Ser la menor de tres hermanos es una condición que siempre me ha gustado y no la cambiaría por nada del mundo. Por ejemplo, uno de los primeros recuerdos que tengo, de cuando aún era bebé, es haber estado siempre en los brazos de mi mamá, mi abuelita o mis tías, observando el mundo que me rodeaba desde la altura de su abrazo. Desde ahí arriba podía ver a mis hermanos jugando o corriendo. Siempre los buscaba y los encontraba al lado mío, jugando juntos, y sonreía al verlos saltar.
Creo que en ese entonces me sentía como el Sol con los planetas, pues todo el mundo giraba alrededor mío, en un juego interminable de sonrisas. Debo admitirlo: ¡ser la menor tiene grandes ventajas! La gente me sonreía, me mimaba, me peinaban y me servían deliciosas compotas con sabor a pollo o manzana, y de verdad el hecho de estar tan cerca de mi mamá, mi abuelita y mis tías me dio cierta seguridad, tranquilidad y serenidad. Estoy convencida de que nací para ser la menor de la familia, pues incluso hoy en día, que ya soy adulta, me gradué de la universidad, tengo una especialización, dirijo empresas y algunos proyectos y cuento con millones de seguidores en redes sociales; tengo que confesar que me siento muy cómoda sabiendo que siempre seré la pequeña de mi casa.
Yo creo que los hermanos menores tenemos características muy particulares, pues recibimos las experiencias, los logros, las lecciones y los golpes de nuestros hermanos mayores. Es decir: somos observadores pequeños y despreocupados que, desde un cómodo balcón, miramos el teatro de la vida de la familia entera. De esa forma aprendemos millones de cosas que nos impiden repetir algunos de sus errores y agudizan nuestro juicio. Modestia aparte, creo que gracias a este trabajo de vigilancia y aprendizaje, los hermanos menores tenemos bastante sabiduría familiar. Sé que en algunas familias continúan tratando a los hijos menores como bebés, aunque sean adultos, pero realmente creo que podemos ser muy útiles si nos escuchan, pues somos como esponjitas y vamos absorbiendo todo lo que pasa a nuestro alrededor.
A los tres años me bajé de los brazos, tal vez cansada de estar cargada, y me uní a los juegos con mis hermanos. En ese entonces Fabio tenía nueve años y María seis, y nos gustaba jugar desde que iniciaba el día. Recuerdo que cuando nos servían el desayuno, la mesa del comedor se convertía en una sala de discusión, en donde el tema era a quién le habían servido más frutas o más jugo; o sea, todos teníamos que tener la misma cantidad, o habría pelea. Por esa época a Fabio le dio por decirme que él era un mago que podía hacer desaparecer las cosas, y aunque yo en el fondo sabía el resultado, siempre le decía que sí cuando me preguntaba si quería que hiciera magia. Entonces, él tomaba una de las galletas de mi plato de desayuno y la colocaba enfrente de mí, y luego me decía: “Repite conmigo: Abracadabra, patas de cabra”, y yo le hacía caso. Después me decía que cerrara los ojos y me pedía que soplara. Yo soplaba y, cuando abría los ojos, ¡oh, sorpresa! La galleta había desaparecido.
Yo miraba a Fabio y lo veía reírse, atragantándose, mientras María festejaba alzando los brazos y diciendo: “¡Magia, magiaaaaaa!”. Recuerdo que los miraba desconcertada, con los ojos chiquitos y un puchero dibujado en la boca, y después llegaba mi grito más alto: “¡MAMÁAA! ¡Seeee comieron mis galletaaaaaaaas!”. Mi mamá llegaba de inmediato y los regañaba o simulaba castigarlos; ellos corrían por toda la casa para que no los alcanzara, y yo continuaba sollozando, pero la verdad es que verlos correr me hacía sonreír. Cuando eres la más pequeña de la familia, muchas veces no te incluyen en los juegos porque eres muy chiquita, o muy llorona, y por eso, aunque este juego se repetía todos los días y siempre terminaba en gritos, me encantaba jugarlo, porque para mí pasar tiempo con mis hermanos era lo más importante del mundo.
Sin duda Fabio y María habían encontrado una nueva distracción: molestar a su hermana pequeña, y cada día se inventaban juegos diferentes. Por ejemplo, se escondían de mí para luego aparecer cubiertos con una sábana, lo que hacía que se me pusieran los pelos de punta y que gritara del susto. Recuerdo también que una vez María me invitó a jugar al salón de belleza. Peinó mi largo cabello negro, que en ese momento me llegaba más abajo de los hombros, y lo cortó hasta dejarlo a la altura de la nuca; me maquilló las mejillas, me puso labial y me pintó las uñas. Cuando mi mamá me vio así, gritó muy fuerte —como yo cuando me asustaban vestidos de fantasmas— y María se ganó un regaño de verdad.
Cuando me pongo a pensar en mi infancia, la recuerdo con cariño y nostalgia. Siempre había risas y juegos a mi alrededor, y aunque muchas veces terminaba perdiendo, me divertía mucho con mis hermanos. Además, tenía clarísimo que cuando perdía, siempre podía gritar, como si fuera una alarma, lo que hacía que mi mamá apareciera mágicamente para defenderme.
Papá no tardó mucho en notar la desventaja de nuestros juegos, en los que siempre la más pequeña terminaba llorando. Entonces, un día me dijo: “Mira, cada vez que te hagan algo, en vez de llorar, ¡defiéndete!, y contéstales así: @#$%&ˆ#*, o así ¡@#$%ˆ*”.
Después de eso, y de ahí en adelante, la pequeñita de tres años gritaba groserías y malas palabras por toda la casa: “Fabio y María, ¡devuélvanme mi $%#@&^ galleta!”, “Fabio, come @#$%ˆ”, “María, dame mi @#$%ˆ& muñeca”. Mi mamá abría los ojos desconcertada, al escucharme usar ese lenguaje, y mi papá nos miraba de lejos y se reía. Tal vez no fue la mejor forma, ni la más común o la más refinada, pero sin duda así fue que aprendí a defender mis cosas y a protegerme de los demás.
Nunca te sientas pequeño o frágil; tu pensamiento, tus palabras e ideas pueden cambiar tu entorno, e incluso el mundo.
Mi papá me contó que una vez mi abuelito, Héctor Lizcano, un reconocido industrial de la ciudad de Barranquilla, nos invitó a una gran cena para presentarnos a algunos miembros de la familia que vivían por fuera de Colombia. Fuimos a un restaurante donde alistaron una mesa muy sobria para treinta personas. Nosotros nos ubicamos al frente de nuestro abuelo, el patriarca del clan, el viejito bonachón que había guiado y conducido a la familia con sus sabios consejos.
Recuerdo que mi papá y mamá estaban muy elegantes, y a mí me pusieron un vestidito rosado con una cinta del mismo color, que disimulaba mi pelo corto y me hacía ver como un verdadero angelito. La cena transcurría normalmente, con charlas de memorias y anécdotas que contaba mi abuelito; era un verdadero momento de unión familiar, y los modales y la buena educación de los presentes hacían que fuera una cena impecable. Todo iba de maravilla, hasta que sirvieron de postre un pastel de vainilla con una enorme fresa cubierta de chocolate. María y Fabio estaban a mi lado, entendían que debían comportarse bien para la ocasión y se la pasaban sonriéndoles a los mayores. En algún momento, y no sé cómo sucedió, miré mi postre ¡y la fresa había desaparecido! Miré de inmediato a mis hermanos, que a su vez me miraban muy sonrientes. Comprendí la situación y tomé aire, cerré los ojos, abrí la boca y grité con toda la fuerza que existía dentro de mí: “¿QUIÉN FUE EL @!$%ˆ&*&%ˆ&*%$ QUE SE COMIÓ MI POSTREEEE?”. Las palabras retumbaron en el restaurante, hicieron eco en la cabeza de todos los presentes, que voltearon a mirarme, y todo el mundo se quedó en silencio como por tres segundos, que a mí me parecieron horas. Mi papá, por instinto, se arregló la corbata. Mi mamá miró su plato y, de repente, todos estallaron en una sola carcajada. Mi abuelito dijo: “Está como bravo un angelito…” y, sin dejar de sonreír, llamó al mesero y le pidió que nos sirvieran dos postres más a todos los niños. Después de esto, mi mamá me enseñó con cariño que es mejor hablar y pedir las cosas con educación. Mamá recuerda siempre esa anécdota, sonríe, y dice: “Eso es culpa de Fabio el papá, solo a él se le ocurre educar así a la niña…”.
Esto, aunque parezca raro, me sirvió mucho, porque de ahí en adelante aprendí a no tener miedo de protegerme o de expresarme. Con mis primeros pasos aprendí a cuidarme, a no dejarme engañar. Aunque siempre estamos expuestos a que los demás nos hagan daño, recuerda que tienes una herramienta muy potente: alzar tu voz para expresarte y defenderte. Yo aprendí a defender mis derechos, y hoy en día, de manera muy serena, no temo hacerlo ante quien sea necesario. Incluso en algunas situaciones en las que me quieren faltar al respeto, o cuando debo hablar con una persona grosera, sé cómo responder. Así que, aunque esta historia de cuando era pequeña parezca algo extraña, la verdad es que me ayudó mucho. Hoy en día sigo siendo la niña de la casa, la pequeña, y soy una mujer delicada, pero no frágil.

Para mí mis papás son mis héroes, y cada día le agradezco a Dios por haberme bendecido con la familia que me dio.
Mi papá nos enseñó a nadar casi el día después de que aprendimos a caminar, y nos organizaba en la piscina juegos que parecían súper riesgosos, como lanzarnos de un trampolín a un flotador, saltar al agua colgados de su cuello o sumergirnos para buscar monedas en el fondo de la piscina, pero él siempre tenía en cuenta todos los cuidados para que no nos hiciéramos daño. Esto hizo que nuestra primera infancia fuera toda una aventura, llena de acción y entretenimiento.
Mamá siempre nos colmó de cariño, nos mimó, jugó con nosotras a las muñecas y, en medio de los juegos, nos enseñó a ser soñadoras, alegres, optimistas y a creer en Dios. Mi fe en Dios empezó a una edad muy temprana. Aunque no entendía muy bien qué o quién era exactamente Dios, o cómo podía estar en todos lados al mismo tiempo, yo nunca dudé de que Él existía. Siempre he tenido una conexión muy especial con Él, que se sigue desarrollando con el pasar de los años.
Una de las primeras cosas que mi abuelita me enseñó cuando empecé a hablar fue el padrenuestro. Esta oración me gusta mucho, y hasta el día de hoy no me duermo sin rezarla. Estoy convencida de que mi fe en Dios es la razón por la que estoy aquí hoy, en este mundo. Si no fuera por Él, yo habría parado de seguir mis sueños hace mucho tiempo. Dios me ha sacado de mis momentos más oscuros y me ha llevado a los más hermosos.
Si pudiera describir a mi mamá en una palabra, sería ángel. Es la mujer más fuerte e increíble que conozco. No digo esto solo porque sea mi mamá, sino porque en realidad es impresionante. Ella fue mamá muy joven, pues tuvo a mi hermano a los dieciocho años y a los veintitrés ya tenía sus tres hijos. Mi mamá me contó que cuando le dijo a mi abuelo que se iba a casar con mi papá, él la echó de la casa. Mi abuelita no estaba de acuerdo con él, pero en esa época los hombres mandaban, y como él era el hombre de la casa, lo que decía “iba a misa”. A mi mamá no le importó y siguió su corazón; al final, mi abuelo se dio cuenta de que lo más importante en esta vida es que uno sea feliz, y ver la alegría de su hija lo hizo a él feliz.
No me imagino lo difícil que debió haber sido para mi mamá tener tres hijos y crecer con nosotros, pues ella en últimas seguía siendo muy joven. Esta cercanía hizo que desde siempre yo la viera más que todo como mi mejor amiga. La veo también como mamá, claro, pero tenemos una relación muy estrecha en la que yo le cuento absolutamente todo; no existen secretos entre ella y yo. Esto siempre ha sido muy lindo, y ha hecho que hasta mis mejores amigas le pidan consejos a mi mamá antes que a sus propias madres. En mi familia tenemos un chiste interno, y es que mi hermana María del Mar es en realidad nuestra mamá, y mi mamá es una hija más.
La familia es tu primer equipo.
Todos los miembros de tu familia son importantes, y siempre debes entregarle todo tu cariño y comprensión a este equipo maravilloso, expresar tu amor con palabras y con acciones, y ante todo permanecer unidos.
Entiendo que cada familia es distinta, y que las relaciones familiares no son siempre lindas y llenas de armonía. Sin embargo, para mí es increíble que a algunos hijos o padres les cueste trabajo decir “te quiero”, expresarles su amor a sus familiares, decirles lo importantes que son en su vida. Creo que, a pesar de que a veces existan dificultades y problemas en las familias, siempre deberíamos estar agradecidos con nuestros padres por habernos dado la vida, por haber hecho posible que estemos aquí.
La vida me enseñaría después lo valioso que fue haberle entregado tanto amor a mi familia desde siempre, pues tuve que aprender de la manera más dolorosa que nunca se sabe cuándo es el último momento que tienes con una persona, la última sonrisa, el último abrazo. Aprendí a apreciar cada palabra, cada consejo, cada risa compartida; comprendí que el amor es el único vínculo que perdura en la eternidad, y por esto debo entregarlo a todos los que me rodean.