Pablo Escobar y los patrones de la brujería

Prólogo

Se podría pensar que América Latina, esa gran extensión de tierra que alberga treinta y tres países, miles de kilómetros y diversos climas, mares y paisajes, es una amalgama de culturas donde cada una de ellas encaja perfectamente, como una colcha de retazos que conforman el Nuevo Mundo; ese que encontraron maravillados los españoles cuando llegaron a estas tierras, hace poco más de medio milenio.

Creo que el latinoamericano no es tan diferente como algunas personas nos quieren hacer creer. Estoy convencido, y no sé si peco de optimista, de que los latinos somos una sola raza, diseminada en todo un continente. Eso explica cómo los mariachis son acogidos como propios en tantos países de la región, cómo historias como la de Cien años de soledad podrían ubicarse en cualquier lugar de América, y cómo las telenovelas venezolanas pusieron a suspirar a más de una joven en los años ochenta y noventa, sin importar su raza o patria.

Esto, sin embargo, es más evidente en los constructos sociales que crean nuestra identidad como latinoamericanos. Espantos como la Llorona o el Silbón (con una que otra variación), que tienen cierto carácter aleccionador, atraviesan todo el continente. Asimismo, hechos históricos como las revoluciones fallidas, guerrillas, la corrupción gubernamental, la injusticia campante, la desigualdad, y fenómenos más recientes como el narcotráfico, han dejado un rastro indeleble de sangre por muchos de nuestros países.

Esteban Cruz Niño se ha convertido en uno de los mejores —sino el mejor— cronistas del misterio en Colombia. Sus libros sobre brujería, asesinos en serie, archivos paranormales y vida después de la muerte son referentes obligatorios para quienes disfrutan los temas sobrenaturales. Estos son tratados no con charlatanería y amarillismo, sino con rigurosidad periodística y profesionalismo, sin convertirlos en narraciones aburridas; por el contrario, sus libros son igual de adictivos que los de Stephen King, Edgar Allan Poe o H. P. Lovecraft, con el añadido de que narran sucesos de la vida real.

Hasta el momento, Cruz Niño se había enfocado en un contexto local, en casos colombianos. Así que este es su libro más ambicioso, pues coge esa gran América Latina e indaga sobre sus brujos, santos, médiums, espíritus, demonios y demás entidades sobrenaturales, a los cuales se encomiendan no solo mafiosos y criminales, sino los seres más vulnerables y olvidados de la sociedad.

No es casualidad que muchos de los espíritus a los que miles de personas buscan hayan sido seres humanos que se rebelaron contra un sistema corrupto e injusto que, al final, se deshizo de ellos, y que, incluso después de muertos, estos sigan ayudando a quienes se encomiendan a ellos. Seres como Jesús Malverde o Juan Soldado, que son mexicanos, pero perfectamente podrían haber sido guatemaltecos, peruanos o colombianos, son prueba de ello.

Del otro lado del espectro están las entidades oscuras y siniestras, como el culto del Angelito Negro o las diferentes Cortes de Venezuela —cuya máxima exponente es la Corte Malandra—, que generan protección y conceden deseos a quienes los adoren. Seres a los que se puede acceder a través de médiums, brujos u obispos negros, quienes sirven de mediadores entre ambos mundos.

Estas entidades se han convertido en el salvavidas de miles de personas decepcionadas de que sus gritos de ayuda hayan sido ignorados, ya sea por la religión o los gobiernos. Enfermos terminales, migrantes ilegales, prostitutas, mafiosos o mulas se cuentan entre sus seguidores, y todos y cada uno de ellos fueron entrevistados de manera magistral por el autor del libro en su estilo cercano, didáctico, y a la vez increíblemente adictivo, para la realización de este libro.

Y no podemos dejar de hablar de una figura siniestra, cuya huella sangrienta y criminal aún se siente en Colombia, que está rodeada de cierto misticismo paranormal: la de Pablo Emilio Escobar Gaviria, el tristemente famoso “Patrón” del cartel de Medellín, quien logró poner al país en jaque por medio del terrorismo y la muerte, y, hasta el día de hoy, más de treinta años después de su muerte, su tumba es sitio de peregrinación, tanto para locales como turistas.

De este personaje se creen muchas cosas relacionadas con el mundo de lo sobrenatural, como que consultaba espiritistas o que desde el más allá manda mensajes que ayudan a ganar la lotería. Cruz Niño se sumerge en estos mitos y no solo los expone y profundiza en ellos, sino que nos muestra el testimonio fascinante de un hombre que pasó veinticuatro horas junto al cadáver del famoso narcotraficante.

La impronta de Pablo Escobar aún está presente en todo el continente, y Cruz Niño trata el tema con la seriedad que se merece; sin ensalzar su figura, ni condenándola, sino simplemente plasmando los hechos y su relación con lo paranormal.

Para finalizar, me gustaría citar a Gabriel García Márquez: “Sin renunciar a nuestros sentimientos nacionales, los latinoamericanos nos sentimos concernidos en una especie de nacionalismo continental. Personalmente he llegado a un punto en que siendo colombiano y sin renunciar a serlo, me daría lo mismo ser de cualquier país siempre que fuera latinoamericano. Es que si nos pusiéramos a hablar de las diferencias entre nuestros países, nos tocaría ponernos a cortar más delgado y hablar entonces de las diferencias entre una región y otra. Somos y nos sentimos cada vez más latinoamericanos”. Creo que este maravilloso libro que están a punto de leer es una prueba fehaciente de que aspectos como santos, brujos, médiums y diablos son compartidos a lo ancho y largo de todo el continente, como si fuera una misma patria.

Tulio Fernández Mendoza

Riosucio, Caldas, enero de 2025

Antes de comenzar

Era 26 de julio de 2023. Caminaba por el extenso malecón de Mazatlán (Sinaloa) y la brisa cálida se entrelazaba con el sonido de las olas al romper contra la costa. “Justo aquí enfrente atraparon al Chapo Guzmán”, me dijo un joven mexicano, señalando un edificio que brillaba en medio de la noche. “Allá al fondo está la Virgen de la Puntilla, que cuida la ciudad de los huracanes, pero yo le rezo para que no me maten”, afirmó, mientras clavaba su mirada en una motocicleta que avanzaba lentamente.

Habían pasado pocos meses desde el segundo “Culiacanazo”, cuando comandos armados bloquearon las calles debido a la captura de Ovidio Guzmán López, uno de los hijos preferidos del Chapo Guzmán. Miré al joven y a quienes caminaban a lo largo de la playa. Sus rostros me parecieron conocidos, como si percibiera en ellos algo familiar.

Busqué en mi memoria y me vi a mí mismo, en 1989, frente a un espejo mientras me cepillaba los dientes, en el barrio Normandía de Bogotá. Era 6 diciembre, había adornos de Navidad, y, de repente, un estallido ensordecedor sacudió las ventanas y las paredes.

“¡Una bomba, pusieron una bomba!”, exclamó mi mamá. “Seguro fue Pablo Escobar”, dijo, mientras encendía la radio para escuchar las noticias. “Atención, atentado terrorista en el edificio del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS)”, se escuchó una voz grave y temblorosa desde el aparato. “Todo quedó destruido; hay numerosos muertos y heridos”.

Durante las semanas siguientes, observé cómo los vecinos pegaban cinta adhesiva en los vidrios. “Es por si colocan otra bomba”, comentó la mujer de la casa de al lado, mientras santiguaba las tiras con la señal de la cruz. “Si los cristales se quiebran, no nos cortan”. Pronto, las ventanas del vecindario mostraban estrellas y asteriscos que resplandecían en medio de la noche, como si fueran señales de protección.

Dejé de recordar y regresé a las costas de Sinaloa, con su alegría y su música, y me di cuenta de que lo que se me hacía familiar en el rostro de las personas era lo mismo que había observado en el mío en aquella época: el miedo.

Fue en ese momento cuando decidí escribir este libro, con el propósito de explorar los rincones más oscuros de la psique humana, donde habitan creencias sobrenaturales sobre almas errantes, entidades místicas y fuerzas demoníacas.

Para cumplir esta misión, recorrí diferentes países y dialogué con docenas de personas, utilizando técnicas que aprendí durante mis estudios de Antropología en la Universidad Nacional de Colombia y mi doctorado en Historia del Arte y Musicología en la Universidad de Salamanca de España.

A través de estos relatos, conocerán historias sorprendentes: espíritus de criminales que, a través de médiums, guían a los migrantes que cruzan selvas y desiertos; personas que aseguran recibir enigmáticos mensajes de Pablo Escobar, y narcotraficantes que juran haber recibido la protección de los espíritus de antiguos bandoleros.

Historias que reflejan la desigualdad y la pobreza que azotan América Latina y que los llevarán a confrontarse con sus propias creencias, como si en cada una de estas páginas, en lugar de letras, existiese un espejo.

Portada ilustrada de parte con el título que dice: Primera parte. Los santos del narco en México

PRIMERA PARTE LOS SANTOS DEL NARCO EN MÉXICO

El 21 de noviembre de 2018, un cielo plomizo cubría Nueva York mientras docenas de reporteros y agentes de la DEA se agolpaban en las escaleras del complejo judicial Theodore Roosevelt, del Eastern District. Un convoy militar atravesó el puente de Brooklyn y Adams Street mientras las hojas de los árboles caían al suelo, dejando sus ramas al descubierto. Joaquín “el Chapo” Guzmán descendió de una Chevrolet Tahoe acompañado de un grupo de agentes del FBI, todos ellos con gafas oscuras y armados hasta los dientes.

Una corriente gélida se filtraba en los salones de la Corte mientras el capo avanzaba por los pasillos hacia el banquillo de los acusados. Vestía un traje oscuro, una camisa blanca y una corbata azul con rombos, reluciente y brillante. Dos alguaciles altos y robustos se apostaron a su lado. Desde el estrado, el juez Brian Mark Cogan dio paso al testimonio de Jesús “el Rey” Zambada, compositor de corridos y hermano de Ismael “el Mayo” Zambada, uno de los narcotraficantes más poderosos del planeta.

“Afortunadamente estoy vivo”, afirmó el testigo mientras el jurado observaba fotografías de homicidios y mapas con las principales rutas del narcotráfico. “El hombre que está aquí quería escapar, evitar estar frente a ustedes”, expresó la fiscal Andrea Goldbarg, haciendo referencia a las sorprendentes fugas que el Chapo había llevado a cabo. La última ocurrió a través de un túnel de más de un kilómetro, equipado con ventilación, iluminación y un vehículo motorizado que burló las defensas del penal de máxima seguridad El Altiplano (México), en julio de 2015.

Repentinamente, un hecho extraordinario atrajo la atención de los presentes: sobre un estante metálico, situado en la entrada del juzgado, había una figura de seis centímetros de altura que representaba a un hombre con cabello y pantalón negros, camisa clara y corbata roja, sentado sobre un trono, rodeado de monedas de oro y plantas de marihuana que vigilaba desde lo alto.

Desconcertados, los corresponsales de la agencia EFE se dirigieron a Eduardo Balarezo, uno de los abogados de Guzmán, que declaró, “¡Malverde hizo su aparición al inicio del juicio!”. “¿Lo solicitó el Chapo personalmente?”, indagó un periodista. “Fue un verdadero milagro… hizo su aparición por sí mismo”, sentenció el jurista ecuatoriano, graduado de la Universidad de Georgetown, generando asombro entre los presentes, que no podían comprender cómo alguien había logrado instalar aquella estatuilla en uno de los lugares más custodiados de los Estados Unidos.

Esta aparición acrecentó la fama de Malverde, cuya imagen empezó a ser conocida por el público estadounidense. Sin embargo, el “santo patrón” no es la única entidad invocada por los miembros del crimen organizado. Los cultos a la Santa Muerte, el Angelito Negro y Juan Soldado se han extendido a lo largo de América Latina, consolidándose en medio de rituales y rogativas que cambian y se transforman continuamente.

Sus devotos aseguran vivir experiencias sobrenaturales en las que son auxiliados por energías que los hacen invisibles, los protegen de balas y cuchillos, modifican la realidad y los ayudan a cruzar caminos y túneles que atraviesan la frontera entre México y Estados Unidos de forma clandestina y aséptica.

Son milagros que desafían la comprensión común y que exponen la lucha por sobrevivir en una de las regiones más desiguales y violentas del planeta. Testimonios extraordinarios que exploraremos en las siguientes páginas, transportándonos a un plano donde el crimen y la espiritualidad se acoplan en una danza inesperada y frenética.