Corrían los últimos meses de 2011; un cielo plomizo cubría a Bogotá, y la brisa estremecía las ramas de los árboles que rodeaban las tumbas del Cementerio Central haciéndolas rechinar mientras un vigilante empujaba la verja que daba acceso al lugar en donde se encontraban las fosas comunes. El conductor del Instituto Distrital de Patrimonio aceleró el automóvil sobre un sendero de cascajo. El terreno se veía extraño, como si fuese parte de un desierto.

—Creo que es aquí —dijo Gabriel Pardo García-Peña, el director del Instituto, quien me había pedido que lo acompañara a revisar las obras del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación que construía la Alcaldía.

Nos estacionamos al borde de un montículo de recebo, descendimos del vehículo y caminamos sobre unos tablones de madera hasta que apareció un hombre joven que llevaba un casco de plástico.

—Bienvenidos, los estaba esperando —afirmó con voz gruesa—. Soy el arquitecto residente. Por favor, síganme, estamos a punto de entrar al área de excavación —estiró el brazo y nos señaló una zanja que partía en dos el terreno.

—¿Qué han encontrado? —le pregunté mientras caminábamos a su lado.

—Como usted sabe, este lugar sirvió durante más de un siglo como cementerio —contestó el arquitecto.

—¿Un cementerio clandestino? —inquirió Gabriel mientras se acomodaba la corbata.

—No precisamente. Aunque no contenga mausoleos ni estatuas, este lugar era parte del Cementerio Central. Aquí enterraban a personas marginadas, pordioseros, suicidas, descuartizados y N. N.

Un escalofrío me recorrió la espalda mientras me acercaba al borde del agujero, en donde trabajaba media docena de arqueólogos.

—Observen por favor esto —apuntó el arquitecto mientras entraba al socavón—. ¿Ven esta mancha rectangular?, se trata del contorno de un antiguo ataúd de madera que lleva más de medio siglo enterrado —aseguró, señalando una serie de líneas que sobresalían sobre el fondo de la excavación.

Concentré mi mirada en los restos y pude distinguir algunos fragmentos de color ocre que conformaban una especie de arco.

—Disculpe, ¿qué son esas piedritas? —pregunté.

—Son dientes; están ordenados siguiendo el patrón de la mandíbula. Cuando excavemos más podremos sacar el cuerpo completo. Si se fija, también se pueden distinguir algunas costillas y partes del esternón.

Entre los fragmentos de huesos empecé a notar algunos jirones de tela de color granate que se amontonaban en el lugar en donde debería quedar el cuello.

—¿Qué es eso rojo que sobresale debajo de la mandíbula? —indagué.

—¿Qué cosa? —respondió el arquitecto acercándose a los restos.

—Eso que está allí, debajo de los dientes.

El residente se puso unos guantes, estiró los dedos y tomó un fragmento de tela que desenterró como si extrajera una lombriz de la tierra.

—No estoy seguro. Podrían ser restos de la ropa del difunto, aunque puede tratarse de otra cosa —aseguró, mientras levantaba el objeto que tenía forma de fardo y estaba atravesado por una serie de espinas de metal—. Estos son alfileres, agujas que se usaban para remendar y cocer, y que según su grosor podrían ser anteriores a los años cincuenta.

—¿Lo enterraron con esos elementos? —preguntó Gabriel en tono respetuoso.

—Lo dudo; la tela no parece hacer parte del enterramiento original, pues está mejor conservada. Además, por su dimensión y ubicación carece de utilidad, a menos que podamos darle otra explicación…

—¿Qué otra explicación? —pregunté.

—Una explicación menos ortodoxa —respondió mientras salía de la excavación y nos indicaba que lo acompañáramos hasta una pequeña estructura de paredes blancas, en la que había funcionado la perrera de Bogotá.

—¿Es usted antropólogo, señor Cruz? —me preguntó el arquitecto.

—Sí, lo soy.

—Entonces esto le va a encantar.

El hombre sacó un manojo de llaves del bolsillo y abrió una puerta de metal oxidada y chirriante.

—Aquí dejamos las cosas extrañas —susurró mientras señalaba una hilera de objetos oscuros y sucios, que se acumulaban sobre un mesón—. Son cosas que no deberían estar aquí. Usted sabe, este lugar también fue utilizado para sepultar a los muertos del Bogotazo y de la gripe española de 1918, por lo que esperábamos encontrarnos sorpresas, pero no esto —aseveró mientras sostenía una botella de vidrio que contenía una pasta negra y melcochuda—. Creemos que es un feto humano o restos de animales, utilizados como insumo para las prácticas mágicas.

—¿Qué tipo de prácticas? —indagó Gabriel.

—Magia popular, hechizos; estaríamos hablando de brujería.

Aterrados, revisamos aquel pequeño museo de fetiches, entre los que sobresalían fotografías descoloridas envueltas en fragmentos de cabuya, botellas ajadas, tachuelas que traspasaban tejidos descompuestos y papeles repletos de emblemas y oraciones retorcidas.

Levanté la mirada y vi que el conductor nos esperaba en la puerta, indicándonos que era hora de partir. Nos despedimos y abordamos el vehículo, que se alejó del lugar por la avenida El Dorado. La torre Colpatria se levantaba a lo lejos, como un cirio en medio de puentes y nubarrones. El tiempo transcurrió sin pausa, los días se transformaron en semanas y las semanas en años.

Dejé de trabajar para la Alcaldía, olvidé aquella tarde y me dediqué a la docencia universitaria, pero una serie de acontecimientos siniestros me hicieron recordar las sensaciones que me había despertado esa excavación.

A finales de 2017, mientras trabajaba para Blu Radio, el actor Luis Tamayo aseguró al programa La Red, de Caracol Televisión, que había sido víctima de ataques de magia negra que lo habían hecho sentir “enterrado en vida”.

Tiempo después, en agosto de 2020, le pedí a Camilo Caballero, productor del canal RedMas, que se comunicara con Luis para solicitarle una entrevista. El artista respondió que nos atendería por medio de una videoconferencia, pues se encontraba radicado en Europa.

Esa tarde escuché cada uno de los padecimientos que había sufrido durante años. Su voz gruesa y serena me recordó aquel arquitecto que coleccionaba maleficios extraídos de la fosa común del Cementerio Central de Bogotá, y sentí que regresaba al borde de aquel socavón que parecía la puerta del infierno.

Luis Tamayo

“Después de sesenta años, puedo admitir que mi infancia no fue normal, pues mi abuela se encaprichó conmigo; aprovechó un descuido y me arrancó de los brazos de mis padres, apartándome de ellos para siempre.

”Fue una época de escapes y fugas; nos movíamos al compás del tiempo, de barrio en barrio, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad. Transitábamos caminos, carreteras y ciénagas de forma disimulada para evitar que nos encontraran y me regresaran con mi familia.

”Durante esos años experimenté muchas cosas, conocí a mucha gente, aprendí a leer y a escribir, escuchaba música, dibujaba, bailaba, me divertía. Mientras, mi abuela me vigilaba y me seguía a todas partes.

”De ese tiempo, recuerdo el calor y el olor a polvo que nos rodeó cuando llegamos a un pueblo del Cesar con árboles frondosos y casas de adobe, que se llamaba Aguas Blancas. Entramos en un camión destartalado que traía nuestras cosas en baúles, que empezamos a descargar, acomodándolos al interior de una casa que habíamos conseguido, en cuya puerta había un niño delgado y largo, que se quedó mirándome con una sonrisa gigante.

”Lo observé por un rato, me le acerqué, hablamos y comenzamos a jugar y a correr por la calle, hasta que llegó mi abuela, me agarró del brazo y empezó a preguntarme: ‘¿Qué hace con ese niño?, ¿de dónde salió?, ¿sabe con quién vive?, ¿quiénes son sus papás?’. Después me empujó adentro de la casa, cerró la puerta y le puso una tranca grande y fuerte; ella era una mujer de carácter duro, una antioqueña de armas tomar. A pesar de su comportamiento, yo la quise mucho, pues era una persona amorosa y dedicada, que me impulsó a estudiar y a salir adelante.

”Luego de un tiempo, nos trasladamos a Codazzi, un pueblo del Cesar lleno de música, en donde mi abuela empezó a debilitarse, hasta que murió. A partir de ese momento mi mundo cambió; me quede quedé solo y tuve que viajar hasta la casa de mis padres, en donde conocí a mis hermanos, pero ya no encajaba, su vida era distinta. Me sentía raro, extraño, presionado. No pude adaptarme, metí mis cosas en una maleta y me subí en un bus que decía Bogotá.

”Era 1976, la ciudad estaba llena de cafés, cines y teatros, y yo soñaba con hacer parte de los grandes espectáculos, con aparecer en la televisión y caminar sobre un tapete escarlata iluminado por reflectores, asediado por centenares de seguidores y periodistas. Mi mente estaba rebosada de fantasías e ilusiones que me servían para sobrevivir en medio de la adversidad y las carencias.

”Tomé decisiones arriesgadas para cumplir mis sueños y me inscribí en una academia que se llamaba Escuela de Formación de Actores Profesionales, en la que trabajaban Edgardo Román, Ramiro Corzo y Óscar de Moya; empecé las clases y les puse tanto empeño que me becaron durante toda la carrera. Fue algo muy bonito, algo que requirió mucho esfuerzo y que me abrió muchas puertas.

”En la escuela había más o menos ciento cincuenta alumnos, divididos en tres jornadas. A mí me tocaba el turno de la tarde, y cuando terminaba me iba caminando hasta los estudios de Inravisión, que quedaban por el lado de la Biblioteca Nacional.

”Cuando llegaba, me paraba en el andén de enfrente para ver entrar a los actores y a los bailarines. Un día observé a un grupo de personas que hacían una fila a un costado de la fachada, caminé hacia ellos y me ubiqué detrás de la última persona, sin saber para qué era. La fila avanzó, la gente empezó a entrar y yo a emocionarme, porque estaba cada vez más cerca de conocer el interior, cuando apareció un vigilante y me dijo que no podía seguir, que el público estaba completo y el espectáculo estaba a punto de comenzar.

”El hombre me empujó e intentó a cerrar la puerta mientras le suplicaba que me dejara seguir. Luego sacó un candado y empezó a cerrarlo, pero llegó Carlos Pinzón, que era un presentador de televisión muy importante, y le dijo que me dejara entrar.

”Yo no sé por qué pasó eso, no tengo ni idea; tal vez vio la desesperación en mi rostro, mis ganas de conocer, y se conmovió. Tan pronto ingresé, me interné por un corredor cuyas paredes estaban adornadas con carteles en los que se publicitaban las grandes producciones. Las cenefas del techo iluminaban el suelo, todo me parecía brillante y maravilloso.

”Los estudios eran salones oscuros, donde se emitían los shows en vivo, y el público se acomodaba en unos tablados detrás de las cámaras; había programas de debate, concursos y noticieros, pero a mí solo me interesaban las novelas y los musicales de Jorge Barón y Espectaculares JES que se producían en el estudio cinco.

”Me escabullí entre los pasillos, fui directo al set que me interesaba, y me acomodé en un rincón. Era un lugar caluroso en el que había mucha gente, los actores y cantantes se movían por todo el escenario, una maraña de cables cubría el suelo, la música rebotaba contra las paredes. Era mi sueño hecho realidad.

”Regresé al otro día, saludé al celador, me dejó entrar y volví todos los días, todas las semanas, todos los meses. Empecé a conocer mucha gente, me hice amigo de los maquilladores, de los camarógrafos y los sonidistas.

”Con el pasar del tiempo me gradué como actor profesional, me armé de valor y conseguí una cita con Germán Vargas Cantillo, que era el director de Inravisión, a quien le conté que estaba aguantando hambre y que me ofrecía para trabajar en cualquier cosa.

”Colombia era un país completamente diferente. Era 1980 y yo estaba desesperado, hasta que una tarde sonó el teléfono, contesté, y era la secretaria de don Germán. Me dijo que me habían nombrado gerente de transporte y carga y que me esperaba al otro día para que firmara el contrato, porque necesitaban que me encargara de organizar los traslados de los trabajadores.

”No lo podía creer; madrugué al otro día y me preparé para salir cuando entró otra llamada. Era una funcionaria de Caracol Televisión, que me informó que me habían escogido para interpretar un papel en una coproducción con Alemania.

”No sabía qué hacer, era algo que no esperaba, así que dejé todo botado; firmé con Caracol y viajé a Girardot, en donde me asignaron un papel de reparto. Quedaron contentos y me contrataron para otras producciones como Revivamos nuestra historia, Dialogando, La quinta hoja del trébol y Gallito Ramírez. Empezaron a llamarme de todas partes, hice muchos papeles, interpreté centenares de historias, pero lo mejor estaba por venir.

”En 1996 decidí irme del país en búsqueda de mayores retos, pero me llamó Fernando Gaitán, quien escribió Yo soy Betty, la fea, y me ofreció hacer el papel de un palabrero wayúu en una novela llamada Guajira, que solo tenía diez capítulos; empezamos a grabar, el público respondió, el personaje se creció y la novela se alargó.

”Enseguida vinieron los premios Simón Bolívar, TVyNovelas, y con ellos, más dinero y más contratos. Salí en portadas de revistas, hice parte del elenco de Francisco el matemático, Cartas de amor, Pandillas, guerra y paz, La costeña y el cachaco, ¿Dónde carajos está Umaña? y Chepe fortuna; incluso participé en la noche de coronación de la Señorita Colombia, que era un evento muy importante en esa época.

”Pero en 2010 algo extraño sucedió: mis amigos dejaron de hablarme, nadie me saludaba ni me contestaba el teléfono, fue algo muy raro; al rato me quedé sin empleo, solo llegaban mensajes de cobros y deudas. Me sentía deprimido, tanto que empecé a pensar en quitarme la vida.

”Una mañana me levanté y tomé la decisión de vender los muebles y los electrodomésticos para intentar sobrevivir. Puse un letrero en internet y esperé a que llegaran los mensajes, sin saber que vendría lo peor.

”Al otro día llamó una persona que se identificó como parte de una empresa constructora y me ofreció comprarme todos mis muebles para decorar la sala de ventas de un condominio que iban a construir en el Tolima.

”La voz sonaba muy culta y educada. Me ofrecieron veinte millones de pesos, me pidieron el número de mi cuenta de ahorros y un par de horas después me llegó la notificación al celular de que habían consignado la plata.

”Esa misma tarde apareció un furgón con unos hombres que entraron y embalaron las sillas, los tapetes y los cuadros en cajas; los acomodaron en el camión y se llevaron todo, absolutamente todo.

”A la semana siguiente, me dirigí al banco para retirar un dinero para empezar a pagar deudas, pero me informaron que la cuenta estaba en rojo. Pregunté por el mensaje que me había llegado al teléfono y me dijeron que era un cheque sin fondos que estaba denunciado como robado.

”En ese momento sentí que el mundo se me caía encima. No sabía qué hacer, todo se me hacía pesado y horrible. Enseguida la situación empeoró: cuando conseguía algún casting, todo se dañaba a último momento, las producciones se cancelaban o contrataban a otro. Bajé mucho de peso, me veía demacrado, acabado y enfermo.

”En el apartamento en el que vivía empezaron a pasar cosas extrañas. Sonaban ruidos, la radio se encendía y se sintonizaba en una emisora que se llamaba Bolero Estéreo, de RCN, que pasaba música muy bonita, pero muy melancólica.

”Una tarde me llamaron y me pidieron que fuera hasta Barranquilla para que participara en una producción. Busqué dinero de donde no tenía y me fui para allá. Yo estaba muy contento, muy ilusionado con poder volver a trabajar, pero cuando llegué a firmar el contrato, me dijeron que habían conseguido a otra persona y me cerraron las puertas en la cara.

”Me fui hasta el lugar en donde estaba alojado, hacía mucho calor. Me senté en la cama, me derrumbé y me puse a llorar; no sabía qué hacer, tenía demasiadas deudas y me vi totalmente perdido.

”Mientras me secaba las lágrimas escuché un pitido, volteé a mirar y me di cuenta de que era mi computador portátil. Me acerqué y observé que una persona desconocida me saludaba insistentemente por Messenger.

”Todo esto se me hizo muy raro, puse mis manos sobre el teclado, le pregunté quién era: ‘Yo sé que no me conoces, y no sé qué piensas de lo que te voy a decir. Soy un santero blanco, los espíritus me han estado hablando y me piden que te ayude’, apareció escrito sobre la pantalla.

”Yo me quedé quieto, como pensando en si era verdad o una estafa, pero los mensajes continuaron llegando: ‘Lo que pasa es que a ti te están trabajado y te hicieron un entierro. Hay gente que quiere que estés mal, que pierdas todo, te vuelvas loco y termines en la ruina’.

”Todo ese discurso me pareció extraño, porque yo no tenía enemigos ni personas que me odiaran. ‘¿Quién va a querer hacerme daño?’, inquirí; ‘Son varios, un hombre y dos mujeres’. Le respondí que de dónde sacaba eso y me contestó que llevaba tiempo observándome, y empezó a relatar mis problemas, las estafas y los robos que había sufrido.

”Sentí un escalofrío y me quedé estático, con la mirada enfocada en los caracteres que emergían sobre la pantalla del computador, en la que se relataban los peores momentos de mi vida. Dejé pasar unos minutos, suspiré profundamente y le pregunté cuánto cobraba para ayudarme a deshacerme de las maldiciones, pero su respuesta me dejó asombrado: ‘Yo no te estoy cobrando, ni te cobraré; tan solo quiero ayudarte’. Después de eso me puse nervioso y apagué el aparato.

”Pasaron los días y me quedé pensando en aquel desconocido y en lo que me había dicho, y le escribí para que me ayudara. Me contestó que necesitaba conocer mi fecha de nacimiento. Le entregué los datos sin esperar que sucediera algo, y a los dos días me llamaron de un estudio de doblaje para proponerme que fuera la voz de un comercial de cerveza Águila; yo me quedé pasmado porque no recordaba haberme presentado para ese trabajo, y tampoco tenía experiencia como locutor. Tomé un taxi, me dirigí al estudio que quedaba en la calle 94, firmé el contrato y empecé a grabar.

”Al otro día me volvieron a llamar, estaba vez para actuar en un cortometraje. Me contrataron y me pagaron muy bien. Tan pronto llegué a la casa encendí el computador y le escribí al extraño para darle las gracias, pero me respondió muy preocupado, asegurándome que no había podido hacer mucho, pues solo había logrado anular parte del maleficio, porque me habían hecho un ‘trabajo’ muy fuerte que era difícil de desatar.

”Me puse a mirar el portátil, pensativo, y volví a preguntarle cuánto me cobraba por quitarme definitivamente la brujería de encima. ‘No puedo cobrarte nada, es algo que me están pidiendo los espíritus’, me respondió. ‘Tu madre difunta y tu abuela, la que te cuidó, quieren que te ayude y te libere’. Entonces se me puso la piel de gallina, recordé a mi abuela y todo el tiempo que pasamos juntos y me puse a llorar, a llorar muy profundamente y desconsolado.

”Fue una sensación muy extraña porque alguien que no conocía estaba enviándome mensajes de cosas que solo yo sabía, acontecimientos que estaban guardados en lo profundo de mi alma y que regresaban del pasado entre una marejada de recuerdos.

”Me quedé sentado, convencido de que no me iba a escribir más, cuando empezaron a llegar más mensajes: ‘Voy a empezar a trabajar para ayudarte, pero no va a ser fácil. Debo consultar a los espíritus para poder ayudarte; además, yo vivo lejos, en la selva amazónica, cerca de Leticia’.

”Empecé a desconfiar. Pensé que podría tratarse de una estafa y decidí dejar de comunicarme, pero a los pocos días llegó otro mensaje que decía: ‘Luis, no sé si pueda colaborarte. Lo que te hicieron es muy fuerte y poderoso. Cuando estaba intentando ayudarte algo me atacó, y uno de los velones que utilizo me cayó encima y me quemó el brazo. Tengo que dejar por lo menos unos ocho días sin trabajar hasta que me cure, y no me quiero infectar’. Yo no sabía qué decirle, todo me parecía muy extraño.

”Por aquel tiempo las cosas fueron mejorando, pero no como antes. Cuando competía por un papel de reparto, pasaba algo y se lo daban a otro; era como si mi vida estuviese bloqueada, como si estuviera entre un estanque tapado hasta el cuello.

”Algunos meses después volvieron a llegar mensajes del desconocido, que eran cada vez más extraños y contenían instrucciones. Decían que debía comprar un ramo de rosas y visitar Jardines del Recuerdo, un cementerio ubicado en el norte de Bogotá, en donde me encontraría con una persona que iba ayudarme, en una fecha y una hora determinadas.

”Sentí que no tenía mucho que perder. Esperé a que llegara el día señalado, pedí un taxi, que atravesó la ciudad, internándose entre las hileras de automóviles de la Autopista Norte, a cuyos costados empezaron a aparecer potreros y árboles.

”Nos parqueamos a un costado del cementerio, me bajé del vehículo y caminé hasta donde estaba una muchacha que vendía flores, a quien le compré un ramo de rosas. Me dirigí hacia la entrada y pude ver a un hombre corpulento y blanco, de unos treinta y ocho años, que estaba recostado sobre una de las rejas del cementerio.

”El desconocido se me acercó hasta detenerse como a medio metro de distancia: ‘Señor Luis, sígame por favor’, me dijo amablemente. ‘Vamos a caminar entre el camposanto, cuando lleguemos a donde lo tienen enterrado, voy a tener que utilizar una pala para abrir un hueco, así que por favor vigile los movimientos de los guardas de seguridad para que no tengamos inconvenientes’.

”Nos internamos entre los prados, rodeados de lápidas cubiertas de flores. La tarde estaba tranquila, no había calor ni frío. Las sombras de las nubes ondeaban sobre el suelo, todo era soledad y silencio.

”‘¡Aquí está el entierro!’, me dijo aquel hombre mientras señalaba una tumba abandonada. Desdobló una pala de metal que llevaba en un morral, con la que empezó a cortar la gruesa capa de pasto que cubría la superficie. A medida que rompía el suelo, brotaban piedras y raíces que amontonó a un lado mientras el hoyo se hacía cada vez más profundo: ‘Aquí está, don Luis; aquí está el entierro que lo tiene penando’, me dijo, mientras extraía una especie de bulto amarrado con alambres oxidados.

”Me di media vuelta para cerciorarme de que nadie estuviese mirándonos mientras el extraño desenvolvía la atadura que contenía una llave, pelos, alambres y dos muñecos antropomorfos que estaban amarrados con clavos, a los que estaban adheridos un tabaco a medio fumar y una medallita atravesada por unas tachuelas alargadas que perforaban la cabeza, las piernas y los genitales. ‘Las ponen para separar a la gente del amor, los amigos y causar daño’, me dijo mientras señalaba los puntos por los que se deslizaban los punzones. Luego, me acercó los objetos y me dijo: ‘Son suyos’. Percibí un olor repulsivo y una sensación de asco; rechacé el ofrecimiento y le dije que se deshiciera de ellos. Entonces me pidió que le entregara las flores, las dejó sobre la lápida de la tumba en donde habíamos encontrado el paquete y me solicitó que saliéramos del cementerio.

”Caminamos en silencio, atravesamos el portón de acceso y nos apostamos a un borde de la autopista, en donde sacó un encendedor de su chaqueta y le prendió fuego al fardo, que se consumió entre llamas azules y se despidió. Su figura se perdió entre los árboles, respiré profundamente y sentí que despertaba de una pesadilla.

”Extrañamente, nunca supe el nombre de aquel sujeto, cuál era su empleo ni dónde vivía. No volví a verlo, ni a saber de él; tan solo puedo dar fe de que todo aquello sucedió y que a partir de ese momento mi vida empezó a mejorar.

”Algunas semanas después, me llegó un último mensaje al Messenger, que decía que todo estaba hecho, y que las personas que me habían hecho daño iban a sufrir porque su maleficio se les iba a devolver el doble.

”A partir de ese momento, el perfil desde el que me contactaban desapareció de mis redes. Nunca supe quién me escribía, si era joven o viejo; no le pagué un peso, no me pidieron ningún favor, ni supe más de aquellas personas.

”Desde entonces un sentimiento de tranquilidad inundó mi vida, me trasladé a Europa, en donde vivo en paz y armonía, y estoy convencido de que el universo esconde fuerzas invisibles que no podemos comprender fácilmente”.

Maleficios bajo tierra

Las vivencias y situaciones narradas por Luis Tamayo son características de un tipo de maldición conocida como “entierro de brujería”, que busca conectar a las víctimas con el mundo de los muertos para generar ruina y sufrimiento.

Este tipo de prácticas han sido analizadas por historiadores y antropólogos, quienes han registrado su existencia desde tiempos ancestrales, en los que nigromantes y encantadores conjuraban entidades y criaturas espirituales para destruir a sus enemigos.

Un ejemplo de este tipo de hechicerías son las llamadas “maldiciones de los faraones” del Antiguo Egipto, que han inspirado leyendas acerca de momias vivientes, que se ven retratadas en series de televisión y películas.

Estas ficciones se nutren de una de las maldiciones más famosas de todos los tiempos: la maldición de Tutankamón, que surgió el 4 de noviembre de 1922, cuando el arqueólogo Howard Carter encontró un grupo de escalones en el Valle de los Reyes de Egipto que descendían hasta una puerta de piedra que estaba marcada con las heráldicas de la dinastía XVIII. Detrás de esta había una sala rectangular repleta de jeroglíficos, con sillas, mesas y alforjas de más de tres mil años de antigüedad, además de restos de comida y flores que se desintegraron al entrar en contacto con el aire, según relató en su libro La tumba de Tutankamón, de 1927.

Al otro lado de la habitación, Carter encontró un pasadizo que llevaba a una especie de cripta, en donde halló un sarcófago marcado con el nombre de Tutankamón.

A partir de entonces, empezaron a morir algunos de los investigadores que habían ingresado a la tumba. Esto inspiró la imaginación de escritores y periodistas, como sir Arthur Conan Doyle, el autor de Sherlock Holmes, quien afirmó públicamente que los arqueólogos habían sido atacados por una “maldición” sobrenatural1.

Asimismo, el museólogo Thomas Hoving afirmó en su libro Tutankamón: la historia jamás contada que los principales diarios del mundo publicaron que se había encontrado un jeroglífico, incrustado sobre una de las puertas de la cámara funeraria, que decía: “Quienes entren en esta tumba sagrada pronto serán visitados por las alas de la muerte”2.

Igualmente, Hoving aclara que tal maldición pudo haber sido una estrategia de la prensa sensacionalista, lo que parece haber sido confirmado por docenas de egiptólogos, que aseguraron que no encontraron ninguna pieza del faraón que contuviera tal texto.

Por otro lado, científicos como el microbiólogo Raúl Rivas3, de la Universidad de Salamanca, afirman que las muertes pudieron ser desatadas por la acción de microrganismos que se mantuvieron “dormidos” entre las paredes de la tumba y que “despertaron” cuando los arqueólogos entraron en ella, lo que pudo causarles algún tipo de infección.

Pero los egipcios no solo conjuraban hechizos para proteger sus tumbas, sino que también desataban horrendos maleficios para hacer daño, como se deduce de algunos hallazgos arqueológicos que parecen indicar que la magia negra fue parte fundamental de la vida en las riberas del Nilo, hace cuatro mil años.

El investigador Javier Arríes ha dedicado parte de su vida a analizar esta clase de conjuros y ha encontrado macabros objetos que podrían representar los orígenes de los “entierros”.

En una entrevista concedida al diario ABC de Madrid, Arríes afirmó haber hallado pruebas de la existencia de rituales de magia nociva, a partir del análisis de restos de vasijas rotas y figuras de arcilla: “Cuencos de cerámica o simples tablillas de arcilla sobre los cuales se inscribía, con tinta roja, una lista de los enemigos a los que se pretendía destruir”4.

Pero aún más sorprendentes son los textos —transcritos por el investigador— en los que se narra la forma en que los sacerdotes impregnaban sus invocaciones sobre los objetos de forma violenta: “Escupe cuatro veces sobre él… pisotéalo con el pie izquierdo… hiérelo con una lanza… mátalo con un cuchillo… ponlo sobre el fuego y escupe sobre él muchas veces mientras está en el fuego”5, traducen los jeroglíficos descubiertos.

Eran tiempos en los que la creencia en el mundo espiritual impregnaba cada espacio de una sociedad que dedicó centurias a la construcción de templos y tumbas imponentes, que todavía deslumbran a los turistas.

No obstante, lejos de las pirámides y los desiertos, existió otra civilización en la que sofisticadas prácticas oscuras eran ejecutadas por oráculos y acólitos entre templos de granito, ocupados por panteones y figuras sagradas, a las que se les rendía culto mediante sacrificios.

Durante más de cinco siglos, el Imperio romano se expandió por Europa y gran parte de Asia, construyendo caminos, ciudades y un sistema de control político que sentaría las bases de los Estados modernos.

Contrario a lo que muchos piensan, la magia negra hizo parte de la vida cotidiana de los romanos, quienes elaboraban sortilegios que involucraban la manipulación de sustancias mágicas, como ha sido reseñado por diferentes investigadores.

Según la doctora Ana María Vázquez Hoys, fue habitual la elaboración de encantamientos denominados tabellae defixionum: tablillas de plomo en las que se escribían los nombres o se dibujaban los rostros de las víctimas contra las que se dirigía la maldición. Según ella: “Una vez escritas, las brujas o brujos las colocaban en las tumbas, para que los difuntos resentidos (aori) se encargasen de hacer daño a las personas a las que ellos les señalaban con sus imprecaciones”6.

De igual forma, el investigador español Santiago Cano ha podido determinar que muchas de estas tabletas contienen peticiones a entidades espirituales: “Aparecen en ellas […] una serie de palabras ininteligibles […] y que los autores antiguos conocían como efessia grammata. Muchas de estas palabras mágicas se repiten en tablillas diferentes. Cabe pensar que muchas son nombres de demonios y espíritus malignos que se invocaban o a quienes se les encargaba el trabajo, por decirlo así”7.

En resumidas cuentas, los nigromantes buscaban hacer daño enterrando inscripciones y objetos personales, que ocultaban en cementerios o lugares asociados al más allá y al inframundo.

Se trata de brujerías similares a las narradas por Luis Tamayo, y que parecen recordarnos que existe una conexión entre las creencias que nos rodean y las prácticas que ejecutaron nuestros antepasados hace miles de años.

En la actualidad, los entierros de brujería son comunes en México, Costa Rica y Venezuela, en donde las fotografías han remplazado a las esculturas, y las botellas a las tablillas de plomo. Son maldiciones que también se extienden por cada rincón de Colombia, en donde se ha vuelto habitual que se reproduzcan historias de personas que aseguran haber sido “trabajadas” mediante esta clase de encantamientos.

Colombia subterránea

Aunque no sabemos desde cuándo se practican los “entierros de brujería”, por los restos hallados en el Cementerio Central de Bogotá durante la construcción del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, entre 2009 y 2013, podemos deducir que fueron comunes durante todo el siglo XX.

Se trata de “trabajos” de magia negra que atraviesan el tiempo y el espacio, cuya existencia parece revelar una de las caras más oscuras de Colombia, y que se hacen visibles en artículos como “Un centro de brujería”, publicado por el periódico El Tiempo en septiembre de 1992, en el que se describe la existencia de personajes siniestros que recorrían los cementerios de la ciudad para arrojar objetos dentro de las fosas comunes:

Una mujer de aproximadamente 40 años, de baja estatura y aspecto humilde, entra al cementerio y se arrodilla frente a la fosa común. Comienza una serie de rezos. En menos de dos minutos los termina y se para. Antes de que recorra la mitad del camino de salida, se escucha el grito de uno de los obreros del cementerio: ¡cójanla! ¡no la dejen ir! El escándalo se debe a que la mujer tiró a la fosa un frasco de vidrio que contenía un feto humano. La gente grita y se arremolina. Las autoridades del cementerio se hacen presentes y piden que llamen al CAI.

Según el artículo, el entierro de fetos en botellas junto con pertenencias o fotografías de mujeres tiene un objetivo específico: “Si una mujer arroja un feto a una fosa común en nombre de otra, intenta dejarla estéril de por vida”.

De igual manera, es común que algunos brujos utilicen una especie de serpiente que abundaba en los humedales y potreros de Bogotá, conocida como “culebra sabanera” (Atractus crassicaudatus), para provocar la infertilidad de los hombres.

Este tipo de hechizos se han vuelto virales en los últimos años gracias a las redes sociales. Tal fue el caso de Manuela Gómez, una de las participantes más recordadas de la edición 2012 del reality Protagonistas de Nuestra Tele, del Canal RCN, quien en febrero del 2020 dio unas declaraciones que alarmaron a sus seguidores.

Mediante una serie de videos publicados en su cuenta de Instagram, Gómez aseguró que había experimentado situaciones extrañas que podrían estar relacionadas con cuadros de estrés o ansiedad, y que resultan similares a las narradas por Luis Tamayo: “Tengo pesadillas todo el tiempo, no duermo bien, me dan ganas de vomitar, mantengo enferma, mantengo con depresiones, con crisis existenciales… son muchas cosas […] No es para que piensen que estoy loca, pero la gente que realmente me conoce sabe que siempre digo la verdad y no tengo que estar inventando huevonadas”8.

Algunas semanas atrás, en enero de 2020, la actriz anunció que sufría dolores en los dientes y que, debido a un mal procedimiento quirúrgico, se le estaban pudriendo, por lo que deberían extraérselos.

Estos rumores causaron una gran cantidad de teorías entre periodistas y presentadores de programas de farándula, hasta que la actriz aseguró en su cuenta de Instagram que era víctima de un “entierro”: “Muchas personas que me conocen me dicen que tengo un ‘entierro’. Por eso a veces mantengo tan depresiva, porque no es normal. He buscado muchas ayudas, no crean que no, pero la persona que me tiene ese entierro, quién sabe dónde lo tiene, y qué tan poderoso es […] Así como existe el bien, también está el mal y hay mucha gente que te quiere ver cayendo”.

Pero la historia no termina allí. Un par de meses después, en mayo de 2020, la modelo publicó unas fotografías de su casa en las que podía verse un altar con imágenes de la Virgen de Guadalupe, Jesús de Nazaret y la Virgen del Carmen, alineadas frente a un grupo de velas de colores y un recipiente de plástico, que contenía un líquido transparente y una fotografía: “Tengo a alguien aquí congelado en formol porque es una historia larga en realidad… Es una persona que me quiere hacer mucho daño”.

El uso de este tipo de estatuillas y líquidos coincide con el uso de las llamadas “contras” que realizan los “brujos blancos” para neutralizar los efectos de magia negra. En este sentido, el formol actuaría como estabilizador de la maldición, deteniendo temporalmente sus efectos, mientras que la invocación de santos católicos serviría para su anulación.

Existen más ejemplos de estas creencias ancestrales que se difunden a través de las redes sociales y los medios de comunicación, como el registrado por el Diario Occidente de Cali9, en el que un grupo de personas de Popayán (Cauca) filmó el desentierro de un cuchillo, una cáscara de limón y la fotografía de una mujer que se encontraban en la tumba de uno de sus familiares, que contenía un papel con el siguiente mensaje: “Vanessa… Que se muera, que sufra, que se enferme, que llore”.

Al ver la noticia, la mujer afectada, identificada como Vanessa Cuesta, se dirigió a las oficinas del cementerio, en donde pudo apreciar en las grabaciones de las cámaras de seguridad que una de sus conocidas, llamada Paula Ocampo, caminaba entre los panteones, realizaba oraciones y enterraba el fardo en la tumba: “Es indignante cómo puede existir gente con el corazón lleno de odio para ser capaz de hacer una cosa de estas, pero solo Dios es el responsable de juzgar. Le deseo todo el perdón del mundo a esta mujer […] Hay que estar muy enfermo en la vida para desearle tanto mal a alguien, pero es más grande el poder de Dios que el del diablo”, señaló la afectada a los periodistas del diario.

Las afectaciones causadas a las víctimas por este tipo de prácticas, como dolores físicos, estrés y rachas de mala suerte, son explicadas por la mayoría de los investigadores como el producto de alteraciones psiquiátricas, psicosomáticas o interpretaciones de la realidad, que no se curarían como producto de “contras” o rituales de limpieza, sino por autosugestión, como afirma la neuróloga Cristina Guijarro Castro: “Por su historia natural, muchas enfermedades tendían a curarse espontáneamente, fundamentalmente por el efecto placebo… Pero en ocasiones los tratamientos del sacerdote, del chamán o del brujo resultaban (y todavía resultan) desastrosos para el enfermo, en parte por lo que hacían y, en gran parte también, por lo que dejaban de hacer”10.

Es por ello que quienes buscan el alivio de sus problemas mediante soluciones mágicas muchas veces terminan siendo estafados por sujetos inescrupulosos, que prometen quimeras imposibles y empeoran su situación física y emocional.

Al final, el caso de Luis Tamayo y los demás mencionados confirman que los “entierros de brujería” siguen practicándose en los principales camposantos del país, lo que nos lleva a formularnos una serie de interrogantes: ¿cómo se hacen?, ¿cuáles son sus rituales?, ¿para qué se hacen?, que intentaremos responder con la ayuda de Gustavo González Maiggel, un espiritista conocido por aparecer en programas de radio y televisión, quien aceptó contarnos algunos de sus secretos.

Gustavo González Maiggel

Mientras trabajaba en el programa Luna Blu, de Blu Radio, conocí a Gustavo González, quien era invitado con frecuencia por Juan Jesús Vallejo para que analizara casos de brujería. Aunque no comparto su visión del mundo, ni creo en las artes oscuras, logré que me proporcionara información detallada sobre la forma en que, según él, se realizan los entierros de brujería en Colombia.

¿Quién es Gustavo González?

Yo nací en la ciudad de Santa Marta, en 1970. Cuando tenía nueve años, vi a mi padre y hablé con él. Se lo conté a mi mamá, que me dijo que “todo era un sueño” porque mi papá llevaba muerto tres años, pero yo seguí viéndolo y hablándole, como si estuviera al frente mío. Eran otras épocas, en mi casa no se hablaba de temas paranormales, mi familia se asustó y me llevaron al médico. El doctor me remitió a Bogotá; me llevaron a un psicólogo en 1980, que les dijo que yo estaba bien, pero seguí viendo a mi papá y más adelante a mi abuelo, que falleció en 1983.

¿Cómo llegó a conocer el mundo de la brujería?

Con el tiempo, me gradué de bachiller y me inscribí en la Escuela Militar de Cadetes, que había sido mi sueño de toda la vida. Juré bandera, pero seguí teniendo visiones y me di cuenta de que mi destino no era la carrera militar, por lo que renuncié al Ejército. Empecé a buscar mi camino, tenía veintidós años y me dediqué a leer libros que me llevaron a transformarme en médium espiritista. En esa época no había internet ni redes sociales, y esos temas se vivían de una manera muy distinta, todo era más callado y oculto; cuando iba a hacer algún trabajo era muy diferente a lo que sale en medios. Ahora hay un boom de temas paranormales.

¿A dónde lo llevó todo eso?

Me metí en ese mundo de tratados, oraciones, leyendas, y conocí todo tipo de maleficios, abominaciones y encantamientos; cosas muy feas y horribles.

Dentro de todas esas cosas, ¿qué es lo más terrible que ha visto?

Una de las cosas más malas que se le pueden hacer a una persona es un entierro de brujería, que se elabora de manera similar en casi todo el país.

¿Por qué se dice que los brujos “entierran” a la víctima?

Se dice que los brujos hacen esto porque utilizan muñecos y fetiches, que “bautizan” con el nombre de la víctima; los atraviesan con alfileres o clavos y los ocultan en cementerios a los que regresan tiempo después para desenterrarlos, chuzarlos y rezarlos nuevamente, para que la brujería pegue y no se desprenda.

También se dice que los brujos “trabajan” a la gente porque entonan oraciones todas las noches, a la misma hora y de la misma forma, para poder causar el daño por el que ha pagado el cliente, quien usualmente le entrega objetos asociados a la víctima.

Pero no todos los brujos entierran objetos en cementerios…

Existen también brujos que tienen helechos y plantas bonitas en sus consultorios, debajo de las cuales guardan los entierros, como también hay unos que entregan los muñecos a sus clientes para que los escondan en los jardines o en las materas de las casas de las víctimas para amplificar el daño. Es por eso por lo que mucha gente se lleva una sorpresa cuando está haciendo aseo y rompe una maceta y encuentran un “entierro”, y es algún conocido que le ha querido hacer daño dejándoselo en la casa.

¿Son costosos los entierros?

El valor de cada entierro depende del daño que quiera hacerse; por ejemplo, si alguien quiere acabar con un hogar, porque quiere quedarse con la mujer o el marido, contacta un brujo para que los “separe”; ese tipo de entierro es de los más comunes y de los que menos vale… pues no cuesta más de quinientos mil pesos.

Otros son los “entierros de amor”, que buscan enamorar a la gente para que se vuelva loca por una persona y dejen todo por ella. Para ello, usan oraciones especiales y objetos. Esos valen un poco más, más o menos un millón de pesos.

Los más terribles son los “entierros de muerte”, o “trabajos para matar”, que buscan acabar con las personas. Esos son los que más valen. Yo conozco brujos que cobran diez, quince, veinte millones de pesos por esos “trabajos”, que tienen como característica fechas determinadas para repetir las oraciones secretas, y se firman como un contrato a término fijo para que se muera la víctima.

Yo he escuchado de casos terribles en Santa Marta, Barranquilla y en el interior del país, en los que la gente asegura que los tienen enterrados en un camposanto, les dieron tierra de cementerio y que los tienen amarrados. Son casos muy pesados porque cualquier explicación física y racional que cualquier profesional pueda darles la rechazan, porque están convencidos de que la brujería es real.

¿Qué tan común es que se practiquen esta clase de maleficios?

En Colombia la brujería es un estilo de vida; desde el estrato uno al estrato seis la gente llega a los consultorios a pedir que les vaya bien: buscan amor, protección, tener billete, adoptan esa vida y se la pasan de bruja en brujo, y no mueven un pie sin consultarlos.

Muchas veces los estafan, pero otras veces suceden cosas que la gente explica de esa manera; hay gente con mucha fe, obsesiva, que gasta mucha plata en maleficios, pero yo pienso que la brujería no debería ser un estilo de vida. Yo creo que lo que mueve a las personas a meterse en ese mundo es la envidia: les molesta que el vecino tenga plata, que tenga una familia bonita y que le vaya bien. Detrás de las personas que mandan a hacer un entierro no hay nada bueno.

Desenterrando maldiciones

Hablemos ahora de las “contras”, que son rituales de limpieza ejecutados por brujos blancos o santeros, quienes aseguran tener la capacidad de canalizar la energía de los espíritus y devolver la paz a quienes han sido afectados.

Para “tumbar” un entierro existen dos procedimientos, que podríamos denominar “limpieza a distancia” y “limpieza por desentierro”.

La limpieza a distancia es efectuada por brujos que aseguran tener el don de visualizar el lugar en que se encuentran escondidos los entierros. En este sentido, la antropóloga mexicana Lilián González Chévez afirma que:

Dependiendo de su capacidad y del método de diagnóstico utilizado, el curandero puede ver las características físicas del agresor(a): el color de su piel y cabello, edad, género, proximidad social y física, así como la causa del embrujo —envidia, celos, coraje— y el móvil de ese sentimiento —dinero, afecto, bienes materiales, trabajo—. También puede ubicar socialmente el lugar en que interactúa la víctima con el agresor —trabajo, casa, vecindario— y de qué medios se ha valido para hacer el embrujo —muñeco, tomas, sapos, ropa íntima, fotografía, acto sexual con el brujo, etcétera—11.

Después de esto, se supone que el hechicero deshace el entierro en su consultorio o lugar de residencia mediante una serie de rituales que incluyen fotografías y otros objetos, que incinera con velas y elementos como riegos, alcohol o agua bendita.

La segunda forma de tumbar un entierro o “limpieza por desentierro”, es ejecutada por brujos que se trasladan hasta la casa de sus “pacientes”, o a un cementerio, en donde encuentran los maleficios, que después queman o arrojan a una corriente de agua.

Cabe anotar que este tipo de creencias son utilizadas habitualmente para estafar, ya que algunos brujos esconden entierros en cementerios o muebles para simular que los han encontrado mediante dones inexistentes.

Sin embargo, casos como el de Luis Tamayo escapan a toda lógica, pues quienes lo contactaron nunca le solicitaron dinero o favores a cambio, lo que hasta el día de hoy resulta desconcertante.

La tierra de la memoria

A inicios de 2021, en medio de la pandemia del COVID-19, decidí regresar al lugar en donde había empezado todo. Tomé un taxi y pedí que me llevara al Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, que se había construido encima de la fosa en donde se habían encontrado aquellos frascos malditos.

Recuerdo que ingresé al edificio y pensé en Gabriel Pardo García-Peña, quien había muerto varios meses atrás. Las luces amarillentas que iluminaban el lugar me llenaron de nostalgia; tomé mi celular y busqué noticias sobre Luis Tamayo: sobre la pantalla podía leerse que seguía en Europa, en donde vivía en paz y tranquilidad.

Aparté la mirada y me concentré en las paredes que se elevaban como lajas hasta el techo, formando una especie de bóveda, que estaba plagada de pequeñas ventanas rectangulares que me causaron curiosidad. Me acerqué a una joven que portaba un carné de la Secretaría de Gobierno y le pregunté si la estructura poseía algún significado simbólico.

—Claro que sí —me respondió—. Este edificio fue construido para recordar la memoria de las víctimas del conflicto armado. En cada uno de esos nichos hay puñados de tierra procedentes de lugares en los que sucedieron crímenes atroces, para que nunca se olviden.

Una especie de escalofrío me recorrió la espalda; respiré profundamente, salí del edificio y observé el espejo de agua que envolvía la estructura. Sobre la superficie se reflejaban Guadalupe y Monserrate, como si fueran las orejas de un perro gigante.

Pensé entonces que todo se conectaba; que la tierra, las rocas y el fango que ocultaban las maldiciones más horrendas eran las mismas sustancias que proporcionaban vida a árboles y plantas. Una abrumadora sensación de soledad me invadió mientras el sol iluminaba los antiguos columbarios del Cementerio Central, sobre cuya superficie se podía leer: “Polvo eres y en polvo te convertirás”.

© Luis Tamayo

El actor Luis Tamayo.

1 Al respecto, puede consultarse: Redacción La Nación (4 de noviembre de 2020).

2 2007, p. 12.

3 2019.

4 Villatoro (10 de agosto de 2017).

5 Villatoro (10 de agosto de 2017).

6 Junio de 1985, p. 37.