Ser rico es fácil (y muy jodido)

(INTRODUCCIÓN)

¡A SEGUIR APRENDIENDO!

Hola. Soy Juan Pablo. Quiero hablarte un poco de mí, pero también de mi esposa, Caro. A veces, de cariño, le digo «la Negrita». Es el amor de mi vida. Dentro de varias páginas, y en los capítulos posteriores, vas a entender por qué un libro de finanzas se inicia con una historia de amor. Ya lo verás. Somos los creadores de Mis Propias Finanzas, una iniciativa que busca transformar la vida de las personas a través de la educación financiera.

Hemos construido una comunidad de más de un millón de personas conectadas a través de redes sociales. Más de 25 000 alumnos han pasado por alguno de nuestros programas de finanzas personales o inversiones. Escribimos un newsletter semanal que les llega a 800 000 personas. Cada día queremos seguir impulsando este mensaje poderoso de educación financiera.

El libro que tienes en las manos busca resumir lo que hemos aprendido en los últimos años sobre el manejo del dinero. Es un tema apasionante y muy importante. El del dinero es un juego inevitable, que jugamos todos los seres humanos, y solo unas pocas personas están ganando. Eso tenemos que cambiarlo. Te voy a compartir los aprendizajes y cómo los empezamos a poner en práctica. La educación financiera transformó nuestra realidad económica y, al mismo tiempo, nuestra familia.

Vamos a hablar de la importancia de la mentalidad y cómo se puede aplicar algo que podemos llamar la psicología del dinero. Te contaré cuáles son esos hábitos poderosos que podemos copiar y aplicar en nuestra vida financiera. Hablaremos de ahorro, presupuesto y manejo de las deudas.

Te puedo adelantar que hay un tema que, para mí, es el más importante en finanzas personales, sobre todo en una primera etapa de la vida: la generación de fuentes de ingresos distintas al salario. Vamos a tener tiempo de revisar un paso a paso para organizar la casa y liberar capital para ponerlo a rentar y producir.

Existen alternativas de inversión y las vamos a explorar. También vamos a saber cómo sacar provecho de la magia del interés compuesto. Te contaré cómo los grandes inversionistas diseñan sus portafolios y construyen un patrimonio a largo plazo. Diseñaremos un plan concreto que te permita embarcarte en el camino de las buenas inversiones.

La mejor forma de empezar es a través de la lectura, buscando respuestas. Quizá por eso tenemos la suerte de encontrarnos en estas páginas. En honor de ese hábito vamos a construir una lista de libros, recursos financieros, pódcast y videos que me cambiaron y que —estoy seguro— podrán tener un gran impacto en tu vida.

Esta historia nace de una experiencia personal. No pretendo ser un experto en los distintos temas, sino que, por el contrario, quiero poder contarte, de manera tranquila, por qué estas estrategias que acá presento nos funcionaron a «la Negrita» y a mí.

Quiero resumir el conocimiento que he adquirido durante muchos años en los que he estudiado este asunto. Construiremos varios «paso a paso» que te van a ayudar a generar recursos, invertir y, muy probablemente, hacer crecer tu dinero.

La falta de educación financiera es una de las grandes causas de profundas angustias y problemas muy serios en las familias. Si nos enseñaran algunos principios de finanzas personales e inversiones, muchos aspectos de nuestra vida cambiarían radicalmente.

Este es otro de los puntos que también tendremos tiempo de explorar a fondo: cómo vivir de las pasiones y de lo que más nos gusta hacer en la vida. Porque, además de ser un gomoso de los temas de finanzas e inversión, por convicción y formación, lo que más me mueve en la vida es enseñar.

Vas a ver cómo juntar ese conocimiento de vida con las pasiones y vocaciones profundas puede tener un resultado tangible. En nuestro caso, construimos la plataforma digital llamada Mis Propias Finanzas, y en los próximos capítulos te voy a contar cómo lo hicimos. Pasar de la teoría académica a la práctica: ese es uno de los grandes objetivos del libro. Quiero que las lecciones aplicadas transformen de alguna manera los bolsillos de las personas.

Vas a ver por qué las estrategias que he utilizado funcionan. La razón es muy simple: no son solo mis estrategias. Son de los que realmente saben, de los más grandes empresarios e inversionistas de los últimos tiempos.

Hablo de personas como Warren Buffett, Burton Malkiel, Jeff Bezos, Ray Dalio, Charlie Munger, Cathie Wood, John Bogle, Carlos Slim, Carl Icahn, Tony Robbins, Robert Kiyosaki, entre muchos otros. Cada uno de ellos tiene múltiples enseñanzas y vamos a tratar de cazar al vuelo algunas de ellas.

Ellos no tuvieron que reinventar la rueda de los negocios y las inversiones. Nosotros tampoco lo haremos. Eso ya está inventado. Lo que tenemos que hacer las personas del común es copiar estrategias, buscar buenos mentores e intentar seguir a los que ya triunfaron.

Ese será mi gran reto en todo esto. Intentar resumir años de lectura, horas de charlas y conferencias, semanas enteras de conversaciones —lo que implicó mucho tiempo y dinero que en su momento invertí: horas y horas en cursos presenciales y en línea—. Quiero compartir estrategias para que tú y los demás lectores de este libro empiecen desde hoy mismo a diversificar y a hacer crecer en sus ahorros, que comiencen a construir un portafolio que los acerque cada día a la libertad financiera.

Recuerda que, al final, nos pueden quitar todo lo que tenemos: dinero, propiedades, cosas materiales, pero lo que nunca nos podrán quitar es el conocimiento, el manejo de las emociones y nuestra actitud frente al dinero. Hay personas que para vivir dependen de un subsidio, de una pensión o de un familiar. Necesitan un tercero para sostenerse. Yo no quiero que eso le pase a nadie que esté leyendo este libro.

Bienvenido a un mundo de posibilidades y conocimiento apasionante: el de las finanzas personales y las inversiones. El conocimiento que quede de este viaje estará para siempre. Nadie te lo podrá quitar.

(CAPÍTULO 1)

EDUCACIÓN DE PRIMERA
(A CRÉDITO Y CON DEUDAS)

Comparto con «la Negrita», mi esposa, la suerte inmensa de haber tenido una excelente educación. Eso es algo que les debemos a nuestros padres. Nos conocemos hace 30 años. Estábamos en el mismo curso en el colegio Los Nogales, uno de los mejores de Colombia.

Caro es la inteligente de la relación. Ella es la de los números y las matemáticas. Es ingeniera industrial de la Universidad de Los Andes y tiene un MBA (que quiere decir, por las siglas en inglés, Master of Business Administration). Después de salir de la universidad, trabajó como ingeniera en la empresa de su papá, y más tarde viajó a Estados Unidos para hacer su maestría en negocios en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), una de las mejores universidades del mundo, un lugar mágico donde se construye el futuro de nuestro planeta.

Yo, por mi parte, soy el lector compulsivo de la familia, el nerd en la búsqueda de conocimiento. Puede que no sea tan talentoso como mi esposa, pero eso lo compenso con trabajo. Estudié relaciones internacionales, con una opción en filosofía, en The George Washington University. Es una carrera fascinante, aunque, por distintas razones, no la ejerzo muy directamente.

Lo mejor de mi formación fue que, durante cuatro años, me la pasé leyendo y escribiendo. Al graduarme, además del aprendizaje, me había gozado intensamente la vida académica. Siempre me han gustado el debate, la reflexión y la lectura. Creo que no hay un placer mayor que entrar a una biblioteca —recuerdo mucho la de mi universidad— y abrir libros, leer y conocer sobre muchos temas.

Regresé a Colombia bastante perdido. No sabía qué quería hacer ni para qué era útil. Mi primer trabajo fue en una academia deportiva y después pasé a trabajar en Avianca. Fue una experiencia espectacular. Conocí gente increíble. Pero fue en ese momento cuando noté mis vacíos profesionales.

No entendía muy bien de negocios, sabía poco y nada del mundo financiero, y mi trabajo se resumía en hacer un par de informes y presentaciones para el director comercial de la empresa. El mundo de los negocios me llamaba la atención, pero me di cuenta de que necesitaba bases más sólidas. Fue cuando empecé a pensar en hacer un MBA.

Caro siempre fue mi mejor amiga. Con ella empezamos a estudiar para el GMAT (quiere decir, por sus siglas en inglés, Graduate Management Admission Test). Es un examen muy especializado en matemáticas y en el idioma inglés. Las universidades de Estados Unidos lo hacen para medir que el nivel sea el necesario para cursar los estudios especializados, como los de las escuelas de negocios. Ese primer filtro es imprescindible si quieres llegar a las mejores universidades del mundo, como Harvard, Stanford, Columbia, MIT, Berkeley o UCLA.

Nosotros soñábamos en grande, pero rápidamente nos dimos cuenta de lo competitivo y difícil de ese proceso. Fue en ese momento cuando los caminos de esos dos amigos, que se unieron para soñar juntos, se abrieron un poco. A Caro, con su habitual inteligencia, le bastó con un solo intento para entrar en el percentil 90, gracias a su puntaje del GMAT. Un intento y listo. Así es ella, brillante.

A mí me costó sangre. En esa época necesitábamos un puntaje por encima de 700 para aspirar a alguna de esas universidades. Mi primer intento: 520. Después, otros seis meses de estudio intenso e intentarlo por segunda vez. Mi puntaje, una vez más, 520. Compré nuevos cursos, leí más libros. Me esforcé al máximo porque no quería quedarme por fuera. Nuevamente, después de cuatro meses, me presenté al tercer intento. Puntaje: 710

Cuando vi ese resultado me sentí como en esa escena de En busca de la felicidad, la película de 2006 dirigida por Gabriele Muccino y protagonizada por Will Smith, en el papel de Chris Gardner. Así me sentí: como cuando en la película le dan el primer trabajo a Gardner.

El problema fue que el examen era solo una parte del proceso. Además, había que escribir ensayos, conseguir cartas de recomendación, visitar las distintas sedes y facultades, hablar con exalumnos, en fin. Todo un proceso. Pero, en medio de tanto trámite y estudio, terminé de novio de mi mejor amiga. Hoy, doce años después, Caro es mi esposa y socia, y madre de mis tres hijos.

En esos años no imaginábamos lo que nos esperaba. El primer gran logro mutuo fue cuando Caro pasó en el MIT. Recuerdo perfectamente ese día. Me llamó llorando y me dijo: «¡Pasé!». Fue una alegría inmensa. No podíamos creer que tuviera un cupo en una de las mejores universidades del mundo.

Pero en medio de la dicha teníamos un dilema enorme. Yo había tenido la brillante idea de proponerle matrimonio sin que aún yo lograra cupo en alguna universidad. Lo único cierto era que entraríamos a estudiar y que nos casábamos. Pero nos impusimos una condición: teníamos que estar en la misma universidad. Al menos, debíamos lograr estar en la misma ciudad, aunque en universidades distintas. Caro ya tenía su cupo en el MIT, lo que reducía mis opciones a universidades que quedaran en Boston o sus alrededores.

Noté que el camino no sería fácil cuando me rechazaron en Harvard y en el MIT. No sabía muy bien qué hacer, y fue cuando mi mejor amigo me preguntó: «¿Por qué no aplica a Babson?». Me explicó con más detalle: «Está a quince minutos de Boston y es la universidad número uno en emprendimiento del mundo».

¿Emprendimiento? ¡Me sonó muchísimo! Yo había sido el lector, el nerd. Pero muy en el fondo siempre supe que me gustaban los negocios y las inversiones. Me emocionaba desarrollar ideas novedosas y crear empresas, así no supiera mucho del tema.

Creo que muchos, en lo profundo del subconsciente, llevamos algo de ese espíritu emprendedor. Quizá a ti también te pasó que, en la niñez, fuiste el pequeño que «montaba negocio». Desde lavar carros de familiares por encargo hasta llevar dulces y gomitas al colegio para hacerle competencia a la cafetería escolar. Tengo, además, un padre empresario que me daba el ejemplo. En su vida fundó varios negocios. Yo, en el fondo, siempre quise ser como él.

El caso es que me encantaba la idea, pero tenía poco tiempo para decidir. Apliqué a Babson y me aceptaron. Creo mucho en la serendipia, esos hallazgos valiosos que ocurren de manera accidental, las coincidencias de la vida que no se explican fácilmente. Hoy puedo decir que haber ido a Babson ha sido de las mejores cosas que me han pasado.

Con los cupos universitarios asegurados, pudimos dar el siguiente paso. Nos casamos el 26 de julio de 2014. Nuestra luna de miel fue en México y, una semana después, aterrizamos en Boston para empezar a estudiar. Caro en el MIT y yo en el Babson College. Un sueño hecho realidad.

Fueron, sin duda, los mejores dos años de nuestras vidas. Conocimos personas increíbles, amigos del alma. Hicimos también viajes inimaginables: India, Israel, Costa Rica, y trajimos a nuestros amigos a conocer Colombia. Fue la oportunidad de aprender y de entender mucho más a fondo el mundo de los negocios. Llené un montón de vacíos que tenía y, después de esos dos años, me sentía listo para «comerme el mundo».

Mi paso siguiente fue dar el «salto al vacío» del emprendimiento. Incursioné en un tema del que me había enamorado un par de años atrás: el desarrollo inmobiliario. Terminé creando una compañía que hoy en día todavía estructura y desarrolla proyectos inmobiliarios en Colombia.

Caro, por su parte, consiguió un trabajo en Advent International, un fondo de capital privado. Al finalizar su MBA aterrizó en Falabella, la compañía chilena dedicada a la industria del retail (o venta al por menor) y las tiendas por departamento. Era su trabajo soñado. Una industria en la que siempre quiso estar, una empresa muy sólida, con gente muy especial. Ganaba bien, la pasaba bien. Viajaba por el mundo para poder cumplir en el negocio de las líneas de ropa.

Nuestra vida tenía una apariencia perfecta hasta que apareció la sombra de las deudas y todo cambió.

EXPERTOS EN NÚMEROS (MALOS PARA ADMINISTRAR LAS FINANZAS DE LA CASA)

Nuestra experiencia como estudiantes en Estados Unidos fue inolvidable, pero con un desorden antológico en materia de números. Caro y yo llegamos a un apartamento espectacular en Cambridge: recién construido y a dos cuadras de The MIT Sloan School of Management, la escuela de negocios de la universidad. Las fiestas, salidas, viajes y comidas en restaurantes hacían parte de nuestra rutina. Como era natural, la platica rápidamente se acabó.

Al cabo de un año, ya no teníamos ahorros. Tuvimos que conseguir un crédito de la universidad para poder pagar el segundo año de estudios. Entregamos el apartamento y nos fuimos a vivir a las residencias del MIT, un edificio viejo. Era un apartamento pequeño, sin las comodidades que teníamos antes. La mitad de los muebles que habíamos comprado en Ikea ya no nos cabían en el nuevo espacio. Fue difícil los primeros cinco días, pero rápidamente nos dimos cuenta de que realmente no necesitábamos más. Y todo con un ahorro del 50 % respecto a lo que pagábamos en el primer año.

Habíamos financiado las maestrías con un crédito en Colfuturo. En el momento de la solicitud y desembolso, el dólar en Colombia estaba en 1800 pesos. Además, en este proyecto educativo habíamos invertido todos nuestros ahorros. Gastamos mucho en dos años, jamás hicimos cuentas, nunca tuvimos un presupuesto. Nuestro mantra era: «Vivir el momento y aprovechar, pues uno solo vive una vez».

En el 2016, cuando regresamos al país, empezaron los problemas financieros. Ya el dólar estaba por encima de los 3000 pesos. Nuestra deuda en dólares con Colfuturo y con el MIT había subido más del 70 %. Vivíamos del salario de Caro. Yo estaba emprendiendo y no generaba ingresos en ese momento. A mí, literalmente, me mantenía mi esposa.

Fue un año difícil para mí, en lo emocional y profesional. Los negocios no salían. Llegué a evaluar más de 25 proyectos para desarrollar y construir. Hacía lo que se llama en la industria prefactibilidades económicas de proyectos. De esas 25, ninguna salió.

El problema era que no ahorrábamos un peso. Seguíamos con esa mentalidad de «vivir la vida». Éramos bastante «gastaletas». El salario de Caro se iba en lo esencial: arriendo, comida, servicios. Pero además había que sumarle las cuotas de las deudas y las salidas a comer a buenos restaurantes. Al final del mes no nos quedaba nada para ahorrar.

Al cabo de seis meses, Caro tuvo un bono importante por cumplimiento en su empresa y por primera vez pensamos en invertirlo. Fue un desastre. Nuestras primeras inversiones fueron realmente malas. Primero, no teníamos ni idea en qué invertir. Segundo, no estábamos preparados para aguantar y esperar.

Metimos el dinero en un apartamento en Barranquilla y en un fondo de inversión colectiva (FIC), cuyos movimientos dependían del índice Standard & Poor’s 500 —S&P 500—. Es uno de los índices bursátiles más importantes de Estados Unidos. Tras un par de meses, el apartamento no se arrendaba y el fondo había caído como un 8 %. Decidimos liquidar ambas inversiones. Y lo hicimos con el peor escenario para un inversionista: ¡vender a pérdida!

Atención, por favor, a esta anécdota que resultó reveladora sobre nuestra relación con el dinero y las finanzas. Cuando fuimos a sacar el crédito hipotecario, para poner el apartamento a nombre de los dos, a Caro le negaron el crédito en el banco. Ella era la que producía, la del buen salario; era la que mantenía la casa y trabajaba en una empresa que a su vez es banco (el Banco Falabella). Aun así, le negaron la solicitud del crédito.

«Señorita Carolina, usted no tiene historial crediticio», le dijeron en los tres bancos donde aplicó. ¿Qué era eso? ¿Cómo se construye historial crediticio? ¿Por qué Juan Pablo sí y Caro no? Yo no tenía la respuesta. Lo único que sabía era que desde que empecé a trabajar en Avianca había sacado una tarjeta de crédito con Bancolombia, y era muy juicioso y cumplido para pagar las cuotas. Aparentemente, eso jugó a mi favor. Pero nunca entendimos por qué, si Caro era la del dinero en la casa, le negaron el crédito. Finalmente, el apartamento quedó escriturado a mi nombre.

Eso nos llevó a hacer una reflexión profunda y también nos dejó muchas preguntas. ¿Cómo era posible que fuéramos tan malos para invertir el dinero? ¿Cómo podía ser que no supiéramos absolutamente nada sobre inversiones? ¿Por qué éramos tan malos para administrar las finanzas de la casa?

Si en ese momento nos ponían a hacer una prefactibilidad de un proyecto millonario, o a valorar una empresa, lo hacíamos sin problema. Lo mismo si nos pedían proyectar flujos de caja, construir presupuestos o sacar el costo promedio de capital de un negocio. Todo eso lo sabíamos hacer al derecho y al revés. Éramos buenísimos para las finanzas corporativas. Caro era una empleada de lujo en su empresa. Su gestión la hizo ascender en la compañía y sus resultados eran muy buenos.

Pero éramos malísimos para presupuestar, manejar y administrar el dinero de la empresa más importante de todas: la empresa de la familia. Nunca en la vida nos habíamos sentado a hacer un presupuesto de los ingresos y gastos del hogar. Jamás pensábamos en la importancia del ahorro y menos en la posibilidad de invertir para crear un patrimonio a largo plazo. Jamás negociamos una tasa de interés porque para nosotros era igual lo que nos cobraban por los créditos.

¿Cómo era posible que nos ocurriera eso después de pasar por un buen colegio y de ser egresados de dos de las mejores universidades del mundo? ¿Cómo se explicaba que alguien con una maestría en administración de negocios, que recibió clase con grandes maestros, tuviera semejante desorden financiero? En casa de herrero, azadón de palo, nunca mejor aplicado ese dicho que tanto nos gusta en Colombia.

NECESITAMOS EDUCACIÓN FINANCIERA (TODOS, SIN EXCEPCIÓN)

¿Qué tan bien manejas tu dinero? ¿Cómo están tus deudas? ¿Cuáles son tus proyectos de inversión? Puede que muchos de ustedes respondan en rojo esos interrogantes. La razón es sencilla: rara vez nos enseñan educación financiera. Esa asignatura no existe en los programas de estudio del colegio. Quizá algunos aprendan por intuición, o porque tuvieron algún mentor, o de pronto porque sus padres les enseñaron. Pero hay muy poca cultura en nuestra sociedad sobre cómo aprender a manejar el dinero.

En el 2020 quedó demostrada la enorme falta de educación financiera en el planeta. El mundo estuvo en vilo varios meses, a causa de la pandemia por covid-19. Miles de empresas entraron en ley de quiebras. Las personas perdían sus trabajos y la incertidumbre fue general.

Pero, en medio de ese ambiente, un grupo muy pequeño de personas hizo muchísimo dinero en los mercados financieros. De hecho, en uno de los años más difíciles para la economía en los últimos 50 años, los mercados tuvieron retornos estelares en muchas partes del mundo. El S&P 500 creció el 18 %. El Nasdaq 100 (un índice bursátil de Estados Unidos que recoge las 100 compañías más importantes del sector de la industria de la tecnología) creció un 49 %. El oro terminó ese año 24 % en positivo. Tesla entregó un rendimiento astronómico del 708 %. Bitcoin, la mejor inversión de los últimos diez años, terminó arriba un 304 % en aquel 2020.

Solo unos pocos que entienden el juego del dinero se beneficiaron de estos retornos. Muy pocas personas en el mundo son grandes inversionistas. Las demás quedamos a merced de administradores que hacen crecer muy poco nuestros ahorros e inversiones.

Entonces surgen más interrogantes. ¿Cuántos de nosotros estábamos preparados financieramente para una pandemia? ¿Quiénes sabían en ese momento invertir en los mercados financieros? ¿Tú tenías oro dentro de tu portafolio de inversión? ¿Tenías portafolio de inversión? ¿Habías comprado acciones de Apple o Amazon? ¿Cuántos latinoamericanos invertían en bitcoin?

Creo que esas preguntas desembocan en un gran interrogante del que ya hablábamos en el inicio de este apartado: ¿por qué no existe una clase en el colegio sobre historia del dinero, sobre finanzas personales, sobre inversiones? La educación financiera es una educación que no existe en el sistema educativo tradicional. Es un tema crucial y no se entiende por qué no se enseña en ninguna parte.

En el colegio estudiamos materias muy importantes, como matemáticas, química, historia, lenguaje y biología, entre otras. Pero nunca aprendemos a leer un estado financiero personal. No sabemos qué es una declaración de impuestos ni entendemos la diferencia entre un fondo público o privado de pensiones. No tenemos ni idea de lo que es la retención en la fuente o el cálculo de los impuestos. Mucho menos conocemos sobre la liquidación de unas cesantías o la prima a la que tiene derecho un trabajador. No nos preocupa entender de verdad un tema tan relevante como los intereses de los bancos y las tarjetas de crédito.

El problema es que no aprender a invertir tiene un costo enorme para todos nosotros, estamos dejando un montón de dinero sobre la mesa sin darnos cuenta. El dinero y las inversiones son cuestiones de crucial importancia en la vida de cualquier persona, aunque no existan en el sistema educativo actual. En muchos casos ocurre que nuestros padres no nos enseñan educación financiera porque ellos tampoco la recibieron.

Si entendiéramos ese juego del dinero, probablemente sacaríamos provecho de las enormes posibilidades de inversión que ofrecen los mercados. Entenderíamos que tener nuestro dinero en el banco rentando por debajo de la inflación es una confiscación de nuestros ahorros. Podríamos sacar ventaja de la impresión descontrolada de los bancos centrales. Aprenderíamos a valorar compañías interesantes para comprar sus acciones en los mercados de valores. Podríamos tener estrategia para protegernos de la inflación y de la pérdida de poder adquisitivo de nuestras monedas locales.

La educación financiera es un arma contra la desigualdad. Economistas como Paul Krugman y Thomas Piketty abogan por la distribución del ingreso. Yo creo, por el contrario, que la distribución sin educación financiera es un ejercicio fútil. Puedes darle dinero a una persona; pero, si no tiene educación financiera, acabará gastándolo o invirtiéndolo muy mal.

GÉNESIS DE MIS PROPIAS FINANZAS (Y DE UNA COMUNIDAD)

Nuestra mirada familiar respecto al dinero cambió cuando con Caro nos dimos cuenta de que no podíamos dejar en manos de terceros las finanzas de la familia. Teníamos que responsabilizarnos por las decisiones monetarias de la casa. Tomamos entonces el único camino posible: investigar el tema. Decidimos tomar las riendas de nuestro futuro financiero y el de nuestra familia.

Lo primero que hicimos fue estudiar a las mentes financieras más brillantes del mundo. ¿Qué hacen?, ¿qué estudiaron?, ¿dónde invierten?, ¿cómo gastan?, ¿cómo generan riqueza? A la fecha, hemos leído más de cincuenta libros sobre finanzas personales e inversiones, biografías sobre grandes inversionistas y empresarios. Gran parte de los ingresos mensuales los destinamos a la educación en línea.

Aprender sobre este tema se nos convirtió en una pasión que disfrutábamos mucho. Empezamos a entender la vida de los inversionistas. Nos interesamos en las noticias económicas y en las novedades de los mercados financieros. Asistimos a charlas y conferencias de expertos. En ese fascinante viaje intelectual, conocimos de cerca a los más grandes inversionistas de las últimas décadas, y, en los capítulos siguientes, te voy a contar cuál es la esencia de su pensamiento.

Cada una de esas historias es una lección que nos debe quedar para siempre. Por ejemplo, cuando empecé a estudiar la vida de Warren Buffett, descubrí que él había comprado su primera acción en la Bolsa de Valores de Estados Unidos a los once años. Hoy, a sus 93, Buffett es uno de los inversionistas más importantes de toda la historia, con un patrimonio por encima de los 130 000 millones de dólares. Buffett ha sido el inversionista más consistente y paciente de todos. Eso lo hace único, y por eso difícilmente volverá a nacer un inversionista como él. Además, una de las cosas más impactantes es que, en vida, donó su fortuna a la Fundación de Bill y Melinda Gates.

Conocer vidas como esa me cuestionó. ¿Por qué no estudiamos a Warren Buffett en el colegio o en la universidad? ¿Por qué nunca nadie me enseñó cuáles son las estrategias que él utiliza para crear riqueza? A veces, conversando sobre este tema con Caro, coincidimos en que decidimos emprender por nuestra cuenta ese camino del aprendizaje por el hecho de que nadie nos lo enseñó.

Lo cierto es que empezamos a aplicar todas estas estrategias poderosas que fuimos aprendiendo. Y lo más revelador es que, a medida que lo hicimos, las finanzas de la casa cambiaron, dieron un giro de 180 grados. Por primera vez, empezamos a ahorrar. Las deudas empezaron a bajar. Logramos tener no solo una, sino varias fuentes de ingresos. Empezamos a entender y a meternos de a poco en el fascinante mundo de las inversiones.

Entendí que hay fórmulas ya probadas, que otros ya las aplicaron, y que lo que tenemos que hacer es copiar esas fórmulas. Cuando entendí eso, mi conclusión inmediata me llegó como una frase a la que vamos a volver varias veces a lo largo del viaje de este libro: ser rico es fácil (y muy jodido).