Cuando el barco se aproximó al álgido puerto y los pasajeros finalmente dejaron sus camarotes, Casandra sintió que sus ojos se escarchaban. Las distantes luces de las viviendas se fundían con las del cielo estrellado de la bahía en el horizonte y aunque reinaba una calma aparente, la espuma que rebordeaba el suave oleaje negro parecía imbuida de una emoción siniestra. El mar, un ente de magnitud casi infinita cuyo capricho podía destruir pequeñas embarcaciones y flotas enteras, casuchas paupérrimas o ciudades ribereñas, siempre le había infundido respeto y admiración, y aun si le gustaba pensar que este solía favorecer a aquellos que desde niños se consagraban a su misterio y quizá también a quienes habiendo aceptado su ínfima condición de humanos se rendían extasiados ante su ímpetu, Casandra no lo amaba.

No había crecido cerca de él y lo había visto por primera vez al inicio de su travesía, momento en el cual su pecho se había comprimido con un horror tal que dio la media vuelta para echarse a correr por el muelle mientras que el reflejo argentino de la luna crepuscular la perseguía sobre las aguas añiles. Su padre, un hombre afable pero por sobre todas las cosas práctico, le había impedido refugiarse en brazos de su madre, quien lloraba con gran desconsuelo en el puerto. Tomándola de la mano, la había obligado a retroceder hasta el navío que la esperaba en tanto que un grupo de gaviotas de ominoso cantar sobrevolaba la amplia capucha de color marfil que cubría su cabeza.

A pesar de que un número reducido de viajeros realizaba aquel trayecto una vez llegado diciembre y por ello los pasajes eran un tanto menos dispendiosos que de costumbre, los padres de Casandra habían procurado la totalidad de sus modestos ahorros para que ella se reuniese con su abuela Marion. Tras su viudez, la abuela había contraído nupcias con un orgulloso capitán finlandés de grandes mostachos plateados, estableciéndose a partir de ese momento en una bonita casa ubicada en la costa del mar Báltico desde la que enviaba a su nieta postales, las cuales eran usualmente pequeñas acuarelas del litoral que ella misma pintaba, y extensas cartas que describían en detalle sus actividades diarias e interacciones con los vecinos.

Cuando, casi tres años atrás, la abuela había enviudado por segunda vez, había empezado a enumerar también en su correspondencia ciertas fatigas que Casandra atribuía en parte, no sin razón, a un ineludible sentimiento de soledad. La misión de Casandra era, pues, no solo confortar a su abuela, sino llevarla de regreso consigo a Francia para que, lejos del frío aire oceánico, el dolor de sus articulaciones menguase y su corazón recuperase su alegría esencial.

Aun si la abuela poseía las cualidades físicas y mentales necesarias para realizar el viaje sola de ser necesario, ciertas situaciones que antaño consideraba estimulantes ahora la atemorizaban, y había insistido en que Casandra hiciese buen uso de su juventud, aventurándose a conocer una nueva porción del mundo, ayudándola a empacar las pertenencias que debían conservarse en la familia y, en especial, haciéndole compañía durante el retorno a casa, algo a lo que ninguna nieta valiente y amorosa se habría negado.

Pues bien, aunque Casandra se había mostrado muy entusiasmada cuando sus padres le ofrecieron aquella rara oportunidad con la que, cabe decir, pocas chicas de su edad o condición habrían soñado, y aunque había fantaseado durante años con el exótico hogar de la abuela, su primera impresión del mar le produjo un estremecimiento tan profundo que perdió por completo la compostura, tanto así que solo las amonestaciones de su padre, quien tuvo que escoltarla hasta el camarote, lograron que reuniese el aplomo suficiente para despedirse de él, asintiendo a modo de réplica ante cuanto este decía sin escucharlo realmente.

Casandra no fue capaz de reunirse con los pasajeros restantes en la cubierta para agitar el brazo conforme el barco se alejaba, sino que permaneció pegada al ojo de buey que la separaba del mundo exterior, su nariz rozando el grueso vidrio torneado, su vista clavada en la obscuridad ilimitada que rodeaba a la embarcación.

Si bien el trayecto no sería en exceso prolongado y ningún relámpago había surcado el cielo desde que el navío había levado anclas en Ahlbeck, Alemania, hasta donde su familia se había desplazado en tren desde Francia con el fin de acompañarla, Casandra se tardó en reunir el valor suficiente para salir del camarote donde había consumido su cena en soledad antes de quedarse dormida largo rato y despertar de modo abrupto en algún momento de la madrugada. La tripulación era limitada y los marineros encargados de supervisar el funcionamiento del barco a vapor durante la noche se dedicaban a su laborioso hacer, dando voces aquí y allí desde lugares que Casandra no identificaba. Los pasajeros que se hallaban a bordo, por su parte, aún dormían en la relativa tibieza de sus habitaciones.

Así pues, Casandra se encontró en la desolada cubierta que la separaba de aquel océano que resplandecía como el ónice bajo el firmamento despejado, el gélido viento flagelando su rostro y revolviendo los cabellos rubios que en vano había intentado mantener cubiertos por la capucha de su abrigo.

Nada sabía ella de la inmensa masa de agua que la rodeaba y no conseguía interpretar los complicados patrones perlados que se tejían en su superficie: no obstante su optimismo natural, estos se le antojaban amenazantes y sintiendo renacer el miedo que la había dominado al ver el mar por primera vez, intentó convencerse de que quizá padecía algún trastorno poco común pero no desconocido para los médicos que trataban a viajeros inexpertos como ella.

Transcurridos unos minutos, pese a que aquel acopio de buena voluntad había logrado retenerla en la cubierta, la intensa humedad marítima ya terminaba de calar los gruesos guantes de lana roja destinados a proteger sus dedos ateridos. Además, sus dientes castañeteaban sin cesar y cada inhalación del inmisericorde viento de altamar hería su pecho como una miríada de dardos flameantes. Diciéndose que buscar resguardo sería lo más sensato, la muchacha empezó a darse la vuelta en dirección a su camarote sobre el oscilante suelo de madera, pero se detuvo cuando un extraño movimiento en la periferia de su campo visual rompió la aparente distribución homogénea de las olas.

Tras obligarse a encarar de nuevo el océano, Casandra fijó la vista en la porción marina donde la irrupción se había manifestado mientras su corazón batía. La negra superficie daba la impresión de no haber sido alterada en lo absoluto y, aun así, la chica intuyó que bajo el lugar escrutado por sus ojos castaños se escondía una presencia consciente y perversa que pretendía observarla sin evidenciarse, una criatura cuya malignidad no estaba en capacidad de definir o calificar, siendo esta enteramente desconocida para ella.

Espantada, apartó su mirada del agua para internarse en el camarote que le hacía las veces de hogar provisional y, no bien hubo asegurado la pesada puerta, reacomodó sobre su cabeza la capucha del abrigo que el viento había volcado sobre sus hombros, envolviéndose también en las cobijas que se enredaban en la litera revuelta. La chica tiritaba convulsamente a causa del frío, el miedo, o una combinación de los dos.

Aunque en términos objetivos no le había ocurrido nada pernicioso, tampoco se sentía a salvo en esa habitación enchapada en brillantes listones de madera de pino: aquello que estaba allí fuera no podía ser un animal, pues los animales no tenían conciencia y por lo tanto no inspiraban el tipo de miedo que ella experimentaba. Una cosa era el temor a perder la vida a causa del ataque de una bestia marina, que sin duda no se haría con ella a menos que la embarcación naufragase, y algo muy distinto era el terror que un ser provisto de conocimiento era capaz de engendrar. A sus veinte años, Casandra aún ignoraba muchas cosas, pero estaba convencida de haber comparecido ante una criatura tan antigua como cruel, y de que esta la observaba con aciago interés a escasa distancia de la superficie.

Entre sus efectos personales, Casandra llevaba papel, lápices de colores de calidad artística cuya producción comercial era novedad en el mercado, y una fotografía de su madre cuando esta tenía su edad, quizá un año más o uno menos. Como ella, su madre poseía larguísimos cabellos claros, abundantes y lisos, extremidades alongadas y ojos oscuros rebordeados de pestañas muy negras. Aunque aquel retrato en blanco y negro no revelaba detalles del aspecto de su madre como la mezcla de matices cálidos y fríos de su cabellera o el brillo particular de su mirada cuando estaba alegre, los cuales embelesaban a diario a Casandra, este permitía a la muchacha sentirse vinculada a la calidez de su hogar.

En su afán de disipar los tenebrosos sentimientos que la embargaban, se sentó al pie del escritorio, que como todo el mobiliario del barco estaba sujeto al suelo, y se propuso esbozar en su cuaderno de dibujo el rostro de algún personaje descrito por su abuela Marion en las numerosas cartas que le había enviado a lo largo de los años.

Puesto que, de todos ellos, el que realmente había cautivado su imaginación era el sobrino del capitán, un chico de su misma edad quien para entonces también había crecido y con el cual había empezado a corresponderse con cierta regularidad para que ambos pudiesen practicar el finés y el francés respectivamente, Casandra se esforzó en dibujarlo como lo vislumbraba en su fantasía. Poco a poco, al tanto que coloreaba de marrón y ocre los mechones de cabello que enmarcaban el agradable rostro previamente bosquejado, empezó a tranquilizarse, y cuando ya aplicaba una fusión de gris, verde y azul al interior de sus ojos para finalizar el retrato, se dijo que, aunque hubiesen intercambiado muchas epístolas, aún no lo conocía y, por ende, no podía plasmar en el papel lo que encerraba su mirada.

El muchacho, cuyo nombre era Reijo, le había enviado un presente hacía poco más de dos años: se trataba de una diminuta perla de color azul violáceo que, desde entonces, Casandra siempre portaba consigo.

Dejándose guiar por la emoción que le inspiraba el prospecto de verlo, se levantó de la cómoda silla para hurgar, con dedos ahora tibios, en su equipaje. Se afligió al no hallar la perla y por un instante creyó haberla perdido, pero en cuanto la palpó a través de un pequeño roto en la bolsa de seda donde llevaba las pocas joyas que poseía, se sosegó. Sonriendo, extrajo con delicadeza de entre sus prendas de vestir la tierna formación marina y la sostuvo en la palma de su mano para observarla a la luz de la lamparita de cristal verde que había permanecido encendida desde que había ingresado al camarote por primera vez: la perla despedía el mismo brillo tornasolado que el día en que la había descubierto entre los dobleces de la carta que Reijo le había enviado, la cual incluía también una pequeña nota en francés, la lengua natal de Casandra, que leía:

Una fina perla para la muchacha más linda del mundo. Espero sea para ti, así como lo es para mí, la promesa de reunirnos algún día. Llévala contigo en todo momento del mismo modo en que yo te llevo conmigo siempre.

Reijo

Cuando más absorta estaba en la contemplación de la perla, un sonido proveniente del exterior interrumpió su ensueño. Aunque jamás había escuchado algo semejante y podría haberse tratado del gemido de dolor de algún animal, aquel parecía haber sido emitido por una garganta humana. El sol salía en ese instante, tiñendo de naranja el vidrio de su única ventanilla, y aun cuando no quería volver a experimentar el terror de la hora previa, la curiosidad, unida a la tétrica posibilidad de que alguien hubiese caído al agua, venció al fin a Casandra. Con los pelos de punta tuvo que acercarse de nuevo al ojo de buey para echar un vistazo al exterior.

Por más que varios pasajeros alarmados habían escuchado el mismo sonido grave, y por más que Casandra creyó haber visto una abundante cabellera plateada moverse entre las aguas, el conteo exacto de los tripulantes y pasajeros de la nave garantizaba que no habían perdido a nadie. Satisfechos, los marineros afirmaron que aquello que los viajantes habían confundido con un lamento no era más que el bufido propio de algún pez de gran tamaño que, atraído por el movimiento de la embarcación, había emergido durante unos breves instantes para volver a sumergirse de inmediato.

Cuando los demás pasajeros se retiraron de nuevo a sus habitaciones y la calma de la mañana se extendió sobre el mar, Casandra desayunó acurrucada sobre la silla de su camarote, pasando cada bocado con una perturbadora mezcla de horror y maravilla, pues estaba convencida de haber escuchado y visto alejarse a la criatura que momentos antes la acechaba.

Consumido el desayuno, se reclinó en la litera aferrando la pequeña perla en la mano y extinguió la luz que había dejado encendida en el transcurso de la noche, de la cual no podía prescindir mientras estuviese despierta si quería ver más allá de sus narices en la penumbra del camarote. Aunque aún se hallaba bastante inquieta, el ulular del viento logró serenar sus pensamientos y pronto se quedó dormida.

La muchacha, que rara vez recordaba sus sueños, soñó en aquella ocasión que estaba con sus padres y su abuela Marion en una pequeña barca sin remos que las olas de altamar guiaban a su merced. El oleaje causaba que sus acompañantes cayeran al agua y la angustiada chica intentaba socorrerlos echando el torso por la borda, tendiéndoles ambos brazos para que se aferraran a ella.

A pesar de sus esfuerzos, pronto perdía de vista a sus parientes en las aguas oscuras y no lograba distinguir sus ropas o siluetas en la cercanía por lo que, presa del pánico, se ubicaba en medio de la embarcación para conservar el equilibrio. Sin embargo, la ola sobre la que navegaba se había elevado varios metros por encima de las demás y descendía de súbito, volcando la barca que la albergaba. El ímpetu de la marea la sumergía forzosamente y la muchacha no tenía más opción que enfrentar la negra profundidad. Como no sabía nadar, su única alternativa para sobrevivir residía en alcanzar el borde de la barquita que flotaba sobre su cabeza para izarse por encima de las olas. Sus manos buscaban frenéticamente la madera cuando unos dedos se cerraron en torno a su tobillo y tiraron de ella hacia abajo.

Casandra tragó gran cantidad de agua salada sin comprender qué la hundía de modo irremediable. Segundos después, atisbó un rostro difuso bajo sus pies y el agua que había entrado a sus pulmones salió despedida de su boca en compañía de densas burbujas que nublaron su visión. Aun así, cayó en la cuenta de que su agresora, cuyos contornos emanaban un débil resplandor en medio del turbio océano, no era ninguna otra que la criatura que la rondaba durante la vigilia, lo cual provocó que la chica patalease y gritase, inhalando agua una vez más. Lo único que Casandra logró apreciar con nitidez en un instante fugaz fue la horrible sonrisa de una mujer-monstruo que evidenciaba su regodeo en la victoria inminente del océano: la muchacha ya era arrastrada hacia una tumba acuosa en un abismo marítimo cuando los graznidos de las gaviotas la arrancaron de aquel infausto sopor.

Casandra pasó todo un día encerrada en su camarote buscando solaz en el hecho de que hasta entonces ninguno de sus sueños se había hecho realidad y se alegró al enterarse de que, según lo previsto con base en las condiciones meteorológicas, el navío debía alcanzar la costa en el transcurso de la noche venidera, por lo cual ya no tendría que soportar el continuo vaivén del océano hasta su retorno.

El sol brilló con fuerza sobre la pulida embarcación y algunos pasajeros se sobrepusieron al cortante viento que la recorría de popa a proa para salir a recibir los rayos del astro rey. Una temerosa Casandra los observó a través del ojo de buey, anticipando el momento de volver a escuchar el inquietante sonido de la tarde anterior pero, para su tranquilidad, todos retornaron a sus habitaciones sin haber experimentado ningún sobresalto, tan pronto el frío los venció. Solo cuando el grumete anunció el momento del ansiado arribo, horas después de la medianoche, los ocupantes se precipitaron de nuevo a la cubierta dando voces de júbilo.

Pese a que la belleza nostálgica de la amplia bahía habría conmovido a Casandra en otras circunstancias, el anhelo de pisar tierra firme consumía todos sus pensamientos. En el instante en que sus botas se posaron sobre el suelo escarchado tras haber recorrido la totalidad del muelle, admitió para sus adentros cuán infernal se le había antojado aquel viaje, y aunque lloró de alegría al atisbar el amado rostro de su abuela entre la multitud que aguardaba a los viajeros, también lloró de alivio. Aun así, saber que tendría que surcar aquellas pavorosas aguas de nuevo la angustiaba profundamente.

La casa de la abuela, cuya fachada exhibía una pálida tonalidad rosa algo excoriada por la humedad, era encantadora. Aunque la propiedad ya había sido vendida, así como su mobiliario, la abuela no tendría que entregarla hasta el mes subsiguiente y por ello la biblioteca aún contenía todos los hermosos volúmenes de mapas antiguos y cartas de navegación empastados en cuero rojo, verde o marrón pertenecientes al difunto capitán.

El salón y el comedor habían sido pintados de verde limón y lila respectivamente, mientras que los marcos de las ventanas y puertas eran blancos. Grandes conchas rosadas, amarillas, azules y moradas de todas las formas habían sido ordenadas con cuidado en gruesas vasijas de cerámica con motivos marítimos trazados en esmalte turquesa y lapislázuli, mientras que múltiples óleos impresionistas de paisajes costeros pendían de las paredes, recreando por etapas la bahía que se apreciaba desde la parte frontal de la vivienda.

La réplica a escala de un viejo galeón podía apreciarse dentro de una botella de vidrio azulino que adornaba el centro de la pesada mesa de sala, bajo la cual se extendía una amplia alfombra a rayas confeccionada con lana de colores pastel. El ambiente de la casa era cálido e invitante, y Casandra logró hacer a un lado sus temores secretos cuando, sentada en una poltrona abullonada junto a la chimenea, empezó a beber la primera taza de chocolate caliente preparado por su abuela.

—Has crecido más desde que me enviaste esa última fotografía, Casandra, querida —apuntó la abuela con una sonrisa tras ponerse las gafas para observar a la luz de la lumbre el rostro de su nieta—. Sin embargo, te habría reconocido en cualquier parte. Sabes que los ojos son los espejos del alma, y la mirada de un ser querido queda grabada en nuestro corazón por siempre.

La chica, quien iba a replicar que ella también habría reconocido a Marion donde fuese y sin importar cuánto tiempo hubiese pasado, se detuvo de repente al recordar la mirada maligna proveniente del mar. Al cabo de unos segundos, preguntó con resquemor:

—¿Qué hay de las miradas de aquellos que nos odian, abuela?

Las palabras de la chica causaron que Marion se estremeciera.

—¿Por qué preguntas algo tan macabro, Casandra?

La muchacha tragó un sorbo de chocolate espumoso y, con dedos trémulos, depositó la taza sobre la mesa para quedarse viendo a Marion con expresión de desconsuelo. Aunque deseaba dejar en el pasado sus impresiones del viaje, no pudo evitar sincerarse ante su abuela y terminó por contárselo todo, sin omitir detalle. Marion la escuchó en pétrea quietud, sus verdes ojos aguados en algunos momentos, y cuando la chica terminó de narrar su historia, sentenció con un hilo de voz:

—El mar está lleno de peligros. Algunos son conocidos para el hombre… y otros no.

—¿Crees que el mal que presentí es real, abuelita? —inquirió la chica, deseando en parte no haberle dicho nada a Marion.

—Temo que sí —respondió esta, mirándola por encima de los anteojos—. Escucha con atención, Casandra, pues lo que voy a contarte no se lo he dicho a nadie.

”Poco antes de que el capitán falleciera, tuve horribles pesadillas relacionadas con el océano, el cual, como sabes, nunca antes me había producido miedo. Durante más de un mes soñé con el mar revuelto, cuyas aguas causaban que alguno de mis seres amados muriese anegado hasta que, una noche en particular, soñé que quien era arrastrada por las corrientes marinas era yo: una monstruosa criatura se aseguraba de que no pudiese nadar hacia la superficie, sujetándome con fuerza y halando de mí en dirección al fondo del océano. Esta tenía largos cabellos plateados y una sonrisa cruel que jamás podré borrar de mi mente… —dijo, para agregar en un susurro—: Parecía estar manchada de sangre.

”En aquel sueño, justo cuando me encontraba a punto de perder el conocimiento, comprendía que estábamos por alcanzar la base del mar y lograba avistar, en una última instancia, apilados unos sobre otros, los huesos y cadáveres en descomposición de muchos hombres. La horrífica visión me impulsó a inquirir con mi último aliento, mis ojos clavados en los de la criatura:

”—¿Quién eres?

”—Soy Jūratė, la reina de estas aguas —respondió ella, desafiante.

”Al escuchar su nombre, sentí que mi corazón se helaba. El terror causó que despertase —prosiguió la abuela—. Sin embargo, estaba empapada de pies a cabeza y mi cama olía a agua de mar. Esa mañana llegaron noticias del puerto: el barco de mi esposo había naufragado. Como te habrás enterado por medio de tus padres, su cuerpo fue hallado pocos días después en una de las islas vecinas.

Marion limpió con el dorso de su mano las lágrimas que se habían deslizado por sus mejillas y, encogiéndose de hombros, añadió:

—Por casi tres años le he temido al océano que se extiende ante mí pero jamás te habría pedido que vinieras si no hubiese logrado convencerme al fin de que todo fue producto de mi fantasía, y la muerte del capitán solo una terrible coincidencia. Creí que recobraría mi habitual fortaleza al saber que me acompañarías de regreso a casa. Aun así, lo que me has contado ha reavivado mis temores. ¡Oh, Casandra! ¡Jamás me lo habría perdonado si algo te hubiese ocurrido! Debí emprender sola