Si usted lo mira caminar por la calle, jamás sospecharía que ese muchacho vestido con bluyines rotos y cómodos tenis de marca es el hombre en torno al cual están plegados los youtubers más grandes del Cono Sur; que ese mismo tipo, él solito, sirve de paraguas para un sistema de creadores que superan con creces la audiencia de Televisa, la audiencia de Telefé. Si usted lo ve caminar por alguna calle bogotana —el paso calmado, las orejas generalmente protegidas por audífonos inalámbricos—, no se imaginaría que ese mismo chino es el célebre Carlos Mora: el generoso mánager con alma de profesor bajo cuya influencia gravitan, por intermedio de sus representados, millones de seguidores de habla hispana, y una de las personas que mejor dominan el negocio digital en Latinoamérica.

Desde que, a fuerza de las circunstancias del mercado, a mis cuarenta y tantos años tuve que convertirme en un tardío y vergonzoso youtuber para que mi carrera como escritor no pasara de moda de forma miserable, he sacado en limpio tres lecciones básicas que brillan como medallas en mis precarios conocimientos de los nuevos tiempos: que en internet es más importante el ingenio que el dinero; que si el talento son los ladrillos de un creador digital, la persistencia es el pegamento de esos ladrillos, porque una cosa no funciona sin la otra, y que si uno necesita comprender ese extraño mundo de personajes de pelos de color neón, debe llamar a Carlos Mora, referente y pionero de los nuevos medios: el hombre que abre la trocha por la que muchos, después, circulan. O circulamos.

En mi extraña y estrambótica carrera como youtuber de la tercera edad, me he sentido como mosco en leche en varias ocasiones, pero ninguna de ellas resultó tan angustiosa como la que sucedió cuando acepté presentarme en el Club Media Fest: un festival masivo a cuya tarima se postraban algunos creadores digitales para presentar un número ante miles de personas: cantar una canción, protagonizar un sketch.

El organizador de la edición del 2017 —un voluminoso argentino de calva evidente y mechas laterales largas y desordenadas— me buscó con la idea de que recibiera el grado oficial como youtuber de la mano de uno de los creadores más populares de YouTube en ese momento, Mario Ruiz.

—Interpretás una escenita liviana: hacés las pruebas que te pone el muchacho, te colgás el birrete y listo, quince minutitos nada más —me dijo.

Me negué: le dije que no pensaba entregar la dignidad de una carrera periodística forjada en décadas por payasear ante una multitud de adolescentes. En medio de pucheros patrióticos, alcancé a advertirle que se equivocaba si pensaba que los intelectuales colombianos nos vendíamos por las migajas que podían ofrecernos los agentes del espectáculo que provenían de afuera. Todo esto hasta que estiró el monto que me pagaría por ese ratico:

—En dólares, claro —dijo.

¡Me iba a pagar lo mismo que por cinco artículos, lo mismo que por medio libro! Por aquel dinero estaba dispuesto a protagonizar ese y cualquier sketch, y a quedarme trapeando el piso cuando el público se hubiera marchado; y, ya que hablamos de traperos, incluso a cortarle el pelo al empresario porteño, vaya porte.

Llegué puntual a la cita y me sembraron en la zona trasera de la tarima, junto con todos los youtubers que a lo largo del día saldrían a escena: jóvenes cuyas voces, peinados y pintas los convertían en una suerte de seres galácticos frente a los que debía fingir naturalidad, ahora que ya hacía parte de su combo. Arrumado en una esquina, sin reconocer a nadie y sin que nadie me reconociera, recibí en el pecho una oleada de angustia casi existencial por culpa de la cual desgrané en silencio una preocupante cascada de preguntas: ¿qué diablos hago en medio de este acuario de marcianos? ¿En qué momento dejé de hacer parte de las mesas de conferencistas del Hay Festival para protagonizar un número en el Club Media Fest? ¿Qué pasos, uno tras otro, tuve que dar en mi vida para llegar a este punto? ¿Por qué todos estos millennials tienen el pelo color verde fosforescente? Si me pinto la calva, ¿me integraría más fácil?

Fue en ese momento en que un caritativo muchacho de jeans rotos y tenis de moda se acercó a mí y, como quien le tira una tabla a un náufrago, me tendió una conversación de la que me aferré para sortear aquel día: me dijo quién era quién en aquel mundo, me presentó a algunos ejemplares de ese cardumen de pulpos brillantes de dos cabezas y, por encima de todo, y a pesar de atender mil asuntos a la vez, me acompañó minuto a minuto en aquel día farragoso en el cual me sentí como Mario Alberto Yepes en un estadio de Brasil: en fuera de lugar.

Desde entonces supe que se trataba de un hombre tan sencillo y buena persona como admirable, cuya comprensión del mundo digital es innata: nació con él y lo ha acompañado desde siempre, acaso junto con su olfato instintivo para entender hacia dónde van las cosas o en dónde será la próxima fiesta, para decirlo con sus palabras.

Es acaso el más completo mánager de talentos digitales: quien tenga la fortuna de ser representado por él obtendrá —por el precio de uno— no sólo a un gran estratega o un excelente agente comercial, sino a un psicólogo y también un profesor: porque Carlos Mora es un mánager con alma de profesor. No trabaja para nadie: trabaja con los demás. Insta a que la gente se lance a nadar y los acompaña en su nado. Y sobre todo: sabe que su labor como mánager es conseguir que cada uno de sus representados logre su propia estatura, alcance su máximo potencial, sin renunciar a ser lo que es: sin vender el alma al diablo de los clics, los likes, los shares y demás demonios agazapados en anglicismos que abundan en el mundo digital.

Su privilegiado sentido de anticipación frente al futuro lo ha acompañado a lo largo de todo el pasado, valga la paradoja. Desde aquella vez en que asistió a una convención de youtubers en México, cuando los youtubers prácticamente no existían en Colombia, hasta hoy, cuando representa a los talentos más grandes del país, y acaso de Latinoamérica: a Ami Rodríguez, a su hermana Amara, a Yolo y sus compadres venezolanos, a Sofía Castro, a Javier Ramírez, y a otros pocos más que llenan el cupo limitado de sus tesoros.

Hablamos del hombre que heredó la curiosidad de espíritu de su padre, ingeniero químico, y el tesón de su mamá; el hombre al que el abuelo, contador de historias por excelencia, le sirve de inspiración; el muchacho que, de niño, les sacó dinero a los parlantes que armaba su papá a manera de hobbie organizando fiestas en el salón comunal de su conjunto.

Jugador de hockey, ingeniero informático frustrado, publicista; sobreviviente de novias y de quiebras, Carlos Mora ha decidido compartir todas sus enseñanzas en este libro, cuya lectura no sólo acompaña y educa, sino que estimula. A lo largo de estas páginas, amigo lector, Mora se convertirá en su mánager: recibirá de su prosa amable consejos honestos, desenfadados y útiles de uno de los mejores estrategas de talentos digitales; se sentirá conversando con él; se dejará llevar por el tono oral en que fue redactado, casi a manera de charla; se nutrirá de anécdotas y cifras, y comprenderá la revolución en el mundo de las comunicaciones a la que todos estamos sometidos y de la cual —en buena parte— él es protagonista. Lo invitará a persistir. Le contará su vida. Y al cerrar la última página se sentirá inspirado para emprender cualquier esfuerzo digital, y sabrá la forma en que funciona el complejo mundo de los contenidos: todo de la mano de quien quizás sea el mejor mánager del país. Del famoso Carlos Mora: el muchacho que camina por la calle vestido con jeans rotos y cómodos tenis de marca, que es muchas cosas a la vez, pero que es sobre todo un hombre leal a sí mismo, que ayuda a los demás, les arma conversación a los que todos dejan de lado y tiene un alma de maestro capaz de cambiar el mundo. Disfruten este libro como una bocanada de esperanza.

Daniel Samper Ospina

Si quieres emprender o ya comenzaste a andar y quieres asegurarte un buen camino, este libro es para ti. Su contenido te llenará de ilusión para seguir adelante con tu proyecto, pero también te hará un llamado de atención para que sepas que no será fácil.

¿Cómo aprendemos a caminar? Nos levantamos, nos caemos, nos raspamos las rodillas y nos volvemos a levantar, hasta que un día logramos finalmente llegar adonde queremos, mediante nuestros propios pasos.

Así me sucedió a mí. Tuve emprendimientos exitosos y otros que fracasaron, perdí dinero, volví a vivir con mis papás y debí empezar de nuevo, pero nunca dejé de intentar seguir adelante, porque el emprendimiento está en mi ADN y es lo que siempre he querido hacer.

En comparación con mi época de estudiante universitario, actualmente es más fácil tener los emprendimientos claros en la cabeza desde muy joven, porque la información está en todos lados y el emprendedor ama aprender sobre cómo lograron sus metas las personas exitosas, cómo concretaron sus ideas, cómo superaron los problemas, y asocia estos conocimientos a su proyecto. Encuentra los patrones y los aplica. La información está en Internet y en canales de streaming. Yo veo muchos documentales de Netflix, Disney+, Amazon Prime y varios lo repito una y otra vez, para entender los procesos que siguieron sus protagonistas para alcanzar buenos resultados y para saber cómo han nacido las nuevas ideas en el mundo. También escucho pódcast, sigo a youtubers y, con cada una de estas fuentes de información, descubro nuevas cosas. A lo largo del libro encontrarás nombres de películas, de charlas TED, menciones a testimonios de emprendedores e historias de actores y personajes que he seguido en mi carrera para aprender de ellos.

Tienes que dedicarle tiempo a tu conocimiento. Nunca dejes de aprender y, si estás en la universidad, te digo que es importante dedicarles tiempo a las ideas y a los proyectos propios desde ya. No todo es música, estudio y rumba. Quien quiere ser emprendedor toma la decisión y entra a la cancha. Y lo recomendable es hacerlo desde la universidad —aunque no siempre se da así—. Lo digo por experiencia. Todos mis compañeros de estudios terminaron la carrera, y se emplearon en agencias de publicidad y multinacionales y están hoy en muy buenos cargos. Yo, en cambio, desde ese entonces dije que nunca me iba a emplear, y nunca lo he hecho.

Es probable que durante tu infancia hayas motivado a otros y que los demás hayan querido escuchar tu voz y seguirla, como me sucedió en mi adolescencia con el hockey (historia que te contaré más adelante), o que siempre estés pensando en cómo aportarle algo nuevo al mundo. Si esto te ha sucedido, seguramente ya estás en el camino de ser un gran emprendedor. Si no ha sido tu caso, este libro te mostrará las características que un emprendedor debe alcanzar; eso sí, tendrás que hacer muchos abdominales y flexiones de pecho para sacar buenos músculos y lograr la fuerza y la figura que deseas. Tendrás que estar dispuesto a luchar por una idea, a caerte y a levantarte cuantas veces sean necesarias para hacerla realidad, y a dejar en la arena sudor y sangre. Querrás volar como te lo indica tu intuición y seguir tu propia forma de conectar las ideas, porque es probable que tu mente asocie con facilidad, o de una forma original, los hechos y los datos. Yo a veces saco conclusiones que me parecen obvias, pero que los demás no ven, y resulta que las mías son novedosas. Tienes que confiar en ti y en la manera en que relacionas lo que piensas y aprendes. Así lograrás lo que quieres.

Precisamente este libro te motivará para lograr tus metas, te educará en cómo conseguirlas y te brindará entretenimiento para que, a través de ejemplos y de mis historias de éxito y de las de otros emprendedores, descubras que tú sí puedes. Todos los seres humanos buscamos motivarnos, educarnos y entretenernos en la vida, y este libro te dará las tres cosas. Decidí escribirlo ahora que puedo hablarte desde lo que he vivido, porque cuando estaba en la universidad no les creía a los profesores que no tenían experiencia, que solo enseñaban desde la teoría. Por eso siento que ya estoy listo para enseñar y para motivar a otros.

Yo obtuve la motivación inicial de mi papá. Él es emprendedor, vi sus caídas, cómo sus socios le hicieron malas jugadas, cómo no desistía de su sueño cuando no contaba con suficientes ingresos para el mes y cómo resolvía los problemas. Esto no significa que si no tienes ejemplos de emprendedores en tu familia o en tus amigos no puedas ser tú mismo uno de ellos, claro que podrás lograrlo por ti mismo. ¿Cómo?

Yo aprendí a ser honesto conmigo, a decirme la verdad sobre lo que puedo y no puedo hacer. Aprendí que el emprendedor no logra sus metas solo, y por eso siempre busco trabajar con personas que tengan habilidades que sumen a mis debilidades. Tomé decisiones sobre cómo distribuir las veinticuatro horas del día entre mi parte espiritual, profesional y emocional. He seguido mi instinto y he mantenido el foco.

Porque un verdadero emprendedor tiene paciencia, foco, persistencia y ejecuta. Cree en sus ideas y lucha por ellas, las defiende y sabe cuándo desistir. En este último aspecto no podrás mentirte, deberás ser honesto contigo mismo y decirte claramente que, si tu idea no se va a concretar, tendrás que buscar un nuevo emprendimiento y volver a empezar.

Deberás programar tu mente, prepararte para el éxito, conocerte y salir al mundo. Recibirás críticas, gente que te apoye y gente que no. Quédate con quienes te animen a seguir adelante. Tendrás que ser un conquistador ciento por ciento, un Indiana Jones que todo el tiempo está sediento por descubrir. Necesitarás olfato para saber por dónde van los negocios y la intuición que te diga que eso que te acaba de llegar es justamente lo que estabas buscando. Y tendrás que tomar muchas decisiones. Todos tenemos veinticuatro horas y debemos repartirlas entre nuestra vida espiritual, emocional y profesional. Si quieres ser emprendedor, debes saber desde ya que, al principio, tendrás que dedicarle muchas horas a tu trabajo. Yo, por ejemplo, hace tres años decidí dedicarle más tiempo a mi parte profesional y estoy seguro de que por ello he logrado lo que he logrado. Sé que no soy el emprendedor “más top” de todos, pero como un buen futbolista, puedo jugar dentro de la liga de los grandes profesionales. Lo entendí y sé que puedo hacer cosas impactantes para ciertas comunidades. Como dicen, del cuero salen las correas.

Como ya sabes, dedico parte de mi tiempo a ver documentales, a escuchar pódcast y a leer sobre emprendimiento y sobre cómo el mundo está cambiando. Ahora estoy oyendo un pódcast que se llama Empréndete. ¡Es buenísimo! Lo hacen unos jóvenes colombianos que entrevistan emprendedores y es muy chévere porque entre todos los participantes no hay uno que no recomiende todo lo que vas a aprender en este libro: tener foco, paciencia, hacer una cosa a la vez y administrar bien tus recursos. Si las personas del común se demoran cuatro horas haciendo una tarea, hazla en ocho para aprender a hacerla mejor y más rápido, y cuando estés dedicándole más tiempo a tus tareas, úsalo inteligentemente, para que veas que realmente estás avanzando.

En este pódcast también mencionan una idea que yo repito siempre: el emprendedor es un líder y generalmente sale adelante con alguien más. Suena romántico, pero la vida te pone a esas personas en el camino. A mí me puso a Ami Rodríguez y a Sebastián Silva —los primeros con quienes firmé—, y a otros jóvenes y maravillosos talentos con quienes trabajo en la actualidad, gracias a quienes hoy sumamos entre todos una audiencia de 160 millones de seguidores en las redes sociales. ¡Esto es más que la audiencia de Caracol y RCN reunidos!, ¡más que la de Tv Azteca y Telemundo juntas! Mis talentos son Ami Rodríguez, Sebastián Silva, Sofía Castro, Amara, Javier Ramírez, Yolo, Panda, Mariana, Daniel Samper Ospina, Nando, Cracks, Titanes, Carolina Manrique y Runa.

Llegué a este punto porque intuí dónde estaba el negocio y cómo sería en el futuro, porque no por empezar una empresa de camisetas y presentarse como CEO de camisetas.com se es emprendedor. Es como si yo dijera que soy un jugador de hockey profesional. Sí, yo jugué y sé jugar, pero nunca llegué a ser profesional.

Continuemos con el ejemplo del CEO de camisetas.com. Cuando el negocio cumpla unos años y haya pasado por muchas experiencias, entonces él podrá decir que es un emprendedor. Pero si su negocio cumplió ocho años de vida, pero la verdad el dueño lo tiene para poder llegar a trabajar a la hora que quiera y pasar más tiempo con sus amigos, cuenta con el dinero justo para vivir y no progresa cada día, no es un buen emprendimiento; OJO: a menos que eso lo haga feliz. El verdadero emprendedor siempre busca y encuentra la forma de innovar y de solucionar problemas, mira cómo está la competencia y procura diferenciarse. Rompe el molde y crea sus propios paradigmas.

Yo creé los míos con el influencer marketing o marketing de influencia, tema que te explicaré más adelante. Ahora, cuando muchas personas ya están subidas en este bus, estoy buscando cómo innovar y cómo anticiparme al futuro, porque la tecnología crece exponencialmente y el mundo cambia cada vez más rápido. Para no quedarte atrás, tendrás que dedicarle parte de tus veinticuatro horas del día a aprender sobre las nuevas tendencias y los avances. Yo tengo claro que la biotecnología, la nanotecnología, la inteligencia artificial, la realidad virtual y la realidad aumentada, entre muchos otros conocimientos, dominarán el mañana, pero este será el tema que desarrollaré en el último capítulo de este libro: hacia dónde creo yo que va el mundo y dónde visualizo que estarán los negocios del futuro.

Por ahora te puedo decir que es necesario saber para dónde va el mundo porque así no te quedarás nunca por fuera de la fiesta y podrás hacer algo como lo que yo lo hice: logré organizar la mía y llenarla de invitados. ¡Bienvenido a Rómpela!