¿Alguna vez te has preguntado cómo llegan a influir los pensamientos que tienes en tu cuerpo y en tu salud? La verdad es que nunca nos enseñaron la gran importancia que este tema tiene en nuestra vida, por lo que la gran mayoría de personas no les prestan atención a los pensamientos que pasan por su mente, lo que hace que fácilmente se dejen llevar por la angustia, el estrés, los rencores, los resentimientos y las envidias, permitiendo que muchas situaciones las desgasten y les generen pensamientos y emociones negativos.

Cuando se crea un pensamiento negativo, inmediatamente se tienen unas reacciones físicas, ya que esos pensamientos y emociones que se derivan crean una reacción bioquímica en el cerebro que envía señales al resto del cuerpo. Es por esto que los pensamientos negativos pueden generar molestias físicas, haciendo que la salud se vea afectada.

Lo más maravilloso, aunque muchas personas no lo crean, es que tenemos la capacidad, una vez la descubramos y entrenemos nuestro cerebro, de definir cómo queremos ver las situaciones que pasan por nuestra vida, definiendo lo bueno y lo malo de eso que sucede, lo que nos convierte en responsables de la connotación positiva o negativa que queramos darle a cada cosa que nos ocurre cada día.

Entonces, para aprender a manejar los más de 70.000 pensamientos diarios en promedio que tenemos, los cuales en su mayoría son repetitivos, negativos y destructivos, debemos comenzar a entrenar nuestra mente a través del hábito de la focalización y la atención plena, lo que nos ayudará a tener consciencia de esos pensamientos y, así, lograr que ellos no nos perturben, ni interfieran negativamente en nuestro estado emocional, y que tampoco afecten nuestra salud.

El virus letal del rencor y el resentimiento

El rencor deforma tu percepción de la realidad

Hace varios años enfrenté uno de los mayores sustos que la vida me ha dado, cuando el peligro de muerte me mostró con lujo de detalles, una vez más, nuestra fragilidad, y entonces entendí que nuestra supuesta seguridad, a la que tanto nos aferramos, con la que tanto nos desgastamos, y a la que por todos los medios posibles queremos tener bajo nuestro control, no existe, es una ilusión pasajera, porque tarde o temprano partiremos a la eternidad. Después de ese día, solo puedo darle gracias infinitas a Dios por haberle dado a mi hija Alejandra una nueva oportunidad de vida.

Ella nunca imaginó al levantarse que en aquel día soleado, tranquilo y hermoso podría llegar a suceder aquello que solo estaba acostumbrada a ver en películas de terror, donde lo único que se nos ocurre pensar, es que gracias a Dios no somos los protagonistas. Pero ese día, que quedará guardado dentro de sus recuerdos por siempre, como la pesadilla que nunca debió haber sucedido, le mostró que todos somos vulnerables y podemos ser fácilmente víctimas de la maldad, fruto de la inconsciencia del ser humano.

Mientras Alejandra vivía esta pesadilla, yo me encontraba disfrutando de una de mis sesiones de meditación, y nunca imaginé que ella estaba siendo presa de un ataque vil y aterrador, donde no solo la amarraron, golpearon y amordazaron, sino que le hicieron cuatro heridas con un cuchillo de sierra en su cara, cuello, mano y pierna derecha, mientras estaba mostrando una de las casas de nuestra fundación Niños de los Andes a unas personas que aparentaban estar muy interesadas en comprarla. Los atacantes, al final, la dejaron muy herida y golpeada, encerrada en un cuarto de la casa, mientras abandonaban con rapidez el lugar, robándose su carro y todas sus pertenencias.

Físicamente impedida y aún llena de miedo de pensar que los asaltantes podían regresar, se arrastró con un gran esfuerzo durante 15 minutos hasta lograr llegar a la puerta principal de la casa, y por un vidrio roto comenzó a tratar de gritar para que alguien la ayudara. Las personas que pasaban por allí la podían ver arrodillada, amordazada e indefensa, pero llenas de miedo, e indiferentes, seguían de largo. Por fin, solo un vecino se apiadó y llamó a la Policía, la rescataron del lugar y la llevaron en la patrulla hasta una de las sedes de la Fundación.

Cuando escuché por el teléfono la voz entrecortada y temblorosa de mi hija, pero en medio de todo calmada, para no matarme del susto, explicándome que la habían atacado, que estaba herida, sangrando en exceso y le habían robado el carro, salí de inmediato a interceptarla en el camino para llevarla hasta la clínica. Yo trataba de llegar a su encuentro, pensando solo en cuánto tiempo iba a durar sin desangrarse y esperando encontrarla con vida. En ese momento, llegaron a mí miles de pensamientos, imaginando si su carita iba a estar desfigurada, si podría quedar inválida, si su espíritu se iba a arrugar después de esto; en fin, fueron instantes salvajes, donde cada vez que hablaba con ella solo me preguntaba dónde iba, cuánto me faltaba para llegar, y yo, metido en el tráfico infernal de Bogotá, solo acataba decirle que ya estaba llegando, ¡que resistiera!

Al fin llegamos a la Clínica del Country, en el norte de la ciudad, donde le hicieron las respectivas curaciones antes de entrar a sus cirugías plásticas en la cara, el cuello, la mano y la pierna derecha.

Cuando observaba a mi niña retorcerse del dolor en urgencias, experimenté un sentimiento frustrante de impotencia, al entender que no había nada que yo pudiera hacer por ella, solo le podía dar gracias a Dios por haberme permitido estar allí y ver que aquellos seres tan oscuros no pudieron apagar la vida de esta hermosa mujer de 28 años, que estaba llena de sueños e ilusiones. Y mientras la acompañaba, le preguntaba a Dios y reflexionaba hacia mi interior: ¿por qué le pasó esto a ella y no a mí? ¿Por qué, si toda mi vida la he dedicado a ayudar de manera incondicional a todos estos seres que viven en la oscuridad —y también mi hija estaba en ese mismo camino de solidaridad y ayuda—, nos tenía que pasar esto? ¿Por qué trataban de truncarle sus sueños? ¿Qué tenemos que aprender de esta lección? ¿Cómo lograríamos perdonar y recordar sin rencor este día y a quienes la atacaron sin compasión ni misericordia?

En esos momentos enfrenté una lucha interior muy grande porque, por un lado, sentía que ellos debían pagar y sufrir implacablemente por el crimen que habían cometido contra mi hija; pero, por otro lado, sentía que eran seres que estaban en la oscuridad, seres a los que yo siempre había elegido ayudar a que encontraran la luz, a pesar de sus fechorías, por lo que no podía atacarlos o vengarme. En esta lucha interior permanecí mucho tiempo: escuchaba una voz que me decía que dejara de ayudar a los demás, que no valía la pena continuar ayudando a tantos seres que estaban en la oscuridad, que había desperdiciado más de cuarenta años de mi vida en una misión que no tenía sentido; otra voz me decía que esto era una señal divina, un indicador de que debía seguir luchando por todos esos seres que están viviendo en la oscuridad, para que otras personas no tuvieran que sufrir en carne propia el dolor que mi hija y yo estábamos experimentando.

Por fin, días después del incidente, llegó una prueba máxima, cuando recibí una llamada de personas que vivían en las calles de Bogotá, a quienes en el pasado yo había ayudado, que me dijeron: “Papá Jaime, tenemos localizada y emboscada a la banda que le hizo daño a su hija. ¿Qué quiere que hagamos con ellos? ¿Los maltratamos, los torturamos, aplicamos justicia para que tengan su escarmiento?”. En ese momento mi corazón se iluminó milagrosamente con la llama del entendimiento y el amor, y les dije: “Condúzcanlos a la estación de policía más cercana, para que la justicia ordinaria colombiana se encargue de ellos. No les causen daño, simplemente hagan todo el procedimiento para que los jueces y la justicia se hagan cargo”. En ese instante, comprendí que ya el pasado no lo podía cambiar y que todo lo que había sucedido traía un gran aprendizaje para mi hija y para mí, pero sí podía transformar alegremente mi presente y mi futuro. Fue así como estos criminales entraron a la cárcel y allí están pagando su pena.

Cuando entendí que la resistencia que tenía a aceptar ese acontecimiento, que ya había pasado, era lo que me hacía sufrir, logré entender, comprender y liberar la culpa y el rencor y alinearme con el flujo vital y amoroso de la vida. Fue así como encontré la respuesta al para qué había sucedido este ataque, y entendí que fue una prueba más en nuestro camino, para poder evolucionar y trascender el miedo, el rencor, el resentimiento y la ira.

Hoy le doy gracias a Dios porque aún tengo el privilegio de poder ver esa chispa divina e inocente en los ojos de mi hija; la fortuna de poder ver su sonrisa pura, descomplicada y amorosa; la alegría de poderla mirar a los ojos y decirle cuánto la amo, y la oportunidad de poder darle una voz de aliento para que, a pesar de que hayan querido acallar su voz y extinguir el fuego de la pasión por la vida y el servicio incondicional a los demás, continúe su camino, y, a través del amor y del perdón, logre que las huellas rencorosas de ese puñal asesino que quedarán marcadas en su cuerpo por el resto de su vida puedan ser borradas de su mente y de su espíritu para siempre.

Así como a mí me sucedió esto, y muchos otros acontecimientos profundamente impactantes y dolorosos, imagino que a ti también te han sucedido cosas inesperadas en tu vida que han dejado cicatrices indelebles en tu alma que no has sabido liberar. Por eso, hoy te pregunto a ti: ¿qué acontecimientos dolorosos sucedieron en tu pasado que no has podido dejar de lado y que quizás te atormentan de manera frecuente? ¿Son cosas que puedes cambiar? ¿Si no las puedes cambiar, porque no dependen de ti, no crees que ha llegado la hora de soltarlas?

Ante las circunstancias cambiantes de la vida, con todos sus altibajos y acontecimientos desagradables por los que tenemos que atravesar, siempre tendremos dos caminos: elegir desde el amor o desde el miedo; nos podemos llenar de resentimiento, rencor o afán de venganza y convertirnos en personas amargadas y frustradas, o podemos elegir recordar sin dolor ni odio, agradecer lo que sucedió porque fue una experiencia distinta en la vida y nos trajo una gran enseñanza. Además, entender que todo lo que nos pasa nos enseña algo nuevo, que no debemos resistirnos a nada, sino aceptar lo que llegue, porque aquello contra lo que luchamos persiste y nos debilita.

Infortunadamente, a nosotros no nos enseñaron a perdonar de verdad, a liberar la culpa, el rencor y el resentimiento por lo que nos sucedió en el pasado, sino que, por el contrario, nos han programado y contagiado con lo que yo llamo el virus letal del rencor y el resentimiento. Lo peor de este virus es que se enmascara de manera sutil y se camufla haciéndonos creer que los que están mal y los que tienen que cambiar son los demás, y que hay situaciones que suceden en la vida que no tienen perdón, que son totalmente injustas, y nos hacen creer que no estamos infectados por este virus, sino que somos inmunes. Y que el sufrimiento es parte natural de nuestra vida, que es lo que nos tocó vivir. Pero en nuestros actos y pensamientos inconscientes encontraremos que, muy encubierto, este virus desgastador y desestabilizador del rencor está presente. Cuántas veces no has oído a tus amigos, y quizás a ti mismo, decir: “Yo no odio a nadie, no tengo rencores, ni resentimientos”, “ya lo perdoné y ni me acuerdo de él”, “no necesito perdonar nada ni tengo problemas con nadie”, “los que tienen problemas, culpas y vergüenza son los otros, yo no”, “mi expareja es la que necesita elaborar esa culpa”. Si alguna vez has pensado que los que tienen el problema son los otros y les echas la culpa, muy probablemente el del problema en realidad seas tú.

Siempre he dicho que ante aquello que nos sucede debemos estar alertas para ver cómo ese suceso afecta nuestra vida. Es como cuando construyes una balsa para atravesar un río, ya que, después de haberlo cruzado, siempre tienes dos opciones: puedes agradecer a esa balsa por haberte ayudado, dejarla en la orilla para que alguien más la pueda usar y seguir tu camino; o puedes seguir cargando la balsa al hombro, a pesar de ya haber atravesado el río. Asimismo son las experiencias que has vivido hasta hoy; independientemente de si son buenas, regulares o malas, puedes soltarlas y dejarlas como una gran experiencia, o puedes elegir el dolor y el sufrimiento del pasado y seguir cargándolas, buscando a quién echarle la culpa por todas tus desgracias, desempeñando el papel de víctima o de verdugo.

¿De qué se alimentan el rencor y el resentimiento?

El rencor y el resentimiento se alimentan de muchas formas diferentes, día a día, siendo el pensamiento el protagonista; entre esas muchas formas están:

El resentimiento y la enfermedad

El resentimiento es una resistencia interior a aceptar lo que te sucedió

Hay frases que algunas personas mencionan que conllevan mucho rencor y que nublan con resentimiento y dolor su interior. Frases como “deseo que te pudras en el infierno, que recibas lo que te mereces”, “te odio con todas las fuerzas de mi corazón”, “¿por qué tuviste que aparecer en mi vida?”, entre muchas otras, ya sean mencionadas en voz alta o no, provienen de pensamientos muy negativos y hacen mucho daño.

¿Te has puesto a pensar qué puede pasar dentro de ti si tienes este tipo de pensamientos, que están mezclados con esa emoción dañina, y los sostienes en el tiempo? ¿Cómo te sentirás a diario, porque estos sentimientos de odio hacia esa persona que sientes que te ha perjudicado los revives miles de veces? Cuando revives sensaciones de angustia, dolor y frustración diariamente durante años, te vas volviendo un esclavo del miedo, que va quedando en tu mente y en tu cuerpo. El rencor es el gran generador de las heridas del alma y se vuelve tóxico porque toda tu vida va a girar alrededor de esa persona con la que tuviste ese problema, te resientes y vuelves a experimentar el dolor, una y otra vez, al recordar lo que sucedió.

Estos sentimientos son válidos si los sientes a corto plazo, porque te recuerdan lo que pasó. Te sirven para defenderte de otro posible “ataque”, o para alejarte de determinadas personas que pueden resultarte dañinas. Pero transcurrido un tiempo, si estos sentimientos persisten con la misma intensidad y siguen siendo muy frecuentes, comenzarán a hacer una herida muy profunda en tu interior. A todo el mundo no le cicatrizan igual de rápido las her