Los hermanos

Él se comportó siempre como si la muerte existiera. No dejó nada para mañana. Ni siquiera en los tiempos en que vivía aún su madre, cuando algo poderoso lo ataba irremediablemente a Berlín como una montaña magnética, dejó de hacer sus excursiones a Silesia y al Rhin, de descender a las minas, de estudiar las rocas basálticas, los musgos, de situar las estrellas sobre los pinos formidables. Entre esos signos que formaban las constelaciones aprendió temprano a ver los Gemelos, los Peces y la Balanza, el cinturón del Cazador, el Escorpión y el Cangrejo, pero también veía el dibujo de su propio destino, el del viajero sin descanso, una avidez más insomne que ese arco que allá arriba quería flechar a los mundos.

Qué extraño que alguien como él sintiera que el tiempo era escaso. Aunque Alexander era dos años menor, su madre, que llevaba el intranquilo apellido Colomb en su sangre, advirtió temprano que había dado a luz a unos gemelos míticos de esos que desde el comienzo se dividen el mundo: para mí la tierra, para ti el cielo, para mí los nombres, para ti las cosas, para mí lo visible, para ti lo invisible, para mí el techo, para ti la intemperie. «Sé que no habrá manera de impedir que se vayan, porque el mundo los llama, pero por ahora hay que traer el mundo a la casa». Y desde temprano desfilaron por Tegel los botánicos y los físicos, los geólogos y los astrónomos, los geómetras, los juristas, los lingüistas y los historiadores. La casa se llenaba de piedras y de ranas, de prismas y de brújulas, de diccionarios, de mapas y de caleidoscopios.

«Esta piedra la recogí en Renania, mira este anillo negro con rayas de azufre, mira los siglos de fuego que hay guardados en ella, el hierro en la lutita, las estrías de basalto, el recuerdo de los torrentes de lava».

Pero ella no podía ignorar que en cada piedra había un volcán llamando, que cada musgo era el mensajero de un bosque, que cada palabra como cada hombre tenía su pasado, que cada mapa era una tentación. Y cuanto más los maestros querían detenerlos con axiomas y ecuaciones, con corolarios y conjugaciones, más soñaba Alexander con caballos y con barcos, con huracanes y con playas salvajes, porque un astrolabio necesita un abismo y un cianómetro necesita muchas clases de azules.

El grave consejero Humboldt había muerto temprano y la madre había administrado el mundo con eficacia y con sabiduría, cortando cada día esas alas para que los pichones no echaran a volar antes de tiempo; pero cuando Dios dispuso que ella muriera y los muchachos entraron en posesión de su herencia, la montaña magnética se esfumó y las montañas verdaderas erizaron el mundo.

Hay jóvenes a los que una canción estremece; a Wilhelm lo estremecía el sonido de una palabra persa o tuareg, aunque ignorara su sentido, y a Alexander lo desvelaba el recuerdo de las formas de una hoja, el fuego de esa heliconia que solo había visto en los dibujos de una viajera holandesa. Un escarabajo negro de triple cuerno le contaba más historias que un libro egipcio, y podía soñar con un wómbat australiano perdido en las montañas de la Luna. A la edad en que los muchachos se están preguntando si les gusta más Luisa o Elena, Alexander se preguntaba si lo atraían más los musgos o las piedras, los vientos o las corrientes marinas, una abeja atrapada en la miel de una orquídea o una caverna llena de murciélagos. Y Wilhelm no sabía si le gustaba más la palabra orquídea o la palabra murciélago, el sonido de seda de los pétalos o el terciopelo de las alas membranosas.

Cuando Zeus se transformó en un cisne y abrazándola con sus alas poseyó a la ninfa en el lago, en uno de los huevos que ella puso venían un par de niñas, Helena y Clitemnestra, una divina y otra humana, y en el otro un par de niños, Cástor y Pólux, el uno mortal y el otro inmortal. Una era la belleza, que solo existe para los demás, y la otra el sentido práctico, que siempre sobrevive. Pero todos, los dioses y los humanos, ignoramos nuestro destino, y los dos hermanos griegos que se adoraban y que eran inseparables no sabían que el uno estaba destinado a morir y el otro a vivir para siempre. Un dios que no puede hacer algo es, como dice el poeta, una cruel fantasía, y el padre de aquellos muchachos sufría de tener que contarles que un día tendrían que separarse, porque la muerte es más poderosa que los dioses. Ellos urdieron sin embargo una coartada amorosa y melancólica, consiguieron que su padre les permitiera trocar sus eternidades, de modo que un tiempo el uno estaba sepultado en la tierra y el otro vivo en el cielo, en el tiempo siguiente el otro bajaba a la muerte y el uno subía a las estrellas, y por un instante, cada tantos siglos, podían abrazarse cuando intercambiaban su suerte.

Alexander niño se preguntaba si ese iba a ser su destino con su hermano, y ya no le importaba cuál de los dos estaba destinado a durar, porque la eternidad podía compartirse, pero trataba de aprovechar los momentos que pasaban juntos y de escribirle a Wilhelm largas cartas cuando se separaban, porque seguramente las horas estaban contadas, y la intensidad de los encuentros tenía que ser más grande que su duración. A los que más amamos nunca los tenemos lo suficiente, y a menudo nos toca amar a otros en su nombre. Como nunca podía atrapar a su hermano, que andaba siempre en otro mundo, trataba de encontrarlo en los amigos que le iba dando la vida, y los quería con desesperación. Aunque no era capaz de encadenarse a las muchachas, porque era esclavo de su libertad, cuando uno de sus más queridos amigos murió, quiso casarse con la viuda, como por protegerla de aquella pérdida, pero ella lo redimió de ese deber. Él, por devoción, le habría entregado la vida, pero ella sabía que la misión de él era otra, y era más absorbente que un sacerdocio.

Estaba hecho para la soledad, pero las amistades apasionadas eran su consuelo, y muchos poetas posteriores supieron expresar el tipo de pasión que unía a este joven con la naturaleza. Sin duda, Rimbaud cuando dijo:

Y yo iré lejos, lejos, como un bohemio errante,

feliz por la naturaleza como si fuera con una mujer.

O Paul-Jean Toulet, que habla así con una cordillera:

De una amistad apasionada

Tú me hablas todavía,

Azur, decorados aéreos,

Montaña pirenaica.

En donde me engañó tan tiernamente

Esa ardorosa ingenua,

Que mentía, aunque estuviese desnuda,

Sin ni siquiera enrojecer.

Mientras que tú, recinto sublime,

Eres color del tiempo:

Nieve en marzo, rosas de primavera,

Agosto, sombrío jacinto.

Aunque se habían dividido el mundo, a partir de cierto momento aprendieron a compartir sus vocaciones, no solo por el placer de compartirlas sino porque la rosa necesita de su nombre, el arado de su estrella y la clasificación del mundo del lenguaje. Mientras Mutis observaba en Mariquita las plantas vivas, era necesario que en Upsala Linneo estableciera las taxonomías y las genealogías vegetales. Y qué agonía la de esas plantas buscando por el Atlántico sus nombres latinos, y qué agonía la de esas palabras buscando por el Caribe sus realidades precisas, y qué esfuerzo el de Alexander por descubrir la planta que las contiene todas, y qué desvelo el de Wilhelm por descubrir la lengua que las contiene todas, y qué trabajo el del correo de ultramar por llevar esas cartas a sus destinatarios por ríos de caimanes y mares de filibusteros y fronteras de ejércitos enemigos, y qué trabajo el de Dios por hacer coincidir los caminos de estos dos hermanos que nunca estaban en el mismo mundo.

Pondré mi oído en la piedra hasta que hable

La madre

Pero mientras Wilhelm, que tenía más claro su rumbo, recibía sus lecciones de filosofía, de administración, de lenguas y de jurisprudencia, Alexander escapaba por los bosques de pinos de Tegel y por la arena de sus dunas, y volvía a rellenar los estantes de guijarros y semillas, de criaturas y flores raras, de pedazos de ramas que parecían esculturas grotescas y amuletos. «Yo de niño quería tener un mapa tan grande que se pudiera caminar sobre él, y hasta me dije: de qué sirve tener un telescopio si no te permite tocar la estrella».

La madre no confiaba tanto en el destino de este pequeño, enfermizo pero obstinado, rebelde pero lleno de atisbos geniales, en el que los visitantes creían ver un travieso malvado, aunque para los maestros toda conducta incontrolable cabía en las pautas de Rousseau. Los campos vecinos, que eran un alivio frente a los opresivos salones llenos de deberes, ya le hablaban al muchacho de las tierras y los mares distantes que tantos aventureros empezaban a explorar.

En Tegel había mucha ciencia pero poca ternura, había más pedagogía que amor, y fue una suerte que Wilhelm y Alexander conocieran en ese Berlín de mercaderes y militares el círculo artístico e intelectual de Marcus Herz, un médico que era capaz de demostrar en su propio patio las propiedades del pararrayos de Franklin. En el salón de aquel judío reinaba una muchacha exquisita, su esposa Henriette, la joven más bella, ingeniosa y graciosa que los hermanos hubieran visto, y así llegó a sus vidas la magia femenina que nunca habían conocido en casa.

Esa bella diosa de su adolescencia tal vez no alcanzó a traerle a Alexander la clave del amor ni el secreto de la sensualidad, pero le trajo ingenio y alegría; fue él finalmente quien le enseñó a ella a bailar el menuet, y dieron en la costumbre de escribirse cartas en inglés cuando querían que ella las exhibiera y en hebreo cuando eran confidencias secretas. «Los alemanes están demasiado arraigados y sienten que no pueden moverse. Aquí, en Berlín, solo los judíos son divertidos, porque saben bromear y corren el riesgo de equivocarse».

Nunca más, tuvo Alexander una amistad femenina como aquella. Después los hermanos intentaron una vida universitaria más formal en Frankfurt del Oder, pero esa existencia escolar entre nobles provincianos de Pomerania solo duró seis meses, porque los dos estudiantes sabían ya más que sus maestros y había más libros en su casa que en toda la provincia.

Cada día se notaban más sus inclinaciones distintas: Wilhelm, que estaba enamorado de Henriette, era prometedor como jurista y adelantado en el estudio de las lenguas, en tanto que Alexander encontró una pasión que ya no lo abandonaría, la de unas amistades masculinas fervientes y abnegadas, y empezó a escribir incesantes cartas a un joven estudiante de teología, Wegener, en las que le juraba un amor eterno y fraternal.

Más tarde, su maestro Willdenow le transmitió de tal manera su pasión por las plantas, que fue como internarse en un universo de revelaciones fantásticas; desde entonces los grandes árboles de los bosques germanos lo mismo que las oscuras y húmedas grutas llenas de musgos y hongos y toda clase de plantas criptógamas llenaron su curiosidad. Sintió que la intensa vida de los vegetales aparentemente inactivos sería su refugio frente a las tentaciones del tiempo, y en ese momento apareció en el horizonte otro hombre que moldearía su destino: Georg Forster, descendiente de escoceses, quien a los diez años realizó una expedición al Volga acompañando a su padre, a los trece tradujo al alemán una notable Historia de Rusia, y a los diecisiete se enroló en la celebrada vuelta al mundo del capitán James Cook.

En esa travesía, Forster había estudiado con respeto las sociedades de los mares del sur, pudo explorar la isla de Pascua y después entregó a los lectores un libro laborioso sobre la flora de Australia: ¿cómo no iba a caer rendido Alexander ante el hombre que venía a darle forma a la arcilla llena de chispas que había en su ser? Forster era un personaje a la vez fascinante y tortuosos al que la historia atrapó más tarde en sus remolinos, envolviéndolo en una nube oscura, como la hoja en la tormenta, pero hoy podemos medirlo por su sombra, porque lo que hizo Alexander fue llevar a una dimensión mitológica el impulso vital que su amigo le había contagiado.

Contando historias de su viaje fantástico, Forster se llevó al muchacho de veinte años a conocer el mar, lo arrastró a un periplo revelador por el Rhin hasta Holanda y Bélgica, y lo llevó después a Inglaterra, haciendo despertar sin proponérselo aquello que Alexander sería para siempre: un observador obstinado que no descuidaba detalle, en quien dialogaban el arte y la naturaleza, las flores y las costumbres, la piedra y las estrellas; que buscaba el rigor de la historia y la verdad de la mitología, que atendía por igual a las maniobras de la política y a las fuerzas de la economía, el hormigueo de los ejércitos y las migraciones de los pájaros.

Hasta el final de su vida, Alexander recordaría aquel viaje al lado de un observador del mundo del que Goethe llegó a decir que era el mejor compañero de viajes posible. Forster amaba el arte, le enseñó al joven a apreciar la arquitectura gótica, que muchos ilustrados repudiaban por considerarla irracional y sombría, y fue la primera persona a la que Alexander le oyó hablar de un paisaje romántico. Alemania empezaba a sentir de un modo nuevo, fascinante y complejo, la sombra de los siglos sepultados, la nostalgia de Roma.

En Inglaterra lo hizo conocer al principal asistente de Cook en su expedición, sir Joseph Banks, que tenía la versatilidad de un actor y la temeridad de un corsario, y que sustentaba, con el herbario más grande de Europa, la biblioteca de botánica más notable de su tiempo. El muchacho ya no supo diferenciar entre el aprendizaje y la pasión de vivir: con todo su rigor y su sacrificio, el estudio y el placer podían ser la misma cosa. Con Forster sentía a la vez fascinación e impaciencia, porque era un hombre impredecible y vanidoso, pero nada como aquel viaje le reveló a Alexander lo intolerable de su encierro en la casa materna y le mostró que un reino inmenso lo estaba esperando. «Me preguntas por qué permitió mi madre que me fuera con Forster a Holanda y a Inglaterra: creo que tiene miedo de que demasiadas restricciones me hagan escapar para siempre, así que no me suelta, pero alarga el hilo».

De regreso, en 1790, los dos pasaron por París entre los tumultos de la revolución. El contacto con esas multitudes callejeras armadas de ideales urgentes los sorprendió como una selva nueva, y Forster vivió una metamorfosis: se entregó por completo a la causa revolucionaria, hasta terminar participando en la formación de la breve República de Maguncia, al calor de la invasión de los franceses. Esto avivó contra él el odio de los nacionalistas, y Alexander vio cómo su maestro admirado, que con tantas hazañas, audacias y creaciones solo tenía treinta y cinco años, se veía obligado a refugiarse en París y en la pobreza, y tres años después se derrumbaba en silencio.

También eso lo puso en conflicto para siempre con las urgencias de la actualidad: prefirió la serenidad de la naturaleza a las pasiones de la vida social, pero, aunque quiso poner toda el alma en las preguntas del mundo natural, a menudo alcanzaban su costado los fogonazos de la historia.

Le bastó entrar a la Escuela de Minas de Friburgo para volverse el alumno más destacado; todo dejaba de ser una ciencia ajena y se convertía en una pasión personal. Su madre quería que se limitara a la Escuela de Comercio, pero él estudiaba comercio a la luz del día y geología y botánica en la oscuridad de las minas, de modo que, a pesar del celo de Elizabeth por impedir que volara demasiado lejos, Alexander se iba volviendo una celebridad no más por la impresión que causaba en los especialistas de todos los temas.

Forster había admirado enseguida su pasión por la geografía; Willdenow, su dedicación a las plantas. Bajaba a las grutas como Novalis, y salía de las minas profundas con el metal de nuevos pensamientos. Pronto desarrolló un sistema original de escritura caligráfica para usar en la química y la física, y se interesó por el magnetismo terrestre después de descubrir una roca serpentina que tenía una polaridad inversa a la de la Tierra.

No se conformaba con aplicar electricidad a las plantas o a las ranas muertas, también la experimentaba en su propio cuerpo. Quería entender qué parte de nuestro ser se debe a la electricidad y al magnetismo, quería saber si el peso es algo pasivo o dinámico, de qué manera la energía mueve nuestros músculos, y era tema de continuas especulaciones si los colores están en las cosas o en los ojos, si el sonido está en la campana o en el cerebro, si el espacio que vemos está afuera o adentro de nuestra conciencia.

Un día despertó en su castillo de Tegel y le pareció como si su cuerpo no tuviera peso. Ocurrió dos años antes de que su madre muriera, pero por una vez sintió que casi nada lo ataba a Berlín. Pensó que su hermano estaba en Jena, la colmena de la nueva filosofía, y que pronto sería necesario hacer ensillar su caballo y emprender un viaje para visitarlo. Aunque vivía enfrascado en sus estudios de lenguas y costumbres, de gramática y derecho, Wilhelm se relacionaba muy fácilmente con nobles y con funcionarios, tenía una activísima vida social y era diplomático, algo que para Alexander era más difícil, porque a pesar de su belleza física y su gracia verbal, de su erudición y su magnetismo, era tan activo, se interesaba por tantas cosas a la vez, que para algunos parecía un poco loco, un potro inquieto picado por avispas, y si algo lo protegía del éxito burocrático y del destino diplomático, que se fundan en la hipocresía y en los eufemismos, era su lenguaje directo, su franqueza inaudita, una agudeza verbal que siempre era burlona y que podía ser hiriente.

Nadie llega a los noventa años si se guarda demasiadas cosas en el corazón, si almacena rencores o si demora decisiones, y Alexander vivía como si estuviera a punto de morir, todo tenía que hacerlo ya, todo lo respondía enseguida, y no refrenaba la lengua. Así que no estaba rodeado como Wilhelm de centenares de admiradores, solo tenía los amigos que quería tener, y aunque todas las puertas se abrían para él, pocas personas en realidad lo cautivaban y siempre por razones precisas. No ciertamente por su prestigio, sino por su conocimiento, por su talento y, sin duda, por su saber real; por eso, para él era tan importante hablar con el director del Jardín de Plantas de París como con un pescador del Orinoco o con un boga del Magdalena, porque tenían un saber verdadero que nadie podía disputarles.

Pondré mi oído en la piedra hasta que hable

Los dos soles

Cuando Wilhelm supo que su hermano venía a visitarlo, le preparó una sorpresa: invitó al consejero Goethe para que lo conociera. Ahora no sabemos para quién fue el regalo: si para el muchacho de veinticinco años que quería saberlo todo, o para ese caballero veinte años mayor, que mucho antes de que el joven naciera ya estaba empeñado en construir la leyenda del hombre que quiso saberlo todo y que vendió su alma para conseguirlo. Lo cierto es que Goethe cabalgó desde Weimar esos veinticuatro kilómetros para hablar con los hermanos (e invitó al poeta Schiller al encuentro).

Nadie sabe dónde se encontró Cervantes con el lector delirante que le inspiró a Alonso Quijano, ni dónde vio Shakespeare al muchacho enlutado y vengativo que lo llevó a inventar al príncipe Hamlet, pero Goethe debió de sentir casi pánico cuando vio convertido en un ser real al Fausto con el que había estado soñando por años y que aún no terminaba de escribir.

Goethe, tan pedagogo, comprendió que no tendría ocasión de enseñarle nada a este muchacho que pasaba de la teoría del sistema de Kant a la precisión de las flores de Rubens, de las rocas de Silesia a la Virgen de las rocas de Leonardo, de los jeroglíficos a la posibilidad de que la naturaleza sea un alfabeto, y de la influencia de las flores en la arquitectura a la discusión sobre si el Tequendama era la cascada más alta de todas. Sin embargo, aquellos días aprendió más Alexander, o se trocaron los destinos, porque Goethe era un artista que quería ser científico y Alexander se convirtió en un geólogo y físico y botánico que quería ser artista. En ese encuentro, que se repitió más tarde, Wilhelm y Schiller parecían escuchar desde otra parte, desde la danza abstracta de las ideas o la preocupación puntillosa por las formas, porque el hermano mayor siempre estaba asombrado con la vitalidad de Alexander y sus incesantes metamorfosis, y Schiller, que le tenía pavor a la desproporción, necesitaba hacer caber la tempestad en un vaso de plata.

Pero a Goethe, que ya empezaba a querer para sí el reposo, lo embrujó aquella fuerza torrencial, como solo lo embrujaría tiempo después la visita del joven Byron, que también le pareció endemoniado. Algo estaba pasando con los jóvenes. ¿Sería la tempestad política al otro lado del Rhin lo que despertaba esas turbulencias en la nueva generación? Lo admirable es que tanta pasión no disminuía el rigor de este muchacho, que hacía parecer momias a los sabios en sus gabinetes, a los eruditos en sus bibliotecas y a los estudiosos en sus laboratorios. Lo que más se sentía allí de Minerva eran las alas en los talones, y hubo más agua que vino en la mesa, y la visita, antes que añadirle experiencias a Humboldt, le quitó años a Goethe.

Cuando dos años después se vieron de nuevo, ya les interesó menos conversar o exhibir sus erudiciones o exponer teorías que hacer experimentos juntos, y hasta en una sala de disección escudriñaron en unos cadáveres fulminados los efectos del rayo. Goethe fue más Fausto que nunca en adelante, y Alexander vivió el efecto de aquellos encuentros a lo largo de toda su vida, igual si miraba los mapas o las estrellas, un leño viajero varado en una playa, el agua que la rotación de la Tierra hace desbordarse en un río, el diseño flexible del caparazón de un armadillo o las agonías de un pintor exprimiendo pétalos para obtener en sus tintas un matiz preciso del añil o el magenta.

Hay que brindar con vino el día en que un artista se interesa por la ciencia, pero hay que brindar con agua el día en que un científico se vuelve poeta. Y aquella sed de aventura se parecía a la desesperación: no tenía nada que ver con la moderación, con las lentas maduraciones, la música estaba dejando de ser danza para volverse fuga. Por alguna razón, aquel muchacho que iba a vivir noventa años sentía que el tiempo era escaso, y aunque cada vez lograba exponer el tema completo, siempre tenía un pie en el estribo: algo se lo estaba llevando sin fin.

Para entender bien quién es un hombre no basta mirarlo, hay que mirar el mundo al que pertenece y hay que mirar su época. Como todos los jóvenes privilegiados y vigorosos de aquella edad, en la Alemania de los principados, siempre haciéndose y siempre deshaciéndose, Alexander tuvo primero la tentación de ser un soldado, porque eso había sido antes su padre, pero fue el padre quien se opuso. Después quisieron destinarlo a las finanzas, pero del mismo modo que la teoría lo movía a la acción y los mapas lo llevaban a buscar los caballos y los navíos, así el deber de las armas o la codicia de los bancos lo desplazaba más bien hacia la contemplación, y desarmar un máuser o llevar un libro de cuentas nunca le habría causado tanto placer como diseccionar una planta o estudiar el efecto de una descarga eléctrica en las ancas muertas de una rana.

En tiempos de guerra también el que se queda quieto está tomando partido, y el que huye de su patria a veces solo está buscando una patria más grande. Goethe era un maestro en eso: luchar con las palabras mejor que con las tropas, convertir las pasiones en escenas de títeres, cambiar las ceremonias del poder por herbarios y colecciones de piedras era otra forma del valor y del heroísmo. Alexander esquivó su destino prusiano y buscó peligros distintos: mientras la revolución devoraba a Europa, él prefería estudiar las tempestades, y mientras toda su generación se fundía en las trincheras, él saltaría por la cresta de los volcanes.

Ahora a su hermano lo habían nombrado embajador en Italia, y Alexander vio en ello la posibilidad de ir a abrazar a quien más quería —su madre acababa de morir, y sus deberes con Tegel habían cesado—, e incluso de ir más allá y asomarse a sus más antiguas obsesiones. En verdad desde niño nada lo inquietaba tanto como los volcanes, esos poros inflamados de la piel que revelan los fuegos secretos: solo por ellos sabemos que el interior de la tierra es un magma incandescente, que la frescura de la superficie se debe apenas al frío del abismo estrellado, que el sol que entibia la superficie es una de las fuentes de nuestra vida pero que la otra hay que buscarla en el fuego de las profundidades. Toda la salud y la belleza exterior se cuecen en los hornos internos, y es apasionante pensar que hay un sol de adentro y un sol de afuera.

¿Por qué son más ardientes los valles que las montañas? No todo depende de la cercanía del Sol. Una tradición confusa decía que la piedra supuestamente inerte era hija del fuego, que las plantas eran hijas del agua, que los animales multiformes eran hermanos del viento y que el ser humano era tierra emancipada en espíritu, pero el muchacho había leído lo suficiente a Kant para saber que esos reinos no están tan separados, que el alimento y la salud de los animales está en los vegetales, que el alimento y la salud de los vegetales está en los minerales, y que tal vez lo que llamamos vida es la manifestación más evidente de una vida más honda, que está en la piedra y en el agua, en el fuego y en el aire, en la gravitación de los planetas y en el mensaje de los meteoros.

Pensando en esas cosas cabalgó hacia el sur, quería explorar los volcanes de Italia, el Etna, el Estrómboli y el Vesubio. Logró recorrer la ruta de Viena a Salzburgo y alcanzó a ver en la distancia las cumbres de los Alpes tiroleses, pero fue justo entonces cuando Napoleón enfrentó a los austriacos en Rivoli, cuando a la sombra de las cumbres blancas cargó con los contingentes franceses contra los ordenados regimientos de Austria, y con un poco de locura y una carga de lanceros suicidas se apoderó del Piamonte. Entonces Alexander comprendió algo de su mundo europeo: atrás estarían los volcanes, pero adelante estaban las guerras.

Haber entrado en posesión de su herencia era entrar en posesión de su libertad. Y esa libertad que era el propósito final de la aventura de los muchachos franceses, para Alexander era solo el punto de partida de su aventura. Ya estaba decidido que viajaría lejos de Berlín, lejos de Prusia y, de ser posible, lejos de Europa.

Pondré mi oído en la piedra hasta que hable

Las puertas

Ese sueño de lejanías estaba en él desde siempre, pero era más fácil concebirlo que ejecutarlo. No basta ser rico y sabio y tener influencias cuando el mundo está en poder de las furias. Perdida la esperanza de los volcanes de Italia, pensó que sería más fácil y seguro formar parte de la expedición que se proyectaba al Alto Egipto: navegar hasta Alejandría, remontar el Nilo, visitar Menfis y Tebas Hekatómpylos, comprobar en Luxor la existencia de los palacios subterráneos de los reyes.

Pero con Alexander siempre ocurre que los obstáculos exteriores eran como el reflejo de un obstáculo interno. El estudio de los templos muertos, de las tumbas sepultadas y de los faraones resecos no tenía por qué excitar a un observador tan apasionado de la vida y de sus manifestaciones, así que no me extraña que este viaje también fracasara, con su proyecto final de volver a Alejandría (donde muchachos nubios desnudos se sumergen temprano en el mar para ver el palacio ahogado de Cleopatra) y zarpar finalmente rumbo a Siria y a Palestina.

Ese viaje se habría tropezado otra vez con Napoleón, a quien habían propuesto en Francia, tratando de borrarlo del horizonte político, invadir Egipto, y quien aprovechó la ocasión para llevar la caravana de sabios que despertó a un mundo dormido. Aquella aventura de tropas agobiadas por el calor y por la sed, los avances contra los sables torcidos de los mamelucos, las batallas en las que todos los ejércitos, derrotados por la arena, cantaban victoria, habrían impedido o de todos modos eclipsado las investigaciones del muchacho, y más tarde Alexander pudo agradecer que la historia, con 400 barcos de guerra y 40.000 soldados, y con el propio Napoleón a la cabeza, lleno de estrategias secretas, le hubiera cerrado ese camino.

Solo una vez lamentó más tarde no haber formado parte de aquella expedición, y fue cuando se enteró, ya al final de su viaje, en Filadelfia, de que el mismo día en que él estaba tocando las costas venezolanas, para deslumbrarse con un planeta distinto, los franceses en las arenas de Egipto estaban encontrando la piedra de Rosetta.

Apareció algo más tentador: el capitán Baudin se proponía circunnavegar el globo, y el gobierno revolucionario ya había emitido la carta autorizando la empresa. Iba a orillar las costas meridionales de América, doblar por la Tierra del Fuego, navegar ante la costa del Pacífico hasta el reino de Quito y el istmo de Panamá, para atravesar el océano hasta Madagascar y volver a casa por el cabo de Buena Esperanza. Esto se parecía más a sus sueños, Baudin no ignoraba el valor de incluir un sabio joven y ya célebre en su expedición, y Alexander se apresuró a llegar a París, donde empezaban los preparativos.

Así conoció a Michaux, uno de los naturalistas convidados al viaje, y así conoció a Aimé Bonpland, de quien no se iba a separar en los años siguientes. No siempre hay motivos para agradecer que vayamos por una cosa y volvamos con otra, pero en este caso la ganancia fue grande: Bonpland era anatomista, nada sería tan útil como llevar un médico a bordo, y sobre todo era una enciclopedia de botánica, con la mirada más sutil para reconocer las plantas y situarlas en el árbol madre de las especies. Con su maestro Willdenow, Alexander había sentido aquella pasión compartida, pero conocer a Bonpland fue como si, todavía sin salir de Europa, ya se hubiera encontrado un continente. Le bastó hablar con él para saber que aquel hombre era un inspirado y casi un poseído: uno terminaba extrañándose de que sus fibras no fueran vegetales, de que no corriera savia por sus venas.

¡Qué importaba ahora que la expedición estuviera en peligro! Cuando después de una de sus largas y apasionantes conversaciones sobre taxonomía, un titular de la prensa vespertina les reveló que las hostilidades con Alemania y con Italia habían llevado al gobierno francés a retirar los fondos asignados para la expedición, que se aplazó indefinidamente, ya la alianza entre Alexander y Bonpland estaba decidida, y toda contrariedad se sobrelleva mejor cuando se tiene con quién compartirla. No faltarían proyectos ni rutas: para vivir la experiencia de países distantes, Alexander estaba dispuesto a gastar la mitad de su fortuna, y no hay que extrañarse de que al final se la haya gastado entera.

Con sus maestros de geología, de botánica, de física, de astronomía, con Zöllner, con Heim, con Reitenmeier, había aprendido a observar, a medir, a asociar y a clasificar; y también aprendió que muchos estudiosos se limitan a entender el mundo, pero les hace falta sentirlo. Estudiaban las piedras lejos de las minas, las plantas lejos de los bosques, el espacio en los mapas; tenían en alta estima el lenguaje y la mente, pero descuidaban lo que el cuerpo puede llegar a conocer.

No aprende lo mismo un científico encerrado en su gabinete que un hombre asomándose por el cráter de los volcanes, arriesgándose por ríos torrenciales, descifrando los vientos desde la cubierta de un barco, padeciendo el riesgo de los naufragios, desafiando el vértigo de los peñascos sobre el lomo de las mulas equilibristas, afrontando borrascas en la intemperie y enjambres de mosquitos que oscurecen el aire. También se aprende la realidad viendo hileras de esclavos que se calcinan bajo el sol despiadado, visitando furtivas casas de placer en una ciudad de las montañas o temblando de amor en la penumbra de un cuarto, en la tibieza de unos brazos desnudos.

Seguían en París cuando Skjöldebrand, cónsul de Suecia, pasó rumbo a Marsella llevando presentes de la corte escandinava para el rey de Argel. El hombre descomunal de pequeña barba roja, ojos de acero y proyectos incesantes era muy apreciado por el trono argelino, porque sus dioses nórdicos lo habían hecho nacer en el norte de África: cada año llenaba de peregrinos un barco rumbo a La Meca, y al pasar le prometió a Alexander un pasaporte para que pudiera explorar a su antojo el monte Atlas. Otro barco de pasajeros piadosos lo llevaría más tarde hasta Egipto. Fue una gran tentación: todavía ningún sabio europeo había explorado la cordillera litoral africana, y en ese tiempo proyectaba reunirse en Egipto un concilio de naturalistas que recibirían con aprecio los informes del explorador.

Wilhelm estaba en Francia. Los dos hermanos se abrazaron largamente, porque en aquellos días, así como era tan difícil partir, nadie sabía con certeza si volvería, ni cuándo, ni cómo. Apenas había logrado Alexander desprenderse de ese abrazo cuando tuvo que convencer a Bonpland, de repente indeciso, de que viajara con él, y ambos corrieron a embarcarse en Marsella, porque la fragata sueca que los llevaría lejos de Europa iba a zarpar a finales de octubre.

«Aimé, no dudes más en emprender el viaje. Si a los árboles les hubieran dado piernas, vendrían a buscarnos».

Subían cada día a la montaña de Nuestra Señora de los Guardias, miraban ansiosos la llanura marina, y mientras se preguntaban cómo se habría formado el Mediterráneo aislando y reuniendo los mares menores en los cataclismos de los días primeros, saludaban con emoción cada vela que aparecía en el horizonte. Pero aquel fue el cuarto de los viajes frustrados, porque la fragata había sido averiada por una tempestad en aguas portuguesas y estaba entrando apenas en la bahía de Cádiz, donde no podrían repararla hasta la primavera.

Lo que uno debe preguntarse cuando se van cerrando tercamente las puertas es cuál será la puerta distinta que está a punto de abrirse. Una cosa es huir y otra cosa es buscar. Vagando por el puerto encontraron un barco que se disponía a zarpar de Marsella rumbo a Túnez. Como partía al día siguiente, acordaron un precio y solo le exigieron al capitán que el camarote, utilizado siempre para guardar animales de sacrificio, fuera mínimamente acondicionado para los huéspedes. La exigencia hizo que el viaje se aplazara por un día, y en el transcurso de ese día llegó la noticia de que Túnez había entrado en conflicto con Francia: a todos los viajeros procedentes de puertos franceses los esperaba ahora un calabozo africano.

Alexander dijo un día que cuando a uno le cierran tanto las puertas pequeñas es porque le están preparando la puerta grande, pero no lo creía. Eran parte de una generación heroica, no ignoraban en qué tiempo vivían, no los desanimaban las dificultades. Si Italia era intransitable, si los barcos franceses podían zarpar pero no podían arrimar a puerto seguro, si África estaba cerrada como una muralla, solo podían mirar al occidente, por donde se filtraba una estría de luz, y decidieron pasar el invierno en España.

La abeja que naufraga en un charco de miel y resbala por las paredes internas de la flor sin alcanzar la salida no sabe que el camino de escape, difícil de advertir, es el túnel donde están los estambres llenos de polen que debe llevar en su vuelo. El destino, que les cerraba las puertas, terminó haciendo que solo un viaje fuera posible.

Pondré mi oído en la piedra hasta que hable

La llave

No quiso recorrer la tierra española sin trazar un diagrama comprensible de la composición de sus suelos; cada paso era de mediciones y de ángulos, lo mismo los peñascos de Montserrat que la catedral de Barcelona debían quedar fijos en sus coordenadas geográficas.

A veces nos parece ver en este hombre tan ilustrado y tan moderno un orden muy antiguo, el de los constructores de Toulouse, que trazaron la ciudad, si les creemos a los cátaros, siguiendo el dibujo de las constelaciones, o el de esos artífices de las ciudades aztecas que ordenaban derribar un templo si su disposición no se ajustaba a la posición del sol o al plano de los astros. Por muy concentrado que estuviera en la aldea vivía en el mundo, y sabía que para muchas cosas es indispensable la precisión, porque un error en el dibujo de una costa por no haber usado bien el astrolabio puede ser causa de un naufragio, y si en la literatura es bello e intrigante que una isla no aparezca donde se la espera, en nuestras navegaciones preferimos llegar sin sorpresas a la costa deseada. Entrar en España fue para Alexander iniciarse ya en esas regiones distantes de las que la Corona era dueña.

Solo en el perfil de la península española, que trazó en los primeros meses de 1799, quedó determinado por fin el carácter de la meseta castellana; pero la observación de la naturaleza, el dibujo del suelo y los mapas de la vegetación no impidieron que al mismo tiempo entrara en contacto con los sabios y los poderes y se trazara también un diagrama de la sociedad española.

Encontró en Aranjuez al embajador de Sajonia, el barón Phillipe de Forell, quien lo introdujo en la corte y le presentó a Mariano de Urquijo, uno de esos jóvenes ilustrados que brotaron bajo el influjo de Carlos III, el rey extraño que sacó de alguna parte su pasión por la naturaleza, su respeto por la ciencia, su amor por la historia, su inclinación a escuchar lo que cuentan los mosaicos de las iglesias viejas y los mármoles de las ciudades enterradas.

Los jóvenes se asfixiaban en el aire cerrado del absolutismo y en los inciensos del clero, y soñaban con que entraran en España el raudal de la Ilustración, el rumor de la Enciclopedia. Eran cómplices de las aventuras y rebeliones de Malaspina, lectores de las novelas licenciosas de Mirabeau, y oían detrás de los Pirineos los truenos de la insurrección.

Urquijo era amigo de un manejo nacional de los asuntos de la Iglesia, Urquijo había vivido la libertad de la monarquía constitucional inglesa, Urquijo había traducido a Voltaire, Urquijo veneraba las luces de Carlos III, pero le tocó ser ministro del indeciso Carlos IV, que cada día daba un paso atrás en las reformas de su padre y veía la Revolución francesa como una novela de terror.

Pero qué suerte que aquella corte espantada con la Ilustración tuviera a su pesar un ministro ilustrado, porque en marzo de 1799, gracias a Mariano de Urquijo, se abrieron para Alexander con las puertas de la casa real las puertas del Imperio colonial español. El pasaporte les daba a los viajeros la posibilidad de recorrer un continente que no parecía haber sido estudiado todavía por nadie.

Muchos lo habían explorado: Bernal Díaz del Castillo vio los altares de sangre de Tenochtitlan, los mercados y las barcas de flores; Fernández de Oviedo conoció el Caribe y el golfo de agua dulce de Santa María la Antigua del Darién; Jiménez de Quesada había visto los caimanes del Magdalena y el oro de los zipas; Juan de Castellanos pudo ver la enfermedad de la perla y la plaga de los tigres; Cieza de León tocó con las manos perplejas las descomunales piedras ensambladas del inca; Ercilla vivió las guerras de Arauco, y Francisco Hernández alcanzó a vislumbrar, aunque su labor en gran medida se perdería, las riquezas y los saberes que aún estaban por explorar. Había dibujos misteriosos en los peñascos de los ríos, tambores y cantos en las selvas, los indios convertían en relatos las tempestades, y quedaban memorias de códices y de mitologías, pero nadie había intentado abarcarlo todo: esas praderas de chigüiros, esas selvas, esos truenos de hormigas, esos delfines de río, jaguares, anacondas, esmeraldas en el buche de las gallinas, flechas húmedas de muerte, animales de oro, demonios de piedra, cuchillos de jade, pueblos innumerables, eran un conjunto tan vasto, tan hondo y tan diverso, que no cabía en una mirada, en una idea, en un conjuro.

Ahora este barón berlinés que se exaltaba ante un trozo de obsidiana, se estremecía con una bromelia y se extasiaba ante el color extremo de las buganvilias estaba a punto de recibir un regalo inaudito: no apenas un mundo, sino tal vez el único que permitía formarse una idea de la totalidad.

Era la primera vez que un documento hecho por humanos y firmado por burócratas lo conmovía como si estuviera viendo las profundidades del mar o las lunas de Júpiter. Sentado en su habitación, más tarde, miraba el pasaporte como un milagro. Aquel documento solemne era la llave, y Alexander estaba decidido a cambiar las puertas de su querido palacio de Tegel, las cenizas de sus padres, sus recuerdos de infancia, por este regalo impredecible.

Pero al hijo mimado de un siglo lleno de luces y de una ciencia experimental más que refinada no le iban a bastar sus dos ojos, sus dos manos, su cuerpo de treinta años ni sus muchos sentidos. «Los viajes nos dan órganos nuevos para captar la realidad», escribió. Nuevos matices de la luz acaso permitieran ver otras cosas, la lengua paladearía sabores desconocidos, vientos distintos traerían sus aromas, la profusión y la prolijidad de los reinos aportarían matices al pensamiento, pero había objetos preciosos que podían afinar esas percepciones.

Fausto quería verlo todo, nombrarlo todo, medir, pesar, calibrar, condensar, dejar cada hallazgo reconocido por el saber de su tiempo, clasificado y situado, y para ello no bastaban sus conocimientos ni los catálogos de su amigo. A lo largo de los caminos, en la cubierta de los barcos, apilados en las canoas, altos sobre el lomo de las mulas en los peñascos, iba a llevar embalados en cofres de madera los más precisos instrumentos que su época podía ofrecer, y de hecho Alexander gastó una fortuna en esos objetos que resumían el refinamiento de su siglo.

Dicen que en Cumaná los veían como hechiceros, dicen que en Cajamarca las gentes creían que adoraban la Luna. Para unos eran traficantes, para otros eran brujos: aquella expedición que cruzó el continente fue para los testigos una caravana fantástica o más bien extravagante, una feria de artefactos desconocidos, instrumentos de metal y madera y cristales de diseños tan sinuosos y laberínticos como las flores que iban a estudiar, tan llenos de resortes secretos como las estrellas que iban a situar.

Como ejemplo, aquí tenemos un reloj de longitudes de Ferdinand Berthoud, el relojero de la Ilustración que midió la aceleración de las revoluciones y los sueños de los últimos reyes. Una pieza de acero con engranajes espirales que no deja escapar ni una fracción del tiempo, que mide las distancias marinas en total equilibrio, sin dejarse alterar por los saltos de la marejada ni por los bandazos del viento; un mecanismo de precisión con discos diferentes para medir las horas, los minutos y los segundos, capaz de avanzar sobre el mar inestable midiendo las distancias como si estuviera en suelo firme, capaz de corregir las rutas y redibujar los mapas con una exactitud desconocida hasta entonces.

Prolongaciones y perfeccionamientos de la vista, del brazo, del pulso y de la mente, hábiles para medir la intensidad de los colores, la limpieza del cielo, la velocidad de los vientos, la declinación de las estrellas, la temperatura de las aguas profundas, la relación con el horizonte, el magnetismo y la humedad. A Alexander le encantaba hasta la música de sus nombres: un medio cronómetro de Seyffert, un anteojo acromático de Dollond, un anteojo de Caroché, un sextante de Ramsden, un sextante de tabaquera de Throughton, un círculo repetidor de reflexión de Le Noir, un teodolito de Hurter, un horizonte artificial, un cuadrante de Bird, un grafómetro, una brújula de inclinación de doce pulgadas de diámetro, una aguja de doce pulgadas con sus pínulas, un magnetómetro de Saussure, un péndulo invariable, dos barómetros con tubos de mercurio, termómetros de Paul, de Ramsden, de Megnié y de Fortín, eudiómetros, hidrómetros, electrómetros, aerómetros, microscopios, patrones métricos, cadenas de agrimensor, balanzas de ensayo, vasos para medir la evaporación de los líquidos, pequeñas botellas de Leyden, aparatos galvánicos, reactivos químicos, y útiles, y piezas para reparar los instrumentos averiados.

Pondré mi oído en la piedra hasta que hable

El muchacho de las flores

En una de sus visitas a la corte con Mariano de Urquijo, vio en un salón con pinturas el retrato de un niño. El cabello rubio caía en rizos cubriendo su espalda, el rostro era rosado y sonriente, los ojos eran azules, y más azul, demasiado tal vez, la casaca con alamares de oro. A Alexander le pareció verse a sí mismo todavía atrapado en la casa materna, porque el muchacho tenía una flor blanca en la mano derecha y miraba una flor azul pintada en un libro. Reconoció el estilo de esos pintores barrocos donde las figuras humanas tienen quietud de mármoles, pero las cosas están llenas de vida: las sillas se retuercen, los bordados palpitan, las cortinas ondulan como fantásticas criaturas que sufren.

El niño del cuadro era Carlos III, el padre del rey que ahora los recibía. El artista Jean Ranc, que vino de París a pintar a la familia real, advirtió que a ese niño nada le interesaba más que las plantas. La familia era muy singular pero el padre era una cosa rarísima: un rey que no quería serlo; un hombre débil, inseguro, inestable, acaso demasiado humano para el oficio que le marcó el destino. Con semejante padre, el niño creció sin ambición por las coronas, soñaba vivir en la naturaleza, y a Alexander le interesó tanto aquella historia, que dedicó unas horas a investigar la vida de Carlos III: sintió que le ayudaría a entender a España. Y tuvo mucho que contarle a Bonpland en sus caminatas por Madrid.

«El muchacho comprendió que hay en la naturaleza una claridad y una fidelidad a las leyes que la hacen más previsible que los hombres y mucho más confiable que los reyes. Pensamos que estos tienen el poder de hacer lo que quieran, pero al chico el poder le impedía su destino, y lo atrapó en un laberinto del que casi no logra escapar, porque hay cosas que les están permitidas hasta a los mendigos, pero les están negadas a los príncipes. No pudo dedicar su vida a los jardines, a estudiar las raíces que beben vida, los tallos que buscan el aire, las hojas que se alimentan de luz. Y eso, que fue malo para él, fue bueno para España y ha terminado siendo bueno para nosotros. Lo atrapaban la corona de su padre y el linaje de su madre: la corona buscaba unas sienes donde posarse, pero el viejo rey no la quería; su hijo mayor, que la recibió en herencia, murió apenas coronado; el otro heredero también murió enseguida, así que al final solo quedaba el muchacho de las flores, y tuvo que resignarse al poder.

»En cuanto a la madre, Isabel Farnesio, era una italiana exuberante. Muchos la admiraban por su gracia y su espíritu, aunque otros dijeron que era la lujuria misma, que era intrigante y ambiciosa, y que detrás de ese rostro, marcado por la viruela que la afectó en la infancia, había una criatura que no se detenía ante nada. Venía de un linaje peligroso que tenía el ardor volcánico de Sicilia, sangre fogosa de Palermo y de Nápoles.

»Aunque parezcan espléndidos, hay algo triste en los destinos que vienen trazados. El muchacho de las flores se convirtió en rey en Italia, ocupó el trono de las Dos Sicilias, y el pasado florecía en sus manos. Por esos días aparecieron entre las hierbas las ruinas de Pompeya y Herculano, y gracias al interés de este rey por la historia se pudo ver una escena completa de lo que había sido Roma antes de la erupción del Vesubio. Más tarde, unos obreros que cavaban construyendo una vía en el sur encontraron las ruinas de Paestum».

A pesar de las dificultades, era más fácil viajar lejos de Europa y de sus cortes que entender esa necesidad de Alexander de ver y estudiar otros mundos. La exploración de lo desconocido era también una respuesta a todo lo que estaba ocurriendo en su tierra: porque hasta los príncipes sentían que algo estaba muriendo y que algo germinaba, que crecía un conflicto entre la humanidad y los poderes que la sometían.

Un orden fatigado del que casi nadie podía evadirse. Alexander llevaba mucho tiempo sintiendo que las costumbres lo ataban, las tradiciones lo ahogaban, los oficios eran como una celda en torno: que nadie podría vivir un destino original si no escapaba del nudo de las repeticiones y de la tiranía del hábito. Y si hasta los sabios estaban atrapados, qué se puede decir de aquel príncipe lleno de curiosidad al que le llovían los reinos, que más tarde heredó la corona española, y que antes de llegar a España, siendo todavía rey de las Dos Sicilias, se dejó arrastrar por el delirio mayor de su época, la locura versallesca, y levantó un palacio desmesurado.

Alexander leyó una tarde entera la descripción del Palacio Real de Caserta, cautivado por aquella tentación de infinito. Ni a él le alcanzaría el tiempo para dedicarles siquiera una mirada justa a los 117 peldaños de la Scala Regia, a la balaustrada de mármol donde dos leones flanquean el acceso a una perspectiva de vestíbulos en distintos tonos de mármol o a la bóveda inspirada en Paladio, para no hablar de lo demás: «Tobas de San Nicolás, cal de San Lucio, puzolana de Bácoli, azulejos de Capúa, hierro de Follónica, mármoles grises de Mondragón y abundante mármol de Carrara». ¿Y qué decir de las mil doscientas habitaciones, de las galerías, las plazas, los pórticos? Era tan arduo de abarcar como aquel otro desvarío: el Palacio de Versalles, con sus jardines, sus patios, sus habitaciones, sus comedores, sus alas, sus fuentes, su salón de los espejos, sus jarrones de oro, sus bronces de animales, sus vasos de múrice, sus bustos, sus molduras, sus grotescas figuras de esmeraldas y de ágata.

Habían nacido en el esplendor de la civilización, en su abundancia y su refinamiento, pero también en la vecindad del hastío. Este era el orbe de los príncipes, y los príncipes estaban a punto de enloquecer: porque si eran sensibles y lúcidos no podían no advertir todo lo que estaba mal en el tejido del tiempo. Un enjambre de fantasmas con pelucas y tacones de nácar se alimentaba de la carne de los vivientes; su frivolidad y su amaneramiento contrastaban con el hambre y la pena, con la miseria en que vivían las gentes.

Porque la historia misma de Alexander no se entendería sin arrojar una mirada sobre esas construcciones fantásticas de Carlos, rey de las Dos Sicilias, y de su modelo hiperbólico, Luis XIV de Francia: sin esas galerías luminosas de frisos y de perspectivas, delirio de unos reyes multiplicado en enormes espejos. Nada como esa selva de mármoles puede explicar lo que se estaba desencadenando a finales del siglo XVIII, cuando las muchedumbres entendieron que, sobre su postración y su derrota, un desorden opulento cambiaba los gritos de la carne machacada en jarrones de alabastro, geométricos jardines y parodias grotescas.

El leviatán se había hinchado tanto que estaba a punto de estallar, la naturaleza gemía bajo la toga de mármol y la tiranía de la escuadra. Las pieles no se bañaban sino que se raspaban con espátulas, corrían piojos debajo de las pelucas empolvadas, los reyes bostezaban, los consejeros intrigaban, las fiestas cada vez más dementes solo buscaban aliviar el aburrimiento. Esos palacios cuestan sangre, y es bajo el esplendor de los Versalles donde germinan las revoluciones.

Era urgente volver a sentir el mundo, estremecerse más ante el diseño de una flor que ante las galerías de un palacio, preferir la impudicia de la vida a esas comparsas de trajes de seda. El rey de las Dos Sicilias terminó llevando su palacio a rendirse a los pies del paisaje, porque hasta los príncipes intuían que lo más digno de admiración no es lo que brota de nuestras manos sino lo que no sabemos hacer: el agua que se abre camino entre peñascos, la selva donde hierven la vida y la muerte, la gruta que arroja sus murciélagos, los pájaros que cantan su inmortalidad sobre esos viejos reyes que mueren de gota y de hartazgo. Y cuando por fin nos hastiamos de simetrías humanas, volvemos a mirar desconcertados el cielo y sus galaxias.