1

Asomada a un balcón engalanado con rosas y nardos, Uriela Caicedo, la menor de las hermanas Caicedo Santacruz, vio venir por la calle arbolada, avanzando entre manchas de sol, igual que un tímido ratón, a su tío Jesús. Muy tarde quiso apartarse del balcón, dar un salto y desaparecer: su tío agitó una mano, saludando, y fue como si otra mano invisible la obligara a seguir en el balcón, enrojecida, en plena flagrancia de su delito de mala educación, pensó. Había pasado buena parte de la mañana asomada al balcón, esperando, ¿qué esperaba, a quién?, nada ni nadie; solamente digería, perpleja, la noticia de ese viernes 10 de abril de 1970: la banda de los Beatles se disolvió. Y justo cuando decidía ir a su habitación para vestirse de fiesta —en poco tiempo llegarían los invitados a celebrar el aniversario de sus padres—, descubrió la sombra de su tío debajo de los árboles, en la calle sin más sombras que los pulcros caserones de ese barrio de Bogotá.

Pues, a la gran fiesta de la familia, nadie invitó al tío Jesús, ¿quién iba a invitarlo?, pensó.

Su tío se detuvo debajo del balcón, exuberante de decrepitud: llevaba puesto un vestido gris que le quedaba grande, un raído vestido que había sido del magistrado Nacho Caicedo, padre de Uriela, y movía la ancha boca sin emitir sonido, como si masticara un complicado bocado o se acomodara la caja de dientes para empezar a hablar. Y, de hecho, sonó su voz en la calle desierta, casi una amenaza, pero también un ruego, en todo caso la voz de un jugador —se dijo Uriela, fascinada por ese par de ojos de ofidio que la acechaban, tres metros debajo del balcón—. Su tío tenía metidas las manos en los bolsillos del chaquetón, y las revolvía por dentro, apretaba los puños y los abría mientras hablaba.

—Uriela, ¿te acuerdas del tío Jesús?

Uriela asintió, inclinándose más: vio que el viento despeinaba los pocos cabellos del cráneo amarillo; vio dilatarse las aletas de la peluda nariz, y sonrió, porque no había alternativa, pero su sonrisa era sincera, una sonrisa de diecisiete años, y su voz una suerte de compasión:

—A usted yo nunca lo podría olvidar, tío.

—Eso es verdad —respondió él, abriéndose de brazos y mostrando, sabiéndolo o sin saberlo, enrevesadas costuras en las mangas del chaquetón, peores que una cicatriz. Tenía la voz raspuda, como de alguien que se asfixia—: Nos vimos hace un mes exacto.

El tío Jesús era un cincuentón de orejas puntudas y aplastadas; el vello sobresalía del interior de cada oreja como pequeñas matas de algodón; eran orejas grandes, como radares, pero se quejaba de sordera, o la sordera lo acometía cuando no le convenía oír; su boca era ancha como una sonrisa de oreja a oreja, su mandíbula muy larga y afilada, su pescuezo de pájaro, su piel color café con leche; barbilampiño, ojeroso, tenía las uñas de las manos como garras; bajo de estatura, sin ser muy bajo, calvo hasta la mitad, socarrón, meditativo, otra vez socarrón, vivía de visitar a su parentela de mes en mes y exigir lo que llamaba sus honorarios de familia. Del tributo no se salvaba ni doña Alma Santacruz, la irascible y respetable madre de Uriela, hermana de Jesús, y mucho menos los demás hermanos de Jesús, o los sobrinos que trabajaban, o uno que otro amigo de familia, nadie se salvaba de ofrendarle su pago por existir.

El tío Jesús era como él mismo: una mañana mandó llamar desde el hospital La Caridad a dos de sus sobrinos: había muerto del corazón: háganse cargo. Los sobrinos acudieron casi compungidos, y, en lo más alto de una escalera, apareció el tío Jesús, redivivo, los brazos en cruz, la voz recia reclamando un almuerzo de rico, dijo, y una borrachera de rey. Los sobrinos lo invitaron y no se quedaron atrás: de allí en adelante lo llamarían Jesús el Desahuciado.

Oficialmente Jesús Dolores Santacruz hacía declaraciones de renta, y de eso decía que vivía, de la contaduría, en plena calle céntrica de Bogotá, al frente del ministerio de Hacienda, con una mesita de tijera y un butaco y su máquina de escribir. Pero hacía tan mal las declaraciones, y era tan suspicaz con las preguntas a los parroquianos, como si los acusara de evadir al fisco un tesoro descomunal, que muy pronto su escasa clientela lo abandonó.

Todo eso después de ser rico y admirado, de joven, cuando usaba sombrero de fieltro y vestía del mismo color, cuando gozaba de una muchacha distinta cada mes, cuando invitaba a comer gallina los domingos y bebía porque sí y porque no.

Una de las cosas que hacía sufrir de pánico a la señora Alma Santacruz era la visita de Jesús, el menor de sus hermanos, ¿por qué?, nadie sabía. Ella, que lideraba con mano firme a su marido, a sus seis hijas, sus tres perros, sus dos gatos, sus dos loros, que imponía disciplina a una tropa de empleados repartidos en la casa y en la finca, parecía tenerle miedo, ¿o lo aborrecía?, una broma soterrada en la familia sostenía que Jesús era adoptado: no le daban la indulgencia de la bastardía. La familia de Alma Santacruz era de tez blanca y ojos claros; los hombres destacaban por su alta estatura, la clarividencia en los negocios, el juicio recto, las mujeres por su belleza y porque tenían muy buena voz para cantar boleros; ensoñadas y espigadas, bailaban tan bien el vals como el tango; en su juventud, Alma Santacruz había sido reina de belleza en San Lorenzo, su pueblo natal, y sus hermanas fueron princesas. Pero Jesús, el menor, por su físico y carácter, resultaba absolutamente distinto a todos: chato, pequeño, cetrino, no era nada práctico ni exitoso sino pendenciero, jugador y mujeriego; en su juventud había sido lector devoto del panfletista José María Vargas Vila y devotísimo del poeta de la muerte Julio Flórez, de quien declamaba sus más escabrosos versos de memoria:

Le aserraron el cráneo
le estrujaron los sesos,
y el corazón ya frío
le arrancaron del pecho…

De modo que para la gran fiesta de los Caicedo, la señora Alma Rosa de los Ángeles Santacruz no imaginó o no recordó que Jesús existía, ¿y cómo?, la preocupaba únicamente su aniversario de bodas.

Se encontraba en su cama, sentada como su esposo, cada uno a una orilla; ella tenía cincuenta y dos años, su marido sesenta; se habían despertado abrazados, más por el frío bogotano que por la ternura; incluso simularon un fugaz encuentro de amor como si parodiaran burlones lo que gozaron de jóvenes; para celebrar su aniversario habían planeado al principio viajar a Grecia, país que les faltaba por visitar, pero estaban cansados de aduanas y aeropuertos y entonces se inventaron aquella fiesta monumental; ahora hacían un repaso de amigos y parientes que ese día los acompañarían; si los dos eran culpables de inventar esa fiesta, por lo menos eran culpables felices. Y ya se disponían a ordenar que les llevaran el desayuno a la cama cuando entró a la habitación Italia, la quinta de sus hijas, de diecinueve años, dos más que Uriela, y se los quedó mirando en silencio. Ni siquiera les dio los buenos días; seguía petrificada ante ellos, de pie, en piyama, mientras largos lagrimones mojaban su cara y se mordía los labios hasta la sangre. Sus padres la contemplaron admirados, todavía medio dormidos, ¿era una pesadilla?, ¿qué hacía Italia llorando en silencio como una Magdalena?, se suponía que era su hija más feliz, la más bella, la pretendida, la complaciente, mimosa, efusiva, de ojos de novilla.

—¿Qué pasa contigo? —había preguntado Alma Santacruz, mientras su marido, el habilidoso magistrado Nacho Caicedo resoplaba y se calzaba las pantuflas.

—Que estoy embarazada —respondió Italia, y volvió a llorar.

2

—Uriela, ¿no vas a convidarme a un café? No es fácil atravesar media ciudad, a lomos de uno mismo, solo con el fin de saludar a la familia y preguntar por la salud, me duelen los pies, me arde la cabeza, algo en el reloj del corazón se desbarata, ¿cómo sigue Alma, cómo están tus hermanas?, ¿el magistrado ya se levantó?, ven, Uvita, baja a abrir la puerta y llévame a la cocina, necesito un caldo, no exijo el comedor, con la cocina me basta, el caldo sabrá igual.

—No es buen día para visitar a mamá. Hoy celebra su aniversario, hay fiesta, recibe invitados, y usted ya sabe, tío, cómo se pone de nerviosa cuando lo ve. Es preferible mañana.

—¿Fiesta, celebración?, ay, Uriela, ¿por qué no me tuteas?

—Usted ya sabe, tío, que en Bogotá nos tuteamos y usteseamos según el ánimo, según el clima, según los segunes.

—¿Qué es eso de usted ya sabe tío?, ¿qué debo saber? Necesito un café, al menos, y unas cuantas moneditas de oro para pagar el bus, para comer un pan, ¿es mucho pedir? Solo ve y dile a tu mamá que alguien de su misma sangre ha llegado.

—No conviene, tío, es por su bien. Me asusta ir con la noticia de su llegada.

—¿Dijiste que te asusta o dijiste me gusta? Me gusta suena mejor. Ah, si yo fuera el de hace años, dueño de una compañía de camiones, seguro que sería el primer invitado; pero una mala mujer me echó una maldición y mis doce camiones cayeron uno por uno al abismo, jamás me recuperé; me persiguieron, me asfixiaron, me convirtieron en lo que soy, otro hambriento del país, ¿qué te cuesta invitarme a la cocina? Te repito que no voy a exigir el comedor; tu casa es grande como un pueblo, tiene dos pisos, un altillo como una habitación donde muy bien podría vivir hasta morir tu tío Jesús, un patio con santuario y mesa de pimpón, dos jardines: uno afuera y otro adentro, dos puertas, la principal y la de atrás; yo me introduzco por el jardín y me hago presente en la de atrás, tú me das de comer, me regalas dos o tres moneditas de oro, que yo supongo debes guardar en tu alcancía, y me voy. Hoy por ti y mañana por mí, Uriela, con la vara que mides serás medido. Eres buena, eres sincera, dices la verdad, tienes fama por eso, pero también yo hablo con franqueza, las piernas me tiemblan, me duele el corazón, ¿alcanzas a distinguir la vena carótida en mi cuello?, es una vena azul, se hincha a ratos, la siento saltar, se va a romper, ya, ya, es verdad.

Con el dedo índice el tío Jesús se señalaba un punto en el cuello. Uriela había inclinado la cabeza.

—Desde aquí no se puede ver —dijo—. Solo distingo la camisa manchada de amarillo, ¿es mostaza?

—Ay, Uvita, es mostaza del último perro caliente que me comí, hace un año.

—Entonces vaya a la puerta de atrás, tío. Nos encontramos allí, lo haré pasar. Se tomará ese caldo, ese café, le daré las moneditas de oro que me pide, que no son muchas.

—Dios te bendiga, U —dijo el tío Jesús, y se escabulló de un salto al jardín.

Marino Ojeda era el celador de la calle en donde quedaba la casa de los Caicedo. En ese opulento barrio residencial los habitantes contrataban para sus calles un celador que reforzara la seguridad; había en las esquinas una caseta, estrecho cubículo de metal donde solo se podía dormir de pie: allí se guarecían del frío los celadores, tomaban café de un termo y se fortalecían para reemprender la vigilancia, paseándose de arriba abajo durante la noche o durante el día, antes de ser relevados. A Ojeda le correspondía el día, aunque hubiese preferido la noche. Era un muchacho corpulento, aindiado, de ojos que acariciaban, llegado al frío de Bogotá desde su aldea a orillas del mar; llevaba menos de un mes de celador: aún no conocía al tío Jesús y sospechó de él tan pronto lo vio doblar la esquina. Lo siguió a prudente distancia, se parapetó detrás de un árbol y desde allí lo vio hablar con la menor de las hijas del magistrado; los vio pero no los oyó y concluyó que la joven solo se había desembarazado de un mendigo; y cuando vio que el mendigo saltaba al jardín como un conejo y avanzaba a la puerta trasera de la casa, se apresuró a alcanzarlo y salir de dudas. Para eso lo habían contratado.

Pero no solo por eso se entrometía: desde el primer día de su llegada se había encaprichado de la muchacha de servicio que trabajaba en casa del magistrado. No era la primera vez que Marino Ojeda se encaprichaba. Parlanchín y festivo, en tres años de trabajar como celador en distintos barrios de Bogotá se había encaprichado tres veces con idéntico resultado: tres hijos de los que Marino Ojeda no iba a responder jamás, porque no era asunto suyo, pensaba, y porque si fuera su asunto nada podía hacer: apenas sobrevivía. Y ahora iniciaba otra aventura que lo encandilaba como nunca porque nunca había conocido muchacha más bella, decía, que Iris Sarmiento, la mandadera de la familia Caicedo, rubia y pequeña pero de anchas caderas, de ojos azules como asustados. Ya había logrado una que otra charla con ella, cuando salía a cumplir los mandados. También a Iris Sarmiento parecía hacerle gracia el interés del celador. De la misma edad de Uriela, diecisiete años, en toda su vida no había tenido el primer novio y ya Marino Ojeda la hacía soñar.

Muy pronto Ojeda alcanzó a Jesús en el jardín, cuando ya se detenía ante la puerta trasera. Le preguntó quién era, a dónde iba y para qué.

—¿Y a ti qué te importa, vergajo? —se revolvió el rostro de orejas puntudas, encarándolo—. Tú no sabes quién soy yo, piojo inmundo; no creas que me asusta el pobre rifle que llevas; cuando tú eras perro yo ladraba; sé más de la vida que todos tus abuelos; debería darte látigo, ¿de qué porqueriza escapaste, cochino?, espantajo, basura de la basura, si te importa conservar tu trabajo de perro guardián vete corriendo ahora, lejos de mí.

A Marino Ojeda lo desencajó la sorpresa. Semejante vocabulario tan escogido no lo oía desde hacía tiempos, cuando estuvo un año en la cárcel de Riohacha por robarse un pollo asado. Los dos hombres se medían con los ojos cuando apareció Uriela en la puerta.

—Todo está bien, Marino. Es mi tío Jesús.

Con agradecimiento exagerado el tío Jesús hizo una honda reverencia y se llevó la mano de Uriela a los labios. Uriela retiró la mano, erizada de legítimo frío: recordó la vez que rozó la piel de una rana en la finca, húmeda y lisa, de hielo. Detrás de Uriela asomaba Iris, esperanzada. Llevaba una taza de chocolate y un tamal santafereño para Marino, porque era costumbre que las familias se turnaran para dar su refrigerio al celador. El tío Jesús resopló; miró al celador por última vez, con dignidad ofendida, y entró en la casa con Uriela.

Iris y Marino quedaron solos, como espantados de felicidad.

3

En la cocina descomunal no solo se encontraban los empleados de toda la vida —doña Juana, vieja cocinera de la casa, Lucio el jardinero, Zambranito el sesentón que además de chofer era electricista y plomero— sino la cuadrilla de cocineros y servidores contratada para atender a los invitados que ese día, al decir de Juana, se pondrían la casa de ruana y después la tirarían por la ventana. Doncellas y camareros iban y venían, uniformados. El tío Jesús se asombraba: hay fiesta, pensó, y de las buenas, donde todo puede ocurrir, desde el cielo hasta el infierno. Tenía la boca abierta y se preguntó, alarmado, si babeaba, pues ya esa flaqueza lo acometía, contra su voluntad. Tendré que inspirarme, pensó.

El silencio de la servidumbre lo ayudó, y lo ayudó más la escueta presentación de Uriela:

—Es mi tío Jesús.

—Un saludo a todos los que medran y se afanan en la casa —se inspiró el tío Jesús con recia voz—. Buenos días, señoritas; todavía la belleza es más belleza en las jóvenes doncellas que laboran; el olor del ajo y la cebolla de sus manos es el perfume más seductor. Pródigas en hijos, serán pródigas. Buenos días, muchachones, enérgicos donceles; respeten a las niñas, desvívanse por servir a las que sirven, ámenlas a la manera de los ángeles; no sean pérfidos, no las abrumen con miradas peores que mordiscos; háganles la corte con respeto y después que los bendiga Dios, como tiene que ser. Y buenos días a uno que otro viejo como yo, que veo trabajar por tres y hasta por seis, tengan buenos días, viejos cocineros que sudan más que sus ollas, magos de la carne y de la leche, no por viejos menos hechiceros, yo soy Jesús Dolores Santacruz, contable de profesión, hermano de la señora Alma Rosa de los Ángeles, luz y corazón de esta familia, buenos días, proletarios de todos los países. ¡Uníos!

Después de un silencio de estupefacción, las voces respondieron en coro al saludo, pero nadie se decidió a reemprender las tareas: aquel ser parecía de otro mundo. La misma Uriela se sorprendió del saludo. Pero se recompuso:

—Un caldo, un desayuno, lo que pida mi tío Jesús; hagan de cuenta que es el primer invitado en llegar.

—Gracias, Urielita. Palabras más generosas no las oí jamás.

Con gravedad, como si no lo pellizcara el hambre, como haciéndose de rogar, el tío Jesús se sentó a la cabecera de una mesa larga y desnuda, rodeada de otras mesas revestidas de platos y tazas y copas, de frutas y aves y jamones a reventar, «Comida para un siglo», pensó, extasiado. Solo hasta ese momento descubrió que a la orilla opuesta estaba sentada una como sombra fantasmal. Era el jardinero de la casa, con una taza de café a medio tomar, era don Lucio Rosas, cincuentón como Jesús, la boca abierta como Jesús, la misma sorpresa en los ojos —en un ojo, porque era tuerto: llevaba un parche negro en el ojo izquierdo.

Al tío Jesús pareció no agradarle el desconocido que lo observaba con su único ojo, indeciso; no lo saludó —ni el más leve reconocimiento, pensó Uriela, conmovida, qué tío infernal.

Los empleados reanudaron sus quehaceres, se afanaban de un lado a otro, en puntillas, sin ruido.

—Bueno —los inmovilizó otra vez Jesús, elevando la voz. La servidumbre atendió—: Sentarse a la mesa con un desconocido que es cojo de la pierna derecha y tuerto del ojo izquierdo es una señal de la fortuna.

Uriela no pudo evitar reír.

—Tío —dijo susurrando—, acójase a lo convenido. Coma y váyase, aquí tiene. —Le puso en la mano un sobre con el dinero.

—Siéntate a mi lado, U —resopló el tío Jesús, mientras se guardaba el sobre en el bolsillo como un pase de magia—. No es bueno comer solo. Quien come solo muere solo. Pero si se come con un desconocido tuerto y cojo uno come dos veces solo.

Uriela desaprobó con la cabeza y se sentó resignada al lado de su tío. En ese momento recordaba que nunca en su vida había hablado de verdad con él, excepto durante esa breve odisea de la Radio Nacional, hacía un siglo, cuando ella tenía diez años y su tío la llevó al concurso para niños El Conejo Sabelotodo. Hoy su tío era solo un vagabundo que llegaba de visita cada mes, se encerraba con su madre y luego abandonaba la casa, ¿quién era ese tío Jesús?, ¿por qué ofendía con sus palabras?, Lucio no cojeaba de la pierna derecha; por supuesto que era tuerto del ojo izquierdo, con ese parche…

Lucio Rosas, que además de buen jardinero tenía su orgullo, lo corroboró:

—Señor —informó como a punto de romperse—: soy el jardinero de esta familia desde hace veinte años. Vivo en la finca de Melgar. La señora Alma me encargó repartir para este día rosas y nardos por toda la casa. Por eso estoy aquí, señor. Y soy tuerto, sí. Pero no soy cojo.

—Como si lo fuera —replicó Jesús—. No lo digo por ofender. —Y miró alrededor con parsimonia—. ¿Por qué pierde un ojo un hombre en la tierra?

Hubo un silencio de mortificación. La pregunta, su absurdo, la manera de hacerla, sorprendió a todos, y entristeció a Uriela.

El jardinero no se esperaba semejante cuestionamiento, pero se armó de valor:

—Mi mismo trabajo me arrebató el ojo, señor. Fue hace diez años, cuando usé por primera vez la podadora a motor. Una piedra me saltó. Una piedra traidora, señor, escondida en el pasto. Se llevó mi ojo, lo reventó. Por eso perdió un ojo un hombre en la tierra.

La respuesta agradó a los meseros, que intercambiaron veloces miradas. Algunos sonrieron y eso no pasó inadvertido a Jesús.

—No —replicó—. Usted tenía que pagar una deuda. Y la pagó. La pagó con su ojo. Era el destino.

Esta vez fue el jardinero el que abrió la boca sin dar crédito; vio y pensó que tenía frente a él una especie de pedazo de hombre, un insecto venenoso:

—Si no fuera por el respeto que tengo al magistrado Caicedo, a su señora, que me dieron trabajo y vivienda en su finca, que son padrinos de mi hijo, y si no fuera porque aquí se encuentra la señorita Uriela, yo…

—¿Yo? —lo alentó Jesús, pero de inmediato ignoró la amenaza—: Escuchen todos. Dejen de afanarse. Hay que pensar de vez en cuando. Cuando se trabaja como ustedes no se piensa. ¿Por qué bosteza? —preguntó de pronto, mirando a Juana la cocinera mayor, Juana Colima, la vieja cocinera de la casa que se había detenido un momento, los brazos en jarra, a escuchar—. Cuando se bosteza se escapa el alma, doña Juana, cúbrase la boca al bostezar; y, si no la cubrió, atrape el alma con dos dedos y tráguela de nuevo, o se quedará sin alma.

La vieja cocinera no había abierto la boca para bostezar sino para tragar aire. Ya conocía a Jesús. Ese hombre —resumía ella en dos palabras— la indigestaba. Sonrió con esfuerzo. Lucio el jardinero acabó con su café. Sin pronunciar palabra salió de la cocina al jardín interior de la casa —a un escondrijo en el invernadero que era como su guarida.

El tío Jesús no sonreía.

—Tío —dijo Uriela—. ¿No va a comer?

Pues ya una doncella había puesto una cazuela de caldo ante Jesús.

—Recuerda que no estoy hambriento —replicó él en voz baja. Y luego, para todos—: Bien, si tanto insistes, no te voy a despreciar, aquí voy.

Levantó la cazuela en las temblorosas manos y se zampó el caldo sin remilgo, ante la mirada perpleja de la servidumbre. Tragaba peor que un reo sometido a pena de hambre.

«Tiene que estar loco», pensó Uriela, «se va a quemar».

Pues el caldo humeaba y se regaba por su boca y mojaba su cuello. Después atrapó la pata de pollo en el fondo y la mondó y bruñó en un santiamén. Y, sin dejar de mirar al techo o al cielo, como los pájaros cuando beben, terminó de lamer los restos de la cazuela y pidió repetición y mascó y tragó de un tirón y eructó y resopló y se levantó.

—Ahora me voy —dijo.

Se tambaleó.

Discretos, los empleados como espectros alrededor reanudaron sus tareas. El tío Jesús se dirigió a la puerta, vacilante. De pronto se volvió a todos y balbuceó:

—Creo que me voy a morir.

Uriela cerró los ojos, los abrió, ¿por qué tenían que ocurrirle a ella estas cosas?

—Tío —dijo—. Yo lo acompaño a la puerta.

—Todavía no me acompañes —la reconvino Jesús—. Antes déjame dormir. Será una siesta y seguiré mi camino al fin del mundo.

Y, para asombro del mundo, se fue a un rincón de la cocina, un recoveco a los pies de una estufa, se acurrucó en el piso y se durmió a pierna suelta —o por lo menos eso pareció.

Juana Colima, la vieja cocinera, entendió que la niña Uriela no podría con su tío: no logrará despertarlo jamás, se repetía, y en un dos por tres subió a la habitación de su señora para informarla en secreto. Entró con toda confianza. Ni siquiera reparó en Italia, doblada en una silla frente a su padre. Juana Colima se aproximó a su señora y le susurró al oído estas aladas palabras:

—Su hermano Jesús ha llegado, dijo que iba a morir y se echó a dormir o se murió debajo de la estufa.

Nunca un alarido de mujer fue tan grande como el mudo alarido que arrojó Alma Santacruz.

—Dios mío —gritó con un murmullo—. Solo esto me faltaba, hoy.

4

Francia, la mayor de las hermanas Caicedo, de recién cumplidos veintisiete años, se hallaba en ese momento en su cuarto, sentada a una mesa presidida por la foto enmarcada de Rodolfito Cortés, su prometido —compromiso matrimonial del que solo estaban enteradas sus hermanas y su amiga del alma Teresa Alcoba.

Revisaba una y otra vez los documentos requeridos en la notaría para hacer efectivo el cambio de nombre. Era la primera de las hijas del magistrado en rebelarse contra su nombre. No se le había ocurrido todavía qué otro nombre iba a ponerse, y no le importaba si Lucila o Josefa o María; solo quería cambiar de nombre cuanto antes, quitarse de encima ese absurdo nombre de Francia, nacido de quién sabe qué calenturas, qué descabellado capricho del cerebro de su padre —porque hay caprichos que no son descabellados, pensaba.

El magistrado Ignacio Caicedo no elucubró mejor nombre para sus hijas que el de los países y ciudades donde cada una de ellas fue concebida —con dos años de diferencia.

Francia se llamaba Francia porque en Francia Nacho Caicedo y Alma Santacruz gozaron su luna de miel, en las mullidas camas de París y en las ardientes de Marsella. La segunda de las hermanas había sido consecuencia del amor renovado en Portugal y se llamaba Lisboa; la tercera se llamaba Armenia, capital del Quindío, la cuarta Palmira, ciudad valluna, la quinta Italia. Se salvó Uriela de llamarse como una ciudad porque, la noche antes de que naciera, su madre soñó que el arcángel Uriel le anunciaba una sorpresa de Dios que llegaría a ella en forma de flor iluminada. De manera que el día del bautizo la señora Alma impuso —para sobresalto de monseñor Hidalgo y del magistrado— el nombre de Uriela. Y Uriela se salvó, de milagro, porque de lo contrario le habría tocado llamarse Bogotá.

Esta ocurrencia, esta extravagancia —que algunos parientes definían como locura pasajera— de bautizar a sus hijas con el nombre de países y ciudades, resultaba normal en la personalidad del magistrado. De joven, igual que los demás jóvenes de su generación, se había creído poeta, y ser poeta no era otra cosa que distinguirse de los demás, para bien o para mal. De semejante enfermedad, al magistrado solo le quedó la poesía de elegir el nombre de sus hijas. En lo demás era un enjundioso abogado, igual que todos y cada uno de los abogados del país —confesaba el mismo Ignacio Caicedo— que estudian no para aplicar la justicia sino para burlarla. Aun así, sus injusticias practicadas no eran tan aberradas y pasaba de honesto penalista, autor de una tesis doctoral laureada por el Colegio de Abogados: «Legalidad y necesidad de expropiación de tierras indígenas para el Estado». Era amigo de importantes personajes de la política, incluido un expresidente de la república. Era político él mismo, del partido conservador, y el día del asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, en 1948, la turba mortal había estado a punto de crucificarlo, literalmente, en un puerto del Pacífico de cuyo nombre no quiero acordarme —decía.

Ignacio o Nacho Caicedo tenía fama bien ganada de elocuente, de filósofo y vidente: aprovechaba cualquier ocasión para revelar cómo sería el mundo en diez, veinte, cincuenta y cien años. Sus discursos en la Corte Suprema de Justicia resultaban inteligentes y aplaudidos no solo por los conservadores sino por los liberales; buscaba la conciliación en las bancadas, el bien para el pueblo, y por tal esfuerzo era siempre elogiado, precisamente porque su esfuerzo nunca lograba el éxito, pero —como él mismo decía— había que intentarlo para guardar las apariencias.

Si bien ese viernes de aniversario Francia no tendría tiempo para diligenciar su solicitud de cambio de nombre, se prometía hacerlo el lunes siguiente, a primera hora: me quedan pocas horas de Francia, pensó, y después me llamaré no sé cómo pero me llamaré como yo soy.

Había, encima de su mesa, un pequeño sobre amarillo con su nombre y dirección. Hasta ese momento no reparaba en él; tenía el sello de correo con fecha de la semana pasada, qué falta la de Iris, pensó, no entregar mi correspondencia en mis manos, podría tratarse de la noticia de un muerto, y yo sin saberlo, con una semana de retraso, qué trágica soy, ¿quién iba a morirse?

Francia, delgada y delicada como sus hermanas —todas de una delgadez espirituosa, acentuada en los ojos melancólicos—, se había graduado de arquitecta en diciembre del año pasado. Durante la carrera había soñado con irse a adelantar maestría y doctorado en Canadá, pero su novio y prometido, Rodolfo Cortés, biólogo y también recién graduado, se había interpuesto al final. Según él, para lograr su felicidad el primer paso era casarse y el segundo tener hijos y vivir en Cali, en una casa con piscina, cerca de la casa de sus padres. El sueño de maestría y doctorado se esfumó.

En la solapa del sobre amarillo había un remitente: Teresa Alcoba, la mejor amiga de Francia, que ahora vivía en Cali. Eso la intrigó, porque Teresita solo se comunicaba por teléfono. Abrió el sobre. De inmediato reconoció la letra de su amiga y leyó, ávida. La breve nota iba acompañada por un recorte de periódico doblado. La sonrisa en la cara de Francia se diluyó mientras leía:

Perdóname, querida Francia, es mi obligación de amiga ponerte en conocimiento de la verdad, no sufras.

Sufre únicamente lo necesario.

No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista.

Teresa

Desplegó el recorte de periódico ante sus ojos como si desplegara el cuerpo asqueroso de una serpiente letal que de pronto arrojó su cabeza contra ella y la mordió en el alma: allí estaba la foto de Rodolfito Cortés, su prometido, en traje de etiqueta, los abultados ojos de batracio asomados a la cámara y su nombre debajo, en letras de molde:

El recién graduado biólogo Rodolfo Cortés Mejía anuncia hoy en la noche su matrimonio con Hortensia Burbano Alvarado, bachiller del Colegio Apóstol Santiago, en el Club Colombia de Cali. Asistirá el gobernador del Valle, padre de la prometida, doctor…

No pudo seguir leyendo. El recorte de periódico cayó a sus pies. Se puso pálida, de hielo, y, sin creerlo, tuvo conciencia de que la noche caía alrededor, primero sobre sus ojos, después dentro de ella.

Se desmayó.

5

La temprana llegada de los hermanos Ike y Ricardo Castañeda, sobrinos de Alma Santacruz, fue providencial. Su tía ordenó que los hicieran pasar de inmediato a la salita, un salón íntimo a un costado del comedor, y les sirvieran café y allí la esperaran, solos.

Los dos hermanos habían llegado en sus motocicletas; eran los mismos que un día Jesús mandó a llamar desde el hospital, mintiendo sobre su muerte. Eran contemporáneos de Francia y Lisboa, pero, a diferencia de Francia, no terminaban aún sus carreras y jamás terminarían: disfrutaban de sendos trabajos en el ministerio de Justicia, donde ya eran reconocidos como doctores en Derecho. Semejante categoría, y sus puestos, que ya quisieran abogados legítimos y de experiencia, fueron un regalo del magistrado Caicedo que de vez en cuando impartía su influencia para dar auxilio a familiares, prodigándoles empleos de alta responsabilidad. Estos usos y abusos no inquietaban al magistrado: era algo que tenía que hacer, algo que cualquiera en el país hubiera hecho en su lugar.

Desde la infancia, Ike Castañeda padecía una fascinación enajenada por Francia, una idolatría sin muros, decía, y había acudido temprano a la fiesta con la esperanza de encontrarla a solas: en la desmesura de su amor quería pedirle ese mismo día que se casaran. Ricardo, lugarteniente de su hermano, se sentía en la obligación de considerarse a su vez enamorado perdido de Lisboa, la segunda de las Caicedo, huraña estudiante de Enfermería. Ricardo, confidente de Ike, lo escoltaba y secundaba, le servía de mensajero y secretario y agradecía sus consejos siempre útiles para defender su puesto de corbata en el ministerio, donde, siguiendo justamente esos consejos, se había afiliado al sindicato; Ike le aseguró que así nunca podrían echarlo, que los más imbéciles, los más ineptos, decía, no podrían ser extirpados si se encontraban sindicalizados, y le dijo que era bueno repartir fuerzas: Ike trabajaría al lado de los jefes y Ricardo entre los subordinados, de modo que se respaldarían como si se tratara de espías y contraespías, como en el cine —pensaba Ricardo, fascinado.

Alma Santacruz entró en la salita trastornada; aún en bata de baño, tenía el rostro tan compungido que sus sobrinos pensaron que alguien acababa de morir y con seguridad el magistrado, ¿quién más podía morir en esa familia de seis núbiles hermanas sin sacrificar? Se inquietaron porque sin el padrinazgo del magistrado les sería difícil la vida en el ministerio. Al conocer la causa de la aflicción de su tía se rieron a una, confortados: se trataba del Desahuciado, de nadie más, ¿qué había que hacer? Oían impacientes, pero temerosos, a su tía, cuya fama de irascible era legendaria. La tía Alma, tan generosa como autoritaria, se veía realmente atribulada. Trataron de adivinar el sentido absurdo de sus palabras:

—Jesús dijo en la cocina que se iba a morir y ahora duerme o está muerto en la cocina o se hace el muerto y está dormido, con él nunca se sabe, pretende quedarse en casa, en plena fiesta, y es capaz de sacar a bailar a monseñor Hidalgo, que no demora. Aquí tengo las llaves de la camioneta. Lo encuentran en la cocina; si no colabora, si no despierta, me lo cargan hasta el garaje, con bondad o por la fuerza, lo meten en la camioneta y se lo llevan lejos, muy lejos de Bogotá, bueno, no tan lejos, pero fuera de Bogotá, ya Chía o Tabio, lo que escojan, y le pagan un hotel con alimentación por tres días. Que no vuelva hoy a esta casa, carajo, de eso se trata, Dios y yo sabremos recompensarlos.

Y le dio a Ike un fajo de billetes para los gastos. Ike guardó el fajo pero se rebeló:

—¿No podría llevarlo Zambranito, tía? Al fin y al cabo Zambranito es el chofer.

—De esta decisión no quiero que se entere nadie; que el episodio solo quede entre la sangre. Zambranito se irá en el Mercedes a recoger a Adelfa y Emperatriz, que son mis hermanas, por si recuerdas, y Adelfa viene con tus hermanitas, cobarde, ¿tienes miedo?

—Nunca —se defendió Ike, de mal humor—. Solo me preocupa que nos retrasemos para la fiesta.

—¿Retrasemos? Llegarán para el almuerzo, sus platos los esperarán. La fiesta empieza en la tarde, la orquesta de Cecilito nos ensordecerá desde las tres. De aquí a Chía no hay más de una hora; si se suma otra hora de regreso son dos horas, un suspiro en la vida. Perezosos, lárguense ahora, cárguenlo y desaparézcanlo.

La señora Alma entregó las llaves de la camioneta al contrariado Ike, el mayor de los Castañeda. Después hizo a los hermanos, en las cabezas, la señal de la cruz, como si bendijera no solo sus cabezas sino la peligrosa empresa que acometerían.

Ike y Ricardo corrieron a la cocina.

6

Allí estaba el Desahuciado, en posición fetal, debajo del merodeo de la servidumbre —y debajo de sus faldas, descubrió Ike, admirándose de la cantidad de muchachitas de sombrero y delantal, curiosas por descubrir si el muerto renacía—: sus faldas vaporosas transitaban voladoras por encima del muerto, y hasta se podría creer, pensaba Ike el perspicaz, que este tío ladino tiene medio ojo abierto y sube a escudriñar lo que no se podrá comer jamás.

—A ver, tío Jesús —dijo—, vamos a dar un paseo. Si se siente mal lo llevamos al médico, ayúdenos a ayudarlo, déjese.

No hubo respuesta.

Ike lo fue agarrando por los sobacos y Ricardo por las piernas. Un susurro de admiración recorrió la cocina: estaban las doncellas en primera fila, las bocas abiertas, los ojos desmesurados; más atrás los camareros y mucho más atrás Uriela con doña Juana y Zambranito. Uriela quería saber qué se proponían sus primos con su tío, quería espiarlos, pero no que ellos la descubrieran: Ike y Ricardo se le antojaban dos raros payasos, y eran además los enamorados de Francia y Lisboa, qué parejos, pensó, qué esperpentos.

Aunque no se trataba de un gordísimo, más bien un costal de huesos, en solo tres pasos los Castañeda no pudieron con el cadáver. Igual que un cadáver el tío Jesús se desmadejaba y se hacía más pesado. En los ojos de Juana había risa y tristeza al tiempo:

—¿A dónde lo llevan? —no pudo evitar preguntar.

—Al garaje —repuso Ricardo, y miraba en derredor como esperando que alguien los ayudara. Zambranito, el sesentón, chofer y arreglatodo, no oía: era diferente clavar un clavo a cargar un muerto, eso lo sabía. Los camareros siguieron inmóviles: para eso no los contrataron. Doña Juana suspiró; su curiosidad no pudo ser complacida: ella quería saber adónde, fuera de la casa, lo llevarían, a qué país —porque estaba convencida que de cualquier país el tío Jesús regresaría.

De nuevo los dos hermanos se esforzaron; fue un oprobio que padecieron. Nunca se les ocurrió constatar su debilidad de ese modo, en público, ¿te das cuenta, Ike? —se lamentaba Ricardo el desfallecido.

—Permítanme, yo ayudo —se oyó una voz de caverna, venida de quién sabe qué frío.

Era el jardinero.

Lucio Rosas avanzó tan rápido como tranquilo y se encorvó y atenazó y elevó con uno solo de sus brazos el cadáver y se lo terció al hombro.

A Ike le pareció que su tío Jesús abría un ojo, aterrado, pero seguía impertérrito, más muerto que vivo. Así avanzaron hasta el garaje, los dos hermanos detrás de Lucio y del muerto, en lenta procesión. El jardinero acomodó el cadáver, lo extendió en el asiento trasero de la camioneta y se volvió a los hermanos.

—Listo —dijo.

—Lucio —le dijo Ike—, ¿tienes trabajo ahora? Es que se me acaba de ocurrir una idea.

—Ningún trabajo, señor. Disponible para lo que quiera.

—Acompáñanos, Lucio, por si debes ayudarnos a cargar.

Se oyó, dentro de la camioneta, que algo se removía, ¿el muerto? Sí, era el muerto, que los oía.

A una sola los dos hermanos subieron a la cabina. En el asiento trasero se sentó Lucio el jardinero, la cabeza de Jesús en sus rodillas. Sonó el motor de la ford en el garaje, el aire se impregnó de un humo amargo y la misma doña Juana abrió las puertas a la luz de la mañana, las abrió radiante y rejuvenecida, que se lo lleven, gritaba entre dientes, que se lo lleven al infierno.

7

Veinte años antes, en 1950, Lucio Rosas no era jardinero; era vendedor de licuadoras Oster, puerta a puerta.

Aparte de su mujer, con quien recién se había casado, tenía dos pasiones: cultivar plantas medicinales, plantas a las que hablaba, y cazar: de vez en cuando se iba de cacería, la vieja escopeta al hombro y un sombrero de paja en la cabeza, como de duende. También a las tórtolas les hablaba, después de cazarlas, porque hablar con las tórtolas y con las plantas le parecía preferible a hablar solo. Pues llevaba un año de matrimonio y él y su mujer ya parecían haberlo dicho todo, eran mudos. Les gustaba ir al cine, preferían las policíacas, pero cuando abandonaban el cine ni siquiera las comentaban, así de mudos estaban.

Vivían en el segundo piso de una casa de alquiler, en un barrio popular. En ese tiempo había todavía detrás del barrio un río de agua pura, bosques y cerros azules. El canto de las tórtolas en la espesura lo convocaba: aves sagaces, nada fáciles, nadaban zigzagueando en el aire, bailaban, se columpiaban y bajaban y subían como burlándose. No le importaban los copetones ni las comadrejas y musarañas, tampoco el gavilán, ni mirlas ni tinguas ni curíes. Con las tórtolas se entendía. Detrás de su rastro alado se animaba a madrugar y enfilar por los cerros que rodeaban la urbe, húmedos y vivos. A diferencia de los bosques, Bogotá seguía devastada. Dos años antes, ocurrido el asesinato del caudillo, el pueblo, sin inteligencia que lo encauzara, como un río desmadrado se dedicó a incendiar y emborracharse y todavía la ciudad no se recuperaba: por todas partes ladrillos quemados: Bogotá se oía como un corazón desquiciado. Por eso Lucio Rosas se extraviaba en los cerros: para olvidarse de Bogotá.

Cazaba, pero esa madrugada se desanimó. En un claro entre árboles, sentado en un tronco podrido, la escopeta derrotada en tierra, empezó a sentir una tristeza profunda como si percibiera que ese día iba a ser un mal día: al recordarlo, lo asombraría que alcanzó a pensar que ocurriría una desgracia. Pero en lugar de escapar del presagio se dejó llevar: no le provocó matar una tórtola más, ¿para qué?, dejarlas volar, mejor. Estaba hasta el alma de carne de tórtola; su mujer no sabía de qué otra manera prepararla, la repetía en escabeche, en guisos y asados y estofados; a él le gustaba en salsa de cebolla, pero se hastió, «Si por lo menos cazara un venado», se lamentó, y regresó a su casa en el barrio dormido.

La casa donde vivía tenía tres pisos, los tres arrendados a familias. Vivía en el segundo, con su mujer y sus plantas. Era una casa vetusta, de las de techos con arabescos y un portón trasero que fue para caballos; cada piso tenía su balcón; Lucio Rosas, como hacía siempre que subía por la cuesta embarrada, a modo de involuntario saludo, levantó la cara a su balcón y allí lo descubrió: un ladrón que se encaramaba. No lo pensó dos veces. Afianzó la escopeta y apuntó.

El disparo no despertó a nadie, como suele ocurrir en la ciudad acostumbrada a disparos. No hubo testigos y no parecía posible demostrar que el ladrón era ladrón: era un vecino del barrio, un tal Josecito Arteaga, zapatero de profesión. La viuda acusó: Josecito era todo, menos ladrón.

Nadie la contrarió, a pesar de que todos en el barrio sabían que Josecito Arteaga era ladrón. Podía ser zapatero de profesión, pero también ladrón, o era un ladrón de profesión y la zapatería añadidura. A más de uno Josecito había robado una plancha de planchar o una silla o una maleta; a lo mejor la gente se compadecía y por eso jamás hubo denuncias: Josecito Arteaga era un inocente ciudadano del solar. Lucio Rosas no podía pagar lo que exigía el abogado de la viuda, para conciliar, y ya se iba de cara al abismo de quién sabe cuántos años de cárcel. Lo despidieron de inmediato de su cargo de vendedor. Para desgracia, el abogado de oficio que lo defendía fue su más mala noticia: desde el principio dio el caso por perdido y preguntó a Lucio si no se le había ocurrido que el ladrón que robaba su casa no era un ladrón sino el amante de su mujer.

—Lo mataría peor —dijo Lucio Rosas—. Lo mataría dos veces, señor.

Lo dijo sin ironía, con su franqueza habitual.

Y su respuesta alcanzó a ser escuchada por el abogado Nacho Caicedo, de visita en la cárcel. Nacho Caicedo, veinte años más joven y más compasivo, todavía no magistrado, atendió. Las palabras del jardinero halagaron su oído.

Asumió la defensa sin costo y corroboró ante el jurado la tremenda ironía, la temible realidad de un barrio donde nadie, ni siquiera por misericordia, o por simple capricho, ni siquiera por vencer el miedo, sino simplemente por desidia, nadie en absoluto se decidía a denunciar que el finado era un ladrón de pe a pa: el ladrón del barrio. Pero por fin —dijo en la defensa— lo han testificado varios compadecidos; así como existe un bobo del pueblo, existe también un ladrón; la piedad por la viuda no impide que haya justicia; la justicia es una sola y camina en una sola dirección; si bien en Colombia la justicia cojea y cojea y nunca llega, un día llegará, tarde o temprano, que nadie lo dude; Lucio Rosas es inocente; se lo había dañado, se lo perjudicó, merecía una indemnización del Estado, además del reconocimiento público.

No hubo indemnización ni reconocimiento pero Lucio Rosas salió a la libertad. Su bienhechor fue más allá: en vista de que Lucio había perdido su trabajo le preguntó qué hacía y para qué servía y lo contrató de jardinero de su finca en Melgar. Lucio Rosas quedaría agradecido para el resto de su vida, se podría hacer matar por el doctor Caicedo. No solo acababa de ganar un trabajo sino que se iría con su mujer a una finca, con muchos árboles y plantas y buen clima.

Pero había una nube en su cielo: el disparo y la muerte de Josecito Arteaga. Eso no se lo podría quitar de encima. Por eso mismo, cuando Jesús en la cocina preguntó que por qué pierde un ojo un hombre en la tierra, y se respondió que porque debía pagar una deuda, Lucio Rosas se estremeció en la médula, ¿se refería ese pedazo de hombre a su destino?, ¿conocía su pasado?, ¿sabía?, claro que no, y, sin embargo, ese horrible orejudo, ¿por qué dijo lo que dijo, por qué tenía que decírselo?

Lucio Rosas se estremeció otra vez, en la camioneta, con la cabeza del pedazo de hombre en sus rodillas.

8

Y el muerto se despertó. Quedó sentado. Era tiempo de resucitar.

—¿Qué pasa con este mundo? —preguntó—. ¿En dónde estoy?

Los dos hermanos se volvieron al tío Jesús.

—Ya despertaste, tío muerto —dijo Ike, y estacionó la camioneta a un costado—. Muy bueno, porque tenemos que hablar.

—¿Qué hago en la camioneta? ¿Cuándo me trajeron? Yo estaba en la cocina con Uriela, creo que me dio un vértigo, me dormí, ¿quién es este hombre?

Y examinaba receloso al inalterable tuerto sentado a su lado, como si nunca lo hubiera conocido.

—La cosa no tiene vuelta, tío, es de lo más simple. Cumplimos órdenes. En resumidas cuentas, mi tía Alma nos ha dado un pasaje de ida sin regreso para usted, querido, al fin del mundo. Nos dijo que lo lleváramos a Chía ¿o a China? y lo dejáramos en un hotel por tres días, con todo pago. ¿Para qué? Para que usted no se aparezca en la fiesta, tío, para que usted no las embarre.

—¿Qué es eso de no las embarre? —se enfadó el tío Jesús—, ¿desde cuándo me faltas al respeto? Yo soy tu tío, hermano de tu mamá, por si no lo recuerdas, desagradecido.

—A la última persona del mundo que tendría que agradecer sería a usted —repuso Ike—. A usted no le agradece nadie, pero usted sí debiera agradecer al mundo. Escuche, tío, tengo una propuesta, y hablo en serio. Por más tío que usted sea ya sabemos qué tío es, y cómo mete las patas aquí y allá. Esta vez se trata del aniversario de tía Alma y ni ella ni yo queremos inconvenientes. Escuche, no me interrumpa. Nos acompaña Lucio, jardinero de mi tía, ¿lo reconoce? Se me ha ocurrido que será el encargado de llevarlo hasta Chía. Tía Alma me entregó esto —aquí Ike enarboló y paseó ante los ojos de Jesús el fajo de billetes— para pagar a usted el hotel, ojalá por tres días. Me recomendó no darle a usted un centavo. El dinero se lo doy a Lucio, tenga, don Lucio, reciba esto como una orden y llévese a mi tío a un hotel en Chía o llévelo a la luna, pero lejos, y por tres días.

El tío Jesús contempló la escena horrorizado: Lucio Rosas se guardaba el dinero en el bolsillo.

—La autopista queda cerca, la pueden ver —dijo Ricardo indicando con un dedo—. Allí podrán parar el bus a Chía. No hay pierde.

—Nunca —gritó Jesús indignado—. Yo de aquí no me muevo. —Abrió su ventanilla para que entrara aire y se cruzó de brazos.

—Tío —dijo Ike—: si eres parco, si eres inteligente, como nos has hecho creer, te bajarás aquí con Lucio y allá tú si puedes convencerlo de quedarte en Bogotá, pero en tu casa, bien guardado. Así el dinero del hotel se te dará a ti, en la mano. Por supuesto que tendrás que pagar un porcentaje a Lucio, que accedió a cargarte desde la cocina hasta la camioneta y que de una u otra manera te ha padecido. A buen entendedor pocas palabras. Pero si recibes la pasta y no cumples y te apareces en casa de mi tía yo mismo y te juro por Dios te saco a sombrerazos, porque me habrás hecho quedar mal, ¿entiendes?, yo mismo te calentaré ese culo a patadas, por más tío que seas. No seré el primer sobrino que arregla a su tío terco y mala persona. Ahora bájate y elige. Bájense los dos, que no tenemos tiempo, reputa, nos esperan en casa de mi tía.

—No es muy justo esto —empezaba a reclamar el tío Jesús, arrellanándose en su asiento, cuando Ike salió de la cabina y corrió a la puerta trasera donde se guarecía su tío y lo sacó por los sobacos de un tirón y allí lo dejó, sentado en el pavimento.

—Bájese usted también, Lucio —gritó.

Lucio Rosas bajó de la camioneta, impasible. Todavía el tío Jesús, tan sorprendido como atribulado, intentaba decir algo cuando Ike volvió a hablar. Ni se le entendía:

—Lucio llévese este engendro a Chía o al otro lado pero lléveselo y que no vuelva y acuérdese: son órdenes de mi tía.

Volvió a subir en la camioneta y pisó el acelerador. Las ruedas chillaron. «Como en el cine», pensó Ricardo, y volteó a mirar por la ventanilla. Veía, en el horizonte cada vez más lejano, a Lucio que se aproximaba al tío Jesús abriendo los brazos como para que no escapara. Su tío Jesús no iba a escapar, pensó Ricardo: sabía muy bien quién guardaba el dinero, y, además, empezaba a hablar, se inspiraba, ¿lo convencerá?, se preguntó, y se respondió: lo convencerá.

Ike Castañeda solo pensaba en Francia, su prima idolatrada. Hacía un mes no se veían. Hacía un mes, en la salita, la había besado en la boca, unos segundos mortales, sin que ella se opusiera.

9

Lisboa y Armenia Caicedo ya estaban vestidas para la fiesta. Se habían encontrado en el salón del segundo piso, donde se hallaba colgado el espejo más grande de la casa.

—La princesa eres tú —dijo Lisboa, y se miraba ella misma al espejo.

—¿A quién se lo dices? —preguntó Armenia—, ¿a mí o a ti en el espejo?

Ambas exhibían largos vestidos hasta el piso, el pelo recogido en la nuca, los hombros y brazos desnudos. Rieron, se contemplaron una a la otra y, tomadas del brazo, sin dejar de reír, corrieron por el pasillo profundo a la habitación de Francia.

Y la encontraron desmayada bocarriba, una mano encima de los ojos como si recién empezara a vivir.

Acababa de llegar Palmira, la cuarta de las hermanas, y Lisboa —que al fin y al cabo era estudiante de Enfermería— le ordenó como un médico que trajera un vaso de agua y una aspirina. Cuando volvió Palmira ya habían recostado a Francia en su cama, la cabeza entre almohadas.

Lloraba sigilosamente.

Sus tres hermanas se sentaron a cada lado de la cama. Cuando le pidieron que explicara qué había pasado, Francia se limitó a señalar el recorte de periódico en el piso. Palmira leyó en voz alta, mientras Armenia y Lisboa meneaban desaprobadoras la cabeza. Francia bebía a sorbos su vaso de agua; había rechazado la aspirina; tenía la mirada perdida, parecía haber enflaquecido, se veía más triste de lo que era, sin proponérselo. Esta vez de verdad la tristeza la destruía.

—Pero quién iba a imaginarlo —dijo Armenia—. Qué pedazo de hijueputa ese Rodolfito con su cara de sapito, qué marica.

—Te pido por favor que no digas malas palabras —ordenó horrorizada la hermana mayor, la voz enronquecida—, que me duele el estómago. —Y mandó que le entregaran el recorte de periódico y lo guardó debajo de la almohada.

Sin parecerse demasiado, las hermanas Caicedo guardaban un mismo dejo de aflicción en la mirada. No era ternura, pero casi. Un dejo de melancolía que de un instante a otro podía ser burla mortal, renovada actitud, de un segundo a otro, de los ojos y las cejas; quienes trataron con ellas, novios y amigos, no se lo explicaban. Ese gesto de mirada —pensaba la misma Uriela—, esa taciturnidad curiosa, que invitaba a protegerlas pero ¿por qué me protegiste?, no les venía de su madre, de mirada impositiva, sino más bien de la familia de su padre, una estirpe sinuosa de abogados de la que Nacho Caicedo era el más alto exponente, la cima, el modelo. Uriela consideraba a su padre «la especie mayor de la familia». Incluso tres de sus hermanas, Armenia, Italia y Palmira, ya estudiaban Derecho, convencidas por su padre de que era la profesión que necesitaba el país y les daría pingües beneficios. Uriela apenas terminaba el bachillerato y no decidía qué carrera seguir. Esa era su tragedia: podía servir para todo, pero por eso mismo pensaba que no servía para nada. De hecho —y esto era un secreto de ella con ella— no quería seguir estudiando; le parecía que con la primaria y el bachillerato lo único que había hecho era perder el tiempo.

Pero distaban las seis hermanas de la sinuosidad. Eran transparentes, a su manera. La mayor y la menor se llevaban diez años. La fiesta de aniversario de sus padres las alegraba. No solo vendrían sus primos: tendría que aparecerse alguien distinto por primera vez en el aburrimiento de la familia. Y sin embargo el desmayo de Francia había pulverizado sus planes. Pensaron que parecía loca.

—Me llamaré Abandonada —decía—. No. Mejor Repudiada. O Despreciada Caicedo Santacruz. Me haré poner ese nombre.

—Qué tonta —dijo Armenia—. Lo que tenemos que hacer es darle una palera a ese desgraciado. Me pareció oír que los primos Ike y Ricardo han llegado. Solo basta que les digas quiébrenle las patitas a ese patito y tendrás la venganza en plato frío, Francia.

—Llévensela de aquí —dijo Francia abanicando la mano como si espantara un zancudo.

Todas rieron.

—Lo que me indigna —siguió Francia consigo misma— es descubrir que me ha mentido. Y va a venir, va a venir a la casa, a esta fiesta, tiene el descaro de venir sin ninguna vergüenza. Ayer mismo me preguntó que cuál sería el mejor regalo para papá, que tantos favores le ha hecho, si hasta le consiguió ese puestazo en Salud Pública, lo ayudó a comprar ese renault 4…, dijo que nos casaríamos, yo le planchaba las camisas, yo se las planchaba…

Francia volvió a llorar.

—A lo mejor la noticia es mentira —dijo a susurros la prudente Palmira—. A lo mejor pagaron esa noticia para que te pongas así de enferma y eches todo a perder.

—No —dijo Francia—. Es un puerco. La noticia es verdad. De un tiempo para acá no es el mismo, no me toma de la mano…, ¿entienden a qué me refiero?

Todas rieron.

—Qué bestia —dijo Lisboa—. ¿Se atreverá a venir?

—Lo saludaré como nunca —aseguró Francia—. Yo veré. Pero ninguna de ustedes se meta.

—Allá tú —dijo Armenia—. Si me necesitas me dices. Yo ayudo.

—No hay que rebajarse —dijo Lisboa—. Solo deberíamos cerrarle la puerta en las narices. Decirle usted no es bienvenido a esta casa, lárguese, porquería.

—¿Tú también, Lisboa? —dijo Francia con un bramido de advertencia—. Yo me hago cargo de lo mío. Este desmayo fue una trampa del corazón, yo no le presto atención. Resolveré mis asuntos yo sola, porque son míos, de nadie más, ustedes no se metan.

La advertencia de la mayor tranquilizó a todas. Las cosas ya estaban definidas. Ella sabría.

Y, como si nada hubiese ocurrido, siguieron asomándose a sus rostros, a sus vestidos, en el espejo largo del cuarto de Francia, infatigables, en busca de sus imágenes, conjeturando las vicisitudes del baile, la orquesta en vivo, ¿qué música tocarán?, hoy mismo voy a conocer a alguien, tengo que conocerlo, pensaba Lisboa. Fue cuando descubrieron que Francia, la mayor, la más ecuánime de todas, la más práctica, la insuperable, sentada en su cama, se estaba comiendo el recorte de periódico, entero.

Lo masticaba, los ojos sumidos en ira profunda, engarfiado el cuerpo, el pelo enmarañado entre los dedos de uñas puntudas.

—No comas papel periódico —se oyó la voz de Uriela.

¿A qué horas había entrado?

Era la menor de todas pero su voz sonaba como el oráculo; la escuchaban porque decía verdades rotundas.

—La tinta es venenosa, la del periódico es bilis, podría hacerte un orificio en las paredes del estómago —dijo.

De inmediato Francia empezó a devolver como si vomitara el recorte de periódico.

—Italia —finalizó el magistrado, la ancha mano velluda en el hombro de su hija—. No eres la primera ni serás la última. Lo único que debes tener en cuenta es que estamos contigo. Tendrás ese hijo, tu hijo, mi primer nieto; aquí lo vamos a querer, lo protegeremos. Nos has dicho que tu amigo… ¿cómo es que se llama tu amigo?

—Yo lo llamo por el apellido.

—¿Cuál apellido?

—De Francisco.

—De Francisco —repitió el magistrado y se encogió de hombros—: el «de», un apéndice —dijo para sí mismo—. ¿Y en dónde vive tu De Francisco?

—En El Chicó.

El Chicó era un barrio un estrato más alto que el barrio donde se elevaba la casa de los Caicedo. El magistrado asintió apesadumbrado con la cabeza:

—Pero ¿cuál es su nombre? No me dirás que ahora los novios se llaman por su apellido.

—Porto.

—¿Casi oporto, como el vino?

—Por eso lo llamo por el apellido.

La hija y el padre evitaban mirarse.

—Y el papá de Porto, ¿a qué se dedica?

—Es dueño de la cadena de pollos asados el Pollo Real —dijo Italia con cierta ironía.

—Bueno —dijo el magistrado—, por todas las esquinas se encuentra uno un pollo de esos.

Porto de Francisco, de los mismos diecinueve años de Italia, estudiante primíparo de Derecho, había quedado en dar la noticia a sus padres a primera hora de la mañana, había acordado eso con Italia, revelar la verdad a sus padres al tiempo, como lo hacía Italia en ese momento, y, sin embargo, Porto de Francisco no se atrevía y no se atrevió y prefirió seguir durmiendo.

Eso lo sabía Italia, pues telefoneó a Porto en la mañana y no contestó. Semejante cobardía, cuando ambos acordaron confesarlo todo al tiempo, reuniendo sus energías cósmicas, decían, para revelar que tendrían su hijo, semejante cobardía la hizo descubrir por fin en dónde estaba, el sitio exacto del mundo en donde se encontraba: sola.

Por eso lloraba.

Pero no solo por eso lloraba.

No quería el hijo.

No sabía a quién gritar que la ayudara.

Dónde no tener el hijo.

Pues por lo visto sus padres ni contemplaban la posibilidad de impedir el hijo. La abandonaban, la entregaban al hijo, para toda la vida.

Segunda parte