INTRODUCCIÓN

Mucho se ha hablado de la felicidad. Mucho se ha escrito sobre ella. Es así cómo cada uno encuentra un modo de entenderla y de compartirla con el mundo. Este es el mío.

Llevo más de una década facilitando procesos de felicidad en las organizaciones. He ensayado diversos ejercicios, terapias y metodologías, pero nada ha sido tan poderoso como la analogía del elefante. Imagine que en este momento se encuentra de viaje en la India. Suponga que decide explorar en solitario las selvas de esa enorme península y que, en medio de su excursión, se cruza con un elefante. Pregúntese: ¿cree que puede predecir lo que ocurriría?

Si usted es un amante de los elefantes, o ha leído o visto documentales sobre ellos, tendría una ventaja. Si usted se conoce a sí mismo, es capaz de regular sus emociones instintivas y de actuar con premura y cautela, tendrá otra. Y si, además, sabe cómo se relacionan los elefantes con los seres humanos, las tendrá todas.

Ante semejante situación, sin embargo, no basta predecir: se trata de lograr resultados, y que estos sean favorables. Ahora suponga que usted es en realidad un cornaca o mahout, es decir, una persona que por tradición y cultura conoce bien todo lo relacionado con los elefantes y tiene las habilidades para domesticarlo. ¿No cree que estaría en una posición inmejorable? Pues su capacidad sería total, no solo para predecir qué pasará, sino para asegurarse de obtener el objetivo deseado.

De eso se trata este libro, de entregarle el poder que le es legítimo para domesticar el elefante que convive con usted. Y el elefante es esa condición instintiva que premia la supervivencia futura de los genes a costa de su bienestar presente, y que lo hace comportarse sin que medien su conciencia ni su deseo de ser feliz. Ese automatismo en el que nos metieron el proceso evolutivo y el código genético, y que modeló al homo sapiens.

Por eso, porque es su felicidad aquí y ahora lo que está en juego, no puede comportarse como un simple turista frente a su elefante: debe ser un cornaca. Y, en esta misión, lo más importante es su compromiso, su deseo de embarcarse en la tarea de aprender tanto como sea posible sobre los elefantes; sobre todo, de aquel que le ha tocado como compañero de vida.

Esa es la razón del título de esta obra, Domesticar el elefante, un concepto que sé que le resultará útil e ilustrativo en la difícil tarea de autoconocerse y autogestionarse. Es curioso que ambas palabras —domesticar y elefante— aparezcan en uno de mis libros favoritos: El principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Si bien el tema que nos atañe nada tiene que ver con este pequeño personaje, hay un fragmento que quiero que tenga presente desde el principio: “Solo se conocen bien las cosas que se domestican”. Y por tanto, debemos pasar a la acción.

En estas páginas, compartiré algunas historias sobre mi propio proceso de domesticación. Situaciones íntimas que dan cuenta de alguna enseñanza o revelación —aquello que aprendemos gracias a la sabiduría de otros o por experiencias amargas propias—. Aunque quisiera, al hablar de este tema me es imposible abstraerme de mis propias circunstancias.

Mi deseo es que encuentre sabiduría y sosiego en el proceso de domesticación de su elefante. Que se acerque a él con compasión y, si se quiere, con ternura, con el fin de crear vínculos profundos que le permitirán observarlo, comprenderlo, enseñarle y, por último, modificar sus comportamientos. Tal como lo haría un cornaca. Le aseguro que si se entrena como uno, no solo se enrutará hacia los resultados que tanto anhela en su vida personal y profesional, sino que sentirá mucho bienestar en el proceso. Para lograr este cometido, he organizado el libro en partes y capítulos que llevan un orden lógico en la construcción de los conceptos. Es decir, cada parte se fundamenta en las precedentes y, por lo tanto, mi recomendación es que lo lea en orden y con paciencia. Que no avance si no ha interiorizado lo que le he presentado y que disfrute desinteresadamente y sin dogmatismos lo que tantos maestros, sabios y eruditos nos han legado en estos siglos de vida civilizada.

Como es obvio, hay que comenzar por el principio. Créalo o no, su proceso de iniciación como cornaca parte del reconocimiento de que puede ser mejor; de que, sin importar si está satisfecho o no con su vida y sus logros, siempre hay espacio para mejorar su ser. Por eso, en la primera parte lo invito íntimamente a que se transforme, y yo doy fe de que es posible. También he estado donde seguramente está hoy usted sin percatarse: en la convicción de que un libro como este le es prescindible. De que su ser está completo y feliz. Lo paradójico de ese lugar es que otros ven lo que uno no, y todos tenemos algo por mejorar. Otros advierten nuestras incompetencias y, bien sea por falta de confianza, por temor o por indiferencia, muchas veces no nos dicen nada. Por eso, el primer paso para ser una mejor persona es aceptar que uno puede serlo. Así de sencillo. Como diría Aristóteles, actuar desde la virtud, ser bueno, es un requisito para ser feliz.

Una vez argumentado eso, abordaré los conceptos fundamentales para emprender esta aventura. Primero, reflexionaré sobre los principios que orientan el actuar humano; luego, me enfrentaré a la difícil tarea de definir la felicidad y trataré de resolver este problema de forma práctica, sin acudir a la fórmula de la subjetividad que le es propia; por último, presentaré los insólitos resultados de un estudio que identifica los tres factores que afectan la felicidad: la genética, las circunstancias y las decisiones y acciones.

En la segunda parte, me detendré en los primeros dos factores, aquellos que influyen de manera involuntaria sobre la felicidad.

En la tercera parte trataré los factores voluntarios, que son mucho más complejos y extensos. Allí parto de las decisiones y acciones, para adentrarme luego, por la vía de los actos lingüísticos, en el maravilloso mundo de las emociones y de los estados de ánimo. Esto, con el fin de explicar, entre otras cosas, la estrecha interrelación que existe entre las emociones y el lenguaje.

La cuarta parte, con la que el libro finaliza, está dedicada a poner en práctica los conceptos presentados en los capítulos precedentes. De modo que trataré de conceptualizar la conciencia, un tema tan apasionante como polémico. Luego, realizaré una introducción básica a la terapia cognitiva conductual o, como yo suelo llamarla, “el cuento que nos contamos al actuar”. Y, para concluir, examinaré de qué manera, cuando uno logra conceptualizar, interiorizar y aplicar los principios para una vida feliz, la dinámica del comportamiento cambia hacia un constante fluir. Ese estado ideal en el que nada nos detiene, aceptamos aquello que escapa a nuestro control, ejecutamos acciones que nos acercan a los resultados que queremos y lo hacemos con conciencia y felicidad, en beneficio del cornaca y su elefante. En otras palabras, de usted y su propia existencia.

¡Espero que disfrute la lectura!

1. Reconocer el elefante. Génesis de una transformación

CAPÍTULO 1

UNA INVITACIÓN PERSONAL

Desde que tengo uso de razón me he sentido como una persona feliz. Pero, irónicamente, por ese mismo hecho, inconsciente. Es como cuando alguien te dice que “tienes estrella”, pero para ti esta es una condición tan natural que no te detienes nunca a pensar que, comparativamente, estás en una zona privilegiada, rodeado de amor y de comodidades. En mi caso, oculto tras mi aparente felicidad, poco me preocupaba por el bienestar de las personas con quienes me relacionaba.

Aun siendo un niño, tuve grandes inquietudes existenciales. Recuerdo encerrarme en mi cuarto a mis escasos diez años, prender un velón —de aquellos con los que mi madre veneraba a la Virgen del Perpetuo Socorro— y extender mis manos por encima del pabilo con el propósito de controlar el fuego con mi mente. La pregunta que me hacía desde entonces era dónde estaba mi poder. Y es ingenuo pensar en el poder como algo que te pertenece o que te ha sido dado, cuando en realidad, y como espero mostrarles luego, es una capacidad que uno desarrolla.

Y el poder que he encontrado en los últimos años es entender, apropiarme, saborear y enseñar el concepto de felicidad.

Incompetencia inconsciente

Acoto el descubrimiento de mi poder a mi historia reciente, porque, como dije, mi inconciencia no me dejaba observar bien. Y cuando uno no observa bien, no actúa bien, ¡es perverso! Con decirles que uno de mis hermanos me llamó en su momento “el altivo de la familia”, que no era más que un eufemismo para decirme que era arrogante, superficial y vanidoso. Y aunque esto puede parecer triste y hasta doloroso, la verdad es que no me daba cuenta. Actuaba de una forma que me impedía ser más empático y disfrutar más de mi propia existencia y de la de mis seres más próximos. Papás, hermanos, novia, compañeros del colegio y de la universidad, todos desempeñaban un papel utilitarista en mi vida. Como digo, sin empatía y sin compasión.

Cuando alguien señala algo sobre nosotros que cuestiona lo que somos, como en su momento lo hizo mi hermana, solemos afirmar con cuestionable confianza: “Yo soy así o asá”, como si eso definiera un carácter específico inmutable. Y bien podríamos afirmar que lo que somos define cómo actuamos.

Al creer que somos de cierta forma, nos cerramos a la posibilidad de ser diferentes. Así lo sentí y así actué durante muchos años, sin comprender que ese era uno de los mayores obstáculos para sentirme completo.

Este no darse cuenta es lo que algunos llaman “la incompetencia inconsciente”. Es decir, que actuamos de manera instintiva de acuerdo con nuestra particular manera de ver el mundo (sistema de creencias, valores, gustos, aficiones y anhelos). Pero, como descubriremos a través de este libro, no siempre somos y actuamos en coherencia con nuestras inquietudes y deseos más profundos. Romper con ese automatismo, esto es, actuar de forma consciente y hacerlo con buena actitud, es lo que en últimas nos permitirá alcanzar los resultados que buscamos.

Reflexión y conciencia

No soy ajeno al hecho de que ciertos rasgos de nuestra personalidad pueden estar “preprogramados”, pero la verdad es que también tenemos unas facultades que no advertimos en otros seres vivos: la conciencia y la capacidad de reflexión. Esto se hace evidente si nos preguntamos “qué se siente ser yo”; a partir de ahí, podemos auscultarnos y tratar de comprender el ser que somos.

El problema es que, a pesar de tener estas facultades, no nos damos cuenta de que actuamos de manera equivocada y de que dichas acciones definen ante el mundo una identidad particular contraria a la virtud.

Por ejemplo, con frecuencia somos testigos de situaciones en las que una persona se siente más que otra (por alcurnia, raza, posición social, jerarquía empresarial, dinero o simplemente convicción personal) y la trata con desprecio. ¡Cuántas veces hemos escuchado a alguien decir: “Usted no sabe quién soy yo”! Como si esa expresión le garantizara una superioridad hasta ese momento desconocida por el otro.

Son incontables las ocasiones en que altos ejecutivos han llegado a mis talleres, orgullosos, indiferentes y soberbios, solo para descubrir, horas más tarde, que cualquier proceso de transformación personal se inicia con un pequeño paso de humildad, con un atisbo de conciencia. Es decir, con el convencimiento de que algo puede cambiar, de que ese cambio vale la pena y de que el proceso se inicia gracias a uno mismo.

Parar para cuestionar

Se hace necesario, entonces, hacer un alto. Una parada forzosa, en la mayoría de los casos, pues pocas veces somos capaces de mirarnos a nosotros mismos y de cuestionarnos en nuestro día a día. Puedo asegurarle que cada ser humano en este planeta hace lo mejor que puede con su nivel de conciencia. Y de ahí viene mi convicción de que uno no se levanta todos los días con la intención de ser una mala persona. Por el contrario, intenta fluir en sus circunstancias lo mejor que puede, aun si en su actuar se lleva por delante a sus semejantes.

La parada de la que hablo no necesita ni de una condición especial ni de un ser especial. En un plano objetivo, todos somos seres normales, ordinarios y comunes; uno más de la especie sapiens —del latín “sabio”—. Es verdad que esa capacidad de la que hablamos es lo que nos ha hecho más exitosos en términos evolutivos; sin embargo, no nos confiere autoridad alguna para tratar a otros seres (humanos o no) con superioridad, desdén o indiferencia.

En cambio, es de sabios reconocer, desde la modestia, que somos consecuencia de una improbabilidad del universo: el producto casual y afortunado de una relación entre dos personas en un momento, una época, un planeta y dentro de una especie precisos, que dio origen a ese ser vivo que experimentamos como yo. Y esta singularidad de probabilidades cercana a cero que cada uno es genera una intuición, un convencimiento de que se es especial, único, casi divino. Pero, a fin de cuentas, esto es engañoso, pues, sin importar nuestras facultades particulares, todos venimos de lo mismo. Tal como bellamente lo expresó Carl Sagan: “El cosmos también está dentro de nosotros, estamos hechos de materia estelar”.

La felicidad, por tanto, se construye sobre una ética del respeto. En el entendido de que cada uno tiene la autoridad para expresarse con una identidad propia ante el mundo, pero que esta no puede trasgredir las identidades de los otros.

Y es justamente en este plano igualitario donde podemos entender que todos, sin excepción, ordinarios o extraordinarios, tenemos no solo el derecho de ser felices, sino las facultades para construir una vida con mayor plenitud y bienestar. Es decir, todos venimos equipados desde nuestro nacimiento con las herramientas que nos permiten ser felices. Es aquello que no sabemos que no sabemos lo que nos impide ser y actuar de manera más coherente con este propósito humano, como veremos más adelante.

Lo diré claro: la felicidad no es producto de la suerte, las circunstancias o el favor divino. Es resultado de la acción consciente. En consecuencia, la felicidad no está reservada para unos pocos: es universal y está al alcance de todos. Pero requiere autoliderazgo, esfuerzo, trabajo diario.

Camino a la acción

Si bien fui católico y muy devoto durante gran parte de mi vida, hoy, después de estudiar a profundidad la felicidad, de capacitarme, de leer y de conversar con grandes sabios y maestros, me he convertido en una persona escéptica y pragmática. Un hombre de ciencia.

Quiero dejar claro que respeto todas las creencias religiosas y espirituales. Si en su vida le acompaña un ser supremo o una energía que lo protege y le da sosiego, ¡enhorabuena!

No obstante, este es un libro laico. Es decir, escrito sin ninguna inclinación religiosa. Creo que, como lo expresó sabiamente Felix Adler, fundador de la Sociedad de Cultura Ética en Nueva York, debemos mantener una postura de “diversidad en el credo y unanimidad en la acción”. O, en otras palabras, conservar una actitud hacia la acción por encima de las creencias.

Así las cosas, no deseo que mis posiciones, ideas y planteamientos lo lleven a desechar la sabiduría que pueda encontrar en este libro. Que, dicho sea de paso, no es mía. Lo que yo hago es plantearla y formular preguntas que inciten a la reflexión.

Pido, entonces, la indulgencia de sus propias creencias para que continúe hasta el final y disfrute el proceso.

Sí es mi deseo, en cambio, demostrarle que, sin importar su credo o religión, la felicidad es un camino claro hacia la acción, hacia otras maneras de ser mejores humanos, que se hacen evidentes en nuestro comportamiento.

Lo invito, entonces, a empezar por cuestionarse y, si encuentra información valiosa, lo invito también, personal e íntimamente, a transformarse.

La recompensa, que es mi promesa, será su felicidad. No en una futura vida ignota —nadie ha regresado del más allá a confirmárnoslo—, sino aquí y ahora, en nuestra vida presente, que es lo único de lo que tenemos certeza.