0.

16.03.20

Muchas veces me han preguntado qué es escribir y, sobre todo, por qué lo hago. Generalmente resuelvo el asunto con alguna respuesta aproximativa del tipo «porque me gusta leer» o con frases leídas en alguna parte: «Porque sería mucho peor si no lo hiciera». Quienes nos dedicamos a esto sabemos que escribir es la mejor manera de pensar. Lo que se escribe es siempre real y por supuesto verdadero ya que adquiere una forma y en ocasiones un soplo vital, a diferencia de lo «no escrito», que equivale al extenso e infinito universo de lo «no pensado», de aquello apenas sugerido o que no existe ni tiene espacio en mente alguna.

De cualquier modo, la mejor respuesta la dio hace muchos años Marguerite Duras: «Escribo para saber lo que escribiría si escribiera».

Así es, pero son tiempos extraños y escribir al filo de los días grises es un modo como cualquier otro de mirar el infinito territorio de las nubes. ¿Qué escribiría yo si escribiera sobre todo esto?

1.

18.03.20

«Leer es resistir», dice una conocida frase de combate de mi compañero Mario Mendoza, consigna que por estos días de coronavirus adquiere nuevos y profundos significados: leer para comprender mejor la vida, leer para darle un sentido al encierro y a la soledad, leer para sacar la cabeza más allá del propio tiempo y ver lo que le pasa a este frágil planeta desde una perspectiva más amplia, leer para ser conscientes de que la vida acaba en la muerte, inexorablemente. En fin, leer también para intentar comprender un poco más al otro.

Pero escuchen un momento esta historia: una mañana, al salir de su apartamento en la ciudad de Orán, el doctor Bernard Rieux encuentra el cuerpo de una rata muerta en el vestíbulo. Lo comenta con el portero, quien de inmediato piensa que alguien debió traerla de afuera. Unos días después, miles de ratas salen a morir a las calles y los servicios de limpieza se ven obligados a recogerlas en cajas e incinerarlas, operación que repiten varias veces al día. Pronto el portero enferma y el doctor Rieux se ocupa de él. Tiene fiebre alta y unos dolorosos ganglios en el cuello que cada vez son más grandes y oscuros. Al día siguiente muere, y otras personas comienzan a enfermarse y a morir, hasta que la ciudad de Orán comprende que se trata de una mortífera epidemia.

Es el principio de La peste, de Albert Camus, la crónica de una terrible epidemia en Orán, en 1947, cuyo resultado fueron decenas de miles de muertos que muestran, poco a poco, cómo el sentido de la existencia es dominado por un increíble azar. En este libro, Camus parece decirnos que los seres humanos estamos solos en el mundo. No podemos modificar el destino cuando la Naturaleza nos domina, pues es más fuerte. Los dioses se han ido y el hombre, entregado al vaivén y al capricho de la vida, se tiene sólo a sí mismo. Unos mueren y otros se salvan. No hay reglas. Lo único que puede salvar a ese pequeño hombre del gran absurdo de su existencia es la solidaridad. Creer los unos en los otros. Unirse para contener y rechazar la desgracia. Un positivo humanismo surgido no de la lectura ni del intelecto, sino de la pulsión defensiva de la vida. Porque una vida puede contener a todas las vidas y por eso defender al hombre concreto es defender al género humano. Es el hombre que se levanta y dice «no», el gran tema de otro de sus libros, El hombre rebelde. Es el gran héroe de Camus: el que dice «no» cuando todos están ya entregados. Es la negación a aceptar un destino la que da sentido a su existencia.

La obra complementaria, por supuesto, es el Decamerón, de Boccaccio, con la peste que asoló la ciudad de Florencia en 1349. Diez personas, siete mujeres y tres hombres, deciden salir de la ciudad y encerrarse en una villa para escapar de la terrible epidemia. ¿Y cuál es su única defensa? La palabra, el verbo que celebra la vida. Ante la proximidad de la muerte cada uno cuenta una historia sexual, erótica, desobediente y pícara. Hay buen humor y todos se ríen, porque afuera los cerca la tristeza, la crueldad, el desgarro. Se entregan al placer, porque afuera está el dolor. Eros desafía a Tánatos. Como Sherezade, ellos sienten que las historias que cuentan, las palabras que usan para narrar, son la misma vida que intentan proteger y que celebran. Porque la muerte acecha desde la oscuridad. No sabemos en dónde se aloja, ni por qué viene. Es como un insecto invisible, como la fiera que me sigue por el campo sin que yo la vea. El hombre está ciego ante la peste (lo desconocido, lo que viene a destruirnos). Lo ignora todo y su muerte es parte de ese «no saber».

2.

19.03.20

Ahora debo confesarles algo: esto que la epidemia impone a la sociedad se parece mucho a la vida de un escritor: trabajar en la casa, salir poco, leer mucho, estar solo. Por eso, en algunas épocas, el ejercicio de la literatura se ha visto como una actividad socialmente agresiva. Hoy el mundo comprenderá un poco más a estos seres solitarios que, de vez en cuando, salen de sus guaridas y, por eso mismo, son un poco torpes o desadaptados.

Supongo que la mayoría de la gente pasará las horas de encierro en las redes sociales hasta hacer sangrar sus dedos con chats y mensajerías, o acosando su identidad e imponiéndosela a los demás a punta de selfis que les permitan compartir el asombroso misterio (o glamur) de sus vidas. Y una parte, claro, buscará refugio en los libros. Esto puede ser interesante. He visto en Twitter que se multiplican las cadenas de recomendaciones. De algún modo yo mismo lo estoy haciendo aquí al hablarles de La peste y el Decamerón, las obras más conocidas de la «distopía pandémica». También Daniel Defoe habló sobre el tema en Diario del año de la peste y Alessandro Manzoni en Historia de la columna infame. Existen incluso dos versiones colombianas del Decamerón: Fragmentos de amor furtivo, de Héctor Abad Faciolince, y, pidiendo excusas al respetable, mi propia novela Necrópolis. Ambas hijas de la obra de Boccaccio.

Otros lectores, un poco agobiados por el bombardeo cotidiano de noticias alarmantes, prefieren libros de otros temas. A una amiga muy querida, por ejemplo, le recomendé El cuarteto de Alejandría, una historia múltiple que empieza con la enigmática Justine, mujer casada con un magnate egipcio, pero que decide hacerse amante de un escritor pobre. Es una de las novelas de mi vida. O lo que ando releyendo desaforado por estos días: El conde de Montecristo. ¡Qué escritor, Dumas! ¡Y qué novela! Precursora de las series de Netflix, pues fue publicada en dieciocho entregas. Gracias a ella, en estos días terribles, mientras el contagio progresaba en silencio por el país, yo estaba muy lejos, con Edmundo Dantès, detenido en la cárcel del castillo de If, frente a las costas de Marsella, charlando con el abate Faria y luego huyendo en la bolsa de un muerto, lanzado por los carceleros a las aguas del Mediterráneo. Porque leer será siempre una de las formas de la libertad.

3.

21.03.20

Mi amigo Gustavo Chirolla, filósofo, me envía la siguiente cita sobre la influencia de los virus en las guerras de la Conquista:

«Las enfermedades epidémicas —viruela, sarampión, difteria, tifus y otras— produjeron efectos que no dependieron solamente de la existencia, o de la ausencia, en las poblaciones afectadas, de la inmunidad adquirida. Es decir, no entraron únicamente factores biológicos para determinar la gravedad de las epidemias, sino también factores que podemos llamar genéricamente de naturaleza social, porque estaban determinados por acciones y comportamientos que ralentizaron o aceleraron el curso de la infección».

Massimo Livi Bacci, Los estragos de la Conquista. Quebranto y declive de los indios de América.

4.

22.03.20

Se acabaron los viajes y, paradójicamente, desaparecieron las fronteras en el momento justo en que todas se cierran, amenazantes, para proteger a la población. La idea es vivir dentro de una fortaleza para que el enemigo exterior, la plaga, no logre entrar a nuestros predios, y si lo hace procurar aislarlo hasta que muera. Las fronteras mentales e históricas, las que cruzamos con el pensamiento o el miedo, dejaron de existir. El virus avanza sin contención y llega a todos los rincones de este frágil planeta y por primera vez en siglos (en los siglos de mi memoria) toda la humanidad está combatiendo, al tiempo, el mismo problema. Una especie de aldea global sanitaria. Los países, los continentes, son hoy los gigantescos pabellones de ese inmenso hospital de campo que es el planeta y, a su vez, la población del mundo empieza a llamarse por su condición sanitaria: sano, infectado, portador, positivo o negativo, curado, asintomático, muerto.

El baile de las cifras es el nuevo indicador global. ¿Cuántas muertes van en Italia? ¿Ya empezó América Latina? ¿Por qué sube tan rápido en España? ¿Por qué tan pocos decesos en Alemania? ¿India está haciendo pruebas? Los héroes de este nuevo planeta son los países curados, las naciones que aplanaron la curva y la hicieron descender, y se transformaron en modelos para el resto de la humanidad. Son los nuevos buenos de la moral policlínica universal. «Lo que pasa es que los coreanos del sur y los chinos están más acostumbrados a la vigilancia policial digital que los europeos, y eso los salvó», nos dice Byung-Chul Han, filósofo surcoreano, profesor en Alemania. Y así es la cosa. La salvación de hoy está en el big data, en las cámaras de seguridad con control térmico que permite a las autoridades sanitarias (los nuevos jerarcas del mundo-hospital) detectar mi enfermedad antes de que yo mismo sea consciente, mientras camino por la calle, y por eso es muy posible que en una esquina de Ciudad Presidio una patrulla-ambulancia me detenga y me lleve a la fuerza con los demás infectados, mientras que yo, como Joseph K, pregunto de qué soy culpable y me toco la frente con el dorso de la mano. Luego, esas autoridades sanitarias me obligarán a permanecer en un cubículo para romper la cadena de contagio.

Del mismo modo que un médico se convierte en la primera autoridad de un avión, por encima del capitán, cuando algún pasajero sufre un trastorno, y está habilitado para ordenar que la aeronave aterrice en el aeropuerto más cercano si así lo considera, las autoridades de hoy, poco a poco, están siendo reemplazadas por los epidemiólogos; ellos determinarán el futuro de la humanidad de acuerdo a los resultados obtenidos sobre el terreno y en laboratorio. La contención de la pandemia no sólo es la nueva moral. Es la nueva política.

5.

23.03.20

Mi casa, como todas las casas del mundo, tiene una estrategia para resistir el encierro. Somos tres habitantes y tenemos la suerte de disponer de trescientos metros cuadrados, lo que incluye una amplia terraza que da a los jardines y al bosque de un museo, repleto de pájaros de muchos tipos, iguanas y a veces garzas, y al río, con su bonita arboleda.

Sé que soy un privilegiado en un país como Colombia, pero al menos puedo decir que lo que tengo es el producto de mi trabajo de escritor y periodista, y del trabajo de mi esposa.

Vivimos en un apartamento grande y eso facilita el encierro.

En Europa las casas son pequeñas, pero la ciudad completa los metros cuadrados que hacen falta. Se dispone de parques, avenidas, bulevares. El urbanismo, en Europa, invita a salir a las terrazas de los cafés y así la casa se extiende hacia la ciudad. Pero al no poder salir, las casas se vuelven asfixiantes. Cuando vivíamos en Roma, nuestro apartamento tenía noventa y cinco metros y éramos cuatro (incluida Binita, la nodriza india de Alejandro). En los días duros del invierno, cuando llovía y caía nieve, la sensación de ahogo estaba ahí. Pero en Roma esto sucede muy pocos días del año, así que uno puede disfrutar de la ciudad a su antojo.

En Colombia las casas y apartamentos son más grandes, pero el aporte de la ciudad al espacio personal es limitado. Las ciudades tienen parques y jardines, pero hay demasiada sensación de inseguridad. Merodean personas que viven del rebusque; pequeños atracadores y expendedores de droga están al acecho. Los habitantes de la calle duermen en los prados. Como su comida proviene de las bolsas de basura y deben buscarla revolcando el contenido, todo queda regado en el pasto y se pudre. Es difícil encontrar un parque que esté realmente en condiciones como para estar tranquilo (sin que tenga vigilancia armada).

Es la dura realidad. Somos uno de los países más desiguales del planeta.

En mi casa, decía, hay una estrategia para el encierro. Analía propuso que cocináramos una sola vez al día algo bueno y suculento, y que fuéramos turnando el menú de acuerdo a los países en los que hemos vivido o estado muchas veces: Italia, Francia, India, España, México… También nos invitó a hacer una cena elegante, el viernes en la noche, para la cual debemos vestirnos.

Alejandro, nuestro hijo, tiene clases virtuales y tareas que los profesores le envían por internet. Dentro de la casa hay un recorrido de corredores en forma de cuadrilátero: pasa al frente de la sala y va hacia las alcobas, allá se atraviesa una especie de vestíbulo y se entra a otro corredor que lleva al estudio de Analía. Superado eso se llega al patio de ropas y luego a la cocina, y de ahí al comedor y nuevamente a la sala. Caminando por esa ruta, treinta minutos a buen paso equivalen a un kilómetro.

La caminata del preso.

Mientras hacemos los menús de la semana veo con dolor que la comunidad de venezolanos de Bogotá está en huelga en la Plaza de Bolívar. Al no haber gente en la calle no pueden pedir limosna y se están muriendo de hambre. Ya saquearon un supermercado y fueron reprimidos por la policía. Es una situación que debe corregirse. Qué dolor tan grande.

El noticiero trae aún más tragedias: venezolanos y vendedores informales están amotinados en Bogotá, Soacha, Cali… Si no se toman medidas excepcionales va a haber un estallido social violento en menos de quince días. Millones de personas que viven de lo que ganan al día se están muriendo de hambre. Ellas y sus hijos. Y obviamente antes de eso van a irrumpir en supermercados, tiendas y bancos. Habrá saqueos y el ejército tendrá que disparar contra la población. Puede que haya más muertos por esta represión que por la pandemia.

El coronavirus, en América Latina, augura estallidos sociales, pues el modo de combatir la pandemia, pidiendo a la población que no salga a la calle, condena al hambre a todos aquellos que se ganan el sustento en la calle. Desde los vendedores ambulantes hasta los que piden limosna. Incluso a los atracadores, carteristas, ladrones de celulares. ¿Qué pasará en Brasil?, ¿en México?, ¿en Ecuador y Perú? Y sobre todo, ¿qué pasará en Venezuela, que ya estaba al borde del colapso social? Es terrorífico el avance. Chile ya tiene hoy casi mil contagios. Colombia va en 378 contagiados y tres fallecidos.

¿Cómo estarán haciendo los narcotraficantes? ¿Serán sus rutas tan seguras como para que el coronavirus no los ponga en evidencia? Misterio. ¿Y los contrabandistas de alcohol, de cigarrillos? Las prostitutas están en bancarrota. Y los moteles. Los amantes, replegados en sus casas familiares, al lado de maridos y esposas (a quienes algunos no quieren, incluso odian), ya no podrán verse por un tiempo largo, así que los moteles van a verse en problemas y sus empleados serán víctimas del despido, eso seguro. También se verán afectados los servicios sexuales a domicilio, pues ¿quién se atreverá a hacer entrar a una persona que viene de la calle, y quién sabe de dónde, en tiempos de pandemia? Para muchos matrimonios que ya no son activos sexualmente, y para personas solas, la cuarentena es también sexual.

Autoerotismo, sueños, anhelos.

Así es la vida para muchos, incluso sin el coronavirus.

6.

24.03.20

Desde mi ventana, en el jardín del Museo La Tertulia, veo que las fuentes están encendidas. De repente llega un grupo de tres personas, gentes sin techo, habitantes de la calle. Se acercan al agua, se quitan camisetas y chanclas, pantalones, y se meten debajo de la fuente. No sé si tienen un jabón, pero veo que se restriegan los brazos, las piernas. En ese afán por estar limpios veo la necesidad de toda una nación mayoritariamente pobre, como es Colombia, por estar sana. Por mantener, en medio de las dificultades, una mínima dignidad. Tal vez lo hagan de forma intuitiva. Un grito ancestral. ¿Habrán visto la publicidad oficial que invita a lavarse las manos cada tres horas y a bañarse a diario? Estos náufragos de la realidad, desde su marginación, nos están mostrando un camino.

Pasan carros, buses, camiones. Motocicletas con dos pasajeros, por lo general parejas. Por el andén veo gente a pie, casi toda con tapabocas. De acuerdo a las instrucciones del Gobierno sólo puede salir quien pertenece a uno de los grupos exentos del aislamiento, es decir personal sanitario, funcionarios de servicio y una persona por familia para hacer compras. Estos que veo no parecen encajar en ninguna de esas categorías. Serán los empleados que deben llegar a sus trabajos porque algún jefe no les dio la opción de trabajar de otro modo.

Quedarse en la casa diecinueve días. ¿Quién puede hacerlo? El aislamiento obligado por la pandemia es también un problema de clase. La burguesía y la aristocracia están ya encerradas haciendo yoga en sus terrazas y comunicándose por FaceTime, aterradas de ver cómo la clase media y media baja (o baja alta) sale a cumplir con sus masacrantes horarios y a buscarse la vida en la intemperie del virus.

La epidemia, la pandemia. La peste.

La ciudad de Damasco fue asolada por la peste en 1348. El viajero de origen beréber Ibn Battuta, nacido en Tánger en 1304, llegó a Damasco poco después de que pasara la epidemia. En su narración nos cuenta cómo se vivió y, sobre todo, cómo los habitantes de la ciudad lograron detenerla:

«Fui testigo, durante la peste que asoló a Damasco al final del mes rabî II del año 49 (la fecha no es exacta), de actos admirables, que testimonian la veneración que tienen los habitantes por esta mezquita. El rey de los emires, teniente de sultán, Arghun Shah, le ordenó a un vocero público que proclamara en toda la ciudad la necesidad de ayunar tres días y la prohibición de cocinar cualquier tipo de plato en el mercado durante el día, ya que la mayor parte de la población se alimentaba de lo que vendían allí. Así que se ayunó durante tres días consecutivos, hasta el jueves. Luego los emires, sheriffs, jueces, juristas y todos los estamentos de la sociedad se reunieron en la mezquita, llenándola, y allí pasaron la noche del jueves al viernes, rezando, invocando a Dios e implorando. Después hicieron el rezo de la aurora y salieron de la ciudad a pie, con copias del Corán en la mano, y los emires lo hicieron con los pies descalzos. Detrás salieron todos los habitantes, hombres y mujeres, niños y adultos. Los judíos con su Biblia y los cristianos con su Evangelio, acompañados de sus esposas e hijos, todos llorando, implorando y suplicándole a Dios en nombre de sus libros sagrados y de sus profetas. Todos fueron a la mezquita de Al-Adqan (que está fuera de los muros) y permanecieron suplicando hasta el mediodía, y luego volvieron a entrar a Damasco para la oración del viernes. Y entonces Dios alivió sus miserias. En Damasco, el número de muertos nunca llegó a los dos mil por día, mientras que en El Cairo y en Egipto llegó a veinticuatro mil».

Ibn Battuta, Viajes y periplos (Voyages et périples, Gallimard, 1995, La Pléiade, en el volumen Voyageurs arabes), 458.

Me dice una pariente, admiradora de Bolsonaro, las siguientes terribles palabras: «Hay que salir y seguir viviendo, no podemos dejar que un país entero quiebre por una gripa. Que se mueran los que tengan que morirse. Yo, por ejemplo, sé que no tengo ninguna posibilidad y tendré que morir junto a otros miles o millones de personas», dice. Va a cumplir ochenta años y piensa en los preparativos de su gran fiesta. Y hace bien. Espero que no tenga que vivir lo que ella misma vaticina. Y espero, eso sí, que la pandemia agarre a Bolsonaro, fascista y racista, que representa todas las taras heredadas del poder y del machismo prehistórico.

«Ey, coronavirus, si puedes escucharme, pégale un buen susto a míster Bolsonaro. Lo mismo que ya hiciste con Boris Johnson. Y si te alcanza para Trump, estaré agradecido y puede incluso que me plantee perdonarte».

Bolsonaro. Un nombre que me es profundamente antipático. Sin embargo, leído al revés contiene dos ciudades: Orán, que es la ciudad de La peste, de Camus, y Oslo, que a mediados del siglo XIV sufrió una epidemia de peste bubónica tan brutal que perdió a la mitad de su población.

Esto puede interpretarse de dos maneras. A la manera bíblica podría decir algo del tipo:

«Cuando llegue al poder de una nación poderosa un hombre cuyo apellido contiene el nombre de dos ciudades asoladas por la peste, entonces la peste volverá al mundo».

O de un modo más moderno y, seguramente, banal:

«Bolsonaro es, en sí mismo, la peste, por eso no le tiene miedo, del mismo modo que no podemos destruir el fuego con más fuego. Está en su propia esencia».

Por lo pronto, en Brasil, está cumpliendo con el papel de mensajero y propagador de la peste.

Veamos ahora el nombre de Trump.

A primera vista no contiene ninguna ciudad, pero, si nos fijamos bien, sí. Contiene el símbolo de una de las más poderosas del planeta: Londres. ¿Cuáles son los más profundos símbolos de esa urbe histórica? ¿Cuál su Coliseo o Torre Eiffel? Yo diría que dos: el Palacio de Buckingham y el Puente de Londres. El primero es para la realeza y el segundo para el pueblo, o sea que el emblema más popular es el segundo. Y es justo ese el que contiene Trump en su apellido, pero no de una manera semántica sino gráfica. Casi podríamos decir: ideogramática. La ilustración del puente contiene dos pilares muy fuertes de cada lado y una línea que va del uno al otro. Ese es el esquema del puente. Y es lo que vemos en el nombre Trump: dos pilares de cada lado, la «TR» y la «MP», consonantes muy fuertes, con las implosivas «T» y «P» en los extremos, y en medio, como una línea en elipse, la vocal «U», que une las dos torres sólidas.

TRuMP.

Es el Puente de Londres. Una ciudad que ya fue asolada por la peste en 1665, por una bacteria llamada Yersinia pestis que se transmitía en las pulgas de las ratas. Murió la quinta parte de la población.

Esto quiere decir que Trump es también un ángel flamígero anunciador y portador de la peste moderna.

7.

25.03.20

Instalamos la aplicación Zoom para hacer videoconferencias familiares, pero mi madre, que tiene muy poca vista por la degeneración macular, no lo logró. Fue una hora por teléfono bastante triste. Ella leyéndome lo que veía en la pantalla con una lupa, yo dándole instrucciones a distancia. A cada paso surgía un obstáculo. Ella lo hacía en un iPad que tiene seguridad para todo. Le aparecían ventanas pidiéndole claves para permitirle avanzar: la Apple ID, la clave Apple, la clave en el iTunes de Apple, cosas que obviamente ella no tiene ni ha instalado nunca. O que no recuerda. Para seguir debía generar un nombre, una clave nueva. A punto estuvo de tirar el dichoso iPad por la ventana.

Es tanta la seguridad que esta se voltea contra el dueño del aparato, sobre todo si es una persona mayor. La tecnología y el negocio de la seguridad parecen desconocer que una parte sustancial de la población ya no tiene veinticinco años. Y digo «negocio de la seguridad» porque lo es. A quien vende seguridad por internet le conviene que haya ciberataques y hackers. Son sus mejores asesores de márketing. Igual que las aseguradoras, que encuentran peligros en cada centímetro de la vida para poder incluirlos en sus pólizas y obtener ganancias.

Trabajar en ciberseguridad consiste en inventar problemas y obstáculos técnicos y, luego, ofrecer la solución a esos problemas. Se parece a lo que Nietzsche decía de la religión: «Es extraordinaria para resolverle al ser humano todos los problemas que ella misma le crea».

8.

26.03.20

Llega un poema desde Ammán.

Juan Vicente Piqueras me envía cada tanto una grabación suya leyendo algo. Es un poeta excelente y gran amigo. Inolvidable nuestro viaje de hace un año al Monte Athos, en Grecia del norte, esa península entregada a la religión ortodoxa. La expedición estuvo conformada por el joven poeta griego Kostas Vrachnos, Juan V. y yo. Héctor Abad, que estaba en la lista, debió cancelar a última hora por problemas de salud de su esposa.

Pasamos tres increíbles días de caminatas y charlas en el Monte Athos, e incluso hubo algo de espiritualidad. Nos alojamos en un monasterio serbio bastante pobre. Llegó una ola de frío y hubo cosas sorprendentes. Cuando nos presentaron a las autoridades religiosas, uno de los popes, de larguísima barba, le dijo a Juan Vicente: «¿Eres español?». El religioso levantó el pulgar, se estiró la cogulla y agregó: «¡Yo soy del Real Madrid!». Fueron días llenos de cosas nuevas para mí. Es un lugar donde no hay mujeres ni hembras de animales: ni vacas, ni perras, ni gallinas. Lo que quiere decir que no hay leche ni huevos. Como si la Naturaleza hubiera sido amputada.

Eso sí, es un paisaje hermoso. Largas caminatas con Kostas por los bosques hasta el mar, pasando por otros monasterios más elegantes y cómodos que el nuestro.

El frío nos impidió ejercer plenamente la espiritualidad.

Y algo más: los ronquidos del poeta Juan Vicente enloquecieron a los dioses. Los ahuyentaron. A pesar de haber ido hasta su más recóndita morada, estuvimos huérfanos de dioses. Al final pensé que Dios había enviado a Juan Vicente con sus ronquidos para poner a prueba la paciencia de los hombres.

Pero hoy Juan Vicente llega con un extraordinario poema, Dieta lingüística.

9.

27.03.20

Es difícil concentrarse en el trabajo. Llevo escritas doscientas páginas de una nueva novela, pero he debido forzarme como nunca para escribir mis tradicionales «cinco páginas diarias». Hasta ahora lo he logrado, pero, ¡a qué costo! A veces, en toda la mañana, no logro escribir más que una, o media. Un par más por la tarde, después del almuerzo. Y por la noche las completo. Es curioso: en estos tiempos de reclusión obligatoria, la noche vuelve a imponerse como mi horario más productivo. Así era en mi juventud, pero desde el nacimiento de mi hijo (hoy tiene trece años) me había acostumbrado a escribir temprano en las mañanas y hasta el mediodía, con la idea de que son las mejores horas, las de más descanso y atención, y por lo tanto debía dedicarlas a lo más importante.

Y así ha sido.

Pero en estas semanas de encierro, siento que el espíritu de ese adolescente vuelve a emerger.

Lo dejaré evolucionar, a ver qué pasa.

Recuerdo algo que escribí hace al menos diez años y que titulé Plegaria del escritor:

Prometo querer narrarlo todo y contra toda esperanza.

Prometo ser sincero en la verdad y en la mentira, y prometo contradecirme.

Prometo no ser tan «versátil» como algunos editores quisieran.

Prometo no ser nunca un escritor sin escritura.

Prometo reescribir, tachar, borrar y maldecir hasta quedar sin aliento.

Prometo todo esto, Señor, en nombre de tantos autores caídos en el campo de batalla de la página en blanco.

Prometo también algo muy sencillo.

Repetir cada mañana esta plegaria:

«Señor, no soy ávido,

sólo te pido quinientas palabras».

En Cali el viento sopla fuerte. Ayer fui al Carulla de Oeste y no tuve ningún problema. Estaba bien surtido y pude comprar de todo. No había filas ni mucha gente. Compré vino. Nero D’Avola y algunos Malbec.

Lecturas de todo tipo, algo desordenadas. Sigo con Dumas, también con Huxley. Anoche me dio curiosidad releer un viejo mito mío: Augusto Monterroso. Saqué Obras completas y otros cuentos y leí «Míster Taylor». Está bien. Noté algo nuevo: un toque estilo Borges en ciertas frases y reflejos, como lo de citar un diccionario o un autor desconocido, o impostar un tono biográfico. Cosas como: «Se sabe que en 1937 salió de Boston…».

Encontré una frase que, por algún extraño eco semántico, me pareció que tenía algo que ver con una parte de esta terrible realidad de hoy:

«Por primera vez en la historia fue reconocida la importancia de los médicos […] que no curaban a nadie. Fallecer se convirtió en ejemplo del más exaltado patriotismo, no sólo en el orden nacional, sino en el más glorioso, en el continental».

10.

28.03.20

Hoy ocurrió algo asombroso. El papa Francisco decidió dar una absolución a la humanidad y al mediodía (hora colombiana) salió por su ventana del Vaticano a oficiar ese rito. La plaza, delante de él, estaba vacía. No había un alma, no había ruidos. Sólo el viento lamiendo las piedras del suelo. En el cielo una nube negra, amenazante. Y el papa solo, como un poeta romántico, ante la adversidad que en este momento se cierne sobre el mundo. Un hombre contra la Naturaleza que decidió golpear a los humanos con este virus. Y el papa con su crucifijo y su traje blanco enfrentándose al vacío. Como si la plaza a esa hora estuviera poblada de demonios (recuerdos de un poema de Ernesto Cardenal).

El virus no es una mente malvada. Su inteligencia no es cerebral (no tiene cerebro), sino molecular. La propagación que despliega es eficiente porque conviene a su desarrollo. Estos virus no tienen un sistema moral, nunca han oído hablar del bien y del mal.

Puedo imaginar que el bien, para el virus, son las células húmedas en las que se puede alojar.

Si existe un mal metafísico en el mundo ya el papa Francisco salió a combatirlo. Sin armas, sólo con su palabra. Una batalla que se dio en el plano de lo simbólico. La imagen de ese hombre en su ventana, solo, delante de una plaza vacía e invocando a un dios que ya no está, será uno de los íconos de esta pandemia.

Siempre he dicho que no creo en Dios, pero sí en el papa Francisco. Es un hombre bueno, ético y político.

11.

29.03.20

Charla telefónica de una hora con Héctor, que espera los resultados de la prueba covid-19 que le hicieron la semana pasada. La máquina que hace el análisis se dañó el pasado viernes, ¡y es la única que hay en Colombia! Por suerte el sábado en la tarde ya estaba arreglada. Él termina hoy su cuarentena, por haber regresado de España hace dos semanas. Se siente bien, me dice.

Hablamos de Cabrera Infante. Tres tristes tigres, Vista del amanecer en el trópico, Así en la paz como en la guerra, Delito por bailar el chachachá, Mapa dibujado por un espía… Qué gran titulador. No sabía que Héctor había hecho su tesis sobre Cabrera Infante. Recordé un congreso en Sevilla, en junio del 2003, en el que Cabrera Infante era «presidente honorario». La editorial Planeta había organizado una increíble reunión de escritores para reflexionar sobre la escritura y cada uno debía leer un texto al respecto que luego se comentaba con los demás colegas, sin público. Las reuniones eran a puerta cerrada y había dos sesiones, una en la mañana y otra en la tarde. De México estaban Jorge Volpi, Nacho Padilla y Cristina Rivera Garza; de Argentina, Fresán y Gonzalo Garcés; de Chile, Roberto Bolaño y, supuestamente, Fuguet, que a última hora decidió no venir (dijo que tenía miedo de encontrarse con Bolaño); estaba el boliviano Edmundo Paz Soldán; de Perú, Fernando Iwasaki e Iván Thays, y de Colombia, Mario Mendoza, Jorge Franco y yo.

Y el gran préside era Cabrera Infante.

Eran épocas en las que las editoriales tenían mucha plata y hacían este tipo de festines. Luego se publicó un libro con todas las ponencias, pero no debió pagar ni el precio de los pasajes. El organizador de todo esto fue el editor de Seix Barral de esa época, un escritor y poeta español llamado Adolfo García Ortega. Él, que tenía grandes ideas, fue claudicando poco a poco y pasó de ser Dr. Jekyll a Hyde en un par de años. Después de haber hecho semejante apuesta con esa reunión de Sevilla en 2003 (un mes antes de la muerte de Bolaño), él mismo se encargó de dirigir una especie de «limpieza étnica» en Seix Barral para acabar con cualquier rastro de autores latinoamericanos, que tenía tantos vínculos con América Latina.

Su sucesora, Elena Ramírez, siguió esa misma línea y convirtió a Seix Barral en una editorial exclusivamente de autores españoles.

Por cierto que García Ortega nos dio a Héctor y a mí, sucesivamente, el día más triste de nuestras vidas de escritores.

A cada uno por separado y en diferentes épocas.

Año 2004. A pesar de estar ya contratada, García Ortega intentó no publicar en España El síndrome de Ulises. Vino a Roma para decirme personalmente que no pensaba cumplir su parte del contrato y que no pagaría, pues era un contrato global que incluía a España, Colombia, México y Argentina. Por fortuna Gabriel Iriarte, director editorial de Planeta Colombia, me defendió y confirmó que él pagaría la totalidad. Si España no quería pagar su parte, dejaría de pagarla a Planeta Colombia, no al autor. Todo se arregló y al final a García Ortega no le quedó más remedio que publicar la novela en España, pero por supuesto saboteó su lanzamiento.

La última vez que vi a Ortega me dijo la siguiente frase: «Es que es más fácil y más barato para una editorial lograr que un tío que vende un millón venda dos millones, a que veinte gilipollas de diez mil vendan cada uno treinta mil, ¿lo comprendes?». Le dije que claro, y que la editorial también podía ahorrarse el sueldo del editor, ya que al autor de un millón nadie tenía que descubrirlo ni promocionarlo.

Salió enfurecido del restaurante.

Un año después la víctima fue Héctor, nada menos que con El olvido que seremos. García Ortega tampoco quería publicarla y la saboteó de lo lindo. Incluso intentó que no le dieran un premio. La última vez que se vieron, le dijo a Héctor: «Me pregunto qué sentido tiene publicar a un autor como tú».

Pero la vida se ríe en silencio.

Se ríe de la arrogancia y de la mala fe.

A veces, no siempre.

Mi novela El síndrome de Ulises, a pesar de que en España pasó desapercibida, fue un éxito muy grande en varios países, y, bueno, El olvido que seremos ni se diga: se convirtió en el libro más vendido y admirado de mi generación en lengua española, con centenares de ediciones.

La risa, la estruendosa carcajada de la vida consistió en que Ortega, cuya vida de editor se extinguió muy pronto, terminó siendo un oráculo al revés: allí donde vaticinó y sembró maldad, retoñaron los lectores.

12.

30.03.20

El Ministerio de Salud publica una circular con consejos y directivas para las relaciones sexuales. Una de las frases más asombrosas es la recomendación de priorizar la masturbación: «Usted es su pareja sexual más segura y esta es una forma de obtener placer sexual que no implica contacto directo con otras personas». Y agrega: «Si utiliza juguetes sexuales, asegúrese de lavarlos con agua y jabón». En el segundo punto se refiere a las relaciones sexuales entre parejas ya constituidas, y dice: «La otra pareja sexual más segura es con la que convive».

Particular peligro, dice, presentan las relaciones anales. De forma explícita alerta contra una práctica llamada el «rimming» (boca en el ano): «Se ha encontrado [el covid-19] en heces de personas infectadas, así que el virus en las heces puede ingresar a su boca».

También recomiendan el sexo por internet: «El sexo online, los videochats, la masturbación o el sexting son buenas opciones, siempre y cuando se limpien los teclados que son compartidos con otras personas».

Veo que no está contenido el único caso que podría incluirme: el de una vida sexual desapacible, anhelante pero sin respuesta. Supongo que sería vista como «sexo seguro» del mismo modo en que la Iglesia ve la abstinencia como un «método anticonceptivo».

Me aterra la velocidad de los contagios en España y Estados Unidos, que puede deberse al hecho de que estén haciendo muchas más pruebas que en otros países. ¿Dónde están todos esos antisistema que decían que el covid-19 era tan sólo una gripe más y que moría más gente por otras enfermedades respiratorias? ¿Dónde los que se burlaban de la gente que se ponía tapabocas por la calle?

Definitivamente, otra de las grandes pandemias es la obsesión por ser original. Aquello que, de manera poco amigable, Antonio Caballero llamó alguna vez «la argentinada», que puede definirse como el impulso por estar siempre promulgando lo contrario de lo que todos piensan con la idea de que estar en contra nos convierte en sabios. Los buenos aires de la superioridad intelectual y moral, lejos de los demás mortales.

Pero todos ellos, los hiperoriginales, se equivocaron.

Veo que el escritor portugués Gonçalo Tavares escribe un diario. El periódico El Espectador lo transcribe. Supongo que tras esta pandemia y consecuente encierro, las editoriales se verán sumergidas por los miles de manuscritos que se están produciendo en estos momentos. Yo soy mi propio ejemplo. Tengo una novela cuasiterminada de trescientas páginas, otra que va en la página 208 y de la que intento escribir cinco páginas diarias. Sueño con retomar un proyecto ya iniciado sobre mi vida en India, y además escribo este diario. ¿Quién va a leer todo esto? Los lectores no darán abasto. ¿Quién lo va a publicar? Son preguntas irrelevantes para mí.

Yo necesito escribir. Luego ya se verá.

13.

31.03.20

Hay una novela poco conocida en Colombia, diría incluso que para nada conocida, lastimosamente. Se llama Peste & Cólera, del escritor francés Patrick Deville, publicada por editorial Anagrama en 2014 y traducida nada menos que por José Manuel Fajardo, el gran novelista español, uno de los mejores prosistas en lengua castellana y que en Cali es conocido y tiene muchos lectores. La novela viene precedida de un éxito descomunal en Francia, pues en el 2012, año en que fue publicada, obtuvo el Premio Femina y el Premio FNAC, ambos prestigiosísimos, pero sobre todo obtuvo el más importante, que es el de los lectores, ya que fue un gran éxito de ventas.

Peste & Cólera cuenta la historia de Alexandre Yersin, bacteriólogo suizo y francés, ligado al Instituto Louis Pasteur de París, quien durante la gran epidemia de peste de 1894 en Hong Kong logró aislar y detectar el bacilo de la peste que hoy lleva su nombre, el Yersinia pestis. De acuerdo a Deville, esta y sus otras novelas forman parte de un proyecto literario que él denomina «novelas sin ficción», es decir el resultado de sus investigaciones sobre un personaje para narrar su vida, pero no sólo eso: también la vida de la cultura en esos mismos años, y la de la política, y la de la ciencia en general, y la de las artes y los espectáculos, y la de los avatares humanos o naturales más llamativos o asombrosos, de modo que ir leyendo una novela de Deville significa adentrarse en una época al son de los eventos y sucesos que mejor la definen.

En Peste & Cólera, por ejemplo, a medida que avanzamos en la vida de Alexandre Yersin vemos en contrapunto el desarrollo de la vida del poeta Arthur Rimbaud, pero no de forma exhaustiva, sino a través de pequeños guiños, clips que funcionan como el sonido de un tambor lejano que va dándole un ritmo y una prosodia a la narración. Como Rimbaud, hay otros que se asoman de manera fugaz, caso de Joseph Conrad (por cuanto pueda ser fugaz el viejo Conrad) o el viajero Livingston o el francés Brazza, que coincidió con Conrad en las bocas del río Congo, o el novelista y viajero Pierre Loti, que viajó mucho por Asia y estuvo en China, concretamente en Pekín, justo después de la guerra de los Bóxers.

En esta novela, como en todas las otras suyas que he leído de forma vertiginosa, Deville es un apasionado viajero, lector e historiador, que persigue sombras literarias y humanas por los cuatro continentes y a través de centenares de libros. Su técnica de la no ficción es absolutamente original con respecto a la no ficción conocida y en boga. Cada una de sus páginas es una increíble síntesis de lo más interesante que, para un intelectual y amante de los libros, ocurrió en cada particular circunstancia de la vida que cuenta, en el lugar, pero también en espacios cercanos e incluso en épocas cercanas, porque las cosas importantes hacen eco en otras y se expanden, a veces en el tiempo y a veces en la geografía, y así se va tejiendo una trama silenciosa en la realidad que únicamente grandes escritores como Deville saben no sólo encontrar, sino también verbalizar, porque son líneas narrativas que, al fin y al cabo, revelan la historia secreta del mundo y la invisible narración de las mejores aventuras humanas.

14.

01.04.20

Desde ayer, pendientes de la salud de Lucho Sepúlveda. La descripción de los males no da para menos. Fajardo me escribió lo siguiente: «Los médicos dicen que Lucho está fatal, tiene septicemia. Hay que prepararse para lo peor, mi hermano. Mientras siga vivo hay esperanza, pero esta ahora es ínfima. Me duele el alma. Un abrazo».

Apenas media hora después remató con este otro mensaje: «Mi hermano, parece que no hay ya esperanza. Los médicos acaban de informar que tiene destruidos los dos pulmones, los riñones paralizados y empieza a fallarle el corazón. No creo que pase de mañana. Pero irracionalmente, me niego a aceptarlo».

Hoy las noticias que llegaron, vía Fajardo, eran de Daniel Mordzinski, quien escribió: «Pelu habló con el médico jefe, el que se ocupa de Lucho desde su ingreso. Coincide en que la situación es grave, pero no desesperada, y en ningún caso está de acuerdo en dejarlo ir sin seguir luchando. Afortunadamente, en las últimas veinticuatro horas nuestro Lucho está estable».

Y Faji agrega: «Hay que seguir creyendo con amor y paciencia».

Un par de horas después, Fajardo agregó:

«Santi, como Lucho salga de esta, juro que me voy a creer cualquier cosa que me diga: que es la reencarnación de Gengis Kan, que estuvo de copas con Hemingway en La Habana, que es primo del Che Guevara. Si sale de esto, Lucho es Dios y yo me ordeno en su Iglesia, ¡carajo!».

Esperemos, Lucho tiene en su cuerpo el ADN mapuche, que debe en este momento estar en pleno combate contra el coronavirus.

Ojalá que los mapuches se impongan.

Mil recuerdos con Lucho, a quien tanto quise. Fue uno de mis mejores amigos entre 1993 y el 2002.

Casi diez años.

Fue un amigo generoso y leal. Por él tuve mis primeras traducciones a otros idiomas y comencé un camino de escritor internacional. Nos veíamos en todas las ferias y festivales literarios de Europa: Gijón, Madrid, Lisboa, Póvoa, Asti, Mantova, Saint-Malo, La Rochelle, Montpellier. No sé cuántas veces estuvimos juntos en una mesa hablándole al público. No exagero si digo que unas doscientas veces. Puede incluso que más.

Luego algo pasó y Lucho comenzó a tener recelos. Nunca supe a ciencia cierta por qué. Cuando lo veía era cariñoso, pero en mi ausencia hacía extrañas críticas. Algo le molestaba pero no llegó a decírmelo nunca, ni a mí ni a ninguno de nuestro grupo de amigos, que era y seguirá siendo el siguiente: Fajardo, Sepúlveda, Sarabia, Mordzinski y Gamboa, y por encima de todos la editora (y mejor lectora) de nuestros libros en Francia, la reina, Anne Marie Métailié, fiel hasta hoy, veinte años después.

Ya Sarabia murió, pero los demás estamos ahí. La distancia de Lucho jamás significó obstáculo para la amistad de este afectuoso sexteto. Fueron otros, sobre todo los nuevos amigos de él, los que consideraron que debían marcar algunos metros de seguridad conmigo.

Nunca olvidaré a un novelista sudamericano, gran amigo mío, según creía yo, en el festival portugués de Póvoa de Varzim. Al verme llegar al hotel se dio vuelta fingiendo no verme. Comprendí que no quería que lo vieran saludándome, pero ocurrió algo y es que el propio Lucho me dio un potente abrazo de saludo. Entonces el novelista sudamericano se sintió autorizado y vino a saludarme efusivamente.

Pero la suerte quiso que yo lo viera y comprendiera.

Ese mismo comportamiento —creer que era obligatorio marcar una distancia conmigo para congraciarse con Lucho— lo vi en otros escritores que, después, se presentaban como sus grandes amigos. A algunos de ellos, incluso, fui yo quien los presentó.

En fin.

Las historias de Lucho, sus idas y venidas, sus insólitas ocurrencias, su vida imaginativa y su vida real, dieron para dos décadas de charlas y comentarios afectuosos. A pesar de que ese distanciamiento tuvo para mí un costo que en algunos aspectos fue difícil, al día de hoy me quedo con los primeros años de amistad y generosidad, los días de vino y rosas de un grupo de escritores y una editora que vivieron juntos años memorables.

15.

02.04.20

No hay otro mundo al que podamos escapar, así que tendremos que permanecer confinados en este. Podemos soñar con otros, elucubrar o fantasear a través del cine o la literatura, pero al día siguiente, al despertar, siempre volveremos, porque nuestra vida está aquí. En su novela La isla, Aldous Huxley dice lo siguiente: «Nadie necesita ir a ninguna otra parte. Todos estamos ya allí, lo sepamos o no». Esta frase es inquietante en su misterio y a lo largo de la vida la he interpretado de diversas formas. Pero nunca como hoy he sentido algo semejante: la idea de que no hay otro lugar posible y que este planeta es un lugar precario. No hay refugio, no hay cielo protector. ¿Qué nos queda? La solidaridad entre iguales, la mano tendida. Un humanismo basado en el desamparo.

Cada región del planeta echa mano de su cultura y del sistema metafórico que la rige para entender lo que nos pasa. Los anglosajones, con su ética protestante y ese espíritu del capitalismo en el que producir riqueza es moralmente bueno, no pueden concebir un mal mayor que el cierre o el desaceleramiento de su aparato productivo. Para ellos, no producir riqueza es moralmente reprobable, mucho más que la desatención social y, por supuesto, el sacrificio y en ocasiones la vida. Esa tradición aún mantiene en vilo a naciones como Estados Unidos o Reino Unido, cuyos líderes, a pesar de hacer concesiones escalonadas, siguen considerando que la pandemia es un mal menor en comparación con el freno de su industria. Detrás está la religión protestante, que propugna un darwinismo económico: la supervivencia no ya del más fuerte, sino del más rico. De ahí la dificultad de hacer prevalecer la sanidad, y por eso este virus, que no ha leído a Max Weber ni sabe de la Revolución Industrial, los está poniendo a prueba.

En el mundo católico y contrarreformista, es decir en el nuestro, heredado de España, predominan otras metáforas. En primer lugar, la culpa. Nuestra cultura, antes que nada, se pregunta quién fue y, en segundo lugar, qué motivos hubo, para luego condenar o perdonar. Las motivaciones se buscan para establecer la jerarquía del castigo, pues cada hecho de la vida debe ser clasificado en la insoslayable dicotomía entre el bien y el mal, lo bueno y lo condenable. ¡En eso somos especialistas! Por eso es una cultura del castigo, obcecada en las confesiones y, por supuesto, la absolución. El perdón. Porque Dios perdona, eso lo sabemos, pero primero hay que autoinculparse en la confesión, hacer lo que los comunistas llamaban una «autocrítica». De hecho, el lenguaje de uso del coronavirus en nuestro medio sugiere un cierto grado de culpa en la propia víctima. La durísima palabra «infectado» (en lugar de «contagiado») contiene una implícita condena o castigo a quien porta el virus. Hay otras formas de vivir, claro. En la India no existen el bien y el mal, simplemente la vida. Nada es bueno ni es malo. Todo existe. O las culturas animistas de África o del sur de Colombia, en las que los dioses conviven con los hombres y padecen, a veces, los mismos males. Pero será la ciencia, la misma que hizo obsoleta la idea de un dios creador, la que podrá salvar al mundo.

Tercera partida de ajedrez online que le gano a mi querido Alfredo Pita, él desde París. Me gustó mucho el final. Es la primera vez en años en que logro vencer un final con peones y rey, versus rey con torre de Alfredo. Pero mis peones estaban seguidos y adelantados, así que su torre fue completamente derrotada. Lo disfruté.

16.

04.04.20

La curva de los contagios en Colombia empieza a subir y estamos ciegos, pues las pruebas que se hacen son muy pocas. Es la desdicha de ser un país con pocos recursos y que ha sido robado durante décadas. Sólo hay un aparato de detección del virus. Hay que esperar once días para obtener un resultado. Leo en la prensa que hay represados mil test hechos en Cali, pues deben ser enviados a Bogotá.

Mi novela avanza cual tren nocturno. Cada día me gusta más Julieta, la protagonista. Creo que, de haberla conocido, me habría enamorado. O tal vez la conocí y me enamoré, y por eso la escribo y existe. No sé cuál es el orden de la vida en relación a la escritura, que es algo que también ocurre en la vida.

17.

07.04.20

Lo cotidiano empieza a acomodarse a esta situación y en días como el de hoy hay poco qué registrar en un diario. Día apacible en la casa, sin ninguna actividad fuera de lo común. Nada distinto a la preocupación, claro. Ya cincuenta muertos y seguimos ciegos. En medio de este panorama, la situación de los venezolanos que cruzan el país a pie para volver a Venezuela es desgarradora. Se están muriendo de hambre. Las finanzas del Estado no dan para cubrir todos los frentes. Es como la cobija del pobre: si se tapa la cabeza, se le salen los pies.

En medio de todo, el presidente Duque justificó que no recibiría los dos aparatos de detección ofrecidos por Venezuela (que son fabricados en China) argumentando que los parámetros de configuración no sirven para las pruebas que se hacen. Qué irresponsable. ¿Cree que todos los colombianos tenemos una gorrita donde dice Forrest Gump? Afortunadamente está Claudia López.

Duque sólo acierta cuando copia lo que hace la alcaldesa de Bogotá.

Lo más notable del día fue que, con la ayuda de mi hijo, empecé a ordenar la biblioteca. Los parámetros fueron: autores de los que tengo muchos libros, pero no en orden alfabético. Los demás agrupados por región o tema: literatura, ensayo e historia colombiana y latinoamericana; y en otra sección, del mundo. Poesía. Memorias y diarios. Viajes. India. Libros en italiano, en inglés, en francés. Clásicos. Obras completas. Arte.

18.

08.04.20

Escribe Pierre Drieu La Rochelle (1893-1945), en su novela Gilles, algo que parece referirse a los tiempos de hoy: «El hombre vive sólo si se arriesga a morir». Lo leo en el prólogo a un libro de Drieu, Confesión y otros escritos, traducido y prologado por mi buen amigo el novelista chileno Mauricio Electorat, y que permite, junto con sus Diarios, acercarse a uno de los grandes misterios humanos, que es para mí comprender qué había en la cabeza de alguien que, a pesar de tener cultura, buena educación y sensibilidad, eligió el bando del nazismo durante el periodo del Tercer Reich y la conflagración hitleriana.

A Pierre Drieu La Rochelle le tocó vivir las dos guerras mundiales y la epidemia de gripe española, y a todo sobrevivió. Murió a los cincuenta y dos años, por propia mano. Se suicidó en París tras la liberación de Francia y la derrota del Tercer Reich. A pesar de haber sido colaboracionista durante la ocupación nazi, fue gran amigo de André Malraux, único invitado por él mismo a su propio funeral. Su otro buen amigo de infancia fue el poeta Aragon, de quien se distanció por su furor comunista. Tuvo un breve romance con la argentina Silvina Ocampo, aunque su relación más duradera fue eminentemente intelectual. ¿De dónde provenía el antisemitismo de Drieu La Rochelle? Según puede verse en sus Diarios, empezó como un reflejo político anticapitalista; un enfrentamiento con los dueños de la economía y las finanzas de los países de Europa. Drieu, que fue un dandy y que vivió muchos años mantenido por su primera esposa —judía—, incorporó el resentimiento que muchos de su generación vivieron tras sufrir la pobreza y las dificultades del periodo entre las dos guerras mundiales. Porque fue una época contradictoria: de un lado estaban las penurias y el hambre del desaparecido Imperio austrohúngaro, los perdedores de la guerra (visibles en el film El huevo de la serpiente, de Bergman), y del otro un deseo muy intenso de vivir, de celebrar la maravillosa sensación de estar vivos e incluso de vivir peligrosamente (como recomendó Nietzsche), con una euforia que convertiría los años veinte en una de las épocas más risueñas y activas, de mayor inteligencia dramática y científica, de notable efervescencia cultural, pero también en una de las más individualistas, de lado y lado del Atlántico.

Una especie de ininterrumpido aquelarre, la fiesta del aquí y el ahora, el carpe diem de Gatsby entre botellas de Dom Perignon y copas de dry martini, una época en la que todo el mundo era alcohólico de bebidas espirituosas y de bailar alocadamente el foxtrot después de tanta muerte en los campos de Europa, una carrera vertiginosa que condujo, primero, a la Gran Depresión de 1929, y poco después a una segunda guerra mundial.

La lección de esos años: el hambre y la pobreza nos transforman en masa, la euforia y la celebración de la vida, en acérrimos individualistas.

Me pregunto si no estaremos viviendo ahora algo parecido: el fin de una carrera alocada, egoísta y risueña, que nos llevó primero a una crisis económica en el 2008, paliada por las bancas estatales que salvaron a las bancas privadas, y luego a esta delirante batalla económica mundial por la explotación de los recursos del planeta, despreciando el medio ambiente y la Naturaleza. Esa parte de la humanidad que eligió con su voto a los líderes del NO al ambientalismo, del SÍ al fracking, e incluso ahora, en plena pandemia, aún privilegia los dividendos y el PIB sobre la salud, tendrá que entrar en razón a punta de enterrar muertos. Porque la vida silvestre, acorralada, se defiende como el más temible de los ejércitos.

No podemos olvidar que, desde el punto de vista de la Naturaleza, la peste somos nosotros y el coronavirus es su medicina.

Larga charla telefónica con Mario. Me recuerda que cuando estábamos en la universidad teníamos una clase con el poeta Jaime García Maffla que consistía en contar un libro con la mayor precisión posible. Yo conté Casa de campo, de José Donoso; Tavo Chirolla contó Años de fuga, de Plinio Apuleyo Mendoza, y Mario, El defensor tiene la palabra, de Petre Bellu. Mario me recordó a un oscuro compañero que luego se retiró y que era taxista, que contó Los novios, de Alessandro Manzoni. Él recuerda de esa narración una escena de cuando Renzo, el protagonista masculino, regresa de la guerra y se encuentra con la gran peste de Milán de 1630. Él está buscando a Lucía, su prometida. En medio de ese desastre, Renzo comprende que los enterradores, los que recogían los cadáveres en las casas, eran también ladrones. Se llevaban los cadáveres en sus carretas hacia el cementerio, sí, pero aprovechaban para llevarse candeleros, joyas, porcelanas y obras de arte de esos palacios, además de vino y comida. Los enterradores bebían sentados entre los muertos, y Renzo sintió curiosidad. ¿Por qué no se contagian? Uno de ellos le explica: no nos contagiamos porque tenemos un antídoto contra la peste, se llama el aceite de rateros, que luego, al ser comercializado más adelante, se llamó también el aceite del buen samaritano.

La fórmula se encuentra por internet.

¿Será efectiva contra el coronavirus? No lo creo posible, pues esas pestes bubónicas se transmitían por las pulgas de las ratas.

Cosas extrañas. Mario expone su idea de que vendrá un tsunami viral, por oleadas, y que la vida tal como la conocimos muy difícilmente volverá. Él es un gran vigía de la realidad, una especie de Gaviero. Su trabajo literario e intelectual viene detectando la llegada de algo así desde hace años. Ahora que la realidad coincide con sus ideas, me dice que se siente extrañamente tranquilo.

Al acabar la charla pienso en un cuento de Edgar Allan Poe, «La máscara de la muerte roja». Busco mi viejo ejemplar de obras de Poe, del Círculo de Lectores, en dos tomos. Traducción de Julio Cortázar. Lo abro y una hoja cae al suelo. Es una carta.

¡No lo puedo creer!

Es el Registro de Recepción dado por la editorial Tercer Mundo Editores, con fecha del 2 de marzo de 1993, de una obra llamada Páginas de vuelta del autor Santiago Gamboa. El material que se somete a consideración es un manuscrito, dice. Agrega unos teléfonos. Más abajo está la firma de El autor (o su representante). ¡Y la firma de Mario!

Él llevó la novela y la entregó por mí, pues yo vivía en ese momento en París. Qué increíble casualidad, pues justamente hablamos de esos inicios. Mario me contó que estaba haciendo una especie de memoria de lector. Con este hallazgo, sentí como si el destino nos estuviera diciendo: «Lo que piensan y debaten es cierto».

La continuación de lo que ocurrió después de esta carta de hace veintisiete años se las puedo contar: el editor de Tercer Mundo, en ese momento, era Mario Jursich, nuestro antiguo compañero en la Universidad Javeriana.

Jursich leyó la novela y me escribió un par de meses después diciendo que era muy larga, que si me interesaba él me podría decir cuáles eran los cortes necesarios. Agregó que para publicar un libro así, de un autor desconocido, sería necesario que yo consiguiera un prólogo de alguien famoso.

En otras palabras, su respuesta fue NO.

Pero tuve suerte y a los dos años el libro salió en Editorial Norma y circuló por toda América Latina.

El texto de Poe sobre la Muerte Roja, es decir la peste, es tremendo. La personificación de ese misterioso enmascarado que irrumpe en la fiesta de los «sanos», al que nadie osa detener, y que acaba por matar al príncipe, es una imagen sobrecogedora, violenta y actual.

19.

09.04.20

Cada vida reproduce la historia humana, aunque no lo verbalicemos ni seamos conscientes de ello. Todos hemos experimentado nuestra propia guerra de Troya, las pestes mortíferas, nuestro descubrimiento de América o la exploración de los polos. También nuestra Revolución francesa y la singular caída de Berlín o de Tenochtitlán, y hemos compuesto nuestras muy personales Canciones de Bilitis. Somos una sola experiencia humana. Lo que nos hace únicos (porque somos únicos) es el modo en que cada uno interpreta el viejo drama de vivir, esa antigua partitura que en la juventud nos exalta y que, con los años, se vuelve algo insípida, reiterativa. A veces anhelamos salir de ese guion ya visto, pero ¿cómo? Hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres. Lo no vivido parece estar en la periferia y es cada vez más inalcanzable. ¿Irse, cambiar, ser otro? Je est un autre. Escribir es un modo de ponerse frente al toro y esperar su brutal embestida sin cerrar los ojos. O poner al día y renovar con la mirada de hoy (los problemas y las metáforas de hoy) aquello que la especie ya conoce, esas experiencias que son nuestras y que, por eso mismo, se imponen, claman por existir. Lo totalmente desconocido es invisible y nos atormenta. El temor a lo invisible es como el amor a lo invisible: apenas un acto de fe.

¿Ya hemos vivido todo esto? El encierro, la pandemia, el miedo. Por supuesto que sí, infinidad de veces. La reclusión es también una metáfora del «yo». Ese yo aprisionado en nuestro cuerpo, en nuestro cerebro, estómago y sexo. En todo lo que lo conforma y le es propio, pero surge la pregunta: ¿Las enfermedades de las células, los microbios o incluso el virus del covid-19, una vez que entran a mi cuerpo, forman parte de mi yo? No, no. La microbiología enseña que son agentes patógenos, externos. Se alojan en el cuerpo y lo convierten en «hospedante». Fea palabra que proviene del hecho de que, en español, la voz «huésped» nombra sólo a quien llega de visita, no al anfitrión como en inglés o francés.

Mi cuerpo es parte de mi yo, pero puede recibir forasteros, seres ajenos a mí. Esa otredad que me relaciona con el entorno natural. Mi cuerpo es hogar de paso de millones de bacterias y virus; es a la vez un puerto, un monasterio, una fortificación, un arca de Noé para infinidad de formas microcelulares que, como nosotros, anhelan sobrevivir. A veces este castillo se debe confinar, levantar sus puentes y poner sus tropas en alerta. Las metáforas militares son las que mejor explican la acción de las defensas antivirales. El cuerpo se defiende: dado que gran parte de los patógenos de peligro pueden entrar por la boca, los ojos o la nariz, el cuello es un corredor fundamental. Ahí están las alarmas más sensibles. Por eso la garganta da tanta fiebre, que es un llamado de alerta: «¡A todas las unidades!». Si el enemigo logra sobrepasarla llegará a órganos clave como los pulmones, el estómago y los riñones. Es decir que el enemigo entrará a las salas de mando y le será más fácil doblegar el castillo. Por eso los encierros dentro del encierro. El yo se evade hacia lo profundo, busca una salida o una improbable metamorfosis. Sólo la poesía puede alejarlo de ahí, indemne, por caminos que ya nadie recorre.

Sí, a veces es necesario huir.

También la fe: «Busca a Dios en lo profundo». La metáfora humanista del no creyente (como yo) sería esta: busca en lo más hondo de ti mismo.

Reportan en varios países, sobre todo en Argentina, que la ciudadanía está escuchando «ruidos muy fuertes, como de trompetas, provenientes del cielo». Pensé de inmediato en las trompetas de Jericó, ¿se acerca el juicio final? Según el periódico El Tiempo, el científico David Hill, del Servicio Geológico de EE. UU., explica varias hipótesis: «En las zonas costeras, donde las olas golpean con fuerza los acantilados y liberan pequeños cristales de gas metano que provienen del océano, el proceso de combustión de este fenómeno puede producir enormes estruendos debido al encuentro aparatoso con corrientes de aire frías y calientes».

Y una segunda: «La precipitación de meteoritos también es un fenómeno natural que podría ayudar a comprender la repentina aparición de ruidos violentos en el cielo. Los meteoritos que penetran en la atmósfera superior se convierten en meteoros, que pueden producir auges sónicos de intensidad variable».

El Tiempo, 9 de marzo de 2020.

Si al final resulta que Dios sí existe, ¿qué podría yo decirle? Ojalá en ese momento pueda acordarme de aquello que leí en un libro de Cela, creo que es la mejor frase para esa situación. Consiste en mirar a Dios a los ojos y decirle, sin titubear: «Nunca supiste que yo creía en ti».

20.

10.04.20

Dice un médico, entrevistado en un programa radial, que gran parte de los decesos por coronavirus son debidos a lo que se conoce como «tormenta de xitoquinas». Es decir que la persona muere ahogada por su propio sistema inmunológico. Sus propias defensas atacan la inflamación de las células pulmonares y acaban por matar al enfermo. Es el rey asesinado por sus propios soldados. Como Duncan, el de Macbeth. O como Banquo.

Lo más desmoralizador es el robo de los recursos para combatir las consecuencias económicas y la hambruna de los pobres. Dan ganas de que nos caiga el rayo paralizador, el de la Biblia en Sodoma, y acabe de una vez y para siempre con esta nación de ladrones. El problema es que, como no son todos, los bandidos se ocultan. De un lado está una parte de la población donando plata y mercados. Del otro los corruptos, robando esas ayudas. Hasta ahora lo más indigno se encontró en una partida para la compra de treinta y cuatro mil mercados en Arauca. Sólo con el sobreprecio del atún ya se estaban robando mil millones de pesos (la lata a 19.500 pesos). ¿Y el gobernador de Arauca? Tan pancho y tranquilo diciendo que «va a hacer una investigación».

Tras la primera oleada de rabia, pienso que es una reacción tradicional en Colombia. Con las tragedias se democratiza la corrupción y los más pequeños pueden robar. Los recursos, para ser ejecutados, deben llegar hasta las instancias más modestas y bajas. Cuando no hay catástrofes sólo los que están arriba pueden robar a los colombianos, y con cantidades mucho mayores: a través de contratos o comisiones. La contratación de carreteras, por ejemplo. ¿Cuánto le robó al erario el pago de sobornos de la multinacional brasilera Odebrecht, junto con su socio colombiano, Corficolombiana, del grupo Sarmiento Angulo? Un caso que, al parecer, fue disimulado por la Fiscalía de Néstor Humberto Martínez, exabogado de Sarmiento Angulo, y que incluyó la extrañísima muerte de Jorge Enrique Pizano, poseedor de pruebas en ese gigantesco fraude.

Si el grupo Aval, de Sarmiento Angulo, está relacionado con el escándalo de Odebrecht, ¿qué se puede esperar de esos pobres diablos, gobernadores y alcaldes de ciudades pobres de Colombia? Roban poquito, pero roban, porque es el ejemplo de los grandes. Ahí está Reficar, Agro Ingreso Seguro, y más atrás, Foncolpuertos. ¿Cuántas familias, hoy, son ricas y respetables por haberle robado al Estado en el sistema de pensiones de Foncolpuertos hace treinta años?

El único medio en el que no ha habido escándalos de corrupción, que yo sepa, es en el de la cultura. Siempre habrá algún poeta o novelista bravo con lo que algún otro poeta o novelista obtiene, eso sin duda, y a lo mejor aquel dirá que «el sistema es corrupto» o que «siempre se favorece a los mismos», pero la realidad es otra.

Y hay algo paradójico: los artistas están solos, sin ayudas del Estado. Pero cuando uno sale al extranjero, ¿qué es lo que se encuentra de Colombia en los demás países? Inútil ir a un supermercado a buscar productos colombianos.

No hay ni uno.

Lo colombiano está en las librerías, en las salas de música, en los salones de artes plásticas, el teatro y el cine. Y en los estadios. Ahí está presente el país. En la cultura y el deporte. Justo lo que menos apoyo tiene, y menos del gobierno de Duque, que por primera vez en la historia del país estableció una Lista Negra de autores no amigos, o, en sus palabras, que no cumplen con sus «lineamientos de pertinencia», expresión muy usada por la embajadora de Colombia en Roma, doña Gloriza Restrepo, famosa, en primer lugar, por sus asombrosos errores de ortografía (lo que demuestra que no lee), y en segundo, por retirar el apoyo a actividades culturales en Italia o Grecia si estas no coinciden con sus propios intereses risaraldenses o la política del Gobierno.

El coronavirus, por cierto, le vino muy bien a este esperpento de funcionaria para ocultar sus maniobras en contra del cónsul honorario en Grecia, Michael Skoufalos, a quien pretende echar por haber pagado de su propio bolsillo (no con recursos del Estado) el pasaje de Héctor Abad y el mío, el año pasado, para que asistiéramos a la Feria del Libro de Salónica.

Dicho esto, quiero dejar constancia de todos aquellos a los que el coronavirus les vino de perlas:

El primero es Álvaro Uribe, bastante salpicado por la «ñeñepolítica», al igual que todo el gobierno de Duque. La comprobación de que el Centro Democrático usó el apoyo de mafiosos y narcotraficantes para la compra de votos en la costa atlántica fue reconfirmada por las declaraciones de Aída Merlano y por horas de grabaciones que, en la Fiscalía, serán sin duda borradas o escondidas.

Y de nuevo Uribe, pues su otro proceso, el que es con Iván Cepeda por compra de testimonios falsos, ¿en qué quedó? Gracias al coronavirus la gente parece haberse olvidado y el tiempo pasa y pasa.

¿Y el proceso a Santiago Uribe por asesinato y paramilitarismo? «Gracias, coronavirus» (y antes, gracias, Néstor Humbertico).

La mafia, la mafia.

Este país está ahogado por la mafia, lista a morder de esos once mil millones de dólares que el Gobierno está pidiendo prestados al FMI para combatir la crisis.

«Gracias, coronavirus», dicen los políticos corruptos.

«Gracias, coronavirus», dicen los ladrones de cuello blanco y los socios de Odebrecht.

«Gracias, coronavirus», dice Uribe.

«Gracias, coronavirus», dicen los ladrones de alcaldías y gobernaciones.

21.

12.04.20

Poderoso mensaje, hoy, del arte.

Andrea Bocelli cantó en el día de Pascua desde el Duomo de Milán, acompañado apenas por el organista de la iglesia. Se hizo una transmisión por YouTube que fue seguida por más de dos millones de personas, pero en el espacio inmediato Bocelli estaba solo. Como el papa en su misa de Cuaresma. Dos hombres cuya verdad escapa a la lógica. Un artista y un sacerdote.

Veamos el caso de cada uno.

¿Qué poder real tiene el papa? Para quienes no somos creyentes, se trata de un hombre que está a la cabeza de una institución que a lo largo de la historia se ha alimentado de metáforas, literatura y música, filosofía y arquitectura, teatro y ópera. La religión es una enorme creación artística. En cierta medida, es el supremo arte, pues los reúne a todos. El arte hace visible lo que no tiene otra realidad que la palabra, de ahí su importancia. Esta genera en los fieles la convicción de que todo eso es palpable, real, verdadero. La historia bíblica y religiosa es una narración muy bella, pero completamente inverosímil.

No creo en Dios, sino en los hombres que inventaron y dibujaron y esculpieron y erigieron y compusieron y cantaron la leyenda de Dios.

Bocelli, el artista, hace sonar su voz y comunica su fuerza y un cierto aliento y una verdad profundamente humana. Está solo en un mundo huérfano. Como lo estamos todos hoy, huérfanos, con miedo y en la intemperie. El arte nos comunica la soledad esencial del hombre y nos hace sentirnos unidos en esa soledad, en el desamparo.

Han muerto en el mundo más de cien mil personas en tres meses y mientras esperamos la salvación de manos de la ciencia —la única que puede protegernos de la catástrofe pandémica— el arte hace el encierro más llevadero. La vida más vivible.

La ciencia y el arte. Y la fe para los creyentes. También la tecnología, que nos permite estar comunicados y vivir el aislamiento con la sensación de pertenecer a una planetaria aldea humana. Hay tantas otras disciplinas secundarias que hoy no pueden aportar nada y que, en la vida anterior a la pandemia, parecían tan necesarias.

El marketing, por ejemplo.

22.

13.04.20

Lectura obsesiva de El conde de Montecristo. Qué increíble novela, todos los días me enseña algo. El capítulo 48 se llama «Ideologías». En él, el conde de Montecristo conversa con el procurador del rey, el señor de Villefort, y cada uno expone su visión del ser humano y del modo en que este se incorpora a la vida social, sobre todo a través de los usos y leyes de cada región. Ahí, Dantès/Montecristo se define de un modo increíblemente moderno para el siglo XIX: «Mi reino personal es tan grande como el mundo porque no soy ni italiano, ni francés, ni indio, ni americano, ni español; soy cosmopolita. Ningún país puede decir que me ha visto nacer, sólo Dios sabe en qué país me verá morir. Adopto todas las costumbres, hablo todas las lenguas. Vos me consideráis francés, ¿no es cierto?, porque hablo francés con la misma fluidez y pureza que vos. Pues bien, Alí, mi nubio, me cree árabe; Beruccio, mi intendente, me considera romano; Haydée, mi esclava, me cree griego. Así pues, comprenderéis que, no siendo de ningún país, no pidiendo protección a ningún gobierno, no reconociendo a ningún hombre como hermano, ni uno solo de los escrúpulos que detienen a los poderosos o los obstáculos que paralizan a los débiles me frena o me paraliza».

Este es un diálogo típico de esta novela, que, como se sabe, fue escrita a dos manos. Alexandre Dumas era el nombre famoso, lo que aseguraba que las ventas del libro fueran enormes. Auguste Maquet era el novelista sin éxito pero con un gran talento que hacía primeras versiones y desarrollaba partes históricas haciendo increíbles investigaciones. Juraría que el capítulo en el que se cuenta el origen en Italia del tesoro de Montecristo, su relación con el papado y una larga familia de la nobleza fue escrito por Maquet. En cambio el capítulo en el que Dantès salva de la quiebra y del descrédito a la familia Morrel, a su regreso a Marsella, convertido en Simbad el Marino, es la escritura de Dumas. Una curiosa colaboración en la que, obviamente, la parte con más poder estaba del lado de Dumas. Con este sistema escribieron los libros más famosos: Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, Veinte años después, La reina Margot, etc. Llegaron a publicar hasta cuatro libros por año, novelas de enorme calado que produjeron una enorme fortuna. Los libros de Dumas, en la época, podrían compararse hoy a los de Arturo Pérez-Reverte, es decir historias de gran calidad, argumentos de acción y aventuras incorporados a épocas determinadas con gran recreación de vestuario, personajes asombrosos, lances funambulescos en tabernas, tabucos y hostales, carrozas y palacios, lo que siempre, desde que existe el mercado del libro y el público lector, ha sido una fórmula de éxito, incluso cuando se hace con una escenografía aún más deslumbrante y en desmedro del valor literario (véase hoy Ken Follett o incluso sus necrosis hispanas, Falcones, Posteguillo y compañía). Todo iba de maravilla, claro, pero el ser humano es variable y cosa vana, y en 1851, a pesar del gran éxito, Dumas y Maquet se pelearon y acabó la colaboración. Del triste divorcio Dumas conservó la autoría de los libros (que eran verdaderas minas de oro). Pero su carácter soñador y botaratas lo llevó a la quiebra y murió en la pobreza. Maquet, en cambio, fue un hombre rico hasta sus últimos días. Tras la separación, la calidad de las novelas de Dumas bajó y Maquet nunca logró tener el más mínimo éxito en solitario.

Dumas fue contemporáneo de Balzac, de Víctor Hugo y de Stendhal. Todos fueron exitosos y tuvieron decenas de miles de lectores. Trato de imaginar la efervescencia literaria de esos años: en 1830 se publicó Rojo y negro, en 1831 Nuestra Señora de París y La piel de zapa. Todas novelas de increíble éxito. Dumas era un poco más joven y sus grandes éxitos fueron en la siguiente década. El conde de Montecristo es de 1845.

23.

14.04.20

Se habla con insistencia de la vida pospandemia.

Hay una visión edulcorada de la humanidad que dice que, con el encierro forzado y el miedo a la muerte, el ser humano está comprendiendo su gran banalidad anterior y redescubriendo su espíritu, lo que, según esa mirada, estaría llevando a una nueva escala de valores en donde la solidaridad y la gratuidad serían la clave.

Yo no creo en esto, pero tampoco quiero ser aguafiestas. Es innegable que el miedo a la muerte inminente, y ante la visión de centenares de ataúdes transportados en camiones del ejército, una fuerza nos obliga a volver a lo esencial. ¿Es duradero este efecto? Poco. Una vez superado el miedo la vida exagerada y banal regresa. Se parece al efecto boomerang de las dietas. Cuando a una persona le dicen que debe cuidar su salud, esta lo hace por un par de semanas, de acuerdo a su disciplina, pero lo más común es que la recomendación comience a difuminarse poco después, cuando surgen las reuniones y la posibilidad de una buena cena y unos tragos. Si el médico anuncia una enfermedad grave, con resultados malos y la posibilidad de un tumor maligno, la persona se irá a su casa a cumplir a rajatabla las directivas del médico y a seguir los tratamientos.

La diferencia es el miedo.

En el segundo caso, la persona podrá estar cuidándose durante meses; bajará de peso, su tensión arterial mejorará notablemente, lo mismo que los valores del azúcar y los triglicéridos. La mejoría en el cuerpo ayudará al combate contra la enfermedad y, con suerte y disciplina, al cabo de un par de años esa persona será dada de alta y llegará un momento en que sólo dependerá de su voluntad si se mantiene en ese estrecho espectro de sanidad o si lo pierde. Unos traguitos aquí, un sancocho allá, un viaje a España con remate en Italia, un gin tonic a las once de la mañana como aperitivo, la Cervecería Alemana de Madrid, el negroni o el spritz obligado del verano…

Y al fin, trágicamente, se vuelve a la casilla de salida, sólo hasta que los exámenes médicos vuelvan a fulminar al paciente.

Como decía Ribeyro: a uno lo que lo mantiene vivo es estar enfermo. El disfrute pleno de la salud sería la muerte.

Creo, pero nuevamente no quiero ser aguafiestas, que lo mismo pasará a nivel colectivo con la pospandemia. ¿Cuánto durarán las buenas intenciones y los deseos fraternos de vivir en un clima más humano?

Durarán lo que dure el miedo.

Si no fuera por el costo terrible en vidas humanas (hay ya unas ciento veinte mil personas fallecidas), a la humanidad le convendría pasar, cada tanto, una temporada en el infierno.

Sólo así logrará aplazar de tanto en tanto su autodestrucción.

Ah, el miedo. ¡Cuánto nos protege!

«Un hombre sin miedo es un estúpido», dijo Fellini en uno de sus filmes.

24.

15.04.20

Cada escritor inventa de nuevo la escritura. Por eso cada escritor es, de algún modo, el primer escritor, pues la materia sobre la cual trabaja no es literaria y entonces debe partir de cero. Ni la realidad ni el lenguaje, en su origen, son literarios. Lo que es literario es el modo en que él los percibe, los piensa y, finalmente, los procesa para transformarlos en obra.

Dice un recluso, entrevistado en la radio: «Las lentejas, en la cárcel, son felicidad». Esto referido a los mercados de dieciséis mil pesos cuya proteína es la lenteja y que han sido criticados. Son los que la gente financia de forma solidaria al ir a comprar en algunos supermercados.

Día de tristeza. Infinita. Discusión matutina, cuando yo esperaba más bien una mañana agradable…

A veces la vida se equivoca, ¿o se equivoca uno? Es como estar en un canal cuando ya empezó, pero en otro, el programa que queremos ver. Como salir a una ciudad con el mapa de otra y darse cuenta cuando ya es tarde.

A media tarde llegó un mensaje de Fajardo, diciendo lo siguiente: «Santi, Lucho se estabilizó estos días, pero las fuerzas se le acabaron. Estamos esperando la llamada final. Nada le funciona y ni siquiera pueden ponerle la diálisis. Qué tristeza. Cuento los minutos…».

Qué tristeza tan grande. Cuántos viejos recuerdos con Lucho. París, Roma, Milán, Madrid, México DF, Bogotá, Lisboa, Puerto Rico…

Acabé de leer Anfiteatro (Consolación de la pornografía), de Sandro Romero Rey. Debo comentarlo con más calma, ahora no tengo cabeza y estoy cansado. Pero me encantó, es un gran libro.

Empecé casi de inmediato una novela de Mario Levrero, La novela luminosa. Es un diario. Le he oído hablar muy bien de este libro a una querida amiga. Me gusta, pero se me cae de las manos cuando incurre en esa porteñísima costumbre de contar sus sueños con todo detalle, creyendo, claro, que son importantísimos para todo el mundo. Lo serán para él, pero ciertamente no para el libro y menos para mí como lector. Pero seguiré leyendo. Seamos pacientes.

25.

16.04.20

Esta madrugada llegó la noticia tan temida. Murió Lucho. Mensajes de Fajardo y Anne Marie Métailié. Qué tristeza.

Escribí este texto para El País de Madrid:

«El 4 de octubre de 1996, hacia las siete de la noche, el Teatro Politeama de Trieste presentaba un evento extraordinario: era el regreso de Vittorio Gassman a los escenarios después de una larga depresión que lo mantuvo varios años alejado de las tablas. Esa noche, en el estreno, declamaría una docena de célebres monólogos, entre ellos uno pedido especialmente por él mismo y escrito para la ocasión por Luis Sepúlveda. Por este motivo, el Politeama invitó a Luis y a cinco de sus amigos a asistir al estreno: los escritores José Manuel Fajardo y Antonio Sarabia, el fotógrafo Daniel Mordzinski, su editor italiano Luigi Brioschi, y yo, en quinto lugar, el más joven e inexperto. En esos años, tras la publicación de El viejo que leía novelas de amor, Patagonia Express, Nombre de torero y Mundo del fin del mundo, Luis era el escritor latinoamericano más leído en Europa, con millones de ejemplares en todos los idiomas, un éxito literario al que vinieron a sumarse su carismática personalidad y su buen humor, que hacían que todos sus lectores quisieran no sólo leerlo, sino tenerlo de invitado para la cena en su casa, cada día de su vida. La de Trieste fue una velada apoteósica, pues, además, el teatro y Gassman eligieron que el estreno coincidiera con el cumpleaños de Luis. Por eso, antes de comenzar, un reflector lo iluminó y el público, en pie, le ofreció una estruendosa ovación y le cantó el feliz cumpleaños.

»Su impresionante éxito había empezado en Francia un poco antes, cuando la editora Anne Marie Métailié, dueña de Editions Métailié, decidió apostar por la novela de un chileno desconocido que había ganado en España el Premio Tigre Juan, en 1988, pero que se editó en 1990 sin mayor fortuna. La edición francesa de El viejo que leía novelas de amor salió en 1992 y desde el primer día comenzó a leerse de forma frenética. Muy pronto se convirtió en el número uno en ventas. Al año siguiente, 1993, el editor italiano Luigi Brioschi lo publicó en la editorial Guanda y el éxito se repitió, mientras que la nueva edición española de Tusquets subía en las listas de best sellers. Luego vino Portugal, con el editor Manuel Valente, de Asa, y a partir de ahí el resto de Europa. Eran los años noventa y un autor proveniente de América Latina volvía a dominar la escena con millones de lectores.

»En esos años Luis vivió una especie de boom latinoamericano para él solo, que de inmediato quiso compartir con colegas y amigos. Mis primeras traducciones y el acceso directo a sus editores fueron una prueba de su oceánica generosidad. Y, como yo, muchos otros novelistas vieron aparecer sus libros prologados por él o en colecciones dirigidas por él, caso de José Manuel Fajardo, Hernán Rivera Letelier o Antonio Sarabia, entre muchos. También se unió a escritores con un recorrido en paralelo, como Paco Ignacio Taibo II o Leonardo Padura, poniendo siempre su enorme celebridad al servicio de todos.

»Esa noche, en Trieste, después de la obra, celebrando su cumpleaños en una cena en la que todos estábamos de esmoquin excepto Gassman (y, por eso mismo, todos parecíamos los guardaespaldas de Gassman), Luis, o Lucho, como le dijimos siempre, hizo un brindis en el que dictaminó que para él la amistad y la literatura eran una misma cosa, las dos caras de una misma luna, y lo siguió diciendo más tarde en el hotel, cuando, al ver que los bares de Trieste no tenían costumbres latinoamericanas y cerraban temprano, debimos reunirnos en uno de los cuartos y traer cada uno el contenido completo de su respectivo minibar (idea del embajador de Chile, que vino al evento), y una vez más brindar por tantos libros leídos y queridos. Fue una hermosa época, intensa y jovial, en la que Lucho animó y promovió una literatura comprometida con las sociedades y el medio ambiente, con la alegría y la justicia, con los derechos humanos, el amor y la libertad. Una época de vino y rosas en la que fueron piezas clave sus editores de Francia, Italia, Portugal y España, y sobre todo su esposa, Carmen Yáñez, poeta y luchadora por los derechos humanos.

»Su libro Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, que también tuvo millones de lectores y una adaptación al cine, contiene un episodio que, para mí, retrata de cuerpo entero al Lucho que conocí y que tanto quise: cuando la pequeña gaviota del puerto de Hamburgo descubre que no es un gato, cree que los demás gatos del puerto la menosprecian por no ser como ellos. Pero el gato jefe, el que más adelante le enseñará a volar, le dice: “Es exactamente al revés: es por ser diferente a nosotros que te queremos tanto”. Lucho fue un escritor tocado por la fortuna y un amigo excepcional, diferente a todos. Y es tal vez por eso que lo queríamos tanto. Hasta la eternidad».

26.

17.04.20

Desde el punto de vista sociológico, el coronavirus ha resultado ser un muy interesante examen para la realidad nacional, pues permite ver quién es quién y cuál es su verdad. Como si, de manera metafórica, hubiera pasado un trapo húmedo sobre el lente patrio. ¿Y qué es lo que se ve? Empiezo por el Gobierno y reconozco su mejor voluntad, es innegable, aunque con la crisis se ven demasiado los paños menores: el pobre Duque, con su temblorcillo en el labio inferior, ya no da más. Sus afirmaciones y la realidad no coinciden nunca, ni en tiempo real ni en condicional: «Las empresas con problemas ya están obteniendo créditos», dice en un noticiero, pero un segundo después las empresas gritan que no han recibido nada. Agrega Duque: «El Estado es el garante del 90 % del monto de los préstamos y ya los bancos no tienen excusa para no dar crédito», pero la Asobancaria dice, un segundo después, que se deben alzar las exigencias para otorgar esos mismos créditos.

Este asombroso desajuste produce un efecto extraño: como si Duque estuviera indicando una dirección en Bogotá, pero sobre el mapa de Cali. Y cuando habla la superministra del Interior, ay pobre mi Alicia, la cosa se vuelve de opereta: «Quiero que los colombianos sepan que esto no está resuelto», filosofó en directo desde su oficina. Qué nivel y qué verbo. Nos quedó clarísimo.

La única frase que he aplaudido de Iván Duque la dijo esta semana, refiriéndose a los que roban plata de las ayudas: «Son ratas de alcantarilla». Muy bien, bravo. El problema, míster president, es que la mayoría de esas ratas o son de su partido de gobierno o de los partidos que apoyan a su gobierno. Para la muestra, ¿qué tal las sospechas de sobreprecios en los «mercados hu