Eran las doce del día. Las horas de la mañana habían transcurrido con una lentitud enervante, a pesar de los esfuerzos de Laura Martínez por mantenerse tranquila, sin anticiparse al resultado de esa cita para almorzar que se presentaba cuando ya no la anhelaba. Sonrió al comprobar que tenía el tiempo suficiente para llegar sin afanes al centro de Medellín.
Se decía que de verdad no la anhelaba, ya no soñaba con manifestar lo que había callado durante años. Sin embargo volvía a experimentar la antigua emoción, mezcla de ansiedad, temor y alegría, que la embargaba cada vez que iba a reunirse con Fernando Pérez. En media hora ambos volverían a estar frente a frente, para encarar un pasado que quizás era más prudente olvidar.
Ahora podía salir de la casa con relativa tranquilidad. El tiempo se encargaba de mitigar el recuerdo de las horas de horror; la situación era definitivamente mejor que antes. La violencia parecía haber cedido y la esperanza brillaba para muchos. Durante los últimos años, la mayoría de los habitantes de Medellín se había afanado, cada cual a su manera, con los medios a su alcance, por superar los problemas que asolaron a la ciudad durante casi dos décadas. Los empresarios trabajaban para mantener a flote las industrias, las autoridades locales ingeniaban nuevas formas de convivencia. Los noticieros de televisión hablaban de la ciudad en términos optimistas, demasiado optimistas tal vez, porque el peligro seguía latente, aunque no de aquella manera indiscriminada que la misma Laura había padecido en carne propia. Algunos consideraban que lo mejor era no recordar, echar tierra sobre lo ocurrido, así que evitaban cualquier referencia a los duros años de la guerra. Otros necesitaban mantener vivo el recuerdo del terror para que no volviera a sorprenderlos, de manera que no perdían la oportunidad de ver una película, leer un libro, o registrar cualquier noticia relacionada con una historia que tardaría generaciones en concluir. Laura pensaba que sólo una larga serie de hechos civilizados podría redimir a los habitantes de Medellín de la culpa, justificada o no, así como del miedo y del asombro.
A pesar del calor del mediodía, decidió cambiarse el pantalón y la blusa de lino por el sastre de seda azul cobalto y la camisa blanca con botones dorados en los puños. La prosperidad de su empresa marroquinera la obligaba a cuidar más que nunca la apariencia, así que los atuendos casuales quedaban para los fines de semana o para los cortos períodos de vacaciones que se permitía a mediados del año. Además, quería que Fernando Pérez la viera esmeradamente vestida, no como la había visto algunos años atrás, cuando se encontraron por casualidad en la avenida La Playa, en pleno centro de la ciudad. Un encuentro que a él pareció incomodarlo y que a ella le dejó un amargo malestar.
En aquella oportunidad, Laura lo vio primero. Fernando Pérez caminaba delante de un grupo de estudiantes que bajaba de la Universidad Pontificia Bolivariana comiendo tajadas de mango biche compradas a un vendedor callejero. Caminaba vigorosamente, los ojos inquietos, acostumbrados a registrar los rostros que cruzaban junto a él. Al verla se detuvo sorprendido, tal vez ligeramente fastidiado, como si lo último que quisiera fuera ese encuentro.
—Señora… —dijo, llamándola como lo hacía antes. Pero ahora la voz sonaba distinta, los ojos no sonreían. La miraba curioso y al mismo tiempo cerrado a su presencia, aunque también era evidente el deseo de probar una vez más su poder de seducción.
—Hola, Fernando.
Laura pensó que a plena luz del día las arrugas que bordeaban sus ojos se mostrarían cruelmente, que iba vestida de cualquier manera con unos pantalones blancos y una blusa blanca también, en tanto que él lucía un blazer azul oscuro y unos pantalones de paño gris; un traje convencional y poco imaginativo, pero que parecía enteramente novedoso. Siempre había sido así. Lo suyo tenía una apariencia exclusiva. Desde la casa en las afueras de la ciudad, diseñada personalmente, y las obras de arte que la adornaban, hasta la ropa de gusto irreprochable. Incluso María del Carmen, su mujer, todavía cultivaba la fama de mujer elegante y sofisticada, al igual que las hijas, que ocupaban las páginas sociales de los diarios de la ciudad.
Al ver que Laura no se movía, Fernando Pérez la invitó a tomarse un yogur en una tienda de productos naturales de la esquina. Ella comprendió que lo hacía por cortesía. Debería haber rechazado la invitación, consciente de que a él le habría parecido indelicado dejarla sola en medio del ir y venir de la gente, a la sombra de una de las últimas ceibas que perduraban en el centro de la ciudad.
Sin embargo avanzó a su lado por la acera, sintiendo una vez más la cercanía de su cuerpo, la firme presión de la mano en el brazo cuando le ayudó a sentarse en un alto banco de madera frente a las repisas con frascos de polen y vitaminas, entre paquetes de cereales, jabones de avena, galletas de nueces y tortas de frutas cristalizadas. El rumor del tráfico llenaba el silencio que crecía entre los dos. Laura se habría contentado con permanecer unos minutos a su lado, consciente de los sentimientos encontrados que se debatían en su interior, de la dulce tristeza que anticipaba la pronta despedida.
Una joven de pestañas postizas les sirvió el yogur y se sentó detrás de la registradora con la evidente intención de oír lo que hablaban. Aquella señora rubia, de ojos claros y pelo corto, le despertaba tanta curiosidad como ese señor tan apuesto, con canas en las sienes y la manera vigorosa de moverse, como si los años se perdieran en el cuerpo que evocaba la cautela de un animal salvaje. Laura Martínez y Fernando Pérez formaban una extraña pareja en aquel lugar frecuentado por estudiantes. La dependienta contemplaba el juego de las manos que se movían hasta casi tocarse, doblar y desdoblar la servilleta, remover el yogur con la cucharilla. También se fijaba en la sonrisa incierta de la señora, en el gesto resuelto en la boca del hombre.
Hablaron de las hijas de Fernando Pérez, de lo bien que le iba con la oficina de arquitecto que había vuelto a abrir ahora que la situación parecía menos turbia, de la fábrica de carteras y zapatos de Laura, una industria que había comenzado como un pasatiempo pero que le permitía vivir holgadamente y hasta terminar de educar a los hijos. Hablaron de cualquier cosa menos de su amor, de los años de ausencia, o de la tragedia que había cambiado para siempre la vida de Laura. Fernando Pérez evadía el terreno de lo personal, protegiéndose detrás de una muralla de banalidades.
—¿De manera que aquel pasatiempo resultó ser un buen negocio, después de todo? —preguntó.
—En dos semanas salgo para la feria de Milán. Si vieras, Fernando…
—No sabes cuánto me alegra. ¿En qué andan tus hijos? Si los veo, no los reconozco.
Laura le contó que Federico era profesor de artes en la Universidad Nacional y que Camilo, el menor, el que jugaba frisby con Fernando en el jardín de la finca, el que había aprendido a montar a caballo imitando su estilo impecable, terminaba Ingeniería de Sistemas en Eafit.
—Siempre supe que te ibas a recobrar como si nada —dijo Fernando Pérez, aludiendo finalmente a uno de los temas prohibidos, mientras movía disimuladamente la muñeca para ver el reloj—. Eres una persona admirable, Laura. Incluso has conquistado la independencia económica. Eso te debe hacer sentir bien.
Percibió el tono condescendiente. Era el mismo que usaban las amigas de doña Nancy cuando la encontraban en el supermercado sin saber si debían saludarla o no, los amigos de Juan Camilo, indecisos sobre el papel que su exmarido había jugado durante aquella terrible experiencia. Al verlos, Laura se decía que de alguna manera ellos también habían padecido la violencia, al igual que cada uno de los habitantes de la ciudad. Pero todos parecían haber superado los años terribles como si nada hubiera ocurrido, como si sus vidas no hubieran sido alcanzadas por el miedo, ni la ciudad hubiera pasado a ser un territorio herido por el infortunio. Como en el caso de las amigas de su suegra, le pareció que Fernando Pérez la miraba con una mezcla de envidia y temor. Tal vez pensaba que había aprendido algo que él ignoraba, o que el hecho de haber salvado su vida la volvía inmune a cualquier futuro ataque de la adversidad, en tanto que él seguía expuesto.
Le habría gustado contarle sobre aquel personaje siniestro que recordaba en el momento menos esperado, cuando despertaba a medianoche, cuando veía pasar una Toyota de vidrios ahumados, cuando creía ver unos ojos claros parecidos a los suyos, aunque nadie podría igualar esa mirada que en contadas ocasiones había dejado aflorar la magnitud del odio, la profundidad del desencanto. Habría querido especular con Fernando Pérez sobre lo que sería de la vida de Jaimison Ocampo, si es que en realidad seguía vivo. Entre las múltiples versiones que corrían, se decía que había sobrevivido y que ahora era un enlace de la guerrilla, un agente encubierto al servicio de la policía, que estaba muerto, que continuaba traficando con la vida y la muerte oculto tras una falsa identidad, aunque nadie, ni siquiera las autoridades, sabía a ciencia cierta sobre su paradero. Pero comprendió que su antiguo amante se encontraba a su lado por una simple casualidad, no porque lo hubiera querido así. Era preferible callar.
—¿Por qué dices eso, Fernando? Cualquiera pensaría que…
—No, no es lo que piensas, Laura —dijo, apresurándose a responder como lo hacía tiempo atrás, sin esperar a que ella terminara de hablar—. No te veías interesada en montar un negocio en forma, en crear una verdadera empresa.
—Creí que te referías a lo otro. A lo que me ocurrió antes de divorciarme de Juan Camilo —dijo.
—No. Me imagino que no estás interesada en hablar de eso —respondió, en un tono que Laura juzgó descortés.
—Tienes razón. Aquello ocurrió hace años. Es cosa del pasado. Ahora estoy interesada en educar a mis hijos, Fernando. Por eso convertí en una empresa aquel pequeño hobby de accesorios de cuero —añadió Laura, deslizándose fuera del banco frente a la mirada impertinente de la joven de pestañas postizas.
Notó que tenía las uñas pintadas de un rojo nacarado, con una medialuna blanca en la base. No iba a permitir que él diera por terminado el encuentro. Sería la primera en despedirse. Después, trataría de olvidar aquel ingrato cuarto de hora.
—Bueno, tengo que irme. Me gustó mucho volver a verte, Fernando.
—A mí también —dijo él, mientras pagaba la cuenta.
Laura se percató de que la chica le sonreía de manera insinuante. Esperó a que él añadiera algo más, pero una vez en la acera Fernando Pérez se inclinó para rozarle la mejilla con la suya, antes de decirle adiós.
Lo vio alejarse con la cabeza erguida, envuelto en el calor de la mañana, hasta perderse en la ruidosa actividad de un miércoles bañado por la hermosa luz de agosto que nadie parecía tener tiempo de admirar.
Medellín cambiaba de dueños alegremente. La ciudad se vendía, se subastaba, se menudeaba en medio de un optimismo que algunos, como el doctor Mario Martínez Tobón, el padre de Laura, se afanaban en desmentir. Los remates de obras de arte que se llevaban a cabo en una antigua mansión elevada a la categoría de museo tras la muerte del propietario a manos de una de las primeras bandas de secuestradores, se habían vuelto tan populares que la gente asistía no sólo para adquirir o vender un cuadro, una escultura, un jarrón antiguo, sino para encontrarse con amigos y conocidos, para ver y hacerse ver, incluso para mirar de cerca a alguno de aquellos pintorescos representantes de la nueva casta que se implantaba por las buenas o por las malas en medio de sus vidas.
Laura sabía que Juan Camilo estaba interesado en subastar públicamente un cuadro importante. Esa era la palabra que usaba su marido: «importante», una obra que pudiera valorizarse, algo que denotara su interés por la cultura y al mismo tiempo representara un buen negocio. Aquella noche asistirían al museo el alcalde, el gerente de las Empresas Públicas, además de un selecto grupo de comerciantes, corredores de bolsa, ejecutivos, clientes potenciales para la concesionaria de automóviles que él y César Forero, un amigo de la universidad, tenían en compañía.
Se esperaba también la presencia del Patrón, un personaje célebre por su reciente y fabulosa fortuna, parte de la cual invertía en obras de Alejandro Obregón y Rafael Samudio, en cuadros y esculturas del maestro Cano, en pinturas de Eladio Vélez. Quienes habían visitado su casa cerca del Club Las Colinas, o su hacienda a orillas del Cauca, aseguraban que la colección privada rivalizaba con la de Suramericana de Seguros. El Patrón cultivaba amistades, repartía esperanzas entre ricos y pobres. Hacía obras de caridad en los barrios más necesitados mostrándose en compañía de divas de la farándula, seguido por un grupo de hombres que le cuidaban la vida. Los amigos de Laura Martínez y Juan Camilo Mejía lo comparaban con los Kennedy tanto por el origen oscuro de sus fortunas, como por el aura de poder que emanaba de su persona.
—Una amenaza —había dicho el doctor Martínez Tobón, refiriéndose a las ambiciones políticas del personaje—. Esa gente ya tiene un enorme poder económico, Juan Camilo. La vida se nos va complicar si se meten en política —advertía siempre que se presentaba la oportunidad, razón por la cual Juan Camilo evitaba tocar el tema en su presencia.
Consideraba que el doctor Martínez era víctima de una mentalidad cerrada, propia de las personas mayores, lo cual le impedía adaptarse a los nuevos vientos que permitirían reactivar la economía, sacar a las empresas de los concordatos y vivir no sólo bien, como les habían enseñado desde niños, cosa que el alto costo de vida y la competencia hacían cada vez más difícil, sino mucho mejor de lo previsto. Ahora era posible tener un futuro brillante, satisfacer cualquier capricho. La vida se presentaba con los colores vistosos de la novedad. Lo esperaba un mundo que se proponía conquistar, así a su suegro le molestara, así prefiriera verlo sumido en la mediocridad para poder tener algún control sobre él, lo mismo que sobre Laura y sus dos hermanos, a quienes dominaba de manera implacable.
—El arte se ha vuelto una buena inversión —insistió Juan Camilo esa noche cuando Laura se quejó de la lluvia y lo invitó a quedarse en casa con los niños—. Tú deberías saberlo mejor que nadie.
—El arte no me interesa como inversión —respondió Laura, ayudándole a Federico a recoger los prismacolor regados sobre la alfombra blanca de la sala. Notó que tenía una mancha verde donde alguien había aplastado la punta de un lápiz—. Está lloviendo —agregó—. ¿No sería mejor que nos quedáramos viendo televisión? Esta mañana alquilé una película. La verdad es que no me seduce la idea de salir a la calle con este mal tiempo.
—La verdad es que no te seduce nada, Laura. Sólo te interesan los niños, o tus ridículos diseños de correítas y billeteras. ¡Si no te da la gana de ir, no tienes que hacerlo!
—Bueno… si es tan importante, vamos —dijo Laura, aunque Juan Camilo no la oyó porque ya abría la ducha y entonaba a viva voz un bolero, mientras llegaba el agua caliente.
Cómo fue
No sé decirte cómo fue
Ni sé explicarte qué pasó
Pero de ti me enamoré
Laura se preguntó a quién estaría dedicada la canción, pero en seguida se olvidó, ocupada en buscar algo abrigado para ponerse. La lluvia arreciaba sobre el techo y golpeaba alegremente las vidrieras de la habitación, que daban a la parte de atrás del jardín.
* * *
—Parece que todo Medellín está aquí —dijo Laura al ver los carros estacionados frente a la entrada del museo, un castillo de piedra gris con torres almenadas, ventanas ojivales y techos abovedados, al cual se llegaba por una larga avenida bordeada de cipreses que emergieron como sombras oscuras cuando las farolas del carro los alumbraron al pasar.
—Somos los últimos, como de costumbre —se quejó Juan Camilo—. Ahora quién sabe si vamos a encontrar buen puesto. Yo quería estar en la primera fila. Bájate, que voy a parquear el carro —ordenó, deteniéndose frente al amplio corredor de baldosas rojas enmarcado por dos grandes arcos de piedra.
Habría preferido acompañarlo al parqueadero y llegar con él al salón, pero no quiso contradecirlo. Entró sola al vestíbulo, sacudiéndose las gotas de lluvia de los hombros. Apenas había tenido tiempo de ayudarles a los niños a recoger los libros y los juguetes, retocarse el maquillaje y cambiarse antes de salir. Tal vez por eso Juan Camilo frunció el ceño mientras ella se despedía de sus hijos de nueve y siete años, advirtiéndole a Edilma que no los dejara ver televisión hasta muy tarde.
—Fíjese que se acuesten temprano.
—Sí, señora.
—¿A qué horas vuelven? —preguntó Federico. El niño había heredado el pelo rubio de Laura y las facciones de Juan Camilo.
Laura amaba a su hijo mayor con un violento instinto protector que no le despertaba Camilo, el más pequeño. Sentía que Federico estaba menos preparado para enfrentar las traiciones, los desengaños que inevitablemente le traería la vida. Tenía algo vulnerable, una ternura inocente que la llenaba de compasión, demostraba una necesidad de afecto más honda que la de Camilo, independiente y seguro de sí.
—No nos demoramos.
—¿Qué es un remate de obras de arte? —quiso saber Camilo.
Laura comprendió que trataba de retrasar su partida, influenciado por la angustia de Federico.
—¡Nos vamos, Laura! —llamó Juan Camilo desde el garaje, poniendo en marcha el motor.
—¿Podemos dormir en tu cama?
—No, a su papá no le gusta. Se me acuestan juiciosos en su cuarto.
—¡Pero es que nos da miedo! —protestó Federico, alzando el rostro para que Laura lo besara.
—¿Miedo de qué? Ustedes dos se acompañan —respondió nerviosa.
Juan Camilo esperaba en la calle, con la puerta del carro abierta. Era peligroso hacerlo, lo mismo que mantener de par en par la puerta del garaje: alguien podía estar merodeando por el barrio en busca de una oportunidad para robar. La vida se había vuelto insegura.
La semana anterior habían atracado la casa vecina. Dos hombres armados aprovecharon un descuido de la empleada que había dejado la puerta abierta mientras sacaba la basura. Amordazaron a los hijos adolescentes y obligaron a la señora a entregar los dólares, las joyas y los pasaportes, ahora codiciados por los narcotraficantes para hacer sus negocios con una identidad ajena.
—Edilma, ¡cierre bien el garaje! —repitió Laura, corriendo hacia el carro bajo la lluvia.
—A veces pienso que sería bueno vivir en un apartamento, Juan Camilo —dijo, volviéndose en el asiento para verificar que la empleada hubiera cerrado la puerta—. Es más seguro.
* * *
Laura se detuvo en el vestíbulo del museo, una gran sala de techos abovedados, enchapada en maderas oscuras y adornada con una monumental chimenea de piedra. Se apartó un mechón de pelo con un gesto nervioso que no pasó desapercibido para el hombre que estaba de pie junto al fuego. Se trataba de Fernando Pérez, el arquitecto. Laura sabía que era el marido de María del Carmen Álvarez, la dueña de la nueva platería en el centro comercial, famosa por ser una de las mujeres más bien vestidas del país, hecho que sorprendía año tras año a los organizadores del concurso en Bogotá. Sabía también que él había diseñado los edificios más modernos de la ciudad, además de otros en la capital, que era un buen coleccionista de obras de arte, un hombre culto aficionado a los viajes, a la música y a la buena lectura.
El arquitecto la saludó con naturalidad, como si fueran viejos amigos. Habían coincidido en eventos y reuniones sociales, aunque sin intercambiar más que unas palabras.
—Parece que no va a escampar —dijo él, mirándole la chaqueta mojada.
—Sí.
Laura lamentó no haberse lavado el pelo esa mañana.
—El parqueadero va a estar convertido en un lodazal cuando salgamos —continuó Fernando Pérez, sin dejar de sonreír.
—Sí —repitió Laura, como si fuera la única palabra capaz de pronunciar.
Estudió con disimulo al hombre que la miraba con un vaso de whisky en la mano. Una indiferencia cargada de ironía se desprendía de su persona. Siempre le había parecido exageradamente consciente de su atractivo, del interés que despertaba en las mujeres. En ese momento Fernando Pérez no se fijaba en la gente que entraba al museo, ni oía los relámpagos que estallaban sobre la cordillera haciendo vibrar los cristales de las ventanas. Sólo parecía pendiente de la presencia de Laura en el vestíbulo, de sus ojos brillantes, de la lluvia en el pelo, del rubor que le teñía las mejillas.
—¿Quieres un whisky? —invitó, tomando un vaso de la bandeja que les ofrecía un mesero.
Ella estuvo a punto de volver a decir que sí, pero se contuvo. Se sentía molesta consigo misma por esa timidez tan fuera de lugar. Volvió a decirse que no deseaba estar allí sino en casa, con los niños, preparándose para irse a la cama. Resentía que Juan Camilo la obligara a entrar sola a cualquier reunión social, dejándola en la puerta mientras estacionaba. Sí, le molestaba la mirada insistente del arquitecto, su sonrisa engreída, falsamente alegre.
—Prefiero un vino tinto —respondió.
Fernando Pérez devolvió el whisky y tomó una copa de vino.
—Es bueno saberlo.
Laura comprobó con alivio que Juan Camilo acababa de entrar al vestíbulo, moviéndose con el aplomo exagerado de las personas inseguras. Al verlos se acercó a la chimenea para saludar a Fernando Pérez, no sin antes darle una rápida ojeada a su imagen en el espejo de cristal de roca, sonriendo complacido. Tenía unas facciones correctas. Sólo el pequeño mentón denunciaba alguna debilidad del carácter. Saludó al arquitecto con efusividad como si se tratara de un viejo amigo, dándole unas palmaditas en el hombro.
—Qué más, Fernando. ¡Imaginé que estarías por aquí! Sí que me gusta volverte a ver, hombre —dijo, disimulando la impaciencia por entrar al auditorio, un largo salón improvisado en lo que antes fuera uno de los corredores del castillo—. ¿Te conoces con mi mujer? —agregó.
—Nos conocemos —respondió Fernando Pérez, antes de que Laura pudiera decir nada.
—Hacía tiempos que no te veía. ¿Qué tal van los negocios?
Laura miró hacia la puerta del salón, todavía decorado con los muebles que habían pertenecido a la familia del antiguo propietario. Quería saber si César Forero, el socio de su marido, y Amelita, su mujer, habían llegado ya. Necesitaba una excusa para alejarse de allí.
César Forero era un hombre de carácter reservado, a veces francamente retraído, que se esforzaba por ocultar lo que pensaba. Amelita, en cambio, oscilaba entre la locuacidad y una desconfiada reserva. Ahora que habían terminado de pagar el préstamo para montar la concesionaria de vehículos se mostraba más abierta, con deseos de alternar, de pertenecer al Club Las Colinas, de tener nuevas amistades.
A pesar de la lluvia, la gente seguía llegando. Las personas que pasaban junto a ellos saludaban sin detenerse, camino al auditorio. Aunque César y Amelita no estaban en el salón, Laura se sintió más tranquila al ver a su suegra, doña Nancy de Mejía, y a su cuñada Marcela, al fondo de aquella habitación de proporciones enormes, llena de personas de pie, o sentadas en los antiguos muebles de pesado estilo español.
Doña Nancy lucía un traje de seda verde esmeralda, que hacía resaltar el color de sus ojos. La madre poseía el aplomo que le faltaba a Juan Camilo. Se movía en sociedad como si hubiera crecido en medio de aquellas personas que todavía no terminaban de aceptarla, fingiendo ignorar las sutiles señales de rechazo que le enviaban.
Había nacido en Sabaneta, lejos del grupo de gentes que se reunían en el museo. Su padre era el carnicero del pueblo. Su madre, una modista que ayudaba al presupuesto familiar cosiendo ropa para las señoras acomodadas del lugar. Humberto Mejía, que pasaba vacaciones en una finca cercana al pueblo, se enamoró de la joven el primer día que la vio. Poco después le suplicó que se casara con él. Ella le pidió dos semanas para pensarlo. Al cabo de dos meses, le dijo que sí.
En cuestión de días la recién casada aprendió a imitar a las cuñadas que la trataban displicentes e intercambiaban miradas cuando untaba el croissant con mantequilla en lugar de partir el pedacito que se iba a comer, disimulando apenas la satisfacción de verla equivocarse, como si quisieran repetirle al hermano lo que tantas veces le habían dicho: que esa muchacha pueblerina los avergonzaría en público, de la misma manera que les traería problemas en privado.
Para atenuar la mala impresión, las cuñadas se propusieron educarla. Le enseñaron a jugar canasta, juego en el que pronto las superó. Le enseñaron a fumar y también las superó, haciéndolo con una gracia provocativa, que ellas trataban en vano de imitar. Le enseñaron a tomar cócteles y aprendió a tomar whisky. En las rocas, como los hombres. Le enseñaron a vestirse bien y al poco tiempo comenzó a viajar a Nueva York para que las modelos de Saks le mostraran cómo luciría con los trajes que traía a Medellín en grandes maletas de cuero. Le enseñaron a ir cada semana donde Emma, la peluquera, y después de cierto tiempo descubrieron que ésta le reservaba la mejor hora para atenderla, como si fuera una clienta de toda la vida. Le enseñaron a gastar plata, y las rentas de las haciendas ganaderas ya no parecieron tan abundantes.
Esa noche, de pie junto al ventanal enmarcado por unas viejas cortinas de damasco color granate, doña Nancy tenía en la mano derecha un vaso de whisky, en la izquierda un cigarrillo. A falta de cenicero botaba la ceniza en la maceta de una palmera, sin dejar de conversar con Marcela, la nuera que había superado con creces sus más atrevidas aspiraciones.
La inmensa fortuna de los padres de Marcela, dueños de una vidriera en la ciudad y de otras fábricas en México y Venezuela, colmaba sus más altas ambiciones. Don Felipe Lalinde tenía un apartamento en Nueva York y otro en París. Le daba la vuelta al mundo en el propio yate, hablaba en francés con los hijos en la mesa del comedor, leía en cuatro idiomas. A excepción de Marcela, él, su mujer y los dos hijos varones vivían fuera del país. Si doña Nancy sentía por Juan Camilo esa mezcla de veneración que experimentan las madres por el primogénito, a Esteban lo idolatraba por haber sacado en alto el nombre de la familia, casándose con una joven que algún día heredaría una enorme fortuna. Al menos uno de sus hijos no tendría que preocuparse por el futuro de los hijos, ni el de los hijos de los hijos.
Laura hubiera querido ir a saludarlas, pero ahora que había aceptado el vino pensó que sería descortés despedirse del arquitecto. Tendría que esperar a que Juan Camilo lo hiciera para entrar con él al auditorio.
Marcela era su única amiga entre los integrantes de la familia política. La joven no juzgaba a los demás por sus defectos, siempre tenía algo bueno que decir de los amigos, su conversación estaba libre de mensajes velados, de alusiones mortificantes. Iba vestida de manera estrafalaria como era su costumbre, con una falda a media pierna, botas de charol de tacón alto, una blusa escotada y una chaqueta ceñida a la cintura.
—Bueno, voy a buscar puesto —dijo Juan Camilo, despidiéndose de Fernando Pérez.
Laura esperó a que la invitara pero él se alejó sin mirarla, como si se hubiera olvidado de su presencia junto a la chimenea, que arrojaba contra sus piernas el destello rojizo de las llamas. Pensó en seguirlo pero luego se dijo que se vería ridícula, una mujer ignorada que corre detrás del marido.
—No me interesa ver el remate, pero tú puedes entrar con Juan Camilo —dijo, indicándole a Fernando Pérez que no tenía por qué hacerle compañía. Voy a saludar a mi suegra.
—¿Quieres otro vino?
—No, así estoy bien, gracias.
—A mí tampoco me interesa ir al auditorio.
No supo cómo terminaron conversando en uno de los sofás, donde hasta hacía poco habían sostenido una conversación confidencial el gerente del Banco Industrial Colombiano y un señor a quien ella no conocía.
—Juan Camilo vino con la idea de comprar un cuadro de Armando Villegas —dijo, tratando de evitar la intimidad que comenzaba a envolverlos, la creciente emoción que la embargaba, como si ella fuera una mujer desprevenida y él tuviera el poder de atraparla en ese encanto de seductor. Se corrió discretamente hasta el otro extremo del sofá, cruzó los brazos como si tuviera frío, miró los dibujos de la elegante alfombra persa. Después estudió con atención un paisaje de Ignacio Gómez Jaramillo que había pertenecido al infortunado propietario del Castillo.
—¿Y tú estás de acuerdo? —preguntó.
—La verdad es que no sabría dónde colgar una obra tan recargada.
—Tienes razón. ¿Sabes una cosa, Laura? Si yo fuera tu marido, no te habría dejado sola conmigo —dijo Fernando Pérez, ahora sin sonreír.
Sí, trataba de seducirla por falta de algo mejor qué hacer. Laura se sintió indignada.
—A la que veo con alguna frecuencia es a María del Carmen —respondió, ignorando el comentario—. Cada vez que tengo que mandar un regalo de matrimonio voy a su platería —agregó.
—A mi mujer le va muy bien cuando hay una boda. No creí que fuera a tomar en serio el negocio, pero así lo ha hecho desde el comienzo —dijo Fernando Pérez, sonriendo de nuevo con esa sonrisa indefinible—. Entiendo que tú tienes una marroquinería —añadió.
—Un pequeño hobby, nada más. Diseño correas y billeteras —respondió ella, recordando que Juan Camilo las calificaba de ridículas. Desvió la mirada. Buscaba una excusa para escapar de allí.
En aquel momento atravesaban el vestíbulo dos personajes desconocidos. Uno de ellos era un hombre de corta estatura, hombros anchos y piel cetrina, que se movía con poca naturalidad dentro de un traje nuevo. El otro era alto, de ojos pálidos y el pelo de ese color indefinible de las personas que fueron rubias en la niñez. Laura notó algo familiar en su apariencia, aunque era evidente que ninguno de los dos pertenecía a ese pequeño círculo de personas nacidas en el mismo hospital, educadas en los mismos colegios, que habían asistido a las mismas universidades, se divertían en los mismos clubes, eran accionistas de las mismas empresas, guardaban el dinero en los mismos bancos, vivían en los mismos barrios. Personas que hablaban con el mismo acento, sujeto a sutiles variaciones que daban a entender a quien pudiera descifrarlas si eran de El Poblado, del Centro o de Laureles.
Los desconocidos se encaminaron hacia el auditorio sin vacilar, como si previamente hubieran estado allí. El hombre alto proyectaba una advertencia de peligro. Al pasar junto a Laura, pareció vacilar. Luego siguió su camino con cierta reticencia, como si durante una fracción de segundo hubiera querido dirigirle la palabra. Antes de terminar la noche, había rematado las piezas más costosas. Un cóndor del maestro Obregón, un medallón del maestro Tobón Mejía, un cuadro del pintor Eladio Vélez que Laura hubiera querido tener en su casa, además de un paisaje de Gómez Campuzano.
Laura no habría podido decir cuánto tiempo transcurrió hasta que Juan Camilo salió del auditorio, rodeado de un grupo de amigos que se preguntaban en silencio por qué razón había elegido aquella pintura de Luis Caballero, un torso desnudo, retorcido en un paroxismo de dolor.
Habían estado a solas, interrumpidos apenas por el mesero que se acercó una vez para ofrecerle a Fernando Pérez otro whisky que éste rechazó sin dejar de mirarla. Ahora se sentía tranquila, sin el nerviosismo que entorpecía las palabras al inicio de la conversación. Desde el auditorio les llegaba la voz del martillo, seguida a veces por el murmullo o los aplausos del público.
La alegría de Laura desapareció al ver la expresión orgullosa y a la vez infantil en el rostro de Juan Camilo. Sin embargo, le encantó la obra que traía consigo. El trazo de la pintura, que apenas se interrumpía, insinuaba una herida en el costado de una figura masculina, con un toque del color de la sangre seca. En aquel cuadro de una horrenda fascinación se adivinaba la mano de un verdadero maestro. Al ver que Juan Camilo la buscaba con la mirada, se puso de pie para salir a su encuentro.
—¿Dónde vas a poner ese cuadro, Laura? —preguntó doña Nancy, visiblemente molesta por el desacato de su hijo.
Esperaba que adquiriera una obra de Armando Villegas, o mejor aún, una acuarela de Rafael Castillo. En cambio esa pintura tan fuerte, que no podía contemplar durante más de un par de segundos, desentonaría en cualquier lugar. Antes de que Laura pudiera responder, le echó un vistazo al mismo espejo donde Juan Camilo se había mirado al entrar al vestíbulo, pero a diferencia de su hijo, se cuidó de sonreír.
Se sentía tan orgullosa de su belleza como en la mañana misma cuando se casó con Humberto Mejía en la Iglesia de El Poblado, arreglada con discreción por los padres del novio, dadas las condiciones económicas de su familia. La abundante cabellera, teñida con tonalidades cobrizas, nutrida con enjuagues, todavía parecía natural. La nariz breve y el labio superior ligeramente levantado le daban un aire atrevido, que el paso de los años había contribuido a acentuar. Los ojos verdes, almendrados, no habían perdido el brillo. Un solitario en la mano derecha proclamaba que era una mujer casada; la izquierda quedaba libre para lucir la sortija que hiciera juego con el traje del día. Esa noche llevaba la esmeralda rodeada de diamantes que había pertenecido a la madre de don Humberto.
—Ya le encontraremos un lugar, Nancy. ¡Es hermoso! —dijo Laura. Tal vez su suegra tenía razón. ¿Dónde iban a colgar aquella maravilla sin que desentonara con los demás objetos de la casa? Trataría de encontrarle un puesto entre los libros en la biblioteca, o sobre la consola de la entrada.
—Por más que le busquen, no van a tener dónde poner eso —sentenció doña Nancy—. ¡Con los cuadros tan lindos que se remataron esta noche! Los niños se van a asustar. Lo mejor que puedes hacer es decirle a Juan Camilo que se lo lleve para la oficina, Laura. Si quieres que te diga, ¡ese cuadro me parece francamente escandaloso! ¡Qué inmoralidad! —agregó, volviéndose hacia Esteban—. A ese hombre se le ve todo.
Un murmullo acogió sus palabras.
Laura notó con pesar que Fernando Pérez se dirigía hacia la puerta, sin volverse para decirle adiós.
Años más tarde, Laura se diría que su historia con Jaimison Ocampo había recomenzado esa noche.
La siguiente subasta, un remate de caballos cuyas utilidades ayudarían a la construcción del pabellón infantil en el Hospital de Rionegro, se llevaba a cabo en la sede campestre del Club Las Colinas en la misma localidad, pocos meses después del primer encuentro de Laura Martínez con Fernando Pérez en el museo. Ella y Juan Camilo habían acordado reunirse esa tarde con Esteban, Marcela y Mariana, su hijita de cinco años, en el club.
Al ver a sus tíos, Mariana se soltó de la mano de Marcela. Juan Camilo se inclinó, la tomó en los brazos y la alzó por encima de su cabeza. Por un momento la risa de la niña pareció llenar la tarde de verano. Las ramas de los eucaliptos se mecían suavemente en el aire transparente. El cielo estaba despejado, sin una nube que oscureciera el horizonte. Un fresco olor a madera de pino perfumaba el ambiente. Las señoras lucían blusas de colores alegres, sin necesidad de abrigarse con un suéter o una chaqueta. Reinaba el aire festivo propio de los primeros días del año. Las vacaciones estaban a punto de terminar y los veraneantes pensaban disfrutar hasta el último minuto, antes de regresar a la ciudad.
—¿Mariana, quieres que subamos a la gradería para que puedas ver mejor? —preguntó Marcela, ofreciéndole la mano mientras Juan Camilo y Esteban se dirigían hacia un grupo de amigos que tomaban cerveza y hablaban de caballos—. ¿Quieres una chocolatina? —agregó, buscando en el fondo del bolso de tela bordada con espejos y lentejuelas—. Estamos haciendo el álbum —le explicó a Laura, mientras guardaba en la billetera una laminita con un erizo de mar.
La mayoría de los asistentes al remate eran parejas jóvenes como Laura y Juan Camilo, Esteban y Marcela. Habían crecido en un mundo donde las Navidades, los cumpleaños y las primeras fiestas de los adolescentes se celebraban en la casa de campo. Algunos sentían un verdadero gusto por la naturaleza, sembraban jardines, cultivaban huertas, tenían pequeños hatos de ganado lechero. Pero cada vez eran más los que se dejaban arrastrar por el nuevo afán de pertenecer, de alternar en medio de diversiones imposibles en la ciudad, como eran las cabalgatas a la luz de la luna, o los almuerzos campestres que se prolongaban hasta el día siguiente.
Laura recordó a Fernando Pérez. Cuando terminaran las vacaciones reanudarían su amistad. Por el momento estaba resuelta a gozar de la tarde sin pensar en el futuro ni atormentarse por ese anhelo que crecía dentro de ella hasta tomar la apariencia de una verdadera obsesión. Debía contentarse con ser su amiga, pensar en algo más era inadmisible. Nunca había pretendido engañar a Juan Camilo, a pesar de sus mal disimuladas aventuras. Hasta ese momento jamás se había fijado en otro hombre. Se preguntó con ansiedad si llamaría a saludarla el mismo día de su llegada a Medellín, o si dejaría pasar algunos días antes de hacerlo.
En ese momento oyeron a lo lejos el ruido de un helicóptero. El aparato sobrevoló el filo de la cordillera para luego acercarse lentamente. Durante un par de minutos voló sobre las instalaciones del club, antes de comenzar a descender sobre la cancha de fútbol a la izquierda del coliseo. Mariana se puso de pie. El ruido de las aspas ahogó el rumor de las conversiones, las copas de los árboles se agitaron con violencia. Alguien anunció que era el gobernador. Otro, que se trataba del comandante de la Cuarta Brigada. Alguien más, que era el gerente de la Aerocivil.
—Es el Patrón —anunció Esteban Mejía con toda tranquilidad, como si hubiera estado esperando su llegada.
Mariana aplaudió de nuevo con las manos untadas de chocolate. Marcela sacó un clínex del bolso multicolor.
—¿Cómo sabrá que es él? —preguntó Laura.
—No tengo ni idea —respondió Marcela, tratando de limpiarle los dedos a la niña.
—A lo mejor reconoció el helicóptero.
—Puede ser. Laura, ¿el doctor Martínez no iba a venir?
—Papá le pidió a Juan Camilo que se encargara de rematar la yegua baya. En el último minuto cambió de parecer.
Apenas las aspas del helicóptero dejaron de girar, el piloto abrió la puerta y descendieron tres hombres que comenzaron a acercarse a las tribunas. Al comprobar de quién se trataba, la gente comenzó a hacer preguntas a media voz. Un amigo del doctor Martínez se despidió apresuradamente. Los adolescentes miraban sin disimular el asombro. Mariana preguntó quiénes eran esos señores. Efectivamente se trataba del Patrón, el pintoresco personaje que estaba convirtiéndose en leyenda por la habilidad para amasar una fortuna a partir de la nada aparente, por las obras de caridad que le daban tanta fama. Repartía viviendas entre los pobres, construía canchas de fútbol para los jóvenes de las barriadas, reparaba campanarios de las iglesias, financiaba a los sacerdotes para las fiestas religiosas, pagaba hospitalizaciones, amortizaba deudas ajenas. Laura lo vio pasear la mirada por el lugar, registrando hasta el último detalle. El potro que acababan de rematar, el público de las tribunas, los rostros de las personas que se habían puesto de pie para salir a recibirlo, las modestas instalaciones del club. Una sonrisa despectiva plegó por un instante los labios del recién llegado.
Alguien le pidió que se sentara. El hombre negó con la cabeza. Con sus dos acompañantes permanecía de pie junto a la entrada del improvisado coliseo donde se exhibían los animales. Laura notó que uno de ellos era el mismo que había adquirido las mejores obras de arte en El Castillo. Sus miradas se cruzaron. El desconocido la miró fijamente, al tiempo que hacía un gesto casi imperceptible, algo así como un saludo destinado exclusivamente a ella.
Volvió a recordar a Fernando Pérez. Cada vez que pensaba en él sentía temor y ansiedad, urgencia de volverlo a ver, angustia de no verlo más, incertidumbre frente al futuro de esa amistad que en pocos meses se le había vuelto imprescindible. Nunca se sentía tan a gusto como cuando se tomaban un café en un lugar poco frecuentado, ninguno prestaba tanta atención como él a sus palabras. Jamás la habían mirado como si fuera imposible apartar los ojos de ella, tanto, que volvía a sentirse agradable, a veces indiscutiblemente hermosa.
La llamó por primera vez dos semanas después de su encuentro en el museo, para preguntarle dónde había colgado el cuadro de Luis Caballero. Ella había anhelado en secreto esa llamada, diciéndose alternativamente que lo haría, que no eran más que ideas suyas, que no tenía por qué hacerlo, que el teléfono estaba a punto de sonar. Cinco días después volvió a llamarla para invitarla a almorzar en el restaurante chino de Laureles. Ni ese día, ni durante los siguientes encuentros, insinuó nada que no fuera una tranquila camaradería. Hablaban de pintura, de libros, él le contaba de arquitectura, de sus años de estudiante en Berkeley. A partir de la primera cita concluyeron por separado, sin decirlo abiertamente, que era más prudente no compartir esa nueva amistad con Juan Camilo o María del Carmen. Laura sentía que estaba cometiendo una traición a pesar de que sólo sostenían unas relaciones donde cierta distancia era como un requisito que ambos se cuidaban de mantener. Pero se habría puesto nerviosa si Juan Camilo hubiera llegado a preguntarle con quién hablaba por teléfono cuando él salía para la oficina, con quien almorzaba cada quince días, por qué ese día la encontraba con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, como si tuviera fiebre.
El potro de Juan Camilo se remató por menos de lo que él esperaba. Laura pudo ver su cara de descontento en medio del círculo de amigos sobre los cuales trataba de sobresalir con chistes y comentarios que pretendían ser graciosos. Marcela preguntó algo que Laura no entendió. De las pesebreras sacaban la yegua baya del doctor Martínez, un animal de buenas proporciones, de galope suave. El único defecto era una mancha blanca que le bajaba por la cara hasta rodearle los ollares.
—¡Mira, Mariana, es la yegua del abuelito de Federico y Camilo! —dijo Marcela tratando de distraer a la niña, que insistía para que la llevaran a conocer a los recién llegados.
—¿Puedo montar en el helicóptero, Mami?
—No, Mariana, ¡ni pensarlo! —dijo Laura, antes de que Marcela pudiera responder.
Un afamado cirujano plástico ofreció por la yegua baya. Alguien que Laura no conocía hizo otra oferta. El Patrón, que hasta ese momento se había mantenido al margen, multiplicó por diez la suma ofrecida. Un silencio expectante se extendió por las tribunas. Juan Camilo miró sorprendido, sosteniendo el vaso de cerveza en la mano. Durante un momento sólo oyeron el rumor de las ramas de los eucaliptos. Mariana se quedó muy quieta, con una mano todavía sucia de chocolate apoyada en el muslo de Marcela. En lugar de reprenderla, su madre volvió a componerle el surtidor de pelo en la coronilla de la cabeza. Después, se inclinó para besarla.
El martillo, que creyó haber entendido mal, se volvió hacia el Patrón para preguntarle algo en voz baja. El Patrón repitió la oferta.
—¡La yegua baya, de propiedad del doctor Mario Martínez Tobón, acaba de ser rematada por el señor Anselmo Jiménez! —anunció el martillo, repitiendo en voz alta la suma que habría bastado para pagar tres casas en El Porvenir, el barrio en las afueras del pueblo donde los empleados del club anhelaban tener una vivienda.
Una salva de aplausos acogió el anuncio. Juan Camilo sonrió satisfecho, como cuando hacía un buen negocio en la concesionaria de automóviles.
El Patrón se acercó al martillo, sin mirar la yegua por la cual había pagado tanto dinero. Laura y Marcela observaban. La gente permanecía en las tribunas o de pie junto al cercado. Un petisero, el único que podía oír la conversación, sostenía la yegua por el cabezal. Entonces el martillo sonrió, hizo un gesto con la cabeza y hasta se atrevió a darle una palmadita en el hombro a su interlocutor. Luego se volvió hacia el público, anunciando por el altavoz:
—¡El señor Anselmo Jiménez regala la yegua que acaba de adquirir para que sea rematada de nuevo a favor del Hospital!
Esta vez los aplausos se convirtieron en ovación. Alguien pidió un trago para los recién llegados, pero los tres hombres lo rechazaron al tiempo. También volvieron a rechazar los asientos, no las sillas de plástico que les ofrecieron al llegar, sino tres butacas de madera forradas en paño, que el administrador había mandado traer de la sede.
Anselmo Jiménez firmó el cheque antes de despedirse del público con un gesto condescendiente, disfrazado de amabilidad. Ahora la gente sonreía incómoda. El administrador no sabía qué hacer con el cheque que sostenía entre el pulgar y el índice de ambas manos, los meseros que se habían apresurado a traer las butacas las movían un poco hacia delante, volvían a correrlas hacia atrás. Sin más despedida que el gesto del Patrón, los tres hombres comenzaron a caminar rápidamente en dirección al helicóptero, seguidos de Esteban Mejía.
Cuando éste logró alcanzarlos, el Patrón se detuvo. Esteban habló primero. El Patrón le respondió con una frase breve, le dio la espalda y continuó avanzando hacia el aparato, pero Esteban volvió a darle alcance. Avanzaron juntos, delante de los dos acompañantes. Laura y Marcela estaban quietas en la tribuna.
—¿Esos señores son amigos de mi papá? —preguntó Mariana.
—No, no son amigos.
—¿Entonces, por qué va con ellos hasta el helicóptero? Yo también quiero ir.
—No sé… —respondió Marcela mirando fijamente a Esteban, como si quisiera que él se volviera. La figura bajita y regordeta de su marido, tan diferente a la del hermano mayor, se recortaba contra el seto de pinos al fondo de la cancha—. Ya te dijo tu tía que no puedes ir. Quédate tranquila, Mariana.
Algo en la mirada de Marcela hizo que Laura desviara la suya.
El viento de tierra fría comenzó a soplar antes de que el helicóptero se levantara del suelo en medio de un remolino de polvo.
Unas horas menos de sueño se traicionaban de manera despiadada en su semblante. Laura percibía los anuncios de la vejez, pese a sentirse con más energía que cuando los hijos estaban pequeños. A veces, cuando despertaba antes del amanecer y oía desde la cama las motos de los repartidores de periódicos o el lejano silbido del metro que señalaban el inicio de una nueva jornada de trabajo, se preguntaba cómo afrontaría la pérdida progresiva de la vitalidad que todavía la llevaba con ánimo hasta el final de la jornada, de qué manera pasaría los últimos años, si viviría en paz, o atormentada por los recuerdos, agradecida por el tiempo que había sabido aprovechar, si llegaría a sentir remordimiento por las oportunidades que había dejado pasar, por las que no había reconocido a tiempo. Ahora sabía que gran parte de las decisiones cruciales se tomaban o se dejaban al calor del momento, cuando no se podía prever la transcendencia de una palabra, de una negativa, de una respuesta.
Quizás era eso lo que le había ocurrido a su enemigo en el momento decisivo, el instante en el cual había jugado con su vida como si se tratara de algo sin importancia. Si estaba vivo, como aseguraban algunos, recordaría aquel momento con tanta intensidad como ella. Era probable que se arrepintiera de la decisión adoptada. No tenía por qué haberla dejado vivir, como tampoco tenía por qué haberle dado muerte.
Había elegido vivir sola. No se arrepentía, pero sabía que podría hacerlo cuando ya no pudiera llenar las horas con el trabajo, cuando sólo contara con la compañía que quisieran dedicarle Federico y Camilo. Esperaba no ser una de esas madres que dependen del afecto de los hijos. Sabía que detrás de las muestras de cariño que recibían los viejos se ocultaba también la impaciencia frente a una vida concluida. Pero el convencimiento de haber triunfado sobre las peores pruebas le proporcionaba serenidad frente al porvenir. Las circunstancias más difíciles de su vida parecían superadas, tal como ocurría con la ciudad, aunque no era inmune a la tragedia, como tampoco lo sería Medellín frente a una nueva arremetida de la violencia indiscriminada.
Así como en la ciudad había quienes luchaban para encaminarla hacia la recuperación, hacia el éxito de los modestos esfuerzos de quienes únicamente tenían su trabajo para aportar a la convivencia pacífica, así como se elaboraban planes organizados para llevar la esperanza a quienes no la tenían, ella se había esforzado para labrarse una nueva existencia. Cuando se iba a la cama después de cenar se sentía contenta, a veces verdaderamente feliz.
Tal vez no era el momento de arriesgar esa tranquilidad tan duramente lograda, volviendo a encontrarse con el hombre que estaba segura de haber olvidado. Ya casi no pensaba en él, y cuando lo hacía, no sentía dolor, pero sí una cálida ternura. La única persona a quien no juzgaba era precisamente Fernando Pérez, ella, tan dura para medir a los demás.
Se pintó los labios, se aplicó unas gotas de perfume detrás de las orejas. Hacía años había dejado de usar Chloé, la fragancia que tanto le gustaba a su amante. El espejo le devolvió la imagen de una mujer de mediana edad, menuda y austera, con aspecto de profesora de idiomas, de gerente de una sucursal bancaria. Apagó la luz del baño, entró a la habitación, guardó la polvera en el bolso, tomó las llaves del carro y bajó en el ascensor los siete pisos hasta el garaje del edificio. Aunque le molestaba aceptarlo, estaba nerviosa. Tanto como la primera vez que la invitó a almorzar al restaurante chino de Laureles y ella salió de la casa con la sensación de estar cometiendo un pecado mortal.
La avenida de El Poblado, que descendía suavemente hasta el centro de la ciudad, había cambiado de manera dramática durante los últimos años. Las grandes quintas campestres que todavía permanecían en pie se perdían en medio de torres de oficinas, unidades cerradas de apartamentos, supermercados y centros comerciales. La mayoría de los edificios conservaban los nombres de las antiguas mansiones, algunas tan sólidamente construidas que los urbanistas se veían obligados a usar dinamita para derribarlas.
Los constructores de la ciudad parecían resueltos a borrar las huellas del pasado en un proceso que llamaban de transformación urbana, como si no fuera posible buscar una nueva manera de vivir sin destruir todo vestigio de la anterior. Ahora las aves que antes trinaban en los jardines morían estrelladas contra las vidrieras de los edificios, y la increíble gama de verdes daba paso al trasfondo monocromático de las grandes ciudades. Algunos afirmaban que, al derruir las antiguas viviendas para reemplazarlas por construcciones multifamiliares, se democratizaba el exclusivo lugar de residencia que hasta hacía poco había pertenecido a unos cuantos para permitir el arribo de cientos de familias de otros barrios. Muchas de ellas habían llegado para desaparecer a los cinco, a los diez años, sin dejar rastro. Pero el flujo no cesaba. Al Poblado llegaban gentes de los cuatro puntos cardinales de la ciudad, de todos los estratos sociales. Se construían apartamentos de precios inalcanzables, al lado de otros que podían ser considerados de interés social.
Una vez en el Centro, Laura buscó el parqueadero frente al Colombo Americano. Estacionó en el tercer piso, guardó el recibo junto con las llaves del carro, se caló las gafas oscuras y comenzó a caminar con paso decidido bajo la fuerte luz del medio día. El trabajo la familiarizaba con las calles del Centro, lo cual le permitía moverse con soltura en medio de los vendedores ambulantes, de los desocupados que se apostaban en las esquinas, de los honestos oficinistas, de los médicos, las enfermeras, los comerciantes, los empleados que se afanaban por las aceras. En el semáforo de la esquina consultó el reloj. Faltaban cinco minutos para las doce y media.
Apretó el paso para cruzar la avenida Oriental, deteniéndose al otro lado con el fin de ver cómo demolían la casa de una antigua compañera de colegio. Pensó en los hermosos techos artesonados de la mansión, en el rumor de la fuente del patio, en los balcones que daban a la calle. Una hermana de su madre, que todavía vivía en el lugar, aseguraba que a pesar de las bombas que estallaban frente al Colombo Americano en protesta por el imperialismo yanqui, por la política petrolera del gobierno, por el plan nacional de desarrollo, por los bajos sueldos de los maestros, por cualquiera de los innumerables motivos de protesta en el país, a pesar de los bares, de las pizzerías, de los restaurantes que vendían almuerzos caseros, todavía se estaba bien, siempre y cuando se pasara por alto el son de la salsa, el porro y el merengue, el olor del ajo y la cebolla que llegaban a la calle desde los restaurantes populares.
Al llegar a Junín con Maracaibo, Laura buscó el lugar que le había indicado Fernando Pérez. No vio ninguna señal del restaurante en un tercer piso, así que se acercó a un vendedor de lotería sentado en un pequeño asiento plegable, con la espalda recostada contra la pared y el rostro protegido del sol por una gorra con visera. El lotero le señaló la puerta del pasaje comercial. A Laura le molestó la insolencia del gesto, el silencio hostil del hombre que no se dignó a responder a las gracias.
El hecho de que Fernando Pérez la hubiera citado allí demostraba que no quería que los vieran juntos. Seguramente María del Carmen ignoraba que tenían una cita para almorzar. A pesar del malestar que le proporcionaba el lugar elegido por él, Laura estaba resuelta a impedir que el amor propio malograra aquel reencuentro anhelado en secreto durante tanto tiempo.
Quería comprobar que Fernando Pérez la había amado alguna vez, que ella había significado algo en su vida. Aunque estaba acostumbrada a mirar con indiferencia muchas de las cosas que habían sido importantes antes de haber pasado por la peor experiencia, aquella parte de su vida seguía presente en la memoria. Un sexto sentido le decía que ese encuentro sería tan definitivo como el primero junto a la chimenea con los leños ardientes en el museo, cuando apenas comenzaban a desatarse los vientos de guerra en la ciudad y ellos miraban con curiosidad una serie de hechos para los cuales nadie los había preparado, porque nadie los habría sabido prever.
Se dispuso a subir lentamente los dos tramos de escaleras. Como otras veces, no quería ser la primera en llegar. Pese a la ansiedad de la mañana, ahora creía estar completamente tranquila. Tan tranquila como cuando se preparaba para ver una buena película después de trabajar catorce horas seguidas en el taller, tan tranquila como cuando la gente se olvidó del escándalo de Juan Camilo con aquella señora y nadie volvió a preguntarle por él.
Una joven la detuvo en el rellano.
—Señora, ¿puedo preguntarle algo? —dijo, con una mezcla de timidez y audacia.
—Claro que sí —respondió Laura.
—¿Dónde compró ese conjunto tan bonito?
Laura sonrió, antes de darle el nombre del almacén.
—Gracias, señora —dijo la joven—. Es que la semana entrante tengo una entrevista de trabajo.
—Soy yo la que debería darle las gracias —respondió Laura con una sonrisa, y continuó avanzando peldaño a peldaño, esforzándose por controlar los alocados latidos de su corazón.
Se detuvo en el umbral. Apenas sus ojos se acostumbraron a la penumbra recorrió el local con la mirada, para comprobar con angustia que Fernando Pérez no había llegado. Así ocurría con frecuencia en el pasado. Ella llegaba primero a la cita y tenía que sentarse sola en una mesa, consciente de las miradas curiosas de los comensales. Pensó que tal vez había cambiado de opinión, que le había faltado valor para encarar el pasado. Peor aún, podía haber olvidado la cita. Eran las doce y treinta y cuatro minutos. Un mesero con delantal blanco y un pañuelo rojo anudado al cuello insistía para que se sentara. Le molestó el detalle del pañuelo, signo de que se trataba de un restaurante de comida típica. Algo ajeno al gusto cosmopolita de Fernando Pérez.
—Estoy esperando a alguien. Prefiero hacerlo afuera.
* * *
—Vamos a la finca de tu papá, quiero contarle lo bien que se remató la yegua —dijo Juan Camilo, tomando el corto camino de tierra—. ¡No va a poder creer que después de entregarle el cincuenta por ciento al Hospital, le va a quedar semejante ganancia! —añadió, pitando impaciente para que el niño del mayordomo abriera la portada, una reja pintada de rojo.
Laura sabía que Juan Camilo se complacía en ignorar la opinión del doctor Martínez sobre el nuevo afán de venderles cualquier cosa a los nuevos ricos, siempre que el negocio se hiciera por más de lo que valía lo vendido. El juego de cubiertos de plata de la familia, la mantelería de la bisabuela, un cuadro colonial, una hacienda, una casa, un edificio. Era como si una fuerza hasta ahora desconocida los impulsara a deshacerse del sentido de continuidad que representaban aquellos bienes, para cambiarlos por una cuenta en dólares en Panamá, o una billetera repleta destinada a gastar su contenido en un centro comercial en Miami. Extrañamente, los recién llegados no se ofendían por el trato. Al contrario, valoraban el prestigio del antiguo propietario, razón por la cual no regateaban en el momento de pagar el doble por la casa de un conocido dirigente empresarial, por la de un antiguo gobernador o un exministro de Estado.
Como si fuera poco, la quiebra de algunas empresas tradicionales señalaba lo precario de la seguridad económica en la cual muchas personas de su círculo social se habían creído instaladas desde la niñez. La oportunidad de hacer una venta extraordinaria permitía poner algún dinero a buen recaudo en un banco extranjero. Casi nadie se detenía a pensar, debido a la facilidad con la cual se hacía el negocio, que al cabo de unos años aquel afán de ventas los convertiría en extranjeros en las calles, en el barrio, en la ciudad donde habían nacido.
Hasta ese momento habían sentido la ciudad como suya. Los teatros, los pocos restaurantes, los clubes, la vegetación exuberante, las fincas de recreo en las poblaciones vecinas, la temperatura deliciosa y el cielo azul, las temporadas de lluvia que reverdecían el follaje en los jardines, formaban parte del agradable escenario donde se desarrollaba la existencia. Años más tarde, Laura se preguntaría por qué sólo algunos, como su padre, habían podido percibir las señales que enviaba el desbordamiento de la población, los síntomas de la violencia que se desataría poco después convirtiendo la vida en una especie de ruleta rusa, un peligroso juego donde cualquiera podía salir herido, o peor aún, muerto. Pero faltaba para eso. Con el paso del tiempo, muchos irían cambiando de punto de vista. Otros se perderían al asomarse a un desfiladero cuyo fondo parecía no tener fin.
En aquellos primeros tiempos, ella tampoco hacía caso a las advertencias de su padre. Lo que hicieran los recién llegados no era cosa suya, sabría mantenerse al margen. Poco importaba que algún amigo realizara un buen negocio con una casa, con un cuadro. Al igual que los demás, comprobaba perpleja la capacidad adquisitiva de los nuevos vecinos que llegaban con sus ejércitos de guardaespaldas a los recién construidos edificios de apartamentos, a los locales comerciales, a las fincas, poniendo en evidencia la mediocridad de las fortunas tradicionales.