No lo podía creer: otra vez me quedé dormido en la hamaca mientras mis amigos, con los que habíamos estado compartiendo el día en mi finca, se regresaban para la ciudad. Cuando decidieron que era momento de emprender la marcha, acordamos que me esperarían en la estación de gasolina, máximo, diez minutos, mientras tanqueaban el carro y compraban una botella de vino para llevar de regalo. Ya sabían de mi exceso de tranquilidad con el reloj, y por eso me ponían bajo presión cuando de llegar a una cita se trataba. Por mi parte, era solo cuestión de levantarme de la hamaca, calzarme los zapatos y echarme un poco de agua en la cabeza para esconder lo despeinado que estaba. De la portada de la finca hasta la carretera principal donde está la estación de gasolina, que también es tienda, granero, billar, café y baño público, y que funciona hasta las nueve de la noche, solo hay doscientos metros; lo justo para llegar a tiempo y estirar las piernas antes de montarme una hora larga, en carro y sin derecho a ventana. Mi puesto con mis amigos siempre es el del medio; aun así, la idea de perderme el aventón no la consideraba, pues detesto tomar el autobús para ir a la ciudad cuando ya el sol entrega su testigo a la noche. Si no llegaba a tiempo, ellos arrancarían para no faltar a la fiesta de cumpleaños de nuestra amiga Maribel, y yo tendría que llegar por mi cuenta. Siempre tengo la costumbre de acostarme en la hamaca de mi casa de campo cuando se destiñe el cielo en las horas finales del día. Y justo eran las seis y cinco de la tarde cuando decidieron que era momento de salir. Me embelesé con los colores del cielo, y…
El caso es que me quedé dormido y cuando desperté ya eran las diez de la noche. Me había perdido la celebración de mi amiga y me había ganado la bronca de todo el grupo de amistades en el chat; y lo peor, tenía mucha hambre y no había casi nada para comer.
Esculqué en los gabinetes de la cocina y encontré una bolsa de pan y un par de tajadas de queso en la nevera. Improvisé un sándwich. Lo acompañé con un jugo de tomate de árbol. Ya era tarde para salir a hacer mercado. Tampoco tenía mucho en los bolsillos.
Volví a la hamaca. Cuando estaba por el segundo mordisco estiré mi brazo, sin mirar, para alcanzar el vaso de jugo debajo de ella, pero no lo tocaba, así que me giré hacia el piso, con pereza, y reparé en que no había nada debajo de mí. Al levantar la vista vi el vaso puesto sobre el marco de la ventana que del corredor da al salón principal. Sostuve el sándwich entre los dientes, y con ambas manos me aferré a los bordes de la hamaca para tomar impulso, pero al poner los pies sobre el piso de madera empujé el vaso de jugo y lo regué.
La piel se me puso de gallina. Hacía solo tres segundos que había visto el vaso en el marco de la ventana y ahora estaba debajo de la hamaca haciendo un charco de líquido ácido que se metía por entre las tablas del corredor.
Cuando quise saltar el charco en puntas de pie, sentí que algo invadía mi espacio. No era algo: era alguien, diminuto respecto a mí. Y por el susto volví a caer sobre la hamaca dando la vuelta completa hacia atrás por encima de la tela wayúu cayendo sobre mi cabeza y de espalda al piso.
Casi hasta mis labios llegaba un pequeño río naranja ocre, con sabor a tomate de árbol. Sentí más sed.
Le pregunté quién era y me dijo que de nada serviría su respuesta, pues, igual, no le creería.
Era del tamaño de mi mano, un poco más grande, sonriente y de mejillas muy rojas. Como si se hubiera quemado por exponerse a un sol canicular.
Llevaba botines, chaleco sin camisa y pantalones tipo Capri, de flecos en sus rodillas.
Con precaución me acerqué a la hamaca, y él, en dos brincos, como si tuviera resortes en sus botines, alcanzó el marco de la ventana por donde alguna vez pasó mi vaso de jugo.
—No creo lo que estoy viendo —le dije—. Tú no existes.
—¿Entonces por qué me hablas?
—Para disimular el miedo —respondí.
—¿Tienes miedo de algo en lo que no crees? ¡Qué tal que no me vieras!
Esa respuesta me sacó de mi estupor y solté una gran carcajada.
—¡Y ahora te ríes! —me dijo—. ¡Eso sí que es tener miedo!
Yo seguía riendo y, como pude, le dije, o me dije, no lo sé:
—Esto no está pasando. Esto es una locura. ¡Estoy hablando con un gnomo!
Sus ojos aguamarina me miraron fijamente y sus orejitas puntiagudas se levantaron como el hocico de un perro con rabia. Me frené y casi pedí disculpas con mi gesto.
—De eso hablamos después —dijo, no muy a gusto—. Y no me hagas perder más tiempo, que no es tan temprano como crees; por lo menos, para mí.
Resolví entonces creerme lo que estaba pasando y, casi con vergüenza, accedí a su seña de volver a la hamaca, mientras él se paraba en la parte alta de ella tomando con sus manitos las cuerdas tensadas, como en un acto de circo.
Me atreví entonces a preguntarle su nombre y me hizo conformar con que más tarde lo sabría. Pero enfatizó en que no era un gnomo.
De mí sabía todo, y de mi familia, y de mis amigos y de casi todo aquel que me hubiera visitado o hubiera pasado por el corredor de la finca en el último año.
—Bueno, Hans —me dijo con firmeza—, debo mudarme mañana, así que tenemos poco tiempo y tengo un montón de cosas que solucionar contigo.
Mi extrañeza no se hizo esperar. Me explicó que nunca pasaba más de un año en un mismo lugar, o estudiando a una misma persona, para ser más exactos. Durante la última semana trató de acercárseme, pero como yo siempre estaba acompañado no se había dado la oportunidad de este grato encuentro, según él.
—Mañana parto, pero antes debo cumplir con mi deber —dijo con solemnidad.
—¿Y cuál es tu deber? —pregunté.
—En palabras sencillas, revolcar tu cabeza un buen rato.
—Pues ya lo lograste, porque casi me parto la cabeza y la espalda por tu culpa.
—¿Ves? Siempre le estás echando la culpa a los demás de todo lo que te pasa —dijo mientras sus orejas se volvían a levantar—. Y ni qué decir de la forma como te quejas cuando estás con tu familia y amigos; eres el rey.
La verdad, no sabía qué decirle, pues lo veía tan indefenso que ni pelear me provocaba, pero advierto que sí me dolieron sus palabras, no sé por qué.
—Pero, Hans, créeme que te entiendo —dijo con gravedad llevándose la mano al pecho, casi de manera teatral—, pues contrariar tu propia verdad no es fácil, ya que has convivido con ella durante mucho tiempo. Cada noche te oigo quejarte de que quieres una nueva vida, y al parecer lo único que no quieres cambiar es esta hamaca, que, por cierto, no huele nada bien. ¿Nunca la has lavado?
Levanté mis cejas, asombrado y sin respuesta, pero el sujeto, que parecía ponerse verde, me siguió hablando:
—Si en realidad deseas generar un gran cambio en tu vida, no tendrás alternativa y deberás replantear un montón de creencias antes de dar el siguiente paso.
Esto te lo digo porque de tanto verte, y sobre todo oírte, te he tomado algo de cariño.
Mi sorpresa no pudo ser mayor, pero, por algún motivo, sentí que debía hablar con ese… no sé cómo llamarlo… nuevo amigo.
—OK —le dije—. Vamos a conversar.
Y lo primero que le pregunté fue por mis quejas, porque, la verdad, no me había dado cuenta de que me quejara tanto; de hecho, pensaba que casi nunca me quejaba. Y fue así como esa noche, que imaginé sería larguísima por perderme y atormentarme por no haber llegado a la fiesta de mis amigos, comenzó a cambiar mi vida.
—Dejémoslo en “duende”, primero que todo —solicitó—, y veamos cuáles son esas creencias que tienes que cambiar: así reflexionarás sobre todo aquello de lo que te quejas, según tú, sin darte cuenta.
Puse toda mi atención.
Él se acomodó arrellanándose en la hamaca frente a mí, y comenzó:
—Las creencias son esas ideas, conceptos y formas de interpretar los sucesos de la vida de acuerdo con la información y la educación recibidas en la infancia y en diferentes momentos que nos han marcado, y que se guardan para siempre en la memoria. Creencias que se van arraigando de tal manera que nuestros comportamientos dependen de ellas, y son las que nos hacen reaccionar ante las situaciones o los sucesos de la vida diaria: desde cómo reaccionamos al escuchar una noticia cualquiera hasta el tipo de pareja que elegimos en la vida.
”En la forma como el cerebro digiere e interpreta los sucesos y cómo actúa frente a ellos, se ve claramente el condicionamiento de las creencias.
”Las creencias se basan en las teorías escuchadas, en lo que te enseñaron de niño en la escuela, en tu propia casa, en lo que escuchaste de tus amigos y de las personas mayores, en lo que te inculcaron desde la religión, o las noticias que escuchabas. Con base en esas teorías, ciertas o no, es como tus emociones y tu actuar se verán afectados al enfrentar la cotidianidad”.
—¿Entonces dejo de creer en lo que siempre he creído? —lo interrumpí.
—Tranquilo; sigue escuchando. Las creencias son tan poderosas, y se arraigan en tu cerebro de tal manera, que hasta las riquezas, materiales y no materiales, que tengas o no en tu vida dependen del tipo de creencias que tienes en el disco duro de tu cabeza. Tus creencias crean tu realidad, lo que vives. Si te convences de que algo “es verdad”, siempre buscarás confirmación. Y como el cerebro es literal y te hace caso, la vivirás y la creerás.
”Aprende a cambiar tu enfoque: donde pones tu atención, pones tu energía. Y en vez de poner tantos límites y vivir con la mente cerrada, conviértete en protagonista de tu película y cocrea tu destino, más allá de lo que sucede a tu alrededor.
”Si te dijera, entonces, que reseteando una parte de ese disco duro, tu vida puede cambiar, que puede cocrear la vida que deseas, ¿estarías dispuesto a cambiar esas viejas creencias para instalar las que sí serán válidas para lograr ese objetivo? No tengo la verdad absoluta, pero si a tantas y tantas personas estas teorías les están cambiado la vida, ¿por qué no aceptar el reto?”
—Espera —le interrumpí—: entonces, si no vienes a contarme una verdad absoluta, ¿que estoy haciendo aquí hablando con…? Un, un, un, ¡duende!
—¡Porque no tienes nada que perder, y sí, mucho que ganar! Y, sobre todo, porque si aplicas un poquito de lo mucho que tengo para decirte, quienes están a tu lado descansarán por un tiempo de tus inútiles quejas.
Me sonrojé. Él siguió su discurso.
—De acuerdo con tus creencias y tu forma de pensar es tu estilo de vida, tu forma de reaccionar, tu forma de argumentar las ideas, de sumergirte en la sociedad, y la manera como te desenvuelves en el planeta. Porque todo lo que está en tus pensamientos es lo que se refleja en cada detalle de lo que te rodea.
”Entonces, si tus pensamientos se sintonizan con la abundancia, así será tu vida; pero si tus pensamientos son de escasez, obviamente estarás rodeado de escasez. Es más: será tu responsabilidad que estés rodeado de ella o vivas en ella. No será culpa del universo, ni del vecino, ni de tu jefe, ni de tu esposa ni de lo ‘de malas’ que creas que eres”.
Al mencionar las palabras “de malas” sentí que el asunto sí iba conmigo. Recordé que esa mañana las había mencionado porque… no lo recuerdo bien.
—¡Espera! —lo quise frenar—. Al menos, reconoce que hay gente con más suerte que la mía.
—¿Ves? —me interrumpió—: ya te estás comparando con los demás, casi echándoles la culpa a quienes ni siquiera conoces.
—¡Pero déjame defenderme! —casi le rogué.
—Mira, Hans: te dije que tenía poco tiempo, y llevo escuchándote todo un año. Hoy dedícate a escuchar, y luego, a escucharte a ti mismo.
No entendí la última parte de su orden, pero cerré mi boca.
—Cuando te fijes en una persona cuyo estilo de vida te gusta o te atrae, simplemente escucha y analiza su forma de pensar, de hablar, y su manera de “ver” la vida. Todos los pensamientos se reflejan y se traducen en la forma como se vive. Por eso hay personas con familias maravillosas, trabajos estupendos y salud para disfrutar la vida. Por el contrario, personas con otro tipo de pensamientos estarán rodeadas de conflictos, deudas, enfermedades y demás. También, y por eso mismo, hay sujetos y estilos de vida que representan todas las variables, con buenos trabajos, pero con conflictos de pareja, o con mucho dinero, pero con problemas de salud o con pocos recursos económicos, pero con familias estables. Tantas opciones como creencias existentes.
”Y, ¿cuáles son esas creencias y esos pensamientos tan diferentes? Pues hay quienes piensan que lo merecen todo y hay quienes dicen no valer un peso. Hay quienes antes de empezar ya ven el objetivo logrado, y hay quienes no se deciden porque es ‘imposible’. Hay quienes ‘son’ y hay quienes dicen: ‘Yo no puedo ser así’.
”Escuchar con atención a las personas, sus ideas y sus argumentos, y cotejarlas con su estilo de vida nos da pistas claras de qué tipo de creencias tiene ese sujeto y cómo ellas se manifiestan en su realidad. Lo mismo aplica para ti, Hans: escucharte, reflexionar sobre cómo opinas y reaccionas, es una oportunidad clara de aprender para desaprender viejas creencias que no te aportan para una vida feliz y abundante”.
Me había terminado el sándwich sin darme cuenta. También sin darme cuenta, seguía charlando con un extraño ser, con forma de duende, como si fuera un viejo amigo que empezaba a caerme bien.
—Bueno, te seguiré escuchando —le dije, y lo invité a comerse algo.
Me acompañó hasta la nevera, y allí le preparé, con lo que quedaba, un sándwich que luego partí en cruz con un viejo cuchillo; tomé un cuarto del emparedado, y lo partí de nuevo por la mitad y le entregué uno de los pedazos. Era un sándwich gigante para él. Dijo “Gracias”. Mientras volvíamos al corredor, ya se lo había comido.
Cuando me disponía a sentarme de nuevo en la hamaca, me dijo que saliéramos a caminar por la finca. Le pedí que me diera más datos de su misión.
—Mi ciclo de vida va por años: trabajo un año sí y otro no —me aclaró—. Mañana en la madrugada salgo a vacaciones. Llevo todo un año escuchándote; por eso debo darte todo mi reporte hoy, y así mañana podré salir a descansar.
—¡¿Un año?! — exclamé asombrado.
—Sí, y quiero aprovechar cada minuto: por eso debemos apurarnos.
“¿Le parece poco un año de vacaciones?”, pensé.
Me contó que casi siempre el último mes abordaba a la persona que le habían encargado “estudiar”, y eso le permitía adelantar las vacaciones. Le pregunté para qué lo hacía.
—Porque cada persona que estudio me permite estudiarme a mí mismo. Todas las personas siempre me dejan algún gran aprendizaje, y luego yo debo compartirlo una vez llego a casa.
—¿Compartirlo con quién? —pregunté extrañado.
—Pues con mi familia y mis amigos.
—¿Es que hay más como tú?
—Como yo, nadie —dijo pretencioso y riéndose—. Por eso trabajamos por años.
”Así siempre estamos yendo y viniendo; aprendemos y luego compartimos con nuestro entorno. Por eso se llaman vacaciones: porque ese tiempo es para mí, para aprender y compartir al lado de los míos”.
—Y, ¿dónde vives?
Me habló de un lugar que no conozco, y al que regresará en barco, de polizón. Ese viaje es su verdadero paseo. Me contó también que ha ido por muchos mares y a otros lugares por tierra, a los que no puedo ni imaginar.
—¿Cuántos años tienes?
No hizo caso a mi pregunta, y me pidió que lo siguiera escuchando.
—Hans, creo que debes empezar por cambiar tu lenguaje.
—¡Hablo mejor que tú! —le reclamé.
—Ya verás —dijo mientras llegábamos a la alambrada y saltaba tratando de