Prefacio

Quien no sienta miedo, que levante la mano.

¿Has sentido alguna vez opresión en el pecho, vacío en el estómago y una repentina fuerza en las manos que te impulsa a aferrarte a algo? Esa es la descripción física del miedo que sentimos al cambio. Lo sé por experiencia propia.

También sé cómo palpita con fuerza el corazón cuando un sueño se conecta con uno mismo, cuando una idea nos hace vibrar, cuando la alegría de crear y de crearnos está presente. Cuando descubrimos algo nuevo, que nos motiva y nos impulsa. Por experiencia, también sé que no existe el siempre; tampoco, el nunca.

Con frecuencia, practicamos hasta volvernos expertos en criticar todo lo que hay a nuestro alrededor, en el lamento de lo que quisiéramos ser y no somos, en la asignación de culpas a terceros sobre lo que nos pasa o, mejor, sobre lo que no nos pasa. Reclamamos lo que otros deberían hacer, y hasta nos sentimos frustrados por la vida que no logramos tener. Tanto nos entretiene esta actividad que olvidamos echar un vistazo dentro de nosotros mismos; tal vez allí repose algo que explique todo lo que sentimos.

Nos asusta el cambio; pasamos gran parte de nuestra vida quejándonos de lo que hacemos y de lo que poseemos, pero cuando descubrimos que tenemos la oportunidad de transformarlo todo, preferimos ignorar las señales y continuar con lo que sabemos: lamentarnos, y mientras, dejar de lado los sueños.

Seguramente, estás al tanto de que hemos cambiado más en los últimos veinte años que en toda la historia de la humanidad; y es claro que muchos de los cambios nos han dejado ver las sombras que la amenazan —razón de más para afianzar nuestros miedos—, pero la verdad es que hoy estamos frente a nuevos pensamientos e ideales que abanderan las olas de transformación del mundo, y la gran mayoría tiene buenas intenciones, logra importantes avances. Hay razones de sobra para ser optimistas y para valorar y darle espacio a la esperanza de crear un mundo mejor.

¿Cuántas veces has dicho que estás harto de tu trabajo, pero cuando vas a entrevistas y estás de frente ante la posibilidad concreta de empezar un nuevo reto laboral, sientes que en realidad no estás tan hastiado de tu empleo actual? Es como querer arrojarse en paracaídas y soñarlo con intensidad, pero al estar en la posición de lanzada, sientes que con esa visión es suficiente y no hace falta aventarse al vacío. Con seguridad, esta sensación la has tenido más de una vez: con el matrimonio que quieres cambiar, con el empleado al que debes despedir, con la rutina que dices no soportar. Identificamos con gran certeza lo que nos molesta, pero cuando tenemos la posibilidad de atravesar una nueva puerta, inevitablemente sentimos que es mejor quedarnos en el espacio que ya conocemos.

Esta no es razón para que bajes el ánimo o decaigas. Este miedo, que es muchas veces paralizante y frustrante, no es sinónimo de cobardía; en vez de eso, es la muestra tangible de las barreras que nos hemos impuesto o que hemos permitido a otros establecer en nuestra vida. Ni las reglas establecidas, el “debe ser”, ni la comodidad que supone el “mejor malo conocido que bueno por conocer” constituyen falta de coraje; son tatuajes que llevamos con nosotros y que pretenden decirnos que no somos los dueños de lo que hacemos, que solo somos pasajeros de un bus, a veces desafortunado, que otro conduce.

Pero, ¿realmente crees que eres pasajero y que todo a tu alrededor es gris, frío y decadente? Yo no lo creo, y te doy la bienvenida a un mundo en el que muchos comparten este ideal y transforman sus miedos en fuerzas creadoras para hacer compañías, innovar, convertir la creatividad en solidaridad, diseñar nuevos y positivos espacios. Decide y súmate a esos transformadores que están buscando más y algo mejor para todos.

Ya señalé que ahora estamos cambiando, en conjunto, más que en la suma de nuestra historia, y es porque, al parecer, algunos de nosotros han despertado del letargo de la comodidad y la culpa ajena, para decidir hacerse cargo de lo opuesto a lo que vivimos, así como de la injusticia y la desigualdad, de la falta de acceso, del conformismo. Todo, con la finalidad de crear nuevas ideas, transformar o, a veces, solo mirar en profundidad, internamente, dentro de cada uno, y desarrollar una fuerza más potente que la del miedo, que nos permita atrevernos a proponer algo distinto, a dar un paso al frente, a lanzarse; no al vacío, sino a volar como lo hemos soñado. Eso es fe en nosotros, esperanza en un mejor mañana y convicción de que, como personas, tenemos los suficientes talentos para vivir como queremos.

Quiero contarme entre aquellos que se proponen abrir los ojos y el corazón, actuar aun a disconformidad de otros, y no porque no sienta miedo —que no niego que lo siento, y con gran intensidad—, pero es más un empuje dentro de mí que me dice que no puedo esperar a que alguien más resuelva lo que a mí me molesta. Soy suficiente y capaz, al menos, para intentarlo.

Me motiva pensar que necesitamos líderes que impulsen la evolución, que crean en la innovación, que se desprendan del ego y decidan abrir nuevos caminos para que otros adalides emerjan. Tal vez, estás entre esos líderes, y en las próximas líneas encontrarás cien razones que te recuerden ese inmenso potencial que te lleva a impulsar el cambio, ese líder en ti, que tiene sueños y es capaz de hacerlos realidad, aun cuando a veces dude…

Los líderes de hoy, los que quieren construir entre todos y para todos, son los que creen en el talento y lo potencian, que creen en sí mismos como agentes de valor capaces de transformar. Son optimistas y saben que no podemos seguir viviendo en el lamento.

Motivar el empoderamiento individual, y propiciar así la evolución en las personas, en las organizaciones y, como en un circuito, una vez más, en los seres humanos en su conjunto —es decir, en la sociedad—, es la manifestación de actuar en contra de la inconformidad.

Cuando somos dueños de nuestra consciencia y de nuestros actos, influimos en otros; cuando las organizaciones, como grandes actores de la sociedad que concentran poblaciones y acaparan la mayor parte del tiempo de las personas en sus trabajos, propician el cambio, lo hacen, de alguna manera, para el resto de esa misma sociedad. Son como espejos que concentran imágenes y las reflejan para que otros puedan apreciarlas y aprender de ellas.

Si nos dedicamos a trabajar más de la mitad del tiempo que estamos despiertos y lo hacemos en un espacio en el cual sea posible afrontar el cambio; en el que se escuche y se valore la opinión contraria y constructiva, en el que la diferencia sea parte del activo enriquecedor y el ánimo de lucro tenga como prioridad el bien común (es natural, aunque no deje de ser molesto), sin duda el resto de nuestro tiempo llevaremos ese actuar a todo lo que hacemos. Nuestras ideas y nuestros pensamientos serán como una onda expansiva que contagiará a otros, no por simple imitación, sino por la motivación que solo la pasión es capaz de transmitir.

Entender el cambio como una variación que puede ser pequeña, tomar solo una parte de nosotros, o implicar algo más profundo, pero que finalmente es un paso que conduce a la evolución, es clave. La evolución, por su parte, está en aprovechar esos cambios para impulsarnos, desarrollarnos y crecer.

La evolución del pensamiento, de la forma de actuar, del valor que le damos a lo que tenemos y a lo que hacemos, de la atención que ponemos a cada esfuerzo, de la importancia de creer que es posible vivir bien y ser feliz, del infinito poder de compartir y entender que nada permanecerá igual para siempre, en tanto nosotros no queramos ser estáticos… ese es el punto importante.

El punto, como leí alguna vez en la reflexión de una persona a la que admiro por su valentía de vivir sin conformarse, es simple: no pensar. Se trata de solo dar el paso, movernos, y dejar a un lado los susurros maléficos de la mente miedosa y llena de paradigmas. Se trata de dar el primer paso. El segundo será solo un acto natural para no caernos; y cuando menos lo pensemos, estaremos andando en un nuevo camino. Así descubrimos que somos capaces, y que ese pequeño paso hacia el cambio se convierte en el inicio de algo grande y significativo.

Decidirse a ir en contra de la corriente, establecer una mirada distinta, expresar ideas e intentar hacer las cosas de otro modo, implica compromiso, pero al mismo tiempo, pasión, convicción, y lo que me gusta llamar irreverencia con propósito. Es plantear puntos de vista distintos, sin importar cuán polémicos sean, siempre y cuando estén basados en argumentos y creencias profundos, anclados en el corazón y conectados con la razón y los principios, y cuya fuerza de convicción colma de coraje al emprendedor del cambio para identificar y convivir con los detractores y obtener de ellos las ventajas para impulsarse y seguir adelante.

Si te preguntas de dónde sacar la fuerza, debes saber que la valentía proviene de los valores, del corazón y de las ideas claras que encuentran un ancla en lo que nos mueve, lo que nos hace vibrar. Cuando no hay palpitación y se siente indiferencia, no hay propósito, no hay razón, en tanto cualquier palabra irreverente es solo una muestra de vacío y una señal de abismo.

Los audaces que deciden actuar de una forma distinta y enfocan su mirada en nuevas oportunidades se convierten en líderes, tanto de sus propias causas como de otras que mueven, promueven e impulsan; líderes que centran sus esfuerzos en la compasión para desarrollar y entregar verdad a las personas capaces de crear nuevas visiones, de conocer a sus equipos y entender que los seres humanos somos lo único irremplazable en la ecuación de la vida, por lo cual impulsarlos a conocer sus talentos, empoderarlos para ponerlos en práctica y motivarlos a que tomen sus propias decisiones y elijan lo que quieren será la clave para crear nuevas generaciones de valientes que propicien el cambio como una proyección de lo que esperan del mundo, de la solidaridad, del valor compartido, del bienestar común.

Uno de los principales cambios en los que creo es redefinir el concepto de éxito, así como reconocernos como talentos únicos, piezas inéditas y originales que son capaces de crear. Es cierto que no somos irremplazables; ese es uno de los tatuajes que llevamos con nosotros, pero sí que somos únicos, y eso no nos lo dicen nunca.

Te propongo compartir una mirada audaz que invita a los líderes empresariales a darle más sentido al proceso que los conducirá a cumbres más altas y difíciles de escalar que al alcanzar cimas de estadía temporal.

Todo lo nuevo exigirá incomodarte. No he dicho que será fácil crear tu propia fórmula, porque no hay una receta para copiar; esta contendrá los elementos clave en el cambio, la necesidad de sentir la tensión del reto para saber que algo distinto está sucediendo, el inevitable riesgo de movernos a un espacio desconocido. La posibilidad de vivirlo como una aventura disfrutable, un paseo en el cual aprenderemos más de nosotros mismos y de nuestros negocios, de lo que somos capaces de hacer por nosotros mismos y por los demás. ¿Quién dice que no se puede llegar más alto?

Esta obra es una reflexión, un sacudón y una historia de cambio que te permitirá abrir tus sentidos, escucharte y tomar fuerzas para hacer que las cosas pasen. Esas cosas de cambio que quieres y eres perfectamente capaz de crear. Lo maravilloso de leer un libro es la creación de una relación entre las páginas y tú; no hay juicios ni culpas: solo un espacio para ti, tus ideas y tu corazón.

Te compartiré en los siguientes capítulos algunos ejemplos reales e inspiradores que despertarán en ti ideas de cambio y fuerza para llevarlas a cabo.

No escribo para quienes no quieren moverse: lo hago para todos los que saben que deben hacerlo y dudan, para los que sienten miedo y se aferran al marco de la puerta que temen atravesar. Me inspiro en el pensamiento de que no necesitamos más soldados que cumplan órdenes sin posibilidad de pataleo. Necesitamos líderes empoderados, desprendidos de ego y de egoísmos, que crean en la infinita abundancia que hay en el universo para comprender que las cuotas de éxito no están contadas, que hay de sobra para todos; especialmente, para todos los que están dispuestos a vivir en prosperidad y renuncian a la pobreza en todos sus aspectos.

Algunos piensan que las reglas están para seguirlas; con certeza, yo no caería bien en muchos espacios corporativos con la idea de que las normas deben reescribirse tanto como sea necesario, hasta cuando no se necesiten, hasta cuando la consciencia sea suficiente para ganar confianza entre unos y otros, y construir lo que en conjunto signifique bienestar.

Cuando comprendí que esto motiva mi mente, la activa y hace vibrar mi corazón, empecé a trabajar conscientemente cada día “para que me echen”. Con seguridad, no soy talento para todas las empresas, ni la voz que querrán escuchar todas las personas. Me basta con saber que mi aptitud, mis pensamientos y mi voz están al servicio de crear lo que signifiquen evolución y conexión para los que no nos conformamos, para los que decidimos no rendirnos, para los que sabemos que no somos espectadores, porque, definitivamente, somos actores protagonistas de los entornos en los que queremos vivir.

En los capítulos 2 y 3 encontrarás tips que te permitirán identificar las barreras, las que te limitan y te impiden ver el potencial de tus sueños, lo que te permitirá accionar las herramientas que te ayuden a blindar un propósito noble.

Te invito a que te sumes, a que descubramos en este viaje el potencial, la pasión, lo que nos motiva y lo lejos que somos capaces de llegar.

Soy uno que se suma y suma. ¿Te sumas?