Serialmente

¿POR QUÉ HABLAMOS DE ASESINOS EN SERIE?

Cuando en 2019 lancé el primer episodio del pódcast SerialMente, lo hice con la intención exclusiva de darme a conocer como narrador y así poder cumplir mi sueño de ser escritor. La idea era simple: contar historias sobre asesinos seriales que pudieran llamar la atención de un público específico interesado en los mismos temas que me generaban curiosidad como autor.

Pero a medida que los capítulos avanzaban, fui notando algo particular: si bien estaba contando casos horrorosos en ejercicios morbosos de homicidio y muerte, pronto me vi hablando de tendencias culturales, de hechos históricos y de procesos psicológicos que no solo conciernen a aquellos dispuestos a asesinar, sino que pasan por la mente de todos nosotros, los que nos consideramos “normales”.

Y es que, con el paso de las temporadas del pódcast, y a través de la vida de algunos de los peores criminales de la historia, me fui dando cuenta de que, más que hablar de muerte y asesinato, lo que me interesaba era hablar de los seres humanos.

Desde que somos expuestos al primer espejo durante nuestra infancia, comenzamos un prolongado periplo de autorreconocimiento que comprende una evolución en la que nos entendemos de una manera cada vez más compleja y consolidada. Nos miramos al espejo porque nos recuerda que existimos. Porque la imagen que se dibuja en el reflejo reafirma nuestro valor y delimita nuestra existencia a través de lo que consideramos tangible. Y, sin embargo, somos conscientes de que debajo de lo que vemos hay una infinidad de capas que, en muchas ocasiones, guardan una oscuridad que no estamos dispuestos a conocer en carne propia.

¿Pero qué pasa si nos miramos a un espejo roto? ¿Qué pasa cuando nuestra imagen se ve resquebrajada por las grietas y lo que creemos seguro se deforma por completo ante nuestros ojos?

A través de los años de SerialMente, he descubierto en los asesinos en serie ese espejo roto que nos permite ver la naturaleza más desfigurada de nuestra existencia. Historias de otros seres humanos cuya tragedia y maldad recuerdan constantemente la importancia de la salud mental y del autocontrol. Grietas que destapan nuestras heridas y nos permiten elaborar nuevos supuestos sobre nuestra existencia y nuestro rol en una sociedad también rota.

Porque, a la vez, he encontrado en los asesinos en serie un vehículo con las herramientas narrativas ideales para hablar de nosotros desde la oscuridad que indudablemente nos habita en mayor o menor medida. Una retórica en la que los peores psicópatas de la historia reflejan los aspectos más lóbregos de nuestra sociedad, el origen de nuestros comportamientos más reprochables e incluso las consecuencias de nuestros conflictos más sangrientos.

Este libro es el culmen del ejercicio introspectivo de mirarnos a través del espejo agrietado de los asesinos en serie. En las siguientes páginas conoceremos la vida de diez homicidas que aterrorizaron ciudades enteras y que llenaron las primeras planas de los periódicos durante años. Diez historias de supuestos monstruos que, en realidad, son tan humanos como nosotros; tal vez incluso mucho más humanos, si apelamos a nuestra naturaleza más primitiva, aquella que responde a nuestros impulsos y nuestros instintos, y que, de no ser por la ética y la moral, podría llegar a convertirnos en bestias arcaicas sin ninguna empatía o sentido de la colectividad.

Las vidas de estos psicópatas, comunes y corrientes en muchos sentidos, están enmarcadas en el contexto general de la sociedad. Ninguno de ellos se ha formado en absoluto aislamiento, por lo que todos, en cierto modo, son el resultado de una serie de interacciones interpersonales colectivas que han terminado de moldear sus impulsos y que, sin duda, los convierten en un perfecto pretexto para hablar de todos nosotros.

Ya sea el conflicto armado colombiano, las dinámicas de desigualdad social, o incluso la naturaleza oscura de lo cotidiano, en este libro exploraremos algunos de los aspectos más complejos de nuestra especie, mientras recorremos la vida y los crímenes de algunos personajes infames de la historia de la crónica roja alrededor del mundo.

Este viaje literario no será exclusivamente sobre el otro. No se limitará a la maldad y el horror que vemos en los demás, sino que también será una introspección constante que nos invitará a trasegar las grietas del espejo para encontrar en ellas nuestros propios reflejos deformes e indeseables. Un recorrido a través de nosotros como sociedad y como individuos. Un periplo por los confines más oscuros de nuestra existencia.

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LUIS ALFREDO GARAVITO
LA BESTIA
UN PRODUCTO DEL CONFLICTO
ARMADO EN COLOMBIA

El 22 de abril de 1999 fue un día común y corriente en Colombia, y cuando digo común y corriente me refiero, por supuesto, a que fue un día pasado por sangre y por violencia en todos los rincones del país. En el municipio de Cubará, en el nororiente del departamento de Boyacá, un grupo armado atacó las instalaciones de una base del ejército, en un hostigamiento que, aunque no dejó muertos, sí aterrorizó a la población, que tuvo que resguardarse en sus casas mientras las balas silbaban por los techos.

Mientras tanto, en Cerrito, Santander, a unos 220 kilómetros, la guerrilla de las Farc se enfrentó con el ejército, dejando un soldado asesinado al finalizar el combate. Ese mismo día, y según los informes del Centro de Memoria Histórica de Colombia, en el país fueron secuestradas cinco personas con fines extorsivos y otras trece fueron ejecutadas por grupos paramilitares en los departamentos de Antioquia, Huila y Magdalena. Por muy sorprendente que parezca, la verdad es que estos datos no son más que una muestra de la cotidianidad que se vivía por aquel entonces en Colombia, a tal punto que la mayoría de estos hechos no fueron registrados en las noticias, porque no representaban ninguna novedad que pudiera llamar la atención de los lectores, oyentes y televidentes que buscaban informarse sobre la actualidad y que, cuando encontraban la noticia de un asesinato enmarcado en nuestro conflicto, no se sentían particularmente sorprendidos.

Sin embargo, aquel 22 de abril de 1999 ocurriría algo que rompería los paradigmas de violencia nacional para incrustarse de forma dolorosa en la memoria colectiva del país, reconfigurando las aristas de maldad que definen a los colombianos.

Los gritos de dolor y de desespero de un niño sacaron del trance a un joven anónimo que procuraba escaparse de la realidad mientras se drogaba en un barrio rural de Villavicencio, la capital del departamento del Meta. Al principio, dudando de lo que había escuchado, optó por seguir consumiendo en medio de la oscuridad de la noche, pero los gritos volvieron a colarse por las terminaciones nerviosas del drogadicto que, por instinto, decidió seguir los gemidos de dolor y los clamores de auxilio que lo habían interrumpido. A pocos metros de allí, y a medida que los gritos se hacían más fuertes, se encontró con unos matorrales que parecían hablarle y que fungían como un muro que contenía el sufrimiento de aquel infante, que expulsaba sus últimos rastros de inocencia en cada uno de sus chillidos. El joven, entonces, se armó con una piedra y, temeroso pero decidido, se adentró en los arbustos para encontrarse con una escena que, de golpe, eliminó de forma radical cualquier rastro de la droga que había consumido.

Frente a sus ojos incrédulos, un pequeño niño, el dueño de los gritos, estaba colgado de las manos en un árbol, completamente desnudo, con los pies amarrados, y una cantidad innumerable de heridas se extendían por todo su cuerpo. Quemaduras, hematomas y cortes profundos eran apenas algunas de las lesiones que tenía. En medio de su sufrimiento intentaba encogerse, como para mitigar el dolor y buscar refugio en sí mismo. Cuando vio al que sería su salvador, dejó de gritar. Sus energías se habían agotado hacía mucho, y la imagen de otra persona distinta a su verdugo le otorgó la paz que buscaba. No tuvo que musitar palabra para que el joven anónimo lo auxiliara de inmediato, pero en el proceso, una sombra furtiva se asomó por entre los matorrales y se abalanzó sobre el redentor, puñal en mano, para deshacerse de él. Pero el drogadicto era más hábil. Se había habituado a la rudeza de la calle, había vivido varios episodios violentos y estaba acostumbrado a luchar por su integridad. Con una habilidad pragmática logró evadir las cuchilladas que se lanzaban sobre él, respondió con la piedra y, en pocos segundos, el combate a la luz de la luna desató de nuevo los gritos del niño, quien se volvió a sentir en peligro.

Esta nueva andanada de aullidos terminó llamando la atención de algunos vecinos de la comunidad, por lo que, pasados algunos instantes de lucha, la sombra decidió volver a resguardarse entre los matorrales cuando vio las luces de lo que parecía ser una numerosa avanzada que se aproximaba en su búsqueda. Sintiéndose a salvo de la navaja misteriosa, el habitante de calle volvió a ayudar al niño, mientras que los vecinos arribaron al lugar y se unieron en su auxilio. Entonces, con un poco más de calma, aquel joven anónimo se apresuró a buscar un teléfono público para comunicarse con la policía y reportar lo ocurrido.

Pocos minutos después, tres uniformados llegaron a acordonar el sitio y a interrogar a todos los presentes. Era claro que el agresor no estaba lejos, por lo que se dispusieron a escudriñar cada rincón de los matorrales hasta que, cuando la noche se había hecho más oscura, dieron con un hombre delgado, vestido con un pantalón sucio amarrado con un cinturón de cuero desgastado. Su cara sudorosa no mostraba ninguna preocupación, su bigote desaliñado escondía una boca recogida por el estrés y su pelo enmarañado, tan negro como la noche, denotaba que no había estado precisamente tranquilo.

Las autoridades le pidieron sus documentos, a lo que respondió que los había perdido, para luego identificarse como Bonifacio Morera Lizcano, un jornalero que se había extraviado por el sector. Esto reforzó la suspicacia de los agentes, quienes procedieron a registrar al hombre, encontrando en su morral un tarro de vaselina, unas velas gastadas y una botella de aguardiente a medio tomar. Los policías lo acercaron al niño y les bastó ver su reacción de terror para entender que habían dado con el hombre indicado. Bonifacio fue capturado de forma preventiva y llevado a la estación de policía del barrio mientras los agentes se comunicaban con las autoridades competentes. Ninguno de los presentes sabía que con aquella captura se había redefinido la historia criminal de Colombia para siempre.

UN CÁNTARO QUEBRADO

Nada más en el departamento del Meta, en los dos años anteriores a la aprehensión del misterioso Bonifacio, más de dos mil cuatrocientas personas fueron víctimas de los diferentes agentes beligerantes del conflicto armado. En este mismo periodo ocurrieron dos mil trescientos veintidós hechos violentos en el departamento, por lo que las autoridades estaban verdaderamente desbordadas; esto ocasionó el retraso o la imposibilidad de atención oportuna en cualquier tipo de acontecimiento que afectara a la comunidad metense.

Por eso, cuando en junio de 1998 comenzaron a aparecer restos óseos de niños de entre siete y dieciséis años, los entes investigadores se limitaron a recopilar la información y a reseñar esta particularidad que no se ajustaba a los parámetros comunes y cotidianos de la violencia de la época. No obstante, no se adelantó ninguna pesquisa profunda, y las instituciones, inundadas por un río de sangre, procuraron la creación de un grupo de investigación para estos menesteres que, aunque tenía las mejores intenciones y un equipo competente, tenía también muchas limitaciones de orden técnico y logístico, lo que les impidió ver la magnitud de lo que estaban enfrentando.

Mientras la investigación avanzaba, una parte de Colombia seguía viendo el conflicto por televisión, esperanzada en los resultados de unas negociaciones infructuosas entre el Estado y las Farc. Entretanto, la otra parte del país vivía en carne propia los vejámenes de la guerra, cuando las balas entraban en sus hogares y los soldados de la muerte se robaban a sus hijos para convertirlos en la carne de cañón de un enfrentamiento originado en la desigualdad, pero alimentado y reforzado por el narcotráfico y la venganza.

Por otra parte, los captores de Bonifacio conectaron de inmediato las circunstancias en las que había sido encontrado con los huesos de aquel potrero a las afueras de Villavicencio. La edad de las víctimas coincidía con la del niño torturado algunas noches atrás, pero no tenían forma de comprobarlo del todo, por lo que decidieron acudir a colegas de otros departamentos, en especial de Risaralda, donde algunas semanas antes se había reportado la aparición de varios restos óseos similares a los encontrados en el Meta. Esto originó una reunión interdepartamental entre los profesionales de la Fiscalía, donde pudieron establecer evidencias forenses de que las víctimas de los restos hallados en ambas regiones habían sido asesinadas por un mismo autor. Todos los cadáveres presentaban signos de tortura, en especial en la parte posterior del torso, donde, en la mayoría de los casos, se encontraron costillas rotas de la misma manera. También se registraron innumerables heridas de arma blanca que respondían casi siempre al mismo patrón, en especial en la zona del glúteo y las piernas. Algunas de estas heridas fueron encontradas en el niño salvado por el habitante de calle, así como las ocasionadas por las cuerdas que amarraron los tobillos y las muñecas de todas las víctimas halladas. Para estas alturas, cada vez quedaba menos espacio a la duda. Aquel hombre, el misterioso Bonifacio, era el principal sospechoso de los crímenes investigados por las autoridades.

A su vez, otra parte del pequeño grupo se dedicó de forma muy juiciosa a reconstruir el camino de Bonifacio. Asociaron su cara a la de varios retratos hablados relacionados con otros crímenes, cotejaron la información dada por algunos testigos y, mientras el país celebraba un nuevo aniversario de su independencia, el 20 de julio de 1999, lograron dar con la verdadera identidad de Bonifacio. En realidad, se llamaba Luis Alfredo Garavito Cubillos, un nombre que pronto quedaría en la infamia.

UNA VIOLENCIA DISRUPTIVA

El segundo semestre de 1999 transcurrió en la ignominiosa cotidianidad de un país en guerra. Mientras Colombia lloraba el asesinato de Jaime Garzón, los titulares enumeraban con parsimonia las masacres paramilitares en distintos pueblos. La televisión anunciaba con bombos y platillos la telenovela Yo soy Betty, la fea, un bálsamo cultural para un país sepultado en muerte, y justo tres días después de esto, el panorama del crimen en Colombia recibiría un aderezo siniestro a la ya muy sangrienta receta de violencia.

En la emisión principal del jueves 29 de octubre, por primera vez en mucho tiempo, las noticias no abrirían con la imagen de un uniformado disparando a una selva eterna. Por primera vez, los colombianos no verían videos de comunicados de encapuchados con brazaletes rojos y negros. Como nunca, se les sacaría de la violencia política en la que se habían puesto cómodos y en la que se habían adormilado en su dolor cotidiano. Aquel día, los cientos de miles de televisores a lo largo del territorio nacional mostrarían a un hombre gritando en medio del llanto desconsolado:

“¿Por qué? ¿Por qué?

¡No! ¡No! ¡No quiero más!”.

Tenía los ojos cerrados y se movía con histrionismo, mientras otro hombre lo abrazaba desde atrás, como tratando de contener el dolor que escenificaba. Las cámaras hacían zoom en su cara. La mala calidad del video apenas permitía identificarlo a través de la negrura de su pelo, su gran bigote —que pronto se volvería tan característico— y el lunar en el borde del ojo izquierdo, que en ese momento pasaba desapercibido, pero sería crucial para el desenlace de su propia historia. Sobre el video, un gran titular le anunciaba al país que había otros tipos de maldad que no tenían que ver con la política o el narcotráfico:

“CONFIESA LUIS ALFREDO GARAVITO: ASESINÓ A MÁS DE 170 NIÑOS”.

Ninguna de las diez personas secuestradas por las Farc y el ELN ese día, ni las diecisiete asesinadas por los paramilitares en distintos departamentos del país, aparecieron en aquella emisión. La violencia del conflicto importó menos de lo que ya importaba. La vorágine infinita se vio eclipsada por la maldad encarnada en un nombre específico. Luis Alfredo no era un grupo anunciado en los bloques del noticiero, no tenía un pasamontañas que lo deshumanizaba y no enarbolaba banderas políticas con fusiles extranjeros. Garavito no era parte del paisaje, no era un agente más de la beligerancia representativa de nuestra cultura. Era un recordatorio, una dolorosa reafirmación de los alcances siniestros de la muerte. Una nueva representación que llegó para golpear al país en la cara y para despertarlo del letargo armado en el que se había acostumbrado a vivir. Desde ese momento, tal como los grupos armados, como la cumbia, como la violencia, como el café y como el narcotráfico, Luis Alfredo hacía parte de la idiosincrasia colombiana.

TAMBIÉN NACIDO EN EL CONFLICTO

La Bestia, como más tarde sería apodado, nació el 25 de enero de 1957, en el municipio de Génova, Quindío, en las entrañas de la región andina de Colombia, en el seno de una familia campesina que, como la mayoría de la población rural, fue el blanco principal de la violencia que ha azotado al país desde su mismísima creación.

En 1957 no había narcotráfico, o por lo menos no de cocaína. Tampoco estaban las Farc ni las Autodefensas Unidas de Colombia. No existía todo el esquema bélico que contribuyó a que Garavito se moviera como un espectro debajo de los reflectores. No obstante, la violencia sí que existía. El campo estaba plagado de masacres, asesinatos selectivos y disputas de sangre fundamentadas en las diferencias políticas entre liberales y conservadores. A pesar de que el Estado procuró mitigar esta espiral de violencia incontrolable, la verdad es que la vida de los campesinos seguía siendo caótica. Las masacres continuaron, los ánimos entre las fuerzas estatales y los rebeldes se tornaron inmanejables, y la violencia poco a poco se fue transformando en la que conocimos más adelante. Mientras tanto, Garavito y su familia escaparon de su casa, fueron desplazados por esa misma violencia y tuvieron que dejar todo para irse a vivir hacia la zona rural de Tuluá, Valle del Cauca, donde “Bonifacio” viviría la mayor parte de su infancia.

El conflicto sociopolítico del país no fue la única violencia que vivió la Bestia, pues dentro de su casa la cotidianidad no era más que un reflejo de la sangre derramada sobre las selvas colombianas. El núcleo familiar de los Garavito era tremendamente convulso, en especial por parte de su padre, quien se dedicaba a emborracharse para luego golpear y arrastrar a su esposa en frente de los siete hijos que tuvieron, los cuales muchas veces eran también blanco de la violencia ejercida sobre toda la familia.

Esta crianza sin afecto determinó parte de los comportamientos futuros de Garavito, quien, de hecho, se mostró como un niño con dificultades para socializar y para entablar cualquier tipo de vínculo con los demás estudiantes del colegio donde estudió la primaria. Luis Alfredo era un niño impulsivo y violento que cazaba peleas frente a cualquier situación que lo sacara de su precaria zona de confort. Acostumbrado a la violencia en casa, la entendía como el único vehículo de comunicación, algo que corroboraba al ver la hostilidad con la que sus compañeros de clase lo trataban por no ser igual a ellos. Por eso, desde muy niño, tuvo serios problemas de convivencia que traían detrás el peso de una ira y un resentimiento contenidos dentro de un alma joven que no había aprendido a lidiar con la frustración. Esto probablemente explica la razón por la que, en esta fase de su infancia, Garavito comenzó a tirarles piedras a los animales y a cazar pájaros para destriparlos sin ninguna conmiseración, disfrutando de forma genuina el proceso de extirpar la vida.

Al final, la violencia crónica de un país no es más que la acumulación de cicatrices convertidas en obstáculos que dificultan nuestro periplo, y la historia de Luis Alfredo, como la de Colombia, está plagada de cicatrices que contribuyeron a la formación de una visión de la vida, y de una manera muy particular de vivirla. Aunado a todos los ejercicios de violencia ya mencionados, Garavito padeció un episodio que lo marcaría para siempre y que inocularía algunos de los aspectos más ruines de su comportamiento.

Cuando tenía alrededor de doce años, un amigo de su padre sacó provecho de la confianza que la familia le tenía y abusó sexualmente del joven, sometiéndolo a prolongadas sesiones de tortura que comenzaban con la inmovilización por medio de cuerdas que desgarraban su piel, seguida de golpes y quemaduras ocasionadas con la cera hirviente de velas hechas para ser ofrendadas en la iglesia. Entonces, cuando la voluntad del niño estaba doblegada por el dolor, el violador le tocaba, mordía y lamía el cuerpo entero, para luego obligarle a practicar todo tipo de actividades sexuales. Desde entonces, y durante el resto de su infancia, no podría cerrar los ojos sin que las imágenes del abuso vinieran a su mente, sin que su piel se erizara, como si estuviera reviviendo el contacto doloroso con la cera, y sin que pareciera oler el aroma putrefacto de la lujuria de un abusador que, para empeorar la situación, continuó aprovechándose de Luis Alfredo por un periodo de unos dos años en los que lo manipuló y reprimió emocionalmente para que nunca lo delatara.

Colombia ha estado sometida al dolor desde su propia creación. Nació de la tolvanera de sangre y en la sangre parece sentirse cómoda, como si la configuración de su ADN colectivo incorporara los aspectos más oscuros que habitan nuestra alma. Puede que, cuando nos adentremos en la cotidianidad de sus habitantes, encontremos el común denominador del tesón que los ha llevado a persistir y a seguir adelante. Puede que, en el día a día, la primera impresión que dan es que son capaces de superar cualquier obstáculo, y sí, la verdad es que no es mentira, pero tampoco es mentira que, detrás de todo eso, todos guardan un dolor colectivo que los caracteriza, una agonía del corazón que se vislumbra en las profundidades inexpugnables de su mirada y que esconde una de las explicaciones de su maldad. Porque sí, en ese sentido, son una extraña paradoja que se manifiesta en esos mismos campos donde la gente trabaja para ser mejor, mientras lidia con los escenarios más violentos de su historia. Por eso, algunos son capaces de sitiar pueblos para decapitar personas y jugar fútbol con sus cabezas; por eso, otros arrojan cilindros bomba a las escuelas, y por eso, también, hay quienes son capaces de disfrazar a un puñado de jovencitos inocentes para ejecutarlos como si fueran bajas en combate. Muchos son capaces de la maldad más ignominiosa, porque vivieron en carne propia esa misma maldad que, como Dios, parece haber estado presente desde siempre, sin un inicio identificable y sin un final que se avizore en el horizonte. Son victimarios porque fueron víctimas, y esa dicotomía es parte de su naturaleza.

Como tantos colombianos, y a su manera completamente injustificable y ruin, la Bestia nació del dolor de la violencia. El niño que intentaba salir adelante se convirtió en un joven marcado por el odio por la vida; un adolescente que dejó de relacionarse socialmente, que se refugió en el licor y comenzó a fraguar maneras de transmitir el odio que había sido sembrado en su corazón. Por eso, poco después de cumplir la mayoría de edad, y mientras estaba en Buga, Valle del Cauca, decidió resignificar su condición de víctima para convertirse en un victimario. Quería liberarse de aquellas imágenes en las que su cuerpo había sido vulnerado. Necesitaba transmitir ese dolor y su mente podrida lo impulsaba a hacerlo de la peor forma posible.

Fue en ese momento en el que, por primera vez —que se sepa—, agredió sexualmente a un menor, abordándolo en la calle y manipulándolo como lo haría más adelante con otros cientos, llevándolo a un lugar apartado y atacándolo sin misericordia. Pero era un joven sin experiencia; por mucho que había fantaseado con el momento, en realidad no lo había preparado. Tampoco había contado con la reacción de la víctima, por lo que no supo cómo actuar frente al llanto y los gritos que finalmente terminaron por delatarlo. En pocos minutos fue capturado por la misma comunidad. Algunos intentaron lincharlo, pero las autoridades lo impidieron, salvando su vida y condenando, sin saberlo, la de más de ciento setenta niños que sucumbirían en los próximos años.

INCUBANDO EL MAL

Por su primer ataque sexual, Garavito no recibió una condena puntual. Bastó con pasar algunos malos días en la cárcel de Buga para recobrar su libertad, luego de unas jornadas de reflexión solitaria en su celda que lo llevaron a convencerse de algo: aquellos pocos minutos en los que pudo aprovecharse del niño habían sido los momentos más placenteros de su vida. En el tedio del encierro, los recuerdos se fueron convirtiendo en fijaciones, y el deseo comenzó a despertar episodios de ansiedad desaforada.

Fuera de la prisión, Luis Alfredo consiguió otro tipo de libertad cuando llegó a casa y su padre lo echó tras enterarse de lo que su hijo había hecho. Esto, por duro que parezca, le brindó a Garavito el don de la emancipación solitaria. Desde ese momento, dejó de rendirle cuentas a alguien, dejó de hacer caso y se entregó por completo a la maraña de su cabeza. Entonces, comenzó una itinerancia que lo acompañaría hasta el momento de su captura. Vivió en varios lugares del país, logrando establecerse de forma provisional en el Eje Cafetero, donde tuvo una cantidad innumerable de trabajos variados que iban desde ayudante en un supermercado hasta vendedor de helados. Todas estas ocupaciones le servían para sobrevivir, y aunque nunca pudo mantenerse de forma estable en ninguna de ellas, debido a su comportamiento violento e irresponsable, siempre tuvo la habilidad para conseguir nuevos trabajos que le permitían moverse de pueblo en pueblo.

De cualquier manera, mientras la vida del psicópata se desarrollaba de forma convulsa, aunque constante, su mente se acercaba cada vez más a un abismo del que no habría retorno. Las imágenes de dolor de su infancia habían sido reemplazadas por los recuerdos de placer en Buga. Ya no era aquel niño desprotegido; había logrado desprenderse de su rol de víctima y se sentía mucho más cómodo como el depredador implacable que todavía no era, pero que anhelaba ser mientras atendía sus responsabilidades laborales.

Colombia, a su vez, también se adentraba en uno de los remolinos más trémulos de toda su historia: la década de los ochenta, donde las guerrillas, los grupos paramilitares y los carteles del narcotráfico unieron sus esfuerzos para llevarnos a nuevos estadios de dolor y de miseria. Por un lado, el M-19, una implacable guerrilla urbana, adelantó golpes que conmocionaron al país, como la toma de la embajada de República Dominicana, la batalla de Yarumales y, por supuesto, la toma del Palacio de Justicia, en la que, frente a los ojos de todo un país, los subversivos atacaron a sangre y fuego una de las instituciones más importantes de Colombia, en un operativo que dejó como saldo casi noventa muertos y decenas de desaparecidos, luego de que el Ejército interviniera de forma igualmente violenta, sin consideración de los rehenes. Por otro lado, las Farc adelantaron la masacre de Tacueyó, donde murieron ciento sesenta y cuatro personas, mientras se expandían en varios frentes que la consolidarían como la guerrilla más poderosa en Colombia. Asimismo, los grupos paramilitares, con el beneplácito del Estado, también se expandieron y comenzaron a perpetrar innumerables masacres y asesinatos selectivos. Pero el tipo de violencia que más azotó al país durante esta década fue la ejecutada por los grandes narcotraficantes, encabezados principalmente por Pablo Escobar, quien puso de rodillas a la opinión pública con sus atentados, sus magnicidios y su violencia estrafalaria, que hacía que todos los ojos estuvieran sobre él.

Pensemos en un contexto de país fallido en el que un Estado plagado de coyunturas y de corrupción debe centrarse en librar una guerra en múltiples frentes. Pensemos en un puñado de políticos incompetentes, aterrados de tener que enfrentar a algunos de los peores criminales del mundo, mientras sus equipos de trabajo —y en ocasiones ellos mismos— buscaban la forma de pactar alianzas secretas para sacar rédito personal de la tragedia nacional. Pensemos en que, con tanta violencia, gasto militar y dolorosos acontecimientos históricos, aunados a una tradición de abandono estatal y de una nula implementación de políticas de bienestar social, los colombianos estaban completamente abandonados.

Dicho todo esto, pensemos ahora en un hombre solitario que se disfrazaba para eludir a las autoridades. Un vendedor de helados que abordaba niños pobres para llevárselos a algún cultivo solitario, donde los violaba de forma cada vez más violenta. Pensemos en ese espectro oscuro que se supo mimetizar entre la violencia de un país sometido. Pensemos en Luis Alfredo Garavito como un beneficiario de esa violencia, porque durante esta misma década, la Bestia aprovechó el caos que imperaba para desarrollar más a fondo sus fijaciones y sus deseos más oscuros. Por eso, en esos mismos años, pudo experimentar con jovencitos pobres que le sirvieron como conejillos de Indias. En esta etapa de su vida, nos encontramos con un hombre que, después de aguantar algún par de años, y de intentar recomponer sus adicciones yendo a la iglesia o inscribiéndose a Alcohólicos Anónimos, en realidad no hacía más que sucumbir ante sus deseos más oscuros, pasando de tocar a algún menor de edad de forma indebida durante los primeros años de la década a torturar y violar infantes, mordiéndoles el pecho y los genitales, y cortando sus nalgas y piernas con cuchillas de afeitar.

Y por supuesto que los niños gritaban, por supuesto que los niños lloraban, pero nadie escuchaba porque los cilindros bomba de la guerrilla sonaban más duro, y el llanto de las viudas de los asesinados por el cartel de Medellín hacía mucho más eco en la opinión pública que lo que hubiera podido pasar con cualquier niño andrajoso de una población rural del país. Aquellos más de doscientos niños que Luis Alfredo Garavito violó y torturó durante la década de los ochenta fueron completamente invisibles. Pasaron desapercibidos entre tanto dolor y hoy hacen parte de una lista que no reivindica de ninguna manera su sufrimiento.

Lo peor de todo es que esta década sirvió como un nido donde la Bestia pudo incubar el mal que le habitaba. A medida que iba escalando los niveles de violencia con la que atacaba a los niños, podía entender las necesidades y los impulsos que lo llevaban a cometer cada uno de aquellos actos. Con cada abuso, comprendía cuáles eran sus preferencias y atendía las maneras más agresivas de mitigar su ansiedad con sangre y sufrimiento. Entendió que le gustaban los niños de entre diez y doce años, preferiblemente rubios. Pagó servicios sexuales de menores para darse cuenta de que no disfrutaba del consenso y supo que el pináculo de su placer estaba en el dolor de sus víctimas. Por eso, aunque violar niños lo mantenía cuerdo, se convenció de que el único camino efectivo para la satisfacción total de sus necesidades estaba en la muerte.

EL DEPREDADOR

El 12 de octubre de 1992 fue el día elegido. Esa mañana, Garavito se levantó más cándido que de costumbre. La larga espera había terminado. Por eso, cuando se duchó, lo hizo tarareando una de sus canciones favoritas, una norteña mexicana. Apenas amanecía en Jamundí y tenía que aprovechar el día. Se dedicaba a vender ambientadores en la calle y no podía dejar pasar el inicio de la jornada, que era donde más transeúntes había para embaucar. Además, ese momento también coincidía con la entrada de los niños a la escuela, por lo que se permitía fantasear un poco en medio de su trabajo. Pero aquella mañana no necesitaba fantasear, aquel Día de la Raza iba a ser distinto. Iba a ser memorable. Ya tenía elegida a su presa. Tenía nueve años, era rubio, de ojos almíbar y una piel suave, con algunas pequitas que lo pusieron en la mira del depredador de Génova. Aquel niño, que se llamaba Juan Carlos, deambulaba entre las calles de la misma manera en que muchas veces lo hizo el mismo Luis Alfredo. No asistía a la escuela, por lo menos de forma periódica, y pasaba sus días vagabundeando por la plaza principal del pueblo, donde rebuscaba algunos pesos para sortear el hambre. Allí mismo lo vio Garavito. Allí mismo decidió su destino mezquino. Por eso, cuando el reloj recién pasaba las diez de la mañana, Luis Alfredo se dirigió a la cacería. Sus jornadas previas de acecho le permitieron confirmar su camino. Los días de planeación le hicieron estar seguro de lo que quería. Sus fantasías habían configurado imaginarios que pronto serían realidad. Por eso, cuando salió de casa lo hizo con ropa de cambio en su maleta y, antes de llegar a la plaza, paró en una ferretería y compró un par de velas, varios metros de cuerda y un cuchillo. En su última parada, compró media botella de aguardiente en una cantina. Luego, llegó al centro de Jamundí, donde lo vio tal cual lo esperaba. Inocente, desapercibido y vulnerable. Era todo lo que había soñado, todo lo que ansiaba.

El abordaje fue fácil. Bastó con ofrecerle una cantidad de dinero irrisoria a cambio de un trabajo sencillo para que aceptara emocionado. Luis Alfredo le indicó que debían transportar un ganado a las afueras de Jamundí y el niño no dudó en emprender la ruta hacia el campo inhóspito y poco habitado. Juntos avanzaron por las calles sin que nadie reparara en ellos; al cabo de unos minutos, las casas fueron reemplazadas por potreros y las vías de concreto comenzaron a desdibujarse entre las piedras y la gravilla. Cuando el sol de mediodía se aproximaba, el hombre y el niño se adentraron en los terrenos más inhabitados del campo. Luego de atravesar fincas y caminos, se encontraron en medio de unos densos matorrales que les brindaban la privacidad que la Bestia precisaba. Entonces, como si el tiempo apremiara, y sin mediar palabra, Garavito se dio un trago de aguardiente y atacó al menor con una violencia desmedida.

Esta vez, la sesión no sería como las anteriores. Esta vez el dolor no era un medio, ni un aderezo, sino que era el objetivo de sus pretensiones. Desde el primer contacto, la monstruosidad fue vertiginosa. Puños, patadas y cachetadas redujeron a Juan Carlos en pocos segundos. Pasó del desconcierto al llanto y luego a los gritos de ayuda que parecían mudos, porque no había nadie para escucharlos. A pesar de haber vivido en la calle, Juan Carlos no sabía que el dolor podía existir a tales niveles. En pocos segundos comenzó a sentir que no podía moverse; que, aunque quería pararse y huir, apenas lograba encoger su cuerpo para protegerse de forma infructuosa. Tenía miedo de abrir los ojos y apretaba los puños como si eso lo salvara del terror absoluto que estaba sintiendo. Por eso, no sintió nada cuando Luis Alfredo lo levantó. No se percató de que le estaba quitando la ropa y solo reaccionó cuando lo sacó de la posición fetal que le brindaba ilusión de seguridad a su subconsciente. El niño volvió a gritar, esta vez de forma desaforada, entendiendo que no le quedaba más que agotar sus últimos esfuerzos para advertir de su agonía a algún testigo inexistente.

Cuando por fin decidió abrir los ojos, se vio colgando de un árbol, mientras al frente vio que aquel hombre convertido en demonio se daba otro trago de aguardiente, para luego sacar un cuchillo de la maleta. Lo siguiente no lo vio, no fue capaz de verlo, pero sintió cómo la piel de sus brazos comenzó a ceder ante una hoja afilada demasiado fría para ser tolerable. Sin entenderlo muy bien, sintió cómo sus tejidos y tendones se rompían, cómo el dolor viajaba por todo su cuerpo y cómo un líquido tibio bajaba por su torso. Luego, el frío de la hoja metálica en los brazos fue reemplazado por un calor insoportable en sus piernas. Garavito lo quemó con unas velas, disfrutando de la manera en que su piel se rostizaba y de cómo el niño pataleaba del desespero.

Golpeado, apuñalado y quemado, Juan Carlos sintió algo diferente. Algo más violento que todo lo que había sentido hasta ese momento. Algo que lo llevó prácticamente a dejar de sentir, a dejar de vivir, aunque siguiera respirando. A que su propia cabeza lo despegara del plano terrenal para que no tuviera que tolerar más dolor. Los gritos se volvieron mudos, el sudor ajeno humedeció la sangre seca y las uñas de sus dedos se clavaron en las palmas de sus manos cerradas.

Luis Alfredo Garavito volvió a tomar el cuchillo y, de un tajo, lo pasó por la garganta del niño. Juan Carlos fue el primero, y, como pasa con un adicto cuando prueba una droga nueva mucho más poderosa, la Bestia se desató por completo. Tan solo una semana después volvería a matar y la espiral de sangre se desataría a la sombra de un derramamiento mucho más masivo y espectacular: la fase final de la guerra contra el cartel de Medellín.

Durante sus primeros momentos, Garavito adoptó rápidamente la costumbre de la itinerancia, desplazándose de forma constante después de cada asesinato, cambiando de vivienda, de aspecto físico y de ocupación a medida que continuaba escalando la pirámide de la infamia con cada vida que se cobraba. Asimismo, el asesino también continuó experimentando con sus víctimas, implementando nuevas formas de tortura y afianzándose en aquello que le resultaba más placentero.

No fue sino hasta más de un año después, a finales de 1993, cuando por primera vez un crimen de Garavito llamaría la atención de la prensa y de las autoridades. Ocurrió en la ciudad de Pereira. El cadáver de un niño apareció lleno de heridas de arma blanca en varias partes del cuerpo, pero lo que causó la indignación regional fue que había sido encontrado con los genitales mutilados, una práctica que el asesino había comenzado a implementar poco después de su bautizo de sangre.

Por aquella misma época, la fuerza pública de Colombia, en alianza con el grupo paramilitar de los Pepes, habían cerrado el cerco sobre Pablo Escobar, al punto de tenerlo arrinconado en el último de sus escondites, por lo que la investigación sobre la muerte de un niño no era algo que estuviera en las prioridades de los entes correspondientes, que ansiaban ocupar la portada de todos los diarios cuando abatieran al Patrón.

Sin embargo, Garavito disfrutó genuinamente de encontrar el resultado de sus actos en la prensa, y lejos de sentirse asustado por la atención, se motivó a seguir matando y a seguir satisfaciendo sus necesidades de muerte y de dolor. Se animó, entonces, a trasladarse a la ciudad de Bogotá y a sus municipios aledaños, donde estandarizó su rutina de muerte, esta vez en una zona urbana, pero también en los sectores olvidados que fueron testigos silenciosos de cómo el asesino llegó a acostumbrarse a matar una vez por semana, sin que nadie reparara en su existencia.

Hacia 1994, Garavito ya tenía en su historial el asesinato de más de ochenta niños en diferentes departamentos y municipios del país, sobre los cuales no había más que un rastro de investigaciones inconclusas e inconexas que se habían diluido en la costumbre de la maldad y no permitían ver la existencia de un asesino serial. No obstante, y a pesar de que no lo buscaban, Luis Alfredo fue capturado a mediados de año, luego de que unos agentes de policía lo vieran abordando a un niño en Corinto, Cauca. Aunque le encontraron las herramientas de tortura en el maletín, los uniformados no hallaron mayor prueba para incriminarlo y jamás imaginaron que estuvieran frente a uno de los peores depredadores de la historia, por lo que optaron por liberarlo bajo amenaza. Esto lo llevó a cuidar de su identidad, disfrazándose de sacerdote o de limosnero durante sus viajes, aunque estas precauciones se difuminarían en el tiempo y Garavito volvería a sentirse confiado en su impunidad.

Dos años después, en Tunja, y luego de asesinar a Ronald Quintero Delgado —en el que se considera uno de los crímenes más brutales de su expediente—, Garavito sufrió un impase cuando la madre de la víctima logró identificarlo, lo que ocasionó que por primera vez su nombre figurara en una investigación oficial. Este hecho fue el que causó que comenzara a llamarse Bonifacio, una de las muchas estrategias que utilizó para tratar de evadir a las autoridades, las cuales, por fin, y luego de un camino de sangre eterno, prestaron atención al caso después de que en Pereira fueran encontrados más de veinte cadáveres de niños en un hecho tan aberrante que logró indignar al país.

Desde entonces, la carrera criminal de Luis Alfredo adoptó un rumbo aún más vertiginoso. Los demonios que lo habitaban lo volvieron cada vez más propenso a lo impulsivo. Aunque las autoridades no estaban precisamente tras sus talones, al ver su nombre en todos los medios de comunicación se sintió aterrado por la posibilidad de su captura, lo que lo llevó a aumentar su itinerancia, llegando incluso a vivir algunas semanas en Ecuador, donde cometió varios crímenes comprobados. Por mucho miedo que sintiera, Garavito no dejaba de matar. Aprovechaba cada nuevo lugar que visitaba para identificar, cazar y asesinar a una víctima nueva. Cuando satisfacía sus impulsos, se detenía a pensar en la necesidad de poner un alto, de cuidar su propia integridad, pero pasados unos pocos días, era dominado por el impulso siniestro que cada vez era más insaciable. Esta fue la razón por la que no pudo radicarse en Ecuador, porque, aunque el país vecino tuviera sus problemas, no estaba tan habituado a la muerte como Colombia. Sin duda, el hallazgo de un cadáver destruido allí llamaría mucho más la atención que una veintena de asesinados en su país, lo que lo motivó a volver, continuando su periplo de muerte desde el sur del país hasta los Llanos Orientales, donde terminaría por ser capturado luego de que su modus operandi venido a menos demostrara que ya no reparaba en cuidar su propia impunidad.

UN CÍRCULO SIN FINAL

Luis Alfredo Garavito se hizo parte de la memoria colectiva de su país. Cuando hablamos de Colombia, por más de que en la mente se intenten dibujar cultivos de café, futbolistas bailando o músicos triunfando en el exterior, la verdad es que las imágenes dolorosas son las que terminan prevaleciendo en el lienzo del alma. Un collage compuesto por bodegones de cocaína, paisajes de pueblos asediados y retratos de políticos corruptos se exhibe con vergüenza en las vitrinas de la memoria. Allí, dentro de la maraña de imágenes dolorosas incrustadas en el corazón, se pueden ver los rasgos de un hombre flaco, con pelo desaliñado, un bigote y un lunar al borde de su ojo izquierdo. Junto a esa imagen también reposa la de un señor entrado en años, tras las rejas, vestido con un uniforme color caqui, sin bigote, con mucho menos pelo y unas gafas de aumento empañadas por el calor. Ese hombre no llora como el del bigote, sino que habla de reconciliación y de reivindicación. Pero la mirada turbia detrás del lunar no miente.

Al final de la exposición artística se vislumbra a otro hombre; es el mismo, aunque diferente. Viste igual que el anterior y trata de hablar de la misma manera, pero la agonía lo ha consumido por completo. Ya no se ve tan seguro de sí mismo y sus huesos demacrados se asoman debajo de su piel vieja y reseca. Su mirada está incompleta, ha sido devorada por aquel lunar que siempre lo acompañó y que ahora ocupa una gran porción de su cara. Aquella masa oscura que, probablemente, comenzó a crecer desde el momento en que sus demonios internos dejaron de ser alimentados con la vida de tantos inocentes. Aquel ya no es un hombre. Aquel es un monstruo deforme que yace sobre una bandeja metálica tan fría como su cuerpo sin vida.

Como Garavito, el conflicto armado colombiano ha cambiado. Se vio impactado por el paso de los años. Supo brillar de forma siniestra durante su auge, y se adaptó a los cambios de los tiempos sin dejar nunca su naturaleza destructiva y dolorosa. Los lunares crecen en todos los rincones de Colombia, consumen todo a su paso y se apoderan de lo que no les pertenece, como si hubieran sido creados con la misión de recordarle a la gente lo poco que puede valer, a pesar de lo mucho que vale. El conflicto colombiano es diferente, aunque es el mismo. Si bien los grupos armados ya no se pavonean de la misma manera en que lo hacían en los años ochenta y noventa —aunque sí lo están volviendo a hacer—, todavía ocurren masacres diarias y asesinatos selectivos que se convierten en frías cifras que jamás hacen honor al dolor que comunican. Si bien los grandes capos de la droga ya no protagonizan los titulares de prensa y los partidos benéficos de fútbol profesional, siguen existiendo de forma mucho más camaleónica y aceptada por la sociedad, impregnando con sus tentáculos prácticamente todos los aspectos de la cotidianidad tricolor.

Incluso desde la tumba, tanto Luis Alfredo Garavito como el conflicto armado se han transformado, aunque siguen conteniendo el odio, el dolor y la violencia que los ha caracterizado. Ambos comparten un lugar honroso en aquella obra que la memoria colectiva pinta cada vez que se pregunta de dónde vienen los colombianos. ¿Y cómo no lo iban a compartir, si están intrínsecamente conectados? Garavito no hubiera sido Garavito, de no ser por el beneplácito que le otorgó el constante derramamiento de sangre en un país acostumbrado a la muerte. Si Luis Alfredo hubiera nacido en Suiza, probablemente no habría superado los diez asesinatos. Pero nació en Colombia, y estuvo destinado a que el país fallara y le permitiera convertirse en el asesino serial más prolífico de la historia contemporánea de la humanidad.

Y él, como el conflicto, pertenece a los colombianos.

Porque todavía siguen fallando.