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Kyrie

Stories only happen to those who are able to tell them.

Paul Auster

¿Qué significa ser judío colombiano? Empecé a cuestionármelo años después de aquel memorable 30 de octubre de 1989 cuando las Selecciones de fútbol de Israel y Colombia disputaron el último cupo para el Mundial de Fútbol de Italia 90. En la mañana de ese lunes, que no era un día más ni un día cualquiera en la vida de los colombianos, doscientos alumnos del Colegio Colombo Hebreo (CCH) nos congregamos en el salón de actos para apoyar a nuestra selección: al equipo de Pacho Maturana, Valderrama, Rincón, Iguarán, Higuita y todos esos héroes que le devolvieron, por un instante, la alegría a los corazones marchitos y acongojados de los colombianos por la ola de violencia que se vivía en el país. Las directivas del colegio organizaron el espacio con pantalla gigante, sillas Rimax y el mejor sonido para que una gran mayoría de estudiantes judíos colombianos disfrutáramos del encuentro junto con unos cuantos profesores israelíes que también esperaban que su equipo clasificara al Mundial, tras veinte años de no hacerlo, ocho años menos que Colombia, que desde Chile 62 no participaba en el evento más importante del deporte mundial. Esa mañana, Bernardo Vasco, reportero del diario El Tiempo, fue al colegio para vivir y ver de primera mano algo que para alguien ajeno a la comunidad judía de Bogotá es difícil de comprender: que los cientos y cientos de alumnos del CCH le hicieran fuerza a Colombia, en vez de a Israel. El elegido para retratar esa parte de la historia fue mi hermano Leonardo. Con grabadora en mano y libreta de apuntes, Bernardo vivió los sufridos noventa minutos de ese empate sin despegarse un instante de mi hermano. “Leonardo Celnik abrazó a su mejor amigo, Isaac Fishboim, y le gritó con la fuerza de sus pequeños pulmones: ´mira, yo te digo que vamos a ganar porque los israelíes son muy faroleros´”. Vasco retrató en su crónica el ambiente y la algarabía que se vivía en ese salón, atiborrado de estudiantes eufóricos que no dejaban de gritar ¡eee, oeee, oeee, oeee, uggg!; describió con precisión adecuada las conversaciones entre mi hermano —que no se desprendía de un radio en el que seguía los comentarios del partido— y su amigo Isaac; contó que a mi hermano le gustaban el fútbol y Millonarios gracias al tío José, que era delantero y arquero en el equipo infantil del colegio y que se sabía de memoria todos los nombres de los jugadores de la Selección; también describió las recomendaciones que ambos, a sus inocentes ocho años, le hacían a Maturana. Que debía jugar Usurriaga, que menos mal teníamos a Higuita, que Estrada seguramente haría un gol si lo dejaban patear al arco. En la crónica publicada en El Tiempo el martes 31 de octubre con el título “Todos los niños judíos estuvieron con Colombia”, Vasco afirma: “Celnik, al igual que unos doscientos niños y niñas judíos del Colegio Colombo Hebreo sufrieron y padecieron cada jugada del equipo colombiano. Pero, curiosamente, ninguno de ellos estuvo a favor del equipo de Israel, la tierra de sus padres o de sus abuelos”. Esa crónica fue motivo de orgullo de nuestra familia por años. Se la mostrábamos a amigos y familiares y vivíamos felices porque Leo fue el elegido para describir ese momento clave en la historia de nuestro país. Era tan importante esa publicación que durante muchos años permaneció enmarcada en la oficina de mi mamá, donde la exhibía con orgullo ante los cientos y cientos de candidatos a emigrar a Israel que pasaban por su despacho en el piso 15 del edificio Caxdac. Y no faltó el desprevenido al que le costaba entender que un niño judío colombiano apoyara a su país en vez de a Israel.

Una noche de abril de 1994, después de pasar una tarde agradable en la casa de Ronny Finkelstein, y en donde mi amor por el rock y la guitarra aumentaron, noté que mi papá estaba diferente, ausente y preocupado. Para romper el tenso ambiente que se vivía dentro del Renault 6, les conté que David, el papá de Ronny, recordaba la famosa crónica a mi hermano en El Tiempo y que incluso la conservaban en una carpeta con recortes memorables de la comunidad judía. Mi mamá dijo: “qué bonito que la conserven”; mi papá siguió en silencio, concentrado en el camino a casa. Les conté que hablamos del tema de ser judío y apoyar a Colombia, y, a pesar de que a Ronny no le gustaba el fútbol, les emocionaba la historia y que justo Leo, compañero de Cathy, hubiera sido elegido para reflejar una faceta normal y entendible en todo joven judío colombiano. A David y a su esposa Perlita les llamaba la atención el titular porque no tenía nada de raro que unos niños colombianos le hicieran fuerza a su equipo nacional en vez de a Israel, un país con el que había un vínculo ancestral. Mi papá me miró por el retrovisor y sonrió tímidamente. Algo pasaba mientras a mí el tema me seguía dando vueltas.

—Pillo: por ser judíos, ¿lo correcto era hacerle fuerza a Israel en aquel partido de 1989? —pregunté para romper el hielo y su incómodo silencio.

—Sí, papucho, somos judíos, pero somos judíos colombianos —me respondió con tono firme—. Acá nacimos, hacemos nuestras vidas, hemos construido todo lo que tenemos, hemos apropiado parte de la cultura del país a nuestras costumbres, hablamos el idioma y sufrimos o nos alegramos con todo lo que sucede acá. ¿Recuerdas cómo lloramos el día que mataron al político Luis Carlos Galán? ¿Recuerdas el dolor que nos produjo la cantidad de bombas que puso Pablo Escobar en el país? Tú eras muy niño, pero no sabes el dolor que nos produjo la tragedia de Armero. Si no amaramos a este país, nada de eso nos afectaría. No podemos ser indiferentes ante el entorno, el contexto y la realidad que vivimos y solo alegrarnos cuando hay buenas noticias, sobre todo gracias a los deportistas que nos han dado varias alegrías. Y si bien amamos a Israel, y es la tierra prometida de los judíos, somos colombianos y tiene todo el sentido del mundo y no es un pecado o una ofensa si nos alegramos porque nuestro equipo de fútbol juega un Mundial o le gana un partido a Israel. No hay nada de malo en eso. Fíjate que los judíos alemanes pelearon por su país en la Primera Guerra Mundial, se sentían alemanes y judíos. Pero ahora no nos vamos a meter con ese tema. ¿Cómo te fue en casa de Ronny?

Ese día, mi amigo Ronny Finkelstein me había invitado por primera vez a su apartamento. Desde un tiempo atrás quise compartir con él porque sabía que le gustaba el rock y tocaba guitarra. Finalmente, y tras esperar ese momento durante meses, el encuentro se dio gracias a una inocente conversación sobre los Chicago Bulls en casa de Erika Moreno, una amiga de los dos que días atrás nos había invitado a una fiesta. Ese fue el punto de unión que nos llevó a hablar más seguido y a darnos cuenta de que teníamos varias cosas en común como el gusto por U2 y Soda Stereo. Les conté a mis papás que el apartamento de Ronny era grande, elegante, lleno de objetos fascinantes. Les describí el estudio donde vimos un partido de la NBA en un imponente televisor de sesenta pulgadas, el objeto consentido de los Finkelstein, donde disfrutaban de todas sus pasiones como los deportes, las películas y la música. El gran aparato color negro, marca Sony, estaba conectado a varios equipos de audio y video como un Betamax, un VHS y un Laser Disc. En el techo sobresalían unos parlantes que nos hacían sentir en el United Center de Chicago. Le conté a mi papá que David tenía una gran colección de videos musicales en VHS, como una antología de ABBA. A mi papá le encantaba ese grupo sueco; en casa teníamos álbumes en LP y CD, y pensé en él mientras Scottie Pippen y Michael Jordan hacían jugadas de otro planeta para derrotar a los Knicks de Nueva York. Por un instante lo imaginé tarareando “Chiquitita” o “Dancing Queen”, como tantas veces lo vi hacerlo en la casa. Las cosas en nuestro hogar no venían bien. A mi papá se le veía desde días atrás ausente, tenso, preocupado por algo. Para mí, estar un rato lejos de la rutina de la casa me hacía bien. Teníamos angustias económicas que salían a flote en acaloradas discusiones matutinas, y además la salud de mi papá venía en un extraño y franco deterioro por cuenta de una tos incesante que no lo dejaba dormir bien. Más de una vez nos despertó a medianoche ahogado en el baño. Tal vez por eso cuando oigo una tos de esas características siento miedo. Antes de trabajar en un almacén en el centro comercial Unicentro, mi papá tuvo un breve paso por una fábrica de pinturas. Al cabo de un par de semanas de liderar las operaciones de la firma, una tos alérgica lo sacó de combate. Todo indicaba que los químicos con los que se fabricaban las mezclas le generaron una lesión en el pulmón derecho. Por recomendación de su neumólogo renunció y se empleó en una empresa que vendía muebles para el hogar en ese reconocido centro comercial del norte de la capital, uno de los espacios icónicos y ampliamente frecuentados por los capitalinos. Que fuera empleado nos daba cierta seguridad y confianza. Veíamos a los jefes de mi papá como una especie de guardianes de nuestra prosperidad y estabilidad. Desde que mi papá se vio obligado a vender sus almacenes de calzado a finales de 1988, su tránsito por el mercado laboral estuvo ligado a la suerte o la desdicha. Sus primeros empleadores de los que tenemos conciencia eran una especie de héroes en nuestra familia. Gracias a ellos mi padre compró, nuevamente, un carro, dejó de montar en bus, tomó una actitud más ejecutiva, mejoró su clóset, viajó por varias ciudades de Colombia y fue próspero gracias a sus ingresos y logros. Se le veía feliz y muy acoplado al entorno de la fábrica gracias a su carisma y buen sentido del humor. De vendedor, muy rápido pasó a ser gerente de los puntos de venta de una impresionante fábrica de telas que quedaba en la zona industrial, muy cerca de la antigua sede del diario El Espectador. Cómo no querer a aquellos jefes que nos dieron la mano en un momento complicado. Las relaciones con los dueños pasaron del plano laboral al de la amistad al cabo de un par de años. Algunos colegas del trabajo de mi papá venían frecuentemente a nuestra casa. Eran largas y amenas reuniones en las que abundaban la música, la comida, el tabaco y el whisky. Con uno de ellos, con David, echamos nuestros primeros voladores durante un inolvidable diciembre del año noventa. Recuerdo que en el baúl de su Chevrolet Monza gris venían bolsas llenas con volcanes, bengalas, cohetes, marranitos, chispitas, totes y todo tipo de fuegos artificiales que ahora son prohibidos. Con mi hermano, los fines de semana solíamos acompañar a mi papá a la fábrica y podíamos ver la producción de los grandes e inagotables telares que se fundían en una melodía sincronizada para darles vida a metros y metros de tela que luego salían al comercio local. Al mediodía, la visita obligatoria era a los puntos de venta de la fábrica en los tradicionales barrios Venecia, Alquería y Kennedy, en donde abrieron un impresionante local de seis pisos al que bautizaron Exacto y cuyo logo tenía un leve parecido al de un reconocido supermercado local. Recuerdo haber pasado muchas mañanas o tardes de los sábados en las congestionadas aceras de ese popular barrio del suroccidente de la ciudad, calles muy diferentes a las que estábamos acostumbrados, llenas de vida, de gente de todos los estilos y de una variedad de comercio formal e informal. También solíamos comer ensalada de frutas en una confitería que quedaba justo en frente del Exacto, a unas cuadras del Hospital de Kennedy. Aunque nos daba la sensación de que era un barrio inseguro, nunca nos pasó nada malo. Recuerdo que a mis amigos del colegio les daba terror saber que nuestros fines de semana transcurrían allí, lejos de la burbuja del barrio El Chicó o del Centro Comercial Andino; para ellos, Kennedy era parte de otro mundo, de un mundo que la mayoría jamás conocería. En el almacén jugábamos con mi hermano a escondernos en los grandes rollos de frescanta o franela. A veces nos dejaban cortar las telas con unas inmensas tijeras de color anaranjado y nos regalaban retazos para que jugáramos con eso. Nos sentíamos amos y señores de esa tienda, queríamos serlo. Con los dueños de la empresa viajamos al pueblo de Paipa con motivo de una convención. Invitaron a todas las familias de los altos mandos de la compañía con todo pago. Allí nos reconocimos con personas que sabíamos de su existencia pero con las que no teníamos contacto alguno. Nos hospedamos en el Hotel Sochagota, justo en frente del lago, y pasamos tres días inolvidables bajo el intenso frío boyacense y las deliciosas aguas termales del hotel. Lamentablemente, la luna de miel de mi papá con los dueños de la empresa terminó por cuenta de un impasse con el socio minoritario de la compañía, que ni corto ni perezoso decidió ponerle un palo en la rueda delantera cuando se percató de que mi papá se estaba convirtiendo en un empleado indispensable de la compañía y su crecimiento era imparable por cuenta de las ventas. Ante los reiterados altercados, mi papá decidió dar un paso al costado. Sintió que era buen momento para meterse en un negocio del que poco sabía, el de las pinturas, con el desenlace ya mencionado por cuenta de los químicos. Al cabo de unos meses, se enteró por unos conocidos de que los dueños de un reconocido almacén de muebles estaban buscando una persona de confianza. Mi padre pasó las pruebas y le encomendaron la tarea de dirigir la tienda de Unicentro, un espacio amplio, esquinero, en el segundo piso del centro comercial, contiguo a los cines, la ubicación perfecta para vender todo tipo de productos. Pero el cabo de un tiempo, mi papá estaba aburrido, desmotivado y el salario no era el mejor porque dependía de las comisiones por ventas. Le tocaba trabajar de domingo a domingo, con descansos dos lunes cada quince días. Yo intuía que algo no estaba bien porque entre semana, por lo menos dos veces, llegaba más tarde de lo normal. Si eran las 9 p. m. y no sonaba el clásico pito con el que anunciaba su llegada al conjunto residencial, sabía que esa noche sería larga. Recuerdo que discutía todo el tiempo con mi mamá, siempre por dinero o por sus reiteradas llegadas tarde. Un par de días después de haber visitado por primera vez a Ronny en su casa, las discusiones nocturnas regresaron:

—Estas no son horas de llegar, Guillermo —le dijo mi mamá cuando él entró a su habitación y sin darse cuenta se tropezó con unos zapatos.

Sentí la voz de mi papá alicorada porque era más chillona que grave. Alcancé a oír un “shaaa”. Le dijo a mi mamá que hiciera silencio que los niños estaban dormidos. Pero a mi mamá eso no le importó y le recriminó que no habían pagado dos cuotas de la hipoteca del apartamento, que todavía tenían unas cuentas pendientes relacionadas con el Bar Mitzvah de mi hermano y que lo más grave que estaba a punto de suceder era que nos iban a embargar. Desde que le oí decir esa palabra a mi mamá —embargar— el pánico se apoderó de mí. Recordé, hundido en mi almohada y tratando de evitar el ruido de la conversación de mis padres, cuando unos vecinos de apellido Dueñas fueron desalojados de su apartamento por la policía y un intransigente juez por no pagar seis cuotas de la hipoteca. Todavía tengo la imagen del sofá, los colchones, un televisor, unas cajas y unas mesas apiladas en el hall de los apartamentos y a doña Marina suplicarle al juez, triste y desdichada, por un poco de misericordia. Así que todo eso que pasaba en la casa me generaba un pánico que hasta hoy en día me persigue y me atormenta. Mi mamá siempre ha usado uno o dos decibeles más de lo normal para comunicar las buenas y las malas noticias. Aunque ese día ellos creían que Leo y yo dormíamos plácidamente, oí toda la discusión porque me costó dormirme. Antes de acostarme, recuerdo que estuve parado junto a la ventana de la sala aguardando la llegada de mi papá. Pensaba lo peor, que algo le había pasado, que se había estrellado embriagado o que había sido víctima de un atraco pues solía cargar grandes sumas de dinero que al otro día debía llevar a la empresa. Mi mamá me calmaba con una mentira piadosa: “Su papá me llamó hace un rato, que está con los jefes en la taberna Bávara de Unicentro; váyase a dormir”. Palabras mágicas para irme al cuatro. Pero esa semana era la segunda vez que mi papá tenía una “reunión” con sus jefes fuera del horario normal. Por eso, aquella tarde que estuve por primera vez en casa de Ronny, me sirvió de antídoto para alejar las angustias de mi casa, aunque no por mucho tiempo. Mientras esperaba impaciente en la cama a que mi papá llegara, recordé con una precisión sorprendente las vivencias en casa de mi amigo. Hablamos de música, le conté que me gustaban Genesis, Queen, Pink Floyd, Erasure, Led Zeppelin, Black Sabbath, Charly García y Van Halen, y que estaba en clases de guitarra. Le conté que además tenía un gran afiche, justamente de Van Halen, en mi habitación, que todos los días me recordaba que debía seguir sus pasos. Porque en aquellos días todos queríamos ser como nuestros ídolos de la música y Van Halen fue parte importante de mi adolescencia. Luego reviví la imagen de mi amigo con su guitarra acústica interpretando el inicio de la canción “Ain’t Talkin’ ‘Bout Love”. Hizo la escala, en el primer traste de la guitarra, a una velocidad más lenta de lo normal para que yo pudiera entender el asunto. Le dije que me encantaba esa canción y que la quería aprender. En el cuarto de Ronny había objetos sorprendentes para un adolescente. A un costado tenía tres guitarras: una Fender blanca, una acústica tradicional color madera y una Ovation electroacústica como la que usaba Jimmy Page. Las tres reposaban sobre trípodes de color negro y a un costado estaba el amplificador Marshall que solo lo había visto en videos de conciertos o en fotos. La pared, que servía de fondo para las guitarras, era de color madera y estaba adornada con dos posters de gran tamaño de los guitarristas Richie Sambora de Bon Jovi y Richie Kotzen de Poison. Era la habitación de un prospecto de estrella del rock y con guardadas diferencias, nuestras habitaciones tenían mucho en común. Ronny tenía un minicomponente Sony con bandeja para tres compact disc que sonaba demasiado bien y hacía vibrar los vidrios de las ventanas cuando subía el volumen a más de la mitad de lo normal. Estaba conectado a un mezclador profesional y a un ecualizador con lo que obtenía ganancia en el sonido. Los parlantes reposaban en una repisa en la parte superior de su camarote y tenía una buena colección de compact disc, apilados a un costado del equipo. Recuerdo que le gustaban Maná, Ekhymosis, Poison, Bon Jovi, The Beatles, Damn Yankees, Warrant, Cinderella, Extreme, Mr. Big, The Doors, U2 y Def Leppard. Como si todo lo anterior no fuera suficiente, antes de seguir con el partido de los Bulls me mostró cómo sonaba “De música ligera” de Soda Stereo. Analicé los movimientos de su mano, tratando de entender lo que hacía. Hizo un Si menor, Sol mayor, Re mayor y La mayor con cierta rapidez en el cambio de acordes. Me dijo que no era una canción tan complicada y que con algo de disciplina se lograba sacar. Ese día, recibí información valiosa, escuché música que no conocía y disfruté del mejor sonido posible para apreciar una buena colección de discos. Tratando de conciliar el sueño, entendí por qué anhelaba ser amigo de Ronny; teníamos muchos temas en común y mucho que aprender el uno del otro. Le conté que tenía una guitarra Teisco japonesa, maderada, clásica, pero sin amplificador, y que a mi profesor no le gustaba el rock, que odiaba a Jimmy Page de Led Zeppelin, que era fanático de Chicago y que estaba tratando de enseñarme con un método que me costaba más de la cuenta. Ronny me dijo que tenía que tocar lo que me apasionara, no lo que me impusiera el profesor. Sus palabras me quedaron sonando. Recordé que sacó la partitura de “De música ligera” y me dijo que la estudiara porque lo próximo que haríamos era tocarla juntos. Ese gesto me cambió la vida en ese instante. Mientras recordaba lo que había pasado días atrás en casa de Ronny, olvidé las angustias de la casa y los problemas de salud de mi papá. A la semana siguiente volví a casa de Ronny después del colegio para practicar la canción de Soda Stereo y aguardaría a que mis papás me buscaran en la noche. La alegría de una tarde llena de música y mucha práctica de guitarra se vio opacada con una frase a la que le teníamos pavor:

—Su papá se quedó sin trabajo, lo acaban de echar —me dijo mi mamá sin darme tiempo de acomodarme en el asiento trasero del Renault, sin anestesia y sin preámbulos.

Silencio.

Leo se puso llorar y preguntaba con voz nerviosa “cómo así, cómo así”. Yo no quería entender lo que estaba pasando, prefería la negación aunque pronto hice los cálculos de esa noticia: adiós clases de guitarra, adiós amplificador. Pregunté qué había pasado; pero evadieron la conversación. Mi papá estaba ofuscado y manejaba sin tacto, brusco y poniéndonos en peligro. En la 116 abajo de la 15 casi nos choca un bus. Mi mamá iba agarrada de la manija superior tratando de mantener la calma. Discutieron airadamente por el impacto de esa noticia en las finanzas de la casa. Mi papá decía todo el tiempo que había sido una injusticia y que hablaría con el rabino Alfredo a ver si podía solucionar el tema con un intermediario. Pero la discusión se tornó imposible y en el semáforo de la 116 con 19 mi papá se bajó del carro, dejándonos tirados. Mi mamá lloraba descontrolada y como pudo tomó el volante para seguir el camino a casa. Esa noche mi papá no durmió en el apartamento. Las clases de guitarra con Orlando se cancelaron y atrás quedaron los anhelos de equilibrar mi amistad con Ronny a partir de juguetes similares como el amplificador y el equipo de sonido. Ni hablar de pedir un computador. Tocaba conformarse con el viejo Commodore 64 que a ratos funcionaba, a ratos no, y que llegó a nuestra casa cortesía de un primo hermano de mi papá que decidió heredárnoslo. No nos contaron mucho acerca del despido, pero con el paso de los años me enteré de que una empleada del almacén quería el puesto de mi padre y modificó unos valores de una factura para que se viera un error en el cálculo de una venta. Los dueños del almacén culparon a mi padre por el error y lo despidieron. Fe una situación delicada porque estábamos cerca de celebrar el Bar Mitzvah de mi hermano y mis papás tenían una cantidad de cuentas por pagar: las invitaciones, los kipot, los recordatorios, el fotógrafo y el videógrafo, el catering, el alquiler del salón en la sinagoga de la calle 94, las bombas, las velas, el whisky para el brindis, el vestido de mi hermano, los arreglos para el centro de las mesas, entre otros. Ahora que veo esto en perspectiva, mis padres fueron unos berracos para lograr sacar adelante la anhelada ceremonia de mi hermano como ellos lo esperaban y como mi hermano lo soñaba. ¿Qué hubiese pasado si hacían una celebración más discreta? Así como lo hacen algunos judíos israelíes que van al Muro de los Lamentos y llevan a cabo la ceremonia con un rabino de oficio al que le pagan lo que pueden —que no suele ser una cifra menor— y luego se organiza un almuerzo o comida en un buen restaurante de Jerusalén, limitando al máximo los gastos de una celebración que le da la bienvenida al barón judío como parte activa del judaísmo. ¡Ni pensarlo! Mi mamá, bajo ningún aspecto, se iba a permitir darle a mi hermano algo inferior a lo que yo viví. Sano principio de igualdad. Pediría prestado, se endeudaría hasta más no poder, como lo hizo, con tal de darles lo mismo a sus hijos. Si conmigo hicieron una ceremonia con todas las de la ley, con mi hermano sucedería lo mismo. Mi papá duró un par de meses en la casa y solucionó su tema laboral de la manera más práctica posible. Gracias a un conocido compró una pequeña empresa para fabricar cinturones de cuero, siguiéndole los pasos a mi bisabuelo que también trabajó con curtiembres. La microempresa funcionaba como satélite de un empresario con amplia trayectoria en el sector y estaba ubicada en el barrio Verbenal, en la calle 163, unas cuadras abajo de la 7ª. Era una zona complicada pero mi padre se las arreglaba para transitar sin riesgo por un barrio reconocido por sus altos índices de criminalidad. Fuimos un par de veces y debo reconocer que el entorno me daba algo de pánico. Sin embargo, por dentro la empresa era linda, muy ordenaba y daba una sensación de seguridad y tranquilidad. Al fondo de ese primer piso de una casa de familia estaban las cortadoras de tiras, dos troqueladoras, una punzadora, una máquina de coser y otra para repujado. En la entrada estaba el escritorio de mi papá, lleno de papeles y remisiones, y justo en frente, el de una asistente que le ayudaba con todos los temas administrativos, contables y de despachos, que se hacían en el Renault 6 de mi papá. Como estuvo metido en el mundo del calzado, manejaba a la perfección el cuero. El dueño de la empresa le dio una rápida capacitación y pronto puso en marcha Cinturones Sir William. Debía cumplir con una cuota diaria de cien productos para hombre, que le entregaba al dueño, antes de las seis de la tarde, en unas bodegas de la zona industrial. La entrega garantizaba ingresos, así que el trabajo era exigente y riguroso. La marea alta en la casa bajó habiéndose realizado el Bar Mitzvah de mi hermano y mi padre ocupado, dedicado a Sir William. El dinero que recogió Leonardo por su celebración terminó en manos de mi madre para cubrir préstamos. La gimnasia financiera en su máxima expresión. Un hueco para tapar otro hueco.

Con las aguas mansas en casa, mi amistad con Ronny se fortaleció. Todos los sábados nos juntábamos en su apartamento para tocar guitarra. A medida que la química musical se afianzó, se nos ocurrió formar un grupo con otros dos amigos del colegio: Moisés y Ariel, teclista y baterista respectivamente. Moisés era hijo de una de las mejores amigas de mi mamá y teníamos una amistad de vieja data. La música nos puso en el mismo camino en la casa de Ronny, con el firme propósito de hacer algo serio y coherente con nuestra pasión. Era pianista virtuoso, docto, muy técnico, estudioso, pero no tenía rock en su alma. Le gustaban Richard Clayderman, Paula Abdul y MC Hammer. En cambio, el baterista era un tipo noble, apasionado por los Rolling Stones y Led Zeppelin, y eso se notaba en su forma de tocar la batería. Yo esperaba con anhelo los sábados para los ensayos. Con paciencia y dedicación habíamos logrado que “De música ligera”, “With or Without You”, “Persiana americana”, “Twist and Shout” y “Hard Day’s Night” sonaran bien. Nos habían invitado a tocar en la semana cultural del colegio y nos estábamos tomando ese reto muy en serio. Pero teníamos un problema: ninguno de los cuatro cantaba bien. Ronny como vocalista era un extraordinario guitarrista; Moisés también lo intentó, pero hasta los pájaros protestaron por sus gallos. Yo bajo ningún aspecto iba a tomar el micrófono; siempre he sabido en qué lugar están mis alcances y cuáles son mis debilidades. Así que por descarte, nuestro baterista hizo las veces de Phil Collins. En casa, aunque la situación no era la mejor, por lo menos la parte económica les había dado un respiro a mis padres y ya no discutían tanto. Habíamos logrado una especie de normalidad anhelada, de equilibrio necesario para que las relaciones intrafamiliares fluyeran de la mejor manera.

Nos presentamos un martes a las 2 p. m. en el patio central del colegio bajo el nombre de Prófugos. Ronny se puso un abrigo de Mink de su mamá; Moisés, unos lentes al mejor estilo de Elton John; Ariel encontró una peluca canosa de su abuela, que le dio además un aire jocoso de juez británico; yo usé unos jeans y una camisa negra de Black Sabbath para hacer una declaración pública respecto de mis intereses musicales. Sonamos bien, por momentos tímidos y sin fuerza, pero con la pasión necesaria para que nuestros amigos del colegio nos recordaran y nos aplaudieran estruendosamente. Fue el debut y despedida de Prófugos. Una serie de hechos inesperados alteraron el curso de la banda y de la amistad entre sus miembros. Así como David Crosby le hizo la vida imposible a Neil Young, mis amigos empezaron a pelear por el control creativo del grupo. Moisés quería que tocáramos baladas de ABBA y yo quería un sonido más heavy para el grupo, cercano a Deep Purple o Led Zeppelin y más lejos de Cerati y compañía. Creo que fuimos la banda con menor duración de la historia de las agrupaciones escolares. Atrás quedaron los ensayos en casa de Ronny y los besos inocentes con su hermana. El final del grupo coincidió con las vacaciones de mitad de año, el final del año escolar. Fueron unas vacaciones llenas de sorpresas y altibajos porque coincidieron con el Mundial de Fútbol de Estados Unidos 94. En casa estábamos emocionados de poder vivir y ver juntos, nuevamente y como lo hicimos en 1990, partidos de la Selección Colombia, que además nos había dado una inmensa alegría en septiembre del año anterior tras derrotar a Argentina 5 a 0 en Buenos Aires, en un partido épico. Ese juego le permitió al equipo dirigido por Maturana clasificar de manera directa a la Copa del Mundo dando cátedra del mejor fútbol visto, en años, por todo un país y sin depender de otros resultados. Además, relegó al equipo de Batistuta, Ruggeri, Balbo y Simeone a jugar el repechaje contra Australia. A mi papá le gustaba el fútbol, era hincha de Santa Fe y le emocionaba el plan de ver partidos. Recuerdo que era tal el gusto que había en nuestra casa por el fútbol que lloramos y sufrimos como argentinos el día que perdieron la final contra los alemanes en el Mundial de Italia. Nos dolió que los italianos silbaran el himno argentino y nos emocionamos cuando Maradona, ante las cámaras de todo el mundo, les dijo a los sesenta mil espectadores del Olímpico de Roma: “hijos de puta, hijos de puta”. ¿Cómo olvidar eso? Cómo no sentir un poco de alivio cuando Diego, casi telepáticamente, entendió lo que millones de argentinos esperaban que él hiciera para exigir respeto por su himno, por su nación. ¡Qué ejemplo! Mi papá era su propio jefe y manejaba su tiempo. Los viernes llegaba antes de la 7 p. m. para que celebráramos el Shabat como lo hacíamos en años anteriores en los que Leo y yo íbamos a la sinagoga de la 79 a rezar y regresábamos a casa para cenar con nuestros padres. El ritual del viernes en la noche es un símbolo poderoso de la unión familiar, más allá de ir o no a la sinagoga. Así que era lindo ver las velas encendidas desde antes de las 6 de la tarde y la mesa ordenada, elegante, bien puesta, con el pan trenza cubierto por un manto blanco en señal de respeto, y el vino tinto, marca Manischewitz, servido en una gran copa de plata, todo listo para servir en un momento necesario de unión familiar. Los orígenes del Shabat están descritos en un pasaje del Antiguo Testamento, en Éxodo 20:9-11: “Seis días trabajarás y harás toda tu labor; mas el séptimo día es día de pausa consagrado al Señor, tu D-os; no harás en él labor alguna… Por tanto bendijo el Señor el día del sábado y lo santificó”. Ninguno de los Diez Mandamientos se ha vivido de manera más devota por los judíos como el del Shabat, al que se ha llegado a personificar como una “novia radiante, hermosa, un símbolo poético de gracias y pureza, objeto de amor y de afecto”. También se le ha llegado a considerar reina (Shabat Hamalcá) por ser un símbolo de belleza, majestuosidad, respeto y solemnidad. Experimentado bajo la rigurosidad de las leyes judías, desde el exterior el Shabat parece un momento restrictivo en la vida de quien lo practica por la cantidad de actividades que no se “pueden” hacer, desde andar en carro hasta cocinar o prender aparatos eléctricos, es decir todo lo que significa crear energía o darle vida desde la energía. Pero en realidad, es un día de purificación y liberación de las preocupaciones diarias. En nuestra casa cumplíamos con una de las tantas partes de este precepto y lo vivíamos al máximo cuando nos sentábamos en la mesa los cuatro y compartíamos una exquisita cena. Mi mamá perfeccionó sus habilidades en la cocina y cada viernes nos sorprendía con platillos exquisitos que iban desde diversas variedades de pollo al horno hasta estofados, pasta, pescado y todo tipo de acompañamientos, además de suculentos postres, hechos a imagen y semejanza de las recetas askenazíes que heredó de mi abuela Sulama. A medida que las angustias económicas disminuyeron, los ánimos fueron más benévolos para propiciar encuentros familiares, más allá de las profundas grietas del pasado que evitaran un flujo normal de las relaciones. Colombia debutó un sábado contra Rumania y perdió de manera humillante 3 a 1. Al Mundial llegamos como favoritos. Cuarenta millones de colombianos desbordaban optimismo y felicidad, que se fueron por la borda en noventa minutos. En la inocente alma de un niño como mi hermano, esto fue una tragedia. Lloró desconsolado, tratando de entender por qué nos había ido tan mal. Mi papá quiso darle una mirada racional al hecho pero no fue suficiente. Creo haber sentido la misma desazón y el mismo desaliento que mi hermano. Se nos ocurrió que un buen plan sería ir a comer helados. Pero un fuerte ataque de tos dejó a mi padre fuera de combate. Recuerdo que entró al baño y expectoró durante varios minutos. Mi madre se asustó y subió corriendo a ver qué pasaba. “¿Sangre, sangre?”, preguntaba mi mamá con insistencia. ¡Vámonos al médico ya!, le dijo con tono insistente. Nosotros desde la burbuja del estudio y mientras nos entreteníamos con Punch-Out!! en el Nintendo, no entendíamos muy bien la gravedad del asunto o de lo que se venía. Decidí ir a ver qué pasaba. Mi papá estaba sentado al borde de la cama, fatigado, sin aire, abrazado a mi mamá. Ella le decía que ya había pasado, que todo estaba bien. “Jacobito, un vaso de agua para su papá”, gritó mi mamá sin darse cuenta de que estaba parado en la entrada de la habitación. Bajé como un rayo, lo serví, y subiendo las escaleras me tropecé de los nervios y parte del agua se regó en el tapete. Mi madre insistía, rápido, rápido Jacobito, por favor. Llegué como pude, a los trancazos. Me quedé inmóvil ante la fragilidad de mi papá. Era extraño verlo así de mal.

Aunque la tos era parte de su vida desde los días en los que vivió en Ibagué con mis abuelos, esta vez había cruzado una línea que lo ponía en otros límites. Él se recostó y pidió que cerráramos la cortina y que apagáramos la luz. Salimos del cuarto con mi mamá y le pregunté qué pasaba. Me dijo que mi papá tenía una alergia desde pequeño y que seguramente se agitó por la emoción del partido de fútbol. Esa noche mi padre no volvió a salir de su cuarto. Se puso su pijama azul celeste de complemento superior a botones y leyó un libro de tapa azul que decía Método Silva. Desde que perdió su trabajo en el almacén de muebles, mi padre había optado por una extraña cercanía con la espiritualidad comercial de la Era Azul, una librería esotérica en el centro comercial Hacienda Santa Bárbara que frecuentábamos, por lo general, los fines de semana. Allí había conocido el poder curativo de los cuarzos entre otras piedras. Había establecido una fructífera amistad con la dueña del lugar y empezó a comprar todo tipo de libros de autoayuda: Usted puede sanar su vida, Muchas vidas muchos sabios, El poder curativo de las manos, Meditar para adquirir la paz, La sanación de la mente, entre otros. Con los libros llegaron algunos discos de George Winston, Enya y Yanni. Noté que empezó a oír otro tipo de música, muy diferente a la que nos tenía acostumbrados como el rock de los años sesenta hasta todos los grandes de la música clásica y que eran parte de su extensa colección de discos en vinilo. Inmersos en la magia de los videojuegos del anhelado Nintendo, que había llegado a nuestro hogar con un par de años de retraso respecto de nuestros amigos del colegio, la noche se hizo más llevadera, a pesar de uno que otro embate de la tos incontrolable por momentos que aquejaba a mi padre. A la mañana siguiente la casa estuvo muy activa desde temprano. Despertarse, hacer café y leer El Tiempo era el ritual sagrado de mis padres. Era día de elecciones y eso se vivía como un gran acontecimiento. Mi padre nos despertó pasadas las 7 de la mañana para que lo acompañáramos a hacer el desayuno. Como todos los domingos, el menú era huevos revueltos con cebolla y tomate al que él denominaba “huevos pericos”, con tostadas y café con leche o Milo. Se le veía bien, animado y mejor de la tos, aunque cada tanto emitía un sonido que nos dejaba paralizados del susto. Sin embargo, no hubo complicaciones ni carreras al baño para expectorar. Nos pidió que nos arregláramos para salir a cumplir con el sagrado derecho al voto. Crecí con la idea de que en mi casa siempre fueron adeptos al liberalismo, así que todo lo que estaba relacionado con el Partido Conservador se veía mal. Los puestos de votación se instalaban justo en frente de la entrada del conjunto residencial. Así que solo había que cruzar la carrera 57 y dirigirse a unos listados ubicados al lado de la entrada de la lavandería en los que se indicaba el número de mesa. El ambiente era como el de una gran fiesta: carros con afiches que marcaban una tendencia, pitos, harina, mucho proselitismo político ante la mirada atenta de un grupo de policías que cuidaban el entorno de los comicios. Grupos de personas se paraban en la esquina de la transversal 50A con 127 a lanzar vivas por los candidatos Ernesto Samper y Andrés Pastrana. Mis padres votaron y como parte del deber ciudadano debían introducir su dedo índice en un tarro con tinta roja con lo que se sabía que habían cumplido con su deber ciudadano. Los jurados solían dejar que los niños siguiéramos el ejemplo de los padres y todos regresamos a casa con un dedo marcado de rojo, rojo liberal. Camino a casa nos encontramos con los González, vecinos de toda la vida y nuestros primeros amigos en el barrio. Édgar y Susana hablaron atentos con mis padres sobre los comicios. Había coincidencias y discrepancias, y eso los llevó a comentar durante un rato el asunto de las elecciones y a asegurar, categóricamente, que Samper sería el próximo presidente del país. Nos despedimos de los González para seguir con la rutina del domingo mundialista. Leo quería jugar fútbol en el parque, así que fuimos en busca de nuestro balón Mikasa para practicar unos tiros a un arco demarcado con sacos. El que hacía gol se ganaba el derecho de tapar y defender el gol a muerte. Leo había elegido ser Maradona y Falcioni, que se enfrentarían a Rubén Cousillas y al “Pájaro” Juárez, mis elegidos. Creo que estuvimos jugando una hora, solo los dos, hasta que otros amigos del barrio se sumaron a la improvisada cancha, para jugar un partido de banquitas con una pelota número 5 de un vecino, no tan dura como las típicas del fútbol de salón. Eran juegos muy entretenidos hasta que el balón terminaba dentro de una de las casas contiguas al prado. Sin querer, mi hermano, tras intentar rechazar un tiro, mandó la pelota a un antejardín cercado por una reja. Timbramos para pedirles a los dueños de la casa que nos regresaran el balón. Sin embargo, el propietario, energúmeno y enceguecido, nos gritó que la pelota quedaba decomisada. Quedamos de una pieza. El dueño del balón se le acercó a mi hermano y le dijo: “Mire a ver judío si me recupera el balón o me lo paga, mientras tanto me quedo con el de ustedes”. Le dije al atrevido vecino que respetara, que íbamos a recuperar su balón y que nos regresara el nuestro. Otro de los vecinos, Javier, intercedió a nuestro favor y con balón en mano nos fuimos al apartamento y le contamos a mi papá lo que había sucedido. Él bajó furioso y nos acompañó a la casa del intolerante vecino, que pretendía quedarse con el balón de unos niños que disfrutaban de un inocente juego de fútbol. Tras una serie de argumentos acalorados, mi padre recuperó la número 5 y fuimos a entregársela al dueño, no sin antes recordarle que nuestros nombres eran Jacobo y Leonardo y que evitara decirnos judíos, como lo había hecho unos minutos atrás, porque nosotros no nos referíamos a ellos como Andrés el católico. Fue la última vez que mi padre nos defendió y la primera vez que nuestra condición de judíos se hizo visible con argumentos ofensivos. A partir de ese día quedaríamos por nuestra cuenta ante situaciones incómodas. Noté que mi papá se agitó y le costó trabajo subir las escaleras. Una vez en el apartamento, nos dijo que nos prohibía volver a jugar fútbol con los vecinos de la otra unidad. Aceptamos. Subimos al estudio a jugar un partido de fútbol en Goal, uno de los primeros videojuegos realistas asociados al deporte de nuestros afectos, mientras aguardábamos el inicio de Camerún contra Suecia. Los duelos virtuales con Leo eran a muerte. Nos tomábamos muy en serio el honor y la garra de no perder los partidos. Y esa mañana, mientras luchábamos codo a codo un intenso Brasil contra Argentina, Leo defendiendo los colores albicelestes, cometí el error de cantarle el gol. Los ánimos estaban calientes y Leo se enfureció. Su reacción me dejó perplejo: se levantó del sofá, fue hacia la biblioteca y tumbó al suelo los quince compact disc de mi colección que estaban sobre el televisor, en una especie de entrepaño. Salió del cuarto ofuscando en medio de los gritos de mi madre. Recuerdo que me puse furioso y lo empujé contra el clóset. Leo reaccionó y casi nos vamos a los golpes si no es por mi papá que con un feroz grito nos apartó. Tenía rabia, ira, dolor. Pero todo eso sería un cuento de niños frente a lo que estaba a punto de suceder en la casa. Recogí los discos, los puse en las cajas averiadas y los ubiqué en los entrepaños. El CD de los grandes éxitos de Queen fue el que más sufrió por la caída. No solo se había roto por completo la caja, el disco se había rayado. En la noche nos enteramos por la noticias que Ernesto Samper, el candidato del Partido Liberal, ganó las elecciones por un amplio margen. Esa noche me fui a dormir molesto por todo lo que había sucedido durante el día que estuvo lleno de emociones y desencuentros. Me costó conciliar el sueño y sintonicé los 1490 AM, emisora Punto 5 de Jorge Barón, que solía programar música para planchar y clásicos del pop. Mientras me deleitaba con estas inolvidables líneas que decían: “Ella temblaba en mis manos, era su primera vez, ella se llamaba Martha y desde ese día se hizo mi mujer”, y poco a poco el sueño se iba apoderando de mí, el potente ruido de los motores de un avión me dejó sentado en la cama. “Era un 727”, pensé con seguridad. Los aviones dejaron de ser indiferentes en mi vida desde que nos mudamos al apartamento en Niza. Todos los días veo pasar aviones, una y otra vez sin cesar, sin tregua. Unas semanas atrás, mi padre me había comprado unas revistas de aviación y tenía claras las diferencias entre un 707, un 727 y un 747. La que más me gustaba y más leí era una que traía en la portada un avión MD-11 de la antigua Swissair, que luego sería conocida como Swiss. La cola del avión era roja y tenía pintada una cruz blanca en el centro del timón y el fuselaje era blanco, con una tenue línea negra, con el logo de la aerolínea en rojo. Imponente y hermoso. Así que me conocía de principio a fin la historia de esa emblemática compañía aérea suiza y tenía claro qué líneas aéreas extranjeras volaban en Colombia. No había visto pasar aviones de Swissair por los cielos bogotanos, pero tenía claro que Alitalia, Lufthansa, British Airways, Iberia, Air France, Eastern, Viasa, Avensa, AeroPerú, KLM, entre otras, sí volaban en nuestro país, Me costó trabajo volver a recuperar el mood de dormir, mientras recordaba que mi primer viaje en avión fue en un Jumbo 747 a Cartagena, en 1987. Mi mamá siempre dice que el de regreso fue tenebroso por cuenta de una feroz turbulencia entrando a Bogotá. Ese viaje fue hermoso; primeras vacaciones en familia y por fin conocer la playa y el mar. A la mañana siguiente me despertó el ruido de los tacones de mi mamá que se preparaba para salir a trabajar a la Agencia Judía, donde llevaba once años a cargo del departamento de emigración a Israel. Me sorprendió que mi papá no nos despertara, como era habitual en las vacaciones. Detestaba vernos dormir plácidamente. Leo seguía dormido y le toqué la cabeza, aunque no dio señales de quererse levantar. De repente mi mamá entró al cuarto:

—Su papá no se siente bien —dijo en tono alarmado—, dice que le duele el pecho y le cuesta respirar. Pasó mala noche.

—¿No va a ir a la fábrica? —pregunté.

—No. Me pidió el favor que fuera esta tarde a la empresa a recoger el despacho del día para llevárselo a Salomón. Les aviso para que me acompañen. Sola no voy hasta el Verbenal.

Asentí con cara lúgubre. Lo que serían unas vacaciones tranquilas, con la emoción del Mundial de Fútbol, terminó siendo un vendaval de situaciones inesperadas en la casa. Mi padre pasó varios días muy decaído sin poder ir a la empresa y peleando con Conchita, nuestra nana de toda la vida, por la carne, el pollo, el arroz, la sopa, el jugo, la lavadora, la secadora. Nosotros no fuimos ajenos a sus embates de histeria Celnik y recibimos una que otra dosis de mal humor. Él estaba absolutamente irritable y Conchita era la vía ideal de fuga de sus emociones contenidas. A cada tanto se le escuchaba decir “todos los Celnik son iguales de neuróticos”. A esas alturas de mi vida solo tenía claro el mal temperamento de mi tío abuelo Eliécer Celnik, el último de los cuatro Celnik patriarcas en mantenerse con vida hasta entrado en sus setenta y pico de años y reconocido por su volatilidad, especialmente cuando se hablaba de política israelí. El otro indicador estaba en los decibeles de la voz de mi padre y una que otra leyenda familiar que daba cuenta del fuerte carácter de mi bisabuelo Josef. El caso es que lo que sería maravilloso para nosotros, tener a mi papá en la casa, tal vez para ver un partido de fútbol o salir a comer un helado al centro comercial Bulevar Niza, se convirtió en una situación, por momentos, incómoda y desesperante por cuenta de su temperamento y sus achaques de salud. Me daba la sensación de que la vida se le estaba yendo y él no se daba cuenta o no era consciente de eso. Para mí era claro que algo más grave estaba sucediendo, que algo más profundo y complicado estaba en proceso de ebullición en su cuerpo. Lo intuía porque su rostro se veía decaído, pálido y la fuerza de su mirada apagada. Del hombre bullicioso de buen humor, con apuntes mordaces y muy inteligentes, solo quedaban unos rasgos opacos de alguien que lleva una intensa lucha en su cuerpo por mantenerse a flote, sano y salvo. Dos días atrás vibrábamos con un partido; un día atrás salimos a elegir a un nuevo presidente para el país; hace 24 horas teníamos planes de salir y disfrutar en familia. Hoy todo hace parte de un sueño porque la vida en un abrir y cerrar de ojos cambió, para siempre. Ese día que se quedó en casa almorzamos arroz con pollo. Fue un almuerzo relativamente tranquilo en el que mi mente estaba en otra parte, buscando un consuelo que no llegaría o un indicio que me permitiera saber que todo estaría bien. Sentí pavor y pánico de solo pensar que él podría morir pronto y que nos dejaría solos, a los tres, en este mundo leonino, agresivo y por momentos rudo, por lo menos desde lo económico y lo emocional. No había pensado en la muerte hasta ese día, en lo que eso podría significar para el núcleo familiar, para mí y para mi noble esencia. Pero ahí me vi enfrentado a mis propios miedos, a la idea innegociable del final de un ciclo de vida. Pero mi padre era joven, tenía toda una vida por delante y no era una opción que nos abandonara. No, eso no nos podía suceder, no a nosotros. Eso, la muerte prematura, les pasa a otras personas, pero a nosotros no, no nos puede pasar. Y en ese momento comencé un sistemático proceso de negación frente a su salud y a situaciones complicadas que se vivían en la casa. Acá no pasa nada, todo está bien, me decía una y otra vez. Donde hubo vida y luz, que se mantenga esa chispa que lo hacía vibrar diferente ante quienes lo querían y lo amaban. Así que en las noches empecé a hablar con D-os y le pedía por la salud de mi papá. Sabía que él me escuchaba y que pronto se recuperaría. Al tercer día de no sentirse bien fueron al neumólogo con mi mamá. Le hicieron unas pruebas y la pleura estaba inflamada. El doctor Baltaxe aseguró que se trataba de un tema relacionado con los productos químicos que se usan para unir ambos lados de los cinturones, un pegante industrial que, inhalado en grandes cantidades, produce lesiones en los pulmones. Le recomendó reposo y estar alejado de la empresa durante unos días. Parece que mi padre no usaba tapaboca a la hora de hacer el pegado y eso pudo influir.

Las vacaciones volaron y terminaron el día que Brasil se proclamó campeón del Mundial de Fútbol, tras una emocionante tanda de penaltis que tuvo todos los ingredientes para un novelón deportivo de marca mayor. Ese día Roberto Baggio, el número 10 de Italia y una de las estrellas luminosas de ese gran equipo, desperdició un tiro penal que a la postre le permitió a Brasil salir campeón del mundo. La debacle de un ídolo en tiempo real, ante millones de espectadores en todo el mundo que vieron cómo una estrella se desmoronaba ante la lotería de los penales. La pintura de Baggio, cabizbajo, caminando hacia la mitad del campo, tratando de entender lo que acaba de suceder, se convirtió en la imagen de una marca de whiskys que acertadamente proclama “keep walking”. De eso se trata la vida, de la misma manera que mi padre logró sortear sus embates de salud y mantenerse a flote, “caminando”, a medida que el tratamiento del doctor Baltaxe tuvo efectos positivos en su salud y pudo retornar a su trabajo, con los cuidados necesarios. Así que al otro día de la final del Mundial regresamos al colegio para el primer día de clases de noveno grado, en mi caso, y de séptimo para Leo. Antes de iniciar la jornada escolar debíamos atender media hora larga de rezo matutino en la pequeña sinagoga del colegio, ubicada en la parte posterior del coliseo, con las sillas y el armario (Arón Ha-Kódesh) de la Torá en dirección hacia el oriente, como indican las leyes judías. Cada varón judío, una vez lleva a cabo su Bar Mitzvah, tiene el deber de ser parte activa de la religión participando en los rezos de la mañana y la noche; eso le permite además cumplir con el uso de los símbolos de la observancia del judaísmo. En el caso de los rezos matutinos solo los hombres debemos usar en nuestra cabeza y en nuestro brazo izquierdo (para los diestros) los tefilín (conocidos erróneamente como filacterias), que consisten en dos cajitas que contienen en su interior rollos de pergamino con pasajes del Éxodo y Deuteronomio. Cada cajita negra viene provista con unas correas de cuero, sustraído de animales kósher, que se enrollan en el brazo y la cabeza como testimonio de fe ante la presencia de D-os en nuestras vidas. También sirven como recordatorio para que cada tanto hagamos examen de consciencia de nuestro deber como judíos. Sin embargo, pocos estaban pendientes del rabino Alfredo, y un intenso cotilleo impedía seguir el hilo de las oraciones de la mañana. A pesar de lo aburrido que resultaba a veces el rezo, a mí me resultaba fascinante escuchar al rabino y el poder inmaculado de su voz. Me gustaba la melodía de algunos pasajes religiosos como el Modé aniModé aní lefaneja mélej jai vekayam shehejezarta bi nishmatí bejemlá, rabá emunateja— (Te agradezco, oh Rey viviente y eterno, por haberme devuelto dentro de mí, a mi alma, con Tu misericordia; grande es Tu confianza) o la del Shemá IsraelShemá Israel, Adonai Elohenu, Adonai Ejad— (Escucha Israel, Adonaí es nuestro Señor, Adonaí es Uno), esta última, a mi modo de ver, una de las declaraciones de fe más profundas, solemnes y poderosas que tiene el judaísmo, y que refleja la obligación que tenemos como judíos de recitar este pasaje bíblico en pleno acto de conciencia de diálogo con D-os. Es tan poderosa su convocatoria en un rezo que suprime todo intento de habladuría o distracción de los feligreses, razón por la que además nos cubrimos los ojos en señal de respeto y de afirmación de nuestra fe judía, unidad con D-os y nuestras obligaciones con Él. Como me gusta la música, a veces era inevitable que me perdiera de conversaciones trascendentales simplemente por el placer de oír al rabino hilar con inolvidables melodías cada una de las palabras en hebreo que construían estas oraciones o estos pasajes bíblicos. Pero aquel día era imposible no estar atento a los comentarios doctos de mis amigos. Los temas de conversación eran la final del Mundial y algunas anécdotas de las vacaciones. Los primeros días de clase generaban en nosotros cierta ansiedad y felicidad ante un nuevo año escolar. Un paso más hacia la consagración o la liberación, porque para más de uno el colegio era sinónimo de yugo, opresión, cárcel, coerción, entre otros aspectos que solo una mente inmadura observa o percibe de esa manera. A mí el colegio no me generaba malos sentimientos, agradecía poder estar allí y recibir la educación que muchos en Colombia no pueden recibir, incluso tenía muy buenas relaciones con mis compañeros; académicamente me iba bien, así que tampoco tenía motivos de fondo para evadir mis responsabilidades u odiar la institución. La primera clase de ese día fue de Geografía con la profesora Luz Stella. Entró al salón como un vendaval y con un grito estremecedor cortó la bulla que invadía cada rincón del aula.

—Buenos días… Buenos días —dijo casi a los gritos—. Me hacen el favor y se sientan. Todos nos movimos con cierta rapidez hacia nuestros pupitres, incómodos, muy incómodos, de metal pintado de rojo con mesa de soporte en madera. Luz Stella llevaba puesto un pantalón negro ajustado que dejaba ver ciertos atributos que no fueron ajenos para mis amigos y para mí desde ese día. Le cubría desde sus hombros hasta la cintura una bata blanca. Llevaba el pelo recogido y usaba bastante maquillaje que resaltaba la belleza de sus ojos. Sacó una tiza del bolsillo de la bata y escribió su nombre en el tablero. El borrador se cayó y generó un estruendo que nos distrajo. Alguien al fondo gritó algo y todos nos reímos. Luz Stella se volteó y le recriminó a Furman que no era momento para chistes. Se presentó con un tono marcial que infundía respeto y mucha autoridad; nos recordó las reglas básicas de convivencia, señaló en qué casos podríamos estar sujetos a sanciones disciplinarias, recalcó la importancia de usar los lunes, martes, miércoles y jueves el uniforme de diario formal —pantalón azul, camisa polo blanca, saco gris, zapatos y medias oscuros—, y los viernes sudadera azul, pantaloneta y tenis blancos para atender la clase de educación física con el temido profesor Jairo Rosas. Nos entregó el horario de clases y nos recordó que a diferencia de los cursos anteriores, 9º es el paso anterior al final de un ciclo y como tal no sería fácil, especialmente Matemáticas. Un intenso calor recorrió mi cuerpo cuando escuché esa frase final. Desde primero de bachillerato venía en franco y progresivo sufrimiento con los números y parecía que 9º no sería la excepción. Luz Stella pasó puesto por puesto y nos entregó una hoja cuadriculada con los cinco días de la semana que incluía las asignaturas y los profesores, además de una agenda azul con el logo del colegio para tomar notas y en la que venían detalladas las fiestas judías a lo largo del año, es decir, los días que no tendríamos clase. Hice un barrido rápido de nombres que eran leyenda en la institución y noté que aparecieron dos: Fanny Sernik y Jorge Tulio Llamas. El resto eran manejables, eso creíamos. Yo estaba sentado al lado del gran ventanal de ese frío salón, adornado en la parte posterior por unos lockers grises en donde podíamos guardar nuestros cuadernos, libros y maletas. Los más rápidos se apoderaban de las gavetas superiores; a otros nos tocaba conformarnos con agacharnos cada tanto para sacar nuestros materiales escolares. Yo estaba detrás de Michael Blumenthal y al lado de Aarón Cohen, y cada tanto mi mirada se perdía en la cancha de fútbol contigua a unos edificios en construcción. Cada cinco o diez minutos el ruido ensordecedor de un avión que no sobrepasaba los 11 mil pies de altura dificultaba la transmisión del mensaje de la profesora. Para mí era un momento sublime porque seguía el trayecto del avión hasta que se perdía de mi vista. Ese día pasó un jumbo de Alitalia que hizo temblar los ventanales del salón. Mientras observaba su lento intento por ganar altitud y cómo su silueta se fundía con algunas nubes, decidí que estudiaría aviación. Me veía en uno de esos aviones, al mando, viajando por todo el mundo. Todos tomábamos atenta nota de las indicaciones de la profesora sobre la asignatura. Había desplegado desde la parte superior del tablero un mapamundi que todavía mostraba a la Unión Soviética, a pesar de que tres años atrás había dejado de existir con otros países de la Cortina de Hierro como Checoslovaquia. Luz Stella tenía algo diferente a los profesores que nos habían dictado clases en años anteriores: era elegante, pausada y enfática por cuenta de su melodiosa voz. Sin duda infundía mucho respeto. En un momento mi mirada se desvió hacia el interior del salón y noté que Vanessa tenía algo diferente; se veía radiante, el bronceado de las vacaciones le cayó bien. Me quedé viéndola un rato hasta que ella se dio cuenta de mi mirada. Me hizo un gesto con sus imponentes ojos negros luminosos, como el que quiere saber qué sucede. Me sonrojé y seguí atento a la clase. Ella estaba sentada junto a Stephie, Evelyn y Erika. Cada tanto se oía de ellas un susurro o una carcajada. Era inevitable no hacer algunas asociaciones alucinantes cada vez que se reían. “Algo están diciendo de mí”, pensaba. En un par de años, tres de esas cuatro amigas entrañables estarán casadas, con hijos; vivirán fuera de Colombia y estarán alejadas de sus profesiones por cuenta del oficio de ser mamá. De una de ellas me enamoré en silencio y acepté con gallardía la derrota, el no que uno jamás espera recibir de una mujer que le gusta. Otros de los que están en el salón dejarán el país y se radicarán en Israel, Inglaterra, Uruguay y Estados Unidos. Unos pocos la lucharán en esta “tierra de nadie, pero es mía”, como dice Charly García. Procrearán y armarán grandes familias y emporios económicos. Le darán al mundo arquitectos, ingenieros, médicos, veterinarios y administradores. También uno que otro vivirá de la renta o de viajar por el mundo cosechando sueños. Con otra de mis compañeras de salón, la que tenía los ojos azules más lindos del curso, y aunque no seremos cercanos en el bachillerato, la vida nos conectará con una linda amistad soportada por el gusto por la música. Otra de las presentes en esa clase de Geografía me enseñará qué es el amor, qué es eso que llaman “mariposas en el estómago”. Varios de los que estamos sentados allí aprendiendo las capitales de Europa, anhelando el futuro, soñando en grande, viviremos situaciones que pondrán a prueba de qué estamos hechos. Seres entrañables dejarán de estar en nuestras vidas y lloraremos su partida tratando de entender por qué a nosotros. Y ahí, en la inocencia de una clase de Geografía, sin saber qué nos deparará el futuro, la única preocupación urgente del momento será aprovechar el descanso para jugar un partido de fútbol y compartir las vivencias de las vacaciones. Hoy somos una ilusión de aquellos que dejaron una huella por una vida que ha avanzado de forma inclemente y vertiginosa. Hoy veo que éramos otros, no somos lo mismo, inevitablemente. Vínculos entrañables se romperán por el paso del tiempo. Somos como una especie de fantasmas que intentan mantener la esencia de algo que fue y no será. El tiempo es una ilusión. La letra de una canción de Japan llega a mi mente mientras el mundo se detiene por cuenta de una pandemia:

Just when I think I’m winning
When I’ve broken every door
The ghosts of my life blow wilder than before
Just when I thought I could not be stopped
When my chance came to be king
The ghosts of my life blew wilder than the wind

“Los fantasmas de mi vida soplan más fuerte que el viento”. ¿Cuáles son esos fantasmas? ¿Serán todos los que me acompañan en la clase de Geografía? ¿Serán mis antepasados o