ANTONIO
Cuando sonó el teléfono era una hora opaca de invierno en Nueva York, muy temprano. A esa hora solo llaman borrachos que se equivocan de número o familiares a dar malas noticias. Quise que fuera lo primero, pero era Eva, mi hermana:
—Toño, me da pesar tener que llamarte para esto, pero mi mamá amaneció muerta en La Oculta. Pilar dijo que anoche, después de comer, había dicho que no se sentía bien. Claro que últimamente, tú sabes, ella nunca se sentía bien después de comer. Todo le caía mal. Así que se acostó. Pero esta mañana Pilar se levantó muy temprano, a ver cómo seguía, y la encontró muerta en la cama.
—Ya salgo para el aeropuerto y llego en el primer vuelo que encuentre —le dije.
Sentí un pesar profundo, como una nube espesa y gris en todo el cuerpo. Un dolor en el pecho y en la garganta, y la ola de tristeza subía hasta los ojos, incontenible. ¿Cuántos años tenía mi mamá? Decía que 88, pero se quitaba uno. En realidad tenía 89. A los 25 años, cuando en su casa la acosaban para que se casara, quitarse ese año tenía algún sentido. Después no, después cada vez menos, y a los 89, hasta a ella le daba risa seguírselo quitando. Me sentí culpable por no haberla llamado esa semana. La buscaba los jueves por Skype, casi siempre. Se sabía que todas las mañanas de los jueves ella prendía Skype para esperar mi llamada. Jon salió del baño y al ver mi cara, me preguntó qué pasaba. No preguntó con palabras, sus ojos y sus manos preguntaron.
—Se murió Anita.
—Si quieres te acompaño a Medellín —dijo. Se sentó a mi lado y me puso su mano grande, suave, en la espalda. Nos quedamos un rato así, juntos, en silencio. Al fin le contesté:
—No, tranquilo, esta vez voy yo solo. —Tenía un taco en la garganta. Tragué saliva—. Es mejor que te concentres en la exposición. Mis hermanas entienden que no vayas.
Todo esto lo dije en inglés, porque con Jon hablo en inglés. Nos quedamos sentados un rato en la cama, en silencio y cogidos de la mano, sabiendo que las palabras estorbaban. Al fin me levanté y fui a mirar los últimos correos de mi mamá. El último era amoroso y concreto como siempre: Cruce de cuentas, decía en el asunto.
“Mi amor: he tratado de comunicarme contigo, pero ha estado cerrado el foquito verde. Solo quería decirte que con uno de tus cheques pagué ayer tu parte del impuesto predial de La Oculta. También consigné en la cuenta de Pilar $816.000 que te corresponden para Próspero y la cuota de sostenimiento de la finca. Todavía quedan en mi poder tres cheques de los firmados por ti, guardados donde sabemos. En nuestro cruce de cuentas hay un saldo a mi favor de $2.413.818 que no tengo afán de cobrar hasta mi próxima tarjeta de crédito, en abril. Hoy estuve donde el doctor Correa y me encontró bastante bien. Por el momento no tengo el menor interés en morirme, aunque a veces estoy triste y desanimada con la situación de Eva. La semana pasada me dijo que finalmente iba a dejar a Santiago, el viudo Caicedo, tú sabes, con el que ya llevaba saliendo casi cuatro años. Por un lado me alegré, pues la diferencia de edad es demasiada, de casi veinte años, y con él ella no tendría ninguna compañía en la vejez. Pero por otro lado me da pesar porque ella se veía contenta desde que estaba con él. Tú me dijiste que cuando fueron a pasear a Nueva York el año pasado, pese a la diferencia de edad y a la silla de ruedas, Eva se veía dichosa. Y en Navidades estaban contentos, tú mismo los viste, así que fue una sorpresa. Cuando ella se separa es siempre un salto al vacío, se deprime, y nunca sabemos con qué nos va a salir. El viudo Caicedo, a pesar de lo viejo, me parecía querido, aunque a veces la gente decía que más parecía esposo mío que amigo de Eva. Ay. Eso fue lo que dijo Pilar en la última Nochebuena, y Eva la oyó diciéndomelo. Le dolió mucho. Pilar no es la prudencia andando que digamos. Bueno, lo que me preocupa más es que a veces me parece que a Eva nadie le sirve, pero al mismo tiempo no le gusta estar sola. Dejemos ahí este tema, que me entristece mucho. Lo que más me anima es la ilusión de verte en Semana Santa. Creo que tu venida me curará de todos los males. Saludes a Jon. Te mando un beso y el amor de siempre,
Ana”
Todas las cartas de mi mamá eran así, prácticas y cariñosas al mismo tiempo: las cuentas claras, y cosas de la vida de ella, de las hijas o los nietos. Ella manejaba mis cuentas colombianas, casi todas relacionadas con la finca. Tenía casi noventa años, pero estaba más lúcida que mis hermanas y yo. Llevar mis cuentas en Colombia la mantenía incluso más alerta. En otros correos me hablaba de la posible venta de una parte de La Oculta para pagar los daños que había hecho un vendaval, por la caída de un árbol sobre los tanques de agua potable. Ella no estaba de acuerdo con que se vendiera más tierra, porque al paso que íbamos quedaríamos solo con la casa y rodeados de extraños, pero al mismo tiempo no estaba dispuesta a tener que asumir esos gastos, pues no podía quedarse sin ahorros para los últimos años de su vida. El problema era que Eva, como ya solo iba a la finca en Navidades, porque seguía resentida con lo que le había pasado allá hacía tanto tiempo, no quería poner ni un centavo más para reparaciones y a duras penas ponía la cuota fija para impuestos, servicios y sueldos. Prefería venderla. Pero venderla, para Pilar, sería como la muerte.
Yo tampoco quería vender la finca, así viviera en Estados Unidos la mayor parte del año. Colombia, para mí, era mi mamá, mis hermanas y La Oculta. Ahora Anita se había muerto, y con ella un pedazo enorme de mi vida. Lo raro es que se hubiera muerto en la finca y no en Medellín, donde vivía. Aunque si lo pensaba bien, tenía mucho sentido que se hubiera muerto en La Oculta al amanecer de un domingo. Pensando en mi mamá, en su muerte, me di cuenta de que nunca habríamos podido conservar la finca —que nos había llegado por herencia del lado de la familia de mi padre— si no hubiera sido por ella. A pesar de que mi mamá no tenía ningún apego familiar a esa tierra, había sido ella la que había vendido su propio apartamento para poder conservarla cuando estuvimos a punto de venderla, poco después de la muerte de mi papá, de Cobo; era ella la que se había gastado parte de las ganancias de la panadería para hacer mejoras y reparaciones en la casa; era ella la que nos reunía a todos en La Oculta, en diciembre, con esa manera al mismo tiempo dulce y firme que tenía de hacer las cosas. Nos invitaba a todos, mercaba para todos, cocinaba para todos, y en esas semanas juntos, los hijos y los nietos girábamos a su alrededor como planetas de un sol tibio y benigno, irresistible. Así ella no fuera dueña de La Oculta, porque Cobo nos la había dejado de herencia a los hijos y no a ella, la finca era inseparable de ella, y ahora casi impensable sin su presencia. Sin mi mamá viva, sin su alegría, sus recetas, sus mercados, ir a la finca ya no volvería a ser nunca lo mismo. Alguien tendría que asumir su papel, Eva o Pilar, pero no estaba seguro de que ellas lo quisieran hacer. Yo nunca tendría tanta alegría, tanta energía ni tanto amor como para asumir ese rol de unir y reunir a toda la familia.
Jon me acompañó al aeropuerto y me ayudó a buscar la mejor conexión. El vuelo directo a Medellín ya había salido, así que tuve que viajar por Panamá. Como las manos me temblaban y casi ni podía hablar en inglés, él hacía todo, amorosamente. También pagó todo con su tarjeta y me acompañó hasta el momento en que debía pasar el control de rayos-X. Nos abrazamos largo, con una ternura que yo necesitaba; le dejé húmedo el hombro de la camisa. En la sala de espera me puse a buscar en los archivos del portátil fotos viejas de mi mamá. Las fotos de su juventud, en las que se veía bonita y sonriente, llena de vida, con todo su futuro por delante. Encontré una en la que me tenía a mí, de un año, en los brazos, y los dos sonreíamos y nos mirábamos enamorados y felices. La puse en Facebook, que es donde ahora se hacen los anuncios, los duelos y las visitas de pésame, y mientras escribía algunas frases sobre ella, con dedos temblorosos, las gotas que me rodaban por las mejillas caían en el teclado. No sé si me miraban en la sala de espera, porque no me importaba. Al poco rato mis amigos empezaron a dejar mensajes de condolencias, algunos muy bonitos, y a escribir viejos recuerdos de Anita, como le decíamos todos a mi mamá, empezando por mí: Ana, Anita.
Logré llegar ese mismo día por la noche a Medellín. Mientras esperaba el equipaje noté que los zapatos no me salían con los pantalones y cuando llegó la maleta me cambié de zapatos en el baño. Mi mamá muerta y yo pensando en esas bobadas, me dijo la conciencia, pero no podía evitarlo, soy así. Benjamín, el hijo de Eva, estaba aguardándome a la salida, en el aeropuerto. Estaba hermoso y triste, mi sobrino menor, y nos abrazamos. Desde ahí nos esperaban todavía casi cuatro horas de camino hasta La Oculta. Pilar ya había organizado para que hubiera una misa en el pueblo, Jericó, al otro día. A Anita la estaban velando en la finca. Benjamín me contó que su mamá se había ido para allá esa misma mañana, después de llamarme. Que la tía Pilar había estado arreglando a la abuela, que un médico había firmado el certificado de defunción y que el cura de Palermo había bajado a bendecirla.
Pilar siempre había arreglado a todos los muertos de la familia. Hacía dos o tres años la tía Ester, la hermana de mi papá, se había muerto también en La Oculta y era como si la finca se estuviera convirtiendo en un sitio para morirse. La tía Ester tenía una insuficiencia renal grave, pero estaba muy vieja y a esa edad ya no se hacen trasplantes, así que estuvo en diálisis como cuatro años, pero su salud se fue deteriorando cada vez más hasta que había dicho que no quería más diálisis ni más tratamientos y que quería irse a morir en La Oculta. Pilar la recibió en la finca, contenta de tenerla allá porque Ester era su tía preferida y le gustaba poder cuidarla. Pusieron una cama de enfermo en el mismo viejo cuarto que había sido de ella cuando estaba soltera, y contrataron una enfermera para que pasara las noches con ella. Los hijos de la tía Ester iban desde Medellín de vez en cuando a visitar a su madre y a darle las gracias a Pilar por encargarse de ella. La tía Ester se fue apagando poco a poco —cada vez más débil, más pálida y más flaca, frágil como un pajarito— y al final empezaron a darle morfina. Cuando perdió el conocimiento y se veía que estaba sufriendo porque se quejaba mucho, Pilar hizo salir a la enfermera del cuarto, la mandó a calentar un caldo en la cocina, cogió una jeringa y le puso a la tía una dosis mucho más grande de morfina, como cinco ampolletas seguidas, me dijo a mí en secreto, y la tía Ester se apagó serenamente, tan relajada que hasta a su cuerpo se le olvidó respirar. Después Pilar llamó a los hijos de la tía Ester, les dijo que su madre se había muerto tranquila, y se puso a arreglarla para que la encontraran presentable cuando fueran por ella.
Pilar arregla muertos desde cuando tenía 21 años. Mi papá, que era médico, le enseñó de qué manera hay que preparar a alguien cuando se muere, para no tener sorpresas desagradables antes del entierro. En medio del dolor, y sobreponiéndose a él, hay que superar el fastidio y la impresión, para que la vida, o mejor dicho la muerte, sea un poco menos insoportable o un poco más llevadera. Pilar es la mayor y ser la hija mayor tiene ventajas y desventajas. Hay responsabilidades con las que nadie más es capaz de cargar porque los otros hermanos son muy jóvenes. Pilar no se amilana ante ninguna dificultad; ella pasa por encima de lo que sea, sin rendirse nunca. Nada le da asco, nada le da vergüenza, nada le da miedo. Cuando hay algo casi imposible de resolver, en la casa pensamos: si no lo resuelve Pilar, no lo resuelve nadie.
Los muertos no hablan, los muertos no sienten, a los muertos no les importa que los vean desnudos, pálidos, demacrados, en el peor momento de su vida, por decirlo así. O quizá haya un momento aún peor, bajo tierra, o en el horno crematorio, pero ese ya casi nunca, por fortuna, lo tenemos que ver. Pilar tiene un trato íntimo y cariñoso con los muertos; ella lo hace como si a ellos de verdad les importara, como si les doliera que los vieran tan feos. Ella no arregla a nadie que no sea de la familia, o por lo menos muy cercano. Arregla tan bien a los muertos (los deja tan presentables, casi como si estuvieran vivos) que uno de los hijos de la tía Ester, Arturo, un empresario exitoso, al ver a su madre muerta, tan bien arregladita, casi tan agradable de mirar por última vez, le propuso a mi hermana que montaran juntos un negocio (él se ofreció a poner el capital, mi hermana aportaría la mano de obra) de recomponer a los muertos. Mi hermana no quiso. Le dijo que para ella eso era casi como arreglar a un bebé cuando nace, porque también los bebés nacen horribles, y aunque ellos tampoco se den cuenta hay que limpiarlos, acicalarlos, peinarlos, vestirlos, para que el papá y la mamá y los abuelos, cuando los vean, se llenen de ternura. La primera y la última mirada son muy importantes, dice Pilar, y así como la madre quiere ver bien a su hijo por primera vez, así también el hijo quiere ver bien a su madre por última vez, y por eso ella lo hace.
En toda familia, tarde o temprano, alguien es derrotado definitivamente. Cuando eso pasa en la mía, Pilar siempre está ahí y hace lo que debe, pero no por dinero. Arregló a los abuelos, a algunos tíos, a su suegra, a mi papá cuando se le explotó el corazón de tanto sufrir por Lucas, su nieto mayor, a los hijos de amigas íntimas. Ahora lo estaba haciendo o lo había hecho ya con Anita. No sabemos bien qué es lo que hace. Sé que usa algodones, velas y gasas para tapar algunos orificios. Según ella, la muerte es compasiva con la cara porque las personas se hinchan un poco al morir, y eso borra muchas arrugas, lo que es muy bueno, y lo único que impresiona es la lividez, y por eso lo primero que debe hacerse es reponerles el color. Hay que usar bases según el color del cutis, rubores, pintalabios, polvos, pestañinas, inyecciones, para devolverle a la piel cierta vitalidad. Ella es una maquilladora experta y desde muy pequeña se encargaba de peinar a mi mamá para las fiestas, así que en asuntos de peluquería y estética facial tiene experiencia. Siempre que arregla a alguien mira fotos del muerto y hace que se parezca a su rostro, ojalá un poco más joven. Cuando voy de Nueva York a Medellín siempre le llevo de regalo cosméticos, tijeritas y pinzas que le voy escogiendo; es lo que más le gusta que le lleve, aunque esta vez no había tenido tiempo de comprarle nada, apenas un par de pintalabios que había conseguido baratos la semana anterior, uno rojo bermejo y otro fucsia tiránico, según decía el empaque. Le llevaba también la noticia de que ahora, muerta mi mamá, nos había llegado el turno de morir a nosotros. Una noticia que Pilar ya sabía porque al llegar nos dijo que ella, desde el amanecer, había sentido que la verdadera vejez le había caído de repente desde el mismo momento en que había visto que mi mamá no respiraba.
Cuando llegamos a La Oculta, lo primero que hice fue ir al cuarto de Anita. Tenía la cara dulce y firme que siempre tuvo; esa rara mezcla de belleza con carácter. La belleza estaba en los rasgos de la cara, en la forma de los huesos o de la nariz —porque uno distingue ecos de la belleza aun en la vejez— y el carácter en algunas arrugas, que son como la memoria de los gestos de toda una vida. Pilar le había puesto un vestido rojo bordado, muy bonito, que yo le había llevado de México una vez y la hacía ver alegre, a pesar de todo. El rojo era el color que mejor le sentaba. Pilar contó que en la madrugada la había despertado un aguacero y había aprovechado para asomarse al cuarto de Anita. La quietud y el silencio le dieron mala espina, hasta que prendió la luz y se dio cuenta de que estaba muerta. Mi ola de tristeza creció, al imaginar ese instante, pero abrazado a mis hermanas me sentí mejor. Pudimos conversar toda la noche al lado de su cuerpo, tomando tinto, rezando avemarías y padrenuestros, que cuando se repiten mucho con el mismo ritmo, dan una especie de calma. Todos mis sobrinos, los nietos de mi mamá, fueron llegando, con hijos y esposas y esposos, y La Oculta se fue llenando como si fuera diciembre, aunque un diciembre triste, en marzo. Cuando yo me muera, quisiera que Jon pudiera asomarse a la tapa del ataúd, y mirarme, y hablarme, sin asco y sin miedo, detrás del vidrio. En Estados Unidos esto lo hacen las empresas de pompas fúnebres. Si me muriera en La Oculta, que es lo que todos queremos en la familia, quisiera que Pilar me arreglara.
Mi mamá estaba acostada en su cama de siempre, la que había compartido con mi papá, la que antes había sido del abuelo Josué y la abuelita Miriam. El cuarto estaba tal como le gustaba a mi mamá. Desde que se había muerto Cobo, Anita no había permitido que lo tocaran. En el armario seguía la ropa de él, al lado izquierdo, y la de ella en el ala derecha: las camisas blancas, el sombrero aguadeño, las botas de montar a caballo, las zapatillas para ir al chorro de la quebrada, las bermudas, las piyamas, las medias. Ropa vieja, la que uno usa en el campo y está tan ajada que no sirve siquiera para dejársela de herencia a los campesinos. Un viejo cuadro de los abuelos paternos, cuarentones. Fotos de la familia: la primera comunión de los hijos, la foto del matrimonio, viejas instantáneas de cuando vivían en Bogotá y, enmarcado encima de la cama, el soneto imperfecto que mi papá le había escrito a La Oculta y que se titulaba con el mismo nombre de la finca:
Las camas duras, los colchones malos,
pero al amparo de la noche oscura,
los invitados duermen sin premura,
acostados en lechos, como palos.
Al despertar, dolor en la cintura,
calmado por dos huevos amarillos
que doña Berta trae en los platillos,
servidos con un gusto, que ni al cura.
Luego a leer, tendidos en la hamaca,
esperando la suerte tan verraca
de un almuerzo con yucas y gallina.
Un bañito a las tres en la quebrada,
por la noche una buena frisolada,
y a escuchar el roncar de la vecina.
Roncaban Cobo y Anita, mi papá y mi mamá, como en un contrapunto desentonado, pero ya nunca más volverían a roncar. Los ronquidos son una música estentórea, desagradable, y todos se burlan de los que roncamos porque es un signo de vejez, pero al menos indican que seguimos respirando, y a mí en ese momento me dio tristeza que mi papá llevara años sin roncar, y que, aunque mi mamá no pareciera tan muerta, gracias a los arreglos de Pilar, ya el suyo fuera un sueño sin aire y sin ronquidos. Añoraba sus ronquidos como añoraba su respiración. Eva le dijo a Pilar que ella quería ahora ser la dueña del cuarto de los papás, y que por favor no cambiara nada, no moviera nada. Que no botara la ropa, que no cambiara las fotos, que no sacara los libros, que no pusiera otras colchas ni otro colchón, que no remplazara la lámpara ni la mesita de noche, que no cambiara los azulejos del baño, que no vaciara los armarios ni quitara de la pared el poema de mi papá. Le hizo la lista completa y casi con rabia, para que entendiera. Pilar la miró abriendo mucho los ojos, porque ella detesta ese romanticismo de guardar cachivaches y vejestorios, y era una de las pocas cosas por las que peleaba con mi mamá. “Mami, ¿cuándo será que te decides a regalarle a Próspero las camisas de mi papá?”, le decía siempre que venía. Y Anita simplemente respondía, con su voz tierna y segura: “Déjame mis cositas, Pilar, que a mí me gusta así. Ya harás con ellas lo que quieras, cuando yo falte”. Pilar podía decidirlo todo en la finca, y mandar casi siempre, pero en el cuarto de Cobo y Anita no podía mandar. Por eso, Eva quiso que de ahí en adelante ese fuera el cuarto de ella, su reino privado, el único lugar de La Oculta donde podía mandar alguien que no fuera Pilar.
Hay oficios raros en esta vida. Y uno de los más raros y difíciles es el oficio de hija mayor. Sobre todo cuando este implica labores como dejar visible a un muerto. Al fin y al cabo en todas las familias, poco a poco, la gente se va yendo. Estas cosas ya no se hacen en la casa, tampoco en Medellín, ni siquiera en Jericó, donde queda La Oculta. No sé por qué, pero creo que en esos tanatorios no lo tratan a uno, después de muerto, con mucho respeto ni con mucho cariño. No sé por qué, pero los que se dedican a esto como un oficio lucrativo me parecen personas con una cierta deformación en la personalidad. Quizá me equivoque. Habrá quien diga que un cuerpo muerto ya es solo una carcasa, una ropa sin dueño, que no siente, y ya no importa siquiera si te maltratan. Pero no es cierto: si uno piensa en la persona que más quiere, muerta, y luego piensa que maltratan su cuerpo inerte, que lo tratan con brusquedad y que se burlan, hay una molestia, y duele. Sea como sea, cuando hay alguien de la familia que lo sabe hacer, me parece mejor, más sabio, más amoroso, y preferible, acudir a ella. A Pilar ni siquiera hay que decírselo. Ella lo hace, y punto. Y para la amortajadora, a la larga, un oficio tan duro debe tener una recompensa secreta. Toda dificultad, a las personas que son capaces de cosas así, les parece fácil de superar. A Pilar nada le parece muy difícil. En realidad, solo la muerte la derrota. Pero entonces, todavía, hace algo más, lo único que puede hacerse, lo que hace la vida más llevadera: nos entrega a nuestros muertos, por última vez, de un modo aceptable. Por ella podemos despedirnos de ellos sin llevarnos como última imagen el más triste y horrendo de los recuerdos. Gracias a ella puedo decir que la última vez que vi a Anita, a mi mamá, no me impresioné, y el último recuerdo que tengo de su cara es como de una persona casi viva, o incluso con algo mejor que los vivos: la tranquilidad sin más preocupaciones, la paz de verse serena y sin angustias, gracias a la última semblanza que Pilar ayudó a darle.
EVA
Yo volví a La Oculta solo por darle gusto a mi mamá y después de varios años sin ir, y solo porque ella decidió recuperar una vieja costumbre de la familia: pasar la Navidad todos juntos en la finca. En realidad, todos tuvimos que dejar de ir varios años; primero por la guerrilla, que robaba, secuestraba y mataba, y después por los paramilitares, que extorsionaban, robaban y mataban. Cuando las cosas más o menos se normalizaron, porque el Estado volvió a ser el único que podía matar, Pilar empezó a volver, y le dio la fiebre de reconstruir la casa, de reparar las partes que se habían quemado, de dejarla como antes, incluso mejor que antes. Hasta que después de un tiempo resolvió irse a vivir allá, con Alberto, que acababa de jubilarse, y entonces mi mamá empezó otra vez con el cuento de que teníamos que pasar las vacaciones de Navidad todos juntos en La Oculta. Ojalá también las de Semana Santa, insistía, pero si no por lo menos las de Navidad. Mi mamá tenía una teoría, y había vivido siempre de acuerdo con ella, y es que los viejos tienen que comprar la compañía. Una vez la oí cómo se la decía por teléfono a la tía Mona, su hermana:
—Mira, Mona, yo sé que los viejos tenemos que pagar para no estar solos, pero esa es la plata mejor gastada del mundo. Por eso no podemos darles en vida la herencia a los hijos, sino írsela soltando de a poquitos, para no quedarnos íngrimas y arrinconadas en un asilo.
Mi mamá nos invitaba a todos y por eso en diciembre siempre venía Toño de Nueva York, con Jon o sin Jon, y casi siempre también en Semana Santa, o de sorpresa, en cualquier momento del año, cuando se cansaba de vivir en Harlem. Si no nos juntamos siquiera dos o tres veces al año, decía mi mamá, entonces dejamos de estar unidos, de querernos y de ser una familia. Para que no hubiera ninguna disculpa, mi mamá se encargaba de comprar el mercado y de pagar los gastos de los hijos y los nietos: la comida, el vino, las muchachas del servicio. Empezaba desde junio a planear lo que ella llamaba “la temporada”, e iba a todas las promociones que había para ir comprando baratas las cosas para la Navidad: las latas, el jabón, el papel higiénico, las conservas de arvejas, palmitos o alcachofas, las cosas que duran. El trago no, decía; si van a tomar ron, cerveza, whisky o aguardiente, se lo compra cada uno. De alcohol solo llevaba vino, cuando encontraba botellas rebajadas. A principios de diciembre empezaba a comprar perecederos, y hacia el 15 de ese mes mandaba un camión repleto de todas las cosas para las vacaciones, además de cajas llenas de regalos ya empacados, los aguinaldos para poner debajo del árbol, el 24, para los hijos, para los nietos, para los trabajadores, para las empleadas.
Desde que ella se murió sentí que la parte más sólida de mi vida se había desmoronado. Y que lo menos sólido, empezando por La Oculta, ya no tenía ningún sentido para mí. Yo siempre pensaba que habría preferido pasar las vacaciones de diciembre haciendo algún viaje, lejos, a la Patagonia, por ejemplo, o a México y Guatemala, después de todo lo que Santiago me había enseñado sobre la cultura maya, pero nunca lo hacía, para que mi mamá se pusiera contenta de tener a toda la familia a su alrededor. Ahora que ella no está no pienso volver más a la finca, o por lo menos nunca en Navidad. Sin ella no es lo mismo y lo único que voy a sentir, si voy, es tristeza de que ella no esté ahí. No más.
Yo siempre trabajé con mi mamá en la panadería, así que estar más unidas o verla más era casi imposible: nos pasábamos el día juntas. Pero resistirse a la voluntad de mi mamá, y además a la de Pilar, para que siempre pasáramos las vacaciones en familia, también era imposible. Y bueno, en últimas era un deber agradable, porque yo también quise mucho a La Oculta. Si dejé de quererla, si llegué a odiarla durante años, es porque una vez allá estuvieron a punto de matarme. La primera vez que volví después de que casi me matan, ese primer diciembre en que volvimos a pasar las Navidades todos juntos, todavía temblaba de miedo, de solo pisar la casa, de solo oír el crujido de las tablas bajo mis pies. Pero estaba con Benjamín, que me abrazaba para calmarme, y con Pilar y Alberto, que ya vivían allá, y con mi hermano que había venido de Nueva York, y con mi mamá que estaba viva y lúcida como siempre, y además con un montón de niños (los nietos de Pilar) que eran capaces de tirarse a las aguas oscuras del lago como si nada, de correr por las montañas como si nada, de explorar las quebradas y meterse en los montes como si nada, así que poco a poco me fui tranquilizando. Cuando vi a Próspero, el mayordomo, después de mucho tiempo, más viejo pero casi igual, apenas con uno o dos dientes menos, con esa amabilidad franca y discreta que tiene él para tratar a la gente, no pude aguantar las lágrimas y lo abracé largo rato, pues era como ver a un fantasma, a alguien que se hubiera muerto años y luego resucitado.
Fui capaz de volver a nadar en el lago, después de mirarlo varios días con desconfianza, de la mañana a la tarde, después de mucho dudar de si meterme o no en esas aguas oscuras, ominosas. Tirarme otra vez al lago fue tal vez lo más difícil; como superar una fobia, como sacar del cuarto con los dedos una mariposa negra, viva, como coger una culebra venenosa con la mano. También fui capaz de volver a montar a caballo. Pero todo mi cuerpo palpitaba en el lago, recordando y tratando de olvidar al mismo tiempo, y a caballo temblaba de miedo todavía, y sentía una punzada en las nalgas, el dolor del recuerdo, aunque antes siempre me hubiera encantado montar a caballo. Casi no me repongo, realmente, y desde que me pasó todo eso tengo que tomar pastillas para el dolor y gotas para dormir. Creo que para siempre; ya será para siempre. No ha sido fácil la vida, aunque también ha sido magnífica. Era muy buena cuando atravesaba cinco o seis veces el lago, apostando carreras con mi amigo Caicedo, que había sido nadador olímpico (en los Juegos de Melbourne, en el 56), o cuando salía a caminar con Toño o a montar a caballo con mi hijo, o cuando me sentaba a coser y a conversar con mi mamá y con Pilar y recordábamos todo lo que habíamos vivido, y lo que nos habíamos reído y gozado; entonces sentíamos que había valido la pena sufrir tanto. Contarlo es fácil, pero vivirlo… otra cosa es vivirlo.
Aunque fue hace más de quince años, todavía me acuerdo de lo que pasó como si fuera ayer. En ese tiempo Pilar no estaba viviendo en la finca todavía, pero me había dicho que tranquila, que podía ir a La Oculta sin preocuparme, que las cosas estaban bien por allá porque desde cuando los paracos habían expulsado a la guerrilla ya no había robos y se habían acabado los secuestros. Y me fui sola una semana, a descansar, a no pensar en nada. Era a finales de mayo y hacía muy buen tiempo. Yo tenía cuarenta y pico de años y estaba linda todavía, o al menos eso me decía todo el mundo. Acababa de echar a uno de mis novios, uno de esos novios bobos que a veces me consigo para pasar el rato y no estar sola. Después me arrepiento, no de echarlos sino de haberlos tenido, y me da rabia, pesar del tiempo perdido en otra ilusión inútil.
Cuando llevaba dos o tres días en La Oculta recibí una carta muy rara. Próspero, el mayordomo de toda la vida, me la entregó y me dijo que se la había dado un niño en el pueblo. En el papel doblado, sin sobre, decía simplemente “Eva Angel” (sin un señora, sin un doña, sin el nombre de la finca, sin ninguna otra seña) y al desdoblar la hoja —cuadriculada, mal arrancada de un cuaderno escolar—, estaba escrito lo siguiente en letras de imprenta:
COMO YA SE LO ALVERTIMOS A DOÑA PILAR USTEDES TIENEN QUE VENDER O VENDER LA FINCA. ESTA SONA NO ES PARA UNAS HIJUEPUTAS VIEJAS SOLAS. O VENDEN USTEDES O VENDEN LOS HUERFANITOS. LA ESPERAMOS ESTA MISMA TARDE EN PALERMO A LAS 3 EN PUNTO EN EL PARQE CON LAS ESCRITURAS PARA ENTREVISTA Y ENPESAR TRAMITEZ. TERCER Y ULTIMO AVISO.
EL MUSICO
SI NO VIENEN ATENGASEN A LAS CONSECUENSIAS
Próspero me contó que una vez lo habían parado en el atrio de la iglesia de Palermo y le habían mandado decir a Pilar que, si les vendíamos, pagarían en dólares y en doce cuotas mensuales. El precio lo ponían ellos y aunque era mucho más de lo que valía comercialmente La Oculta, nosotras sabíamos que cuando esa gente compraba, pagaba solamente la cuota inicial, con la que se firmaba la escritura, ocupaban la finca, se apoderaban de todo, escarbaban la tierra y las quebradas con dragas en busca de oro, sembraban coca o amapola, y después no volvían a responder por los pagos. Es más: si alguien les reclamaba las cuotas sucesivas, se moría, lo desaparecían. Yo nunca había conocido a ninguno de Los Músicos, pero ellos eran famosos en la zona. La sola letra asquerosa y la mala ortografía me decían muchas cosas sobre ellos.
En ese tiempo ya había celulares, unas panelas grandes y pesadas, pero servían solamente en la ciudad. En La Oculta no entraba la señal, y teléfono fijo nunca había habido en la finca. Así que fui al radioteléfono para hablar con Pilar, pero no podía decirle exactamente lo que estaba pasando porque las llamadas por radioteléfono se podían oír en todas las fincas de la región, y también en Palermo, el caserío más cercano. Había un canal privado por el que no oía todo el mundo, pero no podíamos estar seguras. Le conté a Pilar, con medias palabras, lo que estaba pasando, y ella más o menos me entendió, aunque no del todo. Pilar me dijo que no le parara bolas a eso, que esos tipos eran loquitos pero cobardes, que ella lo iba a arreglar todo llamando al carnicero del pueblo, que era el contacto con ellos, y que de todas formas ella ya les había hecho saber que no pensábamos vender La Oculta por ningún motivo, y que si la estaban oyendo que la oyeran. Mucho mejor. Pilar es así, frentera, menos miedosa que yo. Me quedé intranquila, pero no me fui de la finca, como debí haber hecho, en ese mismo instante. Estaba muy contenta allá, leyendo mucho, haciendo yoga, comiendo ensaladas y verduras, purificando el cuerpo, detallando una por una las flores del jardín que Pilar tenía más bonito que nunca, nadando en el lago, saliendo a montar a caballo por los caminos, hacia arriba, hasta La Mama en tierra fría, y hacia abajo, hasta el río Cartama, ya en tierra caliente. Además, todavía en ese tiempo yo sentía que si estaba en la finca a mí no me podía pasar nada; fuera de ella todo era intemperie, todo era peligro y riesgo, pero dentro de ella yo me sentía protegida, segura, como en una fortaleza inexpugnable, en un castillo con puente levadizo y el lago como fosa de cocodrilos, como en los cuentos infantiles, así los cocodrilos fueran solamente iguanas, carpas y tortugas.
Aunque después no volví a querer nunca como antes a La Oculta, y ahora quiera venderla definitivamente, reconozco que el paisaje de esa región es el que más me conmueve de todos los que he visto en el mundo, y que vaya adonde vaya lo llevo conmigo. No se me olvida. Quizá no sea el más bonito, puede haber mejores, más amenos o menos dramáticos, pero es el paisaje que tengo metido en la cabeza. El paisaje que le iluminaba la cara a mi papá cada vez que llegábamos a la finca. Una vez, estando allá con él sentados en la misma hamaca, mirando juntos el lago y las montañas, me di cuenta de que ese sitio, esa tarde, con esa luz, en ese momento y en esa compañía, sí era el lugar más hermoso del mundo. Y es algo que he vuelto a sentir otras veces allá, en instantes luminosos que solo se parecen al éxtasis que se siente en ocasiones con ciertos cuadros y con cierta música, por ejemplo cuando Antonio nos toca algunos trozos de conciertos para violín y pone toda la orquesta en una grabación, o cuando oía arias de ópera con mi amigo Santiago, el viudo, como le decían en mi casa, el compañero del que me separé poco antes de que mi mamá se muriera.
Incluso cuando dejé de ir varios años a la finca, podía repetir su paisaje de memoria si cerraba los ojos. Y todavía sueño con él varias veces al año. Es el paisaje de mi infancia, cuando iba a temperar con los abuelos, que todavía vivían, el sitio de mi juventud, de los días más felices y los momentos más desgraciados de mi vida, donde mi cuerpo más ha gozado y sufrido, el paisaje de mi casa verdadera, el de la casa perdida y recuperada. Mi sueño más repetido consiste en que algo pasa, me asusto, me persiguen, y yo salgo corriendo y puedo caminar sobre las aguas del lago de La Oculta. Corro por encima de la superficie y me empiezo a reír, feliz como los dioses y algunas lagartijas, corriendo sobre las aguas, lejos del peligro.
Bastaba que yo llegara a La Oculta para sentir algo especial, como una euforia por dentro, mezclada con serenidad, una alegría tranquila, una compenetración con las montañas, con los ruidos, con los infinitos colores de las flores y las frutas, con la brisa que subía del río, con el agua oscura del lago, con el canto de los pájaros al amanecer, con la luz intermitente de los cocuyos y el llamado del currucutú por la noche, con el chirrido de las chicharras al mediodía, con el vuelo de las garzas, de las loras y de las mariposas, con el lejano zumbido de las abejas recorriendo las flores del café, con los mugidos y el olor de los animales en el establo, con los colores increíbles de las guacamayas, con las plumas irisadas de las soledades, con el sonido de las hojas de teca cuando caían al sendero de tierra, con el bochorno de la tarde y la frescura llena de rocío de la mañana.
Me había llevado al perro que yo tenía en ese tiempo, un labrador dorado, Gaspar. Gaspar era manso, pero buen cuidandero, aunque nunca en la vida hubiera mordido a nadie. Lo máximo que hacía, si oía intrusos, era gruñir y ladrar, fingiendo una rabia exterior que no pasaba de ser una advertencia sin consecuencias. Así es un perro bueno, o al menos los perros que a mí me gustan, los que ladran y no muerden.
Gaspar y yo nos cuidábamos y nos acompañábamos. Estaba siempre a mis pies, o a mi lado, no me desamparaba. Si yo me levantaba, él se levantaba; si me iba a nadar al lago, él se tiraba al agua y nadaba conmigo; si salía a pie o a caballo a recorrer la finca, él me perseguía, haciendo zigzag por el campo, siguiendo rastros imperceptibles para nosotros, olfateándolo todo, marcando con su orina un territorio imaginario que él sentía tan suyo como yo sentía mía mi finca, la de los bisabuelos, la que nos había dejado mi padre, la que algún día sería de mi hijo, Benjamín.
Yo me acuesto temprano todos los días, antes de las diez, porque madrugo mucho, pero ese día me había quedado leyendo en la hamaca hasta tarde, hundida en una novela que había encontrado en un cuarto de la finca, una novela vieja, amarillenta, que había sido de Cobo, seguramente, porque estaba marcada con su nombre (Jacobo Ángel, 17 de abril de 1967, decía en la página de los títulos, y 20 de abril de 1967, en la última hoja: a él le gustaba poner las fechas en que empezaba y terminaba cada libro) y tenía subrayados y apuntes con su letra. Cobo se había muerto hacía algunos años, y su recuerdo me ardía todavía en la garganta. La había empezado a leer el día en que llegué y aprovechaba las horas serenas de la noche para meterme otra vez en ella. El libro tenía notas en las márgenes e incluso un comentario más largo, también escrito a mano por él, en la última página. Me gustaba seguir las huellas de la vieja lectura de mi papá, saber que a lo mejor, en los mismos pasajes, estábamos pensando en las mismas cosas, que él se había reído donde yo me reía, que se había espantado donde yo me asustaba. Siempre en la casa han dicho que él y yo éramos los que más nos parecíamos. En la mesa vivíamos diciendo exactamente la misma cosa, al mismo tiempo, desde que yo era chiquita, y recuerdo que nos reíamos y gritábamos: “¡Matamos un diablo!”. Decir lo mismo al mismo tiempo era matar un diablo, quitarle algo de mal al mundo, mejor dicho. Son cosas que se creen, así no sean ciertas, aunque más que supersticiones son consuelos. Un pensamiento mágico, por mentiroso que sea, ayuda a veces. En la casa repetimos también una creencia que era del abuelito Josué, y que aunque sea mentira nosotros la repetimos como si fuera verdad. Cada vez que se moría un animal en la finca, si una vaca se enfermaba o un novillo se desbarrancaba y se partía el espinazo al caer en la quebrada, o si le daba cólico a una potranca y se moría, entonces el abuelo decía: “Me acaban de revocar la sentencia en el cielo”. Quería decir que se iba a morir alguien de la familia, pero Dios, compasivo, nos había librado de esa muerte horrible por un sacrificio menor, la muerte de un animal. Ahora mismo que pienso en esto y recuerdo a Gaspar, me da un escalofrío.
Leer una novela ya leída y subrayada por mi papá era como volver a conversar con él a través de la historia del libro; era como si lo estuviéramos leyendo y comentando juntos en la finca, como habíamos hecho muchas veces en la vida, de una hamaca a otra, por las tardes, o en el cuarto de ellos, que había sido el mismo de los abuelitos, o en el comedor, durante tantos almuerzos de la tarde. A veces me detenía en la lectura para pensar en la historia e imaginarme las situaciones de lo que estaba leyendo. Mientras tanto, sacaba un brazo por un lado de la hamaca, acariciaba el lomo de Gaspar, con la mirada perdida en la oscuridad, sin ver nada, alejada del mundo, esas cosas que nos pasan cuando leemos un buen libro, y los propios pensamientos flotan, arrastrados por las ideas escondidas en la escritura, como dos nubes distintas que se juntan y se mezclan en el cielo. A veces, incluso, se ennegrecen y salta un relámpago, palpita un trueno en la frente, llueve, lloramos, se toca una cuerda honda que no sabíamos tener tensa dentro del pecho, en la mitad del cuerpo.
Todas las luces de la casa estaban apagadas, menos una lámpara de pie que me gustaba poner al lado de la hamaca para alumbrar las páginas. Era una hamaca blanca, me acuerdo perfectamente, de las de San Jacinto, de una lona basta que los años habían suavizado hasta convertirla en algo que se parecía a la piel. Era suave, acogedora, tibia y fresca al mismo tiempo; la tela me daba el abrazo que en esos días no me daba nadie. La hamaca es el mueble perfecto para leer, dice una amiga mía. Había insectos revoloteando alrededor de la lámpara, pero no picaban; en La Oculta no hay plaga de mosquitos, nunca hay plaga, o al menos a nosotros no nos pican. Algunas ranas croaban todavía en el lago. Una iguana o una tortuga se tiraban al agua y hacían ese ruido seco, de fruta que cae y se sumerge. La hamaca, el perro, e incluso los insectos y las ranas, me hacían compañía, me hacían sentir bien, segura, con esa imaginaria confianza que dan los ruidos habituales de los seres vivos, aunque estuviera sola.
En ese tiempo yo todavía pensaba que La Oculta era mi verdadera casa. Nosotros, los de esta familia, siempre hemos sentido algo muy hondo, algo muy especial cuando estamos allá. No me gusta la palabra energía, pero si me gustara la usaría en este momento: la finca nos transmitía algo que no podía palparse, pero era real. Un anticipo del cielo, decía Alberto, mi cuñado. Como la serenidad del perro, en ese momento, que mientras dormitaba era tan grande que se me contagiaba. Si no hubiera tenido perro, ni hamaca, ni lámpara, ni libro, tal vez me habría dado miedo estar sola en La Oculta, de noche, después de haber recibido esa carta asquerosa, amenazante. De hecho, hacía apenas un rato me había asustado un poco por un ruido de motores que parecían subir por la carretera de la finca, un kilómetro y medio más abajo, cerca de la fonda. Era raro ese ruido, pues yo misma había puesto la cadena y el candado en la portada de hierro, por la tarde, al subir a caballo, y nadie tenía las llaves. Bueno, las tenía también Próspero, pero él se había acostado temprano, como siempre, con las gallinas, y estaría roncando en su casa, con Berta, su mujer, al lado del establo. También Gaspar había alzado las orejas al oír el ruido, había insinuado un gruñido, pero no se había levantado del suelo. Después el ruido paró por completo. Pensé que había sido una ilusión.
PILAR
Las cosas que han pasado, las cosas que todavía pasan en esta finca. Primero los que se han ahogado en el lago (que yo sepa son cinco), y que me hacen sentir un respeto especial por esas aguas oscuras, misteriosas. El secuestro de Lucas, que para mí fue lo peor porque no solo me robaron a mi hijo durante casi un año sino que por ahí derecho nos quitaron a mi papá, que no pudo soportarlo. La llegada de los salvadores, que fue una salvación peor que la condena, un remedio peor que la enfermedad, pues tal vez nunca antes había corrido tanta sangre por aquí. La vez que ellos mismos vinieron a matar a Eva. La muerte de los Ángel de las generaciones anteriores, que a nosotros no nos tocó vivir, pero que los abuelitos contaban. Y todas las historias que Toño se sabe de todos los antepasados hasta no sé cuál siglo. Pero esas cosas viejas a mí no me interesan nada, ni las genealogías, ni la fundación del pueblo, ni todos los que se mataron o se murieron por defender la finca hace cien años. Eso ya no me toca. A mí me duelen las muertes o las cosas duras que me han tocado aquí, a mí, a nosotros, pero el pasado no. Por ejemplo, personalmente, y en los últimos años, ya me han tocado dos muertes en La Oculta. Antes, la tía Ester; después, mi mamá. Fue menos triste pero más duro lo de la tía Ester, no solo porque se fue muriendo durante meses, y yo la estaba cuidando, sino porque de alguna manera yo misma tuve que decidir en qué momento ya no valía la pena que siguiera viviendo. Mi mamá no, mi mamá estaba perfecta hasta el último día, con la cabeza intacta, independiente y mandona como siempre, haciendo negocios de novillos con Próspero, preguntando cuántos bultos había dado la cosecha de café, cuántos centímetros por año estaban engrosando los troncos de las tecas. Mi mamá se apagó tranquila durante el sueño, sin que nos diéramos cuenta. Ni siquiera tocó el timbre, ni siquiera me llamó. La encontré de lado, como ella siempre se acuesta, sobre el lado derecho, como abrazándose a sí misma. Casi no soy capaz de deshacer ese abrazo para vestirla, para arreglarla. Se había tomado todo el vaso de agua, seguro tenía sed. No había angustia en su cara, solamente lejanía, serenidad, descanso. A mí también me gustaría morirme así; la muerte del justo, como dice la gente.
La noche del velorio discutimos un rato sobre si debíamos enterrar o cremar a mi mamá. Yo decía que cremarla y traernos las cenizas para la finca. Antonio, con esa bobada de él de creer que a los muertos de la familia no se los debe quemar, dizque porque no somos hinduistas sino judíos conversos, dice él, prefería que la enterráramos en el mausoleo de los Ángel en Jericó, y que después de un tiempo trajéramos los restos, y aprovecháramos para traer los de Cobo también, para ponerlos juntos en el sitio donde quería mi papá, en el descansadero. Eva decía que le daba igual, que después de muertos todo era lo mismo. Benji, Lucas y todos mis otros hijos estaban por la cremación, así que Toño se quedó solo con la idea del entierro y tuvo que aceptar la decisión de la mayoría.
Ahora lo que queda de mi mamá está debajo del roble que se ve desde la parte de atrás de la casa, la que da hacia el Cartama, en la pequeña explanada donde hay una banca, y todo es de un verde más intenso porque está sembrado de maní forrajero. A Próspero no le gusta que nosotros le digamos “tumba” a ese sitio y por eso él le dice, de un modo más sutil, “el descansadero”, y desde que lo dijo adoptamos su nombre. Esta es la parte de la finca que tiene la vista que más me gusta, la que no mira hacia el lago de los ahogados y al poniente, sino hacia el lado del amanecer y hacia el paisaje abierto, abajo, hacia las vegas del Cauca, que ahora son tierras ajenas, de viejos hacendados o de mafiosos de la vieja guardia, aunque antes fueron también de nosotros, de los viejos Ángel, hace muchos años.
ANTONIO
Después de la muerte de mi mamá quise quedarme unos días allá, escondido en la montaña, revisando mis apuntes viejos sobre la fundación de Jericó, sobre mi familia, La Oculta y esa región del Suroeste antioqueño. Su muerte me dio el impulso definitivo para ponerme al fin a contar la historia del pueblo y de la finca. Recordar es como un abrazo que se les da a los fantasmas que hicieron posible nuestra vida aquí. Han pasado tantas cosas en esta tierra, en esta casa grande, blanca y roja, rodeada de agua y de verdor. Verde, verde en todos los tonos, inmensas montañas verdes, y la oscuridad del agua del lago donde no se refleja el cielo azul y blanco, hacia arriba, sino las peñas negras y verdes que parecen más altas que el cielo, y que suben hacia Jericó, el pueblo donde nacieron mi papá y mis abuelos y mis bisabuelos, los dueños de esta finca, los que la abrieron tumbando selva, moviendo piedras y quemando monte, que antes era lo único que había aquí desde el principio del mundo.
Por las mañanas, apenas me levanto, camino descalzo por el prado que hay alrededor de la casa y siento que el rocío se me mete entre los dedos de los pies. Respiro hondo y me dan ganas de volver a rezar, como hacía de joven y de niño, pero ya no se me ocurre a quién rezarle. Digo algo en silencio y es casi una oración a los antepasados, aunque ya no crea como antes en que el espíritu sobrevive a la muerte. Una oración a la naturaleza y al destino que nos dio esta finca. A esa hora empiezan a subir las nubes desde el río y yo espero a que pasen por acá. Las veo venir. Las nubes suben, despacio, y atraviesan la casa, la humedecen, la besan. A esa nube que sube pegada a la montaña, Próspero le dice “la pelona”, no sé por qué, tal vez porque roza el pasto, como si lo pelara con una peinilla. Las nubes me envuelven, me acarician, por un momento desaparece el mundo, el lago y las montañas desaparecen, me siento hundido en un vaso de agua con aguardiente de anís, blanco como la leche, hasta que las nubes pasan y siguen hacia arriba, haciéndole cosquillas a la falda de la montaña. De repente todo se tiñe de rosado o de naranja, hacia el oriente, y entonces vuelve a aparecer la vista del río, grande y amarillo, en invierno, oscuro y más angosto, de aguas cristalinas, en verano, abriéndose paso en el valle profundo —y vuelven a verse el par de farallones, debajo de las nubes, “las tetas de doña Quiteria”, como decía el abuelito Josué—, arrimándose al Cauca. Con la luz del sol aparece también el color de los pájaros y de las flores: las orquídeas blancas y moradas que cuelgan de los árboles, el anaranjado de las aves del paraíso, el morado o el rosado de los besitos, el rojo y el negro de los anturios, las maravillas que ha sembrado Pilar. A veces una hojita de hierba se me pega a la planta del pie, mientras desyerbo una mata, o un terrón de tierra se aplasta contra el talón, y yo sé que soy ese rocío, esa hoja de hierba y esta tierra negra. Yo he olido esa tierra, me la he puesto en la nariz para tratar de saber —por el olor— por qué la queremos tanto. Pero no, no huele a nada, huele a tierra como cualquier otra tierra. Conozco cada mariposa, cada canto de pájaro, las 97 tecas que forman la alameda de la entrada, todos los sonidos (el agua de la quebrada, las chicharras, las guacharacas, los mayos, los sinsontes, los gavilanes, los gallos, los carpinteros que picotean los troncos de los yarumos secos, las guacamayas que hacen nido en los troncos muertos de las palmas reales), sonidos que para mí son lo mismo que el silencio.
Siento que soy parte de esta finca, esta vieja finca de antepasados que conocí y que no conocí. Soy el único en la familia que sabe recitar su letanía de nombres, porque a mí me interesan los libros con polillas, las partidas de bautismo y los registros de defunción. No como mis hermanas, que son más parecidas a mi mamá y son más directas y prácticas que yo, más realistas, y viven el presente. Aquí tengo una cómoda y en la cómoda un cajón lleno de papeles que vengo juntando o escribiendo hace años; cada vez que vengo, saco las hojas y las corrijo o les añado algo más que leí o que me contaron en el pueblo. Historias, chismes, verdades confundidas con mentiras, suposiciones y hechos rigurosos. Me gusta cuidar y revisar estos apuntes, como hacen los coleccionistas con sus monedas, sus mapas o sus estampillas; los acaricio, los paso en limpio, los sopeso y los pienso. Hace años quiero hacer un escrito sobre esta finca, para que mis sobrinos y los hijos de mis sobrinos sepan y recuerden cómo fue la cosa. Así sabrán cómo empezó todo, y así sabrán también que para conservar esta finca muchos tuvieron que sudar y llorar y hasta derramar sangre. Sangre, sudor y lágrimas, sí, puras cosas saladas. Muchos de mis apuntes no son más que divagaciones, ensueños. Otros son anotaciones históricas sobre Jericó que a casi nadie le importan, pero que a mí me gustan. Este apunte, por ejemplo, se refiere a las cosas más viejas que sé de nuestra familia, y creo que son los párrafos con que quisiera empezar la historia de la finca:
No sé si éramos judíos, pero de sangre muy limpia no parece que fuéramos, pues teníamos nombres de judíos y apellidos de conversos, así que en la casa siempre se decía, sin vergüenza y sin orgullo, que tal vez fuéramos marranos, es decir, cristianos solamente de dientes para afuera, y por dentro otra cosa que se oculta. El primero de nosotros en llegar a Colombia, un país que todavía se llamaba la Nueva Granada, fue un joven español natural de Toledo, de profesión escribano y de nombre Abraham Santángel. Lo poco que sabemos de él es que llegó a las Indias por Cartagena, cuando tenía apenas 24 años, pasó a Antioquia subiendo por el río Magdalena y por caminos reales que buscaban el Cauca, hacia 1786, cuando ya la Colonia agonizaba, y que allá por los años de las guerras de Independencia dictó su testamento en Santa Fe de Antioquia.
Nadie sabe el motivo por el cual Abraham se vino a vivir en estas breñas alejadas del mundo, en estas peñas y lomas donde hasta un gato se rueda, pero seguramente veía oscuro su futuro en España y soñaba, como tantos otros, con que quizá en otra parte la vida le sonriera. Creía que a lo mejor acá, al otro lado del océano Atlántico, respirando otros aires y pisando otras tierras, la fortuna podía sorprenderlo con alguna alegría, con lluvia y suelos fértiles, con los muslos jóvenes de una mulata generosa donde sembrar su semilla para siempre. Las ganas de sacarle el cuerpo a la tristeza, el sueño de esquivar la pesadumbre y de abrirse un camino mejor en otros cielos, son ilusiones que casi todos hemos tenido, pero este Abraham Santángel tuvo el valor de convertir en actos sus pensamientos, así como la valentía de exponerse a un viaje peligroso e incierto, y fue capaz de irse a la aventura cuando sintió las ansias de países lejanos, oyendo más el oscuro llamado del corazón que las cautela