REPRODUCE
INMERSIÓN
icen por ahí que uno siempre vuelve a los lugares donde fue feliz. Este poema, siempre será para mí uno de ellos. Es de Rubén Darío, oriundo de la misma tierra volcánica y mágica de mi persona favorita en este mundo: mi Tita.
No es mi abuela, tampoco mi mamá. Pero es como si lo fuera.
Es mi maestra.
Lo leía para mí todas las noches antes de ir a dormir como un intento ambicioso y audaz de distracción ante mi miedo insoportable a la penumbra de la noche. Sí, le tenía miedo a la oscuridad.
Tengo veinticinco años y aún le temo. Pero cuando se avecina la noche, tengo mi escudo.
Eso es Margarita Debayle para mí. Es mi escudo.
Y eso es lo que quiero que sea Mar adentro para ustedes: un escudo cargado de bondad, de alivio y de magia para quien sea que lo necesite. Uno que, al igual que la Tita y Debayle, nunca les falle.
Este libro va dedicado a ella.
A la mujer de historias infinitas, sensibilidad inagotable y corazón imperturbable.
A la que me enseñó que la magia existe y habita en cada uno de nosotros. Que la vulnerabilidad vale más que mil palacios y que se puede seguir teniendo siete años en un cuerpo de setenta y tres.
Ojalá la vida los llene de personas tan valerosas y puras como la Tita y como Joaquín.
Personas que les recuerden que nunca deben olvidarse de las cosas importantes y que les enseñen el verdadero significado de lo que es amar.
2:22 a.m.
Agua cae sobre mi rostro.
Glick, glick, glick, glick…
Es la gotera. Esa misma gotera escondida de forma descarada y rústica detrás de la fotografía del cielo que tomé en las vacaciones de la Navidad pasada. Un par de cinticas adhesivas y un chinche viejo son suficientes para sujetar las nubes que me sirven de cómplices para disimular la horrorosa y escandalosa mancha café del techo humedecido y llorón.
¿Cuándo carajos me voy a acordar de resolver este asunto?, me digo en voz alta mientras me limpio el “agua lluvia” de los párpados aún hinchados. Es en serio. Llevo decenas de días diciendo que voy a mandarla a arreglar y nada. ¿Será que el día ha llegado?
Los ojos entrecerrados y las manos adormecidas empiezan a reaccionar. El todo menos sutil tatuaje de la almohada estampada en mi mejilla derecha parece la cicatriz de un pirata bucanero de esos que beben ron y sueñan con besar sirenas en alta mar.
Las ganas y mi intranquilidad ante la insistente y horrorosa costumbre de posponer la alarma me ponen en pie.
Es que el día ha llegado.
Es momento de regresar a la isla.
Qué palabras fuertes, ¿no?
Sobre todo por el “la”.
Como si fuera la única en el mundo. La más grande, la imponente, la primorosa, la mágica… La isla.
Al menos eso ha sido para mí. Es mi isla.
La que me vio crecer y la única en la que posiblemente podría estar cerca de volverme a encontrar.
Sí, estoy perdida.
Pasé los últimos dos meses internada en una “casa de recreo” intentando curarme de un dolor al que aún no he descubierto cómo llamarle.
Qué nombre ponerle, a qué atribuírselo…
Solo sintiéndolo.
Había pasado todo este último año “viviendo mi vida” en una especie de slow motion. En modo avión. Pensé que sería pasajero, temporal. Hasta que una mañana me encontré tirada en el piso del baño de la casa de mis abuelos con un frasco entero de pastillas desocupado en mi estómago.
¿En qué momento?
¿Cómo?
¿Por qué?
No lo sé.
Juro que aún sigo sin saberlo.
Solo sé que llevaba meses asistiendo a todo sin estar en nada.
Habitando mi cuerpo sin siquiera sentirlo.
Fingiendo que escuchaba, entusiasta, mientras mi atención testaruda se burlaba de mí, perdiéndose entre los movimientos lentos y chicludos de los labios de Claudia, mi terapeuta de los viernes por la noche. (Sí, hay que estar muy mal para tener veintidós años y no encontrar nada mejor que hacer un viernes en la noche que ir a terapia).
Meses abrazando sin sentirme abrazada. Sonriendo desde el vacío y preguntándome si mi existencia y mi paso por este plano tienen algún tipo de propósito o si, por el contrario, era solo un problema más para este mundo enfermo y aparente que ha perdido su fondo. Su luz.
Me pregunto dónde está mi luz.
Me pregunto si valdrá la pena seguir aquí.
A veces quisiera tener quince años otra vez. Volver a los días donde poco o nada me importaba lo que fuera a pasar a la mañana siguiente.
Donde el futuro prometedor del que tanto se habla se veía tan lejano y la alegría parecía inagotable. Donde las amigas eran infinitas. Donde ser buena o no en algo no validaba mi existencia. Mi ser. Querría eso… Querría volver a ser yo.
Me levanto de la cama y estiro torpemente mi brazo debajo de ella para encontrar la pantufla de rayitas blancas y rojas que me regaló mamá en mi último cumpleaños. Es que odio estar descalza y ella lo sabe.
No la encuentro, pero, en su reemplazo, la textura rígida y helada de la latosa caja de galletas navideñas, donde guardaba mis “memorias”, se roba por completo mi atención. Hace mucho no le echo un ojo.
Soplo el polvo que cubre la cara del rimbombante Papá Noel y la destapo cual niña un 25 de diciembre esperando ansiosa su regalo prometido.
Son fotos.
Una que otra carta, boletas del primer concierto al que fui en compañía de Elena, mi hermana, y cientos de CDs viejos titulados con marcador y algunos stickers. Cuando chiquita tenía dos sueños algo contrastantes y un poco excéntricos, pero no importaba. Eran sueños. Soñaba con ser bióloga marina y DJ.
Sí, ambas.
Siempre amé los peces y la sal, pero también la música.
El olor a bloqueador antes de ir a la playa y las arruguitas prominentes en los dedos después de pasar horas y horas bajo el agua.
El amargo pero incomparable sabor del agua de coco que compraban mi madre y mi abuela en horas de la tarde para merendar y el azul...
Ay, ese azul.
Pensaba que con mi primera opción de carrera tendría el pretexto perfecto para pasar la mayor cantidad de tiempo que me fuera posible apreciando en vivo y en directo lo que yo llamo “el color más bonito del mundo”.
El “azul mar”.
No es el famoso aguamarina, ese es muy verdoso. Tampoco lo es el turquesa ni el petróleo. Es el “azul mar”.
Pero… ¿Cuál es la supuesta y excéntrica diferencia entre este y los otros cientos de azules ya existentes? Pues bien, la diferencia es que este azul no es solo azul. Está bordeado y finamente decorado por el blanco de la espuma que se corta cuando la lancha (lanchita, barco, canoa, etcétera) rompe en las aguas mientras las recorre. Las habita.
Ese, señores, es mi querido “azul mar”.
Aunque, ahora que lo pienso, se necesita estar sobre algún tipo de embarcación, en una velocidad determinada, para verlo adquirir este “color”, esta textura y esta forma.
¿Será que entonces debería llamarse “azul lancha”?
Agh, qué importa. Es solo un color, solo un nombre.
Y, hablando de nombres, cuando era niña también pensaba que debía ser bióloga marina para, de alguna forma, hacerle justicia y honor al mío.
A este que llevo puesto y que ha sido mi gracia y mi karma. Mis alas y mi ancla.
Y es que, si me lo preguntan, hay que ser muy valiente y un tanto osado para ponerle de nombre a una hija: Mar.
“Puro nombre de artista, ¿no?”, decían los amigos de mis papás cada vez que me conocían en alguna “reunión” o encuentro incómodo y eterno de esos a los que una de hija que ya empieza a “hacerse grande” está condenada a asistir. Muy original usted… ¿Sabe cuántas veces me han dicho el mismo comentario pendejo y sin gracia, señor ocurrencias?, soñaba con contestarles, pero no tenía las agallas. Nunca he sido buena para dejar salir lo que realmente siento. Así que prefería pasarme la noche entera persiguiendo pasabocas y respondiendo a los innumerables interrogantes: “¿Aún cantas?”, “¿Sigues en el estudio de ballet?”, “¿Cuánto te falta para acabar la carrera? Porque Martín ya casi se gradúa”. “Pero cómo te pusiste de bonita… Estás más flaquita, ¿no?”, “¿Cómo hiciste para adelgazar?”, “Oye, Mar, ¿y el novio?”.
En fin… Miles de palabras y sentencias en una misma noche salían de las bocas de los allí presentes, pero nadie me preguntaba nada que yo de verdad quisiera contestar.
Si tan solo supieran…
Nadie me preguntaba si estaba bien o si, por lo menos, estaba feliz.
Nadie me preguntaba por mis sueños.
Igual, qué más da.
Dijera lo que dijera, a nadie le importaría de verdad.
Finalmente, eran solo sueños.
De ahí mi segundo anhelo: ser DJ. Además de la fascinación absoluta y desmedida que siempre sentí por la música, el baile y por todo lo que esto le hacía sentir a mi cuerpo y a mi cabeza, metiéndole una especie de cañón turbo a mi imaginación y haciéndome sentir inalcanzable… ¿Se imaginan lo que sería poder pasarse la vida entera con esos audífonos gigantes a todo volumen, ahorrándose todas esas conversaciones vacías y teniendo la posibilidad de comunicarse y conectar con el mundo solo gracias a una correcta y elegante selección de canciones? Suena a un escenario perfecto. Usar la música de lenguaje. Romper el hielo… Dejarla hablar por mí.
Por eso mis discos eran la cosa más valiosa que tenía en las manos. Y es que debo confesar que, a pesar de mi corta edad, era una coleccionista crossover sin competencia alguna. Una con influencias de todo tipo y generación, pero de muy buen gusto.
Entonces, empiezo a ojear uno a uno los discos guardaditos cuidadosamente en el estuche rosa de páginas de plástico y poliéster. Desde Melody, rondas infantiles, reggaes de la isla y la Sinfonía inconclusa en la mar de Piero, hasta Juanes, una que otra salsa, los 14 cañonazos del 2005, las baladas de Shakira, las bachatas de Juan Luis y los clásicos de Leonardo Favio.
Sí, Leonardo Favio. Como dije, era una coleccionista crossover.
Me encantaban sus canciones, sobre todo en las que hablaba…
Leonardo Favio:
¿Qué tal? ¿Te puedo acompañar?
Hey, ¿te comieron la lengua los ratones?
Ella:
¡No! Voy a estudiar. ¿Por?
Leonardo Favio:
¿No podés hacerte la rata?
Ella:
¿Qué?
Leonardo Favio:
No… Digo que si no podés faltar…
Ella:
No, ¿para qué?
Leonardo Favio:
Qué sé yo, para charlar, ¿no?
Ella:
No.
Qué torpe, siempre pensé.
Es casi tan malo coqueteando como yo.
Me encantaba imaginarme sus caras, sus vestidos y el olor de aquella calle. La escena completa. Aún me sé todos los diálogos. Pero… Mejor no contárselo a nadie. En fin. Uno de los discos llama mi atención. Lleva por nombre “Voleros que le gustan a mi mamá”. La letra es casi inteligible y, sí, “boleros” está escrito con “V”. ¿Quizá pensé en “veleros”? Quién sabe, tenía siete años.
Conecto los audifonitos casi de juguete a mi discman plateado con botones morados, todo lleno de abolladuras. Pongo el disco mientras cruzo los dedos para que al aparato aún le queden ganas de seguir funcionando y para que el CD no esté tan rayado y sucio a causa de tanto polvo, de tanto tiempo… De tanto olvido.
Me paro frente al espejo y de repente, después de unos largos segundos de un silencioso ruido, suena esa intro, esa voz… La de Cuando te encuentre.
REPRODUCE
CUANDO TE ENCUENTRE
La canción empieza al tiempo que mi baile tímido pero embelesador…
Cuando te encuentre
Mariposas
Que anuncian
Tu llegada, ellas saben que vendrás
Y van revoloteando alegres
Por la casa que algún día
Será tu hogar
Y ojalá no se escape el tiempo
Y bailemos en las horas
Como si no hubiese fin
Y el despojo
No nos traiga enojo
Pues chiquito es mi universo
Cuando se trata de ti
(Es que no puedo vivir sin usted…)
Cuando te encuentre,
Vida mía
Los colores de las flores tanta envidia te tendrán
Cuando te encuentre,
Melodías
Que compuse de hace tiempo cobrarán vida ese día
No me culpes si en el brillo de tus ojos
Se me corta hasta la voz
(Quizás no pueda hablar…)
Cuando te encuentre
Tres millones de estrellitas he cazado
Y aunque el cuerpo esté cansado
Cazaría otras tres mil
Pues tengo el corazón enamorado
De alguien que aún no ha llegado
Pero sé que llegará hasta mí
Ojalá
No se nos escape el tiempo
Y bailemos contra el viento
Como lo hace Alhelí
Ojalá llegue pronto ese momento
¿Me creerías si te cuento cuántas veces te pedí?
Cuando te encuentre,
Vida mía
Los colores de las flores tanta envidia te tendrán
Cuando te encuentre,
Melodías
Que compuse de hace tiempo cobrarán vida ese día
No me culpes si ese brillo de tus ojos
Se me roba el corazón
(Lo estoy guardando para ti)
Para…
Cuando te encuentre
Termina la canción, al igual que la ilusión envuelta en mi baile lento y sensorial frente al espejo. Miro hacia las palmas de mis manos. Están moradas, frías como témpanos de hielo. Mis ojos se encuentran con mi realidad. Con mi presente. Siempre me pasa y yo… Yo odio ese momento.
Me pregunto si alguna vez estaré lista para ser encontrada.
¿Seré capaz de entregar y de entregarme a un amor así? ¿Sin medidas? ¿Sin temores? ¿Sin excusas? ¿Tendré con qué sostener la ilusión y hacer feliz a la persona que me encuentre o a la que yo decida salir a buscar?
La respuesta es “no”.
Obvio que no, al menos no por ahora. Como diría un viejo amigo, un paso a la vez. En este caso, cientos antes de siquiera pensar que estoy lista para amar a alguien que no sea a mí. Y a eso todavía le falta bastante.
Pero estamos en el camino.
Miro el reloj, faltan tres para las tres. Me quito los audífonos y los empaco junto al discman y el estuche en la maleta casi lista sobre la cama. Tomo una ducha de cinco minutos y salgo corriendo a ponerme la primera sudadera decente que encuentro. Busco en el clóset unos zapatos que le peguen, pero ninguno se me antoja. Todos me parecen gigantones y estorbosos, así que vuelvo debajo de la cama para continuar en la ardua búsqueda de las chanclas abullonadas de rayitas blancas y rojas. Se sienten como caminar sobre nubes. Fuera de aquí.
—¿Vas a viajar en pijama, mi amor? —pregunta mi mamá mientras cruza la habitación y se acomoda a los pies de la cama.
La repentina aparición de su silueta en medio de la madrugada hace que golpee mi confusa y hueca cabeza contra la base de madera.
—Auch, mamiii… ¡Me asustaste! ¿Podrías a la próxima golpear la puerta? Necesito la cabeza para viajar.
Esboza una leve sonrisa, pero no me responde. Mira al suelo y luego sus ojos apuntan hacia mí. Se queda mirándome, estatua, silente. Cual crítico analizando una prometedora obra de arte, me traspasa con esa intención que solo las madres preocupadas consiguen. Una mezcla entre nostalgia, incertidumbre, resiliencia, algo de angustia y amor. Profundo amor.
Me pregunto cuántas veces he reconocido esa mirada en mi madre los últimos meses. ¿Cuántas veces ha estado así de preocupada por mí? Ya ni me acuerdo, perdí la cuenta.
—Tu papá ya debe estar cerca, ¿quieres algo para llevar de desayuno?
—No, gracias, mami. A esta hora no me entran ni los zapatos —digo, termino de meter el último par de medias y calzones que quedaban fuera de la maleta y la cierro.
—Mi amor… —Se congela por unos segundos—. ¿Me prometes que va a estar todo bien? —me pregunta con la voz delgadita y los ojos hechos un río.
Wow.
¿En qué momento pasó a ser mi madre quien me hace esa pregunta?
¿Tendré respuesta?
No lo sé.
—Ma…
¡Beep, beep!
El estruendoso pito del taxi corta la conversación, anunciando la partida. Solo encuentro fuerzas y cabeza para bajar la maleta de la cama, agarrar mi cámara y luego darle un abrazo fuerte y repentino, pero silencioso. Encajo mi barbilla en su hombro y, como pieza de rompecabezas faltante, quiero quedarme ahí para siempre. Sin pensar en nada. Sin temerle a nada, solo… quedarme ahí.
Pero debo partir.
Esta vez soy yo la que debe partir.
Me separo y, cual madre en primer día del jardín, pongo a prueba todo mi poder de convicción (o el poco que me queda) y, conteniendo las lágrimas, le digo lo que pensé que sería la respuesta más aliviadora pero sensata que podría darle.
—Te prometo que lo voy a intentar.
No me gustan las promesas, pero ella… Ella se merece todo.
Nos miramos fijamente y, aún sin saber si fui suficiente para convencerla, bajo las escaleras.
Abro la puerta y veo a mi padre al lado del taxi con una tímida sonrisa esperando por mí. Doy vuelta para cerrar el portón y escucho las patitas de Burbujas acercándose.
Qué viejo está.
Me agacho y, dando una última caricia, sentencio:
—Cuídala mucho, canchoso. Si no, te la vas a ver conmigo.
Me mira fijo y sé que entiende a la perfección mi abusiva petición. Me lame y luego se sienta tras la reja en posición de guardia.
Me pregunto si algún día nos volveremos a ver.
Pero qué importa, es solo un perro.
Y yo… Soy solo yo.