Quiero agradecer, primero que todo, a mis pacientes, maestros de vida en esta experiencia en la tierra y a todas las personas que a través de las redes sociales me han permitido conectar con ellas y que, por medio de sus palabras de gratitud y apoyo, me han motivado a seguir en esta línea de trabajo.
También a los que en un comienzo fueron fuertes críticos y detractores, pero igualmente grandes maestros que me ayudaron a poner los pies en la tierra y a domesticar mi ego, tarea en la cual continúo trabajando día tras día.
A todos mis profesores y colegas que siempre hicieron lo mejor por compartir sus enseñanzas y sus experiencias en este camino de la psiquiatría: la doctora Ligia, Daelé, Iris, Vicky, Augusto González, Alexis Benito, Carlos Giraldo, Jorge Franco y, en especial, al doctor Sergio Molina Osorio, quien me brindó su amistad incondicional desde el día en que lo conocí. Nunca tendré cómo retornarle todo el apoyo que me dio cuando apenas comenzaba mi carrera.
No puedo dejar de mencionar a mis maestros, los neurólogos Rodrigo Isaza, Édgar Cardona y Omar Buriticá.
A mi familia, mis padres y hermanas.
A mi esposa, María Isabel, quien me ha dado su tiempo, su amor, su paciencia y muchas otras cosas y quien ha trabajado en este manuscrito de manera tan ardua como yo.
A Sofi y Migue, mis hijos, a quienes amo con todo mi corazón.
Por supuesto, también a mis amigos, en especial a Camilo, que siempre ha estado presente en las buenas y en las no tan buenas, y que más que un amigo lo he considerado siempre mi hermano.
Por último, a la editora Gabriela Méndez, del grupo editorial Penguin Random House, quien me contactó, interesada en mi trabajo, y me propuso sacar este proyecto adelante.
Soy Pablo Gómez, médico psiquiatra —aunque siempre pensé que sería cardiólogo— y desde muy joven me ha interesado el funcionamiento de la mente, por eso me entrené en programación neurolingüística e hipnosis clínica. Hoy, gracias a la tecnología, trabajo desde Medellín, Colombia, pero tengo el privilegio de atender pacientes, sin importar el lugar del planeta donde se encuentren.
No siempre ejercí mi profesión como lo hago ahora, en mi consultorio. En un principio, como la mayoría de mis colegas psiquiatras y de otros especialistas en diferentes ramas de la medicina, inicié mis labores en el sistema de seguridad social de mi país. El sistema de salud en Colombia tiene muchas falencias, pero pese a esto es considerado uno de los mejores, por lo menos en este lado del mundo. Sin embargo, el sistema no me permitía disfrutar mi trabajo y, con el paso de los años, luego de ver cientos de pacientes bajo este régimen, me fui llenando de frustración.
Me sentía una especie de autómata que, con la recolección rápida de un conjunto de síntomas, encasillaba al paciente en una de tantas patologías psiquiátricas y procedía a medicarlo. Lo hacía bien, pero me faltaba algo. No estaba satisfecho, mi trabajo no me hacía feliz. Me daba cuenta de que muchos pacientes no estaban realmente enfermos desde el punto de vista psiquiátrico, sino que la mayoría tenían problemas, como casi todos los tenemos: de salud (propia o de algún familiar cercano), económicos, de pareja, con un hijo mal estudiante o “en las drogas”, de duelo por la pérdida de un trabajo, de una relación afectiva o de un ser querido. Todas estas situaciones generan síntomas depresivos o ansiosos. Y ¿cómo no? Si eres padre cabeza de familia, con tres hijos, dos en la universidad, y pierdes el trabajo a los 57 años, ¿cómo no vas a sentirte ansioso? Hasta los pacientes eran conscientes de que sus problemas no se iban a solucionar con una pastilla y siempre tenía que decirles que la medicación, por lo menos, los iba a hacer sentir más “tranquilos”. Pero ¿quién se creía eso?, una cosa es decirlo y otra cosa es pagar dos universidades y sostener un hogar sin trabajo a los 57 años en un sistema en el que a los 35 ya eres viejo. ¿Qué decirle a la señora de 42 años que se quedó sola con dos hijos, de 9 y 13 años, luego de que asesinaran a su marido, sin una pensión, sin casa propia y sin trabajar porque su esposo solventaba los gastos de la casa? ¿Qué medicamento podría ser tan efectivo como para que esta paciente no sintiera migraña y dolor en el cuello, para que su colon volviera a funcionar bien y no se inflamara con los pocos alimentos que su inapetencia le permitía recibir y para que pudiera dormir, descansar y no pasara en vela toda la noche llorando y lamentándose por su suerte y la de sus hijos?, ¿cuál?
Casos como estos eran el pan de cada día. Dolores musculares, colon irritable, insomnio, migraña, etc., que los médicos generales y algunos especialistas, según el caso, habían tratado, agotando hasta el último de los tratamientos farmacológicos y terapéuticos sin lograr un alivio significativo, pero en los que quedaba un último recurso: una remisión a psiquiatría.
La remisión a psiquiatría era lo pertinente después de descartar las causas orgánicas.
La Universidad de Harvard, pionera en investigación, a través del Instituto de la Mente y el Cuerpo Herbert Benson, ha demostrado en diversos estudios la relación entre el estrés y la salud física, destacando que una gran parte de las patologías recibidas en los servicios de atención primaria en salud están relacionadas con el estrés y el inadecuado manejo de las emociones.
Lo correcto era evaluar la psique, pero en la mayoría de los casos, una fluoxetina o dos no iban a ser suficientes, de eso estaba seguro. Estos pacientes necesitaban otra cosa, algo que no viene en pastillas, jarabes ni inyecciones: esperanza. “Sí, Pablo, eso es lo que nos falta a muchos pacientes psiquiátricos, una voz de aliento, alguien que nos devuelva la esperanza, una razón para seguir”. Esas fueron las palabras de Claudia Restrepo, una de mis pacientes más célebres y queridas, una gran maestra en la tierra y también en el plano espiritual. Nunca olvidaré esas palabras que se anclaron en mi mente y se convirtieron en el punto de inflexión que me devolvió a mi antigua senda, a aquello con lo que resonaba mi alma.
¡Esperanza!, ¡claro!, eso era, en muchos casos, lo que en realidad necesitaba un paciente: ser escuchado, alguien que lo mirara a los ojos al hablar, sentirse comprendido, recibir una palabra de aliento; alguien que expresara empatía, compasión, bondad. Eso podía aliviar más que una fluoxetina, una sertralina o cualquiera de las “linas” de las que disponíamos para medicarlos.
Por eso, no me parece extraño que la palabra “psiquiatra”, del griego psiqué (alma o mente), e iatréia (tratamiento médico), resulte en que un psiquiatra es un “médico del alma”.
Hoy, la vida me da la oportunidad, a través de estas páginas, de reconocer y, al mismo tiempo, pedir disculpas a muchos pacientes que en algún momento pude haber atendido ceñido a mi título de psiquiatra, sumergido en la neurociencia, neuroquímicos y neurofármacos. Y lo hago no porque no fuera lo correcto, sino por haber descuidado por completo el lado humano, el alma, el espíritu. Porque me hubiera gustado poderlos abordar como lo hago hoy, con una visión diferente, pero que, recién salido de mi posgrado, era lo que sabía hacer, lo que había aprendido y lo que la ciencia dictaba y aún sigue dictando.
Los medicamentos son, en muchos casos y en diferentes patologías, fundamentales y necesarios. Es lo que pienso y he visto en la práctica clínica, pero con toda seguridad, y puedo dar fe de ello, funcionan mejor cuando quien los recibe se siente valorado, escuchado y comprendido por quien se los prescribe, por ese alguien que le devolvió la “esperanza”.
Hoy en día, la espiritualidad es la más valiosa y efectiva de mis herramientas para ayudar a los pacientes que acuden a mi consulta, no importa su condición mental o credo. Con algunos, este abordaje puedo hacerlo desde la primera consulta, con otros, tal vez tenga que esperar uno o dos encuentros, y con unos más, muy pocos, que no están aún en ese mal entendido “despertar espiritual”, lo hago desde mis meditaciones y visualizaciones.
Así es como trabajo en la actualidad, fusionando ciencia y espiritualidad. Gracias a Dios, he tenido la oportunidad, a lo largo de mi recorrido como psiquiatra, de encontrar terapias que me conectan con algo que sentía desde muy joven, pero que no podía expresar por completo, esa conexión “energético-mental-espiritual” con algo superior, con un poder al que todos tenemos acceso, pero que tal vez esté velado o sesgado por algún tipo de doctrina que recibimos como verdad absoluta, impuesta y que no nos permite contemplar posibilidades diferentes.
Por favor, no quiero que se malinterprete esto último, respeto las creencias religiosas de cada persona y no estoy promoviendo ningún tipo de culto o secta rara. Tampoco me siento poseedor de una verdad absoluta con la que todos ustedes, mis lectores o pacientes tengan que comulgar. Simplemente a lo largo del tiempo pude entender el que, para mí, es el verdadero significado de la espiritualidad. Y repito, para mí.
Hoy en día, por una no tan extraña razón, la mayoría de los pacientes que buscan mis servicios y permiten que los atienda, de alguna manera ya están “sincronizados” con mis creencias, y al abordarlos me refieren que, como yo, sienten esa conexión con el mundo espiritual y eso le da sentido a sus vidas, a sus relaciones, a sus padecimientos, pero también a sus momentos de alegría y satisfacción.
Hace unos años, un amigo que vino a cenar a mi casa se quedó sorprendido cuando encontró en la entrada un cuadro de Nuestra Señora, la Virgen de Guadalupe, que había traído de México. “¿Por qué tenés el cuadro de una virgen en tu casa y justo en la entrada?”, me preguntó. Al inicio no entendí su pregunta, pensé que era una especie de charla o broma para comenzar la velada, pero al ver su cara de asombro, entendí que su cuestionamiento era serio. “Lo traje de mi primer viaje a México”, le dije. “De hecho, la razón principal por la que viajé fue para pagarle una ‘promesa’ a la Virgen”, aclaré. “¿Me estás hablando en serio?”, volvió a preguntar sin salir del asombro. “Sí, en serio”, repuse algo desconcertado. La verdad, no entendía cuál era la razón de su asombro. En mi hogar, crecí con cuadros de la Santísima Trinidad y del Sagrado Corazón de Jesús en la sala, como creo lo hicimos casi todos los colombianos de mi generación.
Me quedé observándolo, esperando su respuesta a mi argumento. Ahora era él quien parecía desconcertado, pero unos segundos más tarde sonrió y dijo: “¡Vos sos muy raro! ¿Desde cuándo los psiquiatras creen en Dios, la virgen o en cosas de esas?”. Estaba tan sorprendido por su cuestionamiento que solo atiné a responderle: “No sé, yo siempre he creído en Dios y no sabía que los psiquiatras no lo hacían”, dije esbozando una sonrisa algo insegura, tratando de no ser descortés, aunque me sentí incómodo. El resto de la noche transcurrió en completa normalidad y la verdad no pensé mucho en eso.
Pero esa pregunta volvió, justo en la cama, cuando me disponía a dormir. Comencé a pensar en todos mis colegas psiquiatras, los cercanos y los no tan cercanos, en mis profesores de psiquiatría, los profes vieja guardia y los más jóvenes. “¿Será que ninguno cree en Dios?”, “¿Ser ateo es una condición para poder ser psiquiatra?”, “¿Qué tan malo puede ser tener una creencia religiosa para ejercer esta profesión?”. Incluso muchos pacientes con frecuencia me dicen: “Gracias a Dios primero, doctor, y después a usted, es que ya estoy mejor”.
Yo sí creo en una energía superior, en el universo, en la fuente, en la matriz divina o en el campo cuántico unificado de consciencia, cada uno lo llamará como quiera; yo lo llamo Dios. No me considero una persona muy religiosa, no soy muy practicante, pero la conexión con esa energía creadora de la cual sé que provengo me permite vivir mi espiritualidad y tener la certeza de que Dios existe.
Cuando era apenas un adolescente, ya me interesaban los temas relacionados con el “poder de la mente”. Corrían los años ochenta y en esa década conocí y viví con todo el furor lo que en ese momento se denominó “la nueva era”. Creo que actualmente no se habla tanto de nueva era, pero el fenómeno continúa, o por lo menos muchas de sus secuelas. O, ¿qué piensan ustedes del famoso “despertar de la consciencia” del que tanto se habla, pero que pocos entienden?
Hoy existen plataformas virtuales relacionadas con estos temas que se pueden usar en cualquier dispositivo electrónico y a las cuales se accede pagando una suscripción mensual, anual y en algunos sitios hasta se tiene la opción, por medio de un pago único, de hacerse miembro vitalicio; de hecho estoy suscrito a dos de ellas. Además, he desarrollado un curso que se encuentra disponible en una de estas plataformas.
Conoce mi curso escaneando este QR:
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En esa época, tuve mi primer contacto con “el mundo espiritual”, claro, no como lo entiendo hoy, pero sí con algún grado de relacionamiento. A los 16 años, hice un curso de programación mental, el reconocido “Método Silva de programación mental”. Allí conocí el concepto de la mente consciente, la mente subconsciente y de los estados alterados de consciencia, tan importantes hoy en día en mi práctica como psiquiatra y de los cuales les hablaré más adelante.
La nueva era me atrapó, así como la conexión con algo sobrehumano, sobrenatural, la energía, el poder de la mente, ángeles, etc. Y todo esto, lejos de obstaculizar mi quehacer como psiquiatra, me ha permitido enamorarme cada día más de mi profesión y ejercerla de una forma un poco diferente, no mejor, solo diferente.
Este no es un libro de psiquiatría ni de neurociencias, pero en él hablo de ambas. Tampoco es un libro de espiritualidad, pero abarco muchos conceptos relacionados con ella. Y no pretende ser un libro de autoayuda, aunque (no está bien que yo lo diga) estoy seguro de que su lectura puede orientar y ayudar a varias personas. ¿En qué?, bueno, eso solo lo sabrá cada uno cuando termine de leerlo.
Como psiquiatra, hay muchos temas que me gustan, que estudio, que introyecto y comparto a mi manera con quienes tengan los mismos intereses, a través de mis redes sociales, en las cuales cuento con un buen número de suscriptores a los que les agradezco su acompañamiento y muestras de gratitud.
Aunque creo que lo disfrutaría muchísimo, no estoy horas enteras dentro de un laboratorio de neurociencias midiéndole el cerebro a nadie. Tampoco me desperté un día cualquiera siendo un “iluminado” y mucho menos he pasado años enteros meditando en el Tíbet. Ni siquiera he ido por allá.
Recuerden que solo soy un psiquiatra. Pero, cuidado, que no se malentiendan estas palabras, pues ser psiquiatra no es poca cosa. De hecho, es una especialidad de la medicina: para ser psiquiatra hay que estudiar seis años y después tres a cuatro años más de posgrado, dependiendo de la facultad donde se estudie, como cualquier cardiólogo o pediatra. Dicho esto, también aprovecho para aclararles a los que confunden la psiquiatría con la psicología, que son dos profesiones relacionadas, complementarias, no excluyentes, pero diferentes.
Me gustan las neurociencias, las psicoterapias y también la espiritualidad. He logrado fusionar el concepto que tengo de la espiritualidad con la neurociencia y aplicar ambas cosas en mí y en mi práctica privada con mis pacientes.
Pero se preguntarán, ¿cómo puede decir que dos áreas tan distintas, la espiritualidad “del reino de los cielos” y la neurociencia “del reino de los mortales”, se pueden fusionar?
A lo largo de estas páginas les mostraré que es posible hacerlo, que existe una relación directa y palpable entre ambas. Prometo llevarlos, por medio de un lenguaje sencillo, a través de anécdotas e historias vividas con mis pacientes (a quienes por razones obvias les cambiaré sus nombres y datos biográficos), por un mundo de ciencia y espiritualidad maravilloso.
A medida que avancemos en este recorrido, los iré dotando de las herramientas que considero que han sido las más importantes para ayudar a mis pacientes a entrenar su mente y poder cumplir con lo que el dalái lama considera el propósito fundamental de la vida: “Buscar y alcanzar la felicidad”.
Los invito a recorrer juntos este camino.
Desde hace muchos años, recibo preguntas en las consultas acerca de la felicidad: ¿Qué es la felicidad? ¿Cómo puedo ser feliz? ¿Cómo sé que ya soy feliz?, entre otras. Por mucho tiempo, no pude responder a ciencia cierta estas preguntas. Era consciente de las actitudes y de la forma de pensar de personas muy alegres, las cuales contrastaban con la amargura y el resentimiento de otras, independientemente de las situaciones ambientales, sociales o económicas que cada uno tuviera. Con el tiempo y la experiencia, pude ver que la felicidad no era una meta, un destino al que hay que llegar, sino una manera de pensar y actuar ante cada momento de la vida: estar en paz con el pasado, aceptar el presente incluso cuando las circunstancias no sean las mejores y ver el futuro con optimismo y fe.
No soy ningún gurú, ni mucho menos un “iluminado”, sólo entendí que la felicidad es algo que se puede “entrenar” al igual que cualquier habilidad, aunque se requiere, como con otras cosas de la vida, una gran actitud, como dice Angela Duckworth en su libro Grit: El poder de la pasión y la perseverancia.
La actitud es algo que proviene del interior, es ese deseo interno que nos mueve, y está condicionada por la manera de ver la vida, es decir, por el sistema de creencias, aunque también es cierto que hay un porcentaje que heredamos de los genes de nuestros ancestros. Por estas razones, con frecuencia, muchos pacientes me dicen frases como esta: “Mi problema, doctor, es que no tengo disciplina ni fuerza de voluntad”. Lo que repetimos tanto mental como verbalmente tiene un gran impacto en la conducta y mucho más si estos procesos mentales están cargados de emociones, que de hecho lo están, tanto buenas como no tan buenas. Aquí radica la importancia de entrenar la mente, que no es otra cosa que entrenar la atención para estar conscientes del flujo incesante de pensamientos que corre de forma automática por ella, poder escoger los que deseo tener, desechar los que no y, de esta manera, gestionar mis emociones, mis sentimientos y, finalmente, mis conductas.
Hoy, la neurociencia demuestra el impacto positivo que tienen para la salud física y mental los ejercicios básicos relacionados con la meditación, la respiración, el perdón y la gratitud, entre otros, además de la actividad física, el yoga, el taichí o el chi kung. Digo básicos porque cualquiera de nosotros puede aprender estas técnicas para llevarlas a cabo y disfrutar de sus beneficios, pero de nuevo aparece esa palabra temida para algunos: disciplina. Sí, se requiere disciplina y esta solo aparece cuando lo que deseo en realidad es importante para mí. En otras palabras, cuando hay un deseo profundo del corazón. Entender los beneficios de estas prácticas puede ser la clave que despierte el interés y la curiosidad que nos permita aventurarnos, explorar y, lo más importante, no desistir aun cuando los primeros intentos no sean del todo exitosos.
Para ser felices debemos entrenar la mente y aprender a vivir en el momento presente. Encontrarse en el presente es estar alerta y consciente de aquello con lo que alimentamos la mente, es la “dieta mental” de la que les hablaré más adelante. La mente no consciente no discrimina los pensamientos entre correctos o incorrectos, por eso es tan importante saber pensar.
Vivir en el presente no implica olvidar mi pasado ni tampoco descuidar mi futuro, es no vivir en el dolor de recuerdos tristes o traumáticos y no anticiparnos a tragedias futuras que solo existen en la mente y que tal vez nunca ocurran. Es vital entender que mis pensamientos están ligados a mis emociones, las cuales son de suma importancia, ya que, como veremos más adelante, tienen un impacto en la salud física y mental.
¿Te has preguntado alguna vez por qué te cuesta hacer pequeños cambios en la vida para vivir mejor y abandonar la mal llamada zona de confort? La respuesta rápida podría ser: “Es que no tengo fuerza de voluntad”, pero no necesariamente es la correcta. Es la mente, nuestra manera de pensar, la responsable.
El cerebro, esa maravillosa máquina que nos permite materializar las cosas, tiene como intención protegernos, evitar el dolor y el desgaste energético. Por esta razón es frecuente que cuando nos proponemos hacer algo nuevo o nos esforzarnos en alcanzar una meta, aparezcan en la cabeza una avalancha de pensamientos negativos, como “no se puede”, “es difícil”, “qué van a decir”… que generan miedo y nos paralizan de tal forma que seguimos estancados en el mismo lugar y, peor aún, quejándonos.
La realidad actual de cada área de la vida (económica, laboral, afectiva) es un reflejo del mundo interior. Para cambiar el mundo exterior, primero debo hacer cambios en el mundo interior, de lo contrario será muy difícil mejorar, aunque, siendo justos, no imposible. Solo quiero que sepan que existe una forma más sencilla de hacer las cosas y esa no es otra que entrenar la mente.
Este libro es una recopilación de reflexiones y acciones acerca de la vida, el pensamiento, la materia y la manera cómo podemos acercarnos o lograr la felicidad. Espero que encuentres ideas refrescantes que te ayuden a pensar bien para vivir mejor y ser feliz.