Un fantasma recorre Oriente Medio, es el fantasma del Estado Islámico. Daesh es como se nombra en Oriente Medio a lo que se conoce en Occidente como el Estado Islámico de Irak y Siria (al-Dawla al-Islamiya fial-Iraq wa al-Sham)1. Contra él se unen los chiíes de Irán y los de Al-Sistani en Irak, los kurdos, Hizbulah, tribus suníes, y hasta potencias occidentales. Su popularidad se dispara desde el norte de África hasta el sudeste asiático.
Daesh no nace a comienzos de junio de 2014, cuando sus milicias ocuparon el norte de Irak, incluyendo Mosul, la segunda ciudad del país, sino que es fruto de un largo proceso que incluye elementos históricos (tensiones entre suníes y chiíes, creación de Irak, guerra de Afganistán de los años ochenta), hechos más recientes (invasión de Irak de 2003) y elementos del contexto inmediato (conflicto de Siria, exclusión de suníes iraquíes).
Al final de la Primera Guerra Mundial, las potencias inventaron un Oriente Medio contrario a las dinámicas locales, potenciando conflictos que hoy florecen. El fetiche del Estado-Nación confronta el mapa cultural y religioso de la región, para remplazarlo por un mapa de Estados.
Parte de las tensiones del siglo XX en Oriente Medio han estado relacionadas con el nacionalismo estatal, pues venerar la patria es incompatible con las versiones islámicas más radicales para las cuales solo y únicamente Dios (Allah en árabe) debe ser venerado.
En lo cultural, árabes, kurdos, turcos y persas se resistieron a pensar en las fronteras estatales como principal referente político de Oriente Medio, y si finalmente lo aceptaron fue producto de la presión imperial de Inglaterra, Francia y Estados Unidos.
El error está en pensar que Oriente Medio se explica país por país, olvidando que son, ante todo, un mosaico de naciones sin Estado y de Estados sin naciones. Pero sus guerras no provienen automáticamente de dicha mezcla sino del pésimo manejo históricamente dado para resolver las tensiones acumuladas entre diferentes grupos. Daesh desafía esas fronteras coloniales y reinventa unas nuevas, que resultan funcionales a su proyecto político-religioso.
Desde finales de 2013, milicias suníes avanzaron desde Siria, conquistando ciudades en Irak, y su experiencia militar les permitió obligar a la huida al débil ejército iraquí. Sus siglas iniciales en inglés ISIS, (en árabe, Daesh), significan: Estado Islámico de Irak y Siria; su meta: crear una teocracia en estos países2; su inspiración: Al-Qaeda. Su nombre es la negación del Acuerdo Sykes-Picot3, mediante el cual Francia e Inglaterra acordaron repartirse el Medio Oriente, antes de que acabara la Primera Guerra Mundial.
El Estado Islámico no solo mira a Irak, combate en Siria y además tiene capacidad militar mostrada en Líbano, sino que sus pretensiones son universales: un tipo de revolución permanente guiada por su lectura del islam. Aumentan su capacidad militar, el dinero y las armas que han ganado con la captura de ciudades y pueblos.
Mapa del Acuerdo Sykes-Picot, que corresponde a la distribución de Oriente Medio planeada por Reino Unido y Francia, cuando la Primera Guerra Mundial todavía estaba en curso.
Los europeos y otros extranjeros que llegan a las filas de Daesh representan un flujo de ideas que acrecienta el uso de nuevas tecnologías, así como un ejemplo a seguir por musulmanes de Europa y del resto del mundo. En esta guerra, el flujo de personas desplazadas, torturadas, violadas y asesinadas crece de manera exponencial.
Este trabajo recoge mis reflexiones sobre el Estado Islámico, fruto de mi conocimiento previo de la región, y especialmente de los conflictos sirio e iraquí, y de mis experiencias en la región de Oriente Medio desde 2003; además, del estudio de las publicaciones de Daesh, así como del debate de otros estudiosos del fenómeno. El objetivo es acercar a la persona interesada a un fenómeno que trasciende sin duda la región de Oriente Medio, que está lleno de mitos, y que representa una amenaza real y creciente para la humanidad.
El Estado Islámico es el fruto de una cadena de tensiones que empiezan desde el origen mismo del islam y se agravan con la ocupación de Estados Unidos a Irak (2003) y el conflicto de Siria, hechos a los que se suman el islam radical, la disputa entre suníes y chiíes4, la guerra contra el terror y la situación de los kurdos.
Daesh ocupó los titulares tras la espectacular toma de la segunda ciudad de Irak, Mosul, por parte de sus milicias radicales suníes (junio de 2014), en ese momento llamadas Estado Islámico de Irak y Siria, y hoy simplemente Estado Islámico. Su presencia militar se consolida en ciertos territorios y su proyecto crece. Hoy vemos los frutos, pero las raíces y las ramas llevan tiempo en Oriente Medio.
El proyecto de Daesh es como una cebolla de capas superpuestas. Su fundación se da en el marco de la ofensiva de milicias suníes radicales en el norte de Irak y el oriente de Siria. Sus antecedentes inmediatos están en la conformación de una organización armada bajo un discurso islamista, fruto de la ampliación de la presencia de Al-Qaeda en la zona.
Antes de esto, en 2003, su embrión aparece a partir de la proliferación de grupos de resistencia ante la ocupación de Estados Unidos y de sus aliados. Entre 2003 y 2011 hubo más de cien grupos armados insurgentes5.
Más atrás, a la configuración de una práctica y un discurso radical nacido en las montañas de Afganistán y que fue sustento de los talibán (palabra plural que significa los estudiantes) y de Al-Qaeda (que significa el fundamento, la base) y mucho antes, con la creación arbitraria y colonialista de Irak, sin tener en cuenta las agendas locales de suníes, chiíes, árabes, kurdos y otras comunidades.
La solución que se busca en el presente estaba en el pasado: no crear Irak desconociendo las dinámicas locales, no invadir el país en 2003, no excluir a los suníes de la participación política y social, actuar cuando los islamistas empezaron a desplazar a los rebeldes sirios moderados y/o reaccionar ante la alarma temprana que fue el ataque de Daesh en el occidente de Irak a finales de 2013.
El Estado Islámico ha logrado canalizar el descontento suní tanto en Siria como en Irak, e incluso en Líbano. Tiene una amplia base social que explica no solo su actual control territorial, sino su crecimiento. De Irak pasó a Siria, donde se nutrió de los recursos que llegaban del Golfo Pérsico para la oposición armada al gobierno de Al-Asad. Allí enfrentó a los rebeldes moderados6, intentó absorber a otro grupo radical (Al-Nusra) y logró imponer el discurso religioso a una parte de la oposición siria. Según la CIA, para septiembre de 2014 tendría entre 20 000 y 31 000 combatientes7.
De regreso a Irak, retomó sus antiguos bastiones y a finales de 2013 tomó control de una parte importante de la provincia occidental de Anbar8, donde algunos suníes los recibieron como liberadores ante un gobierno central discriminador, excluyente y violento. Bagdad creyó que la respuesta militar sería la solución.
En junio de 2014 las milicias de Daesh tomaron una ciudad en el norte de Irak de dos millones de habitantes: Mosul. Los soldados del ejército iraquí huyeron dejando provisiones y armas en manos de las milicias9. Solo 1.300 milicianos derrotaron 60.000 soldados, gracias al apoyo local nacido del descontento suní10.
Los avances de Daesh le han permitido tomar ciudades del norte de Irak, consolidarse en Siria, enfrentarse a Hizbulah en Líbano y atacar a los kurdo-sirios en Kobane. Solo los kurdos y las milicias chiíes han logrado detener su avance pero a un alto costo en vidas humanas.
Daesh tomó buena parte del norte de Irak, persiguiendo a todos los que no se sometieran a sus designios. Así, los kurdos, los yazidíes, los cristianos, los chiíes, y hasta los árabes suníes que mostraban desacuerdo han sido perseguidos y asesinados11.
La violencia entre suníes y chiíes se ha exacerbado12; la causa kurda se ve en peligro ante la caída de Mosul y los ataques contra el frente kurdo en Siria (las milicias de las Unidades de Protección Popular, YPG); Daesh sigue creciendo entre algunos sectores del mundo musulmán y tiene ya alrededor de 17 000 combatientes extranjeros13; Al-Qaeda ha sido superada por el Estado Islámico, que le disputa como referente internacional14; y en la guerra de Siria ha perdido espacio la agenda nacionalista a expensas de la agenda religiosa.
Estados Unidos, Turquía, Irán y Siria comparten su preocupación ante el crecimiento y afianzamiento del Estado Islámico, pero lo hacen por razones diferentes. Hoy, esa propuesta radical tiene grupos de apoyo en buena parte del mundo, desde Holanda hasta Indonesia. Pase lo que pase han demostrado que la torpeza de las potencias al delinear Oriente Medio, al invadir sus países y al alimentar la islamofobia solo cosecha un odio que, efectivamente canalizado, puede llevar a la guerra.
Como todos los grupos fanáticos, poco importa que sus argumentos sean débiles o ilógicos, mientras sus seguidores los crean. No es solo un proceso racional lo que moviliza a sus combatientes y a sus seguidores, sino un acto de fe. Aupados en una lectura radical del Corán, una peligrosa convicción de ser dirigidos por un heredero del profeta Mohamed (el ahora califa Al-Baghdadi), y una aplicación a rajatabla de la sharía (la ley islámica), avanzan sin dejar espacio para la duda que es asociada con el pensamiento de los kuffar, los infieles. Además, jóvenes de muy corta edad se incorporan en sus filas, obedeciendo el llamado a combatir a los no creyentes.
Inspirados en esa promesa de recrear un califato para todos los musulmanes del mundo, han llegado a las filas del Estado Islámico combatientes de más de ochenta países que se han convertido en los voluntarios para ataques suicidas y han alimentado la maquinaria de publicidad. Por ejemplo, el crimen del periodista James Foley15 es, en términos de nacionalidades, el asesinato de un estadounidense por parte de un inglés.
El Estado Islámico es la fase superior del proyecto de Al-Qaeda, un alumno que supera a su maestro. El 11 de septiembre de 2001 era un símbolo, pero no ofrecía ni un frente preciso de guerra, ni un avance más allá de lo emblemático. Daesh ofrece un escenario concreto para los radicales del mundo que se suman bajo un mismo grito de guerra; ofrece una causa, una bandera, un arma, un enemigo, un discurso y una razón para morir16.
Contrario a cierta percepción en Occidente, la gran mayoría que combate contra el Estado Islámico está compuesta precisamente por musulmanes. Lo son las milicias chiíes movilizadas desde varias ciudades de Irak ante el llamado de sus líderes, como Alí Al-Sistani17 y Moqtada Al-Sadr; la mayoría de soldados kurdos, los Peshmerga, también lo son, como la mayoría de miembros del ejército de Irak. Y los suníes que se oponen a Daesh no lo son menos; no es pues una guerra de civilizaciones.
Resulta paradójico que sean estos radicales los que unen, por lo menos en la acción, a Estados Unidos y a Irán, el primero por su agenda petrolera y el segundo porque Daesh es una amenaza múltiple.
Nadie es tan optimista como para augurar un final de Daesh y menos en poco tiempo. Los expertos hablan de años18. Lo que parecía una milicia más en la maraña de Oriente Medio y otra expresión de violencia religiosa ha mostrado su verdadera naturaleza: un grupo que hereda lo “mejor” de Al-Qaeda, que interpreta muy bien la realidad local de Siria e Irak y que crece sin que los ataques en su contra muestren efectividad; un grupo que se erige como un ejemplo a seguir en otros países, que recoge militantes no solo dentro del mundo árabe-musulmán sino, curiosamente, dentro de la sociedad europea, la que se ufana de ser defensora de los derechos humanos.
Daesh reivindica ser Estado y ser islámico. Ambas pretensiones han sido continuas en sus documentos, así como controvertidas por sus contradictores: tanto sosteniendo que no cumple con las formalidades de un Estado, como que es más una negación del islam.
Empecemos por discutir qué es un Estado. “El Estado se manifiesta como una unidad de poder”19, pero tal poder no puede radicar solo en el ejercicio de la fuerza. Bobbio se pregunta: “¿Si nos limitamos a fundar el poder exclusivamente en la fuerza, cómo se logra distinguir el poder político del de una banda de ladrones?”20. El problema es reducir el Estado Islámico solo a una banda de ladrones, lo que es inexacto y peligroso.
El Estado puede ser definido a partir de sus dos elementos constitutivos: “la presencia de un aparato administrativo que tiene la función de ocuparse de la prestación de los servicios públicos, y el monopolio legítimo de la fuerza”21.
Es decir, aquí se prescinde de la noción de Estado como el conjunto del pueblo, el territorio y la soberanía que usan algunos escritores, por cuanto esto explica los componentes pero no la naturaleza.
El Estado de derecho es aquel concebido como órgano de producción jurídica y, por tanto, como ordenamiento jurídico en su conjunto (sea o no de nuestro agrado), siendo su fundamento el gobierno de las leyes. Tal Estado se manifiesta a través de la formulación y la aplicación de unas normas conocidas y aceptadas, en las que se define el Estado mismo y se desarrolla el derecho. Hay que tener en cuenta que Daesh tiene una serie de normas que rigen tanto a la población bajo su control, como a las instituciones de administración (como veremos más adelante).
“El derecho rige porque es impuesto por la organización; pero la organización, como institución jurídica que es, supone el Derecho”22, entendiendo que las normas renuevan la legitimidad del Estado mismo.
Una de las cosas de Daesh es su probada legitimidad, ganada no solo por los errores (y crímenes) de sus enemigos, sino también por la convicción entre sus combatientes (varios miles son europeos recién llegados a Oriente Medio) y el apoyo de una parte de la población bajo su control.
Los detractores dirán que Daesh no ha sido reconocido como Estado por la comunidad internacional, que no cumple con ciertas formalidades jurídicas; pero lo que no se puede negar es su control territorial23 y que tiene un gobierno único y unificado.
Más allá de formalismos (que tampoco son cosa menor), lo que Weber define como Estado, el monopolio de la fuerza24, es una realidad en el occidente de Irak y en el oriente de Siria, bajo el control de Daesh. Mosul en Irak y Raqqa en Siria son las capitales del Estado Islámico, que continúa controlando efectivamente regiones, impartiendo justicia (así sea basada en una interpretación altamente discutible del Corán), cobrando impuestos, administrando la polis y consolidando su propuesta de Estado.
Resumir el islam en pocas palabras es, en este texto, tan necesario como peligroso. Ser musulmán es aceptar el islam, la sumisión a Dios. Y esa sumisión está escrita en el Corán, un libro revelado en árabe, que contiene la palabra de Dios, dicha por el ángel Gabriel (Yibril) a Mohamed.
Los cinco pilares del credo musulmán son: la profesión de fe (aceptar que Dios es uno solo y Mohamed su profeta), la oración (cinco veces al día), el zakat (un deber del musulmán de compartir los bienes materiales que tiene con los más pobres), el ayuno (en el mes de Ramadán) y la peregrinación a La Meca (por lo menos una vez en la vida).
Los musulmanes aceptan a los judíos y los cristianos como “las gentes del Libro”25, siendo Jesús uno de los profetas, pero no el último, lugar reservado para Mohamed (quien ha sido mal castellanizado como Mahoma)26. El Corán menciona a Adán y Eva, a Noé y su diluvio y hasta tiene la sura 19 (un capítulo) dedicado a María.
A diferencia del mundo católico (donde la idea de separación Estado-religión es más fuerte en la actualidad, aunque no lo suficiente), en general en el mundo musulmán el papel de lo religioso en la administración de lo público es mayor. Jesús creció bajo un imperio existente, el romano, mientras que Mohamed tuvo que crear un proto-Estado, ser su líder político, y jefe militar y administrativo27.
La ley musulmana o sharía (palabra que significa literalmente “camino al manantial”) está reconocida en varios países como única fuente de derecho, con lo cual las libertades se ven constreñidas (es el mismo debate que tiene Israel al pretender ser democracia cuando se guía por la Torá, su libro sagrado), pero que en otros es fuente de derecho, sin ser la única.
La sharía prohíbe el homicidio, las relaciones extramaritales, el consumo de alcohol y los juegos de azar, y regula algunos aspectos de la vida familiar. Esto genera un debate académico y práctico: la posibilidad de conciliar la democracia con lo musulmán, que tampoco es un imposible.
Las dos ramas más numerosas de la religión musulmana son los suníes, palabra que retoma las sunas, el libro que contiene la vida del profeta Mohamed y por tanto su ejemplo de vida, y los chiíes, palabra que significa: los seguidores de Alí, yerno y primo del profeta Mohamed.
Los suníes reconocen la sucesión y el poder encarnado en los califas, por fuera de la descendencia directa del profeta. Los chiíes difieren en el alcance de la relación entre el Estado y la religión, en últimas en la lucha por el control del poder luego de la muerte del profeta. Los chiíes solo aceptan la sucesión de la descendencia directa del profeta.
En el norte de África hay una gran mayoría suní, mientras en países como Bahréin la mayoría es chií, y en Yemen hay 65 % de suníes y 35 % de chiíes además de la presencia de una rama del islam llamada zaydismo; en Siria gobierna un régimen de matriz chií con particularidades religiosas: el alawismo; en Irán gobierna el chiísmo; y en Arabia Saudita, una forma suní conocida como wahabismo.
Debemos tener en cuenta que el 15 % de los palestinos son cristianos, y que hay minorías cristianas en la región (como maronitas en Líbano, coptos en Egipto, etc.). El debate es qué tan religiosa es la acción política de un creyente y, por tanto, qué tan musulmanas son sus banderas y sus agendas sociales.
En Bahréin, todo indica que las reivindicaciones de las mayorías chiíes, excluidas del poder, son más cercanas a la justicia social de corte marxista que a una agenda religiosa28. En el caso de Egipto, la Hermandad Musulmana fue defensora de las revueltas contra Mubarak, pero después levantaron la bandera religiosa; en Siria, la red alawí no tiene tanto que ver con la religión como con las relaciones clientelares que desarrolla el Estado.
Hay dos posiciones extremas en lo religioso: un modelo más “laico” (por decirlo de alguna manera), en el que se construye un Estado moderno con una sociedad creyente en el islam (el modelo turco es quizá lo más cercano), y un modelo de Estado confesional, en el cual el Corán (y su interpretación) sirve como guía no solo de lo privado sino también de lo público (el modelo talibán).
Tanto los partidarios de la primera opción como los de la segunda están moviendo sus fichas en Oriente Medio para posicionarse de la mejor manera. Lo que no se puede perpetuar es la visión occidental/capitalista de reemplazar la “amenaza comunista” con la “amenaza musulmana”.
Para muchos la reivindicación de Daesh aceptada sin matices por la prensa occidental, la de ser un Estado Islámico y de encarnar un califato, es parte del problema: la lucha de Daesh es política y no religiosa, sus actos son más exactamente antiislámicos y sus prácticas políticas contrarias a lo que debe ser, en rigor, un califato29.