GuiaParaViajerosDelCielo-B-1

Contenido

Portadilla

Epígrafe

Contenido

Nota del editor

Introducción

Los binoculares

Selección de binoculares

Accesorios

Utilización de los binoculares

Historias de lentes y telescopios

Cómo observar

El lugar de observación

El observatorio

La actitud del navegante

Lista de navegación

Astrónomos unidos contra la luz

La primera noche afuera

Las constelaciones

Cómo orientarse

Los planetas

Las estrellas

Los nombres de las estrellas

Las magnitudes

Los colores de las estrellas

Pares de estrellas

Estrellas variables

Novas y supernovas

La Estrella de Belén

Cúmulos de estrellas

Las Pléyades

Las nebulosas

La Vía Láctea

La Vía Láctea en la mitología

Observando el espinazo de la noche

La Nubes de Magallanes

El Sistema Solar

El Sol

Técnicas de observación del Sol

La Luna

Movimientos y fases de la Luna

Un conejo en la Luna

Observación de la Luna con binoculares

Lugares de interés en la Luna

Eclipses de Sol y de Luna

Observación de eclipses

Eclipses de Sol

Eclipses totales de Luna

Cuando los astros se encuentran

Los planetas

Breve mitología planetaria

La Tierra

Los asteroides

Observación de asteroides

Extraña explosión en Siberia

Los meteoritos

Leyendas de meteoritos y estrellas fugaces

Observación de meteoritos y lluvias de meteoros

Los cometas

Fuego en el cielo

Observación de cometas

Observación de satélites y ovnis

Mitos, constelaciones y Zodiaco

Los nombres de las constelaciones

El Zodiaco

Las constelaciones con binoculares

Las ochenta y ocho constelaciones

Andromeda, Triangulum

Aquarius, Equuleus

Aquila, Delphinus, Sagitta, Scutum, Vulpecula

Aries, Perseus

Auriga

Boötes, Canes Venatici, Corona Borealis

Cancer, Lynx

Canis Major, Caelum, Columba, Lepus, Puppis, Pyxis

Canis Minor, Monoceros

Capricornus, Microscopium, Piscis Austrinus

Carina, Chamaeleon, Dorado, Pictor, Vela, Volans

Cassiopeia, Camelopardalis

Centaurus, Circinus, Crux

Cygnus, Cepheus, Lacerta, Lyra

Gemini

Hercules, Draco

Hydrus, Mensa, Reticulum, Tucana

Leo, Leo Minor

Libra

Ophiuchus, Serpens

Orion

Pegasus

Phoenix, Eridanus, Fornax, Grus, Horologium, Sculptor

Pisces, Cetus

Sagittarius, Corona Australis, Indus

Scorpius, Lupus, Norma, Telescopium

Taurus

Triangulum Australe, Apus, Ara, Musca, Octans, Pavo

Ursa Major, Ursa Minor

Virgo, Antlia, Coma Berenices, Corvus, Crater, Hydra, Sextans

Apéndice

El primer telescopio

Glosario

Bibliografía

Créditos

Nota del editor

lo largo de la obra el autor se refiere a los objetos celestes tanto con los nombres astronómicos o genitivos –que utilizan la forma en latín– como el nombre en español. Por ello, no debe extrañarse el lector de encontrar Pleiades, Aldebaran o Ursa Minor en lugar de los usos comunes Pléyades, Aldebarán u Osa Menor. Para conocer más sobre estas convenciones, consultar las páginas 180-182, donde se enlista la correspondencia de nombres respecto a las constelaciones.

Esta es la primera relación, el primer discurso. No había todavía un hombre, ni un animal, pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques, solo el cielo existía.

No se manifestaba la faz de la tierra. Solo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión.

La creación de la Tierra descrita en el Popol Vuh,
el libro sagrado de los quichés, pueblo de
origen maya de Guatemala.

Introducción

n fenómeno celeste impresionó vivamente a la corte de astrónomos de la dinastía Xia, en China, en la primavera del año 1953 a.C., hace cuarenta siglos. De acuerdo con escritos muy antiguos, una mañana los observadores del cielo fueron testigos de la extraordinaria conjunción de cinco planetas, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, que brillaban alrededor de la Luna cerca de las constelaciones hoy día conocidas como Aquarius y Pisces.

Es posible que, coincidiendo con el comienzo de la primavera, esta extraña reunión de astros observables a simple vista en una pequeña área del cielo haya motivado a los astrónomos a considerarla como una señal muy propicia para iniciar un nuevo y definitivo calendario, que se conoce actualmente como el calendario chino.

Una conjunción de Marte, Júpiter, Saturno y la Luna en Scorpius también aparece registrada en los jeroglíficos del Templo de la Cruz en Palenque, México, asociada con el mito maya de la creación, aunque de esta civilización es más conocida la construcción de El Caracol en Chichén Itzá, Yucatán, un observatorio en la cúspide de una torre circular que contiene agujeros orientados hacia posiciones astronómicas de especial significado; de esta región también es famoso el calendario tallado en piedra de los aztecas. Así mismo, merece destacada mención una construcción cuya antigüedad está datada en cincuenta siglos: los círculos de piedra de Stonehenge, en el suroeste de Inglaterra, que probablemente se utilizaban para predecir los movimientos del Sol y la Luna.

La astronomía es tan antigua que su origen se pierde en la noche de los tiempos. Antes que el hombre supiera de la rueda o del fuego ya conocía el orden cósmico que rige el día y la noche, las fases de la luna y las mareas, el tránsito de las estrellas y su relación con el periódico retorno de las estaciones. También sabía que algunos astros, los planetas, no se sometían a este orden natural sino que vagaban lentamente entre las estrellas. Y por supuesto, se habrá asombrado y aterrado con los fenómenos que rompían la armonía celeste: los eclipses, los meteoritos y los cometas.

Como un medio para entender lo incomprensible, muchas civilizaciones explicaron los eventos del cielo mediante mitos y leyendas. Otras pretendieron registrar la exactitud de su movimiento con las matemáticas; y seguramente la belleza y el misterio de la contemplación de los cielos inclinaron a algunos observadores hacia el terreno de la poesía, las artes y la filosofía. Por supuesto, las aplicaciones relativas a la agricultura, la navegación y el registro y previsión del tiempo eran usadas por todos. Y todos los pueblos antiguos se proyectaron en el cielo, aun por el simple placer de admirar sus tesoros.

Y durante miles de años, hasta el siglo xvii, cuando se inventó el telescopio astronómico, los hombres siempre utilizaron el mismo medio para observar el cielo, sus propios ojos.

Con el telescopio y con los sofisticados instrumentos de nuestros días hemos escudriñado el firmamento de manera cada vez más profunda en el espacio y en el tiempo. Pero tal parece que en el mundo moderno la observación del cielo es un privilegio de especialistas o, en el mejor de los casos, de astrónomos aficionados, pues los habitantes de las grandes ciudades, luminosas y ruidosas, han perdido la costumbre milenaria de asombrarse con la belleza y los grandes misterios que nos ofrece día y noche el universo que habitamos.

En este mapa celeste chino del libro de Dunhuang del siglo VII se puede observar el asterismo de las siete estrellas de la Osa Mayor (abajo).

¿Qué utilidad tiene practicar la astronomía en una civilización que dispone de satélites, calendarios y cálculos tan precisos para el registro del tiempo o la orientación? La tecnología nos ha despojado de toda necesidad de observar cuidadosa y permanentemente los eventos celestes para nuestra supervivencia.

¿Para qué sirve hoy en día saber reconocer las estrellas y las constelaciones? Salvo la capacidad de orientarnos por las estrellas en alguna emergencia –aplicación nada despreciable, por cierto– la respuesta está en el inmenso placer que nos produce admirar las maravillas del cielo, transformar un firmamento desconocido en un círculo de amigos especiales y finalmente comprender que pertenecemos al cosmos, porque nuestro origen, y muy seguramente nuestro destino, están allá afuera. En otras palabras, la astronomía es una experiencia fundamental.

Para disfrutar de esta aventura el primer paso es observar el cielo a simple vista, reconocer el movimiento de los astros, identificar las principales constelaciones y diferenciar los planetas de las estrellas. La reacción inicial ante el asombro y la curiosidad será la de querer observar con mayor detalle este nuevo mundo que empezamos a entender. Y por supuesto, adquirir un telescopio que, aunque modesto, nos permitirá contemplar los cráteres de la Luna, los anillos de Saturno o las lunas de Júpiter, maravillas que no alcanzaron a sospechar nuestros remotos antepasados.

Sin embargo, para el observador principiante sugiero retrasar esta compra porque, además de un costo relativamente elevado, el telescopio no es útil si no se está previamente familiarizado con la bóveda celeste. Y además porque disponemos de otro instrumento de menor precio y más fácil uso: los binoculares.

Astrónomo del renacimiento calculando la distancia angular entre la estrella Aldebarán y la Luna.

Los binoculares tienen diversas ventajas sobre los telescopios, especialmente para el novato; por ejemplo, su bajo poder de magnificación es en sí una cualidad que permite observar imágenes más brillantes con un campo más extenso. Además, la mayoría de los objetos de interés, galaxias, nebulosas y cúmulos de estrellas, son tenues y se localizan y aprecian mejor con poco aumento. Por el contrario, el exceso de aumento significa menor amplitud de campo e imágenes más débiles, con la obvia dificultad de localizar los objetos. Con los binoculares la búsqueda resulta sencilla; así podemos experimentar el placer del descubrimiento desde el principio. Aun desde el jardín o la terraza en una ciudad, las noches estrelladas revelan innumerables tesoros con los binoculares. Por otra parte, los binoculares son un instrumento cómodo y familiar. Una vez que se han comprendido los movimientos básicos del cielo, reconocido las principales estrellas y constelaciones y observado las grandes nebulosas y galaxias, la transición al telescopio, si se quiere, resulta más natural.

Este libro está diseñado para introducir al aficionado en la fascinante aventura de la búsqueda de los objetos celestes, a simple vista y con binoculares. Es, en un sentido muy amplio, una guía para navegar entre las constelaciones y observar el Sol, la Luna, los planetas y los fenómenos astronómicos que están listos a deslumbrarnos. Incluye además las recomendaciones esenciales para asegurar una adecuada observación y contiene información sobre los principales objetos de interés para el aficionado. Sin embargo, he pretendido que la descripción –especialmente de las constelaciones y sus mapas– sea tan completa, que el libro pueda servir también como un práctico compañero del observador más experimentado.

También recreo el extraordinario mundo de la mitología universal. Historias, leyendas y curiosidades alrededor de los astros y las constelaciones nos recuerdan que la observación del cielo es algo más que técnica y orientación: es sencillamente el primer paso en el viaje hacia el inmenso y misterioso universo que habitamos.

Germán Puerta Restrepo

Bogotá, agosto de 2014

Docenas de jóvenes estrellas brotan de las nebulosas de gases y polvo en esta imagen del Telescopio Espacial Spitzer.

Los incas tenían un calendario elaborado y preciso, y un especialista en calendarios: Juan Yumpa, de Uchucmarca, a quien llaman el astrólogo poeta, que sabe de las trayectorias del Sol y la Luna, de los eclipses, de las estrellas y de los cometas, de las horas, de los meses y años, y también de los cuatro vientos del mundo, para sembrar desde hace mucho.

Relato del cronista indígena
Felipe Guamán Poma de Ayala.

Los binoculares

l cielo es un espectáculo permanente. La realidad astronómica es mucho más sorprendente que la ficción, como lo comprueba un cielo completamente estrellado, y las emociones aun mayores cuando conocemos las causas de los fenómenos que descubrimos. Por lo tanto, todo viajero celeste debe aprender a observar el firmamento a simple vista, y todavía mejor, ayudado por un formidable instrumento de navegación: los binoculares.

Incluso la primera observación del cielo, bien sea el objetivo la Luna creciente, la Vía Láctea, las Pléyades o la Gran Nebulosa de Orión, es toda una revelación. El propietario de un instrumento tan modesto como los binoculares tiene en realidad las llaves mágicas de un firmamento maravilloso, oculto para la observación a simple vista.

Selección de binoculares

Los binoculares son muy prácticos, pero no todos son iguales. Generalmente están marcados con dos números, tales como 7x50, 8x35, 11x80, etc. El primer número corresponde al aumento o poder de magnificación (7x, 8x, 11x), y el segundo, a la apertura o diámetro en milímetros de cada lente frontal. Ambos números son importantes; lentes grandes y aumentos altos permiten observar objetos más difusos, pero si la magnificación es demasiada o el instrumento muy pesado, es más difícil encontrar y mantener las imágenes estables, requiriéndose entonces de algún soporte.

De este modo el tamaño y tipo de binocular que se use determinará el número de objetos y detalles que se podrán observar, y la clase de soporte necesario, además del precio que se pagará. Veamos los aspectos más importantes para una adecuada selección de acuerdo con los proyectos de navegación.

El aumento y la apertura marcados en el instrumento son claves para la selección del binocular.

Aumento

Un tamaño manual de binoculares se encuentra en el rango de 6x hasta 12x. Soportes o trípodes son indispensables para instrumentos con aumentos mayores, incluidos los costosos y “gigantes” de 30x. Los modelos con zoom raramente cumplen con las calidades ópticas necesarias para la observación astronómica.

La prueba clave para determinar la calidad óptica de los binoculares es la apariencia de las imágenes de las estrellas, que deben observarse como claros y precisos puntos luminosos. Como en la tienda probablemente no se podrán observar las estrellas, los binoculares se pueden calibrar con objetos lejanos, tales como avisos, cuyas líneas deben apreciarse nítidamente.

Apertura

Los binoculares manuales tienen aperturas que van desde 30 mm hasta 60 mm. Los gigantes están en rangos de 70 mm a 100 mm, y los supergigantes pueden llegar hasta los 150 mm. La apertura es clave para la observación, puesto que determina la capacidad para capturar la luz, y por lo tanto, la posibilidad de detectar objetos difusos. Binoculares con menos de 30 mm de diámetro no revelarán una buena cantidad de importantes detalles del cielo.

Algunos binoculares adicionalmente tienen un revestimiento químico (coated, multi-coated) en lentes y prismas que incrementan su capacidad para transmitir la luz y reducen los reflejos internos o “imágenes fantasmas”. Su mayor precio se justifica por la calidad de la observación.

Campo visual

Es el área del cielo que se puede observar a través del instrumento. Aquí radica la mayor ventaja del binocular sobre el telescopio, ya que permite cubrir amplios espacios en forma fácil y rápida. El campo visual se reduce con aumentos altos, pero los binoculares de 7x a 10x con amplio campo tienen la capacidad suficiente para capturar la mayoría de los objetos más brillantes de las profundidades del espacio.

En consecuencia, los binoculares de 7x y 8x son los más cómodos y prácticos para el principiante, pueden sostenerse manualmente por largo tiempo y además tienen los más amplios campos visuales, por lo que permiten navegar confortablemente entre las estrellas. Son excelentes para objetos como cúmulos abiertos de estrellas, las mayores nebulosas y los cometas.

Un binocular 10x50 y una carta celeste son suficientes para horas de navegación por el firmamento.

Los binoculares de 9x y 10x aun son lo suficientemente pequeños para sostenerlos manualmente y son significativamente mejores para detallar el relieve de la Luna, las nebulosas más difusas o las estrellas dobles. Este es un tamaño de instrumento apropiado para que el astrónomo aficionado emprenda una completa búsqueda de objetos celestes.

Con binoculares de aumentos superiores a 12x se podrán detectar galaxias pequeñas y las lunas de Júpiter, pero ello no forma parte del propósito de este libro ni los recomiendo como un primer instrumento.

Accesorios

Aunque la observación con binoculares es simple, unos pocos elementos son aconsejables para mejorar el rendimiento. Inclusive en modelos pequeños de 7x a 10x es conveniente disponer de algún tipo de apoyo para el instrumento o para las manos que lo sostienen, tanto para asegurar la estabilidad como para evitar la fatiga. Entre las alternativas se encuentran los trípodes y las sillas reclinables con brazos. Los trípodes permiten además la libertad de movimientos para tomar notas, consultar mapas y otras actividades. La mayoría de los binoculares traen una rosca frontal que permite ajustarlos a los trípodes.

A todo esto, la iluminación es clave para consultar mapas y evitar el riesgo de tropezarse en medio de la oscuridad. Puesto que uno de los factores indispensables para una buena observación es la adaptación de la vista a la oscuridad, utilizar luz blanca no es buena idea. Las linternas con luz roja o cubiertas con plástico, papel rojo o esmalte son adecuadas, puesto que este color apenas si afecta los ojos adaptados a la oscuridad.

Los mapas del cielo o de las constelaciones son, por supuesto, esenciales para todo navegante celeste. Hay muchos tipos de cartas celestes y mapas que sirven para localizar los detalles de interés, pero al principiante recomiendo aquellos que representan las estrellas, objetos y constelaciones más visibles o brillantes. Con mayor experiencia se podrán utilizar mapas más detallados.

La mayoría de los binoculares traen una correa que permite colgarlos del cuello; es recomendable utilizarla permanentemente durante la observación, puesto que los golpes son la primera causa de daño de este instrumento. También las tapas para lentes y oculares son esenciales y siempre deben estar colocadas cuando no se utilicen. La humedad, el polvo y los dedos en los cristales son enemigos de la durabilidad de los lentes. En la calidad de los cristales radica la calidad del instrumento.

Utilización de los binoculares

Lo primero que se hace al observar a través de los binoculares es enfocar el objetivo. En algunos instrumentos el foco es simultáneo para ambos lentes y en otros el ajuste es independiente para cada ojo. Este último sistema es el más conveniente. El problema del foco es que generalmente los binoculares pasan de uno a otro observador, y cada quien hace su ajuste particular; en estos casos, dado que en astronomía siempre se enfoca hacia el infinito, lo más sencillo es tener unas marcas que indiquen el ajuste preciso para nuestros ojos.

Si se usa anteojos es mejor quitárselos, puesto que los binoculares corrigen los problemas visuales, excepto un severo astigmatismo. Los lentes de contacto no presentan ningún problema.

Pronto notaremos que al observar los objetos más difusos, estos se distinguen mejor cuando enfocamos la vista ligeramente a un lado y no directamente a su centro. Esta práctica de “desviar” la visión es muy común en la astronomía visual, puesto que los alrededores de nuestra retina son más sensibles a la luz blanca.

Y finalmente, unas palabras sobre el mantenimiento de los binoculares. En primer lugar conviene prevenir golpes o caídas del instrumento y asegurarse de que nadie ponga los dedos en los lentes. Suciedad o manchas deben quitarse humedeciéndolas con agua o con nuestro propio aliento, y removiéndolas delicadamente con un papel suave o un pañuelo. Papeles especiales y líquidos de limpieza para lentes son también fáciles de conseguir. Y con la costumbre de mantener puestas las tapas protectoras y el instrumento en su caja cuando no se use, tendremos binoculares para muchas noches de observación.

Historias de lentes y telescopios

Parece que la invención del lente debe atribuírsele a los chinos. El sabio inglés Roger Bacon mencionaba hacia el año 1249 el uso de lentes en China para mejorar la visión de personas ancianas que tenían dificultades para ver de cerca. Pero en 1451, el erudito alemán Nicolás de Cusa propuso el empleo de lentes cóncavas, más delgadas en el centro que en los bordes, para llevar más lejos el rayo de luz y corregir dificultades de visión lejana. No es de extrañar entonces que la fabricación de anteojos ya fuera en la Europa del siglo xvi una especialidad muy apreciada.

Sobre el origen del telescopio hay polémica. Se conoce que en el siglo xiii el clérigo Robert Grosseteste desarrolló en Inglaterra un primitivo telescopio, y que luego Leonardo da Vinci escribe sobre un método para observar la Luna más grande. También aparece mencionado un viejo fabricante de monóculos en Cataluña, Juan Roget. Sin embargo, se asegura que el primer telescopio de alguna calidad óptica se construyó en Holanda, pero el deseo de sus inventores de beneficiarse ellos solos de un aparato de cualidades tan excepcionales impidió conocer el detalle de su origen. En todo caso, el honor del invento se lo disputan al mismo tiempo Hans Lipperhey, óptico de Middelburg, Jacob Metius, pulimentador de cristales de la ciudad de Alkmaar, y el anteojero Zacarías Jansen.

La historia parece favorecer a Lipperhey, a juzgar por la narración que atribuye el invento a un accidente. El óptico tenía un aprendiz que en momentos de ocio jugaba con los lentes. Este repentinamente encontró que si sostenía un lente sobre otro y a cierta distancia delante de sus ojos, veía el lejano campanario de una iglesia como si estuviera considerablemente más cerca. Asombrado, se lo contó a su patrón, quien captó de inmediato la importancia del descubrimiento. Lipperhey montó los pequeños lentes en un tubo y logró el primer telescopio. Corría el año 1608.

En esa época, los Estados Generales de Holanda se encontraban en rebelión contra España, y Lipperhey se dio cuenta de que el telescopio sería una importante arma de guerra. Así se lo explicó al jefe militar Mauricio de Nassau, quien en vano trató de mantener en secreto las características del invento. El aparato era demasiado sencillo y cualquiera podría construirlo. Otros historiadores afirman que fue Jansen quien le vendió el aparato a Mauricio de Nassau. Investigadores encontraron años después dos solicitudes de patente expedidas casi al mismo tiempo, una a pedido de Lipperhey, y otra de Metius, para el mismo invento: “un aparato que permitía ver de lejos”.

Unos meses más tarde, en el año 1609, el físico y astrónomo italiano Galileo Galilei recibió, según dice él mismo, noticias del extraordinario invento holandés. Como no se sabía nada acerca de su construcción, Galileo se puso a meditar sobre el tema y tuvo la satisfacción de construir un primer anteojo que aumentaba en tres veces el tamaño de los objetos. Inmediatamente construyó aparatos con los cuales descubrió los cráteres en la Luna, los satélites de Júpiter, las fases de Venus y las manchas en el Sol. También encontró que Saturno tenía una especie de “orejas” que luego serían identificadas como los anillos que orbitan el planeta. Galileo no inventó el telescopio pero fue el primero en utilizarlo en una forma verdaderamente científica.

El mayor de los telescopios de Galileo aumentaba unas treinta veces la imagen, pero era muy imperfecto. Desde entonces la astronomía recibió un extraordinario impulso de notables científicos vinculados al desarrollo de lentes y telescopios, que son la base de los modernos instrumentos de nuestros días: Nicolás Zucchius, Johannes Kepler, Christiaan Huygens, Giovanni Domenico Cassini, Johannes Hevelius, Isaac Newton, William Herschel, Alvan Clark y muchos más. Se llegó a construir aparatos tan enormes que en el año 1839 John Herschel, hijo de William, desmontó el enorme y complicado telescopio de su padre y celebró una fiesta de familia en el interior del tubo.

El origen de los binoculares se remonta a 1690 cuando el doble telescopio era llamado “binocle” y se menciona a Pietro Patroni de Milán como fabricante de binoculares, ya que sus instrumentos aparecen entre coleccionistas. Lo cierto es que hace apenas 120 años los binoculares eran todavía un costoso y lujoso instrumento fabricado por artesanos ópticos. Pero además del uso militar o naval, su aplicación en la observación de la naturaleza y los deportes fue apreciada rápidamente, lo que permitió su masificación.

Hoy la astronomía encuentra en este instrumento su principal arma para difundir el pasatiempo más antiguo del mundo, la observación del cielo.

El enorme telescopio de 1,2 m de diámetro de William Herschel, construido en Inglaterra en 1789, permitió descubrir nuevas lunas en Saturno.

El día 5 del mes X, Atahualpa, inspirado por un sueño, convocó al escribano y le dio instrucciones para que se confeccionara un mapa del imperio. El escribano envió mensajeros a los diferentes gobernadores de las provincias, solicitando que representasen y describiesen sus territorios. Los gobernadores se sintieron agobiados por la tarea y se preguntaban: ¿cómo representar las montañas, el amarillo del maíz, la belleza de las mujeres? Enviaron entonces al emperador las plumas más deslumbrantes, los cristales más transparentes y las bailarinas más bellas de cada provincia. De cualquier modo, pidieron a los astrónomos que subiesen a la cima de sus observatorios y suplicasen a las estrellas –pues solo ellas podían ver el territorio– que les revelasen el color y la forma que debería tener cada provincia en el mapa del Imperio.

Roland da Motta, El territorio y el mapa.

Cómo observar

ay cientos de estrellas dobles, cúmulos de estrellas, nebulosas, galaxias y otros objetos celestes, además de la Luna y los planetas, que cualquier aficionado que sostenga en sus manos unos modestos binoculares, y que sepa cómo usarlos y hacia dónde dirigirlos, puede localizar y observar. Pero se necesita algo más para una buena sesión de observación.

Tal vez lo primero es una dosis de suerte para contar con una noche despejada y sin nubes. Ciertas épocas del año son más favorables, en verano por ejemplo, aunque las noches libres de nubes en el invierno son más nítidas. Además, la ausencia de la Luna es esencial para detallar los objetos más débiles. En pocas palabras, el éxito de la navegación celeste depende, primero, de las condiciones de luminosidad del sitio de observación.

El lugar de observación

Cualquier lugar es un observatorio cuando se está armado con unos binoculares. Aun desde la ciudad son visibles muchos de los detalles del cielo, pero es evidente que la máxima fantasía de la navegación solo se obtendrá en los sitios más alejados de la luz y los ruidos artificiales. Una noche de observación en un lugar apropiado es por lo general una experiencia inolvidable.

Si se tiene la fortuna de poder seleccionar entre diferentes sitios, hay que tener en cuenta, además de la ausencia de luz, la posible interferencia de árboles, edificios y carreteras con tráfico. Una buena idea es evaluar los posibles lugares de día. Sin embargo, cada vez es más difícil para los habitantes de ciudades acceder a sitios rurales realmente oscuros; incluso una pequeña localidad en el área rural interfiere con su luz la calidad de la observación. En ese caso hay que tratar de efectuar las observaciones en dirección opuesta a las fuentes de luz. Si se trata de auscultar los cielos del Norte, conviene escoger un sitio al Norte de la ciudad; si se van a observar los cielos del Sur, viajar hacia el Sur.

Pero como no es posible viajar todos los días, aun desde el patio de la casa, la terraza o el parque vecino, se puede perfectamente ver en detalle una enorme cantidad de objetos en el espacio, siempre que el punto de observación permanezca oscuro. Incluso se obtienen buenos resultados si se observa el cielo con los binoculares desde la ventana de la casa, sentado en un sillón en medio de la oscuridad de la habitación. Considérese que en promedio el ojo humano tarda al menos veinte minutos en adaptarse completamente a la ausencia de luz. En resumen, hay que mantenerse en la oscuridad más completa posible.

El observatorio

En realidad, este es el término adecuado para describir el lugar donde se efectúa la astronomía con binoculares. Además de una noche apropiada en medio de la oscuridad, un viajero celeste serio debe recrear las mejores condiciones de observación, algo así como el puente de mando de una nave espacial.

Observatorio astronómico suizo Leonhard Euler que alberga
un telescopio de 1,2 m, instalado en La Silla, Chile.
Autor: ESO/H. Zodet

Lo primero es la comodidad. La recomendación es que todos los observadores estén cómodamente sentados. Un asiento confortable o una silla reclinable con brazos son esenciales para las varias horas de observación. Cuando la noche es fría es fundamental el uso de ropa abrigada, de pies a cabeza si es el caso. En lugares realmente fríos se sugiere que cada persona tenga a mano una manta. Definitivamente la astronomía visual es un pasatiempo que debe hacerse con toda comodidad. No olvide tener alimentos y bebidas.

Ya mencionamos los mapas y la luz roja. También el cuaderno de notas para consignar alguna descripción o la hora de la observación del fenómeno. Aunque no es tema de este libro, la fotografía astronómica básica nos revela los colores y detalles de los objetos celestes mejor que el ojo humano. Puede necesitarse una mesa auxiliar para todo esto.

La actitud del navegante

Se ve más y es más divertido si se observa en grupo, con amigos, pero es importante que todos tengan interés por este pasatiempo. La astronomía visual es para personas capaces de asombrarse con el universo que habitamos. De allí el enorme entusiasmo que despierta entre los niños y jóvenes una sesión de observación de estrellas.

También se requiere una especial actitud que involucra iniciativa: no es tan simple como sentarse y observar; hay que tener paciencia: a menudo la noche ideal se transforma súbitamente en un enorme manto de nubes; y constancia: ciertos objetos son difíciles de encontrar. En realidad hay algunos que nunca he visto, pero estoy seguro de que conservando el sentido de la aventura, esencia de la navegación celeste, finalmente brillarán en mis binoculares.

Por último, es de suma importancia la organización. El éxito de una sesión de astronomía comienza con una preparación previa, confeccionando y revisando la lista de materiales; nadie quiere llegar a un espectacular sitio de observación y encontrar que ha dejado los binoculares en casa. Además hay que tener un plan de navegación celeste de acuerdo con la época del año, para concentrarse en secciones especiales del cielo, en constelaciones particulares y en objetos previamente listados. Observar el firmamento erráticamente afecta la orientación y es una de las maneras más seguras de perderse lo mejor de la navegación.

Lista de navegación

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Astrónomos unidos contra la luz

Nada peor para la astronomía visual que la interferencia de la luz artificial. Cada vez es más difícil encontrar ambientes ideales para observar los objetos del cielo, por lo que es bueno mencionar la iniciativa de algunos aficionados de Estados Unidos, que han logrado conmover a las autoridades para controlar este tipo de contaminación.

En el área de Tucson, Arizona, estado que cuenta con varios observatorios –incluido el del famoso astrónomo Percival Lowell, quien popularizó hace más de cien años la idea de los canales en Marte– se han hecho varias acciones para preservar las condiciones favorables para la astronomía. En especial el diseño de las lámparas del alumbrado público con iluminación hacia abajo únicamente y con bombillas de intensidad adecuada. O la reciente ordenanza en algunas localidades de Alabama que obliga a los anunciantes a colocar protectores sobre sus avisos luminosos. Ejemplo digno de imitar.

Los complejos de templos mayas albergaban el retrato de un grupo de astrónomos en un gran altar de piedra. Se conmemora un antiguo congreso astronómico que se celebró en el año 776 d.C. Dieciséis matemáticos acudieron a la ciudad sagrada de Copán en Honduras para resolver las dificultades de los guardianes mayas del calendario. Llevaban dos calendarios, uno sagrado y uno profano, que nunca coincidían por problemas de cálculo astronómico. Eso fue todo lo que se resolvió en ese año. Luego los delegados posaron orgullosos para sus retratos.

Interpretación de las figuras en el Altar Q de Copán
por el arqueólogo Jacob Bronowski en 1973.