Al principio, me contrarió mucho volver sobre los textos presentados aquí. Algunos fueron escritos hace más de diez años; revisarlos me provocó ese tipo de aburrimiento que sobreviene al darnos cuenta de que ya todo ha sido dicho y de mejores y más hermosas maneras. Sin embargo, justifico mi escritura como una manera de gestionar el duelo de la vida, a lo cual todos tenemos derecho, aunque lo hagamos desde una inteligencia mediana y con mediocre calidad.
Del proceso completo me ha parecido interesante observar en mí misma el fenómeno de «creer que pienso», cuando lo que ocurre es que he terminado repitiendo los dictados de un sistema lógico impuesto que, al fin y al cabo, es el que ha terminado pensándonos a todos. Por eso no creo que mi pensamiento haya evolucionado; más bien, intenta deshacerse.
Celebro la manera en que Carolina López, editora de Lumen en Penguin Random House, puso a convivir en este volumen columnas de opinión —publicadas en Poder, SoHo, El Espectador y El Tiempo— junto a textos inéditos, sin categoría ni fines específicos, que he ido escribiendo paralelamente. Liberados de su cronología lineal, pudieron articularse de acuerdo con un orden interno y orgánico que yo no habría podido advertir ni en un millón de años. Quizá lo que haya permitido enlazarlos sea el deseo continuo de poner en palabras el estupor que produce en mí el ejercicio de vivir y ver vivir a otros. Así fue posible construir un relato que, si bien empieza y termina en las páginas de este libro, se me ha revelado como un texto vivo, que no concluye y que se busca e interpela a sí mismo, en voces simultáneas, una y otra vez. He descubierto que lo que dejo consignado aquí es una gran protesta contra el Yo —y todo aquello que lo compone— desde conceptos, desde la cotidianidad, desde el amor, desde la invención, desde el sueño, desde donde sea que se manifieste la persona que he creído ser hasta ahora.
En cuanto a mi manera de escribir, me empalagan todavía algunos artículos, llenos de adjetivos innecesarios (quité los que pude), tal vez porque al comienzo de mi camino como columnista ponía demasiado empeño en «escribir bien», para así demostrar que eran aptos para ser publicados. No obstante, es interesante que el lector mismo se percate de las diferentes formas (¿estilísticas?) que aparecen a lo largo de la lectura, entre las cuales los diarios son los pasajes menos cuidados, pues siguen el ritmo de los pensamientos, tal como surgen en cada momento.
Algo que me sentí incapaz de hacer fue pedir a algún escritor conocido que me hiciera un prólogo. Mi Yo es potente pero no me alcanza para pasar por encima de la vergüenza que es forzar a alguien (si es amigo, menos) a leerse más de cien páginas escritas por mí. Agradezco de paso a mi amiga correctora de estilo Mónica Sánchez Beltrán, a quien sí le tocó leerse hasta lo que no se publicó.
Sobre el título Margarita va sola, hay una referencia curiosa. En el lenguaje «salsachokeño» (el salsachoke es una variación urbana de la salsa caleña), cuando dicen que alguien «va solo» es porque va «sobrado»; es decir, que no necesita ayuda, va tranquilo, va lejos, va sin miedo de que lo alcancen. En ello reparé después de haber pensado el título de mi página web, margaritavasola.com, como un anuncio de que ya no escribiría por contrato. En aquella ocasión —en vista de que un columnista pago tiene tantas limitaciones para expresarse con libertad— resolví abrir mi propio «desperiódico» e irme sola con mi opinión a un lugar donde no tuviera patrón (muy oportuna la palabra «patrón», en el sentido de «jefe» y de «molde»). A este libro también lo bauticé con esa frase porque es un intento de pensar y despensar en solitario. Lo de «ir sobrada» también prefiero tomarlo como una voz de aliento; esa voz que anima a seguir adelante cuando uno está inseguro de lograr algo, y que diría, en clave de salsachoke, «tranquila que va sola, va sobrada, hágale que no hay peligro». En este contexto, «ir sola» es lo conveniente, lo seguro; cuando, por lo regular, una mujer que va sola (por la calle o por la vida) se encuentra en situación de alta vulnerabilidad. Me cuadran todos los sentidos que se le quieran dar a esa oración, aunque no necesito que me animen ni llenarme de valor para publicar esto; sólo un tipo de narcisismo que, al menos, no mata gente. Gracias por haber leído hasta aquí.
MARGARITA ROSA DE FRANCISCO