A veces basta tirar una piedra sobre un tejado para que una casa se desmorone. Emilia vio entrar a su marido con el que debía ser un maestro de obra, o un pintor o un plomero. Toda la vida él se ha ocupado de las reparaciones, algo que ella agradece y también odia, porque siempre es sin aviso, mañana empiezan a pintar la casa, la semana entrante vienen a mirar esas humedades. Podrías preguntarme, ¿no?, protesta Emilia todas las veces. En esta oportunidad ella sólo comprendió de qué se trataba cuando el maestro se fue y el marido entró a su estudio con cara triunfante y le anunció que estaba pensando remodelar la cocina. Remodelar la cocina puede ser el fin del mundo, gimió Emilia, abriendo a la vez los ojos y la boca, y empezando a argumentar, vacilante por la estupefacción, que a ella su cocina le encantaba, que esa madera era finísima, que le gustaba ese aspecto viejo de los aparadores, ese aire de lugar usado, que ellos no necesitaban una cocina nueva, que era un gasto innecesario, pordiós. Pero él quería tener una cocina moderna, como la de su hermano, donde poder cocinar con agrado, poder moverse cómodamente. Pero si tú no cocinas, cocina Mima, suplicó Emilia, anticipándose a la derrota. Y la derrota la avasalló, como tantas veces, culpable como vive del deseo que la domina desde hace un tiempo de no hacer sino lo que le dé la gana, lo que no la incomode.
Y ahora incomódate, eran las palabras que se podían leer en el estandarte que el marido acababa de clavar en la arena del ruedo. Y Emilia agachó el lomo.
Acordaron que en quince días empezarían a desmontar la cocina vieja, y para ese entonces todos los muebles de la sala deberían estar cubiertos, para protegerlos del polvo, y los objetos a buen recaudo, no sólo para que no se dañaran, dijo el marido, sino para quitarles cualquier tentación a los obreros. Pero si nada tiene demasiado valor, había argumentado ella, dudosa, echando un vistazo a la multitud de chécheres sobre las mesas y en los anaqueles de la biblioteca, tan profusos y disímiles que, ahora que los veía como si acabaran de aparecer conjurados por el genio de la botella, parecían puestos para la venta en una feria de antiguallas. Que tal vez fuera la ocasión de salir de muchas cosas, dijo él, y de paso salir de tanto libro que ya leíste o que ya no vas a leer. Emilia lo miró a los ojos, desafiante, posando de ofendida. A ti qué te van a importar los libros, habría querido decirle. O ¿tú crees que los libros son para leerlos una sola vez? Pero no dijo nada porque la relación de ella con sus libros también es ambigua, problemática. Porque a los veinte, una biblioteca es una ilusión, a los cuarenta un lugar de plenitud y a los sesenta un recordatorio permanente de que la vida no te va a alcanzar para leerlos todos.
Eres una acumuladora. Una obsesa. A ver, ¿cuántos de estos de verdad te has leído? A pesar de la exasperación de su marido, Emilia sigue comprando libros. Historia de la religión. Novelas. Algo de poesía. Estudios especializados sobre medio ambiente, sobre violencia urbana, historietas gráficas. Cuando llegaron a vivir aquí los organizó por género, y algunos hasta por temas y por orden alfabético. Pero desde hace unos años empezó a insertarlos aleatoriamente, o a apilarlos sobre una mesa bajo el rótulo invisible de «no leídos». Pero no leídos son muchos otros de los que están en las estanterías. A veces se acerca a aquellas pilas, las revisa, vacila entre ordenarlos o leerlos, y decide siempre lo mismo. Porque ¿cómo pierde cuatro horas poniéndolos en su sitio, si en ese tiempo puede leer cien páginas? Se antoja de alguno, lo empieza a leer de manera urgente, para luego dejarlo muchas veces por la mitad. Por aburrición. Por avidez de leer otro. Porque un viaje. Porque en realidad quisiera leerlos todos al mismo tiempo.
Cuando se fue de la casa de sus padres, a los veintidós, Emilia se llevó un puñado de libros y los ordenó con delicadeza en una repisa de su cuarto. Eran los que había comprado con su mesada, o sea con la plata de su papá. Libros que él jamás habría querido leer. Por provenir de esa fuente monetaria, a ella le parecía que tenían algo espurio: pequeños hijos bastardos que había comprado con amor pero sin esfuerzo. Todavía recuerda el día que le pagaron su primer sueldo y de regreso a su casa paró en una librería cercana y trató de escoger tres o cuatro que no le costaran mucho, luchando contra su avidez, su inseguridad, su miedo. Porque cuando se es pobre da miedo comprar libros: exponerse al fracaso, a la frustración, al arrepentimiento. Una muerte muy dulce, de Beauvoir; El hombre sin atributos, de Musil, y otros dos títulos que ya no recuerda fue lo que se llevó a su casa, palpándolos como hacía con los libros de texto del primer día de colegio cuando era una adolescente. Por ahí, en algún lugar, deben estar todavía, en esta enorme biblioteca caótica que algún día terminará despedazada, vendida por kilos, con suerte como parte de alguna institución barrial. Su amiga Laura le dijo una vez, como un chiste: dónala antes de morir para que tu marido no se dé el gusto de regalarla. Y sí. Pero ella quiere creer que su muerte aún está lejos.
Tu estudio parece un campamento guerrillero, dice el marido cada tanto, y ella aprieta los labios y sube los hombros, medio sonriendo, una manera de aceptar y de excusarse al mismo tiempo. Sí, lo reconoce. Ella, la estricta, la ordenada, la exigente, puso un día uno de sus libros fuera de lugar. Y luego otro, y otro. Y en la gran mesa del estudio vació cualquier noche todas las tarjetas que le habían ido entregando a lo largo del territorio nacional y en sus viajes de trabajo al exterior, con el fin de hacer pronto una selección, pues aunque su deseo habría sido tirarlas todas a la basura, tenía el temor de descartar alguna importante, que luego le pesara haber botado. Y ahí están, hace ya meses, primero como presencias incriminadoras, luego como objetos inocuos con los que todavía puede convivir. Todavía. Del tablero de corcho que tiene al lado del escritorio cuelgan docenas de post-it, limpiar el computador, renovar Skype, con nombres y teléfonos, muchos de los cuales ya no sabe a quién corresponden. Y las revistas que recibe, de salud, de medio ambiente, literarias, han ido formando una pila en un costado de la mesa auxiliar. Aquel caos le clava un peso en la nuca, pero nunca acaba de desterrarlo. Hace de vez en cuando barridos y limpieza, pero siempre hasta un punto, porque el tiempo y la energía no le dan para llegar al final. Porque no puedo perder horas y horas sólo en despejar territorio, se dice. Con tantos libros por leer. Tantos viajes que hacer. Tantas crónicas que escribir.
¿Qué diría un psiquiatra del caos que ella ha ido sembrando en su territorio de seis metros por seis? ¿Que es una metáfora de su propio caos? ¿Depresión? ¿Resultado de su obsesión por el trabajo? ¿Un síndrome de evasión? ¿Mera inercia? ¿Simplemente una muestra de cuáles son sus prioridades? ¿Una agresión velada contra sí misma o contra los otros?
Piensa en su hermana. Más precisamente en el jardín de su hermana, simétrico como ella, calculado en sus ritmos y en sus tonos, admirable en su esforzada belleza, el lila de las hortensias dando paso a las lantanas multicolores, mínimas, humildes como las margaritas, el blanco y el amarillo contra el muro por donde trepa la enredadera con sus ipomeas azules, volátiles, y en el rincón pedregoso las orquídeas con sus bulbos carnosos, todo eso señalado y nombrado por Angélica con orgullo de madre. Mira el magnolio, Emilia, todo florecido, y en noviembre, y ella, repíteme los nombres, admirada y feliz de las palabras, de su música, lantanas, ipomea, magnolio, pero sobre todo de que algo se ha encendido en su pecho, quiero tener un jardín así, dedicarle tiempo y entusiasmo, ver cómo las plantas crecen todos los días. Pero será en otra vida, bromea la hermana, porque a Emilia las plantas se le mueren, todas, las salvajes y las delicadas, las de sol y las de sombra, salvo sus violetas de los Alpes que se las cuida Mima, que tiene mano bendita. Su hermana tiene todo bajo control, como su jardín, y Emilia la envidia por eso.
De un tiempo para acá le cuesta mirar el celular cuando se despierta. La agobia. Porque la obliga a mirarle la cara al día, porque le recuerda tareas, porque le hace toparse con la estupidez humana. En realidad, Emilia desea cada vez menos el mundo de afuera. En la burbuja plácida de su trabajo en casa encuentra una plenitud que le basta para su día a día. Por eso dilata el gesto de extender la mano, a pesar de que suena una y otra vez el timbrecito inquietante de los whatsapp. A esta hora —no le queda duda— ha de ser su hermana.
Por qué siempre whatsapp, se pregunta. Por qué ya nadie se toma el trabajo de hacer una llamada. Ni ella misma. Para protegernos del otro, claro. De la voz ajena, que siempre intimida. O de la aburrición que nos causan los saludos formales, los detalles, los preámbulos y los epílogos. Y sin embargo, aun en esa forma simplísima que crea el lenguaje de whatsapp podemos percibir tonos y estilos. Su hermana, por ejemplo, se expresa a través de preguntas: cómo amaneció, qué va a hacer hoy, ya habló con papá, dónde puedo comprar arándanos. Pero también suele contar tragedias: una muerte, un accidente, un robo en su edificio, la enfermedad de algún pariente, de un cantante, de un político. En Bogotá o en Hong Kong. Historias divertidas, pero no para su hermana, que a veces las cuenta a grosso modo, pero a veces incluye detalles sentimentales, deteniéndose en ellos. Porque para su hermana la compasión es la atalaya desde la que mira a su alrededor. Podría decirse que sólo simpatiza con alguien si existe la posibilidad de que le cause lástima. Los demás son canallas en potencia.
Hace un esfuerzo por concentrarse en el periódico. Otra vez marchas, lee. Sin identificar el cadáver del hombre al que le estalló granada. Federer llega mañana. Entonces, mecánicamente, como si recordara que la realidad de afuera la está esperando, extiende su brazo y echa un vistazo rápido a su celular. Un mensaje es de una amiga española, otro de una oenegé. No los abre. El más reciente es de Angélica.
Cada vez que puede, Emilia trata de diluir la tendencia al dramatismo de su hermana con el ácido corrosivo de su humor. Y ahora quién se murió, la saluda a veces por el teléfono. Pero hoy esta broma no tiene sentido: con mi papá en la clínica, lee. Parece un accidente cerebrovascular.
Con quién chateas a esta hora, pregunta el marido, tapándose la cabeza con la cobija.
Con el día que tenía hoy. Aunque no conoce a nadie que se enferme o se muera el día que toca. Todos los entierros obligan a cancelar una cita médica, una reunión de trabajo, un almuerzo que nos ilusiona. O llueve, y la gente termina empapada al salir de la iglesia. Salvo en el caso de su madre, que se murió el día preciso, un sábado por la mañana y en la tranquilidad de su cama, sin hacer ruido ni molestar a nadie.
Ojalá no sea nada, piensa, sintiéndose culpable de su malestar, de su disgusto. La empleada de su padre siempre llama a su hermana. ¿Por qué? Tal vez porque la ve siempre más dispuesta. ¿O más desocupada? Puede ser. Su hermana, que enviudó hace cinco años, no sólo se trasladó muy cerca de la casa paterna para cuidar de los viejos, sino que anticipó su retiro para ayudar con el cuidado de su madre cuando su salud empezó a deteriorarse. Se apoderó de ella. La bañaba, la embadurnaba de cremas, la vestía con cuidado maternal y la sacaba a tomar el sol, con una dedicación que su madre premió con la predilección y el apego que antes nunca parecía tenerle. Cuando la anciana murió y los días vacíos de tareas agobiantes se alargaron como un enorme bostezo, su hermana sucumbió al vértigo del sinsentido. Y entonces quiso concentrarse en el padre. Pero este la apartó a fuerza de ensimismamiento, y no le quedó más remedio que ir creando rutinas amables, que le dejaron, sin remedio, mucho tiempo libre. No como Emilia, que no tiene nunca un segundo, que siempre está cumpliendo un plazo con sus artículos, tengo que entregar en dos horas, o viajando a esos lugares remotos a donde la envía la revista o a donde ella escoge ir a hacer sus reportajes de vez en cuando.
Tendrías que parar, le dice el marido, más como un reproche que como un consejo. ¿No ves cómo te enfermas? Y cuando llega de viaje la espera la pregunta inevitable: ¿valió la pena? Ella contesta, como deshaciéndose de su abrigo: claro que sí. A veces, cuando está de mal humor, agrega, cortante: y mucho. Hace unos años contaba pormenorizadamente qué había hecho. De un tiempo para acá, sin embargo, la vence el desgano.
Voy para allá, contesta Emilia y no pregunta más porque no quiere saber detalles. Aunque ahí, debajo de la ducha, no haber preguntado la llena de fantasías aterradoras. Sin habla, tal vez. Paralizado de medio lado. Conociendo solo a medias. Angustiado, lleno de miedo, con los ojos suplicantes.
O muriendo.
No. No puede ser que su padre se vaya a morir ahora. Esa opción no la había contemplado. Pero si se puede morir ella, a sus sesenta y cuatro años, como se murió su amiga Íngrid, a la que un aneurisma se la llevó en dos días, por qué no se va a morir el padre ya en los ochenta y seis, tan gordo que está, tan acezante, con ese silbido de llave mal cerrada que hacen sus pulmones cuando camina. Apenas esa idea cruza por su cabeza, el pensamiento mágico empieza a jugarle una mala pasada: hace tan sólo tres días le avisaron que está entre los finalistas del premio de crónica, y algo tan bueno tenía que tener el contrapeso de alguna desgracia. Cierra la ducha llevada por un terror repentino y al mismo tiempo avergonzada de su estupidez supersticiosa, y se seca en minutos. Al salir se tropieza con el marido que va hacia el baño, todavía soñoliento, el pelo escaso pegado al cráneo por el sudor nocturno. Emilia le explica brevemente lo que está pasando y él bosteza y pregunta, mascullando, ¿quieres que te acompañe?, en un tono que permite comprender que no va a hacerlo.
Mientras se viste mide el dolor. Sí, está ahí, pero todavía de una manera solapada, sólo anunciándole: no creas que te vas a salvar hoy. Es apenas una pulsión, un latido casi imperceptible, un recordatorio que se insinúa con cierta elegancia. Se toma un analgésico con el café, agarra su bolso, sale. El cielo brumoso oculta los cerros y la llovizna activa los limpiabrisas. En el tablero la aguja de la temperatura señala nueve grados. Maldito frío. Maldita ciudad. Maldito día.
En la clínica, a la que entra con esa prisa tensa del que espera las peores noticias, no ve las caras espesas que creía que iba a encontrar. Por el contrario: su hermana, que con frecuencia se ve ceñuda, tiene una sonrisa ligera. Y también su padre, siempre tan lacónico, luce extrañamente eufórico, enfatizando que no es nada grave, por fortuna, aunque el brazo tiene todavía una cierta pérdida de tono. Una astenia, explica. El médico les ha dicho que se trató de un accidente isquémico transitorio, pero que lo retendrán en la clínica hasta el día siguiente para hacerle exámenes más profundos.
¿Ya Luciano sabe? La pregunta la hace en un susurro.
No hay necesidad de contarle, contesta su hermana. No lo preocupemos.
Esta vez no fue, piensa, aliviada. Lo mismo que deben estar pensando su hermana y su padre. Ofrece quedarse acompañándolo mientras Angélica va a desayunar, pero cuando esta sale siente que le cae encima el peso abrumador de la intimidad. Su padre está recostado en la camilla, con una bata de enfermo verde agua que deja ver parte del pecho lampiño, blanco y liso como vientre de pez, y la piel cárdena y erizada del cuello. Un pie calloso, de uñas duras, sobresale de la cobija liviana. Nunca ha visto a su padre desnudo, porque en su familia pudibunda la desnudez estuvo proscrita siempre. Tápate, Emilia, le ordenaba su madre si la veía deambular por la casa en la piyama que delataba sus formas. Tampoco vio la desnudez de su madre hasta que, ya anciana, enfermó para morir. En las visitas al médico Emilia se familiarizó entonces con aquel cuerpo menudo, un atadito de huesos debajo de los pliegues de piel colgante, que dejaba transparentar una red de venas azules allí donde ella ni siquiera pensaba que existían. Vencida por sus dolencias, la madre se había rendido por fin sin aspavientos al contacto visual que siempre evitó y a la ayuda de las manos de sus hijas. En los últimos días de su vida, el deseo de que esas manos la tocaran les había resultado conmovedor y también difícil. Porque su madre no había sido nunca pródiga en caricias.
Al entrar, Emilia le había puesto al padre una mano en el hombro, como para reforzar la incondicionalidad de su presencia, pero la había retirado inmediatamente, movida por la costumbre familiar de no tocarse. Ahora, encerrada con él en aquel pequeño espacio, se ve obligada a las palabras. Entonces, aunque ya oyó de labios de su hermana el recuento de los hechos, vuelve a indagar por ellos. Porque una narración —cualquier narración— es algo que siempre derrota el vacío, que crea un vínculo o sostiene el que todavía existe.
Jamás ha tenido con su padre una conversación íntima. Apenas sus hijos se hicieron adolescentes, él, como tantos varones asustados de evidenciar sus fracturas y desconciertos, tomó distancia de ellos. Más tarde, y durante años, la comunicación fue sólo sobre cosas puntuales, cotidianas. Finalmente, cuando la cabeza de la madre empezó a perderse, Emilia, inhibida frente al silencio pesaroso que se adensaba en la sala como si todos estuvieran buceando en un mar sin fondo, se propuso entretenerlo en sus cortas visitas con anécdotas de sus viajes o con comentarios de las noticias, pero sin dejar de estar apertrechada detrás de una prudente pared protectora, porque ella seguía temiendo el carácter de ese padre recalcitrante, a menudo colérico, amigo del orden como todos los que tienen miedo de que el mundo se descarrile.
Sentada en ese cubículo incómodo y en medio de olores metálicos, piensa en lo poco que sabe de su padre. Muy de vez en cuando él menciona algún hecho de su pasado, pero de manera fugaz, como mera referencia para iluminar algo del presente, y como si temiera que al detenerse en el recuerdo pudiera quedar prisionero de la nostalgia. Durante años a Emilia nunca se le ocurrió que podía atar los cabos sueltos de esa vida, y ahora ya no quiere preguntar, temerosa de que pueda sentir que ese interés repentino se debe a que vislumbra que su muerte está cercana.