Había aproximadamente una docena de pensiones bien conocidas que servían a los turistas de diferentes nacionalidades: suizos, austríacos, alemanes, daneses y franceses. Pensó en ellas y las descartó por demasiado inseguras. Finalmente recordó un alojamiento barato administrado por monjas que había en el Bulaq, el distrito portuario. Lo usaban principalmente los marineros que bajaban por el Nilo en remolcadores a vapor y falúas cargadas de algodón, carbón, papel y piedras. Wolff podía estar seguro de que allí no le robarían, de que no contraería ninguna infección y de que no le asesinarían; y, además, nadie pensaría en buscarle en ese lugar.
Lejos del barrio de los hoteles, las calles estaban algo menos transitadas, pero no mucho. No podía ver el río propiamente dicho, pero a trechos avistaba fugazmente, entre los edificios abigarrados, la alta vela triangular de una falúa.
La posada era un edificio grande y deteriorado, antaño residencia de un bajá. Sobre el arco de la entrada colgaba un crucifijo. Una monja de túnica negra regaba un diminuto arriate que daba frente a la casa. A través del arco Wolff vio un zaguán tranquilo y fresco. Había acarreado varios kilómetros sus pesadas maletas: ansiaba descansar.
Dos policías egipcios salieron de la posada.
Wolff observó los anchos cinturones de cuero, las inevitables gafas de sol y el corte de cabello militar, el corazón le dio un vuelco. Volvió la espalda a los hombres y se dirigió en francés a la monja del jardín.
—Buenos días, hermana.
Ella se enderezó suspendiendo su tarea, y le sonrió.
—Buenos días. —Era sorprendentemente joven—. ¿Desea alojamiento?
—No; solo su bendición.
Los dos policías se acercaron y Wolff se puso tenso, preparando respuestas por si lo interrogaban y considerando la dirección que debía tomar si tenía que huir. Pero pasaron de largo, discutiendo sobre una carrera de caballos.
—Dios le bendiga —dijo la monja.
Wolff le dio las gracias y prosiguió su camino. Era peor de lo que había imaginado. La policía debía de estar inspeccionando por todas partes. Tenía hinchados los pies, y los brazos le dolían de cargar las maletas. Estaba decepcionado y un poco indignado, pues mientras en la ciudad todo funcionaba por mero azar, se hubiera dicho que estaban montando una operación eficiente tan solo para darle caza a él. Se apresuró a regresar hacia el centro. Empezó a sentir, como en el desierto, que caminaba sin cesar para no llegar a ninguna parte.
A lo lejos distinguió una figura alta, conocida: Hussein Fahmy, un viejo amigo de la escuela. Wolff quedó momentáneamente paralizado. Hussein le albergaría sin duda y quizá pudiera confiar en él. Pero tenía esposa y tres hijos, ¿y cómo explicarle que el tío Achmed venía a quedarse, pero que eso era un secreto, que no debían mencionar su nombre a los amigos...? En verdad, ¿cómo explicarle todo al propio Hussein? Hussein miró en dirección a Wolff que desviándose, rápidamente, cruzó la calle y se escondió detrás de un tranvía. Una vez en la acera opuesta, entró deprisa en un callejón, sin mirar atrás. No, no podía pedir refugio a los viejos amigos de la escuela.
Del callejón pasó a otra calle, y se dio cuenta de que estaba cerca de la Escuela Alemana. Se preguntó si seguiría abierta: muchos ciudadanos alemanes de El Cairo habían sido internados. Caminó hacia el edificio y entonces vio, en la puerta, una patrulla de la Seguridad de Campaña que revisaba documentos de identidad. Giró rápidamente y volvió sobre sus pasos.
Tenía que dejar las calles.
Se sintió como una rata en un laberinto. Encontraba todos los caminos bloqueados. Vio un taxi, un Ford grande, viejo, que despedía vapor del capó. Le hizo señas y subió de un salto. Le indicó la dirección al conductor y el coche arrancó, sacudiéndose, en tercera, aparentemente la única marcha que funcionaba. Por el camino se detuvieron dos veces, para llenar el radiador hirviente. Wolff se acurrucaba en el asiento de atrás procurando esconder la cara.
El taxi le llevó al sector copto de El Cairo, el antiguo gueto cristiano.
Pagó y bajó los escalones que conducían a la entrada. Dio unas pocas piastras a la anciana portera que le dejó entrar.
Era una isla de oscuridad y calma en el mar tormentoso de El Cairo. Wolff recorrió pasadizos estrechos escuchando vagamente los cánticos lejanos de las viejas iglesias. Pasó junto a la escuela y la sinagoga, y por el sótano al que supuestamente María había llevado al niño Jesús. Finalmente entró en la más pequeña de las cinco iglesias.
El servicio religioso estaba a punto de empezar, Wolff puso sus preciosas maletas junto a un banco. Se inclinó ante las imágenes de los santos que había en las paredes, se acercó al altar, se arrodilló y besó la mano del sacerdote. Luego retornó al banco y se sentó.
El coro comenzó a cantar un pasaje de las Escrituras en árabe. Wolff se acomodó en su asiento. Allí estaría seguro hasta que cayeran las sombras. Luego dispararía su último cartucho.
El Cha-Cha era un cabaret al aire libre que funcionaba en un jardín junto al río. Como siempre, estaba de bote en bote. Wolff esperó en la cola de los oficiales británicos y sus chicas, mientras los mozos montaban nuevas mesas, sobre caballetes, en todos los espacios disponibles. En el escenario, un cómico decía: «Esperen a que Rommel llegue al Shepheard’s. Eso lo detendrá».
Por fin Wolff consiguió una mesa y una botella de champán. La noche era cálida y las luces del escenario aumentaban la temperatura. El público estaba alborotado. Todos estaban sedientos y solo se servía champán, de modo que no tardaban en emborracharse. Empezaron a llamar a gritos a la estrella del show, Sonja el-Aram.
Antes tuvieron que escuchar a una griega gorda cantando Te veré en mis sueños y No tengo a nadie (lo que provocó risas). Luego anunciaron a Sonja. Sin embargo, no apareció enseguida. A medida que transcurrían los minutos, el público se volvió más ruidoso e impaciente. Por fin, cuando todos parecían estar al borde del tumulto, se escuchó el redoble de los tamboriles, se apagaron las luces del escenario y se hizo el silencio.
Cuando el reflector iluminó a Sonja, estaba inmóvil en el centro del escenario con los brazos hacia el cielo. Llevaba pantalones translúcidos y un corpiño con lentejuelas y tenía el cuerpo cubierto de polvo blanco. La música empezó —tamboriles y una flauta— y Sonja comenzó a moverse.
Wolff bebió un sorbo de champán y observó sonriente. Sonja seguía siendo la mejor.
Sacudía las caderas lentamente, golpeando primero con un pie y después con el otro. Sus brazos empezaron a temblar; luego se movieron sus hombros y después, sus pechos. Y entonces su famoso vientre inició un balanceo hipnótico. Se aceleró el ritmo. Sonja cerró los ojos. Cada parte de su cuerpo parecía moverse independientemente del resto. Wolff sintió, como siempre y al igual que todos los hombres presentes, que estaba solo con ella, que Sonja se exhibía para él y que no se trataba de una actuación, de la magia del espectáculo teatral, sino que sus contorsiones eran deliberadas; sentía necesidad de hacerlo, arrastrada a un frenesí sexual por su propio cuerpo voluptuoso. El público estaba tenso, silencioso, transpirante, hipnotizado. Sonja aceleraba más y más el ritmo, parecía transportada. La música culminó con un golpe repentino. En el instante de silencio que siguió, Sonja lanzó un grito corto y agudo; luego cayó hacia atrás, con las piernas dobladas debajo del cuerpo, las rodillas separadas, hasta que la cabeza tocó las tablas del escenario. Mantuvo esa posición por un momento, y entonces se apagaron las luces. La concurrencia se puso en pie con un aplauso atronador.
Se encendieron otra vez las luces. Ella había desaparecido.
Sonja nunca aceptaba encores.
Wolff se levantó de su asiento. Dio al camarero una libra —el salario de tres meses para la mayoría de los egipcios— para que lo llevara tras las bambalinas. El camarero le mostró el camerino de Sonja y se retiró.
Wolff golpeó a la puerta.
—¿Quién es?
Wolff entró.
Sonja estaba sentada en una banqueta. Llevaba una bata de seda y estaba quitándose el maquillaje. Le vio por el espejo y giró el asiento para encararse a él.
Wolff saludó:
—Hola, Sonja.
La mujer le miró fijamente. Después de un largo momento dijo:
—Cabrón.
Sonja no había cambiado.
Era una mujer bonita. Tenía el cabello negro y brillante, largo y espeso, ojos grandes, castaños, ligeramente saltones, con pestañas voluptuosas y abundantes, mejillas altas que rompían con la redondez de la cara y le daban forma, una nariz arqueada, graciosamente arrogante. Su cuerpo era todo curvas suaves, pero su estatura rebasaba cinco centímetros la media, no parecía rechoncha.
Sus ojos relampaguearon de ira.
—¿Qué haces aquí? ¿Adónde te fuiste? ¿Qué te ha pasado en la cara?
Wolff dejó sus maletas en el suelo y se sentó en el diván. Levantó la vista y la miró. Ella estaba en pie con las manos en las caderas, el mentón hacia delante y los senos delineados en la seda verde.
—Eres hermosa —dijo Wolff.
—Lárgate.
Wolff la estudió cuidadosamente. La conocía demasiado para sentir por ella ni atracción ni disgusto: era parte de su pasado, como un viejo amigo que sigue siéndolo pese a sus defectos, simplemente porque siempre ha estado ahí. Se preguntó qué habría hecho Sonja en los años transcurridos desde que él había dejado El Cairo. ¿Se habría casado o enamorado? ¿Habría comprado una casa, cambiado su administrador o tenido un hijo? Aquella tarde, en la iglesia fresca y sombría, había reflexionado mucho sobre cómo enfrentarse a Sonja. Pero no había llegado a ninguna conclusión, porque no estaba seguro de su reacción. La inseguridad persistía. Ella parecía enojada, desdeñosa, pero ¿lo sentía de veras? Wolff se preguntaba si debía mostrarse gentil o lleno de alegría, o agresivo e intimidador, o desvalido y suplicante.
—Necesito ayuda —dijo llanamente.
El rostro de Sonja permaneció inmutable.
—Los ingleses me persiguen —continuó Wolff—. Vigilan mi casa, y todos los hoteles tienen mi descripción. No tengo dónde dormir. Quiero ir contigo.
—Vete al diablo.
—Déjame contarte por qué te planté.
—Después de dos años, ninguna excusa es buena.
—Dame un minuto para explicarte. Hazlo... por lo que fue.
—No te debo nada.
Lo miró fijamente un momento más y luego abrió la puerta. Wolff pensó que le iba a despedir. Observó el rostro de Sonja cuando se volvió y le miró mientras sujetaba la puerta. Luego ella se asomó al corredor y gritó:
—¡Que alguien me traiga un trago!
Wolff se sosegó un poco.
Sonja volvió dentro y cerró la puerta.
—Un minuto —dijo.
—¿Vas a estar vigilándome como un carcelero? No soy peligroso. —Sonrió Wolff.
—¡Oh, sí! ¡Lo eres! —replicó Sonja, pero volvió a la banqueta y siguió trabajando en su cara.
Wolff vaciló. El segundo problema que había meditado durante la larga tarde en la iglesia copta era cómo explicarle por qué la había abandonado sin despedirse ni comunicarse nunca con ella desde entonces. Lo único que sonaba convincente era la verdad. Por reticente que fuera en cuanto a compartir su secreto, tenía que decírselo porque estaba desesperado y Sonja era la única esperanza.
Wolff comenzó:
—¿Recuerdas que fui a Beirut en el treinta y ocho?
—No.
—Te traje de allí una pulsera de jade.
Sus ojos se encontraron en el espejo.
—Ya no la tengo.
Wolff sabía que ella estaba mintiendo. Prosiguió:
—Fui a Beirut a ver a un oficial del ejército alemán llamado Heins. Me pidió que trabajara para Alemania en la guerra que se aproximaba. Acepté.
Sonja se volvió y le miró de frente. Entonces Wolff vio en sus ojos algo parecido a la esperanza.
—Me indicaron que volviera a El Cairo y aguardara noticias. Las tuve hace dos años. Querían que fuera a Berlín. Yo fui. Hice un curso de entrenamiento y después trabajé en los Balcanes y en Oriente. Regresé a Berlín en febrero para recibir instrucciones sobre una nueva misión. Me enviaron aquí.
—¿Qué tratas de decirme? —le interrumpió Sonja con incredulidad—. ¿Que eres un espía?
—Sí.
—No te creo.
—Mira. —Levantó una maleta y la abrió—. Esto es una radio, para enviar mensajes a Rommel. —La cerró y abrió la otra—. Esta es mi financiación.
Sonja miró asombrada los bien alineados fajos de billetes.
—¡Dios mío! ¡Es una fortuna!
Alguien golpeó a la puerta. Wolff cerró la maleta. Un camarero entró con una botella de champán en un cubo con hielo. Al ver a Wolff dijo:
—¿Traigo otra copa?
—No —respondió Sonja impaciente—. Vete.
El camarero se retiró. Wolff destapó el champán, llenó la copa y se la ofreció a Sonja. Después bebió un largo trago de la botella.
—Escucha —dijo—. Nuestro ejército está ganando en el desierto. Nosotros podemos ayudarle. Necesitan datos sobre el poderío británico: número de soldados, qué divisiones tienen, nombres de los comandantes, calidad de armamentos y equipos y, si es posible, planes de batalla. Nosotros estamos aquí, en El Cairo; podemos averiguarlo. Después, cuando ganen los alemanes, seremos héroes.
—¿Nosotros?
—Tú puedes ayudarme. Y lo primero es brindarme un lugar donde vivir. Odias a los británicos, ¿no es cierto? ¿Quieres que los echen de aqu