Para la güerita Ledesma

Historia completa de cómo un par de caballeros bogotanos estuvieron a punto de dar una paliza a dos luchadores enmascarados, la guerra familiar que siguió y el histórico acuerdo de paz que ha sido ejemplo para países violentos.

1. El villano de la máscara

Blue Demon sabía que yo llevaba medio siglo buscándolo para cobrarle una deuda de honor, y por eso se escondía.

Estoy seguro de que este sujeto, que trepaba al cuadrilátero a torturar a sus rivales amparado por una máscara azul, recordaba bien cuál era esa deuda. Y presiento que nunca olvidó la tenebrosa noche del 8 de junio de 1955, cuando me convirtió en su acreedor, el hombre dispuesto a perseguirlo hasta el final de sus días. O los míos. Han pasado más de cincuenta años, pero sigo con la imagen de Blue Demon entre ceja y ceja, como si hubiera sido ayer. Ambos sabemos que es una obsesión justificada, porque no se le propina una paliza sicológica en público al padre de un niño de diez años sin ganarse para siempre la enemistad del chico.

Aquella noche del 8 de junio de 1955 era la de mi décimo cumpleaños, y aquel niño que vio maltratar a su señor padre en público soy yo. Por eso busqué a Blue Demon durante más de cinco décadas, por eso él se escondía y por eso he podido, al fin, dar con su cobarde paradero.

Eran los tiempos en que miércoles y sábados se ofrecía doble jornada de lucha libre en la Atenas Suramericana (por eso llamaban así a Bogotá: porque revivía los combates de lucha olímpica, o pancracio, que practicaban los griegos hace 2.300 años). Una de las empresas montaba su espectáculo en la plaza de toros, y la otra en una carpa portátil a la que llamaba con mentirosa pompa “Coliseo cubierto”. De la plaza al coliseo mediaban apenas cien metros. Noches espléndidas, noches salpicadas de luceros en el cielo e improvisados mingitorios en la tierra. Si algo abonó la feracidad del Parque de la Independencia fueron esos cerveceros ilustres que acudían a disfrutar de los combates y luego se desahogaban libre y copiosamente en el descampado mientras comentaban el resultado de la pelea estelar entre, por ejemplo, el Águila Israelita y el Alacrán.

La fiebre por la lucha se había tomado a Bogotá. Los niños coleccionábamos caramelos Reyes del Ring, y en todos los colegios intentábamos aplicar a los más pequeños las llaves que aprendíamos en las fotos color sepia de los álbumes. Taxis viejos con altavoces recorrían los barrios y perifoneaban el cartel de la próxima fecha. King Kong versus Carniceros Butcher, barba contra pelo… Penado 14 vs. el Médico Asesino, máscara contra máscara… Gran combate entre rudos sin árbitro ni límite de tiempo: King Brynner vs. el Enfermero.

Es bien sabido que, así como al repostero un día le toca escoger entre elaborar pasteles de sal o bizcochos de dulce, el luchador tiene que optar entre forjarse reputación de asesino (los rudos o malos) o fama de atleta decente (los buenos o técnicos). Los sucios no respetan normas, trampean y encarnan el mal; los técnicos son tan nobles que a veces llegan a ser pendejos y encarnan el bien. Unos y otros se equilibran maravillosamente, como ánodos y cátodos, y tienen claro que sin los otros no existirían los unos.

Inventario de rudos

En la Bogotá de entonces los rudos más sobresalientes eran King Kong, el Penado 14, el Caníbal, el Lobo de Galicia, Plutarco, la Momia, Renato el Hermoso… Entre los buenos brillaban el Santo, el Tigre Colombiano, Chorro de Humo, Huracán Ramírez…

Me ha ayudado a reconstruir el elenco mi compadre Humberto Dorado, del cual sospecho que alcanzó a debutar y morder el polvo de la colchoneta como precoz enmascarado con el nombre de Garrick el Terrible.

King Kong era un inmigrante libanés, Antonio Cantús. Pesaba lo que un tren y, de hecho, cierta vez arrastró una locomotora con los dientes sin que se le aflojara un solo canino a él ni una sola rueda a la máquina. En otra ocasión se enfrentó al campeón mundial de boxeo Primo Carnera y lo derrotó en tres asaltos. Carnera era ya tan viejo que no parecía un primo sino un tío, y optó por la lucha de manos libres porque se le habían roto los guantes de tanto dar coñazos mundo arriba y mundo abajo.

A tono con su alias tanguero, Penado 14 era malo, malísimo, pero fue ídolo de la masa perversa que celebraba con aplausos delirantes su formidable hipocresía sobre el ring. Taimado, traidor, desleal, sibilino, culebrero, se acercaba a dar la mano al rival caído y le arrojaba arena en la cara o le arrimaba al árbitro sediento una cantimplora con ácido sulfúrico. Una joya, el buen Penado…

El Caníbal, salvaje entre las cuerdas y pedagógico en el gimnasio, fue profesor de lucha libre de cierto amigo mío de cuya identidad solamente diré que se llama Enrique Santos Calderón. Gracias a las artes aprendidas con tan tremendo maestro, fue rebelde en los años sesenta, se graduó en Filosofía y Letras y luego consolidó bruñida carrera de periodista. En los momentos difíciles ha sabido exhibir la dureza de su antropofágico maestro de lona.

El Lobo de Galicia respondía solo a medias a su mote de combate: era lobísimo, pero no era gallego. Posiblemente de Zapatoca, Santander. Observa Garrick el Terrible: “Tenía un perro que subía al ring con él, por si las moscas”. Convendría precisar que más bien subía al ring con las moscas.

Cuando no estaba aplicando una Doble-nelson en la tarima, Plutarco fungía de portero en el Teatro Chile. Fue él la única autoridad que llegamos a respetar los estudiantes asiduos de aquella inolvidable sala de cine. Nunca supe por qué ese varón de hierro escogió como combatiente el nombre de un blando autor de biografías. Alguien debió de mencionarle las Vidas paralelas y él las confundió con las barras paralelas, que permiten desarrollar los bíceps, para mayor despliegue y tenaz ahogo de la Doble-nelson.

La Momia subía al tablado entre un catafalco que cargaban cuatro monosabios egipcios en medio de antorchas y con las luces del escenario apagadas. Tenía que hacerlo quince minutos antes de su rival, porque revivirlo y despojarlo de las vendas tomaba un prolongado tiempo. Era implacable hasta tal punto que, terminada la pelea, el que solía salir en catafalco era el enemigo.

Renato el Hermoso fue una fascinante anticipación del poder gay. Lo precedían alfombras rojas, lluvias de pétalos y efluvios perfumados que varios ujieres de remendado disfraz esparcían por los aires. Pasados unos minutos de expectativa aparecía Renato contoneándose bajo una capa de falso armiño; el pelo (cabello, en el caso de él) le llegaba a los hombros; las pulquérrimas manos, agobiadas de anillos y perendengues, hacían carantoñas al respetable público y castigaban los alaridos insultantes tirando chocolatinas. Muchos provocadores de galería le gritaban de todo, pero Renato respondía a los agravios con lejanos besos que los irritaban más. Después sonaba la campana, y ese maricón de playa se injertaba de fiera y aplastaba sin compasión al contrincante de turno. Una vez sepultado el rival, Renato vestía de nuevo su capa, recuperaba la sonrisa para decir a los presentes “Chau, muchachos, chau…” y se alejaba haciendo volar besos en dirección al rugiente gentío.

Al final de la temporada regresaba a su casa, pues era un tipo normal a quien esperaban una mujer y cinco hijitos. Me cuenta Garrick el Terrible que en Venezuela funcionó un autodenominado Iván el Exótico, la versión perrata de Renato el Hermoso. Era rudo, bastante populista y no había captado muy bien el delicado mensaje de Renato, pues lanzaba al público hallacas y se hacía fumigar las axilas con insecticida anticucarachas.

El álbum de los buenos

El escuadrón de los buenos —todos ellos raudos, todos ellos nobles, todos ellos atletas formidables— llegó a contar con verdaderas estrellas. El Tigre Colombiano era la patria en los cuadriláteros, nuestro oh gloria inmarcesible en el arte del pancracio. Rapidísimo, agilísimo, fulminante, conquistó en no-sé-dónde el campeonato mundial de no-sé-qué, y después fue empresario de lucha libre. Su genuina popularidad y el hecho de ser dueño de la compañía le permitían reservarse para las peleas de fondo. Los altavoces acompañaban su salida a la arena con un disco de guerra: “Tú lo que quieres es/ que me coma el tigre,/ que me coma el tigre,/ que me coma el tigre”. Y el Tigre se los comía.

Miércoles y sábados, el criollo Chorro de Humo asombraba por su calidad de velocísimo gladiador negro que se escabullía por entre las piernas de sus rivales y los sacudía a punta de Patadas Voladoras. Chorrito, como lo llamaban sus hinchas con cariño, despertaba admiración, respeto y ese especial cariño que uno tiene por lo suyo. Durante el resto de su vida, el felino luchador se transformaba en un juicioso funcionario de apellido Lozano con cédula de ciudadanía expedida en Quibdó. Trabajaba en una empresa distrital de servicios (creo recordar que era el Acueducto) y atendía al público con un chorro de paciencia y un humo de amabilidad.

En cuanto a Huracán Ramírez, fue el gran favorito del público bogotano. Su leyenda, cuidada con esmero a través de carteles y perifoneo, decía que se trataba de un mexicano pacífico a quien un maldito villano le había robado una mala mujer, como en cualquier ranchera de cantina. ¿Dice “su leyenda”? Seguramente. Lo único comprobable es que había nacido en lo que los locutores cultos llamaban el País Azteca. Desde la adolescencia ocultaba bajo una máscara su rostro adolorido y, enfurecido como un huracán, descargaba de gallarda manera su despecho en todos los malos que se encaramaban al proscenio. A ojos de los cachacos, la musculatura, la bonhomía y la habilidad de Huracán Ramírez no tenían par. Lo queríamos más que al Santo. Incluso más que al Tigre Colombiano. Por eso fue una frustración general cuando el infame Penado 14 lo despojó de la máscara aprovechando un desmayo efímero. Desprovisto de la careta, su rostro era el de un hombre atribulado y tristón. Como por un milagro, los cuernos habían desaparecido.

Yo estaba allí, y esa jornada figura aún entre las peores de mi vida. Casi tan tétrica como la noche de Blue Demon y mi taita.

Hubo otro enmascarado que también conquistó el favor y el fervor del público. Se decía que procedía de Turquía, un país lejano, y había peleado en la reconquista de Constantinopla. La ignorancia popular en torno al bagaje histórico impedía saber que, para que semejante mito fuera verdad, el púgil debería de haber nacido en la primera mitad del siglo XV. No importa. Era ligero, caballeroso y cubría la cara con un embozo oscuro sobre el que brillaba la media luna roja. El Sultán también perdió el antifaz en una apuesta de pelo contra máscara. Lo vi desde las filas delanteras, y mi frustración fue doble, porque reconocí en esa cara expuesta por los reflectores la de un señor manizalita de apellido Useche que trabajaba en el almacén de abarrotes de mis primos Giraldo.

Este hombre es un Santo

El Enmascarado de Plata, llamado el Santo por extraña antonomasia, fue el gran señor del espectáculo mexicano cuando el cine de charros entró en declive. Sus películas, más de treinta, son uno de los tesoros de la cinemateca de París. Cumplía una o dos giras continentales al año, y adonde quiera que llegaba provocaba sensación, porque le habían despejado el camino de la fama sus apariciones en pantalla, los cómics y las fotonovelas. Alguna vez me escribió un amigo argentino para informarme que el Santo estaba presentándose en Buenos Aires. Y como ese mismo día el cartel lo anunciaba en Bogotá, deduje sin muchas lucubraciones que el Santo era una industria y que había tantos Enmascarados de Plata cuanta plata hubiese para pagar enmascarados. Y que justamente por eso se enmascaraba.

Hace un tiempo supe muchas más cosas sobre él merced a un libro y una exposición sobre lucha libre mexicana que se realizó en Madrid. La cámara de Lourdes Grobet ha dejado un delicioso testimonio sobre los ases del ring y el tomo Espectacular de lucha libre, que recoge muchos de sus retratos y unos cuantos textos, evoca la época en que éramos felices fingiendo que nos golpeábamos.

El auténtico Santo se llamaba Rodolfo Guzmán Hidalgo. Era mexicano, ¡pos cómo no!, nacido en familia pobre pero buena en Tulancingo, Hidalgo, el 23 de septiembre de 1917. Tuvo varios hermanos luchadores. Uno de ellos, la Pantera Negra, murió sobre un cuadrilátero la única vez que un rival se equivocó y apretó de veras una de esas llaves que solo pueden aplicarse de mentiras. El Santo debutó en 1934 con el apodo de Rudy Guzmán. Exhibió después nombres de guerra más sofisticados y escogió la identidad oculta que permite la máscara —el Hombre Rojo, el Murciélago II— hasta que se asentó como el Enmascarado de Plata. Entre 1941 y 1962 fue un demonio: canalla, rudísimo, tramposo, pésima gente… y, como todo malvado técnico, sumamente popular. Un buen día decidió cambiar de bando. Se volvió bueno, le salió aureola y pasó a llamarse el Santo, sin que se alterara en lo más mínimo su prestigio.

Semejante hazaña, que solo han conseguido algunos políticos, lo convirtió en el gran ídolo latinoamericano del ring. Años antes yo lo había visto doblegar en la Plaza de Santamaría al Médico Asesino (asesinado, a su vez, más tarde, pero no por un médico). El Enmascarado de Plata era ya un hombre maduro: había llegado a esa edad en que las únicas caretas son de arcilla con ácido glicólico: aplíquese una vez por semana durante quince minutos, y límpiese luego el cutis con agua tibia.

Entre agosto y septiembre del 82 se despidió de su público con una gira triunfal. Ya tenía sesenta y cinco años y llevaba más de cuarenta combatiendo. Según un cronista, salió triunfador de su última pelea y, “cuando los mariachis entonaron Las golondrinas, alzó los brazos en señal de despedida y con lágrimas en los ojos dijo ‘adiós’”. Murió un par de calendarios después, y subió a los cielos en alma y máscara. Al pie de la tumba quedaron su esposa y sus hijos.

También lloraba durante el sepelio un inconsolable personaje de máscara azul violeta que fue su archirrival, el yang de su ying, la otra cara de su moneda, el polo opuesto, su némesis y antítesis. Sí, señores: ese que gemía como un niño pequeño en el Mausoleo del Ángel en Ciudad de México era Blue Demon. El Diablo Azul. He ahí al sujeto a quien busqué durante media vida para cobrarle una deuda de honor. El que humilló a mi padre.

2. ¡Bájense si son tan machos!

La fotografía de Blue Demon con la máscara empapada en llanto al pie de la cripta de su enemigo eterno, el Enmascarado de Plata, no existe.

Cuando ocurrió tan desgarradora escena no se encontraba allí la cámara de la fotógrafa mexicana que ha dedicado muchos almanaques a retratar personajes de la lucha libre azteca: buenos y malos; rudos y técnicos; enanos como Arturito, víctima de la acondroplasia, y gigantes como Andrés, de 2,25 metros, enfermo de acromegalia; madres de familia que dan teta a los bebés sin desprenderse del antifaz con el que suben al ring los fines de semana; clásicos nobles como el Huracán Ramírez y Cánex, el Príncipe Maya; aterradores villanos posmodernos como la Migra, personaje que simboliza a las odiadas patrullas de inmigración de Estados Unidos…

¿Quién era y cómo era ese llorón de rostro cubierto por añil careta, ese hombre que yo busqué durante largos decenios —como lo he dicho— para cobrarle una deuda de honor? A Blue Demon no lo incluyo entre los malos ni entre los buenos. Y es porque su caso revienta todos los esquemas y resulta para mí personalmente afrentoso.

Los verdaderos aficionados a la lucha libre amamos a los púgiles más técnicos y nobles, pero reservamos siempre una dosis de simpatía para depositarla a los pies de algún malvado que nos atrae. Es la cuota de perversidad que todos llevamos dentro, la brasa infernal que arde en lo peor de cada uno y que de vez en cuando escupe su fuego maldito. Blue Demon, el combatiente de careta añil, era sumamente malo, pero era mi malo. Por eso, el día que cumplí diez años pedí a mis progenitores que me dieran como regalo la invitación a presenciar una función de lucha libre en vivo. Quería celebrar mi primera mayoría de edad asistiendo a un espectáculo desde la localidad más cercana a la colchoneta. Quería oír los gritos, escuchar el crujir de las carnes maltratadas, oler el sudor de la lid, arriesgarme a alguna salpicadura de sangre.

Eran, repito, los tiempos dorados de los púgiles en Bogotá y esa noche en el combate de fondo se enfrentaban, máscara contra máscara, Blue Demon y el Penado 14, el atrás mentado judas del deporte, el innombrable rey de los abyectos, el zar de la infamia, alevoso, ruin y miserable. Se rumoraba que el mascarón escondía a un huerfanito húngaro, huido de la prisión de Cayena tras asesinar a su madre. El perdedor de la ansiada contienda estaba obligado a quitarse la máscara a la vista del público.

Mi padre se conmovió ante mi solicitud y dijo sí. Fue su perdición y la mía. Y desde entonces, también la del enmascarado azul.

Para superar el tedio que les producía llevarme a esa gran comedia de falsa violencia, mis progenitores conquistaron como compañeros de plan a una pareja de amigos: tía Amalia, dulce musicóloga, y su rendido enamorado de entonces y más tarde delicioso cronista y gramático, Alfredo Iriarte Núñez. La noche del 8 de junio de 1955 salimos los cinco a festejar mi bautizo de arena. Pero, previamente, decidieron Alfredo y mi taita que, a fin de honrar aún más la efeméride, convenía reservar mesa en un restaurante fino, darse una buena comida y mojar con algo de whisky lo que prometía ser para ellos una velada menos fascinante que para mí.

Algo ocurrió. Se demoró la cena, se aceleró el licor, o sucedieron ambas cosas a la vez. Lo cierto es que llegamos tarde al espectáculo y, camino a la Plaza de Santamaría, escenario de las justas, Alfredo y mi viejo cantaban alegremente Las mañanitas. Cuando nos ubicó un coime en nuestras sillas de primera fila, el árbitro acababa de llamar al centro a los contrincantes de la última lid para advertirles que se abstuvieran de golpes bajos, puntapiés, mordiscos y llaves de ahogamiento. Recomendación meramente formal y en realidad ridícula, porque lo que todos queríamos ver era cómo ambos violaban todas y cada una de las supuestas normas de la contienda limpia. Mientras se aprestaban a destrozarse los enemigos enmascarados, mi papá y Alfredo sonreían chispones y mi mamá y tía Amalia encaraban con resignación lo que faltaba de noche. Yo ardía de expectativa.

El coloso cae a la arena

Blue Demon empezó venciendo. Suyo fue el primer asalto, que ganó mediante el innoble recurso de aplicar Doble Punzón a los ojos del rival —algo totalmente prohibido— y, aprovechando la momentánea ceguera del Penado, le clavó una combinación de Cangrejo Sencillo y Patada Voladora que lo sacó del ring y lo mandó a rodar por el piso de la plaza. Sucio de mugre y arena, como en el poema de García Lorca, el magullado contrario logró subir de nuevo al tinglado con la ayuda de sus asistentes y en medio de la rechifla popular.

No había sonado aún la campana de vuelta a las acciones cuando el moribundo y taimado expresidiario, sorprendiendo al rival, al árbitro y al público, se lanzó con agilidad sobre Blue Demon y lo torturó durante largos minutos, al cabo de los cuales golpeó también al referí. Con el tiempo agotado cerró la faena intentando cercenar la cabeza del opositor en las cuerdas. Round del Penado.

El tercer asalto pintaba emocionante, pero no llegué a pensar que desataría las pasiones que se apoderaron del lugar. Comienzo favorable para Demon, con doloroso Candado a la cabeza de su víctima y mordiscos prohibidos en el brazo, ante la indiferencia sospechosa del juez y el respaldo brutal de la torva galería (actitud que anunciaba la violencia que hemos vivido en el país, como años después lo comprobé). Cuando ya parecía que el Penado iba a tirar la toalla, el presunto húngaro resucita, se sacude y procede a demoler al mexicano azul: cuatro golpes de karate al pecho… Torniquete a la cabeza… Uno, dos, tres Volantines Espartacos… Acordeón con las costillas… Crucifixión bocabajo… Tabla Marina… Tirón Monctezuma de párpados y pestañas… Timbre al ojo y, como fin de fiesta, feroz Quebradura de Espinazo —la Flecha Tártara—, que expulsa a Demon del cuadrilátero y lo arroja como un bulto de arroz a la arena del ring side…

Fue el golpe fatal. Fatal para Blue Demon y fatal para quienes presenciábamos las maniobras en primera fila. Porque, al precipitarse al suelo, el vapuleado púgil rozó levemente la suela del zapato derecho de mi mamá y en ese instante —¡qué noche!— se le alborotó el machismo a mi taita. Decidió entonces que el caído le había faltado el respeto a su cónyuge y, de rebote, lo había insultado a él, a la tradición principesca del cachaco santafereño y, lo último pero no lo menos importante, a la dignidad de la familia, incluida tía Amalia, que dormitaba ya plácidamente sin percatarse de lo que se empezaba a cocinar en los alrededores de su butaca.

De hombre a hombre

El asunto adquirió un cariz feo con el gruñido de protesta de mi ofendido predecesor, seguido de una exclamación que era anuncio de tormenta: “¡Esta vaina sí no se la permito al pisco este!”. Seriamente preocupada, mi mamá le pidió que se tranquilizara, le aseguró que no le había ocurrido nada a ella, que el pobre Demon se había desplomado en la arena sin posibilidades de un aterrizaje mejor calculado y que, de cualquier manera, todo entraba en la diversión y, por lo que más quieras, Andrés, no nos vayas a dañar la fiesta…

Pero ya las endorfinas del caballero retado galopaban como un torrente dispuestas a arruinar el jolgorio. En menos de diez segundos se aglomeraron en las glándulas de mi señor padre el instinto alfa del macho en defensa de su territorio, el sentido del hidalgo español que honra a su dama y, sobre todo, esos cinco o seis whiskies mal digeridos en la inoportuna cena. Así, pues, que, en vez de atender la voz de la prudencia que emanaba de la maternal garganta, y desoyendo mis angustiados sollozos ante la penosa situación, púsose en pie mi padre, despojose bravíamente de la chaqueta, remangose la camisa y desafió a pelear a Blue Demon, que ya había vuelto al tablado y allá arriba se dedicaba a retorcer minuciosamente el pescuezo del Penado 14.

—¡Baje aquí, atarván! —le gritó mi padre—. ¡Conque muy valiente para golpear a una dama, gran carajo! ¡Venga a ver si es tan macho conmigo!

Al principio, Blue no entendía qué estaba ocurriendo. Pero cuando el agraviado caballero colombiano se acercó al escenario e insistió en su reto, el Penado 14, que no tenía ni un miligramo de húngaro y ocultaba bajo la máscara un tosco carácter antioqueño, le dijo al autor de mis días:

—¡Andate para tu puesto y no jodás, viejo berriondo!

Bastaron esas palabras displicentes para que Alfredo Iriarte saltara como jaguar en solidaridad con su amigo y, despojándose del saco inglés, se alineara al lado del camarada e impetrara al ofensor:

—¡Dos contra uno! ¡Qué valientes! ¡Ahora sí estamos parejos, guaches inmundos! ¡Bajen aquí si son tan machos y nos batimos hombre a hombre!

El público no paraba de silbar y exigía a los berridos que la policía sacara a los dos alicorados impertinentes. Entretanto, mi mamá y Amalia se cubrían la cara avergonzadas y yo temía con zozobra que Demon y 14 descendieran del ring para convertir a mi papá en naco y a Alfredo en albóndiga mediante la aplicación de cuatro Llaves Aztecas y dos Tijeras al cuello. Me veía huérfano por culpa del enmascarado que hasta unos momentos antes había sido mi ídolo.

Por fortuna, el empresario obró de manera veloz y produjo un agente de policía que se llevó amablemente a los dos revoltosos señores seguidos de sus parejas y al abochornado niño, mientras los púgiles continuaban dirimiendo el reto a golpes, acostumbrados, como estaban, a la habitual presencia de espectadores levemente beodos que pierden los papeles.

¿Cuánto duró la escena desde el momento en que el enmascarado azul rozó del zapato derecho de mi mamá y fuimos expulsados todos de la platea bajo una lluvia de oprobios y referencias poco educadas a mi inocente y ya difunta abuela? No mucho. Dos minutos. Dos minutos y medio. Nadie tocó a nadie: ni el de la careta frotó la pantorrilla de mi santa madre, ni mi padre logró asestarle una bofetada, ni el Penado 14 aplicó el Nudo Wellington a las piernas de Alfredo Iriarte, ni Iriarte consiguió “romperle la jeta”, como lo prometía a gritos.

Pero las huellas de esa Patada Voladora que machacó mi pundonor personal iban a prolongarse toda la vida.

Yo sentía que nos habían dado una paliza a todos y, más que a nadie, a mi padre. Era una muenda irrecuperable que maltrató para siempre nuestro amor propio. Varias veces, en los años siguientes, mencionaron mis progenitores aquella jornada. A mi mamá le faltaba el aire al recordar la oprobiosa anécdota, pero mi taita se reía de lo lindo reviviéndola y exagerándola: alguna vez juró que había quitado la máscara al irrespetuoso Blue. En más de una ocasión volvió a tomar unos anatoles con Alfredo para celebrar entre carcajadas “la noche en que sacamos corriendo a esos dos mequetrefes”. Sostuvieron siempre a sus amigos que solo la oportuna intervención de la policía impidió que dos cachacos atildados masacraran a los cobardes luchadores.

Hasta hoy no me he enterado de qué enmascarado venció al otro, cuál de los duelistas perdió el antifaz; pero, al margen del resultado, he sabido siempre que con Blue Demon y su gente existía un enfrentamiento de sangre y que esta saga solo tendría final cuando nuestras familias se exterminaran o bien llegaran a un acuerdo.

3. Encuentro en Barranquilla

Durante muchos años pensé yo que había quedado atrás aquella noche en que una uña de Blue Demon ofendió la suela del zapato de mi madre y un momento degradante agravió el honor de mi padre. Que el infeliz suceso era un episodio noqueado sobre la colchoneta del olvido. Que nadie recordaba el incidente en que Blue y el Penado 14 se expusieron a la golpiza que dos caballeros bogotanos estuvieron a punto de propinarles.

Pero de repente una inesperada imagen resucitó el cadáver de la horrible velada. Una fotografía tomada muchos años después por la mexicana Susana González (he aprendido a temer a las fotógrafas mexicanas) mostraba a dos personajes en amena y cercana conversación. El escenario: una reunión pública en Ciudad de México. Los retratados: un enmascarado a quien el pie de foto identifica como Blue Demon hijo; a su lado, el eximio poeta colombiano residente en el D.F. Álvaro Mutis. Sí, el padre de Maqroll el gaviero se hallaba reunido con el hijo del monstruo. Curiosa, casi mágicamente, corría el año de 2005: es decir, cumplíase medio siglo de la nefanda noche.

Resultaba casi incomprensible semejante dúo: ¿qué circunstancias habían sentado en la misma banca a un gran escritor y al hijo de un legendario luchador profesional que, luego supe, ejercía la misma profesión pugilística y enmascarada de su padre? ¿Qué importante motivo vinculaba a un intelectual de temperamento pacífico y a alguien que vivía de quebrar huesos en una pasarela? ¿Cuál podía ser el tema de conversación entre ambos, dado que Mutis seguramente jamás había presenciado un espectáculo de pancracio y era de presumir que para Demon jr. el Quijote de la Mancha era un luchador español?

Tras unos segundos de perplejidad lo entendí todo. Mutis era amigo mío y había sido compañero de trabajo de mi taita. Con seguridad lo había escogido el hijo de Demon para enviarle un mensaje a mi familia. A esas alturas ya habían fallecido los dos protagonistas de la historia: en abril de 1988 murió dictando una clase el cachaco que con tanto pundonor desafió al atleta, y en diciembre de 2000 nos dejó el mítico rudo de los cuadriláteros.

Hoy puedo revelar al mundo que el verdadero nombre de Blue Demon era Alejandro Muñoz Moreno; que había nacido en 1922 en Nuevo León, México, y en diciembre de 2000 pasó a mejor vida víctima de un infarto en una estación de metro del Distrito Federal. Como no llevaba máscara nadie se enteró de que se trataba del gran ídolo. Tuvo varios hijos y adoptó otro, el menor, que es quien hoy pasea por los estadios su legendario nombre. “Era la persona más humana, más sencilla, y el mejor padre del mundo”, dijo Júnior. No es este el único luchador de la familia. Hay primos, tíos y sobrinos que azotan la lona con diversos nombres, rostros y máscaras. Son un clan.

El contexto de la fotografía de marras permitía una sola interpretación: el hijo de Blue Demon había contactado a Mutis para que el intelectual mediara con los descendientes del enemigo colombiano de su padre —nosotros— y pusiera fin a esa tensión que amenazaba con convertirse en guerra de estirpes. Imagino que, temeroso de que un día lo desafiara alguno de los hijos de Andrés Samper con ánimo vengador y reparador, Júnior buscó al escritor para desactivar esa guerra contenida durante décadas antes de que estallara. Nunca supe qué pedía ni qué ofrecía a cambio de la paz, porque el poeta emisario no tuvo tiempo de entregar su mensaje a mi familia: murió apenas ocho años después de su conferencia con el heredero del enmascarado.

Lo que está claro es que, si bien los Demon temían el frío coraje de los Samper, los Samper, gente de paz, estábamos dispuestos a perdonar a los Demon el agravio a mi padre. Reinaba buena voluntad de las dos partes. Solo faltaba una oportunidad para sellar el armisticio. Y esa oportunidad se dio en febrero de 2009, cuando se anunció la presencia en Barranquilla del hijo de Blue Demon. Estaba invitado al III Carnaval de las Artes que organiza anualmente Heriberto Fiorillo.

Aparecía como conferencista sobre el tema “Artes marciales griegas y máscaras de fibra”. Hábilmente, y quizás valiéndose de las conexiones de Mutis con su colega Fiorillo, Demon jr. había decidido enfrentar el peligro y venía en mi busca. ¿Quería guerra o quería paz? ¿P