A LOS LECTORES

Me sería más fácil enumerar los vicios y defectos de este libro que sus méritos y cualidades.

Antes de escribirlo, sabía que llegaría fatalmente a tal conclusión, pero lo escribí igualmente porque me divertía hacerlo, porque espero que alguien se divertirá leyéndolo y porque pienso que, pese a todas sus lagunas, llenará aquella, mucho mayor, que nuestros profesores olvidaron colmar: narración sencilla, relato cordial.

La he llamado HISTORIA DE LOS GRIEGOS porque, a diferencia de la de Roma, es una historia de hombres, más que una historia de pueblo, de nación o de Estado.

Por esto he reducido a lo esencial la trama de los acontecimientos políticos para dar preferencia a los que determinaron el desarrollo de la civilización y jalonaron sus grandes etapas. En este libro, los poetas y los filósofos cuentan más que los legisladores y los caudillos, la huella dejada por Sócrates y Sófocles me parece más profunda que la dejada por Temístocles y Epaminondas.

No pretendo haber dicho algo nuevo ni haber dado, a lo que ya es sabido, una interpretación original. Y ni siquiera me lo había propuesto. Mi ambición ha sido la de proporcionar a los lectores un medio para acercarse sin fatiga, y sobre todo sin aburrimiento, a los antiguos griegos.

Espero haberlo logrado.

INDRO MONTANELLI

Milán, setiembre de 1959.

cap-2

PRIMERA PARTE

ENTRE HISTORIA Y LEYENDA

cap-3

Capítulo I

MINOS

Hace unos sesenta años que un arqueólogo inglés, llamado Evans, hurgando en ciertas tiendecitas de anticuarios, en Atenas, halló algunos amuletos femeninos provistos de jeroglíficos que nadie logró descifrar.

A fuerza de conjeturas, estableció que debían proceder de Creta, se fue allí, compró una parcela de terreno en el lugar donde se creía que estaba sepultada la ciudad de Cnosos, contrató a una cuadrilla de excavadores, y después de dos meses de labor topó con el resto del palacio de Minos, el famoso Laberinto.

Poetas e historiadores de la Antigüedad, desde Homero hasta nuestros días, habían dicho que la primera civilización griega había nacido, no en Micenas, o sea en el continente, sino en la isla de Creta, y que había tenido la máxima floración en tiempos del rey Minos, doce o trece siglos antes de Jesucristo. Minos, contaban, había tenido varias mujeres que habían intentado en vano darle un heredero: de sus entrañas no nacían más que serpientes y alacranes. Tan sólo Pasifae, por fin, logró darle hijos normales, entre ellos Fedra y la rubia Ariadna. Desgraciadamente, Minos ofendió al dios Poseidón, quien se vengó haciendo que Pasifae se enamorase de un toro, pese a ser éste un animal sagrado. A satisfacer ésta su pasión la ayudó un ingeniero llamado Dédalo, llegado a la isla procedente de Atenas, de donde tuvo que huir por haber matado por celos a un sobrino suyo. De aquel connubio nació el Minotauro, extraño animal, mitad hombre y mitad toro. Y a Minos le bastó con mirarle para comprender con quién le había engañado su mujer.

Ordenó entonces a Dédalo que construyese el Laberinto para alojar en él al monstruo, pero dentro dejó prisioneros también al constructor con su hijo Ícaro. No era posible encontrar el camino para salir de aquel intrincamiento de corredores y galerías. Pero Dédalo, hombre de infinitos recursos, construyó para sí y para su chico unas alas de cera, con las que ambos huyeron elevándose en el cielo. Ebrio de vuelo, Ícaro olvidó la recomendación de su padre de no acercarse demasiado al sol: la cera se derritió, y él se precipitó al mar. No obstante su tremendo dolor, Dédalo aterrizó en Sicilia, adonde llevó las primeras nociones de la técnica.

Mientras, en el Laberinto seguía girando el Minotauro, exigiendo cada año siete muchachas y siete jóvenes para comérselos. Minos se los hacía entregar por los pueblos vencidos en las guerras. Se los reclamó también a Egeo, rey de Atenas. El hijo de éste, Teseo, por bien que príncipe heredero, pidió formar parte de aquellos hombres, con el propósito de matar al monstruo, desembarcó en Creta con las demás víctimas y, antes de internarse en el laberinto, sobornó a Ariadna, la cual le entregó un ovillo de hilo para que, desenrollándolo, le permitiera volver a encontrar el camino de salida. El valeroso joven logró su intento, salió afuera y, fiel a la promesa que le había hecho, se casó con ella y se la llevó. Pero en Naso la abandonó dormida en la playa y prosiguió el viaje solo con sus compañeros.

Los historiadores modernos habían recusado esta historia como inventada de raíz, y hasta ahora acaso tenían razón. Y aun habían acabado negando que en Creta hubiese florecido, dos mil años antes de Jesucristo y mil antes que en Atenas, la gran civilización que le atribuía Homero. Y en eso se equivocaban ciertamente.

Atraídos por los descubrimientos de Evans, arqueólogos de todo el mundo —entre ellos los italianos Paribeni y Savignoni—, acudieron a los lugares, iniciaron otras excavaciones, y pronto de las entrañas de la tierra salieron los monumentos y documentos de aquella civilización cretense que, por el nombre del rey Minos, fue llamada minoica.

Todavía hoy los estudiosos se están peleando acerca de su origen, pues unos consideran que vino de Asia y otros de Egipto. De todos modos, fue con certeza la primera que se desenvolvió en una tierra europea, alcanzó altas cimas e influyó en la que después se formaría en Grecia y en Italia. Fue en Creta donde Licurgo y Solón, los dos más grandes legisladores de la Antigüedad, buscaron el modelo de sus Constituciones, donde nació la música coral adoptada por Esparta, donde vivieron y trabajaron los primeros maestros de la escultura, Dipeno y Chili.

Estudiando las excavaciones, los competentes han dividido la civilización minoica en tres eras, y cada una de éstas en tres períodos. Dejémosles en estas distinciones demasiado sutiles para nosotros, y contentémonos con comprender globalmente en qué consistía la vida cretense de hace cuatro mil años. Por el modo con que son representadas en sus pinturas y bajorrelieves, eran gentes más bien bajas y delgadas, de piel color pálido las mujeres y bronceada la de los hombres, hasta el punto que les llamaban Foinikes, que quiere decir «pieles rojas». Éstos se tocaban con turbantes y aquéllas con sombreros que podrían muy bien reaparecer en cualquier exhibición de moda contemporánea en París o en Venecia. Unos y otras tenían un ideal de belleza triangular, pues llevaban túnicas estrechamente ceñidas en el talle. Y las mujeres dejaban sus senos al descubierto, lo que hace pensar que solían tenerlos prósperos. Una de ellas, según aparece en una pintura, es tan coqueta y provocativa, que los arqueólogos, pese a su proverbial austeridad, la han llamado La parisienne.

En un principio, Creta debió de estar dividida en varios Estados o reinos que guerreaban con frecuencia entre sí. Pero en un momento dado, Minos más hábil y fuerte que los demás, redujo a sumisión los rivales y unificó la isla, dándole por capital su ciudad, Cnosos. ¿Era Minos su nombre personal, o el que se daba al cargo que ostentaba, como en Roma se llamaba César y en Egipto Faraón? No se sabe. Sábese solamente que quien ejecutó aquella obra de unificación y al que la leyenda atribuye a Pasifae como esposa con todas las desdichas que ésta le acarreó, vivió y reinó trece siglos antes de Jesucristo, cuando en todo el resto de Europa no brillaba aún el más remoto fuego de civilización.

De dar crédito a Homero, Creta tenía el esplendor de noventa ciudades, algunas de las cuales competían con la capital en cuanto a población, desarrollo y riqueza. Festo era el gran puerto donde se concentraba el comercio marítimo con Egipto: Palaikastro era el barrio residencial; Gurnia el centro manufacturero y la «capital moral», como hoy lo es Milán en Italia; Hagia Tríada, residencia estival del rey y del gobierno, según demuestra la villa real desenterrada. Las casas son de dos, de tres, y hasta de cinco plantas, con escaleras interiores bien acabadas. Y en las pinturas y bajorrelieves que adornan las paredes se ve a los inquilinos varones jugando al ajedrez bajo la mirada aburrida del ama de casa, que teje lana. Suelen estar de regreso de cacerías, y a sus pies yacen, fatigados, los animales que les han ayudado a ojear el oso o el jabalí: canes ágiles y delgados, semejantes a lebreles, y gatos salvajes que debían ser deliberadamente instruidos para ese cometido. Otro deporte en el que destacaban los cretenses era el pugilato. Los de peso ligero se batían con las manos desnudas, y también usaban los pies para golpearse, como aún ahora hacen los siameses; los de peso medio usaban casco y los de peso pesado también guantes.

El dios de aquella gente se llamaba Vulcano, y correspondía al que entre los griegos fue Zeus y con los romanos Júpiter. Era un personaje omnipotente e iracundo, y cuando se ponía tonto sus fieles invocaban a la diosa Madre, como quien dice a la Virgen María, para que le calmase. La gran fuerza de Minos, en tanto que rey, fue la de descender de aquél, o por lo menos, de haber logrado hacérselo creer a sus súbditos. Cuando publicaba una ley decía que Vulcano se la había sugerido la noche anterior, y cuando requisaba un quintal de trigo o un hato de ovejas, decía que era para hacerle un regalo a Vulcano. Estos regalos, naturalmente, el dios se los dejaba en depósito a Minos, que había hecho construir por sus ingenieros inmensos apriscos en el palacio real para conservarlos; y eran lo que los impuestos entre nosotros, pues en Creta, donde no se conocía el dinero, los tributos se pagaban en especies al dios, no al gobierno.

Era un pueblo de guerreros, navegantes y pintores. Y a estos últimos debemos el hecho de haber podido reconstruir en parte su civilización que, precisamente bajo Minos, alcanzó la más alta cima. No se consigue comprender qué cosa provocó su decadencia, que, a juzgar por las ruinas, debió de ser muy rápida. ¿Fue un terremoto seguido de incendios lo que en un momento determinado destruyó Cnosos con sus bellos palacios y teatros? Por las excavaciones diríase que casas y tiendas fueron sorprendidas repentinamente por la muerte, mientras sus moradores se hallaban en plena y normal actividad.

Es probable que esta decadencia hubiese comenzado mucho tiempo antes y que alguna catástrofe hubiese precipitado su conclusión. Muchos signos revelan que la de Creta, nacida seguramente bajo el signo del estoicismo siete u ochocientos años antes, era ya en tiempos de Minos una civilización epicúrea, o sea agradable y llena de pus como un forúnculo maduro. Los bosques de cipreses habían desaparecido, el malthusianismo había ocasionado vacíos en la población y el colapso de Egipto enrareció el comercio. Tal vez, como remate de tantas desdichas, hubo también un terremoto. Pero es más probable que la desventura definitiva fuese en forma de invasión: la de los aqueos, que precisamente por aquellos años habían caído sobre el Peloponeso desde Tesalia, haciendo de Micenas su capital. En Creta lo destruyeron todo, hasta el idioma, que bajo Minos no era ciertamente el griego, como demuestran las inscripciones que han perdurado.

Por ellas, pese a que nadie ha logrado descifrar su sentido, diríase que los cretenses habían tenido orígenes egipcios, o en cualquier caso orientales. No podemos confirmarlo ni desmentirlo. Pero sí podemos repetir que la de Creta fue la primera civilización de Europa, y que Minos fue nuestro primer «ilustre conciudadano».

cap-4

Capítulo II

SCHLIEMANN

El mejor modo de pagar a nuestro contemporáneo Enrique Schliemann los enormes servicios que nos ha prestado reconstruyendo la civilización clásica, creo que es incluirle entre sus protagonistas, como él mismo mostró desear ardientemente, eligiendo, en pleno siglo XIX, a Zeus como dios, elevando a él sus oraciones, poniendo de nombre Agamenón a su hijo, Andrómaca a su hija, Pélope y Telamón a sus servidores, dedicando a Homero toda su vida y su dinero.

Era un loco, pero alemán, o sea organizadísimo en su vesania, que la buena fortuna quiso recompensar. La primera historia que, cuando tenía cinco o seis años, le contó su padre no fue la de Caperucita Roja, sino la de Ulises, Aquiles y Menelao. Tenía ocho años cuando anunció solemnemente en familia que se proponía redescubrir Troya y demostrar, a los profesores de Historia que lo negaban, que esa ciudad había existido realmente. Tenía diez cuando escribió en latín un ensayo sobre este tema. Y dieciséis cuando pareció que toda esta infatuación se le había pasado del todo. Efectivamente, se colocó de dependiente en una droguería, donde con seguridad no había descubrimientos arqueológicos que realizar, y a poco embarcó no hacia la Hélade, sino hacia América, en busca de fortuna.

Tras pocos días de viaje, el buque se fue a pique y el náufrago fue salvado en las costas de Holanda. Quedóse allí, viendo en aquel episodio una señal del destino, y dedicóse al comercio. A los veinticuatro años era ya un comerciante acomodado, y a los treinta y seis un rico capitalista, del cual nadie había sospechado jamás que entre un negocio y otro hubiese seguido estudiando a Homero. Debido a su profesión se había visto precisado a viajar mucho. Y había aprendido la lengua de todos los países donde estuvo. Sabía, además del alemán y el holandés, francés, inglés, italiano, ruso, español, portugués, polaco y árabe. Su Diario está redactado, efectivamente, en la lengua del país donde sucesivamente está fechado. Pero en la que siempre seguía pensando era el griego antiguo.

De improviso cerró Banco y tienda y comunicó a su mujer, que era rusa, su propósito de ir a establecerse en Troya. La pobre mujer le preguntó dónde estaba aquella ciudad de la que jamás había oído hablar y que, en realidad, no existía. Enrique le mostró en un mapa dónde suponía que estaba, y ella pidió el divorcio. Schliemann no hizo objeciones y puso un anuncio en un periódico pidiendo otra esposa, a condición de que fuese griega. Y de entre las fotografías que le llegaron eligió la de una muchacha que tenía veinticinco años menos que él. Se casó con ella según un rito homérico, la instaló en Atenas en una villa llamada de Belerofonte, y cuando nacieron Andrómaca y Agamenón, la madre tuvo que sudar tinta para inducirle a bautizarlas. Enrique se avino a ello sólo a condición de que el cura, además de algún versículo del Evangelio, leyese durante la ceremonia alguna estrofa de la Ilíada. Sólo los alemanes son capaces de estar locos hasta tal punto.

En 1870 se encontraba en aquel asolado y sediento rincón noroeste del Asia Menor donde Homero afirmaba, y todos los arqueólogos negaban, que Troya se hallaba sepultada. Necesitó un año para obtener del gobierno turco permiso para iniciar las excavaciones en una ladera de la colina de Hisarlik. Pasó el invierno, con un frío siberiano, practicando hoyos con su mujer y sus excavadores. Tras doce meses de esfuerzos inútiles y de gastos delirantes, como para desanimar a cualquier apóstol, un buen día un pico chocó con algo que no era la piedra de costumbre, sino una caja de cobre que, al ser abierta, reveló a los ojos exaltados de aquel fanático lo que él llamó enseguida «el tesoro de Príamo»: miles y miles de objetos de oro y plata.

El loco Schliemann despidió a los excavadores, llevó toda aquella fortuna a su barraca, encerróse en ella, adornó a su mujer con los collares, los confrontó con la descripción de Homero, convencióse de que eran aquellos con que se habían pavoneado Helena y Andrómaca, y telegrafió la noticia a todo el mundo.

No le creyeron. Dijeron que fue él quien llevó allí toda aquella mercancía, tras haberla acopiado en los bazares de Atenas. Tan sólo el gobierno turco le dio crédito, pero al objeto de procesarlo por apropiación indebida. Sin embargo, algunas lumbreras más escrupulosas que las demás, como Doerpfeld, Virchow y Burnouf, antes de negar, quisieron investigar sobre el terreno. Y, por muy escépticos que fuesen, tuvieron que rendirse a la evidencia. Continuaron las excavaciones por cuenta propia y descubrieron los restos, no de una, sino de nueve ciudades. La única duda que permaneció en sus mentes no era si Troya había existido, sino cuál de las nueve era aquella que el pico había desenterrado.

Mientras tanto, el loco estaba devanando con su habitual lucidez el lío jurídico en que se había enzarzado con el gobierno turco. Convencido de que en Constantinopla iban a malograr sus preciosos descubrimientos, mandó a escondidas el tesoro al Museo del Estado de Berlín, que era el más calificado para custodiarlo debidamente. Pagó daños y perjuicios al gobierno turco, que tenía más interés por el dinero que por aquella quincalla. Después, armado del más antiguo de todos los Baedeker, el Periégesis, de Pausanias, quiso demostrar al mundo que Homero no sólo había dicho la verdad acerca de Troya y de la guerra que en ella se había desarrollado, sino sobre sus protagonistas. Y con gran entusiasmo se puso a buscar, entre las ruinas de Micenas, la tumba y el cadáver de Agamenón.

Nuevamente el buen Dios, que siente debilidad por los lunáticos, le compensó de tanta fe, guiando su pico por los sótanos del palacio de los descendientes del rey Atreo, en cuyos sarcófagos fueron hallados los esqueletos, las máscaras de oro, las alhajas y la vajilla de aquellos monarcas que se consideraba no habían existido más que en la fantasía de Homero. Y Schliemann telegrafió al rey de Grecia: Majestad, he hallado a sus antepasados. Después, seguro ya de su camino, quiso dar el golpe de gracia a los escépticos del mundo entero y, sobre las indicaciones de Pausanias, fuese a Tirinto, donde desenterró las murallas ciclópeas de palacio de Proteo, de Perseo y de Andrómaca.

Schliemann murió casi setentón en 1890, tras haber trastornado desde los fundamentos todas las tesis e hipótesis sobre las que hasta entonces se había basado la reconstrucción de la prehistoria griega, inclinada a exiliar a Homero y a Pausanias en los cielos de la pura fantasía. En el hervor de su entusiasmo, acaso demasiado apresuradamente, atribuyó a Príamo el tesoro descubierto en la colina de Hisarlik y a Agamenón el esqueleto hallado en el sarcófago de Micenas. Sus últimos años los pasó polemizando con los que dudaban de ello, y en estos litigios aportó más violencia que fuerza persuasiva. Pero el hecho es que él se consideraba contemporáneo de Agamenón y trataba a los arqueólogos de su tiempo desde la altura de tres milenios. Su vida fue una de las más bellas, afortunadas y plenas que un hombre haya vivido jamás. Y nadie podrá negarle el mérito de haber aportado la luz en la oscuridad que envolvía la historia griega antes de Licurgo.

Las excavaciones que, siguiendo su ejemplo, fueron emprendidas por Wace, Waldstein, Müller, Stamatakis y muchos más en Fócida y Beocia, en Tesalia y en Eubea, han demostrado que era cierto lo que Schliemann aprendiera de Homero: a saber, que contemporáneamente a la de Creta, e independientemente de ésta, se había desarrollado una civilización en el continente griego, aunque menos avanzada, que tuvo sus centros en Argos y Tirinto. Se llamó micénica por la ciudad que fue capital. La construyó Perseo dieciséis siglos antes de Jesucristo, y no se sabe a qué raza adscribir su población. Sólo se sabe que en aquella época Grecia se componía de numerosos Estados: Esparta, Egina, Eleusis, Orcómenes, Queronea, Delfos, etc. Y sus habitantes se llamaban genéricamente pelasgos, que significaría «pueblo del mar», acaso porque por mar habían llegado, probablemente del Asia Menor. Tuvieron contactos con Creta y algo copiaron de su cultura, sin conseguir, empero, emularla. Tuvieron industria, pero no tan desarrollada como lo fuera en Gurnia. En cuanto a su lengua, no se sabe nada, como de la de Creta; sólo que nada tiene que ver con el griego.

El griego vino después de la invasión de los aqueos, una tribu del Norte que se puso en movimiento hacia el Peloponeso en el siglo XIII, lo sometió, lo unificó e implantó aquellos reinos, de cuyas cortes Homero fue el trovador vagabundo. Él no nos habla de tal invasión, que representa tan sólo una hipótesis. Su historia comienza después de haber producido aquélla, y hasta antes de Schliemann su relato fue considerado pura fantasía e imaginarios los protagonistas.

Mas ahora, tras los descubrimientos del loco alemán, no tenemos ya derecho a poner en duda la realidad histórica de Agamenón, de Menelao, de Helena o de Clitemnestra, de Aquiles y de Patroclo, de Héctor y de Ulises, aunque sus aventuras no hayan sido exactamente las que Homero describió, elevándolas de tono. Schliemann ha enriquecido la historia, y ha empobrecido la leyenda con algunas decenas de personajes de primer término. Gracias a él, algunos siglos que antes permanecían en las tinieblas han entrado en la luz, aunque no sea más que la incierta del alba. Y sólo llevados de su mano podemos explorarlos.

He aquí por qué hemos querido satisfacer su deseo: el de alinearse, en la reconstrucción de la civilización griega, al lado de Homero y de sus héroes.

cap-5

Capítulo III

LOS AQUEOS

Si hemos de escuchar a los historiadores griegos que, hasta cuando hubieron alcanzado la edad de razón (y nadie la tuvo jamás más clara y límpida que ellos), siguieron creyendo en las leyendas, la historia de los aqueos comienza directamente por un dios llamado Zeus, que les dio su primer rey en la persona de su hijo Tántalo. Éste era un gran pillastre que, tras haberse aprovechado de su parentesco con los dioses para divulgar sus secretos y robar el néctar y la ambrosía en sus despensas, creyó aplacarles ofreciéndoles en sacrificio su propio vástago, Pélope, tras haberle cortado a lonjas y hervido. Zeus, afectado en su sentimiento de abuelo, juntó de nuevo a su nietecito y precipitó en el infierno al hijo parricida, condenándole a babear de hambre y de sed ante inapresables fuentes de mantequilla y copas de vino.

Pélope, que heredó de su desnaturalizado padre el trono de Frigia, no tuvo suerte en política porque sus súbditos le depusieron y le exiliaron a Élida, en aquella parte de Grecia que después, por él, se llamó Peloponeso. Allí reinaba Enómaos, gran aficionado a las carreras de caballos, en las que era imbatible. Solía desafiar a todos los cortejadores de su hija Hipodamia prometiendo al vencedor la mano de la muchacha y al perdedor la muerte. Y ya muchos «buenos partidos» habían dejado la piel en ellas.

Pélope, que en algunas cosas debía parecerse un poco a papá Tántalo, se puso de acuerdo con el caballerizo del rey, Mirtilo, proponiéndole repartirse son él el trono si hallaba el modo de hacerle vencer. Mirtilo apretó el cubo de rueda del carro de Enómaos, quien se cayó y se rompió la cabeza en el incidente. Pélope, habiendo desposado a Hipodamia, le sucedió en el trono, pero, en vez de compartirlo con Mirtilo como había prometido, arrojó al mar a éste, quien, antes de desaparecer en los remolinos de agua, lanzó una maldición contra su asesino y todos sus descendientes.

Entre éstos hubo Atreo, del cual después la dinastía tomó el nombre definitivo: átrida. Sus hijos, Agamenón y Menelao, casaron respectivamente con Clitemnestra y Helena, hijas únicas del rey de Esparta, Tíndaro. Pareció un gran matrimonio. Y efectivamente, cuando Atreo y Tíndaro murieron, los dos hermanos, Agamenón como rey de Micenas y Menelao como rey de Esparta, fueron los dueños de todo el Peloponeso. Ellos no recordaban, o tal vez ignoraban, la maldición de Mirtilo. Y, sin embargo, la tenían en casa, personificada en las respectivas esposas.

En efecto, algún tiempo después, Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, pasando por aquellos parajes, se enamoró de Helena. Y aquí no se sabe ya con precisión cómo ocurrieron las cosas. Hay quien dice que Helena le correspondió y siguió a su cortejador. Hay quien dice que él la raptó, y ésta fue la versión que de todos modos dio el pobre Menelao para salvar ya la reputación de la esposa, ya la propia. Y todos los aqueos exigieron al unísono el castigo del culpable.

El resto de la historia la contó Homero, a quien no nos proponemos hacer la competencia. Todos los griegos útiles se agruparon en torno de sus señores aqueos, y en mil naves arribaron a Troya, la asediaron durante diez años y al final la expugnaron, saqueándola. Menelao recuperó la esposa, pero más bien avejentada, y nadie le quitó ya de encima la fama de cornudo. Agamenón, vuelto en casa, halló su sitio junto a Clitemnestra ocupado por el emboscado Egisto, quien, junto con ella le envenenó. Su hijo Orestes vengó más tarde al padre matando a los dos adúlteros, se volvió loco, pero como consecuencia pudo reunir bajo su cetro los reinos de Esparta y de Argos. Ulises se dio a la buena vida, completamente olvidado de Ítaca y de Penélope. En suma, la guerra de Troya señaló a la vez el apogeo del poderío aqueo y el comienzo de su declive. Agamenón, que lo personificaba, era un poco un rey de mentirijillas. Para expugnar la ciudad enemiga había perdido buena parte de sus tropas, con muchos de sus más hábiles capitanes. En el camino de regreso, una tempestad sorprendió a la flota, destruyendo buena parte de ella y arrojando a la tripulación náufraga en las islas del Egeo y las costas de Asia Menor. Los aqueos ya no se recobraron de estos golpes. Y cuando un siglo después un nuevo invasor vino del Norte, no tuvieron fuerza para resistirle.

¿Quiénes eran aquellos aqueos que, durante tres o cuatro siglos fueron sinónimo de griegos, porque dominaron completamente el país?

Hasta todo el siglo pasado, historiadores, etnólogos y arqueólogos convinieron que fueron tan sólo una de las tantas tribus locales, de raza pelásgica como las otras, que en un momento determinado tomaron el poder y desde su cuna, Tesalia, cayeron sobre el Peloponeso constituyendo en todas partes una clase dirigente y patronal. Según esta tesis habrían sido los continuadores de la civilización micénica, desarrollándose sobre el modelo de la minoica de Creta, de la cual tan sólo representaron un estadio más avanzado.

Fue otro arqueólogo, esta vez inglés, quien derribó los castillos construidos sobre esta hipótesis. El señor William Ridgeway descubrió que entre la civilización micénica y la aquea había diferencias sustanciales. La primera no había conocido el hierro y la segunda sí. La primera enterraba a los muertos y la segunda los incineraba. La primera rezaba mirando a lo alto porque creía que los dioses moraban en la cumbre del Olimpo, o entre las nubes. De lo cual Ridgeway deduce que los aqueos no eran en absoluto una población pelásgica como las otras de Grecia, sino una tribu céltica de Europa central, que cayó sobre el Peloponeso no «desde» Tesalia, sino «a través» de ésta, sometió a los indígenas y, entre los siglos XIV y XIII antes de Jesucristo, se fusionó con ellos creando una nueva civilización y una nueva lengua, la griega, pero siguiendo como clase dirigente.

Es muy probable que esta hipótesis sea cierta o al menos contenga varias verdades. Sin duda los aqueos, a diferencia de los pelasgos, fueron gente de tierra; lo cierto es que hasta la guerra de Troya no intentaron empresas por mar, y que cada vez que lo encontraban se detenían. Ni siquiera intentaron poner pie en las islas más cercanas del continente, y todas sus capitales y ciudadelas se levantaban en el interior. Bajo su dominio, Grecia se limitaba al Peloponeso, Ática y Beocia; mientras que para las poblaciones pelásgicas de la civilización micénica, que eran marineras, aquélla englobaba también todos los archipiélagos del Egeo.

En cuanto a las gestas que Homero atribuye a los aqueos, hasta hace un siglo eran consideradas pura leyenda, incluida la guerra de Troya, de la que incluso se negaba hubiera tenido lugar. En cambio Troya existía, como hemos visto, y significaba una rival peligrosa para las ciudades griegas, porque dominaba los Dardanelos, a través de los cuales había que pasar para alcanzar las ricas tierras del Helesponto. Los aqueos habían inventado una leyenda para estimular a sus súbditos contra Troya: la de los argonautas, o sea la de los navegantes que a bordo del Argos y bajo el mando de Jasón, habían partido a la reconquista del Vellocino de Oro en Cólquida. Formaban parte de la expedición Teseo —el del Minotauro—, Orfeo, Peleas, padre de Hércules, y el propio Hércules, quien, cuando Troya intentó detener la nave en la entrada del estrecho, desembarcó, saqueó la ciudad él solo y mató al rey Laomedonte con todos sus hijos, excepto Príamo. La expedición se llevó a cabo gracias a Medea. Y en la mente del pueblo llano quedó el Vellocino de Oro como símbolo de las riquezas del Helesponto y del mar Negro. Mas para llegar allí había que destruir Troya, que controlaba el paso obligado y seguía enriqueciéndose por el comercio que allí se desarrollaba, imponiendo probablemente tributos a los transeúntes.

No se sabe quiénes fueron con exactitud los troyanos. Les llamaban también dárdanos. Pero la hipótesis más atendible es que se tratase de cretenses emigrados a aquel territorio del Asia Menor, en parte para fundar una colonia, en parte tal vez para sustraerse a las catástrofes, fueran las que fuesen, que habían azotado la isla y destruido la civilización minoica. Según Homero, hablaban la misma lengua de los griegos y, como éstos, veneraban el monte Ida, «de las muchas fuentes». Es probable que cretense sólo lo fuera la población ciudadana, mientras que el campo era asiático. Lo cierto es que era un gran emporio comercial del oro, la plata y la madera. Llegaba incluso el jade de China.

Los griegos, tras haberla metódicamente destruido, fueron muy caballerosos al juzgar a sus habitantes. En su Ilíada, Príamo es más simpático que Agamenón, y Héctor resultó un perfecto caballero en comparación con aquel canallita que era Ulises. Hasta Paris, aunque voluble, es amable. Y si un pueblo puede ser juzgado según la Casa real, hay que decir que la de Príamo era más digna, más limpia y más humana que la de Micenas.

Como he dicho, hasta hace un siglo la guerra de Troya, sus protagonistas y la misma existencia de la ciudad eran considerados como puramente imaginarios, fruto de la fantasía de Homero y de Eurípides. Schliemann fue quien les dio consistencia histórica. Ahora puede decirse que lo de Troya fue el primer episodio de una guerra destinada a perpetuarse en milenios y no resuelta aún: la guerra del Oriente asiático contra el Occidente europeo.

Por medio de la Grecia de los aqueos el Occidente europeo ganó el primer round.

cap-6

Capítulo IV

HOMERO

No sabemos nada de Homero. No sabemos siquiera si verdaderamente existió. Según la leyenda más comúnmente aceptada, fue un «trovador» ciego del siglo VIII antes de Jesucristo, que los señores contrataban para oírle cantar sus maravillosas historias. Ellos no podían leerlas porque eran analfabetos, y el tiempo lo pasaban únicamente guerreando, cazando y saqueando. Pero también Homero, tal vez, era analfabeto. Recogió la materia de sus poemas directamente de labios del pueblo y la transformaba, con su inagotable fantasía, según el gusto de los aristócratas auditores.

Con todo el respeto por su genio, debía de ser un gran filón, porque en sus historias los que le daban hospitalidad encontraban con qué satisfacer su propio orgullo. Cada uno de ellos, además de ver exaltadas las gestas de sus antepasados, hallaba un árbol genealógico que le unía más o menos directamente a un dios. Él se ganaba el pan halagándoles y tal vez pasó una vida feliz, de parásito de lujo, y si bien no había de ser fácil contentarles a todos a causa de los odios y las rivalidades que les dividían, parece ser que lo logró.

Ciertamente, lo que él nos ha dejado de la sociedad aquea, que era tan sólo una restringida clase dominante, no es un retrato digno de atención, porque todos sus trazos están transfigurados y embellecidos, no sólo por el estro poético del autor, sino también por la necesidad de agradar a los clientes, muchos de los cuales eran descendientes de aquélla. Es un retrato comparable a lo que ahora se llama estilo pompier. Pese a todo, aun cuando este retrato se parece más a lo que aquella sociedad deseaba ser o tenía nostalgia de volver a ser, que a lo que era en realidad, desde el punto de vista documental tiene gran valor y nos permite hacernos un cuadro de su mundo.

Homero dice que el aqueo era un pueblo de gran belleza física: atletas todos los hombres y reinas de belleza todas las mujeres. No es verdad, probablemente. Pero ello basta para hacernos comprender que la belleza física era su máximo ideal, es más, acaso el único. Eran escrupulosamente elegantes. Y por bien que la industria de la moda se hallase en un estadio rudimentario, con lo poco que tenían hacían milagros. El único tejido que usaban, varones y hembras, era de lino. Lo llevaban en forma de saco, con un agujero para pasar la cabeza, pero cada uno le añadía guarniciones y bordados, a veces costosísimos, para darle un toque personal. Y le concedían tal importancia, que Príamo, para lograr la restitución del cadáver de Héctor por Aquiles, ofreció a éste a cambio su vestido, como la más preciosa de las propinas.

Las casas eran de adobe y paja las de los pobres, y de ladrillo con basamento de piedra las de los ricos. Se entraba en ellas por una puerta central, y en la mayoría de los casos no había divisiones de aposentos ni ventanas. La cocina no existió hasta mucho después. Se guisaba en medio de la única estancia, que tenía un agujero en el techo para que saliera el humo. Solamente los grandes señores tenían cuarto de baño. Y fueron señaladas como extravagancias de millonarios la de Penélope, que se encargó una silla con brazos, y la de Ulises, que construyó para ambos una cama doble. Verdad es que debía tener que compensarla de los veinte años de viudez en que la había dejado. ¡Pero la cosa, según parece, ocasionó cierto escándalo!

No hay templos. Aunque muy religiosos, los señorones aqueos derrochan mucho para sus propios palacios, mas se preocupan poco para hospedar dignamente a sus dioses, es más, les dejan al raso, incluso en invierno. Ulises, que después de tantas aventuras, en la vejez fue sedentario y casero, se construyó incluso un patio con arriates, árboles y caballeriza. Y Paris, el seductor de Helena, se hizo construir una garçonnière por los más expertos arquitectos de Troya, pero no sabemos cómo era.

Además de la casa y la indumentaria, las dos clases —dominadores y dominados— se diferenciaban en la alimentación. Los generales de la guerra de Troya son carnívoros y tienen predilección por los lechones; suboficiales y soldados son vegetarianos, y se alimentan de trigo tostado, y cuando lo encuentran, de pescado. Los primeros beben vino y usan la miel como azúcar. Los segundos beben agua. Ni unos ni otros conocen los cubiertos. Usan solamente las manos y el cuchillo. Ninguno es propietario de tierras a título personal. La propiedad es de la familia, en cuyo seno rige una especie de régimen comunista. Ella es la que vende, compra y distribuye honores y ganancias, asignando a cada cual su tarea. Dado que habitualmente es muy numerosa y la articulación de la sociedad en categorías y oficios es aún rudimentaria, la familia, en general, se basta a sí misma aun desde el punto de vista artesano y profesional. Siempre hay un hijo albañil, otro carpintero, otro zapatero. Y esto sucede incluso en las casas de los señores, hasta en la corte, donde el rey siega, acepilla, cose y clava tachuelas.

No se labran metales, es más, ni siquiera se buscan mediante excavaciones mineras. Se prefiere importarlos del Norte ya manufacturados, y fue precisamente esta carencia lo que provocó la catástrofe de los aqueos el día que se encontraron frente a los dorios, más bárbaros que ellos, pero provistos de instrumentos de acero. La vida se estanca en estos microcosmos domésticos de horizontes limitados. Grecia está erizada de cadenas montañosas que tornan difíciles los viajes y contactos. Faltan caminos. Y como medio de transporte existe el carro, tirado por mulos o por hombres. Pero, a la sazón, poseer un carro era como poseer hoy un yate.

Dentro de la familia, además de quien forma parte de ella por sangre o por matrimonio, hay también los esclavos, pero menos numerosos y mucho mejor tratados de lo que serán en Roma. En general son mujeres, y se acaba por considerarlas como de casa. El dinero es solamente un medio de cambio, no un índice de riqueza, que se mide únicamente en bienes naturales materiales, hectáreas de tierra y ganado. La única moneda que se conoce es, por lo demás, un lingote de oro, el talento, pero al que se recurre sólo en las transacciones importantes. De lo contrario, se sirven del acostumbrado pollo, o la medida de trigo, o el cerdo.

Moralmente, estamos más bien bajos. Ulises, presentado como ejemplo y modelo, es uno de los más descarados embusteros y embrollones de la historia. Y la medida de su grandeza la proporciona solamente el éxito, que debía ser la verdadera religión de aquella gente, prescindiendo de los medios para alcanzarlo. El trato que da Aquiles al cadáver de Héctor es ignominioso. La única virtud respetada y practicada es la hospitalidad. Debía imponerse la aspereza del país, los peligros que se corrían, y, por tanto, la utilidad de conceder asilo para poder disfrutar de él a su vez en caso de necesidad. La estructura de la familia es patriarcal, pero la mujer ocupa un sitio superior al que le asignarán los romanos. El hecho de que para entusiasmar al pueblo y llevarle a morir bajo las murallas de Troya, hubiera que inventar una historia sentimental, basta para decir cuánto contaba el amor en la sociedad aquea. Para el matrimonio, la muchacha no tiene elección. Tiene que aceptar la de su padre, que en general la contrata al padre del novio, en términos de vacas y pollería. Una muchacha guapa vale hasta un rebaño entero o una manada entera. La fiesta nupcial, en la que participan las dos familias, es de carácter religioso, pero se celebra sobre todo a copia de comilonas y de danzas al son de la flauta y de la lira. No obstante, una vez convertida en ama de casa, la esposa lo es en serio. No tiene derecho a quejarse de las infidelidades del marido, que solían ser frecuentes, pero hace las comidas con él, goza de su confianza, le ayuda en el trabajo y cuida de la educación de los hijos, que por los demás se reduce a la sola disciplina, pues nadie se preocupa de aprender o de enseñar a leer y a escribir. Un rasgo curioso, y que subraya la domesticidad de esta vida, es que en la cocina regularmente están los hombres, no las mujeres. Éstas tejen y cosen. En general son muchachas castas y esposas fieles. El caso de Clitemnestra y de Helena puede ser considerado sensacional y monstruoso.

La polis, o sea la ciudad propiamente dicha, no ha nacido aún. Así se llama solamente el palacio o el castillo del señor aqueo, que al principio tiene un poder muy limitado sobre los geni circundantes. Los geni son los que en Roma serán las genti: grupos de familias que se reconocen un antepasado común. Es la amenaza exterior lo que crea la unidad. Frente al peligro de una invasión, los cabezas de familia se estrechan en torno al señor que les reúne en asambleas y toma con ellos, democráticamente, las decisiones del caso. Pero a poco, de esta Asamblea en la que tenían derecho a participar todos los ciudadanos libres y varones, se derivó un Consejo que fue una especie de Senado, en el que participaban solamente los capitanes de los geni. El «señor» comenzó a llamarse «rey», y tuvo todos los poderes religiosos, militares y judiciales, pero bajo el control del Consejo, que hasta podía deponerle.

La ley no existía: tal era considerado el veredicto del rey, que lo emanaba de su cabeza. Y ni siquiera había impuestos. El erario, que además era la caja personal del soberano, se alimentaba con «donativos» y, sobre todo, con los botines de guerra. Por esto los aqueos fueron conquistadores. Las guerras contra Creta y después contra Troya fueron seguramente impuestas también por agobios financieros. Sin embargo, sin bien todas fueron conquistas de ultramar, los aqueos no era un pueblo marinero, o por lo menos lo eran mucho menos que los fenicios, que a la sazón dominaban el Mediterráneo oriental.

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Capítulo V

LOS HERÁCLIDAS

Entre las muchas leyendas que florecieron en tiempos de los aqueos, había la de Hércules, que ya hemos encontrado de pasada, como formando parte de la tripulación del Argos, la nave en que Jasón fue a la conquista del Vellocino de Oro. Pero es necesario decir algo más de él porque es uno de los personajes más importantes de la historia griega.

Era, hay que decirlo, hijo de Zeus, quien, antes de haber desposado a Hera, se concedía algunas libertades, y una vez perdió francamente la cabeza por una mujer vulgar, aunque de sangre aristócrata: Alcmena, mujer de un Anfitrión tebano, que después había de dar su nombre a una de las más simpáticas y benéficas categorías del género humano: el de la gente hospitalaria.

Zeus estaba tan apasionado por ella, que hizo durar veinticuatro horas, en vez de ocho, la noche en que fue a visitarla. Y el fruto de aquel abrazo fue en proporción a su duración. Hera, para vengarse, mandó dos serpientes a estrangular al neonato. Pero éste cogiéndolas entre el índice y el pulgar les aplastó la cabeza. Por esto le llamaron Hércules, que quiere decir «gloria de Hera».

Creció idóneo a sí mismo, y convirtióse en breve en el más popular de los héroes griegos por su carácter alegrote, vagabundo, cariñoso y amable, aunque de vez en cuando, creyendo hacerle una caricia, le rompía la columna vertebral a un amigo, y luego se echaba a llorar sobre el cadáver por su propio atolondramiento. Las hizo de todos los colores. Sedujo a las cincuenta hijas del rey de Tespias, mató con las manos a un león, cuya piel fue desde entonces su único vestido, enloqueció por una brujería de Hera, estranguló a sus propios hijos y fue a curarse a Delfos, donde le ordenaron retirarse a Tirinto y ponerse a las órdenes del rey Euristo, quien, para tenerle sujeto, le ordenó doce empresas dificilísimas y arriesgadísimas, esperando que en una de ellas dejase la piel. Pero Hércules las llevó a cabo.

Después de muerto, fue venerado como un dios, pero sus hijos, llamados heráclidas, que debían de ser millares dada la fuerza demográfica del papá y que habían heredado su carácter turbulento se convirtieron en los bandidos de Grecia. Uno de ellos, Hilo, retó, uno tras otro, a los soldados que el rey había movilizado para echarle con sus hermanos. La condición era que, si les vencía a todos, los heráclidas tendrían en premio el reino de Micenas. Si perdía, se marcharían, comprometiéndose a volver sólo después de transcurridos cincuenta años, o sea en las personas de sus hijos y nietos. Perdió, y la promesa fue mantenida. Los heráclidas partieron, pero sus descendientes de la tercera generación, al cumplirse el medio siglo, se presentaron puntualmente, mataron a los aqueos que intentaron resistir, y se adueñaron de Grecia.

Esto que la leyenda llama «el retorno de los heráclidas», en lenguaje histórico se llama «invasión doria», y aconteció hacia el año 1100 antes de Jesucristo. Sin duda fueron los mismos dorios, si no los que elaboraron de raíz esta leyenda, los que se la apropiaron. Deparaba un pretexto para el abuso y un blasón al señorío de los nuevos amos, haciéndoles pasar por acreedores en vez de ladrones.

Como de costumbre, no se sabe con precisión quiénes eran los dorios. Pero no hay duda de que procedían de la Europa central, porque llevaron a Grecia el don más precioso de aquella civilización que los etnólogos llaman «de Hallstatt», por el nombre de la ciudad austríaca donde se han descubierto las primeras huellas: el hierro.

También los aqueos habían conocido el hierro, pero no lo habían labrado jamás, limitándose a importarlo del Norte, manufacturado. Los dorios eran mucho más toscos y bárbaros que ellos; pero poseían hierro en gran cantidad; lo extrajeron hasta de las laderas de las montañas epirotas y macedonias a medida que avanzaban hacia el Sur en su marcha de conquista, y con él se proveyeron de armas contra las cuales las piedras y las mazas de los aqueos podían bien poco. Eran altos, de cráneo redondo y ojos azules, de un valor y una ignorancia a toda prueba. Se trataba, ciertamente, de una raza nórdica.

Cayeron a manadas, establecieron su primera fortaleza en Corinto, que dominaba el istmo, y pronto sometieron toda Grecia menos el Ática, donde los atenienses lograron resistir y rechazarlos. A diferencia de los aqueos, no eran solamente terrestres y no se limitaron al continente. Desembarcaron en las islas, y en Creta destruyeron los últimos restos de la civilización minoica.

Casi siempre, los conquistadores se cansan pronto de hacer de amos y, tras de un arrebato de prepotencia, suelen acabar como hicieron los aqueos: llegando a un compromiso con la población local, con la que se mezclan y de la que aceptan del todo o en parte las costumbres. Pero los dorios tenían una fea enfermedad: el racismo. Y hasta en esto se confirma que se trataba de nórdicos, que el racismo lo llevaron siempre y siguen llevándolo en la sangre: todos, hasta los que de palabra lo niegan. Por bien que fuesen mucho menos numerosos que los indígenas, o acaso precisamente por ello, defendieron su integridad biológica, a menudo con auténtico heroísmo, como en Esparta. La civilización griega, lejos de seducirles, en el primer momento les espantó. Aceptaron la lengua, mucho más evolucionada que la suya y rica ya de una literatura, aunque sólo fuese oral. Se adueñaron de la leyenda de los heráclidas, porque les era útil. Pero la paridad de derechos y los matrimonios mixtos los excluyeron aún mucho tiempo, y esto es lo que explica el caos que provocaron.

Hesíodo, que seguramente no era dorio y escribió algún tiempo después, llamó a ésta «la edad del hierro», y no sólo porque el hierro era por primera vez ampliamente usado, sino porque la vida se había vuelto dura y difícil. La inseguridad en el campo lo había despoblado. Todos llevaban armas para defenderse y atacar. El desarrollo artístico y cultural se había detenido porque, a diferencia de los aqueos, todos muertos o fugitivos, los nuevos señores no tenían sombra de mecenazgo. Todo esto tuvo, como veremos, fatales consecuencias.

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SEGUNDA PARTE

LOS ORÍGENES