Los argentinos, pueblo avezado en asuntos de psiquiatría, sostienen que en el mundo hay dos clases de locos: los locos de mierda y los locos lindos o locos adorables.
Llaman locos de mierda a aquellos personajes cuya conducta se caracteriza por ser extraña, impredecible, egoísta, venenosa y perversa.
Los locos adorables —agregan— también observan una conducta extraña e impredecible. Pero, al contrario que los otros, son gente esencialmente buena y casi siempre divertida, cuyo modo de ser muchas veces entraña peligro para sí mismos, pero solo podrían representar un riesgo para los demás por ingenuidad o imprudencia. Jamás por maldad, como ocurre con los locos de mierda.
El loco adorable es capaz de provocar situaciones poéticas sin darse cuenta y a menudo anda envuelto en un aroma cómico. El loco de mierda, en cambio, está cerca de la crueldad, y allí donde el loco adorable es una figura humorística o conmovedora, el otro es un sujeto sardónico.
La vida de los locos adorables suele transcurrir entre éxitos y fracasos, entre sueños y realidades, por lo general con destellos de imaginación genial al cobijo de las utopías que nutren estos proyectos. Muchos de ellos han ayudado a cambiar la historia.
Estos pintorescos sujetos no son necesariamente modelos de conducta ni paradigmas de ciudadanos. El loco adorable es alguien cuyos errores o fallas no opacan su talante esencialmente bueno ni su talento fuera de serie. El loco adorable no se comporta de acuerdo con los cánones de la normalidad: por eso es loco. Pero no siembra odios ni se regodea en perversidades: por eso es adorable. Tiende a caracterizarse por su generosidad, su afán de acertar, su buena fe y con frecuencia su simpatía e incluso su genialidad. A veces arrastra en su locura a otras personas, pero no hace daño ex profeso: su principal víctima suele ser él mismo.
«El loco de mierda —advierte un psiquiatra argentino consultado para este trabajo— no toma en cuenta el daño que pueda causar a las demás personas o a sí mismo». Y añade: «Por su parte, el loco adorable hace algo inesperado sin ser del todo consciente de si ese comportamiento es lo que la sociedad espera o no. Al final, sus acciones no te perjudican, y seguramente generan alguna pregunta interesante».
En este libro he escogido a diez personajes inolvidables que dejaron una impronta duradera. Más exactamente, a seis locos adorables y cuatro locas encantadoras. Todos sobresalieron en su medio, aunque varios ni siquiera se percataron de que estaban haciendo historia. Gracias a su intervención, sin embargo, la actividad en la que desarrollaron sus dones registró un cambio que en ciertos casos marcó virajes trascendentales.
Ellos son:
Françoise Vatel (1631-1671), el cocinero deshonrado. Fue el creador del chef profesional convencido de la importancia de su oficio y entregado a él.
Aimé Bonpland (1773-1858), el sabio enamoradizo. Su participación en el descubrimiento científico de América implicó, al mismo tiempo, una mirada económica, erótica y política.
Ada Byron (1815-1852), la precursora del ordenador. Mientras su padre, Lord Byron, era un huracán romántico, ella exploraba los primeros algoritmos, predecesores del ordenador.
Temistocle Solera (1815-1878), el policía que escribía óperas. Su aporte al músico Giuseppe Verdi, a la ópera y a la unidad de Italia fueron amalgama del patriotismo.
Ezequiel Uricoechea (1834-1880), el colombiano que todo lo sabía. Fue uno de los líderes americanos en el campo de la filología y contribuyó a la unidad del español.
Annie Oakley (1860-1926), la Pequeña Tirofijo. En medio de una multitud de machos cazadores, domadores, tiradores, ella demostró al mundo que una mujer podía superarlos.
Graciela Olmos (1895-1962), la bandida que componía boleros. Revolucionaria mexicana y compositora, empleó el papel relegado a la mujer para adquirir un formidable poder.
Sidney Franklin (1903-1976), el torero gringo. En un medio hostil que lo miraba como una extravagancia probó que era capaz de triunfar y figurar al lado de los mejores toreros.
Hedy Lamarr (1914-2000), la actriz que inventaba. Fue una estrella del cine famosa por sus desnudos y un genio científico que sembró las bases del wifi y otros prodigios cibernéticos.
Mané Garrincha (1933-1983), el cojo que cambió el fútbol. Desordenado, sin disciplina, enamoradizo, buena gente y borrachín, con un balón en los pies convirtió un deporte en espectáculo.
En casi todos los casos las figuras de nuestro elenco aparecen rodeadas de circunstancias y personajes fascinantes: algunos tan atractivos como ellos. Por la ley universal de la compensación, no resulta raro que cerca del loco adorable actúe algún loco de mierda. Es, por ejemplo, el caso de Aimé Bonpland, el genial naturalista europeo que optó por investigar y trabajar en América del Sur y tuvo que compartir parte de su vida con el Doctor Francia, famoso loco de mierda que durante veintiséis años hundió a Paraguay en una dictadura tenebrosa.
Los locos adorables de esta antología soñaron con triunfar y lo lograron, al menos en algún momento, hasta el punto de que imprimieron una huella en la historia particular de su oficio. La suerte quiso que la gran mayoría de ellos terminaran sus días de manera triste, de manera dramática o de manera trágica.
Al fin y al cabo, el destino es otro loco de mierda.
EL COCINERO DESHONRADO
El francés legendario que cambió la gastronomía europea en el siglo XVII no era cocinero sino maître, algo parecido a banquetero. De aquel siglo dorado de los manteles provienen platos mundialmente famosos y también la tendencia de los chefs célebres al suicidio.
‖ François Vatel: Fundador de la gran cocina francesa y favorito de reyes, prefirió morir a quedar mal ante sus comensales.
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Posiblemente el cocinero más famoso de la historia es François Vatel (1631-1671), a quien se atribuye, entre otros logros gastronómicos, la crema chantilly, y sobre el cual se han escrito ensayos y novelas y rodado películas. Su final es memorable, pues se quitó la vida acuciado por un tropiezo en las provisiones de un banquete. Muy poco de lo que se dice de él es, sin embargo, verdad. Para empezar, no se llamaba François sino Fritz Karl y no se apellidaba Vatel, con acento en la e, sino Watel, con acento en la a, pues había nacido en Francia pero su familia era suiza. Tampoco fue cocinero, sino algo distinto, más refinado y más importante: maître. Y no inventó la crema chantilly, que se conocía desde un siglo antes. En cambio, hay constancias múltiples de su aparatoso e innecesario suicidio. Fue el tiempo en que la gastronomía pasó a ser un arte mayor, y Vatel su primer mártir. Pero no el último. Su vida, su aporte y su muerte señalaron un hito en la historia de los fogones.
El 17 de agosto de 1661 estaba indicado como el día en que François Vatel iba a jugarse su carrera ante los más severos jueces. Acababa de cumplir treinta años cuando su patrón, el vizconde y marqués Nicolas Fouquet, le anunció que estaría a cargo de la más fastuosa fiesta de los últimos tiempos. Fouquet era superintendente de finanzas de Jules Mazarino, cardenal por antonomasia, primer ministro, regente y mano derecha de Luis XIV, aquel soberano que dirigió los destinos de Francia desde su coronación, en 1643, hasta su muerte en 1715. Por razones políticas, el rey profesaba poca simpatía por el vizconde. Cuando surgió la iniciativa de alojarlo con la corte en su camino estival hacia el sur, Fouquet entendió que había llegado la gran oportunidad de remendar las relaciones con quien sería llamado el Rey Sol. Nada mejor que ofrecer en su honor un banquete digno de Las mil y una noches.1 El Aladino iba a ser Vatel, que llevaba ya varios años a su servicio y se había distinguido como tipo previsivo, de buen gusto y acucioso. Había nacido el rubicundo servidor el 17 de enero de 1631 en el corazón de una familia campesina de la región de La Picardie.2 A los siete años entró a trabajar como aprendiz de pastelero bajo la vigilancia de un allegado y a los veintidós ingresó como pinche de cocina en la más espléndida propiedad de Fouquet: el castillo de Vaux-le-Vicomte, sesenta kilómetros al noreste de París. Sus habilidades como administrador y organizador lo sacaron pronto del mundo de las ollas y lo condujeron al importante cargo de maître d’hôtel del marqués.
¿Maître d’hôtel? ¿De qué estamos hablando? No es sencillo traducir la expresión maître d’hôtel ni es fácil expresar en qué consiste el oficio que representa. Resulta indispensable explicar, primero, que el término francés hôtel no se refiere sola ni necesariamente a un hotel, sino a un edificio, palacete o vivienda: puede ser una gran construcción (una sede administrativa, por ejemplo), una mansión, un alojamiento, un hotel de cinco estrellas o un modesto hostal. El oficio del maître d’hôtel no se limita al del maestresala en español («En los comedores de hoteles y ciertos restaurantes, jefe de camareros que dirige el servicio de las mesas», según el Diccionario de la lengua española); tampoco al del banquetero, aun cuando se parece más a este («Persona que tiene a su cargo el servicio gastronómico en fiestas sociales»: DLE). Más que la expresión, lo que declara la importancia del maître d’hôtel es la amplia variedad y grave responsabilidad de su trabajo, asimilable a una especie de controlador general. El maître d’hôtel se encargaba de dirigir las cocinas, desde la selección del chef y el personal; escoger el menú, comprar las provisiones, velar por el perfecto estado de todas ellas (en aquella época no existían las actuales neveras, los cuartos fríos ni los congeladores) y garantizar que el volumen fuese algo mayor que el que podrían consumir los invitados: el viejo dicho «Es mejor que so-sobre y no que fa-falte». Además, respondía por los vinos, delicada ciencia que lo obligaba a conocer sabores, colores, añadas, oxidaciones, espumas y toneles. Era su deber mantener en perfecto estado las baterías de cocer, hervir, guisar, hornear, asar y freír; también las vajillas y la cubertería. Tan trascendental como la cocina resultaba la mesa: no solo cómo debía disponerse antes del arribo de las viandas —platos, cubiertos, servilletas, vasos, copas, jarras—, sino la alineación de los comensales en las mesas, el orden en que correspondía servir y el entrenamiento de los cientos de criados que transportaban, servían y retiraban bandejas y platos. En otro nivel, bastante más bajo, el controlador respondía por los ceniceros, las escupideras, los muy escasos retretes y una legión de ilustres bacinillas.
La pastelería era otro mundo. Francia siempre se ha preciado de sus pâtissiers (pasteleros), que constituyen un gremio de especialistas al que es preciso cuidar y atender. Muchos pâtissiers son también boulangers (panaderos), pero no todos han sido entrenados en las dos artes, así como un neurocirujano posiblemente sería incapaz de sacar una muela de la misma cabeza que horadó. El maître d’hôtel adquiría y cuidaba el mobiliario del edificio y el alojamiento de los invitados, que a veces sumaban varios cientos. Si en el palacio faltaban camas, había que montar unas carpas primitivas, acondicionar otras construcciones o acudir a los vecinos del pueblo para que acogiesen a los huéspedes menos importantes. Espectáculos y diversiones formaban parte de las preocupaciones del atribulado maître d’hôtel: un fin de semana exigía números circenses de saltimbanquis, coros, orquestas y obras de teatro (Molière escribió algunas para grandes fiestas como la del castillo de Vaux). Eran también problema del maître d’hôtel la caballería, los coches y los animales acompañantes. No me refiero a algunos nobles de reconocida estupidez y maîtresses célebres por la riqueza de su sexo y la pobreza de su seso, sino al hecho de que también el gran controlador recibía y solucionaba peticiones de encuentros de amor secretos en lugares adecuados. En caso de que la estadía en el lugar incluyese una partida de caza, el maître d’hôtel tenía que organizar todo lo necesario, desde la pólvora y las armas hasta las jaurías de perros y los criados encargados de recoger las piezas cobradas. No podría faltar un médico para una emergencia ni un altar con sacerdote para cubrir las necesidades de oración. Y cuando todo lo anterior estaba solucionado, el maître d’hôtel aún debía tomar decisiones de enorme gravedad acerca de los quesos, de los cuales había entonces por lo menos doscientas variedades.3 De los quesos, de los besos y de los huesos el maître estaba obligado a rendir cuentas financieras. Ciertas libertades con los fondos le estaban permitidas. Por ejemplo, recibir comisiones de los comerciantes que vendían productos a las mansiones y palacios del señor, especialmente cuando se trataba de ágapes importantes.4 Se consideraba que estas propinas eran parte de su salario como controlador general. Así pues, aunque se crio entre cacerolas, Vatel no fue exactamente un gran cocinero, sino uno de los más espléndidos maîtres d’hôtel de la edad dorada de la banquetería francesa. Tan alto cargo, sin embargo, no otorgaba puntos en el estatus social. Por excelente y poderoso que fuera el maître, seguía perteneciendo a las clases sociales que laboraban a órdenes de los señores de sangre azul y servían a la aristocracia, mas no podían mezclarse con ella.
François fue contratado por el marqués hacia 1650, once años antes del fiestón del palacio de Vaux-le-Vicomte. Tenía a su cargo la vigilancia general de actividades en las propiedades del señor Fouquet, que incluían, aparte de Vaux, varias mansiones en París y en los alrededores, entre ellas, un palacete en Saint-Mandé que fue albergue de su gran biblioteca de treinta mil volúmenes5 y sala natural de exposición de maravillosos jardines. Saint-Mandé, sin embargo, no era más que el abrebocas de Vaux, espléndido palacio que deslumbraba por su opulencia. La historia de la gran gastronomía francesa se encuentra indisolublemente ligada a las redes de palacios y castillos que se extendían por todo el país, pero estaban en su mayor parte a menos de una o dos jornadas de París. Estos lugares servían de alojamiento y recreación los fines de semana, como el palacio de Fontainebleau, o bien se hallaban preparados a modo de residencias de verano, cuando huían al campo durante un par de meses, buscando sombra y árboles, los reyes, la corte, los latifundistas, los multimillonarios y los herederos nobles. Al llegar el día estival en que el soberano se trasladaba a su palacio en Vincennes, o más tarde a Versalles, viajaban con él centenares de cortesanos parásitos y la encopetada muchedumbre hacía en el camino paraditas de uno a tres días aprovechando la largueza y el servilismo de algunos de los señores cercanos a la Corona. El anfitrión se sentía muy honrado por la presencia del rey y su gente, quebraba la alcancía, tiraba el palacio por la ventana y atendía a los notables visitantes y a los lagartos como si se tratara de sultanes.6 Existía entre los grandes propietarios feroz emulación por mostrar quién atendía mejor, quién derrochaba más lujo, quién sorprendía más con sus jardines, sus alfombras, sus gobelinos, sus muebles, sus cenas, sus distracciones, sus arañas, sus cortinajes… Monsieur Vatel había aprendido el arte de deslumbrar preparando saraos y festines por órdenes del tesorero Fouquet en Saint-Mandé y Vaux-le-Vicomte. En 1656 se hizo notar con «una suntuosa comida» que mereció los honores de una reseña en verso del cronista de sociedad Jean Loret, astro de poetas y poetastro. Una de sus estrofas en pareados describe el menú:7
Sus salsas no tienen parangón;
los asados y viandas gratos son;
dan las flores olores coloridos;
hay mariscos, pasteles, embutidos,
bizcochos y tortillas deliciosas
y tantas cosas más esplendorosas,
donde bebiose a la salud del rey.
En no pocas ocasiones, Vatel organizó cenas de lujo a las que asistía el propio Luis XIV, varios años menor que él, flanqueado por ministros, embajadores y el impepinable cardenal Mazarino, patrocinador del marqués. Y como el palacio real de Vincennes estaba cerca del de Saint-Mandé, el soberano practicaba visitas de vecindad y recibía las atenciones del ya prestigioso banquetero. De allí surgió la creencia equivocada de que Vatel había sido maître d’hôtel del rey. Se trata de otro pincelazo de la leyenda que rodea a este personaje misterioso. No: su jefe más querido fue siempre el vizconde y duque Fouquet, cuyo prestigio se vio reforzado por los acertados oficios de Vatel. Quien mejor ha estudiado y descrito la edad dorada de la cocina gala, el historiador Dominique Michel, lo comenta así: «Fouquet, un mundano que tiene debilidad por las cosas bellas, las mujeres hermosas, la buena literatura, sabe aquello que el rango del amo exige a un maître d’hôtel para consolidar su representación y gracia».8 No solo su representación y su gracia, sino también su relación con Luis XIV, se proponía consolidar Fouquet cuando, en 1661, aceptó ofrecer al rey y su corte la fiesta fastuosa el 17 de agosto. Para ello, lo primero que hizo, con varias semanas de antelación, fue ordenar a Vatel que embelleciera los jardines, arreglara las estancias y renovara el mobiliario del palacio de Vaux. Aunque se trataba solo de una gran cena, que no incluía hospedaje nocturno, era preciso ofrecer a los invitados baños y lugares de reposo. En el caso del rey y los pesos pesados de la corte, alcoba completa. Habría que preparar luego las comidas, bebidas, diversiones y comodidades para que el ágape resultase inolvidable. Y lo fue. Sobre todo para el duque. En primer lugar, por el esfuerzo laboral que significó la preparación del lugar, de sus alcobas, salas, comedores, cocinas y jardines para la multitud que iba a volcarse en las instalaciones. En segundo lugar, por las ingentes sumas de dinero que significaban la adecuación y ornato del palacio, la contratación de criados y la provisión de bebidas y alimentos para cerca de ochocientas personas. Tercero, por las nefastas consecuencias que trajo al rumboso vizconde y a Vatel, como víctima colateral.
El desfile de invitados y colados (nunca han faltado los faufilés, incluso entonces) empezó el miércoles 17, pasado ya el meridiano. La caravana provenía de Fontainebleau. El rey se hallaba a la cabeza, pero la reina, encinta, permaneció en su palacio. La reina madre —Ana de Austria, hija de un rey español— ocupaba una de las principales carrozas acompañada por algunas damas amigas. Detrás de ellos crujían no menos de ochenta o noventa carruajes. Nicolas Fouquet y su esposa, Marie-Madelaine, esperaban a la delegación bajo el sol estival de las seis de la tarde. El espectáculo era maravilloso. Los jardines, que desde entonces fascinaban a los franceses, eran el plato arquitectónico más fuerte de Vaux. Habían sido diseñados por un especialista y elaborados y cuidados por un ejército de obreros que coordinaba Vatel. Un dédalo de senderos, avenidas, arboledas y surcos coloridos arañaba el terreno. La pieza fuerte de los jardines, sin embargo, no eran las flores ni los árboles sino las fuentes. Un complicado sistema de tuberías subterráneas de plomo descargaba por gravedad desde un río aledaño miles de litros de agua cuya potencia era capaz de elevar chorros a doce metros de altura e imitar grandes cascadas. Abundaban las fuentes y los pequeños lagos. El atractivo principal era un surtidor «de tal fuerza y violencia que eleva siete metros un chorro del grosor de un cuerpo humano, uno de los más bellos ejemplos de su género en Europa», según descripción de un abad que formaba parte del contingente de gorrones. Caída la noche, el edén de Fouquet se convertía en una fiesta de luces y espejos gracias a toneladas de pólvora que revoloteaban y estallaban en el cielo, mientras una orquesta de veinticuatro violines tocaba bajo las estrellas.9 El interior del recinto no desmerecía en absoluto los deslumbrantes exteriores y el soberbio perfil del palacio. En cuanto a la cena, la atendieron cientos de camareros. Las mesas, como mandaba el protocolo, habían sido dispuestas con arreglo a la más estricta simetría; ágiles manos enguantadas se encargaban de que estuvieran surtidas de forma permanente. Casi tres horas duró el combate entre los invitados y las delicias gastronómicas. Vencieron los invitados. A eso de las once, tras un breve reposo, empezó la tanda de entretenimiento. Para completar el esplendor de la cita, Molière estrenó su obra de teatro Los fastidiosos (Les fâcheux), primera comedia adobada con música y ballet del famoso autor, cuyo nombre de pila era Jean-Baptiste Poquelin.10 Luis XIV metió mano en una escena de cacería que figura en el libreto de Molière, lo que aumentó la expectativa por la función aunque rebajó el nivel del texto. Los aplausos endiosaron un poco más al tatarabuelo de Luis XVI, futuro decapitado por la Revolución. A las tres de la madrugada, la procesión real partió hacia Fontainebleau, adonde llegaría al cabo de dos horas y media. Las cifras del ágape dejan en ridículo a las multitudinarias bodas bíblicas: cerca de seiscientos cortesanos invitados y seis mil trabajadores para atenderlos, entre criados, cocineros, jardineros y pajes; en la mesa, quinientas docenas de platos de plata, ciento veinte docenas de servilletas11 y treinta y seis docenas de bandejas.
El parrandón fue todo un éxito. He aquí lo que consignó al respecto la condesa de La Fayette, escritora y novelista: «Toda la corte estuvo en Vaux, y el señor Fouquet unió a la magnificencia de la mansión todo lo imaginable para que la reunión fuese aún más divertida y más grandiosa. Ha sido la más completa en la que he estado nunca». Vatel se había lucido y, dice su principal biógrafo, quedaba consagrado como «un genio» de su oficio y de su tiempo. A la vez, Fouquet había ofrecido, en su doble condición de noble y funcionario encopetado, una lección magistral de ostentación y munificencia. Muy poco tardaría en saber que había sido demasiada la ostentación y excesiva la munificencia. Al tesorero se le había ido la mano, se había «pasado de maracas», como dicen en la ribera francesa. El soberano se sintió humillado por ese empleado suyo que había hecho de la riqueza un espectáculo y empequeñecía con sus abrumadoras atenciones la grandeza del monarca. Lo primero que decidió el Rey Sol fue la construcción de un palacio mucho más grande, mucho más suntuoso y mucho más bello que Vaux-le-Vicomte. Cuando la envidia ataca al soberano impune, también ella se vuelve impune y soberana. Esa madrugada de 1661 nació en Luis XIV la idea de remodelar Versalles, cuya nueva y espectacular versión se inauguró tres años más tarde. Lo asaltó, asimismo, la necesidad de castigar al anfitrión, que de todos modos no formaba parte de sus más estimados súbditos. So pretexto de que las finanzas del tesorero Fouquet eran sospechosas y que «de eso tan bueno no dan tanto», al menos sin que medie corrupción, dos semanas después fue destituido, arrestado y procesado. En 1664 el rey lo condenó a cadena perpetua y pérdida de sus bienes por supuesta malversación. Con el vizconde se derribaron también sus amigos, cuyas fortunas confiscó el Estado, es decir Luis XIV.12 Vatel no fue objeto de persecución, pero, prudentemente, optó por poner mar de por medio. Se escabulló de Francia y fue a perderse en Inglaterra, lugar donde permaneció varios años.
El esplendor francés del siglo XVII trajo, entre otros aportes, un cambio profundo en las costumbres relacionadas con la alimentación. No solo surgieron egregios chefs, sino que se amplió el concepto de la ocasión de comida y se relacionó con los productos para prepararla, los utensilios adecuados para los procesos de su transformación, las recetas aplicables, el talento del cocinero, la organización de la mesa, la presentación de los platos, la atención de los auxiliares, la elegancia de los comensales, la cortesía y buenas maneras e incluso la solemnidad impuesta por las circunstancias. Ya no bastaba con alimentarse. Era necesario saber qué comer y cómo hacerlo con elegancia y buen gusto. Hasta entonces las manos eran el principal instrumento para atacar la comida. Se trataba de un recurso inventado en lo alto de los árboles por los primitivos antepasados del Homo sapiens, y el paso de los milenios había aportado poco a la maquinaria de los dedos: apenas hierros para cortar, vasos o cazuelas para sorber, pan para enjugar y telas para limpiar. Algunos rituales habían surgido en torno a la mesa, pero en muchos casos ni siquiera se consideraba a la mesa como mueble para comer; se utilizaba más bien un mantel tendido en el suelo o una alfombra. Tampoco resultaban agradables todos los rituales: el eructo como muestra de satisfacción, que aún perdura en algunas culturas, es prueba de ello; también el empleo pertinaz y conspicuo del palillo de dientes. Desde los primeros tiempos, las especias habían sido aliadas indispensables de la alimentación, tanto para enriquecer el gusto de las preparaciones como para preservarlas. La Biblia habla con frecuencia de la sal, y es indudable la influencia que tuvo en la era de los grandes descubrimientos geográficos la búsqueda de caminos para encontrar e importar condimentos a Europa. Los dos principios básicos de la gastronomía hasta el siglo XVII eran el buen sabor de las viandas y su aporte a la salud.13 Los maîtres d’hôtel cambiaron estos preceptos básicos por tres columnas vertebrales: «Delicadeza, orden y limpieza». De allí brotaba un corolario indispensable: para comer bien es preciso conjugar el placer del paladar con el de la vista, y el placer de la vista con el del olor. Un buen plato, en fin, no solo es el que está preparado de manera cuidadosa, sino el que llega a la mesa de modo que su aspecto sea un regalo para la mirada y su delicioso olor constituya anticipo de sensaciones gratas. Tampoco basta con que el plato reúna estas características. Es preciso que el comportamiento de los comensales refleje una armonía y cierta dosis de cortesía que hagan del acto gastronómico un genuino placer. Algunas de las primeras normas de buena educación en la mesa todavía se recomiendan a los escolares: fuera coditos… no comas con la boca abierta… no hagas ruidos al masticar… Como Molière era parte de la revolución de las costumbres gastronómicas implantadas por nobles y maîtres, en sus obras aparecen con frecuencia alusiones a la nueva etiqueta.14 La gran revolución de la mesa y la cocina francesas empezó a mediados del siglo XVII, durante el reinado de Luis XIV, y se cerró en 1825, pasada la Revolución francesa. Ese año se publicó el libro Fisiología del gusto, un ensayo filosófico, sociológico y fisiológico acerca de la gastronomía. El hombre que amplía el círculo iniciado por Vatel y sus colegas es un abogado, químico, diputado, médico y músico que no solo gozó la gastronomía, sino que la estudió a fondo. Jean Anthelme Brillat-Savarin (1755-1826) escribió, no sin humor, sus meditaciones y aforismos en lo que ya es un tratado clásico y los publicó un año antes de morir. Permaneció un tiempo como violinista en Estados Unidos desterrado por la Revolución. A su regreso recuperó el cargo de magistrado y siguió ingiriendo varias docenas de ostras como aperitivo de la comida hasta que, a los setenta y un años, descansaron en paz él y las ostras. Fisiología del gusto no fue, ni mucho menos, el primer tratado de cocina. El Antiguo Testamento ya ofrece pistas relacionadas con la salud y la comida, y desaconseja el consumo de animales de pezuña hendida: básicamente, los cerdos y su parentela. Tres siglos y medio antes de Cristo, un aristócrata griego escribió en Sicilia un tratado sobre La vida de lujo que contiene múltiple información culinaria, y en el siglo primero el gastrónomo romano Marco Gavio Apicio acumuló una famosa compilación sobre la comida y las recetas de su época. En 1226, el bagdadí Muhammad bin al-Hasan dejó un amplio recetario. Dos siglos y pico después, la invención de la imprenta permitió que se multiplicaran los libros de recetas. La edad dorada de los fogones lo fue también de las bibliotecas culinarias. En vida de Vatel aparecieron siete libros clásicos sobre el sabroso asunto.
Parte de la nueva manera de comer era comer menos, hábito que no caló en las costumbres de Brillat-Savarin siglo y medio después. La glotonería, sobre todo la glotonería atropellada y ruidosa, se convirtió en enemiga de la buena mesa. Se publicaron numerosos tratados de urbanidad que recomendaban, entre otras conductas, evitar las conversaciones sobre la salud o el cuerpo humano cuando se está ante manteles y repudiar ciertas costumbres antiguas pero poco elegantes: «(…) rascarse la cabeza, escupir, sonarse con la servilleta, sacar la lengua, asearse los dientes: todos estos son gestos sucios que sacuden el corazón». Eso escribió en 1671 Antoine de Courtin, uno de los pontífices de la civilité (urbanidad) entre «gente honorable». Personajes principales de la edad de oro de la mesa y la cocina fueron los cubiertos, tanto los individuales, utilizados exclusivamente por cada comensal, como los comunes o colectivos para servir las ensaladas, cortar la carne o servir la sopa con el cucharón. Los reyes estrenaron cubiertos y vajillas de oro y mucha «gente honorable» adquirió objetos de plata. El empleo de los cubiertos individuales inauguró un nuevo capítulo de buena crianza, con normas específicas, algunas de las cuales se conservan aún: verbigracia, que el cuchillo y el tenedor deben sostenerse con solo dos o tres dedos. El diseño de lujo coronó muy pronto la aparición de los cubiertos individuales. El colmo de la elegancia en la mesa durante la segunda parte del siglo XVII eran las denominadas cadenas («cadenás»), unos pequeños cofres dorados que se colocaban en cada puesto de la mesa. Cada uno contenía un cuchillo, una cuchara, un tenedor y un trozo de pan recién horneado. Como a veces ocurre, los últimos en someterse a la revolución de la etiqueta fueron los reyes. Luis XIII solía repicar sobre el plato con el tenedor y el cuchillo como si se tratara de un tambor. Su hijo Luis XIV, peor educado que el padre, no logró acostumbrarse a estos instrumentos y comía con los dedos ante la mirada inquieta de vecinos de mesa que no sabían si aplicar las nuevas reglas de urbanidad o imitar al rey para no contrariarlo. No era esta la única falta al buen gusto en que incurría el Rey Sol, heliogábalo devorador de cuanto se acercaba a su mantel,15 hasta el punto de que inspiró a Molière un personaje de El avaro, el tragón intendente Valère. Uno de los ingredientes de cocina más preciados en aquella época en que las neveras no existían era el hielo, lujo de las mejores mesas. La obtención y conservación del hielo era toda una ciencia que requería el concurso de maestros albañiles para señalar el sitio más frío de los sótanos de la mansión, carpinteros que construyeran allí un nido de maderas entrecruzadas para alojar el agua congelada y apisonada en forma de esferas o ladrillos, y capas de heno para hacer una «cama» al hielo.16 Debajo de la madera se extendía un espacio vacío al que escurría el deshielo filtrado por el heno. De este modo se evitaba que el agua derretida contribuyera a desleír las yertas reservas acumuladas, lo que permitía que los bloques duraran semanas y hasta meses. Se cuenta que, invitado a preparar un ambigú por el rey, Vatel programó una mariscada espectacular servida en bandejas sobre una base de hielo. La víspera del convite informó al rey sobre las actividades planeadas:
—Encenderemos braseros y chimeneas un par de horas antes del banquete —explicó Vatel.
—Hay que tener cuidado de que no se funda el hielo —aconsejó el rey.
—No se preocupe, Su Majestad —dijo Vatel—. Le he prohibido que se derrita.
El propio Vatel pudo confirmar, durante su exilio en Londres, que los ingleses en materia de la nueva etiqueta de mesa estaban tan atrasados respecto a Francia como sus menús. Y así siguen.
¿Cuánto tiempo estuvo Vatel en Inglaterra? ¿Dónde vivió? ¿Cómo se sostenía? A semejanza de muchas otras incógnitas en la vida del gran maître, estas no tienen respuesta precisa y documentada. Se puede suponer que trabajó, y que seguramente lo hizo en el ramo de la gastronomía, quizá en la modesta condición de cocinero. Un satírico francés refugiado en Gran Bretaña, Charles de Saint-Évremond, afirma que Vatel se hallaba en Londres sin empleo. Ante esta circunstancia, el humorista lo presentó al propietario de un cabaré que ofreció a François cama y comida a cambio de sus buenos oficios en el establecimiento. También cabe la posibilidad de que hubiera sobrevivido gracias a sus rentas y ahorros al menos durante un tiempo, pues su testamento y el inventario de sus bienes al morir demuestran que era un hombre rico, como casi todos los banqueteros destacados. «Los maîtres del arte de servir, esos que contribuyeron al nacimiento de la gran cocina —apunta Dominique Michel—, eran también hombres de negocios que sabían gestionar sumas importantes y engordar su portafolio». Otro dato que se conoce gracias a las memorias de Saint-Évremond señala que Vatel se alojó en casa de una pareja de franceses renegados, donde compartían techo con otras víctimas de exilio. Desde aquella época las relaciones entre británicos y franceses no eran las mejores y estos últimos constituían los vecinos menos estimados por los ingleses. El mal ambiente contra los galos seguramente forzó a Vatel a emigrar a Bélgica. Durante estos periplos, el antiguo factótum de Fouquet se reencontró en Londres o en Bruselas con un personaje que había sido mesero y maître y había ascendido finalmente a consejero de Estado gracias a su talento y preparación. Jean Hérault de Gourville, que tal era su nombre, sirvió de palanca para que Vatel retornara a Francia, donde no tenía cuentas pendientes con la justicia, como él temía, y contaba con el aprecio de muchos nobles que recordaban sus excelentes servicios. No se sabe bien cuándo ni dónde, pero lo cierto es que, merced a la mediación de Gourville, en 1667 el buen François actuaba ya como maître en las propiedades de Luis II de Borbón, más conocido como príncipe de Condé (1621-1686), cuyas hazañas militares le habían ganado el popular apodo del Gran Condé. Tras algunos altibajos en su relación con la Corona, Condé había rehecho los puentes con Luis XIV y regresaba a su vida de hombre respetado y militar pundonoroso. Su reintegración en la vida cortesana implicaba algunas operaciones de imagen y prestigio social, por lo que Gourville lo convenció de que contratara a un maître de primerísimo nivel. Fue así como el príncipe conoció y contrató a Vatel como controlador general. Entre los bienes de Condé que administraba Vatel estaba Chantilly, un conocido palacio próximo a París parcialmente rodeado por lagos y jardines. Sus fuentes y estanques, sus famosos salones y habitaciones, su biblioteca de miles de volúmenes e incluso sus establos eran una maravilla.17
En este palacio quiso un día el príncipe ofrecer en honor del Rey Sol un banquete destinado a pasar a la historia… y lo consiguió, aunque no necesariamente por las razones que se proponía. Con antelación de dos semanas, el Gran Condé informó a Vatel de su decisión y le encargó la realización de la Madre de Todas las Fiestas. Debía ser un banquete perfecto para celebrar la rehabilitación de Condé ante la Corona y para inaugurar la naciente primavera de 1671, diez años después del festín de Vaux-le-Vicomte. Fechas: del jueves 23 al sábado 25 de abril, incluyendo un día de abstinencia en que se reemplazaba la carne por pescado. El escenario de la rumba sería Chantilly, el deslumbrante edificio construido en el siglo XV como castillo fortificado y convertido doscientos años después en uno de los palacios más suntuosos del país.
Los cálculos eran inquietantes: aparte del rey y la reina, acudirían con ellos al convite dos mil personas (tres mil, según otras fuentes). Una semana antes del magno certamen, madame de Sévigné, escritora y dama de alto coturno, comentaba chismes al respecto en carta a su hija. Le decía que «nunca se ha visto tanto derroche en honor de los emperadores como el que allí habrá; no les cuesta nada; reciben todas las maravillas imaginables sin reparar en gastos». Pero habrá gastos, por supuesto. «Se dispondrán veinticinco mesas con cinco servicios de comida, sin contar infinidad de otras [atenciones]». Se refería madame a las mesas fijas, cada una de las cuales sentaba a unos veinte comensales, pues aparte de estas había decenas de mesas de armar para cuatro u ocho personas.18 Era preciso conseguir comida y bebida para semejante muchedumbre y, además, alojar a todos los visitantes durante dos noches, exigencia que no se había presentado en Vaux. Espectáculos, distracciones, pólvora, paseos, música, mecatos y baños limpios para todos eran apenas corolarios de lo principal: la afamada mesa de Vatel. Afamada y costosa. «Yo creo que el gasto para el señor príncipe no bajará de cuarenta mil ecus [escudos]», señalaba la escritora. Esta cifra equivalía a ciento sesenta mil libras: con una libra era posible comprar una camisa de algodón, y con tres, una camisola holandesa fina. La fortuna de Vatel alcanzaba, al morir, a veintiséis mil libras, o sea seis mil doscientos escudos. De modo que, en síntesis, el despilfarro en los tres días de juerga en Chantilly se iba a sorber más de seis veces la fortuna que acumuló a lo largo de su vida el encargado de organizarla. Pero lo que más preocupaba al maître no era el presupuesto, pues las arcas de Condé le permitían esta y muchas pachangas más, sino el tiempo del que disponía: apenas quince días. Sabiendo que el consumo de pescado y mariscos iba a ser enorme, toda vez que a la abstinencia se le sumaba la pasión del rey por los frutos de mar (marée) y, en particular, por las ostras, una de las primeras diligencias que emprendió Vatel fue despachar enviados a los principales puertos para encargar productos de pesca. Desde el lunes empezaron a arribar a Chantilly cantidades monumentales de diversos productos. Con las meras carnes habría podido llenarse un arca mortuoria de Noé: faisanes, gallinas, patos, pichones, ocas, codornices, liebres, cerdos, corderos, terneras, reses, jabalíes, venados… La marée debía llegar el mismo día de su consumo, el viernes, para evitar sorpresas desagradables. Pasado el mediodía del jueves se asomaron a las puertas talladas de Chantilly reyes, nobles y cortesanos, ocuparon sus alcobas y se diseminaron por salones, jardines y senderos. Así como en el Titanic algunos trozos de hielo permitían presagiar una noche complicada, en la caravana real surgieron numerosas personas que no figuraban en la lista de invitados, pero ejercían el inevitable derecho a colarse. Era preciso servir a más parroquianos de los calculados. Al caer la noche, Vatel sirvió la primera cena. Fue una sinfonía espléndida de carnes. Las mesas principales se surtieron con abundancia, pero faltó proteína (como anuncian prosaicamente algunos restaurantes actuales) en dos de las mesas debido a la inesperada presencia de colados y se produjo algún retraso en el servicio.
Vatel, que llevaba sin dormir casi dos semanas, empezó a perder la serenidad. Gourville acudió a confortarlo y el responsable del gran acontecimiento social, apenado por la escasez de carne en dos mesas, le dijo:
—He perdido mi honor. No puedo soportar esta desgracia.
Pidió a Gourville que le ayudara a ordenar el servicio, cosa que hizo el antiguo banquetero apoyado en su experiencia. Ante el estrés de su amigo, al que veía superado por los obstáculos, Gourville solicitó al príncipe que acudiera a animar a François.
—Todo va bien, todo va bien, Vatel —le comentó Condé al descontrolado controlador—. El rey disfrutó mucho de la cena.
—Su bondad me colma, señor mío. Pero yo sé bien que faltó carne en algunas mesas.
—Eso no es nada —insistió Condé, quien en un principio se había enojado por la demora, pero ahora veía indispensable calmar a Vatel—. No se irrite, amigo, todo va perfectamente. Más bien descanse un poco, que nos esperan dos días fatigantes.
Terminada la cena se encendieron los juegos pirotécnicos, que duraron dos largas horas perturbadas por la claridad de la luna. A la medianoche Vatel preguntó en la cocina si ya habían llegado los cargamentos de productos marinos. Su obsesión eran las ostras, manjar predilecto de Luis XIV. No. No habían llegado. Agobiado por el curso deficiente que tomaba el gran banquete, con provisiones insuficientes de carne, retraso en el servicio, noche clara que conspiraba contra las luces de la pólvora y ninguna noticia sobre la pesca que debía servirse a la hora del almuerzo, Vatel se retiró a su habitación. Durmió muy poco, y a las cuatro de la madrugada se hallaba de nuevo en la cocina preguntando por el arribo de la marée. Solo encontró un proveedor que se disponía a entregar unos pocos kilos de pescado.
‖ Luis XIV: El Rey Sol era un enorme glotón. Vatel pagó el precio de creer que lo atendía mal.
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—¿Eso es todo?— preguntó Vatel, al borde de la desesperación.
—Sí, señor, eso es todo —respondió el pescador, ignorante de que los enviados de Vatel habían negociado provisiones en otros puertos.
El maître esperó cuatro horas más. Nadie vino a traer material marinero para preparar el almuerzo; no hubo noticias de los proveedores de la costa. Los panaderos sacaban las primeras hornadas y los cocheros descargaban la leche recién ordeñada procedente de campos y pueblos de los alrededores. A las ocho de la mañana, con las cocinas en plena actividad y los camareros listos para atender las mesas, Vatel cambió la desesperación por resignación. Comentó a Gourville: «Señor, no sobreviviré a esta desgracia; tengo un honor y una reputación en juego». Completamente abatido, se encerró en su recámara mientras aumentaba la actividad en Chantilly. Sin que él pudiera saberlo, en ese momento se aproximaban al patio trasero numerosos carros repletos de pescado y mariscos frescos.
Vatel fue famoso en Chantilly, pero esta denominación nada tiene que ver con la crema batida y azucarada que lleva tal nombre y constituye uno de los complementos más célebres de la repostería. Al respecto se han escrito numerosas páginas y promovido serios debates académicos. En uno de ellos, organizado en 2018 por la Universidad de Lieja, el historiador belga Pierre Leclercq afirmó de manera absoluta que Vatel no es el creador de esta salsa dulce y que un siglo antes del gran maître ya se conocía en Italia, Inglaterra, Alemania y Francia con otros nombres. El más popular era nieve de leche. Su receta, muy parecida a la actual, circuló con semejante denominación durante dos siglos y medio antes de que, en 1870, un pastelero mal informado se la atribuyera a Vatel, cuya imagen regresaba de un prolongado olvido. En el siglo XVII, cuando la leyenda afirmaba que Vatel había creado la crema chantilly en el palacio así llamado, era poco usual que las recetas llevaran el apellido de su inventor. La salsa bechamel, creada en 1651 por el cocinero Pierre de la Varenne en honor de un marqués francés, y en 1820 el bisté chateaubriand, en homenaje al escritor romántico del mismo nombre, son quizá unas de las pocas excepciones. El plato con marca de autor es modalidad típica del siglo XX, cuando se extendió el concepto de la propiedad intelectual. De allí proceden, por ejemplo, la ensalada césar, invento del italiano Cesare Cardini en Tijuana, México, 1924; los fetuccini a la Alfredo, obra del cocinero italiano Alfredo di Lelio (1914), o los nachos, nacidos en la tortillería mexicana de Ignacio Amaya en 1943.
Lo cierto es que por la época en que empezó a atribuirse a Vatel la autoría de la célebre crema existió en Bogotá un Chantilly más famoso que la crema y el palacio: era la quinta de recreo de la familia Silva Gómez en Chapinero, cuando esta zona no pasaba de ser una aldea próxima a la capital y no había sido absorbida por ella. Los campos vecinos a la casa de Chantilly inspiraron al poeta José Asunción Silva su Nocturno III, uno de los más famosos poemas de nuestra literatura: «Una noche. Una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas…». Con el tiempo, las casaquintas finiseculares de Chapinero cayeron demolidas una por una, entre ellas, Chantilly. Hoy solo queda en pie, y restaurada, Villa Adelaida, del legendario educador del siglo XX Agustín Nieto Caballero. Silva no alcanzó a conocerla, pues se construyó dos décadas después de su suicidio. Curiosamente, medio siglo más tarde funcionó en Villa Adelaida un acreditado y fino restaurante. Su nombre: El Gran Vatel.
La versión más conocida de lo que ocurrió una vez que François entró a su habitación la escribió la señora de Sévigné pasados dos días del suceso:
Vatel apoyó su espada en la pared y se atravesó con ella el corazón, pero eso fue al tercer embate, porque las dos primeras puñaladas no resultaron fatales. Cayó muerto. Sin embargo, los pescados empezaron a llegar de todos lados y [los criados] fueron en busca de Vatel para distribuirlos; acudieron a su habitación. Golpearon la puerta; la derribaron, lo encontraron ahogado en sangre y corrieron desesperados en busca del príncipe… Este comentó al rey con gran tristeza: «Se dice que lo hizo por su orgullo». La gente lo elogió y alabó y lamentó su valentía. El rey dijo que no había visitado Chantilly en cinco años porque sabía la tensión que sus visitas causaban. Comentó que lo mejor era servir solo dos mesas y no preocuparse por los demás. Juró que nunca más pondría al príncipe en apuros semejantes. Pero era demasiado tarde para el pobre Vatel.
El suicidio del banquetero no paralizó la fiesta. Es posible que muchos de los dos mil o tres mil invitados ni siquiera se enteraran de que el pescado que comían había provocado el tremendo harakiri del organizador del regocijo. Gourville reemplazó como pudo a Vatel. Y, dice Sévigné, «la cosa funcionó: almorzaron bien, el refresco de la tarde se sirvió, cenaron, caminaron, cazaron. El aroma de los narcisos se esparcía y todos estaban encantados». La jornada siguiente, sábado, fue otro día placentero. Llegada la noche, el rey y su corte partieron hacia el palacio de Liancourt, donde Su Majestad ordenó una cena de medianoche. Chantilly ya era historia. Vatel también.
La profesión de maître era muy importante y quienes la ejercían alcanzaban una cómoda posición económica, amistades que llegaban hasta el mismísimo rey, fama y admiración. En algunos casos reservaban un pasaporte a la posteridad: en la lista de los doce grandes banquetes que han cambiado la historia aparecen tanto el fiestón de Vaux-le-Vicomte como el de Chantilly.19 Pero la condición de excelso banquetero no bastaba para ingresar a los círculos de la nobleza y la aristocracia. Finalmente, los controladores generales eran unos distinguidos empleados, pero nada más que eso. La prueba es que el suicidio de Vatel solo provocó una alteración en el programa del ágape del Gran Condé. En homenaje al finado, ese día se prescindió de los platos con comida marinera, justamente aquellos cuya tardanza lo condujeron a la autoestocada. Como queda dicho, Gourville tomó las riendas de la organización y su primera misión fue disponer del cadáver del colega. Lo condujo en un carro de carga a la villa más cercana, Vineuil-Saint-Firmin, y allí fue enterrado sin mayor ceremonia ni expresiones generales de congoja. En un principio se creyó que los restos habían ido a parar a una fosa común, pues la Iglesia prohibía sepultar a los suicidas en sagrado, pero años después los archivos de la alcaldía revelaron que los despojos se encontraban, por excepción, en el cementerio municipal. Algunos historiadores, caritativamente, creen ver en este «privilegio» la mano enguantada del rey. Durante largos años Vatel permaneció casi en el olvido, pero en el siglo XIX su historia irrumpió como ejemplo del héroe romántico. Desde entonces se cita con frecuencia su muerte, más que su vida, y se la menciona como muestra de un honorable sacrificio en aras del deber. La literatura y el cine se han encargado de enaltecer y también de deformar la imagen de quien a menudo figura como extraordinario cocinero, cosa que realmente no fue. No faltan los historiadores errados según los cuales Vatel nunca existió.20 Se han descargado numerosas mentiras en su biografía, hasta el extremo de que en una versión cinematográfica reciente aparece birlándole la amante al Rey Sol en sus últimas horas. ¡Estaba el pobre Vatel para meterse en líos de alcoba cuando ya lo abrumaban los de la cocina…!
Lo que sí es verdad es que el desgraciado banquetero inauguró una tradición macabra, que son los suicidios de individuos vinculados a su profesión. El primer gastrónomo que se quitó la vida fue Marco Gavio Apicio, que consumió hacia el año 30 d. C. una copa de veneno al comprobar que su vida de manjares y vinos lo había conducido a la bancarrota. Transcurrieron mil seiscientos cuarenta años antes de que Vatel siguiera sus pasos, aunque no por las mismas razones. En los siglos XX y XXI se ha desatado una rivalidad casi inhumana entre los grandes chefs por obtener las estrellas con que algunas guías, como la Michelin, premian cada año el nivel de excelencia de un restaurante. La aritmética —una estrella, dos, tres— entró a medir el fracaso o acierto del cocinero y su restaurante, y algunos de aquellos no resisten la tensión de la competencia o la amargura de un descenso en la escala. Víctimas de esta guerra contra los rivales y, sobre todo, contra las estrellas que otorgan o restan prestigio, han muerto por mano propia no pocos excelentes chefs, varios de ellos franceses:
Bernard Daniel Jacques Loiseau (1951-2003). Se disparó un tiro en la cabeza ante el rumor de que su famoso restaurante La Côte d’Or iba a perder una estrella Michelin.
Homaro Cantu (1976-2015). Inventor de la gastronomía molecular, hizo famoso su restaurante tecnológico Moto en Chicago. Se ahorcó por problemas con un socio.
Benoît Voilier (1971-2016). Este chef suizo, propietario de l’Hôtel de Ville, en Lausana, se pegó un balazo acosado por el estrés un mes después de que su restaurante fue laureado como el mejor del mundo.
Anthony Bourdain (1956-2018). Chef, escritor y célebre divulgador neoyorquino de temas gastronómicos, se suicidó en Francia deprimido antes de grabar un programa.
Tan notoria ha sido la reiteración del síndrome de Vatel que existe una organización virtual llamada Chefs con problemas (Chefs With Issues) que se dedica a aconsejar y asistir a cocineros atribulados. Uno de ellos confesó: «Mi ansiedad llega a veces a niveles insoportables para un ser humano. Gano mucho dinero, pero no me siento valorado. Muchos de mis modelos profesionales han caído y algunos se han suicidado. Siento que somos meros objetos de usar y tirar».
Es posible que Fritz Karl Watel, el gran Vatel, hubiera firmado estas palabras.
1 Las mil y una noches es una recopilación árabe de historias que data del siglo IX y solo se conoció en Occidente un milenio después. Digamos que la comparación con el banquete de 1661 es una licencia poética. Perdonen ustedes.
2 Muchos políticos y banqueros que nacieron en diversos lugares del mundo han vivido en La Picardía, o por lo menos pasan vacaciones allí.
3 Según el primer ministro británico Winston Churchill, eran trescientas sesenta especies en 1942. Según el general Charles de Gaulle, doscientas cuarenta y seis en 1962. Hoy se calcula que en Francia se producen entre trescientas cincuenta y cuatrocientas variedades.
4 En la Francia del XVII, esta clase de propinas o cobros por encima de lo que normalmente se paga tenían un nombre muy curioso: ferrer la mule. Es decir, herrar la mula. Se basa en un antiguo refrán francés según el cual «el que monta la mula paga las herraduras».
5 La mayor biblioteca de la época, con cuarenta y cinco mil libros, fue la del cardenal Mazarino, aún hoy una de las mayores y más ricas de Francia.
6 Si el lector tiene interés en saber cómo vivían los sultanes, le recomiendo Camas y famas, cuyo autor, discretamente, prefiere permanecer tras cortinajes.
7 Traducción de su amigo y servidor DSP.
8 Su libro Vatel et la naissance de la gastronomie (Vatel y el nacimiento de la gastronomía) es una joya incomparable para los que se interesen en el tema.
9 «Dos caballos murieron aterrados por el estruendo», observa el chismoso escritor y fabulista Jean de la Fontaine, asiduo de estos convites.
10 El teatro musical francés se parecía a la zarzuela, género del que este libro se ocupa en el capítulo 4, correspondiente al señor Temistocle Solera.
11 En esa época las servilletas eran del tamaño de un mantel pequeño y una de ellas debía ser usada por cuatro comensales. No resultaba muy higiénico, pero al menos había cambio de servilletas cada dos servicios de manjares.
12 Como es bien sabido, Luis XIV afirmaba: «El Estado soy yo». Conocemos muchos como él en épocas posteriores.
13 Los siglos XIX y XX descubrieron que civilizaciones anteriores se equivocaban con frecuencia respecto a los efectos de algunas sustancias en la salud. No eran conocidos entonces ciertos datos como las calorías, el índice glucémico, los lípidos, el colesterol y el cálculo de precios a partir del Big Mac. Creían en un comienzo que el huevo era bueno; luego, que era malo. Ahora mismo no lo sabemos.
14 Hay manías que uno juzgaba domésticas y son arcaicas. Por ejemplo, la de no comer todo cuanto lleva el plato, sino dejar una mínima porción sin tocar. En Bogotá se la denomina la «cortesía» y equivale a decir: «Estaba muy bueno y es suficiente». Los franceses lo hacían porque odiaban el ruido de los cubiertos al rastrillar el plato. Esto, por supuesto, si ya se disponía de ellos.
15 Shakira afirma que las caderas no mienten; la rotunda panza de Luis XIV tampoco dice embustes.
16 Tan maravilloso era el espectáculo de un bloque de agua gélida, especialmente en el trópico, que cierto novelista escogió como escena inicial aquella en la que un coronel a punto de ser fusilado recuerda la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Lo que no recuerdo es el título de la obra ni su autor.
17 Y sigue siéndolo para el que tenga en París cincuenta euros y un tíquet de metro de cercanías. Por veintiuno más podrá asistir a un espectáculo equino que incluye desde 2013 un amplio museo dedicado a los caballos. Su mecenas es un príncipe árabe que, por su nombre, podría estar patrocinando un museo de perros: S. A. Aga Khan.
18 El diario La Gazette habla de sesenta mesas, pero lo más probable es que el dato esté inflado. También es de suponer que eran más de las veinticinco que cuenta madame de Sévigné. Ella no estuvo presente.
19 En su antología de los doce banquetes memorables, la historiadora Suzanne Varga señala que los de Vatel no solo fueron espléndidos, sino famosos por sus efectos nefastos: el de Vaux trajo la desgracia de Fouquet, y el de Chantilly, el suicidio del organizador.
20 Hay quienes niegan el holocausto en tiempos de Hitler y la redondez del mundo; no hay que extrañarse, pues, de que se niegue a Vatel.