Los caballeros las prefieren brutas

INTRODUCCIÓN

“La mujer se da. El hombre se aumenta con ella”.

Anónimo

En cuanto a mi fobia personal al matrimonio, confieso que los ejemplos que he tenido la desgracia de ver a mi alrededor tampoco me han sido de gran ayuda. De hecho, han sido extremadamente patéticos: feministas radicales; tíos adúlteros; primas sumisas; amigas exitosas, pero solteronas; parejas separadas, divorciadas y de nuevo “rejuntadas”; pretendientes indecisos, y un gran número de amigos aún más confundidos que yo. ¿Qué está pasando allá afuera que se ha vuelto tan difícil aceptar la idea del compromiso? ¿Por qué cambiamos tan rápido de pareja? Lo más alarmante es que, veinte años después de haber publicado la primera edición de este libro, la confusión está más vigente que nunca. La alergia al compromiso de todos los tipos, ya sea social, cultural, religioso y demás, es lo que habita en lo que yo llamo “el mercado nacional del usado”: un oscuro lugar (por lo general el bar o el antro de moda) en donde interactuamos todos los emocionalmente inestables. El peor mal del siglo XXI no es el COVID, ni los dictadores ignorantes como Maduro, ni los falsos profetas, ni los triglicéridos altos, sino la inestabilidad emocional.

Después de esta confesión gratuita de mi condición de MEI (Mujer Emocionalmente Inestable), antes que nada, quiero disipar cualquier duda que tengan sobre la autoridad que poseo para escribir un libro de superación, de quejas y reclamos (como prefiero llamarlo), un menú de frustraciones femeninas a la carta, un manual de reflexiones y consejos personales que a lo mejor no interesan a nadie. ¿O, tal vez, sí?

Puede que este sea uno de esos ejemplares inútiles que no sirven más que de relleno para el hueco que aún queda en la biblioteca. Un objeto decorativo, un artículo de moda, de quinta o de lo que usted prefiera. Por esta razón, aclaro que no tengo ninguna autoridad más que la que me confiere el haber ido a una fiesta de más, haberme tomado un trago de más y haber salido con un tipo de más. No más.

Si lo que aún busca a través de estas páginas es a una gurú del amor, a una dalái lama de las relaciones interpersonales o a una Osho del sexo, corra de inmediato a devolver este libro y, de paso, de mi parte, exija que le devuelvan su dinero. No soy psicóloga, no soy feminazi, no soy machista, no soy gay y no soy la solución a ninguno de sus problemas reales, inventados o magnificados. La única autoridad que tengo es la de haber vivido, la de haber sentido, la de haber elegido (casi siempre mal, lo admito), pero, más que nada, la de haberme atrevido. Tengo la autoridad que me he otorgado tras un largo camino recorrido y gracias al cual, hoy día, puedo admitir tranquilamente que tal vez aún no sé lo que quiero, pero vaya que sí tengo una muy buena idea de lo que no quiero, de lo que no me sirve en esta vida.

Advertencia: este libro no debe ser leído por alguien que no goce de tolerancia o de sentido del humor. Aquellas personas que carezcan de una u otra cosa correrán el riesgo de no entender una sola frase. Y, por ende, se arriesgarán innecesariamente a perder su tiempo y, por supuesto, su dinero. No es recomendable para quienes no se quieran casar nunca o quienes ya lo han probado y no quieren repetir la nefasta experiencia. No deberá ser leído ni por machistas consumados, ni por las feministas socialistas radicales ante las que no cambiaré mi posición y mi opinión sobre la denominada “guerra de los sexos”. Tampoco discutiré con nadie cuya patética estrategia sea mandar a hordas de desadaptadas/os a ofenderme u atacarme en redes sociales. Mi abogado últimamente es un hombre muy ocupado: duerme conmigo.

PRÓLOGO
CUIDADO, CABALLEROS, AQUÍ HAY TRAMPA…

Este libro de Isabella Santo Domingo es extremadamente peligroso. Tan peligroso como Isabella. Y debería estar prohibido, así como, de alguna manera, ya lo está ella. Este libro es una mina antimacho, una trampa para cazar señores, un atrapabobos. Se entra a él, animado por el aire de tranquilidad que ofrece su título, y al poco de andar se percata uno de que está metido en un berenjenal del que no hay salida buena. Y es porque, cuando uno ha descubierto que se trata de una conspiración para dominar a los varones, ya es tarde. Yo vine a intuirlo por allá en la página treinta y pico. Al alzar la mirada, me vi rodeado de rejas y arriba estaba la cara de Isabella, que sonreía con malicia. Había caído en el cepo. Era uno más de los que había entrado al laberinto convencido de nuestra superioridad sobre las mujeres, o por lo menos sobre las mujeres brutas (las que preferimos, las musas), y ahora me veía preso en la madriguera isabellina, atónito, inerme, sorprendido.

Gracias a que ya estaba pactado este prólogo, puedo ahora mismo dar alaridos desde el fondo del guacal para advertirles a mis congéneres que tengan cuidado, que no se aventuren en estas páginas procelosas si no quieren arriesgar la razón de ser de su relación con las mujeres, si no están dispuestos a que les aporreen el ego hasta dejarlo, como el mío, malherido.

Caballeros: ¿dónde está la trampa? La trampa está en que si llegan a imponerse los consejos que da Isabella en este manuscrito perverso, va a ser difícil distinguir a la verdadera mujer bruta, esa adorable y fiel compañera que forjamos a lo largo de muchos siglos, y a la falsa mujer bruta, peste de los nuevos tiempos, amenaza social, aborto de Belcebú.

Lo que les está aconsejando Isabella a las demás mujeres es que les conviene crear un “nuevo machismo por conveniencia”, el cual consiste en hacernos creer que ellas son pasto de necedad y estupidez y luego, aprovechando la confianza infundida de manera hipócrita, dominarnos desde el otro extremo del carrete. En fin, el viejo truco de la barracuda, que muerde la carnada a sabiendas de que su fuerza le permitirá ganar la partida desde la desventaja del anzuelo y quedarse con el señuelo, el sedal, la caña y, si pilló descuidado al hombre que la acechaba, incluso procurarse un banquete de pescador inepto.

“Lo que ellos no saben es que ninguna mujer es realmente bruta, sino que nos hacemos las brutas, que es muy distinto”. He ahí la repugnante filosofía de esta gran celada. No voy a entrar en detalles porque aparecen en las páginas nefandas que ustedes van a leer a continuación y, sobre todo, porque, para ser sincero, me avergüenza comprobar el yerto descaro con que la autora tiende el engaño. Los lectores descubrirán revelaciones insólitas sobre orgasmos fingidos, falsas ilusiones creadas, libertades sexuales que (como lo demuestra la historia) solo resultan aceptables para nosotros y una tabla de clasificaciones que escandalizaría a cualquier varón de buena fe.

Lo digo desde lo más hondo de mis convicciones y de la jaula donde me encuentro. Hace muchos años, escribí en mi columna semanal Postre de notas que las mujeres no tienen humor. Me desmiento. Ahora, después de leer este tratado de malas artes que pone en nuestras manos Isabella Santo Domingo, debo rectificar lo dicho. Leyéndolo me he reído con la risa feliz y reparadora de un preso incomunicado, que es lo que soy.

Señores: ¡¡¡exijo terminantemente que me liberen!!! ¡Pido que me liberen! Ruego que me liberen. ¿Me sueltas, Isabellita, porfa?

¿Isabella? ¿¡ISABELLA!?

Dios mío, ¿hay alguien ahí?

Daniel Samper Pizano

Primera part. Dios las crea y ellas se frustran

CAPÍTULO 1

REVIVAMOS NUESTRA HISTORIA

¿Eva? ¡Eva era la Biblia! Y, valga la redundancia, lo dice la misma Biblia: “Amaos los unos a los otros”. Sí, pero cerciórese al menos de que no la pillen con el “otro”.

Pero si lo dice la historia, ¿por qué venir ahora a cambiar, por nuestro propio sudor y cuenta, el curso de la misma? La Biblia, por ejemplo, dice que está bien amar al prójimo y también a los enemigos. ¿Será porque en ambos casos está hablando de la misma persona, es decir, de la pareja? ¿O acaso la interpretación libre de amar al prójimo se refiere al vecino con el que siempre se topa en el gimnasio? Entonces, si la misma historia es la que se encarga de darnos valiosas enseñanzas, ¿para qué hacerle fiesta a tanto caldo de costilla en cubito como si realmente nos solucionara la vida? Está demostrado que la modernización, en ocasiones, lo que ha hecho es complicarnos la existencia. Por ejemplo, si cocinar se vuelve tan sencillo como para que TODOS lo puedan hacer, los hombres ya no nos van a necesitar y no vamos a tener con qué chantajearlos.

Hablando de costillas y de religión, yo reclamo el derecho a volver a nuestras sanas y católicas costumbres. Porque Eva sí que la tenía clara. ¡Y, además, literal, era la Biblia! Eva sí que sabía vivir bueno. La mujer más sabia de todas. La más vividora fue indiscutiblemente la primera mujer. La más mantenida. ¡Amén! Eva llevaba una vida tan buena que no tenía que lavar ropa ni cocinar. No solo no había fuego ni existían los populares electrodomésticos, ¡sino que la única prenda de vestir que tenía Adán era un simple taparrabos!

Si todo era tan sencillo y funcionaba bien en el Paraíso, ¿para qué venir ahora a amargarnos la vida con tanto sobregiro y hasta el pago de un miserable masaje capilar? Está escrito en la Biblia que, devotas o no, este es el único ejemplo que religiosamente deberíamos seguir. El de Eva, mi nuevo ídolo y el personaje histórico por el cual he venido replanteando mi posición frente a la vida: haz lo mínimo, finge demencia y así ellos quedan felices y contentos. ¿Será verdad tanta belleza? Analicémoslo.

Todo empezó así: Adán, de seguro aburrido y solitario en el jardín del Edén, se había cansado de conversar con las plantas, de echarle agua a las flores, de tratar de seducir a la lagartija en el árbol de mango del huerto y de armar plan con la culebra que, por más que lo intentara, no le parecía ni remotamente atractiva cuando cometió el gran error de su vida: pedirle a Dios una compañera de carne y hueso. El Señor quizás le advirtió que, debido a los altísimos aranceles y a todo el trabajo que había tenido creando el mundo en tan solo siete días, lamentablemente se había quedado sin materiales para confeccionarla, pero que haría un experimento: la sacaría de una de sus costillas. A Adán, por supuesto, no le gustó mucho la idea, pero accedió ante la falta de opciones.

A lo mejor, Dios se excedió un poco en su generosidad y le concedió el deseo de tener a su lado, para “el resto de la eternidad”, a una sensual fémina de curvas peligrosas que, aunque no lo atendía ni tampoco lo entendía mucho que digamos, al menos sí serviría de accesorio para acompañarlo a todos los eventos jartos, como todavía piensan algunos que es para lo único que servimos. La mentalidad masculina latina, entre los que no han podido o querido evolucionar, dicta que es mejor andar del brazo de una curvilínea mujer que enredado con una culebra, que es como ellos llaman a las mujeres que no pueden controlar.

Pero no nos desviemos del tema. El caso es que Eva sí salió de la costilla del primer colono, o sea, de Adán. Lo cual se constituye oficialmente como el primer trasplante del que se tenga conocimiento. Sabiendo que ella era parte de él, que había salido de su cuerpo y que existía por él, eso explicaría por qué Adán y todo su género se creen dueños y señores de Eva y toda su descendencia. La lógica masculina dice que, trasplante o no, prestada o no, sigue siendo su costilla. ¿O no? A mi juicio, esos son detalles ínfimos que ni siquiera vienen al caso. Porque las cosas no son de quien las tiene, sino de quien las necesita. Y como él necesitaba con desespero a una mujer, entonces, ¿de qué se queja?

El caso es que a Eva no solo la hicieron perfecta, sino que, genéticamente hablando, le incorporaron una información que regiría a toda su descendencia: recostarse viene, pues, de costilla. ¡Y recostarse significa que la mantengan a una! Eva, la primera mujer, nació predestinada para reinar como la primera mujer del Paraíso. Eva no aspiraba a ser la primera ministra ni la primera dama de ninguna nación; ella solo quería ser la reina de un lugar paradisíaco en el que no tuviera que hacer nada distinto a caminar, broncearse y respirar de vez en cuando. Y eso cuando no estuviera muy ocupada haciendo yoga o pilates debajo del árbol más cercano. Eva no tenía que pensar mucho, no tenía que hacer nada y no tenía que pagar nada, pues todo era absolutamente gratis. Qué vida la que se daba la primera mujer.

Su única responsabilidad era andar en paños menores provocando a Adán para que le hiciera todo tipo de favores. Todo era perfecto en ese entonces.

Eva era tan inteligente que mandaba a Adán a que lidiara con las culebras (así le decimos en Colombia a los acreedores insistentes y fastidiosos). Y también hacía que se encargara de toda la parranda de acreedores que hacían fila para cobrar la afición (o más bien adicción) de Eva a las manzanas prohibidas del Edén. Y como en el Paraíso no había bancos, el pobre Adán habrá tenido que empeñar hasta los dientes para ponerse al día.

Ha podido ser peor, pues Adán era tan poco hábil para los negocios que ni siquiera fue capaz de negociar con la bendita culebra ni de convencer al Todopoderoso para que no nos desterraran del Paraíso (ahora que lo pienso bien, tal vez, por eso, y para que no se repita la nefasta historia, es que casi todas las gerentes de banco son mujeres). Pero Adán lo pagó bien caro: no solo lo desterraron del Paraíso, sino que lo obligaron a cargar con nosotras… ¡Y con nuestras deudas!

Una vez deportados, al menos Eva tenía a Adán para que hiciera las vueltas jartas. En cambio, hoy en día, por dárnoslas de autosuficientes, es a nosotras a quienes nos toca hacer la fila en el banco; fingir en el teléfono que somos otras para que no nos fastidien; pagar las cuentas del agua, la luz y el teléfono; recoger a los niños en el colegio, y llegar a tiempo para hacer el almuerzo. Y yo me pregunto: ¿qué demonios es lo que queremos demostrar? ¿Acaso que todo lo podemos y que nada nos afecta porque somos “supermujeres”, multitaskers extraordinarias…? ¿O somos, más bien, esclavas disfrazadas? No sé ustedes, pero hacer tanto, tanto oficio y tener exceso de cargas y responsabilidades, a mí, en lo personal, me tienen súper: superagotada. Lamentablemente, todo esto quedó aún más expuesto y demostrado durante la pandemia del 2020, en la que las mujeres fuimos quienes tuvimos que dividirnos en veinte porque había que trabajar, educar a los niños y manejar la casa. Sí, la mayoría sabemos hacer de todo, pero ¿por qué o para qué hacerlo si seguimos siendo subvaloradas?

¿Por qué, si Eva nos enseñó que el simple hecho de existir y procrear ya es un privilegio, insistimos en darnos mala vida y en suplantar a Adán en todos sus deberes? ¿Para qué complicarnos la vida y quitarle las responsabilidades hacia nosotras que Dios le dio cuando pidió que nos creara? Sí, lo admito, Eva es mi ídolo porque a ella le sobraba el tiempo para todo. Desayunaba y quedaba desocupada. En cambio, yo, por desafiar los parámetros bíblicos, desayuno por ventanilla en el McDonald’s más cercano y de afán porque siempre voy tarde a todos lados. A las mujeres autosuficientes el tiempo nunca nos alcanza para nada. Me visto en el ascensor, me lavo los dientes en el carro y me peino mientras manejo, cuidándome, eso sí, de no terminar estampillada contra un poste de luz de camino al trabajo.

¿Y una playa para tener una buena excusa para broncearme? Solo la veo en fotos o una vez al año durante mis vacaciones, valga la pena aclarar, no remuneradas. Por su parte, Eva, que no pretendía ser tan perfecta como la mayoría de nosotras en la actualidad, endeudó a Adán hasta el cuello y por eso nos culpan de haber sido desterrados del fabuloso Paraíso. De seguro los mandaron a un paraje menos exótico, pero no directo al infierno en el que a veces se convierten las caóticas ciudades en las que muchas mujeres vivimos. Me rehúso a creer que Dios los castigó al punto de fomentar nuestra extinción. Fijo los mandó a vivir en un sitio menos arborizado, con un clima diferente o con estaciones para obligar a Eva a aprender a coser y así embarcarse en alguna actividad realmente útil, como la modistería. Sí, el castigo para Eva de pronto fue tener que aprender a zurcir y a tejer para no morirse del frío y a cargar con el resentido de Adán, quien nunca le perdonó que, por su culpa, los hubieran sacado del resort cinco estrellas en el que habitaban.

Pero estoy segura de que la intención del Altísimo nunca fue acabar con la especie humana que tanto trabajo le costó crear a su imagen y semejanza. ¿Para qué iba Dios a mandarlos a la gran ciudad y a exponerlos al smog, al calentamiento global, a la contaminación auditiva y visual, a donde hay trancones, bancos y tasas de interés altísimas? A donde la especie humana se extingue rápido entre el tráfico, jefes insoportables y ventas al por mayor y al detal. Donde la fe se agota en medio de tanta desilusión amorosa. Donde hay bares de mala muerte y clubes de los que tenemos que sacarlos caídos de la borrachera los fines de semana. ¿En qué nos metieron? Adán ha debido negociar mejor con esa culebra. A lo mejor ha debido mandar a Eva, pues seguro habría utilizado bien sus recursos de persuasión con los que también nació dotada la primera mujer. ¿Culpable Eva? Obvio que no. Más bien, ¿quién mandó a Adán a dejarse echar del Paraíso?

Entonces, si eso dice la Biblia, ¿por qué cambiar el curso de la historia, de nuestra propia historia, si es más que evidente que Eva la pasaba mucho mejor y tenía mil veces menos obligaciones que nosotras? No entiendo a quién se le pudo ocurrir la idea de que tener responsabilidades propias es la verdadera libertad. Es otro tipo de esclavitud, pero mejor disfrazada. ¿Pagar cuentas es divertido? ¿Dominar términos complicados como Codensa, ETB, Enel y EPM era útil para algo? ¿A quién se le ocurrió eso? El mundo sería un lugar mejor para vivir si en vez de CADES hubiera más peluquerías, si en vez de supermercados hubiera más restaurantes franceses, si a cambio de embotellamientos vehiculares hubiera más cruceros por el Mediterráneo y si en vez de tanto caldo Ricostilla hubiera más costillas de Adán para que, como lo dice la Biblia, nos recostemos en ellos.

Honestamente, no entendía antes, y sigo sin entender ahora, ¿cuál es todo este afán de querer cambiar los parámetros, declararnos autosuficientes y lidiar con cuanta culebra se nos atraviesa? ¿A quién se le ocurrió que era una buena idea quitarles todas las responsabilidades a ellos y quedárnoslas nosotras? La realidad, así protesten algunas, es que la vida sería mucho más fácil si fuéramos más religiosas y leyéramos la Biblia… Si aprendiéramos a fingir que no somos ni tan útiles a la sociedad, ni tan capaces, ¡ni mucho menos tan inteligentes! ¿Será?

Lo lamentable es que, a pesar de todos nuestros esfuerzos y del terreno que hemos venido ganando en los distintos ámbitos, al parecer muchos caballeros (en algunos casos, solo de nombre) insisten en vivir en el pasado y, para considerar siquiera conformar un hogar con alguna mujer, no quieren a su lado a una que piense u opine demasiado y buscan devolvernos a una época en la que la mujer era un cero a la izquierda. Cuando no teníamos ni voz ni voto. Algunos hombres inseguros, retrógrados y en constante estado de negación nos prefieren escasas de neuronas y malas para pensar. Lo irónico es que aún no se han dado cuenta de que no existen las mujeres brutas, sino que, con astucia, intuición y por un puro y físico sentido de supervivencia, desarrollado al extremo en un mundo aún dominado por el nocivo y obsoleto patriarcado, algunas hemos aprendido a fingir mejor que otras que lo somos (insertar aquí un guiño de ojo).

Dicen las malas lenguas que Eva no quería la manzana porque tenía hambre, sino ¿porque era prohibida?

CAPÍTULO 2

DE LOS JUGUETES MALOS Y OTROS DEMONIOS…

Si desde pequeñas nuestras madres y abuelas nos enseñaron que hay que tener una mentalidad y voluntad sumisas y serviles para lograr subsistir en pareja, ¿qué se puede esperar de nosotras cuando seamos adultas? ¿Qué responsabilidad real tienen las progenitoras en nuestros problemas de adultas? ¿Será por culpa de los juguetes?

¿Quién nos dañó la cabeza? No sé si fueron las madres, que ya venían con la cabeza dañada por las madres de ellas y así sucesivamente. El caso es que muy divinas y todo, pero nos llenaron la cabeza desde pequeñas con las ideas más aberradas y erróneas de cómo serían nuestras vidas. ¿Quiénes son los culpables de tanto regalo malo, que no son más que ejemplos perversos de lo que ellos quieren que hagamos, pero no de lo que nosotras realmente queremos y nos sentimos preparadas para hacer? Fueron, sin querer, los padres, o tal vez los fabricantes de juguetes, que, como una especie de secta, se confabularon en contra de las mujeres para que desde pequeñas nos resignemos a nuestra suerte cuando seamos adultas: a ser unas mal pagadas amas de casa. Porque es muy extraño que el hombre se haya resistido a evolucionar a la par, que se resista a nuestros encantos y decida quedarse con las menos preparadas, pero sí con las más juiciosas y mejor mandadas.

Con esas a quienes muchas mujeres independientes alguna vez hemos tildado (injustamente, debo aclarar) como “modelo a no seguir”. Eso sí, un modelo que hoy en día, veinte años después de haber publicado la primera edición de este libro, de haber madurado (obvio en contra de mi voluntad) y de haber sobrevivido a una pandemia, admiro profunda y respetuosamente, pues el trabajo de una ama de casa es igual o incluso más arduo que el de cualquiera que trabaje por fuera de ella. Entonces, ¿será cierto aquello de que en la actualidad hay sobrepoblación femenina? ¿Será que muchos de ellos, en especial en Latinoamérica, siguen convencidos de que para cada hombre hay siete mujeres desesperadas en el mundo? Corrección: de esas siete, por lo menos cinco somos profesionales y bajo ningún punto de vista queremos casarnos con alguien que piense así. En teoría, les quedarían dos. Así pues, ¿qué es lo que tienen esas dos mujeres que sí logran bajar la guardia y establecerse con cierta comodidad dentro de un hogar?

¿Será que de verdad están cómodas o están fingiendo igual a mí cuando simulo orgasmos para no acomplejar a mi pareja las veces que tengo sexo sin ganas? ¿Será que esas mujeres, a quienes las demás hemos criticado tanto en el pasado, son en realidad mujeres brillantes? ¿Mata Haris disfrazadas con delantal y armadas de balde y trapero? ¿Será esta una secta de mujeres conformistas? ¿O acaso somos otras las equivocadas, pues ellas sí saben cuál es el secreto para convivir en paz con los hombres sin tener que competir? Lo cierto es que para que una mujer pueda realizarse hoy en día en lo profesional, y si además aspira a vivir en pareja, primero deberá descubrir el secreto para encontrar el balance entre ambas cosas y poder gozar así de la tan anhelada estabilidad emocional. ¿Pero cómo logramos eso?

Tal vez podamos encontrar la respuesta remontándonos a nuestra infancia, pues la culpa de gran parte de los traumas femeninos bien podrían tenerla los juguetes inútiles con los que nos estigmatizaban desde niñas. Juguetes en apariencia inocentes que, en la práctica, solo sirven para frustrarnos cuando somos adultas. Piénsenlo. ¿Por qué será que a las mujeres no nos regalan, como a ellos, ni los carros supersónicos, ni el superhéroe con poderes intergalácticos, ni la consola de PlayStation con esos videojuegos violentos en los que muere hasta quien lo creó? ¿Por qué nunca nos obsequian algo que nos invite a soñar siquiera con un futuro mejor o, al menos, diferente? Nos cansamos de escuchar argumentos, entre los cuales el más popular es: “Esos no son juguetes para niñas”. Ni se imaginan que hoy somos más peligrosas con una plancha que con un arma con silenciador. Lo que los padres no saben es que, en secreto, no solo deseamos este otro tipo de juguetes, sino que, incluso, a escondidas, los usamos cuando el hermanito menor se duerme.

Porque sépase que la internacional y reconocida envidia femenina tiene sus raíces en la infancia y proviene precisamente de desear el juguete ajeno. De nada valía manifestar las ganas de intercambiar nuestra Barbie manicurista por el He-Man de ellos. Nosotras corríamos el riesgo de que nos tildaran de bruscas y a ellos de delicados. Todo para que, años más tarde, terminemos intercambiando con los dizque metrosexuales las cremas antiarrugas y tónicos faciales. ¿Para que enseñarnos que los hombres deben ser de una manera y las mujeres de otra si en los tiempos que estamos viviendo todo es bi…? Bilingüe, bilateral, bisexual. A lo mejor todo era un complot para someternos y engañarnos. Para que creyéramos que hacer oficio es divertidísimo. ¡Yupi!

O, díganme, ¿para qué demonios nos sirve la licuadora esa de las bolitas de icopor saltarinas, la aspiradora que nos regalaron a todas que hace “rrruuun” o el combo de trapeador y escoba que barre de verdad? Para hacer bulto en la cocina, para nada más. ¿Será que, por el contrario, nos hicieron un favor al mantenernos en el atraso absteniéndose de regalarnos juguetes tecnológicos y computarizados? Porque la realidad es que el único juguete eléctrico, o de baterías, que las mujeres aprendemos a usar, y eso, después de los treinta, ¡es un vibrador! Y, OJO, señoras, que el tamaño sí importa. Eso de que no importa se lo inventaron los que se casan con alguna que nunca ha tenido otro novio que no sea él. Lo siento por los caballeros inseguros, pero yo nunca he visto en un sex shop uno de menos de diez centímetros. Y quien les diga lo contrario, amigas, seguro quiere evitar una odiosa comparación. Si algún día se animan a comprar uno, asegúrense de que no sea una baratija de esas que se funden en medio de la faena. No se me ocurre nada peor que quedar iniciada o electrocutada.

¿Qué tal esa manía que tienen las mamás de regalarnos cosas que no sirven para nada en la vida real de las mujeres adultas? Nos regalan planchas de juguete seguramente porque, basándose en su experiencia personal, saben que si de los hombres depende, una lavandería no la veremos sino en fotos. Y nos regalan ollas y platos para jugar a la cocina cuando bien está visto que también, por culpa de la genética, ¡odiamos cocinar por obligación! Si hasta la misma naturaleza femenina nos dicta que es mejor ir a un restaurante o pedir a domicilio que llenarse el pelo de grasa en una cocina. Pero, insisto, ¿para qué sirve la muñeca esa cabezona que viene con su kit completo de maquillaje y peinado? Para que aprendamos a arreglarnos solas porque una peluquería, cortesía del marido, no la veremos ni en pintura. ¿Es ese, tal vez, el mensaje? O que aprendamos a ser estilistas, que, junto a modistas y manicuristas, es para lo único para lo que algunos de ellos todavía creen que servimos.

De verdad, ¿qué pretenden que aprendamos a través de esos regalos que nos hacen cuando somos niñas? ¿A ser unas subvaloradas amas de casa o unas mamás frustradas? ¿Por qué creen que lo primero que le regalan a una es una muñeca? Para que desde una temprana edad nos resignemos a que los bebés lloran, hacen popó y pipí, gastan pañales que da miedo (que, entre otras, son carísimos) y que son solo nuestra responsabilidad. Porque mientras le hacemos la comida de mentiras al bebé (si no, hasta se nos puede morir), ellos están en su carro supersónico recogiendo a la rubia platinada de medidas imposibles: ¡la Barbie! Y es así como a nosotras, en vez del superhéroe o del popular G. I. Joe, nos toca conformarnos con el más inútil y patético de todos los juguetes: ¡el Ken!

El Ken, ese Adonis de plástico y de mirada fija y vacía (como también lo están sus bolsillos porque todo es de la Barbie). El muñecón de facciones perfectas que ni suda ni se despeina porque no trabaja y vive, literal, de adorno. Con ese mal ejemplo, crecemos las mujeres en el mundo, pensando que ese es el modelo del hombre perfecto: un idiota redomado. Y si esos son los arquetipos que nos dan a seguir cuando niñas, pues, entonces, ¿qué se podría esperar de nosotras de adultas? El caso es que el Ken en la vida de la Barbie solo sirve para hacer visita en la sala rosada de la casa rosada, que está llena de todas las demás Barbies vestidas de rosado, pues solo lo invitan de visita a pesar de que es el marido de la popular muñeca. ¿Ese es el ejemplo a seguir? ¿Eso es lo que quieren las mamás para nuestro futuro, al hombre-adorno que no sirve para nada?

El Ken, además, está tan mal dotado que… cuando le bajamos los pantalones… ¡ahí no hay nada de nada! ¿Será por eso que desde pequeñas nos acostumbramos a conformarnos con tan poquito? Tal vez esa sea la razón por la que nos encanta que la Barbie le ponga los cuernos al Ken con todos los muñecos del baúl: el increíble Hulk, el señor cabeza de papa y todo el pelotón de soldaditos de plástico. Tan escaso en “ese” departamento está el Ken que, ante su ineficiencia procreadora, ahora de adulta entiendo por qué los bebés de la Barbie no se conciben, sino que sospechosamente aparecen ya listos dentro de cajitas, también rosadas, en los almacenes de cadena.

Además, no nos digamos mentiras, ¡la Barbie es terrible! ¡Todo el mundo sabe que la Barbie siempre anda con otros y con todos a la vez! No sé ustedes, pero ¡la mía era tan promiscua que se tomaba la pastilla del día siguiente la noche anterior! Y es que el Ken es tan patético que ni siquiera salió en la primera película de Toy Story. En donde, cabe agregar, aparecieron todos los juguetes del universo, menos él. Hubo roles hasta para un marrano alcancía y un perro salchicha de resorte. Aparte de que no tiene talento, tampoco tiene ni en qué caerse muerto porque el Ken, aparte de desempleado, es un vaciado. Le cae como anillo al dedo aquella canción que dice: “¿Dueño de ti, dueño de qué? ¡Dueño de nada!”.

Así es, amigas, la casa, el carro, la moto y la piscina son de la Barbie… Y lo más humillante de todo es que el bar y hasta el motel son de la Barbie. Pero ahí sí estoy de acuerdo con que todo sea de la Barbie porque, al final, todo termina siendo de una. ¡Por eso amo a la Barbie divorciada!

La Barbie va al cine

A propósito de la película dirigida por Greta Gerwig, lo cierto es que así la mostraran como una mujer emocional, desubicada y “encantada de la vida”, la Barbie es la más hábil de todas las muñecas. Ella sí que la tiene clara, pues en realidad es la más independiente y la mejor negociante de todas. Es nuestro modelo a seguir y, al mismo tiempo, podría también ser la culpable de gran parte de las frustraciones femeninas, en especial en Latinoamérica, en donde así nos tinturemos hasta las axilas, de lejos se nos nota que nos criaron a punta de yuca y papa.

La Barbie no sabe lo que es el dolor y siempre está sonriendo. Y, ¿cómo no iba a hacerlo? Si no necesita el dinero del marido porque tiene el propio y tiene tanto que puede pagarse sola sus siliconas, su Botox y todas sus cuentas. Y, para aún más envidia, además tiene hijos y no se le nota ni una estría. Claro que Barbie ha sido un modelo a seguir para muchas en el mundo, pero también ha causado más de una desilusión al comparar sus propias vidas con la fabulosa existencia de ella. Piénsenlo bien, porque tener como modelo a una muñeca casi perfecta, que no sabe lo que es una arruga o tener celulitis, a pesar de que ya es una anciana, puede frustrar a cualquiera. Así digamos lo contrario, la Barbie, que no tiene un solo pelo de plástico de tonta, también fue nuestro principal motivo de frustración entre muchas de mi generación.

Para evitar, entonces, que las mujeres latinas crezcamos pensando que el esposo ideal debe ser un pelele sin gracia; para que desde pequeñas aprendamos a admirar y a respetar al marido, tanto al propio como al ajeno, ¿no sería más considerado que se inventaran una muñeca que sí nos ayude a prepararnos para el futuro y para la verdadera realidad tercermundista?

Para empezar, propongo que la nueva Barbie latina no se llame Barbie porque, aunque nos tiñamos hasta los pelos de la nariz, aquí ninguna se llama así. Que se llame Yuris Yojana, Deisy Yurleydys o Yasbleidys Yanet. Mejor dicho, que tenga un nombre autóctono, más familiar. Ah, y que empiece y/o termine con la letra “Y”. Que cuando una lo escuche, pueda decir con autoridad y conocimiento de causa: “Veee, ¡ese sí me suena!”. Que la nueva Barbie latina, en vez de venir con jacuzzi, helipuerto, salón de belleza propio y esas cosas que la mayoría nunca vamos a tener, venga más bien con sus propios artículos de aseo… pero no personales, sino para limpiar la casa. Que venga con su galón de Clorox, su botella de Fabuloso lavanda y un bulto bien grande de caldo de gallina. Que ande en chancletas y que tome Prozac para la depresión pre y posparto que seguro le va a dar cuando se dé cuenta del energúmeno de marido que le tocó. O, que escogió. Que venga con un kit completo para hacerse la cera y quitarse el bigote que nos sale a todas, así unas nos depilemos con más frecuencia y pericia que otras.

Sí, que la nueva Barbie latina sea una muñeca con unos kilitos de más, con celulitis y que trabaje en algo real, como vendedora puerta a puerta de Avon, por ejemplo. Eso es más realista. Eso sí es prepararnos para el futuro. Que dentro de la caja rosada venga incluido su propio accesorio, o sea, su propio marido, que tampoco podría llamarse Ken. Sugiero que tenga un nombre criollo, autóctono, de la región. Algo así como Albeiro, Yuldor o Jhon Ferney. Escrito así, tal cual. Y que el nuevo Ken latino, si es que algún día lo fabrican, venga con un trabajo de verdad, no como el Ken original porque ya estamos hasta la coronilla de mantenerlo.

Pero, OJO, que ya todas nos hemos vuelto exigentes y no podría ser cualquier trabajo, sino uno que nos genere orgullo y admiración. Uno por el que podamos sacar pecho y presumir con las amigas cuando nos pregunten: “¿Qué es lo que hace tu marido?”. Entonces podremos responder: “¿Mi marido? A ver cómo te queda el ojo, trepadora… Es vendedor de Amway y está conmigo. ¡Soporta, amiga!”. Bueno, tal vez me sobreactué un poco con lo del empleo, pero es que últimamente la barra está tan baja que nos sirve con que levante los pies mientras aspiramos la sala. Lo que sea, pero que produzca. Y si lo que queremos es un Ken latino, pero que no quepa duda de que es latino de verdad, tal vez hasta deberían considerar la creación del nuevo Ken traqueto. Uno que salga con todas las Barbies, hasta con las falsificadas. Uno que se ponga a regalarle Renaults KWID a todas las muñecas, hasta a las de la competencia. Uno que le mande a poner tetas a la Bratz y le pague el lifting de glúteos a la Draculaura de Monster High.

Espero que me hagan caso y algún día creen una nueva Barbie pensando en nuestra cultura latina. Una que en vez de la sonrisa tonta que trae la original, que no se le borra ni con un tarro entero de Mr. Músculo (ya lo he probado), viva deprimida ante la infidelidad del John Wilmer Ken. Una que, en vez de tener carro propio o convertible rosado, se suba en colectivo, en bus, en metro, en Transmilenio o en un carro que lleve pagando doce años por módicas cuotas mensuales. La nueva Barbie latina vive en arriendo y en el apartamento de arriba vive su ex, que ahora sale con su mejor amiga. Así como es la vida real de cualquier mujer latina que se respete.

Pero, hablando en serio, ¿a quién quieren engañar cuando, por culpa del ejemplo que nos dan a través de Barbielandia, de adultas ya sabemos que todos los sueños infantiles no son ni tan mágicos, ni tan rosados, ni tan posibles? Por ello insisto en que, si crearan una nueva y renovada Barbie latina, muchas de nosotras podríamos evitarnos toda esa frustración que traemos desde la infancia por no ser altas, millonarias, superpopulares ¡y delgadas!

Por lo mismo también insisto en que el Ken (latino o el original) no puede ser, bajo ninguna circunstancia, el modelo de hombre al que las mujeres aspiremos en la vida. Tampoco les recomendaría a los padres regalarles a sus hijas algún tipo de superhéroe. La frustración sería doble cuando se den cuenta de que en la vida real lo que les toca es otra cosa. Imagínense la tragedia que sería ilusionarnos con el Hombre Araña, por ejemplo. ¿Para qué? Para que, cuando crezcamos, nos toque cortarnos las venas, pues la ilusión del héroe arácnido se resume en que solo es un trepador social que lo único que hace es pegarse a nosotras como un chicle para avanzar. No, gracias. ¿O qué tal Supermán? Uno que vuele. Sí, pero a los brazos de otra.

O ¿dónde me dejan a Batman y Robin, el dúo dinámico al que admiramos desde pequeñas? ¿Para qué? ¿Para que en la vida real nos toque conformarnos con un Barman y un Robin, un par de borrachos que, entre otras, ¡son pareja!? Admitámoslo, señoras, en la vida real, los únicos héroes a los que sí tenemos acceso son los más patéticos de todos: Flash… pero gordo. Si no, el Hombre Invisible, el desgraciado que nos invita a salir, nos coge hasta por los oídos y nunca más vuelve a aparecer.

“Denles a sus hijos juguetes que sean movidos por su imaginación, no por las baterías”.

H. Jackson Brown