Una ilusión, una sombra, una ficción;
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.
La vida es sueño, Calderón de la Barca (1635)
Cuando Gabriel Vallejo me pidió que escribiera el prólogo de su nuevo libro, confieso que sentí un nudo en el estómago. Me muevo bien en la tecnología, pero lo mío son la infraestructura, los balances, las cuentas, los presupuestos y las inversiones.
Lo único que suelo escribir son correos electrónicos, muchos de ellos muy cortos: “Sí”, “vale”, “OK”, suelen ser los textos de esos mensajes. Tengo una taza en mi escritorio que dice: “He sobrevivido a otra reunión que podría haber sido un correo” —algunos integrantes de mi equipo quizá ríen en este momento—.
Muchas de esas respuestas rápidas y automáticas son sugeridas por la inteligencia artificial (IA), ese gran avance que ya cambió nuestra vida y que promete sacudirla aún mucho más. Lo interesante, y el gran reto que enfrentamos, es que la IA esté al servicio de la eficiencia, pero sin llegar a reemplazar la humanidad, aquella reunión necesaria y fructífera que (esa sí) todos los equipos necesitan.
El caso es que, a propósito del tema del libro, me surgió la idea de pedir un poco de ayuda. Busqué entonces una de las aplicaciones de IA, le di la información básica, como algunos fragmentos y la tabla de contenido del libro, luego le pedí que escribiera el prólogo y, después de unos segundos, pude leer en la pantalla:
“El nuevo libro de Gabriel Vallejo explora cómo la inteligencia artificial (IA) está transformando el servicio al cliente en diversos sectores. La IA puede personalizar servicios, hacerlos más eficientes y mejorar la experiencia del cliente. Sin embargo, es importante combinar la IA con la empatía y la atención humana para lograr un servicio excepcional. En pocas palabras, el libro muestra cómo la IA y la humanidad pueden trabajar juntas para ofrecer un mejor servicio al cliente”.
Es un resultado impresionante y lo obtuve en menos de un minuto. Por si acaso, aclaro que lo que dice la IA es correcto y un buen y breve resumen. Pero la profundidad del libro va mucho más allá. Además, le prometí a Gabriel escribir desde el alma, aquello que la IA (por ahora) no puede tener.
Les puedo hablar por ejemplo de esta idea concreta: “Yo también soñaba con una moto voladora”. Si, por ahora, les parece que esa frase no tiene mucho sentido, les puedo garantizar que, dentro de algunas páginas, ustedes quizá descubran que también querían una de esas motos.
La IA fue una fantasía —como de motos voladoras— y ahora es una realidad que está transformando los negocios y el servicio al cliente. Gabriel Vallejo, con su visión única y con la experiencia acumulada, nos guía en este apasionante encuentro de caminos, en este viaje hacia el futuro.
Este libro traza esas líneas que, en el momento de esta escritura —porque los avances van muy rápido— es posible vislumbrar: qué puede y qué no puede hacer la máquina. Conecta, además, los temas a los que más dedico mi tiempo como chief executive officer (CEO): la tecnología —es decir, la IA—, el servicio y los recursos humanos, sin duda el activo más valioso de una empresa. Veámoslo con ejemplos.
Una vez estuve en una reunión en la que un emprendedor le decía a su contraparte que no le importaba el dinero, porque el dinero no lo hacía soñar; en cambio, explicó, sí le importaban los proyectos y el crecimiento, porque a él la felicidad le llegaba soñando. Me identifiqué totalmente con esas palabras. Consiste en lo que algunos autores llaman la felicidad de crear o construir.
De eso hablo cuando digo que hay que soñar en grande: llegar cada día a más clientes, crecer en lo profesional y en lo personal. Una diferencia con la IA es que las máquinas retoman y recrean lo ya pensado e inventado por alguien. El camino, entonces, para las mentes creativas y soñadoras, sigue despejado.
Y es que crecer —en las empresas y en la vida— depende principalmente de tres factores: uno, la eficiencia, que nos hace competitivos en el mercado y nos ayuda a conseguir esa primera venta; dos, la innovación, guiada principalmente por la tecnología, y tres, el servicio, que hace que un cliente salga satisfecho y regrese; si lo hacemos excelente, no solo regresará, sino que además nos recomendará con otros, es decir, nos traerá más clientes.
Creo firmemente que una empresa solo es sostenible si crece y, mejor aún, si lo hace de manera exponencial. Pero solo la calidad y el servicio excelente pueden marcar la diferencia.
Una herramienta es la tecnología. Pero la innovación debe tener como principio general la búsqueda de la excelencia, de mejores y nuevos productos y de mayores eficiencias. Eso permitirá no solo que se logre el mejor producto, sino también al mejor precio posible.
Luego está el paso definitivo de llevar ese producto o servicio a la ciudadanía. Entonces entra en la ecuación el servicio al cliente y, otra vez, la tecnología, pero ahora como un motor para mejorar. La IA está revolucionando ese proceso: la forma en que interactuamos con los clientes, desde un chatbot inteligente hasta el análisis de datos predictivos. Hoy es posible personalizar la experiencia del cliente de una manera antes inimaginable.
Es fundamental recordar que la tecnología debe estar al servicio de las personas, complementando y potenciando nuestras habilidades. Otra gran diferencia entre el individuo y la máquina es que ella está lejos de la empatía y de los sentimientos, como la compasión, que mantienen los rasgos que nos definen como especie.
Recordemos el confinamiento por la pandemia. La virtualidad extrema nos sumió en un momento límite. Luego, por suerte, vivimos la emoción de retomar los congresos, las conferencias y, claro, las reuniones. Esos encuentros entre equipos tienen momentos irreemplazables: reconectar, darse un apretón de manos o un fuerte abrazo de complicidad y felicitación.
Todavía, por suerte, hay sensaciones y momentos que ningún avance tecnológico nos puede brindar. La IA nos da cada vez más la razón sobre la importancia de las relaciones sociales, certeza de que las debemos tener presentes en la comunidad empresarial.
Este es solo un abrebocas, pero quisiera que recordáramos algunos de esos conceptos que, por suerte, siguen lejos del poder de las máquinas. La reciprocidad, que, en términos de servicio, consiste en ponerse en los zapatos del otro, en darles a los demás lo que querríamos para nosotros. Por tanto, cuando se trata de las nuevas plataformas o de tecnología, es imposible la interacción, la cercanía, los puntos de contacto y la complicidad. Sencillo, pero poderoso.
En un nivel superior está la compasión, esa capacidad que nos dispone para compartir y aliviar el sufrimiento, aun a expensas de sacrificar algo que nos pertenece. También está la excelencia, o perfección, que Gabriel explicará más adelante.
Será claro por qué esos factores son importantes para un negocio, pero también para la vida. Solo añadiría que la excelencia no se posee, sino que se persigue de manera constante. El día que tienes el producto perfecto, o el servicio excelente, es el primer día que dejas de tenerlo.
También son muy importantes los conceptos eficiencia y eficacia, motores indispensables para la rentabilidad de la empresa. La tecnología actual debe estar al servicio de esos conceptos, permitiendo simplificar procesos para crear o construir sobre bienes, especialmente aquellos que ya están maduros o incluso obsoletos.
Explico ese punto con otro ejemplo: hace unos años estuve con mis hijos en un parque de atracciones en Alemania. Había una montaña rusa, de esas no muy altas ni con grandes loopings —calculo que un modelo con unos 20 años de antigüedad—, más bien para todo el público. Vimos la fila moderada y nos acercamos. Encontramos dos opciones: la vuelta normal, incluida en el precio ya pagado, o la que incluía gafas de realidad virtual, con un pago adicional.
Decidimos hacer el paseo con las modernas gafas y fue una de las experiencias más increíbles que he vivido: sentía que había otros que me perseguían, que saltaban y que volaban a mi lado; lo más increíble: por un momento vi que el riel se rompía y que los carritos del tren volaban.
Ese parque de atracciones, con una decisión sencilla, consiguió no solo recuperar una atracción que otros podrían considerar obsoleta, sino que también, gracias al elemento de realidad aumentada, la hicieron inolvidable. Lo lograron sin tener que cambiar un solo tornillo, una decisión que aumentó los ingresos y mejoró el negocio. No quiero adelantar más las reflexiones y los dilemas tecnológicos.
Decía que la escritura del prólogo que me pide Gabriel Vallejo me retó, pero también me complace porque soy uno de sus grandes seguidores y admirador desde la primera vez que lo escuché en una de sus conferencias. Sus palabras resonaron en mí y me impulsaron a seguir implementando cambios en nuestra organización encaminados a mejorar el servicio al cliente. Soy uno de los que acuden a él para que hable con los equipos y les recuerde que el servicio es muy importante —especialmente en el sector en el que me desempeño en este momento: la salud—.
Aprovecho estas últimas líneas para resaltar que Gabriel Vallejo construyó este libro cargado de datos, experiencias y reflexiones interesantes. Verán que es un libro de esos que se disfrutan y se subrayan; que nos lleva a tomar notas y reflexiones que van a cambiar nuestra vida en el trabajo y los negocios. Nos invita a reflexionar sobre el presente y el futuro del servicio al cliente.
Recuerdo entonces que hay motos voladoras y que se vale soñar en grande para que esos sueños se hagan realidad.
Sergio Martínez
Global CEO Keralty Sanitas
Cuando tenía seis años, un primo me convenció de que una moto de juguete que vimos en una revista podía volar. Como la Navidad se acercaba, le pedí al Niño Dios, con toda la devoción del caso, que me trajera de regalo esa moto voladora. Prometí que haría méritos, en las semanas que faltaban para el 24 de diciembre, para merecer tan increíble juguete. A veces cerraba los ojos y me veía por los cielos del barrio, surcando las nubes y en paradas técnicas en las azoteas del vecindario o en la casa de mis tíos.
Mi imaginación e inocencia estaban intactas y en ningún momento noté que mi primo, tres años mayor, se burlara de mí. Cuando llegó el día indicado, la decepción no fue muy grande, porque si bien no llegó lo que había pedido, yo seguía jugueteando con la ilusión de, algún día, tener la anhelada moto que me permitiera ir por los cielos a toda velocidad.
Un año después me vine a enterar de la verdad. Fue mi propia madre la que se encargó de enviarme hacia ese aterrizaje forzoso: “Hijo, las motos no vuelan”.
Me sentí como un iluso. Claro, la única manera de volar, me repetía como el más racional de los niños, es en aviones o helicópteros, pero no en una moto. ¡Y menos de juguete!
Varias décadas después, recordé aquella anécdota de regalos navideños cuando, a finales de 2022, leí en una tableta —y no en una revista de papel— una noticia que me llevó de vuelta a los sueños de la infancia: “Un fabricante japonés ha creado la primera moto voladora, impulsada por cinco motores: uno a gasolina y cuatro eléctricos”, se leía en la nota.
Mi primera reacción fue agradecer la posibilidad de leer ese texto: alguien, como yo, había soñado con una moto voladora y la había convertido en realidad.
También reflexioné acerca de la velocidad con la que nos llegan los avances que hasta hace unos años creíamos producto de la imaginación o de la ciencia ficción. Tantas tareas de nuestras rutinas actuales hasta hace unos años eran solo posibles en las mentes brillantes de los libretistas de cine o televisión.
Ya es normal tener una conversación con una computadora, pedirle a un programa informático que me enseñe inglés y poder interactuar con él y, si quiero, aprender de esa misma forma francés, culinaria o física cuántica.
Prender las luces o los electrodomésticos con nuestra voz ya es algo que a nadie asombra. Probarnos prendas en vestuarios virtuales ya es posible. Ir en automóviles sin conductor ya dejó de ser noticia. Ver una representación de un lugar remoto a través de unas gafas que crean una sensación hiperreal ya ocurre desde hace años.
La lista podría seguir de manera muy extensa y tendría que pasar por los avances más asombrosos de la medicina, con cirugías a distancia antes jamás imaginadas; por la robótica, con representaciones humanoides que pueden causar espanto, y por el tema que aún estamos estudiando para intentar comprender en su magnitud real: la inteligencia artificial (IA).
El futuro ya está aquí y hasta los sueños más peregrinos son una realidad o la serán en breve porque ya se están prototipando.
Hace diez años nadie se imaginó que un virus nos confinaría en nuestras casas durante meses y mucho menos que al salir de este periodo tan aciago nos encontraríamos con que había llegado eso que desde siempre llamamos “el futuro”. Sí, entiendo que la realidad parece la misma: ciudades caóticas, tráfico insufrible; el mundo y sus problemas de todo orden. Pero tengo la sensación, y sé que no soy el único, de que ahora sí empezó, para bien y para mal, lo más avanzado y revolucionario del siglo XXI.
Porque así como nos asombra la tecnología con sus avances y promesas, llegamos a un punto en el que nos asusta vernos desplazados por ella. Saber que hay un “otro” no humano que se fortalece minuto a minuto y puede llegar a ser más inteligente que nosotros, si es que ya no lo es.
Se habla de puestos de trabajo que pueden desaparecer, de posibles ataques informáticos sin precedentes; de supermercados, fábricas y sistemas de transporte completamente autónomos, en los que hasta las interacciones humanas serán mediadas en algún nivel por la tecnología.
Algunos de nosotros ya usamos ChatGPT en nuestro día a día y dejamos de lado el buscador de Google. Con desconfianza o no, poco a poco vamos entregando nuestras rutinas y nuestra información a la ciencia informática, la obra más compleja jamás creada en conjunto por la humanidad.
Con recelo o sin él, el futuro tocará a nuestras puertas como tantas otras veces y nosotros decidiremos si dar el paso o si quedarnos por fuera de esta revolución. Tal como lo escribo, suena opcional, pero la realidad es que la competitividad de las empresas estará dada en gran medida por la colección infinita de aplicaciones, avances y alternativas que la tecnología tiene para cada una de las industrias. La pregunta aquí no es si usarla o no, sino hasta dónde queremos como empresa que la tecnología integre nuestros procesos.
Y en este punto cada organización tiene la oportunidad de convertir los avances informáticos en un sello de la marca o dejarlos como parte del back office. Es válida cualquiera de las dos opciones. Pero, como veremos a lo largo de este libro, hay hoteles que hicieron una gran inversión para prescindir del talento humano y tienen un modelo eficiente, correcto; pero perdieron la calidez y la cercanía que da un rostro o una sonrisa.
O también que las flotas de taxis autotripulados que ya están rodando por San Francisco (Estados Unidos), con altos índices de satisfacción de los usuarios, no dejan de tener problemas. Los vecinos del parqueadero donde estacionan los autos en las horas muertas se quejaron porque, una noche, no dejaron de escuchar las bocinas de los carros que, al dar reversa para estacionarse, hacían que los otros pitaran, en una secuencia surreal que le hizo perder el sueño a más de uno. Por supuesto que la empresa reprogramó su sistema a los pocos días, y la flotilla aprendió algo de comportamiento humano: en las noches no se hace bulla.
Ejemplos hay muchos más con una conclusión común: la tecnología no es infalible, pero sin duda es una gran alternativa que toda empresa debe integrar en distintos niveles.
En este libro abordaremos los retos que enfrentan siete sectores de la economía en los que el servicio es clave: hotelería, restaurantes, comercio, educación, transporte, cultura y finanzas.
Veremos cómo ha sido la transformación de cada industria en la última década, los principales retos que han enfrentado y que deberán superar en los próximos años. Por supuesto, revisaremos, de la mano de expertos, cómo la irrupción de la tecnología ha cambiado la manera en la que se presta el servicio y se producen y se comercializan los bienes.
También revisaremos el factor humano, tan fundamental cuando hablamos de servicio. Cómo han cambiado la gestión del talento, las aplicaciones que nos ayudan a engranar todas las piezas de una compañía, las problemáticas que enfrentan algunas industrias por la falta de personal y algunas soluciones para hacerles frente.
Por supuesto, nos detendremos para revisar cómo la crisis climática y ambiental está forjando una transformación en las empresas, impulsada por el cambio en los hábitos de consumo y en las expectativas del mercado. Ya no se trata de cómo podemos aportar al cuidado del planeta, sino de qué podemos hacer para mitigar los efectos de nuestras actividades y preservar nuestra cultura y forma de vida.
Es hora de dejar de pensar en máximas como: “Lo hacemos por el planeta”, debemos ser conscientes de que hay que hacerlo por nosotros mismos y por nuestros clientes, porque si hay algo cierto es que las nuevas generaciones promueven y prefieren a las empresas que son responsables en todos los niveles con las actividades que realizan.
Los invito a navegar por las páginas de esta obra con una pregunta en mente: ¿qué podemos hacer para transformar nuestros negocios de manera que sean coherentes con la filosofía que profesamos?
Como veremos, hay muchas alternativas para servir mejor. Las historias fascinantes que están a punto de leer nos demuestran, una vez más, que también en los tiempos de avances tecnológicos, por encima de cualquier factor de diferenciación, el servicio es la clave para ganarnos la lealtad del cliente.
No se trata de estar a la vanguardia de la tecnología, sino de tener la habilidad de mantener viva la magia que solo los seres humanos podemos brindar en cada experiencia que ofrecemos.