
Título: No llegó el cambio y hacia atrás asustan
Primera edición en Random House: agosto 2025
© 2025, William Ospina c/o Casanovas & Lynch Literary Agency, S.L
© 2025, Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.S.
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Textos originalmente publicados en el diario El Espectador (Colombia) entre los años 2023 y 2025, reproducidos con autorización de El Espectador
Diseño de cubierta: Penguin Random House Grupo Editorial / Patricia Martínez Linares
Fotografía original de la espada: © Getty Images
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ISBN 978-628-7811-08-9
Conversión a formato digital: Numerikes
La única razón por la que el país no empeora, a pesar de sus pésimos gobiernos, es porque Colombia se sostiene sola, por el rebusque de sus gentes. No es el Estado corrupto, ni eso que llaman las instituciones, lo que le ha permitido sobrevivir, sino la virtud y la recursividad de la inmensa mayoría de la población.
Y posiblemente funcionaría mejor sin el Estado extorsivo y voraz, al que ningún presupuesto le alcanza; sin la justicia venal, que tiene represados millones de procesos; sin las fuerzas armadas, enormes pero dirigidas con ineptitud, dado el grado de desamparo en que se encuentra la población, sometida por todas partes a la extorsión de la seguridad privada, para no hablar de males como el clientelismo local, que en todo el país extenúa las rentas públicas en contratos y tajadas, y que se reelige sin fin porque es insaciable.
¿Qué no haría este país admirable con una pizca de gobierno efectivo, con una economía legal poderosa, capaz de proteger a todo el mundo de los negocios criminales y del deber de la ilegalidad? ¿Qué no haría si tuviera una dirigencia honesta, que no dedique como hasta ahora sus esfuerzos a poner a medio país a odiar al otro medio?
Estos textos son la vaga crónica de cómo sobrevive un país a pesar de su gobierno y de sus políticos, de cómo sigue esperando desde hace ochenta años el orden de oportunidades y de estímulos que nunca supo darle una política sin grandeza, y que en los últimos años tampoco le ha dado un proyecto conflictivo y errático, que exhibe su impotencia y ostenta su falta de ideas y su revolución de cartilla con una fragilidad moral que da lástima. Qué triste es la política cuando está llena de odio y falta de imaginación.
¿Y a quién atribuirle la responsabilidad sino a nosotros, a todos nosotros, que lo único que creemos descubrir ante cada escándalo es que no hay nada que hacer, porque nunca vemos en el vecino un aliado sino un rival y un culpable? Hasta el orgullo de un país tan bello lo tomamos como una limosna.
Día tras día durante estos tres años hemos podido ver cómo se desperdician las oportunidades de cambio en torrentes de improvisación y de incoherencia; pero aún más clara que la evidencia de que el cambio no llegó, es la certeza de que volver atrás podría ser peor, porque hacia atrás asustan.
W.O.
2025
Petro ha puesto al pueblo a esperar que el Congreso le haga la transformación del país, una transformación política hecha de cambios legales, de leyes. Pero el Congreso nunca la hará, porque la fortuna de los políticos depende de que nada cambie.
Petro, voluntarioso pero desesperado, intenta batirse a la vez en muchos tableros, pero eso solo se puede hacer en el ajedrez, porque allí se respetan las reglas.
Al parecer, el presidente cree que una cosa es la paz, otra es la salud, otra es la economía, otra el tema de la tierra, otra la cuestión del trabajo, otra el problema de la droga, otra la educación: por eso, para cada cosa, su reforma.
Hace acuerdos con enemigos que al día siguiente lo traicionan; pacta reformas con amigos que al día siguiente lo abandonan; acusa al capitalismo de todos los males del mundo, pero promete desarrollar el capitalismo; cree que se puede acabar el delito dejando de llamarlo delito; descubre que el mundo está lleno de trampas, pero camina tercamente hacia ellas.
El Establecimiento no está feliz con él pero se está llenando de ilusiones, porque piensa que un fracaso de Petro tal vez le permitirá lo que ya parecía imposible: reencaucharse, tener una segunda oportunidad sobre la tierra.
Pero las elecciones que Petro ganó dejaron un mensaje aún más elocuente. Si marcaron el triunfo de unas esperanzas, midieron sobre todo el desengaño de un pueblo, el hastío de una sociedad traicionada por los políticos, extenuada por la corrupción y sacrificada por un Estado irresponsable.
Si Petro finalmente no encuentra el camino, extraviado por su vanidad, por sus contradicciones, por sus alianzas, por su fe en ese sistema al que siempre dijo combatir, el pueblo no va a caer otra vez en los brazos de sus verdugos.
En vano intentarán Gaviria y Pastrana, Uribe y Santos volver a adormecerlo con sus fábulas. Destruyeron la economía y deslegitimaron al Estado, ahondaron la discordia social y dejaron al país en manos de las mafias, perpetuaron una política basada en la ignorancia del territorio y el desprecio por la gente, en la soberbia de una casta y su insensibilidad ante el sufrimiento, toleraron la corrupción y vivieron de la intriga y del legalismo tramposo, no tuvieron jamás ni orgullo patrio ni grandeza histórica.
Es una lástima que Petro les crea tanto, se alíe con ellos, condescienda con los métodos más turbios de la vieja política: hacerse elegir gastando fortunas, apoyarse en un Congreso que es un nido de corrupciones, tratar de ganarse a los ganaderos comprándoles la tierra, a los políticos transando con ellos.
Oírle decir a una exministra suya que el presidente Petro nunca le concedió una cita es lo más alarmante que he oído en los últimos tiempos, porque el gobernante que no tiene tiempo para oír nunca tendrá tiempo para gobernar y porque cuándo podrá recibir al pueblo el que no recibe siquiera a sus propios ministros.
Como de costumbre, Petro terminará recurriendo al pueblo solo cuando necesite ser salvado por él, entonces lo llamará a las calles e intentará convertirlo en una fuerza indignada. Pero al pueblo había que convocarlo desde el comienzo, y no por el camino de sobornarlo con subsidios, sino por el camino de invitarlo a un esfuerzo responsable y sereno de reconstrucción nacional.
Un país no se reconstruye sin la participación cualificada de todos sus ciudadanos y todas sus regiones, pero eso no lo saben los profesionales de la oposición ni los expertos de la discordia social; una sociedad solo logra transformaciones creadoras cuando no es una fuerza ciega llena de rostros anónimos, sino cuando se permite que cada quien aporte lo suyo y encarne su propio sueño, cuando las energías reprimidas y los talentos guardados puedan liberarse y dar sus frutos.
Lo que Colombia lleva ochenta años esperando no es que la lancen a la asonada, sino que se estimulen las vocaciones, se reconozcan los talentos, se oriente el aprendizaje, se apoye la capacidad, se recompense el esfuerzo, se respete la diversidad, se canalice la energía, se promueva la cooperación y se premie la excelencia. Por eso es tan nefasta la política de élites, de compadrazgos y de camarillas. Porque el objetivo central de la política no puede ser la turbulencia de los últimos días, sino la gracia y el asombro de la vida cotidiana.
También hay que decir, contra los hábitos de los políticos, que la paz solo puede ser el punto de llegada si es el punto de partida, que para cosechar la paz hay que sembrar la paz y que la paz se siembra en cada gesto, reconociendo vocaciones, estimulando talentos, apoyando pequeñas y grandes empresas, superando desamparos, corrigiendo injusticias, liberando energías creadoras, abriendo mercados, conectando territorios, mejorando caminos, curando soledades, devolviéndoles la dignidad a los oficios, incluido el degradado ejercicio de la política, reconociendo el tesoro de civilización que hay en el trabajo, en la amistad, en la autenticidad y en la alegría.
Los supersticiosos del poder negocian primero con los políticos y dejan al pueblo para el final; piensan que el pueblo es el último recurso, del que se echa mano cuando ya no se tiene nada más, y recurren a él solo como una fuerza de choque para conjurar conspiraciones. Así, el pueblo termina convertido tristemente en una herramienta del poder, el instrumento de la vanidad de unos o de la ambición de otros.
Las cosas están conectadas: sin educación no hay trabajo, sin trabajo no hay economía, sin economía no hay salud, sin salud no hay convivencia, sin convivencia no hay paz. Gobernar no es pretender resolver cada problema sino crear las condiciones para que los problemas se resuelvan; no es reemplazar a la sociedad sino más bien dejarla actuar, dejarla manejar los recursos que ella misma aporta. Gobernar es menos administrar lo que existe que producir lo que no existe. Tal vez es menos una técnica que un arte.
29-04 23
No hay en el planeta frontera más ardiente y convulsiva que la de México con Estados Unidos. No es un país, es la presión de un continente extenuado arrojando cada día miles de inmigrantes llenos de ilusiones hacia una gran nación de trabajo y de prosperidad. Sin una estrategia concertada de productividad y de oportunidades en el seno de cada país, sin el fortalecimiento de los mercados internos, este problema no solo crecerá, sino que se volverá cada vez más inmanejable y explosivo.
No se puede alentar la apertura de fronteras para los capitales y las materias primas, y el cierre de las fronteras para la producción y para los seres humanos. América Latina es un mercado inmenso, pero también una despensa enorme, y hay que tratarlo como un socio y no apenas como un vecino en problemas: ambos somos vecinos en problemas.
México y Colombia son hoy países destrozados por el negocio de la droga, y sobre todo por el tráfico. Un tráfico que engendra mafias atroces y fortunas descomunales, que desafía toda legalidad, socava instituciones, destruye costumbres, fortalece en pueblos empobrecidos el delirio de la riqueza súbita, borra la ética del trabajo, abandona a los jóvenes sin oportunidades en manos del delito, y solo drena recursos a las sociedades a cambio de bañarlas en sangre.
Es indudable que un inmenso mercado de consumidores de droga es el factor dinamizador de ese tráfico, que no requiere ni publicidad ni tiendas y circula con asombrosa eficacia. Pero cincuenta años de prohibición y guerra solo han logrado incrementar el consumo. Ya llegará el día en que la cocaína deje de ser una droga prohibida, es decir, de libre circulación, y se convierta por fin en una droga controlada, pues se sabe que es infinitamente más fácil conseguir en las calles droga prohibida que adquirir en las farmacias una droga sujeta a control. Si el tabaco hubiera sido prohibido, no se habría dado el eficaz descenso en el consumo que lograron en los últimos tiempos las campañas de información y la censura social.
Pero mientras llega esa hora de sabiduría que convierta de verdad las drogas en un asunto de salud pública y no en una cuestión criminal, la única alternativa eficiente será construir en los países una economía productiva que brinde a las personas ingresos básicos y acceso a la riqueza por las vías legales, y genere oportunidades que protejan a los jóvenes de la vorágine de la violencia. Es por eso que la gente huye: porque quiere formar parte de una economía legal.
No necesitamos un gendarme, sino un amigo. Estados Unidos tiene que abandonar con los países latinoamericanos ese papel de gendarme que no se atreve a ejercer ni con China ni con Arabia Saudita, y que no ejerció jamás con el Shah de Irán. Debe dejar que cada país resuelva sus crisis internas sin bloqueos y sin presiones imperiales, confiar de verdad en las ventajas de su modelo económico, y comprender que una política de apoyo al trabajo y a las culturas dará mejores frutos que el mero esfuerzo de control de las fronteras o de masivas deportaciones, para no hablar de los bloqueos, los planes Colombia o la nefasta Escuela de las Américas. Entender que fue mejor la Alianza para el Progreso que una estrategia puramente policial.
Desde la caída de la Unión Soviética, nada ha buscado tanto Cuba como el fin del extenuante bloqueo norteamericano. El fin de ese bloqueo, sin contraprestaciones, convertiría por fuerza a Cuba en un socio inseparable de Estados Unidos, porque, como lo comprendió al final Fidel Castro, cuando se necesita con urgencia un tornillo o un repuesto no es lo mismo traerlo de Miami que tener que traerlo desde China o desde Moscú. La geografía se impone: sesenta años de cercanía con Rusia no lograron que Cuba dejara de necesitar el comercio con Estados Unidos. Ahora bien, hay cosas que Cuba ha logrado y a las que no está dispuesta a renunciar: un modelo de salud generoso a pesar de la precariedad, una educación para todos y un ejemplo de convivencia que no tiene ningún otro país de América Latina.
En Florida, muchos piensan que la nueva relación no podrá darse a menos que el actual régimen cubano sea destituido, pero la verdad es que ese régimen excesivamente controlador y que limita tanto la iniciativa ciudadana ha logrado, en medio del asedio, mantener a Cuba por fuera del terrible caos que tiene al resto de los países de América Latina hundidos en la violencia y en la discordia social. Ese modelo de control social no sobrevivirá al fin del bloqueo, porque a él se debe, pero es de desear que Cuba conserve sus conquistas humanas: la gente cubana es noble, cultivada y solidaria. Eso habla de un régimen severo, pero no de un orden maligno, y es tal vez eso lo que reconoce la abrumadora mayoría de países que cada año reclaman el final del bloqueo. Más frutos puede dar en la búsqueda de un entorno geográfico amigable la estrategia de buenos vecinos de Barack Obama, que el estéril bloqueo que en sesenta años solo ha logrado hacer sufrir a un pueblo sin conseguir doblegarlo.
También Venezuela requiere reexaminar actitudes. Nadie viendo lo que hoy es Venezuela puede dejar de añorar los tiempos democráticos de Chávez, a pesar de lo incómodo que resultaba su discurso. Hundida la economía por la caída de los precios del petróleo, el bloqueo y las sanciones solo lograron atornillar en el poder al régimen de Nicolás Maduro, y nada impidió tanto que llegara un gobierno de transición como la amenaza trumpista de que, una vez derrotado, Maduro sería llevado a Guantánamo. El pueblo que ha padecido la gravísima crisis actual, pero que todavía admira a Chávez y siente gratitud por su proyecto, no iba a permitir semejante despropósito.
Hoy el pueblo venezolano necesita desesperadamente que las cosas cambien, pero la amenaza de retaliación hará muy difícil que el régimen retorne al orden democrático, pues lo cierto es que cuando ganaba las elecciones no solo limpiamente sino con una legitimidad democrática creciente, sus adversarios en todo el continente se negaron siempre a reconocerlo. Así como hay en Argentina peronismos de distintas tendencias, tendría que entrar en escena en Venezuela un protagonista más complejo, tal vez un chavismo popular capaz de desplazar al régimen, sin concesiones pero sin venganzas, para que el pueblo venezolano pueda escoger otra vez con libertad y en democracia.
Pero sobre todo es urgente que Estados Unidos vuelva al espíritu de la Alianza para el Progreso, a una política de buenos vecinos que favorezca la prosperidad de sus aliados y no la sumisión, para evitar que los países arrojen cada día más emigrantes hacia sus fronteras o busquen en otra parte los socios que necesitan para superar su crisis de productividad, sus vórtices de ilegalidad agigantados por las mafias, esta crisis mortal de convivencia que engendran el delito, la corrupción estatal y la asfixia económica.
Si Estados Unidos tiene conciencia de su situación en este momento de la historia y una visión estratégica de su futuro, debería apresurarse a mejorar y reorientar sus relaciones con América Latina. Aquí están el agua, las reservas naturales, la biodiversidad, la bodega de alimentos orgánicos, una sencillez de la vida y una riqueza cultural que serán cada vez más necesarios para el mundo. Pero no se podrá aprovechar este descomunal banco de vida si no se brinda a sus habitantes un horizonte mínimo de prosperidad y de dignidad. Solo con alianzas fuertes y verdaderas, nacidas de una auténtica reciprocidad, se podrán afrontar con éxito y con pertinencia unos desafíos que no son ya del futuro, sino del presente inmediato.
27-05-23
En los tiempos que corren y en un país como Colombia, no basta querer cambiar, hay que saber cómo hacerlo, y hay que saber también cuáles son las fórmulas que ya están gastadas, cuáles las soluciones que nunca lo fueron.
Toda nuestra historia republicana, siempre atrapada en las formalidades, partió del principio de que los cambios los hace el Parlamento, y así se fortaleció una casta política que sabe cómo reelegirse sin fin, no convenciendo al pueblo sino gastando fortunas, que finge representar la voluntad popular, y que usa su poder, a menudo apenas de astucia y chantaje, solo para ponerles precio a sus servicios.
A menudo la ley y las instituciones no estuvieron aquí para garantizar la justicia, sino para enmascarar la injusticia. Cada cierto tiempo no han sido las leyes las que aseguran la propiedad sino las armas, y como en los tiempos de la Conquista, detrás de una avanzada de guerreros pasan notarios legitimando el despojo. En la tercera década del siglo XXI un solo gremio tiene 39 millones de hectáreas, mientras 39 millones de colombianos no tienen, como decía la vieja fórmula, «en qué caerse muertos».
Por eso una cosa es el respeto por la ley y otra la retórica y manzanillesca manipulación de la ley que aquí suele llamarse «el orden institucional». Entre nosotros es viejo el conflicto entre la justicia y la legalidad. ¿Es justo que unos pocos tengan 39 millones de hectáreas y millones no tengan nada? No es justo, pero todo parece indicar que no es ilegal. ¿Es justo que el Estado nos ahorque con impuestos, con multas, con ivas, y no nos dé a cambio ni vías, ni seguridad, ni esperanza? No es justo, pero no hay modo de decir que no es legal.
Con todo, el secreto de los grandes países no está en la propiedad sino en la productividad. No sería grave el modelo si los dueños de las tierras las tuvieran dedicadas a la producción, generando la dinámica agroindustrial que Colombia requiere, volviendo realidad la gran despensa de alimentos orgánicos que el mundo necesita, creando los millones de empleos que tanto nos faltan.
Pero la triste y vergonzosa realidad es que mientras yo he visto un cultivo de albahaca de tres hectáreas que genera 50 empleos, o sea que alimenta a 50 familias, los 39 millones de hectáreas de los propietarios colombianos no alcanzan a producir un millón de empleos. Eso podría explicar en parte nuestra pobreza, nuestras migraciones, nuestro atraso, nuestras violencias.
Y sin embargo la culpa, si nos resignamos a usar esa oscura palabra, no la tienen solo esos dueños de la tierra con tan baja vocación empresarial, sino una larga historia de pobreza mental, de dirigencia irresponsable, de educación negligente, de política facciosa y de ideas mediocres que no nos han permitido tomar conciencia de la grandeza del país y de los deberes que tiene con su gente.
Nos enseñaron que la historia estaba en otra parte, que la inteligencia estaba en otra parte, que la belleza estaba en otra parte; que nuestro destino era ser un país pobre, atrasado, mediocre y marginal. Pero la pobreza, el atraso, la mediocridad y la marginalidad estaban más bien en la dirigencia política y en ese Estado que fueron tejiendo, lleno de trabas y desconfianzas, de trámites y requisitos, donde solo se vigila a los débiles y a los pobres, y donde el que sabe robar con los papeles en regla roba siempre y roba en grande.
Por eso se equivoca todo el que vuelve aquí con la vieja monserga de que las reformas las hace el Congreso; de que cambiar es hacer leyes; de que desarrollar el campo es comprarles bien cara la tierra a los terratenientes y ya no tener con qué ponerla a producir de verdad. Los que siguen predicando que la paz se hace sobre todo negociando con los violentos y no dándoles su lugar de iniciativa y de dignidad a las mayorías pacíficas; los que piensan que la paz de las calles depende del pie de fuerza y no de brindarles por fin un destino de trabajo, de creación y de esperanza a millones de seres ninguneados desde la cuna.
No se le puede encender a un país la esperanza de un cambio en grande y salirle con que las reformas dependen del Congreso, con que la transformación del campo depende de los terratenientes, con que la paz depende de los insurgentes y de las bandas criminales, y con que la tranquilidad de las calles depende del pie de fuerza policial. No pueden ofrecerle a uno un banquete nunca visto, y venir a servirle un plato que ya estaba agrio hace cincuenta años.
Lo que paraliza a Colombia es el Estado, lo que la extenúa es la corrupción, lo que la confunde es la politiquería, lo que la arroja a la violencia es la falta de una economía legal e incluyente, lo que la frustra es la falta de oportunidades, lo que la anula es el desprecio, lo que la mantiene con las manos atadas es la ignorancia, lo que la borra es que los únicos que tienen protagonismo son los políticos y los violentos, lo que la pierde sin descanso es no tener rumbo, ni confianza en su gente, ni memoria, ni conciencia de sus posibilidades.
Aquí nada es tan urgente como cambiar las costumbres y renovar la cultura. Pero a menudo los profesionales del cambio no solo son incapaces de corregir en sí mismos las viejas costumbres, sino que se dan el lujo de dejar pasar una cuarta parte de su gobierno renunciando a unos procesos culturales sin los cuales ningún cambio es posible.
Es malo que se nos predique como un cambio histórico más de lo mismo, que cambien los rostros pero no las políticas, que cambie el discurso pero nunca el estilo de las componendas, la negligencia, la prédica de la discordia y el hábito de la confrontación. Atrincherados en verdades rencorosas, en odios que no admiten reflexión, volvemos a ser el país gastado de los liberales y los conservadores, donde los líderes vuelven siempre a su juego de la importancia, al ritual de la ventaja, la calumnia y la zancadilla, y educan al pueblo en un odio que al final solo deja viudas y huérfanos. Repetidos rituales en los que nunca mueren los predicadores sino solo los pobres creyentes, siempre esperando del cielo el maná que les prometieron.
Por eso, para saber si de verdad ocurre un cambio, lo único que cada ciudadano tiene que preguntarse es si por fin algo está en sus manos, no una limosna sino una oportunidad, si su voz ha sido escuchada, si su talento ha sido estimulado, si su labor ha sido reconocida, si su iniciativa tiene por fin un lugar en el orden del mundo, o si los salvadores han vuelto a dejar en los mismos cauces las viejas tareas, si vuelven a proponer con otras letanías la misma procesión, pintando de nuevo un grandioso futuro para que todos tengamos que tragarnos una y otra vez el mismo presente.
03-06-23